La séptima lápida
Capítulo 5
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
5
Protegido por su sufrimiento
Sábado, 23 de enero de 2016,
Santa Emerenciana, virgen y mártir
1
El rostro de la Virgen era un óvalo perfecto. Un rostro de alabastro levemente
inclinado hacia un lado, buscando con la mirada la rosada figura de su hijo. El
Salvador, rodeado de luz divina, alzaba el rollizo bracito de niño impartiendo
bendiciones a pastores y viajeros que se inclinaban ante su presencia. Entre
ambos aleteaba la luz, difusa y mística, del Espíritu Santo, bajo forma de una
aureola dorada.
Giuseppe Notari, para todos Peppe el Cardenal, no lograba apartar los ojos
de aquel cuadro, pero lo que lo encadenaba no eran los colores vívidos y
cálidos de las pinceladas, los tupidos y mullidos drapeados de las vestiduras
de la Virgen o la compuesta plasticidad de las formas, sino la absoluta,
consciente devoción de aquellos hombres frente a lo divino.
Y era eso lo que él quería para sí.
Sumisión absoluta.
Había comprendido desde hacía tiempo que fuerza y violencia eran los
guardianes ciegos del poder. Siempre dispuestos a dejar que se les escapara de
las manos. El poder no podía ser solo impuesto, debía nutrirse de consenso,
hundir las propias raíces en el interior del alma de sus afiliados, en el interior
de la parte más íntima y oscura de cada cual, para guiarlos en la
inquebrantable convicción de que él era el jefe. Solo así le guardarían
obediencia.
Echó una última mirada al rostro adorador de los pastores, hizo una rápida
señal de la cruz y se levantó de su reclinatorio personal. Había terminado sus
meditaciones de la mañana.
La sala estaba envuelta en el tenue claror de los cirios votivos. Encendidos
a decenas, creaban rincones de luces y sombras y las llamas danzaban a cada
mínimo soplo de aire transformando las formas de la estancia. Un fuerte olor
a cera mezclado con incienso flotaba por todas partes.
Giuseppe miró a su alrededor desbordante de orgullo. Estaba rodeado por
una infinidad de cuadros, marcos dorados plagados de detalles preciosos,
colores degradados por los siglos. Imágenes de santos y ángeles que lo
miraban mudos mientras él, complacido, inclinaba la cabeza en señal de falsa
humildad. Aquella era su colección personal de arte sacro, su mayor tesoro,
una joya de belleza. Había hecho saquear decenas de iglesias para poderla
reunir. Capillitas perdidas en pueblos humildes que custodiaban maravillas
insospechadas, sin medida de seguridad alguna a no ser una portada maltrecha
con un cerrojo herrumbroso. Los muchachos del clan se habían aplicado con
celo y habían batido campos y suburbios a la búsqueda de las pinturas para
después entregárselas en muestra del debido vasallaje.
Aquella Virgen con el Niño era el último presente de sus hombres. El más
hermoso. Había merecido el lugar de honor frente al reclinatorio. Giuseppe se
acercó a la pintura para poderla admirar una vez más. Alzó el brazo tratando
de imitar el gesto de bendecir del Salvador y por un momento fantaseó con
que los devotos pintados en el cuadro habían llegado desde quién sabe dónde
para postrarse ante él. Se sacudió aquella imagen de la mente y esbozó una
débil sonrisa, pensando no obstante que alguien estaba a punto de inclinar la
cabeza ante él. Alguien… Michele Impasible.
Para Peppe siempre había sido una espina clavada. Desde niños, desde
cuando fingía ser su amigo fiel, desde cuando todavía no era consciente del
destino que le esperaba. Michele era un chulo presuntuoso y por eso merecía
ser sacrificado en el altar de su poder, el suyo y el de Gennaro Rizzo. Juntos
habían prendido la hoguera destinada a quemar a Michele Vigilante, y había
sido magnífico.
Unos ruidos metálicos interrumpieron sus pensamientos. Alguien estaba
bajando al Sanctasanctórum, el búnker secreto que se extendía bajo tierra
mucho más allá del perímetro del edificio que se podía ver a nivel de la calle.
Una red de salas y galerías donde se accedía por un garaje custodiado por dos
hombres armados y un sistema de videovigilancia. Un muro de cartón piedra
discurría sobre unos carriles escondiendo lo que parecía un simple trastero y
sin embargo era el acceso a un refugio perfecto, inaccesible y seguro. Ni
siquiera el Destripamuertos lograría nunca entrar allí.
En la penumbra Peppe vio avanzar a Salvatore Cuomo, uno de sus
hombres más fieles. Fornido y con una calva reluciente, se había ganado el
poco lisonjero apodo del Bola, pero al Cardenal le traían sin cuidado las
apariencias, había encontrado en él obediencia y capacidad y había querido
premiar ambas. Con el tiempo, el Bola había dejado de provocar risas y
bromas, gracias al boss se había ganado el respeto en el barrio. Respeto que
no obstante tenía que seguir ganándose todos los días.
—’Uaglio’, ¿pero tú no tenías que estar en Milán? —le preguntó el
Cardenal.
Salvatore no dudaba de que el Don ya sabía, pero tenía que ser él quien se
lo contara. Tragó fuerte buscando valor, los ojos fijos en el suelo de mármol.
—Acabo de volver…
—¿Y qué novedades hay?
—No buenas, Zio. No buenas.
Salvatore tuvo la impresión de volver a ser un crío, cuando ante el cura de
la parroquia tenía que confesar sus pecados, pero esta vez la penitencia no se
limitaría a cuatro avemarías y un padrenuestro.
—Impasible se ha escapado —dijo.
Don Giuseppe no replicó. Inmóvil en el centro de su reino, esperaba.
—Hice como me dijiste tú por teléfono. Les advertí a los calabreses de
que estábamos buscando a Michele y de que iba a subir yo a despachar el
asunto. Pero cuando llegué al apartamento del abogado me lo encontré vacío
y patas arriba, con un emisario de Don Aldo haciendo guardia en el portal.
Por un momento el Cardenal perdió su imperturbabilidad.
—¿Y qué sabían los calabreses del abogado?
—No lo sé, Zio. Yo no les había dicho nada. Pero parece que De Marco se
dirigió a ellos para venderles a Impasible. Pensaba que lo tenía cogido por las
pelotas y quiso joderle con un tío del Este, pero Michele asesinó al eslavo y se
escapó montando un cristo. En el barrio había policías por todas partes y no
pude hacer nada.
—¿Y el abogado?
—Lo cogieron los calabreses. Traté de decirles que quería hablar con él,
pero me dijeron que ni hablar. Y que a ese gusano le quedaba poca vida y
entonces…
—¿Y entonces?
—Y entonces me volví, Zio. Michele ha desaparecido, nadie sabe dónde
se esconde, ni los calabreses. Probablemente el abogado ya está bajo tierra.
El Cardenal sintió subirle la rabia por dentro.
—Hay una cosa que no entiendo, Zio —añadió el Bola—. ¿Qué tienen los
calabreses contra Michele? ¿Por qué el abogado ha acudido a ellos?
—’Uaglio’, además de no haber hecho nada a derechas haces demasiadas
preguntas. Y además estúpidas, empiezo a pensar que lo mismo te he
sobrevalorado y no mereces mi amistad.
Salvatore sintió un escalofrío, aquellas palabras se parecían mucho a una
condena y se apresuró a intentar recuperar la estima del boss.
—No, disculpa, Zio, tienes razón, como siempre. Me olvido de que solo
debo hacer lo que tú me digas.
Giuseppe asintió satisfecho recordando los viajeros arrodillados. Hizo un
gesto vago y distraído con el brazo, como espantando una mosca, aquella era
la señal de que la conversación había terminado y el Bola podía irse. Pero el
hombre estaba ansioso por mover el rabo frente a su patrón.
—Zio, fuera en la puerta está el ‘uagliuncello de costumbre. ¿Qué hago?
¿Le hago pasar?
—Es verdad, hazlo pasar. ¿No sabes que es lo más importante del día?
Antes eras tú quien tenía que esperar fuera y no él.
Cuomo, bamboleando la panza blanda, corrió hacia las escaleras que
conducían al piso de arriba y abrió la trampilla en el techo. Un chavalito de no
más de doce años bajó los escalones rápido como un gato. Tenía el cabello
negro y despeinado, una expresión seria y solemne y los ojos le brillaban de
felicidad. Ocuparse de los asuntos de Don Giuseppe Notari era un gran honor;
en el barrio ya se había corrido la voz y hasta su madre ahora lo miraba con
orgullo y empezaba a tratarlo como a un hombre.
El chico llevaba los brazos extendidos y algo en el hueco de las manos
cerradas. Se acercó al boss, que lo miraba con indulgencia.
—Ya estoy, Don Giuseppe. Disculpe el retraso.
—No te preocupes, ‘uaglio’, sé que no es culpa tuya. Todo bien, ¿verdad?
—Todo bien, Don Giuseppe. Con usted, siempre.
El chico abrió las palmas de las manos y apareció una cajita de metal, una
antigua pitillera de oro y esmalte, finamente labrada, con una flor de lis
grabada en el anverso. Don Giuseppe la cogió y le tendió al muchachito un
billete verde de cien euros, que él cogió agradecido pero mostrando
contención, luego se inclinó rápido a besar el anillo del Cardenal y le dio las
gracias. Después, ágil como había entrado, salió del refugio subiendo de dos
en dos las escaleras metálicas que llevaban arriba.
Giuseppe Notari quedó gratamente sorprendido por el gesto del
muchacho. Muchos años atrás, tras una breve permanencia en la cárcel en que había corrido falsamente la voz de que había experimentado una crisis
mística, el populacho ignorante y crédulo le había atribuido el apodo de
Cardenal, sinónimo de respeto y poder, además de denotar una relación
privilegiada con lo divino. Consciente de los beneficios de semejante
creencia, había hecho de todo para alimentar las habladurías y así había
nacido su notable y pública devoción. No se perdía ni una misa dominical,
sentado en primera fila, hacía donaciones a la Iglesia preocupándose de que
todo el mundo lo supiera, y no había procesión que no tuviese estación ante su
casa para que él pudiera inclinarse.
Se miró la mano izquierda. En el meñique destacaba un grueso anillo de
oro con un rubí rojo en el centro. Lo había visto en un cuadro en la mano de
un antiguo purpurado y había decidido agenciarse uno idéntico. El orfebre le
había pedido una cifra descabellada, pero él, en lugar de pegarle un tiro en la
cabeza por la afrenta, le había pagado el doble a fin de que, por casas y
callejas, corriera la voz de su magnificencia. En cualquier caso, unos meses
después, esa misma joyería fue atracada, el hombre fue pateado hasta morir y
sus propiedades habían terminado en manos del Cardenal.
Giuseppe pensó que el chavalillo prometía. Habría que supervisarle, podía
empezar encargándole algunos trabajillos sin importancia. Y luego quién
sabía…, lo mismo un día ocupaba el sitio del Bola, que todavía seguía allí con
la mirada baja como un perro apaleado. Esas maneras desvalidas y sus fallos
empezaban a hartarlo.
—Salvato’, ahora te vas todo buenecito a un rincón, que tengo que hacer.
Y, para el futuro, recuerda que no quiero oír más excusas ni preguntas
estúpidas.
Cuomo se marchó al fondo de la sala y se quedó de pie, quieto como un
mendicante, esperando a que el Cardenal terminase con lo que estaba
haciendo.
El Don necesitaba que el Bola se quedara allí mirándolo en silencio.
Como antes el chavalillo, él era otra marioneta del guiñol que había
orquestado con tanto esfuerzo y necesitaba un testigo dispuesto a hablar, a
alimentar su imagen. Se volvió hacia el cuadro de la Virgen, abrió la pitillera
de oro y sacó fuera el círculo blanco que contenía.
Era una hostia. Una hostia consagrada.
Todos los días el muchachito robaba una de la iglesia de Don Franco.
Aquel miserable sacerdote que se había negado a ir a su casa para darle la
comunión solo porque era lo que era, olvidándose de quién mandaba de
verdad. En aquel momento no podía salir a causa del Sepulturero, tenía que permanecer a cubierto y resolver a su modo la situación. No quería, desde
luego, tener el mismo final que aquellos dos hermanos retrasados, los Surace,
que en paz descansaran. Así que había resuelto de aquel modo el asunto de la
devoción, solo era un secreto para el cura, los demás todos lo sabían y lo
apreciaban. Admiraban que ni siquiera frente a la muerte Don Giuseppe el
Cardenal hubiera perdido la fe y la devoción. Y si no salía, si seguía
atrincherado como una rata, no era solo por miedo, sino porque él era un capo
y como tal tenía responsabilidades.
Se arrodilló frente a la imagen de la Virgen, se metió la hostia en la boca e
hizo sobre el pecho la señal de la cruz.
Amén.
El Bola continuaba al fondo de la estancia, pendiente de no hacer ruido, de no
chistar ante aquel canalla, conteniendo a duras penas una mueca que
condensaba años de asco, hastío y rencor. Ciertos aires de príncipe de la
Iglesia podían engañar como a un chino a las nuevas generaciones de la
organización o a algunas viejas chochas de pueblo; pero él recordaba bien
cómo era Giuseppe Notari de niño, cuando no pintaba un carajo y se cagaba
ante Michele Impasible y Gennaro Rizzo. En cualquier caso, no era asunto
suyo, así que más valía cuidarse de no decir ni hacer nada fuera de lugar. No
quería problemas, y menos con Peppe.
Volvió a mirarlo con ojos dóciles y obedientes. Lo observó inclinarse en
el reclinatorio. Cada vez más y más y más. Ahora ya estaba exagerando…
Giuseppe Notari, llamado el Cardenal, venerado y respetado, temido y
odiado, cayó al suelo. Se desplomó, plegándose sobre sí mismo, un
movimiento lento y fluido, como de un animal encogiéndose. Un lamento
ahogado de dolor se extendió por la habitación.
El Bola tuvo un momento de incertidumbre, trastornado por lo que estaba
viendo. ¿Formaba parte de la enésima puesta en escena del capo?
Hasta no ver el cuerpo sacudido por temblores incontrolados no corrió
hacia él.
—Zio, ¿qué te pasa? ¡Zio, responde!
Le levantó la cabeza, que se movía a saltos. Le vio poner los ojos en
blanco, la baba mezclada con sangre fluir de las mandíbulas contraídas. Se
estaba mordiendo la lengua y los labios hasta hacerse heridas profundas.
Tenía el busto rígido y las piernas coceaban frenéticas.
El Bola permaneció en silencio, fascinado por el espectáculo. En su
interior sentía una íntima satisfacción mezclada con miedo y piedad. Probó a
llamarlo otra vez, probó a sacudirlo, pero era inútil. Los lamentos aumentaron
de intensidad y la sangre le manchó las manos.
Se incorporó de pronto, acordándose por fin de su deber de obediencia.
Corrió hacia las escaleras, abrió la trampilla y gritó con todo el aliento que le
quedaba.
—¡’Uaglio’, una ambulancia! ¡Llamad a una ambulancia! ¡Rápido,
rápido, rápido! ¡Don Peppe está mal!
Oyó las voces de los chavales de guardia dando la alarma, bajó de nuevo a
la sala y volvió junto al reclinatorio. En la penumbra de aquel subterráneo,
entre las luces danzantes de las velas, el cuerpo tembloroso de Giuseppe
Notari libraba una batalla invisible. El Bola lo miraba incrédulo, alzó la vista
hacia la pintura de la Virgen con el Niño que, imperturbables y mudos,
seguían acogiendo la devoción sincera de los viajeros.
Después hizo la señal de la cruz y escapó por las escaleras. Sentado en el
último banco de la iglesia había un hombre. Miraba fijamente al vacío ante sí,
sin ver el altar al fondo de la nave, sin oír la letanía inmóvil de las mujeres
recitando el rosario. Había visto al chiquillo de pelo negro despeinado
entrando de soslayo en la sacristía y lo había seguido con la mirada mientras,
raudo y silencioso, salía de la iglesia desapareciendo en las callejas del barrio.
Ahora esperaba.
Esperó hasta que el ruido lejano de las sirenas de las ambulancias estuvo
cada vez más cerca. En ese momento se levantó del banco de madera, se
acercó a una de las pequeñas capillas laterales y encendió una vela como acto
de devoción. Luego, a paso lento, se dirigió hacia la entrada, y, cuando estuvo
fuera, vio a una pequeña multitud agolparse en la calle, frente a la casa de
Don Peppe el Cardenal. Pero no se volvió, no sintió curiosidad ni aminoró la
marcha. En silencio desapareció por una de las callejas laterales.
2
El sueño de la razón produce monstruos y la convivencia forzada en la prisión
produce extrañas amistades. Michele y Olban, a lo largo de años de compartir
talego, se habían ignorado felizmente, por indiferencia el primero y temor
reverencial el segundo. Pero la zurra a Imed los había obligado a su pesar a
tomar conciencia el uno del otro, a mirarse a los ojos, a desafiarse.
Las palabras cargadas de odio y de rabia retumbaban en los corredores de
la sección, amplificadas por las miradas de los otros internos, y la olla de
barro de su indiferencia se había agrietado y estaba a punto de hacerse
pedazos.
Todos sabían que el italiano no le había perdonado. Los años detrás de las
rejas le habían cambiado, quizá le habían serenado, pero el talego no tolera
debilidades y él seguía siendo Zio Michele. Todos sabían y esperaban el
ajuste de cuentas.
A Impasible aquello le cargaba, estaba cansado de tanto cuento de deberes
y obligaciones, falsos honores y certezas evanescentes, pero sabía que no
podía echarse atrás. Y si debía, más le valía hacerlo cuanto antes y quitárselo
de la cabeza. Había pasado solo un día desde la agresión al chaval, pero para
él ya era demasiado, tenía prisa por volver a la normalidad, cualquiera que
fuese. Instintivamente miró el libro abierto sobre su mesilla, un hombre con
mirada decidida lo observaba desde la portada… A veces la venganza es algo
necesario.
Se hizo la cama pendiente de dejar las sábanas como a él le gustaban, un
rápido afeitado para estar presentable y se encendió un pitillo. El primero del
día, un par de caladas mirando el habitual paisaje enmarcado por las rejas:
colinas verdes, casas en construcción y vidas que no le pertenecían. Unos
instantes de contemplación para decidir qué hacer, después puso el café.
El aroma denso y perfumado llenó la celda mientras él no apartaba los
ojos de la cafetera. Se lo sirvió en un vaso de plástico y se lo bebió hirviendo,
solo y amargo. Las voces de los otros internos marchándose al patio llenaron
la sección. Volvió a escrutar la cafetera sobre el hornillo ya apagado. Se
acordó de Pinochet. Le faltaba su serena aceptación de la existencia. Le
faltaba su mentor…, pero ya era tarde. Sabía que él no lo habría aprobado, ya
no. En todo caso, habría comprendido. Ciertas cosas se deben hacer, sin
juicios y sin rémoras. Simplemente hacerlas.
Cogió la cafetera todavía caliente y la enfrió bajo el chorro del grifo. La
desenroscó y quitó los posos. Le dio un secado para hacerla menos escurridiza
y metió tres dedos por la parte inferior. Dobló la mano colocando el fondo de
metal en la palma.
Iba bien. Como siempre.
Se metió la mano en el ancho bolsillo del mono y salió de la celda. Se
dirigió a la escalera que llevaba al patio de paseo, sabía dónde encontrar lo
que buscaba. Estaba al final de la cola, pero los demás intuyeron todo por su
paso ligero y los hombros contraídos, y le dejaron pasar.
Michele enfiló el primer tramo bajando los escalones de dos en dos. Nada.
Bajó el segundo. Nada. Tenía que apresurarse antes de que le diera tiempo a
asomarse al patio de paseo, donde había vigilancia. Al enfilar el tercer tramo
encontró a Olban. Le daba la espalda y estaba hablando con el interno de
delante. Este se encontraba girado para mirarle y, al verlo llegar, se echó a un
lado con cara aterrorizada. Olban se volvió instintivamente. Un gran error, de
haber corrido hacia la salida habría llegado. Michele sacó del bolsillo la mano
armada y lanzó el primer golpe hacia la cara del gitano. Pero este reaccionó
veloz, además de aterrado, se apartó a un lado y el puño lo pilló de refilón. El
borde de la cafetera le abrió un tajo en el pómulo y le empujó la cabeza contra
el muro del corredor. Olban trató de escabullirse, pero el segundo golpe lo
alcanzó en la boca del estómago. Le cortó la respiración y se quedó sin aire en
los pulmones. Michele tenía cintura ágil y se aprovechó. Otro golpe en el
costado mientras el gitano lanzaba puñetazos a ciegas. A su alrededor no
quedaba nadie. Rápidamente y en silencio todos habían desaparecido. Habían
comprendido lo que estaba sucediendo y para ciertas cosas no se necesitan
testigos. Algunos se habían ido al patio de paseo a encenderse un cigarrillo y
a esperar el resultado de la contienda. Otros habían vuelto a subir a la sección
para ver la televisión en sus celdas.
Olban sabía que tenía que perder, se había pasado con Zio Michele y los
demás internos de Alta Seguridad no le hubieran perdonado otra afrenta.
Trató de defenderse, golpear y esquivar, pero lo hizo sin convicción, solo para
mantener una pizca de honor. Probó a hacer un poco de teatro. Reaccionar,
combatir. Pero estaba torpe e inútil. Esperaba ser golpeado, recibir el justo
castigo.
Michele le volvió a golpear en el estómago, Olban se dobló de dolor. Con
una rodilla en tierra y la cabeza alzada. Ambos se miraron a los ojos. El
italiano preparó la patada y el gitano esperó el impacto. Podía bastar. Habían
representado la última escena de aquel mundo suyo cerrado e impenetrable,
de aquella institución que los poseía por completo.
Impasible se paró a mirar a su alrededor. No había nadie. Se volvió hacia
el otro, que estaba en el suelo. Lo sorteó para acercarse a una de las ventanas
de las escaleras. Tiró fuera la parte inferior de la cafetera manchada de sangre
y se encaminó hacia su celda.
—Y acuérdate de que me debes una cafetera —le dijo a Olban, que se
incorporaba incrédulo.
Pasaron los días y el orden natural de las cosas se restableció. Quien debía ser
castigado lo había sido, quien debía demostrar algo lo había hecho y la vida
de la sección podía volver a discurrir tranquila, con los horarios marcados y
las jerarquías inmutables. Nadie dijo una palabra de nada. Nadie felicitó a
Michele, había hecho lo que tenía que hacer. Nadie tomó el pelo a Olban, se
había comportado como un hombre… y los demás internos lo habían
valorado.
Michele estaba tumbado en su catre. Inmerso en las páginas de un libro, se
sentía lejos de aquel lugar, libre de los muros de hormigón, de las rejas azules,
de los barrotes de las ventanas, de las llaves de latón. Estaba en otro lugar, en
otro tiempo, en vidas que no le pertenecían pero que llenaban la suya, dando
un sentido a lo que quizá ya no lo tenía.
Oyó unos pasos acercándose a su celda, pero no les hizo caso, eran lejanos
y desconocidos. Los pasos se pararon. Instintivamente alzó los ojos y vio a
Olban que con su mole ocupaba la entrada de la celda, los brazos a lo largo de
los costados. Ambos se miraron en silencio. El gitano avanzó. Michele posó
el volumen dispuesto a cogerlo por donde le habían interrumpido. Pero el
hombre delante de él alzó una mano mostrando una vieja cafetera. Había
venido a pagar su deuda. La dejó sobre la mesilla y se giró para salir de la
habitación. Michele hizo algo que jamás hubiera imaginado.
—¡Espera!
Olban lo miró con aire interrogativo.
—¿Te hace un café? —dijo Michele bajando del catre.
El gitano tenía una expresión incierta y cautelosa. No se fiaba. No podía
ser verdad.
—OK.
Michele cogió la cafetera. No era como las napolitanas, pero daba igual.
La desenroscó dándole un rápido enjuagado en el lavabo, cogió el bote de
plástico del café y empezó a llenarla. Olban había entrado y se había sentado
en una de las banquetas de madera. No sabía qué decir, le había pillado
desprevenido y se limitaba a mirar la alta ventana y los barrotes azules.
—Tienes una buena vista desde aquí.
—Sí —admitió Michele encendiendo el hornillo—, aunque antes era
mejor. Hasta hace cinco o seis años no había todas esas casas y solo se veían
las colinas verdes. Pero qué quieres, el tiempo pasa y las cosas cambian.
El gitano se vio a sí mismo sentado en la celda de Zio Michele, hablando
del paso del tiempo con un boss de su calibre y tuvo que admitir en alto:
—Es verdad, las cosas cambian.
Ninguno de los dos lograba comprender el porqué de aquella situación,
pero en aquel momento, en el silencio de la celda, ambos se encontraron
mirando al cielo y las nubes al otro lado de los barrotes. No tenían necesidad
de decirse otra cosa, de inventar discursos o dar explicaciones. Sus
respectivas vidas les importaban un bledo, eran demasiado diferentes como
para fingir que tenían algo en común.
El ruido del café subiendo los sacó de sus pensamientos.
—¿Cuánto azúcar? —preguntó Michele.
—Dos, gracias.
El gitano dio el primer sorbo mirando a todas partes en la habitación.
—Tienes muchos libros —dijo.
Michele se limitó a encogerse de hombros, como si fuese algo inevitable a
lo que no daba importancia.
—¿Ahora estás leyendo ese? —preguntó Olban señalando al libro que
había quedado abierto sobre la cama. En la portada figuraba un dibujo
antiguo, el rostro de un hombre que observaba con mirada firme y decidida,
algo inquietante.
—Sí —se limitó a responder Michele terminándose el café.
Pero Olban estaba decidido a no soltar su presa. No es que quisiera
congraciarse con Zio Michele o que se interesara por sus cosas, sino que de
pronto quería saber de quién era el rostro que lo estaba mirando.
—¿Qué libro es?
Michele se volvió con curiosidad, no se esperaba más preguntas.
—El conde de Montecristo.
—¿Es bonito?
—Mucho. Si quieres, cuando termine te lo presto.
—No sé leer.
Michele pensó que aquello zanjaba definitivamente la conversación. Se
volvió para tirar el vaso de plástico vacío.
—¿Pero de qué trata?
Vaya día de sorpresas. Un gitano analfabeto que se interesaba por la
literatura.
—¿De verdad te interesa?
—Sí, el de la tapa tiene una cara rara.
—Entonces vamos a necesitar otro café. ¿Te hace?
Olban asintió, sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció al anfitrión.
Michele lo aceptó y se puso a trastear con el hornillo de gas.
—Es la historia de uno al que meten en el talego siendo inocente.
—Igualito que nosotros —comentó Olban.
Michele sonrió.
—Evidentemente… Pero él logra fugarse, se hace rico y decide vengarse.
—Ahora sí que me gusta. ¿Y luego?
—Más o menos eso es todo.
—¿Cómo que «eso es todo»? ¡Pero si es un ladrillo! ¿Qué más pasa? ¿Y
él cómo se llama?
Michele reflexionó sobre la aventura, el odio, el amor, la venganza, el
perdón y la sed de redención que rezumaba la obra de Dumas. Tomó aliento y
comenzó.
—Se llama Edmundo Dantès, es un marino y ama a la bella Mercedes…
—Como el coche.
—… pero hay uno que lo odia, Danglars, jefe de cargamento del navío,
quien organiza un complot para meterlo en la cárcel.
—Pero qué hijo de zorra.
Michele asintió. Un comentario cuanto menos acertado. Puso otro café
para el gitano, que entretanto se había encendido un cigarro. Se bebió el suyo,
amargo e hirviendo, y se tumbó en el catre encendiéndose otro él. Olban
estaba pendiente, totalmente concentrado. Las preguntas flotaban en el aire
estancado de la celda. ¿Por qué Danglars lo odiaba? ¿Cómo hace Edmundo
para huir? ¿Por qué le llaman conde de Montecristo? ¿Y qué ha sido de la
bella Mercedes? Y sobre todo la venganza…, ¿cómo será la venganza?
Michele sonrió fumando relajado. Con el libro en las manos comenzó de
nuevo el relato.
Ninguno de los dos volvió a mirar el paisaje al otro lado de las rejas.
3
Desde la ventana de aquel apartamento no se veía nada, ni colinas verdes, ni
casas en construcción, ni cielo azul moteado de nubes. Solo edificios todos
iguales y grises, cientos de balcones y ventanas como montones de ojos
abiertos de par en par.
Michele no había estado nunca antes en Génova, pero aún recordaba
alguna cosilla de los negocios de Olban de las largas charlas en la celda, y
estaba casi seguro de que se encontraban en la zona de Ca’ Nuova, en el
antiguo distrito de viviendas protegidas, es más, casi seguro que aquel debía
de ser uno de los apartamentos construidos por el ayuntamiento en los años setenta. Comprado u ocupado por Giorgio, poco importaba; junto a la chica
era siempre una fuente de ingresos.
Debía de ser pronto por la mañana, el cielo ofrecía una luz fría y lechosa y
Michele aún se sentía aturdido, confuso, con la cabeza pesada. De todos
modos, estaba mejor. Las curas del médico, los extraños medicamentos
chinos y una noche de sueño profundo habían hecho el milagro, el dolor del
brazo ya no era un latido obsesivo sino una sorda y controlada molestia.
Probó a abrir y cerrar la mano, a mover el brazo. No era para tanto. Nada que
no se pudiese soportar.
El resplandor de la mañana apenas iluminaba la habitación y el techo era
de un blanco borroso. Una tela blanca sin pasado. Michele decidió que ya no
podía seguir más en aquella cama. Todavía estaba vestido con la ropa del
abogado, el hombro vendado, las mantas hechas un gurruño a sus pies y un
olor a sudor y sangre que le revolvía el estómago. Se incorporó para sentarse.
La cabeza le daba vueltas, la habitación se movía. Cerró los ojos tratando de
recobrarse, los abrió de nuevo y los muebles volvían a estar en su sitio.
Inspiró tres veces, como antes de realizar un gran esfuerzo, y se puso de pie.
Apoyó rápido la mano en la pared para no caerse. Una precaución inútil. Las
piernas aguantaban y solo tenía mucha sed. Llegó hasta la puerta, la abrió y
echó un vistazo a la otra habitación.
Una cocina ordenada y limpia, muebles económicos. Una mesa y un par
de sillas, cuatro cacharros secándose en la repisa. Solo un plato y un vaso. Un
sofá de dos plazas pegado a la pared de frente; en él, acurrucada bajo una
manta y abrazada a un cojín, estaba la chica.
Michele pensó que estaba durmiendo, pero luego vio que dos ojos
inquietos lo miraban.
—Agua —se limitó a decir con la voz ronca y pastosa.
Ella abrió más los ojos y se levantó retirándose las mantas. No tenía la
gruesa capa de maquillaje de la noche anterior, evidentemente todavía era
pronto para su jornada de trabajo. Nada de tacones de vértigo ni minifalda,
sino un par de zapatillas y un pijama rosa con algún gracioso muñeco
dibujado. Aparentaba menos de veinte todavía.
Abrió corriendo el frigorífico, como si hubiese recibido una de las órdenes
de Olban, sacó una botella y cogió un vaso limpio. Michele estaba
sorprendido de tanto cuidado, él se hubiera tirado al cuello de la botella y se
la hubiera soplado de un sorbo.
Beber fue una bendición, sentía que el cuerpo recuperaba fuerzas, que se
limpiaba de aquellos días en la carretera y de las horas de dolor. O al menos durante un momento pudo hacerse la ilusión de que era de verdad así.
La chica lo miraba con una mezcla de curiosidad y temor. El pelo suelto le
caía desgreñado sobre los hombros. Seguía siendo precioso, y él no lograba
apartar los ojos de aquella mata castaña que le traía recuerdos dolorosos.
Trató de desviar la mirada y alejarse del pasado. Pero en aquel momento la
muchacha se echó el pelo para atrás, atusándoselo después de haber pasado
toda la noche en el sofá. Se lo acarició, se pasó la mano rápido, con una
mezcla de timidez y coquetería. Él trató de concentrarse en el vaso vacío.
—Soy Yleana.
—Michele —respondió apoyando el vaso.
—Vengo de Moldavia. Al lado de Rumanía. ¿Lo conoces?
—No —respondió seco. Para él aquellos países eran todos iguales, una
fuente casi inagotable de armas y mujeres.
—Eres amigo de Olban. ¿Lo conoces de hace mucho?
—Oye, no tengo ni ganas ni tiempo de conversación. Estoy cansado,
tengo hambre, apesto y me duele el hombro. Así que vamos a concentrarnos
solo en las cosas que hay que hacer. Lo primero, la ducha. Lo segundo, ropa
limpia. ¿OK?
Ella enmudeció. En su vida debía de haberlas pasado de todos los colores,
pero por algún motivo no se esperaba aquella respuesta, una auténtica
bofetada en plena cara sin motivo. Bajó la mirada con un mohín infantil, el
cabello se le movió al asentir obediente.
Michele se daba cuenta de que se había pasado, pero esa era su intención:
si la trataba mal, quizá su mente dejara de fantasear. Él era Michele
Impasible, tenía que llevar a término su viaje y aquella era solo una prostituta
del Este que se lo hacía con un gitano. Tenía que dejar las cosas claras, sobre
todo para sí mismo.
—¿Tienes papel film?
La muchacha no respondió. No había comprendido.
—Papel film. Película transparente. La que se pone en las sobras de la
comida.
Ella asintió y corrió a cogerlo de un cajón de la cocina. Hacía las cosas sin
hablar. Olban la había educado bien, mejor no saber el modo, no era asunto
suyo.
—Busca algo limpio para ponerme.
Michele fue al baño dando por descontado que le encontraría algo de ropa
de Olban, o cualquier cosa que se hubiera dejado un cliente despistado.
Seguramente había tenido docenas entre aquellas paredes. Docenas que se habrían tumbado sobre aquel cuerpo joven, que habrían retozado entre las
sábanas con aquel pelo castaño y aquellos ojos atemorizados. Jóvenes, viejos,
gordos, delgados, obreros, profesionales, buenos, malos.
Michele cerró la puerta del baño y empezó a desnudarse. Tiró al suelo la
ropa del abogado, como una serpiente que muda de piel. Se miró en el espejo
del lavabo: tenía el rostro pálido y demacrado, más que cuando estaba en la
cárcel, las ojeras cada vez más profundas y la piel de la cara tensa y blanca
como la de una calavera. Era obvio que aquella muchacha debía de temerle.
Tenía los ojos rojos por el cansancio y los medicamentos, pero las pupilas…,
no, seguían siendo negras y profundas. Michele hizo una mueca, su cara no le
gustaba, tenía un algo de enfermo, de huidizo.
Envolvió con la película transparente el hombro vendado y la cortó con
los dientes fijándola cuidadosamente. Más tarde pensaría en las vendas.
Ahora tenía necesidad de agua. Otra agua.
Se metió bajo la ducha. Estaba fría, casi helada. Le sacudieron una
sucesión de escalofríos, era eso lo que necesitaba. Lo que había visto en el
espejo era un muerto, un cadáver que andaba, respiraba y hablaba. Sin
embargo, él deseaba sentirse vivo, al menos un poco más.
Se tomó su tiempo, dejando correr el agua sobre su cuerpo hasta que salió
tibia, luego caliente y luego hirviendo. Estaba apoyado en los azulejos de la
ducha con los brazos estirados y los ojos fijos en las juntas. Concentrado en
desterrar cualquier duda, en no dejarse vencer por el dolor, el cansancio, la
muchacha, él mismo.
Se secó, tiró la toalla al suelo y salió desnudo del baño, tenía claro que la
muchacha no se iba a escandalizar. Nada que no hubiera visto cientos de
veces.
Entretanto Yleana había estado ocupada, había cambiado las sábanas y las
mantas de la cama. Ahora ya no era la caseta de un perro. Sobre una silla
había un chándal, unos vaqueros y una camiseta violeta de hijo de papá.
Había también ropa interior limpia, evidentemente Olban se dejaba ropa de
repuesto para cuando iba a ver a su amiguita. Optó por el chándal, tenía ganas
de estar cómodo, y la idea de volverse a meter en la cama no le disgustaba
para nada. Sueño atrasado le sobraba.
La muchacha entró llevándole un vaso de agua y un puñado de las
píldoras dejadas por el médico. Michele no se dignó a mirarla. Cogió las
píldoras y ella salió en silencio. Callada y obediente. Perfecto.
Las sábanas estaban frescas y limpias y los medicamentos empezaban a
hacerle efecto. Tenía el hombro dolorido por la cuchillada recibida y las manos entumecidas por los puñetazos que había dado. Sentía el cuerpo
pesado y embotado pero el contacto con el colchón blando que lo acogía era
una sensación fantástica. Por fin se sentía a gusto. Trató de vaciar la mente, de
quitarse de encima cualquier pensamiento, duda, remordimiento, para por fin
gozar un poco del merecido descanso. Había bajado las persianas y en la
semioscuridad de la habitación veía su sombra reflejada en el espejo del
armario, tendido inmóvil en la cama, los pies delante, las manos abandonadas
a ambos lados. Un cadáver. Un magnífico ejemplo de muerto querido, a la
espera de su nueva morada, un elegante ataúd de nogal con el interior de seda
bordada, algo de mucha clase, digno de él. Solo faltaban a su alrededor
algunos cirios encendidos y un enjambre de parientes plañideros, y el cuadro
de su fantasía hubiera estado al completo. Aunque él parientes no tenía.
Estaba solo. Y sin embargo se imaginaba un gran funeral.
El funeral que Milena nunca había tenido.
Trató de apartar aquel pensamiento. Estaba agotado, necesitaba descansar
y sobre todo aún no tenía fuerzas para recordar. El resultado fue que su
mente, impregnada de aquellas medicinas de dudosa procedencia, siguió
flotando en un inquieto duermevela donde las imágenes del pasado se
perseguían, desordenadas y trémulas, como las escenas de una película muda.
Lo había programado todo. Sabía qué hacer.
Vio de nuevo el viejo caserío donde habían llevado a Milena después de
haberla raptado. Estaba casi en ruinas, aislado, decrépito. Había sido la casa
de un pobre desgraciado que soñaba con criar búfalas para hacer mozzarella,
pero que no quería pagar la protección, así que alguien le había envenenado a
los animales y quemado los establos y él, que era pobre y pobre se quedó,
huyó a Alemania a trabajar de obrero.
Habían dejado a la muchacha, atada y vendada, en un viejo colchón que
apestaba a meados, encerrada en una de las estancias del caserío, con
ventanas atrancadas y paredes desconchadas por la humedad. Los hermanos
Surace eran los encargados de vigilar. En pocas palabras, pasaban los días en
el sofá roto de la vieja sala de estar esnifando coca y jugando a las cartas, no
eran el culmen de la eficiencia ni de la profesionalidad, pero a Michele no le
preocupaba. La cosa duraría poco. Franco, el novio de Milena, entendería la
lección, volvería de rodillas pidiendo perdón y les devolvería lo que era de
ellos. En un arranque de magnanimidad y grandeza Michele imaginaba el
momento en que desataría a la muchacha y, con la mirada orgullosa y
decidida del capo, le diría que podía irse…, que era libre. Probablemente
después mataría a Franco, pero esa era otra historia. Un compromiso del que no podía, y en el fondo no quería, sustraerse. Y luego, una vez resuelto lo del
traidor, quizá pudiera quedarse con la chica, convertirla en su mujer. Tenía
algo que lo removía por dentro, que le hacía fluir la sangre a la cabeza, y no
solo. Quizá esa mirada orgullosa, esa sonrisa feliz que había destrozado, ese
pelo castaño. Ese pelo castaño…
Michele se revolvió incómodo en la cama, abandonó la posición inmóvil de
cadáver y empezó a agitar frenético las piernas. Había empezado a sudar,
sentía que las mantas le pesaban como un sudario. Era consciente de dónde se
encontraba, de aquella habitación, de aquella cama, pero no lograba salir del
pasado.
Las cosas no habían ido como había previsto.
Franco, aquel bastardo traidor, aquel bellaco, aquel tío mierda, no había dado
señales de vida. Había desaparecido, se había escondido quién sabía dónde,
ayudado por quién sabía quién. De lo que les pertenecía a ellos no había ni
rastro y se habían quedado allí como cuatro estúpidos, mientras la gente
empezaba a hablar.
Las noticias viajan veloces y las malas tienen un carril preferente. Lo que
debía haber sido su afirmación, su hacerse fuertes y poderosos, se estaba
volviendo su ruina. En los bares, en las calles, en los barrios, la gente, la que
contaba algo, empezaba a murmurar, hablaba sottovoce y… se reía. Se reía de
ellos.
Cuatro ’uaglioni que se habían dejado joder.
Milena se quedó donde estaba. Sobre aquel viejo colchón tirado en el
suelo que apestaba a meados. Los días pasaron y todo se volvía complicado.
Su rabia y su maldad crecían. Al volver al viejo caserío encontró a los
hermanos Surace con aire insólitamente satisfecho, fumando, bebiendo y
esnifando coca, sin quejarse por que los hubieran dejado allí día y noche,
vigilando a la prisionera. Ella seguía con la venda en los ojos y los brazos
atados a la espalda, en el cuello el moratón azulado de la mano de Michele, en
la cara señales profundas de nuevas magulladuras. Sangre seca y coagulada
en la boca y la nariz. Los rizos del pelo un montón de greñas sucias. Un cubo
y una botella de agua a sus pies. Tenía la ropa descolocada y los pantalones desabrochados. Michele miró a los hermanos Surace formulándoles sin
palabras la pregunta.
Ambos sonrieron cohibidos, asegurándole que no lo habían hecho…
todavía. Que solo le habían echado un vistazo para ver qué tal estaba. Y debía
creerlos, estaba realmente buena. Puede que alguna caricia le hicieran, lo
justo para mantenerla a raya.
Michele señaló la sangre seca de la cara. Estaba cabreado. Con ellos, con
el bastardo de Franco, con aquella situación de mierda que no se resolvía.
Pero no dijo nada. No era el momento de discusiones, tenían que permanecer
unidos. Y si ellos se querían divertir un poco con aquella pobrecilla, pues que
lo hicieran, no era asunto suyo. Pero alguien tenía que pagarlo. Pagarlo muy
caro.
Michele quería alejar aquellas imágenes. Empezó a sacudir la cabeza sobre la
almohada. Cada vez más fuerte, hundiéndola más a cada instante, mientras la
respiración se le volvía afanosa y un lamento profundo salía a golpes de su
garganta. La chica de Olban abrió la puerta preocupada y se quedó mirándolo
en la penumbra.
Ahora sí que tenía problemas.
La noticia había llegado rápido a su destino. Sin juegos de palabras, sin
medias sonrisas. Solemne y directa como una condena a muerte. «Los
calabreses querían el dinero». Su dinero. No habían añadido nada más, no
hacía falta. Michele y los otros no tenían aquel dinero y Franco había
desaparecido con el cargamento de droga. Evaporado en la nada importándole
un carajo su novia. De modo que lo único que el gran Impasible tenía en las
manos era una chica maltratada y sometida, mientras el plazo del pago se
acercaba. Probó a recurrir a quienes estaban por encima de él, pero fue inútil.
La iniciativa y la arrogancia solo gustan cuando llevan a buen fin; un joven
presuntuoso que se equivoca no le gusta a nadie. Las palmadas en la espalda y
las grandes sonrisas que veía un joven en ascenso, un nuevo boss poderoso, se
transformaron de pronto en silencios y miradas huidizas de quienes no
querían tener nada que ver con él. No podían arriesgarse a comprometer los
negocios entre las dos organizaciones a causa de un solo hombre. Un hombre era sacrificable y a nadie le supondría un problema. De modo que aquella
podía ser una lección para quien se creía ya grande mientras que en realidad
era solo un ’uaglione demasiado sobrado. Pero también en aquel caso,
también en aquel momento, nadie tuvo el valor de decírselo directamente a la
cara a Michele…, le seguían teniendo miedo. Un animal herido muerde sin
piedad.
Y eso se sentía él, un león desangrándose lentamente. Había comprendido
demasiado bien lo que estaba sucediendo y no veía la salida. Todo su castillo
de naipes, orgullo y poder, estaba cayéndose miserablemente y él buscaba
satisfacción, buscaba a alguien con el que desfogar su rabia incontrolable.
Encontró a una muchacha humillada y sometida tumbada en un viejo colchón
maloliente.
Michele se agarraba a la sábana. Apretaba con fuerza los puños, pero ni
siquiera el dolor del hombro lo apartaba de aquellas imágenes. Los lamentos
se hicieron cada vez más profundos e intensos. La estancia en torno a él había
desaparecido y no reparó en la muchacha que en el umbral empezó a
desnudarse.
Tenía demasiada rabia en el cuerpo.
Rabia y mucho más. Eran días en que tomaba anfetaminas para mantenerse
despierto, para encontrar una solución que no existía. Todos le habían vuelto
la espalda y la cocaína había sido su respuesta. Mucha. Demasiada. Estaba
acelerado, y los otros con él. Seguían ciegamente al capo y en aquellas
circunstancias tampoco se iban a echar para atrás. En el viejo caserío el miedo
y la tensión habían dejado paso a la euforia y al delirio de la omnipotencia,
fruto del polvo blanco. Incluso Peppe el Cardenal, que se cagaba hasta de su
propia sombra, se había puesto chulo y gritaba colérico imaginando las
posibles torturas que iba a infligirle al miserable de Franco. Los otros reían y
asentían satisfechos. Así se hablaba. Y cada vez más rápido se inclinaban
sobre la mesa del cuarto de estar y hacían desaparecer una tras otra las rayas
de coca que los hermanos Surace habían alineado como soldaditos. Una larga
fila interminable, perfecta, precisa, como les había enseñado su mamá. Hasta
Giovanni Morra, apodado Bebè, y Vittoriano el Mariscal se habían sentido fuertes, aunque no pintaran un carajo y no se les permitiera decir una palabra.
Droga y miedo habían hecho el milagro y los habían transformado en lo que
no eran.
Michele, hundido en el viejo sofá, reía divertido. Le parecía estar en el
zoo frente a un montón de monos amaestrados. No lograba controlarse, se le
iba la cabeza y todo giraba a su alrededor. Imágenes, sonidos, colores,
amplificados y obsesivos, y decidió dejarse llevar, soltar las bridas y dejarse
caer en el pozo oscuro de la inconsciencia. Sin frenos, sin pensar, sin buscar
soluciones a lo que se había vuelto más grande que él. Vio a Gennaro Rizzo
que le miraba divertido. Era el único que contaba algo, el único amigo
verdadero que tenía entre aquellos cuatro tarados, el único que podía decirle
que se equivocaba, el único que tenía cojones para hacerlo. Pero Gennaro no
dijo nada, se reía con él y gritaba con los demás. Gennaro reía, Gennaro
aplaudía, Gennaro estaba con él. Como siempre.
Yleana estaba desnuda. Sus ropas estaban caídas a sus pies. Miraba a Michele
que seguía retorciéndose en la cama. Suave y flexible se metió bajo las
mantas acercando su cuerpo joven a la angustia de él.
Los Surace tenían razón. Milena estaba buena.
Necesitaban desfogarse. Desfogarse de la rabia, la excitación del miedo, la
euforia de la droga. La idea había sido de los hermanos, que seguro que ya
habían probado el plato del día, la habían tenido al alcance de la mano durante
demasiado tiempo como para haberse resistido de verdad. Los demás habían
acogido con entusiasmo la propuesta, a Michele le importaba un carajo y
además tenía a su lado a Gennaro, que asentía convencido. Que así fuera. Si
todo iba a irse al infierno, más valía divertirse. Además, no podían sacarla de
allí viva, hubieran sido el hazmerreír.
Milena gritaba desesperada. Gritos feroces, dañinos, de los que destrozan
las cuerdas vocales y queman por dentro. Los Surace la tenían aplastada
contra el suelo mientras el cobarde de Peppe le arrancaba el pelo por el solo
gusto de hacerle daño. Giovanni y Vittoriano hicieron trizas la blusa dejando
al aire una piel inmaculada. Gennaro le incitaba…, él era el jefe, debía ser el
primero. Michele se reía, sentía la coca subiéndole. Cada vez más arriba, hasta el cerebro, hasta el último atisbo de lucidez que se apagó con los gritos
de la muchacha.
Michele sintió las manos de Yleana, que le acariciaban dulcemente tratando
de calmarlo. Cálidas y suaves le recorrían el pecho. Oyó una voz que le
susurraba palabras incomprensibles en una lengua desconocida, se agarró con
todas sus fuerzas a aquella voz que lo arrastraba fuera de sus recuerdos. Y se
sintió agradecido.
Abrió los ojos y en la penumbra de aquella desolación vio el rostro de
Yleana inclinado sobre él. Y luego los ojos de Milena gritando su dolor. Los
rostros de las muchachas se superpusieron. Una, dos, tres veces. Hasta que
solo quedó el presente y los ojos tristes y asustados de la muchacha del Este.
Percibió el calor de su desnudez, el tacto leve y decidido de las manos, quedó
suspendido entre dos tiempos, entre dos lugares, mientras trataba de recuperar
el control sobre sí mismo.
Se le acercó al oído.
—Chsss…, regalo de Olban.
Por un momento Michele vio la cara del gitano, con su sonrisa
resplandeciente y maliciosa que se confundía y cambiaba, transformándose en
la carcajada vulgar de Gennaro Rizzo incitándolo. Gritándole que era el capo,
que debía ser el primero, y luego todos los demás.
Impasible empezó a temblar. Dolor, cansancio, miedo. No quería olvidar.
No podía olvidar.
Se volvió de pronto soltándose de aquel abrazo. Le dio la espalda y no
pudo ver la mirada de estupor de Yleana.
No era así como hubieran debido suceder las cosas. Nunca antes le había
pasado. La mujer, acostumbrada a la sórdida rutina de sus clientes, no sabía
qué hacer. Lo estrechó por detrás sintiendo a aquel cuerpo desconocido
temblar ante sus fantasmas. Lo sujetó mientras él trataba aún de soltarse.