Las encorsetadoras
Las encorsetadoras
Cari Thomas
El lenguaje de la magia - 1
ePub r1.0
Titivillus 02.10.2022
Título original: Threadneedle
Cari Thomas, 2021
Traducción: Patricia Sebastián
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Alegría
Puntadas
Polillas
Esquirlas
Cuentos de hadas
Curiosidad
Las encorsetadoras
Invisible
Manzanas
Hierro
Máquina de coser
Moratones
Elementos
Secretos
Correhuela
Ira
Pluma
Poción
Todo o nada
Ojos
Pena
Satén
Sal
Estrellas
Cuchillas
La biblioteca
Moscas
Miedo
Copos de nieve
Susurros
Carta
Collar
1 de mayo
Deseo
Vídeos
Vía de escape
Nudo opresor
El baile
Espejo
Amor
Madre
Agradecimientos
Sobre la autora
A mis padres, quienes me enseñaron que la magia existe.
Diosa del silencio y de los secretos:
enmudece nuestra voz para no hablar,
ciega nuestros ojos para dejar de buscar,
doma nuestro corazón para dejar de sentir,
liga nuestros hechizos; nos postramos ante ti.
Lo que ya se olvidó, no se podrá recordar.
Lo que no se sembró, no se podrá cosechar.
Cierra la puerta y echa la llave,
soportar nuestra magia en silencio es clave.
La plegaria de las Encorsetadoras.
Las campanas resonaron como habían hecho durante siglos, y su melancólica música recorrió Londres con elegancia y delicadeza, tan radiante como la luna llena que coronaba el cielo. A pesar de lo tarde que era, el bullicio reinaba en la ciudad que se extendía a sus pies, agitándose en la oscuridad con las luces, los autobuses y la gente —gente por doquier— que iba y venía, que trabajaba, bebía, bailaba y dormía, sin prestar atención alguna a las campanas.
En el interior de la torre, el sonido era ensordecedor. Sin embargo, las mujeres permanecieron impasibles mientras se acercaban unas a otras y formaban un círculo; avanzaron descalzas por el frío suelo de piedra, con el pelo suelto sobre las sencillas túnicas. Se bajaron la capucha y sintieron las vibraciones de las campanas en los huesos, sintieron el ruido y la bruma de la ciudad, el silencio de la luna a través de las ventanas, el lenguaje de su magia elevándose. La última campanada sonó con firmeza.
Medianoche. Era la hora.
Alzaron los brazos al cielo.
Cuando sucedió, no profirieron ningún grito: las Siete no expresaban tales emociones, y aunque lo hubieran hecho, no les habría dado tiempo a gritar. Poseían una infinidad de años al alcance de los dedos, pero ni un solo instante para dar la voz de alarma cuando todo ocurrió…
Los cristales de las ventanas se hicieron añicos. La noche se filtró en el interior. Se oyeron unas palabras: impenetrables e inquebrantables. Las mujeres salieron disparadas hacia atrás, arrastrando los pies descalzos por el suelo. Se elevaron en el aire, con las túnicas ondeando y las extremidades inmóviles a la luz de la luna. Lo único que las invadía ahora era un sentimiento de impotencia, la innegable certeza de que no podían hacer nada frente a las cuerdas que se les enroscaban alrededor del cuello, antes de precipitarse al vacío de la noche.
Solo entonces, cuando dejaron de pertenecerles, sus cuerpos hicieron lo que haría un cuerpo normal y corriente: retorcerse, sacudirse y asfixiarse… morir lentamente.
A sus pies, Londres seguía tan bulliciosa como de costumbre, pero las campanas del Big Ben nunca habían guardado tanto silencio.