La Neo Inquisición
El nuevo lysenkismo
decidido encontrar lo que se está buscando[301]. Y cuando sus entrevistados desestimaban la idea de discriminación racial, Scharff los acusó de utilizar «retórica individualista» describiendo el fenómeno como la unspeakability
(no hablar de algo) de las desigualdades injustas[302]. En unpaper publicado en 2015 en preparación del libro, Scharff explicaría el engaño en el que caían los músicos:
Mientras que los músicos brindan una variedad de razones para la
subrepresentación de determinados grupos, las desigualdades no son
presentadas como una posible explicación. Esto se debe a una cultura
más amplia donde el éxito y el fracaso tienden a atribuirse solo a los
individuos y donde parece haber poca discusión abierta sobre las fuerzas
sociales más amplias que dan forma a las vidas laborales y carreras de los
artistas […] el éxito se atribuye usualmente a la aplicación personal, al
talento y al mérito, y no es relacionado con el privilegio y el estatus[303].
Más adelante Scharff afirmó que esta incapacidad de hablar de las
desigualdades derivada de la cultura neoliberal hace que sean «más difíciles
de detectar combatir y desafiar» contribuyendo así a su perpetuación[304]. En otras palabras, aunque no se ven y los afectados no las reconocen, sabemos que existen.
El nuevo lysenkismo
En la década de 1940, en la Unión Soviética, el célebre genetista Trofim Denisovich Lysenko asumió como director de la Academia de Ciencias Soviética, puesto desde el cual, por más de dos décadas, inició una completa purga del conocimiento científico aplicado hasta el momento para ajustarlo a la ideología marxista. La genética mendeliana, pensaba Lysenko, era una expresión burguesa que debía ser superada para dar paso a la verdadera genética que era la revolucionaria y que los científicos de la época debían adoptar so pena de ser enviados a prisión o de ser ejecutados. Entre otras medidas, Lysenko prohibió los abonos, impuso la utilización del trigo de los faraones y proscribió las hibridaciones, todo lo cual llevó a un retroceso colosal en investigación científica y a la hambruna de cientos de miles de personas luego de que la producción agrícola, cuya economía había ya sido
arruinada por la colectivización, cayera a la mitad[305].
Aunque ejemplos como el de Lysenko disten mucho de la realidad actual,
la mentalidad que busca someter la ciencia a la ideología en occidente se encuentra más viva de lo que se suele creer. Ya hace casi dos décadas, el neurocientífico de Harvard Steven Pinker advirtió que la ideología estaba impidiendo la aplicación de políticas basadas en evidencia científica. En su obra The Blank Slate, Pinker fue particularmente severo con aquellos ideólogos de raigambre marxista según los cuales la naturaleza humana no existe, atribuyendo las distintas diferencias que se aprecian entre grupos a la idea de que serían «construcciones sociales». Según Pinker, hablar de la naturaleza humana, es decir, de la idea de que venimos con un cableo cerebral y genes que definen largamente lo que somos, y por tanto nuestras diferencias individuales y grupales con otros, se ha convertido en un «tabú» y la
discusión en «una herejía que debe ser erradicada»[306]. Esta negación de la naturaleza humana por razones ideológicas, sugiere Pinker, habría infectado toda la vida académica yendo en contra del sentido común más elemental. Como consecuencia, señala, se han generalizado ideas absurdas, la más común es aquella según la cual no hay diferencias innatas entre hombres y mujeres que nos hacen diverger en nuestras conductas y elecciones. Además, agregó Pinker, los intelectuales dicen en público una cosa y en privado lo que realmente creen, presionados por la corrección política, todo lo cual ha llevado a que se desacredite el discurso intelectual frente a la ciudadanía.
Ejemplos de cómo la ideología identitaria y el aura posmodernista están
corrompiendo las ciencias al punto de llevar a verdaderas purgas de científicos abundan. Un caso emblemático se produjo en 2015 con sir Tim Hunt, ganador del premio Nobel de Medicina por sus trabajos sobre división celular, esenciales para avanzar en el combate contra el cáncer. Hunt, de setenta y dos años en ese momento, perdió su puesto en la University College London (UCL) —entre otras instituciones— y su carrera fue totalmente arruinada luego de que en un almuerzo en el contexto de una conferencia científica en Corea del Sur afirmara que el problema de trabaj ar con mujeres en el laboratorio era que se producían relaciones amorosas con ellas y que
luego, si se les criticaba, se largaban a llorar[307]. Bastó un tweet de una feminista profesora de periodismo llamada Connie St. Louis, presente en el lugar, para que las hordas de las redes sociales se movilizaran y, luego de convocar a sus aliados en la prensa, arruinaran a Hunt. Tras forzar su renuncia, UCL emitió un comunicado oficial alejándose del Nobel como si fuera un personaje tóxico, pero no sin antes confirmar su lealtad con la doctrina de los neoinquisidores: «UCL fue la primera universidad en Inglaterra en admitir a mujeres estudiantes en igualdad de condiciones que los hombres, y la universidad cree que este resultado —la renuncia de Hunt— es
compatible con nuestro compromiso con la igualdad de género»[308]. Como bien analizó Freud, el que rompe un tabú se convierte él mismo en tabú.
Luego de aclarar, con tono de pánico, que Hunt solo tenía una posición
honoraria y que «jamás había sido empleado de UCL en toda su carrera» ni había recibido un salario de la institución, UCL agregó que, al aceptar la renuncia al cargo honorífico, había enviado «una clara señal de que la
igualdad y la diversidad son verdaderamente valoradas»[309]. St. Louis en tanto, publicó un artículo en el diario The Guardian diciendo que la historia de Hunt seguía «un patrón típico de opresión» sugiriendo que quienes lo defendían, entre ellos ocho premios Nobel y Richard Dawkins, lo hacían porque representaban los intereses del establishment. Solamente un profundo arrepentimiento y el reconocimiento público de que lo que decía era falso podría haberlo absuelto, sugirió St. Louis en el clásico tono de quienes hacían
arder brujas[310].
Así caía Hunt, perseguido por la neoinquisición, que no tolera un mínimo
de herejía ni le interesa debatir los argumentos o conocer los hechos tras el crimen de pensamiento detectado y afirmado por la turba. La historia real de las palabras de Hunt, por supuesto, se conoció después y era muy distinta a la versión transmitida por la prensa y alimentada por legiones de feministas, quienes retrataron al Nobel como un monstruo sexista y machista de la peor calaña. Según consignaron testigos y grabaciones del episodio, el comentario fue realizado en tono de broma, la cual fue recibida a carcajadas por las mujeres que se encontraban en el lugar y no, según consignó la prensa, con estupor. Pero, además, Hunt no solo dijo que había un problema con tener hombres y mujeres trabaj ando juntos en laboratorios debido a las crisis personales que esto, en su experiencia, solía generar, sino que alabó a las mujeres científicas afirmando que debían seguir adelante con su trabaj o porque era fundamental para el desarrollo. El comentario completo de Hunt fue el siguiente:
Es extraño que a un monstruo tan chovinista como yo se le haya
pedido que hable con mujeres científicas. Déjenme contarles acerca de
mis problemas con las chicas. Tres cosas suceden cuando están en el
laboratorio: te enamoras de ellas, se enamoran de ti y cuando las criticas,
lloran. ¿Quizás deberíamos hacer laboratorios separados para niños y
niñas? Ahora en serio, estoy impresionado por el desarrollo económico
de Corea. Y las mujeres científicas jugaron, sin duda, un papel
importante en ello. La ciencia necesita mujeres y ustedes deben hacer
ciencia a pesar de todos los obstáculos y de monstruos como yo[311].
Cuando la historia real se conoció, The Guardian emitió un comunicado
disculpándose por la cobertura sesgada que había dado al caso; el presidente de la Royal Society, Paul Nurse, defendió a Hunt en BBC culpando del episodio a las hordas de Twitter, y un duro editorial de The Times de Inglaterra habló de que Hunt había sido «traicionado» por UCL afirmando que «el rector y el consejo de la universidad han sido sordos a la razón, ciegos al sentido común y guiados por un pensamiento de grupo superficial, cuando se requería un compromiso profundo con el intelecto y la libre
expresión»[312]. Según The Times, UCL se había dejado llevar por «una testigo sesgada de credenciales cuestionables que sacó treinta y nueve palabras de contexto» que se usaron para «destruir la reputación de un distinguido científico sin base alguna». UCL, terminó el editorial, debía pedir disculpas a Hunt «tragándose su orgullo» y ofrecerle de regreso su puesto en
lugar de encerrarse en un búnker de pretendida superioridad moral[313].
Aunque Hunt fue defendido por autoridades, diversas mujeres científicas
a quienes había promovido y algunos medios, su reputación fue permanentemente dañada por el resentimiento feminista y el activismo político de la prensa que lo persiguió, sentando un precedente nefasto para la discusión científica. A favor de Hunt, por cierto, jugó el hecho de que lo que dijo fue sacado de contexto. La pregunta es qué habría pasado si la broma hubiera sido tal cual como la retrató St. Louis. ¿Entonces sí habría sido justificado el hecho de destruir la carrera y reputación de uno de los más grandes científicos vivos de la humanidad?
No son solo comentarios o bromas las que pueden meter en problemas a
los científicos —o a cualquiera—, sino los resultados mismos de sus investigaciones. Un caso orwelliano fue el que se dio con el profesor de matemáticas Theodore Hill, autor principal de un paper cuyas conclusiones políticamente incorrectas no solo llevaron a masivos ataques en su contra, sino a que el trabajo, que ya había sido publicado en un journal de matemáticas, fuera luego retirado por su contenido ofensivo.
El paper de Hill se refería a la teoría de la Greater Male Variability
Hypothesis’ (GMVH), la que deriva de una observación ya hecha por Darwin, según la cual la distribución de una serie de características tiene una
estructura distinta entre machos y hembras[314]. En el caso de los humanos, una de ellas, que Hill se propuso testear con modelos matemáticos, es la inteligencia. De acuerdo a la GMVH, si bien en promedio las inteligencias de hombres y mujeres son muy similares, la distribución dentro de los grupos se da de diferente forma. Mientras los hombres tienden a concentrarse en los extremos, las mujeres tienden a hacerlo en el medio. Esto significa que hay más hombres de muy baja inteligencia que mujeres de muy baja inteligencia, pero que también hay más hombres de altísima inteligencia que mujeres. Así se explicaría, dice Hill, por qué hay más hombres representados entre los premios Nobel, entre grandes compositores y campeones de ajedrez y también el hecho de que haya mayor cantidad de hombres criminales, suicidas y
vagabundos[315]. Con la ayuda del profesor de matemáticas de Pennsylvania State University, Sergei Tabachnikov, Hill elaboró el paper planteando esas conclusiones, recibiendo diversos elogios de sus primeros lectores, incluida una connotada profesora emérita de matemáticas y editora del journal Mathematical Intelligencer, donde Hill y Tabachnikov esperaban publicarlo. Luego del proceso de peer review y edición, el paper fue aceptado, pero al leerlo en la web de Tabachnikov un grupo activista de su universidad llamado «Mujeres en matemáticas» le advirtió que si bien el paper podía ofrecer material interesante para un debate científico, su efecto podía ser que «mujeres jóvenes impresionables» se alejaran de las matemáticas producto de sus conclusiones. Ese sería el inicio de un escándalo de proporciones colosales en la facultad, cuyo jefe de departamento explicó a Tabachnikov que la libertad de expresión y académica a veces entraban en conflicto con otros valores de la universidad, refiriéndose a la igualdad de género. En otras palabras, lo que el jefe de departamento estaba diciendo era que la ciencia debía someterse a la ideología. No mucho tiempo transcurrió y los autores recibieron la noticia de que National Science Foundation (FSN) retiraría todo el financiamiento para la publicación del trabajo, algo sin precedentes en la historia de la organización. La razón de la medida fue una carta enviada por dos profesoras feministas de Pennsylvania State University, en la que expresaban su repudio y preocupación sobre el trabajo, sin refutar su contenido. El mismo día, la editora del Mathematical Intelligencer les comunicó que retiraría de publicación el paper por las reacciones que podía desatar, argumentando que sus conclusiones podrían ser utilizadas por la prensa de derecha. No había, dijo la editora, cuestiones científicas que objetar al trabaj o explicando que las razones eran políticas, ya que el paper podía ser comparado con la remoción de estatuas de soldados confederados en Lexington y Kentucky. Pero la mayor responsable de la retractación de la publicación fue una profesora de matemáticas de la Universidad de Chicago llamada Amie Wilkinson, quien recurrió a su padre, un connotado experto en estadísticas para que exigiera al Intelligencer que retirara el paper. Tabachnikov y el colega que había hecho las simulaciones computacionales, en tanto, decidieron retirar sus nombres de la publicación, pues a esas alturas sus carreras ya estaban amenazadas. Hill por su parte, profesor ya retirado que no enfrentaba igual amenaza, siguió adelante, esta vez con el New York Journal of Mathematics (NYJM), una revista online que se mostró interesada en la publicación. Luego de revisarlo y publicarlo, la revista decidió repentinamente bajarlo de su plataforma debido a que uno de los miembros del directorio de NYJM era casado con Wilkinson. Siguiendo la línea de su esposa, el marido movilizó al directorio de modo que la mitad de este amenazó con renunciar si no se retiraba el paper, advirtiendo que destruirían la revista una vez que estuvieran fuera. Ante esa amenaza existencial, el editor decidió retirar el trabajo. Paralelamente, Wilkinson utilizaba las redes sociales para atacar al Intelligencer y al NYJM, incluyendo a los miembros del directorio. Como último recurso, Hill escribió al presidente de la Universidad de Chicago, Robert Zimmer, haciéndole ver la conducta antiética de Wilkinson y de otro profesor de esa universidad, quienes con su activismo habían restringido su libertad de expresión y la de sus coautores, lo cual transgredía el compromiso que la Universidad de Chicago había adquirido oficialmente con este principio.
Zimmer, en lugar de ser consecuente con el juramento de su universidad,
optó por defender a sus académicos.
El relato de Hill concluyó advirtiendo que no se podía permitir «que la
búsqueda de una mayor equidad e igualdad interfiera con el estudio académico desapasionado», pues no importa «cuán desagradables puedan ser las implicaciones de un argumento lógico», lo que se debía hacer, dijo, era permitir que se sostuviera o cayera por sus méritos y no por su «conveniencia o utilidad política». Y en este caso, agregó Hill, todas las instituciones involucradas se habían «rendido a las demandas de la izquierda académica
radical para reprimir una idea controvertida»[316].
Un caso similar ocurrió con el paper «The Case for Colonialism»,
publicado en el Third World Quarterly y luego retirado tras una revuelta en contra de la prestigiosa editorial Taylor and Francis, responsable de la publicación. La declaración de la editorial justificando la decisión da cuenta del nivel de virulencia al que ha llegado la ideología de la corrección política. Si bien estaba demostrado, argumentó la editorial, que el ensayo se había sometido a una revisión doble y a ciegas por pares académicos, «el editor de la revista posteriormente recibió amenazas graves y creíbles de violencia
personal»[317]. Como consecuencia, concluyó Taylor and Francis, se había decidido retirar el trabajo. Pero la crisis fue aun mayor de lo que sugería la nota de retiro. Enfrentados a un paper que aportaba evidencia sobre que el colonialismo había sido algo en general positivo y legítimo, los indignados ideólogos que predominan en la academia intentaron destruir el journal por completo. Quince miembros del directorio de un total de treinta y cuatro renunciaron y diez mil académicos firmaron una petición demandando el retiro de la publicación, señalando que el «ofensivo artículo» había traído la «condena generalizada de académicos de todo el mundo». Enseguida, y sin refutar uno solo de los argumentos del paper, los firmantes cuestionaban sus méritos académicos, sugiriendo que ninguna investigación que arrojara resultados distintos a los que ellos daban por ciertos podía ser considerada académicamente seria. Finalmente, los académicos aseguraban, negando lo evidente, que no era su intención restringir la libertad de expresión del autor,
sino elevar los estándares e integridad de las publicaciones académicas[318]. Ante esta marea de intolerancia el autor, un profesor de ciencia política de Portland State University llamado Bruce Gilley, quien tenía una larga lista de publicaciones en revistas de prestigio, se vio forzado a apoyar el retiro de su publicación pidiendo disculpas por «el dolor y la ira» que había causado a tanta gente. Gilley, sin embargo, no eliminó la publicación de la web de su universidad, donde se encuentra disponible hasta la fecha en que se escriben
estas líneas[319].
La explicación de los signatarios, como es obvio, no hace sentido y no
solo porque no refutaron el contenido del artículo, sino porque la primera razón que daban para censurarlo es que era «ofensivo». Más aún, según los quince miembros del directorio que renunciaron, era Gilley quien había «violado la libertad de expresión» al publicar un artículo que «ofendía y
hería»[320]. Quince connotados académicos afirmaban así que la libertad de expresión es incompatible con la posibilidad de ofender mientras otros exigían que a Gilley no se le publicara nunca más en ninguna revista académica sobre ningún tema, e incluso que la universidad de Princeton le
revocara el título doctorado por ser un «supremacista blanco»[321].
Como es evidente, la atmósfera intoxicada de dogmatismo que caracteriza
a buena parte del mundo académico no queda circunscrita a las publicaciones. El famoso escándalo que llevó a renunciar al presidente de Harvard, Larry Summers, en el año 2006 muestra que ciertos temas son tabúes cualquiera sea el espacio en que se traten. En un pequeño seminario en enero de 2005, Summers dio una charla en la que intentó contestar a la pregunta sobre por qué había pocas mujeres en ciencias. En la línea de Hill, Summers, un connotado economista, cuestionó que la razón por la cual se dieran estas diferencias de representación tuviera que ver con discriminación, atribuyéndolas más bien a diferencias naturales entre ambos géneros y al mayor interés que exhiben hombres por carreras científicas. Las observaciones de Summers, basadas en diversas investigaciones científicas, desataron una tormenta a nivel mundial, llevando eventualmente a movilizaciones dentro de la misma universidad que forzaron su renuncia.
Una suerte similar corrió el joven ingeniero estrella de Google, James
Damore, más de diez años después, quien sería despedido de la empresa luego de publicar un memo titulado «Google’s Ideological Echo Chamber», en el cual denunciaba el «sesgo ideológico de izquierda» de Google y explicaba por qué había pocas mujeres representadas en tecnología. El demoledor trabajo de Damore afirmaba que la gigante del internet había «equiparado el sesgo político con la libertad de ofensa y con la seguridad psicológica», avanzando como consecuencia hacia una cultura del silencio en que había ideas que simplemente no se podían discutir. En otras palabras, Google se había convertido en un espacio seguro del tipo que abunda en las universidades, incentivando la fragilidad psicológica de los estudiantes. Damore observó que la falta de discusión había «fomentado los elementos más extremos y autoritarios de la ideología» según la cual «todas las disparidades en la representación se deben a la opresión» y por tanto se debía «discriminar para corregir esa opresión». Según Damore, quien cuenta con un máster en biología de Harvard, ello era falso, pues las diferencias en representación entre hombres y mujeres se debían a la disímil «distribución de los rasgos entre hombres y mujeres» verificables en todas las culturas. Además, afirmaba en sintonía con la ética liberal, que «la discriminación para alcanzar una representación equitativa es injusta, divisiva y mala para los negocios». Damore formuló sus conclusiones en los siguientes términos:
Simplemente estoy afirmando que la distribución de preferencias y
habilidades de hombres y mujeres difiere en parte debido a causas
biológicas y que estas diferencias pueden explicar por qué no vemos una
representación igualitaria de mujeres en tecnología y liderazgo. Muchas
de estas diferencias son pequeñas y hay una importante superposición
entre hombres y mujeres, por lo que no se puede decir nada sobre un
individuo en concreto dadas estas distribuciones a nivel de la
población[322].
Fue esta idea, según la cual los hombres y mujeres no hemos
evolucionado exactamente idénticos durante cientos de miles de años, lo que llevó a que se desatara una tormenta en los medios en todo Estados Unidos y a que Damore fuera despedido tras ser acusado de «avanzar estereotipos de género dañinos». El paper de Damore, sin embargo, era impecable científicamente, cuestión que a la empresa, entregada a la ideología de moda, le fue completamente irrelevante. En una discusión sobre el caso, Steven Pinker defendió el trabajo de Damore señalando que sus fuentes eran un buen reflejo de la literatura sobre la materia y que su informe por ningún motivo
había sido escandaloso, sino inteligente[323]. En 2018, apoyado en diversos empleados, Damore lideró una acción de clase en contra de Google respaldada por cien páginas de antecedentes que daban cuenta de la discriminación sistemática realizada en contra de hombres blancos conservadores en la empresa, los cuales, según evidencia aportada, se
encontraban en listas negras de ejecutivos de la compañía[324].
El clima totalitario que denunciaba Damore no se limita a Google, sino a
todo el Silicon Valley. Una de las figuras más emblemáticas del lugar, el multimillonario cofundador de Pay Pal, Pether Thiel, generó un shock en el mundo de la innovación tecnológica cuando anunció que decidía abandonar Silicon Valley. Entre las razones principales que Thiel dio para justificar su decisión fue que el Valley se había convertido en un «lugar totalitario, una especie de estado con partido único donde no está permitido tener opiniones disidentes». Silicon Valley, agregó, «pasó de ser un lugar predominantemente de izquierda a un estado de partido único» donde todos piensan exactamente lo mismo. Enseguida, Thiel sostuvo que el problema más grave en Estados Unidos era la corrección política que limitaba el debate y hacía imposible considerar todas las opciones en gran medida producto del adoctrinamiento
que realiza el sistema educativo[325].
Thiel, por cierto, no es el único que ha criticado el clima de opinión
totalitario que impera en el centro de innovación tecnológica más poderoso del mundo. Sam Altman, fundador de Y Combinator, el acelerador de startup más importante de Silicon Valley, desató la furia de sus colegas cuando en su blog afirmó que había sentido más libertad de debatir ideas controversiales en China que en San Francisco, lo que según él era una muestra de lo mucho que se ha deteriorado el ambiente desde 2005, año en que llegó a Silicon Valley. Según Altman, cada año «parece más fácil hablar accidentalmente de herejías en San Francisco», lo que afecta negativamente la capacidad creativa del lugar, pues al restringir la expresión, se restringen «las ideas y, por lo tanto, la
innovación»[326]. «Las sociedades más exitosas —agregó— han sido generalmente las más abiertas», ya que son «las ideas verdaderas e
impopulares las que hacen que el mundo avance»[327]. En Silicon Valley, añadió Altman, estaba viendo que la gente más inteligente caía en un dogmatismo que se suponía reservado a personas sin educación. Ello, sostuvo, había llevado a que diversos innovadores y científicos especializados en tecnologías, que van desde el aumento de la inteligencia hasta la prolongación de la vida, hayan abandonado el lugar por la reacción ideológica «tóxica» con la que se han enfrentado. Confirmando la actualidad de las reflexiones de Freud y la vigencia de la obra de Miller, Altman describió un clima de persecución de «herejes» que hacía imposible la cultura de la innovación, debido a que la «corrección política» había dejado de proteger a víctimas reales para infundir miedo a dar cualquier opinión que no se conformara con
la doctrina dominante[328].
La persecución a la opinión disidente en las ciencias ha llegado a tal punto
que un grupo de académicos connotados de universidades como Oxford y Princeton decidió crear un journal científico y sometido a peer review cuyos autores pudieran permanecer anónimos ante la posibilidad de ver arruinada su carrera por el resultado de sus investigaciones. El proyecto reunió a más cuarenta académicos para su comité editorial y fue llamado, sintomáticamente, Journal of Controversial Ideas. «Estoy a favor de la capacidad de poner nuevas ideas para discusión, y veo un ambiente en el que algunas personas pueden sentirse intimidadas al hacerlo», dijo el filósofo
Peter Singer, uno de los promotores[329]. Otro de los precursores, el profesor de filosofía moral de Oxford Jeff McMahan, afirmó que la revista «permitirá publicar bajo un seudónimo a las personas cuyas ideas podrían ponerlos en problemas con la izquierda o con la derecha o con su propia administración
universitaria»[330]. Según McMahan, una publicación de este tipo era «necesaria» debido al espíritu de los tiempos, refiriéndose, sin usar la expresión, a la nueva inquisición que se ha apoderado de la discusión pública y académica. «Creo que todos nosotros estaremos muy contentos si la necesidad de tal revista desaparece, y cuanto antes mejor, pero ahora mismo,
en las condiciones actuales, se necesita algo como esto», declaró[331].
No pasaron dos días y la prensa de izquierda atacó la iniciativa, consciente
de que esta permitía un genuino espacio de libre expresión al alejar a sus autores del asesinato de imagen al que activistas en los medios y redes sociales recurren para silenciar voces que no se ajustan a su ideología. Así fue como The Guardian publicó un artículo de una de sus columnistas afirmando que la llamada «libertad de expresión» era un pretexto para que quienes emitían opiniones quedaran libre de las consecuencias de lo que decían, añadiendo que llamar a alguien un intelectual «controvertido» era legitimar a
personas que en realidad son fanáticas y prejuiciosas[332]. El artículo desacreditó el esfuerzo como «elitista, mimado, incapaz de participar en el ajetreo y el bullicio del mercado de ideas». Adicionalmente defendía las reacciones masivas y violentas en redes sociales, diciendo que no se podía esperar que estas masas enviaran cartas al editor y que condenar su ira era tratar de convertir en víctima a quien había sido perseguido para
«santificarlo»[333].
La respuesta de Singer, McMahan y Francesca Minerva, otra precursora
de la iniciativa que se desempeña en la Universidad de Ghent, no se hizo esperar. Luego de explicar que la columnista de The Guardian había tergiversado absolutamente la intención del journal sin tomarse la molestia de hacer preguntas a sus fundadores antes de escribir su ataque, los intelectuales aclararon que la revista cumpliría los más altos estándares académicos, pero que eso no significaba que debían ajustarse a doctrinas a priori. «Invitaremos objeciones a las ideas, pero buscaremos proteger a sus autores», explicaron, añadiendo que «la mejor manera de responder a las ideas a las que uno se opone es refutarlas, no reprimirlas a través de la coacción o la
intimidación»[334].
Si bien los fundadores del Journal of Controversial Ideas afirman que se
trata de un espacio para proteger a los autores de los ataques de izquierda y derecha, no cabe duda de que los ataques de la izquierda han sido más devastadores y recurrentes y que los casos de carreras académicas arruinadas producto de la movilización de profesores y periodistas de derecha amparados en las turbas de redes sociales han sido más bien escasos. La razón para ello es que la mayoría de los académicos y periodistas son de izquierda más o menos radical, siendo los de derecha liberal o conservadores una minoría marginal. Según estudios de la Heterodox Academy, fundada por Jonathan Haidt precisamente para fomentar la diversidad intelectual en el mundo académico, desde la década de 1990 hasta ahora los profesores en las universidades norteamericanas se han movido dramáticamente hacia la izquierda. Las cifras muestran que, desde entonces, los profesores considerados conservadores han caído de un poco más de 20 por ciento a cerca de 10 por ciento. Los moderados en tanto se han reducido de un 40 por ciento a menos de un 30 por ciento, mientras los de izquierda progresista y radical se han incrementado de un poco más de 40 por ciento a más de 60 por
ciento[335]. Este cambio significa que la academia es mucho más de izquierda que la población americana en general, donde menos de un 30 por ciento se identifica con esa corriente, lo que hace que la brecha entre ambos grupos se haya triplicado en las últimas tres décadas. El autor del estudio, Sam Abrams, profesor de política de Sarah Lawrence College, afirmó que los estudiantes están siendo adoctrinados. «¿Cuando los profesores de ciencias sociales ya no pueden tener discusiones abiertas entre ellos sobre temas políticos porque la disidencia de la postura progresista se trata como una traición?, ¿qué tipo de extremismo político e intolerancia vamos a reproducir entre nuestros
estudiantes?», se preguntó[336].
Otros estudios anteriores han confirmado el sesgo ideológico de las
universidades. En 2016 el profesor de economía de George Mason Daniel Klein, junto al profesor de negocios Mitchell Langbert y el economista Anthony Quian publicaron un trabajo estudiando los registros históricos de votación de académicos de las áreas de economía, derecho, historia, periodismo y psicología en las cuarenta universidades mejor ranqueadas del país de acuerdo a la lista del U.S. News and World Report. El resultado luego de analizar a 7243 profesores fue que la proporción total de demócratas frente
a republicanos es de 11,5:1[337]. En otras palabras, los republicanos no alcanzan a constituir el 9 por ciento del universo estudiado. Específicamente, las proporciones por disciplina en las cuarenta instituciones fueron: economía 4,5:1; historia 33,5:1; periodismo-comunicaciones 20,0:1; derecho 8,6:1, y psicología 17,4:1. Un dato interesante del estudio es que las universidades más elitistas mostraban niveles de diversidad intelectual más bajos. Así, por ejemplo, en Caltech la proporción de republicanos frente a demócratas era de 13:0; Brown 60:1; Thufts 32:1; Boston University 40:1; John Hopkins 35:1; Columbia y Princeton de 30:1, y MIT 19:1. Enseguida figuran Yale y NYU 16:1; UC Berkeley 14:1; Duke y Stanford 11:1, y Harvard 10:1. Universidades menos prestigiosas como Yeshiva, Wake Forest, Ohio State, Penn Satate y Case Western marcaban proporciones inferiores a 9:1, llegando hasta Pepperdine con 1,2:1.
Estos datos no son irrelevantes porque, como los mismos autores
demuestran, los académicos demócratas en general presentan menor diversidad de opiniones entre ellos que los republicanos, adoptando una línea doctrinaria más dura normalmente inclinada a un mayor intervencionismo estatal. En palabras de los autores, «los demócratas, a menudo sin ser muy conscientes de ello, están más profundamente imbuidos en las inclinaciones y mentalidades que delatan el estatismo que los republicanos, que muestran más
diversidad y permiten un mayor espacio para el liberal clásico»[338].
El ambiente ideológicamente cerrado de las universidades hace que sea
hostil con quienes presentan puntos de vista que no sean de izquierda y que quienes ya están dentro tiendan a contratar a académicos que confirman su sesgo valórico e intelectual. Adicionalmente, esto produce que potenciales académicos conservadores abandonen la idea de perseguir una carrera universitaria debido a las menores opciones de éxito y al clima adverso con el que se encuentran. Según los autores, este problema se ha agudizado con el tiempo, pues si en la década de 1970 la proporción profesores en ciencias sociales y humanidades demócratas/republicanos era de 3,5:1 hoy es de
10:1[339]. En la carrera de historia, por ejemplo, la proporción en 1968 era de 2,7:1 mientras en 2016 era de 33,5:1, lo que constituye un cambio radical en la composición ideológica del profesorado y, por tanto, del contenido de la investigación y el tipo de formación que reciben los estudiantes.
Pero si los profesores han caído en cámaras de eco, en las cuales casi todo
su entorno piensa parecido, en el caso del personal administrativo universitario no es muy diferente. Según estudios del mismo Sam Abrams, la creciente y cada vez más poderosa burocracia de las universidades es incluso más de izquierda que los académicos. En números totales solo un 5 por ciento del personal administrativo de novecientas instituciones de todo el país se identificó como conservador, estableciendo una proporción de 1:12 con aquellos que se identifican con la izquierda, dentro de los cuales un 40 por
ciento se define como izquierda radical[340]. Según Abrams, esto tiene efectos perversos sobre el alumnado, cuya experiencia educativa se encuentra fuertemente influenciada por los administrativos de la universidad. Abrams insistió en que «el monocultivo político e ideológico que silencia muchos puntos de vista políticos e ideológicos debe terminar» porque «pone en peligro la libertad de expresión real, la expresión abierta y el intercambio de una multiplicidad de ideas» que son «exactamente los atributos de la
educación superior» que se deben proteger[341].
Esta falta de diversidad intelectual producto de la hegemonía de la
izquierda no solo tiene efectos perversos en la formación de los estudiantes, sino que causa un daño cualitativo considerable en las ciencias sociales, humanidades y la psicología. Así lo demuestra un profundo estudio realizado por Jonathan Haidt, los profesores de psicología José Duarte, Jarret Crawford, Lee Jussim, Philip Tetlock y la socióloga Charlotta Stern en psicología publicado en la revista Behavioral andBrain Sciences de la Universidad de Cambridge. Los autores constatan que en psicología «políticamente, casi todos están a la izquierda». En el paper, titulado «Political Diversity Will Improve Social Psychological Science», Haidt y sus coautores hacen cuatro afirmaciones sobre la realidad de la psicología que sin duda resultan aplicables a otras áreas. La primera es que la psicología académica exhibió diversidad política considerable en el pasado, pero que «ha perdido casi toda
en los últimos cincuenta años»[342]. La segunda es que la ausencia de diversidad política socava «la validez de la ciencia psicológica social» a través de mecanismos como el sesgo de las preguntas a partir de la incorporación de valores de izquierda en ellas y en los métodos de investigación, y además produce el alejamiento de los investigadores de temas
de investigación importantes pero «políticamente desagradables»[343]. En otras palabras, según los autores, producto de la hegemonía ideológica producida, la ciencia se ha puesto al servicio de la ideología. Como consecuencia, sostienen los autores en su tercera afirmación, una mayor diversidad política «mejoraría la ciencia de la psicológica social» al reducir el impacto de sesgos tales como el “sesgo de confirmación” —que consiste en considerar solo aquella evidencia que corrobora una tesis afirmada con anterioridad—, empoderando al mismo tiempo a «minorías disidentes» para que puedan mejorar la calidad del pensamiento de la mayoría. Por último, Haidt y sus coautores señalan, coincidiendo con la tesis de Klein, Langbert y Quain, que la subrepresentación de gente que no es de izquierda en la psicología social se debe probablemente a «una combinación de
autoselección, clima hostil y discriminación»[344].
El daño que el clima crecientemente intolerante y totalitario genera a las
ciencias viene también dado por uno de los dogmas más fervientemente promovidos por «los apóstoles de la nueva fe», a saber, la diversidad, cuyos efectos en la música han sido comentados. Según los que algunos llaman «diversócratas», dada la existencia de una sociedad opresiva liderada por hombres blancos heterosexuales, debe incrementarse a través de privilegios artificiales la representación de latinos, personas negras, homosexuales y mujeres, entre otros. Esta doctrina, como ha observado Heather Mac Donald en un excelente recuento sobre la materia, ha llevado a una creciente presión por bajar estándares de exigencia y desplazar a personas más calificadas para cumplir con cuotas de representatividad, todo en desmedro del progreso científico. La National Science Foundation, una agencia del gobierno federal americano que se dedica a la promoción de las ciencias, desarrolló, bajo el gobierno de Obama, todo un plan para hacer ingeniería social de acuerdo a los requerimientos ideológicos de moda. En lugar de contratar a los mejores expertos para llevar a cabo su misión, NSF se comprometió a promover la diversidad de la fuerza laboral, la que definió como «una colección de atributos individuales que, en conjunto […] de características como el origen nacional, el idioma, la raza, el color, la discapacidad, el origen étnico, el género, la religión de edad, la orientación sexual, la identidad de género, el estatus socioeconómico, el estatus de veterano, los antecedentes educativos y
las estructuras familiares»[345]. Desde mucho antes, sin embargo, NSF se ha dedicado a fomentar la ideología victimista financiando programas para entrenamiento sobre «sesgo implícito» —la idea de que todos los que no
califican como víctimas son racistas sin saberlo— y microagresiones[346]. Cientos de millones de dólares de los contribuyentes son destinados a la promoción de la ideología identitaria, incluyendo programas para el «descubrimiento» de contribuciones científicas y matemáticas en minorías como los navajos, uno de los pueblos originarios de Norteamérica, el estudio de «interseccionalidad» en las ciencias —la idea de que personas que concurren en diversas categorías de víctima son oprimidas— y al apoyo económico a académicos que hacen estudios sobre temas relacionados.
El National Institutes of Health, que financia programas de práctica
posdoctoral en escuelas de medicina, ha seguido una lógica similar amenazando con retirar el apoyo a aquellas escuelas que no muestren suficiente representatividad de minorías, por lo que, al no haber demasiados practicantes hispanos o afroamericanos, los pocos que existen, aunque no sean calificados, son priorizados. Del mismo modo el NIH exige que la investigación médica tenga representatividad. Así, por ejemplo, los pacientes clínicos deben tener una proporción de género y étnica similar a la de su entorno, lo que complica a los investigadores, pues ciertas enfermedades son mucho más prevalentes en unos grupos que en otros y la composición demográfica no es idéntica en todas partes. El mismo control diversocrático se realiza a distintas facultades que deben contratar expertos en proporción a la diversidad que exhibe su población circundante. En otras palabras, si el 30 por ciento de ella es latina, entonces los investigadores y académicos de la facultad deben ser 30 por ciento latinos o cercano a eso, de lo contrario no se
cumple con las exigencias establecidas por las agencias de acreditación[347]. Todo esto se ha visto reforzado por la creación de burocracias universitarias dedicadas a la realización del dogma diversocrático en los departamentos de ciencias.
Otro de los efectos que ha tenido priorizar la diversidad tribal por sobre
criterios objetivos ha sido la disminución de exigencias para grupos de supuestas víctimas a la hora de acceder y cursar sus estudios. Un caso emblemático ha sido el de Bill de Blasio, el alcalde demócrata de la ciudad de Nueva York, quien propuso en 2018 que, como no había suficientes minorías representadas en las ocho escuelas públicas de excelencia que tiene la ciudad, se modificaran los criterios de admisión para aumentar la diversidad. Estas escuelas especializadas se han caracterizado por aplicar exigentes test de admisión que determinan quien entra y quien no, garantizando una alta selectividad basada en desempeño y no en capital económico o social. Con el plan de de Blasio se eliminaba completamente el test y se establecía una cuota
de 20 por ciento garantizada para alumnos de minorías[348]. Este plan es parte de una tendencia general en Estados Unidos y otros países a reducir estándares tanto de admisión como de exigencia dentro de escuelas y universidades, con el fin de hacer «justicia social», algo ciertamente contraproducente e injusto para aquellos padres de bajos recursos que se esmeran porque sus hijos puedan entrar a las mejores escuelas y universidades. Especialmente afectados se ven los asiáticos estadounidenses, cuyos porcentajes en las escuelas han crecido meteóricamente desplazando a todos los demás grupos, al punto de que ocupan más de la mitad de los puestos en las ocho escuelas de élite, donde latinos y afroamericanos en conjunto alcanzan un bajo 9 por ciento a pesar de constituir el 68 por ciento de todos los estudiantes de la ciudad. Es por eso que fue precisamente la comunidad de padres asiático estadounidenses que demandó a la ciudad de Nueva York bajo el argumento de que el plan de de Blassio —cuyo Discovery Program saca a estudiantes de escuelas comunes para enviarlos a las escuelas de élite sin que hayan tomado el test oficial— constituye una discriminación inconstitucional en su contra al marginarlos de aquellas escuelas con altos
porcentajes de estudiantes de origen asiático[349].
Las universidades en Estados Unidos no son la excepción a esto, razón
por la cual la misma comunidad asiática estadounidense demandó a Harvard por discriminar sistemáticamente en su contra para beneficiar a minorías tales como latinos y afroamericanos, históricamente favorecidos por las llamadas «acciones afirmativas». El caso se proyecta como uno que constituirá un punto de inflexión en las políticas de admisión universitaria en todo el país, hace tiempo discriminadoras con blancos y asiáticos en beneficio de los otros grupos. La tesis central de los demandantes es liberal clásica en su esencia; a saber, que a todos se apliquen las mismas reglas en lugar de otorgar
privilegios especiales en función de la raza[350].
El caso de las escuelas de medicina es sintomático en demostrar ese
racismo institucionalizado. Para el año de admisión 2015-2016, por ejemplo, aquellos postulantes a escuelas de medicina en universidades estadounidenses con resultados promedio en los exámenes GPA y MCAT entre 3,40-3,59 y 27-29, la probabilidad de aceptación de postulantes de color fue 4 veces mayor que la de los asiáticos y 2,8 veces mayor que la de los blancos. En el caso de los hispanos ubicados en esos rangos la probabilidad de ser aceptado fue más del doble de los blancos y tres veces mayor a la de las personas de color. En cuanto al promedio de aceptación a similares puntajes, los de color exhibieron una tasa de 81,2 por ciento y los latinos de 59,5 por ciento, comparada con un 30,6 por ciento del resto. En el caso de postulantes con resultados GPA y MCAT bajo el promedio general, los afroamericanos mostraron una probabilidad 900 por ciento mayor de ser aceptados que los asiáticos y 700 por ciento mayor que los blancos. Y en el caso de postulantes con puntajes por sobre el promedio, la tasa de aceptación de estudiantes de color llega a 86,9 por ciento y de hispanos a 75,9 por ciento, mientras la de
blancos alcanza 48,0 por ciento y la de asiáticos 40,3 por ciento[351]. Las universidades en Estados Unidos practican esta política sistemática de discriminación racial en casi todas sus carreras, y aun cuando en varios estados como California, Texas, Washington, Oklahoma y Florida, entre otros, la práctica de preferencias raciales se encuentre legalmente prohibida. Para soslayar esta prohibición legal y llevar a cabo su agenda de justicia social, sin embargo, las burocracias de las universidades han inventado el concepto de que los criterios de admisión son «holísticos». Esto significa que otras supuestas cualidades, como, por ejemplo, el liderazgo, son consideradas para determinar quién entra a la universidad. Desde luego esto es un fraude que le permite a la universidad llevar a cabo la discriminación racial que la ley no permite. De hecho, la probabilidad de ser aceptado en una universidad como una persona de color o latino es tanto más elevada que el promedio, que hay personas que han fingido serlo para ingresar a la universidad. En 2015 el New York Post publicó un artículo de un americano de origen indio llamado Vijay Chokal-Ingam que contaba la razón por la que se había hecho pasar por
afroamericano para entrar a medicina[352]. Ya en los años 90, explicó el autor, la Association of American Medical Colleges (AAMC) estableció un programa para lograr cuotas de diversidad racial en las facultades de medicina. Tras estudiar los datos publicados por la misma AAMC, Chokal-Ingam concluyó que con sus mismas calificaciones tenía muchas más probabilidades de ser aceptado si se presentaba como afroamericano. Como consecuencia decidió raparse la cabeza, cambiar su nombre a Jojo y afirmar que su familia venía de Nigeria. El truco funcionó, entrevista de admisión incluida, y Chokal-Ingam, cuya familia era adinerada, se convirtió así en estudiante de medicina gracias a las acciones afirmativas basadas en discriminación racial. En su opinión, esta política no beneficia necesariamente a los más desaventajados, algo que la literatura ha demostrado
largamente[353]. Además, agregó, disminuye la calidad de la educación médica al no aceptar realmente a los mejores y crea «resentimiento racial» de aquellos que son discriminados. Chokal-Ingam, que finalmente abandonara la carrera de medicina para estudiar negocios, concluyó que esta política racial «fomenta los estereotipos negativos sobre el profesionalismo y la competencia de los profesionales afroamericanos, nativos americanos e
hispanos al hacer que parezca que necesitan un tratamiento especial»[354].
Lo cierto es que los postulantes blancos y asiáticos con MCAT promedio
de 31,8 y 32,8, respectivamente, son mejores que los latinos y
afroamericanos, cuyos promedios son de 28 y 27,3[355]. Esto no significa que no existan individuos latinos y de color que no se encuentren entre los mejores de todos los grupos, simplemente habla de la ley de los grandes números, es decir, de por qué hay más blancos y asiáticos en esas carreras. Pero también da cuenta de cómo la calidad de la medicina se sacrifica por razones ideológicas. Sin duda, a un paciente normal no le interesa la etnia ni el género de su médico tratante, sino que sea el más calificado. Las acciones de preferencia racial no solo conspiran en contra de ese propósito, sino que consiguen restar credibilidad a todos los miembros de los grupos supuestamente beneficiados, incluidos los que legítimamente han llegado a la posición que ocupan.
Como la medicina, la física y la ingeniería están siendo también
sacrificadas en el altar de la corrección política. En Escocia, el Scottish Funding Council, alarmado entre otras cosas por el exceso de mujeres en enfermería y el de hombres en ingeniería, ha propuesto una meta fija de 75:25 por ciento de hombres y mujeres para todas las áreas de estudio hacia el
2030[356]. Este movimiento por la igualdad de género tiene alcance global. La ONU lanzó todo un programa llamado He For She en el cual se insta a los hombres a trabaj ar por la meta ideológica pretendida. La declaración de He For She afirma que «la gente en todas partes entiende y apoya la idea de la igualdad de género», añadiendo que se trata de un problema «de derechos humanos» y no solo de la mujer. Luego sostiene que «He For She es una invitación para que hombres y personas de todos los géneros se solidaricen con las mujeres para crear una fuerza audaz, visible y unida para la igualdad
de género. Los hombres de [357] He For She no están al margen».
Por su puesto esto tiene sentido en el contexto de países no occidentales
donde por ley se discrimina a las mujeres y se les impide el acceso a oportunidades básicas, además de someterlas a tratos brutales. Pero equiparar, como hace la ONU, la lapidación pública o la mutilación genital que pueda sufrir una mujer en alguna comunidad en África o Asia con la falta de mujeres en física es un absurdo que desvirtúa por completo la real causa igualitaria y liberal que es la de tener el mismo trato ante la ley. Más adelante profundizaremos en este punto cuando veamos cómo las diferencias biológicas entre hombres y mujeres inciden en que tengamos preferencias de vida distintas y cómo ello da cuenta de las diferencias en participación en áreas científicas y humanistas. Por ahora basta notar que, siguiendo esta ideología, varias de las universidades líderes de occidente empeñadas en lograr mayor representación en ciencias computacionales, ingeniería, física, astronomía, entre otras disciplinas identificadas por He For She, han llegado a disminuir requisitos de entrada esenciales para la calidad científica. En algunos casos, por ejemplo, se han eliminado por completo las pruebas de matemáticas y física bajo el argumento de que muy pocas mujeres quieren tomar esos exámenes. Así, University College London se deshizo de requisitos específicos para entrar a estudiar en las facultades de ingeniería porque muy pocas mujeres querían tomar las pruebas de física, mientras Cambridge alteró su currículo haciendo más livianas las matemáticas para que más mujeres optaran por estudiar carreras en ciencias naturales. Esto consiguió que efectivamente la participación femenina se incrementara en un
39 por ciento entre 2010 y 2012[358]. Oxford, en tanto, extendió los tiempos de las pruebas de matemáticas para ayudar a las mujeres a que les fuera
mejor, aunque sin conseguir el objetivo[359].
En Estados Unidos, la American Astronomical Society (AAS) ha
recomendado que los programas de doctorado en astronomía eliminen el examen GRE en física debido a que perjudicaría a minorías y mujeres que, sin la prueba, tendrían a la larga mejores posibilidades de éxito. En una carta tratando el tema, la presidenta de la organización, Meg Urry, afirmó que «es de vital importancia capacitar a los líderes que ayudarán a nuestra profesión a lograr una verdadera equidad e inclusión, y por lo tanto una comunidad
astronómica lo más fuerte posible»[360]. Cualquiera hubiera pensado que el objetivo de una asociación de astrónomos es el avance de la astronomía en tanto ciencia, pero en los tiempos de corrección política actuales ni el estudio de los astros queda exento de la politización a que conduce la ideología identitaria. Que la AAS tenga un «Comité Sobre la Situación de las Minorías en la Astronomía», otro «Comité Sobre la Situación de la Mujer en la Astronomía» y un «Comité Para la Orientación Sexual y las Minorías de Género en la Astronomía», los que han propuesto la eliminación del GRE obligatorio, da cuenta de que preciosos recursos se están desviando a hacer política de acuerdo a agendas de poder de ciertos grupos en lugar de investigación científica, a la cual debería ser irrelevante por completo el grado de diversidad tribal que exhiben sus cuerpos operativos y académicos.
Estos lineamientos, por cierto, han sido seguidos por universidades como
Harvard y otras que ya no exigen el GRE en física para sus programas de astronomía. Y aunque cierta evidencia no concluyente apunta a que el examen no es un predictor de éxito en la carrera, no cabe duda de que la motivación de abandonarlo sea política y no científica, y que evidentemente no se haría si la representación de estudiantes hombres, blancos y asiáticos fuera la excepción. Desde luego, los promotores de esta visión argumentan que mientras más diversa la ciencia mejor será su calidad, como si la comprensión de protones, mitocondrias y cometas se volviera más accesible dependiendo del género, orientación sexual o etnia de quien los estudia. Eso es, sin embargo, lo que parece creer la prestigiosa revista Nature, en cuyo sitio web afirma lo siguiente:
La ciencia tiene un problema de diversidad. Muchos grupos están
subrepresentados en la investigación, incluidas mujeres, minorías étnicas,
personas con discapacidades y poblaciones socialmente desfavorecidas.
La atención al problema está creciendo, y algunas instituciones y
comunidades científicas están buscando activamente aumentar la
diversidad. Pero aún queda mucho por hacer [361].
Los mismos casos de esfuerzo por la diversidad que cita Nature dan
cuenta de que la discusión nada tiene que ver con ciencias, sino con ideología. Así, por ejemplo, un científico computacional de la Universidad de Florida en Gainesville cuenta que su contribución a ayudar a las mujeres afroamericanas en ciencias consiste en protegerlas del «sesgo implícito» que los hombres tienen. «Cuando una colega habla, pero luego los colegas masculinos hablan sobre ella, cordialmente los interrumpo y digo: “Disculpe, no pude escuchar todo lo que ella tenía que decir”. Si esto sucede repetidamente, entonces debe
abordarse como departamento»[362]. Interrumpir a una mujer mientras habla sería la prueba de machismo que, según Nature, contribuiría a que haya menos mujeres en ciencias, como si los hombres jamás se interrumpieran entre sí y como si no existieran conflictos gigantescos de ego entre científicos. Más sintomática aún es la idea de que otro hombre o la facultad entera deben salir a defender y proteger a la mujer por ser ella incapaz de imponerse por sus propios medios.
Otra de las formas de incrementar diversidad la sugiere un físico de
Nueva Zelandia y consiste en no participar en lo que llama «manels», que son paneles compuestos solo de hombres y que son atacados por neoinquisidores de redes sociales que nada tienen que ver con el mundo científico. Según el investigador, esto debe ser celebrado tanto como el hecho de que muchos hombres se están resistiendo a dar conferencias solo con otros hombres. «Durante los últimos tres años, me he negado a participar en los manels. Cuando me invitan a hablar, pregunto si la conferencia tiene un código de conducta y si hay un equilibrio de género entre los oradores invitados»,
explica[363]. Lo que no dice este investigador es que otros científicos hombres probablemente se nieguen a aparecer solo con hombres por temor a las hordas de redes sociales y no por una convicción real sobre la diversidad. Y es que, como hemos dicho, nada de todo esto tiene esto que ver con la ciencia en sí misma, la que es completamente ciega al género del expositor. ¿Qué ocurre si los mejores expertos del mundo en un área específica son todos hombres o si simplemente no hay mujeres en una determinada área específica de las ciencias? Nada de eso importa, pues el mismo investigador cuenta que en los casos en que los organizadores han hecho esfuerzos por encontrar mujeres, si no las encuentran él declina participar.
Otro investigador de University of Michigan Medical School sugiere que
se debe hacer uso de las redes sociales para atacar a aquellos científicos que comenten los trabajos de mujeres científicas ofreciendo consejos que puedan interpretarse como «mansplaining». «Mansplaining» es básicamente la idea de que cuando los hombres explican de cierta forma algo a las mujeres lo hacen porque las creen incapaces de entender. Como esto depende absolutamente de la interpretación subjetiva de la misma mujer, entonces todos los hombres que expliquen algo a una mujer son potenciales
perpetradores de « [364] mansplaining ». Pero este investigador fue aún más allá de endosar esa delirante categoría creando, con la ayuda de una colega psicóloga, otros nueve tipos de crímenes conductuales que por definición solo pueden cometer hombres hacia sus colegas mujeres. Luego de crear la tabla con las ofensas, la subió a Twitter en la cuenta @9ReplyGuys de modo de que las mujeres científicas tuvieran un link que pudieran adjuntar a sus conversaciones en Twitter donde figurara la información con el tipo de mala conducta en el que, según ellas, sus colegas hombres incurrían al debatirles
sus investigaciones[365].
Todo este mecanismo de denuncia, explica el creador, ha encontrado una
alta recepción entre las mujeres científicas en Twitter. «Muchas mujeres han visto el valor de etiquetar estos comportamientos comunes. Muchas respuestas de los hombres han sido extremadamente negativas porque se encuentran con @9ReplyGuys cuando las mujeres etiquetan su comportamiento como perteneciente a una de las nueve categorías de respuesta. Ellos dicen: “Pero yo no estaba haciendo mansplaining”. Sí, lo estabas».
No hay que ser un genio para saber que si los hombres son por definición
sospechosos de conductas que violan la doctrina del pensamiento y conducta correcta de acuerdo a la ideología de igualdad de género, cada vez menos científicos se atreverán a opinar, dar feedback e incluso criticar el trabajo de sus colegas mujeres con el objetivo de mejorarlo, pues estas podrían utilizar alguna de las nueve categorías de delito verbal para presentarlo como victimario. Incluso comentarios despectivos pueden ser útiles cuando tienen un fondo sólido de crítica y es absurdo esperar que todos los hombres, especialmente en ciencias, únicamente exhiban un comportamiento emocionalmente agradable y solo hagan críticas afectivas y positivas. El mismo creador del detector de delitos verbales de género reconoce que en ciencias los hombres son entrenados para «resolver problemas» y que eso lleva a ser agresivo y a buscar imponerse. «Lo que no estamos capacitados para hacer es leer la sala y preguntar: “¿Estoy diciendo algo que la gente no sabe y necesita saber? ¿O estoy siendo condescendiente?”». La ciencia se trata de lo primero, no de crear un ambiente feliz y seguro para las mujeres a quienes esta ideología, promovida por Nature, presenta como víctimas débiles e incapaces de navegar en ambientes más competitivos y hostiles. El mismo investigador no tiene problemas en reconocer que su proyecto se trata de ideología al definir su causa como «twittear por justicia social» con el objetivo de que los hombres «dejen de contestar y comiencen a escuchar a las mujeres».
Por si estos ejemplos no bastaran para ilustrar el punto al que el nuevo
lysenkismo ha penetrado las ciencias, veamos el diagnóstico de un entomólogo de California State University, citado por Nature, sobre el gran desafío de las ciencias hoy en día. «No se puede hablar de equidad de género», explica, «a menos que también se trate de equidad interseccional: para mujeres transgénero, latinas, mujeres de comunidades indígenas, mujeres que son las primeras en sus familias en llegar a la universidad, etc.» Respecto a toda esta lista de víctimas creada por las políticas identitarias, el científico afirma que «los hombres deberían asumir más responsabilidad para catalizar el cambio de cultura porque los hombres son, principalmente, el
problema»[366].
Max Planck, Albert Einstein, Isaac Newton, Alexander Fleming y todos
sus seguidores, hombres que desarrollaron casi la totalidad de la ciencia moderna, gracias a la cual la humanidad entera goza de la mejor calidad de vida de su historia, serían, según esta visión, un problema en la medida en que solo se concentran en la ciencia y no en la promoción y protección de supuestas víctimas. El investigador continúa insistiendo que los hombres deben preocuparse de microagresiones tales como interrumpir a una mujer, tratarlas de «señorita» en lugar de «doctora», casos que en su visión
constituyen «acoso de género»[367].
Más allá de que sea totalmente irrelevante la proporción de hombres y
mujeres en cualquier área en que el objetivo sea otro que la diversidad, lo cierto es que esta ya existe. En efecto, cuando se analizan los porcentajes de hombres y mujeres con doctorados de once áreas incluyendo ciencias de la salud, educación, ingeniería, comportamiento humano, agricultura y biología, física, matemática y computación, entre otras disciplinas, incluyendo artes y humanidades, se ve que hay paridad en cuatro de ellas, mientras en otras cuatro las mujeres predominan sobre los hombres y solo en tres hay mayoría de hombres. En el recuento total de doctorados otorgados en 2016-2017 las mujeres constituyen el 53 por ciento y los hombres el 47 por ciento, lo que echa por tierra la idea de que la sociedad opresiva patriarcal hace imposible a
las mujeres tener iguales oportunidades que los hombres[368]. En algunas áreas como administración pública y salud más del 70 por ciento de los doctorados son entregados a mujeres, cuestión que en ningún caso es considerada un problema para la preciada «igualdad de género».
Si bien los datos anteriores se refieren a Estados Unidos, la verdad es que
la tendencia se está dando en todo occidente, con los hombres siendo relegados en cuanto a cantidad de títulos universitarios. En Inglaterra, por ejemplo, es un 36 por ciento más probable que las mujeres postulen a universidades que los hombres. Un informe del Higher Education Policy Institute advirtió que los hombres se desempeñan peor que las mujeres en la educación «primaria, secundaria y superior […] y la situación está empeorando» al punto de que «la brecha entre ricos y pobres se verá eclipsada
por la brecha entre hombres y mujeres dentro de una década»[369]. Los autores del informe dicen que si la brecha fuera al revés, es decir, si las mujeres mostraran un desempeño tan malo en relación a los hombres de seguro habría «llamadas de pánico para una investigación sobre lo que está causando una desigualdad de género tan dramática» y «demandas de mejores programas de divulgación, campañas publicitarias y discriminación positiva para que las
mujeres ingresen a la educación superior»[370].
Esta tendencia, dice el informe, se verifica en general en los países de la
OCDE donde, en promedio, un 54 por ciento de quienes entran a educación terciaria son mujeres. En el caso de Estados Unidos la proporción de mujeres en educación superior fue de 56 por ciento en 2017. La caída en el número de hombres que asisten a universidades ha sido tan sostenida que muchas instituciones están comenzando a preocuparse del asunto para intentar revertirlo. En un artículo que señala que los hombres son «la nueva minoría» en las universidades, The Atlantic observó que si bien la controversia sobre asuntos de género se había enfocado en cosas como baños para transgéneros, un tema «mucho más grande detrás de la escena en las universidades es cómo
atraer a más hombres»[371].
Cabe insistir, antes de finalizar el capítulo, que la ideología de la
corrección política tiene efectos nocivos sobre la libertad académica y la calidad científica. Un artículo publicado por la European Molecular Biology advertía ya en 2005 que la presión ideológica de los pares académicos y el
pensamiento del [372] mainstream ahogaba la libre expresión y la innovación. Según el artículo, la cultura de la corrección política incrementaba el conformismo, el plagio y el riesgo de que quienes decidan fondos de investigaciones y evalúan las publicaciones académicas elijan a aquellos conocidos que siguen la ortodoxia aceptada, conspirando así precisamente en contra de lo que la ciencia se supone que debe conseguir. Como consecuencia, agregaba el autor, diversos científicos han propuesto eliminar el peer review, esto es, el control que realizan otros académicos del área de una investigación antes de ser publicada, debido a la tendencia a censurarla si amenaza el consenso establecido.
En la misma línea, la National Association of Scholars publicó en 2008 un
artículo de Noretta Koertge, filósofa de las ciencias y profesora emérita de Indiana University, que advertía que «las aulas de ciencias de hoy se están convirtiendo en sitios para el adoctrinamiento en la narrativa de “diversidad” prevaleciente», agregando que «cuando interviene la ideología, el resultado es una mala ciencia, una ciencia que es epistémica y moralmente corrupta» y que incluso puede llevar a que «la tradición de la investigación científica
simplemente se desvanezca»[373]. La retórica diversocrática que se enseña en cursos de identidad impregnados de posmodernismo y su obsesión con relaciones de poder, agrega Koertge, busca explotar la idea victimista de la opresión en las ciencias. Por eso, esta visión describe la esfera científica de manera terrible mientras promueve una mayor representación de distintos grupos con el fin de «cambiarla desde dentro» para ajustarla a sus estándares ideológicos. Incluso los alumnos de escuelas, agrega Koertge, se encuentran expuestos a una creciente perspectiva políticamente correcta de las ciencias en sus textos de estudio. Luego de una larga digresión sobre cómo se ha manifestado la corrección política en las ciencias, Koertge se pregunta: «¿Qué se debe hacer para minimizar la intrusión de las políticas de identidad en la educación científica?». Como respuesta sugiere combatir toda forma de acción afirmativa y fortalecer la educación para todos. Lo segundo es jamás olvidar que el objetivo de atraer más estudiantes a las ciencias es «producir científicos de alta calidad, técnicamente competentes e innovadores» y que por tanto «nunca» se debe «sacrificar la calidad por la cantidad solo para satisfacer criterios demográficos». Koertge sugiere que la idea de que hay un problema si no hay igualdad de participación de todos los géneros y razas en todas las áreas científicas es «extraña». Finalmente señala que «debemos hacer una causa común y aprender de los valientes científicos y académicos de otros países que luchan contra los intentos, en sus naciones, de hacer que la ciencia sea políticamente correcta». Solo así, concluye, preservaremos la integridad de las ciencias de quienes pretenden cooptar «el aula de ciencias