La risa final

Fernando Royuela · Capítulo 7 de 18

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La risa final

4. El corral del gato

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EL CORRAL DEL GATO

 

La guerra de la Independencia no solo cambió de raíz la vida de muchos españoles que, sin comerlo ni beberlo, se vieron de repente envueltos en el rigor de la tragedia, sino que sumió al país en una contradicción fratricida. La entrada de los ejércitos napoleónicos fue un revulsivo repentino para un pueblo adormecido, rumiante y crédulo, que aún vivía de las glorias de un pasado remoto, ido para siempre a los rincones del olvido donde el polvo toma asiento y las cucarachas legan sus cadáveres, crujientes y asquerosos, a la posteridad.

Junot entró por Irún en octubre de 1807, repartiendo sonrisas y parabienes, como aliado de la patria, y los españoles le creyeron igual que bobos. En diciembre de ese año llegaba Dupont con un cortejo y una magnificencia que a todos encandiló. En febrero de 1808 entraba por Cataluña el ejército del general Durhesme. Las gentes se pusieron a aplaudirle de buena fe hasta que se lanzó como un descosido a tomar plazas fuertes, fortalezas y parques de artillería, ya sin ningún disimulo y carcajeándose a sus anchas del pueblo español.

La ciudadela de Pamplona la tomó en febrero de 1808 el general D’Armagnac. Sus hombres fingieron hacer una pelea de bolas de nieve. Los centinelas españoles los miraban entretenidos con su juego pueril y, cuando quisieron darse cuenta de la treta, ya les habían dado matarile. La ciudadela fue tomada sin esfuerzo. El general, con gran sarcasmo, mandó una carta al virrey de Navarra en la que, después de pedirle disculpas, le explicaba que había obrado impulsado por la necesidad y que esperaba que tal incidente no alterara la buena armonía, propia de dos pueblos aliados.

Ante los desmanes cada vez más evidentes que los franceses iban cometiendo allá por donde pasaban, muchos españoles salían de su perenne estado de ensimismamiento y se echaban a las calles y a los montes para defender con su sangre lo que ellos consideraban la herencia de sus padres: la tradición, su Dios, su patria y su rey. Ese fue el secreto de su inmenso poderío, un arma oculta con la que ni Soult ni Suchet ni Massena, los grandes estrategas del ejército imperial, jamás habían contado. La indignación de verse pisados en su honor por botas extranjeras, mezclada con el orgullo de sentirse españoles de los pies a la cabeza, herederos indiscutibles del legado de los siglos, los llevaba a acometer las hazañas más inverosímiles y absurdas que militar alguno se hubiera atrevido nunca a imaginar. Dios estaba de nuestra parte, Agustina, y una legión ingente de santos, mártires y vírgenes luchaban a nuestro lado. Si una vez los pueblos de España fueron capaces de expulsar de su territorio al moro infiel, se repetiría ahora la misma hazaña contra los franceses, hasta que el último de ellos dejara de hollar el suelo sagrado de la patria. Ese era nuestro compromiso, aquella nuestra identidad.

¡Hay que ver, Agustina, la facilidad que los españoles siempre hemos tenido para encarnar el mal en una idea, en un pensamiento o en una persona! En aquellos tiempos fue Napoleón la sierpe de las siete cabezas a la que había que acogotar. Todo lo malo lo encarnaba y todo lo que de él partiese tenía que ser combatido sin pensar en las cosas aceptables que a lo mejor traía consigo y que tal vez hubieran sacado a España de ese marasmo tocinero en el que su propia historia la había colocado.

¡Pobre emperador de los franceses, tan vapuleado por todos al final de sus días!: los que lo temían, los que le obedecían ciegamente, los que estaban dispuestos a dar la vida por sus ideas —que eran las de esa revolución surgida, al fin y al cabo, de lo más brillante del pensamiento ilustrado—, fueron los mismos que lo denostaron en su caída, los que lo aplastaron y envenenaron en el destierro. Y nosotros, mientras, ¿qué, Agustina? Gobernados por la reacción de ese rey nefasto y tuercebotas que no tuvo luego escrúpulos en llamar a los Cien Mil Hijos de la perra de San Luis para que persiguieran a tiros a los liberales en los que España tenía depositada la esperanza del progreso. Pero bueno, que me lío, el caso es que, cuando Napoleón entró en España para invadirla, lo hizo con la élite de su ejército, pero sin imaginarse que aquí encontraría resistencia. De lo más granado trajo el emperador: infantería, caballería pesada, caballería ligera, caballería polaca, cazadores, ingenieros, artillería ligera, granaderos, coraceros, fusileros, guardia imperial y ese presumido de su cuñado al frente del tinglado, el gran duque de Berg, mariscal de Francia, caracoleando petulante la melena por las calles de Madrid. Ninguno de ellos sospechaba aún que España habría de ser la tumba de sus aspiraciones. Parece mentira cómo una revolución que, tras guillotinar una dinastía de reyes y encumbrar la razón de comerciantes y filósofos hasta las cimas del poder asambleario, fuera capaz después de engendrar un personaje megalómano como Napoleón. Aquel advenedizo cogió el testigo de la sangre e hizo del ideal de libertad un mero guiñapo a su servicio. Pretendía imperar por la fuerza, gobernar un mundo sometido, pero se encontró a la postre con las uñas y los dientes de quienes identificaban lo extranjero con el mal y luchaban por la patria para expulsar al invasor.

¿Qué habría sido de España si José Bonaparte hubiera reinado de veras como su hermano pretendía? No lo quiero ni pensar. El emperador perdió su oportunidad. Tuvo en sus manos a los Borbones, en Bayona. El viejo rey Carlos solo quería que le dejasen en paz y acabar sus días plácidamente con su mujer y Godoy, el príncipe de la paz, por el que ambos chocheaban. Su hijo, el rey Fernando, había llegado hasta allí poco convencido, pero era también su prisionero. Napoleón lo tendría que haber eliminado: un veneno en la comida hubiera bastado, pero aquel miserable, mohíno y ruin, no representaba peligro alguno y por eso lo desdeñó. Razón tenía de sobra porque el rey era torpe además de infame, pero el error verdadero fue subestimar al pueblo español, que lo adoraba y defendía. Bastó la presencia de las tropas francesas por los pueblos y ciudades de toda España para que la gente hiciese de su rey causa común. Lo mismo podrían haber adorado a un becerro. ¡Panda todos de ignorantes! ¿Qué les dio al cabo su rey, sino más muerte y más tiniebla? Si José Bonaparte hubiera reinado en España en vez del tuercebotas, la historia no se habría repetido y ahora el país no estaría de nuevo enfrentado. A veces me pregunto, Agustina, si no habría sido mejor que los franceses ganaran la guerra. Habrían echado de por aquí a tanto cura milagrero, a tanto aristócrata enmohecido, a tanto señorito privilegiado por la herencia de la tierra. Los traumas de la nación, sus precariedades y contradicciones salieron todos a flote cuando Napoleón cruzó los Pirineos. Fue como si, de repente, España se hubiese dividido en dos bandos del todo irreconciliables, pero condenados a vivir y morir por siempre juntos, a matarse entre ellos una y otra vez en un eterno retorno fraticida. Una moneda con dos caras: por un lado, los ilustrados que deseaban que la nación se gobernara a sí misma con justicia igualitaria, desvinculada de noblezas, de privilegios y de iglesias; de otro, la tradición encarnada en ese dios católico, terrible y justiciero, simbolizada en el derecho divino de los monarcas, en los privilegios de los aristócratas y en las prioridades de los ricos y principales. Frente a ambos, el resto del pueblo, inculto e ignorante, regido por la única dictadura de su estómago, gobernado por el instinto de supervivencia y por el temor reverencial al poderoso, y bendecido en última instancia por el brazo hisopado de la religión.

Si, para la mayoría de los españoles, Napoleón, con cuernos y rabo, simbolizaba el mal, para otros constituía el único camino para salir de la tiniebla de los siglos. Mataperros, como tantos españoles echados al monte sin que nadie se lo pidiese, militaba sin saberlo en el bando de la tradición. Muchos de los guerrilleros acabarían, con los años, sirviendo a los carlistas y fusilando a los liberales desde las atalayas del fanatismo. Y por esos oteros andarán aún, pegando tiros a diestro y siniestro por los siglos venideros, hasta que entre en España otro Napoleón de las narices y ventile el país de una vez por todas.

En fin, que todo esto son cavilaciones que me traigo con los muchos años ya vividos, Agustina, y a fuerza de tener de sobra conocido el ganado que pasta por aquí. Otros se quedaron por el camino, y no miro a nadie, porque igual de malo es llegar a viejo que morirse a destiempo. Pero en aquellos días de la francesada no estaban las cosas tan claras como ahora yo las cuento, que es sabido que para todo juicio se necesita una distancia y que, en caliente, hasta el más justo se equivoca.

El caso es que aquella mañana salimos temprano los seis a caballo: Mojamas, la Romero, el niño Camuñas, Mataperros, el cura y yo, callados todos, mascando en silencio cada uno sus pesares. ¿Me dejaría aquel hombre en un convento como había asegurado? Valiente pamplina. ¿Qué iba a hacer yo allí metida? ¿Dulces de monjas? Mataperros estaba muy confundido con respecto a mí. Se sentía responsable y por eso pretendía ponerme a buen recaudo. Pero todo aquello era ridículo. En el fondo de nuestros corazones lo que todos queríamos era ir con él, pero a la busca de la Santa Camándula. Enardecidos por el cura, deseábamos arrebatársela a los franceses ladrones y darles, de propina, un merecido de a tiros.

—Si Mataperros no ayuda al cura tendrá el remordimiento para siempre —le había dicho a la Romero antes de partir.

—Cállate, niña. Cállate y abre bien los ojos, que hasta el final nadie es dichoso.

—¿Sabes lo que pienso, Romero?

—No, niña.

—Pues que Mataperros tiene miedo. En el monte se siente a gusto, pero a campo abierto le tiene miedo al francés. Por eso no le da la gana ayudar al cura.

—¿Tú estás tonta, niña? ¿Miedo ese? No sabes ni lo que dices. A Mataperrros tanto le da morir que matar. Nada le une a este mundo salvo la rabia que le tiene al francés. Si no va a por la reliquia, sus razones tendrá. Pero ya veremos lo que pasa. Tú no te anticipes.

La primera noche la pasamos vivaqueando en el repecho de un otero, junto a una fuente, en un lugar salpicado de bujes y retama. Mataperros prohibió encender hogueras pese al relente que caía, no fueran los franceses a adivinarnos la posición y aparecieran de repente a incomodarnos el sueño con la punta afilada de sus bayonetas. Tomamos una cena fría de las raciones que llevábamos encima y nos echamos a dormir. Nos colocamos los unos pegados a los otros, bien envueltos en mantas de esas tordas, de lana merina, a las que dicen zamoranas. Se organizó una ronda de vigilancia y se fueron turnando, cada tres horas, Mataperros, el niño Camuñas y Mojamas. A mí no me venía el sueño y me pegué lo más que pude a la Romero para paliar el frío con el calor seboso de su cuerpo. En mitad de mi vigilia oí al cura roncar como un bendito, pero también le escuché ponerse a hablar en sueños en una lengua rara que no tenía parentesco con ninguna de las escuchadas por mí hasta entonces. Pensé que fuesen latines, pero enseguida lo descarté. Entre ronquido y ronquido salían de su boca extrañas palabras que él encadenaba entre resoplidos, vagidos y gargarismos varios:

Ascucufrún eslozing esrrajánj. Ascalabán flusflún estronglo esglif.

Después de escucharle atenta durante un buen rato por si le cogía sentido a lo que decía, me amodorré con el fulgor de las estrellas y me quedé por fin dormida, ya en la raya del amanecer.

El segundo día de nuestra marcha despertó azul el cielo y despejado de nubes. El aire parecía poder beberse de lo cristalino que se nos metía en las gargantas, puro agua de manantial. Los ánimos de todos parecieron alegrársenos y hasta Mataperros, siempre grave de semblante, parecía cabalgar despreocupado. Dejábamos atrás las laderas de la sierra y el paisaje de pinos, acebos y bujedales pronto dio paso al de cajigales y carrascas. La sensación de soledad empezó a disminuir, tal vez porque los desfiladeros habían quedado a nuestra espalda y podíamos ya ver el horizonte en la distancia. En un momento del camino Mataperros se puso a cabalgar parejo al cura y empezó a hacerle preguntas sin aparentar demasiado interés. Quería saber sobre los pormenores del destacamento de soldados franceses que se había llegado hasta la iglesia de Fontenebro. El cura le fue contando lo que a él, a su vez, le habían explicado los zagales que vieron a los franceses huir al galope: cuántos eran, por dónde habían tirado y los destrozos que habían hecho en la iglesia. No pudo revelarle muchos datos más de los que él, con sus propios ojos, contemplara cuando regresó al lugar. Halló el cura la iglesia ensuciada con los cagajones de los caballos, todo patas arriba, el cuerpo del sacristán desprovisto de cabeza y todo encharcado a su alrededor con una sangre densa y basta, muy sorbida por las moscas. A juzgar por las pezuñas de las bestias no debían de haber sido más de diez los franceses que allí se presentaron, pero, por el desbarajuste que habían organizado, bien pudiera decirse que todo un regimiento de dragones hubiese participado en la debacle. Cuando el cura volvió, era ya casi de noche y todo estaba consumado. Según le contó a Mataperros estuvo hasta el alba limpiando, reparando los destrozos y velando al muerto. Ya por la mañana bajó al pueblo en busca de ayuda para dar cristiana sepultura al pobre sacristán. No podía contar mucho más de los soldados que se habían llevado la Santa Camándula. Seguramente habrían pasado por allí borrachos y, para divertirse, no se les habría ocurrido cosa mejor que acudir a la iglesia a profanarla y rapiñar cuanto en ella encontraran de valor. ¿Qué es para esa gentuza la vida de un pobre sacristán? Nada. Un entretenimiento más. Debió asomar la cabeza por el ventanuco de la sacristía al oír el estrépito de los caballos y los otros, para divertirse, se la cortarían de un mandoble de sable. Confiaba el cura en que, por lo menos antes de recibir el filo matador, les llamara lo que eran, unos hijos de perra, unos esbirros de Satanás. Mataperros siguió haciéndole preguntas, pero el cura sostenía no saber más que lo que ya le había contado. Aquel atajo de franceses andaría aún por la comarca, haciendo de las suyas, saqueando iglesias para hacerse, con lo robado, una buena bolsa con la que acaso sostenerse en su vejez, si es que antes no se la gastaban en juergas y en mujeres.

Mataperros le observaba de reojo desde la grupa de su caballo, sin interrumpirle apenas el discurso, intentando sopesar el alcance de sus palabras, como si dudara de que fueran verdad. ¿Qué se le estaría pasando por la cabeza? He de confesar que yo no descartaba la idea de que aquella salida del campamento hubiera sido solo una estratagema para auxiliar al cura sin poner en peligro al resto de los hombres de la partida que, como era comprensible, hubieran querido participar en la proeza. Por lo que a mí se refiere, tampoco andaba yo muy convencida de que me fuera a soltar sin más allí, en lo de las monjas. No sé cómo ni de qué manera, pero dentro de mí tenía la convicción de que mi destino inmediato se hallaba, sí o sí, vinculado a Mataperros. La verdad es que muy desencaminada tampoco iba, aunque ni de lejos podía llegar a imaginarme entonces la verdadera trascendencia que para todos nosotros habría de tener aquella empresa.

Yo cabalgaba y aguardaba callada igual que un muerto, a la espera de que los acontecimientos mudasen el camino que teníamos por delante. Mataperros no gastaba la saliva así como así. Si le andaba dando palique al cura tenía que ser por algo que deseaba sonsacarle. Sus planes solo él los conocía, pero la intención podía adivinársele a la legua, o al menos eso era lo que yo quería pensar.

Cuando al cura se le acabaron los detalles del expolio, se entretuvo en dar rienda suelta a la milagrería de la reliquia y no paró de contar curaciones múltiples propiciadas por la Santa Camándula, promesas efectuadas en su nombre, venganzas cumplidas, amores logrados, sueños conseguidos y toda una serie de sucedidos, mitad leyenda, mitad despropósito, divulgados por las gentes y magnificados por la ignorancia y la simpleza. Sin embargo, a Mataperros no parecía interesarle en absoluto aquella retahíla de historias que el cura largaba sin parar, pues, tras haber obtenido toda la información que precisaba, se adelantó con el caballo y nos dejó a los demás cabalgando a su cola.

Al caer la tarde del segundo día de marcha nos incorporamos al camino que, desde Covarrubias, sigue hasta Aranda. Mataperros nos dio instrucciones para que representásemos un papel, por si nos cruzábamos con alguna patrulla de franceses o por si alguien en el camino nos pedía cuentas de quiénes éramos y adónde nos dirigíamos. Ideó que nos hiciéramos pasar por viajeros que acudían a Burgos a las exequias de un familiar. Mojamas y la Romero serían marido y mujer; Mataperros y el niño Camuñas, padre e hijo, todos familia del finado y ávidos, por tanto, de liquidar su herencia. Yo me haría pasar por huérfana, hija de un hombre principal de las indias de ultramar, venida a estas tierras en cumplimiento de una manda para ser acogida por las hermanas clarisas en el convento de Santa María del Poyo. El cura tendría el encargo de llevarme a mi destino. Habíamos coincidido en aquel trecho del camino e íbamos juntos para darnos compañía y garantizar nuestra seguridad.

Mataperros tenía la intención de llegar, al caer la noche, al Corral del Gato, un mesón en las orillas del camino donde comeríamos caliente y dormiríamos en un jergón. Era aquel un lugar frecuentado por ladrones, espías y gentes de poco fiar, por lo que le dijo a Mojamas que al llegar indagase, a ver si averiguaba algo de la reliquia o de los franceses que se la habían llevado. Los rumores corrían veloces por los caminos y, en lugares como ese, la información podía comprarse por precio o por favores. El último tramo hasta el Corral del Gato nos resultó incómodo y tedioso. El silencio imperó en nuestras bocas. Estábamos cansados, malcomidos y nos apetecía calentarnos delante de una lumbre. A pesar de las precauciones tomadas no nos topamos con nadie, salvo con un pobre arriero medio trastornado por el terror, que venía huyendo de Vitoria.

—Allí todo es desastre y porquería. Para cambiar de acera la gente tiene que abrirse zanjas a golpe de azadón, de tanto excremento que hay en medio. Hay hambre por todas partes y la gente se come hasta las ratas. ¡Malditos franceses! Prefiero que me coma un lobo antes que inclinarme ante un francés.

Llegamos al Corral al caer la noche. El frío se había vuelto intenso y las nubes cubrían nuestras cabezas con amenaza de tormenta. Dejamos los caballos en el establo y entramos en el comedor. El lugar era grande y la chimenea ardía con leña suficiente para calentar la estancia. Unos candiles que apestaban a tocino alumbraban las mesas. No había mucha gente por allí: tres viajantes cenando sopas en una mesa, dos hombres más con una jarra de vino y un tipo que cenaba solo de espaldas a la puerta. Ninguno se volvió al sentirnos entrar y siguieron a lo suyo, como si tal cosa. El mesonero salió a recibirnos y nos indicó una mesa a la que sentarnos. Entonces miré hacia la derecha y me dio un vuelco el corazón. En un recoveco de la estancia, tres oficiales franceses daban buena cuenta de unos cuartos de cordero. Al percatarse Mataperros de la amenaza, nos hizo un gesto reposado con la mano para insuflarnos tranquilidad.

—Comportaos como si no estuvieran —nos dijo en voz muy baja—. Si hay problemas, nos tiramos a sus cuellos y sanseacabó.

Los franceses apenas se fijaron en nosotros. Andaban entretenidos con el vino y el asado. Reían entre ellos y comían con las manos. Nos sentamos lejos y pedimos de cenar. Cuando nos quisimos dar cuenta, el posadero, un hombre enjuto y encorvado, de mirada siniestra y con aspecto mugriento que respondía al nombre de Florián, ya nos estaba haciendo preguntas comprometidas: que si quiénes éramos, que si adónde nos dirigíamos, que si habíamos tenido buen camino, que si cuánto tiempo pensábamos quedarnos por allí.

—Pasaremos la noche —le respondió Mataperros, tajante—. Mañana temprano proseguiremos nuestro viaje.

—Bien quisiera yo darles buen acomodo —dijo, con falsa modestia, el mesonero —, pero mucho me temo que no vaya a poder ser. Esta noche tengo los cuartos al completo. Tres más que solía usar se me han venido abajo al derrumbarse una parte de la techumbre, por lo que no les quedará más remedio que echarse a descansar aquí, al calor del hogar. Eso sí, jergones aireados no les han de faltar.

—Así estará bien. Estamos acostumbrados a la intemperie —respondió, parco, Mataperros.

—Usted no lo estará tanto, ¿verdad, padre? —le dijo al cura el mesonero.

—Yo con un vaso de vino me conformo, hijo mío, que la sangre de nuestro Señor Jesucristo basta para aliviarnos los padecimientos y hacer que las penas se lleven mejor.

—Pues entonces, vino que no les falte. ¡Será por eso!

Dentro de su laconismo, Mataperros representó su papel lo mejor que supo, pero el mesonero, hombre habituado a la doblez y a la impostura y al que no se le engañaba con triquiñuelas, enseguida se percató de que para nada éramos lo que decíamos ser. Debió de olernos el aire de la sierra o tal vez se fijara en los rostros curtidos y montaraces de Mojamas y la Romero, pero el caso es que nos echó de reojo dos miradas con las que vino a decirnos que ni con queso se la dábamos.

Nos trajo la cena una muchacha oronda que escanciaba las jarras y atendía los fogones. Se llamaba Juana y tenía una sonrisa simpática a dos carrillos que daba gusto verla. Comimos guiso de verduras, un poco de salpicón de liebre y unos torreznos grasientos con los que nos llenamos las tripas a discreción. El vino tampoco nos faltó.

Cenamos en silencio, atentos a los franceses de la mesa cercana, no fuesen a jorobarnos el apetito con una pregunta inoportuna. Uno de los oficiales, un muchacho con pinta de bisoño que tenía el pelo color melaza y los párpados saltones como los escuerzos, no me quitaba el ojo de encima. Mataperros se percató de su interés por mí, pero disimuló e hizo como si nada sucediera. Me imaginé al francés abriendo la boca y sacando de dentro una lengua larga y pegajosa, cuya punta llegase hasta mis labios para posarse sobre ellos y libarlos sin parar. Me eché a reír para mis adentros cuando pensé que, si aquello sucedía Mataperros sacaría la navaja y se la cortaría de un tajo en dos. Cuando estábamos a mitad de la cena, aquel oficial, a todas luces muy bebido, se levantó de la silla y, con pasos tambaleantes, se acercó a nosotros. Sostenía entre las manos una jarra de vino; la movía hacia los lados y salpicaba el suelo. En el extremo de la mesa, por debajo de la manta que tenía puesta en el regazo, vi asomar el cañón de la pistola del niño Camuñas.

Todos contuvimos la respiración. El oficial francés se detuvo a nuestro lado y apoyó la palma de su mano en la mesa para estabilizar el equilibrio. Tras unos segundos de silencio, sacó una sonrisa imbécil y escanció un vaso para la Romero y después otro para mí.

—Mujeres bellas —dijo gangoseando—. Hay que brindar por las mujeres bellas. ¡Vivan las mujeres bellas de España!

La Romero no había visto nunca un francés tan de cerca sin antes haberle hundido en el vientre una navaja, pero esta vez se contuvo por no echar a perder la cena que quedaba y apuró el vaso que se le ofrecía. Después, miró al oficial con desagrado, torció la cabeza y escupió al suelo en señal de desprecio.

—Dices bien —le respondió acto seguido—, pero vosotros, los gabachos, no tenéis arrastres para tratarnos como merecemos, que sois todos una panda de esmirriados.

El oficial quedó aturullado con aquella palabrería que no debió de entender del todo: el desconcierto afloró en su cara unos segundos; sin embargo, era tal la sorna con que le había hablado la Romero que hasta debió hacerle gracia la confusión y, al no saber muy bien qué hacer, optó por echarse a reír.

—¡Vivan las mujeres españolas! —volvió a decir levantando la jarra de vino—. ¡Bravo por las mujeres bravas! —El oficial nos brindó una sonrisa de satisfacción y se retiró a su mesa, complacido. Mataperros apartó la mano de la culata de su arma y pudimos dar cuenta de la cena sin más interrupciones que las numerosas peticiones de Juan Mojamas a la mesonera para que nos rellenase la jarra con vino de ese aguado que se servía por allí.

—¿Otra jarra?

Tú sí que sabes, muchacha. Llénala hasta arriba esta vez, que el vino que nos sirves parece de manantial.

Y la chica, entre risas y zalamerías subidas de tono, se la iba llenando una y otra vez ante la mirada vigilante de Mataperros.

El cura no se andaba a la zaga de Mojamas en cuanto a lo de empinar el codo, pues se daba sus buenos viajes con la jarra, sin apenas recato, con poca prudencia y con menos contención. Resultaba chocante ver a aquel hombre de iglesia propasándose con el vino de esa manera casi bacanal. A cada sorbo que daba se le inflamaban los mofletes con el color caliente de la sangre. Apenas cataba comida el condenado, pero por cada sorbo de los otros él se metía a lo mejor tres para el buche. Mataperros se dio cuenta de aquella afición desmesurada del sacerdote por el vino, que dejaba en pañales a la de Juan Mojamas, bebedor de sustancia donde los hubiera. Ambos entrechocaban los vasos y brindaban entre sí. Mojamas le decía al cura que no se apurase por lo suyo, que tarde o temprano, con su ayuda o sin ella, encontraría lo que buscaba y que lo devolvería al sitio que le correspondía en la iglesia de Fontenebro. El cura asentía y se echaba a lagrimear por la pérdida. Luego, pedía más vino.

—Moza, tráenos otra jarra más, que la condescendencia del Señor es grande para con las ovejas de su rebaño.

Pero aquel cura no se limitaba a darle al tinto a base de bien: cada vez que venía la muchacha con una jarra llena y se inclinaba para dejarla sobre la mesa, le echaba la mano por detrás de la cintura y le pellizcaba el trasero con poco disimulo, lo cual no dejaba de ser sorprendente dados los hábitos que profesaba aquel sobón. La moza, interesada, se dejaba hacer por si sacaba algo del juego, pero el toqueteo que se traían no se nos escapó a ninguno.

Los oficiales franceses terminaron de cenar. Pagaron al mesonero sin discutirle lo exagerado del precio que les cobraba y se marcharon dando traspiés. Uno de ellos, antes de salir por la puerta, se volvió hacia nosotros, apretó el puño en la empuñadura del sable y, con palabras seseantes, nos dijo que tuviéramos cuidado por los caminos porque estaban llenos de bandoleros y de ladrones, y que, si teníamos algún contratiempo, no dudásemos en buscar su ayuda en el regimiento que estaba acampado en un pueblo cerca de allí. Acto seguido dio un taconazo en el suelo, hizo una inclinación absurda de cabeza y se marchó con sus colegas haciendo eses, a seguir matando patriotas españoles a la mayor gloria de su emperador.

—Si se topan estos ahora con alguno de la partida del Canene o del Pelambres, les untan el tocino en pan sin darles tiempo a percatarse de que les vacían las entrañas —comentó la Romero cuando se hubieron marchado.

Ella era harto descriptiva para con las cosas del cuerpo a cuerpo y muchas de las veces que hablaba no se distinguía si lo hacía de guisos y pucheros o de franceses desventrados con mandobles de navaja. La verdad es que, tal y como iban de puestos aquellos oficiales, de toparse ahora con algún guerrillero sus vidas irían al infierno en un pispás. Allá ellos y su destino, que tampoco era asunto mío ponerme a velar por la salvación de sus almas.

Las otras gentes que andaban cenando en la posada se fueron yendo sin decir ni mu. El miedo era grande y una palabra de más podía comprometer. El hombre que teníamos de espaldas en la mesa más alejada también se retiró a descansar. Durante todo el rato me había pasado desapercibido, pero ahora que me fijaba en él me daba la impresión de no ser como los demás. Su indumentaria no era la de un arriero, precisamente. Se levantó de su silla, plegó su capa sobre el brazo, se caló el sombrero bien calado y, sin apenas girar la cabeza, nos dio las buenas noches y fue a perderse escaleras arriba. El corazón me palpitó, pero no quise hacerme caso. Sería el vino bebido de más.

El comedor se quedó vacío y en penumbra. El mesonero se acercó entonces a nuestra mesa con un buen plato de queso que nos traía de balde.

—Es del bueno, bien curado. Coman, que les gustará.

Aprovechó aquel hombre su detalle para intentar sonsacarnos información: que si de dónde éramos, que si adónde íbamos, que si sabíamos esto o aquello, que si por el camino habíamos visto guerrilleros… y otras preguntas más que él dejaba caer bien acicaladas para que no se le notasen demasiado los pormenores de su curiosidad, pero Mataperros no era tonto y tenía de sobra medido el alcance de todo aquello, con lo que solo monosílabos salieron de su boca. En un momento dado, aprovechando que los demás rubricábamos la cena dando buena cuenta de aquel queso que, todo hay que decirlo, era un manjar, Mataperros se retiró con el posadero a un lugar aparte con el pretexto de ajustar con él las cuentas del hospedaje.

—Déjeme, padre, que me haga yo cargo de sus gastos, que lo que usted ahora se ahorra seguro que en misas por mi pariente fallecido lo dará.

—Bien dices, hijo mío, que las cosas de Dios siempre han sido harto costosas y es menester alimentar a los que le sirven con modestia y humildad.

Me intrigó lo que pretendía Mataperros tratar en privado con aquel hombre. Le dije a la Romero que tenía que salir a orinar y me esfumé. Tuve que husmear por todas partes hasta dar con ellos. Estaban más allá de las cocinas, en un cuarto con grandes tinajas que debía de servir de despensa. De allí salía aire frío y con olor a moho. La puerta entreabierta dejaba escapar sus voces. Me acerqué sin que me vieran y me esforcé lo más que pude en escuchar lo que hablaban.

—Llega desde Vitoria una división de quinientos dragones a caballo con unos dos mil soldados de infantería —decía el mesonero—. No se sabe el destino que llevan, pero todo apunta a que quieren tomar Burgos. Andan mandando escuadrones por todas partes para tantear el terreno. No se fían de lo que vayan a encontrarse. En cuanto se apartan del Camino Real todo se les vuelve calamidades. —El mesonero hablaba bajo, casi en un susurro discontinuo—. Son soldados recios, curtidos en batallas importantes. Vienen de Austria y de Prusia. Lo sucedido en Bailén ha dejado a Napoleón asustadito. Ahora ya sabe lo que se le va a venir encima si se empeña en quedarse por aquí.

—¿Eran de esos los franceses que saquearon la iglesia de Fontenebro? — preguntó entonces a quemarropa Mataperros.

El posadero se quedó extrañado, como si aquella pregunta no viniera al caso.

—¿La iglesia de Fontenebro? ¿Allá por Foncebadón? —El posadero se rascó la nuca y puso cara de no gustarle mucho aquel asunto—. Poco sé yo de eso —continuó —. Los caminos traen noticias, pero a menudo llegan confusas. Estos soldados que andan por aquí son disciplinados y no se apartan de las columnas, ni aunque se lo ordenen los oficiales. Saben que les va la vida en ello. Es verdad que cuando entran en un pueblo arrasan con lo que pillan, pero no suelen cebarse con las cosas de Dios. ¿Quién le ha hablado a usted de lo de Fontenebro?

Mataperros evitó responder a la pregunta que se le hacía.

—Dicen que llegaron al galope, mataron al sacristán y profanaron la iglesia.

—Cosas peores se han visto —repuso el posadero, indiferente.

—¿Sabe si se llevaron algo de allí? —insistió Mataperros para tirarle de la lengua.

—¿Algo de qué?

—Algo de valor.

—Algo se llevarían. Tal vez una reliquia —insinuó el posadero.

—¿Una reliquia? —repitió Mataperros simulando extrañeza—. ¿Para qué van a querer los gabachos una reliquia si son todos de la cuerda de Satanás?

—A lo mejor para dársela a él —ironizó el posadero. Se aproximó entonces a Mataperros y, como queriéndose ganar su confianza, fue y le dijo en voz muy baja:

—¿Por qué le interesa a usted saber de Fontenebro? Dígamelo que de mí puede fiarse. Por este mesón pasan gentes de todos los lugares, de todos los pelajes, de toda condición. Aquí se hacen tratos, se dicen cosas, se venden favores… usted ya me entiende, y de esos tratos vamos tirando los demás. Yo abro las orejas y ato cabos. Luego negocio si se tercia. Negociar no hace mal a nadie, ¿no le parece? En la transacción está el futuro, amigo mío. Usted seguro que también guarda algo con lo que poder negociar. No tiene mucha pinta de ser un aldeano camino de Burgos para asistir a un funeral. Pero descuide que aquí somos todos patriotas y por el rey Fernando hacemos lo que sea menester. Por eso le conviene a usted tener cuidado y avenirse a negociar. Dígame lo que usted sabe y yo le diré lo que quiere saber.

El discurso de aquel hombre era nauseabundo. Florián, el posadero, pertenecía a esa categoría de gentes sin más principios que los que se derivan del propio provecho. Barateros, especuladores, gangueros, intermediarios, gentuza sin escrúpulos capaz de privarle a un niño hambriento de un mendrugo con tal de dar satisfacción a su propio interés. Bien merecerían todos ponerse a criar malvas. Chusma dañina que se vende al mejor postor y aparenta luego una dignidad de la que carecen por completo. Traficantes de carroña. Desechos de escorial.

—¿Quiere saber de la iglesia de Fontenebro? —continuó tanteando el posadero —, pues dígame de dónde ha salido la muchacha que va con el cura. No tiene la facha de ser de por aquí. Negocie conmigo y saldrá bien parado. Todo se acaba sabiendo en los caminos, y hasta mis oídos han llegado los rumores de un carruaje asaltado y de un inglés en paños menores abandonado a su suerte junto a su hija y a su mujer. ¿Le suena el asunto? Dicen que les entregó a unos bandidos la dama de compañía con la que viajaban, una ingrata con cara de sabandija venida de las colonias de ultramar. Se anda buscando a los culpables. El corregidor, que es hombre afrancesado, no quiere desmanes por la comarca; ha puesto precio a sus cabezas. Dicen que son de la partida de Mataperros. Los franceses le han prometido cosas magras si mantiene el orden en los caminos. No hace falta mirarlos muy de cerca para adivinar que ustedes han bajado de los montes. Eso salta a la vista. ¿Son patriotas? ¿En qué partida andan? Gentes del Chambergo no parecen y, para ser de los de Francisquete, andarían muy al norte. Todo es trato en la vida, amigo mío. Negocie usted conmigo y saquemos de este asunto ventaja los dos.

—No es mi negocio sacar ganancia de la necesidad de los demás.

—Su negocio es querer saber lo que no sabe.

—¿Y qué es lo que no sé?

—Por los caminos se dicen cosas, ya le digo, pero vaya usted a saber si son verdad.

—¿Qué cosas son esas que se dicen?

—Que en la iglesia de Fontenebro mataron unos dragones al sacristán, cuando lo cierto es que allí no había ninguno.

—¿Ninguno? ¿Y el muerto entonces?

—Quién sabe, a lo mejor era el mismísimo cura. Llegan confusas las noticias y no se lo podría asegurar.

—¿Qué más puede decirme de lo sucedido en Fontenebro?

—Qué el muerto era hombre viejo en todo caso y que no se pudo defender.

—¿Y eso de qué me sirve a mí saberlo? —le replicó Mataperros escurridizo.

—Ni lo sé, ni me importa, pero es información al fin y al cabo y otro en su lugar bien haría en considerarla. Son estos tiempos de mucho engaño y el diablo se disfraza de lo que no es. Hay que andarse con cuidado y tener los ojos bien abiertos. Usted ya me entiende, amigo mío.

Mataperros se le quedó mirando con fastidio. Chispas le saltaban de los ojos. No dijo nada, sin embargo. Calibraba el efecto de su silencio. En otras circunstancias tal vez le hubiera vaciado de información a punta de pistola, pero aquella noche se contuvo. Se oyó a la Romero vocear mi nombre de repente y aquella conversación se interrumpió.

—¡Rosario, Rosario! ¿Dónde te metes, condenada? Ayúdame a varear estos jergones que están más duros que las piedras del río.

Mataperros y el mesonero miraron hacia la puerta y yo salí corriendo a escape. ¿Me habrían visto espiándolos? Ni pensar quería en lo que podía ser de mí como Mataperros me hubiera pillado. De momento, tenía bastante con lo que había escuchado de su conversación. Aquel hombre que decía ser el cura de Fontenebro nos había engañado en lo de la muerte del sacristán y daba la casualidad de que el posadero lo sabía. ¿Por qué le habría mentido a Mataperros? Y, sobre todo, ¿qué interés verdadero tenía en recuperar la reliquia de la Santa Camándula? Eran preguntas, de momento, sin respuesta. Veríamos lo que Mataperros hacía ahora con él.

Llegué al comedor por la puerta de atrás. Juana, la moza de la posada, había extendido varios jergones sobre el suelo, en frente de la chimenea, y la Romero estaba ahora aderezándolos con mantas para dormir.

—¿Dónde diablos te habías metido, mujer?

—Hacía de vientre —le respondí llevándome las manos al estómago como si la tripa me doliera.

—¿Lo ves? Eso te pasa por llenarte la panza. Siempre estamos con lo mismo. Primero a atiborrarnos y después a vaciarnos, y así una y otra vez. ¿Y qué es lo que sacamos entremedias? Lorzas por todas partes. ¡Y ay del que no coma!, porque se muere. ¡Y ay del que no cague!, porque revienta. Tristes vidas las nuestras, metidas en estos cuerpos repletos de inmundicia. Y menos mal que somos españoles, que los de los franceses huelen aun peor.

Mataperros regresó entonces al comedor junto al posadero. Tenía la cara contrariada, más todavía que antes, y tuve miedo de que fuese a tomarla conmigo.

—Mañana al alba nos iremos —le dijo a Florián—. Tenga preparados los caballos y puestas algunas raciones en los talegos. Aún nos queda buen trecho que cabalgar y no quiero que andemos cortos de alimentos.

—Lo que usted me mande, señor —repuso el posadero con fingida sumisión—. Yo estoy aquí para servirle a Dios y a usted y al rey de España. ¡Juana! —gritó azorado—, ponles unos vasitos de moscatel a estos señores de mi parte para que se vayan a la cama con buen sabor de boca por lo menos.

Juan Mojamas, que se había acomodado ya en su jergón, asomó los dientes con una sonrisa ridícula, más de conejo que de felicidad. La idea del vino moscatel le había espabilado la duermevela. Se frotó las manos y se dispuso a paladear el asunto. La moza sirvió con generosidad notoria los vasos del convite. El cura de Fontenebro, sentado en su jergón, aprovechó la ocasión para restregarle bien entera la palma de la mano por todo aquel planeta indómito que respingaba su juventud. No todos se percataron de la maniobra, pero yo sí me fijé. ¿Ese un cura? No, a mí no me la daba ya más, y supuse que tampoco a Mataperros. Todos bebimos entusiasmados menos él, que, desabrido como era, rehusó. Iba ya siendo tarde y el viento de fuera dibujaba remolinos de hollín en el tiro del hogar. Por la mañana, el alba saldría nueva para todos y las sendas tenebrosas de los caminos se disolverían con la luz del sol. Ahora había llegado el momento de descansar y de olvidarse para siempre de las penalidades de la jornada. El día siguiente se aproximaba poco a poco y prometía ser crucial.

La noche transcurrió con sobresaltos. Aunque los jergones sirvieran de consuelo a nuestros huesos doloridos, las circunstancias no nos los dejaron disfrutar como teníamos merecido, sobre todo a mí, que estuve en vela triscando por los corredores de la posada como ahora contaré.

Mataperros no se acostó cuando lo hicimos nosotros. Dijo que el sueño no le acompañaba todavía y que se quedaría vigilando la entrada en el zaguán. Tal vez temiera la llegada intempestiva de algún destacamento francés, a lo mejor propiciada por los mismos oficiales que habían estado cenando a nuestro lado, o quizá fuera que sospechase alguna delación por parte de Florián el posadero. Anduve un buen rato cavilando en mi jergón sobre lo escuchado en la conversación que Mataperros mantuvo con él. ¿Sería verdad que al cura de Fontenebro le habían matado los franceses? Si eso era así, ¿quién era entonces ese hombre que se hacía pasar por él? ¿Por qué, aun a riesgo de su vida, había subido a la sierra en busca de ayuda? Aquello no dejaba de parecer extraño. Tal vez lo que contara el mesonero no fuese cierto. Tal vez hubiera instilado aposta la mentira en las orejas de Mataperros, sabe Dios con qué propósito. ¿Cómo averiguar la verdad? Mataperros, sin embargo, no había hecho a nadie partícipe de su descubrimiento. ¿A qué estaría esperando? Al día siguiente tomaríamos ya el Camino Real y el cura quedaría a su albedrío para ir a donde le viniese en gana. No quedaban muchas ocasiones para desenmascararle.

Las últimas luces se apagaron y todo quedó en silencio. Con los ruidos de la noche, ese mundo invisible de gorgoteos inexplicables empezó a florecer a mi alrededor. Crujía el techo, gemía el adobe, hollaban las vigas los paseos de ratas y cucarachas, ululaba el viento en el hogar y, de vez en cuando, algún pedo tormentoso que la Romero soltaba a pierna suelta asomaba su hedor. Debía haberle sentado bien la cena y las tripas le agradecían con semejante melodía el ser llenadas con generosidad. Todos se durmieron enseguida menos yo, que permanecí en vela cavilando sobre lo que habría de hacer en cuanto Mataperros me dejara en el convento. Por las noches no es bueno dejar correr el pensamiento con divagaciones desmesuradas porque todo se presenta turbio y turbulento, y hasta lo esclarecido por la luz del sol se nos muestra tiznado de desesperanza. Me levanté y salí de puntillas. Al pasar por delante de Mojamas pareció despertarse, pero se dio media vuelta y siguió roque. Por un momento tuve la sensación de que, en realidad, se estaba haciendo el dormido y que me estaba espiando con un ojo abierto y el otro no. Caminé unos pasos más y me detuve. Le miré de refilón, pero allí seguía sin mover la postura, roncando de maravilla, con la boca entreabierta y esa barba de bendito, blanca como miga candeal, que le chorreaba por el cuello. Salí de allí y, caminando con sigilo, me dirigí hacia el zaguán. Distinguí a Mataperros, un bulto entre las sombras. Mascaba sus pensamientos en la soledad de la estancia. ¡A saber qué digestión le estarían dando! Era fría y venteada la noche; noche desapacible, noche de lobos al acecho y de traidores ahorcados en los árboles. Mataperros se había envuelto en una manta y estaba acurrucado detrás de unos sacos de forraje que allí se amontonaban. Vi el humo de su cigarro desliéndose al contraluz del candil que colgaba en el portalón. Nada le dije; no quise hacerme notar. Durante un buen rato lo estuve observando desde lejos, recorriendo una y otra vez la silueta angulosa de su cara, a ver si le sacaba alguna expresión. Tentada estuve de acercarme a él y de hablarle. Tal vez lo recogido de la hora y la penumbra del zaguán liberaran su corazón y propiciaran alguna confidencia, pero un instinto extraño, como de vida o muerte, me lo impidió. ¿Le tenía miedo o acaso era otro el sentimiento que me impedía aproximarme? No quise profundizar en la respuesta so pena de salir mal parada, así que opté por regresar al comedor y echarme de nuevo a dormir junto a los otros. Cuando entraba en la estancia vi al cura levantarse de su jergón. Se puso de pie y empezó a andar de puntillas. Intrigada, lo seguí. Salió por la puerta que comunicaba con las cocinas y después atravesó un pasillo hasta llegar a una cancela de troncos ensamblados por sogas que comunicaba con el establo. Entró. Gracias al mecanismo de una polea, la cancela se cerró tras de sí. Me acerqué a toda prisa. No quise abrirla y me puse a mirar por una de las rendijas que dejaban las junturas. ¡Ilusa de mí! ¿Qué pensaba que iba a descubrir? Allí nada había salvo el cura orinando. ¡Válgame Dios, qué espectáculo para contemplar! Me reí para mis adentros, no porque me hiciera gracia el chorro del sacerdote, sino por mi infundada suspicacia. Decidí volver al jergón e intentar conciliar el sueño, y así lo hice. Me acosté, sin embargo, con los ojos abiertos. Mucho me temía que tampoco esta vez pudiera dormirme. Aguardé un buen rato, a ver si me venía el sopor, y entonces caí en la cuenta de que el cura no había regresado todavía. Me levanté a toda prisa y corrí hacia el establo. Miré por las rendijas, pero no vi nada. Abrí entonces el portón, pero tampoco había nadie dentro. El falso cura se había esfumado, ¡fus!, como gato escaldado. Pensé en regresar al zaguán y alertar a Mataperros, pero si lo hacía y le revelaba que había estado escuchando su conversación con el posadero de seguro que se enfadaría conmigo, y aquello era lo que menos me convenía en aquel instante. Por otro lado, estaba convencida de que me había visto espiándolos, así que nada tenía que perder. Ante aquel dilema no supe qué hacer y, al final, decidí volver al jergón. Intenté cerrar los ojos para que el sueño me llegara, pero pronto empecé a oír ruidos en el piso de arriba, puertas que chirriaban, pasos sobre la madera y siseo de palabras llevadas en el aire. Volví a levantarme. Subí por una escalera que comunicaba con la parte trasera del mesón. Vi la luz de un candil que a duras penas iluminaba lo largo del pasillo. Asomé la cara desde el quicio de la escalera. Me pareció ver a Juana, la moza de la fonda, pero su silueta desapareció por la puerta de uno de los cuartos que de repente se cerró. ¿Estaría el cura ahí dentro?

Aguardé unos minutos a que algún ruido me corroborase lo que yo imaginaba que estaba ocurriendo tras la puerta, pero el silencio era tan absoluto que me desconcerté. De repente oí unos crujidos que esta vez procedían del piso de abajo. Eran pasos que subían hacia mí. Corrí a esconderme y me metí en el hueco que hacía la escalera al doblar hacia el desván. Alguien se acercaba. Oí el rechinar de la escalera. Subía despacio, procurando no hacer ruido. Era Florián, el posadero. Vestía camisón de dormir y en la mano llevaba una palmatoria que humeaba de manera pestífera y que olía a sebo quemado. Se acercó al cuarto en el que se había metido la muchacha y llamó a la puerta con los nudillos. La puerta se abrió y el posadero se metió dentro rápidamente y sin decir palabra. Volví a acercarme hasta allí. Puse el ojo en la cerradura, pero nada se veía. ¿Qué estarían haciendo dentro el cura, el posadero y la muchacha? De nuevo estuve tentada de alertar a Mataperros, pero otra vez me eché para atrás. Sería mejor dejarlos a los tres hacer a su antojo, así me cabía la esperanza de oír algún retazo de conversación que pudiera darme un indicio de lo que andaban tramando. Reconozco que la curiosidad derrotó al sentido común, pero ahí me quedé quieta, sin mover ni las pestañas, aguardando una palabra, un sonido, un mero indicio que me sirviera para averiguar qué se estaba tramando allí dentro. Tras un buen rato de espera infructuosa, retrocedí de nuevo hasta el hueco de la escalera y allí me acurruqué aguardando acontecimientos. No sé cuánto tiempo estuve así. El cansancio me hacía bostezar y las cabezadas me indicaban que el sueño me estaba venciendo. Estuve tentada de volverme al jergón, olvidarme de todo y echarme a descansar. Hacía frío. Debí quedarme dormida porque las piernas se me entumecieron por completo. Sentí dolor e intenté levantarme. Hice un esfuerzo inútil. Aquella postura me había dejado paralizada. Lo volví a intentar, esta vez agarrándome con ambas manos a la barandilla de la escalera. Lo estaba consiguiendo cuando, de pronto, sentí una brisa helada a mis espaldas. Sin saber por qué, intuí una presencia extraña. Me quedé quieta, asustada, conteniendo la respiración. Una ventana debía haberse abierto, pues una ráfaga de aire ventiló el pasillo. Oí pasos metálicos, como si alguien provisto de espuelas anduviera paseando por allí. Sin moverme una pizca de donde estaba giré los ojos para ver quién era, y lo que vi me asustó: un hombre alto, embozado en una capa color cuervo y con un sombrero calado hasta las cejas venía caminando hacia mí desde el otro lado del pasillo. No le pude distinguir de la cara salvo lo rectilíneo de su nariz. Al pasar por delante de donde andaba yo escondida me llegó un aroma intenso a flores frescas que achaqué a uno de esos pañuelos perfumados que suelen usar los petimetres para espantar el hedor. Con casi total seguridad aquel hombre era el mismo que había estado cenando unas horas antes en la mesa más apartada del comedor, pero ahora, de cerca, su figura parecía más sombría y fantasmal. El hombre se detuvo ante la puerta por la que había entrado el posadero y llamó golpeando con el puño cerrado. Se abrió al instante, entró en el cuarto y la puerta se cerró.

El sueño se me esfumó por completo con aquella aparición. Cuando la posada quedó de nuevo en silencio, asomé la oreja a la puerta para ver si esta vez captaba alguna conversación. No me cupo duda alguna. Los gemidos de placer eran palmarios. Aquello no tenía demasiado sentido, sin embargo: ¿el posadero, la moza, el hombre de la capa y el falso cura allí metidos, todos en revoltijo carnal? Raro asunto era ese, cuando menos; raro por no decir abominable. No quise esperar a que acabasen con lo suyo. Esta vez me decidí a avisar a Mataperros. Bajé las escaleras saltando los peldaños de dos en dos. Salí al patio trasero y di la vuelta rodeando el muro para entrar al mesón por el zaguán. Mataperros se había quedado adormilado junto a los sacos y, al no reconocerme, me apuntó con su pistolón.

—¡Alto ahí! ¡¿Quién vive?!

—¡Soy yo, Rosario, no te alarmes! —le dije jadeando—. Tienes que venir conmigo, corre, no sabes la que se está montando ahí dentro.

Él, sereno, me preguntó qué sucedía. Le conté que había visto al cura meterse en uno de los cuartos junto al posadero y a otro hombre, pero sin darle más detalles al respecto. Mataperros recelaba de lo que le decía, pero le convencí para que me acompañara al piso de arriba. Al atravesar el comedor se acercó hasta los jergones para cerciorarse de que el cura no estaba allí. La Romero roncaba a su albedrío, pero, aunque sus ronquidos tronasen de lo lindo no eran suficientes para alterar el sueño de los demás. Mataperros se agachó y meneó el jergón en el que el cura se había acostado. Para mi sorpresa, este emergió de entre las mantas con la cara macilenta, como de cera. Entonces se puso a toser y a proferir arcadas largas, sonoras y desagradables.

—Me ha sentado mal el vino —dijo con un hilillo de voz—, ese mesonero lo debe fermentar con gato muerto, de ahí el nombre de este sitio. Malditos posaderos avarientos, ¡así los quemen a todos en el infierno!

Aquello no era posible. ¿Cómo podía estar el cura allí si yo le había visto entrar en el cuarto de arriba? Mataperros me lanzó una mirada de reproche, dura y fría. Debía tener muy claro que cuanto le había contado no era más que una patraña salida de mi imaginación. Y, sin embargo, yo había sido testigo de aquellos sucesos. ¿Acaso había perdido la razón?, ¿o es que el sueño me había vencido acurrucada en la escalera y había sido todo el fruto de una delirante pesadilla?

—Al vino bebido de más se le llama «mona», padre. Ande, duerma usted, que la noche está ya bien entrada y pronto amanecerá. Y tú —me dijo con reproche—, a ver si con las monjas se te espabila el juicio. Vamos, échate a dormir y descansa, que mañana tenemos un buen trecho por recorrer.

Le obedecí sin rechistar y me acosté avergonzada. ¿Qué había sucedido? ¿De dónde demonios había salido el cura? Lo cierto es que a todo correr bien podía haberle dado tiempo a bajar al comedor y meterse en el jergón, pero, claro está, para eso habría tenido que saber primero que yo había ido a dar la alerta, y eso era ya más improbable. ¿O no? No supe qué pensar. Mataperros se volvió al zaguán sin decir palabra. Yo seguía perpleja. Estuve un buen rato cavilando. Mil pensamientos me aturdían la cabeza, todos enredados, todos a la vez. Empezaba a estar rendida por el sueño cuando, de repente, oí un ruido de pasos a mis espaldas. Sin moverme del jergón hice por ver quién era. Alguien entraba desde la cocina. Venía de puntillas, sigiloso. Me cubrí con la manta y me hice la dormida. El ruido se volvió sombra y la sombra bulto que se aproximaba cada vez más. ¡Venía a por mí! Estuve tentada en echar mano a un cuchillo y abalanzarme, pero ninguno tenía a mi alcance. Pensé en despabilar a la Romero, pero su sueño era tan profundo que hubiera necesitado echarle encima un balde de agua helada para conseguir hacerla regresar a la vigilia. Los pasos se aproximaban. Pensé en el embozado. Contuve la respiración. Si me atacaba, gritaría y Mataperros vendría en mi auxilio. Sentí sus pasos cada vez más cerca. Ahí estaba, detrás de mi cabeza, no había duda. Me quedé muy quieta, inmóvil. Sentí un escalofrío y aguardé a que una mano se me echase al cuello, pero nada sucedió. Un ruido a mi derecha me indicó que alguien se metía en el jergón. Me incorporé de golpe al ver de quién se trataba.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Nada. Tú sigue durmiendo. Tenía seca la garganta y he ido a por agua.

Era Juan Mojamas. Se había envuelto en las mantas y se había tumbado de lado, dándome la espalda.

—¿Te encuentras bien? —le pregunté en voz baja.

—Sí, sí. Tú duerme, que ya estoy mejor.

Me quedé más desconcertada aún de lo que estaba ¿Habría sido Juan Mojamas a quien había visto meterse en aquel cuarto en vez de al cura?

Ninguna de mis sospechas tenía sentido. ¿Qué se le habría perdido a Mojamas con esa gente? Pasaban cosas extrañas en aquel lugar, cosas que no me era dado comprender. Quedaba ya poco para el alba y sería mejor que me durmiese un rato. ¿Qué otra cosa mejor podía hacer? Sin embargo, tanto cavilar me lo impedía. Hice el propósito de cerrar los ojos. Pasó un poco de tiempo y de repente, en mitad del silencio, una detonación sonó atronante, después otra más y luego oí un caballo relinchar. El niño Camuñas fue el primero en levantarse. Lo hizo de un salto y salió corriendo hacia el zaguán de donde provenían los disparos. Todos fuimos detrás de él. Mataperros sostenía humeante la pistola.

—Alguien salió del establo. Fui a mirar y, al verme, se abalanzó hacia mí con el caballo. Quería arrollarme. Le disparé, pero huyó al galope.

—¿Quién era? —preguntó Juan Mojamas.

—No le pude ver la cara. Se me echó encima. No tuve tiempo ni de darle el alto.

Llegó entonces el posadero, vestido con gorro y camisa de dormir. Echó, histriónico, las manos al cielo, mentando a la fatalidad y se puso a proferir tonterías:

—¡Dios mío!, ¿qué ocurre? ¿Por qué esos disparos? ¡Un altercado en mi casa! ¡Loado sea el Santísimo! Eso no es bueno para el negocio. ¡La ruina, vais a traerme!, ¡la ruina y la miseria! ¡Válgame Dios!

—Alguien ha intentado atacarme —le echó en cara Mataperros.

—¡Dios mío! ¿Quién?

—Tú lo sabrás. Salió del establo y se me vino encima con su montura.

—Eso es imposible. Yo no albergo bergantes bajo mi techo. Habrá sido un equívoco, una confusión.

El mesonero se fue para al establo a revisar las cabalgaduras que allí se albergaban. Le seguimos. Todos los animales estaban donde debían excepto uno, el del hombre que cenara en solitario la noche anterior. El posadero fingió perplejidad y empezó a excusarse diciendo que él nada tenía que ver con ese asunto, que de nada conocía a aquel huésped y que nunca antes le había visto por el mesón.

—Será un espía al servicio de los franceses, que ahora los hay en abundancia. Son ralea que va por los caminos husmeando a ver qué saca. Abren bien las orejas y escuchan aquí y allá y venden luego la información. Malos tiempos los que corren para vivir de la honradez.

—Y buenos para sacarle partido a la traición —repuso Mataperros.

El posadero agachó las orejas y calló la boca, dándose tal vez por aludido.

Mataperros se inclinó para examinar las huellas que el caballo había dejado. Acercó un candil al suelo y pasó el dedo índice por la marca de la herradura.

—Ese hombre iba a por ti —le dije entonces, muy echada para adelante, para fraternizar con su suerte.

—Y tú qué sabrás —dijo displicente.

Me quedé desconcertada con aquella respuesta. Estaba claro que pretendía desairarme. Le miré a los ojos, buscando en ellos un destello que me mostrara por lo menos conmiseración, pero no encontré nada en ellos salvo ira. Así que me callé. ¿Para qué decir palabra alguna, para qué advertirle de lo que yo empezaba a sospechar; que el posadero, la moza, el cura y el hombre que le había embestido estaban conjurados entre sí y que algo tramaban contra nosotros? Allá él si le intentaban matar de nuevo. Su vida era solo asunto suyo. Bien claro me lo había querido dejar. Volví al comedor. ¿Para qué perder el tiempo con quien no permite que le cuiden? Estaba muy cansada, hacía frío y quedaba muy poca noche por dormir.

Para unos, son las tierras las que forjan el carácter de los hombres; para otros, no es el paisaje en el que habitan, sino la adversidad con la que porfían lo que cincela el ser de las personas. A igual adversidad, igual comportamiento y similar respuesta. Si esto fuera cierto, no resultaría difícil explicar cómo aquellos pobres hombres sumidos en el abandono del Estado, sumisos, crédulos, acostumbrados a agachar la cabeza ante las impertinencias de los amos y las altanerías de los poderosos, macerados en la ignorancia atávica y con la tripa más llena de vanas creencias que de alimento, se echaron a las calles y a los montes para expulsar al invasor. Desconocían que, cuando mataban a un soldado francés, se hincaban el puñal en ellos mismos y aniquilaban por entero esas ideas que hubieran podido redimirlos de la miseria del pasado y, a lo mejor, proporcionarles un futuro benigno en vez de aquel futuro trágico y desesperanzado que habrían de encontrar a la vuelta de la esquina, para su horror y maldición. ¡Patriotas! ¡Salvadores de la patria! ¡Guerrilleros! De todo se llamaban aquellos pobres altruistas que daban sus vidas a la historia a cambio de bien poco. Y todo en nombre de un rey mastuerzo y de un príncipe glotón y brutal. Los años cumplidos dan perspectiva de las cosas vividas y, a veces, hasta remedo de sabiduría, pero no todos tienen la suerte de durar lo suficiente como para poder mirar hacia atrás y comprender lo errores en los que incurrieron. ¡Cuánto desperdicio de juventud, Agustina querida! ¡Cuántos cadáveres pudriéndose bajo el sol implacable de las Españas! La guerra es lo que tiene, pero si es cierto que del estiércol brota la semilla, más cierto es aún que de aquel estercolero de cadáveres en el que se convirtió la tierra invadida no brotaron más que las cruces de los cementerios, sin mayor provecho, escarmiento o lección.

Mataperros se quedaba impasible ante el sufrimiento ajeno. Era duro, más si cabe que las piedras, y tenía un corazón repleto de dolor propio que le hacía inmune al padecer de los demás. Nunca lo vi compadecerse y, si auxiliaba a un viejo desvalido tirado en mitad de un camino, o recogía a un niño famélico al que hubieran dejado huérfano los franceses, más lo hacía por dar a los demás lo que de él esperaban que por sentir compasión alguna por el prójimo. No he visto hombre más árido que él ni más desapacible de emociones ni tan sañudo en querer meter el cuchillo hasta más allá del puño en las tripas del enemigo. Nunca hablaba de él mismo y ni los que le conocían más de cerca, aquellos que como Juan Mojamas o el Diago se habían unido pronto a la partida, sabían mucho de su vida.

Mal asunto es no abrirle a nadie los sentimientos o no tener un hombro cerca en el que echarse a llorar cuando el agobio de la vida es tan enorme que no puede ser evacuado con gargarismos y blasfemias. Si algún hombre de la partida caía en el combate, Mataperros no lo sentía. Preguntaba por su familia y les mandaba un recado con monedas metidas en un talego. Luego encargaba al cura decir misas por el ánima. Las pagaba generosas y, a veces, hasta acudía él mismo a oírlas con alguno de sus hombres. Todos respetaban su silencio y ninguno indagaba de dónde le manaba tanto odio, tanta saña carnicera, tanta desolación. A veces, lo que es tara, las lenguas de las gentes lo mudan en virtud y, así, de un miserable hacen un héroe. Para eso sirven las leyendas, para eso y para que las generaciones venideras se acuerden de que otros antes que ellos padecieron también calamidades y abrieron surcos en la historia con el vago fin de que los que los sucedieran en el mundo disfrutaran acaso de una vida mejor.

Mataperros era duro como las peñas de los montes, que aguantan los inviernos y los veranos sin mostrar deterioro; duro como los riscos de las sierras, que rasgan con sus puntas afiladas las enaguas de los cielos; duro como las piedras de los caminos, que sufren las patadas de los caminantes sin cambiar de forma, solo de lugar. Así lo recuerdo en la mañana en que, apenas rayada la primera luz del día, salimos del Corral del Gato para emprender el que iba a ser el último tramo de nuestro viaje.

Después del ajetreo de la noche, el nuevo día no se hizo esperar. Todos teníamos la mirada colgando de los párpados, como si el escaso dormir nos hubiese desconchado el blanco de los ojos.

El posadero acudió a despedirnos al quicio del zaguán. Mal aseado y a medio vestir parecía un monumento a la ruindad. Le pagamos las monedas que nos había pedido por darnos techo y comida.

—Ándense con cuidado, no les confundan los franceses con gentes dudosas — advirtió el posadero—. No son estos buenos tiempos para errar por los caminos. Hasta debajo de las piedras anidan los delatores. Se las da una patada y, en vez de alacranes, aparecen hijoputas a espuertas.

—Descuide —le repuso Juan Mojamas amenazante—, que nuestra suerte va pareja con la suya. Si algo nos sucede en el camino ya puede ir encomendándose al diablo.

El alba quedó tras un otero y un sol redondo y amarillo salió de pronto por delante para calentarnos los huesos, pese a lo avanzado de la estación. Mataperros se mantuvo en silencio durante un buen rato, pero no por cansancio o por recelo. Parecía fresco y hasta risueño. Estaba aguardando el momento propicio para hacer su juego y a todos les sorprendió cuando, de manera desenvuelta, se puso a intimar con el cura.

—Una pena haber ido a nacer en estos tiempos, ¿verdad, padre?

—Al contrario, hijo, nosotros hemos nacido cuando más le convenía a la patria. Recuerda que somos españoles por la gracia de Dios. ¿Sabes tú lo que quiere decir ser español?

—No; explíquemelo usted.

—Pues ser español quiere decir ser hombre de bien. Tú eres un hombre de bien, por eso estás en el monte con la partida haciendo lo que debes. Las obligaciones fundamentales de todo español son ser cristiano, defender la patria, el rey y la sacrosanta tradición, y eso es lo que tú haces. ¿Acaso no te crees buen cristiano?

—No es que me lo crea es que lo soy —respondió Mataperros sin alterar el gesto.

—No seas tan arrogante, hijo, que no lo eres del todo. Amas a nuestro rey Fernando con ardor, pero no ayudas a la santa madre Iglesia a recuperar lo que le pertenece, y eso no es ser buen cristiano, ¿sabes? Pero allá tú y tu conciencia que a todos nos llega el juicio tarde o temprano y a Dios habrás de darle explicaciones de tus actos.

—Mi conciencia es cosa mía.

—Y de Dios, hijo mío. También es de Dios.

Ambos seguían parejos el paso. Mataperros a lomos de su caballo y el cura subido al burro, dando saltitos minúsculos sobre la montura.

—¿Sabes quién es el enemigo de nuestra felicidad? —continuó el cura tras una pausa de silencio.

—No.

El laconismo de Mataperros no hacía desmerecer su interés en aquella conversación.

—El emperador de los franceses —respondió el cura a su propia pregunta—. Napoleón es el principio de todos los males, el fin de todos los bienes y el depósito de todos los vicios. No hay dudas al respecto. ¿Sabes cuántas naturalezas posee ese demonio?

—No —volvió a sentenciar Mataperros.

—Tres naturalezas en conjunto: una diabólica y dos humanas. Es un emperador verdadero en tres personas engañosas: Napoleón, Murat y Godoy.

Mataperros se echó a reír por la vehemencia con la que el cura argumentaba sus barbaridades.

—No, no te rías, guerrillero —lo reprendió—. Tú matas franceses. Los matas a gusto y por instinto, como las alimañas del bosque y eso está bien. ¿Pero te has parado acaso a pensar en lo que son?

—¿Lo que son? ¿Quiénes? —preguntó, poniendo cara de desconcierto.

—Los franceses, hombre, quiénes si no.

—No lo sé. ¿Qué son? ¿Hijos de puta?

—Eso sin duda, pero también son antiguos cristianos y herejes modernos conducidos a la esclavitud por la falsa filosofía y la corrupción de las costumbres. Pero gracias a ti y a todos los que los combaten pronto acabará su despotismo. Su fin se halla cercano.

—Eso no me atrevería yo a jurarlo, padre.

—Confianza, hijo mío, confianza. De los esfuerzos de nuestra amada patria proviene la esperanza, porque patria es la reunión de muchos gobernados por un rey según sus rectas leyes y sus antiguas tradiciones, y eso es lo que nos aúna a nosotros, los españoles. Y si hay alguno que falte a sus justos deberes solo recibirá la infamia. La infamia y la muerte material reservada al traidor y la muerte civil para sus descendientes por los siglos.

Seguimos al paso durante un buen rato, todos pensativos, hasta que la Romero interrumpió al cura con una pregunta que llevaba tiempo rumiando.

—Padre: ¿es pecado matar al francés?

—¡No! —exclamó muy excitado—. ¿Cómo va a serlo? —el cura respiró hondo y siguió con el sermón—, al contrario, se hace una obra meritoria librando a la patria de sus opresores. Con el combate se aumenta la gloria de la nación. Todo el que pudiera debería tomar las armas y matar franceses, aunque fuera de refilón. Hay que seguir las máximas de Jesucristo y echar a esa ralea de la patria. Solo devolviéndolos a sus fronteras podremos restablecer el libre uso de nuestro santo culto. ¡Fuera con ellos!, ¡abajo el yugo! —gritó poniéndose de pie sobre los estribos del pollino y agitando los brazos al aire como si fueran las aspas de un molino.

Todos se echaron a reír ante la teatralidad sanguinaria del cura y la Romero, jaleada por las risas, se animó a cantar entonces una cancioncilla que decía:

 

Mi madre no quiere

Que vaya a la plaza,

Porque los soldados

Me dan calabazas.

No quiero pepitas,

No quiero melón,

que quiero cabezas

de Napoleón,

Y viva Fernando

y la Inquisición.

 

El resto de la mañana seguimos cabalgando, cada uno a lo nuestro, embutidos en las enjundias de los propios pensamientos. No divisamos más que, de lejos, algún campesino que al vernos se apartaba para no cruzarse con nosotros. Era ya casi mediodía y nos estábamos acercando al Camino Real cuando, al pasar por delante de una encina de tronco retorcido, a Mataperros le dio por sorprendernos. Se detuvo junto al árbol y nos mandó que descabalgásemos. Todos obedecimos. El cura se debió oler el pastel, porque las piernas se le echaron a temblar con patibulario entusiasmo. Mataperros se acercó a él, se sacó la pistola de la faja y le apuntó entre los ojos.

—Vamos, ya está bien de tanta tontería. Ahora te toca desembuchar.

El cura entornó los ojos y puso cara de santo varón.

—¿Y de qué me toca desembuchar, hijo mío, si puede saberse?

—¡Venga, larga ya! —le ordenó sin contemplaciones—. O empiezas a largar o te abro la calavera de un disparo, tú verás lo que prefieres. —Mataperros no bromeaba; nunca lo hacía.

Todos nos quedamos helados al verlo apuntando al cura con el cañón. Aquello estaba claro que iba en serio y, si el cura no hablaba, en un instante íbamos a verle con la cara hecha puré.

—Venga, majadero —le instó—, vas a decirme quién eres y qué es lo que en verdad andas buscando.

—¡No sé a qué te refieres, hijo mío! —protestó el aludido sin demasiada convicción—. Yo no tengo nada que confesar, yo solo soy un cura, un pobre cura despojado por los franceses que busca socorro y justicia entre las gentes de bien.

—No me salgas otra vez con lo de siempre, desgraciado —repuso Mataperros a la vez que le arreaba un rodillazo en el estómago. El cura se contrajo dolorido.

—¿Qué está pasando aquí? —protestó la Romero desde su inopia—. ¿Por qué pegas al cura?, ¿qué te ha hecho?

—Este ni es cura ni es nada —sentenció Mataperros después de escupir saliva al suelo—. Miente y me va a decir por qué, o aquí mismo le doy muerte.

—¡Reviento en Judas si es que entiendo algo! —exclamó Mojamas desconcertado.

Mataperros, para animarle a empezar a largar, le sacudió un puñetazo en la cara. El cura esta vez cayó al suelo y ahí se quedó hecho un pingajo, acariciando con la lengua el polvo volandero del camino.

—¡Se han vuelto locos! ¡Se han vuelto todos locos! —gritó lloriqueando a lo mocoso—. ¡Que alguien me ayude, por el amor de Dios, que alguien venga a ayudarme, que me matan estos desalmados confundidos!

Juan Mojamas agarró del brazo a Mataperros para impedir que siguiera pegando a aquel hombre indefenso.

—¿Pero qué haces, desgraciado? ¿Qué tripa se te ha roto para tratarle así?

Mataperros le respondió lo que yo ya sabía: que aquel no era cura ni de Fontenebro ni de parte alguna, que solo era un falsario disfrazado, un miserable delator.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le espetó Mojamas incrédulo de cuanto Mataperros iba diciendo.

—El posadero me aseguró que el cura de Fontenebro estaba muerto, que le habían matado los franceses que asaltaron su iglesia, así que este no puede ser.

—¿Y vas a darle más crédito a ese maledicente que a un hombre que viste hábitos? ¿Es que te has vuelto majara? ¡El cielo nos asista! ¡Adónde vamos a ir a parar! —exclamó Mojamas, contrariado.

—¡Qué injusticia se me hace! ¡Qué mal trato se me da! —gemía el cura, tirado en el suelo—. A mí, a un pobre siervo del señor que jamás ha hecho mal a nadie van y le dan de palos. ¿Qué despropósito es este? ¿Qué le está pasando al mundo para albergar tanta impiedad?

Las palabras parecían salirle sinceras del fondo de la boca a aquel tunante. Viéndole así, tirado en el suelo, inútil e indefenso, cualquiera habría pensado que se estaba cometiendo con él una ignominia; cualquiera, menos el niño Camuñas, que aprovechó para acercársele y sacudirle un guantazo con el que hacerle reflexionar.

—¡Chis! Tú, calladito, que así estás menos feo.

Mataperros miró a Mojamas a los ojos y pareció dudar. Ambos se alejaron para hablar de aquel asunto. ¿Irían a darle crédito a la pantomima de aquel comediante? No pensé que la cosa fuera a acabar con el cura convenciéndolos de su inocencia, pero todo podía ser. Tras unos minutos de discusión acalorada Mataperros llamó al niño Camuñas. Le ordenó que cogiera el caballo y que se fuera al galope a Fontenebro, a ver si se enteraba de lo que en verdad había sucedido en la iglesia de la Virgen del Espino.

—Te esperaremos en el convento del Poyo mañana al caer la noche. No te entretengas. Si te retrasas más de un día te tendré por muerto y continuaremos a lo nuestro.

—Descuida, Mataperros, que yo sé bien cuidar de mí.

El niño Camuñas salió al galope campo a través sin perder un solo instante. La Romero frunció el ceño al verle partir.

—Mala cosa es la mentira, pero peor aún es la duda —murmuró la guerrillera para sí. Entonces se agachó para atender al cura, que seguía tirado en el suelo, a nuestros pies. Le enjugó con un pañuelo la sangre de la cara y luego le sostuvo con las manos las mejillas.

—Niña, acércame un poco de agua para lavar a este eccehomo —me dijo.

El cura tenía el rostro empapado con la sangre que le salía de la nariz a borbotones. Me fui hasta mi montura, pero ni una gota me quedaba en la botella.

—Anda, quita. —La Romero se levantó y se acercó a su caballo para coger su cantimplora.

En ese instante, al verse distante de todos nosotros, no tuvo el cura peor idea que la de echarse a correr. Parece mentira lo poco pícaro que fue, si con sus hipidos y sus lloros ya casi nos tenía convencidos. Salió triscando entre las rocas como las cabras montesas y mala maña no se daba porque, en un santiamén, ya estaba encaramándose a unas peñas.

—¡Que se escapa!, ¡que se escapa el condenado! —gritó la Romero al percatarse de la huida.

Mataperros salió corriendo tras él pistola en mano y, cuando lo tuvo a tiro, no dudó en disparar. Una bala le dio en el muslo de refilón. El cura, con la inercia, siguió corriendo sin darse cuenta del dolor hasta notar, por fin, el fuego de la herida quemándole la carne. Cayó entonces al suelo y fue rodando cuesta abajo hasta estamparse contra unos troncos que allí había. Llegamos todos jadeando a donde estaba.

—¡No me matéis, por Dios, no me matéis! —imploraba con la respiración entrecortada—. Si no tenéis piedad de mí y me matáis, sabed que me mandáis de cabeza al infierno.

—¡Ahí es donde deberías estar, malnacido! —le espetó la Romero con el resuello aún de la carrera.

Mataperros agarró al cura de una oreja y tiró de ella hasta levantarle del suelo. Se sacó entonces la navaja y le puso el filo en el arranque del apéndice. Una línea de sangre le goteó mejilla abajo.

—¡Dime quién eres y lo que buscas, malnacido! —le instó Mataperros con voz pausada—. ¡Dime qué es lo que quieres!, ¡dímelo ya mismo o te corto las orejas y te desnarigo después!

—Nada quiero, no me hagas más daño; yo no tengo culpa alguna, yo no valgo nada, solo soy un mandado que obedece a su amo.

El falso cura sollozaba al hablar. La saliva le salía por la boca hecha espumarajos, como la rabia de los perros, solo que tinta de sangre. Mataperros, sin contemplaciones, hundió la navaja hasta media oreja y separó con los dedos la mitad tajada.

—¡Ay, ay, ay! —aulló aquel hombre—. ¡No me arranques la oreja, por favor! ¡Te diré quién me manda! ¡Te lo diré, lo juro por Dios y por la Virgen y por los ángeles custodios!

—Habla y no pares hasta soltarlo todo.

—Sirvo al marqués de Lindaluz —confesó el falso cura—. Él fue quien me envió en tu busca.

—¿Y para qué me quiere ese marqués?

—Para que recuperes la Santa Camándula. En eso no te he mentido. Supo que los franceses la habían robado. Pensó que te avendrías a recuperarla. Mi amo confiaba en ti, pero no me hagas más daño, por favor.

—¿Y por qué no me hizo el encargo él en persona? ¿Por qué mandó a mi campamento una escoria como tú fingiendo ser un cura?

—Mi señor el marqués anda baldado de las piernas. Apenas sale de su quinta. Pensé que si me hacía pasar por el cura de Fontenebro mi misión sería más fácil. El marqués me dijo que me recompensaría si te conseguía convencer. Él había oído hablar de ti y de tu fama y de cómo das escarmiento a los franceses, por eso te quería para su causa.

—¿Y por qué lleva el marqués por causa la de recuperar esa reliquia?

—Eso yo no lo sé. Pregúntaselo a él si quieres. Puedo llevarte hasta la quinta. No dista muchas leguas desde aquí. Media jornada de camino a lo sumo y llegamos si tú quieres.

Mataperros soltó al falso cura y este cayó al suelo crujiendo igual que un saco de nueces. Lloriqueando, se echó mano a la media oreja que le colgaba casi desprendida. Daba espeluzne ver a un hombre hecho y derecho arrastrándose indefenso delante de nosotros, sin orgullo, sin vergüenza, sin dignidad.

—Cuando sepa el marqués de mi fracaso mandará arrancarme la piel a tiras, pero es mejor que te desuellen a que te dejen la cara desorejada y sin nariz —sentenció histriónico. El falso cura se puso entonces a maldecir su suerte y a blasfemar con exabruptos muy aparatosos.

Juan Mojamas lo levantó del suelo, le ató las manos a la espalda y lo montó en su asno, no a horcajadas, sino con el pecho apoyado sobre la montura. Cuando lo tuvo en esa posición le pegó en la cara un par de tortas, más por tenerlo entretenido con la molestia que por rencor que le guardase por el engaño que nos había querido hacer.

—¿Qué hacemos con él ahora? —le preguntó Mojamas a Mataperros mientras se encendía una tagarnina con el chisquero.

—Le haremos una visita de cortesía a ese marqués.

—Y con esta, ¿qué? —preguntó la Romero refiriéndose a mí.

—Vendrá ahora con nosotros. Después la dejaremos en el Poyo. Allí le he dicho al niño Camuñas que le esperaríamos mañana al anochecer.

Mataperros me miró desde el caballo y, al hacerlo, levantó la mandíbula. La altivez de su cara cortó el sol. Jamás le había notado tan apuesto como en ese instante triunfal. Un verdadero ángel del cielo venido a la tierra para exterminar al enemigo. Cuando una es joven solo se fija en los dictados que marcan las emociones. Mi vida no tenía entonces más propósito que el de respirar a gusto el aire fresco y saborear la libertad. Eso era, al menos, lo que yo deseaba: sentir el viento en la piel, las gotas de rocío condensadas en el pelo, notar la suciedad del cuerpo tan solo mitigada por abluciones fugaces y baños esporádicos en ríos de agua fría. Yo me identificaba con la hondura de los pinares que salpicaban las sierras; yo era la encarnación de lo salvaje y en absoluto estaba dispuesta a sacrificar mi voluntad. Así que a lo de quedarme en un convento ni de broma. Bastantes contrariedades había tenido que vencer ya por entonces como para acabar ahora encerrada en las cuatro paredes de un lugar de monjas. Cualquier cosa menos quedarme allí bordando escapularios y remendando enaguas manchadas de orines. Andar por los montes con las gentes de la partida era algo que me fascinaba. La vida y la muerte formaban parte de la rutina cotidiana y, gracias a ello, no existía el futuro, sino únicamente las emociones veloces que eso que algunos llaman «presente» nos iba brindando a cada instante. El sol brillaba débil en lo alto. Algunas nubes grises espolvoreadas por el cielo hacían presagiar que el tiempo cambiaría en breve. El viento llegaba con un olor mojado de hojas secas, ramas caídas y frutos roídos por los animalillos de sangre caliente. El otoño se iba adentrando en las tierras de Castilla la Vieja. La guerra florecía por todas partes y la incertidumbre crecía en nuestros corazones como pétalos hermosos de la desesperanza. Aquello tan tremebundo y tornadizo que los demás tanto temían era, sin embargo, mi razón de vivir.