La forja
Capítulo V
El testamento
El despacho de don Primo, el notario, con sus paredes de madera moldurada, impresiona a todos los parientes pueblerinos que se van sentando en círculo alrededor de la amplia mesa del notario. Muchos de ellos se sientan en el mismo borde de la silla. El sombrero redondo en las manos sobre las piernas, los hombres; las mujeres, con sus dos manos extendidas sobre la falda, cogiendo puñaditos de tela por el nerviosismo. He venido tantas veces a este despacho y he hablado con don Primo en tantas ocasiones, que no me intimida ni el despacho, ni la figura severa del notario con su traje negro, sus gafas de oro, su cabeza aristocrática. Cuando he llegado con mi madre y con la abuela Inés, me ha acariciado.
No sé por qué, todos los que han venido a oír la lectura del testamento, se miran con odio. Se han dividido en grupos: el tío Hilario con su mujer y las chicas; el tío Basilio con la suya y los suyos; la tía Basilisa con el tío Anastasio, que no se atreve a fumar y mastica la punta de una colilla de puro que huele que apesta; Baldomera al lado con su cara de monja boba. La tía Eulogia y la Carmen; el tío Julián —un sobrino segundo como yo— con su mujer y tres chicos pequeños agarrados a ellos. ¿Para qué habrán traído a los chicos?
Están todos con el cuello alargado oyendo leer a don Primo. Cada vez que suena el nombre de alguno, se cambia su cara, con la satisfacción de que no le han olvidado. Los otros le miran de medio lado, con la rabia de que es uno más a repartir.
El blanco de las iras soy yo: resulta que los tíos hicieron un testamento en vida de los dos, dejando toda su fortuna al que quedara, para que pudiera disponer libremente de ella, y, a la vez, repartiendo lo que quedara a la muerte del segundo en dos partes iguales. De cada una de estas partes había dispuesto cada uno de ellos como mejor le pareció a favor de sus parientes, y así resulta que soy yo el único que figura en los dos testamentos. Los parientes del tío heredan de su mitad y los de la tía de la mitad suya.
Todos consideran que como eran sus hermanos o sus sobrinos directos, tienen más derecho que yo que soy su sobrino segundo Así, cuando aparezco en el segundo testamento, el murmullo de todos interrumpe la lectura. Don Primo se les queda mirando interrogante:
—¿Tienen ustedes alguna observación que hacer?
Se levantó el tío Hilario:
—Si yo no he entendido mal, ese mocoso hereda dos veces.
—Exactamente —contestó don Primo—. Una por José y otra por Baldomera.
—Pues a eso no hay derecho, ¡porra! Porque uno es el hermano de los difuntos, de su propia sangre, y no hay derecho a que venga un extraño y se lleve los cuartos.
El tío Anastasio, con su puro girando en los labios, intervino:
—¡Eso es! ¡Y no lo consentiremos! ¡Se recurrirá a la justicia!
Don Primo se sonrió:
—Me parece que Pepe les conocía muy bien a todos ustedes Cuando se hicieron estos testamentos, por indicación suya, se agregó una cláusula que voy a leerles:
«Es nuestra voluntad que aquel de los herederos que pretendiera promover pleitos con motivo de este nuestro testamento, pie da, por sólo este hecho, todo derecho a la herencia, que pasará a engrosar proporcionalmente las partes de los demás herederos».
La abuela Inés se levanta muy seria de su silla, se encara con los dos y dice:
—¿Qué, ponemos pleito?
—A usted nadie le ha dado vela en este entierro —dice severo el «comandante».
—Claro que no, hombre. Ha sido al «mocoso» a quien le han dado dos cirios. Y como da la casualidad que soy su abuela, le sostengo las manitas para que no se le caigan. ¿Pasa algo?
Aparte de mí, todos se sienten vejados por el testamento. Resulta que herederos no hay más que los parientes directos —los hermanos— y yo. Pero después han dejado mandas a todos los sobrinos y, claro es, los que tienen más chicos más recogen. El tío Anastasio, que no tiene más que a Baldomera, y la tía Eulogia con solo la Carmen y la Esperanza, se enfadan con el tío Hilario, éste con el tío Basilio que tiene cuatro chicos, y todos con el tío Julián, que no es heredero pero tiene mandas él, su mujer y sus cinco chicos y se lleva más que alguno de los herederos. De casa del notario salimos todos enemigos.
Las llaves de la casa de los tíos las tiene mi madre y, con la desconfianza de que se lleve algo, todos vienen detrás de nosotros y allí nos reunimos. La puerta ha quedado abierta y van entrando por grupos.
La habitación donde estuvo expuesto el cadáver de la tía sigue desnuda, oliendo aún a flores y a cadaverina en un olorcillo sutil y pegajoso. En los baldosines hay algunas manchas de cera. Parece que de un momento a otro va a salir de la alcoba su figurilla de porcelana andando a pasitos menudos.
Se van sentando todos alrededor de la mesa. Absolutamente todos. Parece que si no se sentaran allí perderían su derecho. La abuela Inés se incrusta en la mecedora, debajo del reloj. Para hacer entrar su trasero entre los dos brazos curvados ha de hacer fuerza. Cuando por fin alcanza el asiento de paja trenzada, suspira de satisfacción. Mi madre se sienta a su lado en la silla baja donde cosía la tía al lado del balcón hasta que se acababa la luz del día. Yo me tumbo en el suelo sobre la alfombra. Me repugna sentarme en la mesa al lado de los otros. Así, a lo largo en el suelo, mirando a todos de abajo arriba, me siento mejor. Don Julián ha hablado con Corachán, y el banco me ha dado diez días de permiso.
Parece que el banco no existe. Aquí tumbado a la larga me vuelvo a sentir niño y acabo metiendo la cabeza entre los muslos de mi madre. Tiene una falda negra que huele al apresto de tela nuevo y que cruje a cada movimiento de mi cabeza. Habla uno de los albaceas y explica de lo que se trata. Hay que hacer el inventario de todo lo que hay en la casa, darle un valor, todos de acuerdo, y dividirlo después en lotes para repartirlo entre los herederos. Hay once lotes. Nueve herederos a un lote cada uno y yo tengo dos. Aquí empiezan las disputas. Como los lotes han de ser por la suma del valor en pesetas es difícil ponerse de acuerdo sobre los muebles grandes. Al fin, como nadie sabe a quién le van a tocar las cosas, los precios bajan a cantidades ridículas para pagar poco a Hacienda. Pero de pronto Fuencisla dice:
—Yo tengo capricho por llevarme la virgen.
Carmen contesta inmediatamente:
—Eso mismo pensaba yo.
—No hay dificultad —dice el albacea—; si todos están conformes, se valora la virgen y se adjudica a una de ustedes, descontándola de su lote.
La virgen pasa a la mesa del comedor. Está dentro de una caja de madera, con su puerta detrás y su llavecita de plata. Delante, un cristal. La figura es de un medio metro, con el Niño en brazos, las dos con unas llamitas doradas clavadas en el pelo. La virgen con una capa bordada y el Niño dejando colgar otra capita de terciopelo con flecos de oro.
—Bueno —dice el albacea—, ¿en cuánto tasamos esto?
Se callan todos.
—¿Les parece bien cincuenta pesetas?
Asienten todos despacio, como un grave problema. El tío Anastasio, con la colilla de su puro ya encendida, calla, se llega a la mesa, abre la puertecita de detrás y apoya un dedo en la cara de madera de la virgen. Chupetea el puro mientras cierra la puerta y todos le miran extrañados. Se vuelve al albacea muy serio:
—¿Y dice usted que el valor de la virgen se descontará del lote de una de estas dos?
—Claro —contesta—, si los demás están conformes en que sea para ella.
—Yo no me opongo a que se les adjudique la virgen —dice engoladamente el tío Anastasio—, pero no puedo tolerar que una talla del siglo XII, bueno, o del que sea — rectifica viendo la cara de asombro del albacea—, se adjudique por diez duros. Esta virgen vale lo menos quinientas pesetas y me quedo corto. Porque no me van ustedes a negar que es una talla en madera.
Vuelve a abrir la puertecita y da golpecitos con los nudillos a la cara de la virgen, que suena como un tarugo.
—Madera, sí señores, madera policromada, ¡auténtica! ¡De estas vírgenes se encuentran ya pocas!
La abuela Inés, desde el respaldo de su butaca, regruñe:
—¡Y de las otras también!
—Yo —dice el albacea—, nada tengo que oponer. Si quieren ustedes que la virgen valga quinientas pesetas, como si quieren que valga mil. Lo que hay que aclarar primero es a cuál de las dos —titubea antes de adjudicar títulos— señoritas se le va a dar.
Las dos contestan a la vez disputándose la virgen, pero protestando del precio. Quinientas pesetas son cien duros. Durante un rato hay una algarabía de voces. Por último el albacea impone silencio, proponiendo una solución:
—Vamos a poner la virgen en subasta entre estas dos señoritas —ahora le sale la palabra de golpe—. Cuando lleguemos al final, la que gane se queda con la virgen si los demás están conformes. Si no, pasa al inventario en un lote y al que le toque se la lleva.
Fuencisla no puede contenerse:
—Yo, los diez duros que decía usted los doy, aunque no sea más que por la memoria de la pobre tía que la tenía en tanta estima.
—¡Claro! ¡En diez duros te la vas a llevar!, —replica Carmen—. ¡Veinte doy yo, señor!
Están las dos en pie alrededor de la mesa, como dos gatas furiosas, la virgen en medio con su sonrisa boba. Se tiran a la cara las as como pedradas. Congestionada, roja de rabia, Carmen da el golpe final:
—Ochocientas pesetas —brama.
Fuencisla rompe a llorar. La tía Braulia, la pellizca un brazo furiosamente para que no suba la tasa. Carmen pasea sus miradas por todos:
—Sí, señor. ¡Ochocientas pesetas y no me vuelvo atrás! —Chilla en jarras, como una chula del Avapiés, como lo que es.
La abuela Inés rompe a reír a carcajadas, meneándosele los pechos y la tripa que desborda los brazos de la mecedora. Carmen se encara con ella:
—¿Qué pasa? ¿Le molesta a usted? Porque yo hago de mi dinero lo que me da la gana.
La abuela se ríe a carcajadas y no puede contestar. Tose, hipa, lagrimea. Cuando se calma, aún entre risas, le dice:
—No, hija, no. No me cabreo. Te puedes llevar la virgen y decirle misas. Te vas a ensuciar en ella más veces que le vas a rezar. Y para que te consueles, te diré que, cuando aún no habías nacido tú, Pepe la compró en el Rastro un domingo por dos duros y aun se la subieron a casa.
Al día siguiente comienza la disolución de la casa. Los parientes de Brunete llegan con sus carros de labor, las mulas uncidas con un yugo de madera al cuello, la lanza del carro sobresaliendo entre ellas. Los carros tienen todavía restos de paja en su suelo y las mallas de esparto que sirven para sujetar la paja. Van cargando muebles y rompiendo porcelanas en la escalera. El tío Julián viene con sus chicos y dos carros de mano. Cuando echan a andar ya cargados, los carritos se bambolean perdido el equilibrio. Nosotros somos los últimos. Los muebles grandes los hemos vendido porque en la buhardilla no caben. Nos hemos quedado con mi cama, tres colchones de lana, unos cubiertos y las ropas que nos han tocado. El resto son unos billetes que mi madre ha guardado en su bolsillo negro de ir a la compra. El tío Anastasio ha vendido todo. Se ha guardado los billetes y le ha dicho a su mujer y a Baldomerita:
—Andando.
En la esquina las ha dejado solas y las dos han venido con nosotros, escoltando un carrito que empuja el señor Manuel. Viven al lado nuestro en la plaza del Ángel. La tía Basilisa comienza a hablar:
—¡Una vergüenza, hija, una vergüenza! ¡Los hombres! ¿Y qué vas a hacer? Yo bien hubiera querido guardar algunas cosas de mi hermana. Pero ahí le tienes, se ha guardado los cuartos y se ha marchado. Después dirá que sus negocios, y no veremos un céntimo. Menos mal que una ha guardado algo, antes de que muriera Baldomera, que si no… Claro es que cuando se cobre el dinero de la herencia, no pasará esto. Quiera o no quiera, se meterá en el banco, para cuando se case la niña. —Hace una pausa larga mientras cruzamos la plaza Mayor, dando la vuelta al revés porque están arreglado el asfalto. Después vuelve a su tema—: Te digo, hija, que es un infierno esto. Gracias a la portería. Un mes con otro, son cuarenta o cincuenta duros. Pero él, desde que le jubilaron con sus doce duros al mes, se ha arreglado la vida. Por la mañana va a leer el periódico y a liar sus pitillos. Después de comer se va al café. Por la noche cena y se va a la taberna a jugarse los cuartos. A primeros de mes tengo que estar con cien ojos, para que no se lleve nada de los recibos de los inquilinos. De esto no veremos un céntimo. Y no protestes, porque entonces se vuelve loco, y comienza a aporrear los muebles y a gritar: «¡Treinta años de trabajo honrado y estas mujeres se enfadan porque uno se toma un vermut con los amigos! ¡Pero aquí soy yo el amo!». Ya le conoces, Leonor. Después se va con la criada por ahí. Porque aunque ya es viejo, se acuesta con la que puede. ¡Una vergüenza, hija, una vergüenza! En la misma escalera las soba y las monta en el ascensor. Él se mete dentro con ellas, «porque no saben hacerle marchar». ¡Sí, sí, para tocarlas a gusto!
Cuando nos despedimos de ella, nos dice:
—¡Bueno, que vengáis por casa!, y se va del brazo de Baldomera, renqueando con su reuma.
En la buhardilla, el señor Manuel va dejando la cama desarmada, los colchones, las ropas y los paquetes pequeños; la buhardilla se llena. La señora Pascuala ha venido a ver y va hundiendo las manos en la lana de los colchones, palpando las sábanas, sopesando los cubiertos de plata. Yo me pongo a armar mi cama de barras doradas que se burla de las otras dos camas de hierro pintadas de verde, con muelles chirriantes. Después, sólo después, me pongo a desarmar la cama vieja pequeña, llena de tornillos oxidados, que se queda allí en un rincón donde se junta el techo con el suelo, como un esqueleto verde. La cama de mi madre, su cama de matrimonio de hierros curvados en la cabecera y en los pies, con dos placas planas en cada una de las cuales hubo pintado un santo, recibe los dos colchones grandes. La mía, su colchón. Y en el rincón del techo y el suelo quedan los colchones de Pascuala.
—¿Qué va usted a hacer de eso?, —pregunta la señora Pascuala.
—No sé. Habrá que dárselos a alguien.
El señor Manuel se rasca la calva y lía su pitillo de colillas gordo y torcido como troncos de árbol.
—¿Lo va usted a regalar, Leonor?, —dice.
—Hombre, para venderlo no sirve.
Se vuelve a rascar la calva y rechupetea el cigarro que ha encendido con la serpiente de su yesca.
—Es que… ¡verá usted! Uno… —se le atragantan las palabras hace ya años que… ¡Bueno! Usted sabe que tengo una patrona que me deja una habitación. Pero por diez reales al mes no se pueden pedir comodidades. Tengo un petate que me lo he arreglado yo, pero que no es un colchón. De cama ni hablar. Ni cuando voy al pueblo tengo cama. Unos buenos montones de hojas de maíz y ¡tan a gusto! Pero, si lo va usted a tirar, a regalar, mejor dicho; antes yo. ¿No tengo razón, Leonor? Además afirma de repente ya asegurado de sí mismo, un convenio: yo me llevo la cama y los colchones y a cambio le subo a usted la ropa tres semanas a mitad de precio. No digo gratis porque si me quedo sin ese ingreso fijo, las cosas van a ir mal. ¿Qué le parece?
Se queda mirando a mi madre ansiosamente, esperando su respuesta. Mi madre se sonríe, como sabe ella sonreír a veces. Se vuelve a mí:
—Ahí tiene usted al heredero, que disponga él lo que quiera.
Y el señor Manuel me mira con los ojos de un perro que teme le abandone su amo. Yo soy ya un señorito empleado en un banco. Él hace ya muchos meses que no se atreve a besarme ni a llamarme de tú. Le infundo respeto y sé que habla de mí a todas las lavanderas como de un fenómeno: «El hijo de la Leonor, ¿sabe?, empleado de un banco, hecho un señorito». Chupetea el pitillo maloliente y me mira, me mira. ¡Cómo me mira!
—Señor Manuel —le digo muy serio—, vamos a hacer un trato. Le regalo la cama y el colchón, pero con la condición siguiente:
No me deja acabar:
—Diga, diga, lo que quiera. Uno, aunque viejo, está para servirle. Llevo con su madre quince años, los mismos que tiene usted, y que diga ella…
—Le regalo la cama, pero tiene que dejar de llamarme de usted.
Parece que al pronto no comprende lo que digo. Después me coge, me zarandea con sus manazas de gallego fuerte, me estruja, me besa la cara ruidosamente, quitándose el pitillo de la boca de un manotón; me pone las manos en los hombros, me encuadra delante de él y se pone a llorar.
Hay que darle una copita de aguardiente. Después hace dos viajes para llevarse los hierros viejos verdes y los colchones de borra, llenos de remiendos. Nos quedamos mi madre y yo solos, arreglando la casa. De vez en cuando entra una vecina a enterarse y a ver la cama, que es una joya en la buhardilla. A la caída de la tarde viene la señora Segunda.
Mi madre va escogiendo en las ropas las prendas que no le valen y se las va dando una a una. A la luz de la lámpara de petróleo, la señora Segunda las va cogiendo y haciendo exclamaciones. Hay camisas de la tía, justillos, faldas, enaguas, refajos. Mi madre se reserva lo mejor y le da el resto. Coge una chaqueta de paño grueso, de invierno, color café oscuro, con un roto tremendo sobre el pecho.
—No sé para qué le valdrá esto, Segunda —dice mi madre sacando una mano por el agujero—. La tía lo guardaba todo.
La señora Segunda levanta en alto la chaqueta con su roto que deja pasar la luz:
Para Toby, hija, para Toby. El pobrecillo tiene mucho frío en el invierno, cuando vamos a pedir. Le voy a hacer una manta. ¡Toby! ¡Toby!
El perro se levanta perezosamente de al lado del brasero, olfatea la prenda y menea el rabo. La señora Segunda se empeña en ponerle la chaqueta a Toby por encima del lomo, las mangas colgando a rastras por el suelo, y Toby se está quieto meneando su rabo por debajo de la tela. Le lame las manos y vuelve a tumbarse bajo la mesa al calor.
En la buhardilla, nuestra vida se ha normalizado. Mi madre sigue lavando los lunes y los martes. Yo voy al Crédit a mis horas. Los domingos vienen mis hermanos. Durante la semana yo leo y mi madre cose a la luz de la lámpara. Los domingos, a veces vamos al cine; por la tarde, porque a las ocho, Rafael y la Concha tienen que volver a la tienda y a la casa. Yo me he convertido en un personaje. La señora Pascuala me sigue tuteando pero me mira con un respeto en el que hay algo de envidia por su hijo Pepe que no logra servir para nada. Fuera, en todas partes, me llaman de usted. Me tomo mi vermut y me fumo mis pitillos de vez en cuando. Dentro de poco cogeré unos miles de pesetas de la herencia de los tíos. Soy el amo y me siento el amo de la casa y de todos.
Nos van llegando las noticias de los demás herederos:
En Brunete, parece que las dos familias, la del tío Hilario y la del tío Basilio, andan a la greña. A la muerte del tío, los dos han querido coger el mando de la comunidad que él había establecido. El tío Hilario por más viejo, el tío Basilio por más joven con sus hijos varones. Han comenzado a regañar a causa de los muebles que cada uno ha llevado. A pesar de que el reparto fue por sorteo, con el valor que ellos mismos marcaron, ahora se echan en cara que un mueble vale más que otro y que a los dos los han estafado. La gente del pueblo visita las dos casas y en las dos dice que los muebles son mejores que los de la otra. Total, que acordaron no trabajar más juntos las tierras. Pero cuando ha llegado el momento de repartirse las tierras que habían comprado desde que el tío José se encargó de ellos, de repartirse las mulas y los aperos de labranza, la cosecha que había en el granero y hasta los cántaros de llevar el agua a los trabajadores, entonces ha estallado la bronca. Las mujeres se han tirado del pelo y los hombres se han dado de estacazos. Por último, han recurrido a pleitear sobre el derecho de cada uno a las tierras y han recurrido a don Luis Bahía, para que les preste dinero a cuenta de la herencia del tío, para los gastos del pleito.
El tío Julián es también un caso con gracia. Toda su vida ha sido un carpintero constructor de carros, trabajando en un taller de la Ronda de Toledo. Aprendió el oficio con mi abuelo y después vino a Madrid como oficial, a medias con el amo del taller. Viven él y sus chicos —siete— en una casa de corredor de la calle del Tribulete. Cuando se han repartido los muebles, le tocó el aparador y la mesa. Son dos muebles de encina tallada, grandes, pesados. Se los llevaron a la casa, una casa que tiene cuatro habitaciones pequeñas —un comedor, dos alcobas y una cocina, el retrete está en el pasillo para todos los vecinos del piso—, y claro es que ni el aparador ni la mesa cabían en aquella casa. Pero los metieron, y para andar por la casa tienen que ir de costado entre la mesa y la pared. Al aparador le han quitado el cuerpo de arriba donde se ponían los vasos, las copas, las tazas y las bandejas. La parte de abajo la han metido en la alcoba del matrimonio. Y la de arriba la han colgado de unas escarpias en la cocina.
El tío Julián tiene dos hijas ya mayores, una de ellas a punto de casarse. Ésta pidió los dos muebles para su casa. La otra hermana protestó porque también tiene novio, y por último el tío Julián tuvo que coger a las dos, liarse a bofetadas y meter los muebles en su casa como ha podido.
La historia del tío Anastasio es más simple. Con el dinero de los muebles se fue a jugar a un club que llaman El Bilbaíno en la calle de Peligros. Y ganó. Ganó unos miles de pesetas. Se presentó en su casa con regalos para la tía Basilisa y para Baldomerita. Durante un mes o cosa así, han vivido todos tan a gusto en pleno lujo. Teatro, cine, caprichos, alhajas baratas. Después el tío Anastasio ha empezado a quedarse sin dinero. Ha empeñado las alhajas que había regalado a las dos mujeres. Después, las alhajas que la tía había regalado a Baldomera, el mantón de Manila, las mantillas, todo. Cuando se ha acabado, ha empezado a empeñar las cosas de la casa y todo ha terminado en que un día ha venido a casa la tía Basilisa, llorando, a pedirle a mi madre cinco duros.
El padre de la Carmen, el marido de la tía Eulogia, es un hombre que vino de niño de Galicia. Un verdadero gigante. Ganó dinero de joven y puso una carbonería en el Mundo Nuevo, donde ganaba mucho. Después empezó a beber. Como era tan fuerte no se emborrachaba nunca, y para emborracharse, porque le daba vergüenza que los amigos se emborracharan y él no, se bebía enteras las botellas de aguardiente. Se arruinó y tuvieron que cerrar la carbonería. Entonces, ya viejo, entró de mozo en una tienda de muebles de lujo, la mejor de Madrid, para llevar los muebles que compraban los clientes. Tenía un compañero tan grande como él y a los dos les habían comprado unas libreas muy lujosas. En unas andas de terciopelo rojo llevaban los muebles a pulso, una correa ancha de cuero pasada por los hombros. La gente se volvía en las calles para mirar a aquellos dos hombretones, verdaderos gigantes, llevando muebles pesadísimos como si fueran plumas. Una vez llevaron así un piano y la gente se paraba en el borde de las aceras. Acompasaban el paso y el mueble iba balanceándose como en una cuna. Tenía un buen sueldo y buenas propinas, pero todo se lo gastaba en beber. Un día le llevaron a casa con un ataque de delirium tremens. No se murió por lo fuerte que era, pero quedó inútil en la cama, bailándole las manos sin parar. Para que no se muriera, el médico le daba todos los días tres copitas de aguardiente, porque decía que si se le cortaba el alcohol de golpe se moriría en seguida.
Cuando vio todos los muebles y todas las ropas que les habían tocado en la herencia, una mañana que la tía Eulogia se había marchado de la casa y se había quedado él solo, se tiró de la cama. Como vive en la calle del Peñón, a espaldas del Rastro, llamó a un vecino que es comerciante allí y le vendió todos los muebles y las ropas de la herencia y algunas de la casa. Luego llamó a un chico de la vecindad y le mandó subir un frasco grande de aguardiente —dos litros—, se metió en la cama y se lo bebió. Se volvió loco. La primera que vino fue Esperancita, la hermana menor de Carmen. Se lo encontró en cueros con una garrota en la mano rompiendo los muebles. La quiso matar y la chica salió dando gritos por los corredores de la casa. En aquel momento llegó la tía Eulogia. Le dio un estacazo en un hombro que casi le rompió un brazo. Y si le pilla la cabeza, la mata. Tuvieron que entrar todos los vecinos y atarle con cuerdas como un paquete. Tres días ha durado con la camisa de fuerza puesta, atado a la cama y echando espuma por la boca. Mi madre fue a verle un día antes de morirse. Yo fui al entierro. La casa está destrozada. Lo único que ha quedado intacto es la virgen encima de la cómoda, con una lamparilla de aceite dentro que llenaba el cristal de vaho y hacía manchas de humo en el techo.
Hace un domingo espléndido y he querido bajar a la Escuela Pía a ver al padre Joaquín. Hemos estado charlando hasta la hora de comer y después he comido en el refectorio de los padres, con ellos. Cuando subía a media tarde la calle de Mesón de Paredes, he entrado a ver a la señora Segunda. Toby me ha recibido en el portal con sus patas sucias y su pelambrera de lana gris que me deja lleno el pantalón de pelos blancos. Está cómico con su manta de paño, rebordeada de una trencilla verde y atada al cuello y por debajo de la tripa. La señora Segunda se está vistiendo para salir a pedir y me enseña sus ropas con orgullo.
De una chaquetilla de la tía llena de abalorios negros se ha hecho una chaqueta. Ha descosido los abalorios y han quedado manchas simétricas que parecen un bordado. La falda es una vieja falda de seda rameada de fondo mate y flores brillantes, ya agrisada por los años. De una mantilla vieja se ha hecho un velustrín que le tapa casi toda la frente y parte de la nariz horrible. Así vestida, con su silla de tijera y el Toby con su manta, se sienta en la plaza del Progreso. Parece una señora venida a menos, y como no se le ven apenas los agujeros de la nariz, las gentes le dan mucha más limosna. Me va enseñando las prendas una a una y explicándome:
Gracias a tu madre, todo el mundo me mira de manera distinta. Con el velo y el traje de seda y como no se me ve la cara, la gente tiene lástima, más que antes, y ya no les doy asco. Al Toby le estoy enseñando a tener un platillo entre los dientes y estar sentado. Se está algunos ratos quieto, pero luego el pobre se cansa. Es una lástima. Para que se esté así, me tomo el café sin azúcar en el cafetín, y luego se la voy dando a él a cachitos. Pero el pobre es muy viejo y se cansa de estar con el platillo entre los dientes. Es lástima, porque cuando está así nos dan mucha más limosna. Hasta los hombres dejan una perra en el platillo y acarician al perro.
Me enseña cuatro sábanas nuevas que ha hecho con los cachos de tela blanca que mi madre le ha dado. Los trozos blancos están unidos unos a otros con puntas diminutas, todo blanco, todo planchado.
—Toca, toca —me dice—. Las he metido en lejía porque había unos cachos más blancos que otros. Pero ahora, gracias a la lejía y al añil, todos están igual y tan finos que da gusto dormir en ellos.
De los pares de medias viejas ha hecho medias enteras cortando trozos y uniéndolos a punto de media. De todos los recortes pequeñitos de telas ha hecho una manta para el perro, cosiéndolos como las hojas de las flores sobre un trozo de arpillera.
Y como era necesario alegrar la casa, ahora que tiene ropas nuevas y gana más dinero, ha pintado de azul la loncha de queso que es su cuarto debajo de la escalera. Un azul de yeso con añil que me llena las mangas de la americana para completar la obra de las patas de Toby en el pantalón.
Los lunes y los martes tomo el tranvía en la misma puerta del Crédit y bajo a comer al río. Me siento orgulloso de que me vean las lavanderas, y mi madre se pone muy contenta, también de orgullo. Para que no me manche la ropa, me pone un blusón del Laboratorio Municipal, porque lava las ropas del doctor Chicote y de todos los médicos del laboratorio. Así puedo sentarme a comer en la hierba con la banca patas arriba por mesa y sacarle lombrices al pato. Ahora ya no me da miedo su pico duro, y aun algunas veces se lo cojo entre los dedos y lo sujeto. Gruñe como un cerdo y bate las alas con rabia. Después sale corriendo, meneándose como una mujer gorda de piernas torcidas.
El señor Manuel se ha empeñado en que vaya a su casa: una chabola de madera y algunos ladrillos, donde vive una viuda que es la dueña y donde él tiene una alcoba de paredes de tablas con las rendijas tapadas con papel pegado con engrudo. En las paredes ha puesto hojas de revistas con retratos de políticos, de toreros y de bailarinas. El piso, que era de tierra, lo ha ido cubriendo de baldosines de los escombros y es un mosaico de todos los colores. Hay baldosines blancos de retrete, azules, negros y blancos de mármol, ladrillos hidráulicos rojos y con florecitas y redondeles de todas clases.
—Lo que más trabajo me ha costado ha sido poner este piso plano —me dice—, pero en fin, ahora está decente. Sólo me faltan dos cachos grandes de cristal para la ventana.
La «ventana» es un agujero cuadrado en las tablas, en el que ha puesto el marco de un cuadro. Un marco dorado lleno de flores y hojas despintadas. Medio marco tiene dos trozos de cristal pegados uno a otro con masilla de vidriero. La otra mitad la tapa un papel engrasado. El marco está montado sobre dos goznes y tiene un gancho que lo cierra. Cuando abre la ventana entra el sol. Cuando está cerrada entra sólo por la mitad del cristal, y el señor Manuel quiere la otra mitad para que el sol entre sin que tenga que abrir la ventana porque es muy friolero.
—Mira, la cama, tu cama —me dice.
La cama está desconocida. El señor Manuel la ha pintado de amarillo, un amarillo rabioso tirando a verde, lleno de churretones. Un amarillo que chilla en la habitación sobre la policromía de los baldosines. En la cabecera de la cama hay una estampa de la virgen del Perpetuo Socorro llena de llamas, rodeada de condenados que alargan los brazos para que los saque del infierno. Un cajón cubierto con una tela blanca es la mesilla de noche con una puertecita que es la tapa del cajón sujeta con dos tiras de cuero y un gancho como el de la ventana. Dentro, un orinal sin asa, grande, con flores verdes y en el fondo un ojo pintado y un letrero que dice con faltas de ortografía: «Te veo».
Encima de la cama, un colchón gordo con dos sábanas, una manta de piezas y una colcha también amarilla.
—Qué, ¿te gusta?, —me dice el señor Manuel—. Cuando no estoy en casa, —la señora la dueña de la choza— se mete aquí y se tumba en la cama a dormir la siesta. La pobre con su reuma de vivir veinte años aquí, en la orilla del río en un camastro tendido en el suelo, me tiene envidia. Ya me ha dicho que cuando me muera la cama es para ella. Pero se va a morir ella antes y me voy a quedar yo con la chabola. Todavía estoy fuerte, sólo esta maldita hernia. Pero no me atrevo a operarme. Bueno que se muera uno cuando le llegue la hora, pero no que le mate un matasanos.
Se calla y pasa la mano por encima de la colcha, como en una caricia.
—¿Sabes? Desde que tengo cama de señorito, trabajo más. Tengo una cosa para ti.
Del fondo del baúl lleno de trapos, de periódicos antiguos, de libros faltos de tapas y de hojas, recogidos sabe Dios dónde, saca un trapo blanco liado como una venda sucia. Lo desenvuelve sobre la mesilla de noche y del último pliegue saca una monedita de oro diminuta. Una moneda de oro de diez pesetas de cuando el rey era niño. Un centén. Pequeño y luciente como un céntimo nuevo.
—Para la cadena de tu reloj. Es lo único que me queda de tiempos mejores, cuando se ganaban onzas. Tenía el capricho de conservarla, pero ya ¿para qué le vale a uno?
Y tengo que llevarme el centén envuelto en un papel de fumar áspero de los que él gasta para hacerse sus estacas de colillas.
Cuando subo el paseo de San Vicente desenvuelvo la monedita de oro y la miro en detalle. Es tan pequeña que tendré que ponerle un arillo para poder colgarla de la cadena.
La verdad es que de todos los herederos, los más felices son los más pobres: nosotros, la señora Segunda y el señor Manuel. Claro que estos dos no eran herederos, pero les ha tocado parte de la herencia.
La Cuesta de San Vicente es medio kilómetro de verja de hierro sobre una base de piedra barroqueña. La verja del Campo del Moro, el jardín de Palacio, donde nadie puede entrar, porque los soldados que hay de centinela le pegarían un tiro al que entrara. Cuando yo era niño, aprovechaba el subir esta cuesta al lado de mi madre para hacer pitos con los «güitos». Es muy sencillo, se coge un hueso de albaricoque y se frota sobre la piedra a la vez que se anda. Se va desgastando hasta que se hace un agujero de bordes planos en uno de los extremos del hueso. Entonces con un alfiler se saca la almendra y queda así el hueso vacío. Se sopla fuerte en los bordes del agujero y se produce un pitido que se oye muy lejos. Si frotara el centén sobre la piedra se desgastaría también el canto. Le paso un poco suavemente. No se nota el desgaste, pero allí en la piedra ha quedado una rayita muy fina. Una rayita de oro.
¿A quién se le ocurre frotar una moneda de oro contra las piedras? ¿Es que todavía soy un niño? ¡Una moneda de oro! Ya no las hay en España. Antes las llevaba la gente en el bolsillo, como ahora llevamos nosotros las pesetas. Después, sólo las tienen guardadas los ricos y también el Banco de España en unas cajas de acero bajo tierra. Las tiene allí para que la gente admita los billetes de banco. Dicen que por los cimientos del banco pasa un antiguo arroyo, que se llamaba el arroyo de San Lorenzo, y que las cajas del oro están debajo del agua. Si hubiera un fuego o un robo en el banco, los serenos abrirían unas puertas y el río entero se volcaría sobre las cajas. Pero nada de esto me interesa. Me gustaría más coger un martillo y machacar el centén para ver si es verdad que se puede hacer una hoja de muchos metros con cinco gramos de oro a fuerza de darle martillazos. Luego pegaría la hoja de oro en la pared y tendría una pared de oro en la buhardilla. Indudablemente soy un chico aún.
En la plaza de San Gil, que ahora se llama plaza de España, están jugando al peón y la gente ha formado un corro alrededor. Son cuatro muchachos, casi hombres, mucho mayores que yo: el que menos tendrá diecisiete años. Han hecho en la arena un redondel muy grande y en medio tiran cada uno una perra chica. Después, uno tras otro hacen bailar el peón, le cogen con la mano y tratan de sacar las perras fuera del círculo con la punta del peón. Como son ya hombres, el trompo baila con mucha fuerza. Bueno, no son hombres, son golfos, porque los hombres no juegan al peón y los chicos no se juegan los cuartos. Pero tampoco son golfos: a un lado del redondel del juego hay un montón de libros. Son estudiantes de derecho de la Universidad que está aquí cerca de la calle Ancha. Son hombres, pero como están aún estudiando, tienen el derecho de ser chicos; el derecho de jugar al peón, de jugar al paso en esta misma explanada; de correr unos detrás de otros, chicos y chicas, ya hombres y mujeres, y jugar. La gente les mira y se divierte con ellos. «¡Bah! ¡Son estudiantes, tienen derecho!». Y los viejos de barba blanca que vienen a tomar el sol a la plaza forman el corro alrededor del peón o se ponen en fila a lo largo del juego del paso para celebrar sus habilidades. ¿Qué cara pondría Corachán si nosotros, Medrano, Gros y yo, nos pusiéramos a jugar al peón aquí y pasara él por la calle? Nos despediría. Nos diría con su voz campanuda que unos empleados del Crédit Étranger no son ni niños ni golfos para jugar al peón en la vía pública. Sin embargo, el hijo de Corachán estudia derecho en esta misma Universidad. Tiene ahora veinte años. ¿Vendrá aquí a jugar al peón?
Después de comer vienen la Concha y Rafael. La Concha está sirviendo en casa del doctor Chicote, Rafael está de chico en una tienda de la calle de Atocha. Como es además día 2, traen la paga. Ayer cobré yo. Sobre la mesa, mi madre pone todos los cuartos y empieza a hacer cuentas y montoncitos; ¡poco dinero hay! Los cinco duros míos, seis de Rafael, ocho de la Concha. Total, noventa y cinco pesetas.
—Nueve pesetas para el recibo de la casa. Dos pesetas para Pascuala.
Las once pesetas quedan en un montoncito. Éste es el dinero más sagrado para mi madre: pagar la casa.
—Cinco pesetas para la Sociedad.
Por estas cinco pesetas tenemos todos derecho a médico, botica y entierro.
—Diez pesetas para pagar la colada.
Mi madre se interrumpe y empieza a contar con los dedos sus deudas. Al final hace otro montoncito de catorce pesetas. Nosotros tres la miramos sin decir nada, esperando que acabe de disminuir el montón grande. Por último dice:
—Nos queda esto hasta el día 8 que cobre yo en el laboratorio.
Quedan treinta y una pesetas. Entonces empezamos nosotros. La Concha la primera:
—Yo necesito ropa. Un corsé, una camisa y unas medias.
—No eres tú nadie —exclama Rafael—. Yo necesito calzado y una blusa.
—Y yo zapatos —digo.
—Claro, el señorito necesita zapatos. Tiene dos pares ya, pero necesita otro.
—Claro, dos pares pero son de color y no puedo llevarlos con el luto de la tía.
—Te los tiñes.
—¡Eso! ¿Y tú presumiendo de tetitas con el corsé?
Nos enzarzamos los tres de palabras. Mi madre pretende calmarnos sin conseguirlo. Al final saca de su bolsillo una peseta, la une al montón y hace tres montoncitos de ocho pesetas cada uno. Y uno más para ella.
—¡Bueno! No hay más.
Rafael se embolsa sus ocho pesetas. La Concha se queda con ellas en la mano.
—¿Qué hago yo con esto?
—Mira —dice mi madre—, sacas unas pesetas del Monte y compras lo que te haga falta.
Los tres tenemos una libreta de ahorros en el Monte de Piedad y esto siempre es motivo de discusión. Rafael y yo la tenemos de una vez que nos dieron premios en el colegio. Pero no se puede sacar el dinero hasta que seamos mayores de edad. La Concha abrió una cuando empezó a trabajar y es la única que puede sacar los cuartos cuando quiere. Mi libreta tiene ya más de mil pesetas con los ingresos que fue haciendo el tío José. La de Rafael tiene más de quinientas y la de la Concha, durante los primeros años que trabajó, como no se necesitaba su sueldo, subió a cerca de mil quinientas pesetas. Después, cada vez que en casa ha habido apuros se ha recurrido a su cartilla y a estas fechas tiene doscientas o trescientas pesetas nada más. Así que cada vez que se habla de tocar su cartilla, se pone hecha una fiera.
—¡Para eso se pasa una la vida trabajando! Para luego no poderse comprar lo que le hace falta. Pues no hay derecho. Ellos tienen sus cuartos bien seguros y yo tengo que hacer frente a todo. Desde la muerte del tío José no se ha hecho más que sacar dinero de mi cartilla para que ése sea un señorito chupatintas: y yo, mientras, fregando platos.
—¡Eso es envidia!, —exclamo yo.
—¿Envidia? ¿De quién? ¿De ti? Si vas a ser más desgraciado que ninguno. Nosotros somos pobres y no nos da vergüenza. ¡Los hijos de la señora Leonor la lavandera! Pero tú eres el señorito que te da vergüenza decir que tu madre lava en el río y que vives en una buhardilla. ¿A que sí? Yo he traído aquí, a casa, a mis compañeras y a mis amigas, porque a mí no me da vergüenza que vengan a casa. Pero tú, ¿cuándo has traído a un amigo? ¿Un señorito del banco, a que sepan que vives en una buhardilla y que tu madre lava ropa?
Por lo mismo que tiene razón, me pongo furioso. Claro es, que en el Crédit no saben que soy hijo de una lavandera y que vivo en una buhardilla. Tal vez me echaran a la calle. Allí no quieren pobres. Se exige ir bien vestido y tener una casa decente. Las familias de los empleados son personas que visten con sombrero y gabán. ¡Estaría bonito que se presentaran allí la Concha con su traje de criada de casa grande, Rafael con su blusa de tendero, mi madre con un pañuelo a la cabeza y su delantal! Pero esto no lo comprende la Concha. Cuando hablo, tratando de hacerla ver el porvenir que me espera cuando sea un empleado que gane mucho dinero y mi madre no baje al río y tengamos una casa con su lámpara de comedor en medio y luz eléctrica, se ríe en mis narices, me sacude por los hombros y me chilla:
—¡Idiota! Lo que serás tú es un muerto de hambre toda tu vida. Un chupatintas. Un señorito de pan pringado. —Se ríe a carcajadas. De pronto se pone seria y me grita—: ¡Un esclavo de cuello duro! ¡Eso es lo que vas a ser!
Y me vuelve la espalda, se sienta en una silla y se echa a llorar.
Rafael y yo vamos a la calle. Compramos una cajetilla de cincuenta y encendemos un pitillo. Tomamos café y una copa de coñac. Cogemos el tranvía y nos vamos a Cuatro Caminos a merendar cordero asado y beber vino tinto. Cuando volvemos a casa, nos hemos gastado las dieciséis pesetas de los dos. Rafael me dice:
—No importa. Tengo las propinas y mañana le pediré al amo un duro, pero no le digas nada a madre.
Al día siguiente, cuando me levanto por la mañana para ir al Crédit, la madre, que me ha cepillado la ropa, como todos los días, me da dos pesetas.
—Toma, para que lleves algo, por si tienes un compromiso.
No me pregunta qué he hecho de las ocho pesetas del domingo. Y bajo avergonzado las escaleras de casa.