Las encorsetadoras
Polillas
Nudo Opresor: somete la voluntad de otro.
Hechizos de amarre, El libro de las Encorsetadoras.
Al día siguiente la tía le encargó tareas extra. Anna se sumió en su aburrida monotonía y solo aminoró el ritmo al tomar una fotografía de la repisa de la chimenea. Le limpió el polvo con suavidad. Era la única fotografía de la casa en la que aparecía su madre: estaba junto a su tía y ambas tenían veintipocos años; su madre salía en primer plano, con una mirada juguetona asomando bajo su flequillo negro, mientras la tía aparecía detrás. Anna contempló el rostro de su madre e intentó sentir algo. No había nada en su interior que pudiera ofrecer.
La dejó de nuevo en su sitio y se puso a quitarles el polvo a otras fotografías: su tía y ella a distintas edades y en diferentes poses preparadas. La gente decía que se parecían, ambas pelirrojas y con los ojos verdes. La tía siempre le había dicho lo mismo, que estaban cortadas por el mismo patrón, al contrario que su madre, que era totalmente opuesta: Débil. Mancillada. Corrompida por la magia.
Anna ignoraba el motivo por el que su tía había introducido la magia en sus vidas, si tanto la detestaba. Después de todo, habían llevado una vida normal y sin magia —o lo más parecido a una vida normal que habían experimentado— durante seis años. Fue al cumplir los siete años cuando todo cambió. Unos días después de su cumpleaños, su tía la llevó al médico.
Anna recordaba la sensación de miedo que la había invadido. No se encontraba mal, lo que seguramente significaba que le tocaba alguna vacuna periódica, pero cuando la tía la hizo entrar a la sala, el viejo doctor Webber se había inclinado hacia delante y le había preguntado cómo se sentía, al tiempo que la miraba con sus ojos saltones. Anna había respondido que se sentía bien, que no le dolía nada, y él le había sonreído sin ganas, dejando al descubierto unos dientes afilados y amarillos.
—Me refiero a cómo te sientes por dentro, jovencita. ¿Has estado particularmente contenta o triste durante los últimos días?
Aquella pregunta la había dejado descolocada. Había estado esperando su cumpleaños con ilusión, pero no sabía si eso era lo que debía sentir, así que le dijo que no.
—Excelente —había respondido él, acercando la silla a un discreto armario situado al otro extremo de la habitación y en el que ella nunca había reparado. El hombre sacó una llave del bolsillo y lo abrió; tomó varios instrumentos y le dijo que se tumbara en la camilla.
Le puso un estetoscopio en el pecho que no se parecía en nada a los estetoscopios que ella había visto hasta entonces y Anna notó una extraña sensación en su interior, como si su corazón estuviera acercándose al aparato. El médico emitió algunos ruiditos de preocupación mientras escuchaba con atención y a continuación sacó la temida aguja. Anna recordaba el agudo dolor que le había producido en el brazo; había deseado que su tía la tomara de la mano, pero esta había permanecido inmóvil mientras la sangre fluía hacia el frasco de cristal. El hombre había vertido unas gotas en un fino disco de metal, pero en cuanto su sangre rozó la superficie, esta empezó a chisporrotear.
—El hierro reacciona con contundencia, la magia es pura; sin embargo, la evaluación del corazón muestra una considerable carga emocional. Dadas las circunstancias, deberíamos tomar precauciones.
Le habían pedido a Anna que saliera de la sala antes de que pudiera escuchar nada más. Cuando su tía apareció por fin, llevaba un paquetito en la mano y el ceño fruncido. A Anna le dio la impresión de que había hecho algo mal, aunque no sabía qué. El médico había mencionado la magia…
Anna sonrió al recordar su reacción infantil. Había tenido la esperanza de que si, de algún modo, la magia fluía por su interior, sería como la de los cuentos de hadas, que podría llamar a su hada madrina o hablar con los pájaros o hacer dormir reinos enteros. Pero no tardó en descubrir que su magia no era como la de los cuentos, que no debía causarle gozo, sino sufrimiento…
—¡Anna!
El plumero se le cayó de la mano.
—Hora de practicar magia. Ven al comedor. Ya. —La voz de la tía sonó tan tajante como un limón cortado.
¿Por qué tuve que mencionarlo? Anna sabía por qué, pero aun así su anhelo momentáneo por la magia quedó eclipsado ante el creciente temor que sintió al entrar en el comedor.
La estancia se hallaba en penumbra y resultaba tan poco acogedora como siempre, pues estaba reservada para escasas ocasiones especiales y cenas que nunca se celebraban. Una ventanita filtraba la luz sobre la larga mesa del centro y un aparador de caoba exhibía de forma descuidada la vajilla de porcelana. Otro rosal se asomaba desde una maceta situada al fondo de la sala, salpicado de capullos completamente cerrados. Mi Hira es soga y espinas.
La tía estaba sentada a la mesa, y una polilla danzaba en el aire por encima de ella. El corazón de Anna comenzó a latir de forma tan apresurada como los movimientos del insecto. Retorció uno de los nudos de su cordón.
—Si quisiera ligar las alas de la polilla, ¿de qué color tendría que ser el cordón? —La tía posó en ella su mirada.
Anna intentó concentrarse.
—Negro, para restringir los movimientos.
La tía asintió y tomó un cordón negro del puñado que había sobre la mesa.
—¿Qué nudo debería usar?
—Creo que el Nudo de Siervo podría funcionar, ¿o tal vez el Nudo Grillete?
La tía hizo un nudo en el cordel con tal presteza que Anna apenas fue consciente de ello. Tiró con fuerza de los extremos de la cuerda y apretó el nudo. Acto seguido, la polilla cayó a la mesa con las alas adheridas la una a la otra al tiempo que retorcía las patas desesperadamente. La tía alzó el cordón para enseñárselo a Anna: había un único nudo en el centro.
—Esto es lo único que hace falta cuando tu Hira es firme y está enfocada.
Se trataba de un nudo sencillo, pero devastador: el Nudo Opresor.
De pequeña, Anna no tardó en aprender que la magia de las Encorsetadoras no tenía nada que ver con la de los cuentos de hadas. No había lámparas mágicas, varitas ni capas. Los nudos eran el único lenguaje mágico que toleraban las Encorsetadoras. Un nudo es preciso. Es seguro. Y, sobre todo, es discreto, le había explicado la tía. Puede hacerse sin que nadie se dé cuenta. Mantiene nuestros secretos a salvo.
Como si eso no resultara ya bastante aburrido, las correspondencias lo hacían todavía peor. No se podía hacer un nudo sin más, había que tener en cuenta el material del cordón, el color, la cantidad de cordones que hacían falta, el tipo de nudo, el número de nudos, el mes en que se los llevaba a cabo, el día de la semana y la hora: todos poseían ciertas asociaciones o correspondencias mágicas. Imagínate que cada hechizo es una frase; cada cordón, una palabra, y cada correspondencia, una letra que te ayuda a formarla.
Puede que aquello fuera razonable, pero existían innumerables combinaciones que podían alterar el significado de un hechizo en uno u otro grado. Casi la mitad de El libro de las Encorsetadoras estaba dedicado a detallarlos; existía un vocabulario amplísimo con escaso margen de error y absolutamente ninguna tolerancia a la alegría.
—Te toca.
La tía desató el nudo del cordón negro. Las alas de la polilla volvieron a revolotear y esta se elevó en el aire.
Anna tomó el cordón y preparó el nudo. Estudió los movimientos silenciosos de la polilla y dejó que la finalidad del hechizo tomara forma en su mente: Que en cuanto apriete este nudo, las alas de la polilla se adhieran bajo mi yugo. Sintió que su tía la miraba. Fortaleció su voluntad. Mi Hira es soga y espinas. Apretó el nudo concentrándose en la fuerza del cordón que tenía entre los dedos. La polilla cayó a la mesa, pero antes de que Anna pudiera celebrar el breve instante en el que había sido capaz de hacer magia, las alas se sacudieron y la polilla echó a volar de nuevo.
La tía cerró los ojos, pero una breve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios.
—Tu Hira es débil. Esto es magia sencilla.
Anna estaba acostumbrada a decepcionar a su tía, pero cuando sus errores tenían que ver con su magia, la sensación de pesadumbre la invadía por completo. La polilla se posó sobre un candelabro, movió las antenas y la examinó. El insecto salió volando, como si no hubiera encontrado nada digno de interés. Anna la fulminó con la mirada y luego se sintió como una idiota por haberse enfadado con una polilla.
—Continuaremos cuando decidas prestar atención.
Anna se volvió hacia su tía con una expresión de solemne abnegación. La tía movió las manos con frenesí formando una serie de Nudos Gemelos con dos cordones; unas diminutas figuras en forma de ocho aparecieron una tras otra. Debió de formar unos diez antes de detenerse. Anna contempló la polilla, que revoloteaba en el aire, pero no sucedió nada.
La tía deshizo el primer nudo. Anna volvió a mirar la polilla y descubrió sorprendida que ahora había dos. La tía desató el segundo nudo y ella vio cómo la segunda polilla se duplicaba. Sucedió muy rápido, en el tiempo que batían sus alas una sola vez, como si se tratara de un truco de papiroflexia en el que el papel parece crecer a medida que se dobla. La tía siguió desatando los nudos restantes, creando más polillas, hasta que una oscura y agitada nube de alas tomó forma sobre ellas. Anna sintió la imperiosa necesidad de rascarse la cabeza por todas partes.
La tía hizo un Nudo Opresor y una de las polillas cayó a la mesa.
—¿Cómo lo haces tan rápido?
—Parece caótico, ¿no? —La tía observó el ruidoso grupo de polillas—. Es caótico, pero comedido, sometido a mi dominio. Todo está conectado por hebras, Anna, y si comprendes la auténtica naturaleza de las cosas, tal vez seas capaz de tirar de sus hilos vitales: hacia delante, hacia atrás, hacia arriba o hacia abajo. Puede que la polilla crea que es libre, pero no lo es. Me pertenece.
—¿Crees…?
—Yo no creo nada, lo sé. Lo sé con una certeza infinita. Mi Hira es soga y espinas.
—Mi Hira es soga y espinas —repitió Anna. Ese era el método de las Encorsetadoras.
—Ahora haz caer a una —le ordenó su tía.
Si había sido incapaz de abatir a una sola polilla, ignoraba cómo el hecho de enfrentarse a muchas a la vez iba a facilitarle la tarea. Era imposible. La tía actuaba siempre de forma ilógica: si a Anna le había resultado difícil la primera vez, la segunda lo sería aún más a modo de castigo. Anna se concentró en una de las polillas y siguió sus movimientos. Conjuró la misma finalidad que antes, aunque con más intensidad. Sogas y espinas. Sogas y espinas. Me perteneces, criaturilla. Apretó el nudo con fuerza.
No sucedió nada. Soltó un fuerte gruñido y, frustrada, hizo otro nudo antes de que la tía pudiera detenerla. Siguió sin ocurrir nada.
—¡Estúpidas polillas! —gritó Anna lanzando el cordón sobre la mesa.
—Anna. —La tía no alzó la voz, pero sonaba tan tensa como la cuerda de un violín—. ¿Cómo te atreves a hablar así? —Hizo un breve movimiento con su cordón.
Anna notó un revoloteo en el interior de la boca. Sintió una profunda oleada de asco cuando se dio cuenta de lo que había hecho su tía. Abrió la boca, dejando escapar un grito mudo, y el cuerpo peludo y grueso de una polilla salió volando. Le dieron arcadas y se limpió frenéticamente la lengua, intentando despojarse de la sensación que le habían producido las patas del insecto retorciéndose contra el costado de su boca.
—Cuidado con esa lengua. —A la tía la divirtió su propia ocurrencia.
Durante un momento, Anna se sintió bastante enfadada como para arrojarle a su tía un cúmulo de polillas sobre la cabeza, pero, en vez de eso, agarró el cordón de nudos que llevaba en el bolsillo y bajó la mirada, con temor a decir o a hacer algo más.
—Al menos no nos costará demasiado ligar tu magia. —La tía se volvió hacia ella y sonrió débilmente—. Apenas tienes poder.
Anna sabía que tenía razón, pero aun así sus palabras le dolieron. La tía tomó el cordón negro y se puso a hacer Nudos Opresores de forma rítmica. Las polillas cayeron una a una, hasta que la oscura madera quedó cubierta por un tétrico charco de patas temblorosas y alas rotas. Por muy antinaturales que fueran, Anna sintió lástima por ellas: las habían creado solamente para ser mutiladas.
—Límpialas —dijo la tía, mientras echaba la silla hacia atrás y se dirigía a la puerta.
—Pero siguen vivas.
—Eso es culpa tuya.
Anna lo intentó, usó diferentes cordones y nudos, ató y desató, tratando de liberarles las alas para después abrir la ventana y dejarlas salir, pero no fue capaz. Las polillas yacían sobre la mesa retorciéndose desesperadamente. Lo siento. No puedo hacer nada por mí ni tampoco por vosotras.
La tía le cepillaba el pelo con fuerza a Anna mientras ella bebía el vaso de leche que la primera le había llevado (calcio para los huesos). Todas las tardes terminaban de esa manera. Era su ritual. El remate que unía los hilos con los que estaban hechos sus días.
Anna estaba demasiado cansada como para hacer otra cosa que no fuera someterse al brusco cepillado. La tía le alisó las ondas de la cabellera hasta dejarle una mata de pelo crespo poco favorecedora. De pequeña, a la gente le llamaba mucho la atención su color, entre rojo y rubio; como una puesta de sol sobre los campos de paja, había exclamado una vez con admiración una mujer en una tienda. A medida que se hacía mayor, los comentarios fueron apagándose, al igual que su pelo. Su tonalidad encendida había desaparecido. Su brillo se había transformado en ceniza.
—¿Has disfrutado la práctica? —le preguntó la tía dándole un tirón.
A Anna le dio la sensación de que era una pregunta trampa.
—No debería habértelo pedido.
—No. Desde luego. Yo decido dónde y cuándo practicas la magia. No deberías desearla.
—No la deseo, te lo prometo.
—¿Te crees que no sé el motivo de este arrebato? La llegada de Selene. —A la tía se le tensaron los músculos del cuello, como las velas de un barco durante un vendaval.
—No, no es eso…
—¿Qué te tengo dicho? La magia es una terrible maldición, Anna. Nos hace débiles. Nos hace vulnerables. Nos convierte en presas. Es una amenaza para nosotras, para todas las brujas. Y las que son como ella representan lo peor del mundo mágico: practican la magia sin ton ni son, sin ninguna discreción; llaman la atención de los demás y nos ponen en peligro. Debes asumir el control. Debes prepararte para tu Amarre.
A Anna la desconcertó la expresión de urgencia que reflejaba la mirada de su tía, era incapaz de mirar a otro lado. Un hilillo de sangre le goteó silenciosamente por la nariz. Sangraba por la nariz con mucha frecuencia. El doctor Webber le había dicho que era consecuencia de su ansiedad. Su tía, irritada, le pasó un pañuelo de papel.
Anna se lo llevó a la nariz e intentó hallar las palabras adecuadas.
—Creía que…, aun así, debía aprender magia, ¿no? Que quizás algún día, cuando hubiera demostrado ser una Encorsetadora responsable, cuando desatasen las ligaduras que mantienen confinada mi magia…
—Si es que llegan a desatártelas alguna vez…
—Si eso ocurre, puede que llegue el momento en el que tenga que hacer magia para cumplir con mi deber, igual que tú, para servir a las Encorsetadoras. Para eso nos preparamos y practicamos…
La tía se rio en silencio.
—¿Crees que te dejamos practicar la magia por eso? No. Dejamos que la pruebes para que sepas exactamente a lo que renuncias, para que entiendas de verdad lo que significa el sacrificio.
Sacrificio. Sí. Anna conocía esa parte de su Ceremonia de Amarre. El libro de las Encorsetadoras decía que su magia sería ligada en su interior, pero no sabía cómo, pues apenas daban detalles: El dominio te preparará para llevar a cabo el sacrificio que se requiere. A Anna nunca le había gustado lo aguda y cortante que sonaba la palabra. ¿Qué debía sacrificar? ¿Su magia? ¿O algo más? Había intentado sonsacarle más información a su tía en muchas ocasiones, pero no había servido de nada. Los detalles de la ceremonia eran un secreto muy bien guardado y ella era consciente de que no sabría exactamente a qué iba a enfrentarse hasta que lo hiciera. Anna se miró en el espejo y echó un vistazo a su interior. ¿Estaré preparada? ¿Tiene eso alguna importancia en realidad? Poseía tan poca magia que el hecho de renunciar a ella carecía de significado.
—¿Crees que porque soy una Encorsetadora Veterana me resulta fácil hacer magia? —La tía se llevó sus largos dedos al cuello—. Entiendo mejor que nadie lo que el sacrificio conlleva, Anna.
Anna sintió un nudo en el estómago.
—Lo sé. —Desearía no saberlo.
—Si tu madre hubiera ligado sus poderes aún estaría con nosotras.
—No. —Anna negó levemente con la cabeza—. La mató mi padre.
—Puede que las manos de tu padre llevaran a cabo la ejecución, pero fue la magia la que la debilitó. Magia y amor. Amor y magia. Siempre acaban arrasándolo todo…
Su tía no creía en el amor. Ningún hombre había formado parte de su vida. Decía que no le hacían falta, que ella era capaz de hacer todo lo que hacía un hombre. Anna tampoco creía en el amor.
Su tía suspiró y volvió a dejar el cepillo en su sitio, junto a los demás artículos de tocador plateados. Se trataba de un juego antiguo de cepillo, peine y espejo.
—Sé que crees que soy dura contigo, pero solo intento protegerte. Queda un año para tu Ceremonia de Amarre. El colegio te mantendrá muy ocupada, ahora que empiezas bachillerato habrá chicos en tu clase y tus emociones estarán a flor de piel. Ya sabes lo que tienes que hacer. Las emociones nos debilitan; el dominio nos fortalece.
—Las emociones nos debilitan; el dominio nos fortalece. —Anna asintió, aferrándose a su cordón de nudos y haciendo todo lo posible por no pensar en el año que le esperaba en el Colegio para Chicas San Olave. El colegio no constituía ninguna vía de escape.
—Si perdemos la confianza…
—Lo perdemos todo —respondió Anna.
La tía bajó el rostro hasta situarlo junto al de Anna, frente al espejo; los ojos de ambas formaban un conjunto verde.
—Cuánto nos parecemos, cariño. —Sonrió, apoyándole una mano en el hombro. Le gustaba compararlas. Daba la impresión de que los rasgos de ambas debían encajar, pero no era así. Los de la tía parecían hechos de mármol y rivalizaban unos con otros en lo que a belleza se refería: frente amplia, pómulos marcados, cutis de porcelana y una intensa mirada unida a su constitución huesuda. Los rasgos de Anna exhibían las mismas líneas, pero estas eran más suaves y discretas. Deseaba tener un aspecto menos peculiar, menos pálido, extraño e inquietante. La tía siguió observándola y un silencio incómodo se posó sobre ellas.
De entre todos sus silencios, el de su amor era el que más le costaba sobrellevar.
—Mañana cumples dieciséis. No puedo impedir que te hagas mayor.
Anna se dio cuenta de que las defensas que envolvían el rostro de su tía se habían resquebrajado un poco. Apoyó ligeramente la mano sobre la de su tía e inhaló el familiar aroma a magnolia de su perfume. Su tía era muchas cosas, y lidiar con ella siempre resultaba complicado, pero también era la única madre que había tenido Anna. La persona a la que se lo debía todo. La tía le devolvió el apretón y luego le soltó la mano. Hizo un gesto y el pelo de Anna cobró vida, recogiéndose suavemente en una trenza. La habilidad de su tía con la magia de nudos era tal que no le hacía falta un cordón, era capaz de hacer los nudos en el aire.
Recogió el vaso vacío y se encaminó hacia la puerta.
—Llegarán a las tres. Quiero que te levantes temprano, la cubertería de plata no se va a pulir sola.
Anna sonrió.
—Estará pulida antes del alba.
La tía se permitió devolverle una sonrisita.
—Buenas noches, Anna.
—Buenas noches, tía.
Anna nunca dormía bien, pero sabía que aquella noche sería tarea imposible. Sus sentimientos revoloteaban en su interior como si fueran polillas: con agitación y miedo. Contempló su cordón de nudos, consciente de que podía usarlo para dominarlas. Detestaba cada uno de sus nudos; los años de adiestramiento, las pruebas crueles, las partes de sí misma que ya no era capaz de sentir.
Se destapó, se arrastró hasta la estantería y tomó El libro de las Encorsetadoras. Recordó que su tía se lo había regalado con toda naturalidad al cumplir los siete años, como si fuera un regalo de cumpleaños normal y corriente y no un mamotreto repleto de palabras enmarañadas y abrumadoras. La cubierta negra tenía grabada la imagen de un círculo salpicado con nueve nudos; en el centro del círculo aparecía una rosa con los pétalos cerrados. El cordón de nueve nudos y la rosa sellada, el símbolo de las Encorsetadoras.
Anna se sabía el libro de memoria: las normas, las plegarias, los nudos, los hechizos, las correspondencias… cada maldita y tediosa palabra; aunque había un capítulo que releía en secreto una y otra vez…
Se sentó bajo la luz que se filtraba por las ventanas del balcón, la luz de la luna, la de las farolas y la habitual e incesante luz de Londres; el murmullo de las páginas fue lo único que interrumpió el silencio cuando abrió el libro por la parte en la que hablaban de los Lenguajes mágicos prohibidos. Se tumbó boca abajo, con el camisón blanco extendiéndose a su alrededor y empezó a leer en voz baja las diferentes palabras: Planetario. Botánico. Rúnico. Ogámico. Imaginativo. Adivinación. Nigromancia. Elemental. Simbólico. Nunca se le permitiría ponerlos en práctica, pero sí podía saborearlos un poco, ¿no? Cada una de las palabras era como una gota de miel en sus labios. Pociones. Varitas. Palabras. Espejos. Magia visual. Maleficios. Magia sexual. Sangre. Emocional.
Saboreó cada una de las palabras y sintió que la invadía un hambre desesperada y febril.