La risa final

Fernando Royuela · Capítulo 10 de 18

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La risa final

7. La hora del ángelus

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LA HORA DEL ÁNGELUS

 

A lo lejos se divisaba el campanario de la iglesia de San Licinio. Estaba construida en lo alto de una montaña; parecía rozar las nubes. Se llegaba hasta ella por un camino estrecho que trepaba hasta ir a morir en una explanada presidida por una encina centenaria. Era la de San Licinio la segunda de las iglesias a las que, según las indicaciones dejadas por Lindaluz, podría haber ido a parar el relicario con la Santa Camándula. Llegamos al borde de la hora del ángelus. Al contemplarla en todo su esplendor, limpia, matizada por la luz feliz del pleno día, nuestros corazones se estremecieron. Quedé fascinada ante semejante maravilla. No cabía duda de que los que construyeron aquella iglesia sabían que la arquitectura es una de las maneras de lograr que el pueblo se sobrecoja y admita de rodillas la insignificancia de su naturaleza mortal. Desde allí, la vista era soberbia. El valle quedaba distante, minúsculo, cubierto de una bruma inconsistente, como de gasa de algodón. Solo el cielo nos acompañaba en esas soledades. El enclave tal vez hubiera albergado de antiguo alguna fortificación de moros porque semejantes atalayas más sentido tenían para lo militar que con vistas al recogimiento del espíritu. Respiré hondo para así tranquilizarme. El aire habría entrado limpio en los pulmones de no haber sido por el ligero olor a pólvora que trasladaba. Nos miramos entre nosotros al percatarnos de que algo extraño se cocía en aquella quietud.

Desmontamos con sigilo y amarramos los caballos. Los animales detectaron la pesadumbre en el ambiente y se pusieron a relinchar. La Romero tuvo que calmarlos con caricias. No se veía un alma y el silencio era desazonador. Avanzamos unos metros pistola en mano. Cerca de la iglesia, pero separado de ella por un puente de piedra que cruzaba un cortado, se alzaba un edificio no muy grande, de construcción reciente y de factura vulgar. Debía de tratarse de un monasterio de nueva planta levantado en aquel lugar de buitres roqueros al rebufo de la iglesia.

Desde el alto en el que estábamos no había más posibilidad de acceso al monasterio que atravesando el puente. Aunque la hendidura no era ancha, diez metros apenas, la brecha que caía en picado daba vértigo. Nos dimos cuenta de que el monte entero estaba constreñido por la hoz que un río trazaba, de forma que iglesia y monasterio se asomaban al mismo precipicio. Vimos enseguida que el portón del monasterio estaba abierto. No se percibían movimientos de vivos, sin embargo, ni trinar de pájaros siquiera. Todas las apariencias indicaban que sus moradores hubieran abandonado deprisa y corriendo aquel cenobio, interrumpidos tal vez de sus tareas por algún suceso repentino. Sobre el puente, a media altura, un par de buitres volaba en círculos. Corrimos hacia él. Dibujadas en el polvo aún se veían huellas de caballos. La primera en asomarse al pretil fue la Romero.

—¡Reviento en Judas! —dijo—. Mirad lo que han hecho esos hijos de Satanás.

Nos asomamos y abajo, entre breñas y zarzales, distinguimos a varios monjes muertos. Debían de haberlos arrojado desde el puente. Su sangre brillaba todavía entre las plantas, por lo que la masacre tenía que ser reciente. Mataperros se santiguó al ver sus cuerpos despeñados y nos ordenó que corriésemos hacia el monasterio para ponernos a cubierto junto a sus muros. La carrera fue desenfrenada. Nos apostamos jadeando a ambos lados del portón. Si Tainebleau estaba aún dentro, saldaríamos cuentas a tiros con él.

—¡Esperad aquí! —ordenó Mataperros mientras se preparaba para entrar.

—Yo voy contigo —dijo Mojamas, resoplando por la fatiga de la carrera— y, si veo algún francés, me lo llevo por delante.

Ambos se metieron por el portón y quedamos fuera la Romero y yo, una a cada lado, mirando a todas partes muertas de miedo por si había emboscados que nos fueran a disparar. Aguardamos un buen rato, pero nada sucedió. El silencio era enorme. Aquel lugar tenía mucho de macabro. En ese instante sonaron las campanas justo enfrente de nosotras. Fue un toque raro, desvaído, sin melodía aparente. ¿Quién andaría subido en el campanario de la iglesia?

—Vamos a ver quién toca —dije resoluta.

—Espera, China —contestó la Romero en voz muy baja—, espérate a que vuelva Mataperros.

Lo cierto era que la Romero y yo estábamos asustaditas perdidas. No es lo mismo tener delante al enemigo y verle venir echando espumas por la boca, que intuir que anda emboscado, aguardando el mejor momento para lanzársete al garguero. La incertidumbre también mata. La cara barbuda de Juan Mojamas asomó entonces por el portón. Ambas soltamos un suspiro de alivio.

—Ahí dentro no hay nadie —sentenció el guerrillero—. Hemos visto un ataúd con cuatro hachones de cera consumidos. Debían de estar velando a un muerto, pero el ataúd está vacío. Todo parece estar en su sitio menos el cadáver.

—Huirían los monjes en tropel al ver llegar a los franceses —sugirió la Romero —. A lo mejor, a los más rezagados, los pillaron por banda y los tiraron por el puente. No hay más que ver la escabechina que hay en la hondonada.

Vimos aparecer a Mataperros. Salía del monasterio cabizbajo y en la mano llevaba un crucifijo. Lo había encontrado tirado en el suelo, al lado del catafalco. Su aspecto era sencillo, rústico, de madera sin desbastar.

—Probablemente lo llevaba puesto el muerto entre las manos —dijo mostrándonoslo—. No han debido de dejar un monje vivo esos bastardos. ¡Lástima que no se supieran defender!

—Eran monjes, no soldados —le precisó Mojamas—. No los juzgues mal.

—En estos malos tiempos hay que ser de todo: monjes, soldados y lo que sea menester —repuso airado Mataperros—. Cualquier cosa menos dejarse matar por los franceses.

—Han tocado las campanas de la iglesia. —Atajó la Romero aquel amago de desavenencia—. Esta y yo las hemos oído bien claritas, ¿verdad, China?

Yo asentí con la cabeza.

—Puede que haya alguien allí arriba —sugirió Mojamas señalando el campanario con la pistola.

Mataperros hizo un gesto para indicar que le siguiéramos. Cruzamos de nuevo el puente y nos aproximamos a la iglesia con sigilo. Se accedía a ella por un atrio con arquería a doble columna cubierto por un saledizo desgastado por la humedad. Los arcos estaban cegados con mortero de forma que, lo que antes pudiera haber sido un soportal, parecía ahora boca de lobo: la única luz que penetraba en aquel sitio lo hacía por el ventanuco enrejado de una portezuela en uno de los extremos. Contuvimos la respiración y la empujamos. El cerrojo no estaba echado y se abrió sin más. Nada se veía en el interior y aquello habría sido nuestra tumba de haber habido dentro algún francés, pero la suerte nos acompañó. Mataperros entró el primero al soportal. Una bandada de murciélagos que se descolgó del techo al abrir del todo la puerta y permitir pasar la luz salió revoloteando al exterior.

—¡Bichos del diablo! ¡Así os fría Pedro Botero en aceite hirviendo! —maldijo la Romero.

Cuando nos acostumbramos a la oscuridad miramos por un ajimez que se asomaba al interior del recinto sagrado. Pudimos distinguir el atrio de la iglesia. A su derecha había una hornacina con una talla del arcángel san Miguel sometiendo al dragón. Le pisaba el cuello con el pie y blandía una lanza en señal de victoria. Alguien había tenido la ocurrencia de clavar una rata en la punta.

Las campanas volvieron a sonar, pero esta vez lo hicieron desmañadas: las tocaban al tuntún. Nos quedamos inmóviles, con los músculos rígidos como si nos hubiera entrado perlesía. Aguardamos a oír de nuevo algún tañido, pero ninguno otro sonó. Mataperros se acercó hasta la puerta de la iglesia y la empujó con suavidad. Los goznes chirriaron y un olor acre como a incienso requemado salió volando del interior. Con suma precaución, alargando el brazo desde el quicio, Mataperros siguió empujando la puerta hasta dejar un espacio suficiente para que todos pudiéramos pasar. Adaptados los ojos a la oscuridad, la luz que provenía del interior del templo nos cegó por un instante. Era una luz fría e insípida que transmitía desolación. Miramos alrededor. No había signos de vida por ninguna parte. El silencio era completo, hasta el punto de que lo sentíamos latir en los oídos. Avanzamos con prudencia por la nave central, hacia el altar. Vimos algunos objetos de la liturgia tirados por el suelo, pero, aunque el desorden era evidente, los daños no parecían irreparables. Examinamos la iglesia por encima. Mojamas inspeccionó las capillas laterales y husmeó por los confesionarios. Sorprendentemente, y al contrario del san Miguel Arcángel de la hornacina de la entrada, ninguna imagen había sido profanada. Si los franceses habían estado allí, no había sido precisamente para divertirse con sus desmanes. Mataperros nos hizo un gesto desde el umbral de la sacristía. Fuimos con él y entramos a mirar: los enormes cajones con las prendas de oficiar habían sido sacados de sus carriles y andaban desparramados por el suelo casullas, cíngulos, estolas y demás indumentaria de la misa. A la izquierda de la entrada había un enorme armario de madera cuyas puertas habían sido arrancadas. A sus pies, tirados en el suelo, estaban las patenas, los cálices y otros objetos de valor relacionados con la liturgia. Mataperros pasó la mano por los estantes vacíos, despacio, como si los estuviera acariciando.

—Nada de esto se han llevado. —Chascó la lengua contrariado—. Han ido derechos a lo que buscaban.

Fue entonces cuando se oyeron sonar las campanas por tercera vez.

—¡Mirad allí, al fondo! —dijo Mojamas indicando el otro extremo de la sacristía con un levantamiento de barbilla—. Hay un portillo: seguro que por ahí se sube al campanario.

Fuimos hasta él y lo abrimos con precaución. Efectivamente, daba acceso a unas escaleras que parecían conducir al campanario. Mataperros comenzó a subir. Todos le seguimos sin rechistar. Los peldaños eran estrechos y resbaladizos. Caracoleábamos en la penumbra guiados por los pasos del de delante. Al llegar al campanario nos quedamos paralizados del espanto. Colgado de la soga que servía para hacer tañer las campanas, había un hombre ahorcado. El rostro lo tenía torcido a un lado y de la boca abierta, en una mueca horrible, le salía una lengua amoratada que le caía por la mejilla. Vestía un jubón a medio abrochar que apenas le llegaba a la cintura y, bajados hasta las rodillas, podían apreciarse unos calzones sucios. Pero aquello no era todo: le habían forzado la honra con un palo que, como si fuera un rabo tieso, aún le colgaba por detrás. La imagen que teníamos delante habría sido grotesca de no haber resultado espeluznante. Aquella visión resumía por sí sola toda la infamia, toda la depravación y toda la crueldad a las que el ser humano es capaz de llegar cuando apela a sus instintos más primarios. El cadáver oscilaba repugnante delante de nosotros. Nos quedamos mirándolo callados durante un buen rato, sin saber qué decir. De pronto, empezó a moverse con más velocidad, igual que si se estuviera columpiando. Las campanas, entonces, volvieron a sonar. Con el ruido, un par de ratas asomaron de dentro del jubón y se escaparon trepando por la cuerda. De las mangas salieron unas cuantas más. Mojamas apretó el cañón de su pistola contra el pecho del ahorcado: los cordones se desmoronaron, la tela se abrió hecha jirones y una turba de ratas saltó en tropel. Le estaban royendo desde dentro y las costillas se le veían con asquerosa claridad. El cadáver, impulsado por los saltos de las ratas hizo sonar de nuevo las campanas. Jamás en mi vida he vuelto a oír repiques tan inmundos ni siquiera años después, cuando las iglesias de Madrid celebraron el ahorcamiento de Riego ordenado por el Borbón.

¿Quién sería este hombre? ¿Por qué se habrían ensañado así con él? Las preguntas eran múltiples, pero nada allí nos las iba a responder, así que dejamos al muerto balanceándose al antojo de sus huéspedes y, escaleras abajo, regresamos a la sacristía. Mataperros decidió que nos marcháramos de inmediato de aquel lugar. Si alguna vez estuvo allí custodiada la Santa Camándula, estaba claro que los franceses ya se la habían llevado. Volvimos a la nave principal y, antes de irnos, la Romero quiso santiguarse ante el altar. Al hincarse de rodillas oyó una voz sorda que procedía de muy lejos, como regresada de la ultratumba.

—¡Socorro!, ¡sacadme de aquí! ¡No puedo respirar!, ¡me ahogo!

La Romero se levantó de un salto y se echó espantada hacia atrás.

—¡Mataperros! —gritó descompuesta—, ¡aquí debajo grita un alma en pena!

Todos corrimos a donde ella estaba. La Romero se había arrodillado sobre una lápida. No tenía inscripción grabada encima y, por el lustre del granito, parecía aún sin estrenar. La Romero señaló la tumba con gesto de espanto.

—Parece venir de ahí abajo.

Mataperros se arrodilló sobre la piedra y empezó a husmear. Las junturas no estaban selladas con mortero.

—¿Hay alguien ahí dentro? —preguntó Mataperros.

La voz de ultratumba volvió a retumbar.

—Si sois gente de bien sacadme de aquí. Tengo el cuerpo entumecido y el aire casi no me alcanza para llenar los pulmones.

—¡Vamos! —ordenó Mataperros—, ¡hay que descorrer la lápida!

Con la ayuda de unos candeleros de forja que allí había pudimos hacer un poco de palanca. Cuando ya teníamos la lápida medio desencajada, Mataperros, valido de uno de los candeleros, sacudió un golpazo en el granito y lo resquebrajó por la mitad. A partir de ahí no nos costó gran esfuerzo acceder a la tumba. Extraímos los trozos resquebrajados y el resto de la losa la corrimos de un empujón. La lápida chirrió y todos nos quedamos enmudecidos mirando dentro: había un monje echado bocabajo; lo sacamos como pudimos.

Tenía la cara ancha, el cuerpo fofo y olía que apestaba, igual que un animal.

Al verse a salvo se puso a dar gracias a Dios. Estaba débil y temblaba de fiebre. Dijo llevar un par de días metido en aquel hoyo sin agua ni comida, sufriendo terror.

Le dimos un trozo de queso, y agua para beber.

—¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, Dios mío, por oírme las plegarias! —exclamaba sobrecogido.

—Cálmese, hermano, y cuéntenos lo que ha pasado aquí —le instó la Romero.

Los lagrimones se le escurrían al monje por las mejillas y la papada le tremolaba al masticar.

—¡Loado sea el cielo! Gracias a él, sigo vivo. Sois gentes de bien, me habéis salvado la vida. La providencia os ha puesto en mi camino. Ha oído mis súplicas. Mil rosarios llevo rezados para no morirme de desesperación. Menos mal que habéis llegado a tiempo. Ahí dentro me metí para escapar de los soldados. Casi dos días llevaba sin comer y sin beber. Si giraba la cabeza y apretaba la nariz contra la tierra, un hilillo de aire me llegaba. Era un aire raro, con olor a hueso, pero por lo menos me permitía respirar. Debía de provenir de la cripta que hay bajo el altar. Esa ha sido mi salvación. ¡Gracias, Señor, por escuchar los lamentos de tu servidor!

El monje dijo llamarse Abundio y ser el sacristán del monasterio. La llegada de los franceses le había sorprendido dentro de la iglesia, preparando las exequias del abad. Le dimos de comer algo de queso que apenas mordisqueó y se puso a contarnos lo sucedido: había ido a llevar allí las velas cuando aparecieron los franceses. Serían seis o siete y no sintió el trotar de sus caballos. Fueron los disparos los que le alertaron. La comunidad al completo velaba al abad en la sala capitular del monasterio. Una desgracia había sucedido la noche anterior: durante la cena, mientras escuchaban las lecturas preceptivas, el abad había fallecido de repente. Fue una muerte absurda: tomaban sopa de ave y en una cucharada que se llevó a la boca se atragantó con un huesecillo que se le quedó atravesado. Empezó a toser, a regurgitar y a hacer ruidos extraños, como si no pudiera entrarle el aire. Los monjes acudieron en su ayuda, pero en vez de darle golpes en la espalda para ver si así se aliviaba, no tuvieron otra ocurrencia que tumbarle en el suelo boca arriba. El abad no tardó ni un santiamén en fallecer: dio un estertor profundo y lastimero y murió de aquella mala manera. La cara se le quedó contraída, un ojo abierto y el otro cerrado, y en la boca una tensión de músculos le hacía aflorar una sonrisa extraña, como de broma macabra, según el monje nos detalló. El caso es que algunos de los frailes acusaron al hermano despensero de propiciar la muerte del abad. Ambos estaban enfrentados y aquella circunstancia bastó a los partidarios del abad para acusar al cillero de haberlo envenenado. El cillero era inocente, pero lo agraviaron igual y, sin hacerle juicio, lo tuvieron por confeso de la muerte del abad, así que después de apalearle le encerraron en la despensa. La comunidad se dispuso entonces a organizar las exequias. Colocaron al abad en un catafalco, en la sala capitular, y allí fue velado toda la noche. A la mañana siguiente se dispuso lo necesario para darle sepultura. Dado lo imprevisto de su muerte, se decidió utilizar una de las tumbas destinadas a los benefactores de la comunidad situadas al pie del altar. La congregación se reunió a rezar un último responso ante el féretro; todos, menos el hermano Abundio, que estaba en la iglesia preparando los detalles del sepelio. Entonces oyó un relincho de caballos y después disparos. Algo extraño sucedía. Se asomó y vio a los soldados. Se asustó y aguardó a ver qué pasaba. Al cabo de un buen rato, Abundio vio cómo, de malos modos, sacaban a los monjes del monasterio y los llevaban hasta el puente. Debieron encontrar al cillero encerrado en la despensa, pues salió también al poco encañonado por un francés. Acarreaba a cuestas el cadáver del abad. Cuando llegó al puente le dijeron que lo dejara en el pretil. Los franceses estuvieron un rato hablando con los monjes. Parecían interrogarlos, pero ellos se limitaban a negar con la cabeza. Ni una palabra salió de sus bocas. Entonces, hartos de la espera, los ataron unos a otros por los pies y les mandaron encaramarse a la baranda del puente. Después, entregaron al cillero un fusil y le ordenaron disparar a un monje a su elección: cuando uno cayese arrastraría a los demás. Los monjes se resignaron a morir de aquella suerte, pero, para fastidiar a los franceses, se arrojaron al abismo por su cuenta, sin esperar a que el cillero disparara. Arrastrado en la caída se llevaron con ellos al abad. Los soldados, contrariados, decidieron colgar al cillero como escarmiento por no haber obedecido sus órdenes con diligencia y, para ello, eligieron el campanario de la iglesia.

Al contarnos lo sucedido, el sacristán se echó a llorar. Tentado estuvo de salir de su escondite para ayudar a sus hermanos, pero nada hubiera conseguido con la valentonada. Nos dijo que, al ver a los franceses dirigirse hacia la iglesia con el cillero encañonado, no tuvo otra ocurrencia que la de meterse dentro de la tumba destinada al abad. Valido de un rodillo arrastró la losa hasta taparla casi por completo, se introdujo por el hueco que quedaba y ya desde el fondo la empujó con todas las fuerzas de las que fue capaz hasta que, por suerte, se encajó. A partir de ahí se hizo la oscuridad y de nada más pudo enterarse, salvo de su propia desesperación.

Oímos aquel relato espantados de lo que los franceses podían ser capaces de hacer para poner de manifiesto su impiedad. La Romero, temerosa de Dios, no dejaba de santiguarse mientras escuchaba al sacristán contar lo sucedido. No dábamos abasto para ver escenas macabras que, una detrás de otra, escenificaban los desastres de la guerra. Allí a donde íbamos, el terror y la locura parecían aniquilar cualquier promesa de esperanza en la redención del género humano. Era terrible enfrentarse a semejantes desatinos pero, para hacer honor a la verdad, también hay que decir que, como toda aquella barbarie constituía el día a día de nuestras rutinas, hasta en lo macabro acabábamos hallando regocijo.

El sacristán parecía exhausto. Tenía la cara repleta de magulladuras y las fuerzas le flaqueaban. Había estado al borde mismo de la muerte y ahora necesitaba descansar. Sin embargo, nadie había ya en el monasterio para atenderlo como convenía y, si lo llevábamos con nosotros, la marcha se vería retrasada y tal vez perdiéramos un tiempo precioso esencial para alcanzar a Tainebleau.

A Mataperros se le notaba inquieto. Observaba taciturno al sacristán, escuchaba sus palabras con atención de ave de presa y echaba miradas a todas partes como si anduviera reconstruyendo de cabeza los hechos sucedidos en aquel lugar.

—¿Sabe lo que buscaban esos soldados? —le preguntó al monje.

—No —respondió este con rotundidad—. Exclaustrarnos a todos, supongo: los franceses son impíos; no toleran a las gentes de Dios.

—Han entrado en la sacristía y lo han revuelto todo: los cálices, las patenas, los copones, la ropa de la misa… todo anda tirado por el suelo, pero no parece que se hayan llevado nada. Eso es raro, ¿verdad?

—No lo sé. Tal vez no quisieran rapiñar la iglesia, sino tan solo matarnos por diversión.

—Los franceses no rechazan apropiarse de cuanto de valor encuentran a su paso. Si de esta iglesia no se han llevado nada es porque tal vez vinieran buscando algo en concreto. Algo que no encontraron… o puede que sí.

El monje quedó dubitativo. Mataperros le miraba dentro de los ojos, como hurgando en su silencio. Se le notaba incómodo con las preguntas que Mataperros le lanzaba. Hizo un esfuerzo por levantarse y a duras penas se incorporó ayudado por Juan Mojamas.

—Debo ver la sacristía.

Lo acompañamos hasta ella y se quedó mirando el revoltijo que allí había. Tras evaluar un instante el desbarajuste, empezó a rascarse la tonsura en señal de perplejidad.

—¿Echa algo en falta, hermano? —le preguntó Mataperros.

—No sé. Con todo este desorden no sabría decir. ¿No seréis vosotros ladrones?, ¿verdad? —preguntó haciéndose el desconfiado—. En estos tiempos nuestros uno ya no sabe lo que pensar.

—Somos patriotas —atajó indignada la Romero—, y si estamos aquí no es para robar lo que no es nuestro, sino porque andamos detrás de unos franceses que quieren adueñarse de un rosario hecho con las espinas de nuestro Señor.

—Cristo no tenía espinas —atajó despectivo Juan Mojamas—. ¿Acaso te crees que era un pez?

—¡Con espinas de la corona que Poncio Pilatos le plantó en la cabeza! —aclaró la Romero.

—Los franceses que han pasado por aquí van a ser los mismos que nosotros andamos persiguiendo —le dijo Mojamas al sacristán para así disipar sus recelos.

El sacristán quedó escamado al escuchar aquello de las espinas de Cristo, y movió los labios al modo de los peces, como evaluando la oportunidad de si decir algo o si mejor callarse. Al cabo de un suspiro se decidió.

—Quizás debería revelarles un asunto —dijo poniendo voz de confidencia—. A ustedes de nada los conozco, pero si la divina providencia los ha traído hasta aquí por algo será.

—¿Y qué asunto es ese que tal vez nos debería revelar? —le preguntó interesado Mataperros.

El sacristán agachó la cabeza para apartar así sus ojos de la mirada inquisitiva del guerrillero. Se le notaba nervioso. Ahora no se comportaba como un hombre agradecido por haber sido salvado de una muerte segura, sino más bien como una persona taimada que estuviera tanteando a sus interlocutores. Dio el monje varios pasos por la sacristía. Recogió un cáliz del suelo y, tras sopesarlo en sus manos, se sentó fatigado en el poyete que asomaba bajo un ventanal.

—En este monasterio nada fuera de lo común ha sucedido jamás. Nada, por lo menos desde el tiempo que llevo yo aquí, y van ya para veinte años. Nuestra vida se sustenta en la rutina. Siempre tenemos las mismas noches, las mismas tardes, los mismos días, cada cual enfrascado en su tarea y rezando por la redención de los pecados de los hombres. Es la nuestra una existencia de humildad, de sacrificios y de dedicación a Dios nuestro señor. Con tanta faena como tenemos no nos queda tiempo para la holganza, lo cual no es óbice para que el aburrimiento pese a veces más de la cuenta. Por eso, cuando hay una noticia novedosa, corre como la pólvora y, por mucho que se pretenda ocultar, siempre se acaba sabiendo. Hará unas pocas semanas, justo al comienzo del otoño, algo extraño aconteció que nos distrajo a todos de nuestros quehaceres. Al principio se mantuvo en secreto, pero ya les digo que aquí es difícil guardar ninguno.

El sacristán empezó a contar que, una noche de tormenta, se había presentado un hombre en el monasterio, solo y a caballo. Había llamado a la puerta pidiendo cobijo para resguardarse de la lluvia diciendo ser un escribano del Patronato General de Bienes Nacionales y pidiendo pasar la noche bajo techo. El abad le otorgó la hospitalidad que rogaba y cenó junto a todos nosotros en el refectorio. Se escucharon las lecturas sagradas y, tras la cena, estuvo conversando con él en amigable compañía. En un momento de la conversación aquel hombre reveló que el Patronato General de Bienes Nacionales estaba inventariando el patrimonio que se encontraba a recaudo del clero en las diferentes diócesis españolas. Su propósito era el de tener conocimiento de cuál era la riqueza sagrada y en qué lugares estaba ubicada. Los soldados de Napoleón estaban empezando a saquear las iglesias y lo que no estuviera inventariado no se podría proteger. Se pretendía a toda costa inventariar el patrimonio cuanto antes con el fin de evaluarlo y salvaguardarlo de la rapiña. El abad, receloso de los asuntos del gobierno, se inclinó a pensar que de lo que se trataba todo aquello era de una mera excusa para, a la chita callando, hacer acopio de información sobre los llamados bienes de manos muertas con el fin de proceder en un futuro no lejano a su desamortización, como algunos desalmados pretendían, pero el escribano, rotundamente, se lo desmintió y el abad le creyó. Además, en San Licinio no tenían de valor más que el queso que se almorzaban los ratones y los ratones que se merendaban los gatos.

Al día siguiente, aquel hombre, previo permiso del abad, agarró su portafolios, cogió pluma y tintero y se puso a registrar uno por uno los objetos que se encontraban en la iglesia. No era aquella una comunidad muy rica, por lo que el escribano tardó poco en terminar el inventario. Se lo mostró al abad para que lo revisara y, si estaba conforme, firmara el documento en señal de conformidad. Cuando el abad iba a estampar su firma, el escribano le preguntó que si no echaba nada de menos en aquella relación. El abad, extrañado, le dijo que allí estaba todo lo que había de valor y que nada faltaba según su parecer. Fue entonces cuando el escribano sacó a relucir una historia singular: le habló de un relicario fabricado en los siglos antiguos por un orfebre sevillano. Más allá de su inigualable factura y de su belleza artística, aquel objeto albergaba una de las reliquias más importantes de la cristiandad. Se trataba, nada menos, que del rosario de la Virgen María, una camándula fabricada con las espinas que anduvieron clavadas en la frente de Cristo mientras los soldados romanos lo azotaban y se mofaban de él en el patio del palacio de Poncio Pilatos; una camándula hecha con las espinas de la corona con la que pretendían humillarlo en la subida al Gólgota y que se mantuvo incrustada en su cabeza mientras expiraba en la cruz, los cielos se llenaban de nubes y estallaba la tormenta que dejó a la humanidad en la más terrible de las tinieblas.

El escribano contó al abad que su homólogo de San Pigal de Duero, siglos atrás, habría ocultado el relicario en una iglesia remota y solitaria para así evitar que nadie la apeteciera para sí. Solo él supo cuál era, pero el secreto se lo llevó a la tumba al fallecer. Por la peculiar ubicación de San Licinio, en la cima de un monte flanqueado por barrancos y lejos de los caminos transitados, bien podía haber ido allí a parar la Santa Camándula o, al menos, eso es lo que le dio al escribano por entender. El abad de San Licinio, sorprendido con aquella historia de la que nunca había oído hablar, le respondió que, muy a su pesar, allí jamás se había custodiado una reliquia semejante, que todo aquello no eran más que cuentos de viejas y que la Virgen María jamás rezó diostesalves con rosario ninguno pues rezarse a sí misma carecía de sentido. El escribano, decepcionado, se marchó con su inventario y nunca más volvió a saberse de él hasta que una tarde, hacía pocas semanas, se había presentado en el monasterio una mujer. Era joven y bonita, pero se la notaba sin refinar; la facha no la tenía de campesina, así que debía de ser moza de mesón o rabanera de mercado. Preguntó por el abad: traía una cosa para él. Se reunieron unos minutos y la mujer le hizo entrega de un bulto envuelto en una tela con una cuerda atada alrededor. Junto a ese objeto misterioso le entregó una carta lacrada; había sido escrita por aquel escribano del Patronato General de Bienes Nacionales y en ella decía que aquel objeto era la pieza fabricada por el orfebre sevillano, pero que unos franceses le perseguían de cerca para arrebatársela y que temía por su vida. Por si acaso lo atrapaban, había decidido separarse de la reliquia y enviársela con aquella mujer. Le pedía el abad que la escondiese. Si él conseguía salir con vida volvería a por ella cuanto antes y, si no regresaba, debían conservarla hasta que los franceses se marcharan de España y entregársela después a las autoridades eclesiásticas.

El abad le preguntó que si sabía quién le había confiado aquel objeto, pero la chica contestó que de nada conocía a quien se lo entregó. Le explicó que ella se ganaba la vida sirviendo mesas en una posada del camino de Aranda llamada el Corral del Gato y que un desconocido que había parado en ella le hizo el ofrecimiento de hacer de recadera y llevar aquel paquete hasta San Licinio. Le dijo que se lo entregara al abad, que él sabría lo que hacer con él. El desconocido le había dado en pago una bolsa con cuartos y ella aceptó. Eso era todo y nada más sabía de aquel asunto. El abad guardó silencio y se hizo cargo del objeto que se le entregaba, si bien no le gustaron las circunstancias que lo envolvían.

La mujer se marchó por donde había venido y nada más volvieron a saber de ella. El abad tomó la decisión de no poner en conocimiento de la comunidad lo sucedido: era mejor no involucrar a ningún hermano en el asunto. Además, tenía disputas con el cillero y bastaba que este lo supiese para que se pusiera a incordiar. Mientras se aclaraba aquel embrollo pondría la reliquia en un lugar seguro, apartada de la vista de los monjes. Tras mucho meditar, determinó que el mejor lugar para ocultar la Santa Camándula era en la torre del campanario.

—Solo yo subo allí arriba para llamar a los oficios, así que el abad me pidió que la escondiera. No me dijo de qué se trataba, pero aquí somos pocos y todo se acaba sabiendo.

El sacristán continuó contando lo ocurrido: las noticias venían confusas, todo andaba revuelto, pero el abad sabía que tarde o temprano alguien vendría a reclamar aquella reliquia y que tal vez no fuese el escribano quien lo hiciera. Estaba muy preocupado por el tema; todos se lo notaban, pero nada decían. Lo demás, ya lo sabíamos. Su triste muerte, atragantado con el huesecillo de la sopa, los había sumido a todos en la tristeza y ni estaba aún sepultado su cadáver cuando llegaron los franceses e hicieron la escabechina.

—Tal vez fuera la Santa Camándula lo que quisieran los soldados —sugirió Mojamas.

—Alguien les pondría sobre la pista de que estaba aquí escondida —repuso el sacristán—. Vosotros también la habéis venido a buscar, ¿no es verdad?

Mataperros no contestó.

El sacristán se quedó mirando al guerrillero. Se le notaba agitado, o tal vez fuese la fatiga, pero el caso es que no paraba de sudar.

—Vamos a subir al campanario —dijo Mataperros—. Nos indicarás dónde escondiste el relicario y veremos si aún está allí.

El monje tragó saliva y acató la orden que se le daba. Todos le seguimos en procesión por la tiniebla de la escalera. Sus pasos eran lentos, fofos, torpes y tardamos lo suyo en subir. Arriba, el ahorcado seguía balanceándose por el trajín de las ratas. El sacristán, al ver aquello, casi se echa a vomitar.

—Se ensañaron los franceses —dijo Mataperros displicente.

Le flaquearon las fuerzas al monje y hubo de sentarse en el suelo.

—Las ratas han dado buena cuenta de él —comentó Juan Mojamas—. Más carnes que hubiera tenido y mayor festín se habrían dado. ¿No te parece, sacristán?

—Sí, más carnes —murmuró abstraído, fuera de sí.

—¿Y la reliquia? ¿Dónde la escondías? ¡Dínoslo! —le ordenó Mataperros.

El sacristán se incorporó y se puso a hurgar bajo unos sacos con tejas que había amontonados junto a una de las paredes. Había allí una argolla que levantaba una trampilla. El monje tiró de ella y la abrió.

—Ahí estaba, envuelta en trapos —indicó sin mirar dentro—. Los franceses se la han llevado.

—Alguien tuvo que indicarles el escondrijo, pero si el abad ya estaba muerto cuando ellos llegaron, solo tú pudiste hacerlo, sacristán —le espetó Mataperros en tono acusatorio.

El monje, al verse descubierto, empezó a resoplar. Anduvo unos pasos por el campanario, como evaluando la posibilidad de escapar, pero enseguida se detuvo. Mataperros sacó entonces la pistola, levantó el percutor y le apuntó al pecho. No bromeaba; él nunca lo hacía.

—¿Qué tenías contra el abad, rata asquerosa? ¿Por qué dijiste a los franceses dónde escondíais la Santa Camándula? ¿Acaso creías que te iban a dejar marchar?

Al verse encañonado, el monje se echó a temblar. Los ojos se le llenaron de agüilla y su rostro blanduzco pareció adquirir un tono pálido, como de carne muerta.

—¡No me mates, hermano! ¡Por favor, no me mates, que estoy en pecado mortal! Satanás no tendría piedad de mí. No soy más que un pobre pecador y a nadie le he hecho nunca daño por mi gusto. No quieras condenar mi alma. No tuve más remedio que decírselo —confesó—, mi vida iba en ello, pero te juro por lo más sagrado que lo que aquel paquete contenía no era la Santa Camándula: los franceses lo abrieron y dentro solo había un palo, ese mismo con el que… ¡Oh, Dios mío! De rodillas te lo pido: no me mates…

Sus palabras quedaron interrumpidas por la detonación. El monje apenas tuvo tiempo de mirar con incredulidad la herida que en el pecho le sangraba. Casi de inmediato, los ojos se le quedaron en blanco y la cabeza se le derrumbó. Cayó al suelo sin apenas hacer ruido, blando, repentino, como un fardo de paja empapado por un chaparrón.

Todos nos quedamos de una pieza mirando embobados salir el humo por el cañón de la pistola de Mataperros. Aún nos restallaba en los oídos el disparo. Él, sin inmutarse lo más mínimo, volvió a guardarse el arma y, como si de un saco de inmundicias se tratara, le dio una patada al cuerpo sin vida del sacristán.

—No hay piedad para los delatores —dijo antes de darse media vuelta y empezar a bajar las escaleras.

Nada nos dijo entonces Mataperros de cómo se había percatado de que aquel monje era un traidor. ¿Qué le había impulsado a matarle a sangre fría? ¿Hasta ese punto llegaba su desprecio por el enemigo? Nada nos reveló y nada le preguntamos. El hecho en sí de la muerte del monje ya era suficiente explicación.

Aún quedaba luz suficiente en la tarde para retomar de nuevo el camino: no tenía sentido quedarnos más tiempo en San Licinio. Ya encargaríamos a alguien la tarea de enterrar a los muertos como Dios nos manda. Con reales todo se procura en esta vida y, más aún, cuando escasean. Nada le preguntamos a Mataperros sobre lo que acababa de hacer. Él tenía sus razones. No eran tiempos aquellos para evaluar las conductas de nadie. Cada uno tenía sus motivos y nada hay más partidario que la imparcialidad de quienes juzgan. Solo al cabo de los días comprendimos lo que en verdad había sucedido en la iglesia de San Licinio: Mataperros convalecía de sus heridas en la casa de don Baldomero, el padre de Roso Blasco, de quien luego hablaré; fue entonces cuando nos dio las explicaciones oportunas.

Vistos los acontecimientos de entonces con la perspectiva que da la mucha edad, estoy en condiciones de afirmar que Mataperros desconocía en qué vericuetos se estaba metiendo. Más aún, pienso que nunca se acabó de enterar de con quiénes nos las andábamos jugando. No era un hombre inteligente ni estaba iluminado por las luces de la razón, pero poseía, sin embargo, un instinto natural para oler el peligro y averiguar la doblez. Veía la mentira desde lejos y, con solo mirar a un desconocido a la cara, sabía si podía confiar en él. Cuando alguien se ha pasado la infancia trashumando por los montes con el rebaño a cuestas sabe de sobra que el orden natural precisa de un creador, pero que no todo en la naturaleza es, no obstante, obra de Dios, pues el diablo está al acecho, tendiendo tentaciones a cada paso que el hombre da para que yerre y caiga. El diablo, igual que el hombre, es consciente de que su existencia se la debe a Dios. Sin el hombre, su propio reino de tinieblas dejaría ipso facto de tener sentido. Por eso no es a Dios a quien teme el diablo sino a quienes descreen de él.

Montamos los caballos y al galope dejamos atrás la iglesia de San Licinio. Paramos al caer la noche al abrigo de unas peñas en un lugar sosegado, camino del convento del Poyo. No encendimos fuego ni probamos bocado, pero tampoco nos apetecía gran cosa hincar el diente: teníamos revueltas las tripas y pocas ganas de masticar comida después de la carnicería que habíamos presenciado. Son las cosas de la guerra: por mucho que te esfuerces no te acabas acostumbrando del todo a la podredumbre y a la repulsión. Vivaqueamos unas cuantas horas sin poder conciliar el sueño, recordando las emociones del día. Antes del alba estábamos despiertos. Mojamas ralló un poco de chocolate para desayunar y lo caliente de la taza nos hizo aliviar pesares y revivir un poco. La primera raya de luz acababa de asomar. Si cabalgábamos bastante podríamos estar en Santa María del Poyo al caer la tarde. Allí nos encontraríamos con el niño Camuñas, que tendría novedades para nosotros. Queríamos llegar cuanto antes, yo incluida, aun sabiendo que allí mi viaje habría de acabar.