Las encorsetadoras
Manzanas
La Diosa del Silencio y de los Secretos lo sabe todo. Si te mientes a ti misma, le
mientes a ella.
La Diosa, El libro de las Encorsetadoras.
Anna le dio un sorbo al vaso de leche y se sometió al cepillado de su tía.
—He intentado localizar a Selene, pero ha vuelto a esfumarse. Probablemente esté con algún hombre. No puedes dejarla sola con alguien del sexo opuesto y esperar que no salga corriendo tras él. Las mujeres como ella son las peores. —La tía descubrió un nudo en el pelo de Anna y le pasó el cepillo por encima. Anna ocultó su decepción. Le sorprendía que Selene se hubiera marchado tan rápido, pero se trataba de Selene. Effie y Attis seguían allí, así que era de suponer que volvería—. ¿Acaso no tiene ningún sentido de la responsabilidad? Ha dejado sola a esa niña, que hará lo que le venga en gana. ¿Cómo le va a Effie? —Las miradas de la tía y de Anna se encontraron en el espejo.
—Bien. Casi no la veo —mintió Anna.
Había pasado un mes desde el inicio del curso —desde la explosiva presentación de Effie— y no había ocurrido nada reseñable. Todo había cambiado. Anna se había asegurado de no interactuar con Effie, pero cada vez estaba más pendiente de sus movimientos: qué asignaturas cursaba, cuándo almorzaba, en qué momentos del día podrían cruzarse sus caminos. No hablaban, pero a veces sus miradas se topaban y ambas se examinaban con una curiosidad mutua y cautelosa. Aunque Anna ignoraba qué era lo que había despertado la curiosidad de Effie por ella.
—Espero que ella y ese chico no estén llamando la atención.
Anna estuvo a punto de echarse a reír. Eso era lo único que habían hecho desde el primer día. Por motivos que Anna no alcanzaba a comprender, Rowan la había tomado como aliada, y cada día se presentaba ante ella con una ración de cotilleos. Esa misma mañana se había acercado a Anna por detrás y le había susurrado al oído: «Duchas frías».
Sobresaltada, Anna se había dado la vuelta y había visto a Rowan, con el pelo levantado en varias direcciones.
—¿Qué?
—No veas la cantidad de duchas frías que me he dado pensando en él. — Tenía la mirada clavada en el punto del pasillo por donde había aparecido Attis, que estaba hablando con un grupo de chicas—. Sé que nunca llegaré a acercarme lo suficiente para olerle el aftershave, pero soñar es gratis, ¿no?
—Y tanto.
—Argh, todo el mundo lo adora. ¿Sabes que ha entrado en el equipo titular de rugby? Se presentó a las pruebas y los dejó tan impresionados que lo ficharon.
—Eso he oído.
—Esperaba que no fuera otro de esos idiotas que juega al rugby, pero parece que en clase no le va muy bien, ¿no?
Anna iba a clase de Lengua con él. No habían hablado, pero a veces la saludaba con una sonrisa, con la mano o, aún peor, guiñándole el ojo. Casi siempre llegaba tarde, con su actitud despreocupada y aspecto desaliñado, llevando la camisa por fuera y enfundado en unos pantalones de chándal gris que eran casi del mismo tono que el uniforme del colegio; se limitaba a sentarse y escuchaba al profesor. No tomaba apuntes ni se llevaba los libros de texto, y en un par de ocasiones lo habían pescado durmiendo.
—¿Te has enterado de lo que pasó durante la fiesta de bienvenida? Al parecer, él y el resto del equipo se pusieron a beber, pero ninguno consiguió tumbarlo, así que lo enviaron a robar la mascota del equipo rival en pelotas. —Arqueó las cejas—. La mascota del equipo de Dallington es una cabra. ¡Una cabra de verdad! Y, ojo, dicen que ha desaparecido. ¿Te lo imaginas? A ver, me lo he imaginado desnudo muchas veces, pero nunca con una cabra. Eso si es que fue él el responsable. Ni siquiera los nuestros saben si fue cosa de Attis, porque él no ha reconocido nada. ¿Y te has enterado de lo que pasó con Marina? Los vieron en el almacén…
Pues menos mal que las muestras de cariño estaban prohibidas en el colegio… Anna nunca había conocido a alguien que la exasperara tanto. Apenas se esforzaba y, aun así, todo el mundo parecía haberse prendado de él. Ella era capaz de ver a través de su supuesto encanto, aunque no estaba segura de qué era lo que había detrás de esa fachada. Aunque lo que pensara de él era irrelevante; no parecía que Attis quisiera conocerla, y ya había muchas chicas que lo mantenían entretenido. De todos modos, ¿qué hace con ellas cuando tiene a Effie?
—Me metería en un armario con él a cualquier hora del día, aunque, como diría mi madre, es de los que te dejan con ganas de más.
—¿Qué?
—Ya sabes, cambia de chica como de chaqueta. Según me han contado, esta noche sale con Chelsea… Lleva semanas persiguiéndolo, aunque dicen que Effie la hace cagarse de miedo. Y no me extraña. Ayer golpeó «accidentalmente» a Olivia en la nariz con la pelota de vóley. En realidad, tuvo bastante gracia. La verdad es que creía que Attis y ella salían, pero es obvio que no… De todas formas, Effie ya está bastante ocupada. Ojalá no hubiera salido con el fantasma de Tom Kellman. Ahora no para de hacerse el chulo. Puaj, es obvio que quería ser el primero en marcar territorio. Y Darcey lo está exagerando todo, por supuesto. Cualquiera pensaría que Effie se ha acostado con la mitad del colegio por las cosas que andan diciendo de ella, aunque todo parece resbalarle…
Eso había oído Anna. Nadie sabía realmente qué pensar de Effie y los comentarios que circulaban sobre ella habían dado un giro muy poco original hacia la esfera de los qué zorra es y menuda guarra, la única categoría que parecía existir cuando se topaban con una chica los asustaba. Anna lo encontraba especialmente injusto, teniendo en cuenta que, por lo que se decía, Attis se había enrollado con mucha más gente y nadie lo insultaba. Aun así, a Effie no parecía importarle; de hecho, daba la impresión de que disfrutaba siguiéndoles la corriente.
—Estás al tanto de todo —dijo Anna.
Rowan apenas había tomado aliento y sus mejillas estaban preparándose para seguir con la matraca.
—Tengo una habilidad especial para memorizar mierda. Bueno, como te decía…
—Tengo que irme a clase. —Anna empezó a alejarse de ella.
—¡Sé que te encanta!
—Me das miedo —había exclamado Anna con un esbozo de sonrisa mientras aceleraba el paso.
—¿Han hecho magia? —dijo la tía, haciendo que Anna volviera a centrar su atención en el espejo.
Anna no apartó la mirada.
—Pues claro que no.
No era mentira del todo. No había presenciado ningún episodio con magia pura y dura, pero le habían dejado otra manzana. Había aparecido una semana después de haber descubierto la primera. Una manzana roja y jugosa con las palabras «¿Un mordisco?» grabadas en su deliciosa cáscara. Anna estaba convencida de que se trataba de ellos, de Effie o de Attis; nadie más habría sido capaz de abrir su taquilla y, hasta donde ella sabía, eran las únicas brujas del colegio. Su tía apenas hablaba de otras brujas ni le había revelado cuántas había; lo único que intuía Anna era que existía un sentimiento generalizado de división entre las brujas que eran como ellas y las que no, aquellas que las conducirían hacia su perdición si se les dejaba vía libre. ¿Habrá más brujas?
Anna había agarrado la manzana con el brazo extendido, como si hubiera más posibilidades de que la fruta la mordiera a ella, y la había tirado a la papelera antes de echar a correr por el pasillo, incapaz de alejar de su nariz su apetitoso aroma veraniego. Casi podía olerla ahora, en la fría oscuridad de su dormitorio.
Su tía le tiró bruscamente del pelo.
—Anna, ¿me estás escuchando?
—Lo siento, ¿qué?
—¡He dicho que no puede haber magia! No podemos arriesgarnos a llamar la atención en este momento. —No dio más detalles. El horror inicial de Anna ante la noticia de los ahorcamientos se había desvanecido, pero su curiosidad no. El incidente ya no ocupaba la primera plana de los periódicos, pero la gente aún se hacía preguntas y seguía sin haber respuestas.
—Creí que las cosas se habían calmado.
—¿Calmado? ¿Te crees que algo que lleva siglos gestándose se va a calmar sin más? —replicó la tía de forma sombría—. El fuego acaba de encenderse. Los Cazadores aún pueden alzarse.
La tía hizo un nudo en el aire y el pelo de Anna se anudó mientras un escalofrío le recorría la columna. Quienes Conocen Nuestros Secretos, los Cazadores… La tía los había mencionado en otras ocasiones, pero nunca de forma tan intensa, tan urgente.
—Tú hazme caso y no te acerques a Effie. Sé cómo es y de lo que es capaz. Renuncié a todo para criarte. No lo eches a perder.
—No lo haré —aseguró Anna, sintiendo cómo las mentiras se deslizaban por su lengua. Eran mentiras, pero aun así un pesado sentimiento de culpa la invadía.
—¿Y qué hay de los chicos? ¿Te interesa alguno?
Anna no se esperaba esa pregunta.
—No. —Apenas podía considerarse una mentira. No tenía intención de involucrarse con ningún chico.
—Debes contarme si empiezas a tener sentimientos por alguno. La lujuria es una respuesta animal —dijo la tía, aunque sin mirarla. Se estaba contemplando a sí misma en el espejo—. El corazón acelerado, las palmas sudadas, que se te trabe la lengua… No es más que el deseo de gratificación sexual. Una reacción química. La testosterona y los estrógenos recorriendo tu cuerpo.
Anna habría preferido que las palabas «gratificación sexual» no hubieran salido nunca de los labios de su tía. Notó que le ardía la cara.
—Las pupilas de las personas se dilatan cuando ven a alguien que las atrae sexualmente. La lujuria habita en la mirada, Anna, al igual que las mentiras. No me mientas. —La tía volvió a posar la vista sobre ella—. La muerte de tus padres fue tildada como un crimen pasional. La pasión fue su veneno.
Después de que la tía se marchara, Anna se tumbó en la cama e intentó quitarse de la cabeza el aroma de las manzanas. En algún momento de la madrugada oyó que una puerta se abría: era la tía, que salía de su habitación. Anna permaneció inmóvil y prestó atención. Los pasos se alejaban. Escaleras arriba. A la habitación del tercer piso. La habitación a la que Anna no tenía permitido entrar.
¿A dónde vas, querida tía?
Con los años su intensa curiosidad se había disipado, pero todavía le molestaba el hecho de que su tía no la dejara entrar en aquella habitación, de que afirmara que allí no había nada de interés, que simplemente servía de trastero para guardar documentos que tenían que ver con las Encorsetadoras, y que, sin embargo, solo la visitara de noche. ¿Quién se pone a organizar papeles en plena noche? Y ella es la que se queja de las mentiras. Anna escuchó con atención, pero los sonidos se desvanecieron. El silencio fue lo único que la recibió. El silencio y los secretos.
A la mañana siguiente, Anna abrió su taquilla con una creciente sensación de temor, pensando en las advertencias que le había hecho su tía. No encontró nada fuera de lo común. Me estoy volviendo paranoica…
Una voz conocida la distrajo. Se asomó por la puerta de su taquilla y lo vio: Peter Nowell hablaba con unas cuantas personas no muy lejos de allí. Desvió la mirada un momento en su dirección y Anna se escondió tras la puerta, mientras advertía que su ritmo cardiaco aumentaba y que las palmas de las manos se le humedecían. Son la testosterona y los estrógenos recorriendo tu cuerpo.
—Es que es tan guapo… —Una voz cantarina le hizo cosquillas en la oreja. Anna se dio la vuelta y se topó con Attis, que le lanzaba una mirada divertida. Uno de sus ojos lucía más oscuro que el otro, como si fueran dos charcos: uno iluminado por la luz y el otro escondido en las sombras. Era la primera vez que hablaba con ella.
Ella cerró la taquilla de golpe.
—Solo estaba guardando mis cosas —replicó.
—Ah, menos mal. Creía que lo que hacías era babear por don Ricitos de Oro. —Attis dirigió un gesto en dirección a Peter sin ningún disimulo. Su acento le otorgaba una musicalidad a las palabras que intensificaba su sarcasmo. Anna notó que se ponía colorada. Se dispuso a tomar su cordón de nudos, pero encontró más gratificante enfadarse con él—. ¿Quieres que encienda los aspersores del techo para que se le moje la camisa? Seguro que así está muy sexy —prosiguió Attis, sacando un clip de entre los dedos. Anna se fijó en que tenía negras las puntas de los dedos y la piel de alrededor de las uñas.
Se acordó de lo que había dicho Effie durante su cena de cumpleaños, con súbito temor. Attis le lanzó un maleficio a uno de mis ex.
Comenzó a dar forma al clip y lo convirtió en una especie de símbolo, con los ojos puestos en los aspersores. Anna se lo quitó de la mano y lo llevó a un pasillo lateral.
—¿Qué haces? No puedes hablar de hacer magia… ¡Y desde luego tampoco puedes hacerla!
—¿Por qué no presumir de las cualidades de uno? Rápido, actúa normal —dijo con repentina urgencia, y apoyó el brazo en la pared que había detrás de ella. Peter y sus amigos pasaron de largo, sin reparar en ellos—. Por los pelos. —Se secó el sudor imaginario de la frente. Olía ligeramente a humo.
Ella lo apartó, más furiosa que antes.
—¿Qué? He tenido que improvisar. Si nos hubieran visto juntos, a ti y a mí, dos personas con poderes… ¿qué habrían sospechado? Podríamos estar jugueteando con magia. O puede que fuera la magia la que jugueteara con nosotros. Hay peligros por todas partes. —Examinó el pasillo con los ojos entornados.
—Mi vida iba bien hasta hace dos minutos, cuando has aparecido tú. Vete a cagar. —Anna nunca había mandado a nadie a cagar. Hizo que se sintiera bien, sobre todo al decírselo a él. El timbre sonó.
—¿Me permites que te acompañe a la asamblea? —dijo ofreciéndole el brazo.
Anna le dirigió una mirada amenazadora.
—Tú no tienes que venir a nuestra asamblea.
—Qué pena. —Él sonrió de forma socarrona y volvió al pasillo; un grupo de chicas se lo quedó mirando mientras pasaba. Anna le puso los ojos en blanco al mundo.
Muchas chicas hablaban de él, pero Attis parecía ser una versión diferente del mismo chico según con cuál de sus ardientes admiradoras hablaras: desde un príncipe encantador, pasando por un sensible espíritu libre, hasta el típico chico malo. A Anna le parecía que, en todos los casos, Attis no era más que un reflejo de sus propios deseos, y no dudaba de que él hubiera usado sus habilidades de manipulación para que así fuera. Su cara bonita, su imponente presencia y su sonrisa juguetona lo habían convertido al instante en el favorito de casi todas las chicas. Su actuación era convincente, pero solo se trataba de una fachada de humo. Sus ojos lo delataban. Eran como espejos: grises, sonrientes para quien se mirase en ellos, pero, a fin de cuentas, vacíos. Nadie lo conocía de verdad. Y menos ella.
Volvió a su taquilla, pues todavía no había dejado su mochila. Abrió la puerta y ahogó un grito.
Dentro había una tercera manzana.
La cerró de golpe. ¿Attis? Pero había estado cerrada todo el rato y él ni siquiera se había acercado. Pensó, inquieta, en la sonrisa que le había dedicado. Tenía que ser cosa de ellos. De Effie. De Attis. De Attis. De Effie. ¿Qué narices traman? Una oleada de ira sustituyó rápidamente al miedo. Es ridículo. No dejaría que la intimidaran.
Volvió a abrir la taquilla, metió su mochila y sacó la manzana. Esta vez no había ningún mensaje. Era una manzana sin más. Con la piel brillante y de color rojo intenso. Fue hasta la papelera con la intención de deshacerse de ella de inmediato. Estaba tibia, y Anna podía oler el jugo del interior, dulce y fresco, como si se hubiera desprendido del árbol y hubiera rodado por un huerto cubierto de rocío esa misma mañana. Se preguntaba cómo sería su sabor.
¡No! ¿Qué me pasa? La dejó caer en la papelera. Pero al bajar la mirada, descubrió que aún la tenía en la mano. Volvió a intentarlo, pero su mano se negaba a dejarla caer. No pasará nada… porque le dé un mordisquito… Se llevó la manzana a la boca. Una parte de ella intentó resistirse, pero en cuanto sus labios rozaron la piel supo que era demasiado tarde. Hincó los dientes y mordió con ganas.
Su sabor era tan delicioso como se lo había imaginado, acaramelado tras recibir las caricias del sol que la había atravesado con sus penetrantes rayos. Estuvo a punto de darle otro mordisco, pero entonces se dio cuenta horrorizada de lo que acababa de hacer.
Se inclinó sobre la papelera y escupió la pulpa a medio masticar, y luego dejó caer la manzana. El jugo le había dejado las manos pegajosas, pero no tenía tiempo de ir a lavárselas; la reunión empezaba en dos minutos. Echó a correr por el pasillo, todavía saboreando la dulzura de la manzana y algo más… ¿Magia?
Cuando llegó, el auditorio estaba lleno. El director Connaughty ya se había subido al escenario, aunque no la vio escabullirse hasta el extremo de la primera fila. Anna miró a su alrededor, y divisó a Effie varias filas detrás. La chica la pescó mirándola y le sonrió. Anna se dio la vuelta, turbada por su sonrisa.
Tras cantar el himno matutino, el director les contó una historia sobre un activista poco conocido de los derechos civiles que había sido detenido después de negarse a abandonar un restaurante, apañándoselas de algún modo para relacionar la lucha de la víctima con sus propias dificultades para convertirse en director.
—Debéis ser fieles a vuestros principios, y aun cuando todos los demás os digan que no, ¡vosotras responded que sí! Cuando os digan que solo tenéis madera de subdirectoras, que no tenéis lo que hay que tener para dirigir un colegio… ¡fijaos en mí!
En cuanto acabó, unió las manos y adoptó una expresión de solemnidad, al tiempo que los pliegues de su papada caían unos encima de otros.
—Y ahora, pasemos a mi parte menos favorita de la asamblea escolar. La lista de castigadas.
En el fondo le encantaba su método disciplinario: llamar a todas las castigadas a la tarima para que el resto del colegio se enterase de las transgresiones. Effie se estaba convirtiendo en una habitual:
Por faltar a clase…
Por intentar sobornar a un profesor con pretzels de chocolate…
Por saltarse el castigo…
Por mal comportamiento durante la revisión del uniforme escolar…
Se puso a leer los nombres y las chicas fueron subiendo al escenario con la cara ruborizada.
—Y por último —resopló—, Effie Fawkes, por pisotear un objeto perteneciente a un profesor. Dos semanas castigada después de clase.
La multitud empezó a murmurar. Effie se acercó al escenario, pero antes de recoger su nota de castigo se volvió hacia el público y sacudió la cabeza en señal de penitencia.
—Lo siento, señor Connaughty, y quiero disculparme también con el señor Tomlinson por pisotearle la peluca. —La multitud se echó a reír en respuesta—. Como lo expliqué en su momento, se le había caído de la cabeza y yo la pisé porque creí que era una rata. Le dije que si necesitaba otro peluquín, yo me encargaría de comprarle uno nuevo, más ajustado y que combinase con su color de pelo esta vez. —Sonrió benévolamente. Las risas fueron en aumento y Anna se dio cuenta de que estaba riéndose junto con todas las demás.
—¡Ya es suficiente! Si no abandona el escenario de inmediato, señorita Fawkes, tendrá dos meses de castigo.
—Lo siento, señor Connaughty. Puede acompañarnos si quiere a la tienda de pelucas… —Effie lanzó una ojeada a su escasa cabellera, la cual llevaba peinada a modo de cortinilla. El rostro de Connaughty se sacudió con una rabia gelatinosa. Las risas se intensificaron y Anna se dejó arrastrar por el ambiente. Resultaba extrañamente liberador. Echó la cabeza hacia atrás y dejó que las carcajadas surgieran de su interior.
—¡Silencio! —gritó Connaughty—. La que vuelva a abrir la boca será castigada junto con la señorita Fawkes.
Las risas cesaron entonces, pero Anna las había reprimido en tantas ocasiones que se dio cuenta de que era incapaz de parar; era como si le hubiera quitado la tapa de una patada a un pozo profundo y no hubiera forma de volver a taparlo. Brotaban de su interior a ráfagas, primero intensas carcajadas y luego risitas gorjeantes.
No era la única. Oyó más risas procedentes de otras partes del auditorio… Miró a su alrededor con los ojos llorosos y vio que Rowan tampoco podía contenerse. Se reía para sí y se tocaba la cabeza como si se estuviera poniendo una peluca; resoplaba con fuerza cada vez que hacía el gesto.
Se oyó también un sonido agudo y penetrante: se trataba de Miranda Richards, que se sacudía con una discreta intensidad; hacía lo posible por contenerse, pero de su interior salían unos bufidos parecidos a los de una tetera hirviendo. Anna la consideraba la persona menos propensa a reírse abiertamente durante las asambleas.
Miranda era una alumna que seguía las normas al pie de la letra, tan santurrona que ponía de los nervios a la mayoría de los profesores. Dirigía varios clubes escolares: el de las manualidades, el de repostería, el de poesía y el de catequesis. A Anna le costaba creer que estuviera riéndose —¡era Miranda, la fanática de la Biblia!—, pero también le parecía increíble que ella misma hubiera perdido los papeles.
¿Por qué sigo riéndome?
—SEÑORITAS, COMO NO DEJEN DE REÍRSE, TODAS ME ACOMPAÑARÁN AL DESPACHO DESPUÉS DE LA ASAMBLEA.
Pero la furia del director Connaughty resultaba desternillante. Anna lo intentó. Intentó detener las carcajadas con todas sus fuerzas. Agachó la cabeza, pero los hombros no dejaban de sacudírsele arriba y abajo, y los resoplidos se le escapaban entre los labios cerrados. Ni siquiera se acordaba de por qué había empezado a reírse. La culpa era del mundo. El mundo entero le resultaba totalmente ridículo, y el hecho de formar parte de él se le antojaba lo más absurdo de todo. Rowan dejó escapar un resuello descomunal.
—USTED Y USTED, Y MIRANDA RICHARDS, VAYAN A MI DESPACHO INMEDIATAMENTE. LA ASAMBLEA HA TERMINADO.
A Anna le dolía el estómago y le daba la impresión de que se le iba a caer la mandíbula, no podía respirar. Por favor, basta. Hizo lo posible por dominarse, apretó el estómago e intentó tomar aire, y, aunque las risas seguían aflorando, la sensación general empezó a desvanecerse. Solo entonces comprendió lo que acababa de pasar. Se había vuelto loca tras pasarse dieciséis años reprimiéndolo todo, sometida a las reglas de su tía. Tenía que ser eso. Pero no había sido la única que se había reído…
Effie apareció frente a ella.
—Para ser tan callada, has montado un buen numerito. Está claro que necesitabas desahogarte.
—¡Tú! —Anna abrió los ojos como platos—. La manzana…
—No sé a qué te refieres. Será mejor que te des prisa, Connaughty te espera. —Sonrió, y el destello de astucia que se reflejó en sus ojos confirmó las sospechas de Anna. Ha sido ella. ¿Por qué intenta destrozarme la vida? Anna tenía ganas de gritarle. Effie no solo había introducido la magia en el colegio, sino que la había convertido en un enorme espectáculo, de los que levantaban sospechas, de los que enfurecerían a las Encorsetadoras. Su tía se lo había advertido. Una risotada histérica brotó de pronto de sus labios. Cerró la boca de golpe y notó el sabor de la manzana.
Rowan agarró a Anna del brazo.
—¿Qué ha pasado? Vaya cagada, Connaughty nos va a matar, ya verás. Pero, en serio, ¿qué ha pasado?
—N-No lo sé.
—Más vale que nos demos prisa. —Su voz sonaba ronca y apesadumbrada—. ¿Vienes, Miranda?
Miranda seguía paralizada en su asiento; el pequeño hoyuelo de la barbilla le temblaba y las lágrimas corrían por sus mejillas. Su rostro en forma de corazón era el típico rostro que en circunstancias normales resultaba agradable, pero en su caso reflejaba cierta altanería debido a la nariz respingona y a la forma en que mantenía la cabeza en alto, como si le desagradara todo aquel que la rodeaba. Alzó la cabeza aún más.
—¿Con vosotras? Ni se me ocurriría. Iré yo sola.
—Como quieras.
—Que os divirtáis. —Effie se despidió con la mano mientras Anna y Rowan salían del auditorio.
—Todas nos miran, ¿no? —preguntó Rowan.
Anna observó el auditorio, que iba vaciándose poco a poco, y asintió.
Rowan gimió.
—No me extraña. Se nos ha ido la olla delante de todo el colegio. Era como… como si no pudiera controlarlo, como si algo se hubiera apoderado de mí… algo… en fin… algo sobrenatural… —Miró a Anna de forma extraña —. A ver, el comentario de la peluca tampoco ha tenido tanta gracia. Retiro lo dicho, distráeme, corre; no quiero volver a empezar. —Una risita escapó de los labios de Rowan y ella se tapó la boca con la mano, con los ojos llenos de miedo.
Llegaron a la mesa de la secretaria.
—Venimos a ver al director —dijo Anna, temiendo abrir la boca durante más de un instante.
La secretaria frunció los labios.
—Esperen ahí un momento. Las haré pasar de a una.
Se sentaron y Rowan se volvió hacia ella de nuevo.
—¿Encontraste… eh… algo en tu taquilla esta mañana? ¿Alguna cosa rara? ¿Que no tuviera que estar ahí?
Anna abrió los ojos como platos un momento, sin saber qué decir ni qué contarle. Negó con la cabeza.
—No me fijé.
Rowan le dirigió una mirada escrutadora que la hizo sentirse expuesta.
—Vale, si tú lo dices.
—Señorita Greenfinch, ya puede pasar.
—Deséame suerte. —Rowan sonrió. Anna juntó las manos en señal de consuelo, sintiéndose fatal por Rowan mientras la veía desaparecer en el despacho. Se quedó mirando fijamente la puerta y pensó en las preguntas de Rowan, en la manera en que había dicho la palabra «sobrenatural». ¿Cómo era posible que sospechara algo?
—Disculpe. —Anna oyó a Miranda tras ella—. He venido a ver al director. Soy Miranda Richards. —La voz le tembló.
—Espere ahí. —La secretaria señaló el asiento que estaba junto a Anna. Miranda la miró con desdén y se sentó; se recogió el pelo en una pulcra coleta. Tras unos instantes, apoyó la cabeza en las manos y empezó a sollozar.
—¿Estás bien? —susurró Anna, pero Miranda la ignoró intencionadamente y se puso a llorar más fuerte.
Tras lo que parecieron horas, Rowan salió del despacho con aspecto totalmente abatido.
—Le toca a usted. —La secretaria señaló a Anna. El corazón le empezó a martillear en el pecho y el sabor de la manzana se tornó amargo. ¿Cómo iba a explicar su comportamiento? No podía echarle la culpa a una pieza de fruta. Si su tía se enteraba… No quería ni imaginárselo. Estaría acabada. No, acabada no. Pero sí amarrada.
Connaughty estaba sentado frente a su escritorio, con la silla un poco alejada para que cupiera su barriga, sobre la que tenía apoyados los dedos; tenían un aspecto tan reluciente y rechoncho como las babosas tras la lluvia. Sin embargo, en contraste con sus rasgos caídos, su mirada era aguda, y siguió a Anna hasta su asiento. Anna se sentó y le dedicó una sonrisa, con la esperanza de que eso ayudara.
—Anna Everdell, ¿correcto?
—Sí, director Connaughty.
—Es la primera vez que viene a mi despacho, ¿verdad? Sospecho que es porque normalmente su comportamiento es ejemplar. Razón por la cual este extraño arrebato me preocupa todavía más. ¿Desea explicarse?
Anna bajó la mirada.
—No sé qué ha pasado. No tengo ninguna explicación.
El director entrelazó sus rechonchos dedos.
—«No lo sé» no es respuesta suficiente.
—Lo siento, director Connaughty. Le prometo que no volverá a pasar.
—¿Ha sido una broma o algo así? ¿Tiene algo que ver con esa chica, Effie? ¿La obligó a hacerlo?
Anna negó con la cabeza, a pesar de su firme creencia de que Effie era la culpable de todo.
—Ya veo. Así que lo que está diciéndome es que tres alumnas que jamás se han metido en problemas han acabado todas en mi despacho justo después del numerito de Effie. Ojalá no la hubiera dejado matricularse. Expulsar a una alumna no es tan sencillo como parece, hoy en día hay que rellenar todo tipo de papeleo. De no ser por eso, esa chica habría sido historia el primer día.
Anna le sostuvo la mirada.
—No fue Effie.
Él rodeó su escritorio y se sentó en el borde. Se inclinó hacia ella hasta quedar a una distancia demasiado incómoda.
—Se nota que es usted buena chica, señorita Everdell. —El aliento le olía a basura—. Le sugiero que no se junte con la gente equivocada. Muchas alumnas prometedoras acaban echándolo todo a perder a esta edad. ¿Cree que hoy estaría donde estoy si me hubiera puesto a hacer el gamberro? ¿Que sería el director de uno de los colegios más prestigiosos de Londres? —Anna negó con la cabeza—. Si vuelve a hacer algo parecido, encontraré la forma de expulsarla a usted en su lugar, ¿queda claro?
Si la expulsaban, su tía descubriría lo que había hecho. No volvería a dejarla salir de casa. Se pasaría el resto de sus días estudiando las correspondencias y nadie volvería a saber de ella. Nunca tendría la oportunidad de vivir su propia vida.
—No volverá a ocurrir nada parecido —le prometió.
—Bien. Sin embargo, debo castigarla.
Anna unió las manos. Por favor, que no se lo diga a la tía.
—Quiero que escriba una redacción de cinco mil palabras titulada «El significado del respeto», y se quedará castigada por la tarde durante una semana, empezando el lunes. —La observó durante un largo momento—. Como es su primera falta no enviaré una nota a sus padres, pero confío en que les cuente el motivo por el que llegará tarde a casa todos los días de la semana que viene. —Volvió a su silla.
—Se lo explicaré —dijo Anna, optando por no contarle que sus padres estaban muertos. Aunque a él le daba igual. No iba a contárselo a su tía, y eso era lo único que importaba. Ahora solo se le tenía que ocurrir una razón convincente para explicar por qué iba a llegar tarde todas las noches de la semana siguiente, aunque era más fácil decirlo que hacerlo. La tía siempre se entera de todo.
—Le sugiero que se marche antes de que cambie de opinión. — Connaughty alzó los brazos y se recostó en la silla, reacomodándose el escaso pelo de forma inútil. Anna notó que una pequeña carcajada reptaba por su garganta; tosió con fuerza y se dispuso a salir a toda prisa.
—Señorita Everdell. —La detuvo antes de que cruzara la puerta—. Espero no volver a verla en mi despacho.
Ella asintió y se marchó. Miranda seguía sollozando en silencio, con la cara salpicada de trocitos de pañuelo. Anna sacó un pañuelo sin usar de un paquete que llevaba en la chaqueta y se lo ofreció.
—Gracias, pero no necesito que me des nada. —Lo apartó de un manotazo—. No quiero que ni tus amigas ni tú os acerquéis a mí.
—No son mis amigas —dijo Anna, pero Miranda no la oyó, pues ya estaban haciéndola pasar para recibir su sermón.