Lady Monfort
Capítulo XXIII
Dos horas más tarde, llegaban a la bonita localidad de Saint Fillans ubicada a orillas del lago Earn. La casa a la que debían acudir estaba cerca de la iglesia, según les habían indicado unos pescadores que volvían de su jornada de trabajo. No tenía pérdida, ya que tan solo tenían que seguir la orilla del lago y a su derecha, casi a la altura de la isla perteneciente al clan Neish, podrían ver el campanario perfectamente. Al llegar a una pequeña construcción de piedra con techo de madera a dos aguas, un niño de no más de ocho años sale a recibirlos.
—Hola, cielo. ¿Están tus papás es la casa? —pregunta Abigail agachándose para ponerse a la misma altura que el pequeño.
James se fija en cómo habla con el niño, con qué ternura pronuncia esas palabras, y no puede evitar imaginársela cuidando de sus propios hijos. De repente, siente como su pecho se hincha y su corazón comienza a latir con fuerza. Había elegido a la mujer perfecta para él y para su clan. No veía la hora de regresar y poder hacerla, por fin, su esposa.
—¿Buscaban a alguien? —El padre del niño aparece a los pocos segundos tras su hijo, mirando a esos dos extraños que estaban bajo el umbral de su puerta a horas algo tardías para hacer visitas.
—Hola. Soy Abigail SinClair y este es James Campbell. Venimos en nombre de Iona Campbell —responde ella haciendo las debidas presentaciones.
—¡Por el santo Cristo! ¡Os ha llegado la carta! ¡Gracias, gracias, muchas gracias por acudir en nuestra ayuda! Pero pasad, por favor —dice el hombre emocionado, casi con lágrimas en los ojos.
—Muchas gracias —responden Abigail y James a la vez.
Ambos entran en aquella modesta, pero acogedora casa. Disponía de tres estancias, una de ellas en la que se encontraban. Una pequeña cocina con una mesa para comer de apenas cuatro personas y un simple sofá de forja reforzado con telas y unos cojines para poder sentarse más cómodamente. Las otras dos estancias eran dos habitaciones, una pequeña para el niño y la otra, algo más grande, para los padres. Del interior de la última es de la que se oyen unos lamentos de mujer.
—¿Ya se ha puesto de parto? —pregunta preocupada Abigail quitándose su capa y comenzando a remangarse su vestido.
—Sí, mi señora. Se ha puesto de parto esta misma mañana, pero no consigue alumbrar al pequeño y la encuentro exhausta. Yo ya no sé qué más puedo hacer. Con Julian también tuvo problemas y casi los pierdo a ella y al niño en el parto…
—Tranquilo, ya estamos aquí. Pero llámame Abigail, por favor.
—Muy bien, Abigail. Mi nombre es Conor y al pequeño Julian ya lo conocen. —De repente, unos gritos desgarradores vuelven a salir de la habitación, dejando al padre y al hijo casi blancos de la impresión.
—Bien, Julian. Tú serás mi pequeño ayudante esta noche, ¿quieres? — le dice Abigail al pequeño, quien asiente con la cabeza emocionado por poder ayudar a su madre a traer al mundo a su hermanito— Pues vamos a poner paños y agua a calentar, y vas a estar junto a tu mamá para ayudarla a empujar. Vamos, mi pequeño ayudante. Veamos cómo está tu mamá. —Y juntos, Abigail y el pequeño Julian entran en la estancia donde se encuentran a una mujer retorciéndose de dolores sobre la cama y empapada en sudor.
—Tal vez deba entrar y… —comenta Conor en ese momento. James extiende el brazo para frenarlo e impedirle entrar.
—Solo molestaríamos. Si Abigail nos necesita, mandará a tu hijo a buscarnos, no te preocupes. Está en buenas manos, las mejores —afirma con tal seguridad en sus palabras que Conor simplemente asiente con la cabeza—. Debo resguardar a nuestros caballos de la intemperie y he visto que dispones de una gran cuadra. ¿Te importaría ayudarme a acomodar a mis animales? —le pregunta. Fue en lo primero que se había fijado James al llegar a la pequeña casa, en aquella gran edificación de la que salían los sonidos de diversos caballos resoplando y relinchando.
—Sí, claro. Sígame por aquí, por favor —dice Conor dirigiéndose hacia la puerta.
—Conor. Llámame James. —El hombre lo mira y asiente con la cabeza.
James sabía de sobra que él había reconocido al laird del clan Campbell, ya que su trato era el que un miembro de un clan tenía con su laird. Por eso había llamado a Abigail «mi señora», porque creía que se trataba de la esposa de un laird. Y no es que fuese muy desencaminado, pero fue una actitud que a James no le pasó desapercibida. Conor hizo amago de coger las riendas de Seelie para ayudarlo a llevar a ambos caballos, pero la yegua enseguida se puso nerviosa.
—Tranquilo, ya los llevo yo. No les gustan mucho los desconocidos — dice James cogiendo él ambas riendas entre sus manos.
—Muy bien. Por aquí, James. Tenemos una zona reservada para viajeros que necesiten dejar ahí sus caballos —le explica Conor comenzando a caminar.
—¿Eres ganadero o criador de caballos?
—¡Oh, no! Solo cuido de los animales del clan. Como sabrás, el clan vive, en su mayoría, en la isla y allí no hay mucho sitio para tener una gran cuadra que albergue los caballos de los guerreros. Yo me encargo de recogerlos aquí y de cuidarlos y vigilarlos —le explica mientras se van acercando a las puertas del establo.
En cuanto se abren y Conor entra el primero, los animales de allí dentro comienzan a resoplar con más fuerza y a relinchar. Algunos hasta golpean las puertas de sus huecos y agitan sus cabezas. Estaba claro que reconocían a su cuidador. James sigue a su anfitrión por el ancho pasillo del establo mientras prestaba atención al número de caballos que había allí dentro. La verdad es que no había muchos, así que o parte del clan había salido de exploración, cosa que duda por las inclemencias del tiempo, o eran relativamente pocos miembros.
En cuanto dejan a los caballos bien acomodados y tapados, los dos hombres vuelven al interior de la casa y comienzan a cortar queso, cecina y pan para poder cenar algo mientras en la otra habitación tan solo se podían oír los gritos de dolor de la parturienta. Para calmar la ansiedad que Conor comenzaba a tener, James le ofrece el whisky de su petaca. Cuando se acaban ese agua de vida, abren otra botella que guardaban en la despensa y siguen bebiendo durante toda la noche.
El parto se alargó hasta bien entrada la tarde del día siguiente, dejando a madre y recién nacida exhaustas. Al igual que Abigail, quien se había mantenido despierta y sin comer nada todo el tiempo en el que duró el alumbramiento. El bebé parecía estar mal colocado y por eso, por mucho que Agatha empujase, no conseguía salir. Habían estado paseando por el cuarto, gateando por el suelo mientras le masajeaba la zona lumbar y controlaba los movimientos del bebé. Pero nada.
En un último intento, Abigail mete su mano en el interior de la madre y es ahí cuando se da cuenta del problema. Con suma habilidad, y procurando no hacer daño ni a uno ni a otro, introduce su otra mano y comienza a mover al bebé en su interior hasta tener colocada su pequeña cabecita en el conducto de salida. A una señal suya, Agatha comenzó a empujar de nuevo con mucha fuerza, agarrando las sábanas y escuchando las palabras de ánimo de su hijo.
Con la cuarta contracción, el pequeño recién nacido resbalaba entre los brazos de Abigail, quien hizo las maniobras pertinentes para cortar el cordón con sumo cuidado. Con uno de los paños limpios y sumergidos en agua, limpia el frágil cuerpo de aquel ser tan diminuto, sin dejar de admirarlo y sonreír emocionada. Era una hermosa niña, con unos buenos pulmones, ya que al segundo de salir de su madre comenzó a berrear cual cordero recién nacido.
Una vez limpia la pequeña, se la entrega a su madre para que pueda darle su primera toma de leche materna. Mientras Agatha y Julian le hacían caricias al nuevo miembro de la familia, Abigail se afana en sacar del todo la placenta del interior de la madre y se asegura de que no queden restos que puedan ocasionar una infección. Desde su posición, observa con ternura la estampa de aquella escena tan maternal y no puede evitar pensar en cómo sería tener sus propios hijos, su propia familia.
Mientras Agatha seguía amamantando a su hija, retira las mantas que habían colocado bajo su cuerpo antes del alumbramiento. El pequeño Julian la ayuda con la tarea de mover a su madre y molestar lo menos posible a ambas. Una vez quitadas todas, las juntan en un gran montón y se lavan manos y brazos en uno de los calderos de agua que aun permanecía algo limpia. Había sido una larga y dura noche.
Del agotamiento tan grande que le supuso aquel parto, Agatha se queda completamente dormida con su hija entre sus brazos. En cuanto Julian sale de la habitación, llevándose con él las mantas para lavarlas, Abigail se acerca a la cama para coger a la pequeña entre sus brazos y acunarla. Tenía sus pequeños labios aun manchados de la leche del pecho y no puede evitar sonreír al limpiársela y oírla protestar. Comienza, entonces, a balancearse y a cantarle una dulce nana para dormirla.
La puerta de la habitación se abre ligeramente, dejando a un James pasmado con la imagen que sus ojos le mostraron. Pudo ver a Abigail acunando al bebé entre sus brazos, cantando y sonriendo con tanta ternura que sintió como si le golpeasen con fuerza en el mismo centro de su corazón. Aquella imagen lo dejó embobado y, sin darse cuenta, una enorme sonrisa asomó en su rostro. Ella se gira al sentir su presencia y le devuelve la sonrisa.
—¿Sabes que te sientan muy bien los bebes? —le dice acercándose a ella en dos zancadas. La coge de la cintura y la acerca a su cuerpo para poder darle un beso en los labios.
—Siempre quise tener hijos. Una gran familia, a poder ser.
—Y los tendrás. Yo me encargaré de ello, te lo juro. Tendrás todo lo que siempre has soñado, Abigail. —Ella se queda embobada admirando al hombre que tenía junto a ella, quien le estaba haciendo todas esas promesas de amor eterno en las que había llegado a dejar de creer en su día.
—En verdad que todo esto tiene que ser un sueño porque no sé qué he hecho para merecerte, James.
—Soy yo quién no sabe qué ha hecho para merecerte a ti, mi amor. He sido un necio y un patán por haberte hecho sufrir tanto, por haber intentado olvidarte cuando, en realidad, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Abigail, te amo con locura y no veo la hora de pronunciar mis votos ante Dios y ante todos, para luego poder tenerte toda entera para mí. —Y tras aquellas sinceras palabras, vuelve a posar sus labios sobre los suyos para besarla de nuevo.
—¿Dónde está Conor? Debería venir a conocer a su nueva hija… — comenta Abigail en cuanto separan sus bocas.
—Lo he mandado a darse un baño al lago. Después de estar bebiendo toda la noche, no creo que sea conveniente aparecer aquí oliendo a alcohol y borracho.
—Vas a ser un gran padre, James Campbell —afirma ella en ese instante, sonriendo.
—Solo porque tú estarás a mi lado.
En cuanto Conor apareció en la habitación, Abigail y James salieron a tomar un poco el aire para dejarles así algo de intimidad a la familia. Debía reconocer que estaba agotada por el duro trabajo que le había tocado con ese parto, aunque no había sido el peor. Recuerda un parto que tuvo que atender en Edimburgo, el cual llegó a durar casi tres días de horribles gritos provocados por los dolores de las contracciones que sufría la madre.
Por suerte para Abigail, no estaba sola ante aquel problema. La partera más experimentada de la ciudad, quien fue su maestra en todas aquellas artes de sanación, realizó casi todo el trabajo. Pero, aun así, había sido terrible.
Ahí fue la primera vez que tuvo que aprender a palpar en el interior de una mujer para poder, en caso de ser necesario, colocar al bebé y ayudarlo a salir. Recuerda como su maestra se había colocado tras la parturienta y había colocado sus manos sobre la abultada barriga para hacer fuerza con cada contracción mientras ella tiraba del cuerpo del niño.
—¿En qué piensas? —pregunta James trayéndola de vuelta a la realidad con su profunda voz. La abraza por detrás y le da un tierno beso en la mejilla.
—Solo recordaba…
—¿Buenos recuerdos?
—Pues, se podría decir que el resultado fue un gran triunfo. Recordaba la primera vez que tuve que asistir un parto complicado en Edimburgo. Suerte que estaba con la mujer que me enseñó todo lo que hoy en día sé porque dudo mucho que yo sola hubiese podido salvar a la madre y al pequeño. —Abigail le relata poco a poco aquella experiencia que, aunque fue una ardua tarea para ella, fue donde se ganó la fama de curandera de la zona.
—Espera, ¿tú fuiste la muchacha que ayudó con el parto de Lady Balfour? —pregunta James cuando termina el relato. Ella se gira para mirarlo a los ojos y con intriga.
—¿Es que acaso la conoces?
—¡Todo el mundo en la corte de Edimburgo conoce a Lady Balfour y la historia del alumbramiento de su primogénito!
—Por favor, dime que no es un hijo tuyo… —Aquella afirmación hace que James estalle en risas.
—¿Se puede saber qué te hace pensar que es un bastardo mío?
—Pues, recuerdo que el niño era pelirrojo… como tú. —Nuevamente, él rompe a reírse ante tal afirmación.
—¿Sabes que no soy el único pelirrojo de Escocia, verdad?
—Bueno, no… pero… —James toma su rostro entre sus manos y la mira fijamente, pegando su frente contra la suya.
—Jamás dejaría a un hijo mío desamparado, ni te lo hubiese ocultado, Abigail. No, no es hijo mío. Pero sí es el hijo de alguien que está adquiriendo demasiado poder e intereses para con este reino —responde él.
—¿Conoces al padre? —pregunta sorprendida.
—Ese niño es el bastardo del Lord Canciller Beaton, un ser vil y despiadado que es capaz de cualquier cosa con tal de obtener riquezas y poder.
—Vaya con la santa iglesia… ¿No se supone que han hecho voto de pobreza y castidad?
—Se supone, cierto. Pero, como puedes ver, no todos están dispuestos a seguir los designios que el señor les marca. —Una ráfaga de viento gélido los envuelve, señal de que la noche iba a ser bastante fría— Venga, entremos en la casa o te resfriarás —dice cogiéndola de la mano y tirando de ella hacia el interior de la pequeña cabaña.
A pesar de las protestas por parte de Conor para que no lo hiciese, Abigail preparó un delicioso guiso de carne con verduras para todos. Especialmente para Agatha, quien debía recuperar fuerzas tras el desgaste que había sufrido con el parto de su pequeña recién nacida. Lo que sí que no logró conseguir fue que la dejasen lavar las mantas, pero tampoco puso mucha resistencia.
A James le resultaba gratificante ver cómo tomaba el control de la casa y, en nada, había logrado preparar una deliciosa cena para todos. Aquello le hizo sentirse sumamente orgulloso de la mujer que había elegido para formar, por fin, su propia familia. No veía la hora de poder comenzar con todos los proyectos de futuro que se le iban agolpando cada día en su cabeza. Y en todos ellos, ella era la principal protagonista.
Acabada la cena, Conor les prepara la habitación del pequeño Julian para que puedan pasar la noche y descansar más tranquilos. Abigail intentó negarse a quitarle al niño su estancia, pero acabó cediendo ya que el agotamiento comenzaba a apoderarse de ella. Era consciente, también, que necesitaba darse un baño, pero las aguas del lago eran inviables en esta fecha y a esas horas de la noche. Moriría de un resfriado si intentaba meterse allí.
Opta por calentarse agua en una olla y llevarla en un balde a la habitación. Se lavaría con un trapo poco a poco, serviría para esa noche. Ante la atenta mirada de su ya prometido, se va quitando lentamente toda su ropa hasta quedarse desnuda por completo. Toma el trapo previamente humedecido y se dispone a frotarse todo el cuerpo, pero un gran bostezo se apodera de ella en ese momento.
—Trae, déjame a mí —le dice James cogiendo el trapo.
—Como gustéis, mi señor —responde ella con una traviesa sonrisa asomando en su rostro y mordiéndose el labio con absoluta picardía.
Ese gesto hace que James gruña, teniendo que hacer un gran esfuerzo de autocontrol al sentir la dureza de su miembro latir bajo sus pantalones. Toma el trapo con su mano y lo aprieta con fuerza para dejar caer el agua sobrante dentro del balde. Comienza, entonces, a pasarlo por su cuerpo desnudo con delicadeza. Puede ver que no solo él estaba excitado, ya que los pechos de Abigail no dejaban de subir y bajar ante la agitada respiración de ella.
Se esfuerza en limpiar los restos de sangre de sus brazos mientras ella lo observaba con atención, mostrando el ardiente deseo que empezaba a ser incontrolable. Cuando termina de quitarle todos los restos de sangre que había en su cuerpo, James deja el trapo dentro del balde y la mira fijamente a los ojos. Puede ver como el verdor de su mirada brilla con intensidad a la vez que el gris de su mirada se torna oscuro.
Empujado ya por el deseo, se apodera de sus labios para besarlos con absoluta pasión. La toma en brazos y la lleva hasta el pequeño catre que había en el extremo de la habitación. La sienta en el borde, jadeante y llena de deseo por recibir sus besos y caricias. Con suma habilidad, James se quita su ropa, quedándose desnudo ante ella. Vuelve a besarla con pasión mientras acaricia sus pechos con sus manos.
Poco a poco, va descendiendo por todo su cuerpo, besando cada rincón y recreándose con sus rosados pezones. Abigail siente cómo el éxtasis de sus caricias comienza a apoderarse de ella y, cuando James llega por fin a su sexo y comienza a besarlo con pasión, arquea su espalda emitiendo un ahogado gemido de placer. Él la coge de las caderas para acercarla más hacia su boca y poder saborear mejor toda esa parte femenina.
Abigail se aferra al borde la cama, sintiendo la corriente del orgasmo recorrer todo su cuerpo y se deja llevar por el clímax de la pasión. En ese momento, James tira de ella hasta acabar los dos en el suelo. La coloca sobre él a horcajadas y la ayuda a descender poco a poco sobre su duro miembro. Gruñe al sentir el calor y la humedad de su interior rodearlo por completo, haciendo acopio del poco autocontrol que le queda para no acabar derramándose ya en ella.
—Eso es, mi pequeña amazona. Cabalga sobre tu semental —susurra él mientras coloca sus manos sobre sus caderas, marcándole el ritmo que deseaba seguir.
Con movimientos lentos, Abigail se balancea de forma tan sensual que a James le cuesta mantener el control. Acelera el ritmo, sintiéndolo entrar y salir de su interior, arqueando su cuerpo y gimiendo de placer. Un nuevo orgasmo la sobreviene y la deja exhausta, momento en el que él invierte las posiciones para poder profundizar más en su interior. La embiste con fuerza, una y otra vez, jadeantes los dos y llenos de absoluta pasión. En dos acometidas más, James gruñe dejándose ir y llenándola de su simiente.
Agotados, se miran a los ojos y se besan. Él se deja rodar a un lado para no aplastarla y la atrae hacia él con su brazo. Se quedan así durante unos minutos hasta que el frío se apodera de ellos y se meten entre las mantas que Conor había provisto a modo de cama. Desnudos, se duermen abrazados para proporcionarse calor mutuamente.
OceanofPDF.com