La salamandra
Capítulo XX
Su deseo debió de tener alguna fuerza, porque cuando llamé al director, su ayudante me dijo que había sido convocado urgentemente a una conferencia en el Ministerio. ¿Quería dar algún mensaje? Ninguno que pudiera ser dicho con seguridad por una línea abierta. Debía decirle al director que había nuevos acontecimientos en mi investigación actual, y que estaría fuera de contacto durante cuarenta y ocho horas. Sólo estaba retrasando el mal momento, pero si podía llegar a Ponza y echar mano al resto de los documentos de Pantaleone, quizás aún podría escapar al verdugo.
Ahora me enfrentaba con un problema de espacio y tiempo.
La isla de Ponza, que no es mi lugar favorito en este mundo, se halla a unos setenta y cinco kilómetros al suroeste de Gaeta. La leyenda dice que Poncio Pilato nació allí. Los fascistas la utilizaron como lugar de exilio para los prisioneros políticos.
Después de la guerra, dado que las islas eran escasas y se estaban tornando más escasas en este siglo
XX
, la gente comenzó a comprar tierras y a edificar villas en las laderas y alrededor de la costa. La isla está comunicada por transbordadores que parten de Anzio, Formia y Nápoles, pero cualquiera que sea el camino que se elija, significa un viaje por carretera desde Roma y tres o cuatro horas de navegación, lo que, con mal tiempo, es un verdadero purgatorio. Yo deseaba a toda costa no utilizar los transportes públicos, y acortar el tiempo de la operación hasta el mínimo. Si el director decidía ordenar una búsqueda general de mi persona, iba a resultar tan visible como un grano en la cara de la Mona Lisa.
Además, había otra posibilidad más siniestra. Los papeles robados de la oficina de Bandinelli estaban ya en manos de personas desconocidas. En aquel momento, ya les debía de resultar claro que la documentación era incompleta. Conclusión: los cazadores debían de estar de nuevo tras la pista y, por pura lógica, regresarían, más tarde o más temprano, a Lili Anders y a la villa que había compartido con Pantaleone. Posdata a la conclusión: necesitaba ayuda, a toda prisa.
Cuando regresé a casa de Steffi, eran las cinco treinta. Pedí una llamada urgente a un tal coronel Carl Malinowski, en el cuartel general de la OTAN
en Nápoles. Malinowski es un estadounidense muy complaciente, a veces demasiado complaciente para su propio bien. Hace dos años logré sacarlo de una situación embarazosa en la que estaba envuelta su amiga napolitana y un agente ruso que operaba en el área del Arsenal.
Malinowski me debía un favor. Ahora, necesitaba que me lo devolviese, bajo la forma del gran Baglietto, que usaba para sus borracheras y sus escenas de seducción y que, con un mar razonable, podía llegar a los veinticinco nudos.
Malinowski se mostró feliz de poder ayudarme. Se haría un pase de permiso para sí mismo. Además, tenía una nueva amiguita a la que le gustaría la excursión. Si estábamos en los muelles de Mergellina a la primera luz, nos llevaría él mismo a la isla. Aún mejor, si queríamos ir a Nápoles aquella misma noche, nos daría de cenar y nos ofrecía una cama en su propio apartamento. La cama era de matrimonio. Suponía que serviría.
Si no era ese tipo de excursión, podía dormir en el diván e irme al infierno. El resto fue fácil. Alquilé un «Fiat 130» en una agencia, y a las siete de la tarde, para infinito alivio de Steffi, estuvimos fuera de Roma, dirigiéndonos hacia el Sur a lo largo de la autostrada de Nápoles.
Disfruté con aquel viaje: la repentina sensación de tranquilidad criando la ciudad quedó atrás, el atardecer suavizando las colinas del Lazio, las luces apareciendo en las granjas de las montañas, la hilera procesional de tráfico a lo largo de la autopista, el alzarse de la luna amarilla tras las estribaciones de los Apeninos, la breve, pero agradable soledad de un hombre y una mujer en un pequeño mundo rodante.
Al principio, Lili estaba en tensión, resintiéndose a las claras de mi comportamiento autoritario con ella. Yo había hecho gran presión para conjurar los peligros de su situación; pero ahora, sin raíces ni hogar, no podía tener ninguna esperanza de futuro, y yo no estaba en posición de prometerle ninguno. Estaba sentada, envarada y ausente, como si no pudiese soportar el hallarse cerca de mí. Busqué una emisora que diese música napolitana e hice ver que la ignoraba. Al cabo de un rato, comenzó a cabecear y cuando la atraje hacia mí, no resistió, sino que colocó su cabeza en mi hombro y dormitó nerviosamente, hasta que pasamos Monte Cassino.
Ahora estaba más tranquila. Se sentó cerca de mí y hablamos, en voz baja y sin ilación, hasta que volvió a nosotros el ambiente de la primera noche. – ¿Sabes una cosa, Dante Alighieri? – ¿Qué?
–Que en este momento somos verdaderamente noialtri. Yo no puedo ir a casa. Tú no sabes a dónde vas.
–Cierto, mi amor, cierto.
–Me gusta tu Steffi.
–Sí… es todo un carácter.
–Te aprecia mucho.
–Nos comprendemos el uno al otro.
–Pero teme que tomes decisiones equivocadas, ¿no?
–Yo también lo temo, bambina.
–Espero que no te vendas… a nadie. Una vez hecho, no hay forma de echarse atrás. Lo sé… -¿Por qué entraste en este juego, Lili? – ¿No tienes eso en tus dossiers?
–Tengo el cómo. No la verdadera razón.
–En toda mujer hay una prostituta, caro, y tú lo sabes.
Llega el momento triste en que se encuentra sola y sin amor y en que empiezan a aparecerle las primeras patas de gallo, y entonces se venderá, siempre que el precio parezca un regalo, las palabras sean dichas con suavidad, y el mañana no parezca demasiado cercano. Sin excusas. Y sin piedad, gracias.
–Supón que te saquemos del país, entonces, ¿qué?
–Soy una soltera de medios modestos, que busca a un hombre. – ¿Qué tipo de hombre?
–Eso es un sueño privado, y no dejaré que te rías de él.
–No me reiría. – ¿Qué clase de mujer quieres tú, Dante Alighieri?
–He tenido de todo tipo, Lili… excepto aquella con la que sentaría la cabeza y tendría hijos. – ¿No te sientes nunca solo?
–A menudo. Pero es una situación tolerable. Al menos, lo ha sido… -¿Y
ahora?
–No me gusta el tipo que vive en mi piel.
–A mí me gusta… a veces.
–Es que no lo conoces bien, Lili.
–Lo bastante como para ponerle un nombre. – ¿Qué nombre?
–Búfalo solitario.
–Al que pagan para proteger al rebaño. – ¿De qué? ¿Los marxistas, los fascistas, los monárquicos?
No creo en esa «protección», ni tú tampoco. Eres un instrumento político. Cualquier mano puede alzarte y utilizarte para cualquier trabajo.
–Hablemos de cualquier otra cosa, ¿eh?
–Si quieres. ¿Qué haces cuando no puedes soportar el estar solo…?
–Voy a tocar. – ¿Como anoche en el Trastevere?
–Algo así…
–Me gustaría que no tuviéramos que ir a Ponza.
–A mí también. – ¿Qué pasará cuando regresemos?
–Depende de lo que hallemos y lo bien que pueda ocultarlo… Eso de ahí es Capua, donde Espartaco inició la revolución de los esclavos.
–Conozco lo de Espartaco, caro… Y espero que tengamos mejor suerte que él.
El mayor Carl Malinowski de la Infantería de Marina de los Estados Unidos fue un tónico para nuestros maltratados espíritus. Medía un metro ochenta, todo ello hueso y músculo, con puños como jamones, una sonora risa y un acento sureño que, a pesar de que yo hablo un inglés muy aceptable, a veces me costaba mucho entender. Tenía la inalterable convicción de que el mundo era aún un Jardín del Edén, repleto de Evas aquiescentes y serpientes amistosas. Su apartamento, amueblado al estilo americano, era el paraíso de un soltero, con una vista a la bahía, desde el Vesubio hasta el cabo de Sorrento, un asombroso mueble bar y música que se oía en todas las habitaciones. Su nueva chica era una sueca, arrancada de la cosecha veraniega de turistas y floreciendo después del trasplante. Dio una mirada a Lili y gritó su aprobación, para que se enterara todo el vecindario.
–Bella! Bellissima! Dante, hijo mío, tu gusto está mejorando. ¡Ésta sí que es una mujer de estilo sureño! Cariño, sé bueno con este hombre. Es el mejor italiano que conozco: todo él corazón y ansias sexuales. Y además, brillante, aunque uno no lo diría, al verlo. Helga, ¿por qué no te llevas a Lili y le enseñas su cuarto, mientras Dante y yo preparamos algunos tragos? –
Colocó una mano de hierro sobre mi hombro y me llevó hasta el bar-. Dime ahora, coronel, señor, ¿esto es trabajo o placer?
–Trabajo, Carl. – ¿Y qué es lo que quieres que yo haga?
–Llevarnos a Ponza, y traernos rápido.
–Con este tiempo serán tres horas en cada dirección… más, si refresca el viento. ¿Cuánto tiempo quieres estar allí?
Con dos horas debería bastar.
–Saldremos a las seis de la mañana, y estaremos de regreso a media tarde. ¿Te va bien?
–Excelente. – ¿Esperas problemas?
–No es muy probable. – ¿Qué hay entre tú y la Lili- belle?
–Parte placer, parte trabajo. No lo bastante del uno, demasiado del otro.
–Te comprendo, coronel, señor. Te comprendo bien y claro. Así que esta noche nos beberemos un buen vino y nos daremos una retozada en la cama.
¡Mañana, desembarcaremos en las playas de Ponza!
Fue una larga y alegre noche. Cenamos como reyes, caviar, bistec y helado napolitano. Nos bebimos dos litros de «Lacrima Christi» y media botella de «Courvoisier», arreglamos el mundo con nuestra charla, contamos chistes verdes, y nos echamos sobre la alfombra, dormitando mientras escuchábamos la música grabada. En algún momento, después de medianoche, nos separamos por parejas y fuimos a la cama, y debo decirles que no hay cama en todo el mundo más confortable, más apta para hacer el amor, que un gran letto matrimoniale napolitano de metal.
Fue una buena noche para los dos. Hicimos lo que nos gustaba, y nos gustamos el uno al otro. Estábamos agradecidos, estábamos contentos y, por un tiempo, no estuvimos solos.
Dormimos profundamente, sin soñar. Estábamos despiertos y disfrutando de nuevo, cuando Malinowski martilleó la puerta y nos llamó a desayunar.
Lo he contado mal; debo de haber usado las mismas palabras para una docena de encuentros porque soy, y lo digo agradecido, un hombre que ha sido afortunado con la mayoría de sus mujeres. Pero aquella vez había una diferencia, una sensación de consecuencia, si no aún de dedicación. Y
también hubo otra diferencia: yo estaba dispuesto a mostrarme sentimental tras aquello, mientras que Lili no quería saber nada.
Me lo dijo, secamente, mientras estábamos juntos en la cubierta posterior del Baglietto y contemplábamos cómo el verde cono de Ischia se desvanecía en el amanecer.
–Caro, a veces me tratas como si no tuviera cerebro. Sé lo que está en juego. Si el material de la villa es importante; te dará poder. Tú crees que también servirá para que yo obtenga un pasaje gratis para salir de Italia.
–Eso espero.
–Y salvar tu conciencia a mi respecto.
–Si quieres decirlo así…
–Pero, ¿no me prometes nada?
–No puedo. – ¡Tonterías! No te necesito para salir de Italia, Dante Alighieri. – ¿Crees que puedes escapar a los guardias fronterizos por ti sola? Ni lo intentes, Lili.
–No tendría que hacerlo. Podría contratar a cualquier pescador de Ponza para que me llevase mañana a Córcega. – ¿Qué es lo que estás tratando de decir, Lili?
–Que me necesitas, como necesitas los papeles de Pantaleone, como carta negociadora. Déjame ir, y pierdes poder, te castras tú mismo. Lo comprendo. Lo acepto. Pero me insultas cuando tratas de hacer parecer eso como una prueba de confianza. Tu amigo Steffi tenía razón. Siempre rehúsas llegar a un acuerdo contigo mismo… Ahora, ¿podemos entrar, por favor?
Tengo frío.
Hacía frío. El viento estaba soplando del Noroeste, levantando un mar poco agradable, y Malinowski estaba guiando rápidamente la canoa, enfrentando su talento como timonel contra la inclinación de la poderosa embarcación y la corta y engañosa ola. Nos aposentamos en el salón y traté, con una especie de desesperación, de ganar la argumentación y salvar mi propio orgullo.
–Aclaremos eso, Lili. Hice un trato contigo. Hasta ahora, lo he cumplido. Hasta ahora estás libre y protegida. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
–Ahora, quieres que lo cambie. Quieres que cierre los ojos, mientras tú escapas a Córcega. – ¡No! Quiero estar segura del tipo de trato que estás haciendo con otra gente, y qué es lo que harás al final. – ¿Y por qué infiernos te podría importar? – ¡Pobre Dante Alighieri! Tantas mujeres, y lo poco que has aprendido. ¡Qué desperdicio!
–Al menos, yo no tengo ninguna ilusión. – ¡Bah! No discutamos, pues.
Tú escribes el guión, tú dices las palabras y tiras de las cuerdas y, cuando haya terminado la función, Lili, el títere, es guardado en su caja. Los dos lo sabemos, mi amor. – ¿Y decías que no habría chantaje? ¡Dios!
–El chantaje implica una amenaza, ¿no? ¿Cómo puedo amenazarte yo?
¿Con los papeles Pantaleone? Los tendrás en cuanto lleguemos a la villa.
¿Con una noche en la cama? Ésa es la costumbre de nuestro trabajo, ¿no?
¿Con tu promesa de protección? Eso también forma parte del trabajo…
cada pequeño policía utiliza el mismo truco en todos los interrogatorios…
Así que… ¿qué es lo que te asusta, mi bravo coronel, sino tú mismo?
–Si así es como tú lo ves… ¡excelente! Te equivoques o no, no cambia nada… Subamos al puente.
–Me gustaría estar sola un rato.
–Esto es trabajo, Lili.
–A su servicio, coronel.
Malinowski nos recibió con su sonrisa y ojos azules, todo él salud e inocencia, y extendió sobre la mesa de planos un pequeño mapa de Ponza.
En el mismo, Lili identifico la situación de la villa, un pequeño promontorio en la costa este de la isla. La villa estaba marcada en el libro de navegación como un punto de referencia para los navegantes: «…un gran edificio cuadrado de piedra gris, a cuyo este se pueden ver claramente los pilares y los arcos de una ruina romana. Con viento del Oeste al Noroeste, la bahía sur ofrece un buen refugio a los barcos pequeños. El fondo es de piedra y rocas con un poco de madera».
Le pregunté a Lili:
–Si echamos el ancla aquí, ¿podremos subir a la villa desde la playa?
–Sí. Hay un sendero que llega hasta las ruinas. Malinowski nos interrumpió con una pregunta de marinero.
–Si anclamos, tendremos que bajar el bote auxiliar y volver a subirlo después. Tendréis un viaje poco confortable y muy mojado hasta la playa.
¿Por qué no atracamos en el puerto y tomáis un taxi hasta la villa?
–Estrategia, Carl. En el puerto llamaríamos mucho la atención. Estamos fuera de temporada. La gente local hablaría.
Prefiero que esto no ocurra.
–Muy claro, coronel, señor. Anclaremos.
–En cuanto a la villa, Lili, ¿hay algún criado?
–No. Fuera de temporada está cerrada. Una familia del pueblo pasa una vez por semana a limpiarla y encender la calefacción unas horas. Pero no tenemos que acercarnos a la villa. Lo que buscamos está ahí, en las ruinas. –
¿Por qué en las ruinas?
–Lo verás cuando lleguemos allí. – ¿Se pueden ver las ruinas desde la casa?
–Sólo la parte superior. La casa está rodeada totalmente por un muro.
Las ruinas están en tierra del Gobierno, que posee parte de la costa.
–Mejor aún. Dale una mirada a la carta, Carl. ¿A qué distancia de la costa puedes anclar?
–Veamos… Para poder estar más seguros, a un largo de cable. –
¿Visibles desde la casa?
–Al aproximarnos, sí. Cuando estemos anclados, probablemente no. No obstante, no comprendo qué problema hay en ello. Eso es terreno público.
Cualquiera puede tomar tierra en él. Si no, es algo de la ley italiana que no conocía.
–No me preocupa el entrar allí, Carl. Además, Lili es la propietaria de la villa. Digamos que lo que me preocupa serían intrusos hostiles.
–De ésos, coronel, señor, nos podemos ocupar perfectamente -abrió el armario bajo la mesa de mapas y sacó un rifle automático-. Llevo esta preciosidad por si algún tiburón persigue a una de mis chicas cuando está nadando con el culo al aire. Así que, mientras tú y Lili- belle van a tierra, yo me quedaré vigilando en cubierta, por si vienen intrusos hostiles…
¿Satisfecho?
–No. No puedo dejar que un oficial estadounidense se vea envuelto en un drama doméstico italiano. Así que, si no te importa, me llevaré el arma a tierra conmigo.
–Como quieras. ¿Me haces el favor de conectar la radio?
Dentro de un minuto oiremos las noticias, y luego me gustaría escuchar el informe meteorológico.
–Si no me necesitas más -dijo Lili-, creo que me iré a echar al salón. Me siento un poco mareada.
–Deberías habérmelo dicho, Lili- belle. Tengo una cosa que…
–No, gracias, Carl. Me pondré bien. Excúsenme.
Cuando nos hubo dejado, Carl sonrió y me clavó una mirada de complicidad. – ¿Problemas, hermano? ¿Necesitas algunos pequeños consejos posnupciales?
–De hecho, los necesito.
–De acuerdo, cuéntaselo todo al tío Carl. – ¿Qué dirías si te contase que Lili es una agente doble que trabaja para mí y para los marxistas?
–Te diría qué mala suerte… y me olvidaría de que lo has dicho. – ¿Y si te contase que quizá tenga que meterla en la cárcel para satisfacer a mi
gente?
–Diría que estás en un buen lío.
–Y si entonces te dijese que la conservases a bordo y la llevases a Córcega, fuera de la jurisdicción italiana, ¿qué es lo que me dirías?
–Te diría, coronel, señor, que eres un muy buen amigo mío, que te debo un gran favor que ahora te estoy pagando. Pero también te diría que soy un republicano de nacimiento, que he visto a mis camaradas morir en Corea y en Vietnam y que no me gustan mucho los negros, aunque he aprendido a vivir con ellos; pero lo que no puedo soportar es a los comunistas de ningun sexo o condición. Y por consiguiente, si me lo pidieses, y estoy seguro de que no lo harías, tendría que decirte no, señor, no, gracias, eso no, de ninguna manera. ¿Me comprendes, coronel?
Lo comprendía tan claramente, que no podía creerlo.
Durante un instante, pensé que estaba bromeando. Bromeaba acerca de la mayor parte de las cosas. Lo asombroso es que lo decía completamente en serio. Supongo que jamás había creído que un pueblo grande y vigoroso pudiera sobrevivir con unos artículos de fe tan simples. Pero, después de todo, nosotros los europeos habíamos tenido una experiencia mucho más larga y sangrienta, y aún no éramos ni la mitad de lo escépticos que deberíamos ser.
Carl Malinowski extendió la mano.
–No estarás resentido, ¿eh, Dante?
–No, Carl.
–Y no estoy diciendo que seas un rojo, ya lo sabes.
–Naturalmente.
–Ni tampoco estoy juzgando a Lili- belle. Se podría decir que sólo estoy escurriendo el bulto.
–Lo comprendo.
–Y sigo contigo contra los intrusos hostiles.
–Gracias.
–Ahora, escuchemos las noticias, ¿eh?
Las noticias, dichas en el suave y eufórico estilo de la R.A.I., eran la habitual mezcla: la guerra de Vietnam, las negociaciones de paz en París, los feudos tribales de África, huelgas en Inglaterra, huelgas en Italia, otro comentario del Papa sobre la ley italiana de divorcios, otra pelea parlamentaria italiana, esta vez sobre la distribución de los subsidios
provinciales, y finalmente, una tensa coletilla: un empleado árabe de la Embajada de Libia en Roma había sido muerto de un disparo frente a su casa en la Colina Aventina. La víctima era el representante en Roma de la organización guerrillera palestina Al Fatah. La Policía estaba tratando el crimen como si fuera un asesinato político probablemente organizado por agentes israelíes.
Esto hizo que se me pusiera de punta el pelo del cogote. En el SID se me consideraba como un experto en actividades terroristas árabe-israelíes.
Había preparado nuestros primeros archivos sobre los guerrilleros palestinos residentes o actuantes en la República. Tenía buenos informadores entre los jordanos y los egipcios. Conocía al director de la organización antiterrorista judía, un letón de ojos fríos que, desde mi punto de vista, era uno de los mejores agentes de inteligencia del mundo.
En una ocasión, en una reunión muy privada de expertos, lo había oído hablar sobre la verdadera naturaleza del terror, tanto como arma política como en su aspecto de infección social.
«Como arma, es casi irresistible. Infunde miedo y duda.
Destruye la confianza en los procedimientos democráticos.
Inmoviliza a las fuerzas policíacas. Polariza facciones: los jóvenes contra los viejos; los que no tienen contra los que tienen; los ignorantes contra los intelectuales; los idealistas contra los pragmáticos. Como infección social es más mortífera que una plaga: justifica los remedios más viles, la suspensión de los derechos humanos, las detenciones preventivas, los castigos crueles e inusitados, el soborno, la tortura y el asesinato legal.
Los hombres más morales, los Gobiernos más cuerdos, no son inmunes a esta infección. La violencia engendra violencia; se paga a los chantajistas con el tesoro público; las represalias caen duramente tanto sobre los inocentes como sobre los culpables…
Ustedes los italianos hicieron un héroe de un hombre que secuestró un avión de pasajeros. Cuando caemos sobre un árabe que planta una bomba en Roma, tenemos que aceptar que despertaremos a todos los antisemitas latentes en Italia, y daremos un chivo expiatorio a los neofascistas. Cada marxista al que se le da una paliza en un calabozo de la Policía consigue veinte reclutas para la revolución. Cada bomba lanzada en las calles hace que se cree una nueva brigada de policía antidisturbios, con escopetas de gases y coches-bomba con mangueras a presión. Cada gran ciudad tiene su
propia universidad del terror. Y las lecciones circulan desde Ulster al Udine, desde Vietnam a Venezuela, desde Río a Atenas y Roma…»
Por consiguiente, para mí, el asesinato de la Aventina era algo más que malas noticias, era un desastre personal. Aquí estaba viajando como un turista entre Nápoles y Ponza, en una compañía muy heterogénea, mientras el director debía de estar apretando todos sus botones, y buscando por todo el país a un experto en asuntos semíticos, prófugo. Si regresaba con los papeles de Pantaleone y, además, con Lili Anders, quizás escapase al potro y al revientadedos. Si regresaba con las manos vacías, me arrancaría miembro tras miembro, y me entregaría a los leones del zoológico.
Durante un momento de pánico, pensé en tratar de entrar en contacto con él mediante la radio de la embarcación, al menos para hacer acto de presencia. Luego, me di cuenta de que esto sólo sería un suma y sigue de todos los errores de los últimos dos días y vocearía mi misión a todo el Mediterráneo Occidental. Así que, al infierno con ello. Me había dado mano libre. Clavaría su concesión a su puerta como los artículos de Lutero; si no le gustaba lo que iba a leer, se lo podía comer como cena. Al menos, esperaba que eso lo ahogase.
Llegamos a Ponza entre un aguacero acompañado de vendaval, y tuvimos que costear lentamente antes de poder identificar positivamente el promontorio y la villa de Lili. Ni siquiera el libro de navegación cumplió con su promesa: el refugio ofrecido por la bahía no era nada bueno, y era un tanto dudoso que el ancla quedase bien clavada. Pero había una pequeña ventaja; si había algún vigilante en la villa, no tendría mejor visibilidad que nosotros. Lili y yo nos habíamos envuelto en impermeables de marino, y bajado al caracoleante bote. Carl me entregó el rifle y, tras la acostumbrada lucha por poner en marcha el motor fuera borda, atravesamos el agitado oleaje, hacia la playa.
La playa estaba desierta. En el promontorio no había señal alguna de vida. El sendero que llevaba a las ruinas era muy empinado y lleno de hierbas resbaladizas, y en un punto tuvimos que gatear, ayudándonos con tirones a los matorrales y enredaderas. Cuando llegamos a la parte superior, me hallaba sin aliento y muy irritable. Estaba convencido de que o bien Pantaleone estaba loco, o Lili me había engañado deliberadamente. No podía hallar razón alguna para que, disponiendo de la gran fortaleza que era la villa, alguien fuera a esconder documentos valiosos en unas ruinas
mohosas, en una tierra que ni siquiera le pertenecía. Se lo dije, y muy acaloradamente, a Lili, que se echó a reír. – ¡Tienes un aspecto tan ridículo…, eres como un payaso de circo! Y esa escopetilla de juguete,
¿que es lo que vas a matar con ella… gaviotas?
Me tomó de la mano y me llevó, a través de un arco, al refugio de una bóveda que, de alguna manera, había soportado la acción destructora de los siglos. Las paredes exteriores eran de piedra tallada, pero los interiores eran de ladrillos que se alzaban formando una pequeña cúpula. El suelo estaba pavimentado con losas de mármol, agrietadas, descoloridas y hundiéndose en algunos sitios, pero en general bastante intactas. El lugar olía a causa de los excrementos pútridos y la espuma del mar. Lili echó hacia atrás la capucha de su impermeable y se quedó, en jarras, contemplando el oscuro interior. – ¿Crees que Massimo estaba loco? Yo también lo pensaba cuando me trajo aquí. Pero piénsalo mejor. La villa está abandonada todo el invierno. Los sirvientes meten las narices en todo cuando el padrone está lejos. Mira a tu alrededor. ¡Vamos, examínalo! ¿Qué es lo que ves?
El enladrillado de las paredes no revelaba nada. Recorrí el suelo, buscando espacios vacíos bajo el mismo. De nuevo nada.
Lili permaneció sonriéndome triunfal. – ¿Ves, Dante Alighieri? No eres ni la mitad de lo astuto que crees ser. Y Massimo no era siempre tan estúpido como parecía. ¡Mira esto!
Se dirigió a un pequeño trozo hundido del suelo, en donde la lluvia, entrando a través del arco, había formado un charco de unos tres o cuatro centímetros de profundidad. Se arrodilló y arrancó un pequeño trozo triangular de mármol. Lo alzó para que lo inspeccionase. Era del tamaño de mi palma, cubierto en su parte inferior con una gruesa almohadilla de cemento. – ¿No te parece que es como un tapón de baño? No te metiste en el charco, pero aunque lo hubieras hecho, el suelo hubiera sonado sólido.
Metió los dedos en la abertura y sacó un largo tubo de aluminio similar a los que los arquitectos usan para los planos y especificaciones. Estaba cerrado por ambos extremos con cinta aislante negra. En cuanto sacó el tubo, el agua del charco se vació en el interior del agujero. Lili volvió a colocar el tapón de mármol y me entregó el tubo.
–Está exactamente tal como lo dejamos. Los mapas están enrollados en el interior. Los microfilms se hallan en pequeñas cápsulas. – ¿No hay nada mas?
–Nada.
–Vámonos. Tú lleva esto. – ¿Ni siquiera le das las gracias a tu títere Lili?
–Gracias, títere Lili. Ahora, me seguirás hasta que lleguemos al sendero de la playa. Luego, irás delante.
Quité el seguro del rifle y me dirigí hacia la entrada de la bóveda. A mitad de la misma me detuve para atisbar el estrecho horizonte enmarcado por el arco. Lo único que podía ver era la elevación del terreno, cubierto por matorrales, rocas, arbolillos y la parte inferior del muro que rodeaba el terreno de la villa.
Hasta ahora, todo iba bien. Me acerqué más, hasta que la vista se amplió y quedó visible la parte superior del muro, en la que había una capa de cemento y, clavados en ella, trozos de cristal.
Entonces, oí un grito, amplificado y distorsionado por un megáfono. –
¡Ustedes, los que están ahí! Salgan con las manos en alto.
Les hablan los Carabinieri. Repito… los Carabinieri.
Me volví hacia Lili y le arranqué el tubo de las manos.
–Ahora, escúchame bien. Quédate muy junto a mí. No hagas nada, no digas nada, a menos que te lo indique. ¿Comprendido?
–Comprendido.
–Vamos a salir, pues.
–Tiré hacia atrás la capucha de mi impermeable y entonces, manteniendo el rifle y el tubo muy por encima de mi cabeza, atravesé el arco, con Lili pisándome los talones. A veinte metros de la entrada, justo fuera de mi campo de visión anterior, había cinco hombres, dos en un lado, tres en el otro. Cuatro iban de uniforme y estaban armados con sus fusiles.
El quinto iba vestido de civil y llevaba el megáfono. Lo reconocí inmediatamente. El pelirrojo pecoso, ayudante del general Leporello.
También el me reconoció, y la expresión de su rostro me produjo un singular placer.
Los agentes comenzaron a acercarse, con las armas amartilladas y dispuestas. El joven los siguió, algo menos confiado. Los dejé acercarse hasta cinco metros, antes de detenerlos con mis mejores órdenes de desfile.
Se detuvieron, mirando inciertos hacia mí y hacia el pelirrojo. Así que les dije:
–Me identificaré en forma adecuada. Quienquiera que esté al mando, comprobará mi documentación. Soy Matucci, Dante Alighieri, coronel del Servicio de Información de la Defensa. La persona que me acompaña es Anders, Lili, bajo mi custodia y ayudándome en mis investigaciones.
Ahora, bajaremos nuestras manos, y el oficial al mando se aproximará para completar la identificación, y explicarme la situación.
Al cabo, el pelirrojo recuperó su voz y valor. Se aproximó, me dedicó un dudoso saludo y se presentó.
–Roditi, Matteo, capitán, ayudante del general Leporello. ¿Podría ver sus papeles, por favor, señor?
Los saqué de dentro del impermeable y se los entregué.
Hizo una gran ceremonia al leerlos, y luego me los devolvió.
–Gracias, señor. La situación, señor, es la que sigue. Estoy aquí bajo órdenes del general Leporello, para mantener vigilada la «Villa Pantaleone»
y sus alrededores y para impedir cualquier intento de llevarse papeles o cualquier otro tipo de objeto, de esta propiedad. Siguiendo tales órdenes, cuento con el poder de solicitar la asistencia de las unidades locales. Esto explica la presencia de este destacamento. – ¿Podría ver esas órdenes, capitán?
–Ciertamente, señor.
Me las entregó, y pasé algo más de lo que necesitaba estudiándolas.
Luego me dirigí a él, lo bastante alto como para que los agentes locales pudieran oír y tomar nota.
–Parece, capitán, que ha comprendido usted mal estas órdenes. –
¿Señor?
–Las órdenes se refieren específica y exclusivamente a, y cito textualmente, «la villa y los terrenos dependientes de la misma, que son conocidos bajo el nombre dèVilla Pantaleone'».
Es así, ¿no?
–Sí, señor.
–Se fijará en que el terreno en que nos encontramos ahora está fuera de la propiedad de la «Villa Pantaleone» y, de hecho, es propiedad pública.
¿Correcto?
–Correcto, señor.
–Por consiguiente, se ha excedido usted en sus órdenes. Ha puesto impedimentos a un oficial superior del Servicio de Información de la
Defensa en la realización de un cometido altamente secreto. Ha puesto a él y a la persona que está bajo su custodia ante un riesgo considerable. Un movimiento incauto por parte de alguno de sus agentes podría haber causado un accidente fatal. Supongo que aceptará esto.
–Respetuosamente, querría informar que este peligro era mínimo.
–No me cabe duda de que esa información será considerada en su debido tiempo y lugar. ¿Algo más, capitán?
–Me gustaría tener unas palabras en privado con usted, señor.
–No es posible en este momento, capitán. Le sugiero que regrese a su trabajo, y me deje a mí realizar el mío.
–Esa embarcación, señor, que hay en la bahía…
–Ha sido puesta a mi disposición por cortesía de nuestros amigos y aliados de la OTAN. ¿Alguna otra pregunta?
–No, señor.
–Mis saludos al general Leporello. Le telefonearé a mi regreso a Roma.
¡Puede retirarse! Venga, señorita Anders.
Camine frente a mí, por favor.
Es difícil retirarse dignamente con cuatro armas a la espalda de uno. Es aún más difícil tratar de hacerlo bajando un resbaladizo camino de cabras, bajo la lluvia, llevando un rifle y un largo tubo lleno de explosivos documentos. De hecho, resbalamos unos diez metros sobre nuestras partes posteriores y chapoteamos hasta la lancha como focas.
Cuando llegamos al Baglietto, ambos éramos presa del shock. Yo estaba sudando por cada poro, y Lili vomitaba por el costado del bote. Helga tiró de nosotros subiéndonos a bordo, y ató la embarcación auxiliar. Carl…
¡Dios bendiga a los marines…! había subido el ancla y estaba abalanzándose mar adentro a veinticinco nudos, antes de que yo tuviera tiempo de servir el primer coñac.
Lili, grisácea y temblorosa, yacía en el sofá mientras yo forzaba el licor entre sus temblorosos dientes. Me miró como si fuera un extraño. – ¡Allá arriba… iban a matarnos!
–No lo han hecho, Lili. Y ahora, no pueden tocarnos.
–Ahora no. Pero mañana, pasado mañana…
–Acábate el trago. Cierra los ojos. Trata de dormir… -¿Quién era ese hombre Roditi?
–Ya lo oíste.
–Lo oí. No lo comprendí.
–Te lo explicaré luego. Ahora, relájate… relájate…
–No te conozco en lo más mínimo, Dante Alighieri. Tu cara está cambiando continuamente. No puedo saber cuál es verdaderamente la tuya.
–Soy un mal actor. Eso es todo. Confía en mí, bambina.
–Tendré que hacerlo… No tengo a nadie más. – ¿Otro trago?
–No podría.
–Cierra los ojos… así está mejor… Lasci'andare, bambina… Déjate ir.
Olvídate de todo.
Al cabo de un rato, se quedó tranquila y el balanceo del mar la hizo adormecerse. Me serví otro coñac, arranqué las cintas que cerraban el tubo metálico y examiné su contenido: una serie de mapas transparentes para colocar encima de mapas normales, cada uno de ellos rotulado con el nombre de una ciudad y referencias a los mapas militares estándar, y media docena de cápsulas metálicas, cada una de las cuales contenía un rollo de microfilm. Los mapas eran fáciles de interpretar. Mostraban las posiciones de los puestos de la Policía, las instalaciones militares, los centros de comunicación, los puntos de control de tráfico, los aeropuertos militares y civiles. Los microfilms eran imposibles de descifrar sin equipo de proyección. No obstante, tomé la lupa del puente y pude establecer que consistían en documentos, cartas, listas de nombres y listas de números. No me cabía duda alguna de que eran el verdadero motivo de los asesinatos de la Via Sicilia y, de hecho, eran los diagramas de un golpe de Estado. Se necesitaría un grupo de expertos para interpretarlos correctamente, y un estadista muy sensato para utilizarlos. Volví a meterlos en su tubo y fui al puente a hablar con Carl.
Lo encontré estudiando sus cartas, mientras Helga se hallaba al timón.
Le pregunté: -¿Cuánto combustible tienes, Carl?
–Mucho. ¿Por qué? – ¿Bastante para llevarnos hasta Ostia? – ¡Ostia!
¡Por Cristo, eso no fue lo programado!
–Lo sé, Carl, pero, ¿podrías llevarnos allí?
–Podría. ¿Querrías decirme el porqué?
–Porque acabo de identificar a un asesino, y nosotros mismos podríamos haber sido asesinados. – ¿Los comunistas?
–No, Carl. Los otros.
–Entonces, nos vamos a Ostia. Échate un sueño mientras calculo el rumbo. – ¿Puedes darme una hora aproximada de llegada?
–Te la daré exacta, hermanito.
–Entonces, me gustaría hacer una llamada por radio.
–De acuerdo. Ahora, siéntate tranquilo, mientras juego con mi regla de cálculo.
Mientras Carl estaba haciendo sus cálculos, garabateé el mensaje en código que le comunicaría al director mis necesidades inmediatas: un coche y una escolta armada que se encontrase con nosotros en Ostia, una conferencia de emergencia inmediatamente tras nuestra llegada a Roma, alojamiento seguro, y un agente que guardase a Lili Anders mientras se decidía su futuro. Cuarenta minutos más tarde tenía la respuesta del director:
–Captada comunicación. Tomadas disposiciones.
Tenemos palabras en código que significan felicitaciones y gracias. No las usó. Dadas las circunstancias, no podía culparle.
Después de todo, el director se mostró muy educado. Al principio, estaba algo gélido, pero se fundió como un cubo de hielo en el whisky cuando le entregué mapas y microfilms y le hice mi primer informe verbal.
Aprobó, sin reservas, mi preocupación por Lili Anders, como prueba de lo cual dio contraorden a una disposición previa y la alojó, bajo guardia y con un nombre ficticio, en el «Grand Hotel». Incluso cambió a su centinela por un tipo más presentable, que no desentonase en el ambiente.
Me invitó a cenar en su apartamento. Me felicitó por mi imaginación, mi habilidad, mi valor al arriesgar mi carrera, y quizá mi vida, para concluir una investigación importante. Creía que mis sospechas sobre Leporello tenían sentido, aunque no estaba aún dispuesto a enjuiciarlo. Asistió conmigo a una proyección privada de los microfilms, y se cuidó de sopesar mi opinión sobre los documentos y los personajes nombrados en ellos. Leyó los mapas conmigo y aceptó los puntos principales de mi interpretación. Al final de la sesión, que duró hasta después de la medianoche, me ofreció café recién hecho, sacó su mejor coñac y me entregó el premio a mi buen comportamiento.
–Esta Lili Anders… estoy de acuerdo con lo que usted dice.
Nos ha prestado un buen servicio. Ya no es ningún peligro para la seguridad. Podría ser embarazosa. Saquémosla del país… mañana.
–Gracias, señor.
–Ahora, hablemos de su propio futuro. ¿Cuántos permisos tiene acumulados?
–Unos cuatro meses.
–Me gustaría que los disfrutase ahora. Cuando regrese de su permiso, tengo la intención de enviarlo a realizar extensos estudios a los servicios amigos del exterior. Tendrá usted las mejores presentaciones posibles, unas órdenes muy flexibles, y su paga y dietas serán suplementadas por una generosa subvención de los fondos del Servicio. ¿Qué le parece esto?
–Algo así como una tarjeta de despedida. El director sonrió y extendió sus elegantes manos en un gesto conciliador. – ¡Mi querido Matucci! Usted y yo vivimos en un mundo puesto al revés. Será enterrado durante un tiempo, pero no estará muerto, sino disfrutando mientras espera el día de la resurrección. – ¿No hay alternativas?
–Siempre hay alternativas, amigo mío. Pero no creo que resultasen muy recomendables para un hombre inteligente. Por ejemplo, podría mantenerlo en la investigación Leporello, en cuyo caso usted sería un riesgo constante, un elemento abrasivo, un objetivo primario para los asesinos. Por otra parte, podría inclinarme ante las presiones que inevitablemente serán aplicadas, apartarlo del Servicio y devolverlo a su propio cuerpo de los Carabinieri, en donde caería bajo la autoridad directa del general Leporello. Sabe que es usted una molestia, quizá lo considere una amenaza.
–Ya veo lo que quiere decir.
–Lo ve todo menos el meollo del asunto. – ¿Y cuál es?
–Que sabe usted demasiado. Que le falta autoridad y, perdóneme, experiencia para utilizar lo que sabe. – ¿Y?
–Que no estaría satisfecho como instrumento pasivo de una política complicada y altamente variable.
–Además, no me sometería a la presión de un sospechoso de asesinato, por muy alto que estuviera.
–Y se mostraría muy poco dispuesto a tratar con conspiradores políticos, por muy altos que se hallasen.
–Exactamente.
–Así que, dado que lo respeto y porque me gustaría hallarme en posición de volver a llamarlo en el momento apropiado, voy a
inmovilizarlo. Lo ofreceré como víctima propiciatoria a la poderosa gente cuyos nombres conocemos.
Ganaremos tiempo para tratarlos según la fórmula clásica: divide y vencerás. Ya le dije en una ocasión que ésta es la única trayectoria que considero posible para Italia en este momento de la historia. Usted polarizaría las facciones, Matucci. Ya lo ha hecho.
–También ésa es una fórmula clásica.
–Y, como toda fórmula, tiene aplicación limitada. No le estoy echando ninguna culpa, Matucci. Por el contrario, dado que no acostumbro a explicar lo que hago, estoy haciéndole con ello un cumplido que creo que se merece… ¿Y bien?
–También a mí me gustaría hacerle un cumplido, señor.
Creo que es usted un hombre muy educado. No podría pedir un funeral más elegante. – ¡Excelente! ¿Más coñac?
–Gracias.
–Ahora, a los detalles. Desde este momento está usted oficialmente de vacaciones por cuatro meses, y liberado de todas las obligaciones y responsabilidades respecto al Servicio… excepto una. Escoltará a Lili Anders a Zurich mañana por la mañana. Su vuelo ya ha sido reservado. Le hemos hecho una reserva de hotel en el «Baur au Lac». Le entregaré los billetes y el dinero necesario antes de que salga de aquí esta noche.
Después de eso puede tomar las disposiciones que quiera para el resto de sus vacaciones. Si elige divertirse con la dama, a la cual, evidentemente, está ligado de alguna manera, ése es su problema. El Servicio ya no tiene ningún interés en ella, siempre que no intente volver a la República. Me temo que esto sea algo apresurado, pero estoy convencido de que encontrará las disposiciones financieras más que generosas… Alguna pregunta?
–No. Sólo una pequeña preocupación. No me gustaría pasarme unas largas vacaciones esperando una bala en la espalda. Preferiría seguir trabajando, siempre que haya una cierta posibilidad de protección.
–Pensaba que ya habíamos hablado de eso. El propósito de esta táctica es demostrar que ya no es usted una amenaza para Leporello o cualquier otra persona, y que una actitud en su contra violaría lo que yo llamaría su muy útil neutralidad… No obstante, hay un período de peligro: desde el momento en que salga de esta casa hasta que parta para Zurich mañana.
–También yo estaba pensando en eso.
–Así que he asignado un equipo de dos hombres para cubrir todos sus movimientos. Ya han hecho las maletas con su ropa y las han llevado al
«Grand Hotel». Su habitación es contigua a la de la señorita Lili Anders.
Saldrán del hotel, juntos, a las ocho y media. Mucho más simple desde el punto de vista de la seguridad.
–Naturalmente.
–Ahora… dos billetes de avión, diez mil francos suizos en billetes de diversas denominaciones y una orden para el «Union Bank» de Zurich por otros veinte mil. Es una prima, con mi agradecimiento personal. Su sueldo le será remitido en la forma normal a su cuenta bancaria de Roma… Eso es todo, creo. El coche lo espera para llevarlo al hotel. Le deseo un viaje agradable y unas vacaciones muy tranquilas. Sogni d'oro, Matucci: sueños dorados.
Nos separamos con un apretón de manos, firme y fraternal.
El guardaespaldas siciliano me escoltó hasta la planta baja y me entregó al cuidado de dos colegas jóvenes, quienes me llevaron, cual si fuera un potentado visitante, al «Grand Hotel».
Era la una y media de la madrugada. El vestíbulo estaba desierto. Me hicieron pasar, sin detenernos, junto a recepción y el conserje, subieron conmigo en el ascensor, y me instalaron en mi dormitorio. Uno de ellos miró en los armarios, en el baño e incluso debajo de las camas, mientras el otro me indicaba lo bien que me habían empaquetado las cosas, y cómo me hablan planchado todos los trajes y que, si deseaba hablar con la signorina Anders, la llave estaba de mi lado, en la puerta de comunicaciones… Como el director había prescrito precauciones máximas, podía dormir tranquilamente. Me desearon buenas noches y se retiraron como lacayos de la presencia de un príncipe.
Quizá tuvieran razón. Era el servidor del príncipe, comprado y agasajado. Su dinero estaba en mi bolsillo. Su regalo dormía tras la puerta de al lado. Su marca estaba en mi frente como la marca de un esclavo. No obstante, había que reconocerle al diablo su mérito, era un espécimen bien raro. Reconocía los méritos. Disfrutaba comportándose maliciosamente, pero jamás lo hacía sin beneficio alguno. Había sido escrupulosamente educado. Había logrado mi consentimiento con la presión y finura justamente adecuadas. Él era el rey. Yo el peón. Me había barrido del
tablero, para que esperase otro juego. En ninguna ocasión había sugerido que me iba a tratar como un esclavo.
Naturalmente, él sabía. Y yo también. Y por eso, a pesar de lo mucho que la deseaba, no podía dar la vuelta a la llave e ir hacia Lili, sino que, por el contrario, permanecí vestido y despierto hasta el amanecer, planeando una revuelta como Espartaco en Capua.
A la madrugada abandoné aquel fútil ejercicio y fui a ver a Lili Anders.
Con una ironía muy refinada, el director la había mantenido en la ignorancia de sus disposiciones, así que, a las seis de la madrugada, sin haber dormido y con necesidad de hacer el amor, me vi obligado a explicarle todo aquel juego complicado, paso a paso. Cuando le dije que iba a ser puesta en libertad en Suiza, se sintió histéricamente dichosa. Cuando le dije que iría con ella, fue Navidad, Epifanía y todos sus cumpleaños en una sola pieza. Después de eso, no tuve ni deseos ni corazón para decirle cuál era el precio. Desde el momento en que abandonase Italia sería, de hecho, un exiliado. Desde el momento en que me convirtiese en un exiliado quedaría sujeto a un cambio clínico que el director había calculado maravillosamente. Para la mayoría de los europeos, para todos los anglosajones y americanos, la palabra exiliado tiene un sonido anticuado.
Sean cuales sean los crímenes que cometa un hombre, nunca es privado de su ciudadanía, de su relación primigenia con su tierra natal. Puede ser puesto en prisión, puede ser tratado brutalmente, pero jamás se le roba ese elemento esencial de su identidad, su contacto con la madre tierra.
Sin embargo, para nosotros los italianos, cuya identidad depende de un pequeño terreno, un grupo tribal, un área dialectal, el exilio es una realidad constante y siniestra. Aún podemos ser transportados y confinados legalmente en una provincia lejana, en una isla deprimida, en una comunidad cuya lengua, costumbres e historia sean totalmente extrañas para nosotros, en donde seremos extranjeros hasta el día en que muramos.
No podemos salir de ella sin el permiso de la Policía.
No podemos florecer en ella, porque somos un maíz extraño.
Sólo podemos existir tolerados y bajo vigilancia.
Las consecuencias personales son tan profundas y desmoralizadoras como si hubiéramos sido transportados a Siberia o abandonados cual náufragos en las secas islas Tortuga.
El terror comienza sutilmente con un sentido de desorientación y discontinuidad. Puede finalizar con un trauma de impotencia, cuando cada acto parece sin sentido, cada paso acaba en una puerta cerrada, cada esperanza resulta ser una ilusión.
El director lo sabía porque lo había utilizado muchas veces como medio de inmovilizar a hombres que le eran hostiles. Yo lo sabía porque mi padre había sido un exiliado en tiempos de los fascistas, y lo había visto volver a casa convertido en un despojo.
Pero, ¿cómo podía explicárselo a Lili, que había sobrevivido a su propio exilio y ahora estaba huyendo hacia la libertad? Quizá fuera mejor así; nuestro amor no hubiera sido ni la mitad de dulce, ni nuestra salida de Italia la mitad de impresionante.
A las ocho y veinticinco se llevaron nuestro equipaje bajo la supervisión de un agente. A las ocho treinta, sin cuentas que pagar, y con tantas reverencias como si las hubiésemos pagado dos veces, nos llevaron del vestíbulo a un coche oficial. A las nueve y cuarto fuimos conducidos a la sala de personas muy importantes de Fiumicino y guardados con todo confort y respeto hasta quince minutos antes del despegue. Luego, despreciando el apretujamiento de los viajeros comunes, fuimos escoltados al aparato y depositados en un par de asientos de primera. Nuestro agente estuvo con nosotros hasta el momento en que se cerraban las puertas.
Entonces, con un saludo final en nombre de una República agradecida, nos abandonó. Cinco minutos más tarde, pues aquél era un día despejado y sin huelgas en Fiumicino, estábamos en el aire, y al cuidado de los suizos. Nos tomamos de la mano. Hicimos estúpidos chistes. Nos dedicamos brindis con champán. Luego, me quedé dormido y no me desperté hasta que estábamos descendiendo ya hacia el aeropuerto de Kloten, en Zurich.
Cuando llegamos al «Baur au Lac», nos encontramos con que el director había previsto todas las contingencias. Nos hallamos acomodados en habitaciones separadas, cada una de las cuales se comunicaba con un gran salón común, que ya estaba provisto de flores, fruta, licor y una nota de bienvenida de la dirección. También había un telegrama del director: S
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