Los conquistadores

André Malraux · Capítulo 4 de 4

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Los conquistadores

Nota final

Han pasado más de veinte años desde la publicación de este libro de adolescencia. ¡Y mucha agua por debajo de tantos puentes rotos! Veinte años después de la toma de Pekín por el ejército revolucionario de Chang-kai Chek, esperamos la toma del Cantón de Chang-kai Chek por el ejército revolucionario de Mao-tse Tung. Dentro de veinte años, ¿otro ejército revolucionario expulsará al «fascista» Mao? ¿Qué piensa de todo esto la sombra de Borodín, quien, según las últimas noticias, antes de la guerra, solicitaba del Kremlin «un alojamiento con chimenea»? ¿Y la sombra del suicidado Gallen?

Sin embargo, a pesar del juego complejo que empuja quizá —quizás…— a China al lado de Rusia, no hay la menor duda de que las tropas de Mao obtienen sus victorias gracias a la rebelión que animaba a las tropas de 1925. No es la antigua pasión de liberación lo que ha cambiado. Lo que ha cambiado allí no es China, no es Rusia; es Europa. Ha dejado de contar,

 

* * *

Pero este libro no pertenece más que superficialmente a la historia. Si ha sobrevivido, no es porque pinte unos episodios determinados de la revolución china, sino porque muestra un tipo de héroe en el que se unen la aptitud para la acción, la cultura y la lucidez. Esos valores estaban directamente ligados con los de la Europa de entonces. Y puesto que se me pregunta: «Entre esos valores, ¿en qué se han convertido, en la Europa de hoy, aquellos que corresponden al espíritu?», prefiero responder con la apelación que dirigí a los intelectuales, el 5 de marzo de 1948, en la sala Pleyel, en nombre de mis compañeros gaullistas.

Su forma (la estenografía de un discurso improvisado apoyándome en notas) demuestra, por lo demás, que no se trata de un ensayo. Algunas de las ideas que expreso en él las he desarrollado, en otro plano, en la Psicología del Arte. Pero el aspecto de predicación un poco jadeante que hay en un discurso me ha parecido más acorde con la pasión de una novela, y con los límites de las cuestiones que ella sugiere, que el ejercicio de una fingida imparcialidad. La debilitación de la conciencia europea sólo se analiza aquí de manera sumaria. Se trataba de poner de manifiesto la amenaza a la vez más inmediata y más solapada, la del embrutecimiento a través de las psicotécnicas (la propaganda ha recorrido mucho camino desde la época de Garín), y de precisar lo que, a nuestros ojos, debe ser MANTENIDO.

 

El espíritu de Europa está siendo objeto de una doble metamorfosis. Éste es a nuestros ojos el drama del siglo XX: al mismo tiempo que el mito político de la Internacional agoniza, se está produciendo una internacionalización sin precedentes de la cultura

Desde la gran voz de Michelet hasta la gran voz de Jaurès, durante todo el siglo pasado, fue una especie de evidencia el que el hombre se haría tanto más hombre cuanto menos apegado se sintiera a su patria. No se trataba de bajeza ni de error: era la forma de esperanza de entonces. Víctor Hugo pensaba que los Estados Unidos de Europa se constituirían por sí mismos y que sería el preludio a los Estados Unidos del mundo. Pero los Estados Unidos de Europa no se constituirán sin dolor, y los Estados Unidos del mundo no están aún a la vuelta de la esquina…

Lo que hemos aprendido es que el gran gesto de desdén con que Rusia descarta ese canto de la Internacional que, quiéralo ella o no, continuará formando parte del eterno sueño de justicia de los hombres, barre de un manotazo los sueños del siglo XIX. Sabemos ahora que no seremos más hombres cuanto menos franceses seamos; simplemente seremos más rusos. Para lo bueno como para lo malo, estamos unidos a la patria. Y sabemos que no nos haremos europeos sin ella; que, lo queramos o no, tendremos que hacernos europeos en ella.

 

Al mismo tiempo que moría esta inmensa esperanza, al mismo tiempo que cada hombre era rechazado al interior de su patria, una profusión de obras irrumpían en la civilización: la música y las artes plásticas acababan de inventar su imprenta.

Las traducciones entraban en todos los países sin ninguna restricción: el coronel Lawrence se encontraba con Benjamin Constant, y la colección Payot con los clásicos Garnier.

En fin, nació el cine. Y en este mismo momento quizás una mujer hindú llora al ver en Ana Karenina a una actriz sueca y a un director norteamericano expresar la idea que el ruso Tolstoi se hacía del amor…

¡Si no hemos conseguido apenas unir el sueño de los vivos, al menos hemos unido mejor a los muertos!

Y esta noche, en esta sala, podemos decir sin caer en el ridículo: «Vosotros, los que estáis aquí, sois la primera generación de herederos de toda la tierra».

¿Cómo es posible una tal herencia? Fijémonos bien en que cada una de las civilizaciones desaparecidas no se dirige más que a una parte del hombre. La de la Edad Media era en primer término una cultura del alma; la del siglo XVIII, en primer término una cultura de la inteligencia. De edad en edad, las sucesivas civilizaciones, que se dirigen a elementos sucesivos del hombre, se superponen; y sólo en sus herederos se unen profundamente. La herencia es siempre una metamorfosis. El verdadero heredero de Chartres, eso está claro, no es el arte de Saint-Sulpice, es Rembrandt… Miguel Ángel, creyendo rehacer el arte antiguo, hacía a Miguel Ángel…

¿Qué hubieran podido decirse aquellos de quienes nació nuestra civilización? Como es bien conocido, en ella se mezclan un elemento griego, un elemento romano, un elemento bíblico. Pero entre César y el profeta Elías, ¿qué se hubiese podido intercambiar? Injurias. Para que naciese verdaderamente el diálogo entre Cristo y Platón, tenía que nacer Montaigne.

Sólo en el heredero se produce la metamorfosis de la que nace la vida.

 

¿Y quién reivindica hoy esta metamorfosis? Estados Unidos, la Unión Soviética, Europa. Antes de llegar a lo esencial, me gustaría despejar un poco el terreno. Y eliminar ante todo esa estupidez de que las culturas se hallan en pugilato permanente, a la manera de los Estados. América latina basta para proporcionar la prueba de que eso es una idiotez. En el momento presente está conciliando, sin la menor lucha, lo que desea recibir del mundo anglosajón y lo que desea recibir del mundo latino. Hay conflictos políticos irreductibles; pero es absolutamente falso que los conflictos entre culturas sean irreductibles por definición. A veces lo son en el grado más grave, a veces no lo son en absoluto.

Ahorrémonos se maniqueísmo absurdo, esa separación entre los ángeles amigos del orador y los demonios enemigos del orador que se ha puesto de moda cuando se habla de América y Rusia. Lo que pensamos de la política rusa con respecto a nuestro país es claro: pensamos que las mismas fuerzas que la hicieron actuar a favor de Francia durante la Liberación la harán actuar hoy implacablemente en contra; y estamos resueltos a poner en orden las cosas. Pero Stalin no significa nada frente a Dostoïevski, del mismo modo que Mussorgski no garantiza la política de Stalin.

 

Veamos en primer lugar la reivindicación de la herencia cultural del mundo por parte de Estados Unidos. Primer punto: no hay en América una cultura específicamente americana. Ésa es una invención de los europeos. Se considera que en América existe un decorado particular de la vida. Se considera que América es una país sin raíces, que es un país urbano, un país que ignora la vieja y profunda relación con el árbol y la piedra en la que coinciden el más antiguo genio de China y el más antiguo genio de Occidente. Un país que tiene sobre nosotros la ventaja de poder y querer acoger con el mismo entusiasmo todas las herencias del mundo y donde cualquier museo importante expone en la misma sala las estatuas romanas, que contemplan de lejos nuestro Occidente, y las estatuas Tang, que contemplan de lejos la civilización china.

Pero, además, una gran cultura no es un taller de anticuario superior, ni siquiera en el aspecto épico. Y la cultura americana es en grado infinitamente mayor un campo de conocimientos que un campo de cultura orgánico, desde el momento en que Europa es rechazada de ella.

Por otra parte, América impone actualmente su tono a las artes de masas: la radio, el cine y la Prensa.

Su arte nos parece sobre todo específicamente americano cuando es un arte de masas. Y en verdad no hay tanta diferencia entre el espíritu de Life y el espíritu de Samedi-Soir; simplemente, hay más americanos que franceses…

En fin, América posee un espíritu novelesco particular. Pero, una vez más, ¿es específicamente americano? Hay indiscutiblemente una actitud americana frente al mundo, que es una reducción permanente de éste a su espíritu novelesco. Pero ¿puedo permitirme recordarles que en Los tres mosqueteros Richelieu es un gran hombre no por lo que hizo de Francia, sino por haber señalado al rey la desaparición de los herretes de Ana de Austria? En estos momentos América representa más que ningún otro país el espíritu novelesco, pero lo representa probablemente en tanto que país de masas. Y la cultura se encuentra mucho más allá de esos problemas. ¿Qué piensan los americanos cultos? Piensan que la cultura americana es una de las culturas nacionales de Occidente, que no hay mayor diferencia entre la alta cultura americana y la alta cultura francesa que entre ésta y la cultura inglesa y lo que fue la alta cultura alemana. ¡Los europeos no nos parecemos tanto! Y créanme que la distancia entre el conductismo y el bergsonismo no es de distinta naturaleza que la existente entre Bergson y Hegel. En definitiva, América jamás se ha concebido a sí misma con respecto a nosotros, en el orden cultural, como una parte del mundo. Se ha concebido siempre como una parte de NUESTRO mundo. Hay menos un arte americano que artistas americanos. Tenemos los mismos sistemas de valores; ellos no poseen todo lo esencial del pasado de Europa, pero todo lo que poseen de esencial está vinculado a Europa. Lo repito: la cultura americana, en tanto que distinta de la nuestra como lo es de la cultura china, es una invención pura y simple de los europeos.

Y no hay una hipótesis de cultura específicamente americana, opuesta a la nuestra, más que en la medida precisa de la dimisión de Europa.

 

Es difícil considerar sin desazón a Rusia como un país europeo.

San Petersburgo daba la impresión (y Leningrado la da todavía) de un «establishment» europeo, de una amplia factoría imperial de Occidente — almacenes, cuarteles, cúpulas—, una Nueva Delhi del Norte.

Pero considerar a los rusos, como han hecho siempre sus adversarios, como asiáticos, es decir, como en cierto modo chinos o hindúes, es absurdo. Tal vez la verdad es que no hay que tomar demasiado en serio los mapas y que Rusia no está situada ni en Europa ni en Asia: está situada en Rusia. Del mismo modo que Japón, donde el amor y el ejército representan un papel tan importante, no está situado ni en China ni en América.

Los demás países de Europa forman parte de nuestra cultura por estratos y por intercambios. En determinados siglos, la han dominado Italia, España, Francia, Inglaterra. Todos estos países tienen en común el mito cultural de Grecia y de Roma, y la herencia de quince siglos de cristiandad compartida. Esta última herencia, que, por sí sola, separa a los eslavos de Bohemia de los eslavos de Rusia, tiene verdaderamente un gran peso. Y la herencia de Bizancio tiene a su vez tanto peso sobre Rusia como para que la pintura rusa no haya logrado nunca por completo liberarse de ella y para que Stalin evoque en el momento actual tanto a Basilio II como a Pedro el Grande.

Rusia no entró en la cultura occidental hasta el siglo XIX, a través de su música y sus novelistas. Y aún así, Dostoievski es quizás el único de estos últimos que pretende ser específicamente ruso.

Ilia Ehrenburg respondió indirectamente a una entrevista que yo concedí sobre la civilización atlántica al preguntar: «¿Qué puede considerarse más europeo: la bomba atómica o Tolstoi?».

Si les parece bien, dejemos la bomba atómica tranquila. Si en esos momentos los rusos no la tenían aún no era ciertamente porque no la hubiesen buscado. ¡Y presentarnos a Stalin como perteneciente al mismo género que Gandhi no se puede tomar verdaderamente en serio!

Queda Tolstoi. ¿A cuál de ellos nos referimos? El autor de Ana Karenina y de Guerra y paz no sólo forma parte de Europa, sino que es una de las cumbres del genio occidental. De acuerdo con una frase famosa: «No hay que escupir en las fuentes después de haber bebido en ellas». Además, cuando Tolstoi escribió sus novelas se consideraba europeo y se sentía especialmente como el rival de Balzac. En cambio, si se trata del conde León Nicolaievich, que pretende vivir como una especie de Gandhi, que muere en

la nieve como un héroe de [9] bylina, que escribe que «prefiere un buen par de botas a Shakespeare», entonces me hace pensar en uno de los grandes inspirados bizantinos… Y si hay que compararlo sea como sea a otro genio, sería con Tagore, inseparable de la India y que con La casa y el mundo escribió una de las más grandes novelas universales; no sería con Sthendal.

Lo que le separa más de nosotros es sin duda alguna lo mismo que nos separa de Rusia: su dogmatismo oriental. Stalin cree en su verdad, y su verdad no deja margen a la interpretación; pero, tan pronto como Tolstoi se separa de Occidente, no cree con menos fuerza en la suya; y el genio de Dostoievski se mantuvo durante toda su vida al servicio de una predicación irreprimible. Nunca ha existido en Rusia ni Renacimiento ni Atenas, ni Bacon ni Montaigne.

Siempre ha habido en Rusia una parte que corresponde a Esparta y una parte que corresponde a Bizancio. Esparta se integra fácilmente en Occidente; Bizancio, no. Actualmente podría verse en la industrialización a toda costa de ese inmenso país agrícola, intentado en treinta años, el más furibundo esfuerzo de occidentalización que ha padecido desde la época de Pedro el Grande. «¡Alcanzar y sobrepasar a América!». Pero el espíritu ruso se defiende tanto más cuanto mayor es el esfuerzo.

No se debe al azar el que los comunistas ataquen a Picasso. Su pintura pone en discusión precisamente el sistema en que ellos se basan. Quiérase o no, esa pintura es la presencia más penetrante de Europa.

En el orden del espíritu, todo lo que Rusia llama formalismo y que deporta o mata incansablemente desde hace diez años, es Europa. Pintores, escritores, cineastas, filósofos, músicos sospechosos son en primer término sospechosos de hallarse bajo la influencia de la «Europa podrida». ¡Europeos, Einstein, Babel, Prokofiev! El espíritu de Europa es un peligro para una industria faraónica. La condena de Picasso por Moscú no es en modo alguno un accidente: pretende ser una defensa de los planes quinquenales.

Según los artistas mueran a tiempo o un poco demasiado tarde, se les entierra con todos los honores en los muros del Kremlin o vergonzosamente al pie del muro siberiano del campo de deportación.

La verdadera razón por la que Rusia no es europea no tiene nada que ver con la geografía. Es la voluntad; rusa.

 

No estoy dando una conferencia sobre la historia de la cultura. No hablaré de Europa más que en relación con la Unión Soviética y Estados Unidos. Presenta en primer lugar dos características.

La primera consiste en la unión entre el arte y la cultura. Ambos campos aparecen separados en Rusia por el dogmatismo del pensamiento. Y no menos irreductiblemente separados se encuentran en Estados Unidos, porque en Estados Unidos el hombre culto no es el artista, sino el universitario; un escritor americano —Hemingway, Faulkner— no es de ningún modo el equivalente de Gide o Valéry. Son el equivalente de Rouault o de Braque; son brillantes especialistas en determinados conocimientos dentro de una cultura determinada. Pero no son ni hombres pertenecientes a la historia ni «ideólogos».

Segundo punto, de mayor importancia: la voluntad de trascendencia. ¡Atención a esto! Europa es la parte del mundo donde se han sucedido Chartres, Miguel Ángel, Shakespeare, Rembrandt… ¿Es que renegamos de ellos, sí o no? ¡No! En ese caso, hay que saber de lo que hablamos.

Aparentamos creer que somos unos pobres desgraciados frente a una inmensa cultura, que se llama la novelística americana, y otra inmensa cultura que se llama… no sé muy bien cómo… en el mejor de los casos, la música rusa (lo que no está nada mal, por lo demás).

Pero en fin, a pesar de todo, la mitad del mundo mira aún hacia Europa, y sólo ella responde a su interrogación profunda. ¿Quién ha ocupado el puesto de Miguel Ángel? El resplandor que se busca en ella es el último resplandor de la luz de Rembrandt; y el gran gesto de escalofrío con que ella se imagina acompañar su agonía es una vez más el gesto heroico de Miguel Ángel…

Nos dicen: «Ésos son valores burgueses…». Pero ¿a qué viene toda esa historia de la definición del arte por su condicionamiento?

Les ruego que me comprendan bien. Me parece justo que un filósofo ruso —en Siberia, por lo demás, desde ese momento— haya dicho que «el pensamiento de Platón es inseparable de la esclavitud». Cierto que en ello hay un presupuesto histórico del pensamiento, un condicionamiento del pensamiento. Pero el problema no termina con eso. Al contrario, comienza con eso. ¡Porque, vamos, ustedes han leído a Platón! ¡Y no lo han leído ni como esclavos ni como propietarios de esclavos!

Nadie en esta sala —ni yo tampoco— conoce los sentimientos que animaban a un escultor egipcio del Antiguo imperio cuando esculpía una estatua; pero no es menos cierto que contemplamos esa estatua con una admiración que no hemos ido a buscar en la exaltación de los valores burgueses; y el problema que se plantea consiste precisamente en saber qué es lo que asegura la trascendencia parcial de las culturas muertas.

No estoy hablando de eternidad, hablo de metamorfosis. Egipto ha reaparecido entre nosotros; había desaparecido durante más de mil quinientos años. ¿Que la metamorfosis es imprevisible? Pues bien, nos enfrentamos a un presupuesto fundamental de la civilización, que es la imprevisibilidad de los renacimientos. Pero yo prefiero un mundo imprevisible a un mundo impostor.

El drama actual de Europa es la muerte del hombre. A partir de la bomba atómica, y aun mucho antes, se comprendió que lo que el siglo XIX llamaba «progreso» tenía un elevado precio. Se comprendió que el mundo se había hecho dualista, y que la inmensa esperanza sin pasivo que el hombre había puesto en el porvenir ya no era válida.

¡Pero no porque el optimismo del siglo XIX haya dejado de existir ha dejado también de existir el pensamiento humano! ¿Desde cuándo la voluntad se basa en el optimismo inmediato? Si así fuese, jamás hubiera habido Resistencia antes de 1944. Según una antigua y famosa frase: «No es necesario esperar para emprender…». Ya conocen ustedes el resto.

El hombre ha de encontrar un nuevo fundamento, sí, pero no sobre unas estampitas. Europa sigue defendiendo los más altos valores intelectuales del mundo. Para darse cuenta, basta suponerla muerta. Si en el lugar en que estuvo Florencia, en el lugar en que estuvo París fuese el día en que «se inclinarán los juncos murmuradores y ondulantes», ¿creen ustedes verdaderamente que haría falta mucho tiempo para que esos lugares que fueron ilustres aparezcan en la memoria de los hombres como imágenes sagradas?

Nosotros somos los únicos en no creer en Europa. El mundo mira aún con una admiración temerosa y lejana estas viejas manos que tantean en la oscuridad…

Si Europa no se considera ya a sí misma en términos de libertad, sino en términos de destino, no es la primera vez. Las cosas no andaban demasiado bien en la época de la batalla de Mohacz. Las cosas no andaban demasiado bien cuando Miguel Ángel grabó en el pedestal de La noche: «¡Si es para ver la tiranía, no te despiertes!».

Por lo tanto, no se trata de sumisión por parte de Europa. ¡Estamos hartos de tales historias! Hay, por una parte, una hipótesis: Europa se convierte en un elemento capital de la civilización atlántica. Y hay una pregunta: ¿en qué se convierte Europa dentro de la estructura soviética? La civilización atlántica reclama y, en el fondo (en tanto que cultura), respeta todavía a Europa; la estructura soviética desdeña su pasado, odia su presente y no acepta de ella más que un porvenir en el que no quede absolutamente nada de lo que fue.

Los valores de Europa se hallan amenazados desde el interior por las técnicas nacidas de los medios de apelación a las pasiones colectivas: Prensa, cine, radio, publicidad… en una palabra, «los medios de propaganda». Lo que se llama, en estilo refinado, las técnicas psicológicas.

Esas técnicas se han elaborado sobre todo en los países de que acabamos de hablar. En América están principalmente al servicio de un sistema económico y tienden a obligar al individuo a comprar. En Rusia están al servicio de un sistema político y tienden a obligar al ciudadano a una adhesión sin reservas a la ideología de los dirigentes; a causa de eso, comprometen al hombre en su totalidad.

No confundamos la acción de esas técnicas en su país de origen con la incidencia de su acción sobre Europa, en particular sobre Francia. La incidencia de las psicotécnicas americanas sobre nuestra cultura es secundaria; la de las psicotécnicas rusas pretende ser decisiva…

Pero sobre todo no hablemos de una cultura futura, a la que se refiere siempre la psicotécnica rusa. Hablemos de la actual: el conjunto de la técnica soviética en Francia conduce hoy prácticamente a una organización sistemática de mentiras elegidas por su eficacia.

El general De Gaulle está «contra la República» (¿porque la ha restablecido?), «contra los judíos» (¿porque ha abolido las leyes raciales?), «contra Francia». Resulta muy instructivo que, al menos una vez por semana, se pueda escribir sin provocar la risa, que está contra Francia la persona que, por encima de la terrible somnolencia de este país, supo mantener su honor como un sueño imperecedero…

Lo interesante es que, por supuesto, los estalinistas saben tan bien como nosotros que todo eso es completamente falso. Es la misma técnica de la publicidad: se envuelve en el mismo papel el jabón Cadum y «el mañana que canta». Se trata siempre de conseguir el reflejo condicionado, es decir, de hacer que un determinado vocabulario, sistemáticamente unido a ciertos nombres, vincule a esos nombres los sentimientos que ese vocabulario suscita en nosotros de ordinario. Atribuir las propias taras al adversario para que el lector termine por no entender nada de nada es asimismo un procedimiento común. Ejemplo: el «partido americano».

Quiero insistir en esto: no estoy tratando de discutir lo bien o lo mal fundado de los artículos de L’Humanité, sino de precisar las técnicas en que se basa la acción psicológica más profunda que el mundo ha conocido desde hace varios siglos. En el orden intelectual, primero desacreditar al adversario, hacer imposible la discusión. Durante todo un año Jean Paulhan ha intentado convencer a los estalinistas de que había dicho lo que había dicho. Todo fue en vano.

Atacar sobre todo en el plano moral: lo que ese modo de pensar necesita no es que el adversario sea un adversario, es que sea lo que en el siglo XVIII se llamaba un facineroso.

El único tono de esta propaganda es la indignación (y eso es precisamente lo que la hace tan agotadora). Y ese sistema que se basa en el postulado fundamental de que el fin justifica los medios —y por lo tanto que no hay otra moral que la de los fines— es el sistema de propaganda más obstinadamente y más cotidianamente moral que se haya visto nunca.

Dicha técnica está dirigida a conseguir, en el campo del espíritu, bien aliados, bien (en Rusia) estalinistas.

 

Con respecto a los aliados:

Tenemos en primer término una antigua mistificación, es la mistificación cristiana y ética. Ciertos de los elementos más profundos del estalinismo se han mantenido en Francia inseparables de la gran apelación cristiana. Pero ya sabemos ahora lo que valen esas chanzas.

La segunda es la mistificación nacional. Coincide con toda la política estalinista a partir del Kominform. Se trata de impedir en todos los países de Occidente la reedificación económica, que puede hacer inclinarse a esos países hacia Estados Unidos e Inglaterra. Para ello hay que inventar «la defensa nacional de los países amenazados por los americanos».

Los estalinistas quieren añadir a su reclutamiento obrero un amplio reclutamiento burgués; en consecuencia, establecer una ideología nacional, de la que el partido comunista sería lo que él llama el ala móvil, de tal manera que no se base ya en el presupuesto ruso ni en el presupuesto clase contra clase, sino en un presupuesto experimentado ya por los estalinistas en la Resistencia y que consiste en la unión de todas las fuerzas sinceramente nacionales bajo una máscara comunista, en beneficio de Moscú.

Después, la mistificación de la perspectiva histórica. Repito que ya es hora de sustituir el interrogante «¿Qué es?» por la voluntad de explicar siempre la significación oculta, histórica de preferencia, de lo que es. Se representa la teoría del realismo socialista en pintura… y naturalmente esto es tan defendible como cualquier otra cosa. Pero ¿qué cuadros se hacen? No se hacen en absoluto cuadros realistas socialistas; se hacen iconos de Stalin al estilo de Déroulède.

El condenar a Bernanos de una manera absoluta en nombre de un proletariado mítico podría defenderse, si no hubiera que admirar también las novelas edificantes de Garaudy. ¡Ay, cuántas esperanzas traicionadas, cuántos insultos y muertes para terminar cambiando simplemente de biblioteca rosa!

Y luego hay la célebre mistificación por la continuidad revolucionaria. Como todos sabemos, los mariscales de cantos dorados son los legítimos herederos de los primeros compañeros de Lenín, vestidos con chaquetas de cuero. A pesar de todo, conviene explicarse a este respecto: a André Gide y a mí se nos solicitó que llevásemos a Hitler las manifestaciones de protesta contra la condena de Dimitrov, inocente del incendio del Reichstag. Fue un gran honor para nosotros (no había muchos, por lo demás). Y ahora, cuando Dimitrov, ya en el poder, hace colgar al inocente Petkov, ¿quién es el que ha cambiado? ¿Gide y yo o Dimitrov?

Al principio, el marxismo recomponía el mundo de acuerdo con la libertad. La libertad sentimental del individuo representó un papel inmenso en la Rusia de Lenín. Lenín pidió a Chagall que pintase los frescos del teatro judío de Moscú. Hoy, el estalinismo proscribe a Chagall. ¿Quién ha cambiado?

Uno de mis libros, La condición humana, interesó en su tiempo a un buen número de rusos. Se pensaba basar en él una película de Eisenstein, con música de Jostakovich; se pensaba que Meyerhold hiciese una adaptación para el teatro, con música de Prokofiev… ¿Es un historial suficiente, para una sola obra, de muerte y abjuración? Se me replicará que yo ignoro la dialéctica. También la ignoran los condenados a trabajos forzados… y los cadáveres, más todavía…

Se han producido innumerables rupturas: Víctor Serge, Gide, Hemingway, Dos Passos, Mauriac, y tantos otros… Es falso que esas rupturas tengan algo que ver con los problemas sociales. Porque no estaba sobreentendido que «el mañana que canta» sería ese largo alarido que sube desde el mar Caspio hasta el Mar Blanco y que su canto sería el canto de los forzados.

Estamos en esta tribuna y no renegamos de España. ¡Veremos si algún día sube a tal tribuna un estalinista para defender a Trotski!

En Rusia el problema es diferente. El país está cerrado y, a causa de ello, en ruptura con lo esencial de la cultura moderna. Ahora es el país en donde se ha producido todo. Cito del manual de historia para la juventud:

Fue un maestro ruso, Ciolkowski, quien elaboró la teoría de la propulsión a reacción. Fue un electrotécnico ruso, Popov, el primero en inventar la radio (Simba Russkaia, p. 55).

En los países capitalistas la instrucción es privada y cuesta muy cara. Para un gran número de muchachos y muchachas es un deseo, un sueño inalcanzable (Ibídem, p. 277)…

Pasemos…

Queda, en el orden positivo, un pensamiento que quiere exaltar la solidaridad, el trabajo y un cierto mesianismo noble, con ese desdén que se encuentra siempre en los libertadores. Y luego, las psicotécnicas destinadas a crear la imagen del mundo y los sentimientos más favorables para la acción del partido. «Los escritores son los ingenieros del “alma”». ¡Y de qué modo!

Pero para esto reivindican la verdad. No olvidemos que el mayor periódico ruso se llama Pravda, la verdad. Sin embargo, hay algunos que saben. Y aquí se plantea un problema muy interesante: ¿a partir de qué nivel se tiene actualmente en Rusia el derecho a mentir? Porque Stalin sabe tan bien como yo que existe la instrucción pública en Francia. Hay unos que están en el juego y otros que no lo están. Y yo creo que esto merece la pena que se reflexione sobre ello, lo mismo que sobre el desprecio implícito en las técnicas psicológicas. Ya se trate de hacer comprar un jabón o de ganarse las papeletas de voto, no hay una técnica psicológica que no esté basada en el desprecio del comprador o del votante; en caso contrario, sería inútil. El hombre mismo se encuentra implicado; el sistema es un todo. La técnica puede existir sin totalitarismo, pero lo sigue tan ineluctablemente como la G. P. U., porque, sin policía, es un monstruo vulnerable. Durante algunos años resultó difícil negar que fue Trotski quien creó el ejército rojo. Para que L’Humanité fuese plenamente eficaz sería necesario que el lector no pudiese leer ningún periódico de la oposición.

No hay márgenes. Y por eso el desacuerdo, incluso parcial, de un artista frente al sistema conduce a una abjuración.

Así se plantea nuestro problema esencial: ¿cómo impedir que las técnicas psicológicas destruyan la calidad del espíritu? Ya no hay arte totalitario en el mundo, suponiendo que lo haya habido alguna vez. La cristiandad ya no tiene catedrales; construye Sainte-Clotilde; y Rusia vuelve, con los retratos de Stalin, al arte más burguesamente convencional. He dicho «si lo ha habido alguna vez» porque las masas nunca han sido sensibles al arte como tal. (A ese respecto, aristocracia y burguesía son asimismo masas…). Yo llamo artistas a los que son sensibles al presupuesto específico de un arte; los otros son sensibles a su presupuesto sentimental. No existe «el hombre que ignora la música»; hay aquellos a quienes les gusta Mozart y aquellos a quienes les gustan las marchas militares. No existe «el hombre que ignora la pintura»; hay aquellos a quienes les gusta la pintura y aquellos a quienes les gusta El sueño de Detaille o los gatos metidos en un cesto. No existe «el hombre que ignora la poesía»; hay aquellos que se interesan por Shakespeare y aquellos que se interesan por los romances. La diferencia entre unos y otros está en que, para los segundos, el arte es una especie de expresión sentimental.

En ciertas épocas se da el caso de que esta expresión sentimental coincide con un arte extraordinario. Así ocurrió con el arte gótico. La unión entre los sentimientos más profundos —el amor, la vulnerabilidad de la condición humana— y una fuerza específicamente plástica produce entonces un arte genial que conmueve a todos. (Algo semejante se da en los grandes individualistas románticos: Beethoven, en cierto grado Wagner, Miguel Ángel sin la menor duda, Rembrandt e incluso Víctor Hugo).

Que una determinada obra sentimental sea artística o no es un hecho; no es una teoría ni un principio. El urgente problema que nos plantea consiste, pues, en términos políticos, en sustituir la engañosa apelación de una cultura totalitaria, cualquiera que sea, por la creación real de una cultura democrática. No se trata de llevar por la fuerza hacia el arte a las masas que le son indiferentes; se trata de abrir el campo de la cultura a todo el que quiera alcanzarla. En otras palabras, el derecho a la cultura es pura y

simplemente la voluntad de acceder a ella.[10]

 

… … … … … … … … … …

Por lo tanto, no pretendemos absurdamente fijar aquí un modelo de cultura, sino aportarle el medio de conservar en su próxima metamorfosis lo más elevado que ha alcanzado con nosotros.

Consideramos que el valor fundamental del artista europeo, en nuestras más grandes épocas, de los escultores de Chartres a los grandes individualistas, de Rembrandt a Víctor Hugo, se halla en la voluntad de considerar el arte y la cultura como los objetivos de una conquista. Para precisar, diré que el genio es una diferencia conquistada; que el genio —ya sea el de Renoir o el de un escultor tebano— comienza por este punto: un hombre que contempla desde su niñez algunas obras admirables que bastan para distraerle del mundo se siente un día en ruptura con esas formas, bien porque no son lo bastante serenas, bien porque lo son demasiado; y es su voluntad de constreñir a una verdad misteriosa e incomunicable (de otra forma que a través de su obra) el mundo y las mismas obras de las que él ha nacido, es esa voluntad lo que determina su genio. En otros términos, no existe un genio que copie, no existe un genio servil. ¡Que nos dejen tranquilos con los grandes artesanos de la Edad Media! Incluso en una civilización donde todos los artistas fueran esclavos, no podría confundirse al imitador de formas con el esclavo que hubiese encontrado formas desconocidas. Tanto en el arte como en otros terrenos, hay en el descubrimiento una especie de firma del genio, y esa firma no ha cambiado a través de los cinco milenios de historia que conocemos.

Si la humanidad lleva en su interior un presupuesto eterno, es sin duda esa vacilación trágica del hombre a la que se llamaría después, durante siglos, un artista… frente a la obra que siente más profundamente que nadie, que admira como nadie puede admirarla, pero que al mismo tiempo es el único en el mundo que desea subterráneamente destruir.

Ahora bien, si el genio es un descubrimiento, observemos que la resurrección del pasado se basa en este descubrimiento. Al principio de este discurso hablé de lo que podía ser un renacimiento, de lo que podía ser la herencia de una cultura. Una cultura renace cuando los hombres de genio, buscando su propia verdad, extraen del fondo de los siglos todo cuanto antaño se parecía a esa verdad, incluso aunque ellos no la conozcan.

El Renacimiento creó la Antigüedad al menos en el mismo grado en que la Antigüedad creó el Renacimiento. Los fetiches negros hicieron nacer a los fauves en el mismo grado que los fauves hicieron nacer los fetiches negros. Y después de todo, el verdadero heredero del arte resurgido en cincuenta años no es América, que le yuxtapone las obras maestras, ni Rusia, cuya amplia apelación reciente se satisface a maravilla con sus nuevos iconos: es la escuela «formalista» de París, cuyas resurrecciones de tantos siglos recuerdan una inmensa familia. Es Picasso quien podría responder a Pravda: «Quizá yo sea, como decís, decadente y podrido; pero si supieseis contemplar mi pintura en lugar de admirar tantos iconos bigotudos, os daríais cuenta de que vuestra seudohistoria es algo insignificante ante la oleada de las generaciones, y que esta pintura efímera es capaz de resucitar, con las estatuas de Sumeria, el lenguaje olvidado de cuatro milenios…».

Pero esta conquista es sólo eficaz cuando la búsqueda es libre. Todo lo que se opone a la voluntad irreductible de descubrimiento es, si no perteneciente al dominio de la muerte, porque no hay muerte en el arte — aunque, Dios mío, existe verdaderamente un arte egipcio—, sí la parálisis de las facultades más fecundas del artista. En consecuencia, proclamamos la necesidad de conservar la libertad de esta búsqueda contra todo lo que intente fijar de antemano su dirección. Y en primer término contra los métodos de acción psicológicos basados en la apelación al instinto colectivo con fines políticos.

Proclamamos en primer lugar como valores no el inconsciente, sino la conciencia, no el abandono, sino la voluntad, no la falsa propaganda, sino la verdad. (Ya sé que alguien muy famoso dijo en otros tiempos: «¿Qué es la verdad…?». En el campo de lo que estamos hablando, la verdad es lo que se puede comprobar). Y en fin, la libertad de descubrimiento. Todo esto no «hacia qué», porque no sabemos nada al respecto, sino «partiendo de qué», como en las ciencias contemporáneas. Lo queramos o no, «el europeo se alumbrará con la antorcha que enarbola, aunque se queme la mano con ella».

Queremos, por lo tanto, fundamentar esos valores en el presente. Todo pensamiento reaccionario está centrado en el pasado, cosa que se sabe hace mucho tiempo; todo pensamiento estalinista, es un hegelianismo orientado hacia un porvenir incontrolable. Lo que necesitamos en primer lugar es encontrar el presente.

Lo que nosotros defendemos ahora será defendido antes de finales de siglo por todas las grandes naciones de Occidente. Queremos devolver a Francia el papel que ha representado en diversas ocasiones, en las épocas románica y gótica, lo mismo que en el siglo XIX, y que impuso su acento a Europa cuando este acento fue a la vez el de la audacia y el de la libertad.

En el campo del espíritu, todos ustedes son en general liberales. Para nosotros, la garantía de la libertad política y de la libertad del espíritu no se encuentra en el liberalismo político, condenado a muerte desde que tiene en su contra a los estalinistas: la garantía de la libertad es la fuerza del Estado al servicio de TODOS los ciudadanos.

 

¿Cuándo fue grande Francia? Cuando no se encerró en Francia. Francia es universalista. Ante el mundo, la Francia grande es más la de las catedrales o la Revolución que la de Luis XIV. Hay países, como Inglaterra —y eso es tal vez lo que hace su gloria— que son tanto más grandes cuanto más solos se encuentran. Francia nunca ha sido más grande que cuando habló para todos los hombres, y por eso su silencio se escucha de manera tan punzante…

¿Qué va a ser del espíritu? Pues bien, será lo que ustedes hagan de él.

Terminaste Los conquistadores

André Malraux

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