La séptima lápida

Igor de Amicis · Capítulo 8 de 16 · parte 1/3

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La séptima lápida

Capítulo 4

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

4

Se veía a lo lejos, por las calles desiertas

 

Viernes, 22 de enero de 2016,

San Vicente mártir, condenado a los suplicios más crueles

 

1

 

No era que a los hermanos Surace les hubieran importado algo alguna vez las

frutas o las verduras, pero tenían que mantener las apariencias, al menos un

mínimo, lo estrictamente necesario para impedir que cualquier cretino se

pusiese a hacer demasiadas preguntas o a meter la nariz en asuntos que no les

concernían.

De modo que Antonio y Ciro de vez en cuando, a eso de la medianoche,

hacían una ronda de control por la nave de venta al por mayor. Entre

camiones y carretillas elevadoras, manzanas y naranjas, berzas y lechugas. En

el fondo, ¿qué puede haber más inocente y saludable que la fruta y la verdura?

Dan esa indefinida sensación de bienestar natural, de vuelta a los orígenes,

que dibuja una sonrisa en el rostro y deja estúpidamente tranquilo. El hecho

de que fuese un método de distribución de cocaína por media Italia era algo,

al fin y al cabo, que solo les importaba a ellos y a nadie más.

Incluidos los maderos.

Antonio Surace, llamado el Gordo por sus ciento treinta kilos de carne y

grasa, caminaba apático pelando una mandarina mangada de una de las cajas

apiladas. Ciro Surace, llamado el Mammà por su devoción filial, caminaba a

su lado supervisando en silencio una serie de albaranes de entrega. Su

almacén, uno de tantos, estaba desierto. Solo un par de senegaleses,

rigurosamente clandestinos, barrían el suelo de cáscaras y fruta podrida con la

cabeza baja. Los grandes palés formaban una maraña de pasillos, un laberinto

de esquinas y revueltas, y los dos hermanos se movían como los personajes de

un videojuego de los años ochenta. Desde el techo, largos neones proyectaban una luz débil e incierta. El aire era frío y húmedo. Era la hora de cerrar,

apagarlo todo e irse a dormir. Aquel lugar volvería a cobrar vida pocas horas

después, antes del alba, pero obviamente sin su presencia, dado que siempre

se levantaban tarde. Los habían acostumbrado así desde pequeños y ahora que

ya tenían una edad no era cuestión de cambiar de hábitos.

Ciro sonrió triste mientras supervisaba los últimos documentos. Un

destello del pasado. Su madre, Doña Amelia, cuando los despertaba por la

mañana con el café con leche. Una caricia en la frente y una palabra cariñosa.

Y los dos, aún guaglioni, se daban la vuelta en la cama y pedían quedarse un

poco más. Ella fingía enfadarse, pero luego les dejaba.

Se detuvo distraídamente mirando un contenedor de basura. Su madre

había muerto hacía poco más de un año y él no se había recuperado. Había

sido lo más importante de su vida. No lo más, lo único, había sido todo. Los

había criado sola después de que mataran a su marido. Siempre la habían

tenido cerca, los había espoleado, los había aconsejado, los había amado.

Había sido la primera en alegrarse cuando comenzaron a hacer carrera en el

clan, su más fiel defensora, y sabían que no la habían decepcionado.

Le habían dado muchas satisfacciones.

Una nueva casa, rica y suntuosa. Joyas, pieles. Pero sobre todo el respeto

del barrio. No había guaglione que no saludase con devoción a Doña Amelia,

que no supiese quién era y qué significaba. Incluso los otros clanes le

mostraban respeto. Y ella lo sabía y lo apreciaba.

Pero luego llegó la enfermedad.

Y esa no respeta a nadie.

—Ci’, ¿qué te pasa?

Apartó la vista del contenedor sucio y miró a su hermano, que le

observaba preocupado.

—Nada, Anto’…

—¿El Destripamuertos?

—No, mamá.

Antonio sonrió tirando al suelo la media mandarina. Pasó un brazo sobre

los hombros de Ciro y recordó que era el hermano mayor.

—Oh, Ci’, no pienses en cosas tristes. Todavía tenemos tarea y mamá

querría que nos centrásemos en el trabajo. ¿Has terminado con los albaranes y

las facturas?

—No, todavía no. Pero se me han quitado las ganas.

—Pues déjalo. Que mañana siga el contable. Vámonos a casa, que es tarde

y me encuentro fatal. Creo que la mandarina no me ha sentado bien.

Ciro miró sonriendo a su hermano, su tripa prominente y su doble papada.

—Conque la mandarina, ¿eh? —dijo irónico.

—Mmm…, me parece que sí. Es droga dura.

Ambos soltaron una carcajada. Ciro llegó hasta un pequeño despacho

hecho de plexiglás y paneles modulares, tiró los folios sobre el escritorio,

cogió el chaquetón de piel y volvió junto a su hermano. Los dos se dirigieron

a la salida.

—De todas maneras, si vas a pensar en cosas malas, todavía nos queda el

engorro de tener que elegir. —Antonio trataba de ser irónico, pero en sus

palabras planeaba el miedo.

—¿El Destripamuertos?

Más que una pregunta era una afirmación resignada.

—Ese, pero también el Cardenal nos va a tocar las bolas.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que ese dentro de poco va a querer que volvamos al

pueblo a besarle el culo. A que mostremos que le tenemos respeto, así los

demás miserables correrán a hacer lo mismo. Uno tras otro. Una larga y

ordenada fila de besaculos.

—Anto’, me parece que esa mandarina te ha sentado mal de verdad.

—Deja en paz la mandarina. Y piensa en lo que te he dicho. Me he

hartado de bajar la testuz delante de Peppe. ¿Te acuerdas de lo cagón que era

de guaglione?

Ciro asintió sonriendo, su hermano continuó.

—Y ahora se las da de gran capo porque tiene un ejército de niñatos que

primero disparan y luego se mean. Niños de teta presuntuosos. Solo piensan

en la coca y no comprenden nada de negocios, creen que un punto de

trapicheo se gestiona como un puesto de pescado. No saben cómo pasa de

manos la droga y cambian de una familia a otra según sopla el viento…

—Venga, Anto’, que también nosotros a su edad éramos niños de teta

presuntuosos.

—¡De eso nada! Nosotros éramos codiciosos, irritables, impacientes, pero

nunca presuntuosos. Nosotros sabíamos lo que era el respeto y a quién

tenérselo.

Ciro lo miró dubitativo. Él recordaba su juventud de otra manera.

Recordaba a todos a los que habían pisado para poder subir cada vez más alto.

A los enemigos que habían mandado al cementerio y a los amigos a los que

habían traicionado. También ellos habían cambiado de familia, afiliándose a

uno u otro clan para ganar siempre más. También ellos habían disparado sin pensar. Pero en cualquier caso no tenía ganas de ponerse a discutir con su

hermano. Que quisiera una nueva versión de su juventud no tenía nada de

malo, se lo merecía. Ya tenía una edad y desde arriba las cosas parecen

diferentes: se confunden, se mezclan y por último se pierden. Todo puede

tomar una nueva forma, se plasma y se modela según los deseos, la realidad

se convierte en un fardo inútil.

—¿Recuerdas el primer trabajo que hicimos?

Ciro asintió. Claro que recordaba la primera vez que habían matado. No

es algo que se olvide. Era un asunto de protección no pagada. Un empresario

de la construcción. No era un pez gordo y el dinero tampoco es que fuera

mucho, pero montaba mucho follón, se había metido en una asociación contra

la usura y andaba haciendo declaraciones en actos públicos y en televisión.

Ellos no estaban saliendo muy bien parados y, antes de que a otros también se

les ocurrieran ideas extrañas, era mejor cortarlo de raíz. Eran dos guaglioni en

ascenso, se habían ganado cierta consideración y el clan quería ver si

merecían ascender. Los matones fueron solo los dos hermanos y se les

concedió máxima libertad de acción: tenían que llevar a cabo el trabajo, si era

posible públicamente, para dar ejemplo. Antonio, en parte por carácter y en

parte para demostrar que era el mayor, hacía alarde de determinación; Ciro,

en cambio, no estaba convencido, y aunque sabía que antes o después llegaría

aquel momento, que no podían limitarse a traficar y recaudar la protección

eternamente, tenía dudas y no dormía por las noches. Pero por suerte Doña

Amelia vino en su ayuda y, con la infinita dulzura que solo una madre puede

dar, le explicó que a veces hay cosas que se tienen que hacer y punto. Y así

fue. Un trabajo rápido y limpio. Sencillo como todos los trabajos bien

realizados.

Lo sorprendieron al volver a casa. Tres disparos. El tercero en la cabeza,

zanjando la cuestión. El clan quedó satisfecho y ellos se ganaron el respeto.

Fue el primer fiambre, pero no era una actividad que los apasionara, aquello

era más bien cosa para Michele Impasible o Gennarino Rizzo, a esos sí que

les divertía. A los hermanos en cambio les iba más el tráfico, las relaciones y

los negocios.

A lo largo de su carrera habían hecho muchas cosas, sorteando dudas y

remordimientos, y siempre con la bendición de mamá. Todas excepto una.

Una que Doña Amelia no debería haber sabido nunca y que ahora, después de

veinte años, se les venía encima como un disparo por la espalda.

Los Surace se estaban dejando llevar por los recuerdos. Allí, de noche, en

la puerta de un almacén de frutas y verduras del bajo Lazio, entre cajones de fruta que escondían uno de los mayores tráficos de cocaína de Italia. Pero era

el momento de dejarlo, si querían tener un futuro debían abandonar el pasado.

Antonio lo sabía. Como todo buen hermano mayor, su tarea era dar

ejemplo, guiar, aconsejar. Puso una mano sobre el hombro de Ciro,

reteniéndolo aún un momento antes de salir al aparcamiento de la zona

industrial.

—Verás, Ci’, llevo un tiempo pensando en algo. No sé si te va a gustar.

Pero hoy por hoy no podemos hacer otra cosa y es la mejor solución.

El otro lo miró confundido.

—Nos tenemos que ir —siguió Antonio—. Abandonarlo todo y dejar este

lugar.

Ciro cada vez se mostraba más asombrado.

—¿Y dónde quieres que vayamos? Ya hemos huido hasta aquí.

—Ya, pero aquí es como estar a la vuelta de casa. El Destripamuertos

tarda dos horas en llegar hasta aquí, hace su trabajo y se vuelve donde cojones

sea. No, Ci’, nos tenemos que ir de verdad, desaparecer en serio.

—¿Y Peppe el Cardenal?

—Que él se arregle sus mierdas. Estoy cansado de Peppe. Nosotros nos

vamos y si te he visto no me acuerdo. Que con los follones que tiene no va a

venir a buscarnos. Y si el Destripamuertos lo encuentra…, problema resuelto,

nosotros dentro de unos años podemos volver a casa y a lo mejor ocupamos

su lugar. Y quién sabe, puede ocurrir también que al final con todo este follón

nos convirtamos nosotros en los nuevos capi. ¿Te gusta la idea, eh…, cómo

suena? Don Ciro Surace.

Antonio miraba a su hermano con ojos entornados y una media sonrisa.

Igual que cuando eran pequeños e iban a mangar cigarrillos al puesto de la

plaza. Una sonrisa a la que Ciro no sabía resistirse.

—¿Y dónde querrías irte, Anto’?

—¿Y todavía me lo preguntas? Donde tenemos nuestro dinero. En

España.

Los hermanos Surace, bien educados por la madre en los principios del

ahorro y la previsión, a lo largo de los años habían sisado en cientos de

partidas de droga, cada vez que esta cambiaba de manos de un grande a un

pequeño proveedor algo de dinero caía siempre en sus bolsillos. Tampoco

demasiado, no fueran a descubrirlos, sino lo justo por los riesgos que asumían

y por los cabrones, como Peppe el Cardenal, a los que tenían que soportar.

También seguían extorsionando, más en recuerdo de los viejos tiempos que

por necesidades reales, impuestos honorables que de un modo u otro podían ser restituidos. Porque eso de ir por ahí dando escarmientos ya no les apetecía.

Así que, en veinte años de honrada carrera criminal, además de lo realizado

en los clanes, habían logrado reunir ingresos extra que habían invertido en el

exterior. Una especie de fondo de pensiones para cualquier contingencia, nada

excesivo ni demasiado aparente. Un par de restaurantes, un establecimiento

de baños, cinco o seis apartamentos y acciones minoritarias en algunas

grandes sociedades, serias, fiables. Todo registrado a nombre de un testaferro,

obviamente.

Como les había enseñado mamá.

Ciro se quedó pensándolo. La idea de tomarse un descanso no le

disgustaba en absoluto, hacía años que trabajaban demasiado y Antonio

además tenía ese problemilla del corazón, un poco de reposo no le iba a sentar

mal.

—¿Dices que a España? —rumió en voz alta.

—¡A España! Playa, sol, mar y mujeres, y nos volvemos cuando todo

haya pasado.

—¿Y si no pasa?

—Si no pasa nos quedamos en España. Seguirá habiendo sol, mar y

mujeres. ¿Cuál es el problema?

Los hermanos se dirigieron al aparcamiento dejando el portón blindado de

la nave abierto. Faltaba poco para que llegara el primer camión de la mañana,

pero además nadie tenía el valor de robarles.

Ciro caminaba delante, con mil pensamientos en la cabeza. Antonio le

seguía detrás y sabía que estaba a punto de convencerle. Conocía a su

hermano y sabía que ya iba a ceder. Llegaron al Porsche Cayenne con los

cristales tintados. No eran unos apasionados de los coches, pero sabían que la

imagen y los símbolos contaban, y que también con el coche hay que

demostrar quién es el que manda.

Ciro abrió la puerta del conductor. La cabeza baja mirando un punto

cualquiera del interior del habitáculo. Permaneció de pie, en silencio. Antonio

tenía abierta la puerta del copiloto y miraba a su hermano menor, jamás

hubiera hecho nada sin él. Los Surace siempre iban juntos.

Mamá lo hubiera querido así.

Ciro subió la cabeza. En su cara apareció una enorme sonrisa.

Antonio sonrió también. Estaba hecho.

Ciro, cargado de adrenalina, dio con la palma de la mano en el techo.

—¡Vamos a España! —gritó.

Antonio alzó una mano al cielo como un gran torero.

—¡Olé!

 

El disparo de la carabina hizo estallar el cráneo de Ciro.

Un fragor lejano y mitigado. Una nube de sangre. La cabeza que rebota de

lado con violencia. El cuerpo que rueda golpeando contra el vehículo y luego

cae silencioso al suelo. Un montón de trapos viejos y cerebro.

Antonio quedó boquiabierto ante el rostro de su hermano hecho pedazos.

La sangre saltando a borbotones. La sonrisa congelada en una exclamación de

alegría mientras la frente se abría como la cáscara de una nuez.

El segundo disparo lo alcanzó en las piernas. Antonio esperó un instante

de más, allí inmóvil de pie aferrado a la puerta. El proyectil de la carabina le

destrozó la rodilla derecha. Un disparo perfecto. Cartílagos, huesos y sangre

se mezclaron con el aullido de dolor.

Cayó al suelo con sus ciento treinta kilos. Intentó levantarse agarrándose a

la puerta para meterse en el habitáculo del coche. Último intento del instinto

de conservación. El culo gordo sobresalía mientras intentaba arrastrarse al

interior.

Otro disparo más. Esta vez en la rodilla izquierda. Entró por la parte

posterior y salió por delante, dejando un agujero negro donde antes había

estado el menisco. El grito de Antonio llenó el Porsche y al final su cuerpo

obeso resbaló sobre el asfalto. Se tumbó en posición supina tratando de

arrastrarse hacia la entrada de la nave; las rodillas deshechas dejaban dos

líneas de sangre sobre el asfalto, paralelas y brillantes bajo las luces de las

farolas.

Antonio se arrastraba aullando y esperaba un golpe de gracia que no

llegaba.

Se acercó a la entrada, a la salvación.

Gritó ronco y desesperado:

—¡’Uaglio’, deprisa! ¡Venid aquí!

Dos senegaleses se asomaron al portón con las escobas en la mano.

Miraron a su empleador tirado en el suelo. El mismo que siempre les había

llamado «perros» y «monos». Uno de los dos fue a acercarse a Antonio, el

otro le sujetó por un brazo indicando algo frente a ellos, pasado el

aparcamiento, pasado el SUV con las puertas abiertas, pasadas las franjas de

sangre que conducían a Antonio.

El hombre avanzaba con paso resuelto. Sin correr. Tranquilo y silencioso.

Se había tomado el tiempo necesario para guardar la carabina y se había encaminado a través de la maleza y los campos sin cultivar que rodeaban la

zona industrial. Había recorrido los cien metros que lo separaban de sus

blancos y ahora entraba en el aparcamiento de la nave. Iba vestido de negro.

Los brazos colgando a lo largo de los costados y en la mano derecha una

pistola. Una Beretta. Una semiautomática de corto retroceso.

Quince cartuchos de calibre 9 milímetros Parabellum.

Antonio, entre el dolor y el miedo, sintió los pasos tras de sí y se volvió

revolcándose por el suelo como un cerdo, las piernas inertes y sin vida.

—¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de mí? ¿De dónde sales?

El hombre vestido de negro permaneció en silencio, mirándolo desde

arriba.

—¡Te pago! ¡Te pago! ¡Te doy todo lo que quieras! ¡Detente, te lo ruego!

¡Te lo ruego!

El hombre levantó el brazo recto, alineando alza y mira, apuntando a la

cabeza del mayor de los hermanos Surace.

—¡Oh, mamma mía! ¡Oh, mamma mía! ¡Socorro, mamma!

El hombre de negro sonrió.

—Tienes razón, la familia es importante. La familia lo es todo —dijo con

voz ronca.

El disparo de pistola resonó en el aparcamiento. El proyectil se clavó entre

los ojos de Antonio y su cabeza cayó al suelo con violencia y ruido de huesos

rotos.

El hombre volvió a disparar. Dos disparos al corazón. Luego levantó la

vista hacia los dos senegaleses que lo miraban demudados. No dijo nada. No

hizo nada. Se volvió en silencio y se fue andando entre la maleza y los

campos sin cultivar que rodeaban la zona industrial.

Los negros miraron el cuerpo en el suelo. Volvieron al almacén, cogieron

sus cosas y desaparecieron para siempre.

 

2

 

El verdadero nombre de Mika era Andréi, o mejor, Andréi Vasílievich

Volkov, y evidentemente no era búlgaro. Había nacido a principios de los

años setenta en lo que había sido la Unión Soviética. En la ciudad de

Novosibirsk, en el Distrito federal de Siberia, entre el hielo silencioso del

invierno ruso y las industrias metalúrgicas que proveían a un continente

entero. Su padre le había llamado Andréi en honor al príncipe Andréi

Nikolaévich Bolkonski, su personaje favorito de Guerra y paz. Había sido un individuo complejo y contradictorio, cautivado, a su pesar, por el regio

pasado zarista, pero devotamente fiel a los dogmas del Partido Comunista, y

así le había dado el nombre de un hombre fascinante e inteligente, que presa

de la cruel seducción de la guerra había abandonado a su mujer encinta para

irse a combatir contra las tropas de Napoleón Bonaparte, lo que le llevaría a

vivir un largo camino de elevación espiritual, que lo conduciría, a través de la

desilusión y el amor correspondido por la joven Natasha, a encontrarse a sí

mismo en un nuevo campo de batalla.

Andréi, alias Mika, no era un príncipe, no había abandonado a ninguna

mujer encinta y sobre todo no había combatido en Austerlitz contra el

emperador francés, sino mucho más sencillamente en Chechenia, entre

cuerpos torturados y atados con alambre de espino y fosas comunes

excavadas con el buldócer. Él no había experimentado ninguna iluminación,

ninguna llamada espiritual o camino de redención. Solo había comprendido

que lo que hacía le gustaba. Había descubierto el gusto por la sangre, el sutil

goce del sufrimiento del otro, la orgullosa omnipotencia de decidir sobre la

vida y la muerte. A partir de esta nueva conciencia, el paso hasta convertirse

en mercenario había sido muy corto. Desertó del ejército, cambió de nombre

y bandera y se ofreció al mejor postor. Había combatido en todas partes

donde hubiera guerra, en África y Oriente Medio, en los Balcanes, y luego de

nuevo en Chechenia, en la segunda guerra de independencia, pero esta vez en

la parte de los chechenos, que le pagaban en dólares por matar a sus hermanos

rusos. El asunto no suponía un problema. Ya no.

Andréi nunca había dejado de pensar con nostalgia en los gloriosos

tiempos de la guerra y la batalla, incluso ahora que habían pasado los años y

se había tenido que moderar. Demasiados enemigos y un pasado abultado le

habían hecho comprender que tenía que dejar que las aguas se calmaran antes

de volver a combatir. Por eso había decidido establecerse en Italia. Había

pasado unos años por el talego, aunque por nada importante. Luego se había

lanzado a los nuevos negocios, de pequeños fraudes a falsificación de

documentos, tráfico de drogas y tráfico de armas al por menor. La nueva vida

no le satisfacía, se sentía desperdiciado, como un gran artista obligado a hacer

de pintor de brocha gorda. Aquello era lo que le había deparado la vida y

tenía que aceptarlo, al menos por el momento, pero no le impedía mantenerse

en forma.

En lugar de un puto pintor de brocha gorda, él era un genio renacentista

de la tortura, un profeta del sufrimiento.

Andréi sonrió, divertido por sus pensamientos infantiles. Miró alrededor

la penumbra de la habitación, los ordenadores encendidos y los aparatos de

vídeo. Aquel se había convertido ahora en su refugio del mundo exterior, de

los fantasmas armados del pasado, pero también de las figuras grises del

presente. Odiaba a aquellas personas: empleados, comerciantes, amas de casa,

obreros, dependientes. Todos idénticos a sí mismos, con vidas iguales,

pensamientos iguales, casas, coches, hijos, perros iguales. Todos repetidos

hasta el infinito, como reflejo de un túnel de espejos. Sonrientes o lastimeros,

felices o tristes, siempre eran inexorablemente falsos. Fantoches de cartón

piedra, con una existencia lineal y simple. Un largo hilo recto tendido desde el

nacimiento hasta la muerte, sin recodos, sin nudos, sin sentir el sabor de la

sangre y la batalla, sin estar vivos. Su vida, por el contrario, había sido un

ovillo inextricable. Un amasijo informe de odio, miedo, goce, violencia. Y, en

el fondo, aunque encerrado en aquella mierda de refugio, sabía que la amaba.

Se sirvió un vaso de vodka. Del bueno, no la porquería que había

endiñado el día anterior al abogado y a su amigo. Total, ellos no eran rusos y

no iban a apreciar la diferencia. Se lo bebió con gusto, chascando los labios.

Se acordó de Impasible, el napolitano. Él era diferente, no un personaje

gris. Era como él, un combatiente. Alguien que había probado el gusto de la

sangre. Se había dado cuenta enseguida, lo había olido. Tenía los ojos negros

sin expresión, como un pozo donde puede desaparecer un cadáver.

Lo que hacía todo aquello precioso. Por fin un adversario digno de él.

Andréi se sirvió otro vaso y abrió uno de los armarios metálicos del

refugio. Sacó un bulto de tela tosca, verde militar. Lo dejó sobre una de las

mesas y se sirvió otro trago paladeando el momento; luego aflojó las cintas

con que estaba atado. Lo extendió sobre la mesa con una mezcla de estupor y

sensualidad. Sonreía, sus ojos brillaban.

Era feliz.

Los instrumentos brillaron a la luz tenue de la penumbra. Hojas afiladas y

acero reluciente. Los conservaba como un tesoro, como una reliquia de los

años pasados. De tanto en tanto, cuando era presa de la nostalgia, volvía a

jugar con ellos, los acariciaba con melancolía, pasando las yemas de los dedos

por el borde afilado de la hoja, poniéndoselos con pasión en la garganta.

Imaginando, recordando. En ocasiones se había cortado. Sin dolor. Soltando

una gota, un fino reguero de sangre que daba sentido a aquellos instrumentos

tan amados.

Los miró con deseo. Hojas curvadas y rectas, dentadas y lisas. Muchas

habían sido robadas en las salas de operación de los campos de batalla, otras habían sido adquiridas por puro deleite. Andréi se demoraba en escoger,

gozando en la espera como un amante atento que se emplea con pasión en los

preliminares. Otro trago de vodka y una amplia sonrisa. Había elegido.

Un instrumento particular. Afilado y curvo. Pequeño y manejable. Ideal

para intervenir con precisión. Ya lo había usado hacía poco tiempo, nada más

llegar a Italia, con una prostituta de no recordaba qué país. Una espléndida

experiencia que le había reportado grandes satisfacciones. La chica había

acabado en un vertedero a las afueras de la ciudad. Pero luego,

desgraciadamente, había tenido que renunciar a aquellos pasatiempos,

demasiado arriesgados en tiempos de paz.

Ahora tenía curiosidad por descubrir nuevas aplicaciones y usos para

aquel instrumento. Lo mismo se inventaba algo. A fin de cuentas, ¿no era un

artista? Y un artista siempre sabe improvisar, experimentar, crear.

Por ejemplo, si tenían que entregar a Michele a unos compradores, en

ninguna parte estaba escrito que tuviera que conservar los ojos.

 

Preparó una nueva jeringuilla de propofol, aunque luego lo desechó. Si lo

sedaba, acababa para él toda la diversión. Recuperó la llave del cuarto de los

juegos. Se dio cuenta a su pesar de que estaba excitado, sentía bajo los

pantalones la dura presión de una fuerte erección. Sonrió.

El amor no se gobierna.

Quitó el candado y abrió la pesada puerta de metal. Una lengua de luz

penetró en la estancia.

 

Michele estaba tumbado en el suelo. La espalda contra el pavimento, las

piernas estiradas y los brazos sobre la cabeza. La boca cerrada, el mentón

cubierto de baba y de sangre. No daba señales de vida.

Andréi se preocupó, evidentemente debía de sufrir algún tipo de

intolerancia al propofol. El ruso hizo una mueca. Comprobó las ligaduras que

le ataban las muñecas y luego le puso una mano en la garganta para

comprobar el pulso. Estaba vivo. Su inversión estaba asegurada.

Se permitió una sonrisa, aferró con fuerza el instrumento de acero.

Hubiera sido necesario despertarlo para poderse divertir. No sabía bien por

dónde comenzar. Solo en otra ocasión había sacado los ojos, pero había sido

en el campo de batalla y lo había hecho deprisa utilizando un viejo cuchillo deforme. Ahora era diferente, tenía el instrumento adecuado y todo el tiempo

que quisiera.

Se sentó a horcajadas sobre el estómago de Michele. El prisionero gimió.

El ruso consideró que se trataba de una posición decididamente

inconveniente, pero el asunto no le incomodaba, empuñó de nuevo el

instrumento y se tocó entre las piernas. Su erección parecía haber aumentado.

Luego, después de jugar, tendría que ocuparse de ella.

Levantó uno de los párpados de Michele, vio el blanco de los ojos y las

pupilas negras e inmóviles. Todavía estaba inconsciente. Decidió comenzar

de igual modo, el dolor lo despertaría.

Se inclinó sobre Michele. Casi rozándole la cara, respiración contra

respiración.

Acercó la hoja curva…

 

Las pupilas de Michele se movieron. Lo contemplaron en la penumbra.

Ambos hombres se miraron. Michele sonrió. Algo brillaba atrapado entre sus

dientes. Una cuchilla.

Los brazos del prisionero saltaron de repente. Atados con las bridas,

agarraron la nuca del ruso en un violento abrazo.

Michele tiró hacia abajo de su enemigo aplastándolo contra sí. El brazo

armado quedó atrapado entre los dos cuerpos. Michele fue rápido. El cuerpo

dispuesto y cargado. Un muelle a presión que por fin podía liberar toda su

agresividad. El ruso se había dejado coger desprevenido, el deseo y la

presunción le habían hecho vulnerable. Trató de soltarse, pero era inútil. Todo

sucedió demasiado rápido.

Michele le bajó la cabeza con rabia, apretó más aún los dientes y posó un

beso cruel en uno de los ojos del ruso.

La cuchilla cortó lo que se podía cortar: párpado, pupila, los labios de

Michele y el orgullo de Andréi.

El dolor fue desgarrador. El ruso empezó a aullar con la cabeza sujeta por

una mordaza y el hierro lacerándole la carne. Michele meneaba con fuerza la

cabeza. Quería asegurarse de que estaba haciendo daño. Sentía la sangre del

ruso empaparle la boca y el mentón.

Movió el cuerpo de lado. Escupió la cuchilla en un coágulo de saliva y

sangre. Se arrastró rápido hacia la salida de la habitación. El ruso se llevó las

manos a la cara. La sangre le manaba entre los dedos. El dolor se había

apoderado de cada parte de su cuerpo. Michele salió tratando de cerrar la puerta. El ruso se levantó aullando y se lanzó contra él. La puerta se abrió de

par en par con estruendo. Michele perdió el equilibrio en la sala de los

ordenadores. El ruso cayó al suelo de rodillas. Michele le dio una patada en la

cara, se volvió, vio la tosca tela militar verde y el brillo de las hojas afiladas.

Se hizo con una y logró cortarse las ligaduras.

El ruso otra vez de pie avanzó hacia Michele. Medio rostro cubierto de

sangre. Todavía empuñaba en las manos la cuchilla curva. Michele había

agarrado un bisturí y estaba dispuesto a jugársela hasta el final.

Se miraron un momento. Estudiándose en silencio. Eran conscientes de

que uno de los dos no saldría vivo de allí. Michele estaba dispuesto a morir o

matar. Lo estaba desde hacía mucho tiempo, desde una noche en que la

muerte lo había despertado en el silencio de su catre en la cárcel. Andréi no

contemplaba esa idea, solo quería vengarse, matarlo, hacerle sufrir. Sentía lo

que le quedaba de ojo latir como una masa informe de dolor que le

martilleaba el cerebro. Estaba enloqueciendo. Ya no le importaba el dinero,

los clientes del abogado podían irse a la mierda. Solo quería venganza, como

únicamente un soldado ruso puede quererla.

Comenzaron a moverse en círculos. Brazos extendidos y la mirada fija en

el adversario. Michele trataba de desplazarse hacia el lado derecho de Andréi,

puesto que su adversario tenía menor visión por el ojo herido. El ruso se

movía a saltos. Demasiado dolor, demasiada rabia. Asestó el primer mandoble

sin mirar y sin miedo. Michele lo esquivó de pura suerte. Vio la hoja lanzar

un tímido reflejo al rozarle la cara. Intentó una estocada. Solo un amago para

evaluar los reflejos del adversario. Andréi se movió rápido, la adrenalina era

el titiritero que tiraba de sus hilos.

Michele probó una estocada más decidida. Vio al ruso balancearse

retrocediendo y trató de aprovecharse. Se movió rápido hacia delante

descubriendo su guardia y entendió demasiado tarde que era una trampa. La

hoja curva del mercenario le penetró rápida en el antebrazo. Un cuchillazo

seco, semejante a un latigazo que te abre un tajo. Michele apretó con fuerza el

bisturí. Logró no perder el arma a pesar de que el dolor le estallaba en el

cerebro. Retrocedió rápido y vio una mueca en el rostro desfigurado de

Andréi. La lucha con el cuchillo era su gran pasión, solo por detrás de la

tortura, fruto de su juventud en el ejército ruso.

Ahora estaban a la par.

Michele sentía cómo le temblaba el brazo. La hoja había entrado

profundamente y él se taponaba la herida con la otra mano, moviéndose torpe

alrededor del ruso. Por un instante se vio a sí mismo con los ojos de la mente: entregado a un sanguinario cuerpo a cuerpo con un sádico militar del Este, en

el centro de una estancia entre ordenadores y cables, en un sótano bajo las

calles de Milán, después de por fin salir del talego. Se le escapó una carcajada

histérica, alucinada.

Andréi no comprendió. Pero ante la duda atacó de nuevo. Un golpe rápido

y preciso en el rostro. Michele se apartó con un segundo de demora. Sintió un

leve ardor en la mejilla y enseguida correrle la sangre por la cara. Solo un

arañazo, pero suficiente para tomar nota de que el ruso era demasiado para él.

Entendió que si quería salir de aquella situación tenía que estar dispuesto

a sacrificar algo de sí. Tomar conciencia de ello no lo alteró demasiado, en el

fondo sabía de sobra que todo tenía un precio y que tendría que pagarlo cada

día de su vida. Se movió torpe y sin coordinación, llevando el hombro

izquierdo hacia delante, en un desmañado intento de ataque. El ruso lo

esquivó con facilidad, fluido y armonioso, desentendido de su herida, avanzó

a la izquierda, hacia el hombro descubierto de Michele, y atacó.

Un golpe feroz, intencionado. La hoja curva se hundió en el hombro con

facilidad. Se clavó profundo, cortando tejidos y músculos. El dolor le sacudió

de inmediato. Michele aulló.

Había sacrificado algo de sí. Había pagado su precio.

El brazo se le dobló como un muelle y se agarró a la muñeca del ruso.

Pero en vez de oponerse y buscar alejarse de aquella hoja que se hundía, se

aferró a ella con fuerza tirando hacia sí, haciendo penetrar el acero templado

aún más a fondo. Andréi no tuvo tiempo de asombrarse, se había inclinado

hacia el adversario y esperaba su resistencia, no su apoyo. Se echó hacia atrás

instintivamente, aumentando la distancia del cuerpo a cuerpo y

descubriéndose.

Los golpes de Michele fueron inmediatos, de abajo arriba, directos al

vientre de Andréi. Sintió el bisturí hundirse con facilidad en el estómago del

ruso. Impasible se movió histérico y rabioso. Uno. Dos. Tres golpes. Cada vez

más hondos, todos en el vientre. El ruso no tuvo tiempo de gritar, las palabras

se le morían en la garganta, solo un sollozo se abrió paso entre sus labios.

Pero no era dolor, era sorpresa, puede que admiración. Hasta la cuarta

estocada no logró parar el brazo de Michele, pero ya era inútil. El bisturí

había excavado, cortado, lacerado. Sentía los músculos abdominales

contraerse en espasmos incontrolados y un calor desconocido subirle por el

estómago.

La mano izquierda de Michele tenía sujeta la muñeca del ruso a la altura

de su hombro, con una hoja de acero profundamente clavada. Su muñeca derecha estaba sujeta por Andréi. Estaban enganchados el uno al otro, en un

macabro ballet, pero Michele sabía que no iba a durar, los golpes se habían

dado a conciencia y pronto todo habría terminado. La resistencia del ruso se

hizo cada vez más débil. Michele sintió la presa del ruso hacerse más suave y

no vaciló. Dio un tirón liberando la muñeca y hundió de nuevo el bisturí.

Entró fácil, pero esta vez no echó hacia atrás el brazo, tiró hacia arriba

rasgando carne y ropa.

Andréi puso los ojos en blanco y abrió de par en par la boca, pero

tampoco en aquel momento gritó. Soltó la presa del hombro de Michele

dejando caer el brazo. Las piernas se le doblaron y el cuerpo se desplomó. Se

plegó sobre sí mismo en posición fetal, mientras un charco de sangre se

extendía en el suelo. Impasible sentía el pecho jadear frenético. Suspiró

profundamente mirando a su enemigo.

Dolor. Miedo. Adrenalina. Sangre. Un torbellino incomprensible en su

interior.

El ruso jadeaba cada vez más lento. Se sujetaba el estómago desgarrado

tratando de parar la hemorragia, pero la sangre se le escurría entre los dedos y

cada vez estaba más pálido. Michele se miró el hombro herido. Se apoyó en

una de las mesas, agarró la hoja curva que todavía tenía clavada dentro y con

cautela se la sacó. Otra vez el dolor reventándole en la cabeza. Tuvo miedo de

desmayarse. Tenía que permanecer lúcido. Vio la botella de vodka abierta

sobre un escritorio. La cogió por el cuello. Le dio un largo sorbo. Sintió las

heridas de la boca arderle al contacto con el líquido.

Mejor, así se desinfectarían.

Se acercó al ruso en el suelo sujetándose el brazo herido, pero sin soltar el

bisturí.

—La cadenita.

Tenía la voz débil.

El ruso alzó la cabeza. Le faltaba el aliento y tenía la mirada perdida. El

dolor le había arrasado definitivamente.

Michele se acercó todavía más.

—¡La cadena! ¿Dónde cojones has puesto mi cadena?

El ruso murmuró algo incomprensible.

—’Uaglio’, si quieres que te mate deprisa tienes que decirme dónde está

la cadena.

Ambos sabían que con aquellas heridas el ruso moriría, pero que lo haría

al cabo de mucho rato. Iba a ser una muerte larga y dolorosa. Michele le

proponía un fin rápido sin más sufrimientos. Un intercambio equitativo.

Andréi lo sabía y aceptó el acuerdo.

—Escritorio… seg… segundo cajón.

Simple y previsible .

Michele hurgó y encontró lo que buscaba. Se la metió en el bolsillo.

Volvió hasta Andréi, se inclinó y sin vacilar le cortó la garganta. Un tajo

rápido y profundo, mientras el ruso le miraba. Un borboteo de la boca

totalmente abierta. La sangre seguía extendiéndose sobre las baldosas

gastadas.

Andréi murió a los pocos segundos.

Michele estaba cansado, débil, herido. Dejó caer al suelo el bisturí, que

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