La salamandra

Morris West · Capítulo 1 de 13 · parte 1/3

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La salamandra

Libro Primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

La gente escrupulosa no es adecuada para llevar a cabo grandes negocios.

TURGOT

Entre la medianoche y el amanecer, mientras sus conciudadanos romanos estaban celebrando el final el Carnaval, el conde Massimo Pantaleone, general del Estado Mayor, murió en su cama. Soltero y con algo más de sesenta años, soldado de hábitos espartanos, murió solo.

Su sirviente, un sargento de Caballería retirado, le llevó al general su café a la hora habitual, las siete de la mañana, y lo halló yaciendo de espaldas, totalmente vestido, con la boca abierta y mirando al techo artesonado. El criado depositó cuidadosamente el café, se persignó, cubrió con dos piezas de cincuenta liras los ojos muertos, y luego telefoneó al ayudante del general, capitán Girolamo Carpi.

Carpi telefoneó al director. El director me telefoneó a mí.

Encontrarán mi nombre en el dossier Salamandra: Dante Alighieri Matucci, coronel de los Carabinieri, asignado para una misión especial al Servicio de Información de la Defensa.

Al Servicio se le denomina habitualmente por sus iniciales en italiano: SID (Servizio Informazione Difensa). Como cualquier otro servicio de inteligencia, emplea gran cantidad del dinero de los contribuyentes en perpetuarse a sí mismo, y una cantidad inferior en recoger información que se supone protegerá a la República contra los invasores, traidores, espías, saboteadores y terroristas políticos. Ya habrán comprendido que yo siento un cierto escepticismo acerca del valor de todo esto. Y tengo derecho a ello.

Trabajo en este organismo, y cada hombre que pertenece a él se desilusiona, de alguna manera. El Servicio no es muy apto para que uno siga manteniendo su inocencia, pues trata de lograr instrumentos de política maleable. Pero estoy apartándome del tema…

El conde Massimo Pantaleone, general del Estado Mayor, estaba muerto. Se me encargó disponer un discreto mutis alrededor del cadáver.

Necesitaba ayuda. El Ejército me la suministró bajo la forma de un oficial superior médico, con el grado de coronel, y un abogado castrense, con el grado de mayor.

Fuimos juntos en coche al apartamento del general. Nos recibió el capitán Carpi. El sirviente del general estaba llorando en la cocina sobre un vaso de grappa. Hasta ahora, todo iba bien. No había confusión. No había

vecinos en aquel piso. No se había informado aún a los parientes. No sentía mucho respeto por Carpi, pero tuve que reconocer su discreción.

El oficial médico efectuó un examen sumario y decidió que el general había muerto por una sobredosis de barbitúricos, autoadministrados.

Extendió un certificado en el que se declaraba que la causa de la muerte había sido un fallo cardíaco, lo firmó y se lo hizo firmar como testigo al abogado castrense.

No era un documento falso, sino sólo un documento conveniente. El corazón del general había fallado. Era una pena que no l0 hubiera hecho años antes. Un escándalo no beneficiaría a nadie. Podría dañar a mucha gente inocente.

A las ocho y media llegó una ambulancia militar y se llevó el cadáver.

Permanecí en el apartamento con Carpi y el criado.

Éste nos hizo café, y mientras lo bebíamos, lo interrogué. Sus respuestas establecieron una serie de hechos simples.

El general había cenado fuera. Había regresado veinte minutos antes de la medianoche, retirándose inmediatamente a su dormitorio. El sirviente había cerrado puertas y ventanas, conectado la alarma contra ladrones, y se había ido a la cama. Se había levantado a las seis y media y preparado el café matutino… ¿Visitantes? Ninguno… ¿Intrusos? Ninguno. Las alarmas no habían funcionado… ¿Llamadas telefónicas, en uno u otro sentido? No había forma de saberlo. El general hubiera usado la línea privada que había en su alcoba. Desde luego, el teléfono del criado no había sonado… ¿El comportamiento del general?

Normal. Era un hombre taciturno. Resultaba difícil saber lo que estaban pensando en cualquier momento. Eso era todo… Le di una palmada en el hombro y lo mandé a la cocina.

Carpi cerró la puerta tras él, sirvió dos vasos del whisky del general, me entregó uno e hizo una pregunta: -¿Qué decimos a sus amigos… y a la Prensa?

Era el tipo de pregunta que él hacía: trivial e irrelevante.

–Ya vio el certificado de defunción, firmado y legalizado: causas naturales, fallo cardíaco. – ¿Y el informe de la autopsia?

–Mi querido capitán, para ser un hombre ambicioso es usted muy inocente. No habrá autopsia. El cuerpo del general ha sido llevado a una

empresa de pompas fúnebres en donde será preparado para un corto velatorio. Queremos que lo vean.

Queremos que lo honren. Queremos que haya duelo por él como noble servidor de la República… lo que, en cierto sentido, fue. – ¿Y después?

–Después queremos que lo olviden. Usted nos puede ayudar en eso. –

¿Cómo?

–Su patrón está muerto. Usted trabajó bien para nosotros.

Se merece un destino mejor. Sugeriría algún sitio lejos de Roma: el Alto Adigio, quizá Tarento o incluso Cerdeña. Ya verá cómo los ascensos llegan mucho más rápidamente en lugares como ésos.

–Me gustaría pensarlo. – ¡No hay tiempo, capitán! Recogerá su petición de traslado por la mañana. La devolverá, cumplimentada y firmada, a las cinco de la tarde en punto. Le garantizo que tendrá un nuevo destino inmediatamente después del funeral… Y, capitán… -¿Sí?

–Tiene que recordar que se halla en una posición muy delicada. Aceptó espiar a un oficial superior. Nosotros, los SID, sabemos ser agradecidos, pero sus colegas oficiales lo despreciarían. La menor indiscreción sería fatal para su carrera, y quizás incluso lo expusiese a grandes peligros personales.

¿Me comprende?

–Lo comprendo.

–Bien. Ya puede irse… ¡Ah, todavía queda un pequeño asunto! – ¿Sí?

–Tiene usted una llave del apartamento. Déjela aquí, por favor. – ¿Qué es lo que pasará ahora?

–Oh, la rutina habitual. Examinaré los papeles y documentos. Prepararé un informe. Por favor, trate de mostrarse triste en el funeral… Ciao!

Carpi salió, arropándose con los jirones de su dignidad. Era uno de esos individuos apuestos y débiles que siempre necesitan un patrón, y acostumbran a atraerlo, y que siempre lo traicionan ante otro más poderoso.

Lo había utilizado para que me informase de los movimientos, contactos y actividades políticas de Pantaleone. Ahora, era una molestia superflua. Me serví otro vaso de whisky, y traté de ordenar mis pensamientos.

El asunto Pantaleone tenía todas las características de una bomba política de relojería. Lo más irónico era que uno podía gritar ese nombre corso arriba y abajo y ni uno de cada mil ciudadanos de la República lo reconocería. De aquellos que lo reconociesen, ni uno de cada diez comprendería su importancia o la magnitud de la conspiración que había

sido edificada a su alrededor. El director la comprendía, también yo. Tenía dossiers de todos los participantes principales. Durante largo tiempo yo había estado hirviendo ante mi impotencia para hacer nada al respecto. No eran criminales; al menos, aún no. Eran todos ellos hombres importantes: ministros, diputados, industriales, altos cargos de la burocracia, oficiales de las fuerzas armadas, que creían poder imaginar un día en el que la confusión de Italia -un Gobierno inestable, inquietud industrial, una economía tambaleante, una burocracia inepta y un pueblo muy frustrado-llevarían al país al borde de la revolución.

Aquel día, que estaba más cercano de lo que mucha gente se imaginaba, los conspiradores esperaban hacerse con el poder y presentarse a sí mismos, ante el pueblo asombrado, como los salvadores de la República y los mantenedores de la ley, el orden y los derechos humanos. Su esperanza tenía unos fundamentos bastante aceptables. Si una junta de coroneles griegos lo había hecho, no había razón alguna para que un grupo de italianos, mucho mayor y más poderoso, no pudiera hacerlo aún mejor…

especialmente si tenían el apoyo del Ejército y la cooperación activa de las Fuerzas de Seguridad Pública.

Su cabeza visible había sido designada hacía mucho tiempo: aquel noble soldado, en otro tiempo joven ayudante del mariscal Badoglio, apasionado patriota, amigo del hombre del pueblo, general Massimo Pantaleone. Ahora, el general se había sacado a sí mismo de la escena. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué o quién le había empujado hacia ese acto final, y por que? ¿Había un hombre nuevo esperando entre bastidores? ¿Quién era?

¿Cómo y cuándo aparecería? ¿Estaba ya cercano ese día? Me habían designado para que respondiese a todas estas preguntas, y, desde luego, tenía bien poco margen de error.

Incluso el solo rumor de que se estaba realizando una investigación podría dividir el país en dos. Si la Prensa llegaba a enterarse de que un documento tan dudoso había sido extendido y legalizado por el Ejército, el asunto saldría en los titulares de todos los periódicos del mundo.

La conspiración es endémica en Italia, siempre lo ha sido, desde que Rómulo y Remo comenzaron su trata de caballos en la isla del Tíber; pero si se llegaba a conocer públicamente la dimensión de este complot, y sus grandes posibilidades de éxito… Dio! Habría barricadas en las calles y sangre en las vías de los tranvías en menos de un día; y uno no podía ni

siquiera descartar un amotinamiento de las fuerzas armadas, cuyas lealtades políticas estaban profundamente divididas entre la izquierda y la derecha.

No había amenazado en vano al capitán Carpi. Si trataba de venderse, él o su información, a unos nuevos amos, se prepararía rápidamente un accidente en su honor.

Mientras tanto, yo tenía mi propio trabajo que hacer.

Me acabé el whisky, y comencé a buscar papeles por el apartamento.

Abrí cajones y armarios, y comprobé en todas partes que no hubiera compartimientos secretos. Examiné el contenido de cada bolsillo de todas las prendas de vestir que había en sus armarios. Pasé las hojas de cada libro de la biblioteca y recogí el papel secante de la carpeta de su escritorio.

No hice intento alguno de examinar lo que hallé, sino que, simplemente, lo fui amontonando. Costaría horas de trabajo ordenar y analizar todo aquello… y al final, sería de muy poco valor. El general era un zorro demasiado viejo como para dejar documentos peligrosos tirados por su casa.

Sin embargo, no podía permitirme correr riesgos; así que aparté cuadros y tapices en busca de una caja fuerte oculta.

Después, hice una ronda final, alzando ornamentos, poniendo boca abajo jarrones y vasos, levantando el tapizado de los joyeros que guardaban las medallas y condecoraciones del general. Y aun así, estuve a punto de no encontrar la tarjeta.

Estaba de pie contra la pared, tras la mesita de noche; un pequeño rectángulo de gruesa cartulina con un dibujo en un lado y una inscripción en el otro. Tanto el dibujo como la inscripción habían sido hechos a mano, con tinta china negra. El diseño había sido ejecutado de un solo trazo, con una serie de intrincados giros y floreos. Mostraba una salamandra con una corona nobiliaria en la cabeza, agazapada sobre un lecho de llamas. La inscripción constaba de cuatro palabras de bella caligrafía: «Un bel domani, fratello.»

–Un buen mañana, hermano… -Era una frase muy italiana que podía anteceder a una serie de sentimientos: una esperanza vana, una promesa de recompensa, una amenaza de venganza, un grito de combate. También la palabra hermano era ambigua, y la salamandra no tenía sentido alguno, a menos que fuera el símbolo de un club o hermandad. Y, no obstante, no

tenía relación alguna con ningún símbolo o nombre en clave que hubiera en mis dossiers. Decidí pasársela a los especialistas.

Volví al estudio, tomé un sobre en blanco, guardé la tarjeta en su interior, lo cerré, y me lo metí en el bolsillo interior de la chaqueta.

Entonces decidí que ya era hora de tener una conversación privada con el sargento de Caballería. Lo encontré en la cocina, un viejo desanimado que meditaba sobre su incierto futuro. Lo consolé con la idea de que probablemente el general lo habría recordado en su testamento y que, de cualquier modo, al menos tenía derecho a una paga de compensación en el arreglo del patrimonio del difunto. Esto lo hizo alentarse y me ofreció vino y queso. Mientras bebíamos juntos, se le fue soltando la lengua, y yo me sentí feliz de dejarlo charlar. – …¿Sabe usted? No tenía por qué haber sido un soldado.

Los Pantaleone siempre tuvieron más dinero del que podían desear. Eso no quiere decir que fueran muy generosos. ¡No, por Dios! Contemplaban ambas caras de una moneda y se echaban a llorar antes de gastarla.

Probablemente por eso seguían siendo ricos. Tierras en la Romagna, edificios de apartamentos en el Lacio, el viejo dominio en Frascati, la villa en Ponza…

Naturalmente, todo eso será de ella. – ¿De quién?

–Ya sabe… de la polaca. Esa con la que estuvo cenando anoche. ¿Cómo se llama…? Anders, eso es, Anders. Era su amiga desde hace años. Aunque, tengo que admitirlo, él nunca hablaba mucho de eso. Jamás la trajo aquí. Es raro eso… No quería que la gente pensase que se estaba divirtiendo. Como decíamos en el Ejército, nació con una escoba en la espalda. Claro que yo sabía lo de ella. Recibía sus llamadas… A veces, fui a su casa a llevarle cosas del general. Una mujer de buen aspecto, aún no muy entrada en años.

Lo que me recuerda que… Alguien tendría que decirle lo que ha pasado.

–Yo lo haré. ¿Dónde vive?

La pregunta era pura cobertura. Sabía la respuesta y mucho más acerca de Lili Anders.

–En Parioli. La dirección está en la agenda del general.

–La encontraré. – ¡Hey! ¡Eso sí que no! No pretenderá llevarse nada de las cosas del general, ¿verdad? Soy el responsable. No quiero problemas.

–Me voy a llevar todos sus papeles, y tomaré prestada una maleta para hacerlo.

–Pero, ¿por qué?

–Es asunto de seguridad. No podemos dejar por ahí documentos confidenciales. Así que los estudiaremos todos, tomaremos los que pertenezcan al Ejército, y le devolveremos los privados a su abogado. No tendrá usted ningún problema, porque le daré un recibo oficial antes de irme. ¿Esta claro?

–Si usted lo dice… ¡Espere un momento! ¿Quién es usted?

Ni siquiera sé su nombre.

–Matucci. De los Carabinieri. – ¡De los Carabinieri…! ¿Es que pasa algo malo?

–Nada en absoluto. Es el procedimiento normal en el caso de un hombre importante como el general. – ¿Quién va a tomar todas las disposiciones, decírselo a sus amigos, y esas cosas que hay que hacer?

–El Ejército.

–Entonces, ¿yo qué hago? ¿Quedarme aquí sentado?

–Hay una cosa que puede hacer. Telefoneará gente. Tome sus nombres y teléfonos y arreglaremos que alguien les llame. ¿Me seguirán pagando?

–No se preocupe. Tienen que pagarle. Es la ley… Quería preguntarle otra cosa. ¿Dónde cenó anoche el general?

–En el «Club de Ajedrez». – ¿Está usted seguro?

–Claro que estoy seguro. Siempre tenía que saber dónde estaba. A veces había llamadas del Estado Mayor o del Ministerio… ¿Otro vaso?

–No, gracias. Ya me voy. – ¿Está usted seguro acerca de lo del dinero?

–Estoy seguro. Y usted, ¿se acordará de anotar las llamadas telefónicas?

–Confíe en mí, amigo. El general lo hacía. Jamás tuvo queja de mí.

Mire, era tan frío como un pescado, pero echaré de menos al viejo bastardo.

Ya lo creo que sí.

El tipo estaba empezando a ponerse sensiblero y yo ya estaba dispuesto a irme. Garabateé un recibo, tomé la maleta de los documentos y salí al suave sol de la primavera. Era la una y diez. Los comerciantes estaban cerrando sus puertas y los callejones estaban repletos de romanos yendo a casa para comer y hacer la siesta.

Tengo que admitirlo francamente. No me gustan los romanos. Yo he nacido en Toscana, y considero que esta gente son primos hermanos de los hotentotes. Su ciudad es un estercolero. Los alrededores un depósito de basuras. Son los peores cocineros y los tragones que más indigestiones

tienen de toda Italia. Son rudos, bastos, cínicos y están desprovistos de las gracias más elementales. Sus rostros se cierran contra la compasión y sus mentes son estrechas y rencorosas. Lo han visto todo y no han aprendido nada, excepto las más bajas artes de la supervivencia.. Han conocido la grandeza imperial, la pompa papal, la guerra, el hambre, la plaga y el expolio; y, sin embargo, hincarán la rodilla ante cualquier tirano que les ofrezca una hogaza más de pan y una entrada gratuita al circo.

Ayer era Benito Mussolini, borracho de retórica, arengándolos desde el balcón de la Piazza Venezia. Mañana, quizá sea otro. Y, ¿dónde estaba en aquel mismo momento del miércoles de ceniza, en aquel año de dudosa gracia…? Una cosa era cierta, que no iba a estar como Dante Alighieri Matucci, en pie en medio del Campo Marzio.

Salí de mi ensueño, caminé media manzana hasta mi coche, tiré los documentos al asiento y volví a mi oficina. Podía haberme evitado la molestia. Dos de mis oficinistas habían salido a comer; el tercero estaba flirteando con la mecanógrafa, y la computadora estaba inservible a causa de que el suministro de energía había sido interrumpido por una huelga de dos horas.

Había un mensaje del Ministerio del Interior requiriendo «un contacto inmediato por un asunto de grave importancia».

Cuando llamé, se me dijo que mi contacto estaba entreteniendo a algunos visitantes extranjeros, y que probablemente regresaría a las cuatro.

Corpo de Bacco! ¡Menudo hatajo de imbéciles!

Podía llegar y pasar el Día del Juicio, quizás incluso los maoístas estuvieran en aquel momento asaltando la Puerta Angélica de la Ciudad del Vaticano, pero los romanos tenían que acabar la siesta antes de hacer algo al respecto.

Dejé caer la maleta de los documentos sobre el escritorio y le grité al oficinista número tres para que los ordenase y relacionase. Luego, debido a que la huelga había dejado sin funcionamiento los ascensores, subí tres pisos por las escaleras, hasta el laboratorio forense, donde tenía que haber alguien con vida, incluso durante la hora de la comida. Como de costumbre, era el viejo Stefanelli, quien, según las leyendas locales, dormía cada noche en una botella de formaldehído de la que surgía fresco como un tití cada mañana, al salir el sol. Era un pequeño individuo arrugado, con escasos cabellos, dientes amarillentos y una piel que se parecía al cuero viejo. Debía

de tener diez años más de los de la edad de retiro, pero aún lograba, gracias a una combinación de recomendaciones y puro talento, aferrarse a su trabajo.

Lo que otros técnicos tenían que romperse el cerebro para saber, Stefanelli ya lo sabía. Se le echaba un poco de polvo en la palma de la mano y le decía a uno la provincia y la región de que procedía, e incluso llegaba a una suposición razonable del pueblo concreto. Se le entregaba un jirón de tela, lo manoseaba un instante, y luego le decía a uno qué cantidad de algodón llevaba y cuánto poliéster, y después hacía una lista de todas las industrias que podían haberlo fabricado. Se le daba una gota de sangre, dos cortaduras de uña y un mechón de cabello, y reconstruía la muchacha a la que pertenecían. Era un genio por derecho propio, aunque un genio quisquilloso y molesto, que le escupía a uno en el ojo si lo engañaba, o trabajaba veinticuatro horas seguidas por quien confiase en él. Leía incesantemente, y apostaba dinero basándose en sus conocimientos científicos.

Pero sólo alguien recién llegado o muy estúpido apostaba en su contra.

Cuando llegué, resoplando y con cara de pocos amigos, me saludó con exuberancia. – ¡Hola, coronel! ¿Qué es lo que tienes para Steffi hoy? Yo tengo algo para ti… Una muerte por sofocación… Alcaloides verdes en la sangre… Sin pinchazos, ni abrasiones, ni forma aparente en que hayan entrado en el riego sanguíneo. Cinco mil liras a que no sabes lo que es.

–Dicho así, Steffi, estoy seguro de que iba a perder mi dinero. ¿Qué es?

–Es un marisco. Viene del Pacífico Sur. Lo llaman la Tela de Dios. Al contacto, inyecta agujas microscópicas llenas de alcaloides, que paralizan el sistema nervioso central. El caso del que hablo es de un biólogo marino que trabajaba para los americanos en el Pacífico Sur… Si te interesa, te enviaré una nota.

–Gracias, Steffi, pero hoy no. Ya tengo bastantes problemas propios. –

Saqué la tarjeta de la salamandra y se la entregué -. Quiero un informe completo acerca de esto: papel, caligrafía, el significado del símbolo y cualquier huella que puedas encontrar. Y lo quiero rápido.

Stefanelli estudió detenidamente la tarjeta durante unos instantes y luego se lanzó a una perorata:

–La tarjeta está hecha con cartulina japonesa: papel de arroz de muy buena calidad. En un día podré decirte quién lo importa. La caligrafía… ¡es

fantástica! ¡Le hace entrar a uno ganas de ponerse a llorar! No he visto nada parecido desde que Aldo el Calígrafo murió en 1935. Lo recuerdas, ¿no?

Naturalmente, no puedes. Eres demasiado joven. Tenía un estudio cerca de la Cancillería. Hizo una fortuna falsificando certificados de valores y títulos nobiliarios para tipos que querían casarse con norteamericanas ricas… Bueno, Aldo está muerto, así que no podrá ayudarte. Tendremos que buscar en los archivos y averiguar quién trabaja en esto ahora… ¿El diseño?

Bueno…, obviamente es una salamandra, la bestia que vive en el fuego.

Lo que no sé es lo que significa aquí. Podría ser un símbolo de marca. O

quizás una tessera: la tarjeta de miembro de un club. Podría haber sido sacada de un escudo nobiliario. Se lo preguntaré a Solimbene… Tú no lo conoces. Es un viejo amigo mío. Trabaja en el Consultorio Heráldico.

Conoce todos los escudos nobiliarios europeos. Puede leerlos como una persona normal leería un periódico.

–Buena idea. De hecho, ¿por qué no haces algunas copias ahora, antes de que los otros vuelvan de comer? Yo necesito una para mis investigaciones. – ¿De dónde sacaste esto, coronel?

–El general Pantaleone murió anoche. Lo encontré en su dormitorio.

–Pantaleone? ¡Ese viejo fascista! ¿Qué le pasó?

–Causas naturales, Steffi… Y tenemos un certificado legalizado para probarlo. – ¡Muy conveniente!

–Muy necesario. – ¿Suicidio o asesinato?

–Suicidio. – ¡Eh! Eso huele mal.

–Así que por el momento, Steffi, este asunto es entre el director, tú y yo.

Guarda tú mismo esa tarjeta. Ni archivo, ni discusiones en el laboratorio.

Un silencio de tumba hasta que te lo diga.

Stefanelli sonrió y se llevó un huesudo dedo a su nariz: el gesto de saber de qué se trataba y estar de acuerdo en la conspiración.

–Me gustan tan poco los fascistas como a ti, coronel… Y tenemos un buen puñado de ellos en este departamento. A veces me pregunto si queda algún demócrata, aparte de tú y yo, si es que alguna vez los tuvimos en Italia. Si no conseguimos pronto un Gobierno estable, habrá un colpo di stato, con un fascista en las riendas. Y una semana más tarde estamos en plena guerra civil… o algo muy parecido: izquierda contra derecha, norte contra sur. Soy un hombre viejo, pero puedo olerlo en el viento… y tengo

miedo, coronel. Tengo hijos, hijas y nietos. No quiero que sufran como nosotros…

–Ni yo, Steffi. Así que tenemos que saber quién se pone las botas del general. Trabaja duro con esa tarjeta.. Llámame en cuanto tengas algo, sea de día o de noche. – ¡Buena suerte, coronel!

–La voy a necesitar… Ciao, Steffi.

Ahora, estaba en un callejón sin salida. No podría hallar sentido alguno en los documentos de Pantaleone hasta que hubieran sido listados y correlacionados con el dossier del general. El director era el único hombre con el que podía hablar libremente, y no estaba en su oficina. Naturalmente, podía llamar a Francesca, la pequeña modelo que siempre estaba disponible después del mediodía, pero eso me dejaría atontado y somnoliento durante el resto de la tarde. Me decidí a tomar una taza de café en un bar y luego ir a Parioli a ver a Lili Anders.

Su apartamento estaba en el tercer piso de un nuevo edificio realizado con aluminio y cristal, con un portero de librea y un ascensor forrado en nogal. El lugar había costado, según el dossier de la dama, sesenta millones de liras, y el mantenimiento, según el contrato, era de ciento veinte mil por mes. Los archivos fiscales de la Comune di Roma mostraban que Lili Anders pagaba los impuestos correspondientes a un millón de liras al mes, basados en signos externos de riqueza. Dado que pagaba los impuestos sin protestar, era obvio que al menos debía de vivir a una escala doble a la que se le había asignado. Yo tenía un apartamento, una criada, un «Fiat» de tres años y alguna amiga ocasional con seiscientas mil al mes, menos impuestos, y pensaba que Lili Anders era una mujer muy afortunada. Por consiguiente, para cuando toqué el timbre, estaba resentido y de muy mal humor. Una vieja sirvienta, vestida de negro con delantal y cofia blancos, almidonados, se enfrentó conmigo cual una verdadera romana, lacónica y hostil: -¿Sí?

–Soy Matucci, de los Carabinieri. Deseo ver a la Signora Anders. –

¿Está usted citado?

–No.

–Entonces, tendrá que volver más tarde. La signora está durmiendo.

Me temo que debo pedirle que la despierte. El asunto que me trae es urgente. – ¿Tiene usted alguna identificación?

Le ofrecí mi carnet; lo tomó y lo leyó lentamente, línea por línea.

Luego, me barrió hacia el pasillo, como un montón de polvo, dejándome

allí.

Esperé, hosco y malhumorado, pero sin dejar de sentir una agria admiración por aquella vieja matrona, cuyos antepasados habían lanzado tejas a las cabezas de Papas, cardenales y príncipes títeres. Entonces, Lili Anders efectuó su entrada. Para una mujer que se hallaba mediados los treinta, estaba singularmente bien conservada; un poco gorda para mi gusto, pero aún, muy a las claras, de buen ver. Y, para una mujer que acababa de levantarse de dormir, estaba perfectamente arreglada: cada uno de sus cabellos rubios en su sitio, sin una mácula en su maquillaje, ni una arruga en su falda, blusa o medias. Su saludo fue educado, pero frío. – ¿Quería verme?

–En privado, si es posible.

Me hizo pasar al salón, y cerró la puerta. Me indicó que me sentase y luego se quedó junto a la repisa de la chimenea, bajo un retrato ecuestre de Pantaleone.

–Según tengo entendido, usted es de los Carabinieri.

–Soy el coronel Matucci. – ¿Y la razón de su visita?

–Me temo que es un asunto doloroso. – ¿Oh?

–Lamento informarle que el general Pantaleone murió a primera hora de esta mañana.

No lloró. No sollozó. Me miró, temblorosa y con los ojos muy abiertos, aferrándose a la repisa para no caer. Me acerqué a ella, para ayudarla, pero me apartó con un gesto. Fui al buffet, serví coñac en una copa, y se la entregué. Se lo bebió de un trago, y luego tosió. Le di el pañuelo limpio del bolsillo superior de mi chaqueta y se secó los labios y la parte delantera de la blusa.

Hablé con ella, en voz baja:

–Siempre es un shock, incluso en nuestro trabajo. Si quiere llorar, por mí no se contenga.

–No voy a llorar. Era amable y educado conmigo, pero no tengo lágrimas para él.

–Hay otra cosa que debería saber. – ¿Si?

–Murió por su propia mano.

No tuvo gesto alguno de sorpresa. Simplemente, se alzó de hombros y extendió las manos en señal de derrota.

–En él, eso era siempre posible. – ¿Por qué dice eso?

–Había demasiados rincones oscuros en su vida, coronel, demasiados secretos, demasiada gente que le esperaba con alguna emboscada. – ¿Le dijo él eso?

–No. Lo sabía.

–Entonces, quizá sepa también esto: ¿por qué eligió anoche para suicidarse? ¿Por qué no hace una semana, o el mes que viene?

–No lo sé. Llevaba mucho tiempo huraño, un mes o más.

Le pregunté en varias ocasiones qué era lo que le preocupaba.

Siempre me hizo callar. ¿Y anoche?

–Sólo una cosa. Durante la cena un camarero le trajo un mensaje. No me pregunte lo que era. Ya sabe cómo es el «Club de Ajedrez»: es como estar en la iglesia, todo son susurros e incienso. Me dejó en la mesa y salió.

Estuvo ausente unos cinco minutos. Cuando regresó, me dijo que había recibido una llamada telefónica de un colega. No dijo nada más. Luego, cuando me trajo a casa, le invité a entrar. A veces pasaba aquí la noche, a veces no. Esta vez me dijo que tenía un trabajo que acabar en casa. Era normal. No discutí. De todos modos, estaba cansada.

Saqué la fotocopia de la salamandra y se la enseñé. – ¿Ha visto esto antes? ¿O algo similar?

La estudió detenidamente durante unos momentos y luego negó con la cabeza.

–Jamás. – ¿Reconoce ese animal?

–Es algún tipo de lagarto… quizás un dragón. – ¿Y la corona?

–Nada. – ¿Las palabras?

–Lo que dicen… Un buen mañana, hermano… Eso es todo. – ¿Las había oído en algún sitio antes?

–No que recuerde. Lo lamento. – ¡Por favor, mi querida señora! No debe reprocharse nada, en ningún sentido. Ha sufrido usted un horrible shock. Acaba de perder a un buen amigo. Y ahora… ¿cómo lo diría? Tengo que seguir molestándola. Es mi deber advertirle que, desde este momento, se encuentra usted en grave peligro personal.

–No lo comprendo.

–Entonces, permítame explicarme. Ha sido usted, durante un largo tiempo, la amante de un hombre importante, al que ciertos elementos han considerado como explosivo. Se supone que una amante es la confidente,

un pozo de secretos. Incluso si el general no le dijo nada, habrá quien crea que se lo dijo todo.

Por consiguiente, es inevitable que sea usted vigilada, presionada, y posiblemente incluso amenazada. – ¿Por parte de quién?

Por extremistas de la derecha y de la izquierda, personas que están entrenadas para usar la violencia como arma política; por agentes extranjeros que operan dentro de los confines de la República; e incluso, aunque me avergüenza confesarlo, por parte de funcionarios de nuestra propia Seguridad Pública.

Como extranjera, que vive aquí con un permiso de residencia, es usted especialmente vulnerable. – ¡Pero si no tengo nada que decir! Viví la vida de una mujer con un hombre que necesitaba cuidado y afecto. Su otra vida, fuera cual fuese, no la compartía. Cuando esta puerta se cerraba tras de nosotros, el mundo quedaba fuera. Él lo deseaba así. Debe creerme.

Ahora, estaba temblorosa. Su rostro parecía a punto de desplomarse y tomar el aspecto de la edad mediana. Sus manos tironeaban inquietas del pañuelo.

Me recosté en el sillón y le aconsejé:

–Me gustaría poder creerla. Pero la conozco, Lili Anders.

La conozco con pelos y señales, desde su primer cumpleaños en Varsovia hasta su última información enviada a un tal Colomba, que es un impresor y encuadernador de Milán. Como siempre, usted se identificó con el nombre cifrado de Falcone. Todos los miembros de su red tienen nombres de pájaro, ¿no? A usted le paga Canarino mediante la cuenta numerada 68-Pilau en el Banco Cantonal de Zurich… Como ve, Lili, nosotros los italianos no somos tan estúpidos o ineficientes como parecemos. Somos muy buenos conspiradores, porque nos gusta el juego y podemos arreglar las normas de forma que nos vaya bien… ¿Otro coñac?

Si no le importa, yo me tomaré uno. Relájese, no voy a comérmela.

Admiro a una buena profesional. Pero es usted un problema, un verdadero problema… Salute! ¡Por que siga con buena salud!

Ella bebió, aferrando la copa con ambas manos, como si fuera un pilar en el que apoyarse. – ¿Qué es lo que me pasará ahora? – ¡Ah! Ésa es una pregunta muy directa, Lili. Tal como están las cosas, creo que hay dos alternativas. O la tomo en custodia, bajo las acusaciones de conspiración y espionaje, y eso significa un largo interrogatorio, una dura sentencia y

ninguna esperanza de libertad provisional; o la dejo libre, bajo ciertas condiciones, para que continúe su confortable vida en Roma. ¿Qué es lo que prefiere?

–Estoy cansada del juego, coronel. Me gustaría dejarlo.

Estoy envejeciendo.

–Ése es el problema, Lili. No puede dejarlo. Sólo puede cambiar de bando. – ¿A qué equivaldría eso?

–A una información total sobre la red y todas sus actividades, y a trabajar para nosotros como agente doble. – ¿Pueden protegerme?

–Sí, mientras sea útil.

–Fui una buena amante, coronel. Mantuve feliz a mi hombre, y le di buenos servicios por su dinero.

–Entonces, probemos con algunas preguntas más. ¿Quién arregló su primer encuentro con el general?

–La marquesa Friuli. – ¿Cuál es su nombre cifrado?

–Pappagallo.

–Le va bien a esa vieja. Incluso tiene aspecto de loro. ¿Cuáles eran sus órdenes?

–Avisar por adelantado de cualquier intento de los grupos neofascistas de dar un golpe de Estado, y de las acciones pensadas para provocarlo. –

¿Tales como?

–Actos de violencia planeados contra la Policía o los Carabinieri durante las manifestaciones laborales, colocación de bombas que pudiese atribuirse a grupos marxistas o maoístas, el extender el descontento entre los reclutas y los soldados recién incorporados a las fuerzas armadas, cualquier contacto, secreto o abierto, entre el régimen griego y los representantes de la República de Italia, alteraciones de la influencia o cambios de los grupos políticos en el Alto Estado Mayor italiano… -¿Se ha producido alguno de estos cambios recientemente?

–No… al menos no que yo sepa.

–Entonces, ¿por qué estaba deprimido el general?

–No lo sé. Estaba tratando de averiguarlo. – ¿Problemas monetarios?

–No lo creo… Nunca fue un manirroto… Ni siquiera conmigo. –

¿Presiones políticas? ¿Chantaje?

–Tuve la sensación de que era un asunto personal, y no político.

–Qué es lo que le dio esa impresión?

–Cosas que decía cuando estaba relajado aquí, conmigo. – ¿Por ejemplo?

–Oh, cosas sueltas. Tenía el hábito de decir algo… ¿Cómo se dice? Algo críptico, y luego pasar inmediatamente a otro tema.

Si le pedía que me lo explicase, se cerraba como una ostra.

Pronto aprendí a moderar mi lengua… Una noche, por ejemplo, me dijo: «Para mí, Lili, no hay un futuro simple porque mi pasado es demasiado complicado.» En otra ocasión citó la Biblia: «Los enemigos de un hombre son las personas de su propia casa…» Cosas así. – ¿Algo más?

–Estoy tratando de recordar… Oh, sí. Hace unas tres semanas nos encontramos en Venecia. Me llevó a la ópera, al «Teatro Fénix». Me habló acerca de la historia del teatro y me explicó su nombre. Dijo que el fénix era un pájaro fabuloso que se alzaba, de nuevo con vida, de sus propias cenizas; luego añadió que había otro animal aún más fabuloso y peligroso: la salamandra, que vivía en el fuego y podía resistir las llamas más ardientes… ¡Espere! ¡Eso es lo que hay en su tarjeta… la salamandra!

–Así es, Lili. ¿Ve usted lo lejos que llegamos cuando hablamos como amigos? ¿Qué otra cosa dijo acerca de la salamandra?

–Nada. Nada más. Algunos amigos se unieron a nosotros.

Dejó pasar el tema, y lo olvidó.

–Entonces, dejémoslo nosotros también. De ahora en adelante, estará usted bajo constante vigilancia. Aquí tiene mi tarjeta con mis números diurno y nocturno. Se le notificará la fecha del funeral. Me gustaría que estuviera allí. – ¡No, por favor! – ¡Sí, por favor! Quiero lágrimas, Lili.

Quiero pena y dolor.

No volverá a presentarse en sociedad hasta que yo se lo diga.

Naturalmente, le telefonearán sus jefes y los amigos del general.

Su criada querrá saber la razón de mi visita. A todos les dirá lo mismo: que el general murió de un ataque al corazón. No haría ningún daño el confesar que tenía una enfermedad que, a veces, le imposibilitaba realizar su vida sexual… Otra cosa más. Nada de nuevos amigos hasta que haya terminado el luto. Eso la dejaría a usted en mala posición. Si consigue otro después de eso, me gustaría investigarlo antes de que lo acepte.

Ella logró esbozar una débil y forzada sonrisa. – ¿Investigarlo a él o a mí, coronel?

–La admiro, Lili, pero no puedo arriesgarme con usted. Si pudo hacer que un viejo fósil como Pantaleone perdiese el seso por usted, sólo Dios sabe lo que haría con un tipo hambriento como yo. No obstante, es una idea.

Quizás algún día interpretemos un poco de música de cámara. Ahora, sea buena.

Y habrá un premio por cada lágrima que derrame en el réquiem…

¿Dónde está su teléfono?

Media hora más tarde estaba sentado en una terraza de la Via Veneto, con un sandwich y un cappuccino, hojeando las ediciones de la tarde de los periódicos de Roma y Milán. La muerte del general sólo venía incluida en las últimas noticias.

Las palabras de cada informe eran idénticas, cita directa del comunicado del Ejército. No había necrologías, ni comentarios editoriales. Quizás hubiera alguno en las últimas, ediciones, pero los sabuesos de la Prensa no ladrarían fuerte sino hasta la mañana siguiente.

Para entonces, el general ya estaría cuidadosamente embalsamado y yaciendo en la capilla ardiente de su cripta familiar en Frascati, con los cadetes de su antiguo regimiento haciéndole la vela de honor.

Las exequias del conde Massimo Pantaleone, general del Estado Mayor, constituyeron una excelente obra de teatro. El requiem fue entonado por el obispo de Frascati, cardenal Amleto Paolo Dadone, asistido por el coro del monasterio de Sant'

Antonio della Valle. El panegírico fue pronunciado, con corte clásico y tono rimbombante, por el secretario general de la Compañía de Jesús, antiguo compañero de clase del difunto. A la misa acudieron el presidente de la República, ministros del Consejo, miembros de ambas Cámaras, prelados de la Curia romana, oficiales superiores de todos los ejércitos, representantes de la OTAN y del cuerpo diplomático, amigos y parientes del difunto, sirvientes de la familia, periodistas, fotógrafos y un grupo abigarrado de romanos, vecinos y turistas que estaban de paso. Seis oficiales de campo llevaron el ataúd hasta la cripta, donde el capellán castrense lo confió al descanso hasta el día de la resurrección, mientras un destacamento de oficiales jóvenes disparaba la última salva, y los Penitenciarios de Sant' Ambrogio recitaban los misterios dolorosos del Rosario.

La puerta de la cripta fue cerrada por el mismo presidente, en un gesto de respeto, gratitud y solidaridad nacional que no se les escapó a los caballeros de la Prensa. Lili Anders estaba allí, cubierta con tupidos velos y apoyándose en el brazo del capitán Girolamo Carpi, quien estaba visiblemente conmovido por el fallecimiento de su amado patrón.

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