La Neo Inquisición
Prohibido reír
cuales son perseguidas de la misma manera[462]. Y es que en el Zeitgeist actual, ni siquiera el humor escapa a la censura y persecución, pues cualquier broma puede ser tomada como ofensiva o motivada por el odio.
Prohibido reír
En su aclamada novela El nombre de la rosa, Umberto Eco relata la historia de un monasterio en la Edad Media en el que comienzan a ocurrir repentinas muertes a las que los monjes no encuentran explicación. Para resolver el misterio, un monje externo acude al lugar acompañado de un asistente. Eventualmente, el monje investigador, interpretado por Sean Connery en la película del mismo nombre, descubre que las muertes son causadas por el veneno añadido a las hojas de un libro particular de Aristóteles en el que el filósofo hablaba de las virtudes de la risa y de la comedia. El libro había sido envenenado por uno de los monjes, quien veía en la fuerza de la risa una directa amenaza para el temor a Dios, sobre el cual todo el orden de la cristiandad se encontraba fundado. «La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable», dice Jorge, el asesino, cuando ya ha sido descubierto, y agrega:
La risa distrae, por unos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley
se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios
[…] ¿Y qué seríamos nosotros, criaturas pecadoras, sin el miedo, tal vez
el más propicio y afectuoso de los dones divinos? Durante siglos, los
doctores y los padres han secretado perfumadas esencias de santo saber
para redimir, a través del pensamiento dirigido hacia lo alto, la miseria y
la tentación de todo lo bajo. Y este libro, que presenta como milagrosa
medicina a la comedia, a la sátira y al mimo, afirmando que pueden
producir la purificación de las pasiones a través de la representación del
defecto, del vicio, de la debilidad, induciría a los falsos sabios a tratar de
redimir (diabólica inversión) lo alto a través de la aceptación de lo
bajo[463].
En un mundo de purismo religioso, censurar la risa cuando esta puede
poner en cuestión la fe y en consecuencia la autoridad misma de los sacerdotes y del orden que los eleva por sobre los demás es no solo una demanda religiosa, sino una necesidad política. Sin el temor que produce la herejía y el pecado que ellos definen, estos sacerdotes se vuelven superfluos y la doctrina que difunden, inútil. En otras palabras, la risa es políticamente incorrecta y por tanto debe ser perseguida, pues, como dice Jorge en la novela de Eco, la comedia, la sátira y el mimo pasan a competir con los sabios por la purificación de las bajas pasiones. Esta es exactamente la razón por la cual, en la sociedad hipermoralizada actual, los neoinquisidores se han lanzado en contra del humor para acallarlo y destruir a quienes hacen de temas tabú objeto de chistes o comedia. El columnista Andrew Doyle ha advertido que cada vez existen más episodios en que personas indignadas interrumpen a comediantes en medio de sus rutinas para acusarlos de racistas, machistas u otra herejía, por cualquier broma que involucre a mujeres o individuos de minorías supuestamente victimizadas. Según Doyle, «la búsqueda de ofensas se ha convertido en una especie de deporte amateur» producto de la influencia de las redes sociales y de un «escalamiento general en el
comportamiento narcisista»[464]. Este último punto es esencial dentro de la cultura del victimismo, la que, como hemos visto, premia a aquellos individuos que se victimizan o reclaman representar víctimas incrementando así su estatus moral y la autopercepción de que son mejores que el resto. Pero Doyle advierte que este afán por sentirse ofendido no solo se está dando con las audiencias, sino también con la crítica especializada, ya que un creciente número de críticos está exigiendo a los comediantes convertirse en guardianes de la nueva moral. El resultado final de todo este fenómeno, observa Doyle, es el mismo que se ha observado en las artes y la literatura: la autocensura.
Doyle, por cierto, no es el único en advertir sobre la tendencia
políticamente correcta que está acabando con el humor. El legendario comediante Mel Brooks ha dicho que la comedia es hoy casi imposible, porque «nos hemos convertido en estúpidos de la corrección política». Su colega Gilbert Gottfried coincide al afirmar que existe una «epidemia de las disculpas» y que si los más grandes comediantes de la historia, como Charles Chaplin, vivieran hoy, no podrían trabajar sin disculparse todo el tiempo. El actor afroamericano Chris Rock, por su parte, ha decidido no actuar más en campus universitarios por la obsesión que tienen de «no ofender a nadie». Todo este clima de censura fue resumido por Dennis Miller afirmando que «el problema principal de los escuadrones de la inquisición de hoy es que muchos de nuestros guardias “abiertos de mente” se encuentran entre los ciudadanos
de mente más cerrada»[465].
Reacciones de este tipo llevaron a un artículo de Salon.com a concluir que
«cada vez más comediantes se han manifestado en contra de la corrección política, argumentando que el aumento de la sensibilidad y la tendencia de la
audiencia a sentirse ofendida reprime la libertad cómica»[466]. El mismo artículo cita al comediante John Cleese, quien señaló que había dejado de hacer bromas sobre mexicanos luego de ver reacciones negativas del público. Aludiendo a la forma en que las políticas identitarias han infectado también el mundo del humor, Cleese afirmó que se puede «hacer chistes sobre suecos y alemanes, franceses, ingleses, canadienses y estadounidenses. ¿Por qué no podemos hacer chistes sobre los mexicanos? ¿Es porque son tan débiles que no pueden cuidar de sí mismos? Es muy condescendiente eso». Cleese tiene razón en notar que existen categorías de personas de las que se puede reír u «ofender» y otras de las que no se pueden hacer comentarios que no sean positivos. Esa es la esencia de la cultura de las políticas identitarias analizada en capítulos anteriores, la cual, como nota el mismo Cleese concordando con Freud, en el fondo esconde un gran desprecio por los mismos grupos que busca supuestamente proteger. Y tal como ocurre en el caso de los delitos de odio, que no contribuyen a reducir la discriminación sino muchas veces a aumentarla, en el caso de la comedia la censura impide que los grupos puedan tomarse livianamente sus diferencias y acercarse entre sí a través de una cuestión tan humana y poderosa como es el humor. Pues no hay duda de que, contrario a lo que sugiere el monje asesino de Eco, la capacidad de reír que ofrece la comedia, los mimos y la sátira, entre otras formas de humor, domestica las pasiones más destructivas y bajas de los seres humanos. Con toda razón, el intelectual marxista Slavoj Zizek ha advertido que la corrección política, lejos de eliminar el racismo, lo perpetúa de manera oculta y que la prohibición de chistes racistas en nada ayuda a combatirlo. «La verdadera superación del racismo no es que se prohíban las bromas racistas», dice Zizek, sino que se establezca «un cambio de atmósfera tal que se puedan contar exactamente las mismas bromas sin parecer un racista», pues cuando hay «una verdadera relación de igualdad, respeto y demás, a veces bromas sucias, incluso bromas suavemente racistas hechas de una manera no racista, con esto quiero decir que te incluyes y te burlas de ti mismo, son
increíbles»[467]. Zizek agrega que es fácil no ser racista de manera políticamente correcta y decir «oh, respeto tu comida y tus identidades nacionales», pero que ahí jamás se da el contacto real con otros, porque este no es posible sin «un pequeño intercambio de obscenidad». «La situación ideal posracista —dice Zizek— es, digamos, que soy indio y tú afroamericano. Nos estamos contando chistes sucios el uno al otro sobre nosotros mismos, pero de tal manera que simplemente nos reímos y cuanto más los contamos, más amigos somos. ¿Por qué? Porque de esta manera
realmente resolvimos la tensión del racismo»[468].
El humor es un gran instrumento para acercar a personas porque
descomprime en risa lo que de otro modo se canaliza a través del odio y del desprecio. Esto explica por qué los fanatismos son intolerantes con cualquier tipo de bromas sobre sus creencias, lo cual queda fielmente reflejado con los puritanos de Salem. El caso de las caricaturas de Mahoma publicadas por el diario danés Jyllands-Posten en 2005, y que desató la furia de musulmanes en todo el mundo y causó la muerte de hasta doscientas personas, constituye otro ejemplo de que la seriedad, la violencia y la intolerancia son inseparables. Por supuesto, en nuestra atmósfera inquisitorial, Flemming Rose, el editor del diario responsable de la publicación, fue acusado de racista y fascista en Europa y fuera de ella, además de haber sido culpado por las muertes que la publicación políticamente incorrecta detonó. En su libro The Tyranny of Silence, Rose criticó directamente la idea de políticas identitarias que usaron quienes lo atacaron por las publicaciones. En una democracia, afirmó, nadie tiene el derecho exclusivo de decir determinadas historias, lo que significa que los musulmanes tienen el derecho a hacer chistes de los judíos, los ateos
de los musulmanes, los blancos de los negros, etc.[469].
El humor, el diálogo y la crítica constituyen precisamente el modo en que
las diversas culturas pueden encontrar puentes de comunicación conviviendo sobre la base del principio de la libertad de expresión y del respeto mutuo que esta implica. Y ese respeto no consiste, como creen los neoinquisidores, en no decir nada que pueda resultar ofensivo para algún grupo, sino en tolerar y defender el derecho de otros a decir esas cosas que puedan resultar ofensivas. Por eso, lejos de ser un criminal, como muchos pretenden, Rose es un héroe de la libertad de expresión, valor que legiones de políticos e intelectuales, incluso en occidente, prefieren transar para no molestar o incomodar las sensibilidades de diversos grupos, especialmente de minorías supuestamente victimizadas. Con la publicación de las caricaturas de Mahoma, las que en un mundo con mayor sentido del humor no habrían pasado de ser anecdóticas, Rose expuso el abandono cultural y político al que se encuentra sometido uno de los principios fundantes del orden civilizado occidental, contribuyendo al mismo tiempo a revitalizarlo frente a la cobardía de quienes, por razones de corrección política, han cedido el terreno al tipo de clima de intolerancia y fanatismo que produjo la ola de muertos en 2005 y que ha animado las cacerías de herejes en todos los tiempos.