La séptima lápida
Capítulo 4
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
resonó en la estancia. Metió una mano en el bolsillo y sacó la cadenita. Se la
puso ante el rostro. Fina y delicada, parecía el cabello de un ángel. En
cambio, su mano estaba cubierta de sangre, un guante rojo y brillante.
Sonrió y volvió a suspirar.
Ahora solo tenía que esperar a su amigo el abogado.
3
El abogado De Marco estaba de buen humor. Era una mañana espléndida, el
sol pálido y el aire frío hacían todo menos miserable: el barrio, las calles, las
caras. Por primera vez desde hacía mucho tiempo se sentía bien. Caminaba
rápido tratando de reprimir las ganas de dar saltitos. Las residuales dudas
morales, si es que las había sentido, habían desaparecido ante el desayuno: un
café sin azúcar y tres rayas de colombiana purísima. Lo mejor de lo mejor,
que le había pasado a crédito uno de sus camellos de confianza, un albanés
con la cara marcada que lo había mirado dudoso. Pero esta vez el abogado
había exhibido la sonrisa de las grandes ocasiones, la de los viejos buenos
tiempos, y le había asegurado que pronto, o mejor, prontísimo iba a saldar
todas sus deudas, las viejas y las nuevas. El albanés había decidido creerle.
Total, si no pagaba le iba a romper las piernas. Pero el abogado parecía
seguro de lo que decía, como si llevase en el bolsillo el boleto premiado de la
lotería. Un boleto que llevaba el nombre de Michele Vigilante.
Llegó al portal de su socio con una expresión obtusa estampada en la cara.
Dio tres timbrazos rítmicos, para dar cauce a la euforia que le había
provocado la coca. Entró silbando con alegría. Superó las barreras: puerta,
reja y portal blindado. Entró en la estancia subterránea con el cerebro todavía
embotado por la droga y la sonrisa estampada en los labios.
—¿Mika?
Miró a su alrededor excitado, sorbiéndose la nariz y frotándose las manos.
La habitación estaba aún más oscura de lo habitual, muchos monitores
estaban apagados.
—Mika, ¿dónde te has escondido? Tengo grandes novedades. Mejor de lo
que esperábamos.
Amagó un par de pasos inciertos. En la sombra vio una mancha oscura en
el suelo. Sangre. Un pensamiento le recorrió la mente. ¿Qué carajo ha liado
este búlgaro de mierda? Como se le haya ido la mano y lo haya matado, adiós
dinero.
Se movió rápido y alterado, adiós sonrisa, preocupado por su inversión.
La mancha de sangre seguía por detrás de uno de los escritorios, ancha y
brillante como una autopista. Demasiada sangre, decididamente demasiada.
Maldito búlgaro del car…
El búlgaro estaba allí, tirado en el suelo, congelado en su última agonía.
Se sujetaba el abdomen desgarrado. La boca abierta y la garganta rebanada.
Entre la coca y la adrenalina el cerebro del abogado se cortocircuitó. Veía
la escena, pero no la comprendía, como si los ojos se negaran a conectarse
con el cerebro. Era como mirar un cuadro, uno de esos colgados en las
iglesias en que se representa el sacrificio de los mártires. Solo puedes
contemplarlos con frío interés y tranquila admiración.
—¡Bienvenido de nuevo, abogado!
Umberto se volvió lentamente. Era inútil escapar.
El primer golpe con la botella de vodka le alcanzó en la sien. Se
sorprendió. No le dolió. No mucho. La botella no se rompió como en las
películas. Era vidrio grueso, material de calidad. Solo un ruido sordo y una
sensación de sacudida al movérsele la cabeza de lado.
El segundo golpe ni siquiera lo sintió. Solo percibió que las rodillas se le
doblaban y caía al suelo desnudo. Vio la sombra de Michele alzando el brazo
para el tercer golpe y luego nada más.
Impasible dejó la botella en el escritorio y estiró el brazo sacudiéndolo
ligeramente para soltar los músculos. Se sentía entumecido y cansado, había
perdido mucha sangre. El otro brazo era un cúmulo de dolor latiente que le
retumbaba en la cabeza y le enervaba. Mientras esperaba al abogado se había
desinfectado la herida con media botella de vodka y había logrado ponerse
una suerte de vendaje con la camiseta del ruso cortada en tiras. En conjunto
no era nada del otro mundo como cura médica, la herida se iba a infectar seguro, pero al menos había dejado de sangrar y la venda apretada le había
devuelto un mínimo de movilidad. Valoró la idea de otro trago de vodka, pero
lo descartó. Tenía droga en el cuerpo y tenía que tratar de permanecer lo más
lúcido posible. Todavía tenía muchas cosas que hacer.
Arrastró al abogado hasta la pared y le puso sentado. La espalda contra la
pared y la cabeza gacha. Le ató las manos con una de las bridas de Andréi. Se
apoyó sobre uno de los escritorios y gozó por un instante de la paz y el
silencio de aquella habitación.
Nadie había podido oír los gritos.
Umberto De Marco, letrado de renombre, abogado defensor de la Corte de
Casación y yonqui sin remisión, volvió en sí en unos minutos. Movió lento la
cabeza, balanceándola al ritmo de una música que solo oía él. Abrió los ojos
agitando los párpados para enfocar en la penumbra.
—Hola, Umbe’ —dijo tranquilo Michele.
El hombre tomó conciencia de la situación. No se lo podía creer, no le
parecía posible que toda la suerte se le fuera a la mierda tan rápidamente. De
los cielos a los infiernos. Una vez más. Otra vez el inútil viaje que había
hecho toda su vida.
—Hola, Michele. —Se sentía extraño. Tranquilo y resignado.
—¿Quieres decirme cómo cojones se te ha pasado por la mente? —En su
voz había una verdadera curiosidad.
El abogado no respondió. Tenía montones de justificaciones en la cabeza,
montones de motivos y excusas preparadas, pero sabía que él ya se las
conocía todas, así que se limitó a encogerse de hombros frunciendo los labios.
Volvió la mirada hacia su compadre con el vientre abierto en el suelo, luego
miró ante sí. Ahora era él quien tenía una pregunta. Una pregunta que no hizo,
que quedó suspendida en el aire.
—La cuchilla de tu maquinilla —respondió Michele—. La desmonté y me
la metí en la boca.
El abogado le miraba en silencio. Seguía sin comprender.
—Lo aprendí en la cárcel, Umbe’. Los marroquíes se la colocan entre las
encías y la mejilla para que no se las encuentren y la usan dentro como arma.
Si tienes cuidado consigues no cortarte. Algunos las envuelven con papel y se
las tragan, una manera como otra cualquiera de que te lleven al hospital. Yo,
después de la que me liasteis tú y tu amigo, me arriesgué a tragármela. Tuve
que meterme dos dedos en la garganta para expulsarla, y créeme que duele.
Umberto miró el cuerpo del ruso, pero permaneció en silencio.
—Es verdad, a él le ha dolido más que a mí…
No era una ocurrencia. Tampoco una ironía. Solo una fría constatación.
—¿Cuánto te había prometido Peppe el Cardenal?
El abogado puso los ojos en blanco. No era la pregunta que se esperaba,
pero tras un segundo de vacilación decidió contestar.
—Mucho.
—¿Dinero o droga?
—Ambas cosas.
—Siempre has sido codicioso. Te hubiera bastado con lo que te daba yo
—dijo Michele bajando del escritorio. Se acercó a su examigo mirándole
fijamente a los ojos y le registró los bolsillos de los pantalones. Encontró las
llaves de su casa y las de un Mercedes. Seguramente con los plazos vencidos
y próximo al embargo.
—¿Dónde está aparcado?
—Junto a la gasolinera.
Michele asintió, volvió al escritorio tocándose el brazo herido y empezó a
trastear con los juguetes del ruso.
El abogado apoyó la cabeza en la pared esperando en silencio. Se había
visto reflejado en los ojos de Michele y había comprendido que había vuelto a
ser el de antaño. Inútil pedirle clemencia o perdón. Ya había decidido cuál
sería su destino y quizá no le disgustara tanto: se había acabado, de un modo
o de otro, se había acabado. Nunca más llantos ni recriminaciones. Nunca más
los síndromes de abstinencia ni el frenesí de ponerse, los asuntos de dinero,
las súplicas a los camellos, los compromisos consigo mismo, las falsas
excusas para su conciencia muerta y sepultada. Nunca más.
De pronto se sintió ligero. No tenía familia, no tenía futuro, no tenía nada,
y la sorprendente consideración de que iba a acabarse todo en aquel momento
le hizo sonreír. Puede que Michele todavía fuera su boleto premiado de la
lotería.
Impasible se volvió empuñando el mismo bisturí con que había matado al
ruso. Quería ser coherente. El abogado cerró los ojos conteniendo la
respiración, percibió la sombra de su amigo que se acercaba y se inclinaba
sobre él. Le puso una mano en la frente sujetándole contra la pared.
Apretó los dientes preparándose para el dolor.
Y el dolor llegó. Desgarrador y sorprendente. Cruel e inesperado.
Michele le estaba cortando una oreja.
El abogado comenzó a aullar y a soltarse. No era eso lo que había
esperado.
Michele siguió con su trabajo, aunque no estaba particularmente
satisfecho. Umberto no paraba de moverse y el corte no era exacto ni limpio.
El ruso hubiera sabido hacerlo mucho mejor, descanse en paz.
Michele terminó lo que había empezado tirando la oreja cortada en mitad
de la habitación. El abogado seguía aullando y llorando. La sangre le corría
por el cuello y le caía por la camisa inmaculada. Empezó a boquear en tanto
las oleadas de dolor se iban atenuando. La herida latía y un calor desconocido
le subía a la cabeza. Miró a su amigo con los ojos turbios y la mente confusa.
El hombre frente a él tiró el bisturí al suelo.
—Hay un solo motivo por el que todavía estás vivo. Tienes que ir a casa
de Peppe el Cardenal y decirle que no se moleste tanto en buscarme, porque
en cuanto haya terminado lo que tengo que hacer seré yo quien le busque.
¿Me has comprendido?
El abogado se sentía a punto de desmayarse. Los ojos se le cerraban.
Michele se inclinó sobre él. Le agarró la cara con fuerza apretando los
dedos sobre la herida en carne viva. Quería estar seguro de que recibía el
mensaje. El abogado puso los ojos en blanco ante tanto dolor.
Michele le habló despacio.
—¿Me has comprendido? ¡Seré yo quien vaya a buscarlo! Siempre que no
llegue antes el Destripamuertos. Digamos que estamos haciendo una
competición y que el primer premio es su cabeza. —Luego sonrió; en el
fondo, aquella sombra oscura que le había reservado una lápida en el
cementerio empezaba a gustarle.
Umberto asintió, y en los ojos del otro no vio odio sino algo mucho más
cruel, conmiseración.
Impasible se volvió y sin añadir nada más salió de aquella habitación
cerrando el portal tras él.
El abogado se desmayó en la penumbra.
4
El inspector Lopresti había decidido que lo mejor que podía hacer en aquel
preciso momento era mirarse los zapatos en silencio y esperar a que pasase el
broncazo. Y, como él, también los otros habían optado por la misma sabia
estrategia. Hacía casi media hora que el jefe, el comisario jefe Taglieri, se
estaba desahogando salvajemente… Antes o después se cansaría de chillar.
La noticia del asesinato de los hermanos Surace había llegado rápida e
implacable como los cajones de fruta de su almacén. Los camioneros que
tenían que cargarlos y marcharse al reparto eran quienes habían encontrado
los cadáveres. Descargadores y mozos, que habían llegado antes de abrir, se
habían limitado a verificar que tendrían que buscarse otro trabajo y en nada
habían desaparecido entre la maleza que rodeaba el aparcamiento. Eran
inmigrantes clandestinos y trabajadores ilegales, ninguno quería problemas.
Alguien sin embargo había meado sobre los cadáveres, por darse un capricho.
La Científica aún estaba con las diligencias, pero la autoridad competente
ya había contactado con el comisario jefe Taglieri con una llamada de
madrugada que le había arrancado de su atormentado sueño. En realidad,
nadie había puesto en duda la paternidad de los hechos. Todo el mundo tenía
en mente el asunto de las siete lápidas de San Giuliano Campano.
Vigilancias y escuchas desgraciadamente habían resultado inútiles y quien
tenía que actuar lo había hecho con la más absoluta tranquilidad. Algo rápido
y limpio, pero en cualquier caso de gran efecto. Había poco que inventar; el
Sepulturero, como lo llamaban los periódicos, o el Destripamuertos, como lo
llamaban todos los demás en los bares y callejones, tenía cierto gusto por el
teatro: Vittoriano el Mariscal, muerto rezando ante su propia tumba; Bebè
colgado de la lámpara de su casa…
El inspector reprimió la leve sonrisa incipiente de sus labios. No quería
que el comisario jefe Taglieri lo notase y dirigiese su rabia contra él.
—… como si no bastase —seguía gritando—, los periódicos lo están
jaleando. —Cogió un fajo de diarios y los tiró sobre la mesa—. ¡Y es más!
Como el mundo está lleno de gilipollas, esta mañana alguien ha abierto una
página en Facebook dedicada al Sepulturero y en menos de tres horas ha
tenido más de treinta mil likes, y no os cuento los que la han compartido y los
comentarios… ¡Solo de pensarlo se me abren las carnes!
Todo el mundo miraba al suelo. Nadie quería ser quien hablara el primero
ni tampoco tenían nada que decir. Habían pasado cuatro días y seguían con
las manos vacías. Un fárrago de cotilleos, falsas pistas e indicios de poca
monta. Nada concreto, nada con lo que poder iniciar una investigación seria.
El jefe de la Móvil se acercó a la ventana escrutando desconsolado el
paisaje. Viejos edificios, coches aparcados en la acerca, tráfico
congestionado, farolas que empezaban a encenderse y cuatro árboles
desnudos y enfermizos. Sintió aumentar su dolor de cabeza. Se apretó con
fuerza el tabique nasal tratando de recuperar la concentración. Se había
saltado la comida y ahora empezaba a sentirse débil, pero no era momento de descansar. Había convocado aquella reunión de urgencia por un motivo
preciso y quería estar seguro de que sus hombres recibían el mensaje.
—Intentemos hacer balance de la situación —dijo sin volverse, sin dejar
de mirar el ir y venir de los coches y lamentando haber rechazado el puesto de
secretario del ayuntamiento por el concurso para comisario de policía—.
¿Qué sitios quedan libres en el cementerio?
Cozzolino, que al igual que los demás no había logrado concluir nada de
aquella investigación, tomó fuerzas y habló.
—Quedan Peppe el Cardenal, Gennaro Rizzo y… Michele Vigilante.
El comisario jefe asintió.
—Exacto. Peppe está escondido en su casa, no se mueve, y lo mismo sus
hombres, que están tranquilos y a cubierto. Ha llegado el momento de
llamarlo a jefatura, aunque sabemos que vendrá con su habitual cara de pobre
inocente perseguido. Me repetirá por enésima vez que él no es más que un
pequeño empresario, casi un indigente, devoto de la Virgen de Pompeya, y
que no tiene nada que ver con este feo asunto. Tiempo perdido, pero vamos a
probar. En cuanto a Gennaro Rizzo, esperamos un informe de la Interpol, pero
será la misma historia de siempre en los últimos años… «No se tienen
noticias del nombre mencionado. A día de hoy se desconoce su paradero…».
En cuanto a Michele Vigilante, la cosa es diferente. Tenemos novedades.
Lopresti lanzó una mirada a Corrieri. Vigilante era tarea suya. Su colega
se encogió de hombros dando a entender que no sabía nada.
—Hoy ha sido un día de grandes novedades. Además de los fusilazos a
los hermanos Surace, hace poco me han llamado de Milán para darme la
alegre noticia de que se ha encontrado el cuerpo destripado y degollado de un
fulano del Este de Europa.
Los hombres de Taglieri se miraron en silencio. Seguían sin comprender.
—Todavía no he recibido toda la documentación ni los informes del caso,
pero en los bajos de un edificio se ha encontrado el cadáver de un sujeto con
antecedentes penales. Un tal Mika Stojanov, con toda seguridad un nombre
falso sobre el que están trabajando los compañeros de Milán. Pero, en
cualquier caso, se trataba de un sujeto peligroso, implicado en tráficos
diversos, desde documentación falsa a contrabando de armas. Alguien del
edificio oyó gritos y llamó al 112, cuando los carabinieri llegaron al lugar
encontraron rastros de sangre en el portal y en el pasillo que llevaba al sótano.
Los bomberos tuvieron que forzar la puerta blindada y… el lugar parecía un
matadero. El cadáver estaba destrozado. Han tomado huellas y restos de
sangre de varias personas. Entre ellos los de Michele Vigilante.
Taglieri se volvió, mostrando una expresión seria y tensa.
—¿Qué noticias tenemos de las interceptaciones? —preguntó después de
una breve pausa.
Le tocó responder a Morganti.
—Sabíamos que Vigilante tenía conexiones en la ciudad. Un abogado,
alguien al que conocía de antes de entrar en la cárcel, un tal De Marco…
—Encontradlo.
Morganti asintió.
—Dos de vosotros os vais a Milán —continuó el jefe—. Dais apoyo a los
compañeros, pero vuestro único objetivo será encontrar a Michele Vigilante.
Me importa un carajo si en el momento del primer homicidio estaba en el
talego. En todo este teatro de títeres es uno de los actores principales y lo
quiero de nuevo entre rejas, que ya estaba muy acostumbrado y no le va a
impresionar.
Lopresti estaba dispuesto a ganar puntos jugando fuera de casa. Era
momento de redimirse, tenía que hacer que se olvidara cuanto antes el hecho
de que hubieran matado a los hermanos Surace justo cuando estaban a punto
de cogerlos. Pero en el momento de ofrecerse, ya casi a punto de levantar la
mano, encontró la mirada de su compañero Corrieri que le miraba con
expresión de súplica. Le quedó claro que él, próximo a jubilarse y con el
único deseo de estar en casa con su mujercita, no tenía ganas de embarcarse
en esa historia. Lopresti titubeó. Corrieri era el típico rajado, un aburrido
tocacojones y un vago, pero en el fondo, tuvo que admitir, también era una
buena persona.
El jefe lo miraba esperando una respuesta obvia que tardaba en llegar.
—¿Entonces?
Lopresti estaba a punto de ceder.
—Vamos mi compañero Annunziati y yo. Lopresti ha tenido problemas
con la cuestión de Michele Vigilante, puede que convenga una perspectiva
nueva…
El que había hablado había sido Morganti, ansioso por brillar ante los ojos
de Taglieri.
El jefe a su pesar asintió y Morganti se volvió hacia Lopresti sonriendo.
Una sonrisa irónica y cortante. Pretendía hacerle quedar como el cretino que
además de haber permitido que mataran a los hermanos Surace había perdido
a Michele Impasible.
El inspector se quedó sorprendido, se tragó el sapo y tomó nota
mentalmente del comportamiento de cabrón de su compañero.
Annunziati en cambio mantenía la mirada fija al frente. Una estatua de
sal. Estaba claro que se estaba esforzando por permanecer inmutable y no
reírse en su cara. Esos dos desgraciados debían de haber decidido hacía
tiempo aquel golpe bajo. Evidentemente sus pasados éxitos y su relación
privilegiada con Taglieri habían provocado bastantes dolores de estómago,
más de lo que se pudiera imaginar. Bueno era saberlo. Ahora tenía claro de
quién podía fiarse y de quién no.
Temperamental e instintivo, pero también leal y correcto, Lopresti se
sintió algo culpable por haber pensado mal de Corrieri en el pasado, cuando
era mejor que muchos otros. Falsos amigos que mueven el rabo a tu alrededor
cuando las cosas te van bien pero que en realidad están siempre dispuestos a
quitarte la silla.
—En cualquier caso, comisario, si se me permite —fue el mismo Corrieri
quien intervino, con su voz suave y obsequiosa—, hay otras novedades sobre
Vigilante.
En un segundo todas las miradas se concentraron en él. También Morganti
y Annunziati vieron de pronto entibiarse su triunfo.
El jefe de la Móvil se mostró escéptico.
—¿Cuáles?
—Lopresti y yo hemos tenido ocasión de intercambiar pareceres con
algunos compañeros de Antidroga, obviamente respetando al máximo el
secreto de la investigación. Nos han confirmado que al menos cinco de los
nombres presentes en las lápidas, es decir, Vigilante, Rizzo, los Surace y
Giuseppe Notari, o si se prefiere, Peppe el Cardenal, en el pasado habían
colaborado todos en ciertas actividades ilícitas, entre otras la introducción y
tenencia con fines de tráfico de grandes cantidades de estupefacientes. No
sería de extrañar que también los otros dos nombres hayan tenido algún papel
activo en los diversos tráficos.
Lopresti logró con dificultad ocultar su estupor tras una expresión absorta
y meditabunda, como de alguien que comprendía las profundas implicaciones
de la cuestión. En realidad, él no había hablado con nadie y de aquella
comunicación no sabía nada en absoluto. Pero le sorprendió la dialéctica de
Corrieri, que era más clara y pulida que un atestado de la policía judicial, y
sobre todo disfrutó viendo que los dos gilipollas de Annunziati y Morganti se
quedaban helados.
El jefe, por su parte, sintió que el dolor de cabeza aumentaba sin remisión
y las venas de las sienes le latían frenéticamente.
—¿Y me queréis explicar por qué hasta ahora no sabíamos nada? ¿No lo
habéis investigado?
—Claro que lo hemos hecho —explicó Corrieri—, pero se trataba de
antecedentes muy antiguos. De hace veinte años, antes de que Vigilante
entrase en prisión, y luego…
—¿Y luego? —le apremió Taglieri.
—… y luego los archivos fueron borrados.
La frase quedó flotando en la estancia, entre los calendarios de la policía
colgados en las paredes y la foto del presidente de la República mirándolos
desde lo alto. Las palabras se agigantaron, se volvieron pesadas y opresivas.
—¿Cómo que «borrados»?
—Alguien se metió en el sistema y borró los archivos de aquel período.
Solo dejaron los más recientes. Sobre cada uno de los siete sujetos.
—¿Y los expedientes en papel?
—También han desaparecido.
El comisario jefe Taglieri volvió a apretarse el tabique nasal entornando
los ojos.
—Deja que lo entienda. Alguien entró y lo borró todo…, pero para
acceder al banco de datos ¿no es necesario introducir una contraseña? Y cada
vez que se accede ¿no quedan registrados en la máquina la hora, la fecha y el
usuario que utiliza el sistema?
—Sí, exacto —confirmó Corrieri con un hilo de voz.
—¿Y entonces se puede saber quién ha sido el que ha entrado y ha
montado este follón?
Corrieri estaba en un aprieto y Lopresti seguía en silencio, muerto de
vergüenza.
El jefe empezó a perder la paciencia.
—¡Inspector, dígame inmediatamente quién es el que ha entrado en el
sistema!
—Benedetti. El usuario y la contraseña son los del subcomisario Angelo
Benedetti. La entrada al sistema y el borrado de los archivos sucedieron el
lunes, poco después del homicidio de Vittoriano Esposito.
Benedetti era una persona tranquila, padre de familia y apasionado del tiro
al plato. Había entrado en la policía a mediados de los años ochenta, había
estado en los destinos más candentes: Campania, Calabria, Sicilia. Él iba
siempre donde se le necesitaba, sin protestar y con una sonrisa en los labios.
Era respetuoso con sus superiores y amable con los compañeros, preciso y
puntual, seguro y de confianza, un policía de la vieja escuela. Alguien con quien era imposible no estar de acuerdo. Todas magníficas cualidades. Menos
una.
Estaba muerto.
Fulminado por un infarto hacía tres semanas, justo mientras participaba en
un torneo de tiro al plato.
Todos los que se encontraban en la sala habían asistido a su funeral y
aportado los habituales diez euros para la corona de flores. Cozzolino había
estado incluso entre los que habían llevado a hombros el féretro cubierto con
la bandera tricolor.
El jefe no dijo nada. Volvió a la mesa y se dejó caer pesadamente sobre el
sillón de polipiel. Nadie se atrevía a respirar. Disero y Cozzolino solo querían
estar lejos, Morganti y Annunziati ya no veían motivos para regocijarse,
Corrieri y Lopresti ya no buscaban ningún reconocimiento por su trabajo.
Todos habían comprendido lo que estaba sucediendo. Aunque ninguno
quería creérselo.
En la comisaría había un topo.
5
Hola, preciosa.
La voz de Michele volvía estridente de su pasado. Una voz joven y alegre que
atravesaba los últimos veinte años para volver a golpearlo. Una voz suave y
cortante, con un claro deje de maldad.
Con ella, la imagen de una chica. El rostro era un óvalo indefinido, un
contorno disgregado y trémulo. Los colores cálidos, difuminados, como en
esas viejas películas caseras amarilleadas por el tiempo.
Era hermosa. Muy hermosa. El cabello castaño largo suelto sobre los
hombros. Los ojos oscuros y profundos. La piel del rostro lisa y blanca, como
de porcelana, los pómulos salientes, pronunciados. La boca carnosa y
poderosa. Debía de ser una maravilla cuando sonreía. Pero en aquel momento
no sonreía en absoluto. Miraba recelosa a aquel chico frente a ella.
¿Nos conocemos?
Claro. Tú eres Milena, la chica de Franco.
Sí.
No recordaba haberlo visto nunca, como tampoco recordaba al otro joven
que se acercaba cruzando la calle.
Soy Michele y este es mi amigo Gennaro. Franco nos pidió que
viniéramos a buscarte para llevarte en coche.
No me hace falta, gracias. Tengo moto. Y Franco lo sabe.
El tono de ella era tirante. Aquellos dos no le gustaban, al igual que no le
gustaba el coche con el motor en marcha a sus espaldas.
Michele sonrió. Una sonrisa de depredador, bajo dos ojos negros que
seguían clavados en la muchacha.
Franco sabe muchas cosas. Pero apuesto a que algunas se le olvidan. Así
que vamos, que se nos hace tarde.
Michele la cogió del codo haciendo el gesto de acompañarla. Ella se soltó
con violencia. Pura rabia.
Pero ¿de dónde habéis salido? Dejadme en paz, que os monto un
escándalo que no os podéis ni imaginar. Empiezo a chillar y baja medio
barrio.
Michele se rio. La cocaína le había pegado a base de bien. Le estaba
subiendo y le estaba afectando. Se pasó la lengua por los labios y las encías.
Los sentía medio dormidos, pero estaba bien así. Además, aquella chica le
gustaba. Tenía huevos.
Gennaro Rizzo, a su lado, miraba a izquierda y derecha, vigilando que no
viniese nadie a joder. A Michele en cambio se la resbalaba, solo tenía ojos
para la chica: para las ondas del pelo que le caían y se rizaban sobre los
hombros, para la cazadora vaquera desteñida y ceñida, para la bufanda de lana
violeta… y para la cadenita de oro del cuello, fina y delicada, con un pequeño
crucifijo colgando, como el cabello de un ángel.
Michele inclinó ligeramente la cabeza a un lado. Luego su mano saltó
rápida aferrando la garganta de Milena. De la boca de ella salió un grito
ahogado, sus ojos se abrieron de par en par, de miedo. Los dedos del hombre
la apretaban con fuerza, se le hundían en la carne, las uñas le arañaban la piel.
La muchacha se aferró al brazo que le estaba cortando la respiración en un
inútil intento por soltarse.
Gennaro se les acercó en silencio. Se aproximó de costado y le soltó a
Milena un puñetazo en pleno estómago. La muchacha se dobló como un
junco. Las rodillas cedieron, pero él la sujetó rápido por el pelo, agarrándola
con fuerza.
Eh, señorita, no. No te caigas al suelo, que luego hay que recogerte. Lo
que tienes que hacer es seguirnos en silencio, sin tocar los cojones. ¿Está
claro?
Milena tenía la cara completamente roja. Del rabillo del ojo le caían dos
lágrimas. Tenía las venas del cuello hinchadas.
Miche’ , suelta, si no esta revienta.
Pero Impasible no oía las palabras de su compadre, era un manojo de
nervios. Sujetaba su presa con el brazo rígido de espasmo. Los músculos del
antebrazo comenzaron a temblar. Notaba la cadenita de la muchacha
enganchada entre los dedos. Sentía la viscosidad de la sangre en la mano.
Miche’, suelta, que se está ahogando. ¡Miche’, suelta!
Gennaro Rizzo lo sacudió. Él aflojó los dedos lo mínimo indispensable
para dejar respirar a la muchacha. El aire le llegó a los pulmones como una
especie de remolino. El pecho subió desbocado, antes de que Michele
volviese a apretarle la garganta.
Has oído a mi amigo, ¿no? Ahora vienes con nosotros sin rechistar.
La muchacha no hablaba. No podía. El miedo y el dolor le habían nublado
la mente y cerrado la boca. Puede que todavía esperara que la dejaran en paz,
que la dejaran marcharse con la moto, que la dejaran volver con su Franco.
Pero aquellos dos no tenían la más mínima intención de dejarlo, no habían
hecho más que empezar y querían ponerse manos a la obra, y allí en medio de
la calle era demasiado arriesgado.
Gennaro hizo un gesto hacia el coche, que se acercó despacio. Al volante
iba Bebè, sin tripa y todavía con todo el pelo, años antes de que alguien le
colgara de la lámpara de su casa. Detrás los hermanos Surace, con caras
jóvenes y ávidas. Bajaron del coche todavía en marcha y se subieron a toda
prisa a la moto de Milena, la arrancaron con un golpe de pedal y se la llevaron
lejos por los callejones del barrio. Seguro que para quemarla en cualquier
descampado.
Michele y Gennaro arrastraron a la muchacha hasta el coche y se
montaron en los asientos de atrás sujetándola inmóvil en el medio. Bebè los
miró por el espejo retrovisor.
¿Todo en orden, Miche’?
Claro, guaglio’. Todo en orden. Solo falta que ese gilipollas se mueva.
De detrás de una esquina llegó corriendo el vigía del grupo. El que había
dado vía libre a la operación. Un joven, imberbe y timorato Giuseppe Notari,
que todavía no se había convertido en Peppe el Cardenal. Entró delante y
cerró a toda prisa la puerta del copiloto.
¡Vamos, vamos!
¡No, espera!
El tono de Michele no admitía réplica y Bebè se detuvo en seco antes de
meter la primera y darle gas. Impasible sacó la cabeza por la ventanilla
mirando hacia arriba. Hacia los balcones y las ventanas de los edificios, pero
no vio a nadie. Ni gritos ni nada de medio barrio bajando a la calle. Solo se
oyó el ruido de una persiana cerrándose: alguien había decidido que era mejor
ocuparse de sus propios asuntos.
Michele le hizo una señal a Bebè y el coche arrancó rápido.
La muchacha respiraba con dificultad, tenía profundas marcas en el
cuello. La sangre le había manchado la cadenita y el borde de la camiseta.
Lloraba en silencio. Se dobló sobre el asiento, todavía sintiendo que se
ahogaba.
Gennaro sonreía satisfecho y Michele miraba fuera del vehículo. Notaba
una extraña sensación: a él también empezaba a faltarle el aire. Los efectos de
la cocaína se estaban desvaneciendo, había comenzado la fase de bajón y
necesitaba volver a esnifar. Abrió ligeramente la ventanilla, pero la situación
no mejoró, es más, los sollozos de Milena se le metían en la cabeza y le
martilleaban el cerebro. Inspiró para llenarse los pulmones, mientras el coche
desaparecía entre los callejones.
Otra misión cumplida.
6
El abogado De Marco estaba hasta arriba.
Tirado en el sofá de polipiel, seguía embadurnando de sangre los raídos
cojines bordados de ganchillo. Miraba extasiado las luces de la araña que
temblaban y se fragmentaban ante sus ojos, encerradas en bombillas de vidrio,
entre pesadas lágrimas de fino cristal que lanzaban reflejos multicolores. Las
contemplaba con una sonrisa alelada siguiendo cada fulgor como si fuesen
montones de maravillosos arcoíris que habían de conducirlo al tesoro. Pero
allí de tesoros y cofres llenos de monedas de oro no había ni rastro; solo un
aire viciado, denso, estancado. A su alrededor se movían unos hombres de
modales bruscos e impacientes.
La decoración de la habitación se había quedado estancada en los ochenta.
Un pesado aparador de madera atiborrado de horribles adornos, una sucesión
de bomboneras y marcos de plata de gente probablemente muerta hacía un
siglo. A la entrada del salón, una pareja de ancianos aguardaba en silencio,
uno junto al otro como perros abandonados. Marido y mujer con la cabeza
baja, perfectamente conscientes de que en su casa no tenían derecho a hablar. Alguien los acompañó a la cocina sin muchos miramientos. Debían quedarse
allí esperando, tomarse un café y no molestar.
Umberto tenía únicamente una vaga percepción de lo que estaba
sucediendo. En el lugar donde se encontraba le habían endiñado dos
inyecciones en el brazo, entre los otros agujeros, viejos y nuevos. Después de
la primera el dolor se había atenuado, lo sentía lejano y sordo como las
oleadas de la resaca. Después de la segunda su cabeza había empezado a
flotar, las luces de la araña se habían vuelto relucientes y las voces alrededor
confusas. No había logrado identificar de qué droga se trataba, pero era buena
y quería más.
Junto al sofá, de un perchero de latón colgaba una bolsa llena de líquido
transparente. Siguió con la mirada turbia el tubito que terminaba en su vena.
Gota a gota. Luego vio una sombra inclinarse hacia él y una voz que le
llegaba de lejos.
—Abogado, ¿me oyes? Soy yo, Giovanni. Ahora el doctor te va a coser,
pero tienes que decirme dónde está Impasible, y me lo vas a decir ahora. ¿Me
has comprendido?
Asintió, al tiempo que su mente comenzaba a nublarse. La imagen de
Michele cortándole la oreja con el bisturí del búlgaro le volvió de pronto a la
cabeza provocándole un estremecimiento de frío. Se sentía débil y confundido
debido a la sangre perdida y por las magníficas drogas que le habían
enchufado en vena, pero con todo reconoció la voz de Giovanni Treccape.
La voz de su hombre. El que según sus planes iba a cubrirle de dinero. Y
sin embargo…
Umberto sonreía mientras un presunto médico trataba de suturarle la
herida de cualquier manera.
—Abogado, ¿me oyes? ¿Has entendido? ¿Pero de qué te ríes?
Treccape empezaba a perder la paciencia.
—De nada, Giovanni, de nada. Pensaba en cuando te llamé… Cogí el
móvil y me lo puse en la oreja… ¡solo que la oreja no estaba! —Y volvió a
reírse. Una carcajada histérica, aguda, poco natural. Aquel hombre estaba a
punto de hacerse pedazos.
—Abogado, Michele. ¿Dónde está Michele Impasible?
Pero él seguía carcajeándose mientras el médico cosía la carne lacerada
con amplios y repetidos movimientos.
—No lo sé. A mí me dijo que quería documentos para irse a España.
—Mmm… A España. ¿Y dónde?
Esta vez De Marco no respondió. Ni sabía ni quería. Su único deseo era
dejarse llevar de una vez para siempre. Aquella droga era estupenda.
Treccape estaba evaluando seriamente la idea de arrancarle la otra oreja
para hacerle hablar cuando el timbre de la puerta lo distrajo de sus afectuosos
propósitos.
Don Aldo entró en la habitación con el pelo engominado, recuerdo de
juventud, bien fijo en la cabeza, y la chaqueta oscura perfectamente
abotonada. Avanzó con paso lento, ayudándose con el bastón, acompañado
por un par de jóvenes. Treccape se sorprendió al verlo. No sucedía todos los
días que un hombre de su rango se ocupase personalmente de aquellas cosas,
y era casi imposible que Don Aldo abandonase su oficina-bar, donde decidía
la suerte de su organización. Pero el caso era que ahora se encontraba frente a
él y contemplaba con cara de asco a aquella larva sonriente que una vez había
sido un abogado de renombre.
Giovanni se acercó inclinando la cabeza en señal de respeto. Don Aldo le
puso una mano paternal en el hombro.
—¿Entonces?
—Dice que quería ir a España. Puede que para escapar del Sepulturero y
alejarse de su plaza en el cementerio.
Don Aldo adoptó una expresión de duda.
—¿Tú crees? —le preguntó a su hombre de confianza.
—No lo sé. Fugarse no es su estilo, pero tantos años de prisión pueden
cambiar a una persona.
—No a Michele Impasible. No hasta ese punto.
Giovanni debió admitir para sus adentros que Don Aldo tenía razón.
Como siempre.
—Entonces, ¿qué tenemos que hacer?
—Nosotros, nada. La organización ni sabe ni debe saber. No nos
mezclamos en asuntos de otros.
Giovanni estaba en un lío, quería actuar, hacer algo, aquellos eran asuntos
que lo incumbían y de qué modo. No podía permanecer quieto esperando. Iba
a protestar, siempre con el debido respeto, pero Don Aldo se anticipó a sus
palabras.
—Si luego quieres tomarte unos días de vacaciones y reunirte con nuestro
amigo, sobre todo para asegurarte de que está bien y no ha recibido una visita
de su pasado…, un pasado que acaba de salir del talego y al que le gusta