Las primas
El diploma
Así fue que me recibí en pintura y dibujo en Bellas Artes cuando cumplí diecisiete años, pero por mi dislalia nunca podría dictar clase, ni enseñar particular. Igual pintaba cuando podía comprarme cartones porque las pinturas me las regaló el profesor que solía visitarnos.
Betina y su silla «rum» rodeaban a mi profesor hasta marearlo, pero mamá nunca me dejaba sola con él y una vez me cacheteó tal vez porque vio que nos besamos pero en la cara, no en la boca como los artistas del cine.
Tenía miedo que no lo dejara entrar al profesor. Pero lo dejó siempre que no anduviéramos besándonos porque si el diablo mete la cola y el profesor mete otra cosa de su anatomía masculina podía embarazarme y el profesor nunca se casaría con una alumna minusválida.
Betina rondaba más que nunca cuando venía el profesor a darme lecciones particulares y miraba los cartones y telas que se apilaban junto a la pared con fines de una exposición en Buenos Aires.
Una vez cayó la noche y mamá invitó a cenar al profesor que aceptó. Yo temblé pensando en ruidos, lluvias y olores asquerosos del corpachón de Betina. Pero donde manda capitán no manda marinero.
Rufina había cocinado canelones. Para colmo de males recordé el canelón del Cotolengo. Tuve deseos de pintar para desfogarme. Pinté un cartón que solo yo entendí. Un canelón con ojos y una mano que lo bendecía. In mente susurré: si tienes alma que Dios te reciba en su seno…