Lady Monfort

Nessa McDubh · Capítulo 19 de 34

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Lady Monfort

Capítulo XIX

 

 

Para desgracia de Abigail, cuando llegaron al castillo no pudo hablar con James como quería porque debía reunirse con Gavin para tratar los temas expuestos en su reunión con el rey. Y eran de suma importancia, así que ella se tuvo que esperar. Eso no quiso decir que no siguiesen durmiendo juntos, ni manteniendo sus encuentros. La cuestión era que Abigail no creía oportuno confesarle todo aquello tras hacer el amor con él. Por lo que se tuvo que esperar a que el momento oportuno llegase.

 

Una mañana soleada en la que todo el mundo estaba inmerso en sus propias labores, Abigail había sido llamada para atender el parto de una joven primeriza miembro del clan y que vivía en la aldea cerca del castillo. La curandera que se encargaba de esas tareas allí había sufrido un accidente con una de sus mulas y tenía uno de sus brazos inmovilizado. Le preguntaron si podría acudir para asistir a la muchacha y, con el permiso de James, se preparó para ir.

Rebuscando por toda su habitación su ropa específica para atender este tipo de trabajos, acabó sacando todo lo que tenía dentro del armario y colocándolo sobre la cama. Solo así pudo encontrar su mandil y el pañuelo que la ayudarían a mantener su espesa melena controlada. Con todo bien metido en su bolsa de mimbre, devuelve todo el desastre que había extendido sobre su cama al armario. Sale con paso firme y decidida de su estancia, y se dirige hacia el exterior donde la estaban esperando.

—¡Ah! ¡Beth! ¡Menos mal que te encuentro! —dice al ver a su compañera y ya buena amiga portando un cesto de ropa para lavar— Me he dejado algo de ropa en mi habitación para poder lavarla. Iba a hacerlo yo, pero tengo que… —comienza a decir.

—No te preocupes, Abi. Yo la recojo y te la lavo, tranquila. El deber te llama, amiga —responde Beth con su clásica sonrisa.

Era una muchacha muy risueña y alegre, y ambas habían congeniado a la perfección desde el primer día. Delgada, algo más baja que Abigail, con unos ojos azules como el mismo cielo y unos cabellos rubios como el oro, parecía un ángel caído del cielo. Resultaba muy curiosa la pareja que formaban ellas dos porque eran completamente diferentes en todo. Tal vez por eso se hicieron buenas amigas. Aunque sentía pena por verla suspirar por Fergus, sin atreverse siquiera a intentar acercarse más a él.

Con todo listo, Abigail monta sobre su yegua y emprende camino hacia la aldea, acompañada por el marido de la muchacha que había venido en busca de ayuda y de Duncan, quien accedió a escoltarla por orden del laird. Esperaba que fuese un parto fácil y que no la mantuviese retenida mucho tiempo, ya que ansiaba volver a estar entre sus brazos y poder dejarse amar de nuevo con la pasión con la que siempre le hacía el amor.

 

Mientras Abigail atendía el parto que no mostraba ningún tipo de complicaciones, en el castillo todos proseguían con sus labores. Las muchachas sacaban la ropa de los cestos para sacudirlas antes de meterlas en sus baldes y proceder con el lavado. Cuando tocaba día de lavandería, el castillo se veía inundado por los alegres cánticos de las mujeres mientras golpeaban y retorcían las prendas sumergidas en agua. Era uno de los momentos más enigmáticos y de los que a James más le gustaba disfrutar.

Estaba en el campo de entrenamiento, observando a Gavin dar instrucciones a los nuevos miembros de su ya gran ejército y dejándose llevar por la melodía de los cánticos. A su mente le viene el rostro de Abigail y no puede evitar sonreír de forma inconsciente. Esa mujer de mirada esmeralda le había embrujado hasta tal punto que ya no tenía otra cosa en su cabeza. Le gustaba observarla mientras dormía junto a él, tan perfecta y tan hermosa.

—Despierta, soñador… Empiezo a pensar que el enamoramiento no te sienta bien, James —se burla Gavin apareciendo junto a él y trayéndolo de vuelta a la realidad.

—A ti lo que te pasa es que tienes envidia —responde James con sarcasmo.

—¿Envidia por haber sido el primero en llegar hasta ella? Sí, pero no soy el único. Tu chica ha dejado algún que otro corazón roto entre tus hombres. Te has llevado a la joya más ambicionada del castillo, amigo. — Aunque era consciente de las pasiones que Abigail había levantado entre sus hombres, no era algo que le gustase mucho seguir viendo. Emite un ligero chasquido con su lengua en señal de molestia.

—¿Cómo tienes el brazo? —pregunta, entonces, cambiando de tema.

—Como nuevo. Puedo moverlo perfectamente, sujetar una espada sin sentir ningún tipo de punzada. Estoy listo para un nuevo enfrentamiento. ¿Por qué? ¿Acaso quieres que les hagamos una demostración a los nuevos reclutas?

—No. Era mera curiosidad.

—¿Cómo vas con la petición del rey? —El semblante de James se vuelve serio, pensativo.

—Mal. No me gusta nada tener que espiar a un amigo. Enrique Estuardo siempre ha estado del lado de la corona, y no solo porque sea el marido de Margarita. Ha luchado siempre al lado de los escoceses. No sé qué se propone Beaton con todo esto, pero no confío en ese ser ambicioso que se escuda bajo la premisa de ser un enviado del Papa para representar a la iglesia en Escocia.

—No le vas a perdonar nunca lo de Hamilton, ¿verdad?

—Patrick era un buen hombre. No hacía daño a nadie, pero estaba empezando a conseguir demasiada atención y eso sabes que a Beaton no le hacía ninguna gracia. —El recuerdo de todo el proceso de enjuiciamiento y posterior quema en la hoguera de un hombre al que él siempre había considerado íntegro y fiel a sus creencias jamás lograría olvidarlo. Los gritos de Patrick Hamilton, mientras las llamas devoraban todo su cuerpo, resonaron en todo Saint Andrews y se grabó a fuego en el recuerdo de los allí presentes.

—Ya. Yo también pienso que el Lord Canciller trama algo y me temo que no es nada bueno ni favorable para ninguno de nosotros —afirma Gavin.

—Pues, creo que deberíamos hacer nuestra propia investigación paralela. Por el bien de Escocia y por el bien del rey —sentencia James.

Ambos amigos emprenden camino hacia el castillo para poder hablar de forma más privada sobre ese tema en cuestión y no arriesgarse a que hubiese alguien que pudiese cometer el error, o la tentación, de irle con el cuento al cardenal. Sería algo terrible, ya que con toda seguridad serían acusados de ir en contra de la corona y, por lo tanto, ser condenados a muerte. Y James no pondría en peligro a la gente de su clan.

A la altura de las escaleras de la entrada, se cruzan con Beth que iba cargada con un nuevo cesto de ropa para lavar. Al pasar junto a ellos, de uno de los vestidos cae un pequeño saco de piel marrón. James se agacha para recogerlo del suelo, a la vez que ella, y se queda pasmado al reconocer aquel objeto.

—¿Es tuyo, Beth? —le pregunta intrigado.

—No, señor. Ha debido de caerse de los bolsillos de algún vestido… — responde ella con su clásica sonrisa. James se fija en las prendas del cesto y coge la tela de uno de ellos.

—¿Este vestido es de Abigail?

—Sí, señor. Me ha pedido que le lleve unas prendas a lavar, ya que ella ha tenido que irse a atender el parto de Grizela —le explica Beth. Estira la mano para recuperar el saco, pero James cierra el puño sobre él.

—Ya se lo entrego yo, Beth. No te preocupes —afirma. La muchacha asiente con la cabeza y vuelve a sus tareas canturreando felizmente de camino a la zona de lavandería.

—Fergus es un insensato por no hacer caso a una muchacha tan …— comienza a decir Gavin observando a Beth alejarse de ellos cargando con el cesto lleno de ropa.

—A mi despacho. Ya —asevera James.

Su semblante había cambiado por completo. Tanto que hasta Gavin se asustó al verle tan serio. Parecía como si una repentina furia se empezase a apoderar de él y no lograba entender cuál había sido el motivo de su cambio. Le sigue a grandes pasos, ya que parecía llevar bastante prisa por llegar. Cuando llegan, y entran a la intimidad de esas paredes que tantos secretos habían escuchado, James cierra la puerta de golpe.

Resoplaba cual toro embravecido y dispuesto a embestir. Pasa por el lado de su amigo, suelta el saco sobre la mesa de malos modos y se apoya en ella con los puños cerrados. Gavin lo miraba incrédulo, intentando adivinar qué le estaba sucediendo. Una vez más calmado, o eso parecía, coge el saco y se gira para mirarlo, haciéndole entrega del objeto.

—¿No te es familiar? —pregunta James en un tono serio, enfadado más bien.

—Pues…

—Ábrelo. Mira a ver lo que hay dentro. —Sin entender muy bien a dónde quería llegar con todo eso, Gavin abre el saco, dejando caer sobre la palma de su mano una pulsera hecha de diamantes y esmeraldas. La reconoce al segundo, pues él había ido con su amigo a realizar el encargo y a recogerla. Mira, entonces, a James, quien volvía a resoplar y a mostrar ese semblante que tanto temor causaba a sus enemigos.

—Era ella, siempre lo ha sido… —dice apretando la mandíbula y los puños.

—James, quizás debas esperar a ver qué te cuenta. No deberías sacar conclusiones precipi…

—¡¿Esperar a qué?! ¿Qué me va a decir, Gavin? Le abrí mi corazón, le conté todo. Hablé sobre Arabela con total sinceridad y… y era ella. Se ha estado burlando de mí todo este tiempo —habla mientras camina de un lado a otro de la habitación.

—James, escúchame, por favor. Conocemos a Abigail, tú mejor que nadie la conoce. Seguro que tiene un buen motivo para todo esto. Deja que se explique y no cometas un error del que te puedas llegar a arrepentir —se aventura a aconsejarle, aun sabiendo que su posicionamiento junto a la mujer no iba a ser del agrado de su amigo.

—¡Maldita sea, Gavin! ¿De parte de quién estás? —vocifera James fuera de sí.

—Siempre de ti, amigo. Pero creo que también debo aconsejarte, y frenarte, cuando sé que estás a punto de cometer una locura…

En ese momento, en el exterior, se oyen los cascos de unos caballos que alertaban de la llegada de jinetes al castillo. Cuando James se acerca a la ventana para ver de quién se trataba, la ve desmontando de su yegua y como Duncan se llevaba ambos caballos a los establos. Decidido, sale del despacho en dos zancadas, se cruza con uno de los sirvientes y le pide que haga llamar a Abigail en seguida.

Cuando ella entra en el despacho, con una amplia sonrisa iluminando su rostro, ve a James dándole la espalda a la puerta y mirando hacia el exterior por la ventana. Parecía estar sopesando algo. Mira, entonces, a Gavin, quien le hace un gesto con la cabeza para que no haga ni diga nada. En ese instante, un destello sobre la mesa llama la atención de Abigail, quien se queda blanca al reconocer la pulsera. El mundo se detuvo por completo en ese instante.

—¿Reconoces ese objeto sobre la mesa, Abigail? —pregunta James sin mirarla. Su voz sonaba demasiado profunda, casi sepulcral. Tanto que ella sintió que se le helaba la sangre.

—James, yo… puedo explicarlo —se apresura a responder, avanzando hacia él. Pero, de forma brusca, él se gira para enfrentarla. Abigail da un paso hacia atrás del miedo que le produjo ver cómo sus ojos la miraban con la misma oscuridad con la que miraba a sus enemigos.

—¿Puedes explicarme por qué tienes en tu poder un objeto que yo le regalé a otra mujer?

—Yo… yo no… es algo complicado… —balbucea sin logran encontrar las palabras exactas.

—¡¿Acaso pretendes decirme que Arabela Monfort y tú no sois la misma persona?! ¡Adelante, Abigail! ¡Mírame a los ojos y dime que me estoy equivocando! ¡Dímelo y me caeré de rodillas ante ti suplicando perdón! —James comenzaba a resoplar de nuevo, dominado por el dolor de aquella verdad. Una verdad que le golpeó con demasiada dureza en lo más profundo de su alma. Ningún enemigo había conseguido herirle con tanta fuerza como lo había hecho ella— No puedes, ¿verdad? Y supongo que te habrás divertido mucho todo este tiempo, claro… —dice con total desprecio.

—James, por favor… —Abigail vuelve a dar un paso hacia él, pero se vuelve a quedar estática al ver cómo la rechazaba y volvía a fulminarla con sus grises ojos.

—Para ti, vuelvo a ser tu señor. Y ahora, sal de aquí —asevera.

Con lágrimas asomando en sus ojos, Abigail lo mira implorando comprensión, pero solo se encuentra con una tremenda frialdad por parte de él. James vuelve a darle la espalda para no verla salir de allí y evitar la tentación de salir corriendo tras ella. Buscaba la fuerza necesaria para mantenerse en su fría posición, aunque por dentro sintiese que se le rompiese el alma en mil pedazos. Ella mira a Gavin, tratando de buscar su ayuda, pero este solo asiente con la cabeza en señal de su clara posición junto a su laird.

Cuando oye el sonido de la puerta abrirse y después cerrarse, James siente como si el golpe se lo hubiesen dado a él en el centro de su corazón. Una herida que le iba a costar mucho tiempo cerrarla, aunque dudaba de poder hacerlo algún día. Se enamoró como un loco de una mujer que apenas conocía, de la que apenas sabía nada, y así es como la vida decide pagarle su atrevimiento. ¡Qué iluso pensar que ella podría ser diferente al resto de damas insulsas y caprichosas con las que solía estar!

—¿No crees que has sido un poco duro con ella? —pregunta Gavin rompiendo el silencio que se había formado entre esas cuatro paredes.

—Vuelvo a repetirte que de parte de quién estás.

—¡Tuya, joder! Pero creo que te has equivocado al reaccionar de esa forma tan… fría. ¡James, por el amor de Dios! ¡Acabas de romperle el corazón a la mujer a la que amas, y sin dejarla al menos darte una explicación! —le reprocha con total sinceridad a su amigo.

—Puedes ir corriendo a consolarla, si quieres. Ya no es asunto mío. — Gavin lo miró atónito, sabiendo que no decía en serio aquellas palabras, pero siendo consciente que era imposible razonar con él en esos momentos. Decide, pues, dejarlo solo y se dirige hacia la puerta, no sin antes girarse para mirar a su amigo, quien permanecía fijo en algún punto del horizonte a través de la ventana.

—Te estás equivocando y te vas a arrepentir de esto, James. —Sin más, Gavin sale del despacho cerrando la puerta tras de sí.

Entendía que su amigo estuviese dolido por haber tenido que descubrir de aquella manera toda la verdad sobre su dama misteriosa, pero tampoco consideraba que Abigail se mereciese un trato tan frío por su parte. Debería, al menos, haberla dejado explicarse porque estaba convencido que ella tendría una buena explicación. Y con la firme decisión de averiguarlo por su cuenta, se dirige en su busca.

Baja las escaleras casi de dos en dos y llega a las cocinas, donde encuentra a todo el mundo trabajando como si nada hubiese pasado. No ha debido de pasar por allí, pues nadie sabía nada de ella. Ni siquiera la habían visto llegar. Se cruza, entonces, con Elspeth, quien le dice que la vio irse junto a Beth, Duncan e Iona hacia el jardín privado del castillo. Gavin da la vuelta a toda la edificación a grandes zancadas y atraviesa el arco de piedra del muro que separaba las estancias.

No había nadie, salvo los guardias de siempre apostados cada uno en su lugar. Oye unas voces en la lejanía, casi como susurros y a una mujer sollozando. Provenían del jardín inferior. Debían ser ellos. Desciende las pequeñas escaleras casi de un salto y se encuentra al grupo de amigos sentados en un banco, junto a una Abigail rota en llanto y sin lograr articular palabra.

Cuando llega a su altura, todos lo miran tratando de buscar alguna explicación del porqué del estado de la muchacha, pero Gavin no responde a sus miradas. Para sorpresa del resto, se arrodilla ante ella y toma sus manos con delicadeza, obligándola a mirarlo a los ojos. Habían congeniado muy bien los dos y le rompía el corazón verla así de disgustada.

—Gavin, puedo explicarlo… y-yo… yo… —balbucea entre lágrimas que no dejaban de arrollar por su rostro. Gavin estira su mano para limpiarlas y acaricia su mejilla con ternura.

—Lo sé, Abigail —le dice— ¿Podéis dejarnos solos, chicos? —les pide a Beth, Iona y Duncan. Los tres se miran unos a otros y luego miran a Gavin, asintiendo con la cabeza y marchándose de allí para concederles a ambos la intimidad que Abigail parecía necesitar para poder sincerarse con el guerrero.

—Lo he estropeado todo, Gavin… fui una ilusa, una estúpida… — comienza a lamentarse ella juntando sus manos sobre su regazo y retorciéndolas con fuerza. Él se sienta junto a ella, pasa un brazo por detrás de su espalda y la acerca para poder abrazarla y transmitirle calma.

—Cuéntamelo todo desde el principio, Abigail.

Poco a poco, entre sollozo y sollozo, le cuenta toda la historia. Desde la absurda idea de su amiga Vicky por contentar los caprichos del hijo estúpido de un laird hasta la decisión de presentarse en palacio con la identidad de su madre muerta. Le cuenta cómo fue su primer encuentro fortuito, el cual Gavin recordaba muy bien, y de cómo James la había salvado en el castillo de acabar siendo agredida por un grupo de hombres bastante ebrios.

Le cuenta su sorpresa al verlos ante la puerta de su casa y del porqué de su despedida con él aquella misma noche en el castillo. Sabía que era un error y más siendo de aquella forma. En verdad estaba convencida de que jamás lo volvería a ver y de que se olvidaría de él, pero el destino a veces parece jugar a un juego muy macabro con las personas porque ahora se encontraba allí, con el corazón roto de dolor y sin saber cómo arreglar aquella situación.

De pronto, a lo lejos, oyen los casos de un caballo salir al galope de los establos. Gavin le pregunta a uno de los guardias, quien le informa que el laird había montado en su caballo y había salido despavorido del castillo.

—¿Qué voy a hacer, Gavin? —dice derrotada hundiendo su rostro entre sus manos y dejándose llevar de nuevo por el llanto desconsolado.

—Dale tiempo, Abigail. Dale tiempo.

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