Los hermanos Oppermann
la Hohe Strasse, no habrá que ponérselas…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Había un cuartel de paramilitares en Berlín-Köpenick, llamado Demuth, tristemente famoso porque allí se «instruía» a los prisioneros de manera especialmente salvaje. Mientras se les maltrataba en los sótanos, uno de los mercenarios ponía en marcha su moto en el patio para que el ruido del motor ocultara los gritos de los torturados y el sonido de los golpes. Ese motor, puesto en marcha, pero tan sólo para ocultar el griterío de los maltratados, era el símbolo del Tercer Reich Alemán.
Absurdo y mentira era lo que hacían y lo que permitían los poderosos de ese Reich. Mentira tanto lo que decían como lo que callaban. Con la mentira se levantaban y con la mentira se acostaban. Mentira era su orden, mentira su ley, mentira sus sentencias, mentira su alemán, mentira su ciencia, su derecho, su fe. Mentira era su nacionalismo, su socialismo, mentira su ética y su amor. Mentira todo, y auténtica tan sólo una cosa: su odio.
El país sollozaba. Pero se mantenía la paz y el orden. Los pilares de ese orden eran los seiscientos mil paramilitares, y estaba cimentado en los cien mil prisioneros. El país caía en la miseria, el país se acanallaba: pero quien recorría la Kurfürstendamm de Berlín, la Jungfernstieg de Hamburgo, la Hohe Strasse de Colonia no veía nada más que paz y orden. De esa Alemania vino Anna.
Gustav fue a esperarla a la estación de la ciudad costera provenzal de Bandol. Ella bajó del tren. Estaba un poco más rellena, pero seguía siendo delgada, con aire de chiquilla y de mujer a un tiempo, grande, tranquila.
Soplaba el mistral. Gustav vio complacido cómo el viento, fresco y agradable, enrojecía sus mejillas, pero en torno a los ojos seguía pálida. Se sentó junto a él, alegre, relajada. Gustav cogió su mano; ella se quitó el guante y se la dejó. Gustav estaba satisfecho de haber elegido ese hermoso paisaje sureño para su encuentro. La orilla del mar ora se alzaba escarpada, ora se ondulaba en grandes arcos, nunca demasiado imponente; montañas
bajas se elevaban en amplias líneas, mates, con olivos de un verde grisáceo, rocas quebradizas de un pardo gris, vides y pinos.
Anna le expuso durante la cena cómo había imaginado su estancia aquí.
Cansada después del fuerte trabajo de los últimos años, se alegraba de no hacer nada, de estar junto al mar. Será hermoso ir a pasear, bañarse, tumbarse al sol. Pero no puede estar completamente sin trabajo. Su francés está
lleno de lagunas. Se ha traído libros, un buen diccionario. Hablaba tranquila, seria y alegremente, como siempre. Bajo el espeso cabello castaño, sus ojos luminosos miraban analíticos, dejaban muchas cosas a un lado, cogían lo que les correspondía, lentamente, pero para siempre. Anna estaba exactamente igual a como Gustav la había visto por última vez hacía diecinueve meses. Estaba asombrado. Le parecía que todo el que viniera de ese país de pesadilla tenía que haber cambiado de raíz. ¿Era justo lo que pretendía, borrar de ese rostro luminoso y sereno, de esa frente angulosa la tranquilidad, igual que para él había quedado borrada para siempre? Y, si era justo, ¿lo conseguiría?
Al principio no habló de las cosas que le agitaban. Más bien se limitó a decir a Anna que esta vez no podía ser su anfitrión tan a manos llenas como antes. Ordenada y calculadora como era, le pareció muy bien. Alquilaron un coche viejo y pequeño y salieron, ansiosos de aventura, a buscar una casa barata en la que poder vivir unas cuantas semanas. Encontraron una, en la península de La Gorguette. Se alzaba, ancha, baja, solitaria, en una pequeña bahía, de un color rosáceo, roída, sobre unos acantilados no muy altos.
Detrás se alzaban colinas con olivos, vides y, sobre todo, pinos. La Lion Feuchtwanger
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carretera subía por los acantilados en redondo y claro impulso. Ni flores ni hierbas prosperaban al aire salino. Delante de la casa sólo estaba el mar y, cayendo suavemente, soleado, un terreno arenoso bordeado por un espeso coto de pinos jóvenes y bajos, que descendían por los acantilados hasta el mar.
Un hombre pobremente vestido les mostró el interior con nobles ademanes. Las estancias eran grandes, vacías, ruinosas, el mar entraba por todas las ventanas. Había unos pocos muebles deteriorados. El hombre era de palabra escueta, nada insistente. Anna creía que se las arreglaría bien
allí; le excitaba la idea de crear orden. Lo más necesario se repararía con poco esfuerzo y poco dinero. El hombre pobre de nobles ademanes, un viticultor que tenía una pequeña propiedad a unos cientos de metros tierra adentro, se declaró dispuesto a ayudarles. La alquilaron. Cuarenta y ocho horas tenían que bastar para que pudieran entrar en la casa. Durante todo el día siguiente, Anna recogió y organizó; el viticultor tiraba de sierra, de martillo, tranquilo, ahorrativo con las palabras, con hermosos movimientos.
Gustav miraba. A veces, Anna le preguntaba una palabra francesa para entenderse con el hombre. Por lo demás, poco podía ayudar. A ella le gustaba la tarea, se entregaba por entero a hacerla. Si se hubiera casado, si se hubiera ido a vivir con ella, todo habría sido distinto.
Estorbaba. Se tumbaba delante de la casa, al sol, sesteaba a la ligera brisa. Era consolador y a la vez inquietante la firmeza y tranquilidad del rostro de Anna. Ese rostro con su ancha y hermosa boca, su robusto arco ciliar, la frente angulosa bajo el espeso cabello castaño, ese rostro era Alemania.
La Alemania de ayer. Tiene que ahuyentar la calma de ese rostro para que la Alemania de hoy vuelva a ser la Alemania de ayer. El mar se extendía ante sus ojos, grande, de un azul grisáceo, con pequeñas olas blancas al leve viento; el paisaje era amplio, pacífico. Qué alegría le daba poner orden en esta casa en ruinas con humildes recursos. Aquí podría tener una buena época si se decidía a callar, a no perturbar la calma de Anna.
Lástima no poder callar. Comieron algo hecho a toda prisa, huevos, fiambre, fruta, queso, vino. Fue una alegre comida. Los planes de Anna respecto a todo lo que había que hacer esas cinco semanas tomaron cuerpo.
Primero hay que arreglar un poco todo esto. Se ha hecho una determinada idea del aspecto que tiene que tener, y ése es el aspecto que tendrá.
Naturalmente, una vez que hayan acabado tendrán que volver a irse.
También tiene otros firmes proyectos. Deporte, entrenamiento todas las mañanas, la hermosa carretera ligeramente ascendente es adecuada para correr. Era una muchacha metódica, pero tenía sentido del humor, se reía cuando Gustav le tomaba el pelo por su meticulosidad. Ella es lenta, necesita esa minuciosidad. Por ejemplo, pasa bastante tiempo antes de que se familiarice con una persona. Por eso en los últimos tiempos ha estudiado de forma sistemática teorías fisiognómicas. Gustav le pregunta si se ha vuelto más inteligente en este último año y medio, si le nota algo, si por fin a sus cincuenta se ha vuelto más sabio. Anna le mira con seriedad. Ha
cambiado, declara. Su boca hedonista se ha vuelto un poco más definida, también las líneas en torno a los ojos y la nariz se han hecho más duras, ya no son tan arbitrarias. Gustav oye su análisis con una mínima sonrisa, pensativo.
Por la tarde, fueron a Tolón para completar el ajuar de la casa. La cantidad que Anna quería pagar por él era pequeña. Entraron en muchas tiendas; Anna era incansable, encontraba aquí un objeto, allá otro.
Disfrutaron del colorido de la ciudad, de su ruido, comieron en el puerto; luego Anna volvió a salir, sola, y finalmente declaró triunfante que había reunido todo lo que deseaba. Se hizo de noche y se hizo de día, el tercer día.
Anna pronto habría alcanzado la satisfacción. Gustav seguía sin hablarle de lo que le conmovía. Después de comer, tomaron el sol en los acantilados de su pequeña bahía. Anna estaba tumbada boca abajo, apoyada en los codos, y leía, con el diccionario al lado, su libro francés. A veces preguntaba a Gustav la definición exacta de una palabra; era testaruda, a veces insistía aunque él tuviera razón.
No puede dejar pasar este día sin hablar. Dando rodeos, cauteloso, empieza. El final de la primavera y el principio del verano son la época más bella en Alemania. En realidad, él habría Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n
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querido pedirle que antes de que volviera a su trabajo fuera con él por una o dos semanas a Berlín, a su casa de la Max Reger Strasse. Yacía de espaldas, con las manos velludas enlazadas detrás de la cabeza; miraba, pesadamente reflexivo, al profundo cielo. Lástima, concluyó lentamente, que ya no sea posible.
—¿Por qué no? —preguntó Anna tras una pequeña pausa, sin dejar de leer. Gustav se incorporó
a medias.
—¿Es que no sabes nada? ¿No has oído nada?
No, ella no sabía nada. Resultó que no sabía nada de los asuntos de Gustav, de aquel manifiesto, de su persecución. Resultó que en el fondo no sabía nada de toda la porquería alemana. Estaba indignada con lo que le había ocurrido a Gustav. Pero se negaba con decisión a sacar conclusiones generales del caso. A su lenta y circunspecta manera, le expuso cómo veía ella las cosas. Hablaba más para sí que para él. Un gobierno nacional se ha abierto paso de forma aún más nacional. Se le festeja en grandes y necios
discursos, se celebran gigantescas y necias manifestaciones. Pero, ¿cuándo han sido inteligentes los discursos populares y las manifestaciones?
El boicot era, naturalmente, algo repugnante, y también la quema de libros. Daba asco leer los periódicos y oír el griterío de los populares. Pero,
¿quién les tomaba en serio? En el fondo, la vida sigue, como siempre. En su empresa, por ejemplo, se ha elegido un nuevo comité de empresa, se han bajado los sueldos de los trabajadores. Al principio, el nuevo comité de empresa ha intentado darse humos, ha exigido el despido de diecisiete judíos y socialistas. Pero ahora se ha vuelto a contratar a nueve de los despedidos. El jefe, el director general Harprecht, se burla cariñosamente de ella a veces «por su judío». Repite las ceremonias externas del nuevo culto, pero se burla de ellas cuando está a solas con Anna o con otras personas de confianza. Ella ha leído citas de periódicos extranjeros que hablan de atrocidades en Alemania. Cuando compara esas noticias atroces con lo que ha visto con sus propios ojos, empieza a dudar de si los relatos sobre los horrores de la Revolución francesa o la rusa no serán también ciertos tan sólo en una décima parte. Ahora ambos se sentaban erguidos, Gustav en el suelo con las piernas cruzadas, ella en una piedra. Siempre había puesto el diccionario de francés a la sombra de un bloque de piedra; ahora estaba al sol, y la tapa se estaba curvando. Ella hablaba despacio, esforzándose por no decir demasiado ni demasiado poco. Sus ojos claros le miraban sinceros y relajados. Ésta era Anna, su Anna. Venía de Alemania, la herméticamente cerrada, era una de aquellos que vivían arriba y no sabía lo que ocurría bajo sus pies. Creía en «la paz y el orden», defendía su fe. La escuchó atentamente, sin interrumpirla. Ha oído varias veces lo que decía, estaba en todos los periódicos alemanes. De este modo se protegían en Alemania incluso los honestos, los bienintencionados, para no perder el suelo bajo los pies, la patria.
¿Debe hablar? ¿Tiene sentido? ¿No es frívolo, más aún, desalmado, arrancar a esta mujer de su buena y enérgica calma? Ve a Johannes Cohen sobre su caja, «de rodillas, de pie», lo ve como a la marioneta del mimo, gritando con su voz graznante, como un papagayo: «Yo, perro judío, he traicionado a mi patria». Esta chiquilla, Anna, no puede vivir cuatro días aquí, en una casa del sur de Francia, sin poner orden: ¿debe seguir viviendo sin saber cómo su patria se pudre y arruina? No, no puede perdonar a Anna.
Empieza a hablar de lo que Bilfinger le ha contado. Habla, y en torno a sus palabras se oye el leve susurro del viento y del mar. No habla tan seca y
objetivamente como Bilfinger, el sentimiento tiñe sus palabras, no puede hablar tranquilamente, refuerza aquí y allá, exagera. Sí, que escuche, eso ocurrió en su Württemberg, muy cerca de su Stuttgart, mientras ella andaba por la calle y no veía más que paz y orden.
Mientras habla, sabe que habla mal, demasiado excitado, nada creíble.
No cuenta, lanza alegatos.
¿Qué es lo que quiere? Lo que Bilfinger quería estaba claro. Tenía que contárselo a alguien a quien incumbiera, a él, el judío. Pero, ¿qué le mueve a él a estremecer a Anna? No quiere nada de ella. No quiere que haga nada.
Sí, quiere algo de ella. Una confirmación. La confirmación de que sus sentimientos son correctos. ¿No es egoísta por su parte? No. Ellos han roto las varas de medir, y nos ha sido encargado, y él tiene que tener esa confirmación. No hay muchos con los que pueda hablar. Lion Feuchtwanger
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Con Johannes Cohen lo habría podido hacer. Pero Johannes Cohen está en Herrenstein. «De rodillas, de pie».
Anna escucha. Sus ojos luminosos se oscurecen. Está indignada. No ante lo que oye, sino ante el hecho de que alguien pueda creerlo. Como le han quitado la casa a Gustav, cree que todo el país se ha convertido de repente en una selva, sus habitantes en bosquimanos. El mar se ha vuelto más ruidoso, habla con una voz más fuerte. Las mejillas de ella están teñidas de rojo, en torno a los ojos su piel está completamente blanca.
Gustav no está muy afectado por su ira. Sabía que no iba a ser fácil sacar a Anna de sus seguras creencias. Ella viene del país de la mentira.
Desde hace meses, los mejores técnicos de la mentira han esparcido por el país miles de millones de mentiras con los medios más modernos. Anna ha respirado ese aire repleto de mentira, día tras día, hora tras hora. El Ministerio de la Mentira trabaja en nublar la mente de personas como ella, en ocultarles lo que es; en ello ve esta revolución pervertida su más importante misión política. Anna está embebida de esas mentiras por todos los poros. Desintoxicar a Anna requerirá tiempo y dureza.
Gustav saca los documentos. Están tumbados boca abajo, con el rostro apoyado en los codos, y le lee lo que Bilfinger ha escrito. Las olas vienen regulares, los papeles vuelan al mistral, hay que sujetarlos con piedras.
Gustav lee, le entrega los documentos, las declaraciones juradas, las fotos.
De sus propios asuntos habla poco, y de Johannes Cohen nada. Debe ir lentamente al encuentro de ella, igual que penetró lentamente en él.
Cuando termina, ella no dice nada, apila cuidadosamente los documentos, los devuelve a su sólido envoltorio. Está pensativa, no convencida. Por el pequeño y pedregoso sendero, suben hacia su casa. Anna se pone a trabajar. Luego, le llama para cenar. Ante ellos está la llanura arenosa, el coto de pinos, el mar. Se hace de noche, refresca con rapidez.
Hablan de mil cosas, grandes y pequeñas; Anna quizá está un poquito menos alegre, pero relajada como siempre. Así continúa durante la noche, así a la mañana siguiente. Dan su carrera, nadan, se van a pasear. Anna lee su libro francés, se ocupa de la casa. El día transcurre tal como ella había previsto. Sólo en una ocasión reaparecen las cuestiones de ayer. Anna pregunta si Johannes Cohen va a venir, y cuándo; Gustav le ha escrito que quizá les visite durante tres o cuatro días. Y ahora él habla de su amigo Johannes. Le dice que no vendrá a visitarles, y por qué. Eso le afecta más que los documentos de Bilfinger:
—¿Y no es posible ayudarle, no es posible hacer nada por él? —
pregunta vehemente, después de un silencio consternado.
—No —responde Gustav—. Los paramilitares no toleran que nadie se les dirija. Si interviene un ministro o cualquier otro civil, el prisionero paga las consecuencias. Tenía las arrugas verticales en la frente, rechinaba un poco los dientes. Pero se prohibió hablar más de los campos de concentración. Se daba cuenta de que ahora la tranquilidad de ella había recibido una sacudida, pero era inteligente; esperó hasta que le hubiera dado suficientes vueltas detrás de su frente angulosa.
El momento llegó la noche siguiente. Él ya estaba acostado, leyendo, cuando ella fue a reunirse con él. Se sentó en la cama. Dijo que había terminado de acomodar la casa. Estaba como ella se había imaginado. Pero ya no disfrutaba de veras. Las cosas de las que Gustav le había hablado eran terribles, espantosas, y no era fácil digerirlas. Aun así, tenía que defender el conjunto, a su Alemania, contra él. En líneas generales, el cambio se había hecho necesario y sin duda era deseado por el pueblo. Los poderosos de ayer, él tenía que admitirlo, habían tenido siempre mil escrúpulos, escrúpulos de legalidad sobre todo. En vez de golpear en la cabeza a sus adversarios, habían recabado cien dictámenes jurídicos antes de atreverse a exhortarles a practicar un poco menos la alta traición. Cuando realmente encerraban a un criminal político volvían a soltarlo a las pocas semanas, y
cuando quitaban la pensión de jubilación a un acusado de alta traición volvían a anular el acuerdo, por escrúpulos legales, a los quince días. No habían hecho nada, no habían hecho más que poner paños calientes, y así habían dejado pudrirse y corromperse a la República. Los nuevos poderosos eran astutos y simples, pero hacían algo. Eso era lo que deseaba el pueblo, eso era lo que Lion Feuchtwanger
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le imponía respeto. También el Führer, precisamente en su astuta simpleza, inaccesible a cualquier crítica, en su fe terca y férrea, era el hombre adecuado para el pueblo, la contrafigura necesaria a los dirigentes anteriores. Había sido una revolución, una revolución deseada. Se habían hecho muchas barbaridades, pero esas manifestaciones acompañaban a toda revolución, y los afectados siempre hablaban de robo, crimen, fin del mundo. ¿No había Gustav leído ayer mismo la queja de un escritor egipcio desaparecido hacía más de cuatro mil años, muy parecida a lo que Gustav decía ahora? Habían pasado cosas espantosas, sí, pero de ellas eran responsables individuos, no el pueblo y no el nuevo Reich. Y si hubiera cien mil fechorías, se trataría de cien mil casos aislados. Gustav miró su rostro serio y luminoso. Estaba menos tranquilo que antes. Lo que decía estaba sacado a toda prisa de aquí y de allá. La queja del poeta egipcio de hacía cuatro mil trescientos años. Su buena memoria ha retenido las palabras: «Los sabios han sido ahuyentados, el país está gobernado por unos pocos insensatos. El reinado de la chusma comienza. El hombre de la plebe está
arriba, y lo aprovecha a su manera. Lleva el lino más fino y unge su calva de mirra, tiene una gran casa y almacenes de grano. Antes iba él mismo como mensajero, ahora envía a otros. Los príncipes le halagan, y los altos funcionarios del viejo Estado, en su angustia, hacen la corte al nuevo advenedizo». Gustav es amigo de las buenas citas, pero ésta, un tanto traída por los pelos, no basta para refutarle. Todo lo que ella ha dicho es un sucedáneo, muy por debajo de su nivel habitual. Anna es una persona veraz de pies a cabeza. Cuando cree en algo de todo corazón, sabe expresarlo bien. Lo que ahora alega es blando, quebradizo. No hace falta haber estudiado demasiada fisiognomía para ver que sólo lo cree en parte.
Gustav no tuvo dificultades para rebatirle. Se había incorporado a medias, apoyaba el rostro en la mano; en el cono de luz de la lámpara de la
cama, era el centro de la estancia. Sí, era cierto, dijo, no era el pueblo el que había cometido tales fechorías. Era un grandioso testimonio de la bondad del pueblo el que, atizado por el gobierno durante catorce años a la persecución de los socialistas y los judíos, se hubiera mantenido tan tranquilo. No era el pueblo el bárbaro, sino el gobierno, el nuevo Reich, sus funcionarios y sus mercenarios. Todas las fechorías habían sido cometidas por mercenarios del gobierno, todas habían sido encubiertas por él. La barbarie no estaba sólo en los hechos, estaba precisamente en los principios de esos hombres nuevos. Ellos habían roto las antiguas varas de medir y legalizado la arbitrariedad y la violencia. No se reprochaba a este gobierno que hubieran ocurrido las fechorías, sino que impidiera toda investigación, que encerrase a los acusadores, sancionando con ello de antemano nuevas fechorías. Gustav habló de las desvergonzadas profesiones de fe en el terror que esa gente había plasmado en diez mil libros, discursos, decretos, de su desnudo y abierto pesebrismo. De su necia petulancia racial. Habían sacado un fetiche del desván, y revolvía el estómago tener que ver ahora cómo los catedráticos le hacían sacrificios en sus aulas, cómo los jueces dictaban jurisprudencia en su nombre. Es una comedia repugnante. Aparece un rey en ropa interior, y el pueblo cae de rodillas y grita con qué espléndido ornato viste. Sin duda, ahora están construyendo grandiosas máquinas en Alemania, trabajan con exactitud en sus fábricas, hacen una música magnífica, muchos millones de personas se esfuerzan por seguir siendo decentes. Pero junto a ellas se ha abierto la selva, se tortura y se cometen matanzas, y ellos tienen que apartar convulsivamente la vista y el oído. Son actos individuales, admitido; admitido también que cada maltrato individual, cada muerte aislada, es una pequeñez comparada con el conjunto. Pero es que el conjunto se compone de esas pequeñas cosas, como el cuerpo de células, y finalmente se echa a perder cuando se destruyen demasiadas células. Tampoco esta vez Gustav habló con sobriedad, apenas mencionó cifras y datos. Pero dijo aquello de lo que estaba lleno; no eran palabras lo que exponía, se vertía a sí mismo. Ella le miró, su gran cabeza excitada y parlante en el cono de luz de la lámpara, cada una de sus arrugas iluminada con nitidez. No parecía joven, pero sí varonil, combativo. Era un Gustav distinto del que ella conocía. Su tibieza conciliadora había desaparecido: los acontecimientos le habían aferrado, se habían mezclado con él, habían endurecido, adensado la materia de la que estaba hecho. Anna le amaba. Sin embargo, sólo le creía a medias. Lo que
había tras esa frente angulosa se aferraba a ella. Era un trabajo agotador hacerle cambiar de opinión. La resistencia ante Gustav de ella era la resistencia Lion Feuchtwanger
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de toda Alemania, envenenada, hipnotizada, regresando con espantosa lentitud de su estupefacción a la realidad. Ahí tenía él la confirmación que necesitaba. Lo que se había propuesto hacer era algo necesario.
Estaba donde quería estar. En realidad, ahora sólo podía permitirse unas pocas semanas tranquilas con Anna. Lo que tendrá que hacer después será muy duro para él. Ella, aunque ya no habló mucho más acerca de Alemania, estaba transformada. Por titubeante que se muestre, a su vuelta verá otra Alemania.
Vivieron unos días tranquilos y claros en su casa ruinosa, tan llena de limpieza y orden por dentro. En la paz de esta clara y latina orilla del mar era difícil de entender que a sólo veinte horas de distancia estuviera el país de las pesadillas, esa Alemania sobre cuyas ciudades caían de pronto los horrores de la selva virgen. Gustav y Anna caminaban por el ancho y dulce paisaje, la carretera subía en noble impulso por los acantilados, había vides, pinos y olivos a su alrededor, el mar resonaba uniforme en sus sueños y en sus velas, el ligero y fresco viento salino soplaba constantemente. Por las noches subían rebaños de cabras a las tranquilas colinas. La vida era ancha y tranquila, clásica.
Consiguió no decir una sola palabra sobre Alemania en cuatro días, incluso hubo horas en que la olvidó. Luego, de pronto, volvió a estar espantosamente presente.
Estaban sentados en uno de los pequeños y abigarrados cafés del puerto de la pequeña y próxima ciudad costera, y Gustav leía un periódico. De pronto, pálido bajo su piel morena, lo dejó caer. Anna lo recogió. En él decía que el famoso profesor alemán Johannes Cohen se había suicidado en el campo de concentración de Herrenstein. También Anna palideció al leerlo, primero en torno a los ojos, luego la palidez se extendió por todo su rostro.
—Vámonos —dijo.
Se fueron a casa, en silencio. Gustav bajó hasta el mar, se sentó en una piedra. Ella lo dejó solo. Por la noche, dijo:
—Tenías razón, Gustav. Me he equivocado. He mirado hacia otro lado.
Tienes razón, Alemania ha cambiado. Naturalmente no es sólo esa muerte, y no es lo que tú me has dicho y lo que me has dado a leer, y no es porque, si supieran que estoy contigo, en Alemania me cortarían el pelo y me arrastrarían por las calles calificándome de desvergonzada. Pero cuando pienso en lo que he visto en Alemania, y cuando lo veo desde aquí con mis nuevos ojos, ahora, desde este momento, tengo que decir que me avergüenzo, Gustav. La nueva Alemania es radicalmente mala. Gustav pensó en el rostro amarillento, inteligente, altivo, de su amigo Johannes.
Suicidio, ley de fugas, fallo cardíaco, eran las causas oficiales habituales para la muerte en un campo de concentración. Luego se metía lo que había quedado del prisionero, huesos rotos, carne mutilada, en un ataúd sellado, y se entregaba a los familiares contra reembolso de los gastos y contra la garantía de que no se abriría el ataúd. Ahora también prohibían las esquelas con las palabras «Fallecido repentinamente».
—La gran mayoría de mis amigos y conocidos —dijo— estuvieron en el frente durante la guerra. Muchos cayeron. No conté mis muertos en esos últimos meses. Pero una cosa es cierta: desde que los populares llegaron al poder, han muerto más amigos míos de muerte violenta que en los tiempos de la guerra.
Cuando, más tarde, Anna le preguntó qué pensaba hacer, respondió:
—No callar. Eso es todo lo que sé.
Anna, titubeante, preguntó:
—¿No es una imprudencia?
El miedo que había en su voz le satisfizo. Se encogió de hombros.
—No puedo seguir viviendo así —dijo.
Llegó el verano, Anna tenía que regresar. Gustav la llevó a la estación de Marsella. Su rostro le parecía a ella más serio que antes, infantil y sin embargo viril, satisfecho en cualquier caso. Con sentimientos encontrados, temerosa por el destino de él, contenta ante su nuevo carácter, cruzó la frontera.
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Él se quedó en el andén, vio desaparecer a Anna camino del país de la pesadilla. El tiempo que había pasado con ella había resultado agradable, y
lleno de beneficio. Ahora sabía muchas cosas que antes, inconsciente e irreflexivo, le habrían agobiado.
Por el momento, siguió viviendo en la casa ruinosa en el acantilado, lejos de toda prisa. El orden que Anna ha creado no durará mucho, pero eso no le molesta. No se aparta de los hombres, charla con los que hay a su alrededor, pescadores, vinateros y aceiteros, turistas ocasionales. Pero también pasa mucho tiempo solo. Con sus hermanos, su gente, mantiene poca relación. Le escriben, pero responde poco, cada vez menos. Vive tranquilamente, seguro de su destino. El dinero en su cartera disminuye.
Podría dirigirse a Mühlheim o al banco suizo en el que tiene una cuenta; no lo hace. Se quedará aquí mientras haya dinero en el monedero. El dinero del banco está destinado a sus ulteriores fines.
Sus costumbres se vuelven más sencillas, vive sin necesidades. Camina o viaja en su cochecito, cada vez más echado a perder, por el ancho paisaje.
Se le ve en cualquier parte tumbado al sol, tomando su comida: pan, queso, fruta, con un trago del áspero vino del país. También se sienta en las pequeñas tabernas, habla con campesinos, comerciantes, pescadores, cobradores de autobús. Hay altavoces, por las tardes se oye música en todas partes, por la noche se baila; la vida es colorida y ruidosa. Gustav se deja llevar. Sí, puede ser divertido, muy agradable; a menudo hay en él una chispa de aquel antiguo Gustav al que los hombres escuchaban con gusto, de cuya amistad estaban orgullosas las mujeres. También ahora las mujeres le miran y lamentan que se vaya. Está con frecuencia pensativo, raras veces triste. Las cosas del país de las pesadillas están ahí, no les cierra los sentidos, no están menos en él que más allá de la frontera. Pero aunque siempre están presentes, él se mantiene tranquilo, casi alegre.
En la cercana gran ciudad de Marsella, ve en una librería una nueva obra alemana, un folleto:
«Relato sobre el avista-miento de una nueva especie humana. Dedicado a una amiga. Por Friedrich Wilhelm Gutwetter». Compra el libro. Encuentra en él alguna cosa bella sobre la idea popular, frases sublimes y significativas, tan sublimes, por supuesto, que sólo se puede reconocer vagamente la idea. Es una idea sin dirección y sin número de teléfono, no se puede hacer nada de provecho con ella. Tampoco Sybil, su pequeña, esbelta, materialista Sybil, podrá hacer mucho con eso. Al día siguiente, cuando va a envolver el almuerzo, le falta papel. Arranca dos hojas del
«Relato sobre el avistamiento de una nueva especie humana». Desde Berlín
le comunican que ahora también Jean, el viejo y digno criado del club de teatro, ha entrado en el partido popular. Eso le conmueve más. Sus últimos momentos en Berlín y aquellos cinco marcos no estuvieron bien invertidos.
Habría empleado mejor el tiempo en Berthold. A veces, cuando está solo abajo en su bahía o sentado en el terreno arenoso en pendiente, bordeado de pinos, ante la casa ruinosa de un marrón rosáceo, ve pescar a un hombre junto a los acantilados. En realidad los acantilados forman parte del terreno alquilado por él, podría echarle. Le gusta estar solo, pero la cercanía de la gente no le resulta desagradable. A veces el hombre chapotea en busca de erizos de mar, a menudo se tumba en los acantilados a tomar el sol. Pronto Gustav va a preguntarle la hora, entabla pequeñas conversaciones con él. Es bajo de estatura, de movimientos perezosos, tiene una gran cabeza con una gruesa barba de lobo de mar, lleva un traje ancho azul oscuro, de tela dura y basta, como muchos en esta región. Resulta que es uno de los numerosos alemanes que viven aquí abajo, un tal Georg Teibschitz.
El señor Teibschitz ha llegado de Alemania en las últimas semanas.
Tiene poco dinero, pero lo suficiente para poder vivir tres o cuatro años, aquí o en otro sitio donde los inviernos no sean muy fríos. El señor Teibschitz se tiende al sol, guiñando los ojos, hundidos y somnolientos en su pesada cabeza, sestea, hace largas pausas entre las frases, antes de las respuestas. Ha visto mucho y ha vivido mucho. Parece ser que hace unos cuantos años era rico, luego su dinero se esfumó, después parece haber vuelto a tener dinero. Ahora sólo quiere una cosa: tranquilidad y poca gente a su alrededor. Ha visto aquí cerca una casita, casita es demasiado, una caseta de perro, una agradable caseta de perro en un agradable paisaje, de un pardo grisáceo, con muchos olivos. La caseta costará Lion Feuchtwanger
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sus buenos quince mil francos. El señor Teibschitz ha dejado una mujer en Alemania que podría enviarle el dinero, pero no se hace muchas ilusiones: probablemente no se lo enviará. El señor Teibschitz carece de necesidades, pero ama los pescados y mariscos de todas clases, y sabe cocinarlos bien. Gustav le ofrece hacerlo en su cocina. Tiene carbón vegetal y una especie de parrilla. El señor Teibschitz, con la experta ayuda de Gustav, coge los peces, los asa con aceite, añade romero y tomillo; también
sabe preparar una sabrosa bullabesa. Come despacio, con placer, mastica lentamente, chasquea un poco la lengua.
Cuando el señor Teibschitz aún era rico, tuvo algunos intereses estéticos. Sobre todo se interesó
por cuadros, poseía una hermosa colección, su punto fuerte eran los paisajes. Tiene sentido del paisaje, puede describir en pocas palabras un paisaje de tal modo que uno lo ve. Ha hecho grandes viajes y se ha percatado bien de lo que vio. Si la mujer le deja en la estacada y no puede comprar la caseta de perro, probablemente haga un viaje a pie, por Italia, por Sicilia. Esto es lo que cuenta el señor Teibschitz al señor Oppermann, fragmentaria, perezosamente, mientras pesca, mientras se tumba al sol en los acantilados, mientras prepara el pescado.
Un día, el señor Teibschitz se presenta muy cambiado. Se ha hecho afeitar la barba de lobo de mar. Le daba problemas para comer, explica a Gustav. Gustav tiene una influencia nefasta sobre él, añade a su manera perezosa y burlona, va a terminar de convertirlo en un sibarita. Pero la realidad es lo contrario. La presencia del otro hace a Gustav cada vez menos exigente. Ahora también él se compra un traje ancho, azul, de tela basta, como el del otro. Desde que el señor Teibschitz se ha hecho afeitar la barba, se aprecia cuánto se parecen los dos hombres, incluso cuando se sientan juntos con sus anchos trajes azul marino. Involuntariamente también, el uno adopta las costumbres del otro. Antes Gustav luchaba contra su mala costumbre de rechinar los dientes, ahora se deja ir. Cuando el señor Teibschitz chasquea la lengua, él rechina los dientes. En una ocasión, riendo, constata:
—Nos estamos pareciendo el uno al otro, señor Teibschitz. El señor Teibschitz le contempla.
—Usted tiene aspecto de persona más importante, doctor Oppermann
—dice de forma pesada, seca, opaca.
El señor Teibschitz no habla con frecuencia de las cosas de Alemania, pero tampoco las evita. Estaba a gusto en Alemania. El cielo alemán, el paisaje alemán, las gentes de Alemania le eran muy queridas. Lástima que ahora echen a perder el paisaje con sus cruces gamadas. El año anterior, en Nidden, vio una esvástica que cubría por completo la mayor de las gigantescas dunas del lugar. Naturalmente, tres días después el viento se la había llevado. El paisaje soporta muchas cosas, pero al final siempre sigue siendo el mismo. Cuando aún tenía dinero, volaba mucho. De esa forma se
ve lo grande que es el país, y la diminuta porción de él que ocupan los grandes asentamientos de los que tanto se enorgullecen. Lástima que ahora ese hermoso país esté rabioso. Los demás aún no quieren darse cuenta del todo. Creen que si apaciguan al perro rabioso no morderá. Pero, por lo que él sabe de los perros rabiosos, no son así.
Lástima por la hermosa Alemania. Y enseña a Gustav la foto de un paisaje prealpino. Ahora, con sus modestos ingresos, el señor Teibschitz colecciona fotos en vez de cuadros. Gustav contempla gustoso varias piezas de la colección. Hombres, paisajes. El señor Teibschitz le muestra también cabezas de la nueva Alemania. Cabezas de los nuevos dirigentes, cabezas muy vacías llenas de rigidez histérica y brutalidad. Uno tras otro están ante el micrófono, con la boca muy abierta. El señor Oppermann y el señor Teibschitz, en sus anchos trajes azul marino de tela basta, se inclinan sobre las fotos, contemplan las cabezas, una boca abierta detrás de otra. No dicen nada, sólo se miran, sus propias bocas se ensanchan, sonríen. Y de repente, a pesar de todo lo que los hombres que tienen esas cabezas les han hecho, estallan en risas, de una manera estruendosa, relajados. Y entonces el señor Teibschitz señala la corona de esta parte de su colección: una foto en la que varios de los más conocidos dirigentes populares escuchan un concierto.
Los que antes habrían las bocas de forma tan salvaje y brutal están ahora fláccidos, sentimentalmente entregados a la música, los ojos soñadores.
Que también podrían hacer otras cosas lo muestran otras fotos de la colección del señor Lion Feuchtwanger
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Teibschitz. Allí había postales de las que se vendían en Alemania para el fondo de apoyo a los mercenarios, a veinte céntimos la pieza. Se representaba, por ejemplo, a mercenarios rapando a un joven judío, exhibiendo a una chica en un escenario con el cartel: «Yo, criatura desvergonzada, me he entregado a un judío», a un dirigente sindical llevado por las calles en una carreta. Los rostros de las víctimas estaban terriblemente tranquilos, el joven judío tenía la cabeza inclinada, la muchacha la boca entreabierta, el líder sindical, un hombre viejo y calvo, iba en el carro con las piernas cruzadas, el torso inclinado, agarrándose trabajosamente con unamano, la boca firmemente cerrada. El señor Teibschitz alargó las postales a Gustav, una tras otra, su mano morena y velluda salía trabajosamente de la estrecha manga de la blusa azul. Gustav
miró las fotos largo tiempo, también tenía la boca apretada. ¿No estaban realmente locos, para vender y enviar al mundo su vergüenza de forma triunfante?
—¿Entiende usted —preguntó--cómo puede la gente en Alemania soportar esto? ¿No se sublevan al verlo?
El señor Teibschitz, a su lenta y perezosa manera, dijo que ya había furia en Alemania. Había oído algunas cosas. En un campo de concentración de la región de Braunschweig, por ejemplo, cuando los prisioneros se enteraron de la muerte de Clara Zetkin quisieron honrar su memoria. Decidieron guardar silencio durante veinticuatro horas. Este silencio irritó a sus guardianes populares. Les hicieron pasar hambre, endurecieron la «instrucción». El propio comandante del campo, un experto popular, aplicó los más duros de los métodos ensayados para romper el irritante silencio. Lo que consiguió fue que al caer la tarde veintidós prisioneros tuvieran que ser llevados al lazareto debido a peligrosas hemorragias. Los prisioneros siguieron callando. Los dejaron sin cenar. El silencio de los cuatrocientos era tal que se doblaron los puestos de guardia y se montaron las ametralladoras en las torres de vigilancia. El comandante y los suyos pasaron la noche en estado de alerta. Por la mañana, hizo sacar a tres presos entrados en años de los barracones y, como seguían callando, los fusiló. En otra ocasión, el señor Teibschitz habló de la ejecución de cuatro trabajadores del distrito hamburgués de Altona que habían sido apresados en un ataque de los populares a un barrio obrero. Hicieron formar a setenta y cinco presos para que contemplaran la muerte de sus compañeros. Cuando se preguntó su último deseo al más joven de los condenados, pidió poder estirar los brazos una vez más. Liberado de sus cadenas, propinó un puñetazo en la cara al jefe de los mercenarios. Luego subió al patíbulo.
El señor Teibschitz contó varias historias de ese tipo, con detalles tan exactos que era imposible que fueran reproducción de vagas noticias de prensa. En una ocasión, Gustav le preguntó:
—Dígame, señor Teibschitz, ¿cómo sabe esas cosas con tanto detalle?
El señor Teibschitz, a su manera acostumbrada, pasó largo rato sin abrir la boca. Gustav dudaba ya de que fuera a responderle. Era entrada la tarde, el cielo estaba pálido. Había salido la luna, una luna amarillenta, creciente; el sol y la luna se alzaban a la vez en el cielo.
—Nosotros éramos informados con mucha precisión de todas estas cosas —dijo al fin el señor Teibschitz.
—¿Quiénes son «nosotros»? —preguntó Gustav. Lo hizo titubeante, no conseguía del todo ocultar su excitación. El señor Teibschitz bostezó:
—«Nosotros» éramos números, si quiere usted saberlo con exactitud —
respondió—. Yo por ejemplo era el número CII734. Se trata de un servicio de información en el interior. Una especie de misión interior —añadió pesadamente—. Algo fatigoso, la emigración interior, se lo aseguro. Se vive en restaurantes, hoteles, se duerme todas las noches en un sitio distinto, con la policía siempre pisándote los talones. Probablemente vender muebles Oppermann sea más fácil.
—¿Y qué clase de gente son esos «nosotros»? —siguió preguntando Gustav.
—Son —respondió el señor Teibschitz— funcionarios del partido, proletarios, muchas mujeres, incluso niños. El consumo de material humano es grande. Pero hay donde elegir: también el número de desilusionados es grande. Naturalmente, sólo se puede aceptar a gente que sepa con exactitud cómo son las cosas para alguien que no tiene dinero —volvió mínimamente la pesada cabeza; guiñó
ligera, jovialmente, un ojo somnoliento a Gustav—: Usted por ejemplo, doctor Oppermann, tendría Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n
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pocas posibilidades.
Los dos hombres callaron un buen rato. El sol se ponía.
—No debe imaginar que se trataba de un trabajo romántico —dijo aún el señor Teibschitz—. Al contrario, era inusualmente aburrido. Trabajo de oficina bajo la espada de Damocles. Aburrimiento y peligro juntos es demasiado. Finalmente, me resultó demasiado aburrido y no pude más.
Hace falta un odio firme y grande para aguantar. Ya no soy capaz de producir tanto odio. Cuando se le ha dejado a un loco una ametralladora, no tiene sentido odiarle porque ya no se le puede quitar. El hombre inteligente se larga.
Por lo demás, casi no hablaban de política. Podían pasar horas juntos en silencio, pescando, contemplando a los pescadores, observando a las hormigas, pequeños cangrejos de mar, arañas. Cuando querían pasar un día emocionante pescaban erizos, que abundaban en la pequeña bahía. Una mañana, el verano avanzaba sensiblemente, el señor Teibschitz le dijo a Gustav que pronto emprendería el viaje a pie por Italia. Había tenido
noticias de la mujer de Alemania. Le daría todo el dinero que quisiera, pero sólo dentro de Alemania. Así que su caseta de perro se había ido al garete.
Gustav estaba consternado. Una idea se agitaba en su interior. Esa misma mañana, hizo al señor Teibschitz una propuesta. No se atrevió a hacerla directamente, dio torpes rodeos, sonrió con un embarazo casi infantil.
Estaba dispuesto a dar al señor Teibschitz el dinero para la adquisición de la caseta de perro. La única condición que ponía era que el señor Teibschitz, que se bastaba con su carné de identidad, le diera su pasaporte. El señor Teibschitz dijo «hum», nada más. Por la tarde, llevaba consigo su pasaporte.
Examinó a Gustav de arriba abajo.
—Estatura media —controló la descripción de su pasaporte—, rostro redondo, color de los ojos marrón, color del pelo rubio oscuro, marcas especiales ninguna. Suerte que me dejara el bigote después. De lo contrario, se diferenciaría usted de mí también en la foto. Ahora sólo parece más importante —añadió a su manera pesada, un tanto insidiosa—. Pero quizá los hombres de la frontera no lo aprecien. Muy bien, señor Teibschitz —
dijo, y le dio el pasaporte. Además, le regaló un traje gris que había llevado mucho tiempo. Gustav odiaba los trajes grises, pero se lo agradeció
mucho, y le cedió a su vez su gastado cochecito por el resto del tiempo de alquiler.
—Que le vaya bien, señor Teibschitz —dijo el señor Teibschitz cuando Gustav se fue—. Y
cuando se le haga demasiado aburrido, y le garantizo que se le hará, venga a mi caseta de perro.
Gustav no se dio prisa. Se detuvo en Marsella, en Lyon, en Ginebra, en Zúrich. En Zúrich se encontró con su sobrino Heinrich.
El rostro del chico de piel delicada y morena seguía siendo muy infantil, pero sus ojos habían envejecido, se habían vuelto más reflexivos; ahora su mirada era con frecuencia tan somnolienta, contemplativa y astuta como la de su padre. Había reflexionado mucho en las últimas semanas. Las palabras y conceptos acudían a él con dificultad, pero al final su buena y sana razón triunfaba siempre sobre aquella sorda violencia que le había impulsado a su fallido enfrentamiento con Werner Rittersteg. No era fácil para un chico tan joven, que se había educado en Alemania y la amaba, digerir en aquellas semanas las cosas que sucedían en su país. Heinrich sabía que los populares no sólo habían empujado a la muerte a su primo
Berthold Oppermann, sino también a muchos otros; había leído aquella disposición que establecía que en los colegios tenía que haber máscaras antigás para todos los estudiantes, a excepción de los judíos. Apretaba sus jóvenes y fuertes puños, pero no confundía a los populares con los alemanes, y mantenía la prudencia cuando se hablaba de Alemania.
Ahora estaba en la habitación de hotel de su tío Gustav, sentado en la repisa de la chimenea, esforzándose por mantener el equilibrio y porque aquella frágil cornisa no se desplomase debajo de él. Gustav le preguntó por sus planes para el futuro. Heinrich ha decidido definitivamente ser ingeniero. Le interesan sobre todo ciertos trabajos de ingeniería subterránea.
Ve muchas posibilidades en ellos. Va a trabajar varios años en Inglaterra y América, pero su objetivo sigue siendo trabajar en Alemania. Seguro que tendría mejores expectativas en cualquier otro sitio, pero Alemania es el trasfondo necesario para sus planes favoritos, porque al fin y al cabo no piensa Lion Feuchtwanger
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abandonar su formación humanística aunque le sirva de poco en su profesión de ingeniero. Le gustaría trabajar en Alemania. Se le pasa por la cabeza una autopista por debajo de Berlín, un metro para Colonia. No deja que los locos le confundan acerca de su Alemania. Su tío Gustav extrae lo que le conviene. Así que también el muchacho quiere manifestarse, a su manera. Ellos no le quieren en Alemania, pero él la quiere; quiere llevar a Alemania aquello que considera bueno. Esto conmueve mucho a Gustav. Y, sin transición, le habla de otros alemanes que no se dejan confundir. De los niños que a pesar de los golpes se niegan a cantar el himno de Horst Wessel, de los jueces que se dejan encerrar en campos de concentración antes que hacer el saludo romano, de los presos a los que es posible fusilar, pero no rompen su silencio. Pero Heinrich no es la persona adecuada para oírlo.
Salta de la repisa de la chimenea, camina arriba y abajo. No, Sir, dice, tales manifestaciones no pueden inspirarle respeto. También él ha oído algunas cosas al respecto, excepto una: si servían de algo. No podía imaginar que sirvieran de algo. Mártires ya hemos tenido suficientes. Basta. Curva los labios, muy rojos, baja un poco los párpados, parece de repente adulto, parecido a su padre, pero más amargo que él, más duro.
—No se puede hacer una manifestación más imponente que la de la propia muerte —dice—. Berthold se manifestó de ese modo. Yo era muy
amigo suyo. No sirvió de nada que muriese. Y por muchos que mueran o se hagan encerrar en esos espantosos campos, no servirá de nada. Ha hablado con decisión, casi con un poquito de patetismo. No le gusta. Rápidamente desciende a la cotidianeidad.
—Well —dice, sonríe, y vuelve a ser completamente joven—. Soy un mal polemista, pero tengo aquí un amigo, un estudiante, un joven suizo, que lo hace mucho mejor y puede decir con más precisión lo que quiero decir.
He quedado con él esta tarde en el café Corso. Quizá quieras venir tú también. Seguro que Pierre te interesa. Es realmente una lumbrera.
Gustav acudió. El amigo de Heinrich resultó ser un joven rubio, divertido, bastante insolente, de unos diecinueve años. Su nombre era Pierre Tüverlin, y era hermano del famoso escritor, según se supo pronto. Con su rostro abierto y simpático, su cabello rojizo, sus ojos casi sin pestañas, no le preocupaba ganarse rápidas simpatías. Aun así, a Gustav no le disgustó la relajada despreocupación con que exponía sus tajantes y precoces opiniones.
El café era grande, ruidoso, lleno de humo y de música a todo volumen.
Pero era evidente que los dos chicos se sentían muy bien. Apenas contó Heinrich de qué había hablado esta mañana con su tío Gustav, cuando Pierre Tüverlin se lanzó sobre él con su voz clara y ahogada, superando sin esfuerzo la música:
—No, señor, eso no es así. No hay nada que hacer con el romanticismo.
Por mí puede ahorrarse todos sus ejemplos. Son condenadamente anacrónicos, como si además se toma un veneno. Los ejemplos no valen contra una ametralladora.
Heinrich escuchaba a su amigo con ojos llenos de fe.
—Razón, razón y más razón —concluyó—. Eso es lo que necesitamos ahora. Y Heinrich recalcó:
—Common sense. Todo lo demás sobra. Quien quiera hacerlo de otro modo estará fuera de lugar. Gustav estaba sorprendido, casi triste, de que unos chicos jóvenes pudieran atenerse a cosas tan frías. La música tocaba en ese momento un popurrí de La muda de Portici. Hacía cien años, esa ópera había arrastrado a sus oyentes en Bruselas de tal modo que se lanzaron a la calle e hicieron la revolución. Estos chicos no se iban a dejar arrastrar por una cosa así.
—¿Y Sócrates? ¿Séneca? ¿Cristo? ¿Fue inútil su muerte? —preguntó.
—No lo sé —dijo rechazante el señor Tüverlin—. Pero sé que desde que existe el conocimiento experimental es más inteligente vivir por una idea que morir por ella. Así se sirve más a la idea. Unos cuantos pueriles calumniadores aseguran que el gran Galileo dijo: «Y sin embargo, se mueve». No dijo nada. En cuanto vio los instrumentos de tortura, abjuró a toda prisa. Y era un gran hombre. Si él sabía exactamente que sin embargo se mueve, ¿por qué no iba a decir que no se movía? Lo dijera o no, se movía, pensó. Y eso es lo que deberían hacer sus hombres ejemplares, señor. Deberían gritar «Heil Hitler» y pensar otra cosa. Sus hombres ejemplares, señor —concluyó, Lion Feuchtwanger L o s h e r m a n o s O p p e r m a n n