Lady Monfort
Capítulo V
Abigail y Vicky habían llegado a primera hora de la mañana, casi cuando las primeras luces del alba comenzaban a bañar todas las tierras de la capital de Escocia. A pesar de estar en pleno verano, el frescor de la mañana seguía siendo notable y debías salir abrigado o corrías el riesgo de enfriar y enfermar. Y así llegaron a la granja, abrigadas con sus gruesas capas y con sus vestidos de la anterior noche bien envueltos en sus zurrones.
Nada más entrar en su casa, Abigail sintió el calor de la cocina que comenzaba a calentar toda la estancia y a envolverla con el dulce olor del desayuno que la señora MacTavish debía estar preparando. Con mucho sigilo, ambas amigas dejaron las pruebas de su delito bajo la cama de Abigail. Se despojaron de sus capas y regresaron de nuevo a la cocina para ayudar con la preparación de la primera comida de la mañana.
Cuando Robbie y Gideon hicieron acto de presencia, las muchachas ya habían colocado todos los platos en la mesa y comenzaban a servir la deliciosa comida que habían preparado con el mimo de siempre. Tras un desayudo nutritivo y una conversación alegre, como era habitual en la casa de los SinClair, los hombres se marchan con los ejemplares elegidos para presentarlos en el mercado de Cowgate y ellas comienzan con sus quehaceres diarios.
—Esther, ¿te importa si hoy te ayuda Vicky con la limpieza de la casa? Quería cepillar y bañar a Seelie, que ya le hace falta un buen aseo — comenta Abigail ayudando a recoger la mesa de desayuno.
—¡Por supuesto que no, cielo! Vicky y yo nos compenetramos a la perfección. Ve con tu yegua, no te preocupes —responde con ternura la señora MacTavish.
—Gracias.
—¡Eh, amiga! —llama Vicky su atención antes de que saliese de la casa — No te canses mucho, que ya sabes lo que tenemos que hacer hoy —le dice sonriendo de forma traviesa.
—¡¿Qué?! ¡Vicky! ¿Otra vez? —pregunta sorprendida. Entendía perfectamente a qué se refería su amiga, pero no había pensado que iban a volver al día siguiente a otra de esas ostentosas fiestas.
—Por supuesto. Yo quiero ver a mi galán y tú… creo que también sientes deseos de volver a encontrarte con tu hombre misterioso, ¿me equivoco? —Vicky guiña un ojo con picardía y Abigail responde poniendo los ojos en blanco. Suspira y sale de la casa, encaminándose hacia el establo para comenzar con el baño de su yegua.
Mientras se dirigía en busca de Seelie, Abigail no puede evitar sonreír al pensar en lo que su amiga le acababa de decir. Lo cierto era que le gustaría mucho volver a encontrarse con James Campbell y poder saborear de nuevo esos labios. Inconscientemente se muerde el labio inferior y sonríe con nerviosismo al recordar la pasión de aquel beso. La fuerza y el poder que James le transmitió al apoderarse de sus labios será algo que jamás podrá olvidar.
Cuando entra en el establo, su yegua relincha y sacude su cabeza en señal de saludo hacia su amazona, quien se acerca a ella y acaricia su frente con ternura.
—Hola, preciosa. Tenemos un día duro por delante… —dice apoyando su frente sobre la suya mientras acaricia su cuello.
Aprovechando que el sol ya comenzaba a calentar en el cielo, decidió realizar el baño en el exterior. Prepara todo lo necesario junto a uno de los bebederos que había llenado previamente de agua en abundancia para no tener que ir cada poco a sacar agua del pozo. Cepillos, peto, pantalones de faena y pelo recogido con una cinta para que no se le fuese hacia la cara y tener que andar apartándolo cada dos por tres.
Mientras bañaba a la yegua, tarareaba la melodía de una canción que sabía que relajaba por completo a los animales y facilitaba, así, cualquier tipo de manipulación. Se trataba de su propio truco para manejar a los caballos sin la necesidad de emplear la fuerza. Un don heredado de su padre, pero con su perfeccionamiento personal. Todos tenían una mano mágica con las bestias, algo que alimentaba también los rumores sobre si se trataban de brujos o hechiceros.
Cerca de la media mañana, Abigail termina de acicalar a Seelie y decide liberarla para que pueda correr libremente por los prados de la granja. Así se aseguraba de que se acabase de secar bajo el calor incesante del sol de ese día. Recoge todos los utensilios y coge las faldas que había dejado estiradas sobre la cama de su yegua para dirigirse hacia la casa. Cuando estaba llegando, escucha unas risas a los lejos y se gira para ver de quién se trataba.
Reconoce a su hermano Robbie, pero parecía venir acompañado de dos hombres altos y robustos montando unos preciosos caballos de batalla. Supuso que serían unos compradores que su padre envió con su hermano para ver algún ejemplar de la granja. Y no iba desencaminada en sus deducciones, pero se sobresalta al reconocer a uno de los hombres que iban con su hermano. «¡James!», dice sorprendida.
Nerviosa, con el corazón desbocado por completo, Abigail entra en casa como una exhalación y lanza las faldas contra una de las sillas, provocando que cayese al suelo emitiendo un tremendo estruendo. Se apoya contra una de las paredes del interior y asoma poco a poco su cabeza para poder observar a los visitantes sin ser descubierta. Era él, su caballero de apasionados besos y fuertes brazos que la habían hecho sentir cosas inimaginables la anterior noche.
—¿De quién te escondes? —pregunta Vicky apareciendo por sorpresa a su lado.
—Sschh, nos van a ver… —dice Abigail cogiendo a su amiga del brazo y obligándola a colocarse junto a ella.
—Pero, ¿qué…? —se asoma disimuladamente y ve a dos hombres junto al hermano de su amiga— ¿Qué demonios está haciendo aquí James Campbell? ¡Oh, Dios mío! ¡Es él! ¡James Campbell es tu hombre misterioso! —dice atónita. Se lleva la mano a la boca, mirando atónita a su amiga.
—Chist, Vicky… Nos van a descubrir… —protesta Abigail.
—¿Te has besado con el Demonio Rojo?
—Sí, vale. Fue él, pero ya está. Solo fue una noche y no se volverá a repetir.
—Eso no te lo crees ni tú. ¿Y por qué te escondes, si llevabas la máscara y no pudo ver tu rostro? ¡Abigail SinClair! ¡Dime que no te quitaste…!
—Calla, Vicky, por el amor de Dios. No, no me quité la máscara en ningún momento. No conoce mi rostro.
—Entonces, ¿por qué te escondes? —pregunta extrañada— Abi, ¿no te habrás enamorado de él?
—No digas tonterías, Vicky. Me he puesto nerviosa, nada más.
—Ya.
—Sal tú por mí, por favor. Dile a Robbie que me es imposible salir y que me disculpen —le pide a su amiga, que se cruza de brazos mirándola fijamente—. No voy a salir con estas pintas masculinas. No es nada decoroso. Estoy sudada y huelo a establo. Te recuerdo que he estado bañando a un caballo… —protesta.
—Ya.
—Es verdad, Vicky. Necesito asearme un poco y poder cambiarme. No quiero que me vean así, en serio. Hazme ese favor.
—Bien, pero hoy te vuelves a venir conmigo al baile. —Abigail suspira y pone los ojos en blanco. Sabía que ese favor le iba a salir caro.
—Está bien. Hoy volveremos a colarnos en el castillo —responde—. Venga, sal antes de que decidan entrar y esta conversación no tenga ningún sentido.
Mientras Vicky se acercaba a ellos, con su mejor sonrisa dibujada en su rostro, Abigail permanecía escondida en el interior de la casa. Con mucho sigilo y cuidado de no ser descubierta, consigue poder observarlos sin ser vista. Fija su atención en el laird de los Campbell de Clackmannanshire y no puede evitar suspirar al fijarse mejor en sus facciones a la luz del día.
James Campbell era un hombre alto, fuerte y de facciones perfectamente marcadas. Imponía seguridad, fuerza y poder solo con su presencia. Sus cabellos, de un rojo que parecía arder con los rayos del sol, estaban revueltos y caían con gracilidad algunos mechones por su rostro. A toda esa conjunción de perfección masculina había que sumarle sus profundos ojos grises que parecían hechizarte si fijabas tu mirada en ellos.
Al verlo sonreír, Abigail siente un extraño cosquilleo en su estómago y no puede evitar llevarse la mano a sus labios, cerrando los ojos para recordar el sabor de ese beso. Un beso que desearía poder saborear de nuevo y poder sentir sus fuertes brazos rodeando su cintura.
Por primera vez, desde hacía mucho tiempo, Abigail volvía a sentirse a salvo y sus sueños de poder ser amada volvían a martillear en su mente. Y todo gracias a James Campbell.
—¡Eh, soñadora! Despierta y deja de soñar con tu demonio de cabellos rojos —dice Vicky trayéndola de nuevo a la realidad. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había oído la puerta abrirse, ni a su amiga acercarse a ella.
—¿Qué les has dicho? —pregunta intrigada.
—Me he disculpado en tu nombre y les dije que no podías atenderlos porque estabas algo indispuesta.
—¡Vicky! —protesta Abigail avergonzada por lo que pudiesen entender con aquellas palabras.
—¿Qué querías que dijera? «Oh, señores. Disculpen a mi amiga, pero está ahí dentro suspirando por un hombre…». ¿Mejor así? —Abigail responde con un bufido en señal de protesta—. Venga, que no tardarán en volver y debes estar presentable para…
—¡¿Qué?! No, no, no, no —responde nerviosa caminando de lado a lado y negando con la cabeza—. No pueden verme. Me va a reconocer fijo. No puedo salir, Vicky. Vas a tener que seguir encubriéndome un poco más.
—¿No crees que estás exagerando un poco, amiga?
—¿Quieres que te acompañe de nuevo al baile de esta noche o no? — dice cruzando sus brazos sobre su pecho, con semblante serio. Vicky suspira y mira al cielo en un claro signo de desesperación.
—Está bien. Seguiré excusándote, pero que sepas que tu hermano sospecha algo.
—De Robbie puedo encargarme perfectamente sola, gracias. Ahora iré a quitarme esta ropa y a ponerme algo más decente. —Y sin darle opción a réplica, Abigail se va a su habitación para quitarse su ropa de trabajo y volver a parecerse a una dama.
No olía tanto a establo como ella se pensaba, pero aun así se asea con esmero las partes algo sudorosas tras el esfuerzo de bañar a un caballo. A través de su ventana pudo ver la figura de los tres hombres pasear entre los nerviosos animales, quienes se movían resoplando y coceando al aire al sentir su espacio invadido por extraños. Seca bien su cuerpo y corre a su armario en busca de un vestido hermoso.
Se sorprendió rebuscando emocionada entre sus prendas de vestir algo bonito que resaltase su belleza y no pudo evitar reírse como una niña ilusionada con su primer beso. Y, en cierto modo, así era. Porque el beso de James Campbell es el primero que un hombre le daba con tanta pasión. Pensar en lo que sería sentirse entre sus brazos, dejándose amar y besar por él, provoca que emita un leve gemido involuntario.
De pronto, la risa de James entra por su ventana inundando toda la estancia y golpeándola fuertemente en su interior. Su corazón se agita al oír esa poderosa melodía y Abigail sonríe mientras se anuda los cordones de su vestido marrón. Deseaba salir y poder mirarlo a los ojos, ver si era capaz de reconocerla. Deseaba poder saber si él llegaría a desear a una mujer como ella, alguien normal. «¿Qué locuras estás pensando, Abigail? Él es un laird de un clan importante. Jamás se fijaría en una simple granjera», protesta para sí misma.
En ese momento, escucha la puerta de casa abrirse y siente que el nerviosismo se apoderaba de ella por completo. ¿Habían entrado en la casa? ¿Y ahora cómo iba a poder salir sin ser vista? ¿Qué iba a hacer? ¿Y dónde demonios estaba Vicky? Todas esas dudas se disipan al oír a su amiga hablar con ellos, quienes parecían estar en la entrada parados. Abigail abre la puerta de su habitación con sigilo y escudriña que no estuviesen ahí dentro.
Cuando se ve libre, se acerca poco a poco al rincón desde donde los había estado espiando antes y los ve hablando y sonriendo. James y Robbie se dan la mano, pasando luego a un ligero abrazo entre hombres. Los Campbell montan de nuevo en sus caballos y se alejan de la granja, momento que aprovecha Abigail para salir. Creyéndose a salvo, se acerca a su hermano y a Vicky, pero no es consciente que James, sintiendo un extraño impulso, se gira para mirar hacia atrás y la ve.
—¿Se han ido ya? Espero que no se molestasen porque no pudiese haberles atendido como se merecían, pero estaba un poco atareada — pregunta intrigada. Trata de disimular su nerviosismo ante su hermano, quien la mira con seriedad.
—Tranquila. Ya les expliqué que habías estado con tu yegua y olías algo a establo… —responde su amiga.
—¡Vicky! —protesta Abigail. No había necesidad de ser tan explícita.
—¿Alguna de vosotras va a explicarme lo que está pasando aquí? — pregunta Robbie de forma inquisitoria. Se cruza de brazos, mirándolas fijamente a ambas e instándolas a responder.
—No sé a qué te refieres, Rob. No ocurre nada. Estuve bañando a Seelie y no estaba en condiciones de salir vestida con la ropa de trabajo, simplemente —responde Abigail levantando su mentón. Pretendía sonar convincente, no altiva, pero le salió ese gesto de forma involuntaria.
—¿De veras? —dice Robbie de forma irónica. Estaba claro que no se creía esa historia—. Es curioso cómo suceden, a veces, las cosas. Resulta que, mientras caminábamos entre los caballos, me contaron una historia sobre una dama misteriosa que, al parecer, había dejado algo prendado al laird Campbell. ¿A qué estás jugando, Abigail? Si padre se entera de lo que has estado haciendo…
—No veo qué eso tenga nada que ver conmigo.
—La misteriosa dama responde al nombre de Lady Arabela Monfort y parece haberle robado el corazón…
—¿Eso te ha dicho él? —pregunta Abigail, sin dejar a su hermano terminar de hablar y sintiendo una gran emoción al saber que James tenía interés en ella.
—¿De todo lo que te acabo de decir, es eso con lo único que te quedas? ¿Se puede saber qué has hecho, Abigail? ¿Te pasas años entrando en mi cabeza, minándome con tus consejos para que deje de comportarme como un salvaje irracional, para que madure, y ahora eres tú la que se comporta como una niña descontrolada? Si padre se entera de lo que has estado haciendo, Abigail… —Robbie era su hermano pequeño, pero desde hacía un tiempo había asumido el roll de hermano mayor y eso comenzaba a molestarla bastante. Lo quería con locura, pero podía cuidarse sola perfectamente y ya tenía un padre que la regañase en tal caso.
—No he hecho nada malo, Robbie. Además, padre no tiene por qué enterarse de nada, si tú no se lo dices.
—Abigail, ¿me equivoco si digo que has estado dentro del castillo, mezclándote con esa gente y llevando el nombre de nuestra madre?
—No, no te equivocas.
—Ay, Abi… —dice Robbie con desesperación y negando con la cabeza —Yo no le diré nada a padre, pero piensa que se acabará enterando él solo y el disgusto será mucho peor. Será mejor que vaya a informarle del número de potros que debemos preparar para James Campbell. Dentro de un mes vendrá a buscarlos personalmente— comenta dirigiéndose hacia su caballo.
—¿Cómo? ¿Va a volver? —pregunta Abigail sorprendida.
—Sí, Abi. Va a volver. —Robbie sube a la grupa de su caballo y coge las riendas entre sus manos, indicando al animal que girarse para emprender camino de vuelta al mercado—. James Campbell es un buen hombre, Abigail. No juegues con él, no se lo merece. —Y azuza su caballo para salir al galope de allí, dejando la granja atrás y a su hermana pasmada por sus últimas palabras. No sabía que su hermano tuviese en tan alta estima a ese hombre.
Durante el resto del día, Abigail no pudo dejar de pensar en las palabras de su hermano. «James Campbell es un buen hombre. No juegues con él, no se lo merece», le había dicho Robbie. Ese mensaje la había dejado descolocada, pues su intención nunca fue jugar con él. Ni mucho menos herir sus sentimientos. Pero no pudo evitar sentir una tremenda emoción al enterarse del impacto y el interés que James sentía por ella.
«No, Abigail. No siente interés por ti, no seas ilusa. Siente interés por una dama de la nobleza llamada Lady Arabela Monfort. Tú eres una granjera que nada tiene que ver con las mujeres a las que él está acostumbrado a tratar», se recriminaba al terminar de colocar la última parte de su disfraz. Iba a ser su última noche como Arabela Monfort, su última noche con él, y así lo había decidido horas antes de irse con Vicky a su casa para partir desde allí las dos.
Para esa noche, había escogido un precioso vestido rojo con rebordes y cinturón dorado que ensalzaba por completo su busto. Era el vestido favorito de su madre, según le había contado su padre en alguna que otra ocasión. Abigail no tenía apenas recuerdos de ella, salvo por las historias que su padre les contaba. Tan solo tenía un par de retratos como referencia y sus vestidos y joyas que le entregó Gideon cuando cumplió los dieciocho.
Su máscara dorada con relieves hechos de cordones de igual color y un par de pequeñas plumas blancas y azules en un lateral, más el collar de diminutas esmeraldas verdes de su madre, completaban su atuendo. Pinta sus labios del mismo rojo que la anterior noche, haciendo juego con su vestido, y se mira en el espejo que su amiga tenía en su habitación. Sonríe al ver el reflejo de su madre en él, ya que su padre siempre le había dicho que eran como dos gotas de agua.
En cuanto Vicky estuvo lista, ambas amigas se colocan sus capas sobre los hombros para no resfriarse en el trayecto y emprenden camino hacia el castillo. Abigail no dijo nada, pero su amiga sabía que se sentía muy nerviosa y emocionada a la vez. Sabía que, la elección de ese vestido, no era por otro motivo que deslumbrar por completo a James Campbell. Y estaba convencida que así sería, pues era consciente de la pasión que su amiga levantaba entre los hombres.
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