La risa final

Fernando Royuela · Capítulo 11 de 18

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La risa final

8. Los hermanos Virginianos

8

LOS HERMANOS VIRGINIANOS

 

Parece mentira, Agustina, en lo que nos hemos ido a quedar. Tú, ya cadáver y yo, piltrafa amojamada con la tumba a la vuelta de la esquina. Ojalá que, por lo menos, la muerte llame a mi puerta con modales. ¡Valiente juventud! ¡Valiente hervor de la sangre! Yo era flexible, ágil, inquieta y el cansancio no me amodorraba. Podía dormir al raso noche tras noche, vivir con dos mendrugos mojados en vino y cabalgar durante jornadas enteras sin que los huesos me doliesen. Podía lo mismo agarrar un hombre y no soltarlo a besos en tres días que rebanarle el gañote con un zas de navaja, que la vida se les estaba yendo a chorros y ni se daban cuenta ni por dónde ni por qué. «Con los cerdos se hace igual», me aseguraba la Romero, felicitándose de lo bien que había aprendido a degollar franceses; a todos les llegó su sanmartín y, a los que no, tuvieron que irse por pies de aquí. La juventud es una engañifa; cuando se tiene parece que siempre va a durar, pero todo se acaba en esta vida, Agustina: la belleza, la inteligencia, la dulzura y hasta las ganas de matar hijos de puta. Mira a esas chicas nuestras que, noche tras noche, andan encamándose con los clientes; obsérvalas revolcándose entre las sábanas, embobadas de placer, como si el goce fuera a ser más largo que un bostezo. ¿Cuánto tiempo creerán que les aguantará la carne prieta? ¿Cuánto tiempo va a tardar en empellejárseles la piel? La vida es un soplo, Agustina, un soplo que a veces ni eso dura. Mira, si no, a todos aquellos desdichados que lucharon a tu lado en el Portillo de Zaragoza, lo poco que la pudieron disfrutar. Sin destetar andaban aún los más. En vez de la muerte veían la gloria y ahí se la dieron toda junta, a cañonazos. Carne de fusil. ¿Quién se acuerda ya de ellos? Nadie recuerda ya los años duros en los que combatíamos al francés. Y si ahora es todo olvido, ¿qué habrá de ser con el transcurso de los siglos?

Las palabras, el tiempo se las lleva, Agustina, pero a lo mejor las coplas permanecen, vete tú a saber. ¿Te acuerdas de aquella que decía?:

 

Porque no se descubra la tremolina

Quiere nueva regencia la gente indina.

Tráelo, Marica, tráelo a Napoleón

Y le escabecharemos con tanto bribón

Pum, pum, cañonazo, pum,

Pum, pum, trabucazo, pum,

Que si no lo has visto,

Ya lo verás tú,

Cómo de este modo

Se baila el Landum.

 

El pueblo español siempre ha tenido desparpajo para las cosas de la burla: la sorna y la saña corren parejas con la valentía y la venganza. ¡Cómo nos animaban aquellas coplillas disparatadas y feroces! Era oírlas, inflamársenos la sangre y querer entrar en liza para masacrar algún Napoleón. ¿Y todo para qué?, para nada, para que volviera al cabo el rey felón haciendo de las suyas con su camarilla de truhanes y aprovechados. Todos juntos propiciaron que los que habíamos luchado por la patria quedásemos postergados como morralla. Ni agradecidos ni pagados. Nos sacaron el jugo a base de bien y después nos desdeñaron. Para nada les servíamos ya. Si estuviera en mis manos, haría que saliesen de sus tumbas y les arrancaría las orejas a esos miserables; pero no lo está. ¡Qué vergüenza para España! Mientras nosotros luchábamos por las calles, por los montes, por las sierras, Fernando VII andaba en Bayona con su camarilla de servilones bailándole las gracias al mismísimo Napoleón. El emperador se reía a pierna suelta. Contemplaba entretenido cómo Carlos IV le mendigaba ayuda para arrebatarle el trono al tonto de su hijo, mientras su esposa iba aún más lejos y le pedía que se lo llevase al cadalso por felón. Napoleón debía regocijarse con el espectáculo que daba aquella monarquía de abúlicos e indeseables. Ojalá los hubiera ajusticiado a todos dándoles garrote vil. De haberlo hecho, habría por lo menos ahorrado a la nación pasar vergüenza. ¿Cómo es posible que el rey Fernando, que contaba con el cariño y el apoyo de su pueblo, un rey en el que todos confiaban para regenerar el país y expulsar de él para siempre a los déspotas y a los corruptos, tuviera la desfachatez de felicitar efusivamente a Napoleón cuando nombró a su hermano, José Bonaparte, rey de España? ¿En qué cabeza cabe tanta ignominia, tanta mezquindad? Tristeza, vergüenza ajena. Ni siquiera de pelele de los franceses podría calificarse a tal fantoche, ni siquiera de marioneta en sus manos, de espantajo, de guiñapo agusanado con corona de cartón. No era digno del país que pretendía regir. Lo más que hizo en Bayona fue hurgar en sus rencillas con Godoy, jugar al whist y a la macedonia y facilitarle el trabajo sucio a Napoleón.

Los hermanos virginianos conocían bien la idiosincrasia de aquel petimetre engolado y zafio con ínfulas de rey. Algunos de ellos lo habían tratado muy de cerca: sabían de sobra cómo utilizarle para conseguir sus propios fines. Eran, sin duda, conocedores de cuantos parásitos le rodeaban, desde el canónigo Escoiquiz, dañino, rastrero y vanidoso, hasta el ultramontano Calomarde. No es de extrañar que urdieran su plan considerando acertadamente que, para tentar a Napoleón y hacerle picar en el anzuelo, lo mejor era servirse del propio Fernando VII. Para ello, el primer paso consistía en embaucar a alguno de sus consejeros más leales. Eligieron a Juan de Escoiquiz por ser canónigo y estar al tanto de las cosas sagradas. ¿Quién podía haber más interesado que el propio Escoiquiz en apoderarse de la Santa Camándula?; solo Napoleón Bonaparte, emperador de Francia. Si podían engañar a Escoiquiz con la patraña que habían tramado, con mayor motivo burlarían al propio rey. No era asunto difícil, aunque debían ingeniárselas para que todo saliera conforme al plan previsto. La reina católica, siglos atrás, se había valido de un cardenal Cisneros para dejarse dar consejo, pero el narizotas hubo de elegir a un simple clérigo para lo mismo. ¿Era hábil el tal Escoiquiz o es que los reyes de España habían descendido al nivel palurdo de los curas? Si era así, la empresa no sería muy difícil. Las ansias de protagonismo del canónigo no tenían límite: cualquier cabriola hubiera hecho con tal de lamerle el culo a Napoleón. Era un verdadero miserable y, como tal, acabó. Pero nada de todo eso sabía yo aún cuando cabalgábamos camino de Santa María del Poyo; ¿cómo iba ni siquiera a sospecharlo? Las conspiraciones de salón auspiciadas por sociedades secretas eran algo que, por aquel entonces, quedaba muy lejos de mi alcance. ¿Quién iba a sospechar que todo se trataba de una conjura urdida por unos cuantos masonazos estrambóticos que, muy pomposamente, se hacían llamar los hermanos virginianos? Porque fueron ellos, Agustina, ¿o no?

Los hermanos virginianos no ganaron la guerra ni echaron a los franceses de España derramando su sangre en el empeño; ellos no se movieron de sus sillones ni tampoco interrumpieron el sabor de sus vegueros traídos de Cuba. Dicen que el sabor de los habanos lo dan las mulatas cuando, en sus muslos sudados, frotan las hojas antes de enrollarlas, y hasta puede que sea verdad. Napoleón, vegueros no fumaba, pero salió de Chamartín echando humo a causa de la trampa que le tendieron. Había venido a España a poner orden a tanto desbarajuste como se había montado por aquí, pero a la postre tuvo que salir por piernas. No, los hermanos virginianos tampoco ganaron ninguna batalla, pero lo cierto es que, cuando Napoleón emprendió apresuradamente el regreso a su país iba ya bien advertido de que los españoles no eran en absoluto la presa fácil que, en un principio, había querido imaginar.

La guerra podría decirse que la ganamos entre todos y que la perdieron los franceses, pero tampoco eso es exacto. Perderla, lo que se dice perderla, no la perdieron más que los muertos, los muertos que matamos y los muertos que nos mataron, todos muertos al fin y al cabo. Con su sangre regaron los campos de estas tierras, pero nada brotó de aquella siembra, salvo más tiranía, más ignominia y más vergüenza, si cabe, para España. La guerra la perdieron los muertos y la ganaron los tiranos. «¡Vivan las cadenas!», gritaban los servilones cuando el duque de Angulema, al mando sus cien mil hijos de perra, entró en Cádiz para liberar al tuercebotas y desmantelar la Constitución. Perdieron los muertos, pero los vivos no ganamos más que la carga de ser de nuevo los vasallos de un monarca despótico que pretendía mantener su reino entre tinieblas. Pero todo eso son asuntos añadidos que pasarían luego, años después de mi ingreso en Santa María del Poyo.

Cuando llegamos al convento, la noche ya estaba allí. Dejamos los caballos a resguardo y entramos en el atrio. Era un lugar espacioso con el suelo de barro cocido, las paredes encaladas y un torno asomado a una pared desprovista de adornos. A su derecha había un portón. Mataperros tocó la campanilla que colgaba junto al torno. Tras unos minutos de espera, oímos un murmullo de voz que provenía del artilugio giratorio.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

Mataperros, con pocas palabras, le explicó a la monja tornera quiénes éramos y lo que nos había llevado a aquel lugar. Aquel susurro de voz al otro lado nos pidió que aguardáramos hasta que se avisara a la madre superiora. Al poco rato se oyó un estrépito de cerrojos descorriéndose y el portón se abrió. Una rendija de luz iluminó el zaguán y vimos a una monja entrada en años, grande y digna, que conservaba en el semblante algún vestigio de belleza: era la madre superiora. Mataperros se arrodilló ante ella y le besó la mano con reverencia tribal.

—Vengan conmigo —dijo la monja—. Hay alguien que los está esperando, pero sepan ustedes que si les he permitido el paso es solo a causa de esta guerra, que locas nos trae. Supongo que sabrán observar el decoro que a este lugar de clausura se le debe.

La monja nos condujo por un laberinto de pasillos hasta llegar a una estancia adyacente a las cocinas, situada en la planta baja del edificio. Caminábamos casi de puntillas para no turbar con el ruido de nuestros pasos la paz del lugar. Nadie hubiera sospechado que tras la quietud de aquellos muros se libraba una lucha feroz. La madre superiora abrió una puerta y nos invitó a entrar. Dentro, sentado a una mesa tocinera andaba el niño Camuñas mojando bollos en un tazón de leche. Al vernos entrar, corrió a abrazarnos.

—Me alegro de encontrarte, niño. ¿Tuviste algún percance? —le preguntó Mataperros.

—Ninguno, gracias a Dios.

—¿Qué tal te fue por Fontenebro?

—Las noticias que traigo no son buenas —respondió el niño.

Mataperros frunció el ceño y el niño Camuñas aprovechó el instante para dar un sorbo a su tazón de leche. Se le veía hambriento, o ansioso por lo menos. Luego mojó el bollo y, al llevárselo a la boca, se le derrumbó sobre la leche provocando un chof cremoso muy apetecible. Las tripas me sonaron de hambre.

—Todo anda muy revuelto por la parte de Burgos —continuó el niño Camuñas—. Parece que se va a liar gorda por allí.

La madre superiora interrumpió la conversación. Procuraba no saber detalles de lo que comentaban los guerrilleros.

—Antes de que ustedes sigan hablando, quiero que se acomoden como Dios manda. Vendrán fatigados del camino y desearán lavarse para cenar.

Mataperros agradeció a la superiora su predisposición a ayudarnos, y ella le restó importancia al hecho. El sentimiento de repulsa que tenía por los franceses era superior a su misericordia con los cristianos e incluso al miedo de poder ser descubierta colaborando con la guerrilla. No se le escapaba quién era aquel hombre que tenía ahora hospedado en el convento, pero los riesgos que asumía al ayudarle estaban muy por debajo de cualquier otra consideración. De mala gana hicimos lo que nos pedía y nos lavamos en el agua helada de un pilón; no debíamos oler de maravilla, así que nos esmeramos en el aseo. Después regresamos a la cocina, donde la cena nos aguardaba.

—Cuando hayan acabado, tendrán ya preparados los aposentos —dijo la monja —. No es mucha la comodidad que podemos ofrecerles, pero para una noche les valdrá. Las mujeres dormirán con nosotras. Estarán mejor.

Fue salir la monja por la puerta y empezar la Romero a refunfuñar.

—Yo con esas no duermo, así me asen. ¡Vamos, lo que me faltaba! Te echas al monte a hacer la guerra y terminas durmiendo con estas tías pedorras que no saben más que hacer bollos y rezarle a Dios. ¡Anda ya!

Comimos con apetito unas sopas de ajo bien cuajadas de tocino y bebimos un vino espeso como la sangre de los toros, que a todos nos hizo revivir. Durante la cena, el niño Camuñas continuó refiriéndonos lo que había visto en su incursión a Fontenebro.

—Hay muchos franceses por todo el norte. Se ven columnas acampadas. Son hombres de Ney y de Soult. Vienen frescos y están pertrechados hasta los bigotes. Bisoños no parecen. Se les nota en el porte que andan fogueados. Los han traído de otros frentes para reforzar la gresca aquí. Por los caminos se comenta que la Junta Central ha dado al conde Belveder el mando del ejército de Extremadura y que se dirige a Burgos para hacerles frente. Parece ser que la Guardia Imperial va en la misma dirección. Va a ser un choque duro el de por allí arriba, Mataperros, eso ya te lo digo yo.

El niño Camuñas nos contó que, ya llegando a Fontenebro, se percató de que toda la zona estaba tomada por cuerpos del ejército francés. Tenían destacamentos avanzados en cada pueblo. El niño dijo que escondió el caballo y que marchó a pie. Se rasgó la camisa hasta hacérsela andrajos, con el jugo de bayas de sabina se simuló ronchones por el cuerpo y, poniendo cara de imbécil, se acercó a pedir limosna a los franceses. El niño tenía verdadera habilidad para hacerse el abobado y era maravilla verle cómo, con todo lo largo que era, se encorvaba hasta casi tocar el suelo con la barbilla. En esa postura echaba a andar y se retorcía como si las vértebras las tuviera hechas de espárragos. La cara la ponía de idiota, pero con salero, y su voz enteramente parecía que fuese la de un tonto de los de baba. Le había enseñado el Diago la artimaña y él ponía de su parte. Dos franceses que andaban merendando fiambre le echaron pan al suelo, como si se tratara de un perro y se quisieran entretener con él. Eran simples soldados, pero son estos los que menos cautela guardan a la hora de dar información. «Parecéis a gusto, franceses, tenéis descanso, tenéis de comer y de beber. ¿Qué más queréis? ¡Así también me alisto yo! Lo único que os falta es una mujer para gozar, pero eso yo os lo podría conseguir si me pagarais antes algo».

A los franceses les hizo gracia la facha destartalada de aquel muchacho con pintas de retrasado y entablaron conversación. El niño Camuñas les puso muecas grotescas, les hizo gestos tontos, ruidos groseros y, una vez ganada su confianza, les empezó a sonsacar todo lo que quería saber. Los soldados, confiados, le dijeron en un español chapurreado sin soltura que pertenecían al cuerpo de lanceros y que habían estado batallando en los campos de Jena, en Turingia. Su regimiento estaba ahora en España para reforzar la presencia del ejército y sofocar las revueltas de algunos irredentos. Una gran dotación se estaba preparando para tomar Burgos y, desde allí, caer sobre Madrid.

Ahora sé que Napoleón quería supervisar en persona la marcha de las operaciones. Estaba indignado porque su hermano, el rey José, había tenido que salir huyendo de la corte. Aquella afrenta contra un miembro de su propia familia no la podía tolerar. Los españoles no eran nadie para eclipsar el éxito de sus campañas militares. Era preciso sofocar la rebelión y controlar de nuevo el país. No es que España le interesase en gran manera, pero sí Portugal. Dominando Portugal tendría a raya a los ingleses y por tanto la supremacía militar en la Europa continental. El problema con el que se encontraba era que, para llegar a Portugal, debía pasar primero por España y lo que pensó que iba a ser un paseo triunfal, de la noche a la mañana, se le convirtió en pesadilla.

El niño Camuñas propuso a aquel par de soldados franceses que lo acompañaran a un lugar que él conocía, donde había una mujer que podría complacerlos a su gusto a cambio de unas pocas provisiones. Les dijo que no se arredraran con el trato, que la mujer era su propia hermana y que estaba sana de sus partes. Los soldados se rieron en su cara y le preguntaron que si era tan horrorosa como él. No tuvo que hacer demasiados esfuerzos para convencerlos. Salieron del pueblo los tres juntos y los metió por un carrascal. El niño iba haciendo que cojeaba, arrastrando la pierna izquierda como si la tuviese de palo; andaba encorvado para parecer más vulnerable. Los franceses, de vez en cuando, le arreaban una patada para entretenerse y le preguntaban detalles groseros de la mujer a la que supuestamente los llevaba. Al pasar por detrás de un alcornoque, el niño Camuñas miró a su alrededor para cerciorarse de que nadie había al acecho. Acto seguido, se irguió en toda su estatura y se les tiró a la yugular navaja en ristre. De un tajo se la rebanó al primero y, sin darle tiempo al otro a reaccionar, le introdujo el instrumento por el esternón. Allí en el suelo los dejó muriéndose. «Si queréis putas, os volvéis a Francia», les dijo de despedida; y después de escupirles, se marchó.

Lo que el niño Camuñas contaba sobre las tropas de Napoleón no dejaba de ser una noticia preocupante y a Mataperros no le agradó. Se avecinaba una batalla y parecía ir a ser de las importantes. Había que decidir qué hacer. Si continuaba en pos de la Santa Camándula no iba a poder luchar con los patriotas, pero, si regresaba a la sierra para ponerse al frente de sus hombres, se le escurriría de las manos… y Tainebleau con ella.

—Y de lo de la iglesia, ¿qué nos cuentas, niño, de lo de la iglesia de Fontenebro?

—le preguntó Mojamas interesado.

Lo que el niño Camuñas empezó a relatarnos resultó ser más o menos acorde con la versión proporcionada por el marqués de Lindaluz. Aquella iglesia había sido visitada por unos franceses, pero no presentaba ninguna evidencia de haber sido saqueada. El niño anduvo merodeando por los alrededores hasta ver a una mujer que venía de coger agua de una fuente y le preguntó por el párroco, a lo que ella contestó que allí nunca había habido ninguno. Le preguntó después por lo del saqueo, y la mujer le respondió que allí no había nada que saquear. «¿Pero no se han llevado la Santa Camándula?», insistió el niño. La mujer puso cara de extrañeza. «¿Acaso no se veneraba en esa ermita un rosario hecho con las espinas de la corona de Cristo?». La mujer se echó a reír y le contestó que allí solo se guardaba una imagen antigua de la Virgen de la Puerta y que de valor no había nada.

El niño se fue desconcertado. Tras caminar un rato vio a unos labriegos faenando en una ladera. Se acercó a ellos y les mencionó lo de la Santa Camándula, pero nada habían oído hablar tampoco de la reliquia. Les preguntó si los franceses habían saqueado la iglesia y matado a su párroco, y los labriegos dijeron que unos franceses habían pasado por ella días atrás, pero que a nadie habían matado porque allí nadie había salvo en los días de romería, que subían las mozas casaderas a pedirle a la Virgen de la Puerta que les abriera las del corazón de sus pretendidos.

El niño Camuñas había regresado al lugar donde dejara escondido el caballo y, tras dormir unas pocas horas, emprendió el camino hacia el Poyo al galope para encontrarse con nosotros, como teníamos convenido, y ya no había más.

—Esto sí que tiene guasa —comentó Juan Mojamas—. Así visto el asunto, lo que el marqués nos contó parece cierto. Así que ni párrocos muertos, ni iglesias saqueadas, ni santas camándulas ni la madre que nos parió.

—Si la Junta le ha hecho el encargo de recuperarlo es que el rosario existe —salió al paso la Romero en defensa del marqués.

—Existirá en su imaginación —precisó Mojamas—. Para mí que nos la quiere dar con queso. ¿A ti qué te parece, Mataperros?

El guerrillero no le contestó. Estaba mohíno, mascando pensamientos, evaluando cuanto el niño Camuñas acababa de contar. Con el pulgar y el índice se acariciaba la barbilla, como buscando una respuesta que tardaba en llegar. No era Mataperros un hombre cultivado, pero poseía el despabile de las fieras y su vivacidad era instintiva. Ahora, sin embargo, parecía confundido. Todos le mirábamos de refilón, como esperando que arrojase algo de luz sobre aquel embrollo, pero no quiso abrir la boca aún.

—Lo mejor va a ser que dejemos las cosas correr y nos volvamos a la sierra — continuó Mojamas, dando por hecho que Mataperros apoyaría su idea—. Ya hemos traído a Rosario hasta aquí y más obligaciones no tenemos, así que allá se las compongan los marqueses con sus camándulas, que nosotros mejor estamos por los montes que persiguiendo fantasías.

—Y los muertos de San Licinio, ¿qué? —sacó la Romero a colación—. ¿Acaso te parecieron fantasías?

Mojamas sacudió la mano como queriendo restarle importancia a aquel asunto.

Mataperros agarró entonces su pistola y se puso a examinarla con detenimiento. Todos, callados, le miramos hacer. La sopesaba con cariño, acariciaba sus cachas y evaluaba el estado del cañón. Parecía estar dialogando con ella como si fuera la pistola la que tuviera que decidir lo que hacer a continuación.

—Volveos a la sierra y avisad al Diago de los movimientos de tropas que los franceses se traen —dijo entonces Mataperros—. Decidle que algo gordo se prepara y que se ponga a las órdenes de la Junta para dar combate de la mejor manera que ellos estimen. Yo no puedo acompañaros y bien que lo siento. He de seguir el rastro de ese Tainebleau. Las cuentas que tengo que ajustar con él nada os atañen. Continuaré el camino esta misma noche, no tengo tiempo que perder.

El desconcierto se hizo en la estancia: las instrucciones de Mataperros eran rotundas y todos sabíamos que no tenían vuelta atrás. La determinación de dar cumplimiento a su venganza estaba por encima de cualquier otra consideración. Él tenía sus razones y obraría en consecuencia, eso estaba claro, pero ¿qué razones tenían los demás para acatar lo que les ordenaba?

—Yo voy contigo, aunque sea al infierno —protestó la Romero.

El niño Camuñas asintió con la cabeza y dijo que él también. Juan Mojamas frunció el ceño y, tras tachar aquello de locura, anunció que se uniría a ellos, y no porque le importase lo más mínimo la Santa Camándula, sino por lealtad a Mataperros, para contribuir con su faca a ajustarle las cuentas a aquel francés.

Por el claustro se oían los rezos de las monjas como zumbidos de abejas en torno al panal. Eran monótonos, infructuosos, incomprensibles. ¿Por qué rezarían?, ¿qué demandas portarían sus oraciones?, ¿desearían en sus rezos la muerte del francés? Entonces caí en la cuenta de que aquella historia de la Santa Camándula había dejado de tener que ver conmigo, pues Mataperros, ni aun suplicándoselo de rodillas, iba a querer llevarme con él. Mi viaje estaba concluido por lo tanto y acababa en aquel lugar. Eso me entristeció y una lágrima se me escurrió por la mejilla. Mataperros se dio cuenta, pero nada dijo; no le dio la gana hacerlo o acaso fuera su corazón, que no se lo permitió.

Salí a despedirlos a la puerta del convento; aparenté firmeza y me mordí las lágrimas. Fue mirar al suelo y al levantar la vista cabalgaban ya en la lejanía. ¿Qué sería de mí a partir de entonces? Antes de irse, Mataperros había estado hablado en privado con la superiora; supongo que le pediría que procurase mi bienestar. Supe después que le había entregado una bolsa repleta de monedas en pago por la carga que yo les iba a suponer, pero poco tiempo habría de permanecer yo en Santa María del Poyo: mi destino no era el de hacer dulces de monja. Dentro de los conventos la vida es rancia y el tiempo duele. La convivencia estrecha es mala cosa y, al final, los mismos odios y las mismas envidias que existen fuera se reproducen dentro de los muros, pero con más virulencia todavía. Se empieza de esclava del Señor y se termina de sierva de las otras, o aún peor. No, aquel sitio de monjas no era lugar que a mí me apeteciera. Habría preferido irme con ellos en pos de los franceses y tal vez otro gallo les hubiera cantado, pero no pudo ser. De haber estado en la refriega que días más tarde se produjo, lo mismo mi pistola habría liquidado a Tainebleau, pero las cosas son como suceden y nada puede hacerse por mudarlas. Lo de si la culpa es del destino o si la tiene el azar es harina de otro costal.

Cuando la última brizna del polvo levantado por el galope de los caballos se hubo esfumado en la oscuridad, la madre superiora me agarró del cogote y me metió en el convento.

—Ya está, ya se han ido —dijo con aspereza de monja resabiada—. Esto es lo mejor para ti. Acabarás acostumbrándote, así que ahórrate las lágrimas y da gracias a Dios por haber encontrado un cobijo pese a tu cara de Micifuz.

La superiora me condujo hasta las celdas de las monjas, abrió una de ellas y me ordenó que entrara. Vi un cuarto sobrio, de paredes encaladas, amueblado con dos catres, cada uno a un lado de la pared. Una mesilla estrecha los separaba. Sobre ella había una palmatoria. La llama echaba escupitajos de sombra y, entre la humedad que rezumaba de los muros y la penumbra que la vela propiciaba, aquello más que celda parecía mazmorra. Me fijé en que sobre una silla había un hábito doblado.

—Las ropas que llevas apestan, están raídas y no son las más apropiadas para este lugar. Mañana te lo pones —dijo la superiora refiriéndose al hábito—. Ahora, desvístete y duerme, que con el alba vendrán a despertarte.

Me desnudé en su presencia. Poco me importó que no dejara de observarme. Mi pudor era nulo en ese instante. Lo único que deseaba era meterme en la cama y pensar con calma en cómo huir de aquel lugar. Tenía resuelto el escaparme a la primera posibilidad que se me brindase. Ni un solo día aguantaría tras esos muros.

—Que tengas buenas noches —dijo la monja con su voz de perejil—. Por cierto, ¿te gusta cocinar? —preguntó relamiéndose—. Verás qué dulces más ricos hacemos aquí.

No le respondí y ella, indiferente, sopló la vela y se marchó. Intenté dormir, pero no pude. Mil inquietudes me lo impedían. Tuve sed y quise beber agua; me levanté y fui a abrir la puerta, pero, para mi sorpresa, estaba cerrada: la monja había echado el cerrojo por fuera. Aquello me indignó. ¿Cómo había sido tan lerda de haberme dejado conducir hasta esa situación? Me puse nerviosa y golpeé con los puños la madera. Di patadas, grité…, pero mi insistencia de nada sirvió. Después de intentarlo durante un buen rato, volví de nuevo al catre. La garganta me ardía, pero estaba agotada de cansancio y de rabia y me quedé dormida en un pispás. Al poco, un ruido me despertó. Oí descorrerse el pestillo y la puerta se abrió. Por la rendija vi asomarse a una persona; entró en la celda y, tras cerrar la puerta tras de sí, se fue acercando muy despacio hasta mi catre. Era una mujer joven; llevaba puesto un hábito de novicia y, echada a los hombros, una manta gruesa. Se agachó ante mí.

—¿Estás despierta? —me preguntó. Me incorporé en el catre y la miré con desagrado.

—¿Quién eres tú?

—No te preocupes, soy amiga. Te han puesto en mi celda, por lo menos por ahora.

Entonces se giró y de debajo de su catre sacó un envoltorio que tenía allí escondido. Como pretendiendo ganar mi confianza, me lo ofreció.

—Toma, es chocolate. La superiora nunca nos da, pero yo sé bien dónde lo guarda. Pruébalo, es del bueno. Te gustará.

Mordí la onza y degusté su amargor. Hacía tiempo que no cataba el chocolate y su sabor me reconfortó.

—¿Te gusta?

Asentí con la cabeza, pero sin querer fiarme de aquella muchacha.

—He oído decir que te ha traído Mataperros. ¿Es eso verdad? Todo el mundo habla de él. ¿Eres de su partida? Anda, cuéntame.

Su voz era fresca y tintineaba en mis oídos. Su tono resultaba agradable. Mordí de nuevo el chocolate, pero nada le conté.

—Tienes los ojos húmedos. ¿Has estado llorando?

—No —mentí—. Es solo que me escuecen.

Hice un ademán de frotármelos, pero aquella muchacha me tomó las muñecas con sus manos y me las apartó de la cara para así contemplarme a la luz de la vela.

—A mí no me engañas. Tú has estado llorando —dijo riéndose.

—¡Sí, he llorado!, ¡y qué! —protesté enfadada—. Me traen aquí obligada y para colmo van y me encierran en este cuchitril. ¿Qué quieres?, ¿que no llore? Yo no soy la esclava de nadie y menos de unas monjas de mierda. Todo esto me asquea y en cuanto pueda me largo de aquí.

—¡Oh, sí, sí, qué maravilla! —dijo la muchacha frotándose las manos—. Me encanta oírte hablar así. A mí me trajo obligada mi hermano y también quiero marcharme, pero no tengo adónde ir. Además, no te creas que es tan fácil: las monjas están siempre al acecho y a la más mínima sospecha van y te aplican aislamiento, y a pan y agua te tienen hasta que las ganas se te pasan. Ya te irás dando cuenta de cómo se las gastan por aquí.

Entonces me ofreció estrechar su mano.

—Me llamo Clarita y soy de Madrid.

Mantuvimos juntas nuestras manos unos segundos, embelesadas por el roce. Recuerdo que entonces vi en sus ojos un destello de bondad. A veces basta una mirada para ganarse la confianza de las personas. Desde ese mismo instante, Clarita contó con la mía.

Tenía Clarita por aquel entonces diecisiete años cumplidos y todo el esplendor de la juventud lo llevaba a flor de piel. Rebosaba simpatía y vitalidad, y parecía dueña de una energía elocuente que todo lo arrasaba. La habían metido a la fuerza en el convento y ella no estaba a gusto, así que, de inmediato, convinimos en escapar. Me contó que sus padres, los condes de Sotomayor, habían muerto siendo ella niña y que, durante su infancia, había vivido en Madrid con un hermano suyo, Jacinto, diez años mayor. Él era ahora el que administraba la fortuna familiar y quien había heredado de sus padres los títulos nobiliarios que poseían. Su hermano la quería con locura y la tenía en la más alta consideración, pero, encargado de su custodia y cuidado, al empezar las revueltas en Madrid había decidido alejarla de la corte y ponerla a resguardo en Santa María del Poyo hasta que se aclarase la situación. Clarita adoraba a su hermano Jacinto y compartían las inquietudes políticas y sus aficiones literarias. Él era amigo de Quintana, de Alberto Lista de Escosura… y escribía también versos dedicados a la gloria de la Nación y a la felicidad del pueblo. Su odio al valido Godoy era, como en muchos de los prohombres de la época, más visceral que meditado, lo que le llevaba a participar en cualquier conspiración que contra él se orquestara, de manera protagonista y con más ganas que el resto. La razón última de su inquina estribaba en la herencia de unas fincas por la parte de Extremadura, pertenecientes de antiguo a su familia y que, al morir su padre, habían entrado en litigio a causa de una acción reivindicatoria de dominio interpuesta por el marqués de Entrambasaguas. Jacinto había recurrido a la mediación del valido Godoy, a quien su padre tuvo a bien hacerle algunos favores útiles para su aceptación por lo más granado de la sociedad madrileña, pero, como muerto el perro se acabó la rabia, Godoy hizo oídos sordos de la ayuda que luego le pidieron para mediar en el pleito, lo que enfureció al hermano de Clarita. Para colmo, los magistrados de la Audiencia sentenciaron en su contra y dieron el derecho sobre las fincas a su oponente. Desde entonces, Jacinto no cesó de participar en conspiraciones contra Godoy y sus protectores reales: Carlos IV y María Cristina. Los rumores de que la reina se encamaba con el valido asistida del tácito consentimiento de su esposo estaban extendidos por todo Madrid, pero, con independencia de su veracidad, bien se encargó Jacinto de divulgarlos a los cuatro vientos con pelos y señales. Entre Godoy, Pepita Tudó —su amante, una muchacha bella pero de extracción humilde a la que todo el mundo odiaba y envidiaba— y la reina de España, tenían montado un tinglado que era la comidilla en los mentideros de la patria.

Jacinto, muy a la moda de la época, había entrado a formar parte de una sociedad secreta de inspiración masónica que tenía, como fin último, promover el libre pensamiento y la justicia universal, y como fin primero el conspirar contra Carlos IV y el valimiento de Godoy. La sociedad había sido constituida un año antes por un comerciante en lana merina llamado Juan Portela que tenía negocios con las colonias americanas y, especialmente, con el territorio de Virginia, lugar utópico de las libertades civiles, según sostenía; por tal razón la habían puesto de nombre Loable Sociedad Filantrópica de los Hermanos Virginianos. Aquella sociedad estaba integrada por miembros destacados del comercio, profesionales liberales, rentistas aburridos y artistas variopintos. Dos veces al mes celebraba sus conciliábulos, en los que se trataba de multiplicidad de temas, desde la igualdad de derechos para hombres y mujeres hasta la demostración por métodos empíricos de la inexistencia del diablo. Uno de sus miembros, el ingeniero Matías Cruz, que acompañara a Malaspina en su famosa expedición científica por los mares del mundo, había inventado, al parecer, un artilugio óptico con el que, incrustado en la tierra en un ángulo cuya determinación implicaba intrincados cálculos matemáticos, podía observarse que el centro de la tierra era una bola de fuego magmático en la que no cabían ni cancerberos, ni demonios, ni tridentes, ni calderas hirviendo de Pedro Botero. No eran muchos los hermanos virginianos, pero cada miembro de la sociedad estaba escogido por su relevancia social, su mucha fortuna, su extrema audacia, su vehemencia embaucadora o sus excepcionales capacidades intelectuales. Se juntaban en las casas de unos y otros bajo la apariencia de estar celebrando cenas galantes. El hermano de Clarita solía hacer muy a menudo de anfitrión en su palacete de la calle de Tres Cruces. Los hermanos virginianos acudían ataviados con sus mejores galas y se pasaban la noche discutiendo sobre los variopintos temas que solían configurar sus órdenes del día. A veces acordaban tomar acciones para que su credo fuese calando en las diversas capas de la sociedad, bien subvencionando publicaciones, bien difundiendo pensamientos, bien comprando voluntades. Muy a menudo permanecían discutiendo hasta altas horas de la madrugada y después, de uno en uno, para no levantar sospechas y con la más exquisita de las precauciones, iban abandonando la casa hasta la siguiente reunión. Aunque la sociedad de hermanos virginianos llevaba poco tiempo activa, uno de sus logros más relevantes había sido, sin duda, la instigación del luego llamado motín de Aranjuez, en el que gentes del pueblo, convenientemente agitadas por individuos anónimos, asaltaron el palacio de Godoy, le tomaron prisionero y forzaron con ello la abdicación del rey Carlos IV en su hijo Fernando el bien amado. Eso les había ensoberbecido y alentado a seguir con sus propósitos filantrópicos sin reparar en esfuerzos, en medios o en derroches de imaginación.

Clarita no paraba de hablar de las bondades de su hermano Jacinto. Lo reverenciaba hasta extremos enfermizos, lo adoraba en cada gesto, en cada detalle, en cada palabra que pronunciaba, como se adora a Dios ante un altar, y lamentaba no poder estar con él ahora compartiendo su suerte en la villa de Madrid, hostigando a los invasores y haciéndole la vida imposible a ese gallito emplumado de Joaquim Murat, gran duque de Berg, y a toda su corte de lameculos y afrancesados.

Resultaba curioso constatar cómo dos personas de cultura y procedencia tan dispares como Mataperros y Jacinto, el hermano de Clarita, hubieran coincidido en determinar que aquel convento de monjas era el lugar más seguro para preservar a una muchacha de los rigores de la guerra. En cualquier caso, la casualidad nos había juntado allí y en esas estábamos. Clarita y yo nos abrimos nuestros corazones de inmediato y cruzamos confesiones igual que si nos conociéramos desde siempre. Yo le conté mi vida por entero, mi infancia en Filipinas y todos los avatares que me habían llevado hasta las playas de Sanlúcar. También le referí las últimas semanas con la partida, desde que Mataperros me liberara de don Bambridge, los recelos que levanté en el campamento y cómo Mataperros había decidido enclaustrarme en aquel lugar y así apartarme de su lado bajo el pretexto de ponerme a salvo.

Con Clarita su hermano había hecho lo mismo: temía por ella. Aseguraba que los espías de los franceses eran numerosos y andaban camuflados por todas partes. En nadie se podía confiar, so pena de encontrarse con un disgusto. Cada palabra que se decía, cada expresión de queja que se pronunciaba, era recogida por algún confidente. Siempre había uno al acecho. Según me contó, algunas de las iniciativas de los hermanos virginianos habían sido conocidas de ese modo y concretamente de su atentado contra Murat. Después de lo que le habían osado hacer, los franceses se habían esmerado en averiguar quiénes integraban aquel atajo de irredentos que se hacían llamar de aquella manera ridícula. Clarita me contó que a Murat le gustaba pasear por Madrid, pavoneándose a lomos de un caballo alazán andaluz de pura sangre. Las chorreras y filigranas de su uniforme resaltaban la altanería de aquel individuo presuntuoso que aspiraba al trono de España por ser cuñado de Napoleón. Cabalgaba por la calle Mayor, seguro de su poderío militar, y se llegaba hasta el palacio de los duques de Alcubilla; luego torcía hasta el Buen Retiro, en donde a principios del mes de mayo habían sido fusilados algunos de los patriotas que se echaron a las calles para degollar mamelucos. Según Clarita, los hermanos virginianos habían planeado una acción subversiva que desprestigiara a Murat a los ojos del pueblo y diese alas a la gente para no temerlo ni respetarlo. Un mozo provisto con un cubo hasta arriba de mierda se había subido al tejado de una casa en la calle Mayor. Allí aguardó el paso de Murat para echárselo encima. La gesta estaba planeada con detalle, desde el día elegido, hasta el edificio más apropiado para luego escapar por los tejados con facilidad de gato montés. Todo estaba a punto y el pueblo de Madrid curioseaba por las calles a la espera de la consabida aparición vespertina del general, algunos para aplaudirle y descubrirse las cabezas, otros para ver de cerca el tamaño de la magnificencia de los franceses, y unos pocos para escupir al suelo a su paso. Encaramado en el alero, el mozo pagado por los hermanos virginianos aguardaba el momento oportuno para cumplir su misión. Vestía a lo majo: llevaba un pañolón granate en la cabeza y se tapaba el rostro con un antifaz. De repente, se oyó jaleo en uno de los balcones de la calle Mayor; un par de soldados franceses forcejeaba con una señora que debía de ser la dueña. Según parecía, los soldados habían entrado por las buenas, tirando la puerta abajo, y ella ahora se les encaraba, acorralada en el balcón. La gente, desde la calle, vio con estupor cómo uno de los militares le daba un golpe en la cara con la culata del fusil y ella caía desmayada al suelo mientras el otro apuntaba al alero de enfrente. Restalló entonces un disparo y el mozo enmascarado, herido de muerte, cayó del cielo y se estampó contra la acera con el cubo de mierda que portaba. Allí quedó, hecho un asco a la vista de todos y sin que nadie entendiera qué era lo que había sucedido en realidad. Los franceses, valiéndose de sus espías, se habían enterado del propósito de los hermanos virginianos y habían abortado la acción. Eso era todo. Una muerte, si se piensa, absurda y desproporcionada para el fin previsto. La humillación del prójimo jamás debe pagarse con la vida, aunque todo sea, por supuesto, relativo en el terreno del amor propio. Los hermanos virginianos estaban constreñidos por pocos pero sólidos principios morales, y uno de ellos era el respeto escrupuloso a la vida humana: su credo les impedía quitarle la vida a nadie y aquello, en tiempos de guerra, era cosa bien absurda, desde luego. ¿Cómo salvar la patria sin derramar ríos de sangre, cataratas? ¿De qué modo triunfa la libertad si no es con la cabeza de los tiranos rodando cuesta abajo por los tablones de los patíbulos? Cualquier acción de rebelión emprendida por ellos —o por quien fuese— corría el riesgo, caso de ser descubierta, de ser castigada con la muerte. No estaban en igualdad de condiciones, pero tampoco les importaba: defendían lo que pensaban y trataban de ser consecuentes con sus ideas. Tal vez los tiempos venideros propiciasen una doctrina social del estilo de la suya, aunque resultaba poco probable conociendo la naturaleza carnicera del ser humano. En cualquier caso, lo cierto era que Clarita contaba todo aquello con una ingenuidad mayúscula, tal vez la de alguien que nunca se ha enfrentado cara a cara con la violencia verdadera y vive en un mundo nimbado de algodones.

Escuché fascinada a aquella muchacha; hablaba y hablaba sin parar; me contó toda su vida, sus anhelos, la emoción que sentía por las cosas simples de la existencia y las ganas que tenía, igual que yo misma, de marcharse a escape de aquel convento. No me anduve con rodeos: le propuse fugarnos juntas. En ese momento oímos pasos acercándose. Debía ser ya bastante de madrugada. Clarita me hizo señas para que me metiera en la cama.

—¡La vigilanta!, ¡es la monja vigilanta!: ¡cómo nos vea despiertas, nos despelleja! ¡Corre, hazte la dormida!

Nos metimos dentro de los catres y soplamos la llama de la vela. Un hilo de humo se deshizo en la oscuridad. En ese mismo instante la puerta se abrió y al trasluz distinguimos la silueta de un hábito. La oímos respirar a pulmón hinchado, como tragando el rastro del humillo que había dejado en el aire la vela al apagarse.

—Sé que estáis de cháchara y eso es imperdonable —dijo con tono desabrido—. Mañana, como castigo, las dos limpiaréis de rastrojos el huerto. Yo sabré hacer de vosotras novicias ejemplares: seréis obedientes, sumisas, disciplinadas y siervas dignas de nuestro Señor.

Ninguna de las dos la contestamos: nos limitamos a esperar calladas a que se fuera y, tras un rato de silencio prudente, continuamos hablando a oscuras. Volví a insistirle en que debíamos marcharnos cuanto antes. Con todo lo que estaba sucediendo en España era absurdo quedarse tras los muros de aquel convento. La vida verdadera estaba al otro lado y no nos la podíamos perder. Clarita, entusiasmada, no titubeó.

—Mañana, después de la comida, estaré ayudando a recoger la cocina. Tú vete allí con cualquier excusa. Se llega por el mismo pasillo que conduce al refectorio. Está al final del todo. La cocina tiene una puerta que da a un patio trasero que, a su vez, comunica con la cuadra. Los desperdicios se echan a los animales; tú me ayudarás a llevarlos. Allí hay un par de mulos; los cogemos y nos vamos.

—¿A plena luz del día? ¿No sería mejor esperar a la noche? —repuse.

—Después de la comida las monjas se amodorran. Ni se darán cuenta.

—¿Pero hay arreos y sillas de montar?

—No sé. Algo habrá y, si no, montaremos a pelo, ¿o es que no sabes?

Quedamos en hacerlo de ese modo. Lo importante era irse de inmediato y por lo menos aquella muchacha tenía mi mismo ánimo. Nos arriesgaríamos. Ya veríamos adónde íbamos después. Tal vez pudiéramos unirnos a alguna partida, a la del Cananas o a la de Francisquete. Ellos nos aceptarían sin los remilgos de Mataperros. Se lo dejé caer a Clarita y la idea le entusiasmó.

—¿Has matado algún francés? —me preguntó excitada.

Me vino a la cabeza el recuerdo de los muertos vistos en San Licinio y la perspectiva de la sangre, de repente, me asqueó. ¿Irnos para seguir contribuyendo a la matanza? ¿Era la de la patria causa suficiente como para justificar la caza de enemigos? Fue entonces cuando le revelé a Clarita la historia de la Santa Camándula y las vicisitudes por las que habíamos pasado en los últimos días por culpa de la reliquia. Le relaté la llegada del falso cura a la guarida de la sierra. Le repetí las patrañas que Tasito nos contara y cómo Mataperros había descubierto su engaño. Le detallé la extraña noche que pasamos en el Corral del Gato, la visita a la quinta del marqués de Lindaluz y la escabechina de los frailes de San Licinio. Le di cuenta de las averiguaciones que el niño Camuñas había hecho sobre la iglesia de Fontenebro y cómo detrás de aquella historia misteriosa parecía estar un francés, monsieur de Tainebleau, con el que Mataperros tenía cuentas pendientes que ajustar.

Clarita mostró gran interés por cuanto le conté. Yo lo achaqué a que el mundo que mis palabras dibujaban estaba en claro contraste con el suyo propio: quieto, formal, acostumbrado a la infertilidad galante de los salones madrileños y a la paz atufada de aquel lugar de monjas. Me satisfizo desmenuzar con ella los acontecimientos de los últimos días. Además, el hecho de tener que narrar lo sucedido me sirvió de ejercicio para ordenar mis pensamientos.

Creí que con aquella historia que le acababa de endilgar, Clarita tendría suficiente material como para quedarse pasmada, pero, una vez más, la vida me demostró ser el territorio de la sorpresa y lo que Clarita me reveló acto seguido me dejó boquiabierta.

—¿Y qué más os contó ese marqués de Lindaluz sobre la Santa Camándula? — me preguntó, rompiendo con su voz tintineante el silencio en el que estábamos—. ¿Os dio detalles de cómo era el relicario que forjó el orfebre sevillano para conservarla?

—No demasiados. Dijo que era muy hermoso; cilíndrico, de cristal de roca y plata, redondeado en los extremos.

—¿Y por qué crees tú que la andan buscando esa reliquia los franceses, si todos son unos sindiós?

Recordé que esa misma pregunta se la había hecho Mataperros a Lindaluz y utilicé la misma respuesta que él le diera.

—Por su valor. Vale miles de reales. La reliquia en realidad es lo de menos. Lo que cuenta es el relicario. El marqués aseguró que se trataba de una joya única y que había personas dispuestas a pagar por ella muchos cuartos.

—¿Y si fuera mentira? —repuso Clarita con una pizca de desafío en la voz.

—¿Mentira, el qué? ¿Que sea valiosa?

—No. Valiosa no. Mentira que la busquen por eso.

—¿Y por qué si no?

—A lo mejor porque guarde otra cosa, una reliquia, pero no la que aparenta conservar.

—¿Otra reliquia? ¡Qué tontería! ¿Qué mayor reliquia que el rosario de la Virgen María?

Clarita se hizo la enigmática y cambió el tono de su voz, como si fuera a desvelar un gran misterio.

—Supón que ese relicario contenga algo diferente —dijo incorporándose en el catre—. Algo horrible, pero que Napoleón desea poseer a toda costa.

—No entiendo lo que dices. ¿A qué te refieres con algo horrible?, ¿de qué me estás hablando?

Llegué a creer que Clarita se estaba trastornando por momentos, pero cuando me dijo lo del cuerno comprendí que lo que estaba era ida del todo. «Pobre chica», pensé, «así de joven y ya sin juicio». ¡Y yo que la había hecho caso en lo de escaparnos juntas al día siguiente! Más me valiera ventilármelas por mi cuenta y no confiar en el primero que me saliese al paso. Lo peor no es que la gente se invente fantasías: lo peor es que se las crean a pies juntillas y que, teniéndolas como ciertas, pretendan trasladárselas a los demás.

—Me refiero al cuerno del diablo —me soltó Clarita a bocajarro—, el cuerno que se le partió a Satanás cuando cayó del Cielo. El maligno anda desde entonces por el mundo tullido de cabeza, tentando a las gentes y haciendo el mal allá donde puede. Cuando Dios le expulsó cayó en picado y se estampó de bruces contra el suelo. Uno de los cuernos se le partió y un azor se lo llevó prendido en sus garras. Nunca lo ha recuperado desde entonces, pero cuando lo haga recobrará el poder que antaño tuvo. Eso es lo que le he escuchado decir a Jacinto en sus cenas con los virginianos.

Por si el embrollo del rosario hecho de espinas fuera poco asunto, Clarita me salía ahora con lo del cuerno del diablo. ¡Había que amolarse! Me vinieron a la cabeza las leyendas que contaba Juan Mojamas en la sierra cuando, después de cenar, nos juntábamos alrededor de las hogueras. Él echaba mano de su repertorio y nos las relataba con elocuencia, impregnándolo todo de una atmósfera de misterio que asustaba a cuantos le escuchaban. Una de aquellas historias hablaba, efectivamente, de un cuerno del diablo que tenía la facultad de otorgar la victoria a aquellos generales que lo usasen como bastón de mando. Decía que lo habían poseído Alejandro Magno, Julio César y también Castaños en Bailén. Pero todo aquello no eran más que pamplinas, cuentos de vieja para asustar y entretener. No quise contrariar a Clarita en su desvarío y opté por callarme y dejarla explayarse. Me dijo que, durante una cena en su casa de Madrid, había oído contar la historia del relicario. Aquella noche estaban presentes gentes muy diversas, todas relevantes y de postín. Entre ellas había algunos individuos que, por su conocida afiliación a las ideas enciclopedistas, eran tenidos por simpatizantes de lo francés. La velada había sido organizada por su hermano Jacinto para homenajear a un pintor que hacía dibujos estrambóticos de brujas, aquelarres, murciélagos y espantajos; sátiras todos de vicios y pecados del pueblo español. Lo más granado de Madrid admiraba la obra de este artista controvertido y todo lo que la misma representaba de burla contra el poder. Fue un joven abogado llamado Roso Blasco el que sacó a los postres el asunto de la Santa Camándula. Roso era amigo del hermano de Clarita y miembro también de los hermanos virginianos. Habían estudiado juntos en el colegio de San Isidro y Clarita le conocía desde pequeña. Era apuesto, noble, decidido, amaba a la patria y despreciaba abiertamente las relaciones cordiales que los Borbones en Bayona se traían con Napoleón. Clarita sentía por él un cariño confuso que la hacía temblar cada vez que lo veía, pero nada relevante había sucedido entre ellos. La noche de la cena, con habilidad y buen tino, Roso fue dejando caer sobre la atención de los comensales la historia del relicario: cómo fue encargado por el abad de San Pigal de Duero y concebido por la mano prodigiosa de aquel orfebre sevillano; de cómo el abad se lo llevó del monasterio por temor a que alguien lo robase y de cómo al ser preguntado dónde estaba, se santiguó con parsimonia y explicó que lo había escondido en una iglesia en la que nadie repararía. Hasta ahí casi nada difería de la versión contada por Lindaluz. Cuando los comensales estaban ya expectantes, incapaces de atender a otra cosa que no fuera el desenlace de aquella historia, Roso Blasco desveló el secreto. Al contrario de lo que todo el mundo consideraba, el relicario fabricado por el orfebre sevillano Marcial de Aljarafe no contenía el rosario de espinas de la Virgen María, sino nada más y nada menos que el cuerno del diablo, también conocido como la espina daemonis. La sorpresa fue general y hubo un debate acalorado sobre la posibilidad de que aquel asunto inverosímil pudiera ser una chanza del abogado. Roso sostuvo con templanza la certeza de lo dicho. El cuerno se le había partido al caer del cielo y un azor se lo había llevado volando, entre sus garras. Sin el cuerno que le faltaba, el diablo podría seguir engañando al hombre, pero el hombre tendría la capacidad de descubrir sus mentiras. Aquella fue la compensación que Dios le dio a la humanidad por haberle enviado semejante compañía. Los siglos fueron pasando, las civilizaciones se sucedieron unas a otras, pero el diablo jamás volvió a recuperar el cuerno perdido. Aquel objeto tenía la propiedad de inferir valor y mando; la obediencia ciega les era debida a aquellos que lo poseían. En manos de un general, cualquier ejército, por desfallecido que estuviera, saldría vencedor en la batalla. El diablo siempre intentaría recuperarlo, pero mientras estuviera consagrado a la divinidad, nada podría hacer para ello. Solo volvería a su poder en el final de los tiempos. El cuerno había pasado por infinitas vicisitudes y fueron muchos sus poseedores a lo largo de la historia. Por esos avatares del destino fue a caer en manos del abad de San Pigal de Duero. Este decidió encerrarlo dentro de un relicario y bendecirlo para así someter su poder al divino. El abad hizo creer a todo el mundo que el relicario en verdad contenía la Santa Camándula, y después lo escondió en sagrado, fuera del culto, en alguna iglesia recóndita, apartada de todos los caminos.

El tema fue tratado por los comensales hasta bien entrada la madrugada y, a juzgar por la pasión con la que estuvieron discutiendo, no debió parecerles asunto baladí. Al contrario, la conversación se enriqueció con pareceres variados que contribuyeron a potenciar el debate. Así, por ejemplo, el poeta Aldana, uno de los invitados, manifestó su voluntad de escribir una oda al cuerno del demonio, y el ingeniero Javier de las Ramas, discípulo aventajado de Ventura de la Vega, hizo proposición de hacer una expedición a tierras castellanas en busca del lugar en el que el diablo se estampara pues, si fue un azor la rapaz que le distrajo el cuerno, era obvio pensar que habría sido en Castilla, de donde estas aves son oriundas. Unos y otros hicieron sus aportaciones variopintas y sacaron sus propias conclusiones sobre lo que Roso Blasco les acababa de contar. El pintor al que homenajeaban en la cena tuvo la deferencia de ponerse a dibujar para los presentes la pieza fabricada por Marcial de Aljarafe según las descripciones efectuadas. En apenas quince minutos tuvo hecho un boceto. Todos le aplaudieron la maestría del trazo y admiraron la belleza sin par de aquel relicario tan raro que pintó.

—¿Qué te parece? —me preguntó Clarita sonriendo—. Está claro que lo que tú me has contado coincide del todo con la historia de Roso Blasco.

—Puede ser —respondí un tanto confusa—, pero suena estrambótico. ¿Cómo puedes estar segura de que todo lo que oíste contar no fuese más que una patraña destinada a entretener a los invitados de tu hermano?

Clarita se quedó callada. Un atisbo de decepción se adivinaba en su silencio.

—No crees lo que te digo, ¿verdad?

—¡No es eso, mujer! —respondí compungida—, ¿pero qué constancia tienes tú de que sea cierto?

—Roso Blasco no es una persona que vaya por la vida mintiendo. Él contó una historia y nada más. Yo no sé si es cierta o no lo es; solo sé que la contó y que es muy parecida a la que tú me acabas de decir que escuchasteis de boca de ese tal marqués de Lindaluz. Que ambas sean la misma y que tengan acaso una parte de verdad es algo que a lo mejor deberíamos nosotras tratar de averiguar.

Me eché a reír para mis adentros. ¡Menuda idea estupenda acababa de ocurrírsele a Clarita! Para saber si en el relicario de la camándula se escondía en verdad el cuerno del diablo habría primero que conseguirlo. Y ya había visto lo que les pasaba a los que iban tras él.

—¿Y qué sugieres entonces que hagamos? —le pregunté—, ¿que nos pongamos a buscarla por nuestra cuenta?

—Bien podría ser.

Clarita parecía muy segura de sí misma, así que ¿por qué no intentarlo? Tal vez aquella similitud entre las dos historias encerrara algo más profundo. Las leyendas flotan en el aire desde épocas remotas y se van adaptando al paso de los tiempos para jamás morir. Cambian de aspecto, mudan de intención y así perduran. La mera posibilidad de ponernos a buscar el relicario no hizo más que avivar mis ganas de salir de aquel convento.

—Que hayas llegado a Santa María del Poyo no ha podido deberse a la casualidad —sentenció Clarita—. Tú y yo estábamos predestinadas a encontrarnos y la Santa Camándula ha sido la causa necesaria. Imagínate por un momento que la leyenda fuera cierta y que en el relicario se ocultase el cuerno del diablo. ¿Qué sucedería entonces? Si no conseguimos evitarlo, ese francés sanguinario del que hablas se hará con él y acabará en las manos de Napoleón. Con el cuerno en su poder, los franceses se crecerían, cundiría el desánimo en nuestras tropas y la guerra estaría perdida. Cualquier resistencia, cualquier oposición habría sido en balde. Debemos evitar que caiga en sus garras. ¡Esa ha de ser a partir de ahora nuestra misión!

Puede que Clarita estuviera en lo cierto, pero había partes de aquel asunto que no acababan de encajar. ¿Por qué si Roso Blasco sabía de la existencia del cuerno del diablo lo había proclamado a los cuatro vientos en aquella cena a la que Clarita se había referido? ¿Pretendía acaso que se enterasen los franceses? No parecía tener mucho sentido el ponerlos sobre aviso. Madrid era un hervidero de espías y cualquier rumor, por absurdo que fuera, acabaría de inmediato en los oídos de Joaquim Murat. Si realmente la reliquia de la Santa Camándula era en verdad la tapadera del cuerno del diablo, los virginianos deberían habérselo callado.

—No tiene sentido que tu hermano y su amigo le fueran a todo el mundo con el cuento del cuerno del diablo, Clarita. ¿Qué pretendían?, ¿acaso que se enterase todo Madrid? Lo que tendrían que haber hecho hubiera sido callarse la boca y ponerse ellos mismos a buscarlo en vez de dedicarse a tanta cháchara.

—¿Y cómo sabes tú que no lo hicieron? —repuso con astucia Clarita—. A lo mejor hasta lo tenían ya en su poder.

Me quedé pasmada con aquella respuesta. ¿Qué me quería dar a entender? Se lo pregunté por las claras y ella siguió contándome que, pocos días después de las revueltas de principios de mayo, en plena represalia de los soldados de Murat, Roso Blasco apareció por su casa. Era de noche y al principio no lo reconoció. Venía disfrazado de majo, envuelto en una capa parda y con un sombrero de ala ancha que le caía por el rostro. Traía un sobre lacrado para su hermano. Le dijo que se iba de Madrid, que le habían delatado por participar en la defensa del parque de artillería de Monteleón y que tenía que poner tierra de por medio. Al poco de él haber llegado llamó a la puerta una mujer: vestía muy elegante y llevaba el rostro tapado con un velo. Se hizo anunciar como madame de Truffigni. El hermano de Clarita salió de inmediato a recibirla, le besó la mano con reverencia y le indicó el camino del gabinete donde estaba Roso Blasco. Los tres se encerraron en él, pero Clarita puso la oreja tras la puerta y pudo escuchar parte de la conversación. Ambos hombres pretendían que aquella mujer les sirviera de enlace con el rey Fernando, recluido en Bayona. Los hermanos virginianos querían transmitirle un mensaje de confianza, esperanza y tranquilidad. Deseaban hacerle saber que la espina daemonis estaba a buen recaudo y que de nada se tenía que preocupar. Esa misma información debía igualmente trasladársela a Escoiquiz. Por mucho que se empeñase, Napoleón no podría beneficiarse del poder de aquel objeto. Madame de Truffigni debía ponerse en camino rumbo a Valençay cuanto antes. No sería tarea fácil entrevistarse con el rey, pues Napoleón mantenía a la familia real aislada del mundo, pero al ser ella amiga personal de la emperatriz Josefina seguro que lo podría conseguir: al fin y al cabo había sido ella misma quien se la presentara a Napoleón años atrás.

—Aquella mujer salió de mi casa despepitada —continuó Clarita—. Llevaba un vestido precioso color violeta, a la moda de París. Le dije que me encantaba y ella, levantándose con dos dedos el velo que le tapaba el rostro, me guiñó un ojo y me sonrió. Cuando se hubo marchado le pregunté a mi hermano que quién era y él me respondió que madame de Truffigni, una conocida suya del Casino. Mentira.

—¿Quién era entonces? —pregunté intrigada.

—Teresa Cabarrús, más conocida como nuestra señora de los buenos auxilios. Una mujer muy rica y bien relacionada, tanto en Madrid como en París. ¿Sabes por qué le dicen así?

Negué con la cabeza.

—Durante la época del terror revolucionario ayudó a proteger a los realistas de la saña de los jacobinos. Robespierre la encarceló y, si no llega a ser porque Tallien, que era su amante por entonces, da un golpe de estado y le derroca, la mandan a la guillotina sin contemplaciones.

—¿Y forma también parte de los hermanos virginianos?

—Eso ya no lo sé. Supongo que sí, porque de lo contrario no habría acudido a mi casa aquella noche, pero vete tú a saber.

—¡Pues sí que ha sabido hacer bien el encargo la de los buenos auxilios! Habrá tranquilizado al rey, pero lo que es a los demás los ha alborotado a base de bien. Todo el mundo parece haberse puesto a buscar como loco la Santa Camándula o el cuerno del demonio o lo que diablos sea lo que esconda ese cacharro. Desde el marqués de Lindaluz a Tainebleau, pasando por los del Patronato de Bienes Nacionales y por la Junta Provincial, todos parecen andar detrás de él. Y para colmo ahora vas tú e insinúas que a lo mejor lo tienen ya los virginianos en su poder. ¿Lo has dicho en serio?

—Sí. ¿Por qué iban si no a decirle al rey que estaba a buen recaudo? Tenemos que ir a ver a Roso Blasco de inmediato —dijo Clarita decidida—. Él es el único que puede contarnos la verdad.

—¿A Roso Blasco, el amigo ese de tu hermano? ¿Acaso sabes dónde está?

—Fue a esconderse a la finca que su familia tiene por Segovia. No ha de distar muchas leguas de aquí. Con los mulos de las monjas, en un par de jornadas nos plantamos, tres a lo más.

Aún quedaban unas pocas horas para el alba. Los párpados se me cerraban de cansancio; teníamos que aprovechar el tiempo y dormir. El gallo nos despertaría con su cántico y entonces vendría la vigilanta para, tiradas de las orejas, llevarnos a maitines. Clarita me dijo que confiase en ella, que no me preocupara, que todo saldría bien, que al día siguiente nos escaparíamos del convento y que juntas aclararíamos aquel misterio. Me dio las buenas noches y se durmió enseguida. Yo cerré los ojos, pero como el sueño no me acompañaba me entretuve en darle vueltas a aquel asunto. Mil nuevas incógnitas me asaltaron de repente: ¿sabría el marqués de Lindaluz que el relicario de la Santa Camándula escondía en verdad el cuerno del demonio? Y si lo sabía, ¿por qué no se lo dijo a Mataperros? ¿Cuáles eran sus verdaderas intenciones? Y, sobre todo, ¿quién era aquel individuo al que se había referido como supuestamente interesado en adquirir la pieza de orfebrería que forjara Marcial de Aljarafe? Todo en mi cabeza era lío y embrollo y confusión. Los pensamientos me hacían hervir los sesos; habían sido muchas las emociones vividas aquel día, muchas también las palabras escuchadas. La versión de Clarita daba al asunto de la Santa Camándula una dimensión un tanto diferente, pero sobre todo más inquietante, por no decir descorazonadora. Estaba agotada y ya no sabía qué pensar. No eran tiempos de claridad aquellos y la añagaza imperaba por todas partes. En época de guerra la gente suele ser voluble y muda el pensamiento según conviene. Hay que andarse con cuidado y no fiarse de los demás. El oro todo lo compra, el hombre todo lo vende y la vida, en el mejor de los casos, es solo una mercancía más. Ya veríamos cómo se iban desenvolviendo los acontecimientos, pero de momento lo más acuciante era escapar.