La risa final
5. En la quinta del marqués
5
EN LA QUINTA DEL MARQUÉS
Llegamos a la quinta al caer la tarde. El cielo se había vuelto un amasijo de nubes negras que se deshacían en una llovizna débil y melancólica. Llevábamos largos capotes color tierra untados de grasa por los que el agua resbalaba mal que bien, pero aun así el camino resultaba incómodo. Los caballos jadeaban de cansancio y del aliento les colgaban hilos de agua. Sus herraduras chapoteaban en el barro y componían un sonido denso que entristecía y fastidiaba a la vez.
—Por ahí es —dijo el falso cura, señalando un camino flanqueado de cipreses que ascendía por una colina hasta perderse en la espesura de los nubarrones—. Tras esa loma está la casa de mi señor.
No me gustó el lugar. El arranque de aquel camino resultaba siniestro con tanto ciprés de cementerio. Aunque todavía no se veía construcción alguna, supimos que en ese punto empezaba una heredad por un mojón de piedra con el escudo de armas del marquesado de Lindaluz que allí se erigía: un lobo solitario aullándole a la luna sobre un campo de gules. Nos adentramos en aquella espesura sin pronunciar palabra. Los cipreses, agitados por el viento, mecían sus puntas como si fueran látigos, haciendo que el aire nos silbase melodías de dolor. La luz del atardecer se había vuelto oscura con el arreciar de la tormenta y las gotas empezaron a sacudirnos afiladas en la cara, cada vez con mayor fuerza. El camino serpenteaba ladera arriba y poco a poco se iba haciendo más pronunciado de lo que parecía a simple vista. Cabalgábamos a ciegas bajo los nubarrones, pues la frondosidad de los arbustos tras las hileras de cipreses hacía imposible vislumbrar paisaje alguno a nuestros flancos. Solo había el camino por delante y lo que a su final nos encontráramos. Continuamos al paso durante un rato largo. Quien hubiera mandado construir una quinta en semejantes soledades lo había hecho bien a conciencia. La ansiedad por llegar se sumaba al desagrado de cabalgar mojados. Por si fuera poco, las dudas de cómo nos las veríamos con ese pretendido marqués, a cuyo servicio decía estar el falso cura, nos volvía taciturnos. A Mataperros tampoco se le notaba muy tranquilo. ¿Y si todo aquello era una emboscada? Bien podía serlo, desde luego. Aquel falsario ya nos había demostrado lo que era capaz de hacer y no convenía fiarse demasiado. Tras coronar una cuesta, doblamos a la derecha y llegamos a un repecho. Una enorme verja de hierro marcaba el inicio del sendero que conducía a nuestro destino. La verja culminaba en unas hojas lanceoladas que acababan en finísimos extremos como puntas de alfiler. A ambos lados se alzaba un muro de piedra comido por la vegetación. Penetramos en el recinto del jardín y llegamos a una explanada muy enmarañada de maleza y matorral en la que la exuberancia de la naturaleza se había desmandado a su capricho. El cura extendió el brazo apuntando hacia la casa y, entre el follaje, distinguimos una luz. Descabalgamos y nos acercamos con sigilo. Aunque el viento y la lluvia amortiguaban nuestros pasos, cada vez que un caballo relinchaba nos daba un vuelco el corazón. Nos detuvimos a cierta distancia de la fachada. Se trataba de un antiguo palacete edificado como cuerpo principal de lo que, en otros tiempos, parecía haber sido una vasta explotación agrícola. La casa tenía aspecto abandonado y tirando a tétrico. Frente a la entrada había un parterre con una fuente en forma de alcachofa que alguna vez debió definir una sirena pues, aunque mutilado ahora su cuerpo de pechos para arriba, se seguían distinguiendo las escamas que configuraban el extremo inferior de una cola de pez. Las proporciones eran soberbias y aquel animal mitológico, a juzgar por los vestigios ante nuestros ojos, debía haber sido grandioso, si no descomunal.
—He aquí la quinta de mi señor —nos indicó el falso cura de Fontenebro—. A estas horas estará en el invernáculo entretenido con sus plantas —dijo, señalando con la barbilla el edificio. Echamos un primer vistazo por el entorno. Unas luces tenues en el interior del edificio indicaban las estancias que en ese instante debían de encontrarse habitadas. Se escapaban por grandes ventanales de los que sobresalían balcones enrejados. Me llamó la atención que todo el perímetro del tejado estuviera coronado por un friso embellecido con motivos florales. A intervalos los bajorrelieves se interrumpían con pináculos de aspecto caprichoso, como si hubieran sido construidos escurriendo arena con el puño a la orilla del mar. El conjunto del edificio, sin ser siniestro, resultaba inquietante y, sin llegar a lo desapacible, infligía intranquilidad.
—En la casa solo viven un par de criados viejos y una cocinera que se pasa el día trajinando en los fogones para hacerle guisos al marqués. Con verduras, porque él no come carne. Es una de las rarezas que le califican. Nada tenéis que temer de ellos. Son cargantes, pero inofensivos. El marqués suele encerrarse en su invernáculo después de cenar sus porquerías, más o menos a estas horas. Allí le encontraréis.
—Como no sea cierto lo que dices, date por muerto —le aseguró Mojamas.
Mataperros nos ordenó a la Romero y a mí que los aguardásemos en el jardín con los caballos preparados mientras él se colaba en la casa con el cura y Juan Mojamas. Al marqués querían abordarlo por sorpresa. Nosotras deberíamos permanecer bien atentas para poder huir a escape si aquello devenía en encerrona.
—Si oís disparos ni se os ocurra entrar —nos advirtió Mataperros—, montáis en los caballos y salís de aquí al galope.
La Romero quiso protestar, pero de nada le valió el intento. Así que allí nos quedamos ella y yo, solas y empantanadas bajo la lluvia, mientras los demás corrían hacia la casa y se apoyaban de espaldas contra la fachada, bien pegados para que desde las ventanas superiores no les pudieran disparar.
Anduvieron así unos cuantos metros hasta llegar a uno de los balconcillos de la planta inferior. El cura se subió al alféizar, que le llegaba por el pecho, e hizo una indicación para que los otros lo imitaran. No tuvieron que forzar el cierre, un empujón bastó para que la ventana cediese. La Romero y yo nos quedamos sorprendidas de la facilidad con la que se habían colado dentro. ¿Se trataría de una trampa?
—Daría cualquier cosa por estar allí con ellos —le dije a la Romero mordiéndome los nervios.
Ella se me quedó mirando con complacencia. Tenía muy presentes las instrucciones recibidas de Mataperros, pero su complicidad y mi excitación fueron más fuertes y le doblegaron la voluntad.
—Anda, síguelos —me dijo condescendiente—, que yo me quedaré aquí al quite, y ten cuidado, no vayas a romperte la crisma lagartijeando por ahí.
Ni Mataperros ni Mojamas advirtieron que yo les iba detrás. Ya habían accedido a la casa por la ventana y a saber dónde andaban ahora. Me subí al alféizar y me colé dentro de un salto. Aunque estaba medio a oscuras, la poca claridad que llegaba de fuera se reflejaba en los muchos espejos que colgaban de las paredes, por lo que la sala en la que había caído gozaba de cierta luminosidad. Avancé sin oír un ruido. El calor allí dentro era agobiante, un calor húmedo que mojaba la garganta al respirar. La estancia era alargada y enorme. No había muebles en ella, salvo unas pocas sillas arrimadas contra la pared. Del techo, un gran techo pintado con amorcillos y angelotes orondos y beatíficos, colgaban tres lámparas de araña de un cristal opalino muy espectacular. En el centro se abría una enorme chimenea, ahora apagada. Las molduras de la pared eran de pan de oro y conformaban guirnaldas exageradas que se elevaban hasta el techo. Por las arañas, los espejos y las pinturas de las paredes deduje que aquello debía ser un salón de baile. Estuve varios minutos sin moverme, observando alrededor, contenta por haberme metido en la boca del lobo, pero temerosa al mismo tiempo de que alguien me fuese a sorprender. Tras recuperar el resuello tuve la absoluta convicción de que en aquel lugar no había nadie y anduve hacia uno de los extremos de la sala. Salí por una puerta que allí había. ¿Cómo seguir los pasos de Mataperros por aquel laberinto de pasillos? Caminando muy despacio, llegué hasta un recibidor del que partía una escalinata de mármol con dobles pasamanos de lo mismo. Todo estaba en la mayor penumbra: ni una lámpara encendida, ni un triste candil mostraban evidencia de vida. Aquel caserón habría parecido deshabitado si no hubiera sido porque ni el polvo, ni la cochambre, ni el desorden hacían acto de presencia. Oí de pronto voces a lo lejos. Intenté localizar su procedencia. Me adentré por un pasillo que salía a mi derecha. El suelo de madera chirriaba bajo mis pies, así que tuve que pegarme a la pared, donde la madera crujía con más mesura. Anduve unos cuantos metros casi a oscuras hasta vislumbrar, al fondo, una puerta de doble hoja entreabierta. Me aproximé hacia ella con sigilo. Una franja vertical de luz parecía descender por su mitad. Me aproximé. La puerta rechinó al ser empujada y sentí una vaharada de aire caliente golpeándome el rostro. La temperatura allí dentro era aún más elevada que en el resto de las estancias y la humedad volvía el aire casi irrespirable. Aquel lugar me pareció escalofriante. Jamás en mi vida había visto nada igual: todo estaba repleto de plantas, algunas con hojas enormes, otras con formas extrañas. Las había de todas clases: trepadoras, carnosas, con flores vistosísimas, delgadas en extremo o de troncos robustos, semejantes a árboles. Aquello era un vergel, pero conservado dentro de una estructura de cristal, un jardín maravilloso al resguardo por completo del exterior. Una luz cenital caía sobre mi cabeza y todo lo espolvoreaba de una tenue claridad. Examiné asombrada cuanto tenía a mi alrededor. Me fijé en unos plantones colocados en filas sobre bancos de madera, uno detrás de otro, como si fueran las huestes de un ejército vegetal. Las paredes de la estancia eran de cristal emplomado, como las vidrieras de una catedral, y subían en hileras curvilíneas formando niveles separados por estrechos voladizos con barandillas hasta casi juntarse en una cúpula, también de cristal, que constituía la parte más prodigiosa de aquel lugar. En el perímetro de los voladizos había espejos dispuestos con velas, de forma que la luz que arrojaban, al multiplicarse hasta lo impensable, lo impregnaba todo de un extraño resplandor. Tuve miedo, pero un miedo impreciso que trascendía mi razón. Pensé en darme la vuelta y regresar afuera con la Romero, pero en ese instante sentí una mano que me tocaba el hombro.
—¿No te había dicho que esperases con los caballos?
Me di la vuelta, sobresaltada. Era Mataperros, que me miraba con irritación.
—Quería ir con vosotros.
—¿Acaso no son claras las órdenes que doy?
No le respondí. ¿Para qué? Sus ojos helados le traslucían el ánimo. Tuvo, en cambio, la sensatez de no hacerme más admoniciones e indicarme que me mantuviera detrás de él. Y así lo hice al igual que un animal desamparado. Anduvimos por un lateral de aquel jardín prodigioso hasta llegar a donde Mojamas y el cura estaban apostados.
—¿Y el marqués? ¿Dónde demonios está el marqués? —increpó colérico Mataperros al cura.
—No lo sé. Siempre viene aquí después de la cena. Es muy raro que hoy no esté.
—¿Raro? —repitió Mataperros. El falso cura agachó la cabeza en señal de pesadumbre. A Mataperros no debió gustarle el gesto, porque le cruzó la cara de un bofetón. El cura empezó a gimotear.
—¿Por qué me pegas ahora?
—Por embustero.
Mataperros ordenó entonces a Juan Mojamas que echara una cuerda a un voladizo e improvisara un cadalso para guindar al cura sin más contemplaciones. En cuanto el cura se percató de lo que se le venía encima, se hincó de rodillas implorando clemencia.
—¡No me matéis, por favor, no me matéis!, ¡qué va a ser de mí si me matáis!
—Aquí no hay nadie que responda por ti. Tu amo, si es que lo tienes, habrá salido huyendo al vernos llegar. Ya te habrás encargado tú de mandarle recado para que se esfumara a conveniencia. Pero descuida, que será lo último que hagas en este puerco mundo. Cuando tu amo regrese y te vea balanceando entre toda esta verdura, seguro que te agradece los servicios prestados y planta tu cadáver a sus pies.
El calor se hacía insoportable en aquel lugar. Era imposible aguantar mucho tiempo semejante sofoco sin arriesgarse a caer en el desmayo. Además, el aire venía cargado de un olor dulzón que se pegaba al paladar. De tan espeso, atragantaba. Al respirarlo hondo, un extraño contento parecía apoderarse de la mente. Todo, de repente, daba la impresión de estar flotando en una neblina indefinida. Los músculos se destensaban poco a poco y, al tiempo que aquello sucedía, la sensación de peligro disminuía. Cuanto más hondo se respiraba más convicción se iba adquiriendo de que nada importaba en este mundo salvo la complacencia de los sentidos.
Mojamas, siguiendo las órdenes de Mataperros, sacó una cuerda que llevaba en el zurrón y se la deslizó al cura por el cuello hasta que el nudo le quedó apretado en la garganta. Después estiró del otro cabo y, así atrapado, como si fuese un animal, le llevó hasta uno de los bancos con plantones al pie de un voladizo. Le dio entonces la vuelta y con un cordel le ató las manos a la espalda.
—¡Vamos, súbete ahí, alma de cántaro! —le espetó riéndose, como si en vez de encaramarse en el patíbulo fuera a hacer una acrobacia de titiritero.
El falso cura obedeció. Entre la oreja a medio tajar, la cara ensangrentada, sus muchos temblores y el sudor que le chorreaba por la frente, parecía el pobre un eccehomo haciendo doblete. Acto seguido, Mojamas deslizó el otro extremo de la cuerda por uno de los barrotes del voladizo y tiró de él para tensarla. La horca estaba ya lista y, con apartar el banco de sus pies, el reo quedaría balanceándose a tres palmos del suelo.
—Reza, si es que sabes, porque allí donde vas no van a darte tregua.
El falso cura cerró los párpados apretando fuerte para no tener que ver la muerte de cerca. La tripa, entonces, se le vació y un olor asqueroso llenó nuestras narices. Yo miré a Mataperros, intrigada por saber si tendría la sangre fría de colgar a ese hombre de aquella mala manera, pero todo parecía indicar que así iba a ser. El gesto lo tenía impasible, no movía un músculo de la cara y la dureza de su rostro lo volvía impenetrable. Entonces comprendí que jamás había tenido sentimientos ni hueco en su ser para la ternura o la compasión. Yo no podía más de calor. Quería salir de allí; estaba mareada y necesitaba aire fresco. Me di la vuelta con la intención de marcharme.
—¡Ahórcalo! —ordenó entonces Mataperros.
Mojamas le dio al banco un puntapié y el cura quedó pataleando. La cuerda chirriaba y el efecto de la caída le hacía dar vueltas al ahorcado como una pirindola.
El corazón se me echó a latir con fuerza. La orden de Mataperros aún retumbaba en mis oídos cuando, de espaldas a nosotros, por el extremo opuesto del invernáculo, oímos ruido de pasos aproximándose. Eran pasos desacompasados, pasos cojos, pasos desmadejados, unos pasos huecos que parecían de cabra triscando por las peñas. Todos contuvimos la respiración. Una figura imponente, pero destartalada, altanera y, sin embargo, melancólica apareció ante nuestros ojos. En su mano izquierda llevaba un bastón en el que se apoyaba al caminar. Iba vestido con una bata encarnada, de anchas mangas con floripondios damasquinados, que le caía hasta los pies. En el cuello lucía un pañolón muy llamativo anudado con un alfiler de oro al modo aristocrático. Sería un hombre de mediana edad, ni tan viejo para lo estropeado que estaba ni tan joven como para lucir un timbre de voz tan cristalino como el que le salía por la boca. Anduvo unos pasos más hasta detenerse frente a donde el ahorcado seguía pataleándole a la muerte.
—Sería una lástima sacrificar a este hombre —dijo el recién llegado, sin que sus palabras revelasen tono alguno de exigencia—. Enviarlo ya al infierno cuando aún puede servirnos en la tierra sería una prodigalidad. Bájenlo de ahí si no les importa.
Mataperros sacó su pistola de la faja y la movió para indicar a Juan Mojamas que descolgase al cura. Mojamas se subió al banco y, con su navaja cabritera, cortó la cuerda de un solo tajo. El ahorcado se precipitó contra el suelo y en él quedó agitando las piernas como si fueran rabos de lagartija. Un segundo más y no lo habría contado. Mojamas se arrodilló y le aflojó el nudo de la garganta para que pudiera respirar. Una enorme herida causada por el ahorcamiento quedó entonces a la vista.
—Ha faltado poco para que esta gente acabara contigo, Tasito. ¿Qué les has hecho de malo para que te traten así? ¿Has sido acaso desconsiderado con ellos? ¡Ay, Tasito, Tasito… no sé qué voy a hacer contigo!
En cuanto el falso cura se recuperó del aturdimiento empezó a llorar a lágrima viva y se arrastró hipando hasta los pies de su amo.
—¡Perdóneme, señor marqués! Hice lo que estuvo en mis manos para convencerlos, pero no pudo ser. Todo salió torcido. No ha sido mi culpa, que yo me esmeré. Escrito estaba que fuera a suceder de esta manera. No me lo reproche por las malas, que bastantes sustos me he llevado ya.
El marqués le dedicó a Tasito una mirada de benevolencia y sonrió. Mataperros, entonces, se acercó hasta él y, sin mediar palabra, le puso el pistolón en la frente.
—Ha tardado usted lo suyo en llegar hasta aquí, mi querido amigo —comentó el marqués sin inmutarse lo más mínimo por la amenaza que se le hacía—. Lo cierto es que confiaba en verle un poco antes.
—Se cree usted muy valiente, ¿verdad? —le dijo el guerrillero—, pero con un disparo en la cabeza no va a haber valentía que le valga.
—En estos tiempos, amigo mío, cuenta menos la bizarría que el ingenio. Por eso está usted aquí. Por mi ingenio, dicho sea, sin desmerecer su bizarría. Vamos, vamos, aparte esta pistola. No le conviene dispararme. Sería un desperdicio haber cabalgado hasta mi casa para volverse por donde ha venido sin haber obtenido beneficio alguno a cambio.
—¿Quién es usted?
—Creí que me sorprendería con alguna pregunta de más enjundia. Pero bueno, si aún no lo sabe, le informo de que soy el marqués de Lindaluz. Ese es, por lo menos, el título que los siglos me legaron. Cosas antiguas de la tradición, ya sabe usted.
—¿Y qué es lo quiere de mí? —volvió a preguntarle Mataperros.
—¿Pero no se lo ha dicho ya Tasito? Vaya, vaya, eso me contraría. Tasito tenía un encargo muy simple, pero veo que no lo ha sabido cumplir. Lástima. Tendré que explicárselo yo mismo. Quiero el relicario de la Santa Camándula. Quiero que se lo arrebate a los franceses. Eso es todo cuanto necesito de usted.
—Ya —repuso Mataperros con desdén—. El relicario. —Recalcó la pronunciación—. ¿Y por qué no me lo ha pedido por las claras desde el principio, sin farsas de curas interpuestas? Todo habría sido más sencillo. ¿No le parece a usted?
—Al no provenir de un hombre de iglesia tal vez no hubiera aceptado mi encargo.
—¿Y quién le ha dicho que ahora lo vaya a hacer?
—Si no fuera así, no se habría molestado en venir hasta mi quinta.
—Pudiera ser, pero yo que usted no estaría tan seguro. Hay cosas que he de tener primero claras y usted debe darme respuestas a mi entera satisfacción.
—Es harto comprensible su interés y no menos razonable su inquietud, pero deberá entender lo molesto que resulta hablar con una pistola apuntándome en la frente. ¿Podría apartarla o acaso teme que un corcovado como yo vaya a burlarle?
Mataperros titubeó unos segundos, pero al final optó por apartar la pistola y dejar de amenazar al marqués. Bajó la mano, pero se abstuvo por precaución de devolver a la faja el pistolón.
—Me quedo más tranquilo así —prosiguió el marqués de Lindaluz—. Nunca llegará a saber lo incómodo que he podido llegar a sentirme. Entiéndame: no es que me cupiese duda alguna sobre sus intenciones, es solo que el cañón está muy frío y a mí el frío no me sienta nada bien. Me roe los huesos, ¿sabe? Bueno, ya me ve: no soy más que un pobre tullido alejado del mundo. En esta madriguera me resguardo de la locura de los tiempos. Aquí, entre mis vapores y mis plantas, puedo subsistir. Nos necesitamos mutuamente: yo las cuido, las alimento y las complazco; ellas preservan mi salud y me dan sabiduría. Las plantas encierran los secretos que todos desearíamos desentrañar. Estaban aquí antes de que los hombres apareciesen y seguirán estando cuando se extinga la humanidad. No necesito nada más para sentirme a gusto. La vida fuera de estos muros excede mi paciencia. Nada sabría de ella si no fuera por este fiel sirviente mío que me trae las noticias del exterior y, valido de sus piernas, lleva las mías allá donde yo no puedo llegar, ¿verdad, Tasito?
El falso cura, que después del ahorcamiento seguía echado a los pies del marqués, asintió moviendo la cabeza. Lindaluz se agachó y le pasó la mano por el pelo con condescendencia, como si estuviera acariciando a un perro. Tras revolvérselo un poco se la dio a besar. Tasito se tiró a ella y no paró de estamparle los labios en la sortija que llevaba en el dedo índice, una sortija ancha y vistosa culminada por una aguamarina. El marqués, harto de tanto lametón, apartó la mano con brusquedad y Tasito se quedó postrado a cuatro patas.
—Mire —continuó el marqués—, contemple a este hombre postrado a mis pies, pesaroso por haber incumplido el mandato que le hice. Se cree merecedor de un castigo severo cuando, el pobre, no sabe que ha ejecutado fielmente mis deseos al traerle a usted aquí. Él jugó sus cartas lo mejor que pudo, apostó a la más alta y perdió para que yo ganara. La vida no es más que un juego, amigo mío, y cada uno lo juega como puede. Y, algunos, hasta sin saber que lo hacen. Por esa razón habéis venido. Pero no temáis, al contrario. Si estáis ante mí es porque deseo favoreceros. Vuestro valor merece mi reconocimiento. Yo respeto a los patriotas que tienen el coraje de plantarle cara al invasor. Admiro a las gentes como vosotros que, aun a riesgo de su vida, se empeñan en combatir al enemigo mientras sus gobernantes andan mariposeando por Madrid, bailándole el agua a José Bonaparte y a su corte de petimetres perfumados. Algunos piensan que la patria es un patrimonio que está en venta y, a cambio de un buen precio, están dispuestos a entregársela al primero que llega. Toda esa ralea de malnacidos debe ser expulsada de España sin tardanza. Más aún: debe ser exterminada para que no transmitan su indignidad con la perpetuación de su linaje.
Mataperros seguía atento las palabras del marqués. Ningún movimiento de su rostro hacía revelar sus intenciones. Tenía la frente cubierta con una pátina de brillo y en sus enormes patillas de boca de hacha las gotas de sudor le perlaban las canas. El calor de aquel lugar se estaba haciendo insoportable. Yo tenía la blusa pegada al cuerpo y el pelo churretoso de la humedad. Todos sudábamos, excepto el marqués, que parecía inmune a aquella atmósfera. Me dio un vahído y los ojos se me nublaron. Tuve que ponerme en cuclillas, con la cabeza mirando hacia el suelo. El aire me faltaba. Necesitaba salir pronto de allí o me acabaría desmayando. De repente, el fulgor de un relámpago se coló por los cristales del invernáculo. Todo pudo verse por un instante como si hubiera sido iluminado por la luz del sol. Fue solo un segundo, pero me quedé sorprendida al contemplar el rostro del marqués. Era bello como jamás habría sospechado, radiante y frío igual que nieve recién caída, pero desapacible al mismo tiempo. Nos cruzamos las miradas. Vi sus ojos líquidos hurgar adentro de los míos y sentí un escalofrío inexplicable, como si me anduviera sorbiendo el alma. Mis pensamientos se deshicieron en ese instante y tuve ganas de abandonarme a él. Entonces sonó el trueno y volví en mí.
—Mi enfermedad me tiene recluido entre estas paredes —prosiguió el marqués —. Tengo resecos los pulmones. Necesito la humedad para respirar. Este clima áspero de Castilla merma mi salud. Los huesos me duelen con el frío y es por eso que debo mantener las estancias caldeadas de continuo. El invernáculo me da la vida. Eso en común tengo con mis plantas: ellas y yo necesitamos el calor para vivir. Esta casa se construyó sobre unas viejas termas. ¿Saben? El agua brota hirviendo y yo me beneficio de su vapor. Solo así, gracias a la protección que me brinda el fuego de las entrañas de la tierra y a esta carnosidad del aire que las plantas producen, puedo insuflarles vida a mis pulmones. Fuera de aquí, mis padecimientos son enormes. Pero no quiero aburrirlos con más miserias. Están en mi casa y he de ejercer de anfitrión. Estarán hambrientos y cansados del camino. Podemos pasar al comedor. No les prometo una cena suculenta, pero sí abundante. Colmará en cualquier caso su apetito. Luego podrán descansar en las habitaciones que tengo preparadas para ustedes: las camas son confortables y en ellas el sueño se concilia sin dificultad. El eucalipto y la lavanda relajan los músculos y propician el bienestar nocturno. Levanta, Tasito —le dio un puntapié al falso cura—, deja que me apoye en ti al andar.
El marqués le pasó un brazo por el hombro y empezó a caminar dando pasos breves. Era repugnante ver aquel desecho humano haciéndole de perro al marqués. ¿Hasta dónde llegaba la necesidad de uno y la carencia del otro?
Salimos todos del invernáculo y continuamos por el pasillo hasta unas escaleras. Por ellas se llegaba al vestíbulo principal de la mansión. Desde los ventanales se veía la lluvia sacudir la arboleda. Ahora caía abundante y a ráfagas ventadas. La Romero estaría maldiciendo su suerte allí fuera. Andaría ya calada hasta los huesos. Pero ella nunca protestaba: la resignación era su ley. La pobre tan solo se quejaba del francés. El resto de los males que la comían por dentro se los tragaba con la bota, bien diluidos en los chorros de vino que ordeñaba a discreción.
—No se preocupen por la mujer que los acompaña —dijo el marqués, como adivinándome el pensamiento—, los está esperando a la mesa. Mi ama de llaves fue a buscarla. Sus caballos están ya en mis establos; un poco de forraje no les habrá de faltar. Vengan conmigo: es por aquí.
Seguimos al marqués por un pasillo más ancho que los anteriores. A ambos lados había hornacinas adornadas con estatuas clásicas: Venus, Minervas, Artemisas y otras muchas deidades medio desnudas escenificaban sus epopeyas cinceladas en mármol. De las paredes colgaban enormes cuadros, muchos de ellos con temas religiosos, pero también había bodegones, paisajes y retratos de personas principales, a juzgar por sus atuendos y sus gestos bien embadurnados de altivez. La riqueza de aquellas obras de arte revelaba el gusto refinado de su propietario. El marqués se detuvo ante una puerta. Tasito la abrió; dentro, la Romero presidía una enorme mesa dispuesta con elegancia: mantel de Holanda, servilletas de encaje, copas talladas, vajilla de Talavera y cubiertos de plata con el escudo del marqués, el lobo aullándole a la luna, grabado en el mango configuraban el ajuar. La mesa estaba dispuesta con una variedad prolija de viandas, todas con un aspecto suculento y una presentación extraordinaria, propia del comedor de un rey. Había allí cuartos asados de cordero, un cochinillo despanzurrado sobre una fuente de cristal, pichones y perdices escabechadas, jamón y queso en abundancia, un surtido apetitoso de verduras, truchas rellenas, pan de hogaza y dos jarras de vino de un color tinto muy frutal.
—¡Sí que tardáis! —protestó la Romero al vernos entrar—. Llevo rato aquí dentro. Una mujer salió a buscarme. Me dijo que estabais esperándome y la seguí. ¿Qué iba a hacer si no? Total, si hubiera sido una emboscada andaríamos todos criando malvas. —Se rio de forma estúpida y dejó entrever sus dientes picados. Aprovechó entonces para llevarse a la boca un pellizco de perdiz. La masticó con ganas y luego bebió de la copa—. Este vino está de miedo —celebró—. Probad y veréis.
Juan Mojamas, al ver todo aquello tan bien provisto perdió cualquier atisbo de compostura y, obedeciendo a la Romero, agarró la jarra, se llenó hasta arriba una copa y, de un par de tragos, la vació.
—¡Es tinta fina! Suave a más no poder. Menudo vino; una bendición de Dios.
Mataperros intentó no aparentar sorpresa, lo cual resultaba harto difícil, pues por su abundancia y suculencia daba la impresión de que todas aquellas viandas dispuestas sobre la mesa fueran fantasmagorías antes que alimentos verdaderos.
Pero, en verdad, ¿quién era aquel marqués que, tras jactarse de haber propiciado nuestra venida, nos deleitaba ahora con una mesa servida a lo grande? ¿Hasta dónde llegaba su gentileza y dónde empezaba su perversidad? Yo me hacía esa pregunta, pero no atisbaba la respuesta así que me dedique a estar ojo avizor por si las moscas.
—Me alegro de que sepan apreciar mi vino —comentó Lindaluz—. Es de la parte del Duero. Buenas tierras para darse la uva. Disfruten de todo cuanto tienen aquí servido. Coman lo que gusten, pero debo rogarles que empiecen sin mí: urge ir a atender las heridas de Tasito. Además, mi comer es muy frugal y solo me contento con verduras.
Miré al falso cura y lo cierto es que estaba hecho un Cristo verdadero. Tenía un aspecto deplorable, pero más aún lo era el verle comportarse como un perro babeando ante su amo. El que unos días atrás pasara por ser un hombre cabal en busca de ayuda, era ahora un animal deshilachado y sin voluntad. El marqués volvió a acariciarle el pelo con una delectación que a todos nos pareció repugnante.
—¡Pobre Tasito! Miren cómo me lo han dejado —continuó—. ¿Te duele aquí? — Y le tiró de la oreja con brusquedad.
—Mucho, mi amo —se quejó Tasito, gimoteando—, temo que se me vaya a desprender.
El marqués hizo un ridículo gesto de lástima abriendo mucho los ojos y encogiendo los labios. Muy a las claras, se burlaba de él. Sentí una punzada de cólera, pero me contuve.
—Si necesitan algo, toquen la campanilla y mis criados los atenderán. Disfruten de su estancia y siéntanse a gusto, como si estuvieran en su casa —nos dijo antes de retirarse.
Mataperros agradeció al marqués aquella mesa espléndida. Lo hizo sin efusiones y sin cumplidos. Sabía que mientras permaneciéramos en la quinta estábamos a su merced, por lo que nos convenía seguirle el juego. La noche no estaba apacible como para andar vivaqueando por los campos y un poco de comida y de descanso tampoco nos vendrían mal.
Aquella noche comimos y bebimos a nuestro antojo. Mojamas y la Romero se pusieron hasta arriba de todo aquello. Sus cuerpos orondos iban a reventar. Yo tampoco me anduve con miramientos. Las tensiones y las fatigas me habían abierto el apetito y hay que reconocer que todo cuanto el marqués nos ofrecía, además de sabroso, estaba en su justa sazón. Mataperros nos miraba masticar, con desinterés. Él apenas probaba bocado. Creo que en el fondo le molestaba que los demás lo hiciéramos, por lo menos con tanta complacencia. Para los místicos, los fanáticos y los visionarios llenar el buche en exceso siempre ha supuesto una indignidad. Si por ellos fuese no habría para comer más que mendrugos. La gula embota los sentidos, eso es cierto, pero no deja de ser menos verdad que el cuerpo hay que llenarlo cada día y, ya puestos a semejante esclavitud, lo mejor es hacerlo dándole gusto, ¿verdad, Agustina? Mataperros nos veía engullir desde la distancia de sus cavilaciones y en nada nos interrumpió salvo para decirnos que de grandes cenas están las tumbas llenas, a lo que Mojamas le repuso que más mata el hambre que el comer. Al cabo de un buen rato, cuando estábamos ya ahítos, se abrió la puerta del comedor y entró de nuevo el marqués. Había cambiado su indumentaria y ahora venía con un manto echado a los hombros encima de un camisón. Parecía más avejentado: tiritaba, le costaba trabajo respirar y hacía ruidos desapacibles al tragar aire por la boca. Se sentó a la cabecera de la mesa y se sirvió una copa de vino, que paladeó sin entusiasmo.
—No está bien lo que le han hecho a Tasito. Deberían haberlo tratado con más consideración. ¿Qué va a hacer ahora sin una oreja? Ningún perjuicio podría haberles causado y ustedes, sin embargo, se han ensañado con él. No ha sido de buenos cristianos su comportamiento. ¡Pobre Tasito! Le he dado a tomar una infusión de valeriana y pasiflora y se ha quedado descansando. Mañana deberían pedirle disculpas.
—No debe disculparse quien padece un engaño, sino quien lo propicia, y ese no es otro que usted —repuso seco Mataperros—. Fueron sus artimañas las que provocaron el desmán. Si usted no le hubiera mandado en mi busca, nada le habría sucedido a su Tasito. Que los unos hayan de pagar las decisiones de los otros es algo que a mí no me atañe. Es usted quien debe darme explicaciones de por qué no fue a las claras desde el principio.
El marqués se mantuvo callado unos segundos, como si evaluara el alcance verdadero de las palabras que Mataperros acababa de pronunciar. Luego se acomodó en la silla y, con parsimonia, empezó a hablar:
—Déjenme que les cuente algo importante. Napoleón, como bien saben ustedes, tiene presa en Bayona a la familia real. Pretende sustituir la dinastía de los Borbones por la de su propia estirpe. ¡Pobre ignorante! Desconoce que la monarquía presupone un derecho del que solo Dios puede disponer. Los franceses hicieron mal en guillotinar a sus reyes. Obraron contra Dios, insultaron sus tradiciones y ahora el precio que tienen que pagar es el de estar sometidos a advenedizos como este autoproclamado emperador. Napoleón quiere apropiarse del mundo, pero con nosotros no va a poder. Nosotros somos diferentes. Nosotros somos españoles, pero no lo somos más por haber nacido en las tierras de España que por la gracia que Dios nos hizo de hacernos sentir así. Ser español es sinónimo de ser cristiano y hombre de honor, y como tales debemos defender la felicidad de la patria que es, a la postre, la felicidad del rey. Nos ha tocado enfrentarnos con un monstruo que pretende perturbar la armonía heredada de los siglos. Napoleón es un plebeyo ambicioso, un miserable que ha embaucado a sus compatriotas en un sueño delirante. Los franceses no son como nosotros: se han dejado convencer por la herejía de la razón. Es preciso acabar con su impiedad, pero para conseguirlo debemos saber primero organizarnos. Cada uno de nosotros tiene una misión que cumplir en esta guerra. Nuestra esperanza reside en el deseo de preservar la patria y ese deseo es, a la vez, nuestro deber. El hecho de que el rey legítimo se encuentre prisionero está acarreando múltiples problemas, pero el más acuciante de todos es, sin duda, el vacío de poder. Durante estos últimos meses se han constituido juntas de gobierno en las provincias que tratan de organizar los recursos para que la lucha no resulte un desbarajuste. Algunos generales han creado por su cuenta cuerpos de ejército para plantarle cara al enemigo. Ha habido éxitos, pero también fracasos. Muchos más de los que serían menester. Sin un poder unificado que defina la estrategia todos nuestros esfuerzos no serán más que escarceos inútiles que solo contribuirán a la frustración y al desánimo de nuestras gentes. Es por eso que debemos someternos a los mandatos de las juntas. La Junta Central da las instrucciones y fija los objetivos. Las Juntas Provinciales se encargan de aportar los medios humanos y materiales necesarios para conseguir ese fin común. Todos tenemos obligaciones, pero la primera es la obediencia. Al español que falte a sus deberes le aguarda la infamia, la muerte reservada a los traidores y la indignidad de su descendencia. Mientras Fernando VII no regrese a España todos debemos confiar en el mandato de las Juntas. Para liberar la patria de sus opresores hay que acatar las órdenes y atender las prioridades que nos marcan. Solo así podremos triunfar. Pues bien, una de esas prioridades, amigo mío, es la de recuperar la reliquia de la Santa Camándula: hay que impedir a toda costa que llegue a las manos de Napoleón. La Junta Central así lo ha ordenado. Es una tarea delicada y debe llevarse a cabo con discreción: nadie debe enterarse de que en ello va el honor de España. Esta guerra lo está trastocando todo y no siempre resulta oportuno revelar la verdad. A mí me ha sido dada la responsabilidad de ocuparme de este asunto y de hacerlo de la forma más rápida posible sin levantar revuelos. Por eso decidí enviarles a Tasito. Le ordené que se hiciese pasar por el cura de Fontenebro y le mandé a buscarlos a la sierra. ¿Qué mejor que unos patriotas echados al monte para llevar a cabo esta misión? Tasito nada conocía del mandato de la Junta Central. Por otra parte, cabía la posibilidad de que desconfiaran de él. En tal caso yo confiaba en que, aun de forma involuntaria los acabara trayendo hasta aquí. Y así ha sido. La curiosidad del ser humano es siempre previsible y ustedes pueden comprobar que no me equivoqué.
—¡Usted sí que sabe, vuecencia! —dijo la Romero a la vez que aplaudía entusiasmada las palabras del marqués. Estaba muy bebida y las frases le salían estropajosas de la boca—. Por eso nos recibe en su casa con tanto vino y tanto festejo. Usted sí que es un patriota. ¡Vamos a brindar por los patriotas!
El marqués levantó su copa. Todos hicimos lo propio, salvo Mataperros. Un silencio se cruzó entre ambos. Se miraron a los ojos, el marqués con la copa levantada y Mataperros inmóvil, desconfiando aún. Aquel silencio fue duro de aguantar. ¿Qué sucedería acto seguido? Con Mataperros nunca se sabía. Entonces el marqués, sin dejar de mirarle a los ojos, amplió el brindis que la Romero proponía:
—Por los patriotas y por la Santa Camándula.
Mataperros, desafiante, no levantó su copa.
—¿No brinda con nosotros? —le inquirió el marqués.
—Yo brindo cuando lo estimo y con quien quiero, no a la conveniencia de los demás.
En otra circunstancia aquellas palabras habrían constituido el detonante de un enfrentamiento de honor, pero el marqués solo esbozó una sonrisa de complacencia y le respondió de una manera más que cortés.
—En ese caso, brindaremos sin usted.
Así lo hicimos, y todo quedó en eso. De momento…
Acabados los postres el marqués nos ofreció pasar a un saloncito contiguo al comedor en el que una criada sirvió café y licores. En la chimenea ardía un estupendo fuego de encina. La Romero y Mojamas se apoltronaron en dos butacones y probaron el aguardiente que se les sirvió. El marqués les ofreció cigarros a los hombres y a nosotras yemas de huevo confitadas con limón.
—Las hacen las monjas del Poyo —dijo, señalando el manjar—. Sus manos son portentosas, pero ahora, con la guerra los productos empiezan a escasear. Mucho me temo que pronto habremos de privarnos de caprichos tan refinados como estos.
La yema se me atragantó en la boca. Aquella mención al convento del Poyo me hizo regresar a la realidad. La amenaza de los hábitos se me venía encima. Pero yo no iría al convento, ya lo tenía decidido: jamás me dejaría encerrar en aquel lugar.
El marqués se acomodó en una silla junto a la chimenea y empezó a hablarnos de los dolores de su cuerpo, de lo mucho que padecía por culpa de la fragilidad de sus huesos y de cómo las articulaciones le crujían al andar hasta el punto de que tenía miedo de que se le fueran a quebrar. Luego se aplicó un frasco a la nariz y se puso a inhalar su contenido.
—Es esencia de sábila: fortalece los pulmones. Los tengo muy delicados; el aire me los pudre.
Aquel hombre parecía disfrutar lamentándose de su mala salud. Yo estaba cansada ya de oírle hablar de tanta enfermedad y tanta gaita, y tenía ganas de acostarme. La Romero medio roncaba en su sillón y Mojamas exprimía con desilusión la última gota de orujo a la botella. Solo Mataperros seguía atento al discurso del marqués, en guardia en todo momento, desconfiado, como una fiera calibrando a su rival.
El marqués, percatándose de que sus males apenas nos interesaban, decidió cambiar de asunto y empezó a hacerme preguntas. Quería saber cómo una joven como yo había ido a parar a un lugar desolado por la guerra.
—No estoy aquí por mi gusto —repliqué para fastidiar a Mataperros.
—Pues más te valiera irte muy lejos —repuso el marqués—. La guerra debería estar reñida con la belleza.
—Y lo está —atajó el guerrillero—. Llevamos a Rosario al convento del Poyo, precisamente. Ella no es de esta tierra y por aquí no conoce a nadie. Con las monjas estará segura.
El marqués volvió a inhalar hondo del frasco.
—La guerra tardará en acabar y es posible que, para entonces, la belleza de esta chica pudiera haberse marchitado. Sería una lástima que se consumiera en un convento.
—Más lástima sería que cayera reventada por un cañonazo del francés.
—No hace falta ponerse en ese extremo, amigo mío. Pero tiene usted razón y a veces la sangre acaba llegando al río. Ha venido a mis oídos la noticia de que no hará mucho asaltaron el carruaje en el que viajaba un potentado inglés con su familia. Los acompañaba su dama de compañía. Los salteadores asesinaron a la escolta y, después de robar sus pertenencias, los dejaron abandonados a su suerte. Son tiempos duros los que vivimos. La comida escasea y los lobos están hambrientos. Por lo visto hicieron de ellos picadillo. Unos gitanos que pasaron a los pocos días por el lugar encontraron a la hija moribunda. Fue ella quien les contó lo sucedido. Según su testimonio, la dama de compañía los traicionó. La verdad es que todo esto que les digo son solo habladurías. ¿Quién va a creer a unos gitanos trashumantes? Sería absurdo pensar que una dama de compañía pudiera traicionar a sus señores. ¿Qué ser, en su sano juicio, mordería la mano que le da de comer?
—Las cosas que suceden en los caminos las más de las veces se las inventan los caminantes —atajó Mataperros.
—Puede ser, pero a menudo las habladurías llevan su pizca de verdad.
—La gente miente, y más en estos tiempos.
—¿Lo dice acaso por usted?
—Lo digo por lo mucho que les gusta a algunos meter las narices donde no los llaman.
El marqués sonrió, complacido. Aquel combate dialéctico se veía que le agradaba y a Mataperros se le estaban hinchando las narices, lo cual parecía complacerle más aún.
—Ya veo que no han oído comentar la historia que les cuento. Cuando vi a esta muchacha, de inmediato se me vino a la cabeza, vaya usted a saber por qué.
—Pues mejor quítesela. Está bajo mi custodia y bajo mi custodia seguirá.
Me divirtió imaginar que aquella reacción de Mataperros pudiera deberse al mordisco de los celos, pero estaba claro que si obraba de ese modo era para salvar su responsabilidad.
El marqués se encogió de hombros y la sobremesa continuó por otros derroteros; se interesó por la partida de Mataperros: quiso saber cómo se pertrechaban de armamento y la intendencia que seguían. El guerrillero no fue nada explícito. Siempre a la defensiva, recelaba de quien tenía delante. Ni las relaciones del marqués con las Juntas ni su abierta antipatía por Napoleón le sirvieron para granjearse su confianza.
—Deje de darle vueltas al asunto. Usted y yo estamos en lo mismo —argumentó el marqués—. Los hombres como nosotros no podemos resignarnos a la idea de ver pisoteada la patria y ensuciada la religión a manos de los esbirros de Napoleón. Debemos encender la conciencia del pueblo con el combustible suficiente como para que arda para siempre la mala hierba del descreimiento. Nuestro deber es lanzarlos contra el invasor, pero apelando a nuestras creencias verdaderas, apelando a la fe.
Mataperros nada repuso y el marqués continuó con su perorata.
—Napoleón ansía imponer su mentira a toda costa y la manera que más a mano tiene es arramblando con lo único que sabe que algún día podría hacerle frente: la fe. El desprecio a la religión legitima el pillaje. Sus soldados roban, queman, destruyen, infectan lo que tocan. Todo adrede, bien planificado, para conseguir el efecto previsto: aniquilar la fe del pueblo e instaurar el descreimiento como valor supremo de la patria. Por tal motivo, usted comprenderá que una de las preocupaciones más acuciantes de las Juntas de Gobierno sea la de preservar de las garras del enemigo el patrimonio de la santa madre Iglesia. Se está intentando poner a salvo las reliquias, los tesoros del clero y las obras de arte que sirven a la religión. Se ha sabido que Napoleón ha dado orden de sacar fuera de España los objetos más valiosos que, desde los tiempos antiguos, han estado vinculados al culto sagrado. Por uno de los correos imperiales interceptados se ha averiguado que el emperador de los franceses quiere apropiarse a toda costa de determinados objetos religiosos considerados relevantes y enviarlos a París. Yo he puesto mi fortuna y mi persona a disposición de la Junta Provincial de Burgos. Soy un pobre lisiado, estoy enfermo y poco puedo ayudar en el combate cuerpo a cuerpo, pero mi compromiso con la patria es incuestionable. Por eso he sido honrado con el encargo de una misión que cumplir: he recibido órdenes expresas de organizar la salvaguarda de cuantos bienes sagrados considere merecedores de tal fin. Pero la tarea es inmensa, y es difícil saber por dónde empezar. El correo imperial interceptado llevaba un mensaje en el que se hacía mención a una lista de objetos de culto que debían ser trasladados a Francia a toda prisa. Creemos que detrás de la confección de este inventario se encuentra el canónigo Escoiquiz, un consejero del rey Fernando que se desvive por servir a Napoleón. Según la información de la que se dispone, Escoiquiz, bajo el pretexto de querer preservar las riquezas de la iglesia, estaría en realidad ayudando a su expolio. Se sabe también que Talleyrand, el ministro de relaciones exteriores de Napoleón, habría nombrado a un alto comisionado para organizar el saqueo sistemático de los bienes inventariados. Lo sucedido en la iglesia de Fontenebro no es, por lo tanto, un caso aislado de pillaje a manos de la soldadesca descontrolada, sino que detrás de lo ocurrido se encuentra el interés de ese alto comisionado.
—¿Y qué beneficio encuentran los franceses en apoderarse de un rosario hecho con las espinas de la corona de Cristo? ¿Qué hay de valor en ella para gentes sin Dios? —preguntó Mataperros con escepticismo.
—Más del que usted pudiera nunca imaginar.
Para azuzar la curiosidad de Mataperros el marqués empezó a hablarnos de la historia de aquella reliquia. Nos contó que, según relataba la leyenda, la Santa Camándula era nada más y nada menos que el rosario que empleaba la Virgen María para rezar. Un rosario con las espinas de su hijo crucificado en vez de cuentas. La reliquia había llegado a España de la mano de un cruzado llamado Bigot de Preumeneau que, después de haber luchado en Tierra Santa, acudió en peregrinación a Santiago de Compostela. En una noche aciaga en la que, llevado por el juego, el vino y la nefanda compañía de mujeres, el soldado de Dios desatendió la obligación de custodiar tan preciado objeto, la camándula cambió de manos y no fue a parar precisamente a las más puras. Los avatares desde entonces se fueron sucediendo. Se sabía que una prostituta la había dado en pago de un vestido y que una dama de alcurnia se la había legado al morir a su dueña. A partir de ahí se pierde su pista y la camándula no vuelve a salir a la luz hasta doscientos años más tarde, en una donación anónima que, en 1550, fue hecha al monasterio de San Pigal de Duero, al norte de Burgos. Del donante solo se supo que era caballero español de abolengo, pecador aventajado, pero cristiano arrepentido, y que había luchado en Lepanto contra los turcos al lado de Juan de Austria, donde había perdido dos dedos de una mano por un tiro de arcabuz. El abad del monasterio encargó a uno de los más exquisitos orfebres de su tiempo, el sevillano Marcial de Aljarafe, que creara un relicario adecuado en el que conservar la camándula. Marcial de Aljarafe, sin embargo, no desarrolló su imaginería creativa de la forma exuberante a la que estaba acostumbrado, al contrario, concibió la factura del relicario sobre un esquema de apariencia simple pero refinada en extremo. Imaginó un cilindro de cristal de roca y plata con los extremos redondeados. Dentro, extendida en toda su longitud, se albergaría la Santa Camándula, sostenida con un ingenioso sistema de enganche, de forma que pareciera que estuviera flotando. El relicario se completaría con un estuche de cuero de becerra repujado con filigranas florales. Marcial de Aljarafe se entusiasmó con el encargo y no escatimó ingenio para fabricar la pieza. El resultado fue asombroso. Era soberbia, de belleza casi mística y de elegante sobriedad. Al verla por primera vez, el abad de San Pigal de Duero se hincó en el suelo de rodillas y rezó tres avemarías a la Virgen en agradecimiento por el soplo de inspiración con que la madre de nuestro señor había iluminado a Marcial de Aljarafe para que concibiera aquella maravilla. Pero, lejos de exponer al culto la reliquia, aquel abad empezó a sentir un miedo irrefrenable a que manos ignominiosas la profanaran o la distrajeran del monasterio. La salvaguarda de la reliquia llegó a convertirse en obsesión y, de ahí, mudó en locura. Un buen día, el abad desapareció con la reliquia y, al cabo de tres semanas, regresó al monasterio, pero ya sin ella. Al ser preguntado por el paradero de la Santa Camándula, el abad se santiguó parsimonioso y respondió que había sido escondida en una iglesia en cuya existencia nadie repararía. A partir de entonces, el único modo de averiguar qué iglesia alojaba el rosario sería por los milagros que, sin duda, la reliquia habría de obrar, aunque nadie sabría jamás que detrás de los mismos se ocultaría la Santa Camándula.
El tiempo fue borrando aquella historia hasta convertirla en mera habladuría de viejas, sin más verdad que la sustentada en la leyenda.
El marqués hizo una pausa para respirar de su inhalador. Hablar le fatigaba y la voz le acababa saliendo quebradiza. Mataperros no le quitaba ojo de encima. En la chimenea el fuego estaba casi apagándose y la sensación de bienestar había disminuido de forma considerable. La noche ya estaba muy entrada y el sueño se volvía acuciante.
—Hasta aquí lo que cuenta la leyenda —prosiguió el marqués—. Lo cierto es que en el inventario preparado por Escoiquiz aparecía la reliquia de la Santa Camándula y, según en el mismo se hacía constar, la reliquia era venerada en la iglesia de Fontenebro. Sin embargo, lo cierto es que nunca constó tal culto en esa iglesia, por lo que pensamos que la referencia estaba equivocada.
—Y entonces, de existir en verdad esa reliquia, ¿saben ustedes dónde está? — preguntó Mataperros con suspicacia.
—En realidad solo se trata de una leyenda, aunque puede que contenga algo de cierto. He estado interesándome por el asunto y bien podría decirle algunas iglesias castellanas en las que la reliquia podría estar escondida.
—Ya —exclamó Mataperros chascando la lengua—, y supongo que ahora irá a pedirme que vaya y se la encuentre.
—Digamos que me conformaría con que evitara que pudiese caer en manos de los franceses. Sería bello que un patriota, movido por sus sentimientos religiosos, evitara que la Santa Camándula pudiese caer en las garras de Napoleón. En las guerras la propaganda es importante y hazañas semejantes avivan la moral. Pero ya he apelado a su conciencia sin éxito y tampoco quiero parecer un hipócrita haciéndole ver que nuestro interés es exclusivamente pío. Hoy por hoy los recursos de la nación son escasos. Necesitamos del esfuerzo de todos para costear la guerra y ahí sí que entra usted, mi querido amigo guerrillero. Matar franceses por las sierras es una noble tarea, pero a la postre inútil. Como ya le explicado, necesitamos ejércitos bien organizados y pertrechados adecuadamente que puedan hacer frente a la maquinaria destructiva de Napoleón. Y para ello precisamos dinero, mucho dinero, más del que España puede disponer.
—¿Pretende acaso que yo se lo dé?
—No, por favor, usted no podría. Conozco, sin embargo, a cierto individuo muy favorecido por la fortuna que posee un admirable interés por el arte sacro. Digamos que esta persona estaría dispuesta a entregar una suma considerable a cambio del relicario de Marcial de Aljarafe. Por supuesto que la Santa Camándula, como símbolo que es de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo y de la devoción de su madre la Santa Virgen, no entraría en el trato, sino que quedaría bajo la custodia de la santa madre Iglesia. Una reliquia de tal envergadura no se necesita más que a sí misma para generar la devoción de los fieles. Es más, cualquier adorno que la envuelva, por muy extraordinario que este sea, no haría más que desmerecerla.
—Comprendo —repuso Mataperros. Su contrariedad era evidente—. Yo evito que los franceses se la apropien, usted vende el relicario y la Iglesia se queda sin sus riquezas.
—Todos debemos poner nuestro grano de arena en esta contienda. Son tiempos difíciles los que corren. Lo importante no son los medios a utilizar, sino el fin que pretendemos: España debe triunfar.
—¿Y qué obtendría yo si accedo al trato?
—¿Qué tal quince cajones de fusiles? Le estoy hablando de fusiles ingleses de los de llave de chispa, todos acompañados de munición. ¿Sabe lo que eso significa? Con ese tipo de fusiles puede hacerse blanco a más de doscientos metros, prácticamente a salvo del alcance del fuego enemigo. Nadie echado al monte posee un armamento como ese. Sería usted imbatible. Las gentes de las otras partidas querrán unírsele y su fama no tendría parangón. Esta es la propuesta que le hago. Además, debe tener también en cuenta que, cuando nuestro rey Fernando vuelva a España, quienes hayan contribuido a su regreso gozarán de privilegios, regalías y tratos de favor. Su nombre no sería olvidado en el reparto.
—No soy hombre que necesite tales prebendas —repuso Mataperros—. Usted se equivoca conmigo. No me interesa su propuesta. Si los miembros de las Juntas consideran que para expulsar de España a los franceses hay que vender las riquezas de la iglesia es que son todos unos miserables.
—Su deber como patriota es obedecer a quienes dirigen el gobierno —repuso sin alterarse el marqués.
—Mi deber como patriota es matar gabachos, cuantos más mejor, y si en el camino he de llevarme por delante a los oportunistas y a los barateros, no tenga duda de que lo haré.
—Usted se confunde, Mataperros, pero no voy a tenérselo en cuenta. La hora es tardía y todos estamos cansados. Tal vez por la mañana entre usted en razón.
—Nada va a hacerme cambiar de idea. Mañana temprano nos marcharemos de aquí y sanseacabó. Y no se esfuerce en mandarme más recados. Si me vuelvo a topar con algún enviado suyo, juro por Dios que lo mataré.
—Vamos, cálmese. Nadie va a mandarle ningún recado más. Al contrario, será usted el que venga a mi encuentro —dijo displicente el marqués—. Escuche: no tenemos demasiado tiempo; dentro de tres semanas, y recuerde bien lo que le digo, tres semanas, quince cajas de fusiles le estarán aguardando. Usted me entregará la Santa Camándula y yo le daré a cambio los fusiles con su munición.
—Ya le he dicho que mañana me marcharé de aquí y usted no volverá a verme jamás. ¿Ha entendido bien? Ni un carro lleno de oro me persuadiría de lo contrario.
—Todo hombre tiene su precio y el suyo tal vez no sea el dinero, pero seguro que encontraremos otras razones que, sin duda, le ayudarán a inclinar su voluntad a mi favor, mi querido Mataperros… ¿o prefiere que le llame Juan Bautista?
Al oír al marqués llamarle por su nombre de pila, Mataperros levantó las cejas sorprendido. Aquel nombre pertenecía a una vida pasada, a una vida muerta de la que solo quedaba odio y dolor. Un nombre clavado dentro de sí como una espina que él habría deseado arrancar para siempre.
—¿Por qué me llama de esa manera?, ¿dónde ha oído decir mi nombre? — Mataperros se abalanzó hacia el marqués hecho un energúmeno y le agarró de la solapa del batín—. ¿Quién diablos es usted?
El marqués lo apartó de un empujón. No sé de dónde sacaría aquella fuerza, pero Mataperros perdió el equilibrio y cayó sobre la mesita de los cafés. El estrépito de la loza rota sacó de su sopor a la Romero y a Mojamas.
—¡Los franceses!, ¡a las armas! —gritó Mojamas, sobresaltado, sin saber muy bien qué sucedía.
Mataperros se incorporó de un salto, echó mano a la pistola y, con toda la sangre fría que le permitía su rabia, encañonó al marqués. Nosotros nos habíamos levantado de los sillones y estábamos como pasmarotes sin saber qué hacer.
—Ah, sí, la pistola. Otra vez esa pistola. —El marqués hizo un gesto de fastidio y, sin dar la menor importancia al arma que le apuntaba, continuó hablando—. Se me olvidaba decirle que el alto comisionado al que Napoleón ha encargado apoderarse de la Santa Camándula responde al nombre de Tainebleau. Tal vez le suene a usted de algo. —El marqués entonces se puso en pie y, agarrando la pistola por el cañón, la apartó de sí—. No desperdicie las oportunidades que le ofrece la providencia, amigo mío. Y hágame caso: guárdese las balas para quien de verdad las merece.
Mataperros dio un paso atrás y relajó los brazos. Se quedó allí quieto, cabizbajo y en silencio, envuelto en una nube de pensamientos sombríos. El marqués sacó su inhalador y volvió a respirar de él. Luego agarró su bastón y con una inclinación de cabeza nos dio las buenas noches.
—Tres semanas, Juan Bautista —repitió antes de irse—. Tres semanas y tendrá a su disposición todas las respuestas que desee.
La jornada había estado llena de emociones y el sueño nos vencía ya del todo. Solo quería irme a dormir y dejarme llevar por las caricias de la nada. Los días siguientes habrían de ser ajetreados y quién sabía si tendríamos otra oportunidad como aquella para descansar a nuestras anchas. No recuerdo nada más de aquella noche, solo que caí rendida sobre una enorme cama y que, a lo lejos, un búho ululaba con monótona cadencia. Las tinieblas del sueño enseguida se apoderaron de mi consciencia, pero nada vi en ellas que me inquietara, salvo la silueta desgarbada de Tasito, todavía vestido con sotana que, según me pareció, contemplaba embobado mi descanso.