Las encorsetadoras

Cari Thomas · Capítulo 5 de 42

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Las encorsetadoras

Esquirlas

 

La magia es el pecado original, debemos soportarla en silencio.

 

Primer precepto, El libro de las Encorsetadoras.

 

La luz había empezado ya a atenuarse cuando el timbre de la puerta sonó por fin.

El día había transcurrido igual que siempre, con preparativos, tareas y un tenso silencio, aunque la atmósfera en esta ocasión era diferente, como si los estrictos límites de su rutina se hubieran desvirtuado de antemano, de forma frenética, preparándose para lo que se avecinaba. La tía había estado insoportable. Anna estaba bajando las escaleras cuando apareció por debajo.

—¡Seis horas tarde! «Nos pasaremos a comer el domingo, querida. Llegaremos a las tres» —se quejó la tía imitando la voz de Selene. Esta siempre conseguía alterar su cuidadoso silencio—. Me dan ganas de mandarlo todo al demonio. La cena se ha echado a perder. ¡Y tu cumpleaños también!

El timbre de la puerta sonó con impaciencia.

La tía le dirigió a Anna un gesto de baja-ahora-mismo-o-te-vas-enterar.

—¿Te has molestado siquiera en cepillarte el pelo? —Era la cuarta vez que la regañaba debido a eso. Si me lo hubiera rapado esta mañana, nos habríamos ahorrado muchos disgustos. La tía le pasó las manos con brusquedad por el pelo y se lo sujetó hacia atrás con dos horquillas mientras Anna intentaba no gritar: ¡ABRE LA PUERTA! antes de que el corazón le estallara.

¡Toc, toc, toc!

La tía se encaminó de nuevo hacia la puerta pero se detuvo bruscamente, se volvió hacia Anna con súbita intensidad y le clavó los dedos en los hombros.

—¿Cuál es el primer precepto de las Encorsetadoras?

—La magia es el pecado original; debemos soportarla en silencio — respondió Anna.

—Asegúrate de que esta noche no se te olvide.

La tía se dio la vuelta por fin y abrió el pestillo.

Con su melena dorada, el chillón abrigo amarillo y los labios pintados de rojo, Selene hizo acto de presencia como un cometa, radiante, en contraste con la oscuridad que la rodeaba. Su expresión serena dio paso a una amplia sonrisa que no había cambiado ni un ápice desde que Anna la había visto por primera vez. Anna soltó su cordón de nudos y dejó que la luz de Selene la envolviera.

—Pero bueno, Cerillita, ¡estás hecha un bombón! —exclamó Selene, aunque Anna percibió la expresión momentánea de preocupación que nubló su radiante mirada. Esbozó una sonrisa y esta desapareció. Le pasó a Anna las manos por el pelo y la envolvió en un abrazo. Se había puesto un perfume caro; Anna inhaló profundamente y captó por debajo unos olores que conocía a la perfección. Flores de verano y aromas intensos y cálidos: miel, clavo de olor y las velas ambarinas que tanto le gustaba encender. Se sumergió en ellos y se sorprendió al descubrir que sus lágrimas amenazaban con derramarse. Las contuvo. No lloró.

Selene se volvió hacia la tía. Transcurrieron unos segundos de silencio en los que pareció que ninguna de las dos mujeres sabía qué decir, y entonces Selene se adelantó y le dio a la tía un beso en cada mejilla.

—¡Vivienne! Me alegro mucho de verte, querida. Estás fantástica. Aunque te noto algo cansada… Espero que normalmente no os vayáis a la cama a estas horas. Llegamos ayer desde Nueva York, menudo jaleo.

La tía se estremeció solo un poco.

—Llegas seis horas tarde, pero no esperaba menos. —Tensó el rostro en lo que, desde lejos, podría asemejarse a una sonrisa.

—¡Traigo regalos! —Selene dio una palmada—. Anna, cariño, haz el favor de ocuparte de mi abrigo. Es nuevo y completamente fabuloso, ¿no crees? —Se quitó la prenda. Debajo llevaba un vestido ceñido de color gris que le llegaba justo por debajo de la rodilla. Se había puesto unos tacones negros de aguja con cintas entrelazadas, que dejaban marcas en la moqueta de la tía. No se molestó en quitárselos.

—¿Vas a presentarme ya o qué? —Se oyó la voz de una chica desde la puerta, con un tono todavía más frío que el de la tía. Anna no se había percatado de su presencia. Era totalmente opuesta a Selene: tenía la piel pálida, el pelo largo y negro, y un rostro lleno de sombras, en contraste con el de su madre, que parecía disiparlas. Su expresión era impasible, y sin embargo, de algún modo —aunque Anna ignoraba cómo— daba la sensación de que tenía el ceño fruncido. Iba vestida con un jersey gris extragrande, unos vaqueros negros y botas de cuero. La tía posó la mirada en la mugre de sus suelas. Varios aros de plata se extendían por sus orejas. Anna se sentía de lo más aburrida con su falda y su rebeca de color azul cielo.

—Effie, no eres una niña, puedes presentarte tú sola. Pasa y déjate de dramas. —Selene miró a Anna poniendo los ojos en blanco.

—Es un placer conocerte —dijo la tía de forma tensa.

—Un placer inmenso, seguro —respondió Effie monótonamente, y entró sin limpiarse las botas. La tía abrió los ojos como platos.

Anna dio un paso adelante y extendió la mano.

—Soy Anna, me alegro de conocerte. —Effie se quedó mirándole la mano como si le estuviera ofreciendo arsénico; acto seguido, le entregó su sombrero y pasó de largo.

—No le hagas caso, está enfadada. Se ha peleado con el taxista. —Selene alzó las manos en señal de desesperación. Anna se rio suavemente, sin saber muy bien si su reacción era la adecuada. Se hizo el silencio mientras todas se miraban con desaprobación.

—Caray… menudas caras más largas —retumbó una voz profunda—. No hay nada como hacer amigos nuevos, ¿eh?

Un joven apareció por la puerta con dos maletas a sus pies. Tenía el pelo castaño oscuro revuelto y esbozaba una sonrisa que prometía muchas cosas, aunque ninguna buena. ¿Será el taxista? ¿U otro de los amantes de Selene? Era su tipo: alto, de piel morena y con pinta de sinvergüenza, pero no parecía suficientemente mayor. Resultaba difícil saberlo, pues su rostro tenía ciertos rasgos atemporales, como si su semblante fuera a permanecer siempre juvenil, incluso al envejecer.

—Vale. Nada que no arregle un abrazo —dijo, y le dio a la tía un abrazo abrumador, haciendo que desapareciera bajo la chaqueta que él llevaba. Cuando la soltó, la tía parecía conmocionada. Extendió la mano con solemnidad, como si el intercambio anterior no hubiera sucedido—. Soy Attis. Vivienne, ¿verdad? Me han hablado mucho de usted. —Su acento era extrañamente heterogéneo, como si hubiera ido recopilando las partes más interesantes de otros acentos durante sus viajes: británico, con toques de estadounidense, y una pizca de algo cantarín y celta.

Se volvió hacia Anna y cruzó el pasillo de una sola zancada. Ella retrocedió hacia la barandilla, preocupada por si la saludaba del mismo modo. Tenía los dientes un poco torcidos, y asomaban por debajo de una sonrisa cómplice; sus ojos eran grises y, aun así, impresionantes.

—Tú debes de ser Anna. —Le tendió la mano, percibiendo de inmediato su renuencia a que la abrazara. Anna se la estrechó, y notó la cálida piel del chico en contraste con sus fríos dedos. Miró a todas partes menos a él.

—Sí, soy Anna —respondió como una idiota. Effie resopló por detrás.

—Attis, pórtate como el caballero que eres y ve a por la bolsa que queda en el maletero —dijo Selene con un dejo sardónico y despectivo.

Supongo que no se trata de su amante.

—Siempre a tu servicio. —Hizo una reverencia igualmente sarcástica y volvió a adentrarse en la oscuridad.

La tía soltó un fuerte suspiro y volvió la cabeza rápidamente hacia Selene.

—¿Quién es y qué hace aquí? Solo hay cena para cuatro. No puedo dar de comer a un chico y menos a un gigantón como ese.

—Ah, es el hijo de unos amigos. ¿No te comenté que ha estado viviendo con nosotras en Nueva York?

—Eso no explica, ni mucho menos, por qué está en mi casa ni por qué no me dijiste que venía.

—Bueno, resulta que él también se va a mudar a Londres, y ya sabes que es imposible adivinar los planes de los adolescentes. Iba a quedar con alguien, pero al final esa persona no ha podido acudir… en fin, cosas que pasan. Venga, Viv, sé una buena anfitriona. —Le acarició con suavidad el brazo a la tía, que estaba rígida, y sonrió—. Que se coma él mi plato. Ya sabes que yo solo picoteo un poco. No querrás echar a perder la velada, ¿no?

Anna casi esperaba que su tía los echara de allí de inmediato. De entre todas las cosas que detestaba, había dos que encabezaban su lista: las sorpresas y los hombres. Selene se las había arreglado para presentarse con ambas.

Pero en vez de eso, soltó un suspiro de irritación e hizo pasar a Selene con un gesto impaciente.

—Venga, entra.

Selene pasó guiñándole un ojo a Anna. Sabía lidiar con la tía de forma mucho más efectiva que ella. Effie había desaparecido. Anna la vio a través de la puerta del salón, mirando con desagrado los bordados que cubrían las paredes, y desviando su atención a los cuadros de la repisa de la chimenea. Anna la observó con interés.

—¿Puedo pasar o soy demasiado gigantón? —Attis apareció de nuevo, dándole un susto a Anna. Llevaba la bolsa colgada de un dedo. Anna se ruborizó al darse cuenta de que había oído las palabras de la tía, a pesar de que esta las había dicho en voz baja.

—Eh, pasa. Ya llevo yo la bolsa. —La tomó con dificultad, percatándose de que estaba estorbándolo más que otra cosa. Él la miró divertido—. Effie está ahí dentro. —Le señaló el salón y ella siguió por el pasillo hasta resguardarse en la cocina. Estaba tan descolocada como la tía. No sabía qué pensar de Effie ni de Attis, pero en cambio estaba completamente segura de lo que ellos pensarían sobre su persona: rara, aburrida, insignificante.

La tía estaba sirviendo la comida en cuencos mientras resoplaba, pues era obvio que pensaba que la cena se había ido al traste.

—Anna, saca esto y que todos se sienten. Tendrás que añadir otro cubierto a la mesa.

Selene siguió a Anna hasta el comedor. En la mesa no faltaba ni un detalle: había platos apilados, la cubertería resplandecía y las velas se alzaban firmes. Selene le dirigió a Anna una mirada temerosa, como si la mesa fuera un instrumento de tortura con el que no iban a tardar en familiarizarse, cosa que hizo reír a Anna. Se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no se reía. Selene acercó un dedo a una de las velas y esta cobró vida con una llama resplandeciente. Tocó cada una de las velas con un bíbidi-bábidi-bu hasta que las encendió todas. Anna se quedó maravillada durante un instante, pero entonces le dirigió a Selene un gesto de negación con la cabeza. No es el momento.

La puerta se abrió. La tía apareció con un cuenco de patatas y Selene, tras ella, adoptó una mueca exagerada de horror. Anna disimuló su sonrisa al tiempo que ayudaba a colocar los platos con el corazón pletórico. Al menos Selene la veía como una persona digna de atención.

En cuanto todos estuvieron sentados a la mesa, la tía sirvió la cena en un tenso silencio.

—Ahí tenéis la salsa. —Señaló la salsera de una forma tan amenazadora que incluso Effie, que seguía de mal humor, se apresuró a agarrarla.

Anna la examinó con una serie de rápidas miradas de reojo mientras ayudaba a repartir los platos. Effie era impresionante: su belleza no era clásica, pero sin duda era preciosa de un modo que resultaba difícil de describir. Puede que fuera precisamente eso: la fiereza de sus rasgos juveniles, la intensidad de su profunda mirada bajo las oscuras cejas arqueadas, el gesto burlón de sus labios carnosos. Sus mejillas parecían ocultar hoyuelos, aunque, como no había sonreído, Anna no estaba segura de que los tuviera.

—Anna, cuéntame qué es de tu vida. ¿Sales con alguien? El colegio empieza en un par de días. ¿Qué planes tienes para este año? ¿Alguna locura? —Selene desvió su brillante mirada felina hacia Anna. Sus ojos eran en su mayor parte azules, aunque estaban salpicados de motas violetas y causaban un efecto púrpura y galáctico.

—Ehm… —dijo Anna, incómoda por ser, de pronto, el centro de atención. ¿Qué iba a responderle? Lo que planeo es sobrevivir otro año a ese infierno que la gente llama «colegio». Las citas son algo totalmente intrascendente. Después me convertiré en Encorsetadora, mi magia quedará ligada para siempre y pasaré el resto de mis días bajo el dominio de la tía, hasta que muera sola en una casa repleta de bordados. Forzó una sonrisa—. Me interesa más que me cuentes qué has estado haciendo tú. ¿Qué tal Nueva York?

—Oh, Nueva York está igual que siempre. —Selene agitó las manos—. Qué bueno está todo. Creo que no habíamos tomado una comida casera desde el año pasado, ¿verdad? Hay tantos locales estupendos cerca de casa y tantas personas a las que visitar. ¿Os acordáis de aquel restaurante coreano? —Se volvió hacia Effie y Attis, olvidándose de las preguntas que le había hecho a Anna. Una oleada de alivio recorrió a la joven—. Aquel plato de tocino con verduritas encurtidas… Decir que se derretía en la boca es quedarse corto, os lo juro. ¿Cómo se llamaba el dueño?

—Choi Minho —respondió Attis.

—Ah, sí, Minho. Ojalá lo hubiéramos traído a Londres para que probarais su comida. Creo que si le hubiera puesto ganas, habría conseguido que se fugara conmigo.

—¿Dónde vivíais? —Nueva York estaba entre los lugares que a Anna le gustaría visitar si alguna vez conseguía escapar de la vida que su tía tenía pensada para ella.

—Estuvimos un tiempo en un apartamento del East Village y luego nos mudamos a una casa en las afueras, junto a la costa. Conocí a un hombre maravilloso que dejó que nos quedáramos con él. Es dueño de la empresa MacElson & Faber —dijo, como si a Anna pudiera sonarle el nombre. Anna la miró de forma inexpresiva—. Nos unió nuestro amor por el arte barroco.

—Un amor que te sobrevino de repente cuando te enteraste de que vivía en una mansión grande de cojones —dijo Effie. La tía se atragantó con una zanahoria.

—Effie, no digas palabrotas mientras cenamos, cariño —dijo Selene.

—En esta casa no se permiten palabrotas bajo ninguna circunstancia. Y punto. —El tono de la tía podría haber despojado a un árbol de su corteza.

Effie se limitó a reírse y se sirvió más patatas.

Selene intervino.

—¿Y qué habéis hecho vosotras este verano?

—Hemos estado muy ocupadas —dijo la tía con sequedad—. Exprimimos cada día al máximo, ¿no es así, Anna?

Anna asintió, avergonzada por lo aburrido que era su día a día.

—Muchas horas de estudio, y Anna acaba de terminar de coser un bordado espléndido, ¿verdad?

Anna volvió a asentir, sintiéndose aún peor.

—Suena súper entretenido —replicó Effie, y sus hoyuelos asomaron por fin, acentuando su sonrisa con un intenso sarcasmo—. Me muero porque entréis en detalles.

Anna no sabía qué responder; se sintió la persona más diminuta y penosa del mundo. Al parecer, nadie más sabía cómo responder, y la mesa al completo se sumió en un incómodo silencio. Attis emitió un ligero silbido. Anna le lanzó la más breve de las miradas y vio que tenía pinta de estar pasándoselo en grande. Parecía que su humillación le resultaba divertida. Apartó la mirada, pero el rostro de él permaneció en su mente, tan escurridizo como el humo de las velas.

—Las patatas están increíbles. Dígame, ¿cómo las ha preparado? — preguntó él de forma animada.

—Con aceite de oliva —replicó la tía secamente.

El chico se recostó en la silla.

—¿Sabe? Todo el mundo dice que para preparar unas buenas patatas asadas hay que cocinarlas con grasa de oca, pero creo que con un buen aceite de oliva el resultado es todavía mejor. Estas han quedado perfectas.

La tía le dedicó una breve sonrisa, ablandándose ante sus poco sutiles halagos.

—¿Y a qué se dedica, Vivienne? —Él centró toda su atención en ella. Sus ojos eran grises y distantes, como el cielo otoñal, y se replegaban bajo un enorme ceño.

—Soy enfermera —dijo la tía con la misma modestia con la que respondía siempre a aquella pregunta—. Soy la jefa de enfermería del King’s College de Londres.

—Impresionante. Seguro que ayuda a muchas personas. —Resultaba tan evidente que había respondido aquello para adularla, que Anna puso los ojos en blanco. Se topó con la mirada de Effie por casualidad y vio que ella estaba haciendo exactamente lo mismo.

—Una hace lo que tiene que hacer —dijo de forma noble—. A veces es un trabajo muy poco agradecido.

—Bueno, si alguna vez requiero atención médica, sabré a dónde acudir. Ya sabe lo que dicen: la mejor forma de permanecer con vida es agenciarse a un buen cocinero.

La tía lo miró con curiosidad; no le iban las bromas y evidentemente no sabía qué pensar de aquel chico. A Anna le pasaba lo mismo.

La tía entornó los ojos.

—¿No vas a volver a Nueva York?

—La acompaño a todas partes. —Señaló a Effie, que, aunque arrugó la nariz en su dirección, mostró el primer atisbo genuino de sonrisa que Anna le había visto. Así que estaban saliendo. Pues claro que están saliendo. Anna se los imaginaba perfectamente: jóvenes, alocados y atractivos, y Nueva York rindiéndose ante ellos.

—Y, además, no era buena idea que te quedaras en Nueva York… —Effie le dedicó a Attis una mirada cómplice.

—¿Y eso por qué? —preguntó la tía, manejando el cuchillo y el tenedor con suavidad.

—Porque Attis le lanzó un maleficio a mi ex. Y él se cabreó un montón.

No debemos hacer magia salvo para cumplir con nuestro deber.

—Effie —la amonestó Selene.

—¿Qué? —Effie se encogió de hombros—. No fui yo.

—Se lo merecía —dijo Attis.

Cualquier sentimiento de simpatía que la tía pudiera haber albergado hacia él se marchitó y se convirtió en polvo. Su comentario demostraba que tenía razón. El chico era el perverso libertino que ella pensaba. Aquello pareció tranquilizarla, y su enfado le proporcionó dignidad, volvía a pisar terreno conocido. Se giró hacia Attis.

—La magia debe emplearse para cumplir con el deber, no para jugar.

Anna se encogió al oír sus palabras… unas palabras que conocía demasiado bien; pero daba la impresión de que a Effie y a Attis les hacían mucha gracia. Anna no se imaginaba siendo como ellos, viviendo sin miedo, con toda la magia del mundo al alcance de los dedos…

—¿Qué tipo de maleficio? —preguntó Anna. La tía volvió la cabeza hacia ella de golpe. Sabía que se metería en un lío por preguntar, pero tenía demasiada curiosidad.

Effie exhibió un atisbo de sonrisa ante su desobediencia.

—Digamos que de repente mi ex se aficionó a quitarse la ropa en lugares públicos. —Se echó a reír y Anna vio cómo su rostro se transformaba; la negrura de sus ojos se iluminó como un relámpago. Attis se rio en silencio, agachando la cabeza hacia el plato. Anna se encontró sonriendo con ellos, pero la sonrisa desapareció de súbito al ver la cara de su tía.

—Anna, recoge los platos —dijo bruscamente—. Es hora de sacar el postre. —Anna ignoraba que la palabra postre pudiera llevar implícita tanta violencia.

Siguió a la tía hasta la cocina. No abrieron la boca. La tía le señaló los platos de postre. Anna los tomó y volvió al pasillo. Estuvo a punto de dejarlos caer cuando se dio cuenta de que Effie estaba allí, apoyada de manera despreocupada contra la pared; su rostro estaba orientado hacia la luz, mientras su pelo negro se fundía con las sombras.

—Vamos a salir dentro de un rato. A una discoteca. Mágica. ¿Vienes?

Anna se esforzó por encontrar las palabras. La tía estaba en la cocina. Y Effie, delante de ella. Estaba atrapada entre ambas.

—Se nota que estás desesperada por salir de esta cárcel. —Effie volvió la cabeza hacia ella.

—No es una cárcel.

—Bueno, una cárcel con bordados colgados en las paredes. Venga, vente. Tu tía se pondrá como una cabra.

Anna vaciló. No podía creer que hubiera vacilado. No es que fuera a salir con ellos, la mera idea le resultaba incomprensible. Sino que nunca la habían invitado a ningún sitio, a pesar de que Effie parecía estar más interesada en enfadar a su tía que en pasar tiempo con ella. Y, además, había dicho que iban a… una discoteca mágica. ¿Acaso existían lugares así? Seguro que Effie solo estaba tomándole el pelo.

—No puedo.

—¿Por qué no?

—Porque no.

Effie le lanzó una mirada que la hizo sentir aún más diminuta de lo que se había sentido hasta ese momento.

—Te diría que hagas lo que quieras, pero está claro que no va a ser así. — Se echó a reír y se volvió hacia el comedor justo cuando la tía salía de la cocina con una tarta de cumpleaños con las velas encendidas.

—Anna, los platos. ¡Venga!

Anna se apresuró a entrar en el comedor mientras la tía la seguía. Attis comenzó a cantar el «cumpleaños feliz» a grito pelado. Selene se le unió, aplaudiendo alegremente, pero Effie permanecía tan silenciosa como su tía. Anna se sentó frente a la tarta y al final de la canción Attis la vitoreó como si fueran amigos de toda la vida. A Anna le daba la impresión de que se estaba burlando de ella.

—Pide un deseo. —Selene le apretó la mano.

La tía entornó los ojos, como si lo último que Anna se mereciera fuera hacer realidad un deseo, pero aun así Anna pidió uno silenciosamente, con la esperanza de que de algún modo quedara impregnado con la magia que flotaba en el ambiente. Lo único que deseaba era poder pasar más tiempo con Selene aquel año. Sabía que no volvería a ver a Effie o a Attis, pero si Selene pudiera visitarla otra vez… solo una más. Dudaba de que la tía se lo permitiera después de aquella noche.

—Mmm —dijo Selene mientras la tía repartía la tarta—. Sabes que la tarta es mi perdición, Viv.

—¿Y entonces por qué no me hiciste ninguna, queridísima madre? — Effie miró a Selene muy poco convencida—. Si no recuerdo mal, el mes pasado por mi cumpleaños me diste una copa de champán y pedimos comida para llevar…

—Bueno, tampoco le hago asco al champán. —Selene se echó a reír y se volvió hacia la tía—. Se me había olvidado darte las gracias por haberme puesto en contacto con el director.

La tía pinchó una fresa con el tenedor.

—¿Le has conseguido plaza a Effie? No sabía si sería posible con el curso a punto de empezar, pero sé lo persuasiva que puedes ser.

—Ah, sí, la han aceptado.

—Y a mí también —dijo Attis, entusiasmado.

—¿A él? —exclamó la tía.

—Eso me temo. Más vale que todo el mundo mantenga atadas a sus hijas. —Le guiñó un ojo a la tía.

Anna intentaba entender por qué hablaban del curso y del director.

—¿En qué colegio? —preguntó con una creciente sensación de temor.

—En el tuyo —respondió Effie llevándose satisfecha un trozo de tarta a la boca.

—¿Qué? —Anna se volvió hacia su tía.

La tía seguía mirando a Selene.

—No sabía que estabas interesada en reservar dos plazas.

—Bueno, Attis tiene que ir a clase también y el director me comentó que había una plaza libre en el colegio de chicos de al lado. Fue muy amable. — Selene sonrió. Anna estaba segura de que nadie era capaz de negarle nada a esa sonrisa. Era la primera vez que contemplarla no la hacía feliz. Le ardía la cara y el estómago se le había revuelto. Sus palabras le parecieron increíbles. ¿En su colegio?

Anna llevaba años aguantando con entereza las crueldades de San Olave, intentando ser invisible. Sentía que si aparecían por el colegio, con su mirada salvaje y el peligro que entrañaba su magia, el dolor volvería a inundarla. Le recordarían cada día que no solo no era nadie, sino que apenas podía considerarse una bruja.

Y Selene. Selene descubriría lo triste que era en realidad su vida.

—Es un centro excepcional —prosiguió la tía—. No creo que vaya a encajar.

—Es usted toda amabilidad. —Attis se llevó la mano al corazón.

—Es lo que hay, Attis, no eres bastante excepcional —se burló Effie—. Pero yo me aseguraré de hincar los codos, hacerme amiguita de todos los profesores y coser un bordado tan ideal que tendrán que colgarlo en las paredes del colegio. —Le lanzó una mirada a Anna. Esta se dio la vuelta, con la certeza de que así serían las cosas: los dos irían a su colegio y se mofarían de ella.

—¿Se da cuenta, Vivienne? Si no voy, esta se nos desmadrará.

La tía le lanzó a Selene una mirada asesina. Selene, a su vez, se la lanzó a Effie. Y Effie se la lanzó a todos los demás. Anna se aferró a su cordón de nudos. La tarta permanecía en los platos a medio comer y las velas del centro temblaban, como reaccionando a las batallas invisibles que estaban teniendo lugar en la mesa.

—¡Vino! —exclamó Selene—. Creo que ya va siendo hora de que abramos una botella, ¿no? —Desapareció por la puerta. Se hizo el silencio después de que saliera de la habitación. Effie le susurró algo a Attis, y él se echó a reír.

Selene volvió con una botellita oscura, haciendo que Anna olvidase por un momento la conmoción.

—Vino dulce, de la tiendecita de un señor francés en Nueva York. Lo prepara con uvas que ya no se cultivan. Estas son de 1345, de un pueblo francés a las afueras de Saumur. Es divino.

Aquello no tenía ningún sentido. ¿Cómo es posible que el vino se haga con uvas que ya no existen? La tía miraba con desaprobación el contenido mágico de la botella.

—Oh, venga, Viv, sé que el vino dulce te encanta —insistió Selene.

¿En serio? Para sorpresa de Anna la tía lo reconoció, pero la miró con una negación de cabeza.

—Vivienne, no seas aguafiestas —dijo Selene—. Cumple dieciséis años, deja que se beba una copa. Me acuerdo de que tú te pusiste como una cuba al cumplir dieciséis.

—Solo un poquito —cedió la tía, sonrojándose.

Attis le llenó la copa a Anna hasta arriba.

—¡Por Anna! —vitoreó Selene levantando la suya.

Anna dio un buen trago. Ya había probado a escondidas algún sorbo cuando su tía se dejaba el culito de la copa; le había parecido tolerable, aunque un poco agrio. Aquello era otra cosa. Era dulce, intenso y suntuoso. Notó un estallido picante y afrutado en la boca. Tomó otro sorbo y le pareció estar bañándose bajo la luz del sol, oler unos prados sembrados de flores, y oír risas y el zumbido de las abejas. Tuvo la sensación de estar en Francia, a pesar de que nunca había ido.

La tía examinó su propia copa con los ojos vidriosos. Se había sonrojado y las venas del cuello se le habían deshinchado. Tomó otro sorbo de forma recelosa y, acto seguido, le dirigió a Anna una mirada censuradora, como si esta hubiera orquestado, de algún modo, todo el asunto.

La atmósfera cambió a medida que el vino iba fluyendo. La luz parecía haberse atenuado, daba la sensación de que la estancia era más cálida y los bombones empezaron a repartirse. Selene les contó historias de Nueva York y de su extravagante juventud en Londres: las imitaciones se le daban estupendamente. Anna incluso sorprendió a su tía riendo en una ocasión, aunque de manera breve, cuando Selene le recordó la vez en que habían encontrado a su tutor de la universidad con la pierna atascada en una valla tras intentar salir a hurtadillas de la habitación de Selene.

Cuando el reloj marcó la medianoche, la tía se incorporó sobresaltada.

—No me había dado cuenta de la hora.

—Mierda. Tengo que irme. He quedado con alguien… —dijo Effie mirando el móvil. Anna se puso tensa al recordar la oferta de Effie.

La tía miró a Selene con horror y luego a Effie.

—¡Estas no son horas de salir!

—No sabía que era usted la que se encargaba de mi agenda —dijo Effie, curvando los carnosos labios con diversión y mostrando unos incisivos vampíricos.

La tía se volvió hacia Selene.

—No puedes dejarla salir. Es más de medianoche…, podría ir a cualquier lugar y tramar algo raro.

—¿Tramar algo raro? —Effie soltó una carcajada carente de alegría.

—Es lo que das a entender —replicó la tía mirando a Effie como si fuera un trozo de comida aplastado en la moqueta.

Selene suspiró lentamente.

—Vivienne, no puedes decirle a mi hija lo que puede o no puede hacer. Effie, solo dos horas, y él tiene que acompañarte. —Dirigió un gesto con la cabeza hacia Attis.

—Él venía de todos modos. No quería que se perdiera la bacanal de drogas que tengo planeada.

La tía miró a Effie como si fuera a estrangularla.

—Yo nunca dejaría salir a Anna a estas horas de la noche.

Anna se hundió todavía más en la silla; las mejillas le ardían.

—¡Claro que no, no vaya a ser que se pierda! —se burló Effie.

—Acuérdate de lo que te digo. —La tía se había quedado muy quieta—. Las chicas como tú siempre acabáis mal.

Effie no perdió la sonrisa, pero dirigió la vista a la botella de vino que había sobre la mesa.

Y la botella explotó.

Ocurrió tan rápido que tomó a Anna desprevenida, y lo único que oyó fue un estallido. Levantó la mirada y vio cientos de esquirlas de cristal flotando en el aire; el vino tinto, tan oscuro como la sangre, se esparció sobre el mantel blanco. Selene profirió un grito. Attis se levantó de un salto, como si estuviera dispuesto a abalanzarse sobre alguien. Effie se echó a reír con los ojos clavados en la tía.

La tía miraba fijamente los trozos de cristal suspendidos en el aire y Anna se percató de que había detenido la botella en plena explosión con sus impecables reflejos mágicos. Las esquirlas giraron lenta y amenazadoramente frente al rostro de Effie, y sus bordes destellaron. Los cristales cayeron de golpe a la mesa.

—¡Por el amor de la Diosa! —chilló Selene—. ¿A qué viene todo este numerito? —Se volvió hacia Anna profiriendo una risa aguda y poco natural —. Probablemente sea la primera vez que ves algo así.

Anna intentó devolverle la sonrisa, pero tenía los músculos de la cara demasiado tensos. Empezó a sangrarle la nariz. Se la tapó con la servilleta. Attis frunció el ceño con curiosidad y luego se puso a recoger los trozos de cristal de la mesa.

—Deja eso —le soltó la tía—. Y marchaos.

—Será un placer. —Effie ya estaba encaminándose hacia la puerta.

—Nos vemos luego —Selene se despidió de ellos alegremente, como si hubieran pasado una velada encantadora.

Ambos se marcharon. Un momento después, Attis asomó la cabeza por la puerta.

—Nos vemos en clase, Anna. —Le guiñó un ojo y desapareció.

—Anna. —Por el tono de su tía, sabía que tenía que dejarlas a solas.

Se alegró de poder escapar a la cocina. Sentía como si la cabeza le hubiera estallado también. Su cuerpo temblaba de miedo, sorpresa y emoción. Pensó en el vino que se había derramado sobre el mantel planchado; en los afilados trozos de cristal que inundaban el aire; en el estallido de magia. A pesar de todo, había sido el mejor cumpleaños que había tenido.

Oyó el pestillo de la puerta principal y a la tía y a Selene hablando. Se escabulló por el comedor y abrió la puerta del pasillo.

—Ni se te ocurra volver a amenazarla. —La suavidad había desaparecido de la voz de Selene. Anna nunca la había visto tan enfadada.

—No he sido yo la que ha hecho estallar una botella de vino —arremetió la tía—. ¿Qué has estado enseñándole? ¿Qué le has permitido aprender? No ha hecho ningún gesto ni dicho ninguna palabra. Ha emergido directamente de ella.

—Es poderosa, Vivienne; era algo inevitable. No a todos nos aterroriza la magia tanto como a las Encorsetadoras. Estáis locas. Todo el mundo practica la magia libre y abiertamente. Los tiempos oscuros han quedado atrás.

—Hasta que la oscuridad dé con nosotros.

Se sostuvieron la mirada.

—¡Y encima la dejas salir a estas horas de la noche! —siseó la tía—. Está claro que no te preocupa en absoluto lo que pueda pasarle.

—Al menos no la encierro bajo llave, como haces tú con Anna. Al menos conoce el mundo exterior.

—Lo único que les espera ahí fuera es dolor y muerte. Y lo sabes.

—Lo que sé es que no has cambiado ni un poco…

Anna oyó que la puerta principal se abría, así que cerró la puerta del comedor y volvió a la cocina. Selene tenía razón. Su tía la ocultaba como si su existencia fuera un secreto vergonzoso. La tenía encerrada en su mundo imaginario, donde la magia era algo terrorífico en vez de maravilloso.

Una parte de ella anhelaba salir con Effie y Attis, adentrarse en la noche londinense, sin preocuparse por nada más que por divertirse y disfrutar de su juventud. Aunque en realidad no quieren que salga con ellos. A pesar de su oferta, era evidente que Effie la odiaba, y aunque Anna tampoco estaba segura de que le cayera demasiado bien, le daba igual. ¡Effie le había plantado cara a su tía! Metió los vasos en el lavavajillas, sintiendo su peso y su firmeza. No se imaginaba a sí misma acumulando la magia suficiente como para hacer estallar el cristal. Effie se había limitado a mirarlo.

Es poderosa, Vivienne. Pues claro que la hija de Selene era poderosa.

Effie es todo lo que yo no soy.