La salamandra

Morris West · Capítulo 4 de 13

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La salamandra

Capítulo XVI

–No. Su esposa está de viaje. No fue a casa a cenar.

–Lo que te ayuda en tu cuentecillo del cadáver no identificado.

–Pero no me dice quién lo asesinó y se llevó los documentos. – ¿Acaso importa, coronel? – ¡Por Dios, Steffi! ¿Qué clase de pregunta es ésa?

–Creo que una muy buena, coronel. Escucha. Esto es un trabajo profesional, limpio, tranquilo, tan simple como el respirar. ¿A quién buscar, a los liquidadores, o a la gente que los pagó? Esto no es un trabajo policial, amigo; es análisis de inteligencia, un ejercicio de razón pura. Empieza en el fondo, y aún estarás chapoteando en las cloacas dentro de seis meses.

Empieza por arriba y te evitarás la mayor parte del trabajo, y aumentarás las probabilidades… ¡Créeme!

–Te creo, Steffi. Pero en las próximas tres horas tengo que enfrentarme con el director. ¿Qué le ofrezco? – ¡Un sacrificio humano! – Steffi me dedicó una sonrisa patibularia-. Así que, ¿por qué no me sirves un poco de café, coronel, y discutimos los candidatos?

El apartamento del director era el último piso de un palacio del siglo XVI

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justo al lado de la Via della Scrofa. Las rentas del resto del palacio -

viviendas de lujo y tiendas de moda- lo mantendrían en un status principesco durante toda la vida. Sus pinturas, esculturas y objetos artísticos ya valían una fortuna. Su biblioteca era una pequeña tesorería de ediciones raras, estudios especializados y poesía exótica en diversos idiomas. El mismo director era exótico, resplandeciente en un batín de brocado, y atendido por un enjuto siciliano que era al mismo tiempo mayordomo y guardaespaldas. A las seis de la mañana, somnoliento, sin afeitar y muy inseguro de mí mismo, no estaba en muy buen estado para apreciar la munificencia de la escena.

El director me ofreció una fría bienvenida y un desayuno inglés: té, tostadas, huevos revueltos y mermelada. Le pedí café y pastas. Me concedió el favor con una sonrisa y luego procedió a señalar unos cuantos puntos.

–Sabía usted que los papeles de Pantaleone eran muy importantes, coronel. ¿Por qué no entró inmediatamente en posesión de ellos?

–Necesitaba una orden judicial. Para conseguirla, hubiera tenido que presentarme ante un juez y atestiguar contra Bandinelli. Creí que no era muy adecuado.

–Así que entonces hizo un arreglo que tuvo como resultado la muerte del agente Calvi y del mismo Bandinelli, ¿no?

–Sí. – ¿Alguna excusa?

–Ninguna excusa. Una explicación. Estaba tratando de atemorizar a Bandinelli para que hiciera nuevas revelaciones.

Creí que el riesgo de seguridad era mínimo. Tal como han resultado las cosas, ha quedado demostrado que estaba equivocado. – ¿Quién más conoce los hechos, en este momento?

–Sólo el SID. Esta mañana ya habíamos sacado los cadáveres y limpiado el lugar. Tenemos la situación controlada durante, al menos, unos cuantos días.

–Pero no sabemos quién tiene los papeles de Pantaleone.

–No.

–Entonces, imaginémoslo, coronel. ¿Un grupo local o extranjero?

–Creo que local. – ¿De derecha o de izquierda?

–De derecha. – ¿Por qué?

–La izquierda tiene una buena cantidad de suciedades que aún no ha publicado. La derecha tiene un buen montón de suciedades que desea

enterrar… pienso que la noche pasada actuó un grupo de enterradores.

–No me convence, coronel.

–No estoy tratando de convencerle, señor. Estoy contándole lo que creo.

Si está usted pensando en Pájaro Carpintero y su red, olvídelo. Hice que lo atrapasen a las cuatro de la madrugada. Estuve trabajándolo yo mismo durante casi dos horas, antes de venir a verle. Ya sabe cuál es su trabajo; el asesinato no forma parte del mismo. Además, ha estado bajo vigilancia constante y no tiene ni los recursos ni los contactos necesarios para montar un trabajo como éste en medio día.

Ahora, veamos la otra cara de la moneda. Bandinelli era de derecha.

Servía a Pantaleone. Podría haberse vendido a un sucesor… -¿Y que lo matasen como pago?

–Así es.

–Dígame quién es ese posible sucesor.

–El general Marcantonio Leporello.

Por primera vez, el director quedó estremecido y lo mostró.

Dejó caer su taza de té y se quedó un largo rato mirándome con ojos desorbitados y hostiles. Luego dijo en voz baja:

–Supongo que debe usted tener pruebas para demostrar eso, coronel.

–Algunas. Me entrevisté con el general ayer, en el «Hotel Hassler». –

¿Que usted hizo qué?

–Me entrevisté con Leporello. – ¿A pesar de mis órdenes de que no debía emprender acción alguna acerca de ello?

–Sí, señor. – ¿Y qué es lo que le dijo usted?

–Que estaba siendo vigilado por una red extranjera que lo consideraba como un candidato político de la derecha. – ¿Qué más?

–El lugar en que se encontraban los papeles de Pantaleone. – ¡Oh…!

–Y el hecho de que estaba obrando contra las órdenes que se me habían dado directamente. – ¿Y cuál fue su reacción ante eso?

–Prometió que mantendría en secreto la entrevista… y me ofreció un puesto en su plana personal.

–Siento tentaciones de dejarlo en libertad inmediatamente, para que ocupe ese puesto, Matucci.

–Es privilegio suyo, señor… Y, aun desde el punto de vista del Servicio, no sería mala idea.

–Está usted tratando de pactar conmigo, Matucci. No me gusta eso.

–Y usted me está amenazando, señor. Tampoco me gusta eso.

–Usted desobedece órdenes, y eso, en estas circunstancias, es peligroso.

–Fue un riesgo. Lo corrí. Creo que obtuve beneficios.

–Obtuvo usted un sospechoso conveniente, y nada más.

–Algo más. – ¿Qué?

–He identificado a Salamandra.

Esto lo dejó alelado. Detuvo un trozo de tostada con mantequilla a mitad de distancia entre el plato y sus delgados labios. Luego, se lo metió en la boca y lo masticó pensativamente. Al fin, dijo: -¿Y piensa usted decirme quién es?

–Sí, señor. Si aún sigo en el Servicio, a las nueve de esta mañana tendré una entrevista con él. Es el Cavaliere Bruno Manzini. Me ha dicho, y espero confirmarlo en nuestros archivos, que es el hermano bastardo del general Pantaleone.

–Primero Leporello, ahora Manzini. Leporello es su superior militar.

Manzini es uno de los financieros más poderosos de Italia. Vuela usted muy alto, amigo mío.

–Y ahora, usted puede derribarme si lo desea.

–Quizá no tenga necesidad de ello. Quien mató a Calvi, podría matarlo a usted.

–Lo sé.

–Entonces, ¿qué pasaría si lo dejo seguir?

–Quiero mano libre y tener acceso al dossier de Leporello. – ¿Puedo fiarme de usted, Matucci?

–Puede, pero será mejor que no lo haga. – ¿Se fía usted de mí?

–Sí, con reservas. – ¿Qué reservas?

–Usted es el director. Sé lo que le han ordenado que haga.

Lo que no sé es cómo interpreta sus órdenes, y hacia qué fines secretos dirige las actividades del SID. – ¿Tiene usted algún derecho a saberlo?

–Legalmente, supongo que no. Soy un oficial en activo, hago lo que se me ordena… ¡y basta! ¿Personalmente? Ésa es otra cuestión. Si me hubiera hecho esta misma pregunta hace una semana, le hubiera dado una respuesta agradable y complaciente: ¡bendígame, Padre, lléveme por el camino de la salvación y cuídese de mi derecho a una pensión de jubilación!

Esta mañana, las cosas son diferentes. Tengo una edad mediana, estoy cansado y no me he podido afeitar, y he perdido a un buen chico porque no

pensé correctamente. Así que no quiero seguir siendo manipulado. Quiero saber a dónde se me dirige, y por qué… Y si no le gusta, presentaré la renuncia a mi destino con usted y volveré a trabajar en una oficina o en la calle, con la Policía.

El director bebió lo que le quedaba de té y se secó los labios con una servilleta. Echó hacia atrás su silla, caminó hasta la ventana y se quedó largo rato contemplando los apretujados tejados de Roma, dorados, pardos y escarlata a la primera luz.

Cuando regresó, la luz le daba en la espalda y los contornos de su rostro estaban en sombras. Comenzó a hablar, al principio suavemente, luego con creciente pasión y elocuencia.

–Es usted un tipo presuntuoso, coronel. Y, sin embargo, puedo perdonarle, porque yo también lo soy muy a menudo. Lo soy por mi dinero y mi familia, y por mí mismo como producto de todas las alianzas, buenas y malas, de nuestra historia. En cierta manera, soy un hombre del pasado; pero, después de todo, Italia es tanto un país del pasado como del presente.

Construimos nuestras casas sobre tumbas. Edificamos nuestra prosperidad sobre ruinas y monumentos papales y con el genio de nuestros antiguos muertos. Nuestras leyes son una confusión idiota de las de Justiniano, el Código Canónico, las de Napoleón, Mussolini y los padres fundadores de los Estados Unidos.

Nuestra nobleza es una mescolanza de antiguas familias con los aventureros recién llegados, ennoblecidos por la Casa de Saboya.

En política somos marxistas, monárquicos, socialistas, liberales, fascistas, democratacristianos… ¡Todos oportunistas! Tenemos los mejores negociantes y los peores burócratas del mundo entero. Somos una nación de anticlericales, y hemos sido manipulados durante siglos por la Iglesia Católica. Gritamos contra la democracia republicana federal… y no obstante cada provincia es un continente separado. El país de cada hombre es el pueblo miserable en que ha nacido… Ahora usted, mi querido coronel, me pide que le diga qué es lo que busco y a qué fines dirijo el Servicio de Información de la Defensa… Déjeme darle la vuelta a la pregunta e interrogarle a usted acerca de hacia dónde caminaría si estuviera en mis zapatos, como puede que ocurra algún día si es lo bastante frío y astuto y comprende el precio que debe pagarse… ¿No hay respuesta? Entonces, aquí está la mía.

Nuestros problemas no serán resueltos por una elección, una coalición de partidos, por la victoria de un sistema sobre otro.

Somos hombres mediterráneos, coronel, somos, nos guste o no, una mezcla de griegos y latinos y fenicios y árabes y celtíberos y vikingos y visigodos y los hunos de Atila. Vivimos, como hemos vivido desde hace siglos, en un precario equilibrio de intereses tribales y familiares. Cuando el equilibrio se altera, aunque sea muy poco, nos vemos hundidos en el desorden y la violencia civil. Cuando la violencia se convierte en demasiado sangrienta para todos, suplicamos un alto y pedimos ser liberados, ya sea por la Iglesia, por un salvador personal o, lo que es más patético, por políticos y burócratas que están tan ensangrentados y confusos como todos los demás. Los griegos y los portugueses han buscado dictadores. Los árabes han echado a las potencias coloniales y las han remplazado con autócratas locales. Nosotros los italianos hemos probado con un dictador y hecho un buen lío con la democracia. Ahora, no sabemos lo que queremos. ¿Yo? Yo no sé lo que quiere el pueblo. Ni siquiera soy capaz de juzgar lo que toleraría. Así que manipulo la información y las situaciones para mantener las cosas en equilibrio, durante tanto tiempo como pueda. No quiero una dictadura. No quiero el marxismo.

Estoy seguro de que el tipo de democracia que tenemos es demasiado inestable para durar. Pero, haya uno u otro, trato de hacer que las cosas sean tan tolerables como me es posible. La política es el arte de lo posible. La política mediterránea es el arte de lo imposible, y yo comprendo esto mejor que la mayoría.

A usted le preocupa Leporello, pero no tiene pruebas en su contra, y yo no voy a enfrentarlo con nosotros justo en un momento en que quizá lo necesitemos. Está usted preocupado acerca de su Salamandra, cual, lo confieso, en este momento a mí no me dice nada. ¿Quiere una investigación libre? Se la daré, pero comprenda una cosa, Matucci: cuando yo muevo, sea cual sea mi jugada, soy el rey del tablero y usted sólo un peón.

Acéptelo o déjelo.

Le di la respuesta sin un segundo de titubeo.

–Lo acepto. Y le daré a usted un informe honesto. Si no me gusta lo que usted hace, se lo discutiré cara a cara. Si no estamos de acuerdo, lucharé contra usted, pero lo haré abiertamente.

–Es una promesa muy atrevida, Matucci. No podría mantenerla. Si alguna vez lucha conmigo, tendrá que mentir como una puta y hacer trampas como un tahúr, sólo para salvar el pellejo… Por cierto, no puede ir a visitar a Manzini con ese aspecto. Mi mayordomo le llevará al cuarto de los huéspedes, y le dará una máquina de afeitar y una camisa limpia.

A las ocho de la mañana de aquel mismo día de primavera, con una hora que matar antes de mi entrevista con Manzini, me reuní con el viejo Stefanelli mientras bajaba silbando las Escaleras Españolas. El sol era muy brillante, el aire transparente; cada uno de los escalones estaba repleto de muchachas. Yo había estado despierto toda la noche, pero me sentí milagrosamente vigorizado y pude ver cómo la savia subía incluso por el marchito tronco de Stefanelli.

Aquello era lo mejor de Roma: el olor a polvo y a mujeres y a pan tierno y violetas frescas; la cháchara de los chismorreos mientras iban camino del mercado, los bocinazos de los taxis, el solemne desfile de los turistas, pálidos por las nieblas de Dinamarca y la Alemania del norte. La masa de cúpulas, campanarios y tejados rojizos, coronados con tendederos y antenas de televisión. Aquello era la fuente de la juventud que insuflaba fantasías en un hombre, le llenaba de pájaros la cabeza y ponía alas en sus encallecidos pies.

Al pie de la escalinata nos detuvimos para que Steffi pudiera comprarse un clavel para su solapa. Luego, nos dirigimos hacia el salón de té

«Babington», donde Steffi había prometido invitar a Solimbene a té y pastas inglesas. Solimbene era una persona pedante, pero agradable, que gustaba de las pequeñas excentricidades: chaquetas de seda, corbatas estilo fin de siglo, reloj de bolsillo con cadena de oro e impertinentes sujetos por una cinta de seda. También sentía una gran pasión por las pelirrojas y las costumbres inglesas, aunque jamás en su vida había viajado más allá de París.

Lo encontramos entronizado en un rincón del salón de té, aferrando la mano de una camarera rubia y declamando su pasión por ella en un alemán execrable. La dejó ir, a disgusto, y lanzó el chorro de su elocuencia hacia Steffi: -¡Mi querido colega! ¡Mi hermano de armas y arte! ¡Tengo revelaciones para ti, mi Steffi! Revelaciones, misterios y escándalos. ¡No te rías! Tu trabajo es horrible… sangre, polvo, excrementos, y ropas arrancadas a los difuntos. ¿Yo? Yo vivo entre cuentos de hadas: grifos

rampantes y unicornios yacentes, leones, osos y delfines danzarines, y mágicas espadas en brazos sin cuerpo… pero, cuando necesitas un pequeño dato, ¿a quién acudes? ¡A mí! ¡A Solimbene, el heraldista…! Sí, mi amor, mi palomita, té, pastas y mermelada inglesa. El café es una bebida de locos.

Produce dispepsia y seca los riñones… Ahora, amigos míos, comencemos con esto -colocó la tarjeta de la salamandra y la pinchó con su tenedor de postre-. Que no es heráldica en lo más mínimo, sino caligrafía, un arte de monje. Incluso la corona está corrompida. Sin embargo, v a pesar de todo, mutatis mutandis, estaba dispuesto a aceptar un origen heráldico.

¿Resultado? Me encontré cazando salamandras por todas las casas nobiliarias de Europa. ¡Locura! ¡Locura total! Finalmente, reduje el número de posibilidades a cuatro. ¡De nuevo locura!

–Extendió una serie de brillantes fotografías sobre la mesa, y fue comentándolas-. Esas dos familias están extintas. El único superviviente de ésta es un monje de la cartuja de Florencia. Lo que nos deja, mis queridos amigos, con sólo esta última fotografía. La encontré archivada en el apartado Curiosa et Exotica. Aquí está su salamandra en el primero y cuarto cuartel; los otros dos están ocupados por leones rampantes. Como pueden ver, está bellamente ejecutado. Sólo hay un problema: no es un escudo de armas, es una concepción artística. No pertenece a familia alguna conocida.

Stefanelli alzó los hombros y extendió las manos en un gesto muy levantino.

–De acuerdo, es bello y no significa nada. ¿Para qué nos lo enseñas?

–Oh, sí que significa algo, mi querido colega. Significa mucho: fraude, falsificación y escándalos tan jugosos como un buen bistec. ¿Qué edad tienes, Steffi?

–Eso no te importa.

–Vamos, no seas irascible. Te estoy haciendo un favor.

–Nada de favores. Estás siendo muy bien pagado… siempre que el coronel, aquí presente, autorice el pago. Ahora, aclárate de una vez y muéstranos lo que contiene el bocadillo.

La camarera volvió con té y pastas, y Solimbene la entretuvo de nuevo con cumplidos y piropos. Luego, cuando se hubo marchado, comenzó de nuevo su comedia con un libro de notas, sus gafas y un nuevo floreo de retórica.

–En el año del Señor mil novecientos diez, cuando reinaba gloriosamente Pío Décimo, y tú, mi querido Steffi, aún no eras más que un niño, vivía, a menos de un tiro de piedra de aquí, una muy amable dama pública, que se llamaba a sí misma la condesa Salamandra. Solamente recibía a los nobles y a los ricos, entre los que había un cierto cantante de ópera que, al salir de su casa a primera hora de una mañana, fue muerto de un disparo, probablemente por algún rival celoso. Como es natural, hubo un escándalo. La dama, ayudada por algunos de sus clientes, huyó del país y se fue a vivir a Niza. Las investigaciones policiales revelaron que la condesa Salamandra no era condesa, sino una joven dama escocesa llamada Anne Mackenzie que, habiendo caído en desgracia en una cama noble, decidió enriquecerse por los mismos medios… ¿Qué le parece esto como preludio, coronel? ¿Autorizará ahora el pago? ¿O está ya cansado? – ¡Adelante!

¡Vamos ya, hombre!

–Este escudo de armas era utilizado por la condesa Salamandra. Había hecho que se lo dibujaran por motivos profesionales. – ¿Es eso todo? –

¿Todo? – Solimbene estaba molesto-. Mi querido coronel, cuando hago un trabajo, lo hago muy bien. He recorrido toda esta ciudad en su servicio. He perforado como un topo por los archivos del Registro Central. He pasado horas de mi vida con marchitas y viejas viudas con título, lo que ha hecho casi, pero no del todo, que desapareciese mi concupiscencia. La señorita Arme Mackenzie estuvo en otro tiempo al servicio del conde Massimo Pantaleone, como nurse y gobernanta de sus hijas. El viejo conde la preñó, y abandonó su servicio. En agosto de 1900 casó con un tal Luca Salamandra, descrito en el certificado de matrimonio como artista de circo, el cual, dos días después del matrimonio, se cayó de la cuerda floja y se partió el cuello. El niño, que nació una semana después de su muerte, fue bautizado con el nombre de Massimo Salamandra en la iglesia de los capuchinos de la Via delle Zoccolette. Y como prueba de todo esto he traído certificados de boda, de nacimiento y fe de bautismo, todo ello fechado en 1900. En octubre del mismo año una dama que se hacía llamar condesa Salamandra se instaló en el Palazzo Cherubini, justo al otro lado de esa calle de ahí, y comenzó a preparar su entrada en la sociedad romana. Es razonable suponer, y esto viene apoyado por las habladurías de mis vejestorios, que financió su aventura con la generosa compensación pagada por el viejo conde Pantaleone. – ¿Y qué le pasó al chico?

–Su madre se lo llevó con ella cuando huyó a Niza.

Después de esto, no hay noticias hasta 1923, cuando un joven llamado Massimo Salamandra se presentó ante un tribunal de Roma pidiendo cambiar su nombre por el de Bruno Manzini. El tribunal aprobó la petición y el cambio fue inscrito en el Registro Central de Roma… que es donde yo lo encontré ayer. Ahora, caballeros, ¿me he ganado mi dinero?

No se lo dije, pero en aquel momento podría haberme pedido el triple, sin que yo hubiera rechistado. Cuando uno está jugando contra la banca, siempre es bueno tener un as extra en la manga. Aunque, claro está, ni siquiera eso le ayuda a uno cuando el resto de la baraja está marcado en contra.

El Cavaliere Bruno Manzini me recibió en una suite suficientemente grande como para alojar a una División de Infantería y que aún quedase sitio para la Intendencia. Su rostro matutino era benigno. Sus maneras, impecables. Incluso se mostró solícito por mi salud.

–Parece un tanto cansado esta mañana, coronel. ¿Se acostó tarde anoche?

–Ha sido una noche larga, Cavaliere. Aún no me he ido a la cama. – ¡Mi querido amigo! Si lo hubiera sabido, hubiéramos quedado para más tarde.

–Muy amable por su parte, pero necesito, desesperadamente, cualquier información que pueda darme.

–Entonces, ganemos tiempo. ¿Qué es lo que sabe ya?

–Que su madre fue una tal Arme Mackenzie, en otro tiempo nurse de la familia Pantaleone. Que es usted resultado de su relación con el viejo conde. Que fue usted bautizado con el nombre de Massimo Salamandra en Roma, en 1900. Que su madre, por motivos de trabajo, adoptó un título ficticio y un escudo de armas que le hacía juego. La salamandra aparece en ese escudo de armas. En 1923, usted cambió su nombre por el de Bruno Manzini… -¿Y cómo ha obtenido toda esta información?

–Un poco de suerte, algo de heráldica, y el Registro Central. – ¿Qué más puede decirme usted?

–Eso depende, Cavaliere, de lo que usted esté dispuesto a decirme a mí.

–Cualquier cosa que desee saber. – ¿Lo dice en serio?

–De lo contrario, no lo diría.

–Entonces, ¿por qué chantajeaba usted a su hermanastro? –

¿Chantajear? Mi querido Matucci, desde la guerra, me he hecho más rico de

lo que pueda desear. ¡Podría haber comprado todo lo que él poseía y veinte veces más! ¡Con lo que le amenacé fue con la deshonra pública! Si hubiera persistido en esa loca política suya, lo hubiera perseguido sin piedad.

–En lugar de eso, lo mató. – ¿Cómo dice usted?

–Murió a causa de una sobredosis de drogas… autoadministradas.

–Un hecho que no fue dado a conocer públicamente. ¿Por qué?

–Hablando claro, Cavaliere, por miedo a un escándalo político que hubiera podido dar lugar a desórdenes civiles.

–Ahora, yo podría provocar ese escándalo. – ¿Lo hará?

–No. Iría contra mis propósitos, que son los mismos que los suyos: evitar la anarquía política y la violencia civil.

–Entonces, la siguiente pregunta. Si el documento que usted envió a su hermano cayese en otras manos, ¿qué uso se podría hacer de él?

–Ahora que está muerto, muy poco. O, un periódico podría publicarlo y ganar una fortuna con las ediciones especiales, pero políticamente, al menos eso es lo que creo, sería como un fuego de artificio mojado. ¿Por qué me lo pregunta?

–Porque todos los papeles de Pantaleone fueron robados anoche de las oficinas del Avvocato Sergio Bandinelli. este y uno de nuestros agentes fueron asesinados.

–No ha habido noticia alguna de eso en la Prensa.

–Ni la habrá, a menos que usted decida comunicarla.

Me miró con claro asombro. Entonces, agitó la cabeza como un hombre que se despierta de un sueño y se pregunta dónde está. Pronunció sus palabras siguientes, lentamente, como si no fueran demasiado adecuadas para expresar sus pensamientos.

–No creo… no puedo creer… que ningún hombre inteligente… fuera tan tonto como para ponerse de esta manera en manos de un extraño.

Coronel, usted ha puesto una bomba atómica en mis manos. Podría volar el país con ella… Dios mío, ¿es que no lo ve? Usted, un oficial en servicio activo, acaba de admitir que se ha falsificado el certificado de un suicidio y… ¡se han ocultado dos asesinatos! ¿Cómo sabe usted que no voy a levantar este teléfono y llamar a los periódicos, algunos de los cuales son míos, y lanzar la noticia a los cuatro rincones del mundo?

–No lo sé, Cavaliere. Estoy corriendo un riesgo.

–En ese caso, es usted un loco.

–Sólo si usted levanta el teléfono. Si no lo hace, si pone a mi disposición sus conocimientos, entonces seré el hombre más cuerdo de toda Roma.

–Pero no tiene ninguna garantía, ¿verdad?

–En este mundo de perros, Cavaliere, no existen las garantías, y usted lo sabe. La ley no es más que una delgada capa sobre un nido de hormigas guerreras. Incluso la muerte es ahora un gran negocio; un negocio internacional. ¿Quiere que maten a alguien en Israel? Pues trae asesinos volando desde el Japón.

Si quiere una muerte en Venecia, telefonea a Londres o a Munich y su asesino llega al día siguiente. ¿Que le apetece secuestrar un avión de pasajeros? Muy simple. Firma el contrato en Nueva York, embarca a su gente en Estocolmo, y hace que lleven el maldito trasto a Libia, si eso es lo que le va bien… Tengo que fiarme de alguien. Digamos que me fío de usted porque desprecia el trabajo que yo hago, y no lo oculta… Ahora, ¿podemos proseguir?

–Naturalmente, usted comprobará mis respuestas.

–Como si fuera el mismísimo Gran Inquisidor.

–Eso está mejor. Por favor, comience.

–Cavaliere, ¿qué es lo que esperaría usted hallar en los papeles de Pantaleone que mereciese eliminar dos vidas y el riesgo de cometer el crimen?

Pensó en ello durante largo rato, antes de contestar:

–En los papeles familiares, muy poco. Habría los certificados del título, papeles sobre transacciones de negocios, el testamento, acuerdos, vieja correspondencia, de la cual quizás una parte fuera escandalosa, pero que sólo le interesaría a un historiador social. ¿En los papeles personales de mi hermanastro…? Bueno, pensemos en él como un soldado politizado, jugando a la conquista del poder. Reuniría dossiers tanto sobre sus amigos como sus enemigos. Algunos de ellos serían muy valiosos tanto para los mismos afectados como para unos rivales políticos. Pero un asesinato… De alguna manera, no acabo de creérmelo. Usted es un experto en dossiers.

También yo los uso en mis negocios. Pero en realidad, ¿qué importancia tienen? Todo el mundo en Italia conoce algunas cosas sucias, o muchas, acerca del vecino de al lado. Todos nosotros somos unos chismosos y propagadores de rumores, y lo que no sabemos, lo inventamos. Es una

enfermedad social, que sólo resulta tolerable porque es endémica; como la sífilis entre los cosacos. Nuestra moral sexual es especial, nuestra ética social no existe. Tras los fascistas y la guerra, la ocupación y la búsqueda de comercio en todo el mundo, la reciente historia del Vaticano y todas las trampas de nuestra política reciente, ¿quién es el que tiene las manos limpias? Por mucho que escribiera mi hermanastro en sus libros de notas, podría apostar sin miedo a que otras veinte personas sabían aquello antes que él. No es que esté diciendo que aquello no podía ser valioso… pero,

¿hasta llegar al asesinato de un abogado y un agente gubernamental? No, no me lo acabo de creer. Tiene que haber algo más. – ¿Por ejemplo…?

–Lo más probable es que se trate de unos planes. La táctica y estrategia de un golpe de Estado. La organización política y militar que debe estar dispuesta a tomar el poder en cuanto se le dé aviso. La lista de los participantes, activos y pasivos. La localización de las armas, la disposición de las fuerzas utilizables que sientan simpatía por los conspiradores. Incluso el propio Servicio de ustedes llegaría a asesinar por cosas como ésa.

–En este caso no lo hizo.

–Así que ahora, Matucci, hemos llegado al corazón del asunto. Hemos de decidir si podemos o no fiarnos el uno del otro. ¿Quién hace el siguiente movimiento? – ¡Es su turno, Cavaliere!

–Antes de que usted llegase, su director me telefoneó. ¿Conocen esa extraña sensación de desdoblamiento que se produce en los momentos de shock? Uno se encuentra, repentinamente, fuera de sí mismo, mirando el comportamiento de un cuerpo que ya no le pertenece. Yo la tuve entonces.

Me vi a mí mismo cayendo en la trampa que se había abierto bajo mis confiados pies. Al momento, pasó la alucinación y estuve de vuelta en mi propia piel, estremeciéndome bajo la ironía de la situación. Manzini me contempló, grave y serio. Prosiguió:

–Está usted irritado. Tiene derecho a estarlo. Conozco muy bien a su director. A veces, es demasiado astuto para su propio bien, y siempre tan vano como Lucifer. Quería mostrarme lo astuto que era y, me parece, también darle a usted una buena lección por alguna cosa que no le ha gustado mucho.

–Al menos, eso es cierto. ¿Y ahora qué, Cavaliere?

–Ahora, le voy a dar una información que su director aún no posee. A las ocho de ayer, por la tarde, firmé, en nombre de una de mis compañías,

un contrato de suministro al Gobierno.

El contrato se refiere al suministro urgente de grandes cantidades de equipo de control de manifestaciones. Las especificaciones del mismo fueron preparadas por el general Marcantonio Leporello, y el equipo será utilizado por unidades bajo su mando… He sacado ciertas conclusiones de esta situación. Quizá le interese oírlas.

–Por favor…

–Si yo fuera un neofascista o un viejo fascista, si estuviera buscando un nuevo líder, estaría muy dispuesto a negociar con Marcantonio Leporello.

–Quizá ya se haya llegado a un acuerdo.

–No, coronel. Leporello estaba esperando el contrato que le dará potencia de fuego y capacidad negociadora. Además, estaba esperando algo más. – ¿El qué?

–No quería comprometerse hasta tener los papeles de Pantaleone en sus propias manos. – ¿Y ahora los tiene?

–Así lo creo.

–Me parece, Cavaliere, que es usted algo más que un hombre de negocios.

–Soy una salamandra, coronel… Un superviviente perenne. ¿Y usted?

–Un servidor del Estado. Excepto que no estoy muy seguro de lo que es hoy en día el Estado… y me aterroriza lo que puede ser mañana.

–Eso nos convierte en aliados.

–En una guerra bien difícil. – ¿Eso le asusta?

–Sí, Cavaliere, me asusta.

–Entonces, déjeme que le ofrezca una pequeña seguridad.

Le escribiré un nombre y una dirección. Si va allí oirá parte de la verdad acerca de mí. Si esto le satisface, vendrá a verme a Bolonia. Si no, de todos modos habrá sacado provecho.

Tomó una tarjeta personal de su cartera, escribió un nombre y dirección en el dorso, y me la entregó. El nombre era Raquel Rabin; la dirección, una calle cerca del «Teatro de Marcellus». No me dio explicación alguna. Yo tampoco se la pedí. Nos estrechamos las manos, me llevó hasta la puerta y la mantuvo abierta para que pasase.

–Una última cosa, coronel. – ¿Sí?

–Un consejo de un viejo soldado. Camine siempre cerca de la pared, y duerma con un ojo abierto… Espero que nos volvamos a ver pronto.

–También yo lo espero, Cavaliere. Buenos días.

Cuando salí a la calle, eran exactamente las diez en punto.

Las campanas de Santa Susana estaban dando la hora. El tráfico constituía una dramática nota discordante. La vasta indiferencia de la ciudad era como una bofetada. De repente, me sentí terriblemente cansado, tambaleándome. Subí a mi coche y conduje, en una peligrosa semisomnolencia, hasta Parioli.

Golpeé la puerta de Lili y casi me derrumbé en sus brazos cuando la abrió ella misma. No me hizo preguntas, sino que me llevó de la mano hasta el dormitorio y me ayudó a desnudarme.

No sé lo que dije o traté de decir; pero me hizo callar como a un niño, me tapó y dejó que me hundiese en el sueño.

Aquel sueño fue un viaje a un mundo inferior, tan profundo que no pude ni esperar escapar a las pesadillas que me acosaban.

Era perseguido por cazadores sin rostro, acosado a través de túneles oscuros, aparecía desnudó en un desierto, bajo los ojos de cien acusadores; era enterrado en un cementerio por cadáveres, me colgaban de los pulgares en mi propia sala de interrogatorio, mientras un verdugo enmascarado mantenía una redoma de veneno bajo mi nariz. Gemí mientras la aplastaba entre sus dedos gigantes, y me desperté, sudando y tembloroso, con las sábanas enrolladas a mi alrededor, como un sudario.

El hedor de mi propio cuerpo me molestaba. Era el olor del miedo, que había reprimido durante demasiado tiempo, y que ahora agriaba las secreciones corporales, dejadas atrás como las defecaciones de un animal, para que las siguiesen las bestias de presa. Ahora, estaba marcado: por el director, como un intransigente; por Leporello, como un hombre que debía ser comprado o seducido; por Manzini, como un colaborador, útil un instante, eliminable en un abrir y cerrar de ojos. Estaba en peligro, porque sabía demasiado. Estaba expuesto, porque podía hacer bien poco. Era un estúpido chivo atado para atraer el tigre… y si el tigre no venía, el cazador subido al árbol podía matarme cuando lo desease.

También Lili estaba en peligro; si no a causa de mi gente, a causa de la suya propia. Había capturado a Pájaro Carpintero.

Su red estaba desmantelada. Lili estaba comprometida. En el código de nuestra profesión, estaba señalada para ser liquidada.

Si los asesinos no la cazaban, el director ordenaría su detención, aunque sólo fuera para darme una lección. Miré mi reloj. Las tres. Aún era la hora de la siesta. Alcé el teléfono de la mesita de noche y llamé a casa de Stefanelli. – ¿Steffi? Aquí Matucci.

–Por Dios! ¿Es que nunca duermes?

–Steffi, se está desplomando el techo. ¿Tienes una habitación vacía? –

¿Para ti?

–No. Para almacenar un paquete muy delicado.

–Cómo de delicado?

–Tiene que ser mantenido lejos de la luz y el calor, hasta que se consiga otro lugar de almacenamiento.

–Porca miseria! Pasé toda la noche contigo. Desayuné contigo. ¡He tenido dos horas de mal sueño, y aún llevo puesto el pijama! – ¡Steffi… el paquete puede estallar, y volarme la cabeza! – ¡Hey, hey, hey…! ¿Dónde lo he de recoger?

–Te lo llevaré. Vuelve a dormir.

–Muchas gracias por nada, querido amigo.

Acababa de colgar el teléfono, cuando entró Lili, solícita y con el ceño fruncido.

–Pensé que estabas hablando en sueños. Antes estuviste gritando y gruñendo.

–Tuve malos sueños, Lili.

–Tú mismo pareces un mal sueño. ¿Qué pasó después de que me dejaste anoche?

–No preguntes. Limítate a escuchar.

–Pero…

–Lili, el asunto está al rojo para ti. Quiero intentar sacarte de este país, y llevarte a Suiza. Para eso necesito tiempo y planearlo. Por consiguiente, te voy a llevar a un lugar seguro. Te quedarás allí hasta que esté dispuesto a trasladarte. ¿Sí o no?

Sentí la repentina tensión de sus manos, vi la sospecha en sus ojos. – ¿Y

si digo que no…?

–No hay otra opción. O te mata tu gente, o te encarcela la mía.

–No me lo creo. Anoche…

–Anoche fue hace un millón de años. Mientras tú y yo estábamos cantando La canción de desnudarse, estaban matando a dos personas: una

de ellas de los míos, la otra el abogado de Pantaleone. No aparece en los periódicos porque llevamos a cabo un acto de magia. Arresté a Pájaro Carpintero a las cuatro de esta madrugada. La red está desmantelada. Tú estás comprometida. No puedo protegerte más que unos pocos días y, al hacerlo, corro un riesgo. – ¿Por qué?

–Sólo para probarme a mí mismo que no soy un proxeneta. ¿Te sirve esto? Tienes quince minutos, que es el tiempo que voy a emplear en darme una ducha y vestirme. Después de eso, tú te las arreglarás. – ¡Por favor!

Abrázame, estoy asustada.

–Quiero que estés asustada, Lili. Quiero que hagas exactamente lo que te digo y que, por Cristo, no intentes pensar por ti misma. ¿Comprendido?

–Sí.

–Comienza ya. Prepárate un maletín pequeño, de fin de semana. Toma tus joyas, tus talonarios de cheques, todo el dinero que tengas en casa.

En aquel momento, campanilleó el timbre: cuatro notas musicales, ominosas en el silencio. Coloqué un dedo sobre los labios de Lili y susurré:

-¿La criada?

–Ha salido. Es su día libre.

Salté de la cama, ridículo en mi desnudez, y me arrastré fuera del dormitorio, a través del salón, hasta llegar al recibidor.

Una carta había sido tirada por la ranura del correo y se encontraba a unos treinta centímetros de la puerta. Empecé a inclinarme para recogerla, pero repentinamente me eché hacia atrás. Era la hora de la siesta. Ningún cartero que se respetase estaría en las calles a aquella hora sagrada. Regresé al dormitorio.

–Lili, ¿tienes una espumadera en la cocina, o algo parecido?

–Creo que sí, ¿por qué?

–Ve a buscarla, por favor.

Mientras estaba rebuscando por la cocina, me vestí. Luego, incongruentemente armado con un cuchillo de hoja ancha, regresé al vestíbulo, alcé la carta metiendo el cuchillo bajo ella y la llevé cuidadosamente a la mesa de café situada en el centro del salón. La dirección estaba mecanografiada. El sello era italiano.

Pero no había sido franqueado por ninguna oficina postal. La dejé allí, volví al dormitorio, grité a Lili que acabase de hacer la maleta, y telefoneé a un amigo mío de la sección de seguridad de Correos y Telégrafos. Me dio la

alegre noticia de que una carta bomba normal contenía bastante explosivo como para matar a la persona que la abría y mutilar a cualquiera que se hallase en una habitación de tamaño normal. Me prometió enviarme a un experto en menos de treinta minutos. Le dije que no podía esperar tanto. Me sugirió llamar a la Policía y colocar un hombre de guardia hasta que llegase el experto.

Apresuré a Lili para que acabase. Cerramos el apartamento y luego, evitando los ascensores, bajamos los cuatro pisos por la escalera, hasta el vestíbulo. El portero estaba sentado tras su mostrador, con la nariz hundida en el Corriere dello Sport. La calle estaba ocupada, a ambos lados, por vehículos aparcados. Mi propio coche estaba bellamente atascado entre un

«Mercedes» y un «Fiat 600».

Dejé a Lili en la portería y salí. La calle estaba desierta, exceptuando a una mujer que paseaba a un perro, un viejo barrendero que empujaba laboriosamente un gran cubo de basura sobre ruedas y la vendedora de flores adormilada en su tenderete de la esquina. Miré los edificios del otro lado de la calle. Todas las ventanas estaban cerradas, y algunas incluso con las contraventanas. No había lugar para un tirador oculto.

Regresé al edificio y marqué Pronto Soccorso, el servicio de emergencia policial de los Carabinieri.

Cinco minutos más tarde un coche patrullero llegó a la entrada de los apartamentos y los dos hombres de su tripulación salieron a la carrera. El brigadiere era frío y eficiente. Llamaría al pelotón de artificieros para que se ocupasen de la carta y comprobasen mi coche por si había alguna trampa explosiva.

Mientras tanto, ¿querría hacerle una declaración? Mi carnet le convenció de que eso podía esperar. Necesitaba su coche y su conductor para que nos llevase a la señora y a mí al «Hotel Excelsior».

Senz'altro…! Salimos a toda velocidad y nos dejó enfrente del hotel.

Pasamos cinco minutos mirando las vitrinas de «Rizzoli», y entonces tomamos un taxi hasta el «Teatro de Marcellus», caminando a través del laberinto de callejones hasta la casa de Steffi.

Steffi nos recibió con su característico floreo. Se atareó con Lili, la cubrió de cumplidos, insistió en ayudarla él mismo a instalarse en el cuarto, y luego bajo a la carrera a darme una buena paliza con su cortante lengua. –

¡Matucci, estás loco! ¡Ese paquete de ahí arriba es peligroso! Cuando el

director se entere de esto… y lo hará, más pronto o más tarde, te cocinará, aullando, como una langosta. ¡Buen Dios! Es un caso perfecto para encerrarte durante veinte años: Coronel del SID se vende a una agente polaca. Yo mismo podría escribir la sentencia, con los ojos cerrados. Y todo ese otro melodrama… cartas-bomba y llamar a los Carabinieri para que comprueben tu coche. ¡Espera a que comiencen a llenar impresos!

–Steffi, ¿tienes whisky?

–Para ti, cicuta con soda.

–Pues sírveme uno doble, y calla. – ¡Calla, dice! La próxima vez me vendrás a pedir que te deje dormir con una mujer en mi propia casa.

–Quizá lo haga, Steffi. – ¡Oh, no, no lo harás! Ésta es una buena casa judía. Si alguien va a profanarla, no será un estúpido gentil como tú. Aquí tienes tu trago.

–Chin-chin, Steffi. – ¡Espero que te corroa la garganta…! Ahora,

¿podemos ser serios por un minuto?

–Yo estoy serio, Steffi. Estoy sudando sangre. – ¡Excelente! Sangra un poco más para mí.

–Dime, ¿quién es Raquel Rabin? – ¿Quieres repetir la pregunta, coronel? – ¿Quién es Raquel Rabin? – ¿Para qué quieres saberlo?

–Tengo una tarjeta de presentación para ella. Me gustarla saber algo más, antes de ir a verla.

Por un momento, se quedó mirándome, con rostro inexpresivo y hostil.

Luego, se dejó caer pesadamente sobre un sillón, rodeó con sus manos el vaso y se quedó mirando el licor, un viejo maltratado por el tiempo y la historia. – …volvieron quince de Auschwitz, coronel. Raquel Rabin era la única mujer. En el ghetto, cuando uno pronuncia su nombre, lo hace con respeto… con gran respeto. No tenía por qué haber ido allá; tenía poderosos protectores. Pero cuando llegaron los camiones allí estaba ella, de pie en medio de la piazza, esperando como una hija de David. Era una artista, Matucci, tenía una voz de ángel, una de las más grandes de su tiempo.

Cuando la veas, dirás que es más vieja que yo, pero sólo tiene sesenta y seis años. Le pasó todo lo que nunca debería pasarle a una mujer, pero aun sigue cuerda y tan espléndida como la estrella vespertina… Te mostraras muy amable con ella.

Lo que te diga, lo creerás a pies juntillas. Y no la mezclarás en este maloliente trabajo nuestro. ¡No la mezclarás, entiéndelo bien!

–Tranquilo, Steffi… ¡Tranquilo!

–Te llevaré a ella, porque quiero que te muestres respetuoso y humilde, porque es una gran mujer. Te he hecho un favor, coronel. Tu mujer…

porque es tu mujer, ¿no?, está bajo mi techo, a mi riesgo. Ahora, dime una cosa, ¿quién te dio esa tarjeta de presentación?

–Bruno Manzini. – ¿Por qué?

–Me dijo que si Raquel Rabin hablaba bien de él, quizás estuviese dispuesto a confiar en él. Necesito eso, Steffi. En una ocasión, me advertiste que me colocarían en el estrado de subastas. Ahora estoy en él, Steffi.

Mañana o pasado alguien va a iniciar las pujas. Serán altas y tentadoras. No estoy seguro de poder resistirlas… Un amigo con experiencia podría ayudarme.

Uno fuerte, darme valor. Se me está acabando, Steffi, porque ya no sé en qué creer. Ni siquiera sé quién soy.

Se le iluminó el rostro al oír esto, como si acabase de darle la mejor noticia del mundo. Inclinó su cabeza en su vieja pose de loro, y me contempló con refunfuñante aprobación. – ¡Vaya! Se está escribiendo la historia. El risorgimento de Dante Alighieri Matucci. ¿Así que no sabes dónde estás? ¿Y quién lo sabe? Pero, tan seguro como que respiras, será mejor que veas lo que te están haciendo.

–Lo veo, pero no lo comprendo.

–Porque rehúsas llegar a un acuerdo contigo mismo. No quieres decidir lo que eres: si un patriota o un mercenario. – ¡Duras palabras para pronunciarlas un amigo!

–Palabras verdaderas, porque soy tu amigo.

–He visto demasiados bribones llevando demasiadas etiquetas brillantes, Steffi.

–Entonces, te haré una pregunta simple. Hoy podrías haber sido asesinado, mañana el riesgo será aun mayor. ¿Por qué no corres? Cuando pones en juego tu vida, ¿por qué te la estás jugando… o contra qué?

–Quizá por un sueño, Steffi… no lo sé. Quizá contra una locura que huelo cada día en las calles. De alguna manera esta tierra es el centro de ella. Las parras que verdean en las terrazas, las blancas colinas y los matorrales pardos y el río están contaminados por su neblina. ¡Mi tierra! No viviré en ella por privilegio y permiso. ¿El pueblo? Eso es otra cosa. Odio las multitudes que me empujan, los estúpidos funcionarios que me dan la

lata desde el amanecer hasta que anochece; pero cuando veo a una mujer llena a reventar, como una uva, de amor; cuando soy servido por un campesino que me dice «Salve!» y me ofrece vino, pan y sal, como si fuera su hermano… ésas son las cosas buenas, Steffi, que están pintadas en las paredes de las tumbas etruscas, y son celebradas en las canciones de los pescadores… ¡Ah!, éste es mi hogar y no quiero que sea pisoteado por botas militares o profanado por multitudes sin mente… Ahora, dejémoslo correr, ¿eh?

–Yo puedo dejarlo, amigo. Tú no. Tú eres el hombre que conoce la parte oculta de la política, los engranajes de la máquina del poder. Tú tienes que decidir cómo usarás ese conocimiento.

–No me pagan para usarlo… sólo para adquirirlo.

–Lo adquieres, pero también lo filtras. Suprimes, enfatizas, interpretas.

¿Con qué fin?

–Por Dios, ¿qué es lo que todos queremos? Una vida tranquila, alguna dignidad en nuestro vivir y en nuestro morir. – ¡No es bastante! ¡Ni mucho menos! Escucha… -¡Cállese, viejo! – le gritó Lili desde la puerta, fría e irritada-. Deje que encuentre sus propias respuestas, a su debido tiempo.

–No tiene tiempo. – Steffi era brusco y brutal-. Se lo robó a sí mismo cuando se lo entregó a usted.

–Estoy aquí para devolvérselo. Por favor, ¿me puedo sentar?

Steffi indicó el sillón y ella se sentó entre nosotros. Colocó las palmas planas sobre la mesa, como para mantenerse erguida y dominarse.

Permaneció en silencio unos minutos, acopiando fuerzas, y luego nos dijo:

–Son ustedes amigos. Yo soy una extraña. Acepto estar aquí porque tengo miedo. No quiero que me asesinen. No quiero pasar el resto de mi vida en una prisión romana. Pero no soy una pordiosera. Puedo pagar lo que me dan.

–No se te ha pedido que pagues.

–No, pero lo haré. – Se volvió hacia mí y colocó sus manos sobre las mías-. Vas a irritarte mucho conmigo, Dante Alighieri. – ¿Sí?

–Hay algo que no te he dicho. Te lo podría haber dicho anoche… si las cosas hubieran sido diferentes. Aunque quizá… no lo hubiera hecho.

Entonces, estábamos aún pactando. Esta mañana tenías mi vida en tus manos. No trataste de conseguir nada a cambio. Ni tampoco tu amigo. –

¿Y…?

–Massimo Pantaleone no dejó todos sus documentos en el Banco. –

¿Dónde está el resto?

–En la villa de Ponza. – ¿Qué son, Lili?

–Microfilms y mapas.

–Cuánto tiempo llevan allí?

–Los llevó en nuestra última visita a la villa… una semana antes de que muriese.

–Pero; ¿no se lo dijiste ni a Pájaro Carpintero ni a ninguno de los tuyos.

–No. – ¿Por qué no?

–No tenía ningún control sobre lo que pudiera hacer Pájaro Carpintero.

Si robaba aquellas cosas, yo estaba acabada.

Sólo Massimo y yo podíamos saber el lugar en que estaban ocultas. –

¿Podrías describírmelo?

–No. Tendría que llevarte allí.

–Eso significa nuevas disposiciones. Tendrás que esperar aquí, mientras las tomamos. Steffi, tú y yo tenemos que hacer una visita. No salgas de casa, Lili. Si llama alguien, no contestes.

Volveremos en una hora, más o menos.

–Quizá yo no vuelva jamás -dijo gimoteante Steffi-. Tal vez me ahogue en el Tíber. No quiero estar con vida cuando trates de explicarle esta locura al director.

No se ahogó. Se retiró con gran deliberación, hacia su propio pasado, y me obligó a ir con él, como si fuera un rito de iniciación que tuviera que pasar antes de conocer a Raquel Rabin. Mientras paseábamos -no me dejaba apresurar el paso- por los callejones del viejo ghetto, conjuró fantasmas en cada portal: el viejo Marco, el ebanista, que le daba a un trozo de pino la forma de un horrible bribón y firmaba con su nombre en la parte inferior; Ruggiero, el farmacéutico, que una vez le hizo partícipe de sus secretos: una mano momificada y líquidos que cambiaban de color cuando uno los mezclaba; Blasio, el armero, que le mostró pistolas que habían matado a cinco hombres en duelos en el campo del honor.

Mientras hablaba, su narrativa se hacía más viva, sus gestos más amplios y vehementes. Apartó todas las trazas del presente y me colocó, con firmeza, en la ciudad de su propia niñez. Por ejemplo, allí estaba Salomone, al que toda la gente del barrio llamaba Salomone Vecchione. Era tan viejo que parecía hermano gemelo de Matusalén, tan empequeñecido

que parecía que, en un año más, iba a desaparecer por completo. Llevaba un largo caftán negro que se volvía verde cuando le daba el sol, un gorrito negro colocado sobre su pelado cráneo, y una cadena de plata con un colgante en forma de estrella de David sobre su hundido y jadeante pecho.

Empujaba una carretilla con la que vendía viejos pergaminos y libros con lomos cubiertos de moho y tubos de metal con pergaminos en su interior y tabletas de barro que parecía como si las hubieran pisado pájaros antes de que fueran metidas en el horno.

La gente del mercado le tenía miedo a Salomone y lo trataba con el exagerado respeto debido a un mago o a un brujo.

Cuando pasaba, hacían el signo contra el mal de ojo y murmuraban, temerosamente, acerca del fuego que consumiría a todos los judíos y paganos. Pero para el joven Stefanelli era como un genio surgido de una botella, con una maravilla en cada bolsillo. No todos los fantasmas de Steffi eran amistosos.

Algunos eran tristes traidores, algunos eran enemigos de pesadilla. Por ejemplo Luca, el jorobado, que estaba sentado en su taburete junto al barbero y permitía que le tocasen la giba a cambio de una moneda. Luca era un soplón de la Policía que espiaba a la gente del ghetto a cuenta de los fascistas. Balbo era un policía rufián que recibía tributo de todos los tenderos de su distrito, y Fra Patrizio era un franciscano de cráneo afeitado que en cada sermón maldecía a los pérfidos judíos que cada día sacrificaban al Salvador…

–A veces -dijo tristemente Steffi-, me gustaría olvidarlos a todos. Pero Dios es un bromista que guarda en sus manos la llave de la memoria…

Aquí estamos, coronel. Te presentaré a Raquel Rabin y luego me marcharé.

Irás directamente al grano con ella y no estarás mucho tiempo. Es muy fragil.

Desde luego era muy frágil, de cabello blanco, pálida como la leche, casi transparente, tanto que le hacía pensar a uno que el siguiente scirocco podía arrastrarla por los aires. Sólo había vida en sus ojos oscuros y brillantes, y extrañamente compasivos. Estaba sentada, erguida y tranquila, escuchando en silencio mientras yo le decía quién era y por qué había ido allí.

Cuando hube terminado, pareció caer en meditación como una antigua pitonisa que aguardase al espíritu de la adivinación para que la animase. Me