La salamandra

Morris West · Capítulo 2 de 13

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La salamandra

Alamandra

encargado. Las familias de más rancio abolengo resoplaban ante tal vulgaridad, pero Fosco demolio su esnobismo de un solo golpe.

–Quiero que mis joyas sean tema de conversación. ¿Cómo puede hablar una mujer de algo que no conoce? Explico mi trabajo, y así enfatizo su valor. ¿Correcto o no? ¡Vean el resultado! Jamás tengo existencias. Quedo a cero después de cada exhibición…

Según parecía, después de ésta le saldría el dinero por las orejas.

Estábamos a medio recorrer la sala cuando Lili tiró de mi manga y señaló el catálogo. La sección que indicaba venía titulada «Una fantasía de bestias raras» y se refería a una colección de mariposas, pájaros y animales enjoyados, para ser usados como broches, pendientes, cierres, hebillas, colgantes y simbólicos guardianes de la castidad femenina. Lili estaba señalando el número 63, del que decía la descripción: S

ALAMANDRA

. Broche con la forma de una bestia heráldica. Esmeraldas en payé.

Coronada con brillantes y ornamentada con rubíes de Birmania.

Adaptada de un diseño caligráfico. Encargada por el Cavaliere Bruno Manzini, de Bolonia.

La pieza en sí estaba a seis metros de distancia, depositada sobre un lecho de terciopelo negro, en una pequeña vitrina montada sobre un pilar de alabastro. No era una joya alegre, pero el artesano había preservado el carácter y dibujo de la caligrafía original, así que, cuando la comparé con la tarjeta, no me quedó lugar a dudas de que los diseños eran idénticos.

Me llevé a Lili lejos de la vitrina, hacia la masa de gente que se agolpaba alrededor del buffet. En el mismo instante entró el Cavaliere Bruno Manzini en la galería, con la Principessa Faubiani a su lado, y un pequeño séquito de amigos tras ellos.

Fosco los saludó efusivamente, llamó a sus lacayos chascando los dedos para que les ofreciesen champán y catálogos, y luego los siguió para mostrarles sus obras maestras.

Problema inmediato: cómo enfrentarme con Manzini antes de que saliese de la galería. Aquí, lo tenía a mano. Una vez saliese, quizá tuviese que perseguirlo por toda la península. Por otra parte, con la Prensa y todos los chismosos de la ciudad presentes en masa, no podía arriesgarme a dar

pie a un escándalo. Dejando a Lili ante el buffet, me abrí camino hasta la entrada, donde un agradable joven estaba sustituyendo a Fosco como anfitrión.

Le enseñé por un instante mi identificación.

–Carabinieri. ¿Quién está a cargo de sus guardias de seguridad?

–Aquél de allí, junto a la escalera, el tipo alto de cabello gris. ¿No habrá ningún problema?

–Ninguno. Pura rutina.

Atraje al tipo alto hacia las sombras, y también le mostré mi carnet, pero asegurándome esta vez de que lo leía cuidadosamente antes de darle instrucciones.

–Esto es muy importante. No podemos permitirnos un error. Me llevará a la oficina privada de Fosco. Le daré una nota para el Cavaliere Bruno Manzini. Lo escoltará hasta la oficina, y luego nos dejará solos. Quédese junto a la puerta, y no deje entrar a nadie mientras estamos hablando…

¿Comprendido?

–Comprendido. Espero que no haya ningún problema.

–No hay problema alguno. Me he fijado en su dispositivo de seguridad.

Es de primera clase.

Eso lo hizo feliz. Me llevó a la oficina de Fosco: una glorieta de hadas color rojo pompeyano. Escribí una nota para Manzini con el papel de la casa. El texto era respetuoso, pero críptico: Lamento intrusión pero tengo un comunicado urgente y oficial que darle. Por favor, acompañe al portador hasta la oficina.

Matucci SID Estuvo conmigo en tres minutos, tan frío y condescendiente como siempre. No quería sentarse. Tenía invitados esperándolo.

Pidió que le indicase lo que quería y que acabásemos de una vez.

Sigo ocupándome del fallecido general Pantaleone. – ¿Y?

Poco antes de que muriese, recibió un manuscrito que era un verdadero dossier de toda su vida pasada. – ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

–Junto al dossier estaba esta tarjeta. Fíjese en el diseño: una salamandra coronada. Hemos averiguado que el diseño se corresponde exactamente con la joya número sesenta y tres del catálogo de Fosco. Confiamos en que podrá usted explicarnos esta coincidencia. – ¿Y por qué iba a desear explicarla, coronel?

–Porque con ello se relaciona un asunto de seguridad nacional. – ¿Eso es un hecho o una opinión?

–Un hecho. – ¿Y podría establecerlo como tal, a mi completa satisfacción?

–Creo que sí. – ¿Hay alguna sugerencia de actividad criminal en este caso?

–Por el momento, ninguna.

–Entonces, ¿qué es lo que quiere de mí, coronel?

–En este estadio, una conversación informal. – ¿Cuándo?

–Ahora, Cavaliere.

–Es imposible. Estoy ocupado, con amigos.

–Entonces, después. ¿Quizás en su hotel?

–Mi querido coronel, tengo setenta años. Hacia medianoche, estoy casi moribundo. No lograría sacarme nada que tuviera sentido. Digamos que a las nueve en el «Grand Hotel», y haré todo lo que pueda por ayudarle.

Ahora, ¿me excusa?

–Algunas preguntas antes de que se vaya, Cavaliere. – ¿Sí?

–Qué es lo que significa la salamandra?

–Supervivencia. Era mi nombre en clave durante la guerra.

El resto, es demasiado largo para contárselo ahora. – ¿Y la inscripción?

–También ésa es una larga historia.

–Entonces, cuénteme el principio, por favor.

–El principio y el fin, coronel. Pantaleone era mi hermanastro. Sólo que a él lo concibieron en la cama correcta.

Lo miré con la boca abierta, como un idiota. Sonrió ante mi asombro, e hizo un pequeño gesto de excusa. – ¡Por favor! No estoy tratando de hacer teatro, sólo quiero mostrarle que necesitamos tiempo para ser francos el uno con el otro. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

–Ahora, coronel, ¿querría contestarme una pregunta a mí?

–Si puedo, sí. – ¿Quién mató a Pantaleone?

–El certificado de defunción afirma que murió porque se le detuvo el corazón.

–Pero eso es lo que nos mata a todos, coronel.

–Exactamente. – ¿No hay ningún otro comentario?

–Ninguno. Hasta mañana, Cavaliere.

–Mis cumplidos, coronel. Buenas noches. ¿Por qué no lo retuve? ¿Por qué no lo atosigué con preguntas mientras le había hecho perder el equilibrio? Ya les he dicho antes que aquel hombre era muy especial, el mejor de su género. ¿Perdido el equilibrio? Ni por un instante. Yo era el novato inseguro, que tanteaba buscando un asidero en una montaña pelada.

Además, y permítanme que lo deje bien claro, esto es Italia, en donde las leyes se remontan a Justiniano, la mitad de las cuales no han sido desempolvadas en siglos, y las reglas del juego están escritas en la arena.

Tres personas del séquito de Manzini podían inmovilizarme durante un mes, alzando un teléfono. Veinte nombres de los que había en la reunión de Fosco podían enviarme para siempre al limbo de los retirados. Y, si alguna vez han tratado de cobrar una deuda o de conseguir salir airosos en una reclamación contra la República, entonces sabrán de lo que estoy hablando.

En China ahogaban a sus enemigos en un foso lleno de plumas. Aquí en Italia los ahogamos con el silencio y los enterramos bajo un túmulo de carta bollata.

Aún eran sólo las diez treinta. Rescaté a Lili de la multitud del buffet y la llevé a cenar a un lugar que conocía en el Trastevere, donde la comida era honestamente toscana, el vino era honorable y los camareros se sentían orgullosos de servirle a uno, y había un gran fuego para el invierno y un emparrado para las noches de verano. También había música: un tipo gimoteante y delgado, con una guitarra, que se acercaba a la mesa de uno, cuando uno ya estaba dispuesto a recibirlo, para arrancarle el alma del cuerpo con las viejas canciones del sur.

Allí me conocían, pero no por mi trabajo, sino sólo porque sentía gran afecto por el cocinero, y a veces bebía lo bastante como para cantar y tocar una canción o dos mientras el tipo triste tomaba su cena.

Tenía amigos allí: Castiglione, que era un gran cerrajero hasta que le atacó la artritis; Monsignore Arnolfo Ardizzone, de la Secretaría de Estado del Vaticano, un clérigo, inteligente y discreto, que había renunciado al matrimonio para servir a Dios, y adoptado la botella como la única amante aceptable para la Madre Iglesia; Giuffredi, el poeta, que escribía sátiras en romanesco, que ya nadie leía; y Maddalena, que vendía rosas del día anterior a quinientas liras cada una y de la que se decía que tenía toda una manzana de apartamentos en la Tuscolana. ¿Verdad o mentira? Jamás me preocupé por averiguarlo. Aquél era el único lugar en el que me sentía yo

mismo… fuera quien fuese. Y aceptaba a todo el mundo como lo que representaban ser. No utilizaba a nadie. Cumplía las reglas y era bien recibido en la casa. ¡Y ya basta! Todo el mundo necesita una madriguera.

Aquélla era la mía.

Traté de explicarle todo esto a Lili, mientras caminábamos los cien últimos metros a través de callejuelas en las que colgaba la colada hasta llegar a una pequeña plazuela guardada por una polvorienta virgen en una hornacina. Quería explicarle, lo que en mi trabajo es una debilidad general.

Ella parecía feliz, manteniéndose muy junta a mí, mientras pasábamos sobre sucios regueros de basura vertida, y mientras los gatos del barrio se agazapaban entre las sombras. A veces, cuando alguna rara luz le daba en el rostro, parecía una jovencita. Cuando se persignó frente a la hornacina de la virgen, parecía una campesina, cansada tras un largo día en los campos.

Pueden no creerme, no me importa. Ahora no estaba persiguiendo a nadie.

Simplemente, estaba contento por no estar solo.

Cuando estuvimos sentados a la mesa, con pan y vino y una vela recién encendida, Lili se inclinó hacia mí, y colocó sus manos sobre las mías.

–Ahora tienes otro aspecto, Dante Alighieri. – ¿Cómo es eso?

–En «Fosco» estabas tenso, avizor, como un zorro. Ahora, estás tranquilo, liberado. Saludas a la gente como si fueran seres humanos. Y

también ellos están contentos de verte.

–Esto es el Trastevere, amor mío. Al otro lado del río. ¿Sabes cómo se llaman a sí mismas estas gentes? Noialtri: nosotros. Rehúsan pertenecer a otra cosa que no sea ellos mismos.

–Me gusta eso. Pues ahora, también nosotros somos noialtri. Por favor,

¿puedes servir vino?

–Quizá me emborrache y cante.

–Cantaré contigo. – ¿Y quién nos conducirá al otro lado del río?

–Quizá jamás volvamos… Nunca más.

Era un alegre pensamiento y lo embellecíamos con toda clase de fantasías mientras tomábamos la zuppa y la pasta y la griglia y los dolci. Lo adornamos con la música del gimoteante, que se sentó en el taburete contiguo al de Lili y tocó las curiosidades de su repertorio: La canción de las lavanderas de Vomero, Amigo, no te fíes de la solterona, La canción del momento de desnudarse y El cuento del lascivo vendedor de zuecos.

Llegó la medianoche y aún estábamos cantando. A la una y media de la madrugada estábamos un tanto borrachos y los camareros habían comenzado a desaparecer, así que nos fuimos a la plazuela, le dimos las buenas noches a la virgen solitaria, y caminamos hacia el aparcamiento cercano al río.

Lili dijo somnolienta: -¿Sabes una cosa? – ¿Qué?

–Quiero irme a la cama contigo, pero no quiero ir a casa. – ¿Por qué no?

–Porque mi casa es el ayer. Quiero olvidarlo. – ¿Y mañana?

–Mañana comenzará cuando salga el sol, y este lugar será feo y maloliente y estará lleno de gentes tristes temerosas las unas de las otras, y tú volverás a ser muy astuto y precavido.

–Pues vayamos a lo largo de la periférica. Conozco un sitio…

–Donde tú quieras, caro mio. Lo que quieras.

–Antes tengo que hacer una llamada telefónica. – ¿Para que?

–Dejé tu número al oficial de guardia. Tengo que darle el nuevo. – ¿No hay forma de escapar?

–Hemos escapado esta noche.

–Lo hemos hecho. Pero aún tienes que telefonear…

–Por favor, Lili.

–Por favor, bésame…

En caso de que estén esperando, como yo esperaba una feliz narración de amor y libertinaje, ¡olvídenlo! Mi noche de libertad terminó con aquel beso. Llamé al cuartel general desde la cabina telefónica de la esquina. Eran las dos y diez. El oficial de guardia me dijo que el agente Calvi no había hecho su llamada horaria. ¿Qué era lo que quería que hiciese al respecto?

Ordené que saliesen dos coches de nuestro escuadrón móvil, uno para recoger a Stefanelli, el otro para que se encontrase conmigo en la oficina del abogado. Detuve un taxi que pasaba, metí a Lili en él, y la envié a casa.

Luego, subí a mi propio coche y conduje como un loco a través de la ciudad dormida.

La oficina del Avvocato Sergio Bandinelli estaba en el quinto piso de un gran edificio moderno de la Via Sicilia, sólo a doscientos metros del bullicio de la Via Veneto. Cuando llegué, ya había un coche del escuadrón móvil aparcado frente a la entrada. El segundo, que traía a Steffi y su pequeño maletín negro, dobló, chirriando, la esquina unos instantes más tarde.

Antes de entrar en el edificio, di unas consignas muy claras a los jefes de las escuadras: aquél era un asunto de alta seguridad; ni Policía, ni Prensa, ni mirones curiosos; dos hombres junto a los coches, uno de guardia con el portero, tres que nos acompañasen a Steffi y a mí al quinto piso. Después, llamamos al timbre.

El portero, con ojos somnolientos y gruñendo, abrió la puerta e inmediatamente lanzó una retahíla de preguntas. Le pusimos nuestros carnets bajo las narices, lo dejamos aún murmurando y tomamos el ascensor hasta el quinto piso. La oficina de Bandinelli estaba a oscuras, con la puerta cerrada, pero sin que hubiesen echado la llave. Yo fui el primero en entrar, encendiendo las luces.

La escena era curiosamente tranquila. El Avvocato Bandinelli yacía tendido en un sofá de cuero. El agente Giampiero Calvi estaba sentado en un sillón, tras el escritorio, con la cabeza apoyada en los brazos. Encima del escritorio, junto a él, había una novela de Moravia, una pistola cargada, dos bocadillos de jamón, un huevo duro y un termo de café. El café estaba caliente. Los dos hombres estaban fríos. El viejo Steffi husmeó el aire, realizó un breve examen de los cadáveres y pronunció su veredicto:

–Muertos. Gas cianhídrico. Pistola o bombona.

Examiné la caja fuerte. Los sellos estaban rotos, la puerta abierta y los documentos de Pantaleone desaparecidos. La tentación más inmediata era zambullirse en la acción: procedimiento forense, interrogatorio de los testigos, todo lo demás. Era una tentación difícil de resistir para cualquier hombre con entrenamiento policial, pero en mi trabajo podría ser fatal tratándose de un asunto tan delicado. Tomé el teléfono y llamé al número privado del director. Me contestó con sorprendente rapidez.

Le dije:

–Tenemos problemas. Faltan los documentos y tenemos dos cestas de ropa sucia que hay que eliminar inmediatamente… una de ellas es nuestra.

– ¿Y? – ¡Informaré en persona, tan pronto como todo esté limpio! –

¿Cuándo será eso?

–Espero que antes del desayuno.

–Entonces, le espero a desayunar… Y cuanto antes mejor.

Steffi inclinó la cabeza, y cacareó, imitando perfectamente a un viejo loro: -¡Tan pronto como todo esté limpio! ¡Je! ¡Así que ahora estamos en el departamento de los milagritos!

Los chicos del escuadrón móvil se agitaban nerviosos, esperando que yo tomase algunas decisiones. El problema era que cada decisión llevaba inherentes unas consecuencias altamente explosivas. Si hacía una gran escena, con procedimientos policiales e interrogatorios, la Prensa caería sobre nosotros como avispas sobre un tarro de miel. En cuanto averiguasen que los papeles de Pantaleone tenían que ver con el caso, comenzarían inmediatamente a hacer preguntas acerca de la muerte y del apresurado entierro del general. Por otra parte, si no podíamos interrogar libremente, nos hallaríamos ante un grave obstáculo en la reconstrucción de los acontecimientos de la noche y, por consiguiente, en nuestra búsqueda de los documentos de Pantaleone. Además, había dos cadáveres que tenían que ser eliminados de una forma convincente, ya que no legal. Steffi tenía razón, como siempre. Sin comerlo ni beberlo, nos encontrábamos en la sección de los milagritos. Así que era hora de comenzar con el ritual.

El primer problema era sacar los dos cadáveres del edificio sin ruido ni comentarios. Envié a Steffi abajo, a interrogar al portero en su propio cubículo, quitándolo de la vista de la entrada. La cháchara de Steffi podía hipnotizar a un gallo de pelea. Yo contaba con que el portero estaría tan alelado que no vería a una manada de elefantes que pasase a dos metros de su nariz.

A continuación, vaciamos los bolsillos de Bandinelli y de Calvi. Los chicos del escuadrón móvil llevaron los cadáveres al ascensor, los bajaron a la planta y los sacaron a los coches, que esperaban, como si fueran un par de borrachos. Un coche llevó los restos de Bandinelli al departamento de accidentados del Policlínico; el otro depositó a Calvi en el Hospital de las Hermanas Azules. En cada caso la historia era la misma: el escuadrón móvil había encontrado a un hombre en el suelo de un callejón, aparentemente inconsciente. Lo estaban llevando al hospital mientras efectuaban investigaciones acerca de su identidad. ¿Muerto a la llegada? ¡Dios mío!

¡Entonces dennos un recibo y guárdenlo en el depósito, mientras complementamos la investigación! ¿Suena un tanto infantil? Entonces, déjeme explicarle que si su abuela, con todos sus documentos en el bolso, cae enferma en el Corso y es llevada a un hospital público por algún buen samaritano callejero, quizá le cueste a usted toda una semana encontrarla.

No somos demasiado buenos en cuestiones administrativas, eso, en el mejor de los casos; pero nuestro servicio de salud pública es un lío indescriptible.