Los príncipes valientes

Javier Pérez Andújar · Capítulo 10 de 18

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Los príncipes valientes

Al pie de la fotografía indeleble y…

Al pie de la fotografía indeleble y remota de mi abuelo, se emplaza muchas veces mi abuela llena de viudedad, y permanece junto al retrato dibujando una estampa nueva, un nuevo retrato, que quiere ser una fotografía completa. Mi abuela, callada para siempre, y en pie para siempre, y al final sentada para siempre; silenciosa como una biografía modesta, o como una historia modesta; muda de verbo porque es una mujer que ha perdido el uso, el don de la expresión, y que se ha quedado también sin la función de la memoria, y que se ha transubstanciado de esta manera demoledora en la misma condición de España; mi abuela borrada del tiempo al que pertenece, desterrada de la palabra y reducida a pura arquitectura, vive atrapada en una enfermedad que le va secando el cerebro como a un hidalgo de provincias, y a diario yo me cuestiono si en su mirar sin constatarnos lo que ve distinguirá mi abuela molinos o gigantes en lo más oscuro de sus ojos negros y nocturnos. Hay en su silencio un quedarse a la espera de entender o de reconocer la voz de alguien, que nos desaloja y nos desacredita a quienes vivimos con ella, pues a cada momento nos evidencia que no somos nosotros ese alguien, y yo contemplo la fotografía de mi abuelo y considero si acaso será con él con quien tiene que hablar, y por eso, porque no le encuentra, no es capaz de decir nada, o quizá tenga que hablar con su hijo menor muerto de un ataque al corazón al cabo de llegar a Barcelona, y así busco entonces, junto a la lamparilla de su mesita de noche y en pie sobre el cristal impasible y resbaladizo de la mesa, la fotografía enmarcada de ese muchacho, del que yo hubiera podido ser su sobrino, y le admiro con su traje negro de hombre que ha venido a tomarse la vida en serio, pero que no le ha dado tiempo, y por encima de todo le admiro en su mímica, en su posar con una pluma estilográfica en suspenso sobre una hoja blanca, y en él veo el gesto de alguien que va a escribir, y que antes de ponerse se ha distraído por algo que ocurría cerca de él, y ya ha sido demasiado tarde para andarse en escrituras, porque tampoco le ha dado tiempo de eso, y entonces de esta fotografía deduzco que la escritura es inmediata y urgente, y que hay que hundir la cabeza en ella como quien la sumerge en un cubo lleno de tinta, para, si es preciso, ahogarse en literatura, porque puede que luego ya sea demasiado tarde para ahogarse en nada. De este tío mío, muerto sin haberle dado tiempo a convertirse en obrero de la Barcelona industrial, voy a heredar o voy a copiar su devoción por el gesto de la escritura, que en él se manifiesta a través de una necesidad inquebrantable de forjarse una letra clara, una caligrafía limpia, y en un apasionamiento por escribir sin tener faltas de ortografía. A este tío mío lo conoceré en su leyenda, y en su retrato, y también en un cuadernillo que se compró para copiar modelos de caligrafía. Más tarde mi madre me explicará que su verdadero nombre fue Lenin, pero que al acabar la guerra obligaron a mi abuela a cambiárselo, y que mi tío decía siempre: «Cuando vengan los míos y les diga cómo me llamo», y también: «Cuando vengan los míos, tengo que reclamar mi nombre para que me lo devuelvan, porque allí, en el ayuntamiento, tiene que haber un tachón». En este esfuerzo de mi tío de aprender o alcanzar una letra aseada, precisa, sin tachaduras, palpita, por supuesto, una pasión frenética por limpiar el tachón que otros le hicieron en su biografía.

Cuando viene Ruiz de Hita a nuestra casa, se queda pasmado delante de mi abuela, del silencio azabache de sus ojos, y del silencio atezado de su pelo blanco y negro y de su bata blanca y negra, y de su toquilla negra que se trajo del pueblo, porque uno siempre se agarra a algún objeto que condense su lírica o su biografía, que es lo mismo, y contempla Ruiz de Hita a mi abuela en su silencio doméstico e interminable de zapatillas negras, y de medias negras, y de jersey negro, y de falda de lana negra, y la saluda y le dice «hola, señora» y sigue hablando conmigo porque ya sabe que no va a responderle al saludo, y otras veces le enseña la portada de un libro que lleva con él para ver si mi abuela reacciona, o reconoce el dibujo de un caballo, de un río, de una montaña; pero mi abuela le mira a él con tristeza, y en esa tristeza, y en su mirada de persona que no va a expresarse, se me va a manifestar la confirmación de que las palabras son, en efecto, cosas, objetos, artilugios; que las palabras para ser palabras necesitan cosificarse, materializarse en lo espeso de la tinta, mecanizarse en el temblor de las ondas sonoras, y que frente a una mirada y a la tristeza las palabras entonces no sirven, son palabras, pero esto ya lo dijo un poeta.

Ha escrito Cocteau que una época no nos pertenece más que una maleta encontrada en la calle y que se va a devolver a la policía; que una época, en realidad, le pertenece más al porvenir, al que deberemos devolvérsela intacta, y así, cuando yo quiera empezar a ocupar mi parte del porvenir, me veré asediado por maletas náufragas, por maletas pecio, que no sabré de dónde diablos están saliendo.