Los conquistadores
Tercera parte. El hombre
TERCERA PARTE
EL HOMBRE
Los radios de Hong Kong aseguran al mundo entero que la ciudad ha recobrado su actividad. Pero añaden: Sólo los obreros del puerto no se han reincorporado todavía al trabajo. No se reincorporarán. El puerto sigue desierto; la ciudad se parece cada vez más a esa gran figura vacía y negra que se recortaba contra el cielo cuando yo la dejé. Hong Kong buscará muy pronto cuál es el trabajo que conviene a una isla aislada… Y su principal riqueza, el mercado del arroz, se le escapa. Los grandes productores se han puesto ya en contacto con Manila, con Saigón. «Si el Gobierno inglés no se decide a intervenir por las armas», escribe un miembro de la Cámara de Comercio en una carta que hemos interceptado, «Hong Kong será en un año el puerto más precario de Extremo Oriente…».
Las secciones de voluntarios recorren la ciudad. Muchos automóviles pertenecientes a negociantes han sido armados con ametralladoras. Esta noche, la central telefónica —no hay defensa posible sin teléfono— ha sido rodeada de barricadas hechas con alambre de púas. Se están construyendo otros atrincheramientos en torno a los depósitos, al palacio del gobernador y al arsenal. Y a pesar de la confianza que tiene en sus milicianos, la policía inglesa, cogida de improviso, envía correo tras correo, emisario tras emisario al general Cheng-tiung Ming, para apresurar su marcha contra Canton.
* * *
—¿Lo ves, mi querido amigo? —me dice Nicolaiev con su voz de sacerdote —. Garín haría mucho mejor en marcharse, mucho mejor… Myrov me ha hablado de él. Si se empeña en quedarse aún quince días, va a quedarse por mucho más tiempo del que desea… ¡Bah! No se está peor enterrado aquí que en cualquier otra parte…
—Él dice que no puede marcharse ahora.
—Sí, sí… Los enfermos no son raros por aquí… Con nuestra forma de vida, nunca se escapa por completo a los trópicos…
Señala su vientre, sonriendo:
—Yo sigo prefiriendo esto… Además, cuando lo que cuenta para él no está en juego, Garín es un poco abúlico… Como todo el mundo…
—¿Y tú crees que la vida no cuenta para él?
—No mucho, no mucho…
* * *
El informe de uno de los boys de Cheng-dai, un confidente, acaba de llegar.
Cheng-dai sabe que los terroristas quieren asesinarle. Le han aconsejado que huya: se ha negado. Pero el confidente le ha oído decirle a un amigo: «Si mi vida no es lo bastante fuerte para detenerles, tal vez mi muerte lo sea…». No se trata ya esta vez de asesinato, sino de suicidio. Si Cheng-dai se matase en aras… de la causa, daría a esta causa una fuerza contra la cual resultaría difícil luchar. «Es muy capaz de hacerlo», dice Nicolaiev. No obstante, la inquietud pesa sobre la policía…
* * *
Garín acaba de salir del hospital. Myrov o el médico chino vendrán a ponerle una inyección todas las mañanas.
* * *
Al día siguiente
No es solamente Cheng-dai quien inquieta a Nicolaiev: Cheng-tiung Ming ha tomado ayer Chowtchow y avanza sobre Cantón tras haber vencido a las tropas cantonesas. Borodín no concede ningún valor a estas tropas, compuestas de antiguos mercenarios de Sun-yat Sen; las considera incapaces de combatir cuando no están encuadradas por el ejército rojo y los cadetes. Pero los cadetes, a las órdenes de Chang-kai Chek, permanecen en Wampoa; el ejército rojo, a las órdenes de Gallen, no deja sus acantonamientos. Sólo las secciones de Propaganda, que pueden preparar la victoria, pero no obtenerla, dejarán la ciudad mañana.
—Que el Comité de los siete decida —dice Garín—: o el ejército rojo y el decreto, o Cheng-tiung Ming. Y para ellos, Cheng-tiung Ming significa el pelotón de ejecución. ¡A su elección!
* * *
Por la noche
Las once de la noche, en casa de Garín. Klein y yo esperamos su regreso cerca de la ventana. En una mesita al lado de Klein, una botella de aguardiente de arroz y un vaso. Un ordenanza de la policía ha traído el cartel azul que se encuentra, mal envuelto, sobre la mesa, de la que los boys han olvidado retirar los cubiertos. Se están fijando carteles iguales por toda la ciudad.
Es el fragmento final del testamento de Cheng-dai:
Yo, Cheng-dai, me doy voluntariamente la muerte, a fin de convencer a mis compatriotas de que nuestro mayor bien, LA PAZ, no debe ser dilapidado en el extravío en que malos consejeros se disponen a hundir al pueblo chino…
Estos carteles, que pueden por sí solos perjudicarnos más que toda la predicación de Cheng-dai, ¿quién los está haciendo fijar a estas horas?
¿Se ha matado? ¿Ha sido asesinado?
Garín ha ido a la policía y a casa de Borodín. Ha pedido primero la confirmación de la muerte de Cheng-dai, pero tuvo que salir sin esperar la respuesta, de la que habrá encontrado sin duda un duplicado en la policía. Acaban de traérnosla: Cheng-dai ha muerto de una cuchillada en el pecho. Esperamos impacientes, dándonos puñetazos en los muslos a la menor picadura de mosquito. Oigo la voz de Klein, débil y lejana, como a través de una fuerte fiebre:
—Yo sé lo que es eso. Y digo que no es posible…
Acabo de decir que ese suicidio me parece verosímil, y Klein protesta, con una inexplicable vehemencia que se esfuerza por dominar. Siempre he encontrado algo extraño en este hombre, cuyo aspecto de boxeador militar esconde una gran cultura. Garín, que siente por él una profunda amistad, me dijo cuando le interrogué una frase que ya me había dicho Gérard: «Aquí ocurre un poco como en la Legión, y yo no sé de su vida pasada más de lo que sabe todo el mundo». Esta noche, con sus anchos brazos apoyados en el sillón con la fuerza de una estatua, le cuesta trabajo expresar lo que quiere decir, y esta dificultad no se debe al hecho de que hable en francés. Con los ojos cerrados, acompaña sus frases de un movimiento hacia adelante del busto, como si luchase contra las palabras. Está ebrio, con una ebriedad lúcida — músculos y pensamientos en tensión— que comunica a su voz un timbre ardiente y duro.
—No es po-si-ble.
Le miro, obsesionado por una canción creada por el zumbido del ventilador…
—Tú no puedes saber… Es… No puede decirse. Hay que conocer a alguien que lo haya intentado. Es largo. Primero uno se dice: en una hora — en media hora— estaré tranquilo. Después se piensa: ya está, hay que hacerlo ahora. Y se queda uno blandamente atontado, se mira la luz. Y uno está contento porque mira la luz, sonríe como un idiota y sabe que ya no piensa en eso… Demasiado pronto… Pero aún así… Y después, la cosa recomienza. Y en ese momento la idea es más fuerte que uno mismo. No el gesto, la idea. Uno se dice: «Ach! ¿Por qué toda esta historia?».
Pregunto al azar:
—¿Tú crees que se le vuelve a tomar gusto a la vida?
—¡La vida, la muerte! Ya no se sabe lo que es. Sólo que hay que ejecutar ese gesto. Yo tenía los codos apretados contra los costados, las dos manos apoyadas en el mango del cuchillo. No había más que hundirlo. No… Tú no puedes imaginártelo; me hubiera encogido de hombros… ¡Idiota, todo aquello era idiota! Incluso se me habían olvidado mis motivos. Tenía que hacerlo porque tenía que hacerlo, eso era todo… Entonces me sentí estupefacto. Avergonzado sobre todo, avergonzado. Me encontraba a mí mismo tan repugnante que ya sólo serviría para arrojarme al canal. Es idiota, ¿eh? Sí, idiota. La cosa duró mucho tiempo… Fue el día lo que puso punto final a todo. No se puede matar uno de día. Matarse pensando en ello, quiero decir. De un golpe, así, sin prestar atención, puede ser… Pero no…
»Tardé tiempo en recuperarme…
Se ríe, y su risa es tan falsa que me acerco a la ventana, como para ver si llega Garín. Oigo, a pesar del ventilador, cómo sus uñas tamborilean sobre el mimbre del sillón. Hablaba para sí mismo… Pesadamente, pensando disipar su malestar al insistir, demostrándome que juzga todo aquello lúcidamente, continúa:
—Es difícil… para los que hacen eso porque están hartos, hay medios de conseguirlo sin darse demasiada cuenta… Pero Cheng-dai se mata por algo que aprecia, ¿comprendes?, por algo que aprecia más que ninguna otra cosa. Más. Si triunfa, será el gesto más noble de su vida, sí. Por eso no puede emplear tales medios. No es posible. Ya no valdría la pena…
—El ejemplo sería el mismo…
—¿Lo ves? ¡No puedes entenderlo…! Hablas de un ejemplo. ¡Qué difícil es! Es un poco como los japoneses, ¿comprendes? Cheng-dai no hace eso por seguir siendo digno de sí mismo. Ni por vivir… mutig… ¿cómo se dice en francés?… heroicamente, sí. Él, Cheng, lo hace por seguir siendo digno de lo que… de su misión. Por eso no puede, piénsalo… matarse por sorpresa…
»Y sin embargo…
Pero se calla de súbito y escucha.
Un coche que se detiene, el murmullo de una voz: «Te espero a las seis». El coche arranca.
Garín.
—Klein, Borodín te espera. —Se vuelve hacia mí—: Subamos. —Y apenas sentados—: ¿Qué te estaba contando?
—Que es imposible que Cheng se haya matado.
—Sí, lo sé. Siempre decía que jamás podría hacernos esa faena. Ya veremos.
—¿Qué piensas tú?
—Nada claro aún.
—¿Y él?
—¿Quién? ¿Borodín? No. No tienes razón de sonreír. Nosotros no estamos metidos en el ajo, estoy seguro. Ni siquiera secundariamente, ni siquiera accidentalmente. Él está tan estupefacto como yo.
—Pero… ¿Y las confidencias hechas a Hong?
—¡Ah! Ésa es otra cuestión. De acuerdo con el primer informe, no hay ninguna certeza de que Hong esté mezclado en el asunto: la guardia militar no ha abandonado la vigilancia y no ha entrado nadie. Pero poco importa. Tenemos muchas otras cosas de que ocuparnos. En primer lugar los carteles. Anota y traduce esto:
«No olvidemos jamás que un hombre respetado en toda China, Cheng-dai, ha sido asesinado ayer cobardemente por los agentes de nuestros enemigos.
»Y para otro cartel que habrá que fijar AL LADO:
»¡Vergüenza para Inglaterra, vergüenza para los asesinos de Shanghai y Cantón!
»Pon en una esquina del segundo, en caracteres pequeños, 20 de mayo-25 de junio (la historia de Shanghai y la de Shameen).
»Bueno. Se entenderá. Ahora el comunicado a las secciones: Cheng-dai no se suicidó; ha sido asesinado por los agentes ingleses. Nada impedirá al Departamento político el hacer justicia.
»Florido, pero breve.
—¿Abandonas a los terroristas?
—Hong Kong en primer lugar. ¡Es un golpe como para lograr el decreto!
Se sienta. Mientras traduzco, dibuja pájaros fantásticos en el secante, se levanta, pasea de un lado a otro, vuelve a la mesa, empieza de nuevo a dibujar, abandona una vez más el lápiz, examina con atención su revólver y por último reflexiona, con la barbilla apoyada en las manos. Le entrego las dos traducciones.
—¿Estás completamente seguro de los dos textos?
—Completamente seguro. Dime, ¿no te importaría explicarme para qué van a servirte?
—La cosa está bien clara.
—No demasiado.
—Esto se fija en las paredes, figúrate.
Le miro atónito.
—¡Pero, vamos, antes de que tu cartel esté impreso, todos los chinos habrán leído el otro!
—No.
—¿Vas a hacer arrancarlos? Llevaría mucho tiempo…
—¡No! Haré que los recubran. Las tropas que nos siguen serán empleadas de diversas formas y no llegarán a la ciudad antes de las doce. A las cinco, los irregulares circularán disparando sus fusiles. La policía está prevenida. Los burgueses no se atreverán a salir en varias horas. Los otros no saben leer. Además, la mayoría de esos carteles estarán recubiertos antes de las tres. Mañana —mejor dicho, hoy; ya es la una—, a las ocho, habrá cinco mil de los nuestros en las paredes. Imprimiremos cien mil en forma de mariposas. De veinte a cincuenta carteles que podamos olvidarnos de recubrir no podrán nada contra esto, máxime cuando no serán conocidos antes que los nuestros.
—¿Y si aprovechan esta muerte para intentar algo?
—No tienen nada que hacer. Es demasiado pronto; casi no tienen tropas; no se atreverán. En cuanto al pueblo, aun suponiendo que no nos crea sin reservas, vacilará. No se hace un movimiento popular con gente vacilante. No, todo está bien.
—Si no se ha suicidado…
—¡Si se hubiera suicidado, tendríamos otras muchas cosas en contra nuestra!
—… habrá que admitir que son los que se benefician del cartel azul los que «lo han suicidado»…
—Los que han hecho ese cartel están en la misma posición que nosotros. Han recibido sus informaciones antes, eso es todo. Y las han utilizado lo más rápidamente posible. Nosotros también hacemos carteles. ¡Ah! Pronto sabremos a qué atenernos. Por el momento hay que atender a lo más urgente. Puede muy bien suceder que esta muerte sea un buen negocio…
Bajamos casi corriendo.
—¿Y Borodín?
—Le he visto de paso. Enfermo. A todos nos toca la vez. Me pregunto si no habrán intentado envenenarle. Sus boys son seguros, y además…
La frase se corta en seco. Al descender demasiado deprisa, ha fallado un escalón, pero ha logrado asirse justo a tiempo a los barrotes de la barandilla. Se detiene un segundo, recobra la respiración, se echa el pelo hacia atrás y vuelve a bajar tan deprisa como antes de su caída, hablando:
—Y además, están vigilados…
El automóvil.
—A la imprenta.
Dejamos los revólveres sobre la banqueta, al alcance de la mano. La ciudad parece muy en calma… Apenas nuestra carrera nos permite distinguir, como rayas, las luces eléctricas que rebasamos y, más lelos, los tenderetes cerrados mediante planchas mal unidas que dejan filtrar una débil claridad. No hay luna, no se ven casas recortadas. La vida está pegada al suelo: quinqués, vendedores ambulantes, figones, lámparas con la llama recta en la noche cálida y sin viento, sombras rápidas, siluetas inmóviles, fonógrafos, fonógrafos… No obstante, a lo lejos, disparos de fusil.
Llegamos a la imprenta. Nuestra imprenta. Un largo cobertizo… En el interior, la luz es tan intensa que al principio nos vemos forzados a cerrar los ojos. Los obreros que trabajan aquí son todos del partido, y escogidos; sin embargo, esta noche las puertas están guardadas militarmente. Los soldados esperaban nuestra llegada. Un teniente muy joven —un cadete— se acerca a recibir órdenes de Garín. «No dejar entrar ni salir a nadie». Se ha suspendido el trabajo en curso. Tiendo las dos traducciones al director de la imprenta — un chino—, que las corta cuidadosamente en tiras verticales y da una línea a cada cajista.
—Corrige —me dice Garín— y tráeme la primera hoja impresa. Estaré en la policía. Si no, me esperas allí. Te enviaré un coche.
Rápidamente se componen los dos textos. El director vuelve a pegar las líneas una al lado de otra y me pasa la galerada; ninguno de los obreros conoce el sentido del cartel que ha contribuido a imprimir.
Se detienen dos máquinas y los impresores esperan las formas que vamos a llevarles. Pocas faltas. Dos minutos más para las correcciones. Y se colocan las formas en las máquinas, ajustadas a la vez con las manos y los pies desnudos.
Tomo la primera hoja impresa y me voy.
Un auto me está esperando, que me lleva a toda velocidad a la policía. A lo lejos, algunos disparos. Un cadete me acoge en la puerta y me conduce al despacho donde me aguarda Garín a través de corredores desiertos (iluminados por bombillas alejadas unas de otras, rodeadas de halos) y donde el eco de los pasos toma la amplitud y la nitidez de los sonidos nocturnos. Comienzo a experimentar una fatiga difusa entremezclada de exaltación y a sentir en la garganta el sabor de las noches en blanco: fiebre y alcohol…
Un gran despacho bien iluminado. Garín se pasea por él de un lado al otro, con el rostro extenuado, las manos en los bolsillos. Contra la pared, una cama de campaña china de madera contorneada en la que está acostado Nicolaiev.
—¿Y bien?
Le tiendo el cartel.
—Ten cuidado, la tinta está húmeda todavía. Yo ya me he manchado las manos.
Se encoge de hombros, despliega el cartel, lo mira y mete los labios hacia adentro, como si se los royese. (No conoce el cantonés ni los caracteres o, más bien, conoce muy mal tanto el uno como los otros y eso le exaspera; ya no tiene tiempo de aprenderlos):
—¿Estás seguro de que está bien?
—Puedes estar tranquilo. Dime, ¿sabías que se está empezando a luchar en las calles?
—¿A luchar?
—Bueno, en realidad no sé, pero he oído disparos al venir.
—¿Los tiros eran nutridos?
—¡Oh, no! Espaciados.
—Bueno. Entonces está bien. Son nuestros hombres que comienzan a cargarse a los que fijan los carteles azules.
Se vuelve hacia Nicolaiev, que está echado de lado, con la cabeza apoyada en el codo.
—Continuemos. ¿Conoces entre los suyos a algún tipo que no sea muy valiente pero que pueda saber algo?
—Me parece que comprendo lo que entiendes por un tipo no muy valiente…
—Sí.
—En mi opinión, ningún hombre es muy valiente en esas condiciones.
—Sí.
Garín tiene los brazos cruzados, los ojos cerrados. Nicolaiev le mira de una manera singular, casi con odio…
—Sí. Hong no hablará.
—Se puede intentar…
—¡Inútil!
—Tienes buenos sentimientos para tus antiguos amigos. Eso está bien. Como quieras…
Garín se encoge de hombros.
—¿Sí o no?
El otro se calla. Esperamos.
—Ling quizá…
—¡Ah, no! ¡Nada de quizás, eh!
—Pero si eres tú el que me obligas a decir quizá… Yo te digo que no hay la menor duda. Cuando uno ha visto a los tipos buscar a sus padres o a sus mujeres entre los paquetes, las noches de dificultades, cuando uno ha visto a los chinos interrogar a los prisioneros, sabe a qué atenerse…
—¿Ling es jefe de sindicato?
—Sindicato de culíes del puerto.
—En tu opinión, ¿está bien informado?
—Eso ya se verá… En fin, en mi opinión, sí.
—Bien. Entendido.
Nicolaiev se estira, se apoya en el brazo del sillón y se levanta, no sin esfuerzo.
—Creo que le tendremos mañana…
Y sonriendo a medias, en una actitud singular de deferencia e ironía:
—¿Y bien? ¿Qué se hace?
Garín responde con un gesto: «¿A mí qué me preguntas?». Una ligera expresión de desprecio pasa por el rostro de Nicolaiev. Garín le mira, con la mandíbula proyectada hacia adelante, y dice:
—El incienso. [6]
El obeso cierra los ojos en señal de asentimiento, enciende un cigarrillo y se va pesadamente.
Al día siguiente
Dejo mi coche ante el mercado, cuyos largos edificios orlan el cielo precioso con rayas de yeso, rugosas en la fluidez de la luz. Todos los tenderetes en que se venden bebidas están invadidos por hombres vestidos de lienzo pardo o azul como los obreros del puerto. Tan pronto como el auto se detiene, se alzan gritos, largos, sostenidos, llevados por este aire transparente como el de un río. Y los hombres dejan los tenderetes rápidamente, hurgando en sus bolsillos para guardar en ellos el cambio de la moneda que acaban de sacar, apresurados, empujándose. Montan uno por uno en los autobuses y los camiones requisados que los esperan al final del muro blanco. Los jefes pasan lista una vez más: algunos hombres están ausentes. Pero llegan corriendo, gritando ellos también, sujetando entre los dientes cortos embutidos, ciñéndose el pantalón… Y uno a uno, pesadamente, con un lento estrépito, los camiones se ponen en marcha.
La segunda sección de Propaganda, precediendo al ejército rojo, se va.
Nuestros carteles aparecen fijados en todos los muros. El falso testamento de Cheng-dai —recubierto abora en todas partes—, impreso con la esperanza de un levantamiento popular, pero sin preparación, llega demasiado tarde; no parece que se prepare una insurrección. ¿La derrota de Tang ha sido una lección? ¿El temor de la llegada de Cheng-tiung Ming a Cantón actúa contra toda nueva tentativa de rebelión?
Los cadetes recorren la ciudad.
Durante toda la mañana, los agentes se suceden ante Garín, cuyo rostro ha sido excavado aún más por esta noche en blanco. Desplomado sobre la mesa, con la cabeza apoyada en la mano izquierda, dicta o da órdenes, al límite de sus nervios. Ha hecho imprimir nuevos carteles: El fin de Hong Kong. Según dicen, los ingleses han abandonado en gran número la ciudad, los Bancos han anunciado el cierre definitivo de sus agencias. (Es falso: los Bancos, obedeciendo a las órdenes de Londres, continúan ayudando en la medida en que pueden —no sin refunfuñar— a las empresas inglesas). Pero, de otra parte, a fin de obligar al Comité de los siete a seguirle, Garín hace anunciar por sus agitadores que Chowtchow ha caído y que el ejército rojo, el único al que el pueblo se siente vinculado, no está aún en disposición de combate.
A las doce, las ediciones especiales de los periódicos, carteles y anchas pantallas de calicó paseadas a través de la ciudad anuncian que los comerciantes e industriales de Hong Kong (casi toda la población europea), reunidos ayer en el Gran Teatro, han telegrafiado al rey para pedir el envío a China de tropas inglesas. Esto es exacto.
Borodín ha declarado ante el Comité que no se oponía a la promulgación de los decretos propuestos por Cheng-dai contra los terroristas, y esos decretos se aplicarán a partir del día de hoy. Pero nuestros confidentes afirman que no se celebrará ninguna reunión anarquista. Ling no ha sido aún arrestado; en cuanto a Hong, ha desaparecido. Los terroristas han decidido no intervenir si no es por «la acción directa»… es decir, mediante ejecuciones.
Más tarde
Cheng-tiung Ming prosigue su avance.
En Hong Kong, los partes anuncian en titulares enormes: «La derrota del ejército cantonés». En el vestíbulo de los hoteles y ante las agencias, los ingleses esperan ansiosamente las noticias de la guerra; pero en el puerto, rayado solamente por la estela de lentos juncos, los paquebotes continúan inmóviles, como si se hundiesen poco a poco en el agua, restos de naufragio.
Aquí, la ansiedad de los chinos en el poder es extrema. La entrada de Cheng en Cantón significa para ellos el suplicio o la ejecución en la esquina de una calle, por esos pelotones cuyos apresurados oficiales no tienen tiempo siquiera de comprobar la identidad de los fusilados. La idea de la muerte está en las conversaciones, en los ojos, en el aire, constante, presente como la luz…
Garín prepara el discurso que pronunciará mañana en los funerales de Cheng-dai.
Al día siguiente, a las once
Un fragor lejano de tambores y de gongos que atraviesan sones de violín monocorde y de flauta, modulados y súbitamente chillones, después templados; sones de cornamusa, finos, lineales pese a las notas agudas, en medio de un rumor a la vez restallante y sordo de chanclos y palabras rimadas por los gongos. Me inclino sobre la ventana: el cortejo no pasa ante mí, sino al final de la calle. Un torbellino de niños que corren mirando hacia atrás, con el cuello torcido, como patos, una nube de polvo sin contornos que avanza, una masa indistinta de cuerpos vestidos de blanco, en la que parecen prendidas oriflamas de seda carmesí, púrpura, cereza, rosa, granate, bermellón, carmín; todos los tonos del rojo. La muchedumbre forma una barrera, y no veo más que a ella; el cortejo queda oculto… No por completo: pasan dos grandes mástiles sosteniendo una banderola de calicó blanco, oscilantes como mástiles de navíos y acompañando al inclinarse los siniestros golpes de las grandes cajas, que dominan todos los gritos. Distingo los caracteres que cubren la banderola: «¡Mueran los ingleses…!». Después, nada más que la barrera al final de la calle, el polvo que se eleva lentamente y la música martilleada por los gongos. Llegan ahora las ofrendas: frutos, enormes naturalezas muertas tropicales, coronadas por letreros cubiertos de caracteres; también ellas oscilan, se balancean, portadas por hombres, como si estuviesen a punto de caer; y el catafalco pasa, tradicional, larga pagoda de madera esculpida rojo y oro, izado sobre los hombros de treinta portadores muy altos, cuyas cabezas entreveo y de los que imagino la marcha rápida, la claudicación, las piernas lanzadas en un mismo impulso, todas a la vez, con ese movimiento común que hace cabecear y deslizarse como un navío, lentamente, la enorme masa rojo oscuro. ¿Y qué es eso que la sigue…? Parece una casa de calicó… Sí, es una casa de tela tensada sobre un armazón de bambúes, llevada también por hombres y que avanza a sacudidas… Rápidamente paso a la pieza contigua y saco del cajón de Garín sus gemelos. Vuelvo: la casa está todavía ahí. En las paredes aparecen pintadas grandes figuras: Cheng-dai yace, muerto, bajo un soldado inglés que lo atraviesa con una bayoneta. La pintura está rodeada de una leyenda en caracteres bermellón: «¡Mueran los canallas ingleses!», acierto a leer en el mismo instante en que el extraño símbolo desaparece, oculto por la esquina de la calle como por un bastidor de teatro. Ahora ya no veo más que innumerables pequeñas pancartas, que siguen a la casa de tela como pájaros a un navío y proclaman, también ellas, el odio a Inglaterra… Luego, farolillos, bastones, cascos enarbolados; luego, nada más… Y la barrera de hombres que cerraba la calle se disgrega, mientras el son de los tambores y los gongos se aleja y el polvo asciende con lentitud para ir a perderse en la luz.
Unas horas más tarde, mucho antes del regreso de Garín, algunas frases de su discurso comienzan a zumbar, de secretario en secretario, por los despachos de Propaganda. Obligado, como Borodín, a hablar en público por mediación de un intérprete chino, Garín se expresa con frases cortas, con fórmulas. Hoy escucho, al azar de los despachos y las horas: «Hong Kong, que ostenta frente a nuestra hambre su riqueza mal adquirida de guardián de prisión… Hong Kong, carcelero… Frente a los que hablan, los que actúan; frente a los que protestan, los que echan de Hong Kong a los ingleses, como ratas… Como el hombre honrado que corta de un hachazo la mano del ladrón que intenta abrir su ventana, tendréis mañana la mano cortada del imperialismo inglés, el arruinado Hong Kong…».
Una turbamulta de obreros pasa por la calle; izan banderas en las que leo: «¡Viva el ejército rojo!». Se dirigen ante las ventanas de la sala donde celebra sesión el Comité de los siete. Tan pronto próximos como alejados, como un rebaño cuyos miembros se separan y vuelven a agruparse, los gritos: «¡Viva el ejército rojo!», solitarios, separados o unidos en un clamor, llenan la calle. China entra, se me impone con esos gritos, esa China donde los impulsos de un idealismo salvaje vienen a recubrir una bellaquería prudente y baja, como, en el olor que entra con la agitación de la ciudad por mis ventanas abiertas, el olor de la pimienta domina sobre el de la descomposición. Frente al «¡Viva el ejército rojo!» y a Cheng-dai sepultado bajo sus pompas fúnebres, sube de mis expedientes un tropel de ambiciones rapaces, de voluntades de consideración, un mundo de agencias electorales, de sospechosos donativos al partido, de concusiones, de proposiciones relativas a la venta del opio, de compras más o menos disfrazadas de funciones, de francos chantajes; un mundo que vive de los principios San Min, como hubiese vivido del mandarinado. Una parte de esa burguesía china de la que hablan con tanto odio los revolucionarios se encuentra a su lado, instalada en la Revolución. «Hay que pasar a través de eso», me dijo un día Garín, «como un puntapié bien dirigido a través de un montón de basura…».
Al día siguiente
No hay noticias de los terroristas: Ling, el hombre de que habló Nicolaiev, continúa en libertad. Después del nombramiento de Borodín (que, aún enfermo, no sale de su casa), seis de los nuestros han sido asesinados.
Y Hong Kong se defiende. El gobernador ha solicitado ayuda a Japón e Indochina francesa; en unos días, culíes procedentes de Yokohama y Haifong vendrán a reemplazar a los huelguistas. Es preciso que esos culíes enviados costosamente se encuentren en Hong Kong frente a montañas de arroz sin compradores, frente a casas de comercio sin esperanzas. «Cantón es la llave con que los ingleses abrieron las puertas de China del Sur», dijo ayer Garín en su discurso. «Es necesario que esta llave cierre a tope y que ya no abra más. Es necesario que se promulgue la prohibición a los navíos que hagan escala en Hong Kong de fondear en Cantón…». Ya en el espíritu de los extranjeros, Hong Kong, puerto inglés, territorio de la Corona, se convierte en un puerto chino siempre agitado, y los barcos extranjeros empiezan a olvidarlo…
Los correos y los grandes buques de carga sólo penetran ya en la bahía de Hong Kong para permanecer unas horas; descargan su flete en Shanghai, donde, por mediación de agentes chinos, los ingleses se esfuerzan por crear en la ciudad indígena una nueva organización susceptible de hacer penetrar en el interior las mercancías pedidas a Inglaterra por las sociedades de Hong Kong; la misma tentativa que fracasó en Suateú.
* * *
El Comité de los siete acaba de efectuar una nueva gestión para pedir la entrada en campaña del ejército rojo y la detención de los principales terroristas. El delegado del Comité afirma que el decreto exigido por Garín será firmado antes de tres días… Durante todo el día, una turba amenazadora (y muy bien organizada), aclamando al ejército rojo, ha rodeado el inmueble donde celebra su sesión el Comité.
Al día siguiente
Ling ha sido detenido ayer; recibiremos sin duda esta tarde las informaciones que esperamos de él. En la inquietud causada por el avance de las tropas enemigas, los despachos de Propaganda trabajan con febril actividad. Se ha instruido con precisión a los agentes que preceden al ejército: Garín ha dado personalmente las indicaciones a sus jefes. Los he visto pasar por el pasillo, unos tras otros, sonrientes… Hemos renunciado al empleo de octavillas; el gran número de agentes de que disponemos nos permite sustituir todos los tipos de propaganda por el oral, el más peligroso, el que cuesta más hombres, pero el más seguro. Liao-chung Hoi, el comisario de Hacienda del Gobierno (al que los terroristas quieren asesinar), ha logrado, gracias a un nuevo sistema de percepción de impuestos, establecido por técnicos de la Internacional, recuperar cantidades importantes, y los fondos de Propaganda son de nuevo suficientes. En unas semanas, los servicios de abastecimiento del enemigo y toda su administración estarán desorganizados; y es difícil obligar a los mercenarios a combatir sin sueldo. Además, un centenar de hombres, de los que responden sus jefes, se harán alistar por Cheng-tiung Ming, a sabiendas de que se arriesgan a ser fusilados no sólo por él, como traidores, sino también por los nuestros, como enemigos. Anteayer, tres de nuestros agentes, descubiertos, han muerto estrangulados tras haber sido torturados durante más de una hora.
Los jefes de las secciones de Propaganda en el ejército de Cheng han salido entre dos hileras de puertas entreabiertas: los jóvenes chinos con chaquetas entalladas y anchos pantalones, a los que no les gusta alimentarse con los platos nacionales y que hablan preferentemente en inglés, los que vuelven de las universidades de América y los que vuelven de las universidades rusas, los «afectados» y los «osos leninistas» ven pasar, con una condescendencia desdeñosa, a los agentes que marchan para alistarse en las tropas enemigas.
* * *
A cada cual su turno.
Noticias de Shanghai:
Siguiendo las directivas del Kuomintang, la Cámara de Comercio china decreta la confiscación de las mercancías británicas que se encuentran en manos de los chinos. Prohíbe, a partir del 30 de junio y durante el plazo de un año, la compra de toda mercancía inglesa, el transporte de toda mercancía por un navío inglés.
Los periódicos de Shanghai declaran que el tráfico británico se reducirá en un ochenta por ciento.
Dicho tráfico (dejando aparte Hong Kong) se evaluó el año pasado en veinte millones de libras.
Hong Kong sólo puede contar ya con el ejército de Cheng-tiung Ming.
Nicolaiev ha recibido las palabras siguientes, escritas en mayúsculas: «SI LING NO ESTÁ EN LIBERTAD MAÑANA, LOS REHENES SERÁN EJECUTADOS». ¿Están verdaderamente en posesión de rehenes los terroristas? Nicolaiev no lo cree así. Pero muchos de los nuestros se encuentran en misión y carecemos de todo medio de control.
Las seis
Un ordenanza de la prisión trae a Garín unos papeles: el interrogatorio de Ling.
—¿Ha hablado?
—Uno más que da la razón a Nicolaiev —responde Garín—. ¡Ah! No hay muchos hombres que resistan al sufrimiento…
—Y… ¿ha sido largo?
—¡Imagínalo!
—¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué diablos quieres que hagamos? No se puede poner en libertad a un jefe terrorista.
—¿Entonces?
—Las prisiones están llenas, claro está… Y, en fin, será juzgado por un tribunal especial. Sí, todo se sabe, como dice Nicolaiev: primero, dónde está Hong; segundo, que efectivamente han matado a Cheng-dai por orden suya. El asesino es uno de los boys.
—Pero ¿no teníamos confidentes en el interior?
—Uno solo: ese boy, confidente doble. Nos ha engañado, pero no por mucho tiempo. Lo hemos cogido ya, naturalmente. Un poco más tarde nos servirá para un proceso, si ha lugar…
—Un poco peligroso, ¿no?
—Si Nicolaiev le suprime la droga durante unos días y le promete que no será ejecutado, hablará como nos convenga…
—Pero dime, ¿queda todavía alguien que confíe en las promesas de ese tipo?
—La supresión del opio bastará…
Se detiene, se encoge lentamente de hombros.
—Es terriblemente sencillo, un hombre que va a morir…
Y unos minutos más tarde, como si prosiguiese su pensamiento:
—Además, casi todas mis promesas han sido mantenidas…
—Pero ¿cómo quieres que distingan…?
—¿Y qué quieres que le haga yo?
8 de agosto
Hong ha sido detenido ayer por la noche.
* * *
En Hong Kong, los ingleses reúnen poco a poco a los obreros que van a restablecer el trabajo del puerto. Cuando dispongan de un número suficiente de esos hombres —annamitas y japoneses—, que por el momento esperan en campamentos de barracas las órdenes del gobernador, reorganizarán sus servicios, y la actividad de la ciudad renacerá de repente. Que nuestra acción se debilite, y toda, una ciudad de barcos cargados de mercancías volverá a emprender el camino de Cantón, y la potente armazón de la isla recobrará la vida que la ha abandonado… A menos que se firme el decreto que esperamos. Pero ese decreto significa el reconocimiento de la guerra de los sindicatos, significa la afirmación de la voluntad del propio Gobierno cantonés… y del poder de la Internacional en China…
Al día siguiente
Garín está sentado detrás de la mesa de su despacho, muy cansado, con la espalda encorvada, la barbilla entre las manos, y los codos, como de costumbre, apoyados sobre los papeles, que se ahuecan. Su cinturón yace extendido sobre una silla. Al oír pasos, abre los ojos, se aparta lentamente el pelo que le cuelga y levanta la cabeza. Hong entra, seguido por dos soldados. No se ha dejado arrestar sin lucha: huellas de golpes señalan su rostro, donde brillan, doloridos, sus ojillos de asiático. Tan pronto como entra en la habitación, se para, con los brazos tras la espalda, las piernas separadas.
Garín le mira y, atontado por la fiebre, espera. Su cuerpo se ha desplomado completamente. Su extenuada cabeza deriva lentamente de derecha a izquierda, como si fuese a dormirse… De pronto, respira profundamente; se ha repuesto. Se encoge de hombros. Hong, que en ese mismo momento alza los ojos, con las cejas fruncidas, le ve, escapa por un instante a los soldados y cae, detenido por un culatazo. Había visto el revólver de Garín en su funda, sobre la silla, y se echaba encima.
Se levanta.
—Ya está bien —dice Garín en francés. Y en cantonés—: Lleváoslo.
Los soldados se lo llevan.
Silencio.
—Garín, ¿quién va a juzgarle?
—… Cuando le he visto ahí, he estado a punto de levantarme y decirle: «Y ahora, ¿qué?», como a un niño al que se le gasta una broma. Por eso me encogí de hombros, y él creyó que me burlaba de él… Uno más… ¡Idioteces!
Después, como si oyese de repente la pregunta que acabo de hacerle, añade en un tono más rápido:
—Todavía no se le va a juzgar.
Al día siguiente
Garín procede a entregar a un fabricante de relojes fotografías de Cheng-dai y Sun-yat Sen, adornadas con inscripciones antiinglesas… modelos para las cajas. Un ordenanza trae un pliego sellado.
—¿Quién ha traído esto?
—Permanencia de actividades marítimas, comisario.
—El portador ¿está todavía aquí?
—Sí, comisario.
—Hazle entrar. ¡Vamos! ¡Inmediatamente!
Entra un culí, ajustándose bien al brazo el brazalete del sindicato de actividades marítimas.
—¿Eres tú quien ha traído esto?
—Sí, comisario.
—¿Dónde están los cuerpos?
—En la permanencia, comisario.
Garín me pasa el pliego abierto: se ha encontrado el cuerpo de Klein y de tres chinos asesinados en una casa de prostitución, a orillas del río. Los rehenes…
—¿Dónde están sus cosas?
—No lo sé, comisario.
—Pero, bueno, ¿no les han vaciado los bolsillos?
—No, comisario.
Garín se levanta en el acto, coge su casco y me hace seña de seguirle. El culí sube al lado del chófer y arrancamos.
En el coche:
—Dime, Garin, Klein vivía aquí con una blanca, ¿no?
—¡Y qué!
Los cuerpos no están en el servicio de la permanencia, sino en la sala de reuniones. Un chino vigila la puerta, sentado en el suelo; cerca de él, un perro de gran tamaño, que quiere entrar; cada vez que el perro se acerca, el chino alarga una pierna y le da un puntapié. El perro salta y se aparta, sin aullar; después vuelve a la carga. El chino nos mira aproximarnos. Cuando llegamos ante él, apoya la cabeza contra la pared, cierra a medias los ojos y empuja la puerta con la mano, sin levantarse. A cierta distancia, el perro gira en torno a él.
Entramos. Taller desierto, con el suelo de tierra batida y montones de polvo en los rincones. Aunque tamizada por las cristaleras azules del techo, la luz es resplandeciente, y cuando levanto los ojos, veo los cuatro cuerpos, de pie. Yo los buscaba en el suelo. Están ya rígidos, y los han adosado a la pared, como estacas. Al principio me quedo sobrecogido y casi aturdido. En esos cuerpos en pie hay algo no ya fantástico, sino suprarreal, en medio de esta luz y este silencio. Recobro el aliento y, con el aire que aspiro, me invade un olor que no se parece a ningún otro, animal, fuerte e insípido a la vez, el olor de los cadáveres.
Garín llama al vigilante, que se levanta muy despacio, como con desgana, y se acerca.
—¡Trae unas telas!
Adosado a la puerta, el hombre le mira atolondrado y parece no comprender.
—¡Trae unas telas!
Sigue sin moverse. Garín se adelanta con los puños apretados. Luego se detiene.
—Diez taels si traes las telas antes de media hora. ¿Me entiendes?
El chino se inclina y parte.
Las palabras han hecho penetrar en la sala algo de humanidad. Pero, al volverme, veo el cuerpo de Klein —le reconozco en seguida a causa de su talla—, con una amplia mancha oscura en mitad del rostro: la boca agrandada por una navaja de afeitar. E instantáneamente mis músculos se contraen de nuevo, hasta el punto de que aprieto los brazos contra el cuerpo y me veo obligado a apoyarme —yo también— en la pared. Aparto la mirada: heridas abiertas, grandes manchas negras de sangre coagulada, ojos en blanco; todos los cuerpos son semejantes. Han sido torturados… Una de las moscas que revolotean por aquí viene a posarse en mi frente, y yo no puedo, no puedo levantar el brazo.
—Habrá que cerrarle los ojos —dice Garín casi en voz baja, acercándose al cuerpo de Klein.
Su voz me despierta y espanto la mosca en un reflejo rápido, violento, torpe. Garín aproxima dos dedos separados en ángulo a los ojos… los ojos en blanco.
Su mano vuelve a caer.
—Creo que le han cortado los párpados…
Abre torpemente la casaca de Klein y saca una cartera, cuyo contenido examina. Deja aparte una hoja doblada y levanta la cabeza: el chino vuelve, sosteniendo entre las manos unas lonas desplegadas, que se ahuecan y arrastran. No ha encontrado nada mejor. Comienza a colocar en tierra los cuerpos, uno al lado del otro. Pero oímos pasos y entra una mujer, con los codos pegados al cuerpo, encorvada. Garín me coge brutalmente por el brazo y retrocede.
—¡Ella también! —dice en voz muy baja—. ¿Quién habrá sido el cretino que le ha dicho que él está aquí?
Ella no nos mira. Va directamente hacia Klein, choca al pasar con uno de los cuerpos extendidos en tierra, titubea… Ya está frente a él y lo contempla. No se mueve, no llora. Las moscas en torno a su cabeza. El olor. En mi oído, la respiración cálida, jadeante, de Garín.
En un solo movimiento, ella se deja caer de rodillas. No reza. Sus manos, con los dedos separados, se han aferrado al cuerpo, hundidas en los costados. Se diría que está arrodillada ante las torturas que representan esas heridas y esa boca que contempla, abierta hasta la barbilla por un sable o una navaja de afeitar… Estoy seguro de que no reza. Todo su cuerpo tiembla… Y en un solo movimiento, como se había dejado caer de rodillas hace un momento, rodea el cuerpo con sus brazos. El abrazo es convulsivo; menea la cabeza con un movimiento increíblemente doloroso de todo el busto… Con una ternura terrible, se frota la cara salvajemente, sin un sollozo, contra la tela ensangrentada, contra las heridas…
Garín, que retiene todavía mi brazo, me arrastra tras él. En la puerta, el chino ha vuelto a sentarse; ni siquiera nos mira. Pero tira a Garín del faldón de la casaca. Éste saca del bolsillo un billete y se lo da:
—Cuando ella se vaya, recúbreles a todos.
Ya en el coche, no dice una palabra. Se deja caer, con los codos en las rodillas. La enfermedad le debilita día a día. Los primeros baches le hacen saltar, y se tiende, con la cabeza casi contra la capota, las piernas rígidas.
Dejando el auto ante su casa, subimos a la pequeña habitación del primer piso. Las persianas están echadas. Parece más enfermo y más cansado que nunca. Bajo los ojos, dos arrugas profundas, paralelas a las que van de la nariz a las comisuras de la boca, limitan grandes manchas violáceas, y esas arrugas, estirando todos sus rasgos como la muerte, parecen ya descomponer su cara. («Si se queda quince días más», ha dicho Myrov, «se quedará más tiempo del que desea…». Ya hace más de quince días…). Permanece algún tiempo silencioso, luego dice a media voz, como si se interrogase a sí mismo:
—¡Pobre tipo…! Con frecuencia decía: la vida no es lo que se cree…
»¡La vida no es nunca lo que se cree! ¡Jamás!
Se sienta en la cama de campaña, con la espalda encorvada; sus dedos, apoyados en las rodillas, tiemblan como los de un alcohólico.
—He sentido por él una amistad de hombre… Descubrir la ausencia de párpados, y pensar que estaba a punto de tocar los ojos…
Involuntariamente, su mano derecha se crispa. Dejando caer todo su cuerpo hacia atrás, se apoya en la pared, con los ojos cerrados. La boca y las aletas de la nariz están cada vez más tensas y una mancha azul se extiende desde las cejas hasta la mitad de las mejillas.
—A menudo consigo olvidar… A menudo… No siempre. Cada vez menos… ¿Qué he hecho yo de mi vida? Pero, santo Dios, ¿qué puede uno hacer al fin y al cabo…? ¡No ver nunca nada…! Todos esos hombres a los que dirijo, esos cuya alma he contribuido a crear en suma, ni siquiera sé lo que harán mañana… En ciertos momentos hubiese querido tallarlo todo como si fuese madera, pensar: esto es lo que yo he hecho. Edificar, tener todo el tiempo por delante… Como se eligen los deseos, ¿no?
La fiebre sube. A medida que se anima, saca la mano derecha del bolsillo y acompaña sus frases con el gesto del brazo que le es habitual. Pero el puño continúa cerrado.
—¡Lo que yo he hecho, lo que yo he hecho! ¡Ah, qué bueno! Pienso en aquel emperador que hacía saltar los ojos a sus prisioneros y los devolvía después a su país, en racimos, conducidos por tuertos. También los conductores tuertos, con la fatiga, se quedaban poco a poco ciegos. Un bonito cromo para expresar lo que hacemos aquí, más bonito que los pequeños dibujos de Propaganda… ¡Cuando pienso que durante toda mi vida he buscado la libertad…! ¿Y quién es libre aquí, sea de la Internacional, del pueblo, de los nuestros, de los otros? Al pueblo siempre le queda el recurso de hacerse matar. Al menos eso es algo…
—Pierre, ¿tan poca confianza tienes?
—Tengo confianza en lo que yo hago. En lo que yo hago. Cuando yo…
Se para. Pero el rostro ensangrentado y los ojos en blanco de Klein están presentes en nosotros.
—Lo que uno hace, cuando sabe que muy pronto se verá obligado a dejar de hacerlo…
Reflexiona, y continúa amargamente:
—Servir es una cosa que he odiado siempre… Y aquí, ¿quién ha servido más y mejor que yo…? Durante años —¡años!— he deseado el poder. Ni siquiera sé rodear mi vida de él. Klein estaba en Moscú, ¿no es cierto?, cuando Lenin murió. Ya sabes que Lenín había escrito un artículo en defensa de Trotski que debía aparecer en… la Pravda, creo. Su mujer lo había enviado personalmente. Por la mañana, ella le llevó los periódicos. Él casi no podía moverse ya. «¡Abre!». Vio que no habían publicado su artículo. Su voz estaba tan ronca que nadie comprendió sus palabras. Su mirada se había hecho tan intensa que todos siguieron su dirección: miraba su mano izquierda. La había posado abierta sobre las sábanas, con la palma hacia arriba, así. Se veía que quería coger el periódico, pero que no podía…
Ha abierto violentamente su mano derecha, con los dedos extendidos, y, mientras continúa hablando, encorva lentamente los dedos hacia adentro y los mira.
—Mientras la mano derecha permanecía inmóvil, la izquierda comenzó a cerrar los dedos, como una araña replegando sus patas…
»Murió poco después…
»Sí, Klein decía: como una araña… Desde que me lo contó, jamás he podido olvidar esa mano, ni esos artículos… rechazados…
—Pero Klein era trotskista. ¿No quieres que vaya a buscar la quinina?
—Mi padre me decía: «No hay que soltar nunca “la tierra”». Lo había leído no sé dónde. Me decía también que hay que estar vinculado a sí mismo. No era en absoluto de origen protestante. ¡Vinculado! La pequeña ceremonia en el curso de la cual se vinculaba un vivo a un muerto se llamaba… matrimonio republicano, ¿no es así? Yo pensaba que en eso habría aún alguna libertad… El otro me contó…
—¿Quién?
—¡Klein, naturalmente! Me contó que en no sé que ciudad en que los cosacos tenían que limpiar la población, un cretino permanece más de veinte segundos con el sable levantado por encima de la cabeza de los chiquillos. «¡Vamos, muévete!», aúlla Klein. «No puedo», contesta el otro. «Me dan lástima». «Entonces, tómate tu tiempo…».
Alza los ojos y me mira, con una extraña dureza.
—¿Quién haría lo que estoy haciendo yo aquí? ¿Y qué? Klein, con el cuerpo todo reventado, con la boca ensanchada por la navaja de afeitar, con los labios colgando… Nada para mí, nada para los otros… Sin hablar de las mujeres, como la que acabamos de ver, que no pueden hacer otra cosa que frotarse la cara desesperadamente contra las heridas… ¿Qué? ¡Sí, entren!
Es el ordenanza de Propaganda que trae una carta de Njcolaiev. Las tropas cantonesas, reagrupadas tras su derrota en Chowtchow, acaban de ser derrotadas de nuevo por Cheng-tiung Ming, y el Comité apela al ejército rojo de la manera más urgente. Garín se saca del bolsillo un papel en blanco y escribe simplemente: EL DECRETO, firma y entrega la hoja al ordenanza.
—Para el Comité.
—¿No temes exasperarlos?
—¡Eso ya está superado! Estoy harto de discursos. Estoy hasta la coronilla de su cobardía, de su necesidad de no comprometerse nunca por completo. Saben que no podrán revocar ese decreto: el pueblo no piensa más que en Hong Kong (sin hablar de nosotros). Y si no están contentos…
—¿Y bien?
—Y bien, con todas las secciones a las que les hemos dejado las armas podemos jugar a los Tang, si es necesario. ¡Estoy harto!
—Pero ¿y si el ejército rojo es derrotado?
—No lo será.
—¿Y si lo es?
—Cuando uno juega, ya sabe que puede perder. Esta vez no perderemos.
Y mientras me voy a buscar la quinina, le oigo decir entre dientes:
—A pesar de todo, hay una cosa que cuenta en la vida: no ser vencido…
* * *
Tres días más tarde
Garín y yo regresamos para comer. Cuatro disparos de revólver; el soldado que ocupa el asiento al lado del chófer se yergue. Yo miro y echo hacia atrás en seguida la cabeza: una quinta bala acaba de dar en la portezuela. Están tirando contra nuestro coche. El soldado responde. Una veintena de hombres escapa, con un revoloteo de mangas. Dos cuerpos en tierra. Uno de ellos es el de un hombre al que el soldado ha herido por error; el otro, el del hombre del revólver; una Parabellum caída cerca de su mano abierta y que brilla al sol.
El soldado baja y se acerca a él. «Muerto», grita. Ni siquiera se ha inclinado. Llama, pide porteadores y una camilla para trasladar al otro chino al hospital, herido en el vientre… Con una sacudida, el auto cruza las puertas.
—El tipo era valiente —me dice Garín al descender—. Hubiera podido intentar huir. No dejó de disparar hasta que cayó…
Para bajar, da casi media vuelta y veo que su brazo izquierdo está cubierto de sangre.
—Pero…
—No es nada. No ha interesado el hueso. Y la bala ha salido. ¡En una palabra, han fallado!
En efecto, hay dos agujeros en su casaca.
—Tenía la mano apoyada en el respaldo del chófer. Lo fastidioso es que estoy sangrando como un buey. ¿Quieres ir a buscar a Myrov?
—Naturalmente. ¿Dónde vive?
—El chófer lo sabe.
En tanto el chófer hace girar el coche para volver a salir, Garín dice entre dientes:
—Tal vez ha sido una lástima…
Vuelvo acompañado de Myrov. Como el médico, delgado y rubio, con cara de caballo, no habla corrientemente más que el ruso, nos callamos los dos. Para poder hacer entrar el coche, el chófer se ve obligado a dispersar un círculo de mirones que se ha congregado en torno al hombre muerto.
Garín está en su dormitorio. Me quedo en la pequeña habitación que lo precede y espero…
Un cuarto de hora más tarde, con el brazo en cabestrillo, despide a Myrov, vuelve, se echa frente a mí en la cama de madera negra, se da la vuelta con una mueca, busca postura, se arrellana. Una vez así, en la sombra, no distingo de su cara más que las líneas duras: la raya casi recta de las cejas, la arista delgada e iluminada de la nariz, los movimientos de la boca que, cuando habla, se estira hacia la barbilla.
—¡Ese tío está empezando a fastidiarme!
—¿Quién? ¿Myrov? ¿Es que te ha dicho que es grave?
—¿Esto? (Señala su brazo). Me importa un comino. No, dice que es necesario —absolutamente necesario— que me vaya.
Cierra los ojos.
—Y lo más fastidioso de todo es que creo que tiene razón.
—Entonces ¿por qué te quedas?
—Es complicado. ¡Ah, rayos! ¡Qué incómodo se está en esta cama de campaña!
Se endereza, después se sienta, con la barbilla apoyada en la mano derecha, el codo sobre la rodilla, la espalda arqueada. Reflexiona.
—En estos últimos tiempos me he visto a menudo obligado a pensar en mi propia vida. Pensaba en ella otra vez hace un momento, mientras Myrov jugaba a ser augur: el tipo podía no haber fallado… Mi vida, ¿ves?, es una afirmación muy poderosa, pero cuando pienso en ella así, hay una imagen, un recuerdo que se repite siempre…
—Sí, ya me lo dijiste en el hospital.
—No, ahora no estoy pensando en mi proceso. Y de lo que te estoy hablando no es algo en que piense; es un recuerdo más fuerte que la memoria.
Es durante la guerra, en la retaguardia. Unos cincuenta [7] bataillon-naires
encerrados en una gran sala, donde penetra la luz por una ventanilla enrejada. Se siente la lluvia en el aire. Acaban de encender los cirios robados en una iglesia vecina. Uno de ellos, vestido de sacerdote, oficia ante un altar de cajas cubiertas con camisas. Ante él, un cortejo siniestro: un hombre vestido de frac, con una gran flor de papel en el ojal, una novia sostenida por dos mujeres como muñecas del pim-pam-pum y, en la sombra, otros personajes grotescos. Las cinco: la luz de los cirios es débil. Oigo: «¡Sostenedla bien, que no se desmaye la pobre queridita!». La novia es un joven soldado, llegado ayer de no se sabe dónde, que se ha jactado de que atravesaría con su bayoneta el cuerpo del primero que pretendiera violarlo. Las dos mujeres de carnaval le sujetan sólidamente; es incapaz de hacer un gesto, con los párpados bajos, medio muerto sin duda. El alcalde sucede al párroco; luego, una vez apagados los cirios, ya no distingo más que espaldas que salen de la sombra acumulada cerca del sol. El tipo aúlla. Lo violan, naturalmente, hasta la saciedad. Son muchos. Sí, desde hace algún tiempo estoy obsesionado con esto… No a causa del final de la cuestión, claro está. A causa de su principio absurdo, paródico…
Reflexiona una vez más.
—Por otra parte, no deja de estar relacionado con lo que sentía durante el proceso… Es una asociación de ideas muy vaga…
Se echa hacia atrás el pelo que le cae sobre la cara y se levanta, como si se sacudiese. El imperdible que le sujeta el cabestrillo salta y el brazo cae; se muerde los labios. Mientras busco el imperdible por el suelo, dice lentamente:
—Hay que tener cuidado: cuando mi acción se aparta de mí, cuando yo empiezo a separarme de ella, es también sangre lo que pierdo… Antes, cuando no hacía nada, me preguntaba a veces qué valía mi vida. Ahora sé que vale más que…
No termina. Levanto la cabeza tendiéndole el imperdible. El final de la frase es una sonrisa tensa, donde hay orgullo… y una especie de rencor… Cuando nuestras miradas se cruzan, continúa, como si volviese a la realidad:
—¿Por dónde iba…?
Trato de recordar yo también.
—Me decías que de nuevo pensabas con frecuencia en tu vida…
—¡Ah, sí! Eso es…
Se detiene al no encontrar la frase que busca.
—Siempre resulta difícil hablar de estas cosas… Cuando les daba dinero a las comadronas, ya puedes imaginar que no me hacía ilusiones sobre el valor de la «causa», y sin embargo sabía que el riesgo era grande. Y continué a pesar de las advertencias. Bien. Cuando me arruiné, casi me dejé llevar por el mecanismo que me despojaba. Y mi ruina contribuyó no poco a conducirme aquí. Mi acción me hace abúlico para todo lo que no es ella, empezando por sus resultados. Si me he vinculado con tanta facilidad a la Revolución, es porque sus resultados son lejanos y siempre cambiantes. En el fondo, soy un jugador. Y como todos los jugadores, no pienso más que en el juego, tenazmente y con fuerza. Ahora estoy jugando una partida de mayor importancia que antes y he aprendido a jugar; pero se trata siempre del mismo juego. Y lo conozco bien; hay en mi vida un cierto ritmo, una fatalidad personal, si tú quieres, a la que no se puede escapar. Yo me aferro a todo lo que le da fuerza… (He aprendido que una vida no vale nada, pero que nada vale una vida…). Desde hace unos días, tengo la impresión de que olvido quizá lo que es capital, que otra cosa se prepara… Preveía también proceso y ruina, pero así, vagamente… En fin, si hemos de abatir Hong Kong, me gustaría…
Pero se para, se yergue de golpe con una mueca, murmura: «¡Bah! Todo eso…» y manda que le traigan los telegramas.
Al día siguiente
EL DECRETO HA SIDO PROMULGADO. Inmediatamente hacemos advertir a las secciones de Hong Kong. Y la vanguardia roja, que se mantenía a sesenta kilómetros del frente, acaba de recibir la orden de formarse. Sólo queda Cheng-tiung Ming entre el poder y nosotros.
15 de agosto
Día de fiesta en Francia… Hasta hace poco, fiesta en la catedral. Actualmente la catedral está transformada en refugio y guardada por los soldados rojos. Borodín ha hecho decretar la confiscación de todos los monumentos religiosos en provecho del Estado. Espectáculo de una miseria de la que nada, en Europa, puede dar una idea: miseria del animal destrozado por una enfermedad de la piel y que mira con ojos que no piden ni odian, inexpresivos, perdidos. Ante esos hombres, nace en mí un sentimiento burdo, animal como el espectáculo, mezcla de vergüenza, de espanto y de la innoble alegría de no ser como ellos. La compasión no aparece hasta que dejo de ver esa flacura, esos miembros de mandrágora, esos harapos, esas costras tan anchas como la mano sobre la piel verdosa y esos ojos ya vidriosos, turbios, sin mirada humana… cuando no están cerrados…
A mi vez, hablo de esto con Garín:
—Falta de costumbre —me responde—. El recuerdo de un cierto grado de miseria pone las cosas humanas en su lugar, lo mismo que la idea de la muerte. Lo mejor de Hong procede de ahí. Lo mismo sin duda que la valentía del tipo que ha disparado contra mí… Quien ha caído demasiado hondo en la miseria no sale jamás: se disuelve en ella como si tuviese la lepra. Pero para las tareas… secundarias, los otros son los instrumentos más potentes, los más seguros. Coraje, ninguna idea de la dignidad, y odio…
»Me has hecho pensar en una frase atribuida a Lenín y que Hong se hizo tatuar en inglés, con toda intención, en el brazo: “¿Podremos conquistar un mundo que no haya vertido hasta la última gota de sangre?”. Al principio, le causaba una admiración fanática; en estos últimos tiempos, la odiaba con el mismo fanatismo. Creo que fue el odio lo que le hizo abandonarla…
—Y el hecho de que los tatuajes no pueden borrarse.
—¡Bah! Lo hubiese quemado… Es un muchacho que odia con mucha fuerza.
—Odiaba…
Me mira gravemente:
—Sí, odiaba…
Y tras un instante añade, observando con atención una palma que obstruye la ventana:
—¿Es cierto que para Lenín la esperanza tenía ese color…?
Yo contemplo su perfil, negro a contraluz. Visto así, no ha cambiado. Y ese perfil igual al que tenía en el momento de mi llegada, hace casi dos meses, igual también al que le conocí en otro tiempo, da toda su fuerza a la modificación de su voz. Desde la noche en que le vi en el hospital, parece separarse de su acción, dejarla apartarse de él con la salud, con la certeza de vivir. Una frase que acaba de decir continúa rondándome aún: «El recuerdo de un cierto grado de miseria pone las cosas humanas en su lugar, lo mismo que la idea de la muerte…». La muerte le sirve con frecuencia de punto de comparación en estos días…
Entra el jefe del servicio cinematográfico de Propaganda.
—Comisario, han llegado de Vladivostock los nuevos aparatos tomavistas. Y tenemos ya listas las películas. ¿Quiere usted ver la proyección?
En el acto, la expresión de resolución y de dureza reaparece en la cara de Garín y responde casi con el antiguo tono de su voz:
—Vamos.
17 de agosto
Una parte de las tropas enemigas acaba de ser derrotada ante Waitcheú por la vanguardia roja. Hemos reconquistado la ciudad: dos cañones, dos ametralladoras, tractores y un gran número de prisioneros han caído en nuestras manos. Tres ingleses prisioneros, que servían como oficiales en el ejército de Cheng, han salido ya hacia Cantón. Se han incendiado las casas de los notables que sostenían relaciones amistosas con los oficiales enemigos.
Cheng reagrupa su ejército. Antes de ocho días se librará la batalla. Se está empleando todo de cuanto dispone Propaganda; los jefes de las corporaciones han recibido la orden de hacer fijar nuestros carteles por los hombres a sus órdenes. Hay carteles en las techumbres de chapa ondulada, en los espejos de los vendedores de vino, en todos los bares, en los vehículos públicos, en las ricksas, en los postes del mercado, en el parapeto de los
puentes, en todos los comercios, fijados a los [8] pankas en las barberías, extendidos entre bambúes en las tiendas de farolillos, apoyados en los escaparates de los bazares, plegados en abanico en las vitrinas de los restaurantes, fijados a los coches mediante papel engomado en los garajes. Es un juego que divierte a toda la ciudad; y por todas partes se ven esos carteles, tan numerosos como en Europa los periódicos por la mañana, en las manos de los transeúntes, bastante pequeños (los grandes no están impresos todavía), con sus soberbios cadetes victoriosos y sus soldados cantoneses rodeados de una aureola de rayos, que contemplan la huida de ingleses lívidos y chinos verdes; y debajo, más pequeños, un campesino, un obrero, una mujer y un soldado cogidos de la mano.
Una vez terminada la siesta, el entusiasmo sucede a la alegría. Soldados despechugados recorren las calles en fiesta; todos los habitantes han salido de sus casas; una densa multitud recorre el muelle, lenta, grave, tensa por una exaltación silenciosa. Con pífanos, gongos y pancartas, desfilan cortejos, seguidos por los niños. Tropeles de estudiantes avanzan blandiendo pequeñas banderas blancas, que se agitan, aparecen y desaparecen como una espuma marina por encima de las túnicas y los trajes blancos, en un cuadro apretado como el de un ejército. La masa pesada y en calma de la muchedumbre marcha lentamente, compacta, abriéndose ante los cortejos y dejando detrás de ellos una estela vacilante, en la que sobresalen cascos y panamás izados al extremo del brazo. En las paredes, nuestros carteles, y en los techados, inmensas pancartas, apresuradamente pintadas, traducen en imágenes la victoria. El cielo está blanco y bajo; en medio del calor, la procesión adelanta como si se dirigiese a un templo. Un gran número de chinas ancianas la siguen, llevando a la espalda, en un lienzo negro, un niño somnoliento, con el tieso mechón de su pelo. Un lejano rumor de gongos, de petardos, de gritos y de instrumentos sube del suelo con el ruido confuso de pasos y el sordo chasquido de innumerables chanclos. Hasta la altura de un hombre, la polvareda danza, acre, raspando la garganta, y va a perderse en lentos remolinos en las callecillas casi desiertas, donde no se ve más que a algunos retrasados que se apresuran, incómodos en sus vestimentas de Año Nuevo. Las puertas de casi todos los almacenes están entreabiertas o cerradas, como los días de gran fiesta.
Jamás he sentido con tanta fuerza como hoy el aislamiento de que me hablaba Garín, la soledad en que nos encontramos, la distancia que separa lo que hay en lo más profundo de nosotros de los movimientos de esta multitud, e incluso de su entusiasmo…
* * *
Al día siguiente
Garín vuelve furioso de ver a Borodín.
—Yo no digo que haga mal en aprovechar la muerte de Klein, como podría aprovechar cualquier otra cosa. Lo que encuentro idiota, lo que me exaspera, es su pretensión de obligarme a hablar ante su tumba. Hay un montón de oradores. ¡Pues no! Otra vez está dominado por la insoportable mentalidad soviética, por una exaltación estúpida de la disciplina. ¡Allá él! Pero yo no he dejado Europa en un rincón como un saco de trapos, a riesgo de acabar como un Rebecci cualquiera, para venir a enseñar aquí la palabra obediencia, ni para aprenderla. «¡No hay medias tintas frente a la Revolución!». ¡Pues estaríamos arreglados! Hay medias tintas en todas partes donde se encuentren hombres y no máquinas… ¡Tiene la pretensión de fabricar revolucionarios lo mismo que Ford fabrica coches! Esto terminará mal, y no va a tardar mucho. En su cabeza de mongol peludo, el bolchevique está en pugna con el judío. Pues si gana el bolchevique, peor para la Internacional…
Pretextos. Ésa no es la verdadera causa de la ruptura.
Hay en primer lugar otra: Borodín ha hecho ejecutar a Hong. Garín, creo yo, quería salvarle. A despecho del asesinato de los rehenes (que parece, por lo demás, no haber sido ordenado por él). Porque pensaba que, a pesar de todo, Hong seguía siendo utilizable; porque hay entre Garín y los suyos una especie de vínculo feudal. Y tal vez porque estaba seguro de que, llegado el caso, Hong acabaría a su lado… contra Borodín. Lo cual parece haber sido también la opinión de éste…
Garín no cree más que en la energía. No es antimarxista, pero el marxismo no es en absoluto para él un «socialismo científico»; es un método de organización de las pasiones obreras, un medio de reclutar tropas de choque entre los obreros. Borodín, pacientemente, construye la planta baja de un edificio comunista. Reprocha a Garín el carecer de perspectiva, el ignorar adónde va, el no obtener más que victorias debidas al azar —por muy brillantes, por muy indispensables que sean—. Incluso hoy, a sus ojos, Garín pertenece al pasado.
Garín cree verdaderamente que Borodín trabaja de acuerdo con unas perspectivas, pero piensa que estas perspectivas son falsas, que la obsesión comunista le conducirá a unir en contra suya un Kuomintang de derechas singularmente más fuerte que el de Cheng-dai, y que este Kuomintang aplastará a las milicias obreras.
Y descubre (bien tarde, por cierto…) que el comunismo, como todas las doctrinas poderosas, es una francmasonería. Que en nombre de su disciplina, Borodín no vacilará en reemplazarle, tan pronto como él, Garín, no le sea indispensable, por alguien tal vez menos eficaz, pero más obediente.
* * *
Tan pronto como se ha conocido el decreto en Hong Kong, los ingleses se han reunido en el Gran Teatro y han telegrafiado de nuevo a Londres para solicitar el envío de un ejército inglés. Pero la respuesta ha llegado, telegráficamente: el Gobierno inglés se opone a toda intervención militar.
* * *
Se ha registrado en discos fonográficos el interrogatorio de los oficiales ingleses prisioneros, y se han enviado en gran número estos discos a las secciones. Pero cada uno de esos oficiales ha negado el haber venido a combatir contra nosotros obedeciendo las instrucciones de su Gobierno; ha habido que cortar este pasaje del interrogatorio. Va a ser preciso fabricar discos mucho más instructivos. Garín dice que la gente pone en duda el artículo de un periódico, pero no una imagen o un sonido, y que a la propaganda mediante el fonógrafo o el cine sólo se puede responder en principio mediante el fonógrafo o el cine; cosa de la que la propaganda enemiga, incluso la inglesa, es aún incapaz.
* * *
—Está haciendo cosas muy buenas antes de irse —me dice Nicolaiev esta mañana. Se refiere a Garín.
—¿Antes de irse?
—Sí, creo que esta vez se va de verdad.
—Hace semanas que se está marchando…
—Sí, sí, pero esta vez se irá, ya lo verás. Se ha decidido. Si Inglatera hubiera enviado tropas, creo que se hubiese quedado; pero ya conoce la respuesta de Londres. Pienso que no espera más que el resultado de la próxima batalla… Myrov dice que no llegará a Ceilán.
—¿Y por qué?
—Pues simplemente, pequeño, porque está perdido.
—Eso se puede decir fácilmente.
—No es que se pueda decir. Es Myrov quien lo dice.
—Puede equivocarse.
—Al parecer, no se trata solamente de disentería y paludismo. Pequeño, no se juega con las enfermedades tropicales, tú lo sabes. Cuando se tienen, hay que cuidarlas. Si no, tendrás que lamentarlo… Y después de todo, ¡qué más da…!
—¡No para él!
—Su tiempo se ha acabado. Este tipo de hombres ha sido necesario, sí, pero ahora el ejército rojo está listo, Hong Kong quedará definitivamente deshecho en unos días, se necesitan personas que sepan olvidar mejor que él. No siento la menor hostilidad contra él, créeme. Trabajar con él o con otro… Y sin embargo, tiene prejuicios. No se lo reprocho, pequeño, pero los tiene.
Y sonriendo esquinadamente y entornando los párpados:
—Humano, demasiado humano, como dice Borodin. Mira adónde conducen las enfermedades mal cuidadas…
Pienso en el interrogatorio de Ling, en esas resistencias de Garín que Nicolaiev llama prejuicios…
Se calla, luego apoya un dedo contra mi pecho y continúa:
—No es comunista, eso es todo. A mí me importa un bledo, pero, a pesar de todo, Borodín se muestra lógico: no hay sitio en el comunismo para el que quiere en primer lugar… ser él mismo, en fin, existir aparte de los otros…
—¿El comunismo se opone a una conciencia individual?
—Exige más… El individualismo es una enfermedad burguesa…
—Pero en Propaganda hemos podido comprobar que Garín tiene razón: abandonar aquí el individualismo significa prepararse a ser vencidos. Y todos los que trabajan con nosotros, rusos o no (a excepción quizá de Borodín), son tan individualistas como él.
—¿Sabes que Borodín y Garín acaban de tener una bronca muy grave, lo que se dice muy grave, eh? Borodín…
Se mete las manos en los bolsillos y sonríe, no sin hostilidad:
—Habría muchas cosas que decir de él…
—Si los comunistas del tipo romano, si se puede llamarles así, los que defienden en Moscú las adquisiciones de la Revolución, se niegan a aceptar los revolucionarios del tipo… ¿cómo diría yo?… del tipo conquistador, que están a punto de entregarles China…
—¿Conquistador? Tu amigo Garín encontraría el término muy amargo…
—… limitarán peligrosamente…
—Pero eso importa poco. Tú no comprendes nada. Con razón o sin ella, Borodín pone en juego lo que representa aquí el proletariado, en la medida en que puede hacerlo. Sirve en primer lugar a ese proletariado, esa especie de núcleo que ha de tomar conciencia de sí mismo, crecer para hacerse cargo del poder. Borodín es una especie de timonel que…
—Garín también. ¡No se cree que ha hecho la Revolución él solo!
—Pero Borodín conoce su barco y Garín no conoce el suyo. Como dice Borodín: «Carece de eje».
—Salvo la revolución.
—Hablas como un crío. La revolución sólo es un eje hasta que está terminada. En caso contrario, no es una revolución, es un simple golpe de Estado, un pronunciamiento. Hay momentos en que me pregunto si no acabará por ser mussolinista… ¿Conoces a Pareto?
—No.
—Él debe de conocerle…
—Olvidas una cosa, y es que si esos sentimientos positivos son lo que tú dices (y es falso), sus sentimientos negativos son por el contrario claros: su odio contra la burguesía y contra lo que ella representa es sólido. Y los sentimientos negativos son algo más que nada.
—Sí, sí. Un general blanco… de izquierdas.
»La cosa marchará mientras se enfrente a un enemigo común a todos: Inglaterra. (No sin razón está en la Propaganda del Kuomintang). Pero ¿y después? Cuando se trate de organizar el Estado, si apuesta por el comunismo, se verá obligado a hacerse igual a Borodín; si apuesta por la democracia —lo que me extrañaría, porque el personal del Kuomintang le repugna—, está perdido: no querrá pasarse la vida haciendo política china entre bastidores y no puede aspirar a la dictadura. No lo lograría, puesto que no es chino. En consecuencia, que regrese a Europa y muera allí en paz y en gloria. El tiempo de los hombres como él se acerca a su fin. Naturalmente, el comunismo puede emplear revolucionarios de su género (al fin y al cabo, aquí es un “especialista”), pero haciéndoles… sostener por dos chekistas resueltos. Resueltos. ¿Qué es esta policía limitada? Borodín, Garín, todo esto…
Parece mezclar varios líquidos en un gesto lánguido.
Todas las personas lógicas, desde que conozco a Garín, predicen su porvenir… Nicolaiev continúa:
—Seguro que Borodín acaba como tu amigo. Ya ves, la conciencia individual es la enfermedad de los jefes. Lo que hace más falta aquí es una verdadera Cheka…
* * *
Las diez
Chapoteos, ruido de juncos que entrechocan. La luna, oculta tras el techado, anima el aire tibio y sin bruma. Contra la pared, bajo la veranda, dos maletas: Garín ha decidido salir mañana. Durante largo tiempo reflexiona, sentado, con la mirada perdida, los brazos colgando. En el momento en que me levanto para coger un lápiz rojo y subrayar la Gaceta de Cantón, que acabo de leer, sale de su torpor:
—Sigo pensando en la frase de mi padre: «Nunca hay que soltar la tierra». Vivir en un mundo absurdo o vivir en otro… No hay fuerza, ni siquiera hay verdadera vida sin la certidumbre, sin la obsesión de la vanidad del mundo.
Sé que el sentido mismo de su vida está ligado a esta idea, que extrae su fuerza de esta sensación profunda de absurdidad: si el mundo no fuese absurdo, toda su vida se dispersaría en gestos vanos, no con esa vanidad esencial que, en el fondo, le exalta, sino con una vanidad desesperada. De ahí la necesidad que tiene de imponer su pensamiento. Pero, esta noche, todo mi ser se defiende contra él; me debato contra su verdad, que asciende en mí y a la que su muerte próxima da una siniestra aprobación. Lo que siento es menos una protesta que una rebelión… Espera mi respuesta, como un enemigo.
—Es posible que lo que dices sea cierto, pero tu manera de decirlo basta para volverlo falso, radicalmente falso. Si esta verdadera Vida se opone a… a la otra, no es así. ¡No en esa forma llena de deseos y de rencor!
—¿Qué rencor?
—Hay aquí suficientes cosas para atar a un hombre que tiene tras de sí las pruebas de fuerza que tú tienes tras de ti, suficientes cosas para…
—Es peor poseer las pruebas de la propia fuerza.
—… suficientes cosas para atarle por toda su vida, para…
—¡Cuento contigo para que me enseñes con el ejemplo!
Ha respondido con una ironía casi rencorosa. Ambos callamos. De pronto, querría decir algo que volviese a acercarnos; tengo miedo, como un niño de un presentimiento, de ver terminar así nuestra amistad, de dejar así al hombre al que he querido, al que quiero todavía, a pesar de lo que piensa, y que va a morir… Pero, una vez más, él es más fuerte que yo. Apoya en mi brazo su mano derecha y dice, con una lentitud amistosa:
—No, escucha. No pretendo tener razón. No intento convencerte. Simplemente soy leal conmigo mismo. He visto sufrir a muchos hombres, a muchos. A veces, de una manera abyecta. A veces, de una manera terrible. Yo no soy un hombre bondadoso, pero en ocasiones he llegado a sentir una profunda piedad, esa piedad que te pone un nudo en la garganta. Pero, al encontrarme a solas conmigo mismo, esa piedad ha acabado siempre por desvanecerse. El sufrimiento refuerza la absurdidad de la vida, no la ataca; la vuelve irrisoria. La vida de Klein suscita a veces en mí algo como… como…
Su vacilación no se debe a una búsqueda, sino a una especie de malestar. Pero prosigue, mirándome a los ojos:
—Bueno, basta… como una cierta risa. ¿Comprendes? No hay compensación profunda para aquellos cuya vida carece de sentido. Vidas encerradas en sí mismas. El mundo se refleja en ellas haciendo muecas, como en un espejo deformante. Acaso es entonces cuando muestra su verdadero aspecto. Poco importa. Ese aspecto, nadie, nadie, ¿lo entiendes?, es capaz de soportarlo. Se puede vivir aceptando el absurdo, no se puede vivir en el absurdo. Las personas que intentan «soltar la tierra» se dan cuenta de que ésta se les pega a los dedos. No se puede rehuir, ni tampoco encontrar deliberadamente…
Y golpeándose la rodilla con el puño:
—Uno sólo puede defenderse creando. Borodín dice que lo que los hombres como yo edifican solos no puede durar. Como si lo que edifican los hombres como él… ¡Ah, cómo me gustaría ver esta China dentro de cinco años!
»¡La duración! ¡De eso es de lo que efectivamente se trata!
Ambos callamos.
—¿Por qué no te has ido antes?
—¿Por qué irse cuando se puede hacer otra cosa?
—Por prudencia…
Se encoge de hombros; luego, tras un nuevo silencio:
—No se vive de acuerdo con lo que uno piensa de su propia vida.
Otra vez el silencio.
—¡Y la bestia se aferra, qué demonios!
Se calla. Se oye un ruido singular, indefinible, impreciso, procedente de no sé dónde, lejano y como amortiguado… Él también empieza a prestar atención. Pero oímos un blando rechinar de neumáticos sobre la grava; un ciclista acaba de entrar en el patio. Un claro sonido de pasos se acerca a nosotros. Un correo trae dos pliegos, precedido por el boy.
Garín abre el primero y me lo tiende: Todas las tropas de Cheng-tiung Ming y los cuerpos del ejército rojo que han ganado el frente están ya luchando. La batalla decisiva comienza.
Mientras leo, él abre el segundo, se encoge de hombros, hace una bola con él y lo tira.
—Me es igual. Ahora me es igual. Que se las apañen. Todo eso…
El secretario se va. Oímos sus pasos que se alejan, la reja que se cierra. Pero Garín ha cambiado de idea. De pie frente a la ventana, le llama.
Otra vez la puerta. El secretario regresa. Llegado a la ventana, habla con Garín, pero éste tose y no entiendo las palabras.
El secretario se aleja de nuevo. Garín anda de un lado a otro, furioso ahora.
—¿Qué es lo que ocurre?
—¡Nada!
Bien. La cosa está clara. Recoge la bola de papel, la dobla y la alisa con la mano derecha, a duras penas a causa de la inmovilidad de su brazo izquierdo. Después se vuelve hacia mí:
—¡Bajemos!
Sale. Gruñendo —¿para él o para mí?—: «¡Un golpe que podría hacer reventar a diez mil fulanos!». Como no le hago ninguna pregunta, se decide a añadir, sin detenerse:
—Dos de los nuestros, dos agentes de Propaganda, cogidos en el momento mismo en que se acercaban a uno de los pozos utilizados por nuestras tropas, con cianuro en los bolsillos. Agentes dobles. Presencia injustificable. No han dicho nada, no han confesado nada. ¡Y Nicolaiev me dice que continuará mañana el interrogatorio!
Conduce él mismo el coche, a toda velocidad; el chófer estaba durmiendo. No dice una palabra. Sostiene el volante sólo con la mano derecha, y por dos veces falta poco para que vayamos a estrellarnos contra las casas. Frena y me deja el volante; después, con la cabeza inmóvil, hundida entre los hombros — las manchas de sus mejillas, más hundidas que nunca, aparecen cuando cruzamos las luces y desaparecen en seguida—, se diría que me ha olvidado…
En el pasillo de la policía, distingo al pasar grandes carteles de color rosa, cuyas manchas he entrevisto hace poco en las calles. Es el decreto, expuesto por iniciativa nuestra.
Cuando llegamos, precedidos por el sonido rápido y militar de nuestros tacones, casi inquietante en medio de tanto silencio, Nicolaiev, detrás de la mesa de su despacho, bonachón, con la espalda apoyada en el respaldo de su silla, fija sus claros ojillos de cerdo en los dos prisioneros. Ambos están vestidos con la ropa de lienzo azul de los obreros del puerto. Uno de ellos ostenta un bigote caído, fino, negro; el otro es un viejo con el pelo cortado a cepillo, la cabeza completamente redonda, animada por dos ojos brillantes.
Empiezo a familiarizarme con estas horas nocturnas de Propaganda y de la policía, con su silencio, el olor a flores sagradas, a barro y a petróleo de la noche cálida, y con nuestras caras cansadas, extenuadas, nuestros párpados que se cierran, nuestra espalda encorvada, nuestros labios fláccidos… y en la boca, el repugnante sabor de las mañanas de resaca…
—¿Tienes noticias de la batalla? —pregunta Garín al entrar.
—Ninguna. La cosa continúa…
—¿Y esos fulanos?
—Ya has visto el informe, querido amigo. Yo no sé nada más. Por lo menos, nada todavía. Imposible sacarles una palabra. Ya llegará…
—¿Quién ha respondido por ellos?
—N 72, según el informe.
—¡Que se compruebe! Si es exacto, N 72 debe ser arrestado, enviado urgentemente, al tribunal especial y ejecutado.
—Sabes que es un agente de primer orden…
Garín levanta la cabeza.
—… y que me ha prestado servicios a menudo… Es fiel.
—Ya no tendrá que molestarse más en serlo. En cuanto a sus servicios, estoy hasta la coronilla. Queda entendido, ¿no?
El otro sonríe e inclina la somnolienta cabeza, parecido al tentempié de porcelana que ha colocado irónicamente encima de su mesa.
—Ahora éstos.
Saco la estilográfica del bolsillo.
—No, no merece la pena escribir. No será largo. Nicolaiev anotará las respuestas.
»¿Quién os entregó el veneno?
El primer prisionero, el más joven, inicia una explicación estúpida: le habían encargado entregar el paquete a una persona cuyo nombre desconoce, una mujer que le reconocería por sus señas, pero…
Garín comprende poco más o menos; sin embargo, le traduzco frase por frase. El chino, como forzado por un tic, se lleva la mano abierta a los largos pinceles de su bigote, la retira nerviosamente al ver que su gesto impide que le entiendan; luego vuelve a colocarla. Fatigado, Nicolaiev mira la lámpara rodeada de efímeras y fuma. Los ventiladores no funcionan. El humo asciende recto.
—¡Basta! —dice Garín.
Se lleva la mano a la cintura.
—¡Vaya! ¡Se me ha olvidado otra vez!
Sin añadir más, abre mi funda con la mano libre, saca mi revólver y lo deja sobre la mesa, cuyos ángulos de metal brillan.
—Di al primero exactamente que, si en cinco minutos no nos ha dado las informaciones que nos debe, yo le meteré una bala en la cabeza.
Traduzco. Nicolaiev ha alzado imperceptiblemente un hombro. Todos los confidentes saben que Garín es un «gran jefe», y su argucia es propia de un niño. Un minuto… Dos…
—¡Bueno, basta ya! ¡Que responda inmediatamente!
—Has dicho que tenía cinco minutos —dice Nicolaiev, entre respetuoso e irónico.
—¡Tú me dejas en paz, eh!
Toma el revólver de la mesa. Gracias al peso del arma, la mano derecha se mantiene firme; la izquierda que sobresale del cabestrillo blanco, tiembla de fiebre. Una vez más ordeno al chino que responda. Él hace un gesto de impotencia.
La detonación. El cuerpo del chino permanece inmóvil; en su rostro, una expresión de intensa estupefacción. Nicolaiev ha dado un salto y se apoya en la pared. ¿Está herido?
Un segundo… Dos… El chino se desploma, fláccido, con las piernas semidobladas. Y la sangre empieza a manar.
—Pero… pero… —balbucea Nicolaiev.
—¡Que me dejes en paz!
El tono es tal que el gordo se calla inmediatamente. Ya no sonríe. Tiene la boca caída, lo que acentúa sus mofletes. Ha cruzado las gruesas manos sobre el pecho con un gesto de vieja. Garín mira hacia la pared ante él; del cañón semibajado sale un humo ligero, transparente.
—Ahora el otro. Vuelve a traducir.
Inútil. Aterrorizado, el viejo habla ya moviendo sus ojillos… Nicolaiev ha cogido un lápiz y toma notas con mano temblorosa.
—Cállate —dice Garín en cantonés. Y volviéndose hacia mí—: Adviértele antes de que vaya más lejos que, si se dedica a contamos historias, le ocurrirá una desgracia…
—Ya se ha dado buena cuenta.
—La pena de muerte puede perfeccionarse si es necesario.
—¿Y cómo quieres que le diga eso?
—¡Ah, como te parezca!
(Y en efecto, comprende…).
Mientras el prisionero habla con voz jadeante, Nicolaiev aparta soplando las efímeras muertas que caen sobre sus notas…
El hombre ha sido pagado por los agentes de Cheng-tiung Ming, eso es evidente. Primero habla rápidamente, pero no dice nada esencial; al ver que el cañón del revólver permaneec bajo, vacila. De pronto se calla. Garín le mira, al borde de la exasperación.
—Y… si… si lo digo todo, ¿qué me darán ustedes…?
Inmediatamente cae, aleteando con los brazos, y rueda un metro más lejos. Furioso, Garín acaba de asestarle un puñetazo en la mandíbula; con el puño aún cerrado, frunce las cejas, se muerde los labios y se sienta en la esquina de la mesa.
—Se me ha abierto la herida. —En el suelo, el prisionero se hace el muerto—. ¡Pregúntale si ha oído hablar del incienso!
Traduzco una vez más. El hombre abre lentamente los ojos y, sin levantarse, dice sin dirigirse en particular a ninguno de nosotros, sin miramos:
—Eran tres. A dos los cogieron. Uno de ellos ha muerto. El otro está aquí. El tercero quizás al lado del pozo.
Garín y yo miramos a Nicolaiev, que iba a dejar para mañana la continuación del interrogatorio. Procura no manifestar ningún sentimiento. La boca, las cejas no se mueven. Pero los músculos de las mejillas se contraen y se distienden rápidamente, como si temblasen. Escribe, en tanto que el prisionero precisa.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Si no lo has dicho todo…
—He dicho todo.
El prisionero se muestra ahora indiferente.
Nicolaiev llama, nos enseña un papel, luego se lo da al ordenanza.
—Un ciclista a la oficina especial de Telégrafos. Inmediatamente.
Se vuelve hacia nosotros:
—En esas condiciones… en esas condiciones… Quizás haya otros, sin embargo… Vamos… Garín… ¿no te parece… que habría que intentarlo… por si acaso…?
Para intentar excusar su terrible negligencia, está dispuesto, él, que quería dejar para mañana la continuación del interrogatorio, a torturar a ese hombre «por si acaso»…
—Siempre en sus trece —murmura Garín entre dientes.
Y en alta voz:
—¿Para que nos cuente una serie de patrañas y nos lance sobre pistas falsas…? No puede tener informaciones de orden general. En el trabajo de los pozos, los agentes no son casi nunca más de tres. Tres, ¿me entiendes? ¡No dos!
Es él ahora quien llama (cuatro veces). Entran dos soldados y se llevan al prisionero. Nicolaiev, que no ha respondido nada, aparta lentamente con la mano las efímeras que siguen cayendo sobre la mesa, como si alisase el papel, con un gesto de niño modoso.
Encontramos en el pasillo a un ordenanza del Comisariado de la Guerra, que trae un telegrama: las tropas de Cheng comienzan a replegarse.
* * *
La escalera de la casa de Garín está a oscuras: la lámpara que la alumbraba se ha roto. La noche continúa, fuera y en mis nervios… Me arden los párpados, pero no tengo sueño. Ligeros escalofríos me recorren el cuerpo, como si empezase a estar ebrio; mientras poso pesadamente los pies, tanteando con los dedos cada escalón, se me cierran los ojos y veo, con una mezcla de confusión y de extraña lucidez, imágenes deformadas: los dos prisioneros, el prisionero muerto (en el suelo), Nicolaiev, la boda grotesca de que me habló Garín, los rayos de luz de la calle, el rostro desgarrado de Klein, la mancha de los carteles rosa… Me estremezco, como si me despertase sobresaltado, cuando oigo la voz de Garín:
—No puedo acostumbrarme a esta oscuridad; me da siempre la impresión de estar ciego…
Pero ya hemos llegado a la luz. Estamos de nuevo en la habitación pequeña; las dos maletas continúan allí.
—¿Es todo lo que te llevas?
—Para unos meses, es más que suficiente…
Apenas si ha escuchado mis palabras. Presta atención a un rumor muy débil que llena toda la casa y que me intrigaba ya antes de que saliésemos.
—¿Oyes?
—Sí… Oí ya ese ruido antes de salir…
—¿De dónde crees que viene?
—Escucha…
Hay algo misterioso en ese rumor ahogado, lejano, mecánico. Es un chirrido sordo como el de los roedores, pero regular y del que sobresalen, como burbujas en el agua turbia, sonidos semejantes a chasquidos de madera, que se prolongan un momento como todos los ruidos en la oscuridad y se pierden después en ese chirrido constante, que parece venir a la vez del sótano y del horizonte. Garín se ha parado, inquieto, conteniendo la respiración, con los hombros encogidos, esforzándose por hacer el menor ruido posible. Un chasquido de sus zapatos extingue brutalmente sonidos y rumores, que, tras unos segundos, reaparecen como un resplandor muy débil, aumentan y vuelven a alcanzar su intensidad lejana e inexplicable. Al fin, su cuerpo se relaja; hace un gesto de indiferencia y se echa en la cama de madera:
—¿Quieres un poco de café mientras esperamos?
—No, gracias. Harías mejor en tomarte la quinina y cambiarte el vendaje.
—Ya lo haré a su debido tiempo…
Mira las maletas.
—Tres meses tal vez…
Siempre preocupado, se muerde por dentro las mejillas.
—En fin, tampoco sería muy inteligente quedarse aquí, ya que no me fui a tiempo…
Al decir «quedarme» no lo ha dicho en el sentido de «permanecer», sino en el de «morir».
—Mi buen amigo Nicolaiev insinúa que ya es demasiado tarde…
Hasta ahora ha hablado para sí mismo. El tono de su voz cambia; alza una vez más el hombro derecho.
—¡Vaya un estúpido…! Si a mí no se me hubiese ocurrido volver allí esta noche… ¿Por quién podrá reemplazarme Borodín? Por Chen en el servicio de Propaganda en las secciones, pero ¿y en los otros? Con algunos buenos mozos como Nicolaiev —disciplinado, muy disciplinado—, la cosa acabará mal… Klein ha muerto… ¿En qué estado me encontraré todo esto cuando regrese…? Basta una metedura de pata de la policía para hacerme entrar de nuevo en esta vida de Cantón, con la misma facilidad con que me pongo la chaqueta, y sin embargo, en este momento, tengo la sensación de haberme ya marchado. ¡Vaya, si reviento en el mar, podrán pegar en el saco una bonita etiqueta…!
Sus labios se han hecho aún más delgados que hace un momento y tiene los ojos cerrados. La sombra de su nariz, que parece muy prominente, se confunde con la ojera del ojo izquierdo. Está feo, con la fealdad inquietante y afilada de los muertos antes de que llegue la serenidad.
—¡Y pensar que cuando llegué aquí, en tiempos de Lambert, Cantón era una república de opereta! ¡Y hoy, Inglaterra! Vencer a una ciudad, abatir a una ciudad… La ciudad es la cosa más social del mundo, el emblema mismo de la sociedad. ¡Por lo menos hay una que los piojosos cantoneses están dejando en una bonita situación! Ese decreto… Al fin el esfuerzo de todos los hombres que hicieron de Hong Kong un puño cerrado está siendo…
Baja el pie y se inclina hacia adelante, como si aplastase algo, lenta, pesadamente. Al mismo tiempo que endereza el busto, saca del bolsillo un espejito redondo con el reverso de celuloide y contempla su cara (es la primera vez).
—Creo que ya iba siendo hora…
»Verdaderamente sería demasiado idiota morir como un colono cualquiera. Si no se asesina a un hombre como yo, ¿a quién se va a asesinar?
Algo en todo lo que dice me hace sentirme incómodo, me inquieta. Él continúa:
—¿Qué diablos voy a hacer en Europa? ¿Moscú…? En los términos en que estoy con Borodín… Desconfío de los métodos de la Internacional, pero habría que ver… En seis días, Shanghai; después, el barco noruego, y la impresión de haberse alojado en una conserjería. ¡Con tal de que no me lo encuentre todo deshecho cuando vuelva! Borodín posee una gran fuerza, pero también, a veces, una gran torpeza… ¡Ah, uno no va nunca adonde quisiera ir…!
—¿Y adónde rayos querrías ir tú?
—A Inglaterra. Ahora sé lo que es el Imperio. Una tenaz, una constante violencia. Dirigir. Determinar. Forzar. La vida es eso…
Y de repente comprendo por qué me desconciertan sus palabras: no es a mí a quien quiere convencer. No cree en lo que está diciendo y se esfuerza por convencerse a sí mismo con todos sus irritados nervios… ¿Sabe que está perdido, teme estarlo, no sabe nada? Ante su muerte cierta, sus afirmaciones, sus esperanzas, hacen nacer en mí una desolada exasperación. Me dan ganas de decirle: «¡Basta, basta ya! ¡Vas a morir!». Me invade una tentación furiosa, que basta, no obstante, para reprimir mi presencia y una imposibilidad física. La enfermedad ha excavado hasta tal punto su rostro que no necesito ningún esfuerzo para imaginármelo muerto. Y a pesar mío, tengo la sensación de que, si yo hablase de la muerte, impondría a su mirada esta imagen, estos rasgos más tensos aún, de los que no puedo librarme. Me parece también que mis palabras resultarían peligrosas, como si yo convirtiera en cierta su muerte, que él ya conoce… Desde hace un momento permanece callado. Y en ese nuevo silencio, volvemos a oír el singular ruido que nos intrigaba hace poco. Ya no es rumor, sino un ruido formado por sucesivas sacudidas, muy lejanas o muy ensordecidas, un ruido de sueño; parece como si estuvieran golpeando el suelo, a lo lejos, con objetos envueltos en fieltro. Y los sonidos más claros, que hace un instante eran análogos a los de la madera que chasca, se han vuelto metálicos y hacen pensar en el estruendo confuso de una fragua, dominado por los golpes musicales de los martillos…
De nuevo, a esos ruidos entremezclados se une el de los neumáticos rebotando sobre la grava. Sube un cadete, precedido por un boy. Trae la respuesta del oficial telegrafista. El ruido, aunque lejano, llena la habitación…
—¿Oyes? —pregunta Garín al boy.
—Sí, señor comisario.
—¿Qué es eso?
—No lo sé, señor comisario.
El cadete menea la cabeza.
—Es el ejército, camarada Garín…
Garín levanta los ojos.
—La retaguardia del ejército rojo, que llega formada…
Garín aspira profundamente, después lee el telegrama y me lo tiende:
Tercer agente apresado. Portador ochocientos gramos de cianuro.
Desastre enemigo. Varios regimientos trabajados por Propaganda pasados a nosotros. Abastecimientos y artillería en nuestras manos. Cuartel general desorganizado. Caballería persigue Cheng en fuga.
Firma el acuse de recibo y lo entrega al cadete, que se va, siempre precedido por el boy.
—¡Ya no verá mi firma por algún tiempo…! Las tropas de Cheng deshechas… Antes de un año, Shanghai…
El fragor de las tropas se aproxima o se aleja con el viento cálido. Reconocemos ahora el rechinar de los tractores, el temblor confuso de la tierra bajo el paso martilleante de los hombres y, por ráfagas, en medio de una asfixiante bocanada, los cascos de los caballos, el eco de los ejes de los cañones que resuenan… Una exaltación confusa penetra en él con ese lejano tumulto. ¿Alegría?
—No tendré casi tiempo de verte mañana por la mañana, entre todos esos imbéciles que vendrán a acompañarme…
Lentamente, mordiéndose el labio inferior, saca el brazo herido del cabestrillo y se levanta. Nos abrazamos. Siento nacer en mí una tristeza desconocida, profunda, desesperada, provocada por todo lo que hay de vano en esto, por la presencia de la muerte… Cuando la luz ilumina de nuevo nuestros rostros, me mira. Busco en sus ojos la alegría que he creído ver; pero ya no hay nada parecido, nada más que una dura y, sin embargo, fraternal gravedad.