Lady Monfort
Capítulo III
James se había quedado sorprendido y excitado casi a partes iguales. El descaro que esa misteriosa mujer le acababa de mostrar, lo había divertido. Estaba claro que no se trataba de una mujer corriente. Aparte de su belleza que, a pesar de llevar una máscara que tapaba casi todo su rostro, él pudo deducir con tan solo tenerla entre sus brazos. Y ardiente, eso también fue lo que sintió mientras la besaba y veía como ella se entregaba.
No. Lady Monfort no era para nada una mujer al uso y eso le creaba una enorme intriga. Un profundo deseo por saber más sobre ella, por poder ahondar más en su vida y poder llegar a conquistarla se instala en su corazón. Sin darse cuenta, se lleva una mano hacia sus labios y sonríe al recordar esos carnosos labios dejándose saborear por los suyos.
—Vaya… Por fin te encuentro. —Gavin aparece junto a él, en ese momento— ¿Se puede saber por qué tienes esa cara de tonto enamorado? —pregunta intrigado al ver la extraña expresión de su amigo.
—Lady Arabela Monfort… —susurra James sin quitar ojo al camino por el que su misteriosa dama había desaparecido.
—¿James, estás bien?
—No. Acabo de ser hechizado por una descarada ninfa de mirada esmeralda…
—Pero… ¿qué…?
—¿Me buscabas para algo, Gavin? —cambia James de tema radicalmente.
—S-sí. Jacobo preguntaba por ti y, al no encontrarte en el salón, he salido a buscarte para…
—¿Jacobo? ¡Bien! Él podrá darme más información. —Y dejando a Gavin totalmente boquiabierto y sorprendido, sin entender qué era lo que le había pasado a su amigo, James vuelve al Gran Salón a grandes zancadas.
Al entrar de nuevo en aquella sala atestada de demasiada gente para su gusto, nota el vapor caliente de tantos cuerpos bailando y hablando en tan pocos metros. No puede evitar hacer un gesto de repulsa, deseando que esa tortura de semana acabase pronto.
Al lado de uno de los grandes ventanales, ve a un grupo de gente hablando distendidamente entre risas y gestos familiares. Entre ellos ve a su primo Archibald, al rey Jacobo V de la mano de una joven perteneciente al clan MacKenzie, y a su madre Margarita Tudor, quien iba del brazo de su reciente esposo, Enrique Estuardo, Primer Lord de Methven. James toma aire para acercarse a ellos, dispuesto a soportar otra tediosa conversación sobre la liberación del joven rey hacía un año.
—¡Oh! ¡James! —dice su primo haciendo gestos con el brazo e indicándole que se acercase a ellos.
Solo puede esbozar una falsa sonrisa mientras atravesaba todo el salón e iba sorteando a las damas, y algún que otro caballero que intentaba pararse a hablar con él. Todos querían obtener las atenciones del gran amigo del rey. Y, por supuesto, conseguir casarlo con alguna de sus hijas y poder obtener, así, los favores de la casa real y tener de su lado al clan más poderoso de toda Escocia en esos momentos.
—Justo estábamos hablando de ti, querido primo —comenta Archibald cuando James llega junto a ellos.
—Pues aquí me tenéis —responde con calma—. Alteza —dice haciendo una leve reverencia ante Jacobo, quien sonríe divertido al ver al hombre que le liberó de su terrible cautiverio.
—Os veo bien, James —se adelanta a decir Margarita Tudor extendiendo su mano para ser besada por el escocés más famoso y más temido, y a la vez que admirado, de toda Escocia.
—Mi señora —responde él tomando su mano y dándole un simple beso —. Vos que me veis con buenos ojos, alteza —comenta sonriendo a la reina madre, quien se sonroja ante ese gesto que considera tan sensual.
Debido al repentino sofoco que le entra, Margarita agita su abanico contra su pecho tratando de calmar su agitado corazón y de obtener algo de aire fresco. Gavin, que se había sumado al grupo junto a James, no pudo evitar tener que aguantarse una risa al ver la reacción de la mujer más poderosa de todo el país, ahora mismo. Era conocedor del efecto que su amigo causaba en las mujeres, dando igual la edad que tuviesen estas.
—Hablábamos sobre Angus… —interrumpe Archibald, en ese momento.
—Vuestro primo nos estaba poniendo al día de las nuevas sobre mi padrastro y carcelero —comenta Jacobo.
Con apenas diecisiete años de edad, estaba muy entregado en reconstruir el país y poder darle a Escocia el rey que se merecía. Y, aunque llevaba un año en el trono, las mejoras sociales que había empezado a instaurar ya eran notablemente visibles. Pero solo había una cosa que James no llevaba bien en toda su forma de dirigir el país y era su fijación por perseguir y castigar a los herejes. Su obsesión con la fe católica, lo estaba llevando a dejarse asesorar por malas voces.
Aun recuerda la quema de un joven Patrick Hamilton, un eclesiástico con el único objetivo de promulgar su fe protestante. No hacía daño a nadie y, con sus discursos y su humildad, ayudaba a muchas personas. Pero intervino el cardenal, David Beaton, y se encargó de convencer al rey de quemarlo en la hoguera por hereje. James no había estado nada de acuerdo con esa decisión, pero poco podía hacer para convencer a Jacobo de lo contrario.
—Y bien, ¿tenemos noticias de su paradero actual? —decide preguntar, tratando de no recordar aquel horrible incidente.
—Ha logrado llegar a Inglaterra y mi tío, parece ser, le ha brindado asilo y protección —responde Jacobo.
—Vaya con Enrique VIII y su plan para mantener la paz entre ambos reinos… —comenta Gavin con ironía. James le da un ligero codazo a su amigo, aunque él también había pensado lo mismo y, por la expresión de los allí presentes, opinaban de igual forma.
—Bueno. Eso quiere decir, entonces, que ya nos podemos olvidar de él y dejar de tener a nuestros hombres a las puertas de la fortaleza —dice James. Mira a su primo y a Jacobo, quienes asienten sonrientes—. Genial. Sus esposas os estarán sumamente agradecidas, majestad —afirma.
—Me encantaría recibir los halagos y agradecimientos de dichas mujeres, amigo James… —De todos era sabido de la afición del joven rey por encamarse con todas las mujeres que podía.
—Hablando de mujeres, alteza. Quería preguntaros sobre una de vuestras invitadas en concreto —se apresura a cambiar de tema, ávido por saber más sobre su dama misteriosa.
—¿Cómo? ¿Mi querido primo está interesado en una mujer? —pregunta un Archibald entre sorprendido y divertido. Mira a Gavin, quien asiente con la cabeza en señal de afirmación y lo deja aun más atónito.
—Siempre me han interesado las mujeres, Archi. No sé de qué te sorprendes… —responde serio.
—No les hagáis caso, James. Decidme quién es esa misteriosa mujer y tal vez pueda ayudaros —intercede Jacobo por su amigo y acallando así las burlas y bromas del resto.
—Lady Arabela Monfort.
—No es un nombre muy común, la recordaría. No me suena mucho ese apellido, querido James. ¿A vos, madre? —Jacobo le pasa el testigo a Margarita, quien niega con la cabeza.
—Lo único que yo podría deciros, James, es que ese apellido es español. De la zona del levante, me atrevería a decir. —La respuesta por parte del marido de la reina madre los deja a todos sorprendidos.
—¿Cómo sabes tú eso, amor? —pregunta Margarita intrigada.
—Bueno, he hecho muchos viajes. Y tengo buenas relaciones con Carlos I, su actual rey, y algunos mercaderes de esa zona. Podría confirmarlo, pero estoy casi seguro de ello —afirma Enrique.
—Querido, nunca dejas de sorprenderme… —comenta Margarita con picardía.
—De todas formas, no recuerdo que hubiésemos invitado a nadie de allí —dice Jacobo.
—Tu dama misteriosa cada vez se vuelve más misteriosa —bromea Gavin de nuevo.
—Cállate, Gavin —protesta James provocando la risa de los allí presentes al ver su cara de frustración por no obtener más información sobre ella.
Abigail había tardado bastante en poder encontrar a su amiga, pero, finalmente, logró hallarla en las dependencias de la armería. Aunque decidió esperarla fuera, ya que, al entrar, se encontró una escena un tanto indecorosa para cualquier dama que se precie. Una imagen que tardará en poder borrar de su cabeza. Vicky, tumbada contra unos barriles de pólvora, abierta por completo de piernas, con todos los faldones de su vestido levantados y tapándola entera, gritaba de auténtico placer mientras Kenneth la embestía como una bestia.
Entre gemidos y gruñidos se los había encontrado Abigail y, avergonzada del todo, decidió salir y esperarla sentada tranquilamente en uno de los bancos de piedra que había en la pequeña plaza de aquella estructura. No pudo evitar pensar en James y en recordar lo ardiente que se había sentido con aquel beso. Un apasionado beso que la había dejado completamente excitada. Jamás nadie la había besado así. Lo que ese hombre provocaba en todo su cuerpo no era normal.
—¿Y esa sonrisa tontorrona? —pregunta Vicky apareciendo ante ella. Estaba tan absorta en su recuerdo del encuentro con James Campbell que no fue consciente ni de su sonrisa, ni de la presencia de su amiga.
—¡Por fin apareces! —responde intentando evitar la pregunta.
—A mí no me engañas, Abi. Habla. —Vicky se cruza de brazos, sin dejar de mirarla fijamente e instándola a hablar.
—No es nada, Vicky. Tan solo he conocido a alguien y…
—¡¿Has conocido a alguien?! ¡Abi! Pero, pero ¿cómo? —dice sorprendida.
—Digamos que un grupo de hombres algo ebrios me persiguieron y él apareció para salvarme. Nada más.
—¿Cómo que nada más? ¿Os habéis besado? —Al ver el sonrojo en las mejillas de su amiga, Vicky se queda completamente atónita y posa sus manos en sus caderas, en posición de jarra— ¡Abigail SinClair! ¡Es usted una descarada!
—Sschh, calla o te van a oír y nos vas a delatar —le recrimina. Se levanta de golpe, alisa las arrugas de los faldones de su vestido y coge a su amiga del brazo—. Será mejor que nos vayamos de aquí, Vicky, o tus graznidos van a acabar llamando la atención de todos los invitados del castillo.
—Señorita, usted tiene mucho que contarme y, por suerte, hoy duermes conmigo. Tenemos muchas horas por delante para que me des una descripción exacta sobre tu encuentro con tu hombre misterioso. —Abigail suspira poniendo los ojos en blanco. Sabe que nada logrará evitar que le cuente esa historia a su amiga, aunque deberá obviar que fue con James Campbell con quien tuvo su encuentro o acabarán discutiendo.
A media noche, como le lleva sucediendo desde hace cinco años, se despierta agitada y empapada en sudor. Con una terrible sensación de ahogo, Abigail sale de la cama con cuidado de no despertar a Vicky. Coge una de las mantas que había sobre una pequeña silla, se la echa alrededor del cuerpo y se acerca a la ventana para poder tomar el aire. La noche estaba estrellada y la luna brillaba con fuerza, otorgándole a la ciudad un halo mágico.
Con el corazón latiendo con fuerza, respira con calma para lograr rebajar sus pulsaciones y poder tratar de recobrar el sueño. Esas horribles pesadillas van a acabar con ella, ya que no le permiten lograr descansar bien. No puede evitar revivir la angustia de aquellas noches en las que Simon Preston, señor del castillo Craigmillar, se metía cada noche en su cama y abusaba de ella. Durante un agónico mes, Abigail, con apenas veinte años, tuvo que sufrir los caprichos de un rico señor en sus carnes.
Recuerda y siente, aun hoy en día, cada beso y cada caricia sobre su piel. Sus golpes cuando intentaba defenderse y el dolor que le causaba con cada brusca embestida. Ese hombre le había arrebatado su virtud, sus sueños y deseos de poder formar una familia. Ahora estaba rota, mancillada y se sentía sucia. ¿Qué hombre la iba a querer en ese estado? ¿Cómo iba a explicar no ser pura, si no le había contado nada a nadie?
Simon era alguien muy importante y poderoso en el parlamento escocés de Edimburgo. Tenía sus contactos y así se encargó de hacérselo saber bien. Le había dejado claro que nadie iba a creer a una joven sirvienta. En cambio, él se encargaría de decirle a todo el mundo que ella era quien se metía en su cama cada noche, buscando quedarse embarazada para casarse con él y obtener así acceso a su fortuna y a sus contactos. Eso sería la ruina tanto para ella como para su familia, y lo sabía.
Por suerte para Abigail, Preston perdió el interés por ella cuando una nueva sirvienta entró en sus vidas. Una muchacha más que dispuesta a complacer a su señor. Esa aceptaba de buen grado todas las atrocidades que Simon le proponía. Aunque su tormento no se había acabado ahí. Al poco tiempo de creerse libre de las garras de ese horrible ser, descubre que está encinta. Un niño crecía en su vientre. Ese bastardo había conseguido plantar su semilla dentro de ella.
Aún recuerda su angustia al enterarse y las terribles nauseas que sufrió durante las primeras semanas. Se pasaba más tiempo en cama o sentada, que trabajando. Sus compañeros de trabajo se preocupaban mucho por ella y la cuidaban muy bien, pero sin provocar la ira de su señor. ¿Qué iba hacer con un niño en camino? Pensó en volver a su hogar y contarle a su familia que se había dejado llevar por una noche de pasión con un desconocido. Pero Simon no se lo permitió.
Cuando le confesó estar embarazada y de sus intenciones de abandonar Craigmillar para criar sola a su hijo junto a su familia, el duque se volvió loco y le prohibió abandonarlo. La amenazó con ir a buscarla y arrebatarle al niño para, posteriormente, reconocerlo como su heredero, pero alejándolo por completo de ella. Sus palabras fueron claras: «¡De aquí te irás sin el niño, o no te irás nunca! ¡Eres mía y ese niño también!». Y, entonces, Abigail lo tuvo claro.
Desoyendo las recomendaciones de algunas de sus compañeras y de la curandera, acudió a una mujer que solía realizar ese tipo de trabajos. Ella era conocedora de los métodos de sanación y, por supuesto, de esas técnicas especiales que ayudaban a deshacerse de errores indeseados. Se tomó aquel brebaje que sabía a rayos y esperó a que sucediera. Y sucedió, pero no como ella pensaba. El aborto vino de la mano de una enorme infección al no expulsar por completo el feto y casi se la lleva a ella también.
Durante casi tres semanas, Abigail estuvo en el limbo de la vida y la muerte. Las fiebres altas, junto con los delirios y los temblores, dejaron terribles secuelas en su cuerpo. Helen Fitz, la cocinera del castillo y una señora encantadora que siempre actuó con ella como si de una madre se tratase, cuidó de ella sin descanso. El pronóstico para Abigail no era nada favorable, pero logró salir adelante para sorpresa y alivio de todos. Y tras su recuperación, hizo su maleta y regresó junto a su familia para nunca más volver.
El sonido de unas risas en la calle, la trae de nuevo a la realidad y hace que asome un poco su cabeza para ver lo que sucedía ahí abajo. Una pareja iba de la mano por las oscuras calles de Cannongate entre risas y arrumacos. Parecían una pareja de enamorados, ya que él la cogía de la cintura y la besaba con pasión a cada paso que daban. Ve a la joven librarse de las garras de su amante y salir corriendo al interior del cementerio, con las faldas de su vestido sujetas por sus manos.
Abigail sonríe al intuir lo que sucedería allí dentro, al amparo de la oscuridad y la tranquilidad del campo santo. En ese momento, a su mente vuelve el recuerdo de unos labios que había saboreado con pasión. Y de una mirada gris tan brillante que la hizo estremecer. No pudo evitar pensar en cómo sería poder dejarse amar por ese hombre y deseaba volver a verlo y saborear de nuevo sus labios. «¿Quién demonios eres James Campbell, que te has anclado en mi mente y pareces no tener intención de salir?», susurra al cielo.
Con esos pensamientos, Abigail decide volver a la cama e intentar retomar el sueño. Y para su sorpresa, pensar en James la había ayudado a relajarse.
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