La Flecha Plateada
21. Lo que Kate podía hacer
Lo que Kate podía hacer
—N o tengo idea de qué hacer —dijo Kate—. En verdad, ni idea.
Estaba de vuelta en la cabina con Tom. Se había sentido bien ahí por un minuto, como si ella fuera la heroína de un cuento, pero esa sensación había desaparecido ahora. Tenía la mente completamente en blanco.
Tom la estaba mirando.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué no me preguntas? —dijo.
—¿Preguntarte qué?
—Si se me ocurre alguna idea.
Tenía que reconocer que no se le había pasado por la cabeza.
—Para ser honesta, Tom —empezó ella—, voy contigo cuando necesito comer o romper algo. Considero que soy la que se encarga de la planeación aquí.
—Pero me parece que no tienes un plan.
Kate abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera hacerlo, se oyó el tintineo de La Flecha Plateada.
¿SABES UNA COSA, KATE?
Mmmm. La locomotora no solía usar su nombre.
—¿Qué?
SÓLO QUERÍA DECIR QUE ÉSTE PODRÍA SER
UNO DE ESOS MOMENTOS EN LA VIDA
EN QUE NO SE REQUIERE UNA RESPUESTA INGENIOSA Tom no añadió algo, tan sólo se cruzó de brazos y esperó. Kate puso los ojos en blanco.
Era cierto, había pasado mucho tiempo últimamente aprendiendo sobre animales y trenes, y no había prestado mucha atención a su hermano. Y
Tom había estado con ella en toda esta aventura. Había trabajado tan duro como ella. Tampoco se había dado por vencido. Merecía que lo escucharan.
—Bien. ¿Tienes alguna idea?
—Sí.
—¿Es como esa idea que tuviste una vez de saltar desde el tejado de la cochera con una bolsa de basura de la cocina a modo de paracaídas? ¿La vez que te rompiste la clavícula?
—Ésta es todavía mejor —contestó él.
Kate hizo un gesto para indicarle que se apresurara.
—Primero, di que yo soy increíble y que te da mucho gusto que haya venido a este viaje contigo.
¡Dios mío! Hacer lo correcto podía ser desagradable a veces.
—Muy bien. Eres increíble y me da mucho gusto que hayas venido a este viaje conmigo.
—Bueno, pues sucede que mientras tú estabas con los animales en la biblioteca —explicó Tom—, yo estuve explorando el tren.
—Fantástico. ¿Y eso de qué sirve?
—Porque eso quiere decir —continuó—, que yo ya vi lo que hay en el vagón sorpresa y tú no.
Kate lo había olvidado por completo.
Lo había visto desde fuera, claro. No tenía una apariencia muy misteriosa. De hecho, lucía exactamente igual que un antiguo furgón común y corriente: de madera y no de acero, y pintado de un azul pálido y acuoso.
Pero tenía una puertecita en un lado, y ahora que ella lo veía con más atención, observó que tenía algo pintado, en blanco desteñido:
?
Tom esperó afuera mientras Kate abría la puerta y miraba dentro.
—¿Viste? ¿Qué te parece? —dijo Tom.
Kate asintió. Toda esa energía desbordante de su hermano a veces era maravillosa y útil.
—Que cuando tienes razón —contestó ella—, das en el blanco.
—Tal vez deberíamos hablar de esto con La Flecha Plateada.
—Tal vez. Tal vez no. Es terriblemente susceptible con estas cosas.
Volvieron hasta la locomotora juntos.
¿ENTONCES?
—Vamos a retroceder —dijo Tom y puso la máquina en reversa.
¿POR QUÉ?
¿VAMOS A DARNOS POR VENCIDOS?
—No, no vamos a darnos por vencidos —contestó Kate—. Sólo vamos a retroceder.
¿QUÉ TANTO?
—Apenas lo suficiente —explicó Tom—. Digamos que poco más de un kilómetro.
¿SUFICIENTE PARA QUÉ?
—Lo suficiente —dijo Kate—. ¿Confías en nosotros?
La Flecha Plateada hizo una pausa. Una larga pausa. Al fin, escribió: SÍ
—¡Increíble! —exclamó Tom—. No sabía que pudieras imprimir así de pequeño.
TAL VEZ DEBERÍAMOS DEJAR QUE KATE
VUELVA A ESTAR A CARGO DE TODO
—No, está bien así —contestó Kate—. Tenías razón, Tom sabía qué hacer.
ESTOY DE ACUERDO CON ALENTARLO PERO…
—Bien.
Luego de que retrocedieron poco menos de dos kilómetros. Tom detuvo el tren. Le dio más vapor a la máquina, y La Flecha Plateada empezó a moverse de nuevo hacia delante. Rápido, cada vez más rápido. Pronto, avanzaban a todo vapor.
Tom hizo sonar el silbato:
¡FUUUUM! ¡FUUUUUUUUUUUUM!
El resoplido de la máquina marchaba al doble de lo normal y aún aumentaba, hasta convertirse en una especie de rugido continuo. Kate miró afuera. Ya no había forma de detenerse, ni aunque quisieran.
—¡Vamos, Kate! —le gritó Tom.
Kate corrió por el tren hasta el vagón sorpresa.
—Busquen algo a qué aferrarse —gritó a los animales al cruzar a toda prisa por la biblioteca.
Lo que había visto en el vagón sorpresa eran dos enormes cilindros metálicos atornillados a los brazos de un inmenso soporte de acero en forma de T. Los cilindros eran de acero brillante y sin pintar, y se abrían en dos conos muy grandes que apuntaban hacia atrás. Era casi imposible confundirlos con cualquier otra cosa y no entender lo que eran: un par de reactores de cohete.
—¡Sabía que el tío Herbert debía habernos conseguido un cohete! —se dijo Kate.
No era de extrañar que la forma de operar los reactores de cohete fuera algo que La Flecha Plateada no hubiera cubierto en sus sesiones de capacitación. Por fortuna, estos reactores en particular no parecían muy complicados. Entre uno y otro, en el soporte en forma de T, había un único
botón rojo pequeño. Debajo del botón, un letrero decía lo siguiente: OPRIME EL BOTÓN Y CORRE.
Kate presionó el botón.
De inmediato, unos potentes mecanismos neumáticos se encendieron rugiendo y empujaron los cilindros hacia fuera en ambas direcciones justo a través de los costados de madera del furgón, con un estruendo repentino.
Saltaron astillas en todas direcciones. Ahora, había un reactor de cohete que sobresalía a cada lado del tren.
Kate corrió tanto como podía.
Una voz tranquila empezó la cuenta regresiva desde diez. Kate pensó que tal vez debería haber escogido un número más alto para empezar y, si llegaba a tener la ocasión, reportaría eso como una falla de diseño. Logró recorrer los furgones, el vagón-dulcería, la plataforma, y llegó hasta el vagón-biblioteca antes de que los reactores alcanzaran toda su potencia de empuje.
Empuje era la palabra adecuada: se sintió como si un gigantesco futbolista hubiera retrocedido y embestido el tren justo en el furgón de cola.
O como si el tren fuera en verdad una flecha plateada y un arquero la
estuviera disparando. Kate perdió el equilibrio y cayó justo en la pared del fondo de la biblioteca.
Se quedó allí adherida como si la pared fuera de velcro: el tren aceleraba tan rápido que la mantenía pegada a la pared. El resto de las cosas que había en la biblioteca y que no estaban clavadas al piso se agolparon con ella en esa parte del vagón. (Por suerte, a alguien se le había ocurrido fijar los muebles al piso, aunque no sucedía lo mismo con ninguno de los cojines). Luchando contra aquella fuerza, Kate podía apenas voltear la cabeza lo suficiente para ver el mundo afuera, que corría pasando de largo por la ventana, cada vez más deprisa, incluso más rápido que cuando habían bajado por la pendiente de la montaña. El tren entero se sacudía y se mecía con la fuerza de la aceleración. No podía verlos, pero los reactores de cohete ahora soltaban un chorro azul y blanco de llamas hacia atrás, impulsando al tren cada vez más rápido, a toda máquina hacia el borde del risco.
La pregunta insistente en la mente de Kate era si los cohetes tendrían suficiente potencia para empujar todo el convoy por un tramo de vía prácticamente vertical. Y si lograban cruzarlas, ¿a dónde los llevarían esas vías?
Los campos que se habían visto afuera desaparecieron: La Flecha Plateada había alcanzado el borde del risco. Ahora no había más que cielo azul asomando por las ventanas, y el tren seguía acelerando. Luego empezó a inclinarse hacia atrás, más y más, hasta quedar mirando arriba, al cielo, hasta que cada nervio en el cuerpo de Kate empezó a gritar ¡Alto! ¡Paren!
Por favor, por lo que más quieran, ¡no más!
Pero los cohetes no tienen frenos. Estos reactores ni siquiera incluían un botón de apagado. Una de las barras de madera que sostenía los libros en su lugar cedió y Kate recibió el impacto de todo lo que había en ese estante.
Siguieron subiendo y subiendo, atravesando las nubes, y luego Kate pudo sentir algo aún más descabellado: las vías se curvaron más allá de una línea vertical, hacia atrás, como si fuera a llevarlos cabeza abajo, pero los reactores los empujaban con tanto impulso que la fuerza centrífuga los mantenía en los rieles. Las vías se curvaron hasta ser un bucle completo como una montaña rusa, y durante un momento delirante estuvieron
completamente patas arriba, con la cabeza de Kate apuntando a la tierra.
Ella sintió que flotaba, y en ese momento todo su miedo se desvaneció y soltó una carcajada maravillada con lo que sucedía.
Y luego, cuando terminaron el tramo cabeza abajo y se precipitaron en descenso, aún a gran velocidad, pero ya sin acelerar, Kate y los libros y todas las demás cosas se deslizaron al suelo, donde pertenecían.
Todo su cuerpo se sintió desmadejado y exhausto. El ruido de los reactores se fue desvaneciendo hasta silenciarse. Kate se las arregló para ponerse en pie y caminar con paso inseguro hasta la ventana. Afuera, al mirar hacia abajo, sólo vio nubes.
Estaban en una vía celeste.
—¿Todos están bien? —murmuró.
Clic-bing.
¡VAYA! ESO FUE INCREÍBLE
OceanofPDF.com