Las ingenuas
Capítulo III
No haría calor, si continuaba el juguetón vientecillo. En el cielo se tendían nubes blancas, como filachas de algodón en rama, Sin embargo, sudaba Luciano, alargando el paso para llegar cuanto antes a la altura. Las crestas de roca de la montaña le lanzaban un aliento de fuego, como escorias encendidas bajo su capa cenicienta y rugosa. El fotógrafo se cansaba, pero le animaba el ingeniero, y según ascendían, jadeantes, apresurados, resbalándose en los rodadizos cantos, y descubriendo en cada ondulación nueva tirada de camino, que nunca era la última, mostrábase allá, al Norte, más dilatada la llanura, donde simulaban amarillos remiendos los rastrojos. Enfrente, una sierra de jarales se unía en obtuso ángulo a la que escalaban animosamente, formando la garganta que debían colar; y a cuatro o cinco leguas, en la línea del llano, los montes azules se esfumaban con el cielo luminoso, lleno de marañas blancas por todas partes.
Buscaba a Flora, Luciano; quería alcanzarla. El hábito de su conversación y de sus risas armónicas en dos semanas, se las hacía desear en este esplendoroso día de campo y de gran aire, que invitaba a reír y a correr entre los peñones salvajes, como cuando él era un chiquillo. Y una chiquilla—que ninguna culpa tenía de las infamias de don Gil—era también su cuñada, alegre y dulce, harto más discreta que la gente de los carros (abandonados por los dos jóvenes, y dejados atrás en un trozo peñascoso del camino), que Magda y Luz en el primer lugar, demasiado… mujeres: no hablaban sino sandeces o atrevimientos.
En la cumbre se pararon a reposar, investigando las dos vertientes. El camino seguía retorciéndose entre peñascones color de bronce, manchados de gualdas parásitas con franjas de cardenillo, por encima de los cuales volvía a vérsele culebrear ladera abajo, sesgando la falda de la sierra hasta el río— cuyas tablas reflejaban el cielo por un valle de álamos y adelfas.
—¡Allí están!—exclamó Marcelo.
Acababan de divisar a Augusta y a Flora al lado de los peñones. Cosa de diez minutos alcanzarla. Y se lanzaron pendiente abajo.
Poco después, en un recodo, las saludaban a voces. El tío Merino marchaba al lado de Augusta, arreándole la borrica, que, con las orejas caídas, difícilmente seguía a la avispada y rozagante de Flora. Ambos animales iban enjaezados con arreos vistosos; pero sobre todo el de la rubia gentil, con jáquima nueva de madroños y manta jerezana en la albarda. Flora y Augusta, de espaldas al sol, llevaban abiertas las sombrillas. Luciano, que había cerrado el antuca para llegar antes, le abrió al emparejarse con Flora, y la borrica dió un bote, encabritándose. Vaciló la chiquilla a punto de caer; pero la dominó, graciosa.
—¡Eres una amazona!
—¡Ah! Yo montaría bien a caballo. Se lo he dicho a don Gil, y quiere comprarme uno.
Y reparando la alteración del ingeniero por el pasado riesgo, añadió:
—Más te has asustado tú…
—Sí. De veras.
—¡Qué encarnado vienes! ¡Pensé que no andarías tanto hombre!
Le pagaba con una sonrisa de agradecimiento. Además le complacía que hubiese venido a buscarla. Sin embargo, le reprochó su pereza. Cuando salieron ellas dos y el tío Merino, quedaba él en la cama; ¡parecía mentira! No las hubiesen alcanzado si no hubieran venido ellas parándose cada sombra. Aun así no se veían los carros. Era que Luciano se había dormido anoche a las cuatro. “¡No, nada: que no se pudo dormir!… Sin luz y mirando las tinieblas!…” Mas dijo esto con un tono tan singular, que él mismo lo advirtió, y trató de borrarlo con indiferencias: “¡Le sucedía a menudo, bah!…”
—¿Te desvelan tus escritos?
Miró a su cuñada, que sonreía y bajó los ojos, diabólica.
—¡Pobre trabajo! Hace cuatro días que no escribo.
Se hacía un perezoso también. Como ella, se levantaba al tiempo de comer… y pasaban juntos la vida. Ni pasear siquiera. Flora le argumentaba que no tenía orden. Si se levantase a las once escribiría tres horas, sin necesidad de siesta, porque ya no iban a dejar las lecciones de pintura.
—He aquí una cosa más que desagradará a los del pueblo.
—¡Qué me importa!
Y habló en seguida del colegio largamente, recordando a sus amigas, de quienes nada había vuelto a saber, y de sus rezos y soledades en los jardines, donde le gustaba estar cuando hacía luna. De cuando en cuando se interrumpía para consultar a Luciano si no iba muy de prisa, porque, en efecto, quedaban atrás Marcelo y su hermana, seguidos del tío Merino, que, libre ya del cuidado de arrear a la borrica, liaba un cigarro, tranqueando a su gusto. La escuchaba Luciano con tal éxtasis de complacencia que, por último, al agotar Flora el tema de su solitaria vida en el convento, nada se le ocurría a él decir, y su silencio extraño contagió a la joven.
Caminaban cien pasos delante de los demás. Flora, sujetando con la mano derecha el ronzal, que hacía erguir el pescuezo a la vivaracha jumenta, resguardaba la cabeza y los hombros en la sombrilla azul, cuyo reflejo daba a su cara, encendida por la flama del aire, un fuerte tono de violeta, haciendo mayor su suavidad y transparencia. Estaba peinada con el primor de siempre, como para el teatro, con una dalia roja en el pelo, tan roja como sus labios. Vestía un traje de batista, color suavísimo de salmón, recién lavado y planchado, de blusa con encajes blancos en el peto y mangas de farol; una cinta escocesa de gran broche le ceñía la cintura, y la falda se le plegaba amplia y casta sobre los muslos, hasta la punta misma de los zapatillos de piel de Rusia, uno cruzado sobre otro y marcando el compás de la marcha como un metrónomo.
—¡Estás muy guapa!—no pudo menos de decir Luciano, después de aquel silencio enojoso y largo.
—¡Andáaa!—exclamó Flora, sorprendida.
La confesión había brotado con un acento, en verdad, bien particular, y su valor crecía por tratarse de la primera vez que la elogiaba secamente, sin bromas, sin burlas cariñosas, que prestaban trivialidad a las lisonjas.
Mirando el camino solitario, observó ella:
—Nos adelantamos mucho. No se ven.
Quedaba allí arriba la montaña, con su gran cresta de peñascos grises, grietosos y agujereados, sosteniéndose en equilibrio inverosímil, unas sobre otras, las grandes masas de roca, alrededor de las cuales tendían los cuervos sus alas en el aire azul. Por toda la descendente ondulación, poblada de jaras, cuyas hojas se cubrían de resina bajo el sol ardoroso, habían venido Flora y Luciano, viendo huir los verdes lagartos entre las piedras calcinadas y cubiertas de polvo blanco del camino. Los jilgueros volaban a bandadas de rato en rato.
Extrañábale a Luciano no tener qué hablar con la hechicera niña a quien buscara precisamente por un deseo infantil de jovialidad y alegría en esta infinita vital expansión del campo. Creyó que se hubiera lanzado de buena gana con ella a gritar y coger nidos entre las piedras, y sentía ahora inexplicable respeto ante la chiquilla vergonzosa, No obstante, por largo rato fué pensando que su cuñada tenía con él más confianza, aun dentro de su cortesía eterna. De aquella colegiala silenciosa de la boda, y de la Flora reservada de los primeros días, distaba ya mucho esta amiga franca que le revelaba sin cesar sus pensamientos. Hubiera deseado que fuese “su hermana más pequeña”—para tener con ella absoluta intimidad, para chillarle que era preciosa, para darle un abrazo si quería. Y ante todo le hubiese pegado entonces un bofetón mimosillo, quitándola de la ventana cuando cruzaba el tonto del novio, que resultaba un botarate a su lado.
De pronto recordó que la noche antes habló ella con Angel Luis, por la verja, estando en el jardín con Magda. Y se lo dijo. Los vió desde la reja. “¿Hablaban todas las noches?…” Pero lo negaba Flora; “habló con Magda: le preguntaba hacia qué sitio vendrían y a qué hora… Tenía Angel una finca allí atrás…”
—¡Ah!—hizo Luciano como una ingrata revelación.
“¡Ya le habría visto!… He aquí sus prisas.”
Y le enojó, en fin de cuentas, que esto le diese pena, mucha pena. ¿Qué tenía él que ver con ellos?
Como si Flora lo adivinase, murmuró, leve:
—No le he visto. No es probable que le encontremos. No tiene para qué.
Añadiendo más leve aún:
—Por lo menos, yo nada le dije.
No volvieron a hablar. Ella iba reflexionando igualmente que su prisa por salir delante de los carros había obedecido, más que al afán de esquivar de su madre el encuentro con Angel Luis, al de no encontrarlo en presencia de Luciano. Con la misma sorpresa, y tristeza que éste, se preguntaba si en su deseo inexplicable, pero imperioso como un instinto, habría entrado el recuerdo del ridículo saludo de Angel Luis el otro domingo a la puerta del peluquero:—Sí; reconocía en sí propia hacia el marido de su hermana la suerte de admiración del discípulo al maestro: en materia del buen gusto, maestro era…; y a su lado veía ella bien las concesiones que sin notarlo había hecho a tanta vulgaridad como la rodeaba… Esta sumisión, este vasallaje que algo, no importa qué, le imponía, la molestó un poco; a ella, tan dominadora e independiente.
Mudos llegaron a un arroyo que corría como trenza de cristal en angosto cauce de arcilla, a la sombra de unas encinas. Sin consultarse, decidieron aguardar a los otros, todavía lejanos, aunque Flora había ido conteniendo buen trecho a la jumenta. Sólo había dicho, breve, Luciano;—“¿Quieres beber?”—“No, gracias.”—Y como si el no tener sed ella la disipara, tiró el papel roto de una carta, con que improvisaba un vaso en cucurucho, y se quedó entretenido hundiendo en la tierra con el tacón las piedrecillas.— Mientras, le estudiaba Flora con seriedad extrema una honda expresión de disgusto…
Rato después que Marcelo y su hermana, aparecieron los carros, que habían ganado distancia cuesta abajo, dando vuelcos al trote picado de las mulas.—Una ovación se rindió al ingeniero y al fotógrafo por andarines; y Amparo, percibiendo a su marido con la blanca gorrita de ciclista, negro del sol, le instó a que subiera, aunque ya se estaba cerca. Montó, y, en cambio, se apeó don Gil, para ladearse con Augusta, Flora y Marcelo a ver una obra que estaba haciendo en la casa, situada en un cerro a la izquierda.
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Hermoso paisaje el de aquellos campos. Por un arenal deslizábase el Calamón casi recto, al fondo de un valle ancho entre dos cordilleras. A trechos formaban remansos que se unían por chorreras en que brincaba la corriente sobre guijos; y en el centro de la tabla grande, bordadas de adelfas sus orillas, se veía el molino, albo y redondo como un huevo a medio sumergir, al extremo de la pesquera, por donde saltaba el agua haciendo brillar al sol su comba salpicada por la espuma. Viejo puentecete de tablas que sostenían de milagro troncos delgados y nudosos, daba acceso a la plataforma del molino, llena de costales. Frente al puente había una alameda extensa, continuada hasta el río en largo semicírculo por un cañaveral que seguía la desembocadura del arroyo. Los pájaros de las inmediaciones, armando un verdadero escándalo, se refugiaban en estos árboles, únicos de la hondonada ardiente como un desierto de Africa.—Y allí también, en la sombra densa, tan cargada de húmeda frescura que las hizo estornudar, habíanse quedado doña Salud y doña María, vigilando a las criadas el arreglo de la comida, entre el menaje de mantas, cuerdas, cestas, alforjas y calderos desbordados por la hierba desde los desuncidos carros…—Nadie en el gozoso desfile hacia el río se preocupó de Luciano, que pudo coger su caja de colores e internarse en el cañaveral. Tenía mal humor con él mismo… Aquella febril ansia de su pecho que le llevaba a amar o aborrecerlo todo en su vida, le llenaba hoy de irritado pesar. Desagrado por la ironía burda y torpe de las vulgarísimas Luz, Augusta, Magda…; afecto al bizarro espíritu de Flora, y desagrado también al verla entre ellas y con Angel Luis veleteando… Le había cobrado una verdadera pasión de hermano a la chiquilla… ¿Y a qué? ¿Le importaba a él?… ¿No seria preferible tomar la existencia como los que se divertían allí al pie, aceptándose unos de otros para el corro de carcajadas las cintas de una alegría arlequinesca?
La pesca iba a ser en la tabla grande. Acercóse a la orilla el tío Merino, antiguo barrenero del ferrocarril, y arrojó dos cartuchos más arriba del puentecillo, donde esperaban Magdalena y Luz llamando cobarde a Primitivo, que no se atrevía a seguirlas: “¡Conocía la dinamita!…” Dos explosiones sordas, simultáneas, lanzaron al cielo bonitos surtidores.—Pipín palmoteaba: le parecían las fuentes del Retiro. Entre los chorros y hervores del agua, rieló la plateada escama de los peces. Cuando la superficie quedó serena, flotaban muchos panza arriba…
Loca de contento, Amparo, chillando sin cesar, como los demás, cuando cogía un pez, tiraba de Pipín, enojándole porque le quitaba el regüello para alcanzar los que él no podía. Clotilde, soltando el paraguas abierto por tierra, cortó una caña y pescaba también, con Camila en brazos. Luz y Primitivo alargaban sus mangas desde el puente, haciendo gran provisión, y Magdalena se unió a Flora y Augusta, que acababan de llegar con Marcelo.
Era una pena. La mayor parte de los peces, cayendo por la presa, se perdían río abajo; los más gordos; Flora, que los veía entre la espuma, llamó al tío Merino y a Justilla, la muchacha de la criada, que se metieron en el agua, después de descalzarse y arremangarse… ¡Lástima de barco!… Dirigió largo tiempo la operación, señalando desde la orilla los mejores barbos, arrastrados por la corriente, a los que perseguía la chicuela, sin cuidarse de las ropas, que se le habían calado.—Después, apoyándose en su caña, más que atenta a pescar, revisó de alto a bajo la línea de pescadores, ocultos unos de otros por las colinas arenosas, cuajadas de adelfas… Buscaba a Luciano; la idea de que, no sabía por qué, estuviese disgustado, la violentaba… no sabía por qué tampoco.
Transcurrió hora y media, y aun se obstinaban todos, infatigables, en coger algún que otro jaramuguillo detenido entre las ovas. Los molineros seguían ayudando desde el puente. Para alcanzar un galápago, Magda, que estaba con Clotilde y Marcelo, metió la bota en el agua, levantándose el vestido hasta la corva y enseñando la pantorrilla redonda y blanquísima sobre el calcetín negro… Luego se sacudía pateando en la arena—luciendo los tobillos con la falda alzada por dos pellizcos… La cogió Flora y se la llevó de paseo. “¡Oh, había pescado Magda muchos peces del mismo modo!… ¡Muchos peces!…” Y como la rubia no parecía entenderla, exclamó:
—¿Qué tienes? ¡Parece que estás en Babia!… ¿Por qué no ha venido Angel? No sabes decir misa más que en un misal; eres una tonta y una romántica. A mí igual me da Lolo que Marcelo, que el Moro Muza… con tal que no sean imbéciles, como mis parientes… ¡Casi me está pesando haber dejado a Marcelo por Lolo, mira!… Lo mismo da. Lo cierto es que no tiene dos cuartas de arranque.
Llegaban al cañaveral y descubrieron a Luciano, tirado en un peñón, con la caja de pinturas al lado, abierta.
—¡No ha querido usted pescar!—gritó Magda.
El se incorporó.
—¡Muy bien! ¡Pintando sin la discípula!—exclamo Flora, acercándose.
Pero no había pintado: enseñaba la tabla limpia y explicaba que sólo tuvo ganas de fumar y mirar al cielo…—En esto descubrió Magda una cabra que estaba pastando, de la cual mamaba el cabrito blanco, estorbándole andar. Y fué cautelosa, la agarró de un cuerno, y mandó que cogiese Flora el cabrito, pues quería ella mamarse la hermosa ubre que no le cabía al animal entre las patas. La obedeció Flora, y Magda se arrodilló en el suelo, y mientras con una mano sujetaba a la cabra arisca por un corvejón, con la otra se afirmaba a los labios el grueso pico de la teta negruzca y pelosa, chupando, chupando… la cara hacia arriba y cerrando los ojos… Sin duda debió de morderla, porque la cabra, de improviso, pegó un bote y escapó, dejando a Magda de bruces en la hierba… Al levantarse, la arrogante morena se reía, mostrando los dientes blancos en la boca húmeda y roja, llena de gotas de leche. “No estaba conforme. Quería más. ¡Bah, la cabra!…”
—¿Para qué soltaste el chivo?
—Anda, le vas a dejar sin nada, mujer.
Y puesto que absolutamente se obstinaba Magda, fué preciso acudir en su esfuerzo a la persecución de la cabra, cosa que entretuvo a los tres buen rato —escondiéndose por las cañas primero, y saliendo luego al campo raso, bajo el sol, donde formaban cerco, que el espantado animal rompía, escapando al estrecharse. Una cacería divertidísima, en la que nunca se quedaban más que con el infeliz cabritillo, vacilante en sus largas patas abiertas como el trípode de un fotógrafo, y a la que puso término, después que estaban ellos sofocados de correr, las voces que, llamándolos para comer, partían de la alameda:
—¡Lucianoooo!
—¡Floraaaa!
—¡Magdalenaaaa!
Todos gritaban, incluso los niños, prolongando estos nombres en alegre explosión, como una fanfarria de cornetas.
—¡Que yaaa vaaamooos!—voceó Magdalena, subiéndose en un cerrillo, con las manos en bocina, Su timbre macizo de contralto dominó y fué repercutido por el eco de las sierras.
Caminó delante, repitiéndolo a cada cuatro pasos, mientras los demás, desde el borde de los árboles, continuaban por diversión el griterío.
Flora y Luciano la seguían en silencio.
—¿Te has enfadado conmigo?—le deslizó ella, tímida, cuando se hubo reposado algo.
Luciano se estremeció. La miró a la cara, pálida a pesar del sol: no descubrió más que la mimosa habitual expresión de cortesía.
—¿Contigo?… ¿Contigo… por qué?
—¡Como no le hablas más que a Magda!
Siguieron andando, aturdidos ya por el aullar de la alameda y por la voz poderosa que delante de ellos repetía largamente:
—¡Que alláaa vaaamoooos!
Casi llegando, dijo Flora, ahogadas las palabras:
—¿Ves que no vino?… Habrías hecho mal, pues ni le contesté siquiera.
Y terminó como un suspiro:
—¡Tú te crees que me importa!
De nuevo la contempló Luciano, y de nuevo volvió a no encontrar en aquel semblante candoroso más que una ingenuidad de confidencia… Pero se sonrió, al fin, satisfecho. Le placía ver libertarse de las vulgaridades del poblachón a la espiritual niña, que se había convertido ea su amiga íntima.
Durante la comida, dispuesta en dos manteles, a cuyo alrededor se tendían los hombres entre las mujeres, arrellanadas por la hierba, imperó ruidosa alegría. Amparo, con los niños al lado, daba lo mejor de las tarteras a Luciano. Estaba orgullosa de la conversación, desbordada en honores de todos hacia su marido, a quien contemplaba Flora animadilla por el jerez y riéndose de oírle las anécdotas que a propósito de mil cosas traía a cuento. No tenía atención más que para él, siempre pendiente de su palabra y de sus intenciones, aun cuando no le mirase. Magda le ofreció una rodaja de salchichón, y Luciano, en pago, le alargó a Magda con los dedos una aceituna… que tomó ella con la boca; a Flora le dió otra clavada en el tenedor. Muerto de envidia Primitivo porque los dedos de Luciano habían tocado los labios de Magdalena, lanzó una carcajada descompuesta, afeando a su prima.
—¡Toma, hombre!—dijo ésta, arrojándole una concha de rabanetas, que se dispersaron, botándole en el sombrero.
Fué Primitivo el encargado de servir el champagne. Cada cual en su sitio, le alargaba la copa. Augusta, que no lo había probado nunca, lo encontraba muy rico, y pedía más. Flora cogió una botella, y se llevó a su amiga para beber; se llamó a participación Luciano, ya un poco alegre también… Los tres bebían detrás de un árbol. Las conversaciones se fraccionaban; se charlaba y se reía a un tiempo. Don Gil bromeaba con doña María, Amparo y doña Salud, algo encarnada y despeinada esta última. Primitivo había ido a dar champagne a Clotilde, a quien no perdía de vista desde que vino rozando su rodilla en la apretura del carro, preferencia disimulada de él que notó Augusta y acentuaba hoy su amargura resignada. Y Marcelo, de pie entre Luz y Magda, sentadas a la turca todavía, llenaba sus copas desde lo alto con la última botella. No se estaba quieta Magda, y lo vertía todo; viéndola una vez tender la cabeza atrás, en una carcajada, apoyando la mano en tierra y luciendo la carne turgente por el cuello medio descolado de su traje guinda, le echó un chorro sobre la garganta. Magdalena lanzó un grito; se reía, se reía enseñando los dientes en la boca fresca, y se despegaba la ropa a puñados con ambas manos, asegurando que le había corrido el champagne hasta los muslos… En seguida se levantó, pilló un vaso de agua y, corriendo tras Marcelo, que se dejó alcanzar, y ayudada por Luz, que le sujetaba la cabeza, se lo derramó por el cogote. Hubo necesidad de que doña María restableciese el orden. Quedó el pobre Marcelo como una sopa.
—¡Vamos, niñas! ¡Basta de locuras!
Había conversado Primitivo con Clotilde en el grupo donde estaban comiendo las criadas con el carrero y el tío Merino; mas no debió quedar complacido, porque se volvía nada alegre al corro de Luz. Vió Flora un jockey en la etiqueta de la botella, y explicaba su futuro traje de montar; gran falda de cola, adornada con trencillas, justillo con haldetas, de lana gris todo. El sombrero Frégoli quizá lo sustituyese por una boina o por una gorra con visera como la de Fianny en los portfolios franceses de Madame Sans-Gene… “¡O como ésta!”, y se probó la de piqué blanco de su cuñado, con la cual estaba preciosa… Llegaba entonces Magda, de prisa; traía un bramante.
—¡Atención, señorea!
Todos se volvieron.
—A ver si es verdad lo que dice aquél. ¡Eh, venid vosotros!—les gritó a Luz y a Marcelo, que se aproximaron—. Dice Marcelo que midiéndose una mujer el cuello con una cuerda, duplicando la medida y cogiendo con los dientes los extremos, el lazo que resulte no pasa por la cabeza, si se trata de una soltera, y si de una casada, sí. ¡Ahora se va a verlo!
Continuaba Luz riendo, incrédula. ¿Qué tenían que ver las bendiciones?… Y si no, a demostrarlo; a ella la primera… Pero Marcelo explicaba. No eran las bendiciones… precisamente; es que a la mujer, cuando… se casa, le engorda la garganta.
—¡Ah!—exclamó, comprendiendo, Luz.
Flora se plantó en medio:
—Pues ¡a mí!
Tomó la cuerda, se rodeó el cuello, la dobló, mordiendo los extremos de la doble medida, y trató de pasarse el asa resultante, que se le quedaba a raíz del pelo. Se repitió la prueba en Augusta, con igual éxito, y con Clotilde, a quien llamaron y se mostraba recelosa, por ignorar de qué se trataba; a Amparo, en cambio, le pasó fácilmente varias veces, incluso por lo alto del peinado, y a Magda, que se hizo tomar la medida por Flora, “para mayor imparcialidad”, no le pasó, aunque le faltaba muy poco.
—¡Vaya! ¿Ves?—preguntó, triunfante, a la rubia, que no entendió a qué aludía. Marcelo, sí, y suspiró satisfecho.
—¿Quién falta? Tú, mamá y doña Salud.
Corrió a ellas, y continuaron la regla. Luego, revisando a todos, preguntaba:
—¿Y Luz? ¿Y Luz?
Desaparecida. Y pues se empeñaban en hacerla venir, anticipando risitas de unos a otros, terció caritativa doña Salud, metiendo a barato el armar un columpio. “¡En aquella rama! ¡Hala, don Gil!… ¡Ea, dejad eso ya, Magdalena…” El tío Merino, útil para todo, se encargó del columpio.
Magda se llevó aparte a Flora:
—¿Te has convencido, di? ¡Ves como… no he entrado por el aro!
¡Parecía tonta la tal Flora! Necesitó que le explicase completamente aquello… Y si Lorenza hubiese estado allí, ya hubiera visto. “Mira cómo mi prima tomó el portante… ¡Sabe ésa mucho!” Era igual. Bien se habían reído Marcelo y Primitivo… ¡o quizás eran un misterio sus líos! Vaya, no quería Magda creerlo; pero habíanla asegurado que Luzbel iba a la Magdalena por ver al cura nuevo… “¡Y después hablan de una!…”
Maravillábase Flora del experimento, en que se fijaba ahora su perezosa atención:
—¡Tiene gracia! ¿Y lo ha descubierto Marcelo?
—En un libro de Medicina.
Alguien llamaba a gritos:
—¡Eh! ¡Venid, venid pronto con los regüellos!… ¡Venid!…
Luz, que resultaba junto al río, y encontró todavía pesca remansada por bajo de la presa. Todos los jóvenes acudieron, y a la cabeza, Amparo, remolcando a Pipín medio chispo—lo cual producía risas a su madre, aunque no quería soltarlo cerca del agua.
Flora y Luciano se unieron para recorrer la orilla, encargándose ella de la manga y él de la costera… Y pescaron durante una hora, con los cinco sentidos en la faena, como dos muchachos camaradas que juntos se sienten bien, en la inconsciente evidencia de su mutua devoción profunda y serena bajo la voluptuosidad de la Naturaleza.
Fué el mismo olor de heno y de légamo el que los envolvía en las rinconadas profundas de la ribera; la misma arena la en que marcaban, hundiéndose, la huella de sus pies; el mismo hueco de sombra, entre los matujos del adelfal, el que los protegía un instante cuando entreabría él la red mojada y ella echaba de cabeza las bogas plateadas y resbaladizas… Los achicharraba el sol, poniendo su fuego rojo en las mejillas de Flora, cuya mano, sudorosa por el calor y humedecida por los peces, le parecía al joven más llena y suave cada vez que, para alcanzar uno, se la tornaba sosteniéndola en equilibrio con un pie en la orilla y otro en una peña del agua…
Volvieron a la alameda los últimos; pero llevaban los mejores peces, y los enseñaron. Flora aseguró que Luciano tenía habilidad para cogerlos—y para todo: recordaba ella que cuando la boda, una vez, con un solo fósforo quemó veintitrés mosquitos… Eran detalles, éste y otros como éste, que de sí mismo había olvidado Luciano, y que recordaba Flora con pasmosa minuciosidad.
Entretanto había empezado el columpio a funcionar. Las muchachas se ataron la falda a los tobillos. Se mareó Augusta. Marcelo, Primitivo y don Gil querían tocar con la bota una rama muy alta, a grandes empujes, que hacían crujir el árbol. Sólo el último, medio viejo y todo, logró alcanzar. De mozo tuvo gran pulso, con su aspecto menudo, y a saltar y correr le ganaron pocos. —No consentía Flora que la empujaran, y se voleaba, sin embargo, delante de Luciano, que le cedía su turno porque le gustaba a ella sentir aquel aire violento en el vértigo de la caída, lanzando las carcajadas musicales y revolándole el pelillo de la sien… Concluyeron los demás por aburrirse de verla siempre sin querer bajar, y se fueron poco a poco—menos Luciano, temeroso de que se rompiesen los cordeles, ya rozados…
—¡Basta!—decíale a cada vaivén.
—¡Ca, no se rompen!
—¡Basta, Flora!
—¡Si no se rompen! ¡No tengas miedo!
Y le miraba feliz, agradecida, llena su cara luminosa por una alegría tranquila, de niña, de ángel… Al venir en un bamboleo, saltó un pequeño objeto al cuello de Luciano. Una horquilla invisible. El se la desenredó del pañuelo y se la puso en la boca… Y mientras tanto, al son de una guitarra que tocaba Luzbel y de una pandereta que aporreaba Marcelo, se había allí cerca formado un baile, en que iban saliendo por parejas las criadas y señoritas con los pastores al fandango clásico…
…Pero se ponía el sol. Se pensó precipitadamente en el regreso. Los carros esperaban desde las cinco. Se llegaría muy de noche; dos horas y media de camino. Con motivo de obstinarse Pipín en que lo llevase Flora, partió Luciano a pie, por cuidarlo, con ellos y Augusta y el tío Merino.
—¡La caballería ligera!—decía Don Gil, viendo la facilidad con que se alejaron, mientras se acomodaba la gente en los carros. Marcelo también, rendido completamente.
Cuando llegaron al puerto de la sierra había anochecido. La luna, suspendida sobre la llanura como un mortecino arco de luz en el cielo diáfano, permitía ver apenas a su fulgor tenue la gran masa de la montaña, de conglomeradas rocas. Miraba Augusta con recelo los macizos del jaral, oscuros como sombras de fantasmas a los lados del camino, y estrechaba contra ella a Pipín, que había cambiado de cabalgadura, por miedo de su padre a la espantadiza que Flora montaba, Augusta íbale preguntando al tío Merino cosas de lobos, que él refería recordando sus tiempos de vaquero en Sierra Morena, y por no perder distancia con Flora, ella misma arreaba la burra con los talones. Sin embargo, a veinte metros casi no distinguía a su amiga en aquella semiclaridad fantástica del cuarto creciente. Unas piedras blancas se le figuraron ropa tendida a secar.
Luciano conversaba con la valerosa rubia, que gustaba mucho de aquella indecisa neblina de luz. Hablaban de viajes, y decíale ella a Luciano, siempre a su lado:
—¡París debe ser la gloria!
—No me he de morir sin visitarlo. El regreso de Colombo lo haremos por la Mala francesa, desembarcando en Marsella y alargándonos a París. Si no fuera por mi viaje iría a la Exposición: pero me gustará mejor en sus condiciones normales. Una gran ciudad en fiesta pierde su carácter: hay que verlas en las dulzuras de la intimidad, como a las personas. Mira si estos veinte días en la confianza de tu vida no me han hecho de ti una amiga… a quien abandonaré con pena.
—¡Bah, te marcharás y te olvidarás bien pronto de… nosotros!
Tal honda y amarga intención indefinible hirió a Luciano en este reproche, que una oleada de vehemencia le impulsó a contestar:
—Yo, Flora…; yo te afirmo que…
No quiso concluir. Era desmedida la protesta que a brotar iba de su boca; era en demasía fogoso el acento de sus palabras, para un afecto de hermano. Y disgustado de la exageración temeraria o ridícula a que tan fácilmente propendían los cariños y los odios en su corazón, caminó algunos pasos en silencio.
Mas fué ella la que vino a darle la razón, invitándole audaz a terminar su idea.
—¿Qué? ¿Qué afirmas?
Audacia de un segundo, de un instante no más; audacia de mujer que confía escapar hundiéndose rápida en el disimulo; pero le bastaba a Luciano adivinar que le había adivinado Flora, y una alegría infinita le agitó mientras prosiguió tranquilo y torciendo no menos hábil su pensamiento para ahorrarle la huida:
—Que me iría mejor que a Ceilán a París, por ser París y por no irme tan lejos.
—¿Tan lejos de dónde?
—De aquí, ¿sabes?
No insistió la joven. Comprendió también que debía deslizarse de aquel empeño de la conversación, y tras un silencio dijo, con volubilidad admirable:
—Es verdad. El París de las novelas, que yo vería de buena gana: el Bois de Boulogne, los boulevards a la salida de los teatros, las afueras, el Sena… Visitaría en seguida la Opera Cómica, para figurarme que en un palco estaban Margarita Gautier y Armando.
—¡Tienes razón! Parece que han vivido. ¡Qué fuerza de realidad tiene la mentira a veces!
—Como que juraría yo que conozco más a Pepita Jiménez que a mis compañeras del colegio. ¡No sé cómo haya quienes no gustan de la novela!
—Son los tontos, los incapaces de convertir alero en novela su propia vida. ¡El secreto de la felicidad! Engañarse lo más posible dorando lo trivial y tosco!… Castillos en el aire derrumbados a cada instante; pero, como quiera, el placer y el sufrimiento, distan de ser el tedio de un idiota. A una ilusión marchita, otra ilusión; una mentira hermosa, a otra descubierta. ¡Valiente cosa sería la vida sin la imaginación, esa loca, que dicen las gentes prácticas!
Repentinamente se plantó la borrica, enderezando las orejas.
Se sintió el retemblar de un tren a todo escape. Era el correo ascendente, cuyas farolas rojas corrían en la oscuridad del valle. Por unos minutos miraron Luciano y Flora el penacho de humo, que parecía de llamas en la chimenea, la lumbre de la locomotora y las filas de luces de las ventanillas. Luego se le oyó silbar, desapareciendo en algún desmonte, para meterse allá bajo, en las entrañas de la sierra.
—¡Qué hermoso!—exclamó Flora—. ¡A Madrid!
Caminó un rato con la cabeza vuelta al punto por donde el tren se había perdido.
Luciano pensaba con orgullo en cuán fácilmente se apoderaba de la curiosidad y de la atención de aquel espíritu de niña. Veleidades y auroras de mujer por él despiertas. Sentía bien que le causaba a Flora una cierta atracción de peligro, una admiración de hombre que llevaba un poco el mundo en sus misterios de galantería. Dentro de cuanto posible era para el pasional ser instintivo que se guardaba en la chiquilla indolente y candorosa, Flora, con ingenuidad perfecta, complacíase en aventurarse a leves coqueterías con él: por él impulsada insensiblemente, y por el solo placer de probar “con el maestro” su talento y su gracia. Y “el maestro” se daba cuenta de que de esto mismo tenía, a veces, plena conciencia Flora, sintiendo ella entonces miedo momentáneo—porque tampoco cabía dudar que la gran delicadeza de la jovencilla constituiría el cerco infranqueable de sus sentimientos y de su curiosidad… Una confianza, en fin, depositada por el desinteresado cariño de la rubia gentilísima en el talento y la discreción de su cuñado, a la cual haría éste mal en no corresponder discreto y generoso, despojándola de falsas interpretaciones. ¿No debería ser así la verdadera amistad? ¿No se podría hablar, sin hipócritas cortapisas, de todo, con franqueza seductora, entre dos corazones sin egoísmos?
Reanudó Flora la conversación acerca de la vida del pueblo, por contraste. Le envidiaba por estar en capitales siempre.—Según había podido observar Luciano, se aburría la gente en Alajara. Potentados con un centenar de ovejas, para morirse de hambre; se levantaban y se iban al casino; comían y se iban al casino; cenaban y se iban al casino. Señoritas que iban a la iglesia, que se casaban a los veinticinco años y que se morían después de haber criado sendas docenas de muchachos para que fuesen al casino también a seguir viendo correr las moscas entre las tazas y el periódico, a jugar un tute, a perder un duro a la banca o a beberse unas botellas de montilla—exactamente igual que sus padres y sus abuelos… ¡Si a él le obligasen a imitarlos… se pegaría un tiro!
—Tú al menos—concluyó, afable—tienes un rincón donde soñar, una especie de jaula mirando al campo, hasta la que esos trenes y esos barcos que ves sin cesar con el anteojo te traen ilusiones del mundo de las novelas. Así, tú sabes que hay donde se bosteza, aunque se ría o se llore; ¡que la tierra es más grande que estas montañas!
—¿De qué me servirá saberlo si no he de salir de aquí?
—¿Y qué importa? La vida se parece en todas partes. Ya hemos dicho que la cuestión está en tener un alma capaz de embellecerla, y tú la tienes. Además, Flora, tú puedes salir de Alajara, donde no encontrarás… nada soportable siquiera. Ven con nosotros.
—¿A la India? ¿Tan lejos?
—A cruzar el mundo, a tomar posesión de él. ¡Eres muy cobarde… y de los cobardes nunca se…!
—¡Bah! No. Yo sería capaz. Créelo.
La singular decisión con que Flora clareó la pena de estas palabras impresionó a los dos, sumiéndolos en un nuevo silencio, reflexivo y doloroso.
Llegaban a los callejones, entre las tapias de los huertos, que lanzaban al camino sus curvas de sombra a la luz expirante de la luna. La noche era de una serenidad dulce y triste. Ladraban los perros. Sonaron débilmente las campanas de la iglesia.
—¿Qué hora es?—preguntó, desde atrás, Augusta.
Miró Luciano su reloj a la luz del cigarro.
—¡Las ocho!—gritó—. ¿Y Pipín?
—¡Aquí estoy, papá!—contestó el niño.
Ya no hacía falta que Flora le tirase del ronzal a la borrica, más tranquila por el largo viaje. De sujetarla tenía la mano dolorida, por la soga de cáñamo.
—¡Cuidado! A pie dos o tres leguas… ¿No te cansas?
—No, nada…
Poco después volvía a hablar la gentil muchacha, con aquel abandono en la armoniosa voz.
—He leído tus artículos. Todos. Escribes muy bien… Cuando se leen cosas tan bonitas, da rabia que no sucedan más que en la imaginación de quien las escribe… En esto don Gil tiene razón: las novelas hacen creer a las tontas como yo en otra vida imposible. Y se sufre.
—¡Ah!—exclamó Luciano—. ¡Lo que se imagina puede realizarse!… Más aún: no puede imaginarse bien lo que no se ha realizado. Se engaña don Gil, no tú. Sólo que para realizar lo novelesco es preciso una sensibilidad que no tienen muchos, y éstos ni sienten la delicadeza de los escritos siquiera, y creen que los escritores son una raza de locos simpáticos vagando entre fantasmas.
—¿Luego se puede hacer de la vida una novela?—interrogó Flora con curiosidad que tocaba en angustia—. ¿Pueden suceder escenas como la que describes en el muelle de Santander, despidiéndose un amante de una mujer, a medianoche, viéndola ir medrosa y sola por la calle larga, envuelta en el abrigo de seda, alejándose para siempre y…?
—De esa mujer tengo el retrato.
—¡Ah!—dijo Flora, sorprendida.
Luciano se arrepintió inmediatamente de la confesión que, irreflexivo, hiciera, en su oportunidad de presentar un argumento incontestable.
—Y ¿por qué lo tienes? ¿Eras tú… quien la despedía?
—No. Una amiga nuestra, ¿sabes?—repuso, confundiéndose.
Tras un corto silencio, Flora añadió con perversa sutileza:
—En fin, veremos ese retrato… Se lo pediré a Amparo.
—¡Qué mala eres!… Amparo no la conoció… no la conoce…—Y dando una virada a la conversación, porque se enredaba, continuó:
—Te iba diciendo que apenas hay nada bueno escrito que no se base en recuerdos. ¿Has leído el Werther?… Es una historia personalísima de su autor. Un amor suyo en Wetzlar, de Carlota Bulf, la prometida de un tal Kestner. ¿Recuerdas aquella pasión loca, desesperada, ideal, inmensa? Fué la del poeta. La misma que sentía por él Federica Brión, que, en su abandono, contestaba que no podría pertenecer a nadie la que había sido puesta demasiado alta al ser amada por Goethe… El Werther produjo en la juventud alemana tal exaltación romántica, que el suicidio por amor se extendió como una epidemia, y se le llamó wertherismo.
—¿Se suicidó Goethe por Carlota?
—En la novela. Un suicidio de su corazón.
Flora quedó pensativa.
—De cualquier modo… han cambiado los tiempos. Hablan las novelas hoy de las mujeres casi con desprecio. Los hombres son en ellas demasiado egoístas… y quieren de un modo particular.
—¿Sabes que tienes talento, Flora?—dijo Luciano, que se engreía en su vanidad de observador al ir descubriendo los rincones de un espíritu por él sospechado grande.
—¡Bah! Es que da rabia leer esas novelas, donde parece que no hay bajo los trajes elegantes más que hombres y mujeres sin delicadeza—murmuró ella, desentendiéndose, hábil, del elogio.
—Sobre todo, mujeres… si te has fijado bien. Los hombres… todavía se ven entre esos personajes con sonrisas amargas en la boca. Es decir, con el dolor disfrazado de indiferencia que se llama humorismo. Tú has leído a Bécquer y a Campoamor: la ironía tranquila y profunda de estos dos poetas es lo que con más o menos intensidad, y en forma más o menos simpática, se reparte a los hombres de talento, haciendo, de unos, cínicos; de otros, escépticos, y de todos, desengañados del amor. Y ¿sabes en qué consiste?… Sí; tú eres capaz de comprenderlo… En que las mujeres, que no tenían la sensibilidad desarrollada en los hombres por la cultura, sino la del sentimiento idealizado por la religión, al irse perdiendo ésta, se van transformando en hembras, sencillamente. Les falta… el cerebro, que no tuvieron nunca, y además el corazón ahora; y los desdichados hombres, que siguen teniendo éste porque conservan la cabeza, se vuelven locos sin encontrar mujeres y sin saber por dónde vendrá el remedio. Entretanto, ocultan su dolor aparentando reírse de todo y hasta de sí propios.
A pesar de la creencia de Luciano, Flora sólo había entendido bien aquello de “que las mujeres sin creencias valían menos”, y se limitó a contestar:
—¡Andaaa! ¡Pareces un beato!
—O volver a lo antiguo, o ir pronto a lo modernísimo, a hacer de las mujeres una especie de hombres en cuanto a su ilustración; a lo que ya se hace en Norteamérica, en Boston, sin que resulten marimachos, como se empeñan en decir por Europa los graciosos y los estúpidos.
Demasiadamente generalizaba Luciano, sin notarlo, por una chiquilla. Flora quiso volver la conversación a la esfera de su alcance, halagada, no obstante, de encontrar que su cuñado la juzgaba excepcional y a la altura de tales filosofías. Por replicar algo, a fin de dar mayor apariencia de aplomo a su comprensión, hízole notar que, sin embargo, las tres más beatas del pueblo, Luz, María Montilla y Magda, eran las tres… más coquetas. El respondió que la beatería vale menos que la increencia franca, porque esas mujeres de las novelas francesas tienen siquiera conciencia clara de que sólo engañan al mundo, y no rezan al acostarse pidiendo a Dios perdón por los pecados del día y los del siguiente. Luego concluyó con una indicación que había estado muchas veces a punto de decirle a Flora:
—Yo que tú, no tendría por amiga a Magdalena.
—¿Por qué?
—Porque no. Hablan de ella horrores.
Estaban a la entrada del pueblo. Y Flora, que iba cansada de la borrica, la paró, deseando apearse para atravesar a pie las calles, pues caía al otro extremo el hotel. Luciano fué a bajarla por la cintura; ágil y rápida, le alargó sólo una mano, sujetándose con la otra la ropa al saltar.
—Flora—suplicó él de prisa, viendo que se acercaba Augusta—, no vayas a pedirle a Amparo el retrato…
—¡Hijo, no soy tan simple!—murmuró sonriente. Y al soltárselas, se estrecharon sus manos como en un pacto de confianza mutua. Pero Flora se había pinchado:
—¿Qué tienes ahí?
—Tu horquilla.
Del diestro se llevó las dos jumentas el tío Merino por el arrabal. Flora, Augusta y Luciano, con el niño delante, cruzaron el pueblo. La luna parecía más clara en las fachadas blancas.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
El cansancio de la jornada se notaba ahora. Pipín apenas llegó, se había dormido. Todavía a las diez, en la espaciosa sala, donde nadie se cuidó de encender las lámparas, estaban desplomados por el sofá y las butacas Flora, Amparo, don Gil y Luciano. Augusta y Marcelo se decidían a levantarse, fatigadísimos, aunque únicamente entraron de paso a descansar. El fresco de las ventanas abiertas caía como un alivio sobre las frentes abrasadas por el sol. No se pensaba en cenar, después de aquel hartón para cuatro días. De allí a la cama.—Comentábase perezosamente la jira, en que todos se divirtieron mucho. Marcelo perdió los botones de la camisa, que le arrancarían Luz y Magda cuando el jarro de agua; Camilina un pendiente, que no pudo encontrar su madre… Y en este capítulo de pérdidas anotó Flora, con intención que advirtió Luciano, la mayor parte de sus horquillas, estando, sin duda, en el columpio.
—Lo siento por las de concha—decía, palpándose el pelo—, que no las hay aquí. Dos me faltan.
—¿Cómo son?—preguntó Augusta.
—Como éstas. Una de cada clase.
Para dárselas, las tomó Luciano, que estaba entre las dos amigas.
—Sí. Las hay en casa de Martín—manifestó Augusta, reconociéndolas al tacto.
Se trataba de unas peinetillas de tres púas, con que Flora gustaba ahuecarse el peinado. Luciano, al devolverlas, se quedó con una, dispuesto a dársela si la pedía. Flora se calló.
A las diez y media, dominando ya a todos un silencio precursor del sueño, despidiéronse don Gil y los dos hermanos. Doña Salud despertó a Amparo, que se fué a su cuarto trazando eses, de puro dormida,—Y poco después, a la luz del comedor, sirviéndose y sirviendo a Luciano un vaso de agua, de pie ambos, Flora le decía muy quedo, en tanto que su madre cerraba un chinero, sonando las llaves:
—Te quedaste con mi peineta, ¿verdad?
—Sí—contestó él imperceptiblemente, recogiendo con ansia aquella mirada profunda y larga.
Bebieron. El vaso le temblaba a Luciano entre los dedos. Un fuego le iba templando dentro el agua fría.
—Vamos, Flora—indicó doña Salud, empezando a subir.
—Adiós. Hasta mañana—dijo la encantadora chiquilla, con una voz dulce como una caricia. Y murmuró al separarse:—Mañana me enseñarás el retrato.
—Que descanses—contestó, aturdido, Luciano. Y con la mano en el bolsillo, empuñando la peineta, se quedó viéndola ir, vaporosa y leve en el traje de batista, llena de dorados reflejos su cabeza rubia.
—¡Adiós!—repitió ella desde el arco del pasillo. Y desapareció, enviándole una sonrisa inefable, una sonrisa angelicalmente cruel, terrible de dulzura.
Sacó Luciano las horquillas y las contempló incesantemente. En seguida se tumbó en el sofá, y allí se estuve con los ojos fijos en las lámparas, hasta que una criada cerró las puertas.
Entonces se fué a acostar, mirando en las tinieblas del pasillo la escalera por donde había subido Flora.