La forja
Primera parte
Capítulo I
Los doscientos pantalones se llenan de viento y se inflan. Me parecen hombres gordos sin cabeza, que se balancean colgados de las cuerdas del tendedero. Los chicos corremos entre las hileras de pantalones blancos y repartimos azotazos sobre los traseros hinchados. La señora Encarna corre detrás de nosotros con la pala de madera con que golpea la ropa sucia para que escurra la pringue. Nos refugiamos en el laberinto de calles que forman las cuatrocientas sábanas húmedas. A veces consigue alcanzar a alguno; los demás comenzamos a tirar pellas de barro a los pantalones. Les quedan manchas, como si se hubieran ensuciado en ellos, y pensamos en los azotes que le van a dar por cochino al dueño.
Por la tarde, cuando los pantalones están secos, ayudamos a contarlos en montones de diez hasta completar los doscientos. Los chicos de las lavanderas nos reunimos con la señora Encarna en el piso más alto de la casa del lavadero. Es una nave que tiene encima el tejado doblado en dos. La señora Encarna cabe en medio de pie y casi da con el moño en la viga central. Nosotros nos quedamos a los lados y damos con la cabeza en el techo. Al lado de la señora Encarna está el montón de pantalones, de sábanas, de calzoncillos y de camisas. Al final están las fundas de las almohadas. Cada prenda tiene un número, y la señora Encarna los va cantando y tirándolas al chico que tiene aquella docena a su cargo. Cada uno de nosotros tenemos a nuestro lado dos o tres montones, donde están los «veintes», los «treintas» o los «sesentas». Cada prenda la dejamos caer en su montón correspondiente. Después, en cada funda de almohada, como si fuera un saco, metemos un pantalón, dos sábanas, un par de calzoncillos y una camisa, que tienen todos el mismo número. Los jueves baja el carro grande, con cuatro caballos, que carga los doscientos talegos de ropa limpia y deja otros doscientos de ropa sucia.
Son los equipos de los soldados de la Escolta Real, los únicos soldados que tienen sábanas para dormir.
Todas las mañanas pasan por el puente del Rey los soldados de la escolta, a caballo, rodeando un coche abierto, donde va el príncipe y a veces la reina. Primero sale del túnel un caballerizo que avisa a los guardias del puente y éstos echan a la gente. Después pasa el coche con la escolta, cuando el puente ya está vacío. Como somos chicos y no podemos ser anarquistas, los guardias nos dejan en el puente cuando pasan. No nos asustan los soldados de la escolta a caballo, porque estamos hartos de ver sus pantalones.
El príncipe es un niño rubio con ojos azules, que nos mira y se ríe, poniendo cara de bobo. Dicen que es mudo y que se pasea en la Casa de Campo entre un cura y un general con bigotes blancos, que le acompañan todos los días. Estaría mejor aquí, en el río, jugando con nosotros. Además, le veríamos en pelota cuando nos bañamos, y sabríamos cómo es un príncipe por dentro. Pero parece que no le dejan. Una vez se lo dijimos al tío Granizo, el dueño del lavadero, porque él tiene confianza con el guarda mayor de la Casa de Campo que a veces habla con el príncipe. El tío Granizo nos lo prometió y luego nos dijo que el general no le dejaba.
Estos militarotes son todos igual. A casa de mi tío José va un general que estuvo en las Filipinas. Se trajo de allí a un chino muy viejo que me quiere mucho, un bastón de una madera de color rosa, que él dice que es la espina de un pescado que llaman manatí y mata a quien dan un palo con ella, y una cruz que no es una cruz, es una estrella verde con muchos rayos. La lleva en todas partes: bordada en el chaleco y en la camisa, y además en un botón de esmalte en la solapa de la americana.
El general, cuando va a casa, gruñe carraspeando y me pregunta «si soy un hombrecito». En seguida me empieza a regañar: «Niño, estate quieto, los hombrecitos no hacen esto». «Niño, deja el gato, ya eres un hombre». Me suelo sentar entre las piernas de mi tío y ellos charlan de política y de la guerra de los rusos y los japoneses. La guerra acabó hace años, pero al general le gusta hablar de ella, porque ha estado en China y en el Japón. Cuando hablan de esto, los escucho, y cada vez que oigo cómo los japoneses les zumbaban a los rusos, me alegro. Tengo una rabia loca a los rusos. Tienen un rey muy bestia que es el zar, y un jefe de policía que se llama Petroff, «el capitán Petroff», y es un bárbaro que lleva a la gente a latigazos. Todos los domingos, mi tío me compra las Aventuras del capitán Petroff. Le tiran muchas bombas, pero no le matan.
Cuando no hablan de la guerra, me aburro y me pongo a jugar, tumbado en la alfombra del comedor.
Este general que va con el príncipe debe de ser igual. Es el que le va a enseñar a hacer la guerra cuando sea rey, porque todos los reyes necesitan saber cómo hacer la guerra. El cura le enseña a hablar. Esto no lo entiendo, porque si es mudo, no sé cómo va a hablar; puede que hable por ser príncipe, porque de los mudos que yo conozco ninguno habla más que por señas y no será por falta de curas.
Me estoy aburriendo porque no baja ninguna pelota y nos hace falta una para jugar esta tarde. Es muy sencillo pescar una pelota.
Delante de la casa del tío Granizo hay un puentecillo de madera, hecho con dos rieles del tren atravesados y cubiertos de tablones, con su barandilla y todo, pintado de verde. Allí pasa un río negro que sale de un túnel debajo del puente del Rey; este túnel y este río son la alcantarilla de Madrid. Todas las pelotas que pierden los chicos en las calles de Madrid, porque se les cuelan por las bocas de las alcantarillas, bajan flotando, y nosotros, desde lo alto del puente, las pescamos con una manga hecha de un palo largo y la alambrera vieja de un brasero. Una vez cogí una de goma pintada de colorado. Al otro día, en el colegio, me la quitó Cerdeño y, como es mayor que yo, me tuve que callar. Ahora que le costó caro: le metí una pedrada desde lo alto de la corrala; ha llevado una venda tres días y le han tenido que coser los sesos con hilo. Claro que no sabe quién ha sido; pero, por si se entera, llevo siempre una piedra de puntas en el bolsillo, y como me quiera pegar, le van a coser otra vez.
Antonio, el cojito, se cayó una vez desde el puentecillo y por poco se ahoga. Le sacó el señor Manuel, el mozo del lavadero, y le apretó la tripa con las dos manos. Comenzó a echar agua sucia por la boca; luego le dieron té y aguardiente. El señor Manuel, como es un borrachín, se bebió un trago grande de la misma botella, porque se había mojado los pantalones y decía que tenía frío.
Nada, que no baja ninguna pelota; me voy a comer, que me está llamando mi madre. Hoy comeremos al sol sobre la hierba. Esto me gusta más que los días que no hay sol y hace frío; entonces comemos dentro de la casa del tío Granizo. Es una taberna con un mostrador de estaño y unas mesas redondas que todas están cojas: se cae la sopa y además el brasero da un tufo inaguantable. No es un brasero, es un anafre muy grande, con una lumbre en medio y con los pucheros de todas las lavanderas alrededor. El puchero de mi madre es pequeño, porque no somos más que dos, pero el puchero de la señora Encarna parece una tinaja. Son nueve y tienen por plato una palangana pequeña. Se sientan todos alrededor y van metiendo la cuchara por turnos. Cuando llueve y comen dentro, se sientan en dos mesas y reparten la comida entre la palangana y una cazuela de barro muy grande que el tío Granizo tiene para guisar caracoles los domingos. Porque los domingos no hay lavadero y el tío Granizo guisa caracoles; por la tarde bajan hombres y mujeres a bailar aquí y meriendan caracoles y vino. Un domingo nos convidó a mi madre y a mí, y yo me hinché de comer. Los caracoles se cogen aquí mismo entre la hierba, sobre todo después que ha llovido, cuando salen a tomar el sol. Nosotros, los chicos, los cogemos, les pintamos la cáscara de colores y jugamos con ellos a las carreras de caballos.
El cocido sabe aquí mejor que en casa: se pica una sopa de pan muy delgadita y luego se vierte encima el caldo del cocido, amarillo de azafrán. Se come uno la sopa, luego los garbanzos, y por último la carne, con tomates cortados por la mitad, espolvoreados de sal. De postre, la ensalada: unas lechugas jugosas con un cogollo muy tierno, como no las hay en Madrid. Las cría el tío Granizo aquí, al lado de la alcantarilla, porque dice que con el agua de la alcantarilla crecen mejor; y es verdad. Esto parece que es una porquería, pero también se echa la basura en los campos y las gallinas se la comen. Sin embargo, el pan y las gallinas están muy ricos.
Las gallinas y los patos conocen la hora de la comida. En cuanto han visto que mi madre volcaba la banca han comenzado a venir. Debajo de la banca había una lombriz muy grande y muy larga, y un pato la ha visto en seguida. Se la ha comido igual que me como yo los fideos gordos: la ha dejado colgando del pico y después la ha sorbido, haciendo «paff» y ¡adentro! Después se ha picoteado las plumas del cuello como si le hubieran quedado migas y ha esperado a que le eche un cacho de pan. No se lo doy en la mano, porque es muy bruto: pica los dedos y, como tiene el pico muy duro, hace daño.
Con la banca boca abajo como mesa, comemos los dos, mi madre y yo, sentados en el suelo. Mi madre tiene las manos muy pequeñitas; y como toda la mañana desde que salió el sol ha estado lavando, los dedos se le han quedado arrugaditos como la piel de las viejas, con las uñas muy brillantes. Algunas veces las yemas se le llenan de las picaduras de la lejía que quema. En el invierno se le cortan las manos, porque cuando las tiene mojadas y las saca al aire, se hiela el agua y se llenan de cristalitos. Le salta la sangre como si la hubiera arañado el gato. Entonces se da glicerina en ellas y se curan en seguida.
Cuando acabemos de comer vamos a hacer la carrera de autos París–Madrid con las carretillas de llevar la ropa. Le hemos quitado cuatro al señor Manuel, sin que se entere, y las tenemos escondidas en la Pradera. No quiere que juguemos con ellas, porque pesan mucho y dice que nos vamos a romper una pierna; pero es muy divertido. Tienen una rueda de hierro delante que chirría al rodar; uno de nosotros se monta encima y otro empuja a todo correr, hasta que se cansa; entonces vuelca de repente la carretilla y el que va encima se cae. Una vez hicimos así el choque de trenes y el cojito se machacó un dedo. El pobre es un desgraciado: su padre le dio un palo y le dejó cojo; como he dicho, se cayó de la alcantarilla; como es cojo y no desgasta más que una bota, su madre le hace ponerse las dos botas del mismo par, una cada día, para que las desgaste por igual. Cuando le toca la del pie izquierdo, que es el que le falta, se queda cojo de los dos pies y tiene mucha gracia verle correr colgado de las muletas.
Yo he visto la carrera París–Madrid en la calle del Arenal, en la esquina de la calle donde vive mi tío. Habían puesto muchos guardias para que no atropellaran a la gente, pero no los dejaron llegar corriendo hasta la Puerta del Sol como ellos querían. La meta estaba en el puente de los Franceses, y allí se espachurraron cuatro o cinco autos. Yo no había visto nunca un auto de carrera, porque los que hay en Madrid parecen coches sin caballos; pero éstos son diferentes. Son muy bajitos y muy largos y el hombre va metido dentro, tumbado, y sólo se le ve la cabeza, con una gorra de pelos y unas gafas grandes con cristales, como las de los buzos. Los autos llevan unos tubos muy grandes y por allí van soltando explosiones como cañonazos, con mucho humo que huele muy mal. Los periódicos decían que habían corrido a noventa kilómetros por hora. El tren a Méntrida, que no está más que a treinta y siete kilómetros de Madrid, tarda desde las seis de la mañana hasta las once, así que no tiene nada de extraño que se hayan saltado los sesos en el camino.
A mí me gusta correr así. En el barrio tenemos los chicos un auto. Es un cajón con cuatro ruedas y las dos de delante tienen un guía con una cuerda. En él bajamos corriendo la cuesta de la calle de Lepanto, que es muy larga. Cuando llegamos abajo, con la velocidad seguimos corriendo por el asfalto de la plaza de Oriente. El único peligro es que abajo, en la esquina, hay un farol; Manolo, el chico del tabernero, se pegó un día contra este farol y se rompió un brazo. Pegaba muchos gritos, pero no debió de ser una cosa muy grave, porque le pusieron el brazo en escayola y sigue montando en el auto. Sólo que ahora tiene miedo: cuando llega al final de la cuesta, frena con el pie contra la acera.
La pradera donde hacemos la carrera de autos se llama el paseo de la Virgen del Puerto. Es una pradera toda llena de hierba, con muchos álamos y castaños de Indias. A los álamos les arrancamos la corteza y debajo les queda una mancha verde clara que parece que suda; los castaños dan unas bolas llenas de pinchos que tienen dentro las castañas, pero no se pueden comer, porque duelen las tripas. Nosotros, cuando cogemos algunas, las escondemos en el bolsillo, y cuando vemos que otro está agachado se la tiramos al trasero. Los pinchos se le clavan y le hacen saltar. Una vez partimos una por la mitad y metimos la cáscara, partida en dos, debajo del rabo de un burro que estaba comiendo hierba en la pradera. El burro corría por todas partes soltando coces y no se dejaba coger ni por el amo.
No sé por qué llaman a esto la Virgen del Puerto. Claro que hay una virgen en una ermita pequeñita. Vive allí un cura muy gordo que algunas veces viene a pasear por la alameda y se sienta debajo de un árbol. Vive con una muchacha muy guapa que las lavanderas dicen riendo que es su hija, pero que él dice es su sobrina. Un día le he preguntado al cura por qué se llama la Virgen del Puerto y me ha dicho que por ser la virgen de los pescadores, y cuando éstos naufragan, rezan y se salvan; o si se ahogan, van al cielo. No sé por qué la tienen en Madrid y no la llevan a San Sebastián, donde hay mar y pescadores. Yo los he visto hace dos años cuando me llevó el tío en el verano. Aquí en el Manzanares no hay lanchas, ni pescadores, ni se puede ahogar nadie, porque el agua llega a mi cintura en lo más hondo.
Parece que la virgen la tienen aquí para todos los gallegos que hay en Madrid. En agosto, los gallegos y los asturianos vienen a la Pradera y cantan y bailan al son de las gaitas; meriendan y se emborrachan. Sacan la virgen en procesión por la Pradera y van detrás tocando sus gaitas. Los chicos del hospicio bajan también y tocan la música en la procesión. Éstos son unos chicos sin padre ni madre; los tienen allí asilados y les enseñan a tocar música. Cuando no tocan bien la trompeta, el que les enseña les da un puñetazo en ella y les rompe todos los dientes. He visto a uno que no los tenía, pero que tocaba muy bien el cornetín; sabía hasta tocar las coplas de la jota solo. Se callaban todos los demás y entonces él, con la trompeta, cantaba la jota y la gente aplaudía. Saludaba y luego las mujeres y algunos hombres le daban perras a escondidas, para que el director de la banda no lo viera y se las quitara. Cuando tocan así en las procesiones, les pagan. Los cuartos se los guarda el profesor, y a ellos no les dan más que las sopas de ajo del hospicio. Además tienen piojos, y los ojos con una enfermedad que se llama tracoma, que es como si se los hubieran untado con grasa de salchicha; algunos tienen calvas de tiña en la cabeza.
A muchos de ellos les echó su madre a la Inclusa cuando eran de pecho. Ésta es una de las cosas por qué yo quiero mucho a mi madre. Cuando murió mi padre, éramos cuatro hermanos y yo tenía dos meses. Le aconsejaban a mi madre —según me ha contado— que nos echara a la Inclusa, porque con los cuatro no iba a poder vivir. Mi madre se marchó al río a lavar ropa. Los tíos nos recogieron a mí y a ella; los días que no lava en el río hace de criada en casa de los tíos y guisa, friega y lava para ellos; por la noche se va a la buhardilla donde vive con mi hermana Concha.
A mi hermano José —el mayor— le daban de comer en la Escuela Pía. Cuando tuvo once años se lo llevó a trabajar a Córdoba el hermano mayor de mi madre, que tiene allí una tienda. A mi hermana le dan de comer en el colegio de monjas, y mi otro hermano, Rafael, está interno en el Colegio de San Ildefonso, que es para los chicos huérfanos que han nacido en Madrid.
Yo voy a la buhardilla dos días por semana, porque mi tío dice que tengo que ser como mis hermanos y no creerme el señorito de la casa. No me importa; me divierto más que en casa de mis tíos, porque aunque mi tío es muy bueno, mi tía es una vieja beata muy gruñona que no me deja en paz. Por las tardes me hace ir al rosario con ella a la iglesia de Santiago y esto es ya demasiado rezo. Yo creo en Dios y en la Virgen, pero me paso el día rezando: a las siete de la mañana, todos los días, la misa en el colegio. Antes de la clase, a rezar; después, la clase de religión y moral; antes de salir de clase, a rezar otra vez. Por la tarde, al volver a clase, y al salir, vuelta a rezar y después, cuando estoy tan contento jugando en la calle, me llama la tía y me hace ir al rosario; también me hace rezar por la noche y por la mañana, al acostarme y al levantarme. Cuando voy a la buhardilla, ni voy al rosario ni rezo por la mañana ni por la noche.
Ahora en el verano, como no hay colegio, estoy en la buhardilla los lunes y los martes, que son los días que mi madre baja al río, y me voy con ella para pasar el día en el campo.
Cuando mi madre acabe de recoger la ropa, nos iremos a casa por la Cuesta de la Vega. Me gusta el camino, pues pasamos bajo el Viaducto, un puente de hierro muy grande que cruza por encima de la calle de Segovia. Desde allá arriba se tira la gente para matarse. Yo sé dónde hay una losa en la acera de la calle de Segovia que está partida en cuatro pedazos, porque se tiró uno y pegó con la cabeza. La cabeza se hizo una torta y la piedra se rompió. Han grabado una cruz pequeñita para que se sepa. Cuando paso por debajo del Viaducto, miro a lo alto por si se tira alguno, porque no tendría gracia que nos aplastara a mi madre y a mí. Todavía si cayera encima del talego que lleva el señor Manuel, no se haría mucho daño, porque es un talego muy grande, más grande que un hombre. Como yo hago la cuenta de la ropa con mi madre, sé lo que cabe: veinte sábanas, seis manteles, quince camisas, doce camisones, diez pares de calzoncillos, en fin, una enormidad de cosas. El señor Manuel, el pobre, cuando llega a lo alto de la buhardilla, se tiene que agachar para entrar por la puerta. Deja caer el saco despacito para que no estalle, y se queda arrimado a la pared respirando muy de prisa y cayéndole el sudor por la cara. Mi madre le da siempre un vaso de vino muy lleno y le dice que se siente. Si bebiera agua, se moriría, porque se le cortaría el sudor. Se bebe el vaso de vino y luego saca un montón de colillas del bolsillo y un librillo de papel de fumar de hojas muy grandes, y se hace con las colillas un cigarrillo muy gordo y muy mal hecho. Una vez le robé a mi tío un puro con sortija y se lo traje. Él le contó a mi madre y ésta me regañó. Luego mi madre se lo contó a mi tío y éste también me regañó, porque no se deben robar las cosas; después me dio un beso y me llevó al cine, porque dijo que tenía buenos sentimientos; y en realidad no sé si he hecho bien o mal dándole el puro al señor Manuel. Aunque creo que he hecho bien, porque el hombre se alegró mucho; se lo fumó un día, después de comer, y luego se guardó la colilla; la picó y se hizo cigarrillos con ella. Ahora, algunas veces, el tío me da alguno de sus cigarros para que se los dé al señor Manuel. Antes, no me los daba.
El Viaducto está hecho todo en hierro, igual que la torre Eiffel de París, pero claro que no es tan alto. La torre Eiffel es una torre de hierro muy grande, que hizo un ingeniero francés en París, para una exposición que hubo allí cuando yo nací. De esto estoy muy bien enterado, porque mi tío tiene La Ilustración y allí está la torre y el retrato del ingeniero, un señor con una barba muy grande como todos los franceses. Luego, parece que cuando se acabó la exposición no pudieron desatornillar la torre, y la han dejado allí hasta que se hunda. El día que se hunda, se caerá sobre el Sena, el río que pasa por París, y hundirá muchas casas. Parece que las gentes de París tienen mucho miedo y algunos se han mudado para que no les aplaste.
Al Viaducto, el mejor día le pasa lo mismo y se hunde, porque cuando pasan los soldados a caballo por él, les hacen ir al paso y aun así se mueve el piso del puente. Se pone uno en medio y sube y baja como si hubiera un terremoto. Mi tío dice que si no se cimbreara así, se hundiría: pero es claro que si se cimbrea demasiado se romperá, y esto es lo que va a pasar cualquier día. No me gustaría que me pillara debajo, porque al que pille le mata, pero sería bonito verlo hundirse. El año pasado el Día de Inocentes, el ABC, que trae unas fotos muy buenas, trajo una con el Viaducto hundido. Era una broma de inocentes, pero mucha gente fue a verlo, porque como estaba retratado creyeron que era verdad. Se enfadaron mucho con el periódico, pero creo que les pasó lo que a mí, que se enfadaron porque no era verdad.
Arriba, a lo largo de la barandilla de cada lado, se pasea una pareja de guardias para que la gente no se tire. Así, cuando alguno se quiere tirar, tiene que esperar a que sea de noche y muy tarde; y cuando los guardias están dormidos, se tira. Hasta que se duermen los guardias, los pobres deben aburrirse horriblemente, dando vueltas por las calles sin poderse matar. Luego tienen que gatear por la barandilla. Los viejos no se pueden tirar por el Viaducto, porque no pueden gatear. Se ahorcan o se tiran al estanque grande del Retiro. De aquí los sacan casi siempre y les aprietan la tripa, como al cojito, para que echen el agua y no se ahoguen.
Mi madre dice que se matan porque no tienen dinero para comer, pero yo no me mataría. Robaría un pan y saldría corriendo. Como soy un chico no me pueden llevar a la cárcel. Y si no, ¡qué trabajen! ¿No trabaja mi madre y es una mujer? El señor Manuel, que ya es muy viejecillo, trabaja también subiendo los sacos de ropa, a pesar de que tiene una quebradura por la que se le salen las tripas. Una vez llevó a casa un talego y, cuando llegó arriba, se puso muy malo. Mi madre le echó en la cama y le bajó los pantalones; estaba muy asustada y llamó a la señora Pascuala —la portera—, y entre las dos, muy de prisa, le quitaron del todo los pantalones y las bragas. Tiene una tripa muy negra llena de pelos casi todos blancos, y en sus partes le salía un bulto como el de los bueyes. Mi madre y la señora Pascuala, con los puños, le metieron el bulto dentro de la tripa y encima le pusieron el braguero, un cinturón que tiene una almohada para tapar el agujero por donde se salen las tripas, y se lo apretaron muy bien. Luego, el señor Manuel se vistió y se tomó una taza de té con una copita de aguardiente. La señora Pascuala me dio un par de cachetes porque había estado mirando sin que ellas se dieran cuenta, y me dijo que estas cosas no deben verlas los niños. Pero yo me alegro, pues si un día se le salen las tripas al señor Manuel y estoy yo solo, ya sé cómo metérselas. Lo malo es si un día se le salen en la calle, porque entonces se muere.
Pues bien, el señor Manuel, con su tripa rota y fumando colillas, no quiere morirse. Está siempre tan alegre, juega conmigo, me lleva a caballo y me dice que tiene unos nietos como yo en Galicia. Fuma colillas para poder ir a verlos todos los años. Mi tío le proporciona un billete que llaman de caridad, y va sin pagar casi nada. Cuando vuelve, le trae a mi tío manteca en una tripa redonda que es la vejiga de la orina de los cerdos. Una manteca muy rica que luego meriendo yo, untada en pan y espolvoreada con azúcar. Una vez le he preguntado por qué no se suicidaba, y me ha dicho que se quiere morir allí, en Galicia. No sé si algún verano se suicidará allí, pero no lo creo. Además, me dijo que todos los que se suicidan van al infierno; y esto también lo dicen todos.
La buhardilla está en la calle de las Urosas, en una casa muy grande. Abajo están las cocheras donde hay más de cien coches de lujo y todos los caballos. El jefe de las cocheras es un viejo que tiene una nariz aplastada muy rara; mi madre dice que tenía el vicio de hurgarse las narices como yo, y una vez, por andarse con las uñas sucias, se le pudrió la punta de la nariz. Tuvieron que cortársela y del trasero le sacaron un cacho de carne y se la cosieron allí. Una vez, para hacerle rabiar, le pregunté si era verdad que llevaba el trasero cosido a la nariz, y me tiró un calzo de los coches, que es un tarugo de madera muy grande que ponen bajo las ruedas para que los coches no se vayan cuesta abajo. Pero el calzo no me dio y se coló por la ventana en la imprenta de enfrente. Dio en uno de esos armaritos donde tienen los cajones con las letras y tiró un cajón entero. Se mezclaron las A y las T y todos los chicos de la vecindad nos sentamos allí a separarlas en montoncitos.
El portal de la casa es tan grande que podemos jugar en él al paso y a las bolas, cuando no está la señora Pascuala. La portería es muy pequeñita, debajo de la escalera, y la escalera es tan grande como el portal. Tiene ciento un escalones y yo los bajo de tres en tres. Algunas veces bajo montado en la barandilla, pero una vez se me fue la cabeza y me quedé colgando por la parte de afuera en el piso segundo. No se enteró nadie, pero me dio un susto que parecía que se me iba a romper el corazón y me temblaban las piernas. Si me caigo, me hubiera pasado lo que al botijo.
En la buhardilla no hay fuente y hay que bajar por el agua a la cochera. Mi madre había comprado un botijo muy grande, y cuando yo bajaba por el agua, me pesaba mucho; tenía que subir parándome en todos los descansillos. Un día, desde el segundo, lo dejé caer al portal y explotó como una bomba. Desde aquel mismo sitio por poco me caigo yo. Ahora, cuando paso, me separo de la barandilla.
Arriba hay una ventana redonda muy grande, con cristales, como esas ventanas grandes de las iglesias. Cuando estalló el polvorín en Carabanchel todos los cristales se cayeron rotos escalera abajo. Era muy pequeño, pero me acuerdo que mi madre me bajó en brazos a la calle corriendo, porque no sabía lo que pasaba. La gente estaba por entonces muy asustada, porque hacía muy pocos años que había caído un gran bólido cerca de Madrid. Luego hubo una erupción enorme en un volcán que hay en Italia, que se llama el Vesubio, y además vino el cometa Halley. Luego hubo un terremoto en San Francisco de California, un pueblo mucho mayor que Madrid, y otro terremoto en Messina. Mucha gente creía que, al acabarse el siglo XIX, se tenía que acabar el mundo. Yo he visto el cometa Halley, pero no me daba miedo; al contrario, era muy bonito. Desde la plaza de Palacio le veíamos el tío y yo, como una bola de fuego que corría muy de prisa en el cielo con una cola de chispas. Mi tía no venía, porque le daba mucho miedo. Tenía encendidas todas las velas de una virgen que guarda en casa, y todas las noches rezaba allí; al acostarnos, cerraba muy bien las maderas de los balcones y mi tío le preguntaba si tenía miedo de que entrara allí el cometa. También había explotado en Santander un barco cargado de dinamita, el Machichaco, que voló media población. Una viga de hierro atravesó dos casas y se quedó clavada. El Sucesos publicó un dibujo en colores de la explosión, donde se veían los trozos del barco y las piernas y los brazos por el aire.
Enfrente de esta ventana grande de la escalera empieza el pasillo donde están todas las buhardillas. La primera es la de la señora Pascuala, la portera, que es también la más grande, pues tiene siete habitaciones; después, la de la señora Paca, y enfrente la de la señora Francisca, que no tiene más que una habitación, como todas las demás. Paca y Francisca es el mismo nombre, pero una cosa es la señora Paca y otra la señora Francisca; la señora Francisca es una señora muy vieja que se quedó viuda hace muchos años; como no tenía dinero, se puso a vender cosas para los chicos en la plaza del Congreso: cacahuetes, avellanas, cajas de sorpresas, bengalas, en fin, un montón de cosas de cinco y diez céntimos, pero a pesar de esto sigue siendo una señora. La otra, la señora Paca, es una mujerona gruesa que siempre anda en chambra por la que se le transparentan los pechos con unos botones muy negros. Un día he visto que le salían unos pelos largos a través de la tela de la chambra, y desde entonces, cuando veo los pelos del tocino me acuerdo de ella. No me importa mucho, porque no me gusta el tocino; si no, me daría asco comerlo. Siempre anda pegando voces, y la señora Pascuala, que también sabe chillar, le ha dicho que va a echarla a la calle. Es también lavandera, pero no va al lavadero del tío Granizo, sino a unos lavaderos que hay en la ronda de Atocha, donde no hay río y se lava en unas pilas de cemento que llenan de agua con grifo. Una vez he estado allí, no me gustó; parecía una fábrica con las pilas llenas de la colada, el humo flotando por encima y las mujeres apelotonadas, unas al lado de otras, chillando como locas. Además, no había sol ni hierba y la ropa olía que apestaba. El tendedero, que es donde están las cuerdas para colgar las ropas lavadas, es un solar que hay detrás de las pilas. Los golfos saltan la valla del solar y roban las ropas. Claro que en el río también se la llevan a veces, pero como es campo, tienen miedo, porque las mujeres los corren a pedradas y siempre los cogen. Total, en el río, frente a la Casa de Campo, hay lavanderas decentes; desde el puente de Toledo abajo y en los lavaderos de las Rondas las lavanderas son unas tías.
El pasillo da la vuelta y viene un trozo muy largo que tiene treinta y siete metros. Los he medido yo con el metro de goma de mi madre, uno por uno. En el rincón hay una ventanita pequeña por la que entra el sol, y en medio otra grande, en el techo. Cuando llueve entra agua por la grande; si hace mucho aire y da de cara, también entra la lluvia por la pequeña, y así, cuando llueve, se forman dos charcos en el pasillo. En las buhardillas también, cuando falta una teja; entonces el agua cala el techo y se forman goteras. Cuando esto pasa, ponemos un cacharro para que caigan las gotas allí. El piso es de ladrillos, igual que en las buhardillas; mejor dicho, son unas baldosas de barro de ladrillo, pero más grandes. En el invierno son muy frías, pero nuestra buhardilla tiene una estera rellena de paja debajo y se puede jugar en el suelo.
En el pasillo está la buhardilla nuestra que tiene el número 9; al lado está la buhardilla de la polvorista, una mujer que hace cohetes y garbanzos de pega para los chicos. Los vecinos dicen que sabe fabricar bombas y que es una anarquista. Tiene muchos libros y es muy buena. Una noche vino la policía y se marchó sin detenerla; aunque a nosotros nos despertaron, porque le registraron la casa y lo tiraban todo.
En la buhardilla siguiente viven la señora Rosa y su marido. Él es guarnicionero y ella es muy miope; no ve a siete en un burro. Son los dos muy pequeñitos y muy delgados y se quieren mucho. Siempre hablan en voz muy baja y apenas se les siente. Querrían mucho tener un niño y su casa siempre es el refugio de todos nosotros cuando hay golpes. La señora Rosa se pone en la puerta y no deja entrar a nadie ni nos deja salir a nosotros hasta que no le han prometido que ya no nos pegan. Es una mujer con una cara muy pequeñita y muy blanca; tiene los ojos azules muy claros, con unas pestañas rubias que casi no se le ven. Lleva unas gafas de cristales gordos, y mi madre dice que ve muy bien en la oscuridad. Cuando le mira a uno, sus ojos parecen los ojillos de un pájaro.
Después hay una buhardilla, la más pequeña de todas. Allí vive una mujer vieja que se llama Antonia y nadie sabe nada de ella, porque nadie la trata. Pide limosna por las calles y vuelve a las once de la noche, un poquito antes de que cierren el portal. Siempre viene hablando sola, borracha de aguardiente. Se encierra y empieza a hablar con su gata. Una vez vomitó en la escalera y la señora Pascuala se la hizo fregar de arriba abajo.
Al final del pasillo vive la cigarrera. Trabajan ella y su hija juntas y hacen los cigarrillos para la reina Victoria. Unos cigarrillos muy largos con una boquilla de cartón que meten dentro, pegada con un pincelito untado de goma que mojan en un tarro lleno de polvo. Esto luego lo chupa la reina. Es un tarro de cristal verde. A fuerza de escurrir el pincel en el borde, se caen las gotas de goma por fuera y se quedan duras, como las gotas de cera de los cirios de la iglesia. Cuando se acaba la goma en el tarro, la señora María rasca los pegotes de goma de fuera, los mete dentro y echa un poco de agua caliente; un día que no tenía agua caliente, echó caldo del puchero y tuvo que tirar todo, porque se le manchaban de grasa los pitillos.
Luego, en un rincón, está el retrete; un cuarto donde me da miedo ir de noche, porque hay unas cucarachas gordas que salen de allí y se van por el pasillo a comer en los cubos de la basura que todas las vecinas dejan en la puerta de la buhardilla. En el verano, cuando están las puertas abiertas, se las siente andar por el pasillo, haciendo un ruidito como cuando se estrujan papeles. En casa no entran porque mi madre ha clavado en el borde de la puerta una tira de linóleo —eso que usan para los suelos en las casas ricas— y no pueden pasar. Pero en casa de la señora Antonia, la borracha, entran muchas, porque su puerta está al lado del retrete y no tiene linóleo; su gata se las come y es una cosa que da asco. Al masticarlas suena como cuando se parten los cacahuetes.
De la cochera suben ratas muy gordas por la escalera y a veces llegan hasta las buhardillas. En la cochera tienen muchas ratoneras y perros de los que llaman ratoneros. Por las mañanas sacan las ratoneras a la calle; a veces, con cuatro o cinco ratas. Unas veces abren las ratoneras en medio de un corro que hacemos los chicos y los vecinos, y sueltan los perros, que las cazan y las matan. Otras veces las rocían con petróleo y las queman dentro de las ratoneras que son de alambre, pero esto lo hacen pocas veces porque la calle se llena de muy mal olor con el humo de los pelos quemados. Una vez, una rata mordió a un perro en el hocico y se escapó; al perro desde entonces le falta un cacho de nariz. Es el perro del señor Paco, el que tiene el trasero cosido a la nariz. Ahora, como los dos están iguales, los obreros de la imprenta los llaman «los chatos».
Hemos llegado a casa y mi madre está muy cansada. Abajo, en la lechería, le dan un cacharro para subir la leche y que no tenga que volver a bajar, y en cuanto llegamos a la buhardilla se pone a hacer la cena. Vamos a comer patatas fritas con sardinas y un huevo, y luego un poco de café, yo con leche, mi madre puro y abrasando; no sé cómo lo puede tomar así. Mientras ella hace la cena, me siento a leer Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne. De vez en cuando me levanto de la silla y quito a mi madre unas patatas de las que ha acabado de freír. Después fríe las sardinas que huelen muy bien; pero no me deja robarle una, porque hay pocas.