Los conquistadores

André Malraux · Capítulo 1 de 4 · parte 1/2

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Los conquistadores

Primera parte. Preliminares

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

PRIMERA PARTE

 

PRELIMINARES

25 de junio

«Se ha decretado la huelga general en Cantón».

Desde el día de ayer, el radio está expuesto en el tablón de anuncios, subrayado en rojo.

Hasta el horizonte, el Océano Indico inmóvil, liso, barnizado… sin estelas. El cielo cargado de nubes hace pesar sobre nosotros una atmósfera de cabina de baños, nos envuelve en aire saturado. Y los pasajeros se pasean con pasos contados por el puente, cuidándose bien de no alejarse demasiado del cuadrado blanco en que se fijarán los radios recibidos esta noche. Día a día, las noticias van precisando el drama que comienza; va tomando cuerpo; ahora, amenaza directa, obsesiona a todos los hombres del paquebote. Hasta el momento, la hostilidad del Gobierno de Cantón se había manifestado en palabras, y de pronto, los telegramas traducen actos. Más que los tumultos, las huelgas y los combates en las calles, lo que impresiona a todos es la voluntad inesperada, y que parece tan tenaz como la voluntad inglesa, de no contentarse con palabras, de herir a Inglaterra en donde más le duele: su riqueza, su prestigio. La prohibición de vender en las provincias dependientes del Gobierno de Cantón ninguna mercancía de origen inglés, ni siquiera si es un chino el que la ofrece; el método por el que se controlan ahora los mercados, uno tras otro; el sabotaje de las máquinas por parte de los obreros de Hong Kong y, por último, esta huelga general que, de un solo golpe, afecta a todo el comercio de la isla inglesa, mientras los corresponsales de Prensa señalan la excepcional actividad de las escuelas militares de Cantón, todo ello obliga a los pasajeros a enfrentarse a una guerra de un estilo totalmente nuevo, una guerra emprendida por la anárquica potencia de China del Sur, secundada por colaboradores de los que ellos apenas saben nada, contra el símbolo mismo de la dominación británica en Asia, la roca militar desde la cual el imperio fortificado vigila sus rebaños: Hong Kong.

Hong Kong. Ahí está la isla en el mapa, negra y precisa, cerrando como un cerrojo ese Río de las Perlas sobre el que se extiende la masa gris de Cantón, con sus líneas de puntos que indican barrios imprecisos, a unas horas apenas de los cañones ingleses. A diario, los pasajeros contemplan la pequeña mancha negra, como si esperasen de ella alguna revelación, al principio inquietos, ahora angustiados, y ansiosos por averiguar cuál será la defensa de ese lugar del que depende su vida… el peñón más rico del mundo.

Si es alcanzado, reducido, antes o después, al rango de pequeño puerto, si, más simplemente aún, se debilita, eso significa que China puede encontrar los dirigentes que hasta el momento le han faltado para luchar contra los blancos, y la dominación europea se derrumbará. Los comerciantes de algodón o de cabellos con los que viajo sienten todo esto de manera punzante, y es cosa bien singular el leer en sus rostros angustiados (pero ¿qué va a ser de la Casa?) la repercusión de la formidable lucha emprendida por el imperio personificación del desorden, de repente organizado, contra el pueblo que, más que ningún otro, representa la voluntad, la tenacidad, la fuerza.

Gran agitación en el puente. Los pasajeros se apresuran, se empujan, se apretujan: ya está aquí la hoja de los radios.

Suiza, Alemania, Checoslovaquia, Austria, adelante, adelante… Rusia, vamos a ver. No, nada interesante. China, ¡ah!

Mukden: Chang-tso Lin…

Adelante.

Cantón.

En su afán de aproximarse, los pasajeros más alejados nos empujan contra la pared.

Los cadetes de la escuela militar de Whampoa, dirigidos por oficiales rusos y formando la retaguardia de una inmensa procesión de estudiantes y

de obreros, han abierto el fuego contra Shameen.[1] Los marineros europeos encargados de proteger los puentes han respondido con metralletas. Los cadetes, alentados por los oficiales rusos, se han lanzado varias veces al asalto de los puentes. Han sido rechazados con grandes pérdidas.

Las mujeres y los hijos de los europeos de Sha-meen serán evacuados a Hong Kong, si es posible, en barcos americanos. El desalojo de las tropas inglesas es inminente.

De súbito, se hace el silencio.

Los pasajeros se separan, consternados. Sin embargo, a la derecha, se reúnen dos franceses: «Verdaderamente, Monsieur, uno no puede por menos de preguntarse cuándo van a decidirse los gobiernos a adoptar la actitud enérgica que…», y se dirigen hacia el bar. El final de la frase se pierde entre el sordo rumor de las máquinas.

Tardaremos al menos diez días en llegar a Hong Kong.

 

Las cinco

Shameen.—La electricidad ha dejado de funcionar. Toda la concesión está a oscuras. Se han fortificado los puentes a toda prisa y se han interceptado con líneas de alambre espinoso. Están iluminados por los proyectores de las cañoneras.

 

29 de junio

Saigón

Ciudad desolada, desierta, provincial, con largas avenidas y bulevares rectos donde crece la hierba bajo grandes árboles tropicales… El culí que tira de mi ricksa chorrea sudor: la carrera es larga. Por fin llegamos a un barrio chino, sembrado de rótulos dorados con bellos caracteres negros, pequeños bancos, agencias de todo tipo. Ante mí, en el centro de una ancha avenida cubierta de hierba, retoza una pequeña línea ferroviaria. 37, 35, 33… ¡alto! Nos detenemos ante una casa igual a las demás del barrio: un «compartimiento». Agencia imprecisa. En torno a la puerta aparecen clavadas placas de compañías cantonesas de comercio casi desconocidas. En el interior, tras ventanillas polvorientas a punto de desmoronarse, dormitan dos empleados chinos: uno de ellos cadavérico, vestido de blanco; el otro obeso, rojo como un ladrillo, desnudo hasta la cintura. En las paredes, cromos de Shanghai: muchachas con un flequillo sabiamente pegado a la frente, monstruos, paisajes. Delante de mí, tres bicicletas enredadas. Estoy en la sede del Kuomintang de Cochinchina. Pregunto en cantonés:

—¿Está el jefe?

—Todavía no ha llegado. Pero suba, póngase cómodo.

Subo al primer piso por una especie de escala. Está desierto. Me siento y, aburrido, miro a mi alrededor: un armario europeo, una mesa estilo Luis Felipe con la parte de arriba de mármol, un canapé chino de madera negra y magníficos sillones americanos, todos erizados de palancas y tornillos. Encima de mí, en el espejo, un gran retrato de Sun-yat Sen y una fotografía, más pequeña, del amo de la casa. Por la puerta-ventana entra, con un chisporroteo y el sonido de las tarreñas de un vendedor de sopa, el fuerte olor de las grasas chinas al cocer…

Un ruido de chanclos.

Entran el propietario, otros dos chinos y un francés, Gérard, a quien he venido a ver. Presentaciones. Me sirven té verde y me encargan de asegurar al Comité central «la fidelidad de todas las secciones de Indochina francesa a las instituciones democráticas que…, etc.».

Gérard y yo salimos al fin. Enviado especial del Kuomintang en Indochina, no lleva aquí más que unos días. Es un hombre bajito, con bigote y barba que empiezan a encanecer y que se parece al zar Nicolás, del que tiene la mirada desenfocada, vacilante, y la apariencia bonachona. Hay en él una mezcla de profesor miope y de médico provinciano; avanza a mi lado con paso cansino, precedido por un cigarrillo fijado al extremo de una delgada boquilla.

Su coche nos espera en la esquina de la calle. Nos acomodamos en él, y partimos a poca velocidad a través del campo. El aire desplazado basta para crear un clima nuevo; los músculos, cansados y tensos a la vez, se liberan…

—¿Qué novedades hay?

—Nada más que lo que ha podido leer en los periódicos. La puesta en marcha de las órdenes de huelga de los distintos comités obreros parece haber sido perfecta… Y los ingleses no han encontrado aún el modo de defenderse: la organización de voluntarios es risible, buena contra los disturbios, quizá, pero no contra la huelga. La prohibición de exportar arroz garantiza a Hong Kong el abastecimiento por algún tiempo, pero nunca hemos pensado en hacer pasar hambre a la ciudad. ¿Para qué? Los chinos ricos que apoyan a las organizaciones contrarrevolucionarias están tan abrumados por esa prohibición como si hubieran recibido un garrotazo…

—¿Y desde ayer?

—Nada.

—¿Piensa usted que el Gobierno de Cochinchina ha suprimido los radios?

—No. Casi todos los empleados de la estación de T. S. F. pertenecen al Joven Annam. Nos hubieran avisado. Es Hong Kong quien no trasmite ya.

Una pausa.

—¿Y las fuentes chinas?

—Las fuentes chinas están dirigidas por la propaganda, con eso está dicho todo… Dicen que las cámaras de comercio han solicitado de su presidente que declare la guerra a Inglaterra, que los soldados ingleses de Shameen han caído en manos de los cantoneses, que se preparan manifestaciones de importancia excepcional… ¡Cuentos! Lo único serio, lo único cierto es que, por primera vez, los ingleses de Hong Kong ven que la riqueza se les escapa de las manos. El boicot estaba bien. La huelga es mejor. ¿Qué seguirá a la huelga? Lástima que no sepamos nada más… Dentro de poco recibiré información. En fin, hace dos días que no zarpa ningún barco con destino a Hong Kong. Están todos allí, en el río…

—¿Y aquí?

—Las cosas no van mal, ¿sabe? Podrá usted llevarse por lo menos seis mil dólares. Espero seiscientos más, pero no tengo la seguridad. Sólo hace cuatro días que estoy aquí.

—Están bien embalados, a juzgar por los resultados…

—¡Oh, a fondo! El entusiasmo chino es bastante raro, pero esta vez hay que confesar que se muestran entusiastas. Y fíjese en que los seis mil dólares que voy a entregarle son en su mayoría donativos de gente humilde: culíes, obreros del puerto, artesanos…

—¡Claro! Tienen buenas razones para esperar… La aventura de Hong Kong, Shameen…

—Naturalmente, esta guerra latente contra una Inglaterra inmovilizada, incapaz de actuar —¡Inglaterra!—, les embriaga. Pero todo esto cuadra muy mal con la manera de ser china…

—¿Está usted completamente seguro?

Se calla, arrellanado en un rincón del coche, con los ojos semicerrados. Quizá reflexiona, quizá se deja penetrar por este aire fresco que nos descansa como un baño. En el azul incierto de la noche, los arrozales pasan a nuestro lado, grandes espejos grises pintados aquí y allá, a la aguada borrosa, matorrales y pagodas, todos dominados por los altos pilones de la estación de T. S. F. Metiéndose los labios hacia dentro y mordisqueándose el bigote, responde:

—¿Se ha enterado usted del complot de La Mónada que los ingleses acaban de descubrir en Hong Kong?

—No me he enterado de nada. Acabo de llegar.

—Bueno. Una sociedad secreta, La Mónada, se da cuenta de que la comunicación entre Hong Kong y Cantón está sólo asegurada por un vaporcillo, El Homan. Cuando se encuentra amarrado en el puerto, en Hong Kong, el vapor está guardado por un oficial inglés y unos cuantos marineros. Con muy buen sentido, los delegados de la sociedad comprenden la ventaja que pueden obtener impidiendo que el barco zarpe hacia Cantón cargado con las armas que los ingleses envían a los contrarrevolucionarios.

—¿Va alguno de los nuestros en ese barco?

—No. Y las armas son lanzadas en barcas en cualquier punto desierto del Río de las Perlas. Exactamente igual que el contrabando de hachís en el canal de Suez.

»Pero volvamos al complot. Seis delegados, que saben muy bien que están arriesgando el cuello, matan al oficial y a los marineros, se hacen los amos del barco, trabajan en él durante cuatro horas y son hechos prisioneros por una ronda de voluntarios ingleses, al amanecer, en el momento en que se marchan llevándose —¿a que no lo adivina?— uno de los dos bloques de madera, de seis metros de largo, que llevan los barcos chinos en la proa con unos ojos pintados.

—No lo entiendo muy bien…

—Esos ojos son los que permiten al barco dirigirse. Si queda tuerto, encallará.

—¡Dios mío!

—¿Le extraña? ¡Caray, también a mí! Pero en el fondo…

»Sepa usted que la asociación más seria, en la que confía usted más, llegado el momento estará dispuesta a abandonarlo todo para ir en busca de un ojo pintado en un trozo de madera.

Y al ver que sonrío:

—Piensa usted que generalizo, que exagero. Ya se convencerá, ya se convencerá… Borodín y Garín pueden citarle cien casos del mismo tipo…

—¿Conoce usted mucho a Garín?

—Pues… hemos trabajado juntos… ¿Qué quiere que le diga…? ¿Conoce usted su actividad como director de Propaganda?

—Apenas.

—¡Oh! Es… No, es difícil explicarlo. Ya sabe usted que China desconocía las ideas tendentes a la acción. Esas ideas se han apoderado ahora de ella como la idea de igualdad se apoderó en Francia de los hombres del 89: como de una presa. Es posible que ocurra lo mismo en todo el Asia amarilla. En Japón, cuando los conferenciantes alemanes iniciaron la predicación de Nietzsche, los estudiantes, fanatizados, se arrojaban de lo alto de los peñascos. En Cantón la cosa es más oscura, y quizá incluso más terrible. Ni se sospechaba siquiera la existencia del más elemental individualismo. Los culíes están descubriendo que existen, simplemente que existen… Hay una ideología popular, como hay un arte popular, que no es una vulgarización, sino otra cosa… La propaganda de Borodín dijo a los obreros y a los campesinos: «Sois unos tíos estupendos porque sois obreros, porque sois campesinos, y formáis parte de las dos fuerzas más grandes del Estado». Esto no dio el menor resultado. Pensaron que no se reconocen las grandes fuerzas del Estado por el hecho de ser las que reciben los golpes y se mueren de hambre. Estaban demasiado acostumbrados a que se les despreciase como tales obreros, como tales campesinos. Temían que la Revolución se acabase y verse a sí mismos recaer en el desprecio del que esperan liberarse. La propaganda nacionalista, la de Garín, no les ha dicho nada de ese género, sino que ha actuado sobre ellos de una manera confusa, profunda —e imprevista —, con una extraordinaria violencia, dándoles la posibilidad de creer en su propia dignidad, su importancia, si lo prefiere. Hay que ver a una decena de tiradores de ricksa, con sus jetas de gato socarrón, sus andrajos y sus sombreros de enea, hacer la instrucción como voluntarios, rodeados de una muchedumbre respetuosa, para sospechar lo que hemos conseguido. La Revolución francesa, la Revolución rusa fueron fuertes porque dieron a cada uno su tierra; esta revolución está dando a cada uno su propia vida. Contra esto, ninguna potencia occidental podrá hacer nada… ¡El odio! Se pretende explicarlo todo por el odio. ¡Qué manera de simplificar! Nuestros voluntarios son fanáticos por muchas razones, pero en primer término porque ahora desean una vida tal que… que no pueden por menos de escupir sobre la que tenían. Es posible que Borodín no lo haya comprendido bien todavía…

—¿Se entienden bien los dos capitostes?

—¿Borodín y Garín?

Por un momento tengo la impresión de que no quiere responderme. Pero no: reflexiona. Su rostro, así, parece muy fino. La noche se extiende. Sobre el ruido del motor del auto, no se oye más que el silbo rimado de las cigarras. Los arrozales siguen huyendo a ambos lados de la carretera; en el horizonte, una palmera se desplaza lentamente.

—No creo —continúa— que se entiendan bien. Se entienden, eso es todo. Se complementan. Borodín es un hombre de acción. Garín…

—¿Garín?

—Es un hombre capaz de acción. Cuando es necesaria. Escuche, encontrará en Cantón dos clases de gente. Los que vinieron en tiempos de Sun, en 1921, en 1922, para probar suerte o jugarse la vida, y a los que hay que calificar de aventureros; para ellos, China es un espectáculo al que están más o menos vinculados. Son personas en quienes el sentimiento revolucionario ocupa el lugar que el amor por el ejército ocupa entre los legionarios, personas que nunca han logrado aceptar la vida social, que han exigido mucho de la existencia, que hubieran querido dar un sentido a su vida y que ahora, ya de vuelta de todo eso, sirven. Y los que vinieron con Borodín, revolucionarios profesionales, para los que China es una materia prima. Encontrará usted a todos los primeros en Propaganda, a casi todos los segundos en la acción obrera y el ejército. Garín representa —y dirige— a los primeros, que son menos fuertes, pero mucho más inteligentes…

—¿Usted estaba ya en Cantón antes de la llegada de Borodín?

—Sí —responde con una sonrisa—. Pero créame que hablo con toda objetividad…

—¿Y antes?

Se calla. ¿Va a contestarme que eso no es cosa mía? Estaría en su derecho… No. Sonríe de nuevo, y apoyando muy levemente la mano en mi rodilla:

—Antes, era profesor en el liceo de Hanoi.

La sonrisa se hace más marcada, más irónica también, y la mano aumenta su presión.

—Pero he preferido otra cosa, ya lo ve…

E inmediatamente continúa, como si quisiera impedirme formular otra pregunta:

—Borodín es un gran hombre de negocios. Extremadamente trabajador, valeroso, audaz cuando es preciso, nada complicado, dominado por su acción…

—¿Un gran hombre de negocios?

—Un hombre que necesita pensar de cada cosa: «¿Puede serme útil, y cómo?». Borodín es eso. Todos los bolcheviques de su generación están marcados por su lucha contra los anarquistas: todos piensan que hay que ser sobre todo un hombre preocupado por la realidad, por las dificultades del ejercicio del poder. Además, hay en él el rastro de una adolescencia de joven judío ocupado en leer a Marx en una pequeña ciudad letona, envuelto en el desprecio y con la Siberia en perspectiva…

»Las cigarras, las cigarras.

—¿Cuándo espera tener las informaciones de que me habló hace un momento?

—Dentro de unos minutos. Vamos a cenar a casa del presidente de la sección de Cholón, que es el propietario de un fumadero-restaurante como ése.

Pasamos, en efecto, ante restaurantes ornados de caracteres enormes y de espejos, en una atmósfera donde la vida no es más que luz y sonidos; profusión de reflectores, de espejos, de globos y bombillas, ruido de mahjong, fonógrafos, gritos de cantantes, flautas agudas, címbalos, gongos…

Las luces se hacen más y más próximas. El chófer cambia de velocidad y se exaspera, tocando sin descanso la bocina para poder avanzar a través de una multitud de tela blanca más densa que la de nuestros bulevares; obreros, chinos pobres de todas las profesiones se pasean comiendo golosinas y frutas, molestándose apenas para dejar pasar los coches que ladran y rechinan, mientras los chóferes annamitas gritan insultos. Ya no hay nada aquí que recuerde a Francia.

El auto se detiene ante un restaurante-fumadero, no rodeado de toscos balcones de hierro como los que acabamos de ver, sino menos colonial, con el aspecto de un pequeño hotel particular. Como de costumbre, la entrada, coronada por dos caracteres en negro sobre fondo dorado, no es más que espejos, a derecha, a izquierda, al fondo, incluso en los planos verticales de los escalones. En la caja, un chino obeso del que no se ve más que el torso desnudo echa cuentas en un ábaco, ocultando a medias una pieza profunda donde se agitan en la sombra cuerpos anaranjados y manos ágiles en torno a una inmensa fuente de langostinos nacarados y una pirámide de caparazones vacíos, escarlata, sin peso.

En el primer piso, un chino de unos cuarenta años, con aspecto de dogo, nos acoge (presentación) y nos hace entrar en seguida en un gabinete particular, donde nos esperan tres de sus compatriotas. Trajes blancos impecables, cuellos militares. En el canapé de madera negra, cascos coloniales. Presentaciones. (Naturalmente, imposible entender un solo nombre). Mesa pequeña sin mantel, cubierta de platos, de tacitas llenas de salsa; sillones de mimbre. La luz de las bombillas eléctricas suspendidas en profusión del techo horada la noche activa. Un rumor, sin cesar recubierto por las salvas de los petardos, el chasquido de los dominós, los golpes de gongo y, de cuando en cuando, el maullido del violín monocorde, toma posesión de la pieza con las bocanadas de aire caliente que se esfuerzan por expulsar los ventiladores.

El dogo, que es a la vez el propietario y el intérprete, me dice casi en voz baja, con un fuerte acento:

—El señor director del hospital francés ha venido a cenar esta semana…

Parece muy orgulloso de ello; pero el mayor de sus amigos le interrumpe:

—Diles que…

Gérard les aclara inmediatamente que entiendo el cantonés; su simpatía se hace más visible y la conversación comienza: palabrería democrática, «derechos del pueblo», etc. Tengo la violenta impresión de que la sola fuerza de esta gente radica en un confuso sentimiento, que los males que han padecido son la única cosa de que son verdaderamente conscientes. Pienso en las sociedades de provincias durante la Convención (aunque estos chinos son extremadamente corteses, en bien curioso contraste con su costumbre de escupir). ¡Qué fe ponen todos ellos en la palabra! ¡Y qué débiles deben de ser frente a la acción lúcida y tenaz de los comités técnicos a los que envían sus dólares…!

Esto es, en desorden, de lo que se han enterado hoy:

Desde todas las ciudades del interior, los ingleses se refugian urgentemente en las concesiones internacionales.

Las grandes federaciones de culíes han decidido que cada uno de sus miembros pagará de ahora en adelante cinco centavos diarios para ayuda de los huelguistas de Hong Kong.

En Shanghai y Pekín se está preparando una manifestación imponente con objeto de conmemorar las injustas violencias ejercidas por los imperialistas extranjeros y la afirmación de la libertad china.

En las provincias del Sur se está produciendo un gran número de alistamientos voluntarios.

El ejército cantonés acaba de recibir de Rusia una cantidad considerable de material de guerra.

Después, formalmente impreso en grandes caracteres, lo siguiente:

El corte de la electricidad es inminente en Hong Kong.

Ayer se cometieron cinco atentados terroristas. El jefe de policía ha resultado gravemente herido.

Al parecer, la ciudad está a punto de carecer de agua.

Por último, noticias relativas a la política interior, la mayoría de las cuales hace referencia a un tal Cheng-dai.

Acabada la cena, Gérard y yo descendemos entre un despliegue de mangas blancas y zalemas, y decidimos caminar un rato; el aire es fresco; no lejos, en el río, las sirenas de los barcos dominan por instantes, con un mugido largamente arrastrado por la húmeda atmósfera, la batahola de los restaurantes chinos.

Gérard marcha a mi derecha, inquieto. Ha bebido mucho esta noche…

—¿Se encuentra usted mal?

—No.

—Parece usted inquieto…

—¡Sí!

Apenas me ha respondido cuando se da cuenta de la brusquedad del tono de sus palabras, y añade en seguida:

—Tengo buenos motivos…

—¡Pero si todos parecían encantados…!

—¡Ah! ¡Esos…!

—Y las noticias son buenas…

—¿Cuáles?

—¡Las que nos han comunicado, demonios! El paro de la central eléctrica, el…

—¿De modo que no ha oído usted lo que decía mi vecino?

—El mío me hablaba de la revolución y de su padre, no me quedaba más remedio que escucharle…

—Decía que sin duda alguna Cheng-dai se opondrá a nosotros.

—¿Y qué?

—¿Cómo y qué? ¿No le basta con eso?

—Quizá me bastase si…

—Hay que tener en cuenta que es el hombre más influyente de Cantón.

—¿En qué sentido?

—No puedo explicárselo. Además ya oirá hablar de él, no se preocupe. Es el jefe espiritual de toda la derecha del partido. Sus amigos le llaman el Gandhi chino. Aunque hay que decir que se equivocan.

—Precisemos: ¿qué es lo que quiere?

—¡Precisemos! ¡Cómo se nota que es usted joven…! No lo sé. Y es muy posible que él tampoco lo sepa.

—Pero ¿en qué le estorba?

—Nuestras relaciones eran más bien tensas. Ahora, parece que se dispone a acusarnos ante el Comité de los siete y ante la opinión…

—¿De qué?

—¡Qué sé yo! ¡Ah, sólo porque ha visto unos radiogramas maravillosos se cree usted que todo va bien! El interior es tan importante como el exterior, créame. No es sólo en Hong Kong; incluso en Cantón tenemos que luchar contra esos complots militares que los ingleses provocan continuamente y en los que ponen tantas esperanzas… La única noticia realmente buena que he recibido hoy es la herida del jefe de policía inglés. Hong tiene más cualidades de las que yo le suponía. Hong es el jefe de los terroristas, ese del que nos dan noticias de vez en cuando los radios: «Ayer se cometieron en Hong Kong dos atentados… Tres atentados… Cinco atentados…», etc. Garín tenía en él una gran confianza… Trabajó con nosotros, fue su secretario. ¡Mira que ir a buscar a ese monigote para convertirlo en su secretario! ¡Vaya una idea! Para él, Hong tiene la fiebre de la juventud. Ya se desengañará. Pero hay que reconocer que es muy divertido. La primera vez que lo vi fue en Hong Kong, el año pasado, me entero de que está decidido a matar al gobernador con una Browning, él, que era incapaz de meter una bala en una puerta a diez pasos de distancia. Se presenta en mi habitación del hotel, balanceando las manos, grandes como raquetas. ¡Un chiquillo, verdaderamente un chiquillo! «¿Es-tá us-ted al co-rrien-te de mi pro-yec-to?». Con un acento muy pronunciado; daba la sensación de cortar las palabras en sílabas con las mandíbulas. Le explico que «su proyecto», como él dice, no es inteligente; me escucha, muy molesto, durante un cuarto de hora. Después: «Sí. Só-lo que e-so no im-por-ta. Ma-la suer-te. He presta-do ju-ra-men-to». ¡Evidentemente, no se podía hacer más que demolerlo todo! Había jurado, sobre la sangre de su dedo, en cualquier pagoda perfeccionada… Se molestó mucho mucho. A pesar de todo, yo le miraba con simpatía: los chinos de ese tipo no abundan. Por último, cuando se disponía a marcharse, sacudió los hombros como si tuviese pulgas y me estrechó la mano diciendo, muy lentamente, de veras: «Cuan-do me con-de-nen a la pe-na ca-pi-tal, ha-brá que de-cir a los jó-ve-nes que de-ben i-mi-tar-me». Hacía años que yo no había oído decir «la pena capital» en lugar de «muerte». —Se ve que ha leído…— Pero sin ningún sentimentalismo, como hubiese dicho: «Cuando haya muerto, que me incineren…».

—¿Y el gobernador?

—Pensaba matarlo durante no sé qué ceremonia, dos días más tarde. Todavía puedo verme, sentado en la cama, desnudo y con los pelos revueltos, con un calor horroroso —aunque no eran más que las diez—, en medio de un estrépito de cláxons, bocinas y gritos, preguntándome si todo aquello indicaba el fin de la ceremonia o el del gobernador… Pero Hong, considerado como sospechoso, había sido expulsado de la ciudad aquella misma mañana… En medio de aquel escándalo de autos y gente que callejeaba, veía sus mandíbulas silabear las palabras y, sobre todo, oía su voz que me decía:

«Cuan-do me con-de-nen a la pe-na ca-pi-tal…».

Sigo oyéndolo aún… Y no era un farol, ¿sabe? Pensaba de verdad, pese a su extraño vocabulario, que sería condenado a muerte. Cosa que terminará por ocurrir… Un chiquillo…

—¿De dónde ha salido?

—De la miseria. No creo que haya conocido nunca a sus padres. Los reemplazó ventajosamente por un tipo que en la actualidad vende en Saigón curiosidades, recuerdos, cosas de ese tipo… ¡Espere! ¿Le apetece tomarse un Pernod, un verdadero Pernod?

—Desde luego.

—Eso no se rechaza. Iremos a verle mañana… Eso le permitirá conocer a uno de los hombres que han «formado» a los terroristas. Se van haciendo raros… ¿Tiene ganas de acostarse?

—No demasiadas.

Llama al chófer, que se acerca.

—Al Thi Sao.

Nos vamos. Suburbio alumbrado por escasas farolas, muros ennegrecidos, arroyos en que tiemblan grandes estrellas desdibujadas, noche informe, perforada aquí y allá por manchas cuadradas: los tenderetes annamitas, en que velan vendedores inmóviles entre pilas de tazas azules… ¿De verdad Gérard es un antiguo profesor? Su carácter, su vocabulario cambian a medida que se va cansando… Me gustaría saber…

Marchamos muy deprisa, y ahora casi siento frío. Arrellanado en mi rincón, con los brazos cruzados para protegerme del frío, oigo aún la verborrea democrática de la cena, esas fórmulas, irrisorias en Europa, recogidas aquí como los viejos vapores recubiertos de orín; veo aún el grave entusiasmo que hacen nacer en todos los hombres, que son casi unos viejos… Y el comité cantonés que dirige todo esto se yergue lentamente tras esos telegramas que Hong Kong no puede ocultar y que aparecen uno a uno, como heridas.

 

* * *

1.º de julio

Hong Kong. —Los enfermeros chinos de los hospitales están todos en huelga.

Los barcos de la Compañía de navegación de Indochina están inmovilizados en el puerto.

Nuevos atentados han sido cometidos ayer.

No hay noticias de la concesión de Shameen.

Tristeza, fastidio, nerviosismo por no saber qué hacer en esta ciudad en la que me veo obligado a esperar a que zarpe de nuevo el barco, cuando quisiera tanto estar en Cantón. Gérard se reúne conmigo en el hotel. Comemos temprano, casi solos en la sala; me cuenta, menos confusamente que ayer, la historia de ese Hong que actualmente está haciendo ejecutar, uno tras otro, a los jefes de los servicios ingleses, y del hombre al que vamos a ver esta tarde, el hombre al que el azar, dice Gérard, convirtió en el «partero» de Hong. Se llama Rebecci; es un genovés que ha pasado por la revolución china con una tranquilidad de sonámbulo. Al llegar a China, hace ya de ello algunos años, abrió un almacén en Shameen; pero los europeos ricos le inspiraban tanta antipatía que lo abandonó y se estableció en el mismo Cantón, donde Gérard y Garín le conocieron en 1920. Vendía a los chinos la pacotilla de los bazares de Europa y, particularmente, poseía una serie de pequeños autómatas: pájaros cantarines, bailarinas, un gato con botas, que una moneda ponía en movimiento, y de eso vivía. Hablaba con soltura el cantonés y se había casado con una indígena muy bella, que después había engordado mucho. Hacia 1895 había sido anarquista militante; no le gustaba hablar de aquella parte de su vida, que recordaba con orgullo pero con tristeza y que lamentaba tanto más por saber hasta qué punto se había debilitado.

«¿Qué quieren ustedes? Todo eso son cosas pasadas…».

Gérard y Garín iban a veces a verle hacia las siete; su gran letrero luminoso acababa de encenderse; chiquillos con los cabellos en copete lo contemplaban, sentados en corro en el suelo. Manchas de luz se prendían en las lentejuelas y las sedas de las muñecas; de la cocina llegaba el ruido de un remover de cacerolas. Rebecci, echado en una tumbona de mimbre en medio de su estrecho almacén, soñaba en giras por el interior de la provincia, con nuevos y numerosos autómatas. Los chinos harían cola a la entrada de su toldo; volvería rico: podría comprar una vasta sala en la que el público encontraría punching-balls, negros con la tripa de terciopelo rojo, fusiles eléctricos, toda clase de tragaperras y, quizá, una bolera… Al llegar Garín, salía de su ensueño como de un baño, sacudiéndose, le tendía la mano y le hablaba de magia. Era su manía. No es que fuera verdaderamente supersticioso, pero era curioso. No habiendo nada que probase la presencia de demonios en la tierra, y particularmente en Cantón, pero no habiendo nada tampoco que demostrase su ausencia, convenía invocarlos. Y él invocaba a muchos, observando los ritos, desde aquellos cuyos nombres encontraba en un Grand Albert incompleto hasta los que conocían íntimamente los mendigos y los sirvientes. Encontraba pocos demonios, pero muchas indicaciones que aprovechaba para asombrar a sus clientes o curarlos, dado el caso, de enfermedades benignas. Apenas fumaba opio; con frecuencia, a la hora de la siesta, se veía deambular su silueta blanca: casco aplanado, torso estrecho, amplios pantalones de zuavo y los pies hacia fuera de Charlot; pues le gustaba salir acompañado de una bicicleta, que arrastraba durante más tiempo que empleaba, una bicicleta antigua, pero siempre cuidadosamente engrasada.

Vivía rodeado de chiquillas a las que había recogido, sirvientes cuyo principal trabajo consistía en escuchar sus historias y a las que vigilaba celosamente su esposa china, que no ignoraba que a él le hubiese interesado intentar con ellas ciertas experiencias. Obsesionado por un erotismo de colonial, sólo dejaba Las clavículas de Salomón para leer o releer El reino del látigo, Esclava o cualquier otro libro francés del mismo género. Después se entregaba a largos ensueños de los que salía temeroso y engolosinado, como un niño miedoso. «Signore Garín, ¿cree usted que hay cosas sucias en el amore? —No, amigo mío, ¿por qué? —Perqué, perqué… eso me interesa…». Una edición de Los miserables y unos cuantos folletos de Jean Grave, que conservaba pero que ya no admiraba, completaban su biblioteca.

En 1918 había cobrado una viva simpatía por Hong, al que había distinguido entre los jóvenes chinos que venían a escucharle. Pronto había abandonado los cuentos de fantasmas y le había enseñado el francés (ya no poseía ningún texto italiano y apenas sabía el inglés). Una vez que supo hablar, Hong aprendió a leer; después, aprendió casi solo el inglés, que casi no sabía, y leyó todo lo que pudo encontrar… poca cosa. La experiencia de Rebecci sustituyó para él las enseñanzas que proporcionan los libros. Les unía una profunda amistad, que no se manifestaba nunca y que difícilmente permitirían adivinar la brusquedad de Hong y la ironía tímida y torpe del genovés. Hong, acostumbrado a la miseria, había comprendido rápidamente el valor del carácter de su viejo camarada, que no daba limosna, pero que llevaba a los mendigos a «tomar un vaso» (hasta el día en que, furioso al ver su resplandeciente comercio invadido por un grupo de famélicos, precisamente cuando él no tenía una perra, los echó a todos a patadas) y que, cuando se habían llevado a su hermano a Biribí, lo había dejado todo para instalarse cerca del presidio, a fin de encontrar las «combinas» susceptibles de hacer su existencia menos penosa y para poder de cuando en cuando, al ir a visitarle, besarle en la boca y deslizar en ella un luis de oro. Por su parte, Rebecci se había sentido conmovido ante este adolescente que estallaba en una risa de negro cuando le contaba alguna historia, pero en el que adivinaba un raro valor, una singular firmeza ante la muerte y, sobre todo, un fanatismo que le intrigaba. «¡Ah, tú! Si no te matan demasiado joven, harás grandes cosas…».

Hong leyó a Jean Grave y, cuando lo hubo terminado, preguntó su opinión a Rebecci.

Rebecci reflexionó antes de hablar —cosa que raras veces hacía— y dijo:

«Tengo que pensarlo, perqué, compréndelo, pequeño, Jean Grave no es para mí un cualquiera, es mi juventude… Yo soñaba en cosas, ahora hago funcionare pácaros mecánicos. Era una época megliore que ésta; pero no teníamos razón. ¿Te extraña que te diga esto, eh? No, no teníamos razón. Perqué… escúchame bene, cuando no se tiene más que una vida, no se trata de cambiare el estado sociale. Lo que resulta difícile es saber lo que uno quiere. Mira, si tú le atizas un bombazo al maquistrado, ¿comprendes?, él revienta, eso está bene. Pero si haces un periódico para dar a conocer la doctrina, a nadie le importa un rábano…».

Su vida era un fracaso. No sabía demasiado bien por qué, pero era un fracaso. No podía volver a Europa: era ya incapaz de realizar un trabajo manual y no quería aceptarlo de otro tipo. Y en Cantón se aburría, aunque, en resumidas cuentas… ¿Se aburría o es que se reprochaba el haber aceptado una vida poco digna de las esperanzas de su juventud? Pero ¿no es ése un reproche digno de un imbécil? Le habían propuesto la dirección de un servicio de la policía de Sun-yat Sen; sus sentimientos de anarquista eran aún demasiado fuertes y se sabía incapaz de hacer denunciar o vigilar a un hombre. Más tarde, Garín le había propuesto trabajar con él. «No, no, signore Garín, es usted muy amable, pero ¿sabe?, io creo que es demasiado tarde…». Quizá se había equivocado… En suma, estaba, si no contento, al menos tranquilo entre sus demonios, sus libros de magnetismo, su china, Hong y sus aparatos automáticos…

Hong meditó el confuso juicio que Rebecci hacía de su propia vida. La sola cosa que el Occidente le había enseñado con bastante fuerza para que le fuese imposible liberarse de ella era el carácter único de la vida. Una sola vida, una sola vida… Eso no le había hecho concebir el temor a la muerte (nunca había llegado a comprender plenamente lo que era la muerte; aún ahora, morir no era para él morir, sino sufrir hasta el extremo una herida muy grave), pero sí el temor profundo y constante a estropear esa vida que era la suya y de la que jamás podría borrar nada.

En ese estado de incertidumbre se encontraba cuando se convirtió en uno de los secretarios de Garín. Garín lo había elegido por la influencia que le daba ya su valor sobre un grupo bastante numeroso de jóvenes chinos, que constituían la extrema izquierda del partido. Hong estaba seducido por Garín, pero, por las noches, transmitía a Rebecci, no sin cierta desconfianza, sus palabras y sus órdenes. El viejo genovés, echado en su tumbona y ocupado en hacer girar un molinete de papel o en contemplar una de esas bolas chinas llenas de agua en las que se ven jardines fantásticos, dejaba el objeto, cruzaba las manos sobre el delgado vientre, levantaba las cejas perplejo y terminaba por responder: «¡Ah, bene! Puede que Garín tenga razón, puede que tenga razón…».

Por último, como sus dudas se hacían cada vez más frecuentes y Rebecci era cada vez más pobre, había aceptado un puesto en el Servicio de informaciones generales, tras haber especificado que quedaba bien entendido que él «no se chivaba de nadie». Y Garín le había enviado a Saigón, donde le resultaba útil.

 

Terminamos de comer, y nos marchamos ya, la espalda curvada bajo el calor, cuando Gérard se calla. Es la hora en que se encuentra a Rebecci.

Entramos en un pequeño bazar: tarjetas postales, budas, cigarrillos, cobres

de Annam, dibujos de Camboya, [2] sampots, cojines de seda con dragones bordados; colgados de la pared, fuera de la luz del sol, vagos objetos de hierro. En la caja, una china muy gorda duerme.

—¿Está el dueño?

—No, señol.

—¿Dónde?

—No sé.

—¿Taberna?

—Puede sel tabelna Nam Long.

Atravesamos la calle: la «tabelna Nam Long» está enfrente. Café silencioso; en el techo, lagartijas de color pardo duermen la siesta. Dos criados, transportando pipas de opio y cubos de porcelana en que los fumadores apoyan la cabeza, se cruzan en la escalera; ante nosotros, los boys duermen, desnudos hasta la cintura, con los cabellos extendidos sobre el brazo doblado. Recostado solo en el banco de madera negra, un hombre mira ante sí, balanceando lentamente la cabeza. Cuando ve a Gérard, se levanta. Me quedo un poco sorprendido: yo esperaba un personaje garibaldino; es un hombrecillo seco, de manos nudosas, con el pelo aplastado y ya canoso cortado en círculo, con aspecto guiñolesco…

—Aquí hay un hombre que no se ha tomado un Pernod desde hace años —dice Gérard señalándome con el dedo.

—Está bene —responde Rebecci—. Vamos por él.

Sale. Le seguimos. «Garín le ha puesto el Remendón de mote», me murmura Gérard al oído mientras cruzamos la calle.

Entramos en su almacén y subimos al primer piso. La china levanta la cabeza, nos mira pasar y vuelve a dormirse. La habitación es amplia. En el centro, una cama con mosquitero; a lo largo de las paredes, cantidad de objetos bajo una tela rameada. Rebecci nos deja. Oímos una cerradura que chirría, un cofre que se cierra bruscamente, el agua que corre de un grifo y burbujea en un vaso.

—Voy a bajar un minuto —dice Gérard—. Tengo que charlar un rato con su china, si no está demasiado dormida. A ella le gusta.

El minuto es largo. Rebecci vuelve el primero, trayendo en una bandeja una botella, azúcar, agua y tres vasos… siempre en silencio. Se sienta y prepara él mismo los tres Pernods, sin hablar. Al cabo de un rato:

—Pues ya ve, que me he cubilado…

—Rebecci —grita Gérard, que sube al fin la escalera, atusándose la barba —, el camarada espera que le cuentes cosas de tu hijo espiritual. ¡Ah! Me he quedado abajo demasiado tiempo. Me dio la impresión de que nos habían seguido. Pero no.

No ha visto cómo ha cambiado la expresión de Rebecci al hablar de Hong.

—Si no te conosciera como te conosco, tendrías ya mis manos alrededore de tu garganta… ¡No se bromea con eso!

—Pero ¿qué te pasa?

—¿Te parece entonces que es el día más a propósito?

—¿Qué día?

Rebecci se encoge de hombros, fastidiado.

—¿No has estado en casa del presidente esta mañana para el banquete?

—No.

—Pero ¿ahora me sales con ésas?

—Estamos citados a las cinco.

—¡Ah, conque es eso…! A él tendrás que pedirle poticias de Hong, a él. Él te dirá que tienen a Hong entre sus zarpas.

—¿Los ingleses? ¿Los blancos? ¿Desde cuándo?

—Ayer por la noche, dice él. Dos horas después de la emisión de los radios, poco más o menos…

Da golpecitos en el vaso con la cuchara, después bebe de un trago:

—Otro día, no dico que no… Y aquí está el Pernod para los amicos…

 

2 de julio

Descenso del río

Parecía que la angustia debería aumentar a medida que nos acercamos a la meta. Nada de eso: el paquebote está dominado por el torpor. Hora a hora, mientras que, con las manos empapadas en sudor, costeamos las planas orillas del río, Hong Kong se hace más real, deja de ser un nombre, un lugar cualquiera en el mar, un decorado de piedra; todos sienten penetrar en ellos la vida. Ya no hay verdadera angustia: un estado confuso en el que se entremezclan la enervante regularidad de la marcha del navío y la conciencia, en el interior de cada uno, de gozar de sus últimos instantes de libertad. Los cuerpos no están aún comprometidos, la inquietud no tiene más que un objeto abstracto. Minutos extraños, durante los que las viejas potencias animales se apoderan de todo el barco. Embotamiento casi feliz, indolencia nerviosa. No ver todavía, conocer solamente las noticias, no ser aún invadido…

 

5 de julio

Las cinco

Se ha declarado en Hong Kong la huelga general.

 

Las cinco y media

El Gobierno proclama el estado de sitio.

 

Las nueve

En la ensenada de Hong Kong

Acabamos de sobrepasar el faro. Las tentativas de sueño se han abandonado; hombres y mujeres permanecen en el puente. Gaseosas, whiskies con soda. A ras del agua, series de bombillas eléctricas dibujan en líneas de puntos luminosos el contorno de los restaurantes chinos. Arriba, la masa del peñón famoso, potente, de un negro compacto en la base, asciende degradándose hacia el cielo y termina por redondear, entre las estrellas, su doble joroba asiática rodeada de una ligera bruma. No es una silueta, una superficie recortada de papel, sino algo sólido y profundo como una verdadera materia, como una tierra negra. Una línea de globos (¿una carretera?) ciñe la más alta de las dos jorobas, el Pico, como un collar. De las casas sólo se ve un semillero de luces increíblemente juntas, casi mezcladas por encima del perfil tembloroso de los restaurantes chinos y que se disgrega, como el negro de la roca, a medida que se eleva para perderse allá arriba entre las estrellas resplandecientes y grávidas. En la bahía, muy numerosos, duermen grandes paquebotes, iluminados, con sus hileras de ojos de buey, cuyos reflejos en zigzag se mezclan en el agua cálida con los de la ciudad. Todas estas luces en el mar y en el cielo de China hacen pensar, no en la fuerza de los blancos que las han creado, sino en un espectáculo polinesio, una de esas fiestas en que los pintados dioses son honrados mediante grandes sueltas de cucuyos lanzados en la noche de las islas, como semillas…

Vertical, una borrosa pantalla pasa ante nosotros, ocultándolo todo, sin otro sonido que el de una guitarra monocorde: vela de junco. El aire es tibio… ¡y tan calmado…!

El paisaje de puntos luminosos cesa de pronto de avanzar hacia nosotros. ¡Alto! Las anclas se hunden con un estrépito ensordecedor de hierros en movimiento. Mañana por la mañana, a las siete, subirá a bordo la policía. Prohibido desembarcar.

 

La mañana

Los marineros del paquebote transportan nuestro equipaje en la chalupa de la Compañía. Ni un solo culí ha venido a proponer sus servicios. Navegamos a ras del mar, apenas zarandeados por esta agua espesa de laguna. De repente, al doblar un pequeño cabo erizado de chimeneas y de señalizaciones, aparece el barrio comercial: altos edificios situados de perfil respecto al muelle, una franja de Hamburgo o de Londres aplastada por un cono de vegetación intensa y un cielo en el que el aire trasparente tiembla como si saliese de un horno. La chalupa atraca al desembarcadero de la estación, de donde hasta hace poco salía el ferrocarril hacia Cantón.

Los culíes siguen sin aparecer. Según se dice, la Compañía ha rogado a los grandes hoteles europeos que envíen personal… Nadie. Los pasajeros izan con grandes esfuerzos sus baúles, ayudados por los marineros.

Aquí está la calle principal. Límite entre el peñón y el mar, la ciudad, edificada sobre el uno, aferrada al otro, es un creciente en el que esta calle, cortada perpendicularmente por todas las rampas que desembocan en el muelle del Pico, dibuja en bajo relieve una gran palma. De ordinario, toda la actividad de la isla se concentra en ella. Hoy está desierta y silenciosa. De tarde en tarde, muy juntos y recelosos, dos voluntarios ingleses vestidos de boy-scouts se dirigen al mercado para distribuir las verduras o la carne. Ruido de chanclos en la lejanía. Ninguna mujer blanca. Ni un solo automóvil.

Llego ya a los almacenes chinos: joyerías, vendedores de jade, comercios de lujo; encuentro menos casas inglesas; y al trazar la calle un brusco recodo, dejo de verlas. El recodo es doble, y la calle aparece cerrada como un patio. Por todas partes, en todos los pisos, caracteres: negros, rojos, dorados, pintados en tabletas verticales o fijados sobre las puertas, enormes o minúsculos, a la altura de los ojos o suspendidos allá arriba, contra el rectángulo del cielo, me rodean como una bandada de insectos. Al fondo de grandes agujeros sombríos, limitados por tres paredes, los mercaderes, con grandes blusones, sentados en un mostrador, contemplan la calle. Tan pronto como aparezco, vuelven sus ojillos hacia los objetos colgados del techo desde hace milenios: jibias aporreadas, calamares, pescados, salchichas negras, patos barnizados con color de jamón, o hacia los sacos de grano y las cajas de huevos envueltos en tierra negra depositados en el suelo. Densos rayos de sol, delgados, cargados de un polvo leonado, caen sobre ellos. Si, tras haberlos rebasado, me doy la vuelta, encuentro su mirada que me sigue, calculadora, plena de odio.

Ante los Bancos chinos, coronados por rótulos dorados y cerrados con rejas, como prisiones o carnicerías, montan la guardia soldados ingleses; de cuando en cuando, oigo el choque de las culatas de sus carabinas contra el asfalto. Símbolo inútil: la tenacidad de los ingleses, que supo conquistar esta ciudad al peñón y a China, carece de fuerza contra la pasividad hostil de trescientos mil chinos resueltos a dejar de ser vencidos. Armas vanas… No es solamente la riqueza, es también el combate lo que se le escapa a Inglaterra.

 

* * *

Las cuatro. Siesta febril a causa del ventilador que casi no gira porque el funcionamiento de la central eléctrica sólo está asegurado parcialmente. Hace todavía muchísimo calor, y en las calles, del asfalto brillante y que refleja el cielo azul, un calor aún más fuerte que el de la atmósfera sube con el polvo. El subdelegado del Koumintang tiene que entregarme unos documentos. El delegado principal, un báltico, acaba de ser expulsado. Quizá vea al organizador europeo de la huelga, el alemán Klein.

Lo único que sé de ese subdelegado es que se llama Meunier, que fue obrero mecánico en París y sargento ametrallador durante la guerra. Su aspecto, en el umbral de su sencillísima casa colonial, al pie del Pico, me sorprende. Yo pensaba que sería bastante mayor; no representa más de treinta y cinco años. Es un muchacho afeitado, sólido, al que el labio superior muy próximo a la fina nariz, unos ojillos muy vivos y los revueltos mechones de pelo le dan vagamente el aire de un gracioso conejo; cordial, locuaz, visiblemente dichoso de hablar en francés, hundido en su sillón de rota, ante dos altos vasos de menta fresca recubiertos de vahó… Al cabo de diez minutos, está lanzado:

—¡Ay, chico, qué hermoso espectáculo! El dogo de la casa Old England, el auténtico, la personificación de Hong Kong, se pudre de pie, pasto ya de los gusanos. Has visto las calles, ¿no?, puesto que has llegado esta mañana. No es nada feo. Es bonito incluso. Pero eso no es nada, amigo, eso no es nada. Hay que verlo por dentro para encontrarlo verdaderamente hermoso.

—¿Y qué se ve por dentro?

—Bueno, un montón de cosas. Los precios, por ejemplo. Las casas que valían cinco mil dólares el año pasado, ahora, si se quiere venderlas, hay que pedir mil quinientos.

»La policía no cuenta más que un montón de patrañas. Como cuando hicieron correr el rumor de que habían pescado a Hong. ¡Ja, ja, ja!

—¿No era cierto?

—¡Qué va!

—Pues todo el mundo en Saigón creía…

Seguir: parte 2 de 2