Los doce códigos del amor
Código 12: Luna en Piscis y el miedo al abandono
CÓDIGO 12
LUNA EN PISCIS
Y EL MIEDO AL ABANDONO
(Luna en Piscis o en casa 12
o en tensión con Neptuno)
Meterme en ti, sin salir de mí. Amar es eso.
MIKI NARANJA
OceanofPDF.com
EL MIEDO AL ABANDONO
Como niña de los noventa crecí cantando aquello de «Marco se ha marchado para no volver». Me atrevo a decir que la canción «La soledad»
seguramente sonó en todas las habitaciones de las adolescentes del momento, que, ilusas de nosotras, no sabíamos que para muchas esos mensajes eran profecías a punto de cumplirse.
Para empezar, la propia Laura Pausini tiene la Luna en Piscis en tensión con Neptuno, así que su ejemplo nos va como anillo al dedo para explicar este patrón, mientras dejo su música de fondo e intento que no me caiga ninguna lágrima. Laura, chica, qué tristeza de álbum.
Hemos llegado al último capítulo, el último patrón que corresponde al último signo. El hecho de que sea el del final es importante a la hora de entender que es el más espiritual, el más avanzado, el que encuentra la felicidad compartiendo las reflexiones más abstractas y sutiles. Eso hace que no todo el mundo pueda entender a quienes tienen esta Luna.
Estamos frente a la herida del abandono, que no siempre se produce de forma física, porque los padres hayan estado ausentes, enfermos o poco disponibles. Que también puede ser, claro que sí. A veces la ausencia se vive porque no encuentran unos ojos cómplices que puedan entender lo que sienten, que estén a la altura de lo que intentan transmitir o que empaticen con lo que les está pasando. Por eso se vuelven introspectivos, sensibles y muy imaginativos.
Cuando esto sucede crean una zona de confort en sentir la ausencia de los demás; a menudo están ausentes para sí mismos sin que siquiera se den cuenta de ello. Y eso tiene consecuencias, por ejemplo, tratar de buscar
desesperadamente que otros llenen ese vacío bajando el listón y deshabilitando todos los filtros. Cualquier cosa con tal de no volver a sentirse solos, con tal de que no les vuelvan a abandonar. Y claro, una mala pareja puede ser el peor desamparo.
Cuando aprendemos a llevarnos bien con la soledad, dejamos de someternos a cualquier compañía.
Si lo recordamos, el patrón opuesto era Virgo, analítico, meticuloso y detallista. No se le pasaba una. Aquí tenemos una base bastante más fantasiosa y evasiva. Vamos a explicar esta Luna, desde su miedo al abandono, hasta su máximo potencial, el amor incondicional y la magia romántica digna de una novela de Corín Tellado.
CÓMO LLENAR EL VACÍO EMOCIONAL
Cuando alguien se ha sentido desamparado en algún momento de su existencia, coge miedo a verse obligado a afrontar los retos que la vida le pone por reticencia a tener que hacerlo solo. Cree que precisamente por tenerlo que gestionar individualmente no lo sabrá hacer; entonces el mecanismo de defensa que se activa es la desconexión de la realidad, la fantasía y la evasión. Se encierra en su propio mundo, no quiere estar presente, no quiere ver, para no tener que afrontar la realidad.
Cuando no sabemos cómo decirle a un niño que el abuelo ha fallecido y le contamos que está en el cielo, le engañamos para huir de algo que nos incomoda gestionar. Pues quienes tienen esta Luna hacen un poco lo mismo, autoengañarse, soñar y crear historias imaginarias para no afrontar las que tienen delante. «Tantas páginas hipotéticas para no escribir las auténticas», decía otra canción de la Pausini.
Vivir de ilusiones en el terreno del amor ya sabemos cómo acaba. El
príncipe azul que iba a salvarnos de todos los males resulta que es una persona normal y corriente que ni saca la basura ni se acuerda de nuestro cumpleaños.
Cuando fantaseamos, corremos el riesgo de enamorarnos de esa idea imaginaria del otro y no de quien realmente es.
Idealizar al otro es tan peligroso como idealizar el amor en sí mismo.
Hay mucha gente enamorada de tener una relación pero no de su pareja y, por no verse solos otra vez, perdonan lo imperdonable o se resisten a acabar con algo que les está rompiendo por dentro. Quieren sentirse acompañados, queridos, y buscan la presencia ajena para tapar su herida. Ahí pueden perderse una de las cosas más valiosas entre los dos miembros de una pareja, la dignidad.
La falta de dignidad simboliza la falta de autoestima, la complacencia hacia el otro que todo lo justifica; el fin último es que el otro no se vaya, que no nos deje solos otra vez. Pero abandonarse a uno mismo es la peor forma de soledad posible aun estando en pareja.
Nadie puede abandonarte a menos que te hayas abandonado tú primero.
Las rupturas les cuestan tanto a los nacidos en esta Luna porque gran parte del duelo se basa en soltar todo aquello que hemos soñado que haríamos en pareja y ya no podrá ser. Hay que hacer un duelo de la vida imaginada casi más que de la real. Es absolutamente necesario tener los pies en el suelo cuando la relación empieza y analizar de verdad cómo es la persona que tenemos enfrente, y cómo somos nosotros en todas nuestras facetas. Sin miedo a que el resultado de ese análisis sea que quizá no va a poder ser. Mejor verlo antes de empezar que vivir en una agonía constante tratando de evitar lo que está condenado a pasar.
Busquemos pareja cuando nos veamos preparados, no cuando nos sintamos solos.
Para conseguirlo, tenemos que hacernos amigos de la soledad, y eso implica cambiar las creencias que tenemos sobre ella. Para empezar, habrá que diferenciar entre el desamparo que puede vivir un niño y la soledad que puede sentir un adulto. Los jóvenes no tienen opciones, me refiero a que los padres que les han tocado son lo que son, y si estos no les entienden o no les llenan no pueden cambiarlos. Lo mismo ocurre con los compañeros de colegio o los vecinos de enfrente. No pueden cambiar su entorno precisamente porque son pequeños y no saben cómo proceder. Por eso la única opción que tienen cuando el entorno no les satisface es refugiarse en sí mismos. Pero, claro, lo que encuentran dentro son los pocos recursos que puede tener un niño, de modo que el miedo está asegurado. Se ven solos frente al mundo.
En cambio, cuando somos adultos sí tenemos mil y un recursos a nuestro alcance, y esto marca la diferencia. Si nuestra pareja no nos llena, podemos buscar otra; si nuestro jefe nos ridiculiza, podemos cambiar de empleo; si el terapeuta que nos lleva es un cero a la izquierda, le daremos puerta y buscaremos uno mejor. El terror a que no haya nadie disponible para ayudarnos es solo un recuerdo, puesto que las premisas no son las mismas ahora que de pequeños. Para un niño no hay opciones, para un adulto hay infinitas.
Ahora entendemos que los mecanismos evasivos son el bote salvavidas para un niño. Como no se siente capaz de afrontar solo lo que hay, únicamente le queda la opción de intentar evitarlo a toda costa. En cambio, un adulto, lo único que consigue huyendo de la realidad es eternizar el problema. Será imprescindible identificar los mecanismos evasivos que usamos a diario y cortarlos de raíz.
Hay algunos fáciles de ver: el alcohol, los estupefacientes y todas aquellas sustancias que nos ayudan a no estar presentes o no sentir. Pero
hay conductas que cumplen con la misma función, por ejemplo, la comparación con los que están peor, las excusas o la falsa espiritualidad.
Hablamos de esa delgada línea entre la afirmación «Lo que es para ti te encuentra» y el tener que hacer algo para conseguirlo. Ya sabes a qué me refiero.
Para revertir esta tendencia evasiva habrá que crear hábitos que propicien la conexión, por ejemplo, pasar momentos a solas poniendo la atención en cada sentimiento que aparezca, con técnicas como la meditación o el mindfulness. Esta es una Luna muy creativa, así que también servirán la música, el baile o la pintura, para procesar emociones. En realidad, la herramienta da igual; se puede meditar incluso de paseo o practicando deporte, lo importante es hacerlo a solas y recordar que para mirar dentro el requisito principal es la valentía, porque a veces lo que encontraremos no será lo que nos gustaría, pero es la verdad, y de ella no podemos escapar.
No se trata de ser espirituales, se trata de ser honestos con nosotros mismos.
Quizá para Laura Pausini la manera de conectar con sus sentimientos era darles forma de canción, ya que empezó a componer con ocho años. Y
quizá para muchos de nosotros fue precisamente escuchar sus canciones y vernos reflejados en ellas. Lo bonito es darnos cuenta de que al final todos somos lo mismo, todos queremos ser amados, todos tememos el abandono, de una forma u otra.
Cuando bailamos con nuestros sentimientos, estamos uniéndonos a todos los que sienten esa misma emoción. Si conectamos con nuestra tristeza, podemos comprender la de los demás. Y así nos acercamos al otro. De ahí surge la empatía, del hecho de sabernos iguales, de poder entendernos, porque, aunque pasemos por circunstancias distintas, a todos nos une llorar, reír y amar. De repente nos sentimos comprendidos por todos y podemos comprender a todos. Aquí tenemos el primer paso de la sanación, la
conexión universal. Continuemos.
LA PAREJA NO ES UNA ONG
La mayoría de las personas con la Luna en Piscis sienten la necesidad constante e incontrolable de ayudar a los demás. Mejor dicho, de salvarlos.
La diferencia es que ayudar es ofrecer acompañamiento, pero salvar es directamente coger como propio el problema de otro, porque así la mente se distrae con el percal ajeno y no mira el propio. Salvar compulsivamente a otros es una conducta evasiva más.
Mientras estamos pendientes de los problemas de los demás no atendemos a los nuestros y creamos otra forma de autoabandono.
Es habitual que quienes poseen esta Luna sientan especial compasión por los desfavorecidos o los más vulnerables. Como acabamos de explicar, cuando conectamos con nuestros sentimientos, automáticamente nos unimos a los ajenos. Esto está genial si queremos colaborar con una ONG o pertenecer a un partido animalista, pero cuando hablamos de las relaciones la cosa se complica. Sentir lo que sienten otros no significa que sea nuestra responsabilidad hacernos cargo de ello. Este es uno de los motivos por los cuales la tristeza es la emoción básica de esta Luna, ya que nos habla de agotamiento y nos propone parar para recargar pilas y recuperar el centro de nuestro ser.
Si esto lo llevamos al terreno sentimental, hay que dejar claro que una pareja no puede ser una ONG en la que uno sostenga constantemente los problemas del otro. Este es uno de los peajes que se suelen pagar por error, mezclar amor incondicional con permitirlo todo, y, claro, nos volvemos a dejar a un lado.
No confundamos amar con aguantar, ni aceptar con tragar.
Es normal que eso ocurra, puesto que quien se ha sentido solo puede pensar que sana su herida intentando que nadie más se sienta así. Cogen el teléfono a cualquier hora, muestran su disponibilidad cuando alguien lo está pasando mal o se desviven por mostrar su comprensión. Pero eso no sana nada, solo es una proyección de manual.
La manera de llenar nuestra soledad no es llenando la ajena sino la propia, escuchándonos y haciéndonos cargo de nuestros problemas sin esperar que otros nos los solucionen (recordemos que en eso se basó el origen de la herida).
La única forma de llenar nuestro vacío es convertirnos en la persona que jamás nos abandonará.
Para conseguirlo tendremos que atender a nuestras necesidades, estar pendientes de nuestros problemas, mostrarnos presentes en nuestra vida y amarnos incondicionalmente, estemos arriba o estemos abajo. Cuando estamos llenos podemos dar todo lo que queramos a los demás, con la tranquilidad de quien sabe que la fuente se seguirá llenando eternamente porque esa fuente es uno mismo. Cuando vemos que el amor ya no cabe en nuestro interior, entonces es el momento de dar. La compasión es una abundancia de amor que se derrama por cada poro de la piel empapando a quien está cerca.
Si damos esperando que ese acto nos llene, lo que conseguimos es vaciarnos aún más. En cambio, cuando primero nos atendemos y nos llenamos, es inevitable que nos apetezca dar y compartir, y entonces el acto de ayudar a los demás se vuelve placentero y el mayor amor que podemos experimentar.
Quien da lo que no tiene se siente aún más vacío, pero quien da lo que tiene se llena todavía más.
Hay personas que se sentían solas pero han aprendido a amar esa soledad
convirtiéndola en la vía para escucharse, atenderse y disfrutar de la compañía que se hacen a sí mismas. Son las que no necesitan ayuda pero la dan y reciben con amor, disfrutando del intercambio desinteresado.
Las cosas empiezan a ponerse verdaderamente interesantes, ¿verdad?
Sigamos, que todavía hay más.
EL PODER DE LA INTUICIÓN
Como hemos visto, quienes tienen esta Luna son muy sensibles a las energías de las personas y los lugares, y a menudo mezclan sus emociones con las de los demás, por eso les resulta difícil saber qué es propio y qué de la pareja. Amarse a uno mismo implica saber hasta cuándo quedarse en un lugar y dónde está el límite más allá del cual la empatía deja de ser una virtud. El retiro es el gran aliado para poder encontrar claridad y poner barreras sanas.
La capacidad de sentir las energías más sutiles del entorno será la gran guía de los nacidos en esta Luna. La intuición no es una invención que a veces acierta y otras no, estamos hablando de la profunda escucha de sensaciones que nos proporciona una seguridad interna abismal. Es ese saber algo aunque no sepamos cómo lo sabemos. Y esa escucha se aprende y se practica.
Nadie nos enseña a saber. Encontramos respuestas escuchando nuestro corazón en silencio.
Voy a ponerme muy personal, pero creo que lo que contaré ayudará a entender a la perfección lo que estoy explicando. Yo no tengo esta Luna, pero tengo este signo muy fuerte en mi carta, y he vivido experiencias alucinantes. Cuando me mudé al piso en el que vivo, me sentía rara en el nuevo barrio y, para hacerme con la zona, busqué bares a los que pudiera ir
a trabajar por la tarde. Un día, mientras paseaba sin rumbo, me fijé en una pequeña tetería. Apenas había clientes y una chica oriental me animó a entrar con su sonrisa dulce y delicada, así que, aunque no me gusta el té, entré para tomar un rooibos y trabajar un rato en el ordenador.
La energía de ese lugar me atrapó y empecé a ir con asiduidad. Cuando me sentaba a una de las mesas de madera y daba pequeños sorbitos de té notaba que las ideas acudían a mí con mucha facilidad y que la creatividad fluía como si las musas vinieran a visitarme. En una de esas ocasiones se sentaron a mi lado dos chicos que preparaban un máster en Crecimiento Personal y, al ver que yo tenía una carta natal en la pantalla, me preguntaron si sabía astrología y si les podía responder una duda que tenían sobre la compatibilidad entre ambos. Lo que empezó casi como un juego dio paso a una amistad formidable. Su proyecto no evolucionó pero uno de ellos sacó su propio curso del que fui profesora unos años y el otro…, ay, el otro…, tres años más tarde nos casamos en ese mismo lugar.
Lo mágico de esta historia es que a mí ni siquiera me gusta el té, pero algo de ese sitio me llamó, dejé lo racional a un lado y permití que la vida me empujara hacia donde tenía que ser. De ahí saqué amistades, clientes, proyectos e ideas. Lo mismo me pasó con el piso en el que ahora vivimos, ni siquiera tiene los metros cuadrados que necesitamos, pero es el lugar donde sentí que teníamos que quedarnos. Me sucede incluso en algunas consultas en las que digo cosas que no sé de dónde las he sacado, como si algo superior a mí me las chivara. Con eso no quiero que a nadie se le vaya la cabeza, porque precisamente en estos terrenos es imprescindible mantener la cordura, pero, dentro de un pragmatismo sano, podemos entrenar la escucha activa de lo que vamos sintiendo al dar paso a esa voz tan cómplice llamada «intuición».
La intuición es el susurro del alma que nos aporta sabiduría interna allí adonde vayamos.
Antes de cambiar de tema no quiero que se me escape algo, ya que, al estar potenciada la comunicación interna, la externa se puede resentir. La sensibilidad es lo que tiene, que uno puede estar muy conectado consigo mismo, pero saber trasladar eso hacia fuera es harina de otro costal.
Quienes tengan esta Luna deberán ayudar a su pareja para que comprenda el tsunami de emociones por el que pasan. No obliguemos al otro a deducir cosas ni demos por sentado que los demás gozan del mismo talento intuitivo, porque entonces los malentendidos estarán asegurados.
Ahora sí, vayamos al remate final.
EL AMOR INCONDICIONAL
EN LA PAREJA
Ahora ya conocemos la herida de la que venimos y sabemos que el desamparo es solamente un recuerdo en nuestra memoria. Ahora hemos encontrado en la soledad nuestra mejor aliada para conectar con nuestras emociones y usar nuestra voz interior como guía. Ahora sabemos estar por nosotros y podemos mandar al garete a quien venga con migajas de amor.
Ahora ya no tememos que nos abandonen porque sabemos que no es posible si nosotros no nos abandonamos primero. Ahora le hemos dado la vuelta a la tortilla.
Quien no teme la soledad, no paga cualquier precio por la compañía.
Ya podemos empezar a experimentar la verdadera fusión con otro sin perdernos en él. Ambas partes se conectan sabiendo que todo lo que se hace por uno repercute en el otro. Cuando uno crece, ambos crecen; cuando uno se ama, ambos son amados, y cuando uno es feliz, ambos rebosan de felicidad.
De esta forma, uno puede comprender cualquier circunstancia que el otro traiga sin juzgarlo, regañarlo ni culparlo. Por el contrario, con amor, dulzura y empatía le ayudará a solucionarlo o a vivirlo. Esto es amor incondicional: ser capaz de amar sin intentar cambiar al otro, viéndolo en su totalidad.
Como habrás deducido, eso solo puede hacerse con otros cuando primero se ha hecho con uno mismo.
Este tipo de amor no implica dar sin esperar nada a cambio, no te confundas. Implica dar sabiendo que cuando uno da, en el fondo se lo está dando a sí mismo y, por tanto, el amor no correspondido no tiene cabida, como tampoco la tiene el engaño ni el desequilibrio.
Si buscamos pareja habiéndonos encontrado, el éxito será inevitable.
Se trata de buscar a alguien desde el corazón, no desde la razón. No atraigamos a quien cumpla con nuestra lista de deseos, como que sea rubio, alto o delgado. Centrémonos en cómo queremos sentirnos cuando estemos a su lado. Y eso tiene que ser un reflejo de cómo nos sentimos cuando estamos con nosotros mismos. Si alguien nos hace sentir como queremos, qué más da si es ruso o bajito. Eso será un añadido.
No busquemos aspectos concretos, centrémonos en cómo queremos sentirnos cuando estemos al lado de otra persona.
Aquí el detalle no es la base, lo que importa es el fondo, las sensaciones, el estado de paz que nos aporte. Para encontrar a la pareja ideal, hemos de empezar por ser nosotros mismos nuestra pareja ideal y tratarnos como queremos que nos traten, ir a los lugares donde nos sintamos como deseamos y rodearnos de las personas que vibren con cómo queremos ser.
Así, al sentir energéticamente nuestras relaciones, solo podrá entrar quien viva acorde a ello.
Cuando lleguemos a este punto se habrá producido la magia que
buscamos y podremos empezar a crear la pareja ideal. Como te anunciaba al principio, Piscis es el signo más romántico de todos, es la Luna del poeta y cantautor Leonard Cohen o de James Cameron, el director de Titanic, entre otros. Pero si somos sinceros, la mayoría de las cosas únicamente son románticas en nuestra cabeza. Cuando las materializamos se convierten en algo cotidiano, con sus defectos y problemas. Eso es aplicable al amor, a los hijos, al trabajo por cuenta propia, a hacer una película, escribir una canción e incluso al hecho de hacerse mayor. En nuestra mente todas esas son cosas maravillosas, pero en la práctica son caminos llenos de obstáculos que a veces nos incitan a tirar la toalla y buscar una realidad que en el fondo no existe.
Quienes tienen la Luna en Piscis necesitan seguir soñando con la pareja y que esa nube no se pierda. No hablamos de vivir en un mundo de luz y color que anestesie cualquier contacto con la realidad, sino de cuidar cada día para que sea único. Depende de nosotros conseguir que nuestra vida en pareja sea mágica y no perder el romanticismo que nos permita continuar soñando juntos manteniendo los pies en el suelo y admitiendo las dificultades de las cosas.
Ser tan románticos también tiene su lado bueno. El romanticismo, como la fantasía o la imaginación, describe cosas a las que cuesta poner palabras.
Y, si nos fijamos, cuando hay demasiados motivos por los cuales podemos definir por qué nos gusta alguien, es que nos hemos ido a la cabeza, a la razón.
Lo que realmente importa no es preciso pensarlo mucho, solo sentirlo.
Dicen que cuando no hay motivo es verdadero amor. Si no podemos definir por qué nos gusta alguien es porque se trata simplemente de una suma de cosas que hacen que estemos a gusto con esa persona. Cuando encontramos motivos, posiblemente sea amistad o admiración o gratitud o
puro deseo, y eso son derivados del amor pero no amor completo. Si lo definimos por una de estas cosas, siempre habrá alguien que pueda ofrecerlo y mejorarlo. Cuando sentimos deseo o admiración por alguien nos arriesgamos a que aparezca otra persona por la que sintamos más deseo o nos genere más admiración y, por tanto, la primera perderá interés. Cuando simplemente el sentimiento nos inunda casi sin saber definirlo, es imposible sustituirlo, aquí la competencia no existe.
Cuando aprendemos a atendernos, no sabemos por qué, pero de repente somos felices, conectamos con todos y nos abrimos al amor más grande, empezando por el que sentimos por nosotros mismos, por la vida y por todo lo que nos rodea. Es un poco hippy, lo sé, y también soy consciente de que al escribirlo estoy poniendo palabras a lo que casi no se puede ni racionalizar, pero quienes tienen esta Luna saben a qué me refiero. La plenitud no necesita ser explicada, se escapa por los poros, se vive en la mirada, inunda todo el cuerpo y se siente en el corazón. Cuando sientas eso, con quien sientas eso y donde sientas eso, ahí es.
Miedo: Abandono
Apego: Fantasía
Reacción:Salvar
Aprendizaje: Presencia
Potencial: Fusión
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