La ladrona de libros
1. La identidad de la sombra y
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Debe de odiarme, ¿verdad?
—No creo. Me dio dinero, ¿no? Dijo que una promesa era una promesa.
Una semana después llegó una carta en la que Hans informaba a Walter Kugler de que intentaría enviarle lo que fuera siempre que pudiera.
Contenía un mapa del tamaño de una página de Molching y del extrarradio de Munich, además de una ruta directa desde Pasing (la estación de tren más segura) hasta la puerta de su casa. En la carta, las últimas palabras eran claras: «Ten cuidado».
A mediados de 1940 llegó el Mein Kampf con una llave pegada en el interior de la cubierta.
Max pensó que ese hombre era un genio, pero no consiguió reprimir un escalofrío cuando pensó en lo que supondría viajar hasta Munich. Lo que deseaba, junto con todo lo que eso implicaba, era no tener que hacer el viaje. No siempre se consigue lo que se desea.
Sobre todo en la Alemania nazi.
Una vez más, el tiempo pasó.
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Markus Zusak La ladrona de libros La guerra se extendió.
Max siguió oculto al mundo en otra habitación vacía. Hasta lo inevitable. A Walter le notificaron que iban a enviarlo a Polonia para reafirmar la autoridad alemana, tanto sobre los polacos como sobre los judíos. Todos eran iguales. Había llegado el momento.
Max viajó a Munich y a Molching, y ahora estaba sentado en la cocina de un extraño, solicitándole una ayuda que anhelaba y sufriendo por la
condena que creía merecer.
Hans Hubermann le estrechó la mano y se presentó.
Le preparó un café en la oscuridad.
La niña se había ido hacía un buen rato, pero unos nuevos pasos se habían acercado a recibirlo. Las cartas ya estaban boca arriba.
La oscuridad los aislaba por completo. Se miraron fijamente. Sólo habló la mujer.
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Markus Zusak La ladrona de libros La ira de Rosa
Liesel había retomado el sueño cuando la inconfundible voz de Rosa Hubermann irrumpió en la cocina y la despertó del susto.
—Was ist los?
En esos momentos sintió una irrefrenable curiosidad, mientras imaginaba el sermón instigado por la ira de Rosa. Oyó que alguien se movía y arrastraba una silla.
Al cabo de diez minutos de insoportable disciplina, Liesel salió al pasillo y lo que vio la dejó maravillada: Rosa Hubermann estaba junto a Max Vandenburg mirando cómo este engullía su infame sopa de guisantes.
Había una vela sobre la mesa. No se agitaba.
Rosa estaba muy seria.
Su rechoncha figura desbordaba preocupación.
Aunque, en cierto modo, también tenía una expresión triunfal, y no se trataba del júbilo de haber salvado a otro ser humano de la persecución a la que estaba sometido, sino de algo parecido a un: «¿Lo ves?, al menos él no se queja». Su mirada iba de la sopa al judío, y de nuevo a la sopa.
Cuando volvió a hablar, sólo le preguntó si quería más.
Max declinó la oferta y en su lugar prefirió salir corriendo hacia el fregadero y ponerse a vomitar. Su espalda se convulsionaba. Tenía los brazos separados. Sus dedos se aferraban al metal.
—Jesús, María y José —farfulló Rosa—. Otro igual.
Max se volvió y se disculpó con una voz pringosa, apenas audible, corroída por el ácido.
—Discúlpeme, creo que he comido demasiado. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que mi estómago... Creo que no ha podido...
—Sal de ahí —le ordenó Rosa, y se puso a limpiar.
Cuando terminó, encontró al joven sentado a la mesa de la cocina, taciturno. Hans estaba enfrente, con las manos entrelazadas sobre la
superficie de madera.
159
Markus Zusak La ladrona de libros Liesel alcanzó a ver desde el pasillo el rostro demacrado del forastero y, detrás de él, una expresión de preocupación garabateada en el de su madre. Miró a los que la habían acogido.
¿Quiénes eran?
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Markus Zusak La ladrona de libros La charla de Liesel Definir qué tipo de personas eran Hans y Rosa Hubermann es uno de los problemas más difíciles de solucionar. ¿Gente amable? ¿Gente profundamente ignorante? ¿Gente de salud mental cuestionable?
Definir el aprieto en que se habían metido resultaba más sencillo.
LA SITUACIÓN DE HANS
Y ROSA HUBERMANN
Bastante, bastante peliaguda.
De hecho, tremendamente peliaguda.
Cuando un judío aparece en tu casa de madrugada, en la mismísima cuna del nazismo, es más que probable que experimentes niveles extremos de desasosiego. Angustia, incredulidad, paranoia... Todas desempeñan su papel y todas desembocan en la secreta sospecha de que las consecuencias que aguardan no son demasiado halagüeñas. El miedo resplandece.
Deslumbra. Por sorprendente que parezca, ha de admitirse que, a pesar del miedo iridiscente que relucía en la oscuridad, consiguieron controlar el embate de la histeria.
Rosa le ordenó a Liesel que se fuera.
—Bett, Saumensch —dijo con voz tranquila, pero firme. Muy poco habitual. Hans apareció al cabo de unos minutos y retiró las sábanas de la otra cama.
—Alles gut, Liesel? ¿Todo bien, Liesel?
—Sí, papá.
—Como ves, tenemos visita. —Liesel sólo adivinaba el contorno de la talla de Hans Hubermann en la oscuridad—. Esta noche dormirá aquí.
—Sí, papá.
Minutos después, Max Vandenburg aparecía en la habitación, silencioso y opaco. El hombre no respiraba. No se movía. Sin embargo, se las ingenió
para salvar la distancia que separaba la puerta de la cama y meterse bajo las sábanas. 161
Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Todo bien? —volvió a preguntar Hans, esta vez a Max.
La respuesta salió flotando de sus labios y adoptó la forma de una mancha en el techo. Tal era la vergüenza que lo embargaba.
—Sí, gracias.
Volvió a repetirlo cuando Hans se dirigió hacia su asiento habitual, junto a la cama de Liesel. «Gracias.»
Habría de transcurrir una hora para que Liesel se rindiera al sueño.
Durmió
larga y profundamente.
Una mano la despertó a la mañana siguiente pasadas las ocho y media.
La voz al final de la mano le informó de que aquel día no iría al colegio.
Por lo que le dijeron, estaba enferma.
Cuando se desperezó del todo, miró al extraño de la cama de enfrente.
Por la manta sólo asomaba un arrebujo de pelo aplastado hacia un lado. No hacía ruido, como si hubiera aprendido a dormir en silencio. Pasó junto a él con sumo cuidado y siguió a su padre al vestíbulo.
Por primera vez en su vida, la cocina y su madre todavía no habían entrado en ebullición. Estaban envueltas en una especie de silencio inaugural algo desconcertado. Para alivio de Liesel, sólo duró unos minutos.
Se oía el rumor de las bocas masticando.
Rosa anunció las prioridades del día.
—Escucha, Liesel, tu padre va a decirte algo —la informó, sentándose a la mesa. Aquello iba en serio, ni siquiera había utilizado un Saumensch, todo un reto personal de abstinencia—. Y quiero que lo escuches con atención, ¿está
claro?
La niña todavía estaba tragando.
—¿Está claro, Saumensch?
Eso estaba mejor.
La niña asintió con la cabeza.
Cuando Liesel volvió a entrar en el dormitorio para coger su ropa, el cuerpo de la otra cama se había dado la vuelta y estaba hecho un ovillo. Ya no era un tronco largo, sino algo con forma de zeta atravesado en diagonal.
Zigzagueando la cama.
Le vio el rostro bajo la luz mortecina. Tenía la boca abierta y su tez era del color de las cáscaras de huevo. Unos pelillos le cubrían la mandíbula y la barbilla. Tenía las orejas duras y pegadas al cráneo, y la nariz pequeña pero deformada.
—¡Liesel!
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Markus Zusak La ladrona de libros Se volvió.
—¡Mueve el culo!
Lo movió, derecha al lavabo.
En cuanto se cambió y salió al vestíbulo, se dio cuenta de que no iba a ir muy lejos: su padre estaba ante la puerta del sótano, sonriéndole ligeramente. Encendió la lámpara y la llevó abajo.
Hans la invitó a que se pusiera cómoda entre las montañas de sábanas viejas y el olor a pintura. En las paredes refulgían las palabras pintadas que había aprendido tiempo atrás.
—Tengo que decirte algo.
Liesel se sentó sobre una montaña de un metro hecha con sábanas viejas y su padre en un bote de pintura de quince litros. Hans estuvo buscando las palabras unos minutos. Cuando por fin acudieron a él, se levantó para entregárselas y se frotó los ojos.
—Liesel, nunca estuve seguro de si esto llegaría a ocurrir, por eso no te hablé... —confesó con voz queda—. De mí. Del hombre de arriba.
Empezó a pasear por el sótano arriba y abajo. La lámpara ampliaba su sombra en la pared y lo convertía en un gigante que caminaba de un lado al otro.
Cuando se detuvo, la sombra se cernió sobre él, vigilante. Siempre había alguien vigilando.
—¿Sabes la historia de mi acordeón? —preguntó, y ahí empezó a contar.
Le habló de la Primera Guerra Mundial y de Erik Vandenburg, y luego de la visita a la mujer del soldado caído.
—El niño que entró en la habitación aquel día es el hombre de arriba.
Verstehst? ¿Lo entiendes?
La ladrona de libros escuchaba la historia de Hans Hubermann.
Transcurrió una buena hora hasta que llegó el momento de la verdad, que se tradujo en una obvia y necesaria charla.
—Liesel, escúchame bien.
Su padre la hizo levantar y le cogió la mano.
Estaban de cara a la pared.
Formas oscuras, y el ejercicio de las palabras.
Hans le apretaba los dedos con fuerza.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—¿Recuerdas el cumpleaños del Führer, cuando volvimos a casa la noche de la hoguera? ¿Recuerdas lo que me prometiste?
La niña asintió.
—Que guardaría un secreto —contestó a la pared.
—Eso es. —Las palabras pintadas se distribuían entre las sombras de las manos entrelazadas, apoyadas en sus hombros, descansando en sus cabezas y colgándoles de los brazos—. Liesel, si le hablas a alguien del hombre de arriba, todos nos veremos en un serio aprieto. —Caminaba por la cuerda floja, oscilando entre aterrorizarla hasta los tuétanos y tranquilizarla lo suficiente para que no perdiera la calma. Le dio de comer las frases y la observó con su mirada metálica. Desesperación y serenidad
—. A tu madre y a mí se nos llevarían seguro.
A Hans le preocupaba pasarse de la raya, pero calculó el riesgo y prefirió
equivocarse y pecar de más que de menos. La complicidad de la niña debía ser absoluta e inequívoca.
Acercándose al final, Hans Hubermann miró a Liesel Meminger y comprobó que estuviera atenta.
Le recitó una lista de consecuencias.
—Si le hablas a alguien de ese hombre...
Su profesora.
Rudy.
Daba igual quién fuera.
Lo importante era que todos podían ser castigados.
—Para empezar, me llevaré todos y cada uno de tus libros... y los quemaré.
—Qué crueldad—. Los arrojaré a los fogones o a la chimenea. —
Actuaba como un tirano, pero era necesario—. ¿Entendido?
La conmoción abrió un agujero en ella, muy limpio, muy preciso. Las lágrimas brotaron de sus ojos.
—Sí, papá.
—Siguiente. —Debía mantenerse firme, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo—. Te apartarán de mi lado. ¿Eso te gustaría?
Liesel se echó a llorar en serio.
—Nein.
—Bien. —Le apretó aún más la mano—. Se llevarán a ese hombre y tal vez a mamá y a mí también... Y nunca, nunca más volveríamos.
Con eso fue suficiente.
La niña se puso a sollozar tan desesperadamente que Hans apenas pudo refrenar el deseo de atraerla hacia él y estrecharla con fuerza entre sus brazos. 164
Markus Zusak La ladrona de libros No lo hizo, sino que se agachó y la miró a los ojos para dejar escapar las palabras más suaves que le había dirigido hasta el momento: Verstehst du mich?
¿Me entiendes?
La niña asintió con la cabeza. Lloraba y, ahora sí, desarmada y deshecha, su padre la abrazó en el ambiente teñido de pintura y luz de queroseno.
—Lo entiendo, papá, de verdad.
El cuerpo de su padre amortiguó su voz. Permanecieron abrazados un buen rato, Liesel con la respiración entrecortada y su padre acariciándole la espalda.
Cuando subieron, encontraron a Rosa sentada en la cocina, sola y pensativa. Se levantó al verlos y le hizo un gesto a Liesel para que se acercara, reparando en las lágrimas secas que le veteaban la cara. Atrajo a la niña hacia sí
y la envolvió en un rudo abrazo típico de ella.
—Alles gut, Saumensch?
No necesitaba una respuesta.
Todo iba bien.
Pero era terrible.
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Markus Zusak La ladrona de libros El dormilón
Max Vandenburg durmió tres días seguidos.
Liesel lo observó durante ciertos pasajes de ese sueño. En realidad podría decirse que, al tercer día, mirarlo y comprobar si seguía respirando se había convertido en una obsesión. Había aprendido a interpretar las señales que le indicaban que estaba vivo, desde el temblor de los labios y el
hormigueo de la barba hasta el imperceptible estremecimiento de sus cabellos como ramas cuando movía la cabeza en medio de una pesadilla.
A menudo, cuando lo vigilaba, la asaltaba la mortificante sensación de que el hombre se acababa de despertar, que había abierto los ojos de repente y se la había encontrado, que la veía mirándolo. La idea de que la pillara la torturaba y la emocionaba por igual. Lo temía. Lo deseaba. Hasta que su madre la llamaba, era incapaz de apartarse de la cama, aliviada y decepcionada al mismo tiempo por no estar allí en el momento en que despertase.
A veces, cerca ya del final del maratón de sueño, hablaba.
Murmuró una retahíla de nombres. Un repaso a la lista: Isaac, la tía Ruth, Sarah, mamá, Walter, Hitler.
Familia, amigos, enemigos.
Todos lo acompañaban bajo las sábanas. En cierta ocasión dio la impresión de estar peleándose consigo mismo.
—Nein —susurró. Lo repitió siete veces—. No.
En una de sus guardias, Liesel empezó a notar las similitudes que existían entre el extraño y ella. Ambos llegaron muy agitados a Himmelstrasse. Ambos sufrían pesadillas.
Llegado el momento, se despertó con el desagradable estremecimiento de la desorientación. Abrió la boca un instante después que los ojos y se enderezó, en ángulo recto.
—¡Ay!
Un retazo de voz se le escapó de la boca.
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Markus Zusak La ladrona de libros Cuando vio el rostro de una niña, al revés, encima de él, sintió una repentina inquietud por la extrañeza del entorno y se aferró a los recuerdos para descifrar cuándo y dónde estaba sentado. Al cabo de unos instantes, se las apañó para rascarse la cabeza (un susurro de ramas) y la miró. Sus movimientos eran fragmentados y, ahora que los tenía abiertos, la niña comprobó que sus ojos eran cenagosos y marrones. Espesos, densos.
Liesel retrocedió en un acto reflejo.
Fue demasiado lenta.
El extraño sacó una mano de debajo de las sábanas todavía caliente, y la cogió por el brazo.
—Por favor.
Su voz también la atrapó, como si tuviera uñas. Se la clavó en la carne.
—¡Papá! —gritó.
—¡Por favor! —susurró.
Caía la tarde, gris y satinada, pero a la habitación sólo tenía acceso una luz de color sucio. La tela de las cortinas no permitía más. Si eres de los optimistas, imagínatela de bronce.
Cuando entró Hans, se quedó en la puerta y vio los dedos agarrotados de Max Vandenburg y su rostro desesperado. Ambos se negaban a soltar el brazo de Liesel.
—Veo que ya os conocéis —dijo.
Los dedos de Max empezaron a relajarse.
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Markus Zusak La ladrona de libros El intercambio de pesadillas Max Vandenburg prometió que no volvería a dormir en el cuarto de Liesel.
¿En qué estaría pensando la noche que llegó? La sola idea lo martirizaba. Reflexionó y concluyó que únicamente el desconcierto que arrastraba aquella noche lo había animado a tomarse tal libertad. Por lo que a él respectaba, el sótano era el único lugar que merecía. Qué más daba el frío y la soledad. Era judío, y si algún lugar le estaba destinado ese era un sótano o cualquier otro rincón escondido donde sobrevivir.
—Lo siento —admitió ante Hans y Rosa, en los escalones del sótano—.
De ahora en adelante me quedaré aquí abajo. No me oirán. No haré ruido.
Hans y Rosa, ambos sumidos en la desesperación por el aprieto en que se encontraban, no protestaron, ni siquiera conscientes del frío que hacía allí abajo. Vaciaron los armarios de mantas y llenaron la lámpara de queroseno.
Rosa confesó que la comida tal vez escaseara, ante lo que Max le suplicó que le llevara sólo las sobras, y únicamente cuando nadie más las quisiera.
—Ni hablar —protestó Rosa—, te daré de comer como pueda.
Incluso bajaron el colchón de la cama supletoria del dormitorio de Liesel. Lo sustituyeron por sábanas viejas. Un negocio redondo.
Hans y Max colocaron el colchón debajo de los escalones y a un lado levantaron una pared con sábanas viejas lo bastante alta para ocultar la entrada triangular. Así al menos Max podía apartarlas con facilidad si necesitaba un poco de aire.
Hans se disculpó.
—Esto es muy triste, lo sé.
—Es mejor que nada, más de lo que me merezco —aseguró Max.
Con varios botes de pintura bien dispuestos, Hans reconoció que solo parecía una serie de trastos amontonados en un rincón para que no molestaran. El único problema era que sólo había que mover unos cuantos botes y retirar un par de sábanas para oler al judío.
—Esperemos que sea suficiente —suspiró.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Tendrá que serlo. —Max entró a gatas—. Gracias —repitió.
«Gracias.»
Para Max Vandenburg, quizá esa era la palabra más penosa que podía pronunciar, rivalizando únicamente con un «Lo siento». Sentía una necesidad acuciante de utilizar ambas expresiones, azuzado por el peso de la culpa.
¿Cuántas veces, en las pocas horas que llevaba despierto, había tenido ganas de salir del sótano y abandonar la casa? Probablemente centenares.
Sin embargo, no era más que una punzada.
Y eso lo hacía aún peor.
Quería salir de allí —Dios, cómo lo deseaba (o al menos quería desearlo)—, pero sabía que no lo haría. Le recordaba mucho a cómo había abandonado a su familia en Stuttgart, envuelto en falsa lealtad.
Para vivir.
Vivir era vivir.
El precio era la culpa y la vergüenza.
Durante los primeros días en el sótano, Liesel lo ignoró por completo, negó
su existencia. El crujir del pelo y los fríos y resbaladizos dedos. Su atormentada presencia.
Mamá y papá.
Entre ellos se habían instalado un montón de decisiones por tomar y una gran circunspección.
Se plantearon si podrían llevárselo a otro lado. —Pero ¿adónde?
Sin respuesta.
Estaban solos y se sentían atados de manos. Max Vandenburg no tenía adonde ir, sólo a ellos, a Hans y a Rosa Hubermann. Liesel nunca los había visto mirarse tanto o con tanta solemnidad.
Ellos le bajaban la comida y se ocuparon de encontrar un cubo de pintura para los excrementos de Max, de cuyo contenido Hans se deshacía con la prudencia necesaria. Rosa también le bajó unos cubos de agua caliente para que se aseara. El judío apestaba.
Fuera, el frío aire de noviembre esperaba en la puerta de casa cada vez que Liesel salía.
Caían chuzos de punta.
Las hojas muertas se desplomaban en la calzada.
169
Markus Zusak La ladrona de libros Poco después, a la ladrona de libros le llegó el turno de visita al sótano. La obligaron.
Bajó los escalones con sumo cuidado, sabiendo que no eran necesarias las palabras, pues el roce de los pies era suficiente para despertarlo. Se quedó esperando en medio del sótano con la sensación de encontrarse en el centro de un enorme campo crepuscular. El sol se ponía detrás de una cosecha de sábanas viejas.
Cuando Max salió, llevaba el Mein Kampf en la mano. A su llegada se lo había querido devolver a Hans Hubermann, pero este le había dicho que se lo quedara.
Lógicamente, Liesel, cargada con la comida, no pudo quitarle la vista de encima al libro. Lo había visto varias veces en la BDM, pero ni lo habían leído ni lo habían utilizado para sus actividades. De vez en cuando hacían referencia a su importancia y les prometían que en un futuro tendrían la oportunidad de estudiarlo, a medida que progresaran en las Juventudes Hitlerianas. Max, siguiendo su mirada, también observó el libro.
—¿Es... ? —susurró Liesel con un extraño y agitado hilo de voz. El judío acercó la cabeza hacia ella un poco más.
—Bitte? ¿Perdona?
Liesel le tendió la sopa de guisantes y, sonrojada, volvió arriba a todo correr, sintiéndose ridícula.
—¿Es bueno?
Practicó lo que habría querido decirle ante el pequeño espejo del baño.
Todavía no se había desprendido del olor a orina, ya que Max acababa de usar el bote de pintura cuando ella bajó. So ein G'schtank, pensó. Qué peste.
La orina de los demás no huele tan bien como la de uno.
Los días transcurrieron a trompicones.
Todas las noches, antes de caer en las garras del sueño, oía hablar a sus padres en la cocina sobre lo que habían hecho, lo que estaban haciendo y lo que irremediablemente iba a suceder. La imagen de Max revoloteaba a su lado todo el tiempo, siempre con la misma expresión dolida y agradecida, y los ojos cenagosos.
Sólo una vez hubo un conato de discusión en la cocina.
Papá.
—¡Ya lo sé! —exclamó con voz áspera, aunque consiguió contenerla en un apresurado y apagado susurro—, pero tengo que ir. Al menos unos días a la semana, no puedo estar aquí a todas horas. Necesitamos el dinero y si dejo de tocar empezarán a sospechar, se preguntarán por qué lo he dejado.
La semana 170
Markus Zusak La ladrona de libros pasada les dije que estabas enferma, pero tenemos que comportarnos como lo hemos hecho hasta ahora.
Ahí radicaba el problema.
La vida había dado un giro de ciento ochenta grados y, sin embargo, era esencial que actuaran como si nada hubiera ocurrido.
Imagínate que tienes que sonreír después de recibir un bofetón. Y luego imagínate que tienes que hacerlo las veinticuatro horas del día. En eso consistía ocultar a un judío.
A medida que los días fueron convirtiéndose en semanas, empezó a respirarse, aunque sólo fuera eso, una resignada aceptación de lo que había sucedido hasta el momento: las consecuencias de la guerra, un hombre de palabra y un acordeón. Además, en el espacio de poco más de medio año, los Hubermann habían perdido un hijo y habían ganado un sustituto que arrastraba un peligro de proporciones épicas.
Lo que más sorprendía a Liesel era el cambio experimentado en su madre. Ya fuera por el modo en que calculaba y dividía las raciones o por lo que debía de costarle amordazar su afilada lengua, incluso por la lisura de su expresión acartonada, una cosa quedaba clara.
UNA VIRTUD DE
ROSA HUBERMANN
Era una mujer de gran valor en momentos difíciles.
Incluso cuando la artrítica Helena Schmidt dejó de contar con sus servicios de colada y plancha un mes después de la llegada de Max a Himmelstrasse, ella se limitó a sentarse a la mesa y a acercarle el plato.
—Esta noche la sopa me ha salido buena.
La sopa sabía a rayos.
Siempre que Liesel se iba al colegio por las mañanas, o en los días que se aventuraba a salir a jugar al fútbol o a acabar la ronda de la colada, Rosa le decía en voz baja:
—Y, Liesel, recuerda... —Se llevaba un dedo a los labios y eso era todo.
Cuando Liesel asentía, añadía—: Buena chica, Saumensch, ahora, en marcha. Fiel a la palabra que le había dado a su padre, y ahora además a la dada a su madre, era una buena chica. Mantenía la boca cerrada allí donde iba. Llevaba el secreto enterrado muy adentro.
Como siempre, seguía paseándose por la ciudad con Rudy, oyéndole charlar. A veces cambiaban impresiones sobre las divisiones de las Juventudes Hitlerianas a las que pertenecían, y Rudy le habló por primera vez de un joven 171
Markus Zusak La ladrona de libros y sádico cabecilla llamado Franz Deutscher. Cuando Rudy no comentaba el fanatismo de Deutscher, se deleitaba en la marca que él mismo acababa de batir, amenizándola con interpretaciones y recreaciones del último gol que se había apuntado en el estadio de fútbol de Himmelstrasse.
—Que ya lo sé —aseguraba Liesel—. Estaba allí.
—¿Y qué?
—Pues que lo vi, Saukerl.
—¿Y yo qué sabía? Igual estabas tirada en el suelo, mordiendo el polvo que dejé atrás al marcar.
Tal vez gracias a Rudy —a su locuacidad, su cabello empapado de limonada y su petulancia— Liesel no perdió la razón.
Rebosaba una confianza infinita en la vida, que aún tenía por una broma: una interminable sucesión de goles, robos y un repertorio interminable de cháchara banal.
Además, también estaba la mujer del alcalde y la lectura en la biblioteca de su marido. A esas alturas del año allí dentro empezaba a hacer bastante frío, cada vez más y, a pesar de todo, Liesel no podía mantenerse alejada.
Escogía varios libros y leía breves párrafos de cada uno, hasta que una tarde encontró
uno que no pudo dejar. Se titulaba El hombre que silbaba. En un principio, los encuentros esporádicos con el hombre que silbaba de Himmelstrasse, Pfiffikus, la llevaron a interesarse por el libro. Todavía lo recordaba encorvado con su abrigo, y su aparición en la hoguera el día del
cumpleaños del Führer. Lo primero que ocurría en el libro era un asesinato.
Un apuñalamiento. Una calle de Viena. Cerca de la Stephansdom, la catedral de la plaza.
BREVE PASAJE DE «EL HOMBRE
QUE SILBABA»
«Estaba tendida en un charco de sangre, asustada, y una extraña cantinela bailaba en su cabeza. Recordó el cuchillo, dentro y fuera, y una sonrisa. Como siempre, el hombre que silbaba había sonreído al huir hacia la oscura y ensangrentada noche. .»
Liesel no supo si fueron las palabras o la ventana abierta lo que hizo que se estremeciera. Cada vez que iba a entregar o a recoger la colada a casa del alcalde, leía tres páginas y temblaba, pero no podía seguir así. Tampoco Max Vandenburg soportaría el sótano mucho más tiempo. No se quejaba —
no tenía derecho a hacerlo—, pero sentía cómo empeoraba un día 172
Markus Zusak La ladrona de libros tras otro, asolado por el frío. Al final, su salvación fue la lectura y la escritura, y un libro titulado El hombre que se encogía de hombros.
—Liesel —la llamó su padre una noche—. Vamos.
Desde la llegada de Max, Liesel había dejado de leer con su padre, y era evidente que Hans consideró que había llegado el momento de retomar la costumbre.
—Na, komm —dijo—. No quiero que aflojes el ritmo. Ve a buscar uno de tus libros. ¿Qué te parece El hombre que se encogía de hombros?
La inquietó que, al volver con el libro en la mano, su padre le hiciera un gesto para que lo siguiera al antiguo taller: el sótano.
—Pero papá, no podemos... —intentó decirle.
—¿Qué? ¿Es que hay monstruos ahí abajo?
Estaban a principios de diciembre y el día había sido gélido. El sótano iba haciéndose menos acogedor a cada escalón de cemento que bajaban.
—Hace mucho frío, papá.
—Eso no te preocupaba antes.
—Ya, pero nunca había hecho tanto frío...
—¿Te importa que utilicemos la lámpara, por favor? —le preguntó Hans a Max cuando llegaron.
Asustados, los botes y las sábanas se hicieron a un lado y la luz cambió de manos. Hans miró la llama y negó con la cabeza, acompañándola de
unas palabras.
—Es ist ja Wahnsinn, net? Esto es de locos, ¿no? —Antes de que la mano de dentro tuviera tiempo de recolocar las sábanas, Hans la apresó—.
Max, sal tú
también, por favor.
Atemorizadas, las sábanas viejas se apartaron a un lado y aparecieron el cuerpo y el rostro demacrados de Max Vandenburg. Se estremeció bajo la húmeda luz, con un mágico desasosiego.
Hans le tocó el brazo para que se acercara.
—Jesús, María y José, no puedes seguir aquí abajo, acabarás congelado.
—
Se volvió—. Liesel, llena la bañera. No demasiado caliente, hasta que esté tibia. Liesel subió corriendo.
—Jesús, María y José, volvió a oír desde el vestíbulo.
Cuando Max estaba en la bañera del tamaño de una jarra de cerveza, Liesel pegó la oreja a la puerta del baño, e imaginó el agua tibia convirtiéndose en vapor al calentar su cuerpo de carámbano. Sus padres estaban en el punto álgido de una discusión, en el dormitorio que hacía las veces de comedor. La pared del pasillo retenía los susurros.
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Ahí abajo se morirá, hazme caso.
—Pero ¿y si lo ve alguien?
—No, no, sólo subirá de noche. Durante el día lo dejaremos todo abierto, como si no tuviéramos nada que esconder. Y utilizaremos esta habitación en vez de la cocina. Lo mejor es mantenerse lejos de la puerta de casa. Silencio.
A continuación, la madre:
—Está bien... Sí, tienes razón.
—Si nos la hemos de jugar por un judío —añadió el padre al cabo de unos instantes—, preferiría hacerlo por uno vivo.
Y a partir de ese momento se estableció una nueva rutina.
Todas las noches encendían la chimenea en la habitación de los padres y Max aparecía, en silencio. Se sentaba en un rincón, encogido y desconcertado, seguramente por la bondad de esa gente, por el reconcomio de haber sobrevivido y, sobre todo, por el resplandor del calor.
Con las cortinas cerradas a cal y canto, dormía en el suelo con un cojín debajo de la cabeza mientras el fuego se extinguía y se convertía en cenizas.
Por la mañana regresaba al sótano.
Un humano sin voz.
La rata judía de nuevo en su agujero.
La Navidad pasó y dejó atrás el tufo de un nuevo peligro. Tal como imaginaban, Hans hijo no apareció por casa (un alivio, aunque también una decepción que no presagiaba nada bueno), pero Trudy se presentó como siempre. Por suerte, todo fue como la seda.
LAS CUALIDADES DE LA SEDA
Max permaneció en el sótano.
Trudy entró y salió sin sospechar nada.
Decidieron que a pesar del afable carácter de Trudy no podían confiar en ella.
—Sólo confiaremos en quien tengamos que confiar —sentenció Hans
—, es decir, en nosotros tres.
Hubo más comida de lo habitual y se disculparon ante Max porque no era una fiesta de su religión, aunque para ellos se trataba sobre todo de una costumbre.
Max no protestó.
¿Qué razones iba a aducir?
174
Markus Zusak La ladrona de libros Explicó que era judío de nacimiento, que lo habían educado como tal, pero también, y entonces más que nunca, que el judaísmo no dejaba de ser una etiqueta, la peor suerte con que uno puede tropezarse.
Asimismo, aprovechó la ocasión para comunicarles que lamentaba que el hijo de los Hubermann no hubiera acudido. En respuesta, Hans le dijo que esas cosas no se podían controlar.
—Después de todo, tú ya deberías saberlo, los jóvenes siguen siendo niños y los niños a veces tienen derecho a ser cabezotas.
Lo dejaron ahí.
Max permaneció mudo las primeras semanas ante la chimenea. Ahora que disfrutaba de un buen baño semanal, Liesel se fijó en que su cabello había dejado de ser un nido de ramas y se había convertido en un montón de plumas flotando sobre su cabeza. Todavía intimidada por el extraño, le susurró a su padre:
—Es como si tuviera el pelo de plumas.
—¿Qué?
El fuego había sofocado sus palabras.
—Digo que parece que tuviera el pelo de plumas... —volvió a murmurar, inclinándose hacia él.
Hans Hubermann lo miró y asintió con la cabeza, dándole la razón.
Estoy segura de que Hans habría deseado tener los ojos de la niña. No se percataron de que Max lo había oído todo.
De vez en cuando se subía el ejemplar del Mein Kampf y lo leía junto a las llamas, hirviendo de indignación. En la tercera ocasión, Liesel por fin reunió el valor suficiente para hacerle la pregunta.
—¿Es... bueno?
Max la miró, apretó el puño y volvió a abrir la mano. Alejada la rabia, le sonrió. Se retiró hacia atrás el flequillo plumoso de los ojos.
—Es el mejor libro que he leído en mi vida. —Miró a Hans y de nuevo a la niña—. Me salvó la vida.
Liesel se acercó un poco más y cruzó las piernas. En voz baja, le preguntó:
—¿Cómo?
Así comenzó un ciclo narrativo, cada noche en el comedor. La voz nunca se elevaba más que lo justo para oírse. Las piezas del puzzle de un púgil judío empezaron a encajar ante sus ojos.
A veces la voz de Max Vandenburg rezumaba humor, aunque estaba hecha de una materia rasposa, como una piedra restregada con suavidad contra una roca. En algunos lugares no tocaba fondo y se consumía con el áspero vaivén, a 175
Markus Zusak La ladrona de libros veces despedazándose por completo.
Era abisal cuando hablaba de arrepentimiento y se desgajaba al final de un chiste o cuando se menospreciaba.
«Por los clavos de Cristo», era la expresión más común en las historias de Max Vandenburg, seguida generalmente de una pregunta.
EL TIPO DE PREGUNTAS
¿Cuánto tiempo estuviste en esa habitación?
¿Dónde está ahora Walter Kugler?
¿Sabes lo que le ocurrió a tu familia?
¿Adónde iba la mujer que roncaba?
¡Un marcador en contra de 10 a 3!
¿Por qué te seguías peleando con él?
Tiempo después, cuando Liesel rememoraba esa época de su vida, las noches en el comedor se contaban entre los recuerdos más vividos que conservaba. Todavía veía la luz abrasadora en el rostro de cáscara de huevo de Max, incluso saboreaba el regusto humano de sus palabras. El judío fue relatando los episodios de su supervivencia, como si se cortara cada uno de los pedazos y los presentara en un plato.
—Soy un egoísta. —Al decirlo, se cubrió el rostro con el brazo—.
Abandonar a mi gente, venir aquí, ponerlos en peligro... —Dejó que saliera todo y empezó a suplicarles. En el rostro llevaba marcados los bofetones del dolor y la desolación—. Lo siento. Créanme, por favor. ¡Lo siento mucho, lo siento mucho, lo...!
Tocó el fuego con el brazo y lo retiró al instante.
Todos lo miraron en silencio, hasta que Hans se levantó y se acercó a él.
Se sentó a su lado.
—¿Te has quemado el codo?
Una noche, Hans, Max y Liesel estaban sentados ante la chimenea.
Rosa estaba en la cocina. Max leía de nuevo Mein Kampf.
—¿Sabes qué? Ahí donde la ves, a Liesel le gusta leer —comentó Hans, inclinándose hacia el fuego. Max bajó el libro—. Y tenéis en común más de lo que crees. —Hans se aseguró de que Rosa no los oyera—. A ella también le gustan las peleas a puñetazos.
—¡Papá! —Apoyada contra la pared, Liesel, a punto de cumplir doce años, aunque flaca como un palillo, se quedó anonadada—. ¡Nunca me he metido en peleas!
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Markus Zusak La ladrona de libros
—Shhh... —Hans se echó a reír. Le hizo un gesto con las manos para que no levantara la voz y volvió a inclinarse, esta vez hacia la chica—.
Bueno, ¿y qué
me dices de la paliza que le diste a Ludwig Schmeikl, eh?
—Yo nunca... —La habían pillado, inútil negarlo—. ¿Cómo lo sabes?
—Vi a su padre en el Knoller.
Liesel se llevó las manos a la cara. Cuando las retiró, hizo la pregunta decisiva.
—¿Se lo has contado a mamá?
—¿Estás de guasa? —Le guiñó un ojo a Max y le susurró a la niña—: Sigues viva, ¿no?
Esa noche también fue la primera vez desde hacía meses que Hans tocó el acordeón en casa. Sólo después de una media hora se atrevió a preguntarle a Max:
—¿Aprendiste a tocar?
El rostro del rincón contemplaba las llamas.
—Sí. —Se hizo un largo silencio—. Hasta los nueve años. Luego mi madre vendió el estudio de música y dejó de enseñar. Sólo se quedó con un instrumento, y me dejó por imposible poco después de que me negara a seguir aprendiendo. Era un atontado.
—No —protestó Hans—, eras un crío.
Por las noches, tanto Liesel Meminger como Max Vandenburg se entregaban a eso otro que compartían. Tenían pesadillas y se despertaban en habitaciones distintas, una con un chillido que ahogaban las sábanas y el otro jadeante, en busca de aire, junto a un fuego humeante.
A veces, cuando Liesel leía con su padre, cerca ya de las tres de la madrugada, oían que Max se despertaba.
—Sueña como tú —decía Hans.
En una ocasión, azuzada por la angustia de Max, Liesel decidió salir de la cama. Imaginaba muy bien lo que el joven veía en sus sueños gracias a lo que Max les había desvelado de su historia, aunque ignoraba qué escena lo visitaba cada noche.
Atravesó el vestíbulo sin hacer ruido y entró en el comedor dormitorio.
—¿Max? —preguntó con un suave susurro, empañado por una garganta somnolienta.
Al principio no oyó ninguna respuesta, pero Max se enderezó y buscó en la oscuridad.
177
Markus Zusak La ladrona de libros Hans seguía en el dormitorio de Liesel y ella se sentó delante de Max, al otro lado de la chimenea. Detrás de ellos, Rosa dormía escandalosamente. Dejaba a la roncadora del tren a la altura del betún.
El fuego no era más que un funeral de humo, muerto y moribundo a la vez. Esa mañana en concreto también se oyeron unas voces.
EL INTERCAMBIO DE PESADILLAS
La niña: Dime, ¿qué ves cuando tienes esos sueños?
El judío:. . Me veo a mí mismo volviéndome y despidiéndome.
La niña: Yo también tengo pesadillas.
El judío: ¿Qué ves?
La niña: Un tren y a mi hermano muerto.
El judío: ¿Tu hermano?
La niña: Murió cuando vine a vivir aquí, por el camino.
La niña y el judío, al unísono: Ja, sí.
Sería bonito decir que después de este pequeño avance, ni Liesel ni Max volvieron a tener pesadillas. Sería bonito, pero mentira. Las pesadillas los seguían visitando como siempre; igual que cuando oyes rumores de que el mejor jugador del equipo contrario se ha lesionado o está enfermo y te lo encuentras allí, calentándose con el resto de sus compañeros, listo para salir al campo. O como un tren nocturno llegando a su hora a la estación, tirando de los recuerdos que lleva atados a una cuerda, tras mucho arrastrar y traquetear torpemente.
Lo único que cambió fue que Liesel le aseguró a su padre que ahora ya era lo bastante mayor para enfrentarse ella sola a los sueños. Por un instante, Hans pareció ligeramente ofendido, pero como era habitual en él, puso todo su empeño en decir lo más acertado.
—Bueno, gracias a Dios. —Esbozó una sonrisa—. Al menos ahora dormiré
como es debido, esa silla me estaba matando
Abrazó a la niña y entraron en la cocina.
Con el tiempo, una clara distinción se impuso entre dos mundos muy diferentes: el mundo en el interior del número treinta y tres de Himmelstrasse y el que se encontraba y cambiaba en el exterior. El truco estaba en mantenerlos separados.
Liesel estaba aprendiendo a descubrir algunas de las posibilidades del mundo exterior. Una tarde, cuando volvía a casa con una bolsa de colada vacía, 178
Markus Zusak La ladrona de libros se fijó en un periódico que asomaba por un cubo de basura. La edición semanal del Molching Express. Lo cogió y se lo llevó a casa para dárselo a Max.
—Pensé que te gustarían los crucigramas —dijo—, para matar el tiempo. Max le agradeció el gesto y, para justificar que lo hubiera llevado
hasta casa, leyó el periódico de cabo a rabo y unas horas más tarde le enseñó la cuadrícula con todas las casillas rellenadas menos una.
—Maldita sea la diecisiete vertical.
En febrero de 1941, Liesel recibió un libro usado el día en que cumplió los doce años. No cabía en sí de agradecimiento. Se titulaba Los hombres de barro y trataba de un padre y un hijo muy raros. Abrazó a sus padres mientras Max permanecía en un rincón, incómodo.
—Alles Gute zum Geburtstag. —Esbozó una tímida sonrisa—. Feliz cumpleaños. —Tenía las manos metidas en los bolsillos—. No lo sabía; si no, podría haberte regalado algo.
Una flagrante mentira, pues no tenía nada que regalar, salvo, tal vez, el Mein Kampf, y bajo ningún concepto iba a entregar ese tipo de propaganda a una joven alemana. Habría sido como si el cordero le acercara el cuchillo al carnicero.
Se hizo un incómodo silencio.
Liesel había abrazado a sus padres.
Max parecía muy solo.
Liesel tragó saliva.
Y se acercó a él y lo abrazó por primera vez.
—Gracias, Max.
Al principio, él se limitó a quedarse inmóvil, pero a medida que ella lo estrechaba entre sus brazos Max fue alzando las manos poco a poco y le apretó
los omóplatos con suavidad.
Tiempo después Liesel descubriría que, en ese momento, una expresión de desamparo había cubierto el rostro de Max Vandenburg. También descubriría que fue entonces cuando él decidió darle algo a cambio. A menudo me lo imagino esa noche tumbado en la cama, pensando qué podría regalarle. Al final le hizo un regalo de papel una semana después.
Se lo daría de madrugada, antes de descender los escalones de cemento para retirarse a lo que entonces le gustaba considerar su hogar. 179
Markus Zusak La ladrona de libros Las páginas del sótano Mantuvieron a Liesel alejada del sótano a toda costa durante una semana. Sus padres se encargaron de bajarle la comida a Max.
—No, Saumensch —contestaba la madre cada vez que Liesel se prestaba voluntaria. Siempre había una excusa—. ¿Por qué no haces algo
útil aquí arriba por una vez? Puedes acabar de planchar. ¿Crees que ir de reparto por la ciudad es tan importante? ¡Ponte a planchar y verás!
Cuando se tiene una reputación como la de Rosa, una se puede permitir toda clase de triquiñuelas poco limpias. Funcionó.
Durante esa semana, Max había arrancado varias páginas de Mein Kampf y las había blanqueado con una capa de pintura. A continuación las había tendido en unas cuerdas de un extremo a otro del sótano, sujetándolas con pinzas. Una vez que estuvieron bien secas, empezó la parte difícil.
Contaba con los rudimentos suficientes para apañárselas, pero desde luego no era escritor ni artista. A pesar de ello, enhebró las palabras en su mente hasta que consiguió
repetirlas sin equivocarse. Sólo entonces empezó a trasladar la historia al papel, que se había abombado por la tensión del proceso de secado de la pintura. Se ayudó de un pequeño pincel negro.
El vigilante.
Calculó que necesitaría trece páginas, así que blanqueó cuarenta, previendo cometer el doble de meteduras de pata que de aciertos. Dibujó varias versiones en las páginas del Molching Express a modo de prueba para mejorar las rudimentarias y torpes ilustraciones y conseguir algo aceptable. Mientras trabajaba, oía los susurros de una niña. «Es como si tuviera el pelo de plumas.»
Cuando terminó, utilizó un cuchillo para agujerear las hojas y las unió con un cordel. El resultado fue un librito de trece páginas que decía así: 180
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Markus Zusak La ladrona de libros A finales de febrero, cuando Liesel se despertó de madrugada, una figura entró sigilosa en la habitación. Se parecía mucho a una sombra silenciosa, cosa muy habitual en Max.
Escudriñando la oscuridad, Liesel sólo notó que el hombre se acercaba a ella.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Sólo los separaba el ligero rumor de sus pisadas al acercarse a la cama y dejar las páginas en el suelo, cerca de los calcetines de Liesel. Las hojas crujieron. Ligeramente. Uno de los bordes se curvó hacia el suelo.
—¿Hola?
Esta vez sí hubo respuesta.
Aunque Liesel no consiguió adivinar el punto exacto del que provenían las palabras, lo importante es que llegaron hasta ella. Llegaron y se arrodillaron junto a su cama.
—Un regalo de cumpleaños con retraso. Míralo por la mañana. Buenas noches.
Durante un rato osciló entre el sueño y la vigilia sin saber si había soñado la presencia de Max.
Por la mañana, cuando despertó y rodó sobre sí misma para darse la vuelta, vio las hojas en el suelo. Alargó la mano y las recogió, mientras oía susurrar el papel entre sus manos todavía adormiladas.
«Toda mi vida he tenido miedo de los hombres que me vigilaban...»
Las hojas crujían al pasarlas, como si el relato estuviera cargado de electricidad estática.
«Me dijeron que tres días y... ¿qué me encontré al despertar?»
Las páginas arrancadas del Mein Kampf estaban amordazadas, se asfixiaban bajo la pintura a medida que iba pasándolas.
«Por eso he comprendido que el mejor vigilante que he conocido...»
Liesel leyó y releyó el regalo de Max Vandenburg tres veces, fijándose cada vez en una línea o palabra distinta escrita con pincel. Cuando acabó de leer por tercera vez, se levantó de la cama haciendo el menor ruido posible y fue a la habitación de sus padres. El lugar asignado junto a la chimenea estaba vacío. Pensándolo bien, se dio cuenta de que era más apropiado, o incluso mejor, perfecto, agradecérselo en el lugar en el que las páginas habían sido creadas. Bajó las escaleras del sótano. Vio una foto imaginaria enmarcada que se filtraba en la pared: un secreto compartido con una silenciosa sonrisa.
194
Markus Zusak La ladrona de libros Sólo eran unos metros, pero había un largo paseo hasta las sábanas viejas y la serie de botes de pintura que escondían a Max Vandenburg. Apartó las telas más cercanas a la pared hasta abrir un pequeño pasillo por el que asomar la cabeza.
Lo primero que vio fue un hombro. Poco a poco, con mucho cuidado, fue introduciendo la mano por el estrecho resquicio hasta apoyarla sobre el hombro. Sus ropas estaban frías. No se despertó.
Notó su respiración y el hombro, que subía y bajaba con una suavidad apenas perceptible. Se lo quedó mirando. Luego se sentó y se apoyó contra la pared.
Tuvo la sensación de que un aire somnoliento la había seguido.
Las palabras garabateadas durante sus ejercicios de lectura resplandecían en la pared en toda su magnificencia, junto a la escalera, irregulares, infantiles y melodiosas. Vigilaron el sueño de ambos, el del judío oculto y el de la niña con la mano sobre el hombro de él.
Respiraron.
Pulmones alemanes y judíos.
Junto a la pared descansaba El vigilante, entumecido y satisfecho, como un encantador hormigueo a los pies de Liesel Meminger.
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QUINTA PARTE
El hombre que silbaba
Presenta:
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Markus Zusak La ladrona de libros El libro flotante (parte I) Un libro bajaba flotando por el río Amper.
Un niño se zambulló, lo atrapó y lo agitó en el aire. Sonreía de oreja a oreja. Esperaba, hundido hasta la cintura en las gélidas aguas de diciembre.
—¿Y ese beso, Saumensch? —preguntó.
El aire a su alrededor era de un frío cautivador, extraordinario y nauseabundo, por no hablar del atenazante dolor provocado por el abrazo
del agua, que se iba apelmazando desde los dedos de los pies hasta las caderas.
PEQUEÑO AVANCE SOBRE
RUDY STEINER
No merecía morir como murió.
Al imaginarlo, ves los márgenes empapados del papel todavía pegados a sus dedos, ves un tembloroso flequillo rubio y, anticipándoos, concluyes, como lo haría yo, que Rudy murió ese mismo día de hipotermia. Pues no.
Esta clase de recuerdos no hacen más que demostrarme que no merecía lo que la suerte le deparó menos de dos años después.
Llevarse a un chico como Rudy podría considerarse un robo por diversos motivos —tanta vida por delante, tantas razones por las que vivir
— y, sin embargo, estoy segura de que le habría encantado ver los horribles escombros y la hinchazón del cielo la noche en que murió. Si hubiera podido ver arrodillada a la ladrona de libros junto a su cuerpo diezmado, habría gritado de alegría y girado sobre sí mismo y sonreído. Le habría encantado contemplarla besándole los polvorientos labios devastados por las bombas.
Sí, lo sé.
En la profunda oscuridad de mi corazón de siniestros latidos, lo sé. Le habría gustado, sin duda.
¿Lo ves?
Hasta la muerte tiene corazón.
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