Las ingenuas
Capítulo X
Mientras habían podido decir: “Un mes”, “una semana”… midiendo el tiempo en el narcotismo de la dicha, antojóseles que aludían a fechas remotas e improbables, que misteriosos acontecimientos pudieran retardar. Pero cuando se oyeron exclamar mutuamente: “¡Mañana!”, asombrados al encontrarse un día con el equipaje en trazas de marcha por los rincones, sintieron frío—el frío del desamparo en que iban a quedarse.
El maldito 30 de noviembre daba acceso a las veinticuatro horas últimas de felicidad. Y tan irritado Luciano estaba por la separación, al verla encima e inevitable, que no podía comprender cómo en el dilema tremendo de aceptarla o diferirla, alargando un par de días aquel martirio con su mujer y con su suegra espiándole, no cabía el término, racional y lógico para las ansias de su amor, de no irse nunca y continuar con la libertad hermosa de los primeros meses al lado de Flora… de su Flora de su corazón, de quien no sabía qué conveniencias de los extraños le obligaban a separarse para siempre.
“¡Para siempre!” ¡Lo leía en los ojos de su mujer y en los rencores de la orgullosa viuda!
Con odio contemplaba Flora por el piso bajo aquel desbordamiento de baúles encordelados y grandes cajas en que Amparo, la noche antes, auxiliada por don Gil, había ido escribiendo y repitiendo sobre cada tapa con un pincel mojado en tinta:
LUCIANO PUENTE
BARCELONA-COLOMBO
¡Anuncio burlón de los dos grandes saltos de langosta con que un colosal demonio arrebataría sus ilusiones al otro lado de la tierra!
¿Qué iba a ser de ella? Dejó a Luciano tomar demasiado sitio en su existencia para no morirse al hallar de pronto una mañana que había partido. Sus cuadros, su música, su voz halagadora que tan bien sabía decirle las cosas, sus besos de fuego… Todo, todo desaparecía en un instante. Ya no habría nadie que velara su sueño escribiéndola; nadie para quien pudiera adornarse, segura de causarle tan grande admiración; nadie, en fin, que pudiera estar constantemente entregado a la delicia de analizar y desmenuzar sus gracia, de poner en escalas sus carcajadas armónicas y sus palabras…— Lolo, Marcelo, Daniel del Pazo… sus amigas y la misa de los domingos… su gato otra vez y sus gallinas… las perezosas mañanas de la cama, sin objeto de nuevo, sin meditar ya los problemas gravísimos y embelesadores que la habían absorbido… Hasta don Gil le anunció a destiempo que el corredor de Córdoba traía el caballo. Quién iba a acompañarla, enamorado de la elegancia de su linda gorrita de amazona elegida en los portfolios de Madame Sans-Gène…
Considerando las horas que la esperaban, creía ver por todas partes, en su casa y en el pueblo, por todos los sitios donde había errado feliz con Luciano, por las caminos del campo y por las sombras de los árboles de su jardín, que ahora no existían al sol pálido bajo las ramas peladas de invierno, creía ver el trastorno de aquellas habitaciones atestadas de arcas y maletas; algo semejante a la explanada de una feria donde, quitados ya las guirnaldas y los adornos de los arcos y las tiendas, arrancadas las telas y los gallardetes y las porcelanas de la fantástica iluminación, quedasen las tablas destrozadas, los palos feos y desnudos y los esqueletos chamuscados de los castillos de caña que lanzaran una hermosa noche al espacio sus fuegos de colores. Sí; algo de catástrofe, de hundimiento estruendoso, de destrozo cruel con un viento horrible que agitase jirones de esperanza en las enhiestas ruinas, y una lluvia eterna que las calase, haciendo gotear sus ángulos tronchados…
A fin de no pensar en esto, que la desolaba, se hundió en las sesiones de aquel último día de su ventura; y sentía únicamente que el recelo de su madre no la permitiese al menos envolverse y ahogarse hoy en el cariño de Luciano —dejándola libre y sola con él hasta el minuto de la partida. Entonces ella sabría emborracharse y enloquecer amándole, obligándole a repetiría a su oído las frases dulces de su adoración, extasiándole con sus ojos, con su boca, con sus brazos, hasta el cansancio, hasta la fatiga, hasta la hartura… para separarse luego rendidos en un sueño profundo que durase siempre al recuerdo enervador de la agotada dicha.
—¡Ni aun esto ya!—pensó reprochándose la cobardía que la había impedido entregarse a Luciano aquella noche entera por él ambicionada…
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Pintaron toda la tarde, con doña Salud cosiendo de centinela—abrumados por aquella cosa imposible e insensata de no verse más, que iba a suceder al día siguiente. Cada vez que oían el reloj, cruzaban la mirada, exclamando: —“¡Las cuatro!”—“¡Las cinco!”—”¡Las cinco y media…!”
—¡Ni que contaseis las horas de la agonía!—acabó por gruñir, sarcástica, doña Salud.
Sin el rencor de la batalla que con los dos venía sosteniendo, hubiérale conmovido esta tarde, a ella, mujer de corazón y de experiencia, de pasión antes que nada, el espectáculo de la tristeza muda e infinita de los jóvenes, cuyas palabras, preñadas de lo que no se podían decir, temblaban de emoción y de pena en las raras veces que se las dirigían, pidiéndose un pincel o un tubo de pintura.
Se acostaba el sol en un cielo limpio, amarillento, brillante como de nácar, con una sola nube blanca tendida igual que una gran pluma sobre las montañas que dejaban ver el mar picado de color de plomo. La nube fué tiñéndose de púrpura en los bordes despenachados, y se volvió luego completamente roja, de una transparencia de caramelo.—Luciano, a toda prisa, poníale a su paisaje aquel crepúsculo. Era el último que vería desde el balcón donde tantos hermosísimos contempló con Flora, y quería dejárselo en recuerdo, haciendo pareja a la marinita de la siesta inolvidable. Cuando cantara ella los valses, con la letra que compuso él, podría abarcar la historia de su efímera felicidad en las fechas de ambos cuadros a los lados del piano…
Pero no había luz y fué preciso dejarlo. Concluida también la pandereta que Flora pintaba para regalársela, plegó el caballete, retirándolo a un rincón con aires de abandono.
Constituyó después un momento de dolor bárbaro el de la restitución de sus cosas. Reclamaba Amparo la caja y el violín de Luciano para meterlos en un arca…
Y les dañaba a ellos esta separación, este reparto, este arrancamiento de los objetos que les pertenecían—pinceles y tubos de colores entremezclados como sus ilusiones, libros y papeles por las sillas y sobre el piano con las novelas de Flora, que habían yacido como sus pensamientos, en confusión adorable…
Y en tanto que Luciano, reclamado por su mujer, guardaba todo esto, Flora se encerró en el tocador, queriendo al menos invertirse en parecerle agradable. Un tocado lúgubre, semejante al de caprichosa enferma que se engalanara con sus mejores galas para morir. Había encendido las cornucopias, las cuatro bujías retorcidas de esperma rosa, y se empolvaba la cara y el cuello al espejo.
Opinó, en vez de rizarse el pelo, que le sentaría más propiamente esta noche, sobre el vestido elegantísimo, un despeinado artístico, un nudo cuidadosamente hecho “de cualquier manera”, en contraste denunciador del desorden mismo de su alma. En seguida se puso la falda del vestido que recibió una semana antes y que no había estrenado aún—mirándosela con cuidado a la gran luna del armario; la chaquetilla después, de haldetas de frac, primorosamente adornada con magnolias blancas y enormes botones de bronce—; y contenta de su figura gris, armónica y borrada, que reflejábase encuadrada en el cristal como una de esas aguadas claras e ideales de las ilustraciones, se volvió a sentar al tocador, empezando el largo trabajo de retoque… el pulido de las uñas, el desempolvado de las cejas y los labios, las sombras de loe párpados…
Encontró a su madre en el pasillo con un quinqué en la mano.
—¿Qué traje es ése?
—El nuevo. Me lo pruebo para que lo vea Magda.
—¡Ah, sí, vamos! ¡Quieres despedirle bonita, no se te vaya a enamorar de tus amigas, por ser la última vez!… ¡Qué sinvergüenza eres!
Y con este comentario la dejó bajar delante.
Cenaban allí Luz y don Pascual. Estaban además en la saleta Lorenza, Augusta, Marcelo y Lolo. Poco más tarde entró Magda, hermosa, aparentando mayor exuberancia de pecho y de caderas en el traje de invierno. Volvían todas a despedir a Amparo, que, mal vestida y desgreñada, disculpábase de su facha con el trajín de los baúles… En cambio a su hermana la encontraban preciosísima.
Durante la cena, mientras Amparo daba detalles del viaje, contenta, hablando por los codas, describiéndole a Augusta (que no lo había visto nunca) el interior de un trasatlántico, pensando en las cosas de ébano y marfil y en las pieles de tigre que de Ceilán podría traerse—Flora se mortificaba escuchándola, esclavos sus ojos de Luciano, a quien llenaba de vino la copa, aislados ambos en el tumulto de la charla sostenida a la vez por todos. El, enfrente, martirizábase también con la idea de que a la otra noche no estaría allí, y sí aquellas gentes que envidiaban el viaje y que podrían seguir viniendo a la saleta cuando cenase Flora.
—Mañana—dijo—mi silla estará frente a ti, vacía.
Le miró la elegante rubia haciendo un leve y expresivo gesto de tortura, como ruego de compasión para que no la atormentase.
—Te va a parecer grande la casa: tu madre y tú.
Y permanecía contemplándola con sugestiva tristeza—a pesar de doña Salud, que le observaba.
Flora cerró los ojos. Le tembló la boca, y entre sus hermosas pestañas, aquellas pestañas rizadas y negras que contrastaban con los arcos rubios de las cejas, asomaron dos gruesas lágrimas… Sé levantó y salió.
—¡Bruta!—le había dicho, rápida, doña Salud; y paseó la mirada por las otras, temiendo que la hubiesen visto llorar. Solamente Luzbel se mordía los labios conteniendo una sonrisa.
No se inquietó la viuda cuando rato después se trasladaba la tertulia del comedor y advirtió que su yerno desfilaba hacia el fondo de la casa. Había sentido ella a Flora en el gabinete, cuya puerta podría vigilar desde la sala, y sonrió despreciativa y burlona, comprendiendo que “el otro” se equivocaba buscándola.
Pero no era buscarla únicamente: iba el joven a estar solo en el jardín porque se le hacía insoportable la tranquila alegría de los demás. La luna bañaba la fachada del hotel, cuyo color de ladrillo se interrumpía simétricamente con las orlas blancas de las portadas y las oblicuas sombras de los relieves de yeso. Miraba al cielo diáfano, a través de las ramas de los árboles, y distinguía como todas las noches su lucero. Un lucero brillante que formaba triángulo con dos estrellas que caían siempre a aquella hora en el cenit, y que él, un poco supersticioso, había elegido por símbolo celeste de sus amores. Flora lo conocía, y algunas veces contemplaron juntos su viva luz azulada en la oscuridad profunda. Cuando se nubló, a principios de octubre (lo recordaba), temieron por sus esperanzas…—Y ahora lo veía, aunque menos fulgurante, apagado en la claridad del cielo, como hundido y lejano, igual que empezaría a ver desde muy pronto el recuerdo de aquella faz de su querida Flora, también bañada en la luz azul que dábale a su carne la transparencia violeta.
Encontrábase en el rincón por Flora preferido. Un ancho arriate convertido en estufilla por dos bastidores con cristales, bajo los que cultivaba la rubia sus begonias de plateadas hojas y sus coleos de matices espléndidos. Encima, una gradería llena de macetitas de pensamiento; y en un rincón de madera, con arcos de hierro, una gran camelia cuyas flores blancas y róseas de cera mostrábanse a la luna en esta noche tranquila; sin duda las últimas: tres camelias que cortó Luciano.
Con ellas entró… Debía de estar la joven por allá arriba encerrada en su cuarto. La buscaría para dárselas, y un beso… ¿Qué le importaba ya que los sorprendieran?
Subió en tinieblas. Entreabrió la vidriera del tocador y llamó:
—¡Flora!… ¡Flora!…
Quizás tirada sobre la cama—de pena muerta. Encendió un fósforo. El tocador y la alcoba yacían en solemne reposo; allá el lecho coquetón y elegante, sin una arruga en la colcha pálida, con las cortinas blancas del baño a los pies, de donde emanaba un olor a jabones y a colonia que se tendía suave y sensual por el aire. Entonces recordó la desnudez que efloró un día su mano… sólo un día, sólo un momento que en desmayo y desvarío se le entregaba la mujer… —Y un punzazo vivo, un recuerdo ígneo de “la memoria cruel de los sentidos”, le estremeció. Quizá fué una torpeza no apoderarse de ella entonces—no apoderarse de tanta belleza en las cien ocasiones que la tuvo en sus brazos desvanecida de amor…—¡Ah, por ansiarla demasiado voluptuoso, exquisitamente, ya no tendría jamás aquella belleza!
Ahuecando el embozo de la cama, metió hasta el centro las camelias. Su cuerpo las deshojaría. Sus hojas se dispersarían en sutiles besos por el dorado cuerpo…
Pero debía ella de estar en la sala, con todos; y aunque allá su presencia le había de ser más extraña que aquí su ausencia en la intimidad del alma, creyó un delito estársela robando a sus ojos. Bajó.
En la tertulia no estaba tampoco. Amparo continuaba hablando con Luz, Augusta y Primitivo, que había llegado con Jacinto Rivera. Este, con su mirada de altivez simpática, acogía benévolo el relato que acerca de la inteligencia de los elefantes hacía su amigo, recordando la lectura del Viaje a la India. Había elefantes de éstos que se arrodillaban al salir el sol, en postración humilde—de donde los sabios inferían que no les faltaba absolutamente el instinto religioso. Mas a continuación se le adelantó Rivera (el libro de Jacoliot recorría el pueblo de lector en lector) y refirió la costumbre de entregar a la india recién casada, antes que al marido, al extranjero de distinción convidado a la boda. Esto interesó a Magda, que dejó de escuchar a Lolo para enterarse…
Al entrar don Gil preguntó por Flora.
Doña Salud presumía, llena de rabia, que habríase hartado de llorar y que no tendría los ojos para presentarse.
Flora, que escuchaba desde el gabinete, a oscuras, se puso en este momento a tocar el piano, comprendiendo que la llamarían si no. A nadie, por lo demás, le chocaba su falta, habituados a la independencia de la arisca chiquilla. Pero su madre entendía de sobra lo que esta música tenía de consagración a Luciano—que no tardó en salir, yendo a tenderse al sofá de la cocina, también a oscuras. Por el espejo le había visto Flora cruzar el pasillo.
Eran los valses, repetidos en el día por tercera vez, y arrancados con tal lentitud y profunda dulzura al piano, que parecía que lloraban. Música desfigurada, arrastrándose lenta como un gemido continuo al pasar por el corazón de Flora. A ratos, aquellas notas bajas alargadas por el pedal, parecían de flauta. Luego tocó La invitación al vals, con su introducción fuerte y sus escalas brillantes, en que ponía la nerviosidad de su pasión no gastada y desbordante hoy como río que se despeña al perder el cauce—con su andante dulce después, seguido de aquel salto de notas ascendentes que recorrían el teclado en octavas, rompiéndose en un trefle de cristal… Le enviaba su alma a pedazos… Y hasta creía Luciano percibir los melosos perfumes de violeta y de pensamiento del cuerpo de Flora, como si toda ella se fuera consumiendo y disolviéndose en la música que venía a envolverle de luz y de suspiros… De pronto enmudeció el piano. Flora había salido del gabinete y llegó recta, resuelta, adivinándole en las tinieblas, para darle un beso de pasión que unió sus bocas—sin tiempo Luciano de alzar del brazo del sofá la cabeza, inclinando ella la suya y rozándole el cuello con las magnolias del pecho.
—¡A la sala!—le dijo; corriendo inmediatamente hacia la escalera, tal vez a lavarse y empolvarse los oíos, para disimular huellas del llanto.
Le había dejado la amargura salada de las lágrimas en los labios. El obedeció automático.
Flora no tardó en bajar, entrando en la sala y sentándose echada atrás para erguirse más y esquivarse en la sombra verde de la pantalla.—Daban las diez. Les quedaba, pues, una hora—que no había que contar la mañana siguiente, en la revolución del viaje; y se lo decían con la mirada, sin cuidarse de los demás, que por fortuna también esta noche, como otras, prescindían de ambos en esa complacencia con que los tontos gustan libertarse de la tiranía que en todo momento ejerce sobre ellos un espíritu superior. Algo molesto de superioridad saltaba en verdad constantemente del desdén naturalísimo y escéptico de Flora, como de la conversación de Luciano—aun sin pretenderlo los dos, o mejor aún, forzándose por disimularlo al comprender que mortificaban…—Jacinto Rivera había sabido amenizar la charla con su voz acariciadora y flexible y su volubilidad de ideas; hasta doña Salud, en el sofá, al lado de don Gil, chachareaba contenta, rejuvenecida, agradeciéndole vanidosa al arrogante secretario los floreos que se permitía dirigirla. Magda le sonreía asimismo, lo cual tenía desairado y celoso a Lolo; y Luz, en cambio, escuchándole con embeleso, bajaba sus ojos negros, porque precisamente había sido Rivera el héroe fanfarrón de una de sus más resonadas historias. Amparo, con Camila, dormida en la falda, metía la cuchara en todo, completamente ajena a aquellas rivalidades y coqueterías de que Jacinto era objeto, aunque dejándose arrastrar en la jovialidad de la conversación con su atolondramiento de niña…
En esto sonó la puerta de la calle y tras un “¿se puede?” como un bufido, apareció lento y majestuoso don Juan Anselmo, cuya respetabilidad hizo levantar a los hombres.
Venía a despedir a Luciano, y se sentó junto a él. Encontró bonita a Flora y “muy fresca” a Luz. Este hombre dijérase que jugaba con su mujer al escondite; nunca se le veía donde ella, y acaso porque iba él a venir no estaba doña María. También doña Salud, “¡je! ¡je!, le pareció bien conservada…”— Suponía que se iría la familia en el expreso, a las tres de la tarde, y quería, saberlo de cierto para ir a la estación a tener el gusto de despedirlos…
—Es decir, el disgusto—rectificaba con su frase áspera, queriendo aparecer ante Luciano como hombre aquilatador de cortesías—; porque no es agradable despedir para viaje tan largo a personas tan amables, que se desearía tener cerca…; aunque se tenga el gusto acompañándolas a última hora.
Siempre en segundo término con su sonrisita de modestia, don Gil glosó este concepto del ineducado y violento cacique, cuyos pies, a derecha e izquierda, se habían posesionado de los palos de las sillas de Luciano y Flora. Le impresionaban las despedidas a don Gil, no podía remediarlo; y cuando los viera en el coche y pitara el tren y se los llevase… no respondía de sus lágrimas. Sobre todo por aquellos ángeles de niños, que Dios sabía los riesgos que iban a correr.—Magda, Lorenza y Augusta acordaron venir a la una al día siguiente; y Marcelo aseguró que iba a ser un jubileo de amigos, porque se apreciaba mucho a Luciano en Atajara.
—Iremos contigo, ya lo sabes—dijo Magda a Flora. Lo cual no constituía en la intención de la espléndida muchacha más que una consigna de gran gala, puesto que iría tanta gente.
—Pues también siente Flora al señor ingeniero, por más que ya no necesita maestro para pintar—exclamó don Gil.
Y pensando de pronto que ahora volvería al pasatiempo de Angel Luis, cosa que contrariaba a sus proyectos de boda, le manifestó sinceramente a Luciano:
—¡Va a sentirle a usted! ¡La entretenía usted mucho!
Flora no contestaba. Se levantó precipitadamente y salió. Luciano la vió en la puerta llevarse otra vez a los ojos el pañuelo.
Quiso don Juan ver las pinturas de la “rubita”, y se le enseñó una tabla con un murguista copiado del Fígaro. Se fijó y la elogió con autoridad, como quien lo entendía:
—¡Muy bien! Una figura difícil. ¡Je! ¡je! Se le puede contar los pelos del bigote… ¡Caramba y cómo se parece este hombre a Valero el herrador!… ¡Ah!, y a propósito—continuó, dirigiéndose a Jacinto Rivera—y Primitivo—. ¿No decíais que no?… Acabo de recibir carta anunciándome que tiene sobreseída la causa.
—¡¡Sobreseída!!
—Eso.
Y de que recogió el asombro de todos, continuó don Juan:
—Se interesó por él mi criada. Parecía imposible; pero lo he salvado. Será puesto en libertad y lo tendremos de nuevo en la herrería como si no hubiese roto un plato. Le olía el pescuezo a horca.
Hablaban de un herrador de Alajara que, por irse a vivir con una prostituta, robo treinta duros a su mujer… y la abrasó con su hija, de siete meses, rociándolas con petróleo después de degollarlas. Desde la taberna había vuelto a apagar el fuego; pero tan borracho, que él mismo contaba la historia a voces, por lo que fué preso.—Se decía que en su juventud perteneció a una cuadrilla de bandidos, y si de él se dudaba esto, estaba fuera de duda con respecto a dos hermanos tuyos, que habían vuelto al pueblo desde el presidio… que desempeñaban siempre las plazas de guardas rurales para que no robasen si tenían hambre, y que al saber el crimen del herrador juraron cortarle el cuello a todos los mandones de Alajara si ahorcaban a su desgraciado hermano.—Con la cual amenaza se despertó una verdadera emulación de personajes para salvarle… como acababa de lograr el influyentísimo cacique.
Toda esta hazaña la estimó “singular” Luciano, que la conocía. Un apropiado remate a su desprecio a los alajareños. Recordó entonces que sólo contadas personas de la localidad parecíanle completamente respetables, el párroco y aquel carlista conde de Elche entre ellas, ancianos que conservaban la antigua pureza de ideales cristianos, en su fe contenida sin mancha. Y se alegraba, sin embargo, de marcharse antes que pudiera descubrirles quizás el flaco, porque entonces no se acordaría del pueblo sin pensar en una sentina de ignorancia, debilidades, vicios y miserias—y le hubiera pesado toda la vida dejar en ella a su Flora, por respeto a una opinión pública de jóvenes mentecatos, de señoritas que se entregaban y de zagalas que se vendían, de presidiarios subvencionados y de políticos orgullosos y cobardes. ¡Oh, si ésta fuera la miniatura de España!…
Cuando Flora volvió, distinguida como una princesita con su traje gris con pieles blancas, tan delicada de espíritu y de figura, observaba. Luciano lleno de asco a las personas que rodeaban la camilla—y hubiese cogido de buena gana a ella y Amparo y a sus hijos, llevándoselos de allí para no tomar; a países nuevos, a aquella India en que la civilización nacía con un mundo cosmopolita bajo el aire puro y el sol ardiente… La pobre Violeta traía otra vez el rastro del llanto en los ojos. Y ¿eran el hipócrita de don Gil y la idiota de su querida, eran el libertador de asesinos y las coquetuelas de Magdalena, Luz y Lorenza quienes le impedían besar aquellos ojos y estrechar contra el suyo aquel corazón que se destrozaba en el largo tormento de este día?
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A las diez de la mañana despertó a Flora un ruido de martillazos.
Encontró a Luciano en el pasillo—pálido y paralizado al lado de Amparo, que dirigíale a un carpintero la operación de asegurar dos grandes arcones con flejes de hierro. Un carro esperaba a la puerta el equipaje, que se iba a facturar en pequeña velocidad.
Luciano tuvo lástima de ella; muy pálida también, despelujada, sin corsé, con el fichú rojo sobre el vestidillo, arrojada con prisa de la cama, lo mismo que aquel día que bajó a pedirle de hinojos perdón y amor. Aprovechando la distracción de su mujer, que atornillaba las argollas para un candado, le dió a Flora la carta que había escrito hasta la madrugada; y ella desapareció, yendo a leerla y a contestarla—en la fiebre que la dominaba desde el día antes, por transmitirle sus impresiones de todos los minutos.
La carta era una desesperación en cortadas frases que llenaban tres pliegos, cruzada la última cara, con las márgenes rebosantes de esas pequeñas adiciones del dolor agudísimo que no se cree nunca bien expresado. Cartas como muchas otras escritas en la tensión de una noche entera de pasionales tormentos, y de cuya forma loca, al repasarlas alguna vez, sentía tanto horror el artista como admiración por su fondo de arrogancias. En una había razonado afortunadísimamente esta frase que halló leyendo con Flora una obra de Balzac: “La mujer debe sentir más halagada su vanidad con la adquisición de un amante, que con la de un marido.” Y Flora se convenció— igual que se convencía siempre que él se dedicaba a destruir sus preocupaciones, porque había tenido empeño en que el corazón de la muchacha se le entregase con la conciencia.
Así fué. Contagiada del filosofismo que a sus sentimientos envolvía Luciano, le quería sin miedos, tranquilísima, plenamente convencida de que hacía bien, y llena de orgullo por el amor grande que la abrasaba, a la vez que por su superioridad sobre aquellas otras mujeres que, como Luz, convertían un amante en pecado de placeres.
Ella, teniendo que querer en secreto, sacrificando sus ilusiones por Amparo… entre otras cosas, se juzgaba más virtuosa que Amparo misma. Este convencimiento la inspiraba también al escribir ahora, oyendo desde la habitación los martillazos.
“… Esos golpes, Luciano mío, resuenan en mi corazón.”
Llamaron.
—Espera. Estoy desnuda—contestó a su madre, preparándose a esconder el papel.
—¡Ahí va eso!
Doña Salud echó por debajo de la puerta un número de Le Courrier de la Mode.
Lo cogió Flora, le quitó la faja y se quedó sorprendida del buen gusto del figurín de colores. Más bonito que el del vestido que acababa de hacerse. ¡Qué lástima!… Buscó el otro y lo comparó. La chaquetilla del nuevo figuraba un corsé, con bordados en lo alto de la espalda. Más de salón; el suyo serviría mejor para calle… Y, en fin, ¿a qué pensar en vestidos?…
“Esos golpes, Luciano mío, resuenan en mi corazón…”
Y siguió escribiendo:
“… como si estuvieran clavando tu ataúd. Parecía que preparan el entierro de mi alegría… Te vas… ¡tal vez para no vernos más! Tal vez… Aunque yo recuerdo y te digo lo de Campoamor: aquí me encontrarás dentro de un año… o en el cielo. Porque mi amor, que, según has repetido tanto, tiene algo de hechicero y sobrenatural te emplaza hoy: “Dentro de un año volverás a verme., viva o muerta…” Comprendo que me moriré sin ti…”
Era tan sincera que no pudo continuar. Las lágrimas le nublaban la vista.
Y mientras se evaporaban en sus ojos, contempló distraídamente, a través de ellas, el figurín.
—Decididamente más bonito.
“No me deja ir a la estación mi madre. ¡Qué crueldad!… Aunque no; es mejor: gritaría, formaría un escándalo cuando te alejases; me echaría entre las ruedas para que me aplastasen. Nos despediremos en esta casa que dejas tan sola. Mira a la azotea, donde estaré yo, y lleva el pañuelo en la mano hasta que el tren se pierda…”
Así continuó de prisa, llenando de sentidas palabras el elegante papel violeta.
Corrió a entregarlo.
Al desembocar al pasillo vió arrancar el carro con el equipaje. Luciano estaba en el gabinete, esperándola impaciente.
—Dame tu retrato.
Lo tenía él preparado en el bolsillo y se lo dió.
—Toma tú—le dijo Flora.
Y le puso en la mano, a la vez que en la cara un beso, un papel con un gran rizo de pelo y una monedita de oro.
—Hazte de ella un alfiler y no te lo quites nunca.
Le apretaba la mano con desesperación, mientras que con la otra se mesaba el cabello como una loca. Parecía que quería romperse en pedazos para irse entregando a Luciano y que la guardara en los bolsillos.
—¡Toma!
Una medalla que se quitó de un tirón.
—¡Toma!… ¡Toma!…
Y le entregó el pañuelo sin saber qué hacía, y un imperdible; y se arrancó un madroño del fichú y se lo entregó también.
—¡Adiós, Luciano mío, adiós! No volveré a hablar, pues quiero que la última palabra que me oigas sea ésta que no podría decir delante de nadie: ¡Que te adoro! ¡Que te adoro!
Tuvo que escapar, porque su hermana volvía de la verja de ver partir el carro. Amparo riñó a Luciano, que no se ocupaba de nada mientras andaba ella como una negra. Y fué a vestirse para el tren, que salía a las tres.
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A la una llegó el profesor de música, que continuaba ensayando a Flora La Loca.
La escuchaba Luciano desde la butaca, viéndola casi de espalda—la mirada en ella, con terrible fijeza en el feroz martirio de estos últimos minutos que podría contemplarla a su placer. Respiraba fatigosamente y se restregaba de cuando en cuando los ojos, que le picaban irritadas de puro no pestañear. Su rubia querida delante del piano, en aquel gabinete coquetón de bóvedas redondas de capilla, le parecía en su templo, orándole al Amor en delirios de armonía. La caprichosa y extravagante partitura dijérase hecha para ellos para aquel momento; de una ironía lastimosa, alegre en su ritmo y tristísima en su expresión, como la risa dulce de la demencia. Algo profundamente conmovedor en su apariencia sencilla, algo de idea fija de desorden, de meditación penosa cortada por olvidos y divagaciones momentáneas, resueltas siempre en llantos o en carcajadas de simpática y extraña ternura— con aquellas mutaciones inconexas de compás que recordaban el pasear de un loco. Le parecía imposible que de allí a unas cuantas horas no podría volver a verla… a su Flora, que estaría en el mundo, sin embargo, que seguiría todas las tardes vistiéndose y estando tan bonita, que seguiría hablando con su voz musical sin que él la pudiera oír… ¡Le parecía imposible, absurdo! El momento feroz había llegado. Más que había llorado anoche, consolada al fin con su presencia y engañada también con la dificultad de creer en la separación todavía, lloraría cuando la realidad la convenciese de que estaba sola; cuando recorriera todo el hotel un día y otro y no le encontrara en ninguna parte; cuando cada habitación y cada sitio la fuese hablando de un recuerdo, en el vacío incomprensible que deja un muerto. ¡Pobre Violeta!
Luciano olvidaba su propia desdicha compadeciendo la de Flora. No pensaba en el dolor atroz de su ausencia, ante el dolor más espantoso de la delicada niña, no acostumbrada a sufrir, en cuya serena vida se volcara de pronto el horror del destino. Y casi tenía remordimientos por el mal causado en el alma de aquel ángel, tan abrasada en la pasión de su alma miserable de hombre, que no podía apagarse ya con los consuelos del mundo, y seguiría ardiendo solitaria para desmoronarse en cenizas yertas… ¡En él, en su alma de poeta, persistiría al menos el amor de Flora como el lucero del cielo, lejano y alto, alumbrando con la luz fosfórea de lo ideal sus ambiciones de la existencia! ¡El poeta sabría hacer de su pena infinita y eterna el eterno e infinito placer oculto de su vida… lo que no saben hacer las mujeres, porque no aprenden más que a querer o a odiar!
Le preguntó dos o tres veces algo, por acariciarla con la voz y sentir la caricia de la suya, y ella sólo le contestó con la mirada—con la mirada en que se adivinaba siempre una lágrima queriendo brotar; deseaba permanecer fiel al propósito manifestado antes. En cambio, infiltrábale una tristeza inmensa al lenguaje del teclado.
No pudo más Luciano. Le parecía así, muda su Violeta, una muerta. Lloraba, y se fué a la sala. Allí continuó escuchando la música y llorando, llorando mucho en silencio, como lloran los hombres, que lloran pocas veces —tratando de contener sus lágrimas copiosas con un pañolito de Flora aplastado a los ojos con ambas manos…
Pero sintió unos pasos, y al volverse vió enfrente a Amparo, que le observaba sorprendida y observaba lo mismo a Flora en el piano por la puerta entornada.
Había entrado sin ruido sobre la alfombra y tenía la cara la expresión acerba del dolor.
—¿Por qué lloras?
Sus facciones se torcieron en convulsión.
Acababa de comprender la espantosa realidad. Sintió que se desvanecía, que la flaqueaban las piernas.
—¡Lloras… por ella!
Y cerrando la puerta con violencia, le miró un instante severa, altiva… yendo en seguida a arrojarse de bruces al sofá—destrozada y convencida ahora de la verdad tristísima, ahogándose en sollozos, gritándole, muerta de pena y de celos, que no iría con él, que se quedaría en su casa con su madre, y que se marcharan ellos adonde quisieran… Luciano, con los puños apretados, a grandes pasos por la habitación, contemplando loco a aquella mujer trastornada, oyendo siempre aquella música que seguía incoherente y veloz como la misma insensatez, no acertaba a pronunciar una palabra, mientras su cara, que el llanto persistía bañando, revelaba a un tiempo en la frente fruncida la ira contra la fatalidad que le delató y en los labios trémulos la amargura por la desdicha irremediable de todos.
—¡Vete! ¡Vete tú!… No llores; vete con ella. ¡La quieres mucho! Vete con ella; vete…
—¡Por Dios, Amparo!—pudo exclamar, abalanzándose al cuello de la desdichada en un abrazo que parecía el que se le da a las madres en las inmensas desgracias. Y lloraba, seguía llorando con lágrimas inagotables que le caían a su mujer en la sien, mezclándose a las que de sus ojos manaban entre los dedos, con la cara enterrada en la tapicería.
—¡Qué malo eres! ¡Qué malo, Virgen Santísima! Vete, sí… Le contaré todo a mi madre… me quedaré con ella… con mis hijos…
—Vendrás conmigo, y mis hijos, nuestros hijos también… Amparo de mi alma, ¡tenme lástima!
Y comprendiendo que para no confesarlo todo (según estuvo a punto de hacer, porque su sufrimiento por Flora era tan grande, que le produjo un momento de aberración de creerse con derecho “a la compasión de aquella mujer tan buena y generosa que se lo había sorprendido”), comprendiendo que para no delatarse completamente se imponía algo más que una tonta disculpa, exclamó:
—¡Lloraba por ella! ¿A qué negarlo?… Mas no porque la quiera… sino por gratitud a su cariño, porque tu pobre hermana me aprecia demasiado… ¡y lloraba también!
Aunque hábil, fué contraproducente la explicación. El tono con que fué hecha traicionó el propósito de Luciano, y Amparo adquiría más y más la certidumbre de que se adoraban uno y otro. Sin moverse, sin ceder a él obstinado en separarla las manos para besar su cara, le insultaba, le escarnecía, llamándole hipócrita y falso, estremeciéndose al recordarle que quizás fué por Flora también su llanto de aquel día en el huerto.—Y puesto que hacía un instante que no sonaba el piano (porque advertida, al fin, Flora de lo que ocurría en la sala, despidió al profesor, huyendo hacia el piso de arriba), ella, que no había salido ya por evitarse el horror de ver a su hermana, se desprendió descompuesta, exclamando:
—¡Se lo contaré a mi madre! ¡A mi madre!
Corrió la casa, desolada y ansiosa, buscando a su madre: la encontró, la llevó a encerrarla en la alcoba y le relató lo sucedido, anegada en lágrimas y abrazándola fuertemente con un frío de envenenada… No tenía de qué sorprenderse doña Salud, y recibió al pronto la noticia con altanero desprecio; pero tocada luego por la pena inconsolable de Amparo, se puso a aconsejarla. —Era un disparate lo que la oía, muy convencida, de “no irse con él”. Esto no conduciría más que a un escándalo, que debía evitarse por… don Gil y por todos, pues claro está que Luciano no se iría tampoco, y sólo se hubiera conseguido, en resumen, prolongar unos días aquella historia…
—Además, Luciano se olvidará. Procura tú atenderle y serle agradable, porque los hombres necesitan no ver a las mujeres siempre hechas un asco. Por eso, a pesar de mis tareas, has visto que me cuido mucho, que no me abandono, y así y todo… no creas que tu padre dejaba de jugarme algunas en sus viajes. ¡Los hombres son así, aun los más santos! Pero Luciano… te quiere… Lo que sí debes evitar es volver nunca con él a este pueblo, a lo menos mientras Flora no se case… ¡Gracias a que hay tiempo al medio!
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Una comida desastrosa la de este día. Nadie acudió al comedor más que los niños—y Luciano, por cuidarlos. No se sabía dónde andaba Flora, y estaba tranquilo con respecto a Amparo, después de haberla visto un par de veces salir y entrar de la habitación, concluyendo de vestirse.
Eran las tres y empezó a llegar gente. Primero Luz, con su padre, y en seguida doña Pilar, la tía solterona y beata que no iba a la casa salvo en ocasiones graves. Magdalena entró con Lorenza, sorprendiéndose y riendo maliciosa al saber que no irían a la estación doña Salud y Flora, por estar esta “enferma” y por evitarse aquélla una mala impresión. Don Gil encontró a todos en actitud de marcha. Reunidos amigos y parientes en la sala, abrazaba Amparo a su madre y salían ya los niños hacia la cancela, con el grupo de criadas cargadas de cabás y cestas… Totalmente aturdido Luciano, espiaba la puerta desde el fondo de la sala, ansiando ver aparecer a Flora. Se convenció de que no bajaría; su madre debió de contarla lo de Amparo, que no quería despedirse de ella.—y no osaba presentarse…
Aprovechando la confusión de la gente que salía al jardín, subió a buscarla.
Estaba en la sala, apoyada tras del visillo, en un cristal del balcón.
Al verse quedaron los dos parados. Ella, vuelta en el hueco del balcón; él, en la puerta, mirándose con la muda inexpresión de tantos martirios.
Avanzó Luciano y Flora le salió al encuentro.
Allí, en medio de la sala, junto a cuyo balcón del testero se veía abandonado el caballete, se unieron en un abrazo y se besaron—inertes los brazos, secos los labios… Enlazados todavía, contempláronse un momento admirados y enojados de encontrarse impasibles. Los avergonzaba únicamente, tal vez, su cobardía, que dejó llegar la hora de la inevitable ausencia.
—Adiós—dijo ella, al fin, cortando la frialdad violenta de la escena.
—Adiós—contestó él.
Y se separaron disgustados, con la sorpresa de angustia que deja el besar un cadáver en el féretro antes de partir, comprendiendo que fué la verdadera despedida aquella del gabinete en que la esperanza expiró, y tras de la cual no podían volver a verse más que como fantasmas.
¡Habían agotado las penas y las ternuras!
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Cuando salía Luciano del hotel para alcanzar el grupo que iba calle abajo, tropezó a su suegra, de pie tras de la puerta, aún con el pañuelo en los ojos. Sintió compasión hacia la mujer infortunada que en el fondo tenía más de víctima que de culpable. Era una apasionada, sencillamente, a quien el mundo educó mal y para la que había empezado la venganza del mundo.
—Adiós—le dijo, echándole el brazo por el hombro y rozando con la suya su frente—. Me cree usted muy malo y no lo soy.
—Adiós, Luciano—exclamó ella también enternecida—. Haz feliz a mi hija… A Amparo—añadió, deshaciendo amargamente el equívoco—, a Amparo, que es una santa…
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En el cruce, hasta donde había acompañado a los viajeros, bajó del expresó don Gil.
Cuando Amparo se vió sola con Luciana, porque los niños se durmieron por los asientos y Clotilde, al otro lado, en un rincón, se recostó en el suyo, cerrando los ojos por no verle. En Manzanares bajaron a la fonda; él hablaba con tenaz solicitud; ella respondíale con cierta dura cortesía… Pero después de cenar, cuando los niños volvieron a dormirse y el tren corría por los campos que alumbraba la luna, él la cogió la mano, que quiso Amparo retirarle…
—Ya estamos lejos… Recomencemos nuestra vida. Yo para ti; tú… más cuidadosa de tu Luciano.
—Tú no eres mío—contestó Amparo con desdén—. Cállate. No tengo el menor deseo de tus disculpas.
—No son disculpas, sino, al contrario, quejas de tu abandono.
—Tarde me lo recuerdas.
—Cuando un peligro ha venido a avisarte sus consecuencias… demostrándote mi cariño inquebrantable: porque si no te hubiese querido a ti con toda mi alma, hubiese querido a Flora.
—No seas cínico, al menos; te lo suplico.
—Soy franco, nada más. Dame un beso.
—No.
Se sentó a su lado y le daba besos, que recibía ella con glacial indiferencia, sin lograr que le devolviera uno. Durante largo rato, afanado en conseguirlo, se lo suplicó en vano con mil empeños; aquellos labios, que no se esquivaban siquiera, los sentía en los suyos fríos y flácidos. Por primera vez recibían sus caricias con tan espantosa impasibilidad…
Luciano volvió a sentarse enfrente, desolado. Era tan profundo el afecto que la tenía, que le causaba la impresión de una hermana que le abandonase en el instante que la necesitaran más sus penas. Queriendo desenojarla, no hacía traición a Flora—cuyo recuerdo le escocía vivo y doloroso. Sorprendióle nada más que le pudiese faltar la ternura de su mujer, tan confiada y tan buena, con la cual había contado siempre como consuelo de penas y desengaños desde que con sus llanezas pareció permutar el papel de enamorada por el de amiga fiel, y hacia la cual no había sentido enojo nunca, sino todo lo contrario: mayor estimación cuanto más la rubia gentil le apasionaba. Haber soñado un día tener a las dos: a la idolatrada amante y a la graciosa amiga, y en la carrera de un tren encontrarse hoy que de ésta se llevaba el menosprecio, después de renunciar heroicamente a la otra, no podía concebirlo. Y por esto, con completa sinceridad de intención, y enteramente fiel a Violeta, dueña de sus ilusiones, se dedicaba a reconquistar el perdido aprecio de Amparo.
En la oscuridad del coche, que retemblaba sobre el estruendo de la huida veloz, corrida la pantalla azul de la candileja para que durmiesen los niños, le contó una amañada historia, llena de anécdotas y detalles que desfiguraban la verdad de los candentes recuerdos a que aludían, y con la que, a vuelta de muchas habilidosas confesiones, para reducir más verosímilmente su único pecado a contemplación deleitosa del amor de Flora, se pretendía probar de ésta, además, la alteza de sentimientos y la nobleza sublime de conducta… “¿Te acuerdas de la boda?… Pues, sí; era mentira lo que te dijo de Angel Luis, con quien bailó por mí, para borrar tus sospechas. Se aturdió con los licores y no sabía lo que se hacía. Esa noche fué la en que, sin conciencia la pobre, me confesó su cariño por primera y única vez. Ella lloró su ligereza al día siguiente, y yo no he vuelto a recordársela, por más que la he advertido quererme cada vez más, sufriendo y callando. Pues bien: tú que has visto mis ojos con lágrimas ante cualquier cómica que miente su infortunio en el teatro, ¿no podrás comprender que llorase esta mañana como espectador menos indiferente ante el drama real cuyo fin me ofrecía la despedida de Flora con su triste música?…”
Inútil todo, aunque por momentos le hicieran creer otra cosa las preguntas de Amparo, que, desconfiada como fiscal apercibido contra la mala fe de un declarante, habíase estado sonriendo, irónica, de las contestaciones, sin que lo pudiese Luciano notar en la penumbra del coche. El beso no pudo conseguirlo. Y con tal disgusto se durmió en un rincón, rendido, creyendo ver siempre el pañolito de Flora agitándose lejano en la azotea; mientras su mujer, cerrados los ojos, pensaba en aquella escena horrible que le había caído en el alma como una hornilla de brasas; el martilleo violento del tren, corriendo por la clara noche, le fingía el ritmo vivo de aquella odiosa fantasía que iba oyendo, dislocada y rota, igual que si arrastrando del último furgón la siguiera el piano… Para ahuyentar la obsesión, que se hacía insoportable, miraba de cuando en cuando por el cristal las fajas del paisaje, que volaban a su lado en la carrera loca como gasas plateadas por la luna…
Permanecieron en Madrid veinticuatro horas, en el hotel Colón, sobre Fornos. Desde el balcón enfilado a la calle de Alcalá encontraba Luciano inexplicable la alegría de fiesta de las gentes. Aunque por la tarde, acompañando a su familia al Retiro, pudo creer que su mujer olvidaba, porque hablaba frecuentemente con los niños, quejándosele ya, algo comunicativa, de que no fueran de moda sus trajes, pues no había querido hacerles ropa de invierno—al otro día, en el tren, camino de Barcelona, observó que continuaba para él su fiera displicencia.
Cinco días en la capital de Cataluña. No salía Amparo. Luciano buscaba en los conciertos de los cafés su querida música; pero no se ejecutaban más que partituras nuevas y desconocidas para su corazón. Allí escribíale a Flora, persiguiendo en balde la verdadera frase de su gran tristeza; y la víspera de embarcar facturó su paquete de cartas en el fondo de la caja, donde le enviaba dos tubos de pintura y un pomo de esencia de violeta. Ella mandaría por el encargo a persona de su confianza. Así habíanlo convenido.
No había sensibilidad, a fuerza de impresiones contradictorias, en aquellos dos viajeros, transportados como fardos. Por fin, una tarde los recogió un coche, los llevó al muelle; entraron en un bote y subieron al Alfonso XIII, el gran trasatlántico que se mecía en el puerto. Amparo, sin curiosidad siquiera en mitad de aquella vida de a bordo, tan nueva, instalaba las maletas bajo las literas del camarote, que le molestaba un poco con su olor picante a barnices y a maderas guardadas; Luciano se recostaba sobre la borda, mirando vagamente por lo alto de Barcelona, y solamente los niños, Camila en brazos de Clotilde y a la falda de ésta agarrado Pipín seguían con despierta extrañeza los pintorescos detalles del embarque.
La herradura con que la ciudad cerraba el puerto, con el Montjuich a la izquierda y la Barceloneta y los diques a la derecha, ofrecía un hermoso panorama. Enfrente la embocadura de las Ramblas, los paseos de los muelles, los altos edificios y la estatua de Colón destarándose por encima de los tejados pizarrosos en el cielo, sobre su mundo de cobre, que resplandecía a los últimos rayos del sol. Detrás, un bosque de mástiles, con marañas de cordajes de cientos de embarcaciones, interrumpiendo a lo largo de las murallas el curvo horizonte del mar.
Toda una procesión de botes desde el muelle hasta el Alfonso XIII. La escala, un hormiguero; se subía con prisa, con miedo, cogiéndose las señoras a la maroma, dando los hombres el brazo, no muy seguros de su galantería, sobre los móviles y resbaladizos peldaños, entre los marineros que trepaban conduciendo cajas y maletas. Algunas familias habíanse arriesgado a despedir a bordo a sus parientes. Las más saludaban sin cesar desde las lanchas, zarandeadas por el oleaje, al costado del buque.
Aquel viento húmedo, saturado de olor a sardinas; aquel trajín de la carga entre crujir de cadenas y palancas de las grúas: aquel resonar de silbatos y maniobrar de cuerdas en la altura enorme de los palos; aquel humear denso y negro de las bocazas de las chimeneas, todo sobre las aguas inquietas, que cruzaban en cien direcciones y dando tumbos los botes y los rápidos vaporcillos blancos, producíale a gran parte de los viajeros gente de tierra adentro que por primera vez se metía en el mar, una excitación desconfiada, que les obligaba a cerrar los ojos para darse cuenta, como en un mundo nuevo. El prolongado y ronco trueno del Alfonso XIII. de rato en rato, dando sus señales de partida, llenaba los aires con un quejido poderoso, apresurando a la gente en las escalas, unos para ganar el buque otros para dejarlo, temiendo ser en un momento arrebatados hacia el Océano.
De pronto volvió a lanzar la sirena un rugido lastimero… Las escalas se levantaron, y los cabrestantes izaron las cadenas de las anclas. Sonó el girar de la hélice y el estruendo de la máquina; trepidó el barco, y el mar empezó alrededor suyo a cubrirse de mantos de espuma. Poco a poco los botes se quedaban atrás. Los pañuelos se agitaban por todas partes, se cubrieron los ojos de lágrimas, y un momento después, a la puerta del malecón, entrando el Alfonso XIII a media marcha en el mar libre, soltó el cañonazo de despedida… ¡Adiós, Barcelona! ¡Adiós, España!
Por las bordas asomaba una batería de anteojos, desde el inmenso de cuatro tubos hasta el gemelo de teatro. Se buscaba ya inútilmente a la madre o al amigo que allá quedaban en tierra…
Y sin gemelos, con los telescopios de la fantasía. Luciano, cerca de sus hijos y de su mujer, que había subido a la cubierta, seguía fijo en el cielo de Barcelona, descubriendo allá, allá lejos, a la mujer querida, candente aún en su recuerdo el beso de amor.
Llamaba al comedor la campana.
El barco llevaba un cabeceo regularmente fastidioso hundiéndose y levantándose en anchas olas, cuya, cresta rizaba de espuma un airazo seguidote y fresco.
Cuando después de comer Luciano volvió a cubierta y quiso mirar atrás por la borda al último resplandor del día ya no se veía tierra. El Alfonso XIII, en mitad del mar, de un círculo de mar que parecía el tablero de un velador inmenso, continuaba hundiéndose de proa a popa, con el acompasado movimiento de un reloj de balancín.
El cielo le cubría como un fanal limpio, sereno, sin nubes…
FIN DE LA PRIMERA PARTE