La Neo Inquisición

Axel Kaiser · Capítulo 17 de 20

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La Neo Inquisición

El hombre opresor

Por último, iniciativas como forzar legalmente el mismo pago por el

mismo trabajo han resultado mostrar igualmente efectos contraproducentes. El caso de Islandia, país que se considera modelo en esta materia por haber sido el primero en imponer la obligación de pagar exactamente lo mismo a mujeres y hombres en las mismas empresas, prueba que la realidad es más compleja de lo que asume el discurso de corrección política sobre la brecha de género. En Islandia las empresas de más de veinticuatro empleados deben demostrarle al gobierno que pagan lo mismo por igual trabajo para, de ese modo, obtener un certificado sin el cual se exponen a multas y mala publicidad. Si deciden pagar más a un hombre o mujer porque se ha desempeñado mejor, deben pasar por el proceso burocrático de probar que hay un valor agregado en la persona que recibe más dinero. No es difícil imaginar que el efecto de esta legislación ha sido destruir los incentivos tanto de hombres como de mujeres a trabaj ar más duro para ganar más dinero, pues la ley simplemente prohíbe darle a uno un bono o alza por desempeño que no le dio a otro. «Creo que las empresas deberían poder recompensar al personal que muestra iniciativa y habilidades. El estándar de igualdad salarial hace esto imposible», dijo Frióbert Traustason, presidente de la Confederación de

Empleados de Bancos y Finanzas de Islandia[565]. De otra parte, la legislación no hará nada para acotar la brecha promedio de ingresos entre hombres y mujeres, que es de 22 por ciento y que se explica precisamente por las preferencias de las mujeres de interrumpir su carrera para tener hijos. Como notó The Washington Post: «Aunque tanto los hombres como las mujeres en Islandia tienen tres meses de licencia por maternidad no transferible, pocos hombres optan por tomarla. Y es mucho más probable que las mujeres interrumpan sus carreras para dedicar más tiempo a sus familias que los

hombres»[566]. Esto ocurre en el país que desde hace años lidera el ranking de igualdad de género en el mundo, lo cual confirma, una vez más, que, en general, la biología explica más que la cultura cuando se trata de diferencias entre hombres y mujeres en el mundo del trabajo y otros ámbitos.

 

El hombre opresor

 

«Un rencor malhumorado contra los hombres ha sido uno de los rasgos más desagradables e injustos del feminismo de segunda y tercera ola. Las faltas, fallas y debilidades de los hombres han sido tomadas y magnificadas en terribles facturas de acusación. Los profesores de ideología de nuestras principales universidades adoctrinan a estudiantes impresionables con teorías descuidadas y carentes de hechos que afirman que el género es una ficción arbitraria y opresiva sin base en la biología», escribió la ícono del movimiento

feminista Camille Paglia en la revista estadounidense [567] Time. Con ese artículo, Paglia daba cuenta del espíritu de los tiempos que ha convertido a todos los hombres en sospechosos a priori de muchos de los males que aquej an a las mujeres. Un análisis riguroso de la historia, sin embargo, permite concluir que la realidad es más compleja que la narrativa víctima-victimario creada por el feminismo. De partida, el patriarcado tan execrado por las feministas como un sistema de opresión consciente en realidad constituyó un orden social eficiente basado en las diferencias biológicas innatas de hombres y mujeres y el cual, especialmente en tiempos de extrema escasez, facilitó la supervivencia de ambos géneros. Que la situación del pasado era lejos de ser ideal para las mujeres es indiscutible, pero también era tremendamente gravosa para la mayoría de los hombres de menor estatus. En todo caso, este punto ni siquiera es relevante cuando se atiende al hecho de que la historia humana es una de violencia y lucha desesperada por sobrevivir. Como ha argumentado Yuval Harari, es probable que el homo sapiens haya prevalecido tras haber exterminado completamente a todas las otras especies de

humanos[568]. Ahora bien, los humanos somos biológicamente primates y eso incide de manera fundamental en la estructura social que creamos. Ya en 1981 la antropóloga feminista Sarah Hrdy explicó que todas las teorías sobre el patriarcado existentes hasta entonces eran insuficientes porque no podían

«explicar la asimetría sexual ni siquiera en otra especie»[569]. Especialmente las feministas estaban equivocadas, dijo Hrdy, «al rebelarse ante la idea de buscar en la ciencia de la biología información que se relacione con la condición humana». Ellas, añadió, pueden ser desalentadas por el hecho de que, entre los otros primates, «el equilibrio de poder favorece a los machos en la mayoría de las especies» y por el hecho de que «no encontrarán ninguna base para pensar que las mujeres, o sus predecesoras evolutivas hayan sido dominantes sobre los hombres en el sentido convencional de esa palabra».

Hrdy insistió en que el dominio masculino «caracteriza a la mayoría de

varios cientos de otras especies que, como la nuestra, pertenecen al orden primates», añadiendo que «salvo por un puñado de excepciones altamente informativas, las asimetrías sexuales son casi universales entre los

primates»[570]. La misma Hrdy explicó que el orden en el cual las mujeres tenían el mayor estatus era aquel donde se practicaba la monogamia y que la historia del matriarcado donde las mujeres eran inocentes y pacíficas era un mito que en nada contribuía a la liberación de la mujer, pues ni el matriarcado ni la mujer inocente habían existido jamás:

 

Hay poco que ganar con los contramitos que enfatizan la inocencia

natural de la mujer respecto a su lujuria por el poder, su cooperación y

solidaridad con otras mujeres. Tal hembra nunca evolucionó entre los

otros primates. Incluso en las condiciones más favorables para un estatus

alto para las mujeres —la monogamia y la “hermandad de

hermandades”— la competencia entre las mujeres sigue siendo un hecho

primordial. En algunos casos, conduce a la opresión de unos por otros; en

otros, la competencia entre las mujeres ha impedido el surgimiento de la

igualdad con los hombres. A medida que ello sucede, un subconjunto

particular de sociedades humanas (patrilineal y estratificada) se lleva el

premio al “sexismo” [571].

 

Así las cosas, el orden patriarcal es producido en parte importante por la

realidad biológica de hombres y mujeres y ha sido también apoyado por mujeres históricamente como uno que las beneficia, como es claramente el caso con la monogamia y los arreglos patriarcales que se producen en torno a ella, los que, por un lado incrementan la igualdad de sexos y control de la natalidad de las mujeres, pero a su vez restringen su libertad al impedirle tener sexo con otros hombres. Esta restricción a la conducta sexual femenina, sin embargo, también fue apoyada, según Hrdy, por muchas mujeres que veían en ella un beneficio a su linaje al evitar que los recursos familiares se disipen beneficiando a hijos de otras mujeres.

Si bien por razones evolutivas y reproductivas el patriarcado ha sido la

regla general a través de la historia humana, también por mucho tiempo ha sido el sistema económicamente más eficiente debido a que los trabajos, especialmente en la era agrícola, eran fundamentalmente físicos. Así, mientras las mujeres invertían sus energías en el cuidado de los niños, de los cuales la mayor parte moría en el parto o en los primeros años, los hombres trabajaban la tierra. Todo esto cambió gracias a la revolución industrial capitalista, la que permitió reducir en poco tiempo la carga física del trabajo dando la oportunidad a las mujeres de encontrar trabajos productivos. De este modo, contrario a lo que piensan las feministas como Simone de Beauvoir, el capitalismo, creado esencialmente por hombres, es decir, por el supuesto patriarcado opresivo, ha sido la principal fuerza de liberación de la mujer. Como ha dicho la economista feminista Deirdre McCloskey en Revista Átomo, cuando hay industrialización y comercio las mujeres «tienen la oportunidad de ganar su propio dinero» y dejan de depender de su marido o

su padre como ocurría en la sociedad agrícola[572]. McCloskey recuerda que en Inglaterra para la Revolución Industrial había mujeres que vivían en las fábricas de algodón y que, a pesar de las restricciones, «ganaban su dinero y por tanto entraban al matrimonio con experiencia en el mercado, lo cual cambiaba su relación». Esto también ocurrió en Inglaterra y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, donde las mujeres debieron «suplir a los hombres que iban al combate y esa experiencia fue una experiencia de mercado, no de ir de un hogar a otro». En consecuencia, concluye, es «una locura afirmar que el mercado es hostil a las mujeres o que sostiene el patriarcado».

En una línea similar, Paglia afirmó que el patriarcado «no existe» y que es

«una estupidez que descalifica cualquier análisis» porque «en occidente, las

mujeres no viven en ningún patriarcado»[573]. Más aún, de acuerdo a Paglia, las estructuras que han creado los hombres «es lo que ha permitido a las mujeres escapar de la opresión de la propia naturaleza y tener sus propias carreras, identidades, logros […] Así que ha llegado el momento de dejar de vilipendiar y minusvalorar a los hombres». En su columna en Time, Paglia explicó que las tradiciones obstructivas para la mujer habían surgido de la natural división del trabaj o durante los miles de años del período agrario y su finalidad fue proteger a las mujeres «permitiéndoles permanecer en el hogar para cuidar a los infantes y niños indefensos». En una reflexión de la columna que vale la pena reproducir, Paglia insistió en lo que sigue:

 

Durante el siglo pasado, fueron los aparatos que ahorran mano de

obra, inventados por hombres y difundidos por el capitalismo, lo que

liberó a las mujeres de la monotonía diaria […] Los hombres hacen el

trabajo sucio y peligroso de construir caminos, verter concreto, colocar

ladrillos, techar techos, colgar cables eléctricos, excavar tuberías de gas

natural y alcantarillado, cortar y limpiar árboles y arrasar el paisaje para

urbanizar viviendas. Son los hombres que levantan y sueldan las vigas de

acero gigantes que enmarcan nuestros edificios de oficinas, y son los

hombres los que hacen el trabajo de levantar y sellar las finas ventanas de

cristal de los rascacielos de cincuenta pisos de altura […] La economía

moderna, con su vasta red de producción y distribución, es una epopeya

masculina en la que las mujeres han encontrado un papel productivo,

pero las mujeres no fueron sus autoras. ¡Seguramente, las mujeres

modernas son lo suficientemente fuertes ahora para dar crédito a quien se

debe dar el crédito![574].

 

Los efectos de la ideología del hombre opresor y de la masculinidad

tóxica, sin embargo, se han hecho sentir no solo negando ese reconocimiento, sino perjudicando especialmente a las mujeres. Según Paglia, hoy existe una crisis de masculinidad derivada de ese constante ataque a la esencia propiamente masculina. Cuando una cultura educada, escribe, «denigra rutinariamente la masculinidad y la condición de hombre, las mujeres quedarán atrapadas perpetuamente con niños que no tienen ningún incentivo para madurar o para cumplir sus compromisos». Y sin hombres fuertes como modelos para abrazar, las mujeres «nunca alcanzarán un sentido centrado y profundo de sí mismas como mujeres» cayendo en una profunda crisis de ansiedad e inseguridad sobre la perspectiva de conseguir una vida emocional

y personal plena[575].

En su último libro Free Women, Free Men, Paglia confirma el punto

señalando que la retórica feminista que denigra al hombre y lo trata como un acosador sexual sistemático ha creado hombres que «no tienen nada que ofrecer a las mujeres» y que irónicamente mientras más los hombres se ajustan al modelo predicado por las feministas menos los quieren las

mujeres[576]. Por supuesto, Paglia no está justificando aquí los reales casos de abuso y acoso que existen, sino dando cuenta de una ideología que pretende tratar esos casos como una condición intrínsecamente masculina.

Esta ideología de la supuesta masculinidad tóxica ha llegado a tal extremo

que en 2018 la American Psychological Association (APA) evacuó un informe con recomendaciones para tratar a pacientes hombres y niños afirmando que la «ideología de la masculinidad tradicional» que enseña los hombres a ser fuertes y capaces de confiar en sí mismos es la responsable de severos problemas entre los hombres. En la clásica neolengua de las políticas identitarias, APA afirmó que la masculinidad es una «construcción social» derivada del patriarcado que debe ser combatida, sugiriendo que no hay nada biológico en la búsqueda de estatus, poder, riesgo y conducta violenta de los

hombres[577]. Diversos académicos reunidos por la revista Quillette respondieron al documento de APA señalando que esta entidad se había desacreditado por completo con el nivel ideológico que contenían sus postulados. «El lenguaje abiertamente partidista del documento y las narrativas políticamente progresistas no alentarían a los hombres a recibir atención psicológica, sino a mantenerlos alejados», observó un profesor de la

Universidad de Cincinnati [578]. El profesor de psicología de la Universidad de Georgia Keith Campell, en tanto, sostuvo que una sociedad en que los valores masculinos se centran en el autoenfoque emocional en lugar del estoicismo; cooperatividad en lugar de competitividad; sumisión en lugar de dominación, y la bondad en lugar de la agresión, como propone APA, nunca ha existido y que no sería más sana para los hombres ni permitiría la subsistencia de la sociedad, la que requiere de la agresividad masculina para proteger a sus integrantes de otros grupos violentos. Esta agresividad, añadió Campell, no es practicada en tiempos de paz, sino celebrada en competencias deportivas de manera pacífica.

Según otro profesor de Steetson University en el documento de APA, «las

directrices carecen de una base científica amplia, en particular una comprensión de los contribuyentes biológicos a la identidad de género» y «tienden a usar términos como “masculinidad tradicional” en formas que carecen de integridad conceptual y con frecuencia son estereotipadas» demostrando que en realidad se trata de «una ideología sociopolítica más que una revisión científica equilibrada y matizada».

Un profesor de psicología de la Universidad de Hawaii afirmó que el

manifiesto de la APA era «una vergüenza para la disciplina de la psicología» y que se trataba más bien de «una abdicación de la responsabilidad científica, que niega las realidades biológicas y evolutivas en favor de una fantasía progresiva impulsada por la “justicia social” y las ideologías feministas». La psiquiatra Sally Satel, que imparte clases en Yale, agregó que «las pautas de APA corren el riesgo de subvertir la empresa terapéutica en conjunto porque enfatizan la identidad de grupo sobre la individualidad del paciente».

La filósofa Christina Hoff Sommers afirmó que el texto de APA estaba

«saturado de retórica de estudios de género», aunque rescató algunas ideas positivas que planteaba el mismo, como, por ejemplo, que tal vez la terapia verbal no era tan efectiva para hombres como para mujeres. La misma Hoff Sommers dedicó todo un libro a analizar lo que llamó «la guerra contra los hombres», que a su juicio estaba haciendo un enorme daño a los niños y jóvenes en Estados Unidos. En el trabajo, repleto de estadísticas, Hoff Sommers muestra que en realidad los hombres son los que sufren el verdadero problema social y no las mujeres. Los datos señalan que las niñas obtienen mucho mejores notas en el colegio, que siempre están mejor preparadas que los niños cuando se trata de llegar con tareas hechas y libros a la clase, que toman en mayor proporción las pruebas de selección universitaria que los hombres, que obtienen casi el 60 por ciento de los títulos de bachiller, 60 por ciento de los de máster y 52 por ciento de los de

doctorado[579]. Nada de esto, dice Hoff Sommers, parece importar, lo que quedó perfectamente reflejado cuando en 2011 se demostró que los niños de octavo grado superaban a las niñas en matemáticas y ciencias por 1 y 5 puntos, respectivamente, dando pie a un escándalo nacional y, sin embargo, cuando en 2007 las mismas pruebas mostraron una diferencia de 9 y 20 puntos en favor de las mujeres en lectura y escritura no hubo una sola reacción. Tampoco es relevante el hecho de que entre veinticinco y treinta y cuatro años el 35,7 por ciento con estudios de college sea mujer contra un 27,1 por ciento de hombres, ni que el porcentaje de personas que se retiró de la fuerza de trabajo por ser incapaces de encontrar algo se encuentra conformado en un 60 por ciento de hombres o que haya 1,5 millones de hombres en las cárceles contra 113 462 mujeres. También el porcentaje de personas que viven con sus padres entre treinta y cinco y treinta y cuatro años es el doble entre hombres que mujeres —18,6 por ciento versus 9,7 por ciento —, mientras el salario medio anual de hombres solo egresados de educación secundaria ha caído 47 por ciento desde 1969. La retórica y el activismo de las asociaciones feministas, combinados con una prensa y clase política sumergida en ella, explica Hoff Sommers, han hecho que la catástrofe social que afecta a los hombres desde que son niños en Estados Unidos sea completamente ignorada.

Según Hoff Sommers, desde prescolar las instituciones educacionales

tienen distintas expectativas de comportamiento según su género, como por ejemplo que las niñas tienden a ser más ordenadas y a hacer más caso al profesor que los niños, lo cual se ve reflejado en peores evaluaciones de estos últimos y no solo porque sus notas sean objetivamente más bajas, sino porque existe un favoritismo de los profesores transversalmente por las niñas, puntualiza Hoff Sommers. Peor aún han sido todos los esfuerzos a nivel de escuela y universidad por eliminar juegos y deportes típicamente masculinos, incluyendo el lanzamiento de pelota, bajo el argumento de que cuando se tira un objeto a alguien se crea un ambiente de resentimiento. Según Camille Paglia, «una versión desviada de feminismo está destruyendo los deportes masculinos en las universidades americanas» al punto de que el gobierno amenazó con quitar financiamiento a las instituciones que no muestren paridad de género aun cuando haya muchos más hombres interesados en ciertos deportes que mujeres. Como resultado, señala Paglia, más de cien programas históricos de lucha libre, incluyendo el legendario programa de

Princeton, han sido terminados junto a otros de gimnasia masculina[580].

A través de Estados Unidos y también en otros países esta ola ideológica

en contra de los deportes competitivos ha crecido afectando cada vez más negativamente a los niños. En muchas partes ya no se cuentan los puntos o goles de los equipos para no herir sensibilidades de los menores, contribuyendo a crear adultos más frágiles e incapaces de lidiar con el fracaso. Pero lo cierto es que, contrario a lo que creen las feministas con su teoría del género, especialmente en el caso de los hombres los deportes competitivos están en su biología. Como explicó un artículo en Time resumiendo el estado de la ciencia sobre la materia, estudios sobre treinta y cuatro países investigados muestran que los hombres tienen una mayor disposición, participación e interés en los deportes competitivos y también

son los que más consumen deportes competitivos en cuanto espectadores[581]. Esto es así porque, como explica la psicología evolutiva, la competencia permite a los hombres —al igual que con machos en otras especies— desplegar su idoneidad física frente a las mujeres y, no menos relevante, frente a otros hombres con los que consigue medirse y a la vez crear lazos comunitarios que definen estatus. En palabras de Time, «la naturaleza precisa de las actividades deportivas también es importante, ya que muchas de ellas (correr, atacar, lanzar proyectiles, avanzar por el terreno o incluso alrededor de un diamante) son útiles para la guerra. Todo esto sirve para refinar habilidades, reforzar alianzas e intimidar a rivales potenciales».

Competir y canalizar la energía y el potencial de agresión por la vía de la

competencia deportiva responde a impulsos fundamentales de la vitalidad masculina, los que de ser reprimidos derivan en patologías de distinto tipo. Lo mismo ocurre con los juegos con armas, espadas y otros juguetes típicamente masculinos cuya elección por niños no es producto de una construcción social, sino de una realidad bilógica subyacente que los hace distintos a las mujeres. De acuerdo a Michael Thompson, experto en psicología infantil y coautor del bestseller Raising Cain, históricamente los niños se han visto atraídos a juegos de combate para verse ellos como los héroes que enfrentan el mal. En ese sentido, por lo tanto, la violencia que simulan en sus juegos no es mala porque se concibe como una herramienta para resolver problemas limitada al mundo de la fantasía. De hecho, dice Thompson, el juego agresivo conduce a una conducta menos agresiva en la vida real porque da a los niños

la posibilidad de actuar de acuerdo a sus impulsos en un ambiente seguro[582]. En ese contexto, las reacciones virales en contra de Kate Middleton y el príncipe William de Inglaterra luego de que fotografiaran a sus hijos jugando con pistolas de juguete en 2018 dan cuenta de la histeria que se ha tomado la discusión basada en premisas ideológicas directamente derivadas de que el género y, por tanto, la masculinidad son una construcción social tóxica. A tal punto ha llegado este dogmatismo que en Inglaterra diversos colegios están realizando talleres con niños hombres que consiguen hacerlos sentir culpables por su género. Según The Daily Telegraph, «los talleres son los últimos de una serie de iniciativas en las que se invita a activistas motivados ideológicamente a las escuelas, impulsados por la creencia de que los niños deben ser reeducados para evitar que se conviertan en una amenaza para las

mujeres»[583].

Los activistas han definido su función como una que busca «reprogramar

los modales sexuales de los adolescentes hombres para que sean aptos para un mundo feminista». Los informes sobre los cursos realizados muestran que luego de los crudos relatos de estos activistas los niños quedan «aterrorizados de por vida». El artículo de The Daily Telegraph cita varias organizaciones inspiradas en el feminismo que buscan «imponer una cosmovisión ideológica que, ante todo, ve a los hombres jóvenes como potenciales abusadores y perpetradores, mientras ignora y minimiza rutinariamente la amenaza muy real de violencia tanto física como sexual a que los niños y los hombres jóvenes se enfrentan». Entre los datos que desbancan la narrativa feminista, The Daily Telegraph señala que los niños son dos veces más expuestos a violencia física que las niñas en general y que en las relaciones de pareja adolescente los niveles de violencia sufridos por hombres y mujeres son idénticos. En los casos de abuso sexual —agrega el medio— las víctimas eran un 64 por ciento mujeres y un 36 por ciento hombres, y estos últimos son más abusados por mujeres que por otros hombres. A pesar de todo lo anterior, la ideología feminista se ha convertido en política oficial del gobierno inglés, que ahora exige cursos de consentimiento a niños de once años bajo el argumento empíricamente falso de que son especialmente las mujeres las que sufren abusos sexuales y violencia. Las universidades del Reino Unido, por su parte, han impuesto sus propios cursos de adoctrinamiento feminista. Estudios hechos con participantes de esos cursos han revelado el clima totalitario que viven en ellos. Según The Daily Telegraph, cuando participantes trataban de «expresar cualquier punto de vista que contradijera el pensamiento feminista, eran gritados y humillados públicamente» y sus motivos eran siempre objeto de «sospecha inmediata simplemente por su género». Los mismos muchachos pidieron ser protegidos «contra el fundamentalismo de figuras prominentes y destacadas en la campaña por la igualdad de género». El artículo concluía que en estos tiempos parece haber «un impulso para hacer de la vergüenza y la

culpa una parte formal de la educación de los niños»[584].

Ahora bien, no hay duda de que muchas mujeres efectivamente han sido

abusadas o acosadas sexualmente durante su vida, pero de ahí a suponer que todos los hombres son potenciales acosadores o violadores y que todas las mujeres son inocentes y que jamás han hecho uso de sus poderes seductivos para conseguir objetivos hay una gran distancia.

Sin embargo, esta perniciosa lógica es la que ha difundido el movimiento

#MeToo, que partió con quejas sensatas y terminó en una verdadera cacería de brujas destruyendo incluso la reputación de hombres inocentes. Como están las cosas hoy, a cualquier hombre en cualquier momento de su vida se le puede arruinar su reputación si tan solo una mujer reclama haberse sentido víctima en algún momento del pasado. Cabe destacar que lo relevante no es si el hombre acusado es o no culpable, como entiende toda persona que crea en un sistema de justicia liberal y no totalitario. Lo único que importa es si se puede probar su culpabilidad; de lo contrario, como en las persecuciones de brujas de Salem, cualquiera puede acusar a cualquiera de cualquier crimen, destruir su reputación —o enviarlo a la cárcel— y no pagar costo alguno por ello. De ahí que el principio de presunción de inocencia no sea tan solo un estándar procesal o judicial, sino uno de decencia básica entre ciudadanos, especialmente cuando es sabido que en el mundo sensacionalista y victimista de hoy es imposible recuperarse de cierto tipo de acusaciones, como aquellas referidas a abuso sexual. Por eso es preocupante que la lógica feminista totalitaria del #BelieveHer —de creerles a las mujeres solo por el hecho de serlo— haya avanzado desde Estados Unidos, particularmente sus campus universitarios, influenciando todo el ambiente de occidente. Como cualquier persona sabe, las mujeres, al igual que los hombres, son perfectamente capaces de mentir, de ser vengativas o de simplemente distorsionar la realidad, y no son pocos los casos de acusaciones de abuso sexual que han resultado ser falsas. Solo en España, por ejemplo, entre 2004 y 2015 el 88 por ciento de denuncias por violencia de género en contra de hombres no terminaron en condena por la imposibilidad de probarlas, lo que indicaría que

un número considerable de ellas serían falsas[585]. Así y todo, estos deben asumir un elevado costo, pues luego de la denuncia la ley establece que deben ser expulsados inmediatamente del hogar. Además se les prohíbe ver a sus hijos e incluso son llevados presos por varios días hasta que se inicia el proceso. La mujer que interpone la denuncia, por el contrario, tiene inmediata asistencia social y jurídica, se le exime de pagar seguridad social por seis

meses y obtiene privilegios laborales[586]. Con esos incentivos no es raro que las autoridades españolas hayan desarticulado redes dedicadas a promover denuncias falsas para obtener beneficios.

Pero el daño mayor hacia los hombres, como hemos dicho, es a su

reputación y suele presentarse en los procesos de divorcio. Según la abogada Yobana Carril, que se dedica al tema hace veinte años, muchas mujeres hacen una «instrumentalización de la ley de violencia de género para obtener

beneficios económicos o bien la custodia total del hijo»[587]. Numerosos hombres, relata, son completamente arruinados en estos procesos debido a que la ley favorece de manera injusta a las mujeres y su prestigio queda destruido incluso cuando son totalmente inocentes. Según Carril, «los hombres tienen mucho miedo de casarse hoy en día, por lo que antes de hacerlo buscan asesorarse para saber cómo enfrentar una posible ruptura, pues

algunos incuso han llegado al suicidio a pesar de ser inocentes»[588].

Este abuso de legislaciones de género no solo se produce en España, sino

en casi todos los países en que los incentivos y el clima de opinión han sido infectados por la ideología feminista de la lucha de géneros, la que además ha probado ser altamente lucrativa. Solo en España, el gobierno transfiere más de 150 millones de euros a estas organizaciones y comprometió más de 1000

millones de euros en cinco años a partir de 2018[589]. Prácticamente todos los países avanzados tienes formas de apoyo gubernamental para organizaciones similares, muchas veces creando incentivos perversos para que sus receptores magnifiquen el problema y puedan exigir más financiamiento. El resultado de todo lo anterior en la era del #MeToo ha sido que la credibilidad de las denuncias de abusos sexuales se ha deteriorado a nivel público, lo que es grave para aquellas mujeres que realmente lo han sufrido. En 2018 The Economist dio cuenta de la creciente reacción, especialmente de mujeres estadounidenses, en contra del movimiento #MeToo, al que consideraban

politizado y cada vez más contraproducente[590]. Otros estudios han mostrado que casi el 80 por ciento de las mujeres en Estados Unidos creen que hay acusaciones tanto reales como falsas y que muchas de ellas no califican de

acoso o asalto sexual[591]. Los efectos de la cacería de brujas que feministas han llevado adelante, sin embargo, van más allá de la pérdida de credibilidad de las víctimas reales. Un 80 por ciento de hombres encuestados en otro estudio afirmó que el problema más grave de trabajar con mujeres era la posibilidad de acusaciones falsas de acoso sexual. Como observó una columnista de Forbes.com comentando dicho estudio, esto es negativo para las mujeres, pues si los hombres viven preocupados por acusaciones falsas de acoso o agresión dejarán de hacer el esfuerzo de ayudarlas: «Cuando se trata de interactuar con mujeres, los hombres que temen las acusaciones falsas son, naturalmente, más propensos a evitar reuniones personales, almuerzos, cenas y viajes de negocios con empleadas. En otras palabras, las mujeres podrían ser excluidas de los mismos eventos que podrían ayudar más a sus

carreras»[592]. Ese alejamiento es ya una realidad extendida. Un artículo de Bloomberg sobre la reacción de Wall Street al #MeToo afirma que esta ha

consistido en «evitar las mujeres a toda costa»[593]. «No más cenas con colegas femeninas. No te sientes a su lado en los vuelos. Reserva habitaciones de hotel en diferentes pisos. Evita las reuniones uno a uno […] solo contratar a una mujer en estos días es un riesgo desconocido», comienza el artículo. Luego afirma que este fenómeno no es exclusivo de Wall Street sino de hombres a través de todo el país, quienes están cambiando su conducta para «protegerse frente a lo que consideran una corrección política irrazonable, o simplemente para hacer lo correcto». La consecuencia, señala Bloomberg, es que se han dañado las carreras de las mujeres, pues los hombres no quieren estar en contacto con ellas y menos aún ser sus mentores. Según una publicación de The Washington Post, producto del #MeToo, el 60 por ciento de los gerentes hombres en Estados Unidos prefiere evitar el contacto con mujeres, especialmente jóvenes, cifra que aumentó explosivamente desde 2018 en que el mismo estudio arrojaba un 46 por ciento de hombres gerentes con idéntica preocupación. A nivel de gerentes sénior, el rechazo a hacer viajes con mujeres se multiplicó por nueve. Como resultado, dice Sheryl Sandberg, directora de Operaciones de Facebook citada en el artículo, «las mujeres están sufriendo una gran crisis en sus posibilidades de ser

ascendidas»[594].

Los países nórdicos han experimentado una evolución similar. Según la

académica danesa Marianne Stidsen, autora de un libro sobre los efectos del #MeToo en esa región, este movimiento ha tenido un impacto «excepcionalmente profundo en los países nórdicos». Se trata, agrega, de un «movimiento revolucionario que juzga a los hombres en los medios antes de

que sus casos sean tratados en el sistema legal»[595]. Para Stidsen, «la carga de la prueba ha sido revertida», lo que implica «una violación de los derechos civiles, como la presunción de inocencia y el derecho a un juicio justo» y «un ataque a la democracia misma que socava el legado de la Ilustración. Estamos lanzando doscientos años de lucha por los derechos humanos por la borda», afirma. Como en Salem, muchos han usado la histeria persecutoria para ver arder a personas a las que no querían, como ocurrió con el director de la Escuela de Escritores de Copenhague, destituido por la publicación de un artículo que hablaba de rumores de supuestas conductas irregulares en esa escuela, ninguno de los cuales podía probarse. Stidsen, por lo mismo, concluye que «cuando se trata de la intensidad del debate #MeToo, Escandinavia no es diferente de América del Norte, que es el epicentro de toda la cultura de victimización de la que forma parte #MeToo». Y finalmente señala que «incluso como mujer puedo entender completamente si alguien prefiere no trabajar estrechamente con las mujeres mientras esta locura #MeToo continúe. Si me arriesgara a ser juzgada sobre la base de rumores sueltos, sería igualmente cautelosa. Es un retorno a las formas arcaicas de poder: moralista, opaco, impredecible. E increíblemente fácil de abusar».

Pocos lugares han contribuido más a este clima de paranoia e inquisición

que las universidades estadounidenses. Heather Mac Donald ha repasado con gran detalle los datos y realidad de lo que llama «el mito de la violación sistemáticas en los campus», concluyendo que se trata de un invento completamente artificial de las burocracias universitarias dedicadas a asuntos de género, las que justifican su trabajo a partir de fabricar la sensación de que se vive una epidemia de violaciones, aun cuando las mismas supuestas víctimas no lo vean así. De acuerdo con la plataforma #BelieveSurvivors — escribe Mac Donald—, la razón por la que la mayoría de las víctimas de violaciones no denuncia es porque el «proceso de denuncia es demasiado antifemenino y retraumatizante», pero la verdad es que la mayoría de las víctimas de violaciones clasificadas por investigadores no lo informan porque «no creen que lo que les sucedió fue lo suficientemente grave como para

informar»[596]. Las estadísticas publicadas por burocracias universitarias son derechamente falsas, agrega, explicando que si fuera cierto que una de cada cuatro o cinco mujeres en las universidades fuera violada, los campus universitarios de Estados Unidos tendrían niveles de criminalidad 10 o más veces superiores a Detroit, la ciudad con mayor tasa de violaciones, asesinatos y otros crímenes en Estados Unidos. En otras palabras, los padres de esas alumnas estarían enviando a sus hijas a los lugares más peligrosos del país y además pagando cientos de miles de dólares para que sean violadas. Lo cierto, como explica Mac Donald, es que la estadística del 25 por ciento de mujeres violadas proviene de una feminista, Mary Koss, quien al no obtener los números que quería preguntando directamente a las mujeres, asignó a las acciones que ellas describían la categoría de violación. Sin embargo, un estudio posterior confirmó que el 73 por ciento de las mujeres que Koss calificaba como violadas declaraban jamás haberlo sido y 42 por ciento de ellas volvía a tener sexo con el mismo hombre, algo difícil de concebir para

una mujer que ha sido auténticamente violada[597]. Las mismas burocracias que crean el pánico de que los campus están plagados de hombres violadores, sin embargo, no reportan casi ninguno de esos casos a la policía. Organizaciones feministas como la American Association University Women incluso han manifestado quejas por la baja tasa de denuncias de violaciones en universidades, que según la teoría del 25 por ciento debería incluir entre unos trescientos o cuatrocientos mil mujeres por año. Mientras tanto, explica Mac Donald, el gobierno de Estados Unidos, específicamente el Departamento de Derechos Civiles, instruía a las universidades en 2011 a elevar sus estadísticas de violación por la vía de relajar los estándares probatorios de los tribunales de violación universitarios bajo penas de perder financiamiento público. Un efecto nocivo de esta aproximación es que se ha revertido la presunción de inocencia llevando a que muchos hombres sean expulsados de universidades sin evidencia de que la violación haya jamás ocurrido. Mac Donald repasa una serie de casos emblemáticos en que mujeres que alegaron ser violadas lo hicieron después de haber tenido relaciones sexuales consentidas con el mismo hombre acusado, que luego quiso seguir en contacto con ella. Uno de ellos fue el caso de una alumna de Washington and Lee University que tuvo relaciones sexuales con un compañero la misma noche que lo conoció. Durante un mes siguieron en contacto intercambiando mensajes por chat hasta que un día vio a su compañero besando a otra chica en una fiesta. Al cabo de un tiempo el muchacho establecería una relación con esa chica. Luego de enterarse y de constatar que el muchacho postulaba a un programa de estudios en el extranjero al que ella también iría, la joven en cuestión comenzó una terapia psicológica en la cual reconoció haber disfrutado el sexo con el compañero; sin embargo, en la terapia fue convencida de que el hecho de que haya disfrutado del sexo y que haya sido voluntario no significaba que no hubiera sido sexualmente agredida. Cuando finalmente ambos fueron aceptados al programa en el extranjero, la muchacha decidió lanzar toda la maquinaria universitaria sobre el joven, quien finalmente fue expulsado de la universidad. Casos como estos, dice Mac Donald, abundan en los campus universitarios y son instigados por la ideología feminista y lo que llama «campus rape industry» o «industria de violación en campus», que se sostiene gracias a que existe un clima de paranoia sexual en las universidades. Nada de esto significa que no se produzcan casos efectivos de abuso o violación, sino que la narrativa en torno a una epidemia de depredación sexual de parte de hombres es simplemente falsa. Según esta narrativa, incluso cuando ellas aceptan tener sexo si en realidad no lo querían, no es su responsabilidad, sino de las normas sociales patriarcales. Fue lo que concluyó la editora de género de The New York Times Jessica Bennet en una columna titulada «When Saying Yes Is Easier Than Saying No». Según Bennet, para las mujeres existe «el lugar sin retorno», que definió como «la situación que creías que querías o tal vez en realidad nunca quisiste, pero de alguna manera aquí estás y está sucediendo y deseas desesperadamente salir, pero sabes que en este punto salir de la situación sería más difícil que simplemente estar allí y esperar a que termine. En otras

palabras: decir sí cuando realmente queremos decir no»[598]. ¿Qué opción le queda a un hombre si incluso cuando le dicen que sí, tal vez la mujer quería decir no y por tanto después del acto sexual es calificado de abusador? Bennet no responde directamente la pregunta, pero la implicancia es clara.

Parte importante de este problema que afecta la sexualidad de las mujeres,

explica Paglia, es que el feminismo actual ha mentido a las mujeres jóvenes al decirles que esta es idéntica a la de los hombres, cuando la verdad es que hay

diferencias biológicas relevantes entre ambos casos[599]. Paglia argumenta que toda la teoría de la construcción social aplicada a la sexualidad es un fraude que tiene su origen en ideas que pueden rastrearse hasta Rousseau y su visión del ser humano como una tabula rasa. Lo cierto, hay que reiterarlo, es que el ser humano tiene una naturaleza anclada en su cerebro que define que la biología sexual masculina y femenina sea diferente. Como ha observado el profesor de neurobiología de la Universidad de California, Irvine, Larry Cahill refutando un conocido libro que niega las diferencias biológicas entre ambos sexos, «es bastante claro para cualquiera que busque honestamente que la variable del sexo biológico influye en todos los niveles de la función cerebral de los mamíferos hasta el sustrato celular/genético, que por supuesto

incluye el cerebro humano de los mamíferos»[600]. Ya en 1979 el profesor de psicología evolutiva Richard Hagen explicaba que los hombres son por naturaleza más promiscuos que las mujeres porque durante milenios debieron tener sexo con más parejas para poder asegurar que sus genes sobrevivieran. Mientras más promiscuo, más posibilidades de que sus genes se traspasen. Además, a diferencia de las mujeres, para reproducirse los hombres deben necesariamente excitarse y conseguir una erección, razón por la cual son mucho más visuales que las mujeres. Estas en tanto, solo tienen un óvulo que puede ser fecundado, por lo que la promiscuidad no incrementa sus posibilidades reproductivas. En consecuencia, deben ser extremadamente selectivas con la pareja con la que han de reproducirse, especialmente debido a la exigencia física y de recursos que implica todo el proceso de embarazo y sobrevivencia de los hijos. Todo lo anterior, además del hecho de que, a diferencia del hombre, que invariablemente llega al orgasmo, ellas no tienen garantizado el placer sexual, hace que tengan una inclinación a vincular sexo con emociones y por tanto a ser selectivas:

 

Mientras que los hombres producen millones de espermatozoides

diariamente, las mujeres generalmente producen solo un óvulo al mes.

Eso lo hace económicamente raro y precioso, especialmente cuando se

considera el tiempo y la energía involucrados en la gestación y la

lactancia. En una sociedad primitiva, es evidente que es una ventaja para

la mujer excitarse sexualmente solo cuando la relación con su pareja es

segura. Por lo tanto, la hembra protege su inversión y mejora su

supervivencia genética cuando se asegura de que su descendencia

sobreviva hasta la madurez. Una forma de hacerlo es conseguir que un

hombre ayude a criar a los niños, proteja y cuide a la familia y se quede

con él a través de buenos y malos tiempos [601].

 

Más recientemente, Steven Pinker ha argumentado que los hombres por

evolución tienen mayor inclinación por sexo sin compromiso, lo que

explicaría su mayor consumo de pornografía y prostitución[602]. Un solo macho, escribe Pinker hablando de los mamíferos, «puede fertilizar a varias hembras, lo que obliga a otros machos a quedarse sin pareja

reproductiva»[603]. Los machos deben además competir violentamente por el acceso a las hembras acumulando los recursos necesarios para aparearse o persuadiendo a una hembra para que lo elija. En consecuencia, «el éxito reproductivo de un macho depende de con cuántas hembras se aparea, pero no al revés; para una mujer, una pareja por embarazo es suficiente. Eso hace que

las mujeres sean más discriminatorias en su elección de parejas sexuales»[604]. En el caso de los humanos, agrega, dado que los hombres también se preocupan por su descendencia, las mujeres compiten por ellos, pero por los que están más dispuestos a invertir en los hijos y no meramente a copular. Según Pinker, las mujeres también pueden verse tentadas por la infidelidad, aunque su motivo genético es «la calidad y no la cantidad». De este modo, una adúltera discreta puede hacerse de los genes del hombre más apto y, al mismo tiempo, de la inversión del hombre más generoso. Así, dice Pinker, un hombre cornudo dedicaría sus esfuerzos a los genes de un competidor, lo que es «un suicidio darwiniano» que explica por qué los celos sexuales de los

hombres son tan intensos[605].

Estas diferencias biológicas son fundamentales para entender por qué la

liberación sexual femenina fundada en la retórica de que las mujeres pueden comportarse sexualmente como hombres ha generado tanta frustración entre ellas. Por razones evolutivas, el instinto de los hombres se encuentra más satisfecho mientras más fácil les resulta copular con diversas mujeres. Estas, en cambio, rápidamente tienden a desarrollar emociones que vinculan su sexualidad con la pareja que eligen, lo que les hace doloroso ser simplemente ignoradas luego de un encuentro sexual. Como explica la terapeuta sexual y catedrática de Duke University, Laurie Watson, si bien para la mujer «la mente, la memoria o los sentimientos emocionales de conexión pueden incitar el deseo sexual, el deseo de los hombres es físico» y responde a enormes cantidades de testosterona que en sus cuerpos los empujan «hacia la expresión

sexual»[606]. En el hombre, agrega, «la energía hormonal le da el impulso y la agresión para perseguir el propósito y el trabajo de su vida y para perseguir a su pareja. Lo empuja a través de la monotonía diaria, tentada por la fantasía

de una recompensa sexual al final de un día difícil»[607]. El personaje Pózdnyshev de la novela de Lev Tolstoi Sonata a Kreutzer expresaría esta misma idea de manera un tanto dramática planteando el encuentro entre un hombre y una mujer hermosa casi como una fatalidad: «Las mujeres han hecho de sí mismas un instrumento que ejerce tal poder sobre la sensualidad de los hombres que estos no las pueden tratar con normalidad. En cuanto un hombre se acerca a una mujer, cae de inmediato bajo su hechizo y pierde la cabeza. También antes me resultaba incómodo, hasta violento, encontrarme ante una dama con un traje de fiesta, pero es que ahora me da auténtico pavor y veo en ello algo peligroso para los hombres, e ilegal, hasta me vienen ganas de llamar a un policía, pedir ayuda contra la amenaza, exigir que se retiren,

que se lleven ese objeto peligroso»[608].

Ahora bien, lo anterior no significa que los hombres no puedan expresar

amor en el sexo —con sus parejas suelen hacerlo—, explica Watson, así como las mujeres pueden perfectamente ser infieles. El punto es que, en términos generales, su cerebro funciona con motivaciones diferentes, lo que explica que el fulminante tormento que describe Pózdnyshev difícilmente podría plantearse a la inversa. Y es que, como dice Louann Brizendine, las mujeres requieren de mucha más inversión emocional para encontrarse sexualmente disponibles, y cualquier cambio en su estado de ánimo por un conflicto o alguna experiencia desagradable las puede sacar de ahí. Por eso, señala, la atención y las palabras lindas de la pareja tienen comprobados efectos positivos sobre el cerebro femenino, ayudándole a disponerla para el

sexo[609].

Tomando en cuenta estas diferencias biológicas hay pocas dudas de que la

liberación sexual femenina, con los aspectos positivos que tuvo, finalmente implicó una liberación sexual masculina al facilitar enormemente a los hombres la posibilidad de tener sexo. En palabras del académico Nigel Barber, «desde una perspectiva evolutiva, la llamada liberación sexual de las mujeres se parece más a la liberación sexual para los hombres. Es decir, los hombres obtienen más sexo y más variedad sexual sin comprometerse

emocionalmente»[610]. Dado que el poder de negociación de las mujeres se reduce, agrega Barber, estas se comportan sexualmente cada vez más como hombres, lo que es especialmente cierto en las universidades estadounidenses —y otros países— donde hay cien mujeres disponibles por cada setenta y cinco hombres. Todo ello, concluye, les hace pagar a ellas un alto costo emocional al sentirse muchas veces utilizadas.

Tal vez por eso la era del #MeToo ha producido reclamos que han llevado

a exigir «consentimiento afirmativo» para tener sexo, es decir, convertir la complejidad, impulsividad, ambigüedad, espontaneidad e irracionalidad propia de la actividad sexual en un frío modelo contractual calculando todos sus detalles de antemano. La moral tradicional, que entendía las diferencias biológicas inherentes a hombres y mujeres, hacía esto innecesario porque se asumía que no existía sexo sin algún compromiso mayor e incluso hasta el matrimonio, lo que era en sí mismo un poderosos filtro y garantía para la mujer, al menos en el sentido de que tendría sexo con un hombre dispuesto a invertir seriamente en una relación. Con el cambio de la moral sexual la posición femenina a priori hacia el sexo, que históricamente era de decir «no», pasó a ser «sí», con lo cual ahora se ven obligadas a justificar cuando prefieren no hacerlo. En palabras de Mac Donald, las costumbres tradicionales reconocían «los diferentes impulsos sexuales de hombres y mujeres y las dificultades de negociar con la libido masculina». En ese contexto, «el “no” predeterminado al sexo prematrimonial significaba que una mujer no tenía que negociar el rechazo con cada hombre», sino que simplemente se asumía como lo normal. La mujer podía acceder si quería,

pero no debía justificarse si se negaba[611]. El problema de los tiempos actuales, fomentado por el #MeToo, es que, al negar aquellas diferencias biológicas entre la sexualidad masculina y la femenina, se ha politizado el deseo sexual. Mac Donald explica que «tratar la libido masculina indómita como un problema político» ha conducido a cada vez mayor control legal. La creciente «burocracia sexual» en los campus universitarios, donde los administradores están «escribiendo reglas altamente técnicas para el sexo que es el dominio de lo irracional», es un ejemplo de ello. Y el objetivo no declarado de esas reglas, agrega Mac Donald, es volver el valor predeterminado del sexo prematrimonial al «no» que solían dar las mujeres en sociedades conservadoras, lo que no podrá lograrse por esa vía, pues el

problema es cultural[612]. La cultura tradicional trató de canalizar la libido masculina celebrando las virtudes de la gentileza y el respeto, haciendo inconcebibles casos como el del humorista Louis C.K que se masturbaba espontáneamente frente a mujeres que lo visitaban. Pero hoy, concluye Mac Donald, «con las “damas” y los “caballeros” desterrados de nuestro universo social, e incluso del lenguaje, tal comportamiento aparentemente ya no es impensable. La mayoría de los hombres no se sentirían acosados si una conocida se masturbara frente a ellos; incluso podrían considerarse afortunados. Que las mujeres retrocedan ante este mismo comportamiento revela una división fundamental entre las experiencias masculinas y

femeninas del cuerpo y el sexo»[613].

No es de extrañar en todo este caos que los comportamientos masculinos

más tradicionale de aproximación a las mujeres también se hayan visto criminalizados por el movimiento feminista y las diversas legislaciones que han sido aprobadas alrededor de occidente. Como reacción a esta neoinquisición en contra de los hombres, en Francia más de cien artistas, académicas e intelectuales mujeres lideradas por las actrices Catherine Deneuve y Catherine Millet, publicaron un manifiesto antifeminista defendiendo la interacción entre ambos sexos. «La violación es un crimen. Pero tratar de seducir a alguien, aunque sea persistente o torpemente, no lo es, ni la galantería es un ataque de machismo», rezaba la primera frase de la

carta[614]. Enseguida, refiriéndose al #MeToo agregaba que «al igual que en los viejos tiempos de la caza de brujas, lo que estamos presenciando una vez más aquí es el puritanismo en nombre de un bien mayor, que pretende promover la liberación y protección de las mujeres solo para esclavizarlas a un estado de eterna víctima y reducirlas a presas indefensas de demonios machistas». Muchos hombres, agregaban, han enfrentado una especie de justicia sumaria que les ha costado su prestigio y trabajo por tratar de «robar un beso o conversar sobre temas íntimos», lo que era tratado al mismo nivel de crímenes sexuales. Los hombres, señalaron alarmadas las firmantes, incluso deben disculparse y humillarse públicamente por conductas realizadas hace veinte o treinta años que hoy salen a la luz. «Estas confesiones públicas, y la incursión en la esfera privada de los autoproclamados perseguidores, han llevado a un clima de sociedad totalitaria», decía el manifiesto. En la línea de Mac Donald, explicaba también que hoy se puede «comprender que los impulsos sexuales son, por naturaleza, ofensivos y primitivos, pero también podemos distinguir la diferencia entre un intento incómodo de seducir a alguien y lo que constituye una agresión sexual». Y añadían que el ser humano no es un monolito y que una mujer puede, «en el mismo día, dirigir un equipo profesional y disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre, sin ser una “puta” o una vil cómplice del patriarcado». Finalmente, Denueve y las signatarias concluían atacando el espíritu totalitario del feminismo hegemónico:

 

Como mujeres, no nos reconocemos en este feminismo que, más allá

de la denuncia de abusos de poder, toma el rostro del odio a los hombres

y a la sexualidad. Creemos que la libertad de decir «no» a una propuesta

sexual no puede existir sin la libertad de molestar. Y consideramos que

uno debe saber cómo responder a esa libertad de molestarse de otras

maneras que no sea encerrándose en el papel de la presa […] Los

incidentes que pueden afectar el cuerpo de una mujer no necesariamente

afectan su dignidad y no deben, por más difícil que sea, necesariamente

convertirla en una víctima perpetua, porque no somos reductibles a

nuestros cuerpos. Nuestra libertad interior es inviolable. Y esta libertad

que apreciamos no está exenta de riesgos y responsabilidades.

 

Hay todavía un punto que debe ser discutido antes de finalizar el análisis

sobre el feminismo de género y su naturaleza anticientífica y totalitaria. Dado que la ideología subyacente a esta corriente combina elementos marxistas y posmodernos, su objetivo no puede ser otro que una desintegración de toda idea de normalidad que ha emergido en la sociedad burguesa. De ahí que sea extremadamente hostil a la maternidad y el matrimonio, ambos concebidos como una forma de opresión sobre la mujer. «El matrimonio moderno no

puede comprenderse sino a la luz del pasado que perpetúa»[615], escribió Simone de Beauvoir. Y ese pasado es uno de sometimiento, humillación y abuso. La mujer, al casarse, se convierte en «vasalla» del hombre, dice la madre de todas las feministas actuales, quien en todo el capítulo dedicado al matrimonio en El segundo sexo no tiene casi una sola expresión positiva

sobre él[616]. Es más, el matrimonio, dice, solo hace feliz al hombre, pues le permite progresar en su trabajo y destacar en política. Cuando se cansa de «experimentar la dispersión a través del tiempo y del universo» el hombre «funda un hogar» para que la mujer ignorada y sometida lo atienda y cuide de

sus hijos[617]. En esta visión del matrimonio no hay romance, ni sueños, ni amor, ni proyecto común, ni felicidad de las mujeres, sino un sombrío destino impuesto a ella por la sociedad debido a que es la única que asegura la subsistencia de la especie. Los matrimonios, dice, «no se deciden en general por amor», más bien las mujeres son normalmente obligadas a él por la sociedad. Lo mismo ocurre con la maternidad, de la cual la sociedad convence a la mujer y que poco tiene que ver con el amor o el deseo profundo de crear vida propia de la feminidad, pues esta, según de Beauvoir, quien no dudaba en hacer una apología del aborto, es una mera construcción social. Tal vez la reflexión que realizó sobre el feto resume de mejor forma la visión feminista sobre todo el tema de la familia: «El embarazo es, sobre todo, un drama que se representa en el interior de la mujer […] el feto es una parte de su cuerpo y es también un parásito que la explota y, al llevarlo en su seno, la mujer se siente vasta como el mundo; pero esa misma riqueza la aniquila;

tiene la impresión de no ser ya nada»[618]. De más está decir que muchas madres, probablemente la gran mayoría, son felices con el embarazo y más aun con sus hijos, algo que de Beauvoir no experimentó porque no los tuvo. Pero investigaciones de larga data han mostrado también que las mujeres casadas y con hijos son, en general, más felices que las que no lo están. Este tema fue intensamente debatido a propósito del libro del profesor de la London School of Economics, Paul Dolan, en el que argumentaba que los hombres eran más felices casados, pero que las mujeres eran más infelices casadas y con hijos. Diversos académicos demostraron que el libro de Dolan se encontraba plagado de errores y que sus propios datos no permitían respaldar sus conclusiones. Una de ellas, Emiliana Simon-Thomas, del Greater Good Science Center en UC Berkeley, comentó que Dolan basó su opinión en encuestas telefónicas que supuestamente mostraban que las mujeres declaraban niveles más bajos de felicidad cuando su cónyuge estaba fuera de la habitación cuando contestaban, pues se asumía que así darían una respuesta más honesta. Sin embargo, las personas que respondieron sí a «cónyuge ausente» y que estaban casadas no se referían a que la persona no estaba en la habitación, sino a que ya no compartían un hogar con su cónyuge, por lo cual, explica Simon-Thomas, fue la separación de sus maridos lo que

hizo que se declararan menos felices y no el estar casadas[619]. Que un error tan elemental pueda pasar los estándares académicos mínimos no deja de ser sospechoso.

Pero Simon-Thomas no elude la pregunta sobre si es malo que las mujeres

se casen. Su respuesta es contundente:

 

Según la ciencia, no. Históricamente, grandes estudios muestran que,

en promedio, las personas casadas reportan una mayor felicidad más

adelante en la vida que las personas solteras. Las personas separadas y

divorciadas tienden a caer en un cubo menos feliz, mientras que los que

nunca se casaron y enviudaron se encuentran en algún punto intermedio

[…] Estos efectos positivos del matrimonio en la felicidad están

presentes tanto para las mujeres como para los hombres. En conjunto,

décadas de investigación del desarrollo humano, la psicología, la

neurociencia y la medicina convergen irrefutablemente en esta

conclusión: estar en una relación comprometida a largo plazo que ofrece

apoyo confiable, oportunidades de apoyo y un contexto social para

experiencias compartidas significativas a lo largo del tiempo

definitivamente es bueno para tu bienestar[620].

 

Ciertamente no se trata de que incluso un matrimonio devenido en

relación tóxica haga a la gente más feliz; de hecho, lo que ocurre es lo contrario. El punto es que la visión dramática y sufriente sobre el matrimonio que ofrecieron de Beauvoir y muchas feministas que la siguieron es tan errada hoy como en la época en que ella escribía, y bien podría decirse que la máxima realización de la felicidad en la mayoría de las personas se da en compañía con otros y no en el trabajo o las posiciones de prestigio que obsesionan a las feministas. En ese contexto, la familia y el matrimonio deben ser reconocidos no como una forma de esclavitud para la mujer como la veía de Beauvoir, sino como una de las fuentes esenciales de su felicidad. De ahí que Camille Paglia afirme que «la ideología feminista jamás ha lidiado honestamente con el rol de la maternidad en la vida humana», describiéndola

como un artefacto de la «opresión masculina»[621]. Esto, agrega Paglia, es una «grotesca distorsión de los hechos», pues históricamente los arreglos sociales eran tales que permitían a la mujer su protección y mejor desempeño reproductivo. Paglia sostiene que el feminismo ha sido muy injusto al no reconocer a los hombres «el enorme cuidado que han dado a sus mujeres e hijos» buscando culpar a todos los hombres de los abusos atroces de algunos, cuando la verdad es que los hombres han entregado «heroicamente su energía y trabaj o y de hecho sus vidas para el beneficio y protección de sus hijos y mujeres». La retórica «venenosa» del feminismo, dice Paglia, ha hecho enorme daño psicológico a las mujeres jóvenes que son convencidas de ignorar sus instintos más profundos para perseguir una supuesta meta laboral

en la que pueden no estar interesadas[622].

No solo la idea de familia burguesa y matrimonio repelía a de Beauvoir y

los partidarios de la teoría de género y de la deconstrucción, sino las normas de la sexualidad misma que esta conlleva. Y es que, si el género es una construcción social sin base en la realidad biológica, la sexualidad es lo mismo. La heterosexualidad se presenta, bajo esta lógica, como otra forma más de dominación aprendida y la homosexualidad como liberación. El hombre heterosexual sería el abusador de la mujer y el máximo beneficiado de la cultura burguesa, y la heteronormativa, un arma más de su arsenal que debe ser desmontada. En otras palabras, nada hay de necesariamente natural sano o positivo en la relación hombre-mujer, sino al revés. Como observa la intelectual francesa Bérénice Levet, en esta visión la orientación sexual puede y debe ser moldeada para romper el binomio hombre-mujer y lograr así la

superación del patriarcado[623].

Nada en esta crítica al feminismo de género implica la más mínima

justificación de los ataques en contra de la homosexualidad, los que afortunadamente han sido superados casi por completo en occidente, ni menos de moralizar la sexualidad entre adultos. De lo que se trata es de exponer las falacias sobre las que se funda la teoría de género con su nociva negación de la realidad biológica que subyace en la diferenciación sexual entre hombres y mujeres, la que no solo diferencia en buena medida los géneros, sino que, sin duda alguna, también la sexualidad humana.

Pero volviendo al punto anterior, si las normas de sexualidad son también

enteramente una construcción social, entonces ¿podría aceptarse también el tener sexo con niños legalizando la pedofilia? ¿Acaso no sería esta regla también una creada por el patriarcado burgués? Esto era lo que creían Simone de Beauvoir, Michel Foucault, Jean-Paul Sartre, Jacques Derrida y muchos otros intelectuales europeos. Según informó The Guardian en el 2001, documentos descubiertos mucho tiempo después de los 60 confirmaron que buena parte de la intelectualidad de izquierda francesa —y europea— en esos

años abogó por legalizar la pedofilia[624]. Un caso emblemático se dio en 1977 en el marco de un juicio a tres hombres franceses que habían tenido contacto sexual con niñas de doce y trece años recibiendo un castigo por no respetar las edades de consentimiento reguladas en la ley. Ante ello, de Beauvoir, Foucault, Sartre, Derrida y decenas de otros intelectuales iconos de mayo del 68 firmaron una petición que rezaba lo siguiente: «La ley francesa reconoce en los niños de doce y trece años una capacidad de discernimiento que puede juzgar y castigar. Pero rechaza tal capacidad cuando se trata de la vida emocional y sexual del niño. Debe reconocer el derecho de los niños y

adolescentes a tener relaciones con quien elijan»[625].

Algunos han intentado limpiar la imagen de estos intelectuales con

diversas explicaciones, pero lo cierto es que, como afirmó la socióloga de la universidad de Cambridge Veronique Mottier, de Beauvoir y los signatarios de la petición del año 1977 pertenecían a una constelación de «grupos que

abogan por la pedofilia»[626]. El mismo Guy Hocquenghem, uno de los intelectuales que firmaron la petición junto a de Beauvoir, reconocería, en una entrevista junto a Foucault y el actor Jean Danet en abril de 1978, que su petición buscaba «abolir artículos de la ley sobre las relaciones y la despenalización de las relaciones entre adultos y menores de menos de quince

años»[627]. Luego, Hocquenghem se quejaría de que la tendencia de la época era no solo la de «fabricar un tipo de delito que es simplemente la relación erótica o sensual entre un niño y un adulto, sino también la de crear una determinada categoría de la población definida por el hecho de que tiende a disfrutar de esos placeres». Los pedófilos, en otras palabras, serían víctimas del sistema y de la construcción que el patriarcado burgués ha hecho de la normalidad sexual como una exclusiva entre adultos. Castigando la pedofilia, dijo Hocquenghem, convertimos a estas personas «en pervertidos y monstruos intolerables ya que el crimen como tal es reconocido y constituido y fortalecido por todo el arsenal psicoanalítico y sociológico». Así, concluyó, lo que hacemos es «construir un tipo de criminal completamente nuevo, un criminal tan inconcebiblemente horrible que su crimen va más allá de cualquier explicación, cualquier víctima». Foucault daba la razón a Hocquenghem defendiendo el derecho de los niños a tener sexo con adultos:

 

Escuchar a un niño, oírlo hablar, oírle explicar cuáles eran realmente

sus relaciones con alguien, adulto o no, siempre que se escuche con

suficiente simpatía, debe permitir establecer más o menos qué grado de

violencia se usó o qué grado de consentimiento se dio. Y asumir que un

niño es incapaz de explicar lo que sucedió y que no puede dar su

consentimiento son dos abusos que son intolerables, bastante

inaceptables […] En cualquier caso, una barrera de edad establecida por

la ley no tiene mucho sentido. Una vez más, se puede confiar en que el

niño diga si fue o no sujeto a violencia.

 

Refiriéndose a la carta firmada también por de Beauvoir, Hocquenghem

sostuvo que «no pusimos ningún límite de edad en nuestro texto», añadiendo que eran «simplemente un movimiento de opinión que exige la abolición de ciertas leyes y que, en lo respectivo al consentimiento, preferían los términos utilizados por Michel Foucault: escuche lo que dice el niño y dele cierta credibilidad». Para estos intelectuales, «la noción de consentimiento es una trampa», pues «la forma legal de un consentimiento intersexual no tiene sentido. Nadie firma un contrato antes de hacer el amor». Aunque esta última frase tenga sentido en el contexto de adultos y el debate actual en torno al absurdo del consentimiento afirmativo, incorporar a ella a niños sin límite de edad pervierte la totalidad del debate al presentar la pedofilia no como un desorden o enfermedad, sino como una variación más de la sexualidad que busca ser criminalizada por la normatividad burguesa. No tener sexo con niños se trataría, según Foucault, de otro discurso más de dominación del establishment médico y psiquiátrico: «Es dentro del nuevo marco legislativo, básicamente destinado a proteger a ciertos sectores vulnerables de la población con el establecimiento de un nuevo poder médico, donde se basará una —nueva— concepción de la sexualidad y, sobre todo, de las relaciones entre la sexualidad infantil y adulta», declaró. Para Foucault, esta concepción de la sexualidad era «extremadamente cuestionable», pues bien podría ser que «el niño, con su propia sexualidad, haya deseado a ese adulto, incluso haya dado su consentimiento, incluso haya dado los primeros pasos. Incluso podemos estar de acuerdo en que fue él quien sedujo al adulto».

No hay que ser conservador para entender el nivel de distorsión al que

este tipo de filosofía puede llevar la realidad. Una donde la relación entre adultos heterosexuales es potencialmente concebida como manifestación de estructuras y discursos opresivos, pero donde el sexo con niños, sin límite de edad, es visto como perfectamente natural. Esto explica que así como algunos sacerdotes miembros de la Iglesia Católica tienen un pasado oscuro en materia de hipocresía sexual, la izquierda lo tiene tanto en sus ideas como en sus prácticas cuando se refiere a la pedofilia. La diferencia es que, en el caso de los sacerdotes, al menos a nivel teórico, siempre estuvo claro que el sexo con menores era inmoral y que la heterosexualidad era natural y deseable para la subsistencia de la especie humana. Lamentablemente, como las demás religiones monoteístas, también condenó como inmoral la homosexualidad, contribuyendo a un clima de castigo a un grupo que, al ejercer su sexualidad en libertad y como expresión de su dignidad, no dañaba a nadie ni implicó nunca una amenaza al orden social.

Lo anterior, sin embargo, no cambia el hecho de que la deconstrucción a

la que la moral progresista pretende someter a la sociedad occidental solo puede derivar en múltiples daños. Un ejemplo emblemático ocurrió en Alemania en la década de 1970, donde, inspirados en las teorías de género y sexualidad de mayo del 68, numerosos niños fueron utilizados para experimentos sexuales aberrantes por grupos de izquierda. Así, en el centro Rote Freiheit —Libertad Roja— de Berlín, apoyado por el instituto de psicología de la Universidad Libre de Berlín, se buscó la reeducación de diversos niños entre ocho y catorce años con el fin de introducirles una personalidad socialista. Entre las tareas que debían cumplir para su reeducación se encontraban juegos sexuales. Según un reportaje de la revista alemana Der Spiegel basado en documentos de la época, «fue precisamente en los llamados círculos progresistas que comenzó una erotización de la infancia y una disminución gradual de los tabúes. Fue un cambio que incluso permitió la posibilidad de tener relaciones sexuales con niños». El reportaje agregó que «los miembros del movimiento de 1968 y sus sucesores quedaron atrapados en una extraña obsesión por la sexualidad infantil. Es un capítulo de la historia del movimiento que nunca se menciona en los relatos más brillantes de la época», pues sus estudiosos han «sucumbido a la amnesia» en

esa materia[628]. Pero lo cierto, insistió la revista, es que «la izquierda tiene su propio historial de abuso, y es más complicado de lo que parece a primera vista. Cuando se les pregunta a los líderes del movimiento estudiantil de fines de la década de 1960, ofrecen respuestas vacilantes o evasivas».

La historia que rescató Der Spiegel, una revista liberal de izquierda, es

estremecedora y no puede entenderse, según la publicación, sin tomar en cuenta la ideología de mayo del 68 promovida por feministas como de Beauvoir e intelectuales como Foucault, Derrida y otros. Spiegel recuerda que «el control del deseo sexual fue visto como un instrumento de dominación con el que la sociedad burguesa solía defender su poder» y su origen se encontraba en «la agresión del hombre, la codicia y el deseo de poseer cosas, así como su disposición a someterse a la autoridad». Como consecuencia, se debía producir una liberación sexual que mientras más temprano comenzara, mejor. Bajo esta ideología se desarrolló el experimento de la Commune 2 de Berlín en 1967, donde tres mujeres y cuatro hombres se mudaron juntos con dos niños, una niña de tres años y un niño de cuatro. Los relatos de los participantes muestran cómo estos hombres tenían contactos sexuales «consentidos» con los menores. Si bien los archivos dan a entender que no hubo penetración con la niña de tres años por razones fisiológicas, al parecer los adultos tuvieron todas las formas de sexo físicamente posibles con los niños. El caso de la Commune 2 no fue un experimento aislado, sino el inicio de una ola de sexualización de los niños que atravesó varias regiones de Alemania, donde se crearon jardines infantiles e instituciones para aplicar la ideología progresista. Hoy en día, añadió Der Spiegel, «la estimulación de los órganos sexuales de un niño por parte de un adulto se ve claramente como una agresión sexual criminal». Pero para los revolucionarios de 1968 fue una herramienta educativa que ayudó a «crear una nueva persona». La revista recuerda que el «Manual de adoctrinamiento infantil positivo», publicado en 1971 por seguidores de la moral progresista de la época, afirmaba lo siguiente: «Los niños pueden aprender a apreciar el erotismo y las relaciones sexuales mucho antes de que sean capaces de entender cómo se concibe un niño. Es valioso que los niños se acurruquen con adultos. No es menos valioso que las relaciones sexuales ocurran durante el abrazo». Como era de esperar, quienes sometieron a sus hijos a este tipo de educación en preescolar y otros lugares fueron especialmente intelectuales y gente educada de izquierda, intoxicada por la nueva ideología. Varios de estos padres, relata Der Spiegel, dando cuenta de la patología a la que conduce la destrucción de las ideas de normalidad, «pasaron mucho tiempo discutiendo si era una buena idea tener relaciones sexuales con sus propios hijos para demostrar la “naturalidad” de las relaciones sexuales».

El movimiento por legalizar la pedofilia no solo existió en Francia y

Alemania, sino en diversas partes de Europa, incluyendo Holanda e Inglaterra, y fue tomado como bandera por partidos políticos de izquierda. En Holanda, grupos feministas, la Dutch Sexual Reform Organization y algunas emblemáticas organizaciones por los derechos homosexuales, exigieron en 1979 la despenalización de la pedofilia, mientras otras distribuían decenas de miles de copias del manual Paedophilia destinado a escuelas de primaria

holandesas con el fin de promover el sexo entre adultos y niños[629]. En el caso alemán, particularmente el Partido Verde —Die Grünen— se ha visto envuelto en escándalos por su historia en esta materia al punto de que en 2013 el presidente del partido, Jürgen Trittin, tuvo que disculparse públicamente por haber propuesto, en la década de 1980, un programa político que incluía la legalización del sexo entre adultos y niños. Finalmente, Trittin renunció a la presidencia del partido, aunque aduciendo otras razones.

Como se ha dicho, la ideología detrás de todo esto se encuentra lejos de

haber desaparecido y algunos de sus tóxicos efectos han sido ya comentados. No se puede, sin embargo, dejar de mencionar que la mejor refutación de la teoría de género y de explotación femenina que postula Simone de Beauvoir fue su propia vida y su relación con Jean-Paul Sartre. La novelista y biógrafa de de Beauvoir, Lisa Appignanesi, escribió que ambos tenían un acuerdo de total libertad de explorar sexualmente con otros, y que Sartre resultó «ser mucho más igualitario que ella», pues fue él quien se lanzó a innumerables affaires, mientras ella respondió «solo en unas pocas ocasiones con pasiones