La salamandra

Morris West · Capítulo 3 de 13

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La salamandra

21.00

A menos que uno vaya a una clínica cara, puede encontrarse con que su análisis de sangre pertenece realmente a una bailarina de ballet y que el de orina fue suministrado por un tipo que atrapó la gonorrea en Fregene. Así que, según las reglas del juego, dos cuerpos sin identificar permanecerían sin ser reclamados hasta que estuviésemos dispuestos a hacernos cargo de ellos.

Mientras Stefanelli estaba interrogando al portero, yo me bebí el café de Calvi, me comí uno de sus bocadillos de jamón y examiné las notas de su agenda. 20.00 h.

Se marchan los empleados de Bandinelli. 20.30 h.

Completado el índice de los documentos de Pantaleone.

Cerrada y sellada la caja fuerte en presencia de Bandinelli.

Firm ado recibo por los papeles y las llaves. Bandinelli se marcha.

21.00

h.

Telefoneado a oficial de guardia. 21.25 h.

Llegan mujeres limpieza. 21.55 h.

Se van mujeres limpieza.

22.00

h.

Telefoneado a oficial de guardia.

23.00

h.

Telefoneado a oficial de guardia. 23.36 h.

Realizada comprobación final del quinto piso.

24.00

h.

T elefon eado a oficial d e guardia. 00.37 h.

Telefonea Bandinelli. Deseaba p a sa r p o r o ficin a p a ra conferencia nocturna con dos clientes. Dijo era asunto de rutina. No me molestaría, pues usaría oficina adjunta para conferencia. Dado que mis instrucciones hablaban sólo de custodia caja y contenido, no tenía autoridad impedirle acceso su propia oficina. Estuve de acuerdo.

01.00

h.

Telefoneado a oficial de guardia. Le pedí anotase petición Bandinelli y mi decisión.

Las notas cesaban en este punto. Llamé al oficial de guardia. Me confirmó las anotaciones de su propio registro. Lo que me dejó ante una pregunta vital: ¿había ido Bandinelli a la oficina obligado, ó como cómplice que había sido liquidado al finalizar su utilidad? Aún estaba preguntándomelo cuando regresó Steffi, irritado y descontento.

El portero no sabía nada, y no había visto a nadie.

Trabajaba estrictamente según su contrato, que decía que tenía que permanecer despierto y en su puesto hasta medianoche o hasta que se fueran las mujeres de la limpieza, si es que era más tarde. Después, se podía ir a la cama. Todos los inquilinos tenían llaves de la puerta de la calle.

Tenían libre acceso a sus oficinas a cualquier hora. A las otras personas se les rehusaba la entrada, fuera de las horas de oficina, a menos que fueran las mujeres de la limpieza o personas encargadas de alguna reparación.

–Así que, de hecho, cualquiera que tenga una llave de la puerta podría meter todo un ejército en el edificio, después de medianoche, sin que nadie se enterase.

–Así son las cosas, coronel. – ¿Dónde estaba Bandinelli cuando telefoneó a las doce y treinta y siete?

–Hay una forma de averiguarlo, coronel. Llamar a su casa.

Levanté de nuevo el teléfono y llamé a la villa de Bandinelli, en la Cassia. El teléfono sonó largo tiempo, y luego una voz de hombre muy arisca contestó: -¡«Villa Bandinelli»! ¿Quién habla?

–Carabinieri. Queremos hablar con el abogado.

–No está aquí.

–Entonces, con su esposa.

–La signora está en Nápoles. – ¿Quién es usted?

–De Muro, el mayordomo. – ¿Dónde puedo encontrar al abogado? – ¡A esta hora, sólo Dios lo sabe! – ¿A qué hora salió?

–No ha estado en casa desde la mañana. Telefoneó esta tarde para decir que no vendría a casa a cenar. – ¿No tiene idea de dónde pueda estar?

–Ni la más mínima.

–Gracias. Buenas noches.

No respondió al saludo. Colgó violentamente. Steffi sonrió. – ¿No ha habido suerte?