La séptima lápida
Capítulo 5
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Hasta que el temblor pasó. Hasta que el pasado no se desvaneció en el
presente.
Entonces Michele lentamente se volvió, el calor de aquel cuerpo inocente
estaba deshaciendo su hielo. Inseguro y confundido le devolvió el abrazo y
allí siguieron, en un triste apartamento iluminado por la luz tenue del día.
Tratando de derrotar a sus soledades.
Inmóviles. Envueltos el uno en la otra.
4
Lopresti conducía como un autómata, movimientos mecánicos y mirada fija al
otro lado del parabrisas. Tenía solo una vaga percepción de lo que le rodeaba.
El tráfico congestionado en la carretera de circunvalación, la luz fría del cielo
nublado y las palabras amortiguadas de su compañero al lado. Pero estas ya
no le molestaban, se habían convertido en una apacible música de fondo.
Cualquiera que fuera esta vez el tema de conversación —la pensión, la mujer,
los compañeros, la pesca—, él se limitaba a asentir dándole la razón a lo que
decía, aunque seguía resbalándole como la lluvia sobre un impermeable. No
es que no apreciara la compañía de Corrieri, qué va; al contrario de lo que
hubiera podido imaginar al principio de aquella movida, se encontraba bien
con él. Su calma, el que fuera un gris y metódico burócrata, su inmutable
cotidianidad hecha de horarios fijos, llamadas a casa, preocupaciones
sencillas habían servido de contrapunto a su vehemencia, su desordenada vida
hecha de añoranzas y remordimientos, le habían ayudado a tener una
perspectiva distinta, una visión nueva de sí mismo, del pasado y, por qué no,
del futuro. Con él se sentía extrañamente tranquilo, de algún modo sosegado,
aunque fuera en una investigación como aquella que no le estaba llevando a
ninguna parte.
El inspector volvió a asentir a algo que no había escuchado y se puso las
gafas de sol, modelo cojonudo de telefilm, pero no era para darse importancia,
como en jefatura delante de las empleadas próximas a la jubilación. Era por
culpa de aquella luz blanca y dañina, un mar lechoso que se filtraba a través
de las nubes y le dañaba los ojos y la cabeza. Aquella mañana se había
despertado con un dolor sordo que le latía en un rincón perdido del cerebro, se
había sentado en la cama destrozado, con la cabeza entre las manos y ante los
ojos el vago recuerdo, la impalpable imagen, del rostro de Martina.
Sonriente y feliz, como tal vez nunca había llegado a estarlo junto a él.
Se había sentido embargado por una amargura desconocida, dolorosa y al
tiempo hermosísima, a la que sin embargo no podía abandonarse. Tras la
fachada orgullosa y segura que ostentaba con todos estaba intentando
reconstruir su vida paso a paso. Un frágil castillo de naipes que podía
derrumbarse de un momento a otro, en el que aquellos ojos luminosos podían
ser un terremoto que lo arrastrara de nuevo a las drogas y el alcohol, y
entonces, otra vez más, debía separarse de ella. Se pasó la mano por la cara,
en un vano intento por ahuyentar la última imagen de aquel sueño que seguía
escapándosele, y se había metido bajo la ducha con un monstruoso dolor de
cabeza. Ni siquiera la continua letanía de las palabras de su compañero lograban mitigar aquel dolor, ni sus omnipresentes referencias a su querida
mujer podían quitarle aquel sordo martillear en las sienes. Es más, la
aparición, otra vez, del recuerdo de Martina desde el pasado tenía que ver
justamente con Corrieri y su idílica vida familiar. Con aquel amor
incondicional que duraba desde hacía casi cincuenta años y que él, ahora
estaba dispuesto a admitirlo, envidiaba.
Decidió que, entre la luz molesta, el compañero charlatán y la migraña, un
cigarrillo era un premio que se merecía. Bajó un poco la ventanilla mientras
encendía el mechero.
—¿Pero qué haces, abrir? —le espetó Corrieri.
—Sí, claro, por el humo. ¿Por qué?
—Soy de naturaleza enfermiza. Me soplan un poco y ya he cogido una
bronquitis.
—Perfecto, así te pones malo y te quedas unos días en casa con tu
mujercita.
Corrieri se quedó pensando, como si la ocurrencia fuera una opción
posible en la que nunca había reparado.
—Aumentemos el riesgo. ¿Quieres uno? —preguntó Lopresti ofreciendo
el paquete a su compañero.
—Pero qué dices… Hace veinte años que lo dejé. Ya sabes lo que pasa, a
mi mujer le molestaba y al final… De todos modos es malo.
—¿Pero tú haces siempre lo que ella te dice? —preguntó el inspector sin
malicia. Solo sentía curiosidad por sus dinámicas familiares, pero por su
silencio percibió que el otro lo había interpretado mal—. No me hagas caso,
es una pregunta estúpida. Volvamos a lo nuestro, ¿qué me estabas diciendo
antes de que pusiera tu vida en peligro bajando la ventanilla? —Acompañó
sus palabras con una sonrisa sincera.
—Reflexionaba en voz alta sobre el hecho de que Annunziati y Morganti
son dos capullos.
—Es verdad, ya ves que cuando te lo propones dices cosas muy atinadas.
Corrieri soltó una carcajada y siguió hablando:
—No sé por qué ni tampoco me interesa, pero la tienen tomada contigo. Si
no, no se explica su salida delante de Taglieri para hacernos quedar como dos
cretinos.
—Perdona, pero ¿por qué justo conmigo? ¿No podría ser que fuera
contigo? —Lopresti sabía perfectamente que era imposible.
—¡De qué y de cuándo! Tú eres el niño mimado de la prefectura, yo solo
soy el rajado, el enchufado que ha hecho carrera regalando mozzarella de búfala y que dentro de nada se jubila sin pena ni gloria. Yo ni pincho ni corto.
Lopresti se quedó en silencio, tanta honestidad le había impactado.
—¿Qué pensabas —siguió Corrieri con amargura—, que no sabía lo que
se dice de mí? ¿Que nunca había advertido las medias sonrisas ni los ojos en
blanco de los compañeros cuando me conocen? Créeme, puedo ser un
cobarde, pero no un estúpido.
—De eso ya me he dado cuenta. —El reconocimiento de Lopresti fue
inmediato. Corrieri lo apreció.
—Solo he escogido una opción diferente a la de muchos otros. Una
opción que pone en primer plano a la familia. Para mí la familia lo es todo.
—Te entiendo. —Carmine estaba siendo sincero. Le sorprendía a sí
mismo, pero estaba siendo sincero.
Corrieri asintió frotándose las manos. Empezaba a tener frío, pero evitó
protestar. El inspector tenía derecho a fumarse su cigarrillo y a él un poco de
aire fresco no le iba a sentar mal.
El coche salió de la carretera de circunvalación y se adentró en el caótico
tráfico de la ciudad, entre aparcamientos en triple fila y escúteres con tres a
bordo sin casco. Todo normal. Aparte del silencio que se había hecho dentro
del coche. Corrieri había enmudecido, como si estuviese reflexionando sobre
sus propias palabras, y también Lopresti decidió no romper aquella
tranquilidad, aquella extraña complicidad que tanto se parecía a una amistad.
Se detuvieron en el primero de una larga serie de semáforos. Lopresti tiró
el cigarrillo por la ventanilla, las brasas habían llegado al filtro y empezaban a
escocerle los dedos. Fue a cerrar.
—Deja abierto, un poco de aire es agradable.
—Vaya, nos hemos vuelto temerarios…
Corrieri hizo una mueca.
—No, es que me ayuda a pensar mejor. Me despeja la cabeza y me hace
reflexionar sobre cosas extrañas.
—¿Como qué?
—Como que Annunziati y Morganti nos llamaron por lo de las escuchas a
Peppe el Cardenal y nos hicieron ir sobre la pista de los Surace justo a tiempo
para cargarnos encima los dos asesinatos. A nosotros nos han hecho hacer un
ridículo espantoso y a ellos les ha faltado tiempo para irse a Milán en busca
de Michele Vigilante.
—¿Y qué?
—Pues no lo sé, pero nunca he creído mucho en las coincidencias y las
sincronías no me gustan. El caso pasa a nosotros y de repente el Destripamuertos entra en acción. Me parece de lo más extraño.
Lopresti se volvió a mirar a su colega con ojos atónitos y la voz en
tensión.
—¿Estás pensando en el topo que hay en la jefatura?
Corrieri pareció reflexionar.
—No creo. No los creo capaces de hacer una cosa semejante. Sería
demasiado incluso para ellos. Pero, en cualquier caso, nunca se puede decir.
Y, si fuese así, explicaría por qué vamos siempre un paso por detrás del
Sepulturero.
—¿Y entonces qué propones? ¿Se lo decimos al comisario jefe Taglieri?
—¿Y qué le decimos? ¿Que somos dos gafes que en cuanto damos con
alguien lo matan de inmediato? No, no podemos ir al jefe. No todavía, sin
tener nada concreto.
—¿No todavía? ¿En qué sentido? —Lopresti aminoró la marcha y se
encendió otro cigarrillo, el asunto empezaba a ponerse interesante.
—Como buen rajado a salvo en las oficinas conozco un poco a la gente.
Ya sabes cómo es, a fuerza de regalar mozzarella… Y también conozco al
encargado del servicio de nóminas y cotizaciones de la jefatura, y
casualmente me encontré con el expediente de Morganti, y también
casualmente me fijé en la filial del Crédito Cooperativo a través de la que le
pagan el sueldo, y…
—¿Y también casualmente…?
—Exacto. También casualmente… —Corrieri sonrió— conozco a un tipo
en ese banco que podría darnos una idea de la situación económica de nuestro
querido colega. De modo informal, solo por encima, al menos para saber
cómo anda de dinero, deudas, seguros, posibles ingresos irregulares y demás.
Sin indagar, solo por hacernos una idea.
—Solo por hacernos una idea —repitió Lopresti pensativo.
—Sí. ¿Qué me dices? —Corrieri lo miraba ansioso, con el rostro en
tensión, no sabía si había ido demasiado lejos.
—Digo que cada vez me gustas más. Con permiso de tu mujer,
obviamente.
El rostro de Corrieri se relajó y mostró una amplia sonrisa.
—Tranquilo, no es celosa. Y ahora sube la ventanilla.
—Se notan los achaques de la edad, eh…
—No, es que hemos llegado.
—Ah, coñ…
Lopresti viró de pronto, metió la marcha y detuvo el coche delante de una
de las entradas del hospital.
La fachada era solemne. Blanca y roja, con grandes columnas que daban una
sensación de poderío y control. Evitaron la entrada de urgencias, aunque
desde allí había acceso directo a los pabellones, porque la idea de permanecer
atrapados en aquella barahúnda de camillas abandonadas, goteros y viejos
olvidados no los cautivaba.
Disponían de poco tiempo y tenían que espabilarse.
La noticia del ingreso en urgencias de Peppe el Cardenal había llegado a
la comisaría a través de una avalancha de voces, confidencias e
indiscreciones, hasta el propio Lopresti había recibido una llamada telefónica
de un atento Genny B preocupado especialmente en demostrar que no se
había olvidado de la promesa de darles novedades. A pesar de que, como en
aquel caso, se tratara de una noticia que cinco minutos después de que saliera
la ambulancia de casa de Peppe ya conocía todo el mundo. Pero daba igual,
Genny había hecho la llamada y él a su pesar se lo había agradecido,
poniendo especial atención en utilizar un tono de voz frío.
Entraron por la puerta principal fingiendo no reconocer a un agente de la
División de Investigaciones Generales y Operaciones Especiales, que les
devolvió el favor fingiendo que seguía leyendo el periódico deportivo, pero
sin perder nunca de vista la puerta de acceso principal.
Los pasillos del hospital eran de un desvaído celeste muy de los años
setenta y el intrincado laberinto de pabellones viejos y nuevos no ayudaba a
encontrar lo que buscaban, esto es, los servicios de anestesiología y
reanimación y cuidados intensivos. Lopresti estaba a punto de pedir
información a un guardia jurado de aire cansado y aburrido cuando Corrieri le
agarró por el antebrazo y, con una señal de la cabeza, le indicó el rápido
cortejo de recaderos cargados de flores que avanzaban raudos por el pasillo a
su derecha.
En un instante se entendieron y se sumaron a la perfumada procesión.
El vestíbulo de cuidados intensivos era un espectáculo surrealista. Una
decena de ancianas congregadas en un rincón en sillas desparejadas recitaban
una letanía de lamentos con los ojos bajos y rosarios bien a la vista. Hombres
de mediana edad con la cabeza inclinada apretaban pañuelos blancos y se
intercambiaban palmadas recíprocas de consuelo, meneando la cabeza casi
fundidos en sagrado dolor. Los ganapanes se agolpaban en la puerta cerrada del servicio solo para ser rechazados por los inflexibles enfermeros que
remachaban que únicamente podían pasar de la puerta los familiares, en
horario de visita y de dos en dos. Los recaderos desconsolados dejaban las
flores en el suelo junto a la puerta, que ya se estaba transformando en un
parterre artificial cargado de un perfume intenso y dulzón. Alguien había
encendido entre las flores un par de lamparillas rojas y en medio de un
montón de rosas destacaba una foto enmarcada de Peppe el Cardenal.
Ya se había levantado el altarcillo pagano y la liturgia había comenzado.
Todos querían dejarse ver, rivalizar en las muestras de dolor y duelo, en busca
de la magnanimidad del Zio.
Lopresti había visto de todo a lo largo de su carrera: procesiones dirigidas
ante la casa de los bosses, jarrones lanzados desde los balcones durante los
arrestos, besos y abrazos al afiliado que se llevaban esposado, selfies con el
prófugo, gente golpeada a muerte que se obstinaba en decir que había sido un
accidente. Pero aquella escena de sufrimiento colectivo le resultaba nueva.
Por un momento tuvo el impulso de dejarse llevar, gritar como un loco,
emprenderla a patadas con aquellas flores hediondas y echar a todo el mundo.
Pero su compañero, que en pocos días había aprendido a conocerlo, le puso
una mano en el hombro. Un apretón fuerte y decidido, necesario para hacerle
entrar en razón. Estaban allí por un motivo preciso.
Avanzaron hasta el centro del vestíbulo. Se sentían observados. No
querían que se supiera que eran policías. Sintieron el murmurar de las mujeres
entre un avemaría y otro.
Corrieri miró el retrato de Peppe rodeado de rosas y lamparillas, lo vio
sonriente y magnánimo, con la mirada compasiva de una estampa, y pensó en
toda la gente a la que había matado con sus manos, a la que había ordenado
disparar, a la que había suministrado una jeringa hasta los topes, a la que
había sumido en la desesperación, a la que había hecho desaparecer en el
silencio más ensordecedor.
Esta vez fue Lopresti quien le llamó al orden, un ligero golpe en el codo
para hacerle comprender que habían encontrado a su hombre.
Salvatore Cuomo, apodado el Bola, los miraba desde una esquina del
amplio vestíbulo, de pie junto a un joven mazas con cuello de toro y estúpida
mirada bovina. Se dirigieron a él, el joven dio un paso adelante amenazador,
pero el Bola lo detuvo. No había necesidad de bronca en aquel momento.
Lopresti miró a su alrededor y vio que había otros muchachotes meritorios
del clan de Peppe que controlaban las esquinas del vestíbulo y el acceso a los
distintos corredores de la sección. Un servicio de vigilancia atento y discreto, que también permitía continuar con aquella payasada. Ningún médico ni
enfermero habría tenido el valor de obligarles a desmontar el tenderete.
El Bola fue a su encuentro, con gesto en la cara de artificial y profundo
dolor. Con aire contrito susurró:
—Buenos días. Perdonen el atrevimiento, pero es un momento de
recogimiento para parientes y amigos.
Lopresti sonrió, inclinó la cabeza susurrando también él.
—Boli’, esto es un hospital público y, si no quieres que os echemos a la
calle a patadas en el culo, es mejor que no te hagas demasiado el señor.
El Bola asintió manteniendo la expresión solemne. Los demás habían
seguido con su actividad de llanto y oración y, aunque no lograban oír lo que
se estaba diciendo, no perdían detalle del encuentro.
—Estaría bien que encontráramos un sitio tranquilo para hablar —
intervino Corrieri.
—Me parece una idea estupenda. Por aquí. —Salvatore Cuomo los
condujo como el más desenvuelto y formal de los anfitriones. Era consciente
de tener todos los ojos sobre él y también de que ponerse a la cabeza, más que
nunca en aquel momento, era fundamental. Abrió sin llamar la puerta de la
sala de enfermeros, dentro había dos mujeres que tomaban café y buscaban un
momento de tranquilidad en el caos de su trabajo. El Bola hizo un gesto con
la cabeza y las mujeres salieron sin decir una palabra, llevándose consigo el
café.
Salvatore cerró la puerta y se volvió hacia los policías.
—¿Se puede saber qué cojones quieren?
Lopresti sonrió.
—Oh, ahora sí que te reconozco, Boli’.
—¿Quién ha envenenado a Peppe el Cardenal? —intervino perentorio
Corrieri, que empezaba a estar bastante harto de aquella comedia y quería irse
pronto a casa.
—¿Pero qué veneno ni qué ocho cuartos…? Don Peppe ha sufrido un
desmayo. Una cosa de nada. Pero la gente le quiere y se ha producido una
pequeña aglomeración.
—Sí, claro. ¡Y Cicciolina es virgen! Boli’, no nos tomes por gilipollas,
sabemos que el Cardenal tiene un lugar reservado en el cementerio. Puede que
se haya librado por un pelo, pero, si quieres que siga vivo, tienes que decirnos
algo que nos sirva.
Salvatore Cuomo no respondió. Miraba a un punto indefinido a la espalda
de Lopresti.
—Si es que quieres que siga viviendo —puntualizó Corrieri con voz
persuasiva.
El hombre del clan sacudió la cabeza como si hubiese recibido una
bofetada en la cara, como si le hubiesen leído en su interior.
—Claro que quiero que siga vivo. Yo le tengo apego a Don Peppe, le
debo todo, es un gran hombre. —Fue una defensa de oficio pronunciada con
tono débil.
—Estamos seguros —siguió Corrieri—, pero si todo el mundo supiese
que has hecho de todo para salvarlo, para detener al Destripamuertos, hasta
hablar con los maderos, entonces la gente sabría que tú también eres un gran
hombre, en cualquier caso al final de la historia tú saldrías ganando. Si Peppe
se salva, te estará en deuda. Si en cambio, Dios no lo quiera, va a ocupar su
plaza en el cementerio, ¿quién sino tú, el hombre fiel y devoto, el amigo
sincero y honesto, podría ocupar su puesto? Boli’, tienes que entenderme, no
se trata de hacer de soplón y hablar con los maderos, se trata de querer el bien
de tu jefe. Y seguro que todos sabrán de tu sacrificio.
Lopresti estaba atónito, estuvo a punto de aplaudir a su compañero. En
aquel momento comprendió por fin las palabras del comisario jefe Taglieri
cuando le había impuesto trabajar con Corrieri, y de nuevo volvió a sentirse
un estúpido.
El Bola por su parte, en principio hostil y perplejo, había asentido con
decisión al final de la parrafada. Aquel madero sabía lo que se hacía. Sabía
hacer su trabajo. Suspiró como si se preparara para un gran sacrificio, aunque
inevitable.
—¿Qué quieren saber?
—Dónde está Michele Impasible. Y cuál es la relación entre él y Peppe el
Cardenal —contestó rápido Lopresti.
—¿Y qué tiene que ver Michele?
—Boli’, venga, ¿empezamos de nuevo? Esta historia comenzó poco antes
de que Michele saliera de la cárcel. Sabemos que ha huido a Milán y que tú
acabas de volver de allí. Así que empieza a hablar y déjate de historias. Y
además, acuérdate, como dice mi compañero, lo haces por Peppe.
Salvatore estaba satisfecho. Ahora los dos policías le habían dado la
seguridad que quería.
—Si supiera dónde está Michele Impasible seguramente no me
encontraría aquí hablando con ustedes, sino que me estaría encargando de
devolverle su alma al Padre Eterno. —Acompañó la frase con una veloz señal
de la cruz con beso final.
Los policías se miraron, el razonamiento era impecable, y honradamente
no esperaban obtener mucha información en aquel sentido, pero en cualquier
caso había que intentarlo.
—¿Impasible y el Cardenal? —preguntó tranquilamente Corrieri.
—Don Peppe y Michele crecieron juntos de guaglioni. Empezaron
haciendo los primeros trabajitos en el barrio. Al principio por su cuenta y
luego dentro del sistema, entrando en el clan. Y tuvieron una carrera veloz, en
particular Michele.
—Y con ellos estaban también Vittoriano Esposito, Giovanni Morra, los
hermanos Surace y Gennaro Rizzo. Todos los de las lápidas.
—Exacto. Habían subido desde San Giuliano Campano y se habían
abierto camino juntos. Y, cuando ya no eran unos niños, también siguieron
haciendo negocios juntos.
—¿Qué tipo de negocios?
—Al principio un poco de todo. Resolvían algunos problemas, como
«regalar zapatos» a alguien que se lo merecía, convencer a otro de que no
protestara. Luego empezaron con la droga, pero no tráfico a pequeña escala,
eso se lo dejaban a otros, a gente como yo. Ellos apuntaban más alto, no
tenían paciencia y querían subir deprisa.
Lopresti y Corrieri sabían que con «regalar zapatos» el Bola se refería a
asesinatos por encargo, ejecuciones con miras a restablecer las jerarquías
entre los clanes y mantener el orden, pero dejaron pasar por alto aquella
información, estaban centrados en los otros negocios del grupo y no querían
interrumpir aquella interesante charla.
—Intentaron actuar por su cuenta y se hicieron cargo de un gran
cargamento de cocaína. Un asunto a lo grande, directamente de Sudamérica.
Tenían un acuerdo con otro clan, gente que como ellos estaba haciendo
carrera deprisa. Ellos suministraban la droga a un precio razonable, los otros
se encargaban del tráfico pagando una cifra enorme y cediendo un par de
puntos de venta. En pocas palabras, se estaban haciendo su propio clan,
dinero, territorio, droga y armas, lo tendrían todo. Pero después las cosas se
complicaron.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que la droga llegó, pero el dinero no. El otro clan no
pagó la mercancía y ellos se encontraron sin droga y sin dinero, y a los
calabreses no les gustó.
—¿Y ahora qué pintan aquí los calabreses? —preguntó Lopresti.
El Bola lo miró cómo si acabara de decir la mayor de las chorradas.
—Inspector, pero ¿usted en qué trabaja? ¿No sabe que sin la cobertura de
los calabreses algunos cargamentos de droga no se mueven? Los colombianos
siempre quieren que al menos un calabrés haga de fiador. Único responsable
del negocio.
—¿Y cómo lograron cuatro ’uaglioni que les ayudara la ’ndrangheta?
—Por Michele. Fue él. Conocía a alguien de no sé qué sitio que se fiaba.
Uno que creía que aquel muchachito se iba a convertir en un capo y que
podrían hacer grandes negocios juntos. Pero luego le jodieron, como a todos.
—¿Y qué sucedió después?
—¿Y qué quiere que sucediera? Que se armó la de Dios. Cuando se
dieron cuenta de que la droga había desaparecido y que el dinero no estaba,
Michele, Don Peppe y los demás entraron en pánico. Alguien habló, contó el
asunto y la idea de crearse un territorio propio, y los otros clanes no se lo
tomaron a bien. Los calabreses amenazaron con interrumpir todos los
cargamentos si no les daban compensaciones. Y al final la tuvieron.
—¿Qué sucedió?
—El pequeño clan que les había jodido la droga fue exterminado.
—¿Y por qué no se supo nada?
—Porque se hizo con discreción. Los calabreses querían eso: satisfacción,
pero sin alboroto, porque no es bueno para los negocios. Los otros clanes se
coaligaron para resolver el problema. Una cosa hecha deprisa, una decena de
homicidios en una semana. Todos ellos fueron apresados y llevados a un lugar
tranquilo y preestablecido. Hicieron desaparecer los cuerpos, pero antes
fotografiaron a los cadáveres. Fotos con las polaroid, que enviaron a los
calabreses para asegurar que se habían restablecido las normas.
Los policías empezaban a ver una luz en aquella oscuridad.
—¿Y a Michele y los demás?
—Los habían engañado. Querían hacer carrera, pero no habían robado la
droga de otros. El grupo entero dijo que había sido una idea de Michele. Suya
y nada más. Y así los calabreses sabrían con quién tendrían que emprenderla,
pero, justo cuando estaban listos los zapatos para Michele, alguien se fue de la
lengua con los maderos sobre una cuestión de hacía algún tiempo, un
guaglione estúpido al que Michele había disparado en un depósito
abandonado. Así fue arrestado y encarcelado, y, al final, también tuvo suerte.
De algún modo, en vista de que él ya no estaba disponible, la emprendieron
con el hermano, le clavaron una jeringa en el brazo y lo dejaron en una
alcantarilla para que se muriera. No es que fuese una gran pérdida, ya era un
yonqui desahuciado, y antes o después se hubiera matado solo.
—O sea que detrás de esta historia, detrás de las lápidas del cementerio,
¿están los calabreses que quieren terminar el trabajo que no pudieron concluir
hace veinte años? —preguntó Lopresti.
—Eso no lo sé. Aunque me parece extraño. Es verdad que son rencorosos,
pero ha pasado demasiado tiempo…, y después de la movida fueron
compensados por los demás clanes que habían tomado el control de los
puntos de trapicheo de los miserables asesinados. Y luego este follón, las
lápidas, la puesta en escena, los periódicos hablando de ello…, no es su estilo.
Estos líos no son buenos para los negocios.
—¿Y tú cómo sabes estas cosas? —preguntó Corrieri seco.
Al Bola pareció irritarle la pregunta.
—Lo sé porque no acabo de llegar. No soy el último de los cojones. Y lo
sé porque los dos tarados de los hermanos Surace, que en paz descansen, no
sabían guardar un secreto, y porque…
—¿Por qué?
—Se jactaban de haber sido ellos quienes habían clavado la jeringa en el
brazo del hermano de Michele por orden de los calabreses.
Lopresti trató de asimilar aquella nueva información, de encajar la
enésima pieza en un mosaico que no terminaba de componerse. ¿Quizá
Michele se había enterado de quién había matado a su hermano? ¿Quizá
quería vengarse de sus antiguos compañeros? ¿Quizá los calabreses habían
decidido cerrar el círculo? ¿Quizá tras el Sepulturero se escondía todavía
algo, algo que seguía moviéndose entre pasado y presente, verdad y mentira?
—¿Y qué ha sido de Gennaro Rizzo? —preguntó, mientras con la mente
daba vueltas a mil consideraciones.
—¡Quién sabe! Hace ya diez años que no lo ve nadie. Lo mismo está
muerto, o se ha ido a América. No lo sé seguro. Pero quizá la única persona
que puede saberlo es justo Don Peppe, que el Señor lo proteja. —El Bola
exhibió otra señal de la cruz con beso final. Se estaba convirtiendo en un
profesional.
—¿Qué más te contaron los Surace de este asunto? —insistió Corrieri
desentendiéndose de la suerte de Gennaro Rizzo, al que con un poco de suerte
lo mismo lo habían matado hacía ya diez años.
—Nada importante.
—¿Cómo puedes decir nada importante? Tiene que haber algo más. —
Corrieri estaba perdiendo la paciencia.
—No hay nada. Y punto. Es todo lo que sé. De quién pueda ser el
Destripamuertos no tengo la menor idea, y, honradamente, tampoco lo quiero saber, solo estoy contento de que mi nombre no esté en esas putas lápidas.
Pero si lo quieren pillar, tienen que buscarlo en aquella historia de hace veinte
años. No sé más, y hasta aquí todo lo que tenía que decirles.
Corrieri estaba nervioso. Su perenne calma tan apreciada por su colega
Lopresti se había esfumado. El viejo rajado de la oficina era un manojo de
nervios, su rostro había adquirido un peligroso tono color rojo fuego. Ni
siquiera se dio cuenta de la llamada que recibió su compañero, estaba
demasiado concentrado en Salvatore Bola. Le miraba a los ojos, a ver quién
bajaba antes la mirada.
Lopresti se retiró a un rincón de la habitación para responder al teléfono.
Mientras los otros dos se observaban amenazantes, él escuchó atentamente
todo lo que le decían, murmuró un par de rápidos monosílabos y cortó la
comunicación. Se volvió a los otros y…
—Boli’… Vete a tomar por culo con tus amigos. Hemos terminado.
—¿Pero cómo? —dijo Corrieri.
—Tenemos que irnos —se excusó Lopresti.
—Bueno, pues entonces, mis mejores deseos. Y por favor, sobre esa
cuestión, lo de que he hecho de todo por Don Peppe, ¿estamos de acuerdo?
—No problem, Boli’.
El hombre le midió con mirada torva.
—Inspector, ustedes ven demasiada televisión. —Se giró y salió rápido de
la habitación para volver a su carnaval de devociones hecho de flores
marchitas y lamparillas de cementerio.
—¿Pero qué te ha dado? —preguntó Corrieri mientras las venas del cuello
le volvían a la normalidad.
—No, ¿qué te ha dado a ti? Parecías un loco. Primero te haces el
diplomático, que con la charla te lo camelas como quieres, luego te pones a
hacerte el duro, que por momentos parecía que la ibas a emprender a
porrazos. Amigo, tenemos que ponernos de acuerdo sobre quién hace de poli
bueno y quién de malo, porque empiezo a no entender una mierda.
Corrieri bufó con una media sonrisa y se pasó la mano por la cara sudada.
—Tienes razón, perdóname. Es que me he dado cuenta de que no nos lo
había contado todo, y que uno así me joda no lo aguanto, me desquicia los
nervios.
—¿Te desquicia los nervios? Querido colega, ganas puntos a cada
momento que paso contigo. En todo caso, creo que lo que nos ha dicho es
bastante, hay que informar al jefe y tenemos que espabilarnos. Hay mucho
que hacer.
—¿La llamada?
—¡Tenemos una pista!
Corrieri se quedó boquiabierto esperando explicaciones.
—El comisario jefe Taglieri envió una orden interna al comandante de la
cárcel para averiguar con quién socializaba en la celda nuestro Impasible en
los últimos tiempos, y por el registro que llevan las secciones resultó que
pasaba mucho tiempo con un gitano, un tal Olban. Un tipo que vive en un
campamento nómada en la zona de Génova.
—¿Y qué?
—Que nos vamos a Génova, compañero. La pista de Milán está abrasada
y a Annunziati y a Morganti les han dado por el culo.
Corrieri se quedó pensativo. La rabia y la tensión de unos momentos antes
se habían esfumado y ahora parecía un saco vacío a punto de desinflarse.
—Bueno, ¿y qué te pasa ahora?
—Nada, pensaba en mi mujer. Tengo que avisar en casa. Así como así, no
sé si puedo.
—Nada de peros. ¡Ahora es nuestro momento!
Corrieri asintió a duras penas. Trató de esbozar una sonrisa, pero solo
consiguió poner una mueca triste. Lopresti no sabía qué hacer, estaba
luchando entre mostrar empatía o mandarlo a la mierda. Trató de cambiar de
conversación.
—¿Y con la promesa hecha al Bola de hacer correr la voz cómo lo
hacemos?
Corrieri se puso rígido como si hubiera recibido un latigazo.
—Lo hacemos arrestando a ese gilipollas lo antes posible.
Domingo, 24 de enero de 2016,
San Francisco
5
Michele tenía hambre. El dolor y el cansancio habían desaparecido dejándolo
confuso y vacío. Se levantó de la cama deslizándose fuera de las sábanas
arrugadas. Sintió el suelo frío bajo sus pies. Un escalofrío que le hizo
suspirar. Le gustaba el frío, le gustaba la piel de gallina que se le ponía por
todo el cuerpo. Cualquier cosa con tal de sentirse vivo.
Fue a la cocina y abrió al azar cajones y armarios. Rebanadas de pan de
molde integral, galletas integrales, pan integral…, todo integral. Qué cojones, se comía mejor en el talego. Se rindió y le dio un mordisco a una rebanada de
pan de aspecto chicloso. Bocado a bocado se fue dando cuenta del hambre
que tenía. En aquel viaje comer no había sido una prioridad y su cuerpo, entre
heridas y privaciones, había estado a punto de sucumbir. Pero al final había
resistido, todavía estaba vivo. Sintió un arrebato de orgullo abrirse camino en
su interior, entre mordisco y mordisco. Terminó la primera rebanada y de
seguido le hincó el diente a la segunda. Miró el reloj colgado en la pared, la
esfera era una imagen estilizada del skyline de Nueva York, mil luces y
rascacielos, sobre los que se movían las agujas recordando que el tiempo
pasaba y que tenía que espabilarse. Era casi la hora de comer y todavía tenía
que…
—¿Pero qué haces medio desnudo? Vas a coger frío —le dijo Yleana con
voz aguda.
Había aparecido en el umbral de la cocina y se acariciaba el largo cabello
castaño. Se había vuelto a poner el pijama con los estrafalarios muñecos y las
zapatillas azules. Michele tuvo una fugaz visión de su cuerpo, de aquel abrazo
prolongado y dulce que lo había arrancado del dolor. De esa noche
transcurrida como nunca hubiera imaginado, durmiendo entre sus brazos,
aferrados el uno a la otra como náufragos. Como pecios de sus propias vidas.
La observó con mirada alucinada, sin comprender si era real o no. Ella no
le hizo caso y se acercó alegre.
—Ve a ponerte algo, yo mientras preparo café.
Se puso a su lado, al menos veinte centímetros más baja que él, y empezó
a trastear con la cafetera y el grifo, mostrando una falsa indiferencia por aquel
desconocido que la estaba escrutando. Michele se enderezó tirando a un
rincón el trozo de pan que sobraba y se dispuso a volver a la habitación, pero
ella fue más rápida. Se arrimó pegándose a él, apresándole las caderas con las
manos, y poniéndose de puntillas le dio un beso en los labios. Rápido,
inmediato. Una cosa de niños, con leve sabor a melocotón. Luego sonrió y
volvió a llenar la cafetera.
Michele no reaccionó, no sabía qué decir, era todo demasiado alejado de
su vida para que pudiera ser verdad. Demasiado distante de los últimos veinte
años, de los registros, del reparto de comida, de las horas libres en el patio.
Demasiado diferente del futuro que había imaginado tumbado en el catre,
perdido en las manchas de moho del techo.
Entró en la habitación para vestirse y, mientras lo hacía, volvió a mirarse
en la gran luna del armario. Un hombre como tantos otros vistiéndose con
calma un domingo por la mañana, después de haber dormido con su compañera, mientras se hace el café y llega la hora de comer. Luego la charla,
el partido en televisión, sacar a pasear el perro, los pagos de la hipoteca, lavar
el coche…
Hizo una mueca. Él no era un hombre normal, no lo había sido nunca y
seguro que ahora tampoco lo iba a ser. Y la que preparaba el café
canturreando no era su compañera, sino solo la puta de Olban. Se puso el
jersey con rabia y se pasó las manos por la cabeza rapada.
Estaba cabreado. La duda trae debilidad y él tenía que estar fuerte. Nada
de incertidumbres.
Volvió a la cocina con gesto resuelto y expresión dura. Yleana fingió no
darse cuenta, había servido café en dos tazas blancas y verdes con motivos
geométricos de una porcelana inmaculada. Debía de ser el juego de las
grandes ocasiones, el que sacaba con los clientes más generosos. Michele se
sentó a la mesa y bebió con ímpetu.
—Cuidado, está caliente.
Se había inclinado sobre la mesa para detenerle el brazo. Sus rostros
estaban próximos y Michele vio que estaba realmente preocupada por él.
—¿Te has quemado? ¿Quieres agua fría?
Impasible se sintió vacilar, de nuevo la realidad se le hizo trizas. El café
hirviendo le había quemado, pero no se había dado cuenta, de pronto se sentía
frágil como la taza de porcelana.
Negó con la cabeza, mientras una voz en su mente le advertía de que,
cuando él entró en el talego, ella todavía no había nacido.
—¿Qué quieres para comer? ¿Te gusta la pasta con setas y aceitunas?
Él se encogió de hombros.
—¿Sabes que desde que te has levantado no has dicho una palabra? Eso
no está bien… —Le miraba con los brazos cruzados fingiendo estar enfadada,
pero era evidente que entre mohín y mohín le estaba sonriendo.
Michele estaba confuso, por primera vez en muchos años no sabía cómo
actuar. Su mundo hecho de reglas y horarios había sido sustituido por una
realidad fluida y enormemente impredecible. Estaba convencido de haberle
dejado las cosas claras a la chica, la había tratado mal, la había humillado y
ofendido. Le había hecho inclinar la cabeza ante él. Ante el boss. Pero luego
había tenido lugar esa noche entre sudor y medicinas. Esa noche con los
gritos de Milena resonando en un rincón remoto de su mente. Esa noche con
Yleana rescatándolo de sus recuerdos.
Decidió dejar de pensar y olvidarse de sí mismo.
—No me gustan las setas —se limitó a gruñir.
—¡Vaya! ¡Si hablas! Hablas. —Sonrió, divertida—. Si no te gustan
cambiamos. ¿Te gusta la panceta?
—Pero bueno, lo tienes todo integral, el pan, la pasta, las galletas… ¿y me
ofreces panceta?
—¡¡¡Sí!!! Pero no se lo diremos a nadie. Será nuestro secreto, ¡de Michele
e Yleana! —Se rio.
—De todas formas, sí. Me gusta la panceta, aunque todo depende de cómo
hagas la salsa.
—Vale, entonces me echas una mano.
Michele se levantó lentamente de la mesa, como si no estuviese muy
seguro de lo que estaba haciendo. Ella en cambio se movía ágil por la cocina,
abriendo y cerrando armarios, sacando ollas y sartenes, cucharones y
cuchillos. Agarró un delantal verde que estaba colgado en la pared y se lo
metió a Michele por la cabeza, luego le echó los brazos al cuello y le volvió a
besar. Esta vez él le devolvió el beso. Hondo, profundo, generoso. Cuando se
soltaron, ella le acarició la mejilla, marcada por los años y por una barba gris
y dura.
—Venga, vamos a hacer la comida, que me muero de hambre.
Se pusieron a cocinar, hombro con hombro, riendo y bromeando.
Hablando de todo cuanto se les pasaba por la cabeza.
El reloj de la pared seguía marcando el tiempo.
Ella había cocido la pasta. Él había preparado una salsa magnífica. Como
tenía que ser. Comieron uno frente al otro, Yleana que no paraba de hablar,
Michele que se sentía flotar. Lejos del pasado y del futuro, encerrado y
protegido en una burbuja hermosísima, ligera, resplandeciente, pero frágil, a
punto de estallar al menor roce con la realidad. Pero allí, en aquel lugar, en
aquel momento, la realidad parecía desvanecerse y él no quería romper la
burbuja.
Después de comer, lo llevó a la habitación y le hizo sentarse en la cama y
quitarse el jersey. Le retiró con delicadeza el vendaje del hombro, con
cuidado para no hacerle daño. Preparó el material de curas dejado por el
doctor, gasas limpias, algodón y un frasco de desinfectante. Destapó la herida,
los puntos con sangre coagulada se clavaban en la carne macerada, pero tenía
un aspecto decididamente mejor que el día anterior. Se arrodilló y empezó a
limpiársela. Él cerró los ojos, abandonándose a sus cuidados. A pesar del leve
dolor, la sensación fue agradable. Permanecieron en silencio unos minutos, que parecieron eternos. Uno frente al otro, con las mentes flotando,
acercándose hasta rozarse. Michele sentía su olor y la suavidad de sus manos
sobre la piel. Las palabras de la chica se confundieron en su mente y tuvo que
repetirle la pregunta.
—¿Dónde irás cuando te cures?
Michele abrió los ojos y la miró. La chica tenía la cabeza baja, mezcla de
temor y vergüenza por haber hecho esa pregunta.
—Tengo cosas que hacer —respondió sin siquiera darse cuenta.
—¿Qué?
—Mejor que no lo sepas. Es mejor para los dos.
—¡Llévame contigo!
Yleana alzó la cabeza mirándolo fijamente. Michele la observó y vio en
sus ojos dulzura, tristeza y resignación. Y una desesperada necesidad de
encontrar a alguien. De huir, de vivir, de olvidar, de abandonarse por fin.
—Olban es malo, no ayuda a nadie. Si te ha ayudado a ti quiere decir que
eres importante, quiere decir que te teme… Si nos vamos juntos, nos dejará en
paz.
Michele Impasible sintió que su mundo volvía a tambalearse. Su férrea
obsesión, su inquebrantable destino vacilaban. Miró a Yleana y comprendió
que se habían encontrado quién sabía por qué absurdo azar de la vida y se
estaban aferrando el uno a la otra para resurgir de los escombros de sus vidas.
Eran de verdad dos náufragos, perdidos en aguas profundas.
Pero el mar y la vida no saben de sentimientos. Sube la marea, crecen las
olas y te tragan. Y, al final, todo lo que queda es un leve encrespamiento en la
piel del agua.
Michele sintió que lo arrastraban. No pensó en nada, se dejó llevar por la
corriente. Esta vez fue él quien se acercó a Yleana. La besó suavemente. Una
caricia, sin pasión ni deseo. Ella abrió los ojos de par en par preguntándose el
sentido de aquel beso. Mientras la burbuja que los había envuelto se
desvanecía en la realidad.
El timbre sonó con fuerza. Un sonido prolongado e insistente. Luego dos
golpes rápidos seguidos.
Yleana se puso rígida, los ojos esperanzados de hacía unos instantes se
hicieron fríos y lejanos. Sabía quién era. Tenía llaves, pero siempre llamaba
para evitar molestarla cuando estaba con un cliente.
Se alzó de golpe y se agazapó en un rincón de la habitación como un
animal atemorizado. La puerta del apartamento se abrió, pasos rápidos en la
cocina y luego el hijo de Olban apareció en el cuarto. El chico sonrió
malicioso al ver a Michele con el pecho desnudo y miró fijamente a Yleana,
que trataba de hacerse aún más pequeña contra la pared. A Impasible no se le
escapó aquella mirada cargada de excitación y comprendió que la muchacha
no era divertimento exclusivo de Olban sino también de su hijo. Vio los ojos
de ella fijarse en las manos grandes del chico, que se agitaban nerviosas.
Evidentemente pegarle era un placer al que era difícil renunciar y contenerse
no era en realidad una de las cualidades del joven gitano.
El italiano sintió cómo le invadía un fogonazo de su antigua maldad, del
verdadero Michele Impasible, y barría aquel día absurdo hecho de falsa
intimidad y fantasías irrealizables. Percibió el aire frío en la piel caliente, la
sordidez de aquel apartamento y el miedo. El miedo de Yleana.
Se levantó de la cama. Hizo ostentación de su cuerpo herido, las
mandíbulas apretadas, las palabras duras.
—¿Qué cojones haces aquí? No han pasado los dos días y yo no os he
llamado.
El joven fingió no oírle. Seguía mirando fijo a la moldava, imaginando
con alegría el castigo que le iba a infligir.
—Te he preguntado qué cojones haces aquí —repitió Michele.
Olban hijo se giró insolente, dispuesto a responder en consonancia, pero
se quedó sin aliento porque su percepción de peligro fue inmediata. Aquel
hombre rapado al cero, con el pecho desnudo, con un hombro macerado y
recosido estaba dispuesto a matarlo. Sus ojos eran pozos negros que no
dejaban lugar a dudas. Ahora el miedo de Yleana se había vuelto su miedo.
—Mi padre me ha dicho que viniera a buscarte —dijo dócil.
—¿Por qué?
—Porque han telefoneado.
—¿Qué cojones significa eso?
—Alguien ha llamado a mi padre y le ha dicho que la policía va a registrar
el campamento, y allí te ha visto demasiada gente. Alguien podría hablar y
traerlos hasta aquí. Tienes que irte. Rápido.
—¿Quién ha llamado?
—No lo sé y mi padre tampoco. Pero sabían que estabas con nosotros. Él
ya se ha marchado y ahora debes irte tú.
Michele se tomó unos instantes para sopesar aquellas palabras. Un
instante para poner cada cosa en su justa perspectiva y devolver su vida a los cauces que él había decidido.
—Fuera de aquí. Los dos. Tengo que vestirme.
Hubo un momento de indecisión en el gitano y en Yleana, que no se daba
cuenta de lo que estaba sucediendo.
—¡Fuera, rápido! —gritó Michele rabioso.
Ambos salieron en silencio. Se vistió con mucho cuidado para que no se
le saltaran los puntos del hombro. Cogió de su vieja ropa ensangrentada el
dinero que se había llevado del apartamento del abogado, se quedó con mil
euros y el resto lo metió en la caja que había dejado el doctor, cogió los
blísteres y metió la caja en el cajón de la mesilla. Quitó la funda a una de las
almohadas y metió dentro un jersey limpio, las medicinas y las vendas. Se
lavó la cara en el lavabo, suspiró profundamente y salió de la habitación.
El joven Olban lo esperaba listo junto a la puerta, manteniéndose a la
debida distancia de Yleana. Aquel chico era menos estúpido de lo previsto,
pensó Michele. La moldava estaba sentada a la mesa de la cocina, donde
habían comido juntos poco antes. Entrelazaba nerviosa los dedos. Su pequeño
sueño de libertad había muerto y no le quedaba otra que resignarse a los palos
de los Olban e hincarse de rodillas ante la habitual fila de clientes.
Michele no quería perder tiempo, algunas cosas es mejor hacerlas cuanto
antes.
—Podemos irnos —dijo al gitano, que abrió la puerta y comprobó el
descansillo.
Se acercó deprisa a Yleana, que, con la cara cárdena y los ojos rojos, se
levantó para despedirse.
—Gracias por haberme curado y por darme las medicinas —dijo en voz
alta de manera que el gitano lo oyera.
Luego la abrazó, le dio un beso fraternal en la mejilla y le susurró al oído:
—Creo que tú también deberías tomar mis medicinas. Están en el cajón de
la mesilla.
Ella estaba confundida.
—¿Me has entendido?
La muchacha asintió haciendo un mohín, tratando de no romper a llorar ni
a gritar.
Michele se reunió con el gitano en la puerta, lanzó una rápida mirada a sus
espaldas para contemplar su grácil figura y su melena de pelo castaño y por
fin se marchó.
Subieron a otro coche. No al habitual Mercedes, sino a uno más discreto. Era
un Yaris común gris, aunque por el ruido se veía que el motor estaba trucado.
Salieron de Génova en dirección a Savona, en unos instantes Michele perdió
la orientación y, honradamente, se la sudaba saber exactamente dónde pudiera
encontrarse. Cogieron la autopista y una sucesión infinita de túneles iluminó
de luces trémulas el interior del coche.
Impasible cerró los ojos y se recostó en el asiento, necesitaba no pensar en
nada. Aunque solo fueran cinco minutos, cinco minutos de no pensar en nada
en absoluto.
—Vamos a la frontera con Francia —le dijo el hijo de Olban.
Michele volvió a abrir los ojos resignado a no tener paz, se dio cuenta de
que no conocía el nombre del muchacho, pero decidió no preguntárselo. No
era necesario saberlo. Y él tenía que limitarse solo a lo necesario. Cortar las
ramas secas y todo aquello que le ralentizaba, le pesaba o le distraía de su
objetivo. Todo. Cualquier maldita cosa.
—¿Cuánto queda para llegar?
—Dos horas para el sitio que te digo. Cruzamos la frontera, tú te bajas y
yo me vuelvo, que como mínimo la policía ahora mismo está destrozando mi
campamento buscándote.
Había rencor en las palabras del muchacho, pero a Michele ni le
importaba una mierda ni mucho menos le hacía sentirse culpable. Así que el
deseo de pegar a aquel capullito que se divertía atemorizando a Yleana volvió
a abrirse paso con fuerza en su interior.
—¿Te ha dado algo tu padre para mí?
—En la guantera.
Michele abrió. Estaba envuelta en un paño de cocina. Una pistola, calibre
9, número de registro raspado, culata desgastada y rayada. Daba la impresión
de que en vez de haberla usado para disparar lo habían hecho para clavar
clavos. Una mierda, pero tenía que aguantarse. Con el pulgar presionó el
botón sobre la culata, justo bajo el seguro, y sacó el cargador. Una rápida
mirada a través. Lleno. Quince balas. Perfecto. Al menos esto iba bien.
Otra cosa. Junto a la pipa había un sobre de plástico transparente con un
billetero de piel artificial. Dentro, un carné de identidad estropeado y gastado,
expedido a nombre de un tal Lorenzo Bacchi, empleado de Avellino. Estatura,
ojos y color de pelo se correspondían, pero Lorenzo Bacchi no tenía cara.
—¿Y con esto qué cojones quieres que haga?
—La foto te la iban a hacer mañana, cuando ya no tuvieras pinta de
cadáver, pero no ha dado tiempo. Tranquilo, no es nada grave. El carné es bueno, original, te haces una foto de carné en Francia, en las máquinas
automáticas. En el billetero tienes también los pequeños pernos de cobre que
usan los ayuntamientos para fijar las imágenes al papel. Y tienes la película
adhesiva para poner sobre la foto. Si te esfuerzas, el trabajito artesanal lo
puedes hacer tú mismo. No será de primera, pero para andar por Francia basta
y sobra. Y te aconsejo que estropees la foto un poco, si no, parecerá
demasiado nueva.
Michele no estaba para nada convencido, pero no tenía elección. Por otra
parte, en absoluto lo necesitaba para subir en un avión. Lo del vuelo a España
era solo una capullada que se había inventado para distraer al abogado y sus
ganas de charla. Su objetivo siempre había sido otro y ahora se estaba
acercando.
Envolvió de nuevo la pistola y los documentos en el paño de cocina y lo
metió todo en la funda que había cogido en casa de Yleana.
Una vez en Francia tendría que tratar de adecentarse si no quería que la
policía le tomara por un mendigo y le pararan cada cinco minutos. Debía
ponerse a tono para el gran final.
Se dejó llevar suspirando profundamente y al fin se relajó. La oscuridad lo
envolvía todo y tenía algo de tranquilizador, como si no poder ver supusiera
una ventaja. Una intangible protección en espera del futuro. El joven encendió
la radio y, sin decirlo en voz alta, ambos pasajeros decidieron que no se
hablarían más hasta llegar. El coche avanzaba veloz hacia la frontera.