Las ingenuas

Felipe Trigo · Capítulo 23 de 24

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Las ingenuas

Capítulo VII

 

Cuando Luciano volvió a encontrarse las primeras noches en la habitación del Hotel Peninsular—un gabinete con alcoba a la italiana—, experimentó el tedio de la soledad con su gran vacío insoportable. Las consolas y las butacas y el armario de luna que se atestaban sobre la alfombra y entre las grandes colgaduras, y que le habían impresionado un mes antes con ciertas apariencias de confort, se le antojaban ahora lujo de almoneda, de baratillo, infiltrado del polvo que habían ido dejando allí las limpiezas a escape, manchado por el descuido de cien huéspedes antecesores y oliente a ese vaho que dejan en la tapicería de los trenes la merienda de las fiambreras y la grasa de las cabezas.

Era la misma suciedad escondida que encontraba en los teatros, en los círculos, en los cafés, en aquellos divanes donde se pasaba la vida, y por los cuales habían arrastrado antes y después otros mil con igual derecho de a tanto por hora. Era el placer venal, la amabilidad comprada, la existencia repartida en un multiforme se alquila, desde el vaso de agua por diez céntimos hasta por un duro la diligencia del oficinista, y por no importa qué la sonrisa del amigo de cuatro días, de los tantísimos amigos que en cualquier parte improvisa para cualquiera una pequeña notoriedad… Y todo esto, en la más perfecta ausencia de afecciones, venía a causarle aquella impresión de destierro de que habló con su mujer; le habían echado de la felicidad… y estaba aquí, por no sabía cuánto tiempo…

Flora le daba malas noticias. Amparo no iba al hotel, y don Gil se había enterado “de todo lo que conocía doña Salud”, quien se lo contó Dios sabe por qué, “tal vez por declinar la responsabilidad de que una noche fuese y la robase”. Don Gil nada la había dicho; pero su seriedad y despego hacíanla suponer que meditase algún plan; por si acaso, hasta observar, convendría que en un par de meses no fuera Luciano… Y no debía escribirla hasta nueva orden. No podía salir, y su madre Reyes tampoco, a consecuencia de los reumas, que la postraban otra vez… Sin embargo, estaba procurando demostrarle a su madre que, por lo mismo que María sabía el escándalo, era una barbaridad despedirla del hotel, en lugar de tenerla contenta para que callase: “Espera, pues, la vuelta de la costurera, y entonces podré recibir tus cartas… ¡Cuánto sufro!”

Bajo tal condena de silencio permaneció doce días más; y la arrastraba en tristeza, por este Madrid que tan bien le recibiera poco hacía, al cual vino en un breve paréntesis de sus amores como a afirmar la admiración de la idolatrada con los reflejos de la admiración extraña, y en el cual sufría la insoportable soledad de las multitudes gozosas, ahora que se le cerraban los horizontes de la voluntad para abandonarlo cuando quisiera…

Heríale el tardío remordimiento de no haber ido en abril con su Flora. Pudo hacerlo, dejándole al agente sus negocios, y le detuvo el afán de consolidar las amistades que le procuraba su celebridad pasajera, entre literatos y gente política sobre todo, quienes habrían de servirle en el nuevo rumbo marcado a sus aspiraciones por la inesperada herencia… Bien es cierto que también le retuvo un poco el halago de su pequeña fama—como lo adivinó Flora—, de aquellos abanicazos de popularidad que hacían a muchos volverse hacia él en la calle diciendo: “es ése”, y que en los cafés y en los teatros le presentaban con sorpresa al vecino que tenía en la mano el periódico con su retrato… ¡Avisos de la gloria, estas ráfagas; de la gran gloria más legítima y definitiva que él conquistaría si quisiera con otros triunfos!… Y el poeta, desdeñoso tal vez como a las primeras sonrisas de una mujer galante, estimábalas, sin embargo, y las agradecía, antes que por lo que tuvieran de valor actual, por lo que tenían de promesa. Era el enterado y conforme de una coquetería caprichosa de la gloria, el primer secreto entre los dos, aceptado como anticipo y en prenda…

Y por sus devaneos con “la Gloria”, mujer al fin, y, en calidad de tal, vanidosa y enemiga de los miserables, había tratado de presentarse a ella con relativo fausto, como ante la posible amante a quien un traje irreprochable o un gesto gallardo pueden decidir, consumiendo así buena parte de las tres mil pesetas tomadas a don Gil con pretexto de la herencia, y disculpando esta primera infidelidad a su Flora con su certeza de restituirse a ella cuando quisiese, sin más que decir a la gran cortesana medio vencida: “¡Hasta otro día!”

Lo había dicho al fin.

En su destino, juzgado por lo invisible, ¿no fué, pues, este arrancamiento brutal de su Flora una venganza de la desdeñada? Ahora estaba lejos del Amor, y la Gloria, quejosa de su inconsciencia, le hundía rápidamente en el olvido para conceder las caricias de un día a otros audaces; y parecía a su adiós contestarle; “¡Si me quieres, te costará la pena de buscarme!”

Podía buscarla él, en efecto, casi con la seguridad de encontrarla pronto y retenerla en sus brazos; podría trabajar, ofrecerla los dones de su pensamiento de filántropo, que bien se le daba ocasión con torpeza tanta en la opinión española, a través de las desdichas públicas; podría seducirla con sus halagos de artista, con sus dulzuras de poeta… Pero no le dejaba el recuerdo de la ausente, de su Flora, para cuya esperanza sólo tenía fuerzas y para cuyo añoro sólo tenía penas por no haber ido a su lado con tiempo de evitar la dolorosa reyerta entre las dos hermanas.

¿Qué haría en Madrid?… Su sueño consistía en volverse a Alajara, construir un chalet entre las huertas, y allí para siempre, amparado en las dulzuras escondidas de su amor, dedicado también a educar a los dos niños en un aislamiento perfecto de la atmósfera moral de vagancia y de perversión del pueblo, emplear las horas de reposo en el recreo supremo del pensamiento, escribiendo libros que le valdrían nombre y dinero por lo mismo que los habría de escribir sin el propósito de ganarlos, acaso con el único de brindar el bien a sus semejantes y a Flora exquisitos regalos de su espíritu. Tal era su réplica más activa aún al “búscame tú” de la gloria: “Te llamaré nada más; y tendrás que ir a encontrarme allá lejos.”

Hasta entonces no emprendería nada; decíaselo su desfallecimiento. Necesitaba esa previa instalación de las ilusiones, esa realidad que fijaría, para todo lo que de vivir le quedase, un programa tanto más seductor cuanto más previsto, sencillo y formado de la ya segura felicidad; y para establecerse de este modo, cual un aventurero del trabajo que ha tenido suerte y está contento y resume su capital en fincas alrededor suyo, no le faltaba sino los quince días que pudiese tardar ya la entrega de la herencia (iba definitivamente a ascender a cuarenta mil duros) y los treinta días más que la previsión de Flora le había señalado de alejamiento para desvanecer recelos. Pero aunque una y otra cosa no ofrecieran dificultad, la ansiedad de Luciano por verlas resueltas aumentaba a medida que las horas, sólo con su paso, las iban resolviendo; igual que aumentaba la zozobra a la proximidad de todo anhelo del que depende la dicha.

No perdía ocasión de facilitar su proyecto, sin embargo. Cartas larguísimas a Amparo habíanla ya sagazmente despertado el deseo de ser “propietaria”… y propietaria en su pueblo natal en donde la conocía la gente y donde le gustaría lucir el rumbo de improvisada capitalista.

“Una casa nuestra en cualquier parte, fuera de la corte, lejos, por ejemplo, en las costas de Galicia, donde pasaríamos temporadas cuando la vida de Madrid nos cansase…”

Y contestaba ella:

“Tienes razón; una casita hecha por nosotros, a fin de que sea como la que te he oído planear cuando no creíamos poder tenerla nunca; un hotelillo en cualquier parte… ¡Y si vieras qué baratos están dando aquí los solares por junto a San Antón! Por tres o cuatro mil pesetas me han dicho que se compraría incluso para jardines…”

¡Ah, sí! ¡El hermoso sueño se acercaba, y Luciano pensaba en él con las delicias de su alma! ¡Cuánta felicidad la de los dos, la suya y la de Flora!… ¿Podría luego quejarse ella de su pasión? Venturosa, amada como nadie, rica también, con talento para bastarse a sí misma en los ratos de soledad, con la lectura, con la música, pintando, cuidando flores… ¿Qué falta le habría hecho casarse? ¿No iba a ser su eterna novia?… ¡Oh, más que su esposa! ¡Su amante ideal!, poetizada siempre en aquellas entrevistas llenas de misterio y de ansiedad en casa de madre Reyes… y después en su casa, andando los años, cuando muriesen doña Salud y don Gil y quedase dueña de sus actos. Disparado en estas planicies de lo venidero, veía los viajes de la mujer hermosa en que habríase convertido a los treinta años la niña gentil, las playas en que se reunirían calladamente…; y distinguía también allá lejos, mucho más lejos, después de todos los viajes y de todas las playas, hacia el fin, una dama simpática y elegante siempre, de cabellos blancos, de culto espíritu, amiga suya del corazón, que conservaría en la tabla preferida del estante los libros del poeta, y con la cual recordara la intensa y larga felicidad realizada en la ignorancia de los extraños, como un ancho túnel por debajo del mar ingrato de la vida.

De tales sueños le daba a ella cuenta en cartas larguísimas, bastante más largas que las destinadas a ganarse la voluntad angélica de Amparo. Cartas que escribía en todas partes, empezadas cada jueves y cada domingo (días en que recibía las contestaciones, en travieso recuerdo de las noches inolvidables) sobre el velador de la fonda, continuadas luego en los cafés más extraviados, en el casino, con lápiz en los bancos del Retiro al amanecer… y que echaba al buzón a los cuatro días; tan abultadas, que llegó a temer Flora que llamasen la atención en el correo del pueblo, aun dirigidas a la costurera.

En cambio, la queja del infatigable redactor de cartas consistía en que las de Flora “se le acababan en seguida”. Era el papel violeta, los pequeños pliegos satinados y estampados de flores, blancos por dentro de la doblez; dos o tres bajo un sobre cualquiera en que campeaba un nombre convenido (no el de Luciano) y con la dirección al casino. ¡Lista la chiquilla!

La última, fechada el 27 de mayo, y espolvoreada de velutina lo mismo que todas, le decía que le habían dejado salir por fin y que pasó la tarde con madre Reyes: “¡Qué apuro de conversación!… ¿Quién se atrevía? Pero fuí valiente. La convencí… ESTÁ ARREGLADO… Claro es que la he dicho que pour parler nada más… Y por cierto que la pobre no acaba de ponerse buena…” Pasaba a otras cosas:

“Tu femme ha venido ayer, por primera vez. No me saludó; pero la hablé yo y me contestaba, y estuvimos, por último, mirando los figurines. La otra noche le dijo don G… a mi mère que como llegase a notar en mí tanto así de particular, no me dejaría un céntimo… Sin embargo, se le va pasando la rabia, y, ¡admírate!… ahora trae a su sobrino Daniel, empeñados en casarlo conmigo… ¡Si supieran! Por lo pronto me sirve para que le ponga mala cara a A… L… que no ha vuelto. El infeliz se consuela con María Montilla, que se ha quedado sólita por la muerte de su tío, y que ya que no pudo robárteme recoge al menos ese novio que yo desecho…”

No supo Luciano qué fué mayor, si el placer de las buenas noticias que le comunicaba: la vuelta de Amparo de visita a su madre y aquel ESTÁ ARREGLADO, en letras grandes, principalmente, o el desagrado de la cierta vanidad al hablar de María Montilla recogiendo a Angel Luis, mientras que el tal Daniel del Pazo arrancaba quizá a Flora algunas coqueterías, por complacer ella el empeño de don Gil y desenojarle…

Pero una carta de don Gil mismo, que le desagradó más por otro concepto, llegaba a los dos días. Breve, hipócrita como su conversación, entrerrenglonada de la ironía suave y dominante de quien presume saber herir con dulzura y aplastar sonriendo, le llamaba distinguido amigo, y sin ambages iba derecha a decirle que lo sentía de verdad, pero que urgiéndole el pago de unos arriendos y habiéndose presentado la oportunidad de un comerciante que tenía cierta suma al diez por ciento, le había tomado las cinco mil seiscientas quince pesetas a que subía su cuenta total con Luciano, extendiendo un pagaré que enviaba adjunto y que esperaba que le devolvería firmado a favor del comerciante y por dos años fecha.

¡La venganza de aquel hombrecillo beato y meloso! ¡La venganza rastrera y chica, pensada durante un mes, de lo que él suponía un agravio al honor de su hija! Allá el primer Ibarra y Valdeiglesias, el ascendiente que tuvo un castillo acaso en algún cerro de la comarca, habría castigado la ofensa con una campal batalla, con un duelo, con ver colgado al delincuente en las almenas de sus torres; este otro limitábase a retirarle el crédito y a transferirle una deuda de un puñado de pesetas. El pagaré estaba hecho de tan mala fe, que se incluía en su cantidad los réditos compuestos de dos años, “pues no consintió de otro modo el prestatario”, en forma tal, que aunque quisiera abonarse a los dos meses tendría que ser pagado íntegro.

Luciano se reía de desprecio. Firmó el pagaré y lo envió. Le complacía saldar así con don Gil su antigua cuenta de gratitud. Ya no le debía ni ésta, afortunadamente.

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El 14 de junio recibió sus documentos, y en seguida se los entregó a la agencia. Nada quedábale que hacer en Madrid, medio mes, y se iría a Alajara, donde no tendría más que esperar el giro por su orden y a su nombre desde el Banco inglés al de España.

Mas al día siguiente, de improviso, ¡suele lo malo llegar así!, le llenó de desesperación otra carta de Flora, que un criado le subió a la biblioteca del casino.

Como siempre que estaba muy emocionada, no se había cuidado de la inocencia de poner en iniciales los nombres:

“Querido Luciano: A las tres de esta madrugada ha muerto mi madre Reyes. Los médicos dicen que por una rotura del corazón. Eso habrá sido. ¡Quién iba a pensarlo! Me estoy vistiendo de negro para el entierro. Tuya.

 

VIOLETA.”

 

Después de leer tres o cuatro veces, como si las letras nerviosas le revelaran el disgusto infinito de la amante a que por respeto no aludían, salió a la calle, aturdido con la niebla que las grandes desgracias irremediables le ponían en los ojos, bajo la frente ardorosa que le estallaba, oprimida por una corona de dolor. Bajó la Carrera de San Jerónimo y siguió el Prado hacia la Cibeles vacilante e incapaz de pensar; tan ciego, que al salvar la barrera del paseo de coches tuvo un tílburi que refrenar su jaca para no atropellarlo… No veía delante, entre tanta gente que le codeaba, más que a Flora… “vestida de luto”… huyendo de él, de la mano con el infortunio en que se trocaba el ángel invisible de sus amores…

Necesitaba aire, soledad… Frente al palacio de Murga tomó el tranvía de las Ventas. Iba lleno, pero encontró asiento en la plataforma de atrás. El aire de la marcha le refrescaba; y el sol poniente, rasando los tejados de la calle de Alcalá y envolviendo a la multitud de ambas aceras en fino polvo de oro, le disparaba su luz, asomado como a una puerta allá entre el Café Universal y el Hotel de la Paz, tal que si estuviese caído y ardiendo en plena Puerta del Sol, nombre que, efectivamente, de dicha apariencia debía venirle a la celebrada plaza…

Con estas huidas a lo trivial, de la imaginación que teme y retarda sumergirse en un problema inevitable e insoluble, fué la del joven a remolque del tranvía como un animal esquivo llevado con soga y a la fuerza, prendiéndose y resistiéndose en todas las salientes del camino… Así vió la cancela del Retiro, con su arco de hierro y las doradas grandes letras: PARQUE DE MADRID; así vió la estatua de Espartero, aquel general de bronce plantado en mitad de la calle, tricornio en mano, cortés eterno que saludaba a los paseantes…; la avenida luego, estrechándose con sus hileras de árboles; la plaza de toros, la carretera, en fin, por donde volaba el tranvía, dejando atrás, en lenta marcha al cementerio, fúnebres carrozas que no quería ver Luciano: una con blanco ataúd de mujer, y seguida de un cordón de coches vacíos. ¿Por qué detrás de aquella muerte no iban más que cascarones del sentimiento?… El conductor, al paso de los caballos empenachados, silbaba un aire de zarzuelilla, cruzadas las piernas en el pescante; los demás cocheros fumaban y se volvían para bromear unos con otros…

Luego lo perdió de vista. El tranvía paró junto a los merenderos, y el joven lo abandonó, desfilando cerca de las barracas pintorreadas que exhalaban canciones de borrachos, músicas de organillos y olor a fritos; pasó el puente, sobre aquel arroyo pestilente de cieno y pingajos entre arena sucia, y llegó a lo alto del cerro por la carretera, en cuya alfombra de polvo se le hundían los pies.

Estaba solo en un campo miserable de rastrojos, cuyas ondulaciones se confundían en el crepúsculo, áridas y como desvencijadas unas en pos de otras en su propia desolación, hasta unas lejanas colinas que recortaban oblicuas el cielo, con líneas secas y discordantes de desastre, de sacudimiento, de roturas de terremoto. Cerca había un tejar abandonado, una choza entre los cortes de tierra y el suelo lleno de pedazos de ladrillo.

¿Por qué había venido aquí?

Sacó la carta y volvió a leerla.

Cerrado el hotelillo para él, muerta madre Reyes, no podría ver más a su Flora. Una contrariedad terrible, insuperable… ¡Jamás hubiese creído que la vida de una mujer a quien no habló tres veces guardase así la clave de su suerte!

Y no acertaba a pensar otra cosa, ni a ver más que esta negra maldición de fatalidad en los campos tristes y desolados, donde le envolvería la noche con soledades infinitas.

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Ir al pueblo, buscar una mujer cuya discreción comprase, hacerla arrendar una casa y en ella recibir a Flora, que entraría y saldría sin que la inquilina la conociera. Una de las criadas del hotel, probablemente Dámasa, tendría asimismo buenas ventajas por acompañar a la señorita y guardarle el secreto…

He aquí el único recurso encontrado en dos días de constante meditación.

Ella contestó:

“¡Por Dios, L.!… ¿Estás loco? Lo que piensas es imposible. Sin contar otros mil inconvenientes, tendría que ser anochecido, cuando las calles en verano están llenas y las mujeres sentadas a las puertas. En un pueblo donde me conocen las piedras, quiero que tú imagines de qué modo puedo dar un paso ni entrar en ninguna parte sin que lo vean…”

Estas reflexiones cayeron sobre la esperanza de Luciano con una imposición aplastante.

Pero su audacia de luchador halló otra solución.

Le habían echado del hotel; pues en el hotel tendría a su Violeta, en la alcoba blanca, cerrada y radiante de luz; si tiempo atrás él esperaba a Flora en la hermosa estancia, la hermosa estancia esperaría a los dos: a él desde la calle; no habría más que abrirle una puerta. En cuanto a Amparo, la acostumbraría fácilmente a verle trasnochar en el casino, cuya partida de monte y cuyas tertulias al fresco duraban hasta el alba.

Habituado a aquel amor cómodo de la rubia elegantísima, con misterios de salón nada más, como una intriga dulce oculta en la amabilidad y las sonrisas de todos, y que hubiera continuado sin caer de ese ambiente de selecta aventura con madre Reyes, no le agradó tampoco la perspectiva de esperas y escondites y ardides vulgares. Aunque preferible a su último proyecto era éste, en torno a cuya felicidad plagó de ilusiones los pliegos de otra carta. Anunciaba el viaje para ocho días después (se estaba a 29 de junio).

Flora respondió:

“No, L… de mi alma. Me explico que tu desesperación encuentre fáciles todos los disparates, porque también la mía recorre todas las locuras antes que aceptar el martirio de saber que estarás aquí, cerca de mí, y que no podremos vernos… Esto no lo soportaría yo; prefiero que no vengas… ¡Oh! ¡Que no, que no, que no vengas!

”Digo que tu plan no puede ser. Al solo temor de que volvieses, ya se ha proyectado un largo viaje conmigo. Cuando estuvieras, mi mère sería capaz de clavar las puertas y no dormir, creyendo, más de lo que ya lo creo, que habrías venido para llevarme una noche. Como está enterado don G… no se descuidarán ahora. ¡Tú qué sabes!

”Y mira si habré pensado atrocidades, que he vuelto a pensar en eso, en lo que teme mi mère. Mas ¡no, Dios mío… no me lo digas tú siquiera! Sé que adoras a tus hijos como a mí, sé que si hoy con ellos serás desgraciado sin verme, mañana conmigo serías, sin verlos, igualmente desgraciado… ¡Séalo yo también, puesto que tú has de serlo de todos modos, y puesto que ellos tienen mejor derecho a tenerte! Al menos, la pena por nosotros guarda un encanto de dulzura; la otra sería áspera y horrible, lo bastante tal vez para envenenar nuestros amores, y… ¡quién sabe si para que me aborrecieses y me maldijeras algún día!… ¡Oh, qué espantoso!, ¡que me aborrecieras tú!…

“Esperemos, L… Probémonos a nosotros mismos que si nuestro cariño es capaz de asaltar los obstáculos, no es menos capaz de desafiar y resistir las ausencias indefinidas… Aunque a ti, que crees en el conjuro de mis palabras, te vuelve a decir hoy tu Violeta que, si no nos morimos, ANTES DE UN AÑO TE HA DE VER. No sé cómo, porfía en ello. Entretanto dejemos que se abracen nuestras almas. Ignoro si te dejaste aquí la tuya o si te llevaste la mía; sé únicamente que están juntas, confundidas, y que nada podrá separarlas…”

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¡Flora tenía razón!

Pero razón en todo, mal que pesase a la protesta viva del alma del poeta, del alma que debió de quedar con ella, porque le llamaba, le traía, tiraba de Luciano.

—¿A qué ir, sin embargo?

En aquel pueblo, separado de su Violeta no más que por un muro, estaría más distante que aquí, a cien leguas, donde podría al menos escribirla, y donde no sentiría tan violenta la tentación de cogerla una vez y huir para siempre a… ¡adonde empezara, “horrible y áspero”, el tormento de los hijos perdidos! ¡En todo tenía razón!

Acababa de resolverlo. No iría él… ni traería a Amparo durante aquel nuevo emplazamiento de un año, para no perder la disculpa de ir en cualquiera ocasión. Esperar. Suya era Flora. Bien suya y siempre. Y si no un año.. dos, diez… Dejaríanla libre. Entonces podría realizar su ensueño de no volver a perderla, que a derrumbar había venido increíblemente la muerte de madre Reyes…

Sin embargo, aquellos años de espera se le espaciaron delante del alma interminables. ¡Al fin tendría que traer a Amparo! ¿Qué preveía Violeta en un año para confiarle así?…

Se guardó la carta. Pudo advertir que había vagado en el Retiro por la explanada del Palacio de Cristal, y que se hallaba en un sendero desembocando al paseo de coches. Le pareció que despertaba de un sueño larguísimo, como si no estuviera en Madrid desde hacía cuatro meses. Y fué que esta voluntad de permanecer, este adiós a Flora, le restituyeron la neta conciencia de que su vida acababa de desprenderse de la de ella por mucho tiempo quizá, y de que tendría que acomodarla y compenetrarla con aquellas gentes y con aquellas cosas nuevas que le rodeaban, y a las que miraba ahora en la gran avenida con cierta curiosidad de extraño recién llegado que examina lo que va a formar el ambiente de sus impresiones.

La volubilidad de neurótico que se disfrazaba tan fácilmente en Luciano, de conformidad sensata y firme plegada a las circunstancias, le produjo esta tarde una especie de orgullo de energía, de hombre que sabe dominar sus pasiones. Y notándose como el calor del cuerpo el amor de Flora en el corazón, encantábase del agrado con que, no obstante, se abría su espíritu al cambio de existencia desde el minuto mismo de haberlo resuelto.

Un vago y caprichoso sentimiento de propiedad le invadía. El Retiro, apacible bajo el sereno crepúsculo, y brillante con su desfile de gente y de carruajes, parecíale algo así como un gran parque de “su casa”, “de su ciudad”, del Madrid que adivinaba al otro lado de los árboles, donde también eran un poco suyos, y hechos para los que como él vivieran en la capital suntuosa, los teatros, los círculos con sus bibliotecas y comodidades, las músicas, las calles, los comercios, las redacciones en que se sabía todo, los coches en que se podía pasear, las fiestas espléndidas, las celebridades artísticas que del mundo entero iban a exhibirse… Los placeres, en fin, los placeres de todas clases ofreciéndose al dinero, en perpetua y magnífica feria de la vida. Era el madrileño surgiendo de repente en el provinciano que no había venido nunca a la corte más que de paso y a envidiarla.

Su regreso al hotel, por las mejores calles, en que una muchedumbre feliz retornaba de los paseos, inspeccionada desde las ventanas de los cafés y las cervecerías por grupos alegres, no fué sino la toma de posesión continuándose. En cada detalle surgía la promesa de una comodidad; los tranvías subían y bajaban de dos en dos minutos, y los cocheros junto a la tablilla alzada y al paso de las carretelas vacías cruzaban mirándole como para decirle: “¡Si estás cansado…!”; los periódicos se le ofrecían a la mano, en cada rincón y tras cada cristal; los anuncios de diversiones en biombos al borde de la acera; las flores en los quioscos… ¡hasta el amor en las sonrisas de tanta mujer bonita!…

Pues bien: ¡ya estaba en Madrid!

¡Esta vez, siquiera, no quedaría a solas con sus penas, como en aquel Ceilán terrible de los bosques desiertos!

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Por espacio de una semana se dedicó a refrescar sus relaciones: la Embajada inglesa, la marquesita de Rivas, cuyo salón bohemio habíale recibido con el encanto de las artistas notables que solía congregar allí; Martínez Barrón, un ingeniero gran amigo de Sutton; los señores de Martínez Lázaro, los…

Además se propuso escribir frecuentes crónicas en La España (el periódico que se leía en el hotelillo), con el antiguo seudónimo las que dedicase a Flora. Esto le serviría también como pretexto con su mujer: “deseaba probarse en la política y el periodismo algún tiempo, y no la traería hasta saber de fijo si les convenía residir en Madrid”. Amparo soportaba la ausencia con tal de ir prorrogando la de su marido en Alajara: no estaba completamente satisfecha de verle allí, a pesar de sus humos de capitalista…

 

Un mes. Otro mes.

La misma vida. Nada cambiaba en Luciano. Nada le interesaba.

Madrid continuaba alrededor suyo, sencillamente.

De aquellos sucesos tristes de las guerras, preocupación eterna de la ociosidad pública, y de la ambición política, sólo una desdicha, grande aun entre desdichas tantas, le arrancó una lágrima y una indignación: el asesinato de Cánovas. Las lágrimas, porque veía caer a manos de la fatalidad al único gobernante español capaz de dominar en un momento dado, que iba a presentarse, todas las bélicas arrogancias de la ignorante España. La indignación, porque vió la ignorancia confirmada en la idiota alegría de muchos ante el asesinato.

Pasado este dolor, volvió a recogerse en sí propio, sin tomar parte, más que como forzoso y mudo testigo, en la exaltación guerrera que convertía a cada ciudadano en un Quijote. Era el último aliento de la tradición lanzado de la vida nacional a través de su indiferentismo, y tal vez en éste perdiendo la gallardía del loco manchego; con lo que el espectáculo resultaba de un ridículo lamentable. El recuerdo “de lo que fuimos”, y no más. Porque no se respondía a las amenazas de América: “debemos ir…”; sino que se decía: “no debe sufrir la España de tantos héroes, del Cid y del Gran Capitán, de Covadonga y del Dos de Mayo…”, y creyérase que esperaba todo el mundo luego a que el Gran Capitán y el Cid y los héroes legendarios resucitasen para desembarcar en Nueva York y seguir surtiendo de gloriosísimas noticias el transparente del Heraldo.

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Se había posesionado de la herencia, cuyas rentas en el Banco le permitieron renunciar el cargo de ingeniero y liquidar sus cuentas con la gran Compañía, y dedicó lo preciso para la impresión de un libro con sus artículos a Flora: pastas en tela violeta, planchas de oro, fotograbados… Cien ejemplares, y le hubieran podido sobrar noventa y nueve. La firma Loraf… desconocida como suya para casi todo el mundo, le dió más libertad al dibujante para atenerse al retrato de Flora, según ella misma injustamente sospechó de “la hija del coronel” en el antiguo cuento de Blanco y Negro.

Sólo que el tiempo pasaba inútilmente sobre aquel desconsuelo perpetuo de la separación. No advertía Luciano por ninguna parte el término a sus dolores: ni los trabajos periodísticos ni los menguados empeños literarios con el pensamiento en Flora le aliviaban ya.

¡Verla! ¡Verla siquiera una vez! Obsesión terrible, hambre violentísima de aquellos ojos del desdichado por aquella carne suave y fina de muñeca. Tenía la seguridad de que si pudiese ir y contemplarla a su antojo un minuto, desde lejos, aun sin hablarla, tornaría a Madrid mas tranquilo, en calma por algún tiempo la congoja del corazón y el ansia de su mirar hastiado de los retratos. Pensaba entonces ir disfrazado y pasar por delante de sus rejas o entrar en el hotel como un vendedor de jabones, o cruzar en el tren avisándola que estuviese donde pudiese mirarla desde el cristal de la ventanilla… Con verla nada más, una lluvia de alegría hubiese de volver la frescura a este amor que se alimentaba de su árida existencia, agostándola todavía como una palmera colosal en el desierto de arena del alma.

Y ahora, no el Mefistófeles burlón que llevaba dentro, sino el propio del Fausto, que leía frecuentemente, le había dicho en absoluta coincidencia con su sensación: “Tan seca es toda teoría, mi buen amigo, como verde y lozano el árbol de la vida”… Y, en efecto: este amor en teoría, esta vida pasional en pensamiento, hacíasele insoportable y estéril como la alta ciencia del vivir en su sombrío despacho de estudio al doctor famoso y al estudiante que le buscaba… Cuando le escribía a Flora las cartas a que habíase reducido la seducción de sus horas muertas, una severidad extraña tomaban a su alrededor aquellos austeros robles de la solitaria biblioteca del casino, una rigidez le llevaba febrilmente la mano, y a pesar suyo una monotonía de lamento se derramaba de aquella pluma que tan varia y pintoresca supo ser, aun en mitad de sus fuegos o desesperaciones, cuando el amante estaba junto a la adorada. Ya, no: habíase extinguido el calor de los queridos brazos y cada día más remota hallábase la esperanza de recobrarlos. Una queja, pues, sus cartas. Una queja, siempre la misma, larga como el canto triste de un pájaro, desgarrada, horrible… Un “te quiero… te quiero… te quiero…” en un grito de desolación… Y leía él luego aquello, antes de poner en sus labios sobre la firma el beso, y tenía tentaciones de romper en un segundo lo que escribía en toda una tarde.

“A Flora le debo de parecer insufrible.”

Quizá por esto, las cartas de Flora, que no faltaban nunca en los días prefijados, tenían asimismo un matiz raro, de fatiga, de dolor; algo de agotamiento, disimulándose en una retórica de frases que vanamente pretendían aprisionar la ternura de otras épocas. En una había vuelto a hablarle de Daniel del Pazo, “que seguía yendo al hotel”. Se empeñaba don Gil en la boda, y no cesaba en sus amenazas de desheredarla si no era buena. “Te lo digo para que veas que cada vez que te escribo arriesgo mi honra, mi vida y mi porvenir.”

¡Cuánto se necesitó que se tratase de Violeta, de su Violeta, para que al fin Luciano negara crédito a la sospecha que en esta frase le hacía entender: “sin embargo, día llegará en que no tendré más remedio que dejar de escribirte”…!

¿La cansaba él, o se cansaba ella?

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Pero… ¡verla!

No quedaba más obstinación contra todos los imposibles en los ojos de Luciano, en su corazón, en su memoria, que perdía la suavidad y la luz de aquella figura elegante. Su pena había consumido la dulzura de la querida imagen, reduciéndola a una belleza inexpresiva.

Verla… no en estos retratos de quietud impasible, sino a ella, móvil, sonriente, viva, con su exhalación mágica de gentileza y de perfumes y su exquisita irrecordable coquetería. La olvidaba su empeño. Se le escapaba como una rebelde hechicera a su tenacidad. Entre todas las mujeres que encontraba por los paseos, por los teatros, no se le parecía ninguna; y cuando él guiñaba los ojos recogiendo un perfil o el escorzo de una cabeza rubia allá en un palco, no lograba engañarse.—No, no había su cara por ninguna parte; no era ninguna aquella aureola sedosa y floja de su peinado, cayendo con indecible abandono sobre sus hombros, un poco combados, de una gracia espiritual.

A lo mejor le gustaba un cromo de cualquier escaparate, que se le parecía un poco más, que representaba un movimiento, una actitud nueva, una sonrisa, sus pestañas, su talle… y lo compraba. No tardaba en aborrecerlos, harto de mirar a todos sus ojos, que con la confusión de figurar le desfiguraban y confundían más en la memoria de Flora…

 

Una noche, en casa de González Ruiz (de las pocas visitas que conservaba, los viernes, porque se oía allí buena música), al entrar en el fumadero, donde el diputado sagastino departía con sus amigos, vió en el salón, por entre las colgaduras, la espalda de una joven que acompañaba al piano el canto de Benita Merás, amiga de la familia.

Desconocía a la rubia del piano y la miraba. Propiamente Flora… Aquel pelo de igual color, de los mismos reflejos en las ondulaciones alrededor del gracioso nudo aplastado como el de una esponjada borla de seda, aquellos hombros altos en el talle largo, su estatura, su ademán sobre el teclado; solamente más fina la cintura y las caderas más anchas… Pero sí, ¡su Violeta!

Pasó al salón, donde se escuchaba en silencio, y se dirigió a un ángulo para dar la mano y una sonrisa a Marta, la señora del diputado. Se sentó. Todavía el parecido en aquel corte de la mejilla, de pómulo saliente, blanquísima…

Tenía miedo a ver más, y renunció, por conservarse la ficción seductora.

—¿Quién es?

—¡Ah, una artista! Mademoiselle Julie Henriot… La profesora de mis hijas, que nos ha hecho falta para la obertura de Wágner. ¡No la oyó usted por perezoso!

Y Marta, al tanto de las preferencias de su amigo, añadió, advirtiendo que la miraba:

—¡Es bien rubia ella!

Un enojo después, al verla. Linda, pero nada más que de Flora el óvalo; ojos oblicuos, de azul claro, que daban una dulzura suplicante a la faz; la nariz delgada, acaso más correcta, de ligero caballete; la boca grande y de labios gruesos, llenos de una sonrisa de voluntad, como toda aquella cara bonita, de una insinuación lánguida decididamente francesa. Irradiaba un aire inteligente y amable, y vestía con elegancia sencilla, que contrastaba con el lujo fastuoso de las españolas.

Era tal, sin embargo, la semejanza a Flora por la espalda, que Luciano, tratando de mirarla así, volvía a poseer cada vez la ilusión completa.

Hablábala un rato después. Ella le recordaba de los periódicos, y decíase, en su armonioso chapurrado, muy feliz de conocerle. Amenísima, con ese empressement de las parisienses por agradar. Había leído arrebatadores cuentos de Luciano y tenía locura por los versos, sus poetas, Chenier y Lamartine, pero conocía a Zola, todo su repertorio, Nana, La Curée, La Terre… y a Bourget, trop libre también en Mensonges…

—Yo estoy admiradora de la poesía… ¿No ha leído usted Jacqueline?…

Al separarse eran amigos. Yulí (Luciano halló grato no traducir su nombre) quedó en enviarle Jacqueline cuando él la enviara al otro día su libro Azules (el dedicado a Flora, y que había visto la francesita precisamente en esta casa).

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Seis días después, en una visita que Yulí permitió a Luciano en su pequeño y cómodo cuarto de la calle de Ferraz—para hablar de sus lecturas, con motivo de las cuales hubieron de escribirse—, pensaba el joven, mirándola a la media luz de la tarde, entre los bibelots del gabinetillo coquetón, que aquella mujer cariñosa y dulce podía darle, a la discreta penumbra de una lámpara, el engaño de su Violeta.

Hasta entonces sólo había querido ver de nuevo a la pianista. Ahora sintió un vehementísimo afán de tenerla en sus brazos y sepultar los ojos en su cabello rubio… No era esto una hipocresía con su amor a Flora; era una devoción a el. La respuesta a la escéptica pregunta que se formuló una tarde junto a ella sobre si, como intento en Ceilán olvidarla por Amparo, la habría olvidado al no estar en la soledad de los bosques y a haber podido encontrar otras mujeres seductoras, estaba teniéndola durante largos meses de ausencia en Madrid: en la frialdad, sobre lodo, con que acogiera las galanterías de la graciosísima marquesita de Rivas, tan decidora, que no volvió a visitarla por no empezar una historia que no hubiera sido breve, a juzgar por las descripciones de celosa y absorbente que de ella hacía su marido mismo…

Yulí no fué difícil. Una conquista de dos semanas con aquella aventurera, dispuesta hacia él desde luego. Comprendió Luciano que no era una perdida, que no se daría al primer hallado al paso; le gustaba un amor, y lo tenía, como él… nada podía odiarle en cara. El esfuerzo de Luciano fué bien poco. Sólo con verla, a aquella hora indecisa en que el crepúsculo se filtraba por la cortina malva, sus palabras tomaban un fuego cuya sinceridad había herido a Yulí demasiado profundamente. El amor a Flora, todo el amor a Flora cayendo irresistible sobre la francesita y abrasándola…

… ¿Por qué la noche que le invitó a cenar, mientras tomaron café en el gabinete, contiguo a la habitación donde lucía un globo rosa a los pies del lecho; por qué Yulí, mimosa y medio desnuda, escapando de entregarse alli, en el diván, se sentó al piano y tocó Sur l'eau?

Luciano, altamente sorprendido, la escuchó desde lejos, riendo ella a carcajadas, derribando atrás la cabeza, en risa de su Flora, cristalina y musical, nada más que más provocativa… Nunca la había hablado de los valses, si bien a ellos, himno consagrado de su alma, dedicábales un artículo del libro violeta…

¿Protesta o complacencia de lo invisible?

¡Oh, no! Silencio al remordimiento. Esta no iba a ser una infidelidad a su Flora, como la marquesita lo habría sido… ¡Si aquella pobre mujer supiese!…

Pero no quiso oírla más. La arrancó del piano, llevándola en brazos a la cama.

… Morir.

La realidad misma. La madeja de su cabello envolviéndole deshecha…

¡Una Flora más sabia!

… Luego, al quedarse rendido en su hombro de piel de seda, siempre en los ojos un rizo de aquel pelo de oro, llegó él un instante a pensar que así podría calmarse su angustia mortal por la adorada de allá lejos… Sólo que bien pronto la ilusión se rompía: en cuanto volvía Yulí a hacerle oír su acento puro de francesa, en cuanto convencíase de aquella cintura por demás esbelta de caderas de ánfora, como si no se hubiese quitado el corsé.

—Je t’aime! Je t’aime!

Más hermoso, tal vez, este cuerpo de curvas pronunciadísimas de mujer, aunque Yulí no tendría por encima de veinticinco años ni apariencia de tal desnudez en su aspecto, quizá más hermoso; el que soñó y no halló en su Flora, quizá… ¡qué importaba, si no era la delgadez deliciosa de la chiquilla de su corazón, la delgadez de Hebe que parecía haberle Yulí prometido también bajo sus ropas en el talle esbelto, en las muñecas y en los tobillos!

—Je t’aime! Je t’aime!

Sin embargo, se durmió al fin, y Luciano pudo contemplarla en el ensueño de Flora nuevamente, traída allí, personificada en aquella cabeza rubia y en aquella nuca flexible, para no sentir el desencanto de la desconocida que descansaba junto a él sin haberse tomado la pena de preguntarle por su libertad, sin haberle dicho ella misma quién era.

Bastaron tres días para hacerle sentir el empalago de Yulí, de la demoiselle zalamera y juguetona que rodaba en torno a él en torbellino de risas y de besos, apasionada siempre, haciéndole repetir que la quería, envolviéndole en voluptuosidad, entre suspiros y chansonnettes dichas a su oído, entre abrazos y alegrías locas, un poco en camarada, como si no importase que fuera ella o él el amante que tendría que rendir y ahogar en caricias.

Faltó una noche y fué a buscarle al hotel por la mañana. Quiso que comiera con ella, que durmiera con ella, que viviera con ella.

—Toujours á moi! Je t’aime!… Je t’aime!

No importaba su mujer: él podría ir a verla… volver luego, seguir amándola siempre, aunque algún día la trajera a Madrid. La idea de la separación la hacía llorar… Y adivinó pronto que Luciano amaba a otra, que recordaba a otra en su rubia cabeza: a su mujer acaso; y se conformaba la infeliz con tal de seguir teniéndole, y ella misma le sepultaba la cara en el pecho y le envolvía en su cabellera de oro, para no perder estos abrazos apasionadísimos…; discreta, muda, sin una queja y sin preguntarle jamás por la invencible rival que adivinaba… ¡Oh, cuántas veces en los sollozos de amor le oyó el nombre de Flora! ¡Cuántas veces al desprenderse de sus brazos quedaba ella de espalda, con la mano en los ojos, sacudida todavía por el placer y estremecida por el llanto! Le preguntaba luego si se llamaba Flora su mujer.

—¿Es rubia?

—Rubia.

Quería ver su retrato; pero “no lo tenía” Luciano, y le quedaba a Yulí una angustiosa e infinita curiosidad.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Los dos hacían frecuentes excursiones a los restaurants de los Viveros, donde él aturdíase con el rioja de la comida, a fin de disimular su tedio. ¡El remedo triste de los campestres paseos soñados con Flora!

Una de estas veces, en que Yulí volvía gozosa del sol y del aire, recordó él al regreso que aquella noche debía marcharse de Madrid la familia de don Lorenzo Valdeiglesias, quien estuvo a saludarle seis días antes en el hotel, sin que le hubiera pagado la visita. Eran las primas de Magda, Concepción y Soledad. Pero Yulí quiso retener a su amante, y fueron a la calle de la Reina, a la casa del pariente de Valdeiglesias. Ella le aguardaría en el coche.

Así lo hicieron, y apenas empleó diez minutos Luciano. Volvió al simón y arrancaron calle arriba a todo el trotar del caballejo. Yulí le manifestó que a la puerta, hablando con la portera, había una criada que debía conocerle, puesto que le nombró después que subió él, y luego se había acercado al carruaje, queriendo verla, lo cual ella evitó recogiéndose hasta el fondo… Pero se quedó él tranquilo: eran las mismas a quienes había preguntado el piso, y no las conocía… ¡Le conocía a él, en cambio, tanta gente!—decía melosa Yulí— à mon héros, á mon poète…

Otra carta inesperada, como aquella de la noticia infausta de madre Reyes, hizo temblar a Luciano. Sin embargo, debía quedar ya tan apurado el infortunio, que esperó mejor en ella algún suceso por fin grato. Se había sonreído el mozo al entrar en la biblioteca a presentársela, sabiendo cuánto le interesaban estos sobres con nombre fingido.

La abrió y leyó, y volvió atrás desde el primer párrafo, por no dar crédito a sus ojos.

—¡Sí, sí, la letra de Flora!

Pero… ¿ella insultarle así?

¡Injurias de las que abrasan, desprecios y agravios de los que se clavan vibrando y matan una estimación! ¡De los que no deben, de los que no quieren, de los que no pueden repararse!

¿Ella? ¿El alma de su vida? ¿Su Violeta?

Luciano volvió a leerla toda, cerrando los ojos a cada nuevo ultraje, a cada burla, a cada afilada ironía, a cada risotada de desdén… como ante una sucesión de cohetes cuyos fogonazos le quemasen…

 

“Jueves.

 

”¡Qué triste y qué amarga es la verdad! Hubiese preferido seguir engañada; pero ahora, ¡qué angustia y qué desconsuelo tan grande siento!

”Yo te creía un hombre sobrenatural, delicadísimo. Por eso me inspiraste un amor loco y un desprecio inmenso a todos los demás, que me parecían unos materialotes asquerosos. A ti te parecían lo mismo, según te oí muchas veces, y, por desgracia, la fatalidad me ha hecho ver que eres peor que ellos.

”Mira qué casualidad me ha enterado de tus líos. Ayer, por hablar con alguien que te hubiese hablado, fui a visitar a Concepción Valdeiglesias; y a su criada, que vino acompañándome, le pregunté también si te había visto; me contó que sí, que llegaste en un coche de alquiler, dentro del cual te esperó una mujer a la puerta de la casa, una mujer a quien tuteabas y que se parecía en la cara y hablando a la cocinera de esta estación. Los motivos de la compaña no tengo que decírtelos; me da asco ocuparme de ellos… Fué un frío el que me dió que me heló los huesos, y un temblor tan grande que creí no poder llegar a casa; era el frío de la muerte el que sentía en el alma, ese frío que no hay fuego que pueda volver en reacción: la muerte de mis ilusiones, las únicas ilusiones que he tenido en el mundo, que has sido tú.

”Tuve celos, pero fué de mujeres de mérito, como esas actrices a que tanto floreabas en el periódico; jamás te rebajé al extremo de pensar en tu cocinera. ¡Qué horror y qué desilusión tan grande! Porque si, por lo que me dijo la criada que era de fea, se trata también de la cocinera de tu fonda, de alguna francesota de cualquier clase, a cuya conquista está dedicado el hombre espiritual… ¡Qué degradación de gustos! ¿Cómo ha de poder escribir dramas ni nada quien se dedica a esas empresas y se inspira en semejantes mamarrachos? ¡Vaya una heroína interesante que has elegido!… No me cabe la menor duda que al público le interesará muchísimo cuando la describas en tus artículos…

”Y ¿tú eras el que tanta fidelidad me guardabas? En el teatro ni te ocupabas de las mujeres de los palcos, “para ni con la mirada hacerme traición”… ¡Qué tonta he sido en confundir con el cariño lo que sólo consistió en un deseo infame y un afán grande de martirizar a A… y a todos y matarme a mí! Yo creí con toda mi alma que me adorabas; lo fingías tan bien, que a no ser por un desengaño así lo hubiera estado creyendo toda mi vida; pero al ver que esos mismos disgustos estás dispuesto a dárselos a A… por una tía cualquiera—pues que lo supiéramos ella y yo debiste de proponerte al llevarla para lucirla con la gente de este pueblo—no dudo que todo fué mentira… ¡Mi imaginación no estaba al alcance de tanta maldad!… ¡Si tuvieras conciencia, cómo ibas a poder vivir!… ¡No sé cómo no estalla tu corazón con el peso de tanta víctima!… y estás tan tranquilo como si fueras el hombre más honrado de la tierra… pensando en queridas y nuevos tormentos a A… que es una santa.

”Es tanta mi rabia de haber hecho tales sacrificios por quien no merece más que mi desprecio, que me clavo las uñas en la carne hasta hacerme sangre.

“Inmenso era mi cariño, pero inmenso será mi odio. El hombre mejor del mundo no merece ni la mirada de una mujer; conque el peor, ¿qué merecerá?

”Ahora me explico que a ti mismo te pareciesen mal escritas tus cartas. ¡Claro!, las escribías a escape: lo cual prueba lo entretenido que estás con tus nuevos amores culinarios. Por eso te dejo libre, para que puedas dedicarte a ellos. Te aseguro que mis cartas no han de molestarte más. Lo único que te ruego es que me mandes todas las mías y mis recuerdos todos: no quiero que te sirvan de mofa como te ha servido mi cariño… Las facturas en una caja y las diriges a la misma persona, como hacías con tus embustes. Todos los hombres juntos no valéis un comino; todos hipócritas y traidores, cualidades mezquinas y cobardes, y por eso a todos os detesto…

”Te veo reír con risa de demonio… ¿Quieres vengarte de una muerta? Hazlo y sacrifícame. Dile al mundo entero que te quise antes de conocerte, y dile también por qué ahora te odio—verás a quién culpa de los dos.

”Ya que has sido tan malo, ten siquiera un acto de generosidad conmigo: no te presentes nunca delante de mí… Me moriría.”

Y decía luego, cruzado sobre la última plana:

“¡Cuando recuerdo que he estado tan ciega por un hombre tan prosaico!… ¡Qué conquista tan lucida… ja, ja, ja!… Me iría de esta casa para que no me avergonzaran los recuerdos de tu falsedad y de tu infamia.

”No me cogerá de sorpresa leer cualquier día en los periódicos tu fuga con el maniquí de una modista o con alguna corista de mala muerte, según lo estragado que tienes el gusto. Lo sentiría por A… y tus enfants; por mí, no; gracias a haberme curado de celos tan radicalmente. ¡Es lo único que te tengo que agradecer!”

Si Luciano hubiera leído esta carta delante de Flora, al terminar la hubiera arrojado a su cara, le hubiese vuelto la espalda y se habría alejado despreciativamente.

Allí, en la biblioteca del casino, no hizo más que doblarla, guardársela, extenderse en el sillón de cuero, sacar un pitillo y encenderlo.

Tenía, efectivamente, en la faz la risa de demonio.

Era preciso contestar algo.

Fué a un pupitre y escribió en una hoja de papel:

 

“Pídeme perdón, o hasta nunca.—LUCIANO.

“Bastará que me envíes los míos para que recibas tus recuerdos.”

 

En seguida salió, tomó una victoria y ordenó al cochero pasear por la Castellana. Ya en el paseo, encontró a un amigo y le hizo subir. Hablaron toda la tarde animadísimamente: de no importa qué—de política, de un estreno del Español, de las mujeres que pasaban…

 

Pero la carta no era—según impresionó a Luciano al principio—la perfidia de una mujer contenta de aprovechar un buen pretexto para cortar una situación enojosa. No era, no, la continuación de aquel sospechado “llegará un día en que no pueda escribirte más”. No lo era del todo, cuando menos… Su letra, su desorden, sus repeticiones y lo rabiosamente vulgar a la vez que terriblemente certero de sus ironías y de sus apostrofes, acusaban con evidencia un raudal de indignación brotando del destrozo de un alma. Para fingir esto con tan desbocada verdad habríase necesitado un hábito y un genio de actriz que no podía suponerse en Flora—cuyo talento, sin el grito sincero del corazón, no hubiese alcanzado ni aspirado a más que simular un resentimiento tan hondo como delicado y correcto.

Había allí el brutal estruendo de algo muy grande que se venía al suelo. Lamentos y quejas y aullidos de muerte; sorpresa e innegable espanto. Quizás pudo germinar en la egoísta el proyecto de ruptura por miedo a don Gil; pero ahora la amante desengañada y herida descollaba y oscurecía todo lo demás en un tremendo alarido de su amor evocado entero al derrumbarse.

¡La amante!… Esta era, pues, ella sola, quien tenía enfrente Luciano. ¿Cómo desesperar? ¿Quizá su odio no daba la medida de su amor?… ¡De un amor que el poeta había sabido hacer tan puro, tan alto, que casi tocaba las excelsas grandiosidades de las divinas creencias en que la fe se pierde a la duda más leve!

Por lo mismo, debía él presentarse con la dignidad y la severidad del ídolo ante el blasfemador. Halló medio de deslizar aquel día en la crónica de La España la siguiente frase: “Quiéreme. Pídeme perdón, Flora. Te lo mando.” No haría falta más para obligarla a meditar y arrepentirse de su ligereza. Y después, cuando desde fuera del abismo volviese la cabeza para contemplarlo, con horror, reconfortada en su fe, ya podría ésta desafiar los nuevos embates de la avaricia…

Flora le escribiría.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Y ciertamente, en la taquilla del casino, la tarde que fué él seguro de encontrarla, halló el sobre de la querida letra inconfundible.

¿Humildad?

 

“Miércoles 3.

 

”Si matara el pensamiento, veinte vidas me hubiesen parecido poco para quitártelas. Tal es el odio y la indignación que me ha producido tu orden. ¡Qué cinismo y qué desvergüenza! ¡Poner mi nombre en una fábula asquerosa!… ¿Es que me amenazas? Sí, serías capaz de entregar mi historia a las planas de anuncios para enterar a mas gente.

”Mejor sepultaba mi corazón en el cieno de una zanja que en el tuyo, segura de que aquel sitio había de ser mas digno y más limpio… ¡Si te viese, te miraría con el horror que a un criminal desenmascarado!

”Tú dijiste al leer mi carta: “A esa leoncita ya la amansaré…” ¡Como si una leona herida pudiera amansarse, y herida donde más duele todo!

”¡El hombre de la sensibilidad exquisita!… ¡Qué modo de contundir las cosas, cuando no eras más que un lascivo de lo más repugnante que existe!

“Si yo supiese que mis ojos te habían de volver a mirar, me los saltaba. Pero, no te odian tanto como mi corazón, estoy segura de ellos.

“Para hacer algo en obsequio mío no vuelvas a ocuparte de mí. Tus mimos de los periódicos no harán sino aumentar mi rabia.

“No quiero que me recuerdes más que como lo que soy.

 

UNA MUERTA”.

 

“No te esfuerces en inventar historias; nada me convencerá, ni halagos ni violencias de ninguna ciase..Esta es la última vez que sabrás de mí. Nunca más. Mándame mis cartas.”

 

Luciano pensó:

—Esto ha concluido.

Ahora sí. Había más corrección, más cabeza en esta carta escrita siete días después que la anterior. No estaba tan mal escrita, en una palabra.

En siete días, la resolución que hubiese adoptado Flora tuvo tiempo de meditarse bien, de ser firme.

Y era bien firme, sobre todo en la insistente recomendación de que no se molestase más en escribirla ni en querer convencerla.

¡Qué claro dejaba transparentar su anhelo; su anhelo de angustia, el de no recibir ni escribir ni una carta más de aquellas que, como había dicho en una, arriesgaban cada vez “su honor, su vida y… su dinero”!… ¡Lo dijo aportando una prueba de lo que podía su pasión!… Hoy debió haberse ahorrado tanto escarnio con un solo grito: “¡Mi dinero!”

¿Era tan despreciable aquella… mujer, que hubiese podido interpretar así la anécdota del periódico?

¡Temía su venganza!… ¡Pobre! “Mándame mis cartas”… Otra angustia. Las de él, las habría roto el terror a don Gil… por eso no se las mandaba.

… “un repugnante lascivo”…

Pero… ¿a quién había adorado él? ¿a quién había sacrificado tantas cosas?… ¿Era una malvada o una idiota la mujer aquella?

No… idiota no. En medio de todo, harto fiaba en su caballerosidad para irritarle sin miedo a venganzas…

—Esto ha concluido.

Volvió a murmurar Luciano, mientras—poniéndose el gabán—pensaba que no era Flora una malvada tampoco. Los insultos de su primera carta fueron ayes de su orgullo de mimosa; los de esta segunda, inocentes aunque asaz tristes argucias de su presunción de hábil. Como su madre. Un candor lamentable, en suma. ¡Sería injusto odiarla!

Desde el casino fué a la calle de Floridablanca, a la imprenta de La España.

Pidió el molde de su crónica y retiró su firma Loraj, sustituyéndola con otra cualquiera para lo sucesivo. Inmediatamente entró en su despacho de la redacción y escribió a Yulí, a quien, excusándose con ocupaciones, no veía desde una semana:

 

“Amiga mía: Tú me comprenderás y no has de tomar por cinismo mi confesión. ¿No ha de poder decirse la verdad alguna vez?; ¿y a ti, principalmente, que tienes más talento que otras mujeres?… ¡Estoy harto de mentir, Julia!…

“Yo no amo ya a la que tú adivinaste que amaba al amarte. Yo no quiero, pues, aborrecerte, quiero ser tu amigo; pero no puedo ser otra cosa. No me busques, por favor. Cuando yo pueda verte, te buscaré a ti (si quieres verme todavía). Ten la seguridad de que hasta entonces, y siempre, te guardará un agradecido y tierno recuerdo

 

LUCIANO”

 

Al volver esta noche del teatro se encontró la respuesta de mademoiselle Henriot. No podía ser más breve:

 

“Está bien.—JULIE.”

 

El poeta sintió el pesar de su brutalidad… porque no sabía ya si había sido brutal con ella en una carta donde no aspiró más que a verter en desnuda y noble franqueza su amargura.

¡Pobre mujer! ¡Cuánto más valía que Flora!

 

Dejó de ir al casino. Le enojaba el invencible afán de mirar la taquilla esperando una carta.

Pero cuando estuvo ocho días sin ir, fué de nuevo… a ver si la carta había llegado.

Luego volvió a los quince días. Luego al mes…

Al segundo de esta ruptura violenta, es decir, en febrero, escribió aún en La España un articulo dedicado a ella y lleno de vagos recuerdos. Nada pedía, sin embargo.

¡Seguía adorándola!

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Sabía de Flora por Amparo. Estaba en relaciones con Daniel del Pazo.

En el mes de marzo, cuando empezaban los conciertos de Mancinelli, una tarde que asistió a uno y le causó la música un daño infinito, salió del teatro y halló que no podía soportar a la gente.

Madrid le abrumaba, le mataba de tedio.

Vagaba por Recoletos y llegó hasta la calle de Alcalá, lento, incierto, sin ir a ninguna parte, como todo aquel mundo que le rodeaba, sólo que más despacio… Los tranvías subían y bajaban de dos en dos minutos, y también un cochero desde lo alto de su pescante, en el coche vacío, le miró y parecía decirle: “Si estás cansado…”

Pues sí, estaba cansado de Madrid.

—¡Para!, ¡tú!

Subió al coche, llegó a la Central de Telégrafos y puso un parte:

“Amparo Vallés.—Alajara.

Voy correo.

 

LUCIANO.”