La secta

Camilla Läckberg · Capítulo 5 de 5 · parte 3/3

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La secta

Sexta semana

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—¿Las trillizas ya lo…? —empezó, pero no pudo terminar. Era

demasiado difícil.

—No —dijo Anette negando con la cabeza—. Todavía no les he dicho

nada. Creen que se ha ido de viaje unos días. Sé que debo decírselo, pero no

sé cómo… ¿Cómo lo hago para explicarles a tres niñas pequeñas que su papá

ha muerto? ¿Cómo? ¿Alguien lo sabe?

Ruben hizo un gesto negativo y volvió a tragar saliva. No podía imaginar

nada más espantoso.

—Si quieres, puedo estar contigo cuando te decidas a contárselo —

propuso Christer suavemente—. Casi siempre me toca a mí comunicar las

malas noticias. Pregúntale a Julia. Sé que esas conversaciones no son

sencillas, pero tengo experiencia. Estaré contigo, Anette, si quieres. Lo

haremos juntos.

—Gracias —respondió ella sonriendo entre las lágrimas.

—En cualquier caso, es fantástico que tu hermana pueda quedarse estos

días con vosotras —añadió Julia—. Además, ya sabes que la policía puede

ofrecerte apoyo psicológico, si lo necesitas.

—Gracias, pero yo… De momento preferiría no tener mucho contacto con

la policía. ¡Qué trabajo tan horrible! ¿Por qué tenía que arriesgarse de esa

manera, con tres niñas pequeñas en casa? —Anette inspiró ruidosamente por

la nariz—. En realidad, sí sé por qué —continuó—. Siempre decía que

necesitaba ser policía porque tenía hijas pequeñas, puesto que de ese modo

contribuía a dar forma al mundo en el que ellas crecerían.

—Y fue lo que hizo —intervino Adam—. Era un buen policía.

—El más amable —añadió Mina con los ojos llenos de lágrimas.

—No te tomes a mal lo que voy a decirte —dijo Anette volviéndose hacia

Adam—. Pero ¿por qué le disparó esa mujer? ¿Por qué a Peder y no a ti? ¿Por

qué no lo protegiste?

—Porque pensó que Peder iba a sacar un arma —respondió Adam—.

Reaccionó instintivamente.

—¿Y era verdad? ¿Iba a sacar un arma?

—No. Era solo su teléfono. Quería enseñarle un vídeo para que tuviera

presentes las cosas buenas de la vida.

Anette guardó silencio y al cabo de un momento asintió.

—El más amable —repitió.

Adam estaba sentado delante de su escritorio, mirando anuncios de pisos en

alquiler. Su madre tenía razón. Ya no podía vivir como si tuviera veinte años.

Tenía que encontrar un apartamento más presentable y buscar a alguien con

quien compartirlo. Ninguna mujer lo tomaría en serio si veía el lugar donde

vivía.

También debería apuntarse a un curso de cocina. No podía servir

espaguetis y salsa de bote en una cena romántica. Mejor dicho, podía. Pero

entonces quizá no hubiera una segunda cita. Sus habilidades culinarias eran

bastante limitadas. Siempre había puesto el trabajo por delante de cualquier

otro interés. Pero había llegado el momento de que eso cambiara.

Los anuncios pasaban delante de sus ojos. Apartamento de un dormitorio

en el centro. Sí, tal vez. Aunque sería preferible que tuviera una habitación

más. Sería mejor para su imagen. Pero ¿podía permitírselo, sin compartir los

gastos?

Se echó hacia atrás en la silla y dejó escapar un suspiro. Quizá estaba

empezando por el final. Probablemente sería mejor descargarse la aplicación

de Tinder. O apuntarse a un curso de cocina.

Imaginó a su madre persiguiendo a cuatro niñitos que reían a carcajadas.

Sonrió ante la imagen mental, que le hizo sentir una agradable calidez

interior. Sería maravilloso. Pero cuatro niños eran demasiados. Su madre

tendría que conformarse con tres.

Llamaron a la puerta entreabierta y Julia asomó la cabeza.

—Hola —la saludó Adam.

—Hola —dijo ella—. Solo quería decirte… que has hecho un buen

trabajo. Y que me alegro de que formes parte de nuestro grupo. No siempre es

tan intenso, te lo aseguro.

—Espero que no —respondió él riendo.

Su teléfono móvil empezó a vibrar sobre la mesa. Número desconocido.

No solía atender las llamadas de números desconocidos.

—¿No vas a cogerlo? —le preguntó Julia.

Adam se encogió de hombros, tocó el icono del teléfono verde y

respondió. Enseguida se le cortó el aliento.

—Ya voy —logró articular antes de colgar.

—¿Ha pasado algo?

—Sí. Mi madre.

Salió corriendo del despacho y siguió a toda prisa por el pasillo. Julia le

gritó algo por detrás, pero él ya no podía oírla.

Christer lamentó no haber elegido una camisa más bonita. ¿En qué estaría

pensando cuando decidió ponerse esa camisa de viscosa, de rayas marrones y

beis? Le habría gustado ponerse el chaleco de punto, pero el calor se lo había

impedido. Además, tampoco era tan bonito. Por otra parte, se sentía casi

culpable por preocuparse de algo tan superficial como la apariencia física

después de los últimos sucesos.

El jueves anterior Anette y él habían hablado con las trillizas. No era fácil

hablar con niños, porque a veces lo entendían todo y otras, nada. Además, las

trillizas eran muy pequeñas. Para ellas todo lo que les dijeran eran solo

palabras. Aun así se pusieron tristes. También Anette y él estaban muy tristes,

pero ellos tampoco entendían de verdad lo sucedido. La comprensión real no

les llegaría hoy, ni mañana, sino más adelante. En algún momento las niñas

comprenderían el alcance de la tragedia, cuando pasaran los días y su papá no

volviera a casa. Entonces comenzaría el verdadero trabajo de Anette.

Y la vida seguiría su curso. La vida. ¡Qué horror!

Christer sacó el pañuelo y se enjugó la frente, mientras Bosse divisaba

otro golden retriever un poco más lejos y le ladraba alegremente.

—No, Bosse, quédate aquí —le dijo tirándole de la correa.

Tenía la sensación de que todo era un gran error. ¿Por qué había llevado al

perro? Cuando Lasse le había propuesto encontrarse en el parque Vasa,

Christer había pensado automáticamente que sería un paseo perfecto para

Bosse. Pero una cosa era dejarlo atado cerca de la puerta del restaurante y otra

muy distinta la proximidad directa. Existía la posibilidad de que Lasse fuera

alérgico a los perros.

Mierda.

Volvió a secarse el sudor de la frente con el pañuelo.

Un poco más allá, en el parque, vio el quiosco donde se habían dado cita.

Había pensado llegar temprano, para que Lasse lo encontrara sentado ya a la

mesa, con aspecto de policía experimentado con todo el peso del mundo sobre

sus hombros, quizá tomando notas sobre un caso o leyendo el periódico

mientras bebía un expreso doble. Quería parecerse tanto como fuera posible a

su personaje de ficción favorito: Harry Bosch. Pero en ese momento ni

siquiera estaba seguro de vivir en el mismo planeta que su detective preferido.

La sensación de zozobra se le trasladó del vientre a las piernas. Se paró en

seco y miró el quiosco. Se sentía incapaz de hacerlo. Necesitaba regresar a casa. De inmediato. Justo cuando iba a dar la vuelta oyó una risa cantarina a

su espalda. La voz a la que pertenecía se había vuelto más grave desde su

juventud. Pero, igual que entonces, le produjo una sensación de tibieza en

todo el cuerpo.

—¿Querías hacerme el truco del perro? —preguntó Lasse, y volvió a reír

cuando Christer se volvió para verlo.

Estaba en cuclillas, saludando a Bosse.

—¡Hola, bonito! ¿Quién es un buen perro, eh? ¿Quién es un buen perro?

Le estaba acariciando el cuello mientras Bosse agitaba frenéticamente la

cola y babeaba de manera incontrolable.

—¿El truco del perro? —Christer vaciló—. No, yo… Bueno… Quiero

decir…

¿Qué pensaría Lasse? Se sintió patético, como si Lasse le hubiera bajado

los pantalones. O quizá esa metáfora no fuera la más apropiada. Pero se sentía

como si lo hubiera sorprendido haciendo algo malo. Como si lo hubiera

pillado con las manos en la masa.

Lasse se incorporó.

—Porque si es así, debo decir que es el truco más torpe que he visto en mi

vida —añadió sonriendo—. Un sesentón entrado en carnes con un chucho

pulgoso.

Christer recordaba esa sonrisa de cuando eran jóvenes. Siempre le había

gustado. Intentó sonreír también, pero no sabía si era lo que correspondía.

—Es cierto que estoy enfadado contigo —prosiguió Lasse—. Tenemos

algunos asuntos que resolver. Pero hay que reconocer que sois un dúo

encantador, vosotros dos. ¿Nos sentamos a tomar ese café?

Mina entró sin hacer ruido en la habitación del hospital. Suponía que no era

mera casualidad que hubieran puesto a su hija en una habitación individual.

Pero esta vez no tenía nada en contra de que el padre de Nathalie moviera los

hilos.

La encontró apaciblemente dormida. No tenía lesiones aparentes, pero los

médicos querían dejarla unos días en observación. Mina reprimió el impulso

de tender la mano y acariciarle el pelo. ¡Hacía tanto tiempo que no la tocaba!

Tenía miedo de haber olvidado cómo se hacía, cómo acariciaba una madre a

su hija.

Cogió con cuidado una silla, la aproximó a la cama y se sentó lo más

cerca que pudo, para mirarle la cara mientras dormía. Aunque la había

observado durante años desde lejos, era muy diferente contemplarla de cerca.

La sensación era a la vez de familiaridad y extrañeza. Cuando se había

marchado, su hija era una niña bonita y despierta de cinco años. Algunos de

los rasgos y gestos de entonces habían desaparecido, borrados por el paso del

tiempo. Pero otros se habían mantenido, como el ligero temblor del labio

superior cuando dormía o las largas y oscuras pestañas tendidas como

abanicos sobre sus mejillas.

Mina no se cansaba de mirarla, pero se estremecía al pensar en el camino

que les quedaba por recorrer. Tenían mucho equipaje que deshacer, muchos

errores envueltos en excusas idiotas que ya no parecían tan racionales como

en un primer momento.

Los párpados de Nathalie se movieron casi imperceptiblemente antes de

abrirse. Durante una fracción de segundo Mina sintió deseos de huir. Salir de

la habitación y dejar a su hija, sin necesidad de responder a las preguntas que

con seguridad le plantearía.

—Tú… —dijo Nathalie con voz tensa, mientras regresaba poco a poco a

la superficie de la conciencia.

Su mirada se fue volviendo más límpida a medida que se despertaba.

Mina había dejado su mano junto a la de Nathalie. Al lado, pero sin tocarla.

Su hija se la apartó y desvió la vista, volviéndose ostensiblemente hacia la

ventana.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con frialdad.

—He venido a ver si estás bien —contestó Mina.

La voz le temblaba un poco.

—Estoy bien —replicó Nathalie—. Ya te puedes ir.

Mina permaneció un momento callada, sin moverse.

—Sé que tengo muchas cosas que explicar —dijo al cabo de un rato—. Y

que debo pedir muchas disculpas. Pero espero que estés dispuesta a

escucharme.

—Papá y yo nos las hemos arreglado muy bien sin ti todos estos años. No

te necesito para nada.

El tono de Nathalie era frío y desafiante, pero una ligera grieta en su

coraza indicaba que las emociones estaban presentes y que bullían bajo la

superficie.

—Ya sé que no me habéis necesitado —respondió Mina—. Y que tú has

estado bien. Solo espero… Solo espero que haya un futuro que las dos

podamos compartir de alguna manera.

—¡Te he dicho que te vayas! —exclamó Nathalie al borde del llanto e

incapaz de mantener su aparente frialdad—. ¿No me has oído? ¡Fuera de

aquí!

Mina se puso de pie. En ese momento oyó que alguien entraba en la

habitación detrás de ella. Cuando se volvió vio al padre de Nathalie.

—Llevará tiempo —le dijo él con asombrosa amabilidad—. Todo es

nuevo. Pero empiezo a darme cuenta de que interrumpir todo el contacto de

forma tan radical no fue la mejor solución. Si hubiésemos actuado de otro

modo, nada de esto habría sucedido. Ven a cenar con nosotros cuando

Nathalie vuelva a casa. Será un nuevo punto de partida.

—¡No quiero que venga a cenar! —aulló Nathalie desde la cama.

Mina sofocó un sollozo. El padre de Nathalie le apoyó una mano sobre el

hombro. Una vez más, la sensación era extraña y familiar al mismo tiempo.

—Ya verás como todo se arreglará. Te llamaré dentro de unos días. Pero

ahora es mejor que te vayas. Y… perdona por no contestar cuando me

llamaste para suplicarme que fuera a buscar a Nathalie. Estaba… en medio de

una crisis… en el trabajo.

—Sí, ya lo he visto en los periódicos —replicó Mina asintiendo.

El padre de Nathalie bajó la cabeza, incapaz de mirarla a los ojos.

—El trabajo es… Ya sabes que la niña es mi prioridad. Siempre lo ha

sido. Pero el maldito trabajo…

Mina se limitó a hacer un gesto afirmativo. Quería salir al pasillo antes de

que le brotaran las lágrimas. No quería que su hija la viera llorando. No tenía

derecho a llorar. Y no hacía falta que el padre de Nathalie se disculpara. Era ella la que había tenido otras prioridades durante toda su vida. La que había

elegido otras cosas.

Cuando salió, se volvió un momento para mirar la habitación. Nathalie

abrazaba con fuerza a su padre.

Tras unos pasos por el pasillo empezaron a correr las lágrimas por su

rostro.

—¡Torkel! ¿Qué ha pasado? ¿Cómo está Harry?

Julia entró corriendo en la pequeña sala que le habían indicado al llegar al

hospital infantil Astrid Lindgren. Torkel se levantó de la silla donde estaba

sentado, fue a su encuentro y la abrazó con tanta fuerza que casi le corta la

respiración. Cuando Julia consiguió soltarse vio a Harry tumbado en una

camilla. Una mujer en bata blanca lo estaba examinando.

—¡Harry! —exclamó Julia corriendo hacia él.

Los grandes ojos azules de su hijo se volvieron hacia ella y el pequeño

gorjeó feliz cuando reconoció a su madre. Julia sintió tal alivio que estuvo a

punto de caerse al suelo.

—Parece ser que este caballerito se las ha arreglado para montar un

pequeño drama en casa —dijo la doctora sonriendo—. Se ha metido en la

boca algo que no debía, pero su padre ha reaccionado enseguida y al poco

tiempo tenían una ambulancia en la puerta. Creo que lo más grave ha sido que

el papá ha estado a punto de sufrir un infarto.

La doctora levantó a Harry en brazos y se lo pasó a Julia, que lo apretó

contra su pecho y después intercambió una mirada con Torkel.

—Gracias.

Su marido asintió. Tenía lágrimas en los ojos. Era la primera vez que Julia

lo veía llorar. Ni siquiera con el nacimiento de Harry había llorado. Después

del parto se había puesto a reír y a dar saltos sin parar, como un conejo de

Duracell.

—¿Nos lo podemos llevar a casa?

La doctora asintió.

Torkel recogió sus cosas y salió de la sala detrás de Julia. Cuando le pasó

un brazo por el hombro, ella notó que estaba temblando.

—Conduzco yo, tú ve con Harry en el asiento de atrás —le dijo en tono

firme cuando llegaron al coche.

—De acuerdo —replicó Torkel sin protestar.

Tras asegurar en su asiento a Harry, que seguía haciendo gorgoritos con

cara de felicidad, Julia rodeó el vehículo para ponerse al volante mientras

Torkel se abrochaba el cinturón de seguridad en el asiento trasero. En el

momento de poner en marcha el motor Julia sintió en el hombro la mano de

su marido.

—Espera. Quiero decirte una cosa.

Julia vio la mirada de Torkel por el retrovisor. Notó que le costaba hablar.

—Me he portado como un imbécil —dijo finalmente.

—Torkel… —empezó ella, pero él la interrumpió.

—No, déjame hablar. Nunca he pasado tanto miedo como hoy. Pensé que

iba a morirse, Julia. Te juro que pensé que se moría. Entonces he entendido

por primera vez cómo debe de ser tu trabajo. Esos padres… —Se le quebró la

voz—. Ni siquiera soy capaz de imaginar cómo lo hacen para seguir viviendo

después de perder a un hijo. Y tú vas al trabajo cada día para ayudarlos a

encontrar respuestas. Y para evitar que otros padres tengan que pasar por lo

mismo. Y lo haces mientras yo estoy en casa lloriqueando como un puto niño

pequeño. Perdóname. ¡Estoy tan avergonzado! Te prometo que de ahora en

adelante se han acabado las protestas y los lloriqueos. No volveré a quejarme.

Hizo una pinza con los dedos y se los pasó por los labios de izquierda a

derecha, como si estuviera cerrando una cremallera. Y a continuación arrojó

lejos una llave invisible.

Julia se volvió hacia él y lo miró a los ojos.

—Tienes razón. Te has portado como un idiota. Pero eres mi idiota. Y el

mejor padre que Harry podría tener. Solo estabas un poco perdido. Por eso te

propongo olvidarlo todo y empezar de nuevo. ¿Sabes qué? Todavía me

quedan tres semanas de la baja por maternidad que podría usar para relevarte.

Ya sé que acabo de incorporarme, pero después de estos últimos días ni

siquiera mi padre me criticará si me tomo unas semanas libres. Y tú podrás ir

a la oficina mañana mismo. O jugar al golf. O hacer lo que quieras. Yo me

ocuparé de Harry.

—Ya sabes que detesto el golf —respondió Torkel con una carcajada—.

Y en la oficina se las arreglan la mar de bien sin mí. Solo intentaba

convencerme a mí mismo de que era imprescindible. Pero me parece bien que

hagas una pausa. Podríamos coger la baja los dos a la vez. ¿Te parece que nos

levantemos una noche cada uno cuando llora Harry y que alternemos el

cambio de pañales? Estaremos los dos en casa. Después yo me haré cargo de

todo otra vez y tú volverás a la jefatura. ¿Qué me dices?

Julia sonrió y encendió el motor.

Volvió a encontrar su mirada en el retrovisor.

—Eso haremos —dijo.

Mina salió a dar un paseo por el parque Rålambshov para ordenar las ideas.

Por supuesto, su exmarido tenía razón. Nathalie necesitaba tiempo. Y, por

suerte, podía darle todo el que quisiera. Recordó que Vincent tenía tres hijos,

mientras que ella tenía una sola. ¿Habría pasado también por momentos

difíciles en su relación con ellos? Probablemente. Las dificultades formaban

parte del trabajo de padre.

Vincent…

A diferencia de la vez anterior, no se habían despedido después de la

reunión en la jefatura. Ni siquiera se habían dicho adiós. Solo un vago «hasta

pronto». El problema era que no habían dicho cómo de pronto. Volverían a

verse para el funeral de Peder, obviamente, pero eso no contaba. Mina tendría

que asegurarse de que no volvieran a pasar otros veinte meses. Después de

todo Vincent se había lesionado un pie tratando de salvar a Nathalie. De

hecho, le había salvado la vida.

Tenía que ser excusa suficiente para llamarlo.

Sacó el teléfono y estaba a punto de marcar su número cuando un icono

con una llama blanca sobre fondo rojo la detuvo. Tinder.

De pronto fue consciente de lo que había hecho. Por una vez había

actuado como el resto de las personas. Había seguido las reglas del juego.

Había conocido a alguien de manera normal, había tenido una cita, se había

comportado como era de esperar y se había reído cada vez que la situación lo

exigía. Si alguien dudaba de que ella fuera capaz desempeñarse como

cualquier otra persona, ya le había demostrado que se equivocaba.

Y no pensaba repetirlo nunca más.

Mantuvo el dedo sobre el icono y eliminó la aplicación. Después echó a

andar de nuevo por la orilla del agua.

En sus dos últimos paseos por ese mismo parque la había acompañado

Vincent. Una vez en invierno y la otra, pocas semanas atrás. El parque le

parecía menos interesante que con el mentalista a su lado. Vincent habría

podido contarle alguna curiosidad sobre el efecto psicológico de los puentes

tendidos sobre el parque, o sobre la relación matemática entre los muelles y la

ubicación de los carriles bici.

Se pasó la mano por el pelo. En esta ocasión había reprimido el impulso

de rapárselo al cero cuando había regresado a casa después de la aventura en

el búnker. El pie de Vincent ya era suficiente herida de guerra.

¡Y pensar que durante un breve instante, que sin embargo le había

parecido una eternidad, había creído que Vincent estaba muerto! Aún no se lo

había perdonado. Algún día se lo haría pagar. Eso y la bromita del agua en

Kungsträdgården. Quizá no fuera mala idea empezar a llevar un registro.

Se metió la mano en el bolsillo y tocó algo de plástico. Mierda. Se le

había olvidado dárselo. Sacó el objeto y lo miró. Con ayuda de Milda había

conservado en un bloque de acrílico dos de las briznas de hierba que Vincent

había recogido en el parque de Fatbur. Una clara y otra oscura, colocadas una

junto a otra, dentro de un bloque de plástico transparente. Como una pieza de

Lego.

Lo había hecho para regalárselo, como recuerdo de lo que habían vivido

juntos. Pero tal vez fuera mejor que se le hubiera olvidado dárselo.

Demasiado morboso. A veces Mina tenía dificultades para darse cuenta de ese

tipo de cosas. Por otro lado, las briznas de hierba eran algo más que el

recuerdo de un asesinato.

Eran Vincent y ella.

Representaban todo aquello que necesitaba un lado oscuro y otro

luminoso para existir. Volvió a guardarse el bloque de plástico en el bolsillo y

se ajustó las gafas de sol. El parque estaba lleno de gente, pero nadie parecía

prestarle atención. Se alegraba de que fuera así porque era muy posible que

hubiera comenzado a sonrojarse.

Vincent avanzaba a saltos con sus muletas por la pasarela de Tantolunden.

 

Recordaba otro día caluroso en ese mismo lugar, con Mina a su lado, hacía

demasiado tiempo. Se dijo que ya era hora de repetirlo, antes de que pasara el

verano. Si ella quería, por supuesto. Sospechaba que seguiría un poco

enfadada con él.

Pero no importaba. Tenía mucho tiempo para hacerla cambiar de idea.

No le había contado a nadie lo cerca que había estado de coger el vaso

equivocado en la habitación del hotel con Nova. El amago de echar el veneno

en los dos vasos había sido un gesto deliberado para introducir esa posibilidad

en la mente de la mujer. Aunque no creyera que de verdad lo había hecho, la

idea estaría presente en su cerebro y volvería más creíble su fingida muerte.

Cuando había golpeado la botella de veneno contra el borde del vaso, lo había

hecho para dejar lo que en la jerga de los magos se llama un nick: una marca

invisible para cualquiera que no sepa dónde buscarla. De ese modo sabría cuál

era el vaso bueno. Era una vieja técnica utilizada en ocasiones por los

médiums, cuando celebraban sesiones de espiritismo para varias personas a la

vez. Un número clásico de los espiritistas consistía en pedir que cada

participante escribiera una pregunta personal en un papel. En primer lugar

tenían que comprobar que todas las hojas fueran idénticas entre sí, para

garantizar el anonimato de los autores de las preguntas. Pero cuando el

asistente del médium recogía los papeles, les hacía una pequeña marca o nick

en el borde con la uña. De ese modo, observando la posición de las marcas, el

espiritista podía saber en qué sitio de la mesa estaba sentada la persona que

había hecho cada pregunta y fingir que se lo revelaban los espíritus.

Pero en aquel vaso no había quedado ninguna marca. Debería haber

golpeado con más fuerza. Después, cuando Nathalie los movió, Vincent no

tenía manera de saber cuál de los dos contenía el veneno.

Se había visto obligado a confiar en el azar.

Y le había salido bien. A excepción del pie, por supuesto.

Tras la última reunión del grupo de policías les habían preguntado a Mina

y a él si necesitaban hablar con un psicólogo, después de las situaciones

traumáticas que habían vivido. Pero los dos habían rechazado la oferta. La

única persona del cuerpo de policía con la que Vincent tenía necesidad de

hablar era Mina.

No pensaba cometer el mismo error que la vez anterior y pasar meses sin

dar señales de vida. Ahora se daba cuenta de que había sido una tontería

innecesaria. ¿En qué estaría pensando? ¿Por qué se había aislado de esa

manera? Maria tenía que entender que él quisiera tratar con otras personas. Y

si no lo entendía, entonces tendrían que acudir a varias sesiones más de

terapia de pareja. Porque Mina vivía en su interior, en lo más profundo de su

ser. Era así y no podía hacer nada al respecto. La necesitaba para sentirse

completo. A veces Mina era la única persona que le parecía real, aunque no

pensaba decirlo nunca en voz alta, obviamente. No quería que lo tomaran por

loco.

De hecho, podía llamarla e invitarla a dar un paseo en ese mismo instante.

¿Por qué no? El verano no iba a durar para siempre. Decidió que lo haría,

pero antes necesitaba hacer otra llamada.

Se puso los auriculares para poder hablar por teléfono mientras iba dando

saltos con las muletas. Buscó el número en el teléfono y lo pulsó.

—Hola, soy yo —dijo cuando descolgó Umberto, de ShowLife

Productions.

—¡Vincent! —exclamó Umberto risueño—. ¡Cuánto tiempo sin noticias

tuyas! ¿Estás listo para viajar mañana al lugar del rodaje de Prisioneros en el

fuerte?

Vincent se alegró de que no fuera una videollamada, porque prefería que

Umberto no viera su sonrisa.

—Precisamente por eso te llamo —respondió, tratando de parecer

contrariado—. Por desgracia tengo malas noticias. Me he lesionado un pie.

Tendré que andar con muletas varias semanas. Así que lo siento, pero no

podré participar en el programa.

—Pero, Vincent, ¿no has recibido la última actualización del…? No

importa, te lo cuento yo. Tienes una suerte increíble. Da igual que no puedas

caminar con normalidad. La producción ha decidido meterte en el túnel de los

bichos. Lo conoces, ¿no? Es un túnel estrecho, lleno de animalejos de ocho

patas y cosas por el estilo. No necesitarás usar los pies. Podrás salir reptando,

impulsándote con los brazos. Has tenido una suerte de locos, ¿verdad?

Vincent respiró hondo. La definición que tenía Umberto de una «suerte

increíble» necesitaba una revisión profunda. Lo último que pensaba hacer

Vincent en su vida era justo lo que su agente acababa de describirle.

Nunca más. Pero quizá podría librarse de participar en el programa si se

fracturaba los dos pies, en lugar de uno solo. O si se los amputaba. Las dos

alternativas le parecían razonables en comparación con lo que le esperaba.

—Por cierto, también he hablado con la ayudante de producción —

prosiguió Umberto—. Se alegró mucho cuando supo que irías. Se llama

Anna. Por lo visto te conoce. Probablemente sabes quién es, pero te diré una

cosa un poco loca que se cuenta de ella: se rumorea que tiene tu cara tatuada

en la espalda, así que podemos estar seguros de que te cuidará bien.

Vincent cerró los ojos y se apoyó en las muletas. Se vio a sí mismo con

ropa ceñida de deporte, mientras un director frenético le daba órdenes y Anna,

su acosadora, le reprochaba que no aprovechara al máximo la jornada de

rodaje.

Mina iba a partirse de risa.

Fredrik Walthersson aparcó en el sendero de grava frente a la pequeña casa de

 

campo en Djurö. Josefin y él debían de haber llegado los últimos, a juzgar por

la cantidad de coches estacionados delante. Atravesaron la extensión de

hierba en dirección a la casa de paredes marrones. El jardín estaba en plena

floración y había una hamaca colgada entre dos manzanos. Era un día

espléndido: el verano escandinavo en todo su esplendor. Pero a Fredrik le

costaba apreciarlo. Habían pasado varios días desde que la policía los había

llamado para revelarles quién se había llevado a Ossian y comunicarles que la

persona en cuestión se había suicidado.

Desde entonces Josefin y él no habían hecho más que esperar la llamada.

Y ahora estaban ahí.

Mauro Meyer salió a su encuentro y les tendió la mano.

—Los demás ya han llegado —anunció en voz baja—. Vamos a empezar.

Los hizo pasar a la casa. Había muchos zapatos en el recibidor y Fredrik

se quitó automáticamente los suyos. Era curioso cómo se mantenían algunas

rutinas, fueran cuales fuesen las circunstancias.

Cuando entraron en el cuarto de estar le llevó unos segundos reconocer a

los demás. Todos habían envejecido, pero a cada uno de ellos la edad los

había tratado de forma diferente. Algunos, como Mauro, habían mejorado.

Los cuarenta le sentaban de maravilla. En cambio otros, como Lovis

Carlsson, parecían llevar la edad como un recordatorio de una muerte

inminente.

Fredrik saludó con una inclinación de la cabeza a Jens y Janina Josefsson,

que estaban sentados en el sofá, en silencio. También vio a Hugo y Karin,

junto a Henry y Tobias. Como Jens y Janina, ellos también tenían a sus hijos

con vida. Había una clara diferencia de estado de ánimo entre la zona del sofá

y la parte de la habitación donde se encontraban ellos, además de Mauro y

Lovis.

Fredrik y Josefin se sentaron a la mesa. Mauro había preparado café y una

bandeja de bollos, pero no parecía que nadie pensara tocarlos.

—En realidad debería ofreceros algo más fuerte —dijo Mauro cuando

notó que Fredrik contemplaba la mesa—. Pero después tendréis que conducir.

—Se aclaró la garganta y continuó—. Será mejor que empecemos. Estamos

todos excepto nuestra querida Vendela, que como ya sabéis, decidió quitarse

la vida la primavera pasada. Todos creyeron que se había llevado consigo a Dexter, ya que los dos desaparecieron al mismo tiempo. Pero hace unos días

apareció la noticia de que el hijo de Thomas Jonsmark había sido hallado en

un parque de Estocolmo. Por lo tanto, tenemos que suponer que también su

muerte fue obra de Nova…, es decir, de Jessica.

Jens y Janina se miraron.

Josefin recogía con un dedo los granos de azúcar de uno de los bollos de

crema. Fredrik sospechaba que ni siquiera era consciente de lo que estaba

haciendo.

—¿Lo sabe Thomas? —preguntó Henry.

Henry y Tobias tenían un hijo en común, Alfons. Fredrik no conocía al

niño, ni tenía ganas de conocerlo. Porque, a diferencia de Ossian, Alfons

todavía estaba vivo. Le daba vergüenza pensarlo, pero le habría gustado que

fuera al contrario. Una vida por otra. Tal como había hecho Jessica. O Nova,

según el nombre que había adoptado.

—No, no creo que lo sepa —contestó Mauro—. Tampoco le he dicho

nada a Jenny. Las cosas se pusieron muy mal cuando intentó culparme de los

asesinatos. Pero no le dije nada entonces, ni tampoco lo he hecho ahora.

Cecilia tampoco sabe nada. En cierto sentido habría sido justo que me

condenaran.

—No digas eso —intervino Josefin apoyando una mano sobre el brazo de

Mauro—. Fue hace mucho tiempo. Además, fue un accidente. No

imaginábamos lo que podía pasar. Éramos niños. Unos niños alocados y

tontos.

—No, no fue un accidente —replicó Mauro con amargura—. Mentimos.

John no había hecho nada. Era inocente. Pero nos inventamos historias sobre

él y los demás. Ni siquiera recuerdo por qué. ¿Tal vez por la emoción de

hacerlo? ¿Quizá como venganza por algo que nos había dicho? ¿O

simplemente porque se rumoreaba que eran gente rara? Lo decisivo fue que

nuestros padres se creyeron nuestras mentiras. Y la situación se nos fue de las

manos de manera catastrófica. Nunca… Nunca había sido nuestra intención

que… Ninguno de nosotros podía pensar que nuestros propios padres fueran

a…

No completó la frase.

Nadie más dijo nada.

El sentimiento de culpa saturaba el aire de la habitación.

—Yo tampoco le he contado nada a Jörgen —comentó por último Lovis

con voz ronca—. Está en la cárcel de Hall, condenado por el asesinato de William, y espero que el puto cabrón se pudra entre rejas aunque no lo haya

matado.

Se hizo un silencio en la habitación. Casi todos los presentes tenían la

vista fija en el suelo.

En otra época habrían sido capaces de caminar sobre brasas encendidas

para estar juntos, pero desde entonces habían pasado muchas cosas. Algunas

parejas seguían unidas y otras no. Algunos de ellos habían hecho una carrera

profesional fantástica y otros tenían una vida mediocre pero tranquila. Solo a

Lovis le había ido tremendamente mal. Y a Vendela, claro, la pobre Vendela.

Pero ¿quién habría podido prever que su existencia iba a acabar en tragedia?

Habían jurado interrumpir el contacto entre ellos de forma permanente. Ni

siquiera el verano anterior, cuando Josefin y Fredrik se habían enterado por la

prensa del hallazgo del cadáver de una niña con el nombre de Lilly Meyer,

habían llamado a Mauro.

—Lo que ha sucedido es tan horrible que no hay palabras para describirlo

—dijo Mauro—. Pero ha pasado. Jessica ha muerto. Por eso quería

comprobar si la promesa que nos hicimos unos a otros sigue en pie. Si

ninguno de nosotros piensa decir nada, o si ha cambiado alguna cosa. ¿Ha

sentido alguien la tentación de hablar del pasado con la policía, o con la

prensa?

Todos los presentes negaron enérgicamente con la cabeza.

—Muy bien —contestó Mauro—. Entonces seguiremos así. Los que os

relacionéis entre vosotros, sed precavidos. Comunicaos por WhatsApp y no

utilicéis vuestro verdadero nombre. Pero, como ya hemos dicho, lo mejor es

abstenerse de hablar con los demás. Tenemos que sobrellevarlo juntos, pero

en silencio. Y los que aún tengáis a vuestros padres vivos, haced lo posible

para que nunca lo sepan. Somos capaces de cargar solos con nuestra culpa.

No necesitamos compartirla. Si no hubiésemos mentido, nada de esto habría

pasado. Al menos así lo veo yo. Que descansen en paz los que ya no están.

Los demás asintieron. Después se levantaron y se marcharon sin

despedirse.

 

Había anochecido. Casi toda la familia se empezaba a preparar para irse a la

cama, pero Vincent estaba demasiado inquieto para acostarse. Se había

declarado una inesperada tormenta estival y el viento azotaba los árboles. Las

ramas crujían y las hojas se agitaban como si quisieran soltarse. Vincent estaba en el cuarto de estar, mirando un artículo de periódico que ya había

leído muchas veces más.

 

¡TRUCO DE MAGIA ACABA EN TRAGEDIA!

Un juego de ilusionismo se convierte en trágica realidad en una granja de los

alrededores de Kvibille

 

Había perdido la cuenta de las veces que había leído ese titular y su

correspondiente entradilla.

Pero desde que había sacado el artículo de la estantería la semana pasada,

no había sido capaz de volver a guardarlo. Lo había leído una y otra vez,

intentando rememorar la conversación con la autora del reportaje. Pero los

recuerdos eran borrosos. Hacía demasiado tiempo y, además, en aquel

momento él no estaba muy… centrado.

Recordaba a un policía amable y a una mujer entrometida, pero era

imposible saber si estaba evocando hechos reales o meras fantasías, tejidas

por su cerebro infantil a partir de imágenes de series de televisión, de libros o

de la vida de otras personas. La verdad, como siempre, debía de estar en algún

punto intermedio. Tenía claro que muy pocos o quizá ninguno de sus

recuerdos coincidían exactamente con lo sucedido en realidad. Y los ojos

desolados del niño de siete años que lo miraban desde el periódico eran un

recuerdo que Vincent había hecho todo lo posible por borrar.

Pero los tres puzles sobre su escritorio hablaban por sí solos. Alguien se

empeñaba en hacerle recordar lo ocurrido en su infancia. Y fuera quien fuese,

sabía que no era Jane ni Nova. Hasta hacía poco creía que se los había

enviado Nova, con el propósito de desconcertarlo y desviar sus pensamientos

de la investigación. También había considerado la posibilidad de que los

rompecabezas contuvieran pistas importantes, teniendo en cuenta los rasgos

narcisistas de Nova. No era inusual que personas con una elevada opinión de

sí mismas sintieran el impulso de compartir la percepción de su propia

brillantez con individuos dotados de suficiente inteligencia para

comprenderlas.

Pero no había sido así. Nova no le había enviado los puzles, ni le había

hecho llegar el artículo de prensa a Ruben.

Alguien, en algún lugar, estaba jugando con él a un juego muy

desagradable, y Vincent no tenía la menor idea de quién podía ser.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Maria desde la puerta—. El disco que

has puesto en el cuarto de estar se ha acabado hace rato. Comfort Module. ¡Vaya nombre para un grupo de música! —De repente la expresión de Maria

cambió—. ¿No te sientes bien?

Vincent no pudo contestar. De hecho, no sabía si se sentía bien o mal.

Instintivamente cubrió con las manos el artículo que tenía sobre el escritorio.

Era una reacción infantil, por supuesto, pero no tenía fuerzas para responder a

las preguntas que podía generar el recorte de prensa. Maria se fijó en el

periódico, como Vincent sabía que haría, pero se limitó a mirarlo con

severidad, sin hacer ningún comentario.

—Tienes mala cara —dijo—. Ven, te ayudaré a acostarte. Si vas a viajar

mañana tendrás que estar despejado. Déjame que recoja todo esto y vamos a

la cama.

Al recoger de la mesa los tres puzles pegados con cinta adhesiva, los puso

uno sobre otro. Por suerte para Vincent, no conocía su macabro mensaje.

—¿Dónde quieres que los guarde? —preguntó agitando los papeles bajo

la lámpara del escritorio.

Vincent se frotó los párpados. Quizá Maria tuviera razón. No era bueno

para él quedarse ahí sentado, solo con sus pensamientos. Apreciaba el

espontáneo gesto de amabilidad de su mujer y se dio cuenta de que había

echado de menos su cercanía.

De repente unas letras parecieron cobrar vida y bailar sobre la madera del

escritorio. La luz de la lámpara las hizo temblar y se volvieron borrosas, pero

enseguida recuperaron los contornos definidos. ¿Sería una alteración de la

vista por frotarse demasiado los párpados? No, las letras eran reales. Un ruido

sordo indicó que el viento acababa de quebrar una rama fuera de la casa.

—Espera —dijo quitándole los puzles a Maria de las manos.

Ella se encogió de hombros.

—Al menos lo he intentado —comentó—. No tardes, por favor. Estás

muy pálido.

Salió de la habitación mientras él estudiaba los papeles superpuestos.

Los huecos.

Los tres puzles presentaban huecos grandes e irregulares entre las distintas

piezas que no parecían tener ningún significado. Sin embargo, cuando se

colocaban los tres uno sobre otro, las irregularidades pasaban a formar un

patrón. Los huecos se encontraban más o menos en las mismas posiciones en

los tres rompecabezas, pero tenían distintas formas. Cuando se superponían

adquirían contornos nuevos y mejor delimitados.

Eran letras.

Los huecos formaban letras del alfabeto.

Vincent apartó el artículo de prensa y sostuvo los puzles bajo la lámpara,

como había hecho Maria. Al atravesarlos la luz proyectó sobre la mesa una

palabra claramente legible:

 

CULPABLE

 

La sombra que habitaba en su interior comenzó a moverse y sus ojos se

llenaron de lágrimas. Tuvo que parpadear con fuerza para ver bien.

No era justo. Había hecho todo lo posible. ¿Por qué no podía liberarse del

pasado? Parpadeó una vez más y fijó la vista en la fotografía que ilustraba el

artículo: el retrato del niño que había sido.

Las lágrimas difuminaron la foto y de repente vio en la imagen dos líneas

más marcadas que las demás. Se secó los ojos con el dorso de las manos y

volvió a mirar. Alguien había trazado unas líneas de bolígrafo sobre la

fotografía. Él también lo hacía cuando era pequeño y no tenía nada mejor que

hacer. Incluso de adulto cogía de vez en cuando un lápiz y repasaba los

contornos de las personas o los objetos que aparecían en las fotos de los

periódicos, mientras pensaba. A veces les pintaba bigote.

No había reparado en los trazos de bolígrafo mientras leía el artículo, en

parte porque la tinta se había desvanecido con el tiempo y en parte porque las

líneas seguían los bordes rectos de la caja que se veía al fondo, la caja

construida para el truco de magia.

La misma donde su madre…

Apartó de la mente esos pensamientos y volvió a concentrarse en la foto.

Su sombra interior pareció crecer y cobrar fuerza. En realidad eran tres líneas.

Una de ellas seguía el borde superior de la caja y se unía con la segunda, que

bajaba por un costado. La tercera era un puente entre las dos.

De pronto comprendió lo que estaba viendo.

Era una A. La primera letra. Alfa, el principio.

Buscó la tarjeta que había recibido con el tercer puzle y la leyó.

No puedes culpar a nadie salvo a ti mismo. Podrías haber elegido otro

camino, pero no lo hiciste.

Hemos llegado a tu omega.

Había pensado que si descubría cuál era el principio, le sería más fácil

comprender la intención del autor de los puzles y saber a qué se refería

cuando hablaba del final. Ahora lo había descubierto. La persona en cuestión,

fuera quien fuese, le había indicado el comienzo dos años antes, cuando le

había enviado el artículo del periódico a Ruben. Pero entonces Vincent no le

había prestado atención. El principio era la muerte de su madre, a sus siete años, cuando se había convertido en Vincent Walder, el Vincent que prefería

los números pares y buscaba complicadas relaciones entre los elementos más

heterogéneos para protegerse contra las emociones. El momento en que la

sombra se había instalado en su interior.

Esa era su alfa.

Creía haber seguido adelante con su vida, pero el mensaje de los puzles

era claro. No le estaba permitido dejar nada atrás. Lo que había empezado en

la granja de Kvibille estaba a punto de alcanzarlo de nuevo.

Hemos llegado a tu omega.

El principio de tu fin.

El viento rugía en torno a la casa y golpeaba las ventanas, como si

quisiera entrar. Se le exigirían responsabilidades. Más de cuarenta años

después de la muerte de su madre finalmente tendría su castigo. No sabía

quién se lo impondría ni cuándo llegaría. Solo sabía que estaba en camino. La

sombra que habitaba dentro de él prorrumpió en un aullido tan atronador que

tuvo que taparse los oídos con las manos para no oírlo.

 

Granja hípica de Sorunda, 1996

 

Jessica había soñado. No recordaba muy bien el contenido del sueño, pero

había sido bonito. Los niños mayores la habían dejado ir con ellos y por eso

estaba segura de que había sido un sueño, porque nunca se lo permitían, ni

siquiera de lejos. Decían que era pequeña. Y demasiado rara. Lo de pequeña

lo entendía, aunque en realidad no había tanta diferencia de edad; pero lo de

rara, no. Su familia no tenía nada de raro, aparte de que eran muchos y no era

fácil comprender qué relación tenían unos con otros. Su padre y su madre no

le planteaban dudas, pero todos los demás eran simplemente… la familia.

Se dio la vuelta en la cama y hundió la cara en la almohada. Habría dado

cualquier cosa por regresar al sueño, donde nadie se burlaba de ella y todavía

podía ir en autobús a la escuela de Ösmo sin oír risitas a sus espaldas. Los

mayores eran unos envidiosos y nada más. Su padre les había prohibido que

volvieran a la granja. Les había dicho que mientras no crecieran y aprendieran

modales no podrían regresar. Y que no podrían acercarse a los caballos

mientras siguieran difundiendo habladurías.

Su padre no solía ser tan severo. Por lo general era muy amable, el más

amable del mundo. Su madre también era simpática, aunque a veces podía ser

muy estricta. Su padre en cambio era especial. En ocasiones, cuando ella

intentaba expresarle lo mucho que lo quería, se quedaba sin palabras. Él solía decirle que la quería hasta el cielo y hasta la luna. Pero la luna estaba

demasiado cerca. Ella lo quería tanto que no podía describirlo.

De repente Jessica notó un olor raro. Apartó la manta y apoyó los pies en

el suelo. Estaba descalza porque era verano, pero esa noche hacía más calor

de lo normal. Le pareció oír voces agitadas. Voces de adultos. Pero no estaba

segura de si las oía en sueños o en la realidad.

Abrió la puerta y salió en silencio de la habitación. El olor se volvió más

intenso. Se le metió en la nariz y la hizo toser con fuerza. Con mucha cautela

bajó la escalera, tapándose la boca con la mano. Tuvo la precaución de no

pisar el peldaño que crujía, porque su madre podía enfadarse si la veía

despierta a esas horas.

Nada más llegar a la planta baja vio las llamas. El olor acre la hizo

lagrimear. Se estaba quemando el recibidor y la puerta estaba entreabierta.

¿Habría entrado alguien?

A través de la puerta vio el establo. También estaba ardiendo y se oían

débilmente los relinchos angustiados de los caballos.

Sin pensarlo, corrió a través del fuego en dirección a la puerta. Las llamas

la rozaron, pero no le prendieron la ropa. Con el corazón desbocado, atravesó

el patio hacia el establo.

Al acercarse oyó el chillido agudo de Estrella, su poni favorita, una

yegüita blanca con manchas grises y belfos rosas. Jessica adoraba a Estrella,

casi más de lo que quería a su padre. Había estado presente en su nacimiento.

La había visto dar los primeros pasos inseguros. La había alimentado con

biberón y su padre le había dicho que era toda suya. Su primer poni.

Estrella chillaba con más fuerza todavía, como tratando de llamar la

atención de sus hermanas estrellas en el cielo para que bajaran en su ayuda.

Los resuellos y relinchos de los otros caballos se mezclaban con los suyos.

Pero la puerta estaba cerrada. No podían salir. Las llamas se elevaban varios

metros desde el suelo hacia el cielo nocturno, lamiendo las paredes del

establo.

La puerta del establo estaba trancada. Con los ojos llenos de lágrimas

Jessica intentó levantar la tranca. Los angustiosos chillidos de Estrella

resonaban cada vez con más volumen, pero la tranca era muy pesada y estaba

demasiado alta para ella. Ni siquiera la pudo mover.

Sentía que el calor del fuego se acercaba a un ritmo acelerado, pero no le

importaba. Solo le preocupaba Estrella. Gritó de miedo y desesperación, rezó

como nunca lo había hecho, pero la tranca de la puerta no se movió ni un

milímetro.

Después sintió que alguien la apartaba de la puerta.

—¡No, no, no! —gritó agitando frenéticamente los brazos para soltarse,

pero las manos que la sujetaban eran demasiado fuertes.

—Tranquila, ven aquí. Ya es tarde. No puedes salvarlos.

Era la voz de su padre en sus oídos. Sus fuertes brazos en torno a su

cuerpo. Jessica lloró, gritó y le pegó a su padre en el pecho con los puños,

pero solo consiguió que la agarrara con más fuerza aún. Al final levantó la

cabeza. Sentía en la espalda la embestida del fuego.

—¿Mamá? —preguntó mirando la casa por primera vez desde que había

salido.

El incendio del recibidor ya no se limitaba a unas pocas llamas. El fuego

devoraba toda la casa y su crepitación era ensordecedora en la noche de

verano.

—Es demasiado tarde —dijo su padre—. Me he despertado cuando ya no

había nada que hacer. Pero tú y yo aún podemos salvarnos.

Hundió un momento la cara en el cabello de su hija. Después la levantó en

brazos y atravesó corriendo el patio. Jessica ya no tenía fuerzas para tratar de

soltarse. Lo había perdido todo. Solo le quedaban los brazos de su padre.

—Ha sido un accidente —dijo él—. No ha sido intencionado. La gasolina

era solo una amenaza, pero estaban furiosos. Decían que sus hijos les habían

contado que… No lo entiendo. Tiene que haber sido un accidente.

Jessica notó que hablaba sin creerse sus propias palabras.

La dejó en el asiento del acompañante de su coche, pero no le puso el

cinturón de seguridad. Cerró rápidamente la puerta, rodeó el vehículo, se

sentó al volante y arrancó.

En la oscuridad, a los lados del camino, se entreveían personas que los

observaban. Las llamas les desfiguraban las caras y no era fácil saber cuántas

eran. Al paso del automóvil se refugiaron en las sombras y permanecieron

inmóviles.

El coche cogió un bache y los faros iluminaron brevemente los rostros de

las misteriosas figuras. Jessica pudo verlos con tanta claridad como a plena

luz del día. Estaban boquiabiertos, contemplando fascinados el infierno que

habían provocado. Los reconoció enseguida porque los había visto llevar a

sus hijos a las clases de hípica.

De repente lo comprendió todo. Supo que los adultos habían iniciado las

llamas que ahora se elevaban al cielo. Pero Jessica había oído los rumores que

corrían en la escuela sobre su familia. Y sabía que en realidad los culpables

del incendio eran los niños, con su maledicencia y sus mentiras. Sabía incluso quiénes eran. Conocía sus nombres: Fredrik, Lovis, Josefin, Mauro, Vendela,

Henry, Karin, Tobias, Hugo, Jens y Janina.

—Juro… —dijo en voz baja, para sus adentros.

Pensó en Estrella, calcinada en el establo.

Y en su madre.

Era como si también sus entrañas estuvieran ardiendo.

—Juro que algún día os arrebataré lo mejor que tengáis —continuó, con

los dientes apretados.

Dejó de mirar hacia atrás. La decisión que acababa de tomar la había

serenado. Todo saldría bien.

Tenía un propósito.

Viajar en la oscuridad era como moverse por un túnel con solo un

pequeño círculo de luz al frente. Pero no tenía miedo porque estaba con su

padre. Todo saldría bien.

Su padre conducía a toda velocidad, más deprisa que nunca. Jessica bajó

la ventanilla, sintió el aire en la cara y cerró los ojos. El viento era cálido y le

acariciaba el rostro mientras avanzaban por el camino de grava. Aún se oía el

estrépito del incendio tras ellos. Pronto llegarían al puente. A Jessica le

encantaba el puente y el agua que fluía impetuosa debajo. A veces su padre

paraba el coche justo en medio para que ella se bajara a mirarla.

A Jessica la fascinaba la libertad del agua, que iba adonde quería y parecía

que estuviera viva. Era como el fuego, pero al revés, porque daba vida en

lugar de quitarla. Esperaba que también esta vez su padre se detuviera en

medio del puente, para que el rumor del agua sustituyera en su mente los

relinchos desesperados de Estrella. Pero su padre no redujo la velocidad. Al

contrario, aceleró hasta que ya no estuvieron en el puente, sino volando

libremente por el aire. Después el rumor del agua le llenó los oídos. Pero no le

sirvió de nada, porque seguía oyendo los gritos agudos de Estrella.

Y sabía que nunca dejaría de oírlos.

Terminaste La secta

Camilla Läckberg

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