La forja
Capítulo VII
Capitalista
Una de las cosas imperdonables en el banco son las faltas de asistencia. Le he dicho a Perahíta que necesitaba un día libre para ir a casa del notario, que nos ha citado para liquidar la herencia de los tíos. Al día siguiente me ha llamado Corachán:
—Su jefe me informa que necesita usted un día de permiso para asuntos personales.
—Sí, señor.
Me mira un ratito despacio como si quisiera estudiarme en detalle. Como salga con una de las suyas, me voy del banco. Estoy harto del tío este. Después vuelve a hablar, recalcando cada palabra:
—¿Y se puede saber qué «asuntos personales» le exigen al señor perder un día de trabajo? —Lo dice sílaba tras sílaba, acariciándose la barba con la mano semicerrada y mirándome con ojuelos entornados.
—Tengo que recoger una herencia. —También se lo digo yo silabeando.
—¡Ah! Una herencia. ¡Caramba! ¡Caramba…! Entonces, ¿nos deja usted?
—¿Dejarles? ¿El qué? ¿El banco? No, señor. Seguiré trabajando.
—¡Ah! Vamos. Entonces es una herencia pequeña. ¿Cuánto va usted a cobrar?
—No lo sé exactamente. Dos, tres, cuatro o cinco mil duros.
—No está mal. No está mal. —Se acaricia de nuevo la barba—. Y para cobrar cinco mil duros, suponiendo que todo esto no sea un cuento, ¿necesita usted un día entero? ¿Es que le van a pagar a usted en calderilla?
Me azoro completamente. ¿Cómo le explico yo a este tío, alto jefe de un banco, donde se tiene la costumbre de manejar millones, que coger unos miles de pesetas y llevarlos a la buhardilla de una lavandera es un acontecimiento que impide trabajar durante el día? Aquí los billetes de mil pesetas no me causan emoción alguna, pero pensar que mañana habrá en la buhardilla un paquetito de ellos y que tendremos que quedarnos allí los dos, mi madre y yo, para que no nos roben, hasta que acordemos lo que vamos a hacer, me produce una emoción intensa. Vendrá la señora Pascuala a mirar los billetes grandes a la luz de la lámpara. «Señora Leonor, déjeme usted ver uno». Después irán viniendo las vecinas de las buhardillas, una a una, y mirarán el billete, cogiéndole con miedo con la punta de los dedos. Comienzo a indignarme contra este viejo gruñón que está aquí riéndose de mí.
—Supongo que no me pagarán en calderilla.
El tono de mi voz, áspero, le hace levantar la cabeza y mirarme la cara. Doctoralmente, fríamente, me dice:
—¿Y quién me demuestra a mí que todo esto no es una historia para marcharse mañana de juerga con los amiguitos o con una amiguita?
Saco la carta de cita de don Primo. La lee despacio. La dobla y me la devuelve.
—¡Bien! ¡Bien! Mañana a las diez en la calle de Campomanes. ¡Bueno! Vendrá usted a firmar y después se marcha. Tiene usted libre la mañana. Por la tarde comprobaré yo mismo si ha venido usted. Puede usted retirarse.
Le cuento a Perahíta la entrevista y se ríe de mi indignación. Se ríe con sus dos manos gordas, de uñas aplastadas, agarradas a la mesa, como si temiera que la bola de caucho de su cuerpo se escapara de la silla y se cayera. La risa le hace rebrincar en la silla y aprieta los dedos sobre el tablero, hasta que las uñas se le ponen blancas del esfuerzo. Después, me golpea la espalda:
—Bueno, hombre, no te apures. Mañana por la tarde no vienes.
—¿Me da usted el permiso?, —pregunto.
—Yo no, hijo. ¡Cualquiera se pone frente de Corachán! Pero mañana es la Ascensión y no hay oficina.
Nos echamos a reír los dos y con nosotros todo el negociado. Enriqueta viene con unos paquetes de cupones y se coloca a mi lado. Comenzamos a hablar:
—¿Hereda usted mucho? —Y me da un pellizco en un costado—. ¡Ladrón! — Dice en voz baja—: ¡Qué calladito lo tenías!
—¡Psch! Cuatro o cinco mil duros; tal vez seis mil.
Magdalena suspira a la cifra y me mira con rabia. Con rabia de solterona pobre y fea. Calzada deja de escribir facturas. «Treinta mil pesetas», dice. Los dos estamos en el secreto: es el hijo de un portero que remienda zapatos en un tugurio debajo de una escalera de casa pobre. Yo soy un hijo de lavandera. Se imagina lo que son para nosotros treinta mil pesetas, pensando en lo que serían treinta mil pesetas para él. Treinta mil pesetas debajo del quinqué donde trabaja su padre, machacando suela, con las gafas colgando en la punta de la nariz. Seguro que se lavaba las manos negras de polvo de suelas viejas antes de tocar un billete. Perahíta dice:
—Seis mil duros no es mucho, pero le hacen a uno independiente. Siempre es bueno tener algo cuando se queda uno sin trabajo o cuando viene una enfermedad. Nunca se sabe. Mil duros teníamos nosotros ahorrados y gracias a ello se pudo salvar la Eloísa. Tres mil pesetas me cobró el médico por operarla del riñón. Tan bien que ha quedado. No me pesa. Sin los mil duros, estaría viudo a estas horas.
¿Qué haría este hombre gordo sin la Eloísa que le cepilla la ropa y le plancha los pantalones? Continúa la historia:
—Después, otra vez hemos empezado a hacer el «gato». En dos años ya tenemos tres mil pesetas. ¡Cuesta trabajo reunir mil duros! Pero, en fin, algo es algo, para otra operación ya hay. Por lo menos estamos tranquilos.
Me echo a reír y me miran todos.
—Me río porque, como siga usted ahorrando, a ese paso se quedan su mujer y usted sin riñones en ocho años.
Y estallan las risas de todos.
Volvemos a reunimos —por última vez en la vida— todos los herederos. Don Primo va entregando a cada uno una hoja de papel con la liquidación para que firmen el «recibí» y después les da el dinero. No se marchan, se quedan allí a ver lo que los otros cobran por si el notario les engaña. A medida que van deletreando los papeles de la liquidación, van estallando las broncas. La primera es la tía Braulia. Se va a la mesa con la liquidación en la mano e interrumpe a don Primo que está pagando al tío Julián:
—Oiga usted, señor, ¿me quiere usted leer esto? Porque una no sabe de letras.
—Un momento, señora. —Don Primo termina con el tío Julián, coge la liquidación y comienza a leer—: Entregado a don Enrique González, a petición: 500 pesetas. Entregado a don Hilario González, a petición: 750 pesetas. Entregado… — Siguen así una hilera de peticiones hasta seis—. Liquidado: 1. 753 pesetas.
La tía Braulia escucha muy atenta. Cuando acaba el notario, dice:
—Bueno, en resumen, ¡la nada entre dos platos! Que éste —le fusila a su marido con un dedo negro— se ha ido comiendo los cuartos. Y mientras, una en la higuera. ¡Para eso querías venir a Madrid!
Se pone en jarras, aumentando el volumen de sus cuatro o cinco sayas y refajos y mira con desafío al tío Hilario.
—Bueno, mujer, yo te explicaré. Aquí no vas a dar un escándalo.
—Pues claro que lo voy a dar. ¡Hasta en el pueblo me van a oír desde aquí!
Esta bronca es la señal de todas las demás. Cada mujer se pone a revisar sus cuentas y cada una encuentra un desfalco de su marido. El tío Anastasio llega a la mesa y firma la liquidación de su mujer y de Baldomerita. El notario va extendiendo los billetes sobre la mesa, uno a uno; el tío alarga la mano muy digno:
—No se moleste en contar, no vale la pena.
Agarra el paquete de billetes de la mano de don Primo y se los mete en el bolsillo con la liquidación. La tía Basilisa protesta.
—¡Bueno! ¡Bueno! ¡Pero vamos a ver!
El tío Anastasio se encrespa:
—¡Vamos a ver! ¡Vamos a ver! Aquí no se ve nada. En casa arreglaremos todo; o tú te crees que yo soy como éstos, que voy a dar escándalo en casa de este señor. ¡A Dios gracias no soy un gañán! Uno tiene su educación y sabe comportarse delante de la gente. ¡A casa!
La tía Braulia le corta el paso:
—¡Gañán! ¡Gañán! A mucha honra, señorito de mierda. Usted ha hecho lo que el mío, arramblar con los cuartos y ahora se pone muy chulo para que los demás no nos enteremos. ¡Usted es un sinvergüenza como todos los hombres! ¡Eso, eso es lo que es usted!
La tía Basilisa rompe a llorar, la tía Braulia también. Se abrazan llorando. El tío Hilario y el tío Basilio se miran con odio. Los chicos del tío Julián comienzan a llorar también. Don Primo se enfada y da un puñetazo en la mesa:
—¡Puñeta! ¡Qué están ustedes en mi casa!
Se quedan todos en silencio y entonces nos llama a mi madre y a mí. Firmamos la liquidación los dos. Don Primo pone en la mesa un billete de cien pesetas, otro, otro, y cuenta hasta diez billetes. Miran todos a ver qué pasa y miro yo asombrado de ver que el notario ha dejado de poner billetes sobre la mesa. Después saca otra liquidación.
—Es lo mejor que hemos podido comprar. Aquí están las pólizas y la liquidación. Firme usted aquí. El niño no hace falta que firme, porque esto es bajo su responsabilidad de tutora.
Mi madre firma trabajosamente con sus patas de mosca. Después, don Primo le da un resguardo del Banco de España. Los conozco muy bien, porque los manejo todos los días.
—Aquí tiene usted el resguardo del depósito.
Mi madre mete los billetes en un portamonedas. Dobla el resguardo en pliegues y lo guarda en el pecho. Me coge de la mano.
—Despídete de don Primo —dice.
Igual, igual que cuando tenía ocho años y me llevaban de la manita. Me dan ganas de llorar. La tía Basilisa se acerca a mi madre:
—¿Qué has hecho, Leonor?
—Nada, me he aconsejado de don Primo y como yo no soy más que la tutora del chico, pues él se ha encargado de comprar papel del Estado. Me ha separado mil pesetas para arreglarnos un poco y lo demás para cuando sea hombre, que haga lo que quiera.
—¿Mucho, mucho?, —pregunta el tío Anastasio.
—Al cambio que tiene ahora la Deuda Interior —dice don Primo, le hemos podido comprar doce mil quinientas pesetas nominales.
Fuencisla, al oír doce mil pesetas, se vuelve hecha una furia:
—Entonces, ha hecho usted trampa, ¡tío ladrón!, —le dice a don Primo.
Nos quedamos todos suspensos. El tío Anastasio planta una manaza en la mesa y dice:
—Hay que aclarar eso, ¿eh?
Don Primo, con su traje negro, sus gafas de oro y su barbita, los mira como si quisiera empezar a bofetadas:
—Señora —dice con la voz ronca—, le perdono a usted el insulto, porque al fin y al cabo nadie está obligado a saber. He dicho doce mil quinientas pesetas nominales y ustedes se asustan de la cantidad. El papel de la Deuda está a sesenta y nueve por ciento y la gente deseando vender, porque no es un papel de especulación.
Los paletos han hecho corro alrededor de la mesa y le miran con los ojos muy abiertos. «El papel», «la Deuda», «el sesenta y nueve por ciento». ¿Qué quiere decir este tío?
—Bueno, menos retórica —dice el tío Hilario—, las cosas claras. Este mocoso (así se te reviente el lobanillo, ¡tío ladrón!) se lleva más de dos mil duros y nosotros una miseria. ¿Por qué?
A las tres de la tarde salimos de la notaría, después de una explicación minuciosa de las particiones, de lo que es papel de la Deuda, de por qué sesenta y nueve pesetas valen cien. En la esquina de la calle nos decimos todos ¡adiós! Un adiós lleno de rencores. El grupo de los parientes de Brunete, con sus hombres en traje de pana, faja y sombrero redondo, sus mujeres de faldas pomposas y pañuelo de colorines a la cabeza y sus chicos pataleantes dentro de las botas duras, se va plaza adelante, discutiendo a gritos. La gente vuelve la cabeza para seguir mirándolos, después que los han rebasado.
Mi madre y yo nos vamos calle del Arenal arriba hacia la Puerta del Sol. Voy al lado de ella, pero separado de ella. No la he cogido del brazo, como siempre que vamos juntos por la calle. Voy a su altura a medio metro de distancia. Vamos callados los dos. Ella con sus pasos menudos de mujer pequeña y nerviosa; yo alargando las zancas de mis piernas largas, andando la mitad que ella en el mismo espacio. Voy lleno de resentimientos. Comienzan contra unos y otros y acaban contra mi madre. No se escapa nadie. Los parientes por su fiscalización desconfiada, minuciosa, contando los céntimos, comprobando las sumas, haciéndose explicar diez veces la diferencia entre sesenta y nueve y ciento. Manoseando los recibos, la póliza, el resguardo, con las caras contraídas de ira. Don Primo de acuerdo con mi madre, para hacer los dos lo que les ha dado la gana, sin contar conmigo y sin que yo sepa una palabra. No me parece mal que el dinero esté en el banco, me parece mal que se haya hecho a mis espaldas. «El niño no hace falta que firme». ¿Para qué? El niño es un niño y ellos son personas mayores que hacen lo que quieren de los niños. Los hacen trabajar y se guardan los cuartos, compran papel de la Deuda o compran un traje y se quedan tan tranquilos. El niño ya será un hombre y cuando lo sea podrá protestar si quiere. ¡No! ¡No!, y ¡no! ¡En cuanto lleguemos a casa se va a armar la gorda! Le voy yo a decir a mi madre las cuatro verdades. Si soy un niño, que me manden al colegio, me eduquen y me mantengan. Si soy un hombre, que me traten como tal. Y si no soy ninguna de las dos cosas, entonces que se vayan todos al diablo, pero sin jugar conmigo como si fuera el gato.
Tengo deseos de fumarme un pitillo para matar la nerviosidad.
Llevo cigarrillos en el bolsillo, mi madre sabe que fumo, pero nunca he fumado delante de ella y no me atrevo a sacar uno. ¡Mejor! ¡Si se enfada, mejor! En la Puerta del Sol me decido, saco un pitillo y lo enciendo. Mi madre me mira y sigue marchando a pasitos cortos, como si no hubiera pasado nada. Comienzo a enfadarme de que no me diga nada. Podría regañarme y así podría yo estallar. Necesito chillar, discutir, echar fuera lo que llevo dentro.
En la calle de Carretas me pregunta, al fin:
—¿Qué vas pensando?
—Nada —le digo.
—Así te ahorras un trabajo —me contesta.
—Claro, cuando los demás piensan por uno, ¡para qué hay que pensar!
—¿Por qué dices eso?
—¿Por qué? Tan bien lo sabe usted como yo. —Me paro y me encaro con ella—. Que ya estoy harto de ser el «niño», ¿se entera usted?
Volvemos a caer en un silencio moroso y así llegamos a casa.
Como yo había supuesto, la señora Pascuala viene con nosotros a través del pasillo y entra en la buhardilla cuando abrimos la puerta:
—¿Qué? ¿Se ha arreglado todo bien, Leonor?
Mi madre suspira, se quita el pañuelo negro de la cabeza, se sienta en una silla:
—Todo está arreglado. Ya tenía ganas de acabar con esta historia. Le digo a usted que si no fuera por el chico… Se vuelve la gente loca en cuanto ve un billete. Yo creía que se iban a pegar en la misma notaría. ¿Para qué? Para luego coger una miseria que no le saca a una de pobres. Ya ve usted, los hermanos del tío José han trabajado treinta años juntos. El tío José les ha vendido el trigo, les ha prestado el dinero para mulas y para tierras; y los hermanos y sus hijos se miran con ganas de darse de puñaladas. Los otros igual. Hasta éste —me señala a mí—, ahí le tiene usted furioso porque he hecho lo que me ha parecido mejor para él. Hasta los chicos ven un billete y se vuelven locos. Muchas fatigas he pasado para sacarlos adelante a los cuatro, usted lo sabe, Pascuala, pero prefiero mi cocido y mi café recolado. Así he vivido toda mi vida y así quisiera morirme; con que me dejen morir en mi cama tranquilamente, sin ir al hospital, me conformo. No es mucho pedir.
—Yo no he dicho nada —contesto malhumorado.
—Tú no has dicho nada. ¿Te crees que no tengo ojos en la cara? Vienes todo el camino como un monaguillo, separado de una. Luego, el «señorito» enciende un pitillo en la Puerta del Sol, con todo el descaro del mundo. ¿Qué creías, que iba a chillarte? No, hijo, no; puedes fumar todo lo que quieras. Ahora, vamos a ver, ¿qué te pasa?
—¿Qué qué me pasa? Pues eso; que estoy harto ya de ser el niño y el chiquillo y de que se disponga de lo mío sin contar conmigo. ¿Quién le ha mandado a usted comprar papel del Estado? Usted tendrá sus ideas sobre el dinero, pero yo también tengo las mías. Y al fin y al cabo el dinero es mío y de nadie más.
—¿Y cuáles son tus ideas sobre el dinero?
Eso no le importa a nadie. Usted ha debido de coger el dinero, puesto que a mí no me lo dan por menor. Pero después los dos hubiéramos visto lo que se hacía con él. Y no que, sin contar con nadie, se pone usted de acuerdo con el notario, y compra papel del Estado. ¿Y usted qué sabe del papel del Estado? En todo caso lo puedo saber yo que estoy en un banco y precisamente en el negocio donde se manejan los títulos. ¡Papel de la deuda perpetua! Tan siquiera hubiera usted comprado amortizable, podría uno tener la suerte de que saliera premiado un título. ¡Pero papel de la deuda interior que nadie lo quiere! ¡Y todavía cree usted que soy un chiquillo que no entiende nada de nada!
—¡Pues claro que lo creo! ¡Tonto! —Y su mano me acaricia los pelos revueltos. Los dedos se van enredando en la cabeza y me van aflojando los nervios—. ¡Claro que lo creo! Mira: hasta que seas mayor de edad, yo soy tu tutora. Esto no es que tenga el derecho de hacer lo que me da la gana. Es que tengo la responsabilidad de administrar tus bienes y la obligación de darte cuenta de lo que he hecho el día que seas mayor de edad. Ahora no podemos gastar los cuartos en lo que tú quieras. Luego, cuando seas un hombre, vendrías a decirme: «¿Dónde esta mi dinero?». Cuando yo te dijera: «Te lo gastaste», me contestarías: «¿Yo? Yo no me lo podía gastar porque era un niño. Se lo habrá gastado usted que era la única que podía disponer de ello». Y hasta podrías llevarme a la cárcel por ladrona. ¡No! El dinero se quedará en el banco hasta que tú mismo puedas dar la orden de sacarlo y entonces te lo gastas en lo que quieras, en negocios o en mujeres. ¡Y buen provecho te haga! Yo nada necesito. Toda mi vida he sido pobre y me moriré pobre. Tú tienes una vida por delante, yo soy ya vieja.
Los dedos en el pelo, las últimas palabras, me disuelven todas las iras y los ojos se me llenan de agua.
—¿Ves cómo eres un chiquillo y un tonto?, —me dice.
Me limpia la cara como cuando era niño, me da un beso en la frente. Saca un billete de cien pesetas. Me lo da:
—Toma, para que convides a los amigos y te compres lo que quieras, pero no hagas ninguna tontería.
La señora Pascuala suspira:
—¡Ay! ¡Los hijos, Leonor, los hijos! ¡Lo que padece una por ellos! ¿Y ahora qué van a hacer ustedes?
—¿Qué qué vamos a hacer? Pues nada, seguir como siempre.
—Yo creí que se mudarían ustedes. Me había dicho, cuando el chico de la Leonor coja los cuartos se mudarán. Una lo siente porque al fin y al cabo son dieciséis años de vivir juntos, pared por medio.
—Pues claro que nos mudaremos —digo yo—. Yo no quiero seguir en la buhardilla.
—Mira, hijo. Vamos a ser razonables. Con este dinero —señala el resguardo—, no somos ni más ricos ni más pobres. Te renta un día con otro cinco reales. ¿Y tú crees que con cinco reales más o menos vamos a salir de apuros? ¡No! Aquí pagamos nueve pesetas al mes y no tenemos trampas. En un piso nos gastaríamos tu renta y algo más. Acabaríamos por entramparnos y luego, ¿qué? Cuando ganes más, cuando tus hermanos ganen más, entonces veremos a ver lo que se hace. Pero hoy, tú sabes que entre nosotros no ganamos más que lo justo para vivir como vivimos. Lo único que me gustaría sería si quedara vacía una buhardilla como la de la cigarrera o la de la señora Paca. La pediría para vosotros que ya vais siendo mayores, y si la Concha viene un día a casa, no podemos vivir en la misma habitación. Eso sí, porque en junto serían veinte pesetas al mes y las podemos pagar.
—Bueno —transijo—, pero yo quiero una cosa y ésa sí se hace.
—Tú dirás.
—Quiero instalar una luz eléctrica en la buhardilla. Ya estoy harto de quemarme las cejas con el quinqué para poder leer un rato.
Queda aprobada la instalación de la bombilla y yo me encargo de avisar a la compañía. Una bombilla clavada en medio del techo torcido de la buhardilla, con un cordón muy largo, para que pueda alumbrar encima de la mesa y que yo pueda enganchármela a la cabecera de la cama y leer acostado, con un casquillo con llave, para apagarla sin tener que levantarme.
Al día siguiente, en el banco, tengo que convidar a todos. El ordenanza nos trae a escondidas dos botellas de manzanilla y unos pasteles. Nos los comemos entre todos con la puerta del negociado cerrada para que no nos vean. Después, la habitación huele a vino y tenemos que abrir la puerta y la montera de cristales del techo para que la corriente de aire se lleve el olor.
Perahíta me dice:
—¿Cuánto has cobrado por fin?
—No mucho. Un piquillo.
—Bueno, guarda el secreto. No te vamos a pedir nada. Aparte que no nos lo ibas a dar.
—Treinta mil pesetas —digo.
—¡Caramba! ¿A eso llamas tú un piquillo? ¡Seis mil duros! Ya estarás contento. Mira que si se muriera así un pariente todos los días.
—No estaría mal.
Claro que estaría mal que se me muriera un pariente así todos los días. Si el tío José no se hubiera muerto, yo no tendría el dinero, pero estaría mucho mejor. No estaría en la buhardilla. Ni estaría aquí por una miseria. Estaría estudiando y sería ingeniero. ¿Pero quién explica esto? Es necesario que todos vean que está uno contento, muy contento, que es rico, muy rico, y que se pueden ir muriendo todos los parientes y dejando herencias.
Al único que le cuento la verdad es a Pla. Nos tomamos los dos solos unos vasitos de manzanilla en casa del Portugués.
—Has hecho bien —me dice—. Veinte mil duros debías haber dicho que tenías de herencia. Te hubiera llamado el director, te hubieran felicitado y te hubieran subido el sueldo. Seguro. De todas maneras te lo subirán, verás. En cuanto sepan que tienes dinero, te darán un empujoncito.
No se equivoca Pla. Me suben el sueldo a doce duros y medio. Los compañeros rabian un poco. Antonio me dice muy triste, porque su sobre no tiene más que una gratificación pequeña, sin ningún aumento:
—¿Ves? Siempre lo mismo. Hemos hecho el mismo trabajo tú y yo todo el año. Yo llevo más tiempo que tú y tengo más derecho. Bueno, pues te suben el sueldo a ti que no lo necesitas.
Llego a la buhardilla tan contento con la noticia. Ahora sí nos podremos mudar. Está mi madre sola, cosiendo a la luz del quinqué al que le quedan pocas horas de lucir. Le doy la nota y muchos besos en la nuca que le hacen cosquillas. Me siento a sus pies en una silla baja y meto la cabeza en sus faldas. ¡Al fin comienzan a ir bien las cosas!
—Ahora nos podríamos mudar, madre.
Los dedos finos, pequeñitos, comienzan a revolverme el pelo.
—¿Sabes? A Rafael lo han despedido hoy. Pero todo se arreglará. El doctor Chicote me va a dar la ropa del servicio de desinfección. La señora Paca se viene de ayudante conmigo y entre las dos, a medias, lavaremos la ropa. Porque tú verás, no trabajando Rafael, son seis pesetas menos todos los días. Y sabe Dios cuándo encontrará trabajo, sin tener ningún oficio…
La escucho mirándola desde aquí, desde sus rodillas.
—Mañana a las diez vendrá el hombre de la luz —le digo.
Allí, donde está en el techo el redondel de humo de la lámpara, clavarán un taco de madera y de él colgará el flexible con la bombilla. El casquillo tendrá una llave, y cuando yo acabe de leer apagaré la luz.