La séptima lápida

Igor de Amicis · Capítulo 10 de 16 · parte 1/2

Páginas del PDF

La séptima lápida

Capítulo 5

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

5

Protegido por su sufrimiento

 

Sábado, 23 de enero de 2016,

Santa Emerenciana, virgen y mártir

 

1

 

El rostro de la Virgen era un óvalo perfecto. Un rostro de alabastro levemente

inclinado hacia un lado, buscando con la mirada la rosada figura de su hijo. El

Salvador, rodeado de luz divina, alzaba el rollizo bracito de niño impartiendo

bendiciones a pastores y viajeros que se inclinaban ante su presencia. Entre

ambos aleteaba la luz, difusa y mística, del Espíritu Santo, bajo forma de una

aureola dorada.

Giuseppe Notari, para todos Peppe el Cardenal, no lograba apartar los ojos

de aquel cuadro, pero lo que lo encadenaba no eran los colores vívidos y

cálidos de las pinceladas, los tupidos y mullidos drapeados de las vestiduras

de la Virgen o la compuesta plasticidad de las formas, sino la absoluta,

consciente devoción de aquellos hombres frente a lo divino.

Y era eso lo que él quería para sí.

Sumisión absoluta.

Había comprendido desde hacía tiempo que fuerza y violencia eran los

guardianes ciegos del poder. Siempre dispuestos a dejar que se les escapara de

las manos. El poder no podía ser solo impuesto, debía nutrirse de consenso,

hundir las propias raíces en el interior del alma de sus afiliados, en el interior

de la parte más íntima y oscura de cada cual, para guiarlos en la

inquebrantable convicción de que él era el jefe. Solo así le guardarían

obediencia.

Echó una última mirada al rostro adorador de los pastores, hizo una rápida

señal de la cruz y se levantó de su reclinatorio personal. Había terminado sus

meditaciones de la mañana.

La sala estaba envuelta en el tenue claror de los cirios votivos. Encendidos

a decenas, creaban rincones de luces y sombras y las llamas danzaban a cada

mínimo soplo de aire transformando las formas de la estancia. Un fuerte olor

a cera mezclado con incienso flotaba por todas partes.

Giuseppe miró a su alrededor desbordante de orgullo. Estaba rodeado por

una infinidad de cuadros, marcos dorados plagados de detalles preciosos,

colores degradados por los siglos. Imágenes de santos y ángeles que lo

miraban mudos mientras él, complacido, inclinaba la cabeza en señal de falsa

humildad. Aquella era su colección personal de arte sacro, su mayor tesoro,

una joya de belleza. Había hecho saquear decenas de iglesias para poderla

reunir. Capillitas perdidas en pueblos humildes que custodiaban maravillas

insospechadas, sin medida de seguridad alguna a no ser una portada maltrecha

con un cerrojo herrumbroso. Los muchachos del clan se habían aplicado con

celo y habían batido campos y suburbios a la búsqueda de las pinturas para

después entregárselas en muestra del debido vasallaje.

Aquella Virgen con el Niño era el último presente de sus hombres. El más

hermoso. Había merecido el lugar de honor frente al reclinatorio. Giuseppe se

acercó a la pintura para poderla admirar una vez más. Alzó el brazo tratando

de imitar el gesto de bendecir del Salvador y por un momento fantaseó con

que los devotos pintados en el cuadro habían llegado desde quién sabe dónde

para postrarse ante él. Se sacudió aquella imagen de la mente y esbozó una

débil sonrisa, pensando no obstante que alguien estaba a punto de inclinar la

cabeza ante él. Alguien… Michele Impasible.

Para Peppe siempre había sido una espina clavada. Desde niños, desde

cuando fingía ser su amigo fiel, desde cuando todavía no era consciente del

destino que le esperaba. Michele era un chulo presuntuoso y por eso merecía

ser sacrificado en el altar de su poder, el suyo y el de Gennaro Rizzo. Juntos

habían prendido la hoguera destinada a quemar a Michele Vigilante, y había

sido magnífico.

Unos ruidos metálicos interrumpieron sus pensamientos. Alguien estaba

bajando al Sanctasanctórum, el búnker secreto que se extendía bajo tierra

mucho más allá del perímetro del edificio que se podía ver a nivel de la calle.

Una red de salas y galerías donde se accedía por un garaje custodiado por dos

hombres armados y un sistema de videovigilancia. Un muro de cartón piedra

discurría sobre unos carriles escondiendo lo que parecía un simple trastero y

sin embargo era el acceso a un refugio perfecto, inaccesible y seguro. Ni

siquiera el Destripamuertos lograría nunca entrar allí.

En la penumbra Peppe vio avanzar a Salvatore Cuomo, uno de sus

hombres más fieles. Fornido y con una calva reluciente, se había ganado el

poco lisonjero apodo del Bola, pero al Cardenal le traían sin cuidado las

apariencias, había encontrado en él obediencia y capacidad y había querido

premiar ambas. Con el tiempo, el Bola había dejado de provocar risas y

bromas, gracias al boss se había ganado el respeto en el barrio. Respeto que

no obstante tenía que seguir ganándose todos los días.

—’Uaglio’, ¿pero tú no tenías que estar en Milán? —le preguntó el

Cardenal.

Salvatore no dudaba de que el Don ya sabía, pero tenía que ser él quien se

lo contara. Tragó fuerte buscando valor, los ojos fijos en el suelo de mármol.

—Acabo de volver…

—¿Y qué novedades hay?

—No buenas, Zio. No buenas.

Salvatore tuvo la impresión de volver a ser un crío, cuando ante el cura de

la parroquia tenía que confesar sus pecados, pero esta vez la penitencia no se

limitaría a cuatro avemarías y un padrenuestro.

—Impasible se ha escapado —dijo.

Don Giuseppe no replicó. Inmóvil en el centro de su reino, esperaba.

—Hice como me dijiste tú por teléfono. Les advertí a los calabreses de

que estábamos buscando a Michele y de que iba a subir yo a despachar el

asunto. Pero cuando llegué al apartamento del abogado me lo encontré vacío

y patas arriba, con un emisario de Don Aldo haciendo guardia en el portal.

Por un momento el Cardenal perdió su imperturbabilidad.

—¿Y qué sabían los calabreses del abogado?

—No lo sé, Zio. Yo no les había dicho nada. Pero parece que De Marco se

dirigió a ellos para venderles a Impasible. Pensaba que lo tenía cogido por las

pelotas y quiso joderle con un tío del Este, pero Michele asesinó al eslavo y se

escapó montando un cristo. En el barrio había policías por todas partes y no

pude hacer nada.

—¿Y el abogado?

—Lo cogieron los calabreses. Traté de decirles que quería hablar con él,

pero me dijeron que ni hablar. Y que a ese gusano le quedaba poca vida y

entonces…

—¿Y entonces?

—Y entonces me volví, Zio. Michele ha desaparecido, nadie sabe dónde

se esconde, ni los calabreses. Probablemente el abogado ya está bajo tierra.

El Cardenal sintió subirle la rabia por dentro.

—Hay una cosa que no entiendo, Zio —añadió el Bola—. ¿Qué tienen los

calabreses contra Michele? ¿Por qué el abogado ha acudido a ellos?

—’Uaglio’, además de no haber hecho nada a derechas haces demasiadas

preguntas. Y además estúpidas, empiezo a pensar que lo mismo te he

sobrevalorado y no mereces mi amistad.

Salvatore sintió un escalofrío, aquellas palabras se parecían mucho a una

condena y se apresuró a intentar recuperar la estima del boss.

—No, disculpa, Zio, tienes razón, como siempre. Me olvido de que solo

debo hacer lo que tú me digas.

Giuseppe asintió satisfecho recordando los viajeros arrodillados. Hizo un

gesto vago y distraído con el brazo, como espantando una mosca, aquella era

la señal de que la conversación había terminado y el Bola podía irse. Pero el

hombre estaba ansioso por mover el rabo frente a su patrón.

—Zio, fuera en la puerta está el ‘uagliuncello de costumbre. ¿Qué hago?

¿Le hago pasar?

—Es verdad, hazlo pasar. ¿No sabes que es lo más importante del día?

Antes eras tú quien tenía que esperar fuera y no él.

Cuomo, bamboleando la panza blanda, corrió hacia las escaleras que

conducían al piso de arriba y abrió la trampilla en el techo. Un chavalito de no

más de doce años bajó los escalones rápido como un gato. Tenía el cabello

negro y despeinado, una expresión seria y solemne y los ojos le brillaban de

felicidad. Ocuparse de los asuntos de Don Giuseppe Notari era un gran honor;

en el barrio ya se había corrido la voz y hasta su madre ahora lo miraba con

orgullo y empezaba a tratarlo como a un hombre.

El chico llevaba los brazos extendidos y algo en el hueco de las manos

cerradas. Se acercó al boss, que lo miraba con indulgencia.

—Ya estoy, Don Giuseppe. Disculpe el retraso.

—No te preocupes, ‘uaglio’, sé que no es culpa tuya. Todo bien, ¿verdad?

—Todo bien, Don Giuseppe. Con usted, siempre.

El chico abrió las palmas de las manos y apareció una cajita de metal, una

antigua pitillera de oro y esmalte, finamente labrada, con una flor de lis

grabada en el anverso. Don Giuseppe la cogió y le tendió al muchachito un

billete verde de cien euros, que él cogió agradecido pero mostrando

contención, luego se inclinó rápido a besar el anillo del Cardenal y le dio las

gracias. Después, ágil como había entrado, salió del refugio subiendo de dos

en dos las escaleras metálicas que llevaban arriba.

Giuseppe Notari quedó gratamente sorprendido por el gesto del

muchacho. Muchos años atrás, tras una breve permanencia en la cárcel en que había corrido falsamente la voz de que había experimentado una crisis

mística, el populacho ignorante y crédulo le había atribuido el apodo de

Cardenal, sinónimo de respeto y poder, además de denotar una relación

privilegiada con lo divino. Consciente de los beneficios de semejante

creencia, había hecho de todo para alimentar las habladurías y así había

nacido su notable y pública devoción. No se perdía ni una misa dominical,

sentado en primera fila, hacía donaciones a la Iglesia preocupándose de que

todo el mundo lo supiera, y no había procesión que no tuviese estación ante su

casa para que él pudiera inclinarse.

Se miró la mano izquierda. En el meñique destacaba un grueso anillo de

oro con un rubí rojo en el centro. Lo había visto en un cuadro en la mano de

un antiguo purpurado y había decidido agenciarse uno idéntico. El orfebre le

había pedido una cifra descabellada, pero él, en lugar de pegarle un tiro en la

cabeza por la afrenta, le había pagado el doble a fin de que, por casas y

callejas, corriera la voz de su magnificencia. En cualquier caso, unos meses

después, esa misma joyería fue atracada, el hombre fue pateado hasta morir y

sus propiedades habían terminado en manos del Cardenal.

Giuseppe pensó que el chavalillo prometía. Habría que supervisarle, podía

empezar encargándole algunos trabajillos sin importancia. Y luego quién

sabía…, lo mismo un día ocupaba el sitio del Bola, que todavía seguía allí con

la mirada baja como un perro apaleado. Esas maneras desvalidas y sus fallos

empezaban a hartarlo.

—Salvato’, ahora te vas todo buenecito a un rincón, que tengo que hacer.

Y, para el futuro, recuerda que no quiero oír más excusas ni preguntas

estúpidas.

Cuomo se marchó al fondo de la sala y se quedó de pie, quieto como un

mendicante, esperando a que el Cardenal terminase con lo que estaba

haciendo.

El Don necesitaba que el Bola se quedara allí mirándolo en silencio.

Como antes el chavalillo, él era otra marioneta del guiñol que había

orquestado con tanto esfuerzo y necesitaba un testigo dispuesto a hablar, a

alimentar su imagen. Se volvió hacia el cuadro de la Virgen, abrió la pitillera

de oro y sacó fuera el círculo blanco que contenía.

Era una hostia. Una hostia consagrada.

Todos los días el muchachito robaba una de la iglesia de Don Franco.

Aquel miserable sacerdote que se había negado a ir a su casa para darle la

comunión solo porque era lo que era, olvidándose de quién mandaba de

verdad. En aquel momento no podía salir a causa del Sepulturero, tenía que permanecer a cubierto y resolver a su modo la situación. No quería, desde

luego, tener el mismo final que aquellos dos hermanos retrasados, los Surace,

que en paz descansaran. Así que había resuelto de aquel modo el asunto de la

devoción, solo era un secreto para el cura, los demás todos lo sabían y lo

apreciaban. Admiraban que ni siquiera frente a la muerte Don Giuseppe el

Cardenal hubiera perdido la fe y la devoción. Y si no salía, si seguía

atrincherado como una rata, no era solo por miedo, sino porque él era un capo

y como tal tenía responsabilidades.

Se arrodilló frente a la imagen de la Virgen, se metió la hostia en la boca e

hizo sobre el pecho la señal de la cruz.

Amén.

 

El Bola continuaba al fondo de la estancia, pendiente de no hacer ruido, de no

chistar ante aquel canalla, conteniendo a duras penas una mueca que

condensaba años de asco, hastío y rencor. Ciertos aires de príncipe de la

Iglesia podían engañar como a un chino a las nuevas generaciones de la

organización o a algunas viejas chochas de pueblo; pero él recordaba bien

cómo era Giuseppe Notari de niño, cuando no pintaba un carajo y se cagaba

ante Michele Impasible y Gennaro Rizzo. En cualquier caso, no era asunto

suyo, así que más valía cuidarse de no decir ni hacer nada fuera de lugar. No

quería problemas, y menos con Peppe.

Volvió a mirarlo con ojos dóciles y obedientes. Lo observó inclinarse en

el reclinatorio. Cada vez más y más y más. Ahora ya estaba exagerando…

Giuseppe Notari, llamado el Cardenal, venerado y respetado, temido y

odiado, cayó al suelo. Se desplomó, plegándose sobre sí mismo, un

movimiento lento y fluido, como de un animal encogiéndose. Un lamento

ahogado de dolor se extendió por la habitación.

El Bola tuvo un momento de incertidumbre, trastornado por lo que estaba

viendo. ¿Formaba parte de la enésima puesta en escena del capo?

Hasta no ver el cuerpo sacudido por temblores incontrolados no corrió

hacia él.

—Zio, ¿qué te pasa? ¡Zio, responde!

Le levantó la cabeza, que se movía a saltos. Le vio poner los ojos en

blanco, la baba mezclada con sangre fluir de las mandíbulas contraídas. Se

estaba mordiendo la lengua y los labios hasta hacerse heridas profundas.

Tenía el busto rígido y las piernas coceaban frenéticas.

El Bola permaneció en silencio, fascinado por el espectáculo. En su

interior sentía una íntima satisfacción mezclada con miedo y piedad. Probó a

llamarlo otra vez, probó a sacudirlo, pero era inútil. Los lamentos aumentaron

de intensidad y la sangre le manchó las manos.

Se incorporó de pronto, acordándose por fin de su deber de obediencia.

Corrió hacia las escaleras, abrió la trampilla y gritó con todo el aliento que le

quedaba.

—¡’Uaglio’, una ambulancia! ¡Llamad a una ambulancia! ¡Rápido,

rápido, rápido! ¡Don Peppe está mal!

Oyó las voces de los chavales de guardia dando la alarma, bajó de nuevo a

la sala y volvió junto al reclinatorio. En la penumbra de aquel subterráneo,

entre las luces danzantes de las velas, el cuerpo tembloroso de Giuseppe

Notari libraba una batalla invisible. El Bola lo miraba incrédulo, alzó la vista

hacia la pintura de la Virgen con el Niño que, imperturbables y mudos,

seguían acogiendo la devoción sincera de los viajeros.

Después hizo la señal de la cruz y escapó por las escaleras. Sentado en el

último banco de la iglesia había un hombre. Miraba fijamente al vacío ante sí,

sin ver el altar al fondo de la nave, sin oír la letanía inmóvil de las mujeres

recitando el rosario. Había visto al chiquillo de pelo negro despeinado

entrando de soslayo en la sacristía y lo había seguido con la mirada mientras,

raudo y silencioso, salía de la iglesia desapareciendo en las callejas del barrio.

Ahora esperaba.

Esperó hasta que el ruido lejano de las sirenas de las ambulancias estuvo

cada vez más cerca. En ese momento se levantó del banco de madera, se

acercó a una de las pequeñas capillas laterales y encendió una vela como acto

de devoción. Luego, a paso lento, se dirigió hacia la entrada, y, cuando estuvo

fuera, vio a una pequeña multitud agolparse en la calle, frente a la casa de

Don Peppe el Cardenal. Pero no se volvió, no sintió curiosidad ni aminoró la

marcha. En silencio desapareció por una de las callejas laterales.

 

2

 

El sueño de la razón produce monstruos y la convivencia forzada en la prisión

produce extrañas amistades. Michele y Olban, a lo largo de años de compartir

talego, se habían ignorado felizmente, por indiferencia el primero y temor

reverencial el segundo. Pero la zurra a Imed los había obligado a su pesar a

tomar conciencia el uno del otro, a mirarse a los ojos, a desafiarse.

Las palabras cargadas de odio y de rabia retumbaban en los corredores de

la sección, amplificadas por las miradas de los otros internos, y la olla de

barro de su indiferencia se había agrietado y estaba a punto de hacerse

pedazos.

Todos sabían que el italiano no le había perdonado. Los años detrás de las

rejas le habían cambiado, quizá le habían serenado, pero el talego no tolera

debilidades y él seguía siendo Zio Michele. Todos sabían y esperaban el

ajuste de cuentas.

A Impasible aquello le cargaba, estaba cansado de tanto cuento de deberes

y obligaciones, falsos honores y certezas evanescentes, pero sabía que no

podía echarse atrás. Y si debía, más le valía hacerlo cuanto antes y quitárselo

de la cabeza. Había pasado solo un día desde la agresión al chaval, pero para

él ya era demasiado, tenía prisa por volver a la normalidad, cualquiera que

fuese. Instintivamente miró el libro abierto sobre su mesilla, un hombre con

mirada decidida lo observaba desde la portada… A veces la venganza es algo

necesario.

Se hizo la cama pendiente de dejar las sábanas como a él le gustaban, un

rápido afeitado para estar presentable y se encendió un pitillo. El primero del

día, un par de caladas mirando el habitual paisaje enmarcado por las rejas:

colinas verdes, casas en construcción y vidas que no le pertenecían. Unos

instantes de contemplación para decidir qué hacer, después puso el café.

El aroma denso y perfumado llenó la celda mientras él no apartaba los

ojos de la cafetera. Se lo sirvió en un vaso de plástico y se lo bebió hirviendo,

solo y amargo. Las voces de los otros internos marchándose al patio llenaron

la sección. Volvió a escrutar la cafetera sobre el hornillo ya apagado. Se

acordó de Pinochet. Le faltaba su serena aceptación de la existencia. Le

faltaba su mentor…, pero ya era tarde. Sabía que él no lo habría aprobado, ya

no. En todo caso, habría comprendido. Ciertas cosas se deben hacer, sin

juicios y sin rémoras. Simplemente hacerlas.

Cogió la cafetera todavía caliente y la enfrió bajo el chorro del grifo. La

desenroscó y quitó los posos. Le dio un secado para hacerla menos escurridiza

y metió tres dedos por la parte inferior. Dobló la mano colocando el fondo de

metal en la palma.

Iba bien. Como siempre.

Se metió la mano en el ancho bolsillo del mono y salió de la celda. Se

dirigió a la escalera que llevaba al patio de paseo, sabía dónde encontrar lo

que buscaba. Estaba al final de la cola, pero los demás intuyeron todo por su

paso ligero y los hombros contraídos, y le dejaron pasar.

Michele enfiló el primer tramo bajando los escalones de dos en dos. Nada.

Bajó el segundo. Nada. Tenía que apresurarse antes de que le diera tiempo a

asomarse al patio de paseo, donde había vigilancia. Al enfilar el tercer tramo

encontró a Olban. Le daba la espalda y estaba hablando con el interno de

delante. Este se encontraba girado para mirarle y, al verlo llegar, se echó a un

lado con cara aterrorizada. Olban se volvió instintivamente. Un gran error, de

haber corrido hacia la salida habría llegado. Michele sacó del bolsillo la mano

armada y lanzó el primer golpe hacia la cara del gitano. Pero este reaccionó

veloz, además de aterrado, se apartó a un lado y el puño lo pilló de refilón. El

borde de la cafetera le abrió un tajo en el pómulo y le empujó la cabeza contra

el muro del corredor. Olban trató de escabullirse, pero el segundo golpe lo

alcanzó en la boca del estómago. Le cortó la respiración y se quedó sin aire en

los pulmones. Michele tenía cintura ágil y se aprovechó. Otro golpe en el

costado mientras el gitano lanzaba puñetazos a ciegas. A su alrededor no

quedaba nadie. Rápidamente y en silencio todos habían desaparecido. Habían

comprendido lo que estaba sucediendo y para ciertas cosas no se necesitan

testigos. Algunos se habían ido al patio de paseo a encenderse un cigarrillo y

a esperar el resultado de la contienda. Otros habían vuelto a subir a la sección

para ver la televisión en sus celdas.

Olban sabía que tenía que perder, se había pasado con Zio Michele y los

demás internos de Alta Seguridad no le hubieran perdonado otra afrenta.

Trató de defenderse, golpear y esquivar, pero lo hizo sin convicción, solo para

mantener una pizca de honor. Probó a hacer un poco de teatro. Reaccionar,

combatir. Pero estaba torpe e inútil. Esperaba ser golpeado, recibir el justo

castigo.

Michele le volvió a golpear en el estómago, Olban se dobló de dolor. Con

una rodilla en tierra y la cabeza alzada. Ambos se miraron a los ojos. El

italiano preparó la patada y el gitano esperó el impacto. Podía bastar. Habían

representado la última escena de aquel mundo suyo cerrado e impenetrable,

de aquella institución que los poseía por completo.

Impasible se paró a mirar a su alrededor. No había nadie. Se volvió hacia

el otro, que estaba en el suelo. Lo sorteó para acercarse a una de las ventanas

de las escaleras. Tiró fuera la parte inferior de la cafetera manchada de sangre

y se encaminó hacia su celda.

—Y acuérdate de que me debes una cafetera —le dijo a Olban, que se

incorporaba incrédulo.

Pasaron los días y el orden natural de las cosas se restableció. Quien debía ser

castigado lo había sido, quien debía demostrar algo lo había hecho y la vida

de la sección podía volver a discurrir tranquila, con los horarios marcados y

las jerarquías inmutables. Nadie dijo una palabra de nada. Nadie felicitó a

Michele, había hecho lo que tenía que hacer. Nadie tomó el pelo a Olban, se

había comportado como un hombre… y los demás internos lo habían

valorado.

Michele estaba tumbado en su catre. Inmerso en las páginas de un libro, se

sentía lejos de aquel lugar, libre de los muros de hormigón, de las rejas azules,

de los barrotes de las ventanas, de las llaves de latón. Estaba en otro lugar, en

otro tiempo, en vidas que no le pertenecían pero que llenaban la suya, dando

un sentido a lo que quizá ya no lo tenía.

Oyó unos pasos acercándose a su celda, pero no les hizo caso, eran lejanos

y desconocidos. Los pasos se pararon. Instintivamente alzó los ojos y vio a

Olban que con su mole ocupaba la entrada de la celda, los brazos a lo largo de

los costados. Ambos se miraron en silencio. El gitano avanzó. Michele posó

el volumen dispuesto a cogerlo por donde le habían interrumpido. Pero el

hombre delante de él alzó una mano mostrando una vieja cafetera. Había

venido a pagar su deuda. La dejó sobre la mesilla y se giró para salir de la

habitación. Michele hizo algo que jamás hubiera imaginado.

—¡Espera!

Olban lo miró con aire interrogativo.

—¿Te hace un café? —dijo Michele bajando del catre.

El gitano tenía una expresión incierta y cautelosa. No se fiaba. No podía

ser verdad.

—OK.

Michele cogió la cafetera. No era como las napolitanas, pero daba igual.

La desenroscó dándole un rápido enjuagado en el lavabo, cogió el bote de

plástico del café y empezó a llenarla. Olban había entrado y se había sentado

en una de las banquetas de madera. No sabía qué decir, le había pillado

desprevenido y se limitaba a mirar la alta ventana y los barrotes azules.

—Tienes una buena vista desde aquí.

—Sí —admitió Michele encendiendo el hornillo—, aunque antes era

mejor. Hasta hace cinco o seis años no había todas esas casas y solo se veían

las colinas verdes. Pero qué quieres, el tiempo pasa y las cosas cambian.

El gitano se vio a sí mismo sentado en la celda de Zio Michele, hablando

del paso del tiempo con un boss de su calibre y tuvo que admitir en alto:

—Es verdad, las cosas cambian.

Ninguno de los dos lograba comprender el porqué de aquella situación,

pero en aquel momento, en el silencio de la celda, ambos se encontraron

mirando al cielo y las nubes al otro lado de los barrotes. No tenían necesidad

de decirse otra cosa, de inventar discursos o dar explicaciones. Sus

respectivas vidas les importaban un bledo, eran demasiado diferentes como

para fingir que tenían algo en común.

El ruido del café subiendo los sacó de sus pensamientos.

—¿Cuánto azúcar? —preguntó Michele.

—Dos, gracias.

El gitano dio el primer sorbo mirando a todas partes en la habitación.

—Tienes muchos libros —dijo.

Michele se limitó a encogerse de hombros, como si fuese algo inevitable a

lo que no daba importancia.

—¿Ahora estás leyendo ese? —preguntó Olban señalando al libro que

había quedado abierto sobre la cama. En la portada figuraba un dibujo

antiguo, el rostro de un hombre que observaba con mirada firme y decidida,

algo inquietante.

—Sí —se limitó a responder Michele terminándose el café.

Pero Olban estaba decidido a no soltar su presa. No es que quisiera

congraciarse con Zio Michele o que se interesara por sus cosas, sino que de

pronto quería saber de quién era el rostro que lo estaba mirando.

—¿Qué libro es?

Michele se volvió con curiosidad, no se esperaba más preguntas.

—El conde de Montecristo.

—¿Es bonito?

—Mucho. Si quieres, cuando termine te lo presto.

—No sé leer.

Michele pensó que aquello zanjaba definitivamente la conversación. Se

volvió para tirar el vaso de plástico vacío.

—¿Pero de qué trata?

Vaya día de sorpresas. Un gitano analfabeto que se interesaba por la

literatura.

—¿De verdad te interesa?

—Sí, el de la tapa tiene una cara rara.

—Entonces vamos a necesitar otro café. ¿Te hace?

Olban asintió, sacó un paquete de cigarrillos y le ofreció al anfitrión.

Michele lo aceptó y se puso a trastear con el hornillo de gas.

—Es la historia de uno al que meten en el talego siendo inocente.

—Igualito que nosotros —comentó Olban.

Michele sonrió.

—Evidentemente… Pero él logra fugarse, se hace rico y decide vengarse.

—Ahora sí que me gusta. ¿Y luego?

—Más o menos eso es todo.

—¿Cómo que «eso es todo»? ¡Pero si es un ladrillo! ¿Qué más pasa? ¿Y

él cómo se llama?

Michele reflexionó sobre la aventura, el odio, el amor, la venganza, el

perdón y la sed de redención que rezumaba la obra de Dumas. Tomó aliento y

comenzó.

—Se llama Edmundo Dantès, es un marino y ama a la bella Mercedes…

—Como el coche.

—… pero hay uno que lo odia, Danglars, jefe de cargamento del navío,

quien organiza un complot para meterlo en la cárcel.

—Pero qué hijo de zorra.

Michele asintió. Un comentario cuanto menos acertado. Puso otro café

para el gitano, que entretanto se había encendido un cigarro. Se bebió el suyo,

amargo e hirviendo, y se tumbó en el catre encendiéndose otro él. Olban

estaba pendiente, totalmente concentrado. Las preguntas flotaban en el aire

estancado de la celda. ¿Por qué Danglars lo odiaba? ¿Cómo hace Edmundo

para huir? ¿Por qué le llaman conde de Montecristo? ¿Y qué ha sido de la

bella Mercedes? Y sobre todo la venganza…, ¿cómo será la venganza?

Michele sonrió fumando relajado. Con el libro en las manos comenzó de

nuevo el relato.

Ninguno de los dos volvió a mirar el paisaje al otro lado de las rejas.

 

3

 

Desde la ventana de aquel apartamento no se veía nada, ni colinas verdes, ni

casas en construcción, ni cielo azul moteado de nubes. Solo edificios todos

iguales y grises, cientos de balcones y ventanas como montones de ojos

abiertos de par en par.

Michele no había estado nunca antes en Génova, pero aún recordaba

alguna cosilla de los negocios de Olban de las largas charlas en la celda, y

estaba casi seguro de que se encontraban en la zona de Ca’ Nuova, en el

antiguo distrito de viviendas protegidas, es más, casi seguro que aquel debía

de ser uno de los apartamentos construidos por el ayuntamiento en los años setenta. Comprado u ocupado por Giorgio, poco importaba; junto a la chica

era siempre una fuente de ingresos.

Debía de ser pronto por la mañana, el cielo ofrecía una luz fría y lechosa y

Michele aún se sentía aturdido, confuso, con la cabeza pesada. De todos

modos, estaba mejor. Las curas del médico, los extraños medicamentos

chinos y una noche de sueño profundo habían hecho el milagro, el dolor del

brazo ya no era un latido obsesivo sino una sorda y controlada molestia.

Probó a abrir y cerrar la mano, a mover el brazo. No era para tanto. Nada que

no se pudiese soportar.

El resplandor de la mañana apenas iluminaba la habitación y el techo era

de un blanco borroso. Una tela blanca sin pasado. Michele decidió que ya no

podía seguir más en aquella cama. Todavía estaba vestido con la ropa del

abogado, el hombro vendado, las mantas hechas un gurruño a sus pies y un

olor a sudor y sangre que le revolvía el estómago. Se incorporó para sentarse.

La cabeza le daba vueltas, la habitación se movía. Cerró los ojos tratando de

recobrarse, los abrió de nuevo y los muebles volvían a estar en su sitio.

Inspiró tres veces, como antes de realizar un gran esfuerzo, y se puso de pie.

Apoyó rápido la mano en la pared para no caerse. Una precaución inútil. Las

piernas aguantaban y solo tenía mucha sed. Llegó hasta la puerta, la abrió y

echó un vistazo a la otra habitación.

Una cocina ordenada y limpia, muebles económicos. Una mesa y un par

de sillas, cuatro cacharros secándose en la repisa. Solo un plato y un vaso. Un

sofá de dos plazas pegado a la pared de frente; en él, acurrucada bajo una

manta y abrazada a un cojín, estaba la chica.

Michele pensó que estaba durmiendo, pero luego vio que dos ojos

inquietos lo miraban.

—Agua —se limitó a decir con la voz ronca y pastosa.

Ella abrió más los ojos y se levantó retirándose las mantas. No tenía la

gruesa capa de maquillaje de la noche anterior, evidentemente todavía era

pronto para su jornada de trabajo. Nada de tacones de vértigo ni minifalda,

sino un par de zapatillas y un pijama rosa con algún gracioso muñeco

dibujado. Aparentaba menos de veinte todavía.

Abrió corriendo el frigorífico, como si hubiese recibido una de las órdenes

de Olban, sacó una botella y cogió un vaso limpio. Michele estaba

sorprendido de tanto cuidado, él se hubiera tirado al cuello de la botella y se

la hubiera soplado de un sorbo.

Beber fue una bendición, sentía que el cuerpo recuperaba fuerzas, que se

limpiaba de aquellos días en la carretera y de las horas de dolor. O al menos durante un momento pudo hacerse la ilusión de que era de verdad así.

La chica lo miraba con una mezcla de curiosidad y temor. El pelo suelto le

caía desgreñado sobre los hombros. Seguía siendo precioso, y él no lograba

apartar los ojos de aquella mata castaña que le traía recuerdos dolorosos.

Trató de desviar la mirada y alejarse del pasado. Pero en aquel momento la

muchacha se echó el pelo para atrás, atusándoselo después de haber pasado

toda la noche en el sofá. Se lo acarició, se pasó la mano rápido, con una

mezcla de timidez y coquetería. Él trató de concentrarse en el vaso vacío.

—Soy Yleana.

—Michele —respondió apoyando el vaso.

—Vengo de Moldavia. Al lado de Rumanía. ¿Lo conoces?

—No —respondió seco. Para él aquellos países eran todos iguales, una

fuente casi inagotable de armas y mujeres.

—Eres amigo de Olban. ¿Lo conoces de hace mucho?

—Oye, no tengo ni ganas ni tiempo de conversación. Estoy cansado,

tengo hambre, apesto y me duele el hombro. Así que vamos a concentrarnos

solo en las cosas que hay que hacer. Lo primero, la ducha. Lo segundo, ropa

limpia. ¿OK?

Ella enmudeció. En su vida debía de haberlas pasado de todos los colores,

pero por algún motivo no se esperaba aquella respuesta, una auténtica

bofetada en plena cara sin motivo. Bajó la mirada con un mohín infantil, el

cabello se le movió al asentir obediente.

Michele se daba cuenta de que se había pasado, pero esa era su intención:

si la trataba mal, quizá su mente dejara de fantasear. Él era Michele

Impasible, tenía que llevar a término su viaje y aquella era solo una prostituta

del Este que se lo hacía con un gitano. Tenía que dejar las cosas claras, sobre

todo para sí mismo.

—¿Tienes papel film?

La muchacha no respondió. No había comprendido.

—Papel film. Película transparente. La que se pone en las sobras de la

comida.

Ella asintió y corrió a cogerlo de un cajón de la cocina. Hacía las cosas sin

hablar. Olban la había educado bien, mejor no saber el modo, no era asunto

suyo.

—Busca algo limpio para ponerme.

Michele fue al baño dando por descontado que le encontraría algo de ropa

de Olban, o cualquier cosa que se hubiera dejado un cliente despistado.

Seguramente había tenido docenas entre aquellas paredes. Docenas que se habrían tumbado sobre aquel cuerpo joven, que habrían retozado entre las

sábanas con aquel pelo castaño y aquellos ojos atemorizados. Jóvenes, viejos,

gordos, delgados, obreros, profesionales, buenos, malos.

Michele cerró la puerta del baño y empezó a desnudarse. Tiró al suelo la

ropa del abogado, como una serpiente que muda de piel. Se miró en el espejo

del lavabo: tenía el rostro pálido y demacrado, más que cuando estaba en la

cárcel, las ojeras cada vez más profundas y la piel de la cara tensa y blanca

como la de una calavera. Era obvio que aquella muchacha debía de temerle.

Tenía los ojos rojos por el cansancio y los medicamentos, pero las pupilas…,

no, seguían siendo negras y profundas. Michele hizo una mueca, su cara no le

gustaba, tenía un algo de enfermo, de huidizo.

Envolvió con la película transparente el hombro vendado y la cortó con

los dientes fijándola cuidadosamente. Más tarde pensaría en las vendas.

Ahora tenía necesidad de agua. Otra agua.

Se metió bajo la ducha. Estaba fría, casi helada. Le sacudieron una

sucesión de escalofríos, era eso lo que necesitaba. Lo que había visto en el

espejo era un muerto, un cadáver que andaba, respiraba y hablaba. Sin

embargo, él deseaba sentirse vivo, al menos un poco más.

Se tomó su tiempo, dejando correr el agua sobre su cuerpo hasta que salió

tibia, luego caliente y luego hirviendo. Estaba apoyado en los azulejos de la

ducha con los brazos estirados y los ojos fijos en las juntas. Concentrado en

desterrar cualquier duda, en no dejarse vencer por el dolor, el cansancio, la

muchacha, él mismo.

Se secó, tiró la toalla al suelo y salió desnudo del baño, tenía claro que la

muchacha no se iba a escandalizar. Nada que no hubiera visto cientos de

veces.

Entretanto Yleana había estado ocupada, había cambiado las sábanas y las

mantas de la cama. Ahora ya no era la caseta de un perro. Sobre una silla

había un chándal, unos vaqueros y una camiseta violeta de hijo de papá.

Había también ropa interior limpia, evidentemente Olban se dejaba ropa de

repuesto para cuando iba a ver a su amiguita. Optó por el chándal, tenía ganas

de estar cómodo, y la idea de volverse a meter en la cama no le disgustaba

para nada. Sueño atrasado le sobraba.

La muchacha entró llevándole un vaso de agua y un puñado de las

píldoras dejadas por el médico. Michele no se dignó a mirarla. Cogió las

píldoras y ella salió en silencio. Callada y obediente. Perfecto.

Las sábanas estaban frescas y limpias y los medicamentos empezaban a

hacerle efecto. Tenía el hombro dolorido por la cuchillada recibida y las manos entumecidas por los puñetazos que había dado. Sentía el cuerpo

pesado y embotado pero el contacto con el colchón blando que lo acogía era

una sensación fantástica. Por fin se sentía a gusto. Trató de vaciar la mente, de

quitarse de encima cualquier pensamiento, duda, remordimiento, para por fin

gozar un poco del merecido descanso. Había bajado las persianas y en la

semioscuridad de la habitación veía su sombra reflejada en el espejo del

armario, tendido inmóvil en la cama, los pies delante, las manos abandonadas

a ambos lados. Un cadáver. Un magnífico ejemplo de muerto querido, a la

espera de su nueva morada, un elegante ataúd de nogal con el interior de seda

bordada, algo de mucha clase, digno de él. Solo faltaban a su alrededor

algunos cirios encendidos y un enjambre de parientes plañideros, y el cuadro

de su fantasía hubiera estado al completo. Aunque él parientes no tenía.

Estaba solo. Y sin embargo se imaginaba un gran funeral.

El funeral que Milena nunca había tenido.

Trató de apartar aquel pensamiento. Estaba agotado, necesitaba descansar

y sobre todo aún no tenía fuerzas para recordar. El resultado fue que su

mente, impregnada de aquellas medicinas de dudosa procedencia, siguió

flotando en un inquieto duermevela donde las imágenes del pasado se

perseguían, desordenadas y trémulas, como las escenas de una película muda.

Lo había programado todo. Sabía qué hacer.

Vio de nuevo el viejo caserío donde habían llevado a Milena después de

haberla raptado. Estaba casi en ruinas, aislado, decrépito. Había sido la casa

de un pobre desgraciado que soñaba con criar búfalas para hacer mozzarella,

pero que no quería pagar la protección, así que alguien le había envenenado a

los animales y quemado los establos y él, que era pobre y pobre se quedó,

huyó a Alemania a trabajar de obrero.

Habían dejado a la muchacha, atada y vendada, en un viejo colchón que

apestaba a meados, encerrada en una de las estancias del caserío, con

ventanas atrancadas y paredes desconchadas por la humedad. Los hermanos

Surace eran los encargados de vigilar. En pocas palabras, pasaban los días en

el sofá roto de la vieja sala de estar esnifando coca y jugando a las cartas, no

eran el culmen de la eficiencia ni de la profesionalidad, pero a Michele no le

preocupaba. La cosa duraría poco. Franco, el novio de Milena, entendería la

lección, volvería de rodillas pidiendo perdón y les devolvería lo que era de

ellos. En un arranque de magnanimidad y grandeza Michele imaginaba el

momento en que desataría a la muchacha y, con la mirada orgullosa y

decidida del capo, le diría que podía irse…, que era libre. Probablemente

después mataría a Franco, pero esa era otra historia. Un compromiso del que no podía, y en el fondo no quería, sustraerse. Y luego, una vez resuelto lo del

traidor, quizá pudiera quedarse con la chica, convertirla en su mujer. Tenía

algo que lo removía por dentro, que le hacía fluir la sangre a la cabeza, y no

solo. Quizá esa mirada orgullosa, esa sonrisa feliz que había destrozado, ese

pelo castaño. Ese pelo castaño…

 

Michele se revolvió incómodo en la cama, abandonó la posición inmóvil de

cadáver y empezó a agitar frenético las piernas. Había empezado a sudar,

sentía que las mantas le pesaban como un sudario. Era consciente de dónde se

encontraba, de aquella habitación, de aquella cama, pero no lograba salir del

pasado.

 

Las cosas no habían ido como había previsto.

 

Franco, aquel bastardo traidor, aquel bellaco, aquel tío mierda, no había dado

señales de vida. Había desaparecido, se había escondido quién sabía dónde,

ayudado por quién sabía quién. De lo que les pertenecía a ellos no había ni

rastro y se habían quedado allí como cuatro estúpidos, mientras la gente

empezaba a hablar.

Las noticias viajan veloces y las malas tienen un carril preferente. Lo que

debía haber sido su afirmación, su hacerse fuertes y poderosos, se estaba

volviendo su ruina. En los bares, en las calles, en los barrios, la gente, la que

contaba algo, empezaba a murmurar, hablaba sottovoce y… se reía. Se reía de

ellos.

Cuatro ’uaglioni que se habían dejado joder.

Milena se quedó donde estaba. Sobre aquel viejo colchón tirado en el

suelo que apestaba a meados. Los días pasaron y todo se volvía complicado.

Su rabia y su maldad crecían. Al volver al viejo caserío encontró a los

hermanos Surace con aire insólitamente satisfecho, fumando, bebiendo y

esnifando coca, sin quejarse por que los hubieran dejado allí día y noche,

vigilando a la prisionera. Ella seguía con la venda en los ojos y los brazos

atados a la espalda, en el cuello el moratón azulado de la mano de Michele, en

la cara señales profundas de nuevas magulladuras. Sangre seca y coagulada

en la boca y la nariz. Los rizos del pelo un montón de greñas sucias. Un cubo

y una botella de agua a sus pies. Tenía la ropa descolocada y los pantalones desabrochados. Michele miró a los hermanos Surace formulándoles sin

palabras la pregunta.

Ambos sonrieron cohibidos, asegurándole que no lo habían hecho…

todavía. Que solo le habían echado un vistazo para ver qué tal estaba. Y debía

creerlos, estaba realmente buena. Puede que alguna caricia le hicieran, lo

justo para mantenerla a raya.

Michele señaló la sangre seca de la cara. Estaba cabreado. Con ellos, con

el bastardo de Franco, con aquella situación de mierda que no se resolvía.

Pero no dijo nada. No era el momento de discusiones, tenían que permanecer

unidos. Y si ellos se querían divertir un poco con aquella pobrecilla, pues que

lo hicieran, no era asunto suyo. Pero alguien tenía que pagarlo. Pagarlo muy

caro.

 

Michele quería alejar aquellas imágenes. Empezó a sacudir la cabeza sobre la

almohada. Cada vez más fuerte, hundiéndola más a cada instante, mientras la

respiración se le volvía afanosa y un lamento profundo salía a golpes de su

garganta. La chica de Olban abrió la puerta preocupada y se quedó mirándolo

en la penumbra.

 

Ahora sí que tenía problemas.

 

La noticia había llegado rápido a su destino. Sin juegos de palabras, sin

medias sonrisas. Solemne y directa como una condena a muerte. «Los

calabreses querían el dinero». Su dinero. No habían añadido nada más, no

hacía falta. Michele y los otros no tenían aquel dinero y Franco había

desaparecido con el cargamento de droga. Evaporado en la nada importándole

un carajo su novia. De modo que lo único que el gran Impasible tenía en las

manos era una chica maltratada y sometida, mientras el plazo del pago se

acercaba. Probó a recurrir a quienes estaban por encima de él, pero fue inútil.

La iniciativa y la arrogancia solo gustan cuando llevan a buen fin; un joven

presuntuoso que se equivoca no le gusta a nadie. Las palmadas en la espalda y

las grandes sonrisas que veía un joven en ascenso, un nuevo boss poderoso, se

transformaron de pronto en silencios y miradas huidizas de quienes no

querían tener nada que ver con él. No podían arriesgarse a comprometer los

negocios entre las dos organizaciones a causa de un solo hombre. Un hombre era sacrificable y a nadie le supondría un problema. De modo que aquella

podía ser una lección para quien se creía ya grande mientras que en realidad

era solo un ’uaglione demasiado sobrado. Pero también en aquel caso,

también en aquel momento, nadie tuvo el valor de decírselo directamente a la

cara a Michele…, le seguían teniendo miedo. Un animal herido muerde sin

piedad.

Y eso se sentía él, un león desangrándose lentamente. Había comprendido

demasiado bien lo que estaba sucediendo y no veía la salida. Todo su castillo

de naipes, orgullo y poder, estaba cayéndose miserablemente y él buscaba

satisfacción, buscaba a alguien con el que desfogar su rabia incontrolable.

Encontró a una muchacha humillada y sometida tumbada en un viejo colchón

maloliente.

 

Michele se agarraba a la sábana. Apretaba con fuerza los puños, pero ni

siquiera el dolor del hombro lo apartaba de aquellas imágenes. Los lamentos

se hicieron cada vez más profundos e intensos. La estancia en torno a él había

desaparecido y no reparó en la muchacha que en el umbral empezó a

desnudarse.

 

Tenía demasiada rabia en el cuerpo.

 

Rabia y mucho más. Eran días en que tomaba anfetaminas para mantenerse

despierto, para encontrar una solución que no existía. Todos le habían vuelto

la espalda y la cocaína había sido su respuesta. Mucha. Demasiada. Estaba

acelerado, y los otros con él. Seguían ciegamente al capo y en aquellas

circunstancias tampoco se iban a echar para atrás. En el viejo caserío el miedo

y la tensión habían dejado paso a la euforia y al delirio de la omnipotencia,

fruto del polvo blanco. Incluso Peppe el Cardenal, que se cagaba hasta de su

propia sombra, se había puesto chulo y gritaba colérico imaginando las

posibles torturas que iba a infligirle al miserable de Franco. Los otros reían y

asentían satisfechos. Así se hablaba. Y cada vez más rápido se inclinaban

sobre la mesa del cuarto de estar y hacían desaparecer una tras otra las rayas

de coca que los hermanos Surace habían alineado como soldaditos. Una larga

fila interminable, perfecta, precisa, como les había enseñado su mamá. Hasta

Giovanni Morra, apodado Bebè, y Vittoriano el Mariscal se habían sentido fuertes, aunque no pintaran un carajo y no se les permitiera decir una palabra.

Droga y miedo habían hecho el milagro y los habían transformado en lo que

no eran.

Michele, hundido en el viejo sofá, reía divertido. Le parecía estar en el

zoo frente a un montón de monos amaestrados. No lograba controlarse, se le

iba la cabeza y todo giraba a su alrededor. Imágenes, sonidos, colores,

amplificados y obsesivos, y decidió dejarse llevar, soltar las bridas y dejarse

caer en el pozo oscuro de la inconsciencia. Sin frenos, sin pensar, sin buscar

soluciones a lo que se había vuelto más grande que él. Vio a Gennaro Rizzo

que le miraba divertido. Era el único que contaba algo, el único amigo

verdadero que tenía entre aquellos cuatro tarados, el único que podía decirle

que se equivocaba, el único que tenía cojones para hacerlo. Pero Gennaro no

dijo nada, se reía con él y gritaba con los demás. Gennaro reía, Gennaro

aplaudía, Gennaro estaba con él. Como siempre.

 

Yleana estaba desnuda. Sus ropas estaban caídas a sus pies. Miraba a Michele

que seguía retorciéndose en la cama. Suave y flexible se metió bajo las

mantas acercando su cuerpo joven a la angustia de él.

 

Los Surace tenían razón. Milena estaba buena.

 

Necesitaban desfogarse. Desfogarse de la rabia, la excitación del miedo, la

euforia de la droga. La idea había sido de los hermanos, que seguro que ya

habían probado el plato del día, la habían tenido al alcance de la mano durante

demasiado tiempo como para haberse resistido de verdad. Los demás habían

acogido con entusiasmo la propuesta, a Michele le importaba un carajo y

además tenía a su lado a Gennaro, que asentía convencido. Que así fuera. Si

todo iba a irse al infierno, más valía divertirse. Además, no podían sacarla de

allí viva, hubieran sido el hazmerreír.

Milena gritaba desesperada. Gritos feroces, dañinos, de los que destrozan

las cuerdas vocales y queman por dentro. Los Surace la tenían aplastada

contra el suelo mientras el cobarde de Peppe le arrancaba el pelo por el solo

gusto de hacerle daño. Giovanni y Vittoriano hicieron trizas la blusa dejando

al aire una piel inmaculada. Gennaro le incitaba…, él era el jefe, debía ser el

primero. Michele se reía, sentía la coca subiéndole. Cada vez más arriba, hasta el cerebro, hasta el último atisbo de lucidez que se apagó con los gritos

de la muchacha.

 

Michele sintió las manos de Yleana, que le acariciaban dulcemente tratando

de calmarlo. Cálidas y suaves le recorrían el pecho. Oyó una voz que le

susurraba palabras incomprensibles en una lengua desconocida, se agarró con

todas sus fuerzas a aquella voz que lo arrastraba fuera de sus recuerdos. Y se

sintió agradecido.

Abrió los ojos y en la penumbra de aquella desolación vio el rostro de

Yleana inclinado sobre él. Y luego los ojos de Milena gritando su dolor. Los

rostros de las muchachas se superpusieron. Una, dos, tres veces. Hasta que

solo quedó el presente y los ojos tristes y asustados de la muchacha del Este.

Percibió el calor de su desnudez, el tacto leve y decidido de las manos, quedó

suspendido entre dos tiempos, entre dos lugares, mientras trataba de recuperar

el control sobre sí mismo.

Se le acercó al oído.

—Chsss…, regalo de Olban.

Por un momento Michele vio la cara del gitano, con su sonrisa

resplandeciente y maliciosa que se confundía y cambiaba, transformándose en

la carcajada vulgar de Gennaro Rizzo incitándolo. Gritándole que era el capo,

que debía ser el primero, y luego todos los demás.

Impasible empezó a temblar. Dolor, cansancio, miedo. No quería olvidar.

No podía olvidar.

Se volvió de pronto soltándose de aquel abrazo. Le dio la espalda y no

pudo ver la mirada de estupor de Yleana.

No era así como hubieran debido suceder las cosas. Nunca antes le había

pasado. La mujer, acostumbrada a la sórdida rutina de sus clientes, no sabía

qué hacer. Lo estrechó por detrás sintiendo a aquel cuerpo desconocido

temblar ante sus fantasmas. Lo sujetó mientras él trataba aún de soltarse.

Seguir: parte 2 de 2