La forja

Arturo Barea · Capítulo 11 de 21

Páginas del PDF

La forja

Capítulo X

La Iglesia

Una vez al mes, todos los que hemos hecho ya la primera comunión confesamos y comulgamos. Los curas se reparten por la iglesia, y los mil chicos nos repartimos entre los curas, según nuestro gusto, porque nadie nos puede obligar a confesar con el cura que no queremos. Hay curas como el padre Joaquín y el padre Fidel que forman las colas más grandes, así que se puede ver cuáles son los curas que más quieren los chicos, con sólo mirar el tamaño de las filas. A medida que se van confesando se van agrupando en el altar mayor en las filas por clases, para rezar la penitencia y después oír la misa y comulgar. La iglesia está llena de chicos que van a un lado y otro y llena de murmullos de los rezos y de las suelas de los zapatos. El padre prefecto se pasea por la iglesia para poner orden.

Todos los meses ocurre lo mismo; el padre Vesga se queda sólo con seis u ocho chicos a los que ha comprometido para que se confiesen con él; aunque confiesa más despacio que ningún otro de los curas, se queda solo antes que los demás terminen. Entonces el padre prefecto empieza a recorrer las filas y a preguntar quién quiere ir allí. Como todos le queremos mucho, va recogiendo chicos que forman una nueva fila con el padre Vesga. Hoy lo ha hecho conmigo, como me da igual, voy.

El padre Vesga me pasa un brazo por el hombro y acerca su cabeza a la mía. Comenzamos la confesión. Van desfilando preguntas sobre los mandamientos y yo estoy orgulloso de poder contestar a todo.

—¿Amas a Dios? ¿Vas a misa los domingos? ¿Quieres a tus padres? ¿Mientes?

Llegamos al sexto mandamiento. Todos los padres preguntan si hacemos cosas feas o no. Como todos sabemos lo que son cosas feas, decimos sí o no, casi siempre sí, porque todos las hacemos o creemos hacerlas.

—Mira, hijo, eso no se hace. Es un pecado y además es muy malo. Los niños se vuelven tísicos y se mueren.

Nos mandan rezar unos padrenuestros de penitencia y en paz.

Pero el padre Vesga es distinto:

—¿Tú sabes lo que dice el sexto mandamiento, hijo mío?

—Sí, padre. El sexto no fornicar.

—Explícame lo que es fornicar.

—No sé y no puedo explicarlo. Sé que es una cosa mala entre hombres y mujeres, pero no sé más. —El padre Vesga comienza a ponerse serio.

—No se puede mentir en el santo tribunal de la penitencia. Me dices que sabes lo que es el sexto mandamiento y ahora te desdices, diciendo que no sabes lo que es fornicar.

—Fornicar, padre, es… cosas que hacen los hombres y las mujeres y que son pecado.

—¡Hola, hola! Cosas que hacen los hombres y las mujeres. ¿Y qué hacen los hombres y las mujeres, sinvergüenza?

—No lo sé, padre, yo no he fornicado nunca.

—¡Estaría bonito, mocoso! No te pregunto si has fornicado o no, pregunto si sabes lo que es fornicar.

—No lo sé. Los chicos dicen que fornicar es hacer hijos los hombres a las mujeres. Cuando están casados no es pecado; cuando no están casados sí lo es.

—Pero yo, lo que necesito saber es que me digas cómo hacen los hijos los hombres y las mujeres.

—¡Yo qué sé! Se casan, duermen juntos y tienen hijos. Pero yo no sé más.

—No sabes más, ¿eh? El niño es un inocentón, no sabe más. Pero sí sabrás tocarte tus partes.

—Algunas veces, padre.

—Pues eso es fornicar. —Sigue un discurso del que no entiendo una palabra, mejor dicho, que me arma un lío horroroso. Las mujeres son el pecado. Por una mujer se perdió el género humano y todos los santos sufrieron tentaciones del malo. Les aparecían las mujeres desnudas, con los senos al aire, moviéndose lúbricamente. Y ya el demonio no perdona ni a los niños. Viene a quitarles el sueño y a enseñarles mujeres desnudas que les turban su pureza.

Sigue y sigue durante media hora y me habla de pelos sueltos, de senos temblantes, de caderas lascivas, del rey Salomón, de bailes obscenos, de las mujeres de las esquinas, en un torrente de palabras furiosas del que resulta que la mujer es un saco de porquería y de maldad y que los hombres se acuestan con ellas y van al infierno. Cuando me separo del cura para rezar la penitencia, no puedo rezar. Tengo la cabeza llena de mujeres desnudas y de curiosidad por saber lo que hacen con los hombres.

Pero nadie lo sabe. Pregunto a mi madre, a mi tío, a la tía y me contestan con cosas raras a mis preguntas: ¿qué es fornicar? ¿Cómo se hacen los niños? ¿Por qué se quedan preñadas las mujeres? Unos me dicen que los niños no pueden hablar de eso y otros que es pecado. Algunos me llaman sinvergüenza.

En los puestos de libros de la calle de Atocha encuentro un libro que me lo explica todo. Cuenta cómo se acostaban un hombre y una mujer y todas las cosas que hacían. El libro da la vuelta a la clase y todos lo leen. Para que no los vea el cura, se van al retrete a leerlo y a ver las estampas, donde están el hombre y la mujer juntos, fornicando. Yo leo el libro muchas veces y me da placer. Cuando veo tarjetas de mujeres desnudas me pasa lo mismo.

Ahora ya sé por qué la Virgen tuvo al niño Jesús sin hacer cochinerías con san José. Sin hacerlas, el Espíritu Santo la dejó preñada. Pero como mi padre y mi madre se acostaban juntos, me tuvieron a mí y por eso mi madre no es virgen. Lo que no sé es por qué mis tíos no tienen niños. Porque se acuestan juntos; pero, puede ser que como la tía es tan beata, no hagan cochinerías y por eso no los tengan. Sin embargo ellos dicen que hubieran querido tenerlos. Por otra parte Dios dijo: «Creced y multiplicaos». Esto ya no lo entiendo.

El padre Vesga dice que es pecado acercarse a las mujeres. En la iglesia de San Martín, don Juan, que es un cura muy bueno que hay allí, estaba un día en la sacristía con una mujer. La tenía sentada encima de él y las manos metidas en la blusa. Cuando entré yo se pusieron muy colorados los dos y el cura vino a decirme que me marchara que la estaba confesando. Se lo conté al tío José y me dijo que los niños no hablaban de esas cosas y que no se me ocurriera contárselo a la tía.

Los hombres dicen cosas a las mujeres en la calle y hay mujeres que llaman a los hombres en las esquinas para que se acuesten con ellas y les paguen. Yo me armo un lío tremendo y no sé lo que es bueno y lo que es malo.

Aparte de esto hay otras cosas que no entiendo. La iglesia de San Martín está llena, como todas, de cepillos donde dice: «Para las ánimas del purgatorio», «Para el culto», «Para los pobres». Los curas abren todas las tardes los cepillos, sacan los cuartos, hacen cartuchos de un duro con las perras gordas y de medio duro con las perras chicas, se los reparten y se ponen a jugar al julepe o al tresillo en la sacristía. Un día don Tomás perdió todos los cuartos que le habían tocado y cinco duros suyos que sacó de debajo de la sotana. Cuando se levantó de la mesa dijo:

—¡Hoy las ánimas benditas me han hecho la santísima!

Cogió la botella del vino de consagrar y se bebió un vaso grande de vino rancio.

—Hay que pasar la vida a tragos —dijo y se marchó.

Los muertos son sagrados y el cementerio es tierra bendita. En el cementerio de San Martín, los muros de los nichos están en ruinas y se salen las cajas con los huesos. El capellán y los guardas cogen las tablas podridas y encienden lumbres. Muchas veces echan los huesos también, porque arden como madera de apolillados que están. Luego, cuando vienen a desenterrar un cadáver para trasladarlo, el cura se pone la capa bordada y va con el hisopo y los sepultureros cavan con mucho cuidado para no romper la caja. Sacan los huesos, los ponen en un paño blanco cariñosamente, el cura empieza a leer latines y el sacristán a contestarle. Rocía los huesos con agua bendita y se los llevan a enterrar a otra parte, Todo porque los parientes de aquel difunto han tenido dinero para sacarle de allí. Los demás sirven para hacer fogatas y les parten los huesos a martillazos para echarlos al fuego.

Hay días que se muere más gente que otros. Llegan las mujeres a la sacristía para que les digan una misa por el alma de su marido y de su padre, y les apuntan en un libro y les cobran las tres pesetas de la misa.

—Mañana a las once —dice.

Después vienen otros a encargar otra misa; la anota el cura, cobra las tres pesetas:

—Mañana a las once —dice.

A veces se reúnen tres o cuatro familias, cada una en un rincón, a escuchar la misa que han pagado para su difunto. Cuando el cura hace la ofrenda, saca un papelito donde están los nombres de los tres difuntos y los lee uno detrás de otro, para que se repartan la misa.

Encargaron un día una misa de funeral que valía doscientas cincuenta pesetas. La decían tres curas, un túmulo negro en medio de la iglesia, y dio la casualidad de que aquel mismo día vinieron a encargar tres misas de difuntos a la misma hora.

—Mañana a las —diez dijo el cura a todos.

A las diez se llenó la iglesia de gente y todos oyeron la misa de difuntos cantada. Después, en vista de que no salían las misas rezadas, las tres familias fueron entrando una por una en la sacristía a preguntar. El cura les contestaba:

—¿Han asistido ustedes a la misa de funeral?

—Sí, señor —contestaron todos.

—Pues ésta era la misa por su difunto. Dio la casualidad de que se reunieron ustedes varias familias a la misma hora y como no disponíamos de sacerdotes para dar gusto a todos, acordamos decir una misa solemne para todas las familias. Con esto han salido ustedes ganando.

Las gentes se iban tan contentas por el pasillo de la sacristía.

—¿Quién se lo iba a decir al pobre Juanito? Ya ves, hija, hasta después de muerto ha tenido la suerte de que le dijeran un funeral por tres pesetas.

¡Misterios! ¡Todos son misterios en la religión! Se paseaba un santo por la orilla del mar y estaba un niño en la playa. Tenía una concha, la llenaba de agua del mar y la vertía en un hoyo en la arena.

—Niño, ¿qué haces?, —preguntó el santo.

—Voy a verter el mar en este hoyo —contestó el niño.

—Eso es imposible —le dijo el santo—, ¿cómo quieres que quepa el agua del mar en un hoyo tan pequeño? Es imposible.

—Más imposible es averiguar por qué Dios es uno y trino —contestó el niño—, y tú te empeñas en averiguarlo.

En esto comprendió el santo que hablaba con un ángel que le había enviado el Señor.

A mí no me interesa por qué Dios es uno y tres a la vez. Pero me pregunto qué necesidad tiene de ser tres y uno para ser Dios. Sólo sirve para darnos a nosotros la lata.

—¿Cuántos dioses hay?, —pregunta el profesor.

—Uno.

—Sí, uno, pero no es eso.

—Tres.

—Sí, tres…, pero tampoco es eso.

Únicamente se puede contestar que hay «tres dioses, Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero un solo Dios verdadero». Con esto se queda contento el profesor, pero yo no sé cuál es el Dios verdadero, ni ellos tampoco.

Mi tía quería tener la bendición del Papa. Por diez pesetas le dieron una bendición que servía para ella; la colocó en un cuadro. Y unos años más tarde, por cien pesetas le dieron otra que servía para ella y para todos los miembros de su familia hasta la quinta generación. Quitaron la vieja del cuadro y la tiraron a la basura. Pusieron la nueva en el marco, y ahora yo estoy bendito por León XIII.

Cuanto más estudio religión más problemas tengo. Lo peor es que no puedo hablar con nadie de ellos, porque los profesores se enfadan y me castigan. Un día, dando la lección de historia sagrada llegamos a la historia de Josué que detuvo la marcha del Sol hasta terminar la batalla; yo pregunté al padre Vesga cómo podía ser aquello. Según el profesor de geografía, el Sol está quieto y la Tierra anda, y por lo tanto no se podía parar el Sol. El padre Vesga me contestó de mal humor:

—No debe usted hacer preguntas indiscretas. Esto está en los libros santos y debe bastarle. La fe mueve las montañas y detiene el Sol. Si tuviera usted fe comprendería estas cosas que son claras como la luz del día.

Después le pregunté al padre Joaquín. Me puso una mano en la cabeza y me dijo muy risueño:

—¿Qué quieres que yo te diga, hijo? En los tiempos antiguos pasaban cosas muy raras. Tú sabes que antes hablaban los animales y todo el mundo les entendía. Seguramente el Sol andaba en la época de Josué.

El padre Fidel fue más claro.

—Mira —me dijo—, no se paró el Sol, se paró la Tierra. Pero parecía que se había parado el Sol, igual que cuando vas en el tren parece que andan y que se paran los palos del telégrafo. Cuando se escribió la Biblia los hombres todavía no sabían que era la Tierra la que andaba y veían andar al Sol, como le vemos nosotros. Por eso pusieron que fue el Sol el que se paró, pero se paró la Tierra.

—Pero, padre, la Tierra según la física no puede pararse, porque todos saldríamos disparados y la Tierra ardería si se parara de golpe.

Se me quedó mirando muy serio y agregó:

—¡Hombre! ¿Tú crees que se paró de golpe? Se paró poco a poco, como se para un tranvía. Anda, déjame que tengo mucho trabajo.

Poco a poco voy viendo que no soy yo sólo el que quiere saber la verdad de Dios y de la religión. Los libros que voy leyendo hacen las mismas preguntas. La Iglesia los excomulga, pero no les contesta. Sobre estos libros sólo puedo hablar con el padre Joaquín que no se enfada ni me los quita. Discutimos muchas veces. Una sola vez me ha convencido. Estaba yo sentado en su mesa y él estaba delante del atril, con el oboe en la mano y los pájaros en el alero de la ventana. Se puso a mirar afuera, al patio y al cielo, como si no mirara a nadie, y empezó a hablar, no conmigo, como si hablara solo.

—Ninguno sabemos nada de nada. Lo único cierto es que existimos. Que existen la Tierra y el Sol y la Luna y las estrellas y los pájaros y los peces y las plantas y todo, y que todo vive y muere. Una vez tuvo que ser la primera, nació la primera gallina o el primer huevo; no lo sé. El primer árbol y el primer pájaro. Alguien los hizo. Después todo marcha con una ley. Los mundos se mueven por un camino trazado siglos y siglos y los hombres y todos los seres nacen y mueren unos detrás de otros con una ley. A esto llamo yo Dios, en el que creo; el que ordena esto. Después de Dios sólo creo en la bondad.

Se calló y me dio un libro para que lo leyera:

—Toma, lee esto. Y cree en lo que te dé la gana. Aunque no creyeras en Dios, si eres bueno es como si creyeras.

Me dio la vida de san Francisco de Asís.

 

Tengo una caja de zapatos con agujeros en la tapa para que respiren los gusanos que hay dentro. Son gusanos de seda. Los tengo chinos, que tienen el cuerpo con manchas café oscuro, y blancos. Cuando les echo las hojas de morera se quedan tapados. Después empiezan a trepar y roen los bordes de la hoja haciendo curvas con las patas agarradas al canto de la hoja, moviendo la cabeza de arriba abajo y cortando con los dos dientes morenos que tienen en la punta de la cabeza. A medida que comen, sueltan pelotillas cilíndricas. De vez en cuando arrugan la frente entre los dos ojillos negros, y una línea azulada que tienen a lo largo del cuerpo ondula como si pasara por ella un río de sangre, del rabo a la cabeza. Entonces cambian de postura y buscan otro sitio en la hoja donde roen. A veces, royendo se encuentran dos, hocico frente a hocico. Levantan la cabeza y parece que se miran y se dicen algo. Uno de ellos mueve las arrugas de su frente y cambia de sitio. Yo los cojo con la mano. Están blandos y templados. Se me enroscan al dedo con sus patas peludas y parece que curiosean mi piel llenos de extrañeza de que haya hojas de árbol así. Ven la caja debajo, se hacen una bola y se dejan caer para seguir comiendo.

Si les dejo una hoja de otro árbol entre las hojas de morera la dejan sin morder. Pasan por ella y se van a las otras. La conocen, la huelen y la ven. Entonces, ¿me conocen, me ven y me huelen a mí? ¿Saben quién soy, y cómo soy? Cuando los miro en la caja y levantan la cabeza, parece que me están mirando. Entonces cojo uno, le pongo a lo largo del dedo y le paso la punta de otro dedo por el cuerpo tan blando y tan suave. Se estira y levanta la cabeza y las patas de delante. Arruga su frente muy deprisa. Le dejo en la caja y se pone de nuevo a comer. De vez en cuando levanta la cabeza para mirarme.

Después se meten en un rincón de la caja, se agarran con sus patas al cartón y empiezan a dar vueltas a su cabeza, soltando un hilito de baba por la boca. Se van quedando pequeñitos, y la seda los va envolviendo hasta que ya no se les ve más que como una sombra que sigue moviendo la cabeza dentro del huevecillo del capullo. Por último se queda el capullo, amarillo o blanco, allí, agarrado al rincón de la caja. He roto cada día un capullo para verlos dentro. La piel se les ha puesto dura y parecen de cuerno, de color moreno, como un hueso de aceituna, llenos de anillos, con el hocico y sus dos dientes negros. Dormidos completamente, sin despertar. Moviendo tan sólo un poquitín los anillos. Después les salen patas de verdad, una cabeza y alas. Se vuelven blancos, con unos cuernecitos peludos en la cabeza, como medias lunas de seda. Hacen un agujero en el capullo y salen al paño blanco que les tengo preparado en el fondo de la caja. Las hembras agitan las alas muy deprisa y dan vueltas. El macho viene, y los dos se unen por la cola. Se quedan pegados horas. Se llena el vientre de la hembra como una bola y riega el paño blanco de huevecitos diminutos, amarillos, casi dorados, que se vuelven negros. Y se mueren, las mariposas. Se quedan en la caja, secas, las alas pegadas al cuerpecito, como si hubieran sudado antes de morirse.

Debajo de los montones de sábanas guardo el paño blanco, lleno de millares de huevecitos. La tía mete entre la ropa blanca manzanas que se secan y arrugan como cara de vieja. Al año siguiente, el paño blanco huele a manzanas y de cada huevecito sale un pelo negro que se convierte en un gusano.

Me siento en el balcón con la caja de zapatos al sol, para que los gusanos estén calientes. Tengo al lado un montón de libros y los voy cogiendo uno a uno para repasarlos. Está cerca junio y tengo que examinarme a la vez de dos cursos de bachillerato. Luego, hacer oposiciones a las matrículas de honor. Todos me empujaban.

Los curas del colegio me fuerzan y casi se ocupan exclusivamente de mí en la clase, preguntándome todo de mil maneras distintas. El tío me promete la carrera de ingeniero si termino el bachillerato así. Mi madre, la pobre, me acaricia la cabeza y me ruega que haga un esfuerzo. Ella no puede hacer nada por mí, pero los tíos lo harán todo si yo soy bueno. La tía me viste con traje de fiesta y me lleva de visitas. Me enseña a los amigos como un fenómeno, y los señores de cabeza calva y las viejas como ella me hacen preguntas idiotas:

—Muy bien, muy bien, Arturito. Cuéntanos qué estudias.

Un día me dio tanta rabia doña Isabel, con preguntas de éstas, que comencé a hablar muy de prisa de los logaritmos, del binomio de Newton, de las curvas parabólicas, y a mezclar fórmulas de álgebra en camelo, llenas de «aes» y de «zetas» y de signos y de cifras fantásticas. Doña Isabel me miraba con los ojos abiertos y la boca caída. Me paré de repente y le dije muy serio:

—¡No sé más!

—Qué maravilla, doña Baldomera, ¡qué maravilla de niño! Igual que mi marido. Cuando el pobre se ponía a hacer números, era algo maravilloso. De memoria sumaba, ¿sabe usted? ¡Sumaba de memoria! Este niño llegará lejos. Como hubiera llegado el pobre Juan si hubiera vivido.

Me hubiera puesto a llamarla estúpida, vieja cerda, zorra, animal, no sé cuantas cosas. Le hubiera arrancado la cola de pelo postizo que se ponía por moño y le hubiera frotado la cara llena de crema color manteca amasada con polvos con un estropajo de agua de fregar.

¡El porvenir! Seré ingeniero, para que todos estén contentos, pero sobre todo para que mi madre no lave y no sea más la criada de nadie. Todos son muy buenos conmigo; y todos hacen conmigo la caridad. A cambio de eso, yo me siento cansado, sin ganas de comer ni de jugar. Sólo quiero ver, ver las cosas y los seres, como los veía san Francisco.

El gato se sienta encima de mis piernas. Mira a la caja de gusanos, a los libros, me mira a mí, con sus ojos dorados. Los entorna, y se hace una bola entre sus patas con el rabo azotándole el hocico y ronronea. Creo que me entiende y sabe todas las cosas. Yo le entiendo también, pero cuando se queda así mirándome y mirando las cosas, no sé lo que va a decir. No dice nada, pero se ve en sus ojos que tiene la cabeza llena de ideas como yo. Para no pensar se duerme. Igual me pasa a mí, que muchas veces me entra un sueño invencible y me duermo en la alfombra del comedor o en el balcón a lo largo.

Los dos perros de la cochera son blancos y muy vivos. Los he visto recién nacidos, cuando eran como un puño y ellos me conocen y me quieren. Cuando bajo a la calle, vienen a mí, meneando la cola, ladrando y saltando. En el café les recojo en cuclillas y meten su hocico negro en los bolsillos del delantal para sacar el azúcar. El gato se ha asomado al balcón y entre los hierros me ve jugando con los perros. Cuando subo, el gato no quiere jugar conmigo. Está enfadado. Entonces abro el aparador y saco la bolsa de galletas. Comemos los dos juntos, yo sentado en el suelo y él entre mis rodillas. Hacemos las paces. Luego mi tía se enfada, pero no tiene razón, la tenemos el gato y yo.

La gente se asombra de lo que hace Malleu con sus leones, en los jardines del Buen Retiro, pero yo no. Tiene una jaula de hierro redonda muy grande y llena de taburetes de madera. Salen todos los leones y cada uno se sienta en su taburete con la cabeza alta, mirándole. Malleu es un hombre alto, seco, con los ojos verdes y el pelo rizado como si fuera un cubano. Les habla y los leones le entienden. Rugen y la gente cree que le van a morder. Pero Malleu sabe, y yo también, que es que los leones le contestan. Después trabajan saltando y corriendo por la jaula. El más grande abre la boca y Malleu mete la cabeza dentro. Parece que le van a comer, porque saltan a él y alargan las patas de dedos gordos con uñas torcidas. Pero es que quieren jugar. Porque Malleu no les pega.

Yo le he visto darles de comer. Les da de comer él mismo. Un mozo lleva una carretilla con trozos de carne y él va entrando en las jaulas. Coge un trozo de carne en la punta de un tenedor muy grande y se lo da. Después les rasca la melena encima de los ojos, y les da puñetazos suaves en la cabeza. Los leones rugen bajito y a veces se tiran panza arriba al suelo. Entonces les rasca la tripa. Cuando no hace caricias a un león yo lo he visto, el león viene rugiendo detrás de él, regañándole porque le ha olvidado.

Después, cuando Malleu sale de la jaula, acaricia a los niños y nos pregunta si nos gustan los leones. Nos lleva a ver unos leoncitos pequeños que tiene, como pellos de lanas. Le mordisquean las manos y le arañan. Algunos chicos metemos las manos entre los hierros y les acariciamos. No nos hacen nada, pero se enfadan cuando un hombre quiere tocarlos. Enseñan los dientes, gruñen y sacan las uñas.

—¡Hermano lobo! ¡Hermana piedra!, —dice san Francisco…

He plantado en un pote vacío de pimientos, judías, y en otro, garbanzos. Los quiero ver crecer y revuelvo la tierra todos los días para sacarlos y los vuelvo a meter. Se han abierto y han sacado un tallo como un cuerpecito blanco. Luego les empiezan a crecer raicillas y, por último, les salen hojas verdes. Crecen como si me entendieran y quisieran darme gusto enseñándome cómo son y cómo crecen. Doy martillazos a un cacho de hierro y se pone caliente, como si le doliera.

Cuando se acaban los exámenes y tengo las matrículas de honor, me llevan al médico. Estoy flaco, no tengo apetito. Sólo quiero leer y dormir y ver los bichos. El médico me escucha el pecho y dice:

—No tiene nada. La edad. Está en el crecimiento. Lo mejor sería mandarle a un pueblo y darle un reconstituyente.

Voy a Méntrida, a correr por la alameda y a tomar cucharadas de aceite de hígado de bacalao, negro y espeso, que me hacen vomitar tanto que dejan de dármelo. Tengo uno de los prospectos del colegio donde dice que la enseñanza es tan buena que en el curso final del año, el colegio ha obtenido tantas y tantas matrículas de honor. La tía Aquilina se lo enseña a las vecinas del pueblo.

—Es mi sobrino, ¿sabe usted? El hijo de Leonor que ha salido muy listo.

Las mujeres me llenan de bollos y de vasitos de vino rancio para que me ponga fuerte.

Pero los mejores médicos son el tío Luis, el maestro del pueblo y san Francisco.

El tío Luis, cuando le cuentan mis estudios me coge, pone su manaza en mi hombro, y dice:

—Bueno y ¿qué? ¿Has venido a tirar del fuelle? Porque a ti lo que te hace falta son buenas tajadas y moverte. Vente mañana y te enseñaré el oficio.

Tiró de la cadena del fuelle, machaco y limo trozos de hierro en el tornillo del banco. Me tizno la cara y las manos de negro, voy de caza con el tío a la caída de la tarde. Me atiborra de comida y de tragos de vino, pero me da rabia y casi lloro, porque con mis brazos flacos no puedo levantar el martillo más pequeño.

—¡Puñales!, —dice el tío Luis—. A este chico lo que le hace falta es menos colegio y más jugar. Se va a quedar tísico y entonces veremos para qué sirve tanto estudio y tanta leche.

Después se va a cazar perdices y conejos para mí. Cuando no los hay mata un pichón. La tía Rogelia hace un caldo con él y luego me lo como yo solo. Tengo mucho apetito y el tío Luis se divierte viéndome comer. Los conejos y las perdices saben a hierba del monte.

La tía Aquilina me llevó al maestro del pueblo. Es un viejecillo muy simpático y muy alegre. La tía le comenzó a explicar. Él la escuchaba y leyó el anuncio del colegio. Después me puso la mano en la cabeza.

—¡Pobrecillo, pobrecillo! Y a ti, ¿qué te gusta?

Le conté que iba a ser ingeniero. Que me gustaban mucho los bichos y las plantas. Le hablé de san Francisco y se sonrió. Me daba mucha confianza hablar con él, porque me escuchaba muy atento, sin hablar, mirándome y mirándome, como si quisiera saber lo que tenía dentro. Cuando acabé de hablar me dijo:

—Mañana me vienes a buscar por la mañana. Nos vamos a ir a cazar mariposas.

Aquí estamos, en la alameda, el maestro y yo. Yo no sé cazar las mariposas, pero él con la manga de gasa en la punta de un palo corre detrás de ellas y las coge al vuelo. Después las saca con la punta de los dedos, con mucho cuidado, y las mete en una caja redonda de hojalata. Luego me enseña los lagartos, los galápagos y los camaleones. Nos quedamos mirando cómo las cigarras verdes se secan al sol y se escapan de la «camisa» volando, dejando en el suelo la envoltura con el dibujo de las patas, de las alas y de la cabeza.

Me va explicando los bichos uno a uno. Coge un lagarto y me explica cómo son, lo que comen y cómo viven; después, cuando yo creo que le va a meter en la caja de hojalata, le pasa un dedo por la cabeza. El lagarto cierra los ojillos, como si le diera placer. Luego abre la mano y le suelta. El lagarto se queda allí, brillando verde al sol y, en lugar de saltar al suelo, se sube por la manga y se agarra al hombro, meneando el rabo largo como un látigo. El maestro sigue con el lagarto encima, que a veces le mete el hocico en el pelo del cogote.

Cuando nos volvemos al pueblo, en la linde de la alameda, el maestro coge al lagarto con la mano, le pone en el suelo, le rasca el lomo y le dice:

—Anda, márchate, que nos vamos. A tu casa.

El lagarto se queda inmóvil en la hierba y después se va despacito con la cabeza levantada sobre sus patas de delante. Como con el maestro un cocido pobre, con un cacho de carne, otro de tocino, sin chorizo y sin principio, en unas cazuelas amarillas y verdes de barro viejo. Muy bien guisado. La escuela tiene un corral y las migas de la comida las sacude allí la mujer del maestro, una viejecita callada y limpia. Se las comen las gallinas y los pájaros que conocen ya la hora y vienen todos los días.

El cura del pueblo da una lección de doctrina a los mozos y a las mozas los domingos por la tarde y tienen todos que ir, porque si no se enfada el cura, y luego todo son dificultades con el alcalde y con las casas que les dan trabajo para segar y vendimiar. El maestro quiso abrir una escuela para los mozos y las mozas por la tarde, todos los días, para que aprendieran a leer y a escribir, porque casi ninguno de ellos sabe. El cura se enfadó mucho y el alcalde le cerró la escuela.

El maestro quedó sólo para enseñar a leer a los niños. Es lo único que puede hacer, porque de los siete a los nueve años ya se los llevan a trabajar al campo; en la época del verano se llevan hasta a los chiquitines de cinco y seis años a coger espigas, de las que se caen al suelo, y a arrancar cebollas en las matas. Se dedica a coger bichos en la alameda y tiene una colección de cajas llenas de mariposas y de insectos y algunos pájaros disecados. Los vecinos le traen sus canarios y sus reclamos de perdiz cuando están malos o se les rompe una pata y él los cura.

Le he llevado la historia de san Francisco. La había leído ya. Lo único que me ha dicho es que por haber sido así, le hicieron santo. Pero que los santos ya se han acabado.

Cuando voy a la alameda solo, me siento en la hierba y miro. Después de esta un rato quieto, todos los animales se mueven como si yo no existiera y me divierto en verlos jugar o trabajar mientras pienso.

Hasta ahora he creído en Dios, tal como me lo han enseñado todos. Los curas y la familia. Como un señor muy bueno que todo lo mira y todo lo resuelve bien. La virgen y los santos le van recordando y pidiendo cosas para los que rezan a ellos en sus necesidades. Pero ahora ya no puedo evitar el comparar todas las cosas que veo con esta idea de un Dios absolutamente justo, y me asusto de no encontrar su justicia por ninguna parte. Indudablemente es muy bueno el que yo esté con los tíos y pueda llegar a ser ingeniero, pero mi madre tiene que lavar en el río, ser la criada de mis tíos y además dejar a mi hermana con la señora Segunda y a mi hermano interno en un colegio de caridad, porque si no, ni aun trabajando como trabaja podría mantener a todos. Hubiera sido mucho más sencillo que no hubiera muerto mi padre. A mí me dan carrera, a cambio de que me vuelva loco con los libros y saque matrículas de honor para los anuncios del colegio, porque si no las sacara, no me enseñarían gratis. Entonces sería como todos los demás chicos.

Dios premia a los buenos. El pobre Ángel se levanta a las cinco de la mañana con las alpargatas rotas a vender periódicos y después duerme en la puerta del teatro desde las doce de la noche que acaba la venta, para poder vender el primer puesto de la cola. El y su madre no ganan apenas para comer trabajando todo el día. En cambio, don Luis Bahía se ha quedado con la mitad de Brunete, echando de las tierras que eran suyas a los pobres a quienes había prestado. No sólo no le castiga Dios sino que, cuando va a San Martín, todos los curas le quieren mucho y le consideran como una buenísima persona porque encarga misas y novenas. Lo que a mí me ocurre en el colegio, pasa en todas partes. Los únicos buenos son los que tienen dinero y todos los demás son malos. Cuando protestan les dicen que tengan paciencia, que ganarán el cielo y que no importa nada lo malo que se pasa en esta vida. Al contrario, que es un mérito, y son dignos de envidia; pero yo no veo que, para ganar el cielo, los ricos se metan a pobres.

Quiero saber, saber mucho más, porque es la única posibilidad de llegar a ser rico y, cuando se es rico, se tiene todo, hasta el cielo.

Pagando, los curas dicen misas y dan millones y millones de indulgencias. Si se muere un pobre y Dios le condena al Purgatorio a cien mil años y su viuda no puede pagar más que una misa de tres pesetas, no tiene más que dos o tres mil días de indulgencia. Pero si se muere un rico y paga un funeral de primera clase, aunque Dios le condene a millones de años de Purgatorio, se reúnen tres curas, le dicen una misa cantada con órgano y todo y le dan una indulgencia plenaria. Al día siguiente de morirse ya está en el cielo. El que tiene miles de pesetas para ir a Lourdes, puede ser que esté cojo y vuelva andando. Pero si no puede ir a Lourdes, entonces se queda cojo toda la vida, porque la virgen no hace milagros más que con los que van allí.

Cuando los pobres van con las ropas rotas enseñando la carne porque no tienen otras, no les dejan entrar en la iglesia a rezar, y si se empeñan, llaman a los guardias y les llevan detenidos. Luego tienen los arcones en la sacristía llenos de ropas buenas para los santos y de alhajas y visten a las imágenes de madera y les ponen brillantes y terciopelos. Todos los curas salen como en el Teatro Real con sus trajes de oro y plata, las luces encendidas, sonando el órgano y cantando los coros; mientras cantan, los sacristanes pasan los cepillos. Cuando acaban, cierran la iglesia y los pobres se quedan a dormir en la puerta en cueros. Dentro está la virgen, todavía con la corona de oro y el manto de terciopelo, bien calentita porque la iglesia está alfombrada y las estufas aún encendidas. El Niño Jesús tiene unas bragas bordadas con oro y un manto también de terciopelo, con su corona de brillantes. En la puerta hay una pobre a quien mi madre le compró una vez diez céntimos de leche caliente, porque nos enseñaba el pecho arrugado sin leche, y el niño llorando con las nalgas al aire. Se sentó allí, en la puerta de la iglesia de Santiago en una cama de papeles y le decía a mi madre:

—Dios se lo pague, mujer.

Mi madre subió a la casa y le bajó un mantón viejo que ella se ataba a la cintura para lavar en el invierno, y con él hizo la mujer un paquete al niño, porque iban a dormir allí toda la noche. La mujer se taparía con los carteles de los teatros.

Al día siguiente me llevó a la novena mi tía y me decía que la virgen estaba muy hermosa con el manto, la corona y las luces. Yo me acordaba de la pobre de la noche antes. Cuando salimos, se lo conté a mí tía.

—Hijo —me dijo—, hay muchos desgraciados. Pero Dios sabe por qué lo hace. A lo mejor era una mala mujer. Seguramente no tendrá teta porque se emborrachará.

La novena era en honor de Nuestra Señora la Santísima Virgen de la Leche y del Buen Parto.

La alameda está llena de animales que han ido viniendo despacito mientras pienso y no hacen caso de mí. Hay dos lagartos que juegan al sol, en la hierba, moviendo sus colas y sacándose la lengua. Hay ranas que saltan en el arroyo y se persiguen unas a otras. Hay un camino negro de hormigas que van y vienen llevando granitos al hormiguero. Los escarabajos han rodeado una boñiga y están haciendo bolas. Cada macho y cada hembra van juntos empujando su bola, que a veces se les cae encima. Todos juegan y todos trabajan igual.

Quisiera ser como ellos y que todas las personas fueran como ellos. Pretendo hablar de estas cosas con el tío Luis y me escucha tratando de comprenderme. Cuando acabo de explicarle, me dice:

—Mira, todo eso son monsergas que te han metido en la cabeza. Dios se dedicó a hacer el mundo. Cada vez que hacía una bolita con la tierra y la sacaba ardiendo del horno, le daba un papirotazo y la echaba al aire a rodar. De vez en cuando se entretenía en hacer personas y bichos; apagaba una bolita y los dejaba encima para que crecieran. Se quedaba mirando crecer a todos los bichos y los enseñaba a vivir. Un día se cansó de todos estos mundos, entre ellos la Tierra, los cogió y de un puntapié los tiró al aire. Después se echó a dormir y nadie ha vuelto a saber de él una palabra.

Claro que esto lo dice para burlarse de mí. Pero yo me disgusto, porque él no comprende que a mí me hace falta Dios.

Regreso a Madrid, sigo yendo a la iglesia en el colegio y con mi tía. Pero ya no puedo rezar.