Los príncipes valientes

Javier Pérez Andújar · Capítulo 14 de 18

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Los príncipes valientes

Hay en las ventanas, a modo de…

Hay en las ventanas, a modo de vidrieras de una catedral, otras vidrieras de cartulina negra y de celofanes, con figuras que representan la adoración de los pastores y de los Magos, y también hay muñecos de nieve silueteados en cartón pluma, sujetos entre espumillón brillante a las paredes de la clase. El maestro nos ha mandado formar un corro con los pupitres en esta tarde de rodillas peladas de frío, y de gotas de lluvia que empiezan a estrellarse contra los cristales como palabras contra un teléfono abandonado, y, sentado entre nosotros, don Antonio evoca las audacias de la última Vuelta ciclista a España, que ha sido en primavera. Elogia nuestro maestro el tesón y el esfuerzo del Tarangu, al que sitúa por encima de Eddie Merckx, el Caníbal; y también ensalza el empeño de Perurena y la obstinación de Ocaña. Don Antonio, cuando nombra a Ocaña, añade la propina literaria de unos versos de las coplas de Manrique, que declama llevando el compás del metro con el dedo, y nos dice: «en la su villa de Ocaña vino la muerte a llamar a su puerta», y al oírle recitar me estremezco con el misterio de quedarme sin saber qué necesidad tiene la muerte de llamar a las puertas. Entreveo, en una confusión iconográfica, como la que tiene lugar en las pesadillas y en algunos otros sueños, que la muerte va en una bicicleta de carreras, afanosamente, agarrada al manillar como sujeta a los cuernos de un carnero, y que muestra la nuca con tesón de ciclista, y lleva una gorrita de visera, y avanza con el solo propósito de llegar a la puerta de ese rico hombre que hace su vida hasta el último minuto, en la citada villa de Ocaña. Al llegar el bachillerato, que será un leer de abrigos y de cazadoras con los bolsillos amontonados de libros, me van a enseñar el sentido preciso que tiene en el poema ese poblachón, o ese señorío, o esa capitalidad cortesana de Castilla la Nueva, esa villa de Ocaña previa, en la literatura, a la Ocaña del comendador don Fadrique y del labrador Peribáñez; pues Ocaña, así me lo explicarán mis profesores de literatura, que para mí serán entonces la encarnación misma de la literatura, es el lugar del poema y del mundo donde al fin habla la muerte, que ha venido todo el camino tan callando. Y modesta, cortés, ceremoniosa, acaso culta, las primeras palabras que la muerte le dirige al maestre don Rodrigo han sido: «buen caballero».

En mi desconcierto infantil de nombres de personas y de pueblos, de Ocañas y de muertes itinerantes, que viajan y que son distintas a las muertes estáticas que esperan, como lo es la que aguarda en su casilla del juego de la oca, también voy a dejarme ganar por el presentimiento de que todos los ciclistas tienen en su deambular algo de muerte que va por los caminos, e incluso de pelotón de muertos que yerra como una santa compaña deportiva. Al igual que me ocurre con los ríos, a través de esa geografía de Vuelta ciclista a España que el maestro nos detalla, voy quedándome contenido de la musicalidad áspera, y a veces solemne, y otras veces modesta, con que se escribe la toponimia; de la musicalidad, por ejemplo, de Laredo, que es fin de etapa, y que el maestro acentúa en sus tres sílabas, pronunciándolas cada una como una nota de la escala; me entusiasmo con la sugestiva insinuación de mirador y tomavistas que hay en el nombre de Miranda de Ebro, otro fin de etapa y municipio por el cual, precisa don Antonio, el río Ebro recoge los caudales de sus afluentes Bayas, Zadorra y Oroncillo, y del mismo modo me fascino cuando nuestro maestro nos explica que los ciclistas se deslizan por los suaves relieves de los montes de Oca, que pertenecen al sistema Ibérico, y en su paso por los montes de Oca ahora a los ciclistas los entiendo más Ocañas, pero asimismo los vislumbro avanzando sobre un tablero de montes y de ocas a ciego golpe de dado, pedaleando derechamente hacia la casilla número cincuenta y ocho, que es la de la muerte en este juego.

Es la última tarde de colegio antes de las navidades, y don Antonio se entrega a la evocación del corro itinerante de la vuelta ciclista, y se entrega también a la persistencia de la lluvia, ahora derramándose a cántaros sobre las paredes del colegio, tal vez porque nuestro maestro está asumiendo que ha empezado a claudicar la persistencia de la historia, o del lado de la historia al que él ha querido servir como hombre de letras y de colonias en el desierto. Nos ha dejado traernos don Antonio nuestras barajas de Astérix y de familias del mundo, que son en concreto familias de siete regiones o siete culturas o siete tribus (la esquimal, la bantú, la tirolesa, la india, la mexicana, la árabe y la china), y también ha venido nuestro maestro con su acordeón, y nos hemos puesto a cantar villancicos, y canciones populares, y canciones escolares, y en todo este no hacer nada a lo largo de la tarde, en este montar los bólidos de plástico que salen en los pastelillos, y en este salir al entarimado para explicar chistes, o imitar la manera de hablar de Félix Rodríguez de la Fuente y Alfonso Sánchez y Johann Cruyff, que anuncia los calzoncillos Jim, o tararear melodías de las series de televisión para que los otros las reconozcan, en todo esto late un no querer pero sobre todo un no atreverse de don Antonio a darnos la lección, porque, nos insinúa socarronamente, que el mundo no está estos días como para darle lecciones a nadie. Pasamos el rato jugando a La Cizaña con las cartas de Astérix, y en nuestro grupo estamos Ruiz de Hita, y Leonorcita López Córdoba, que va conmigo en la partida, y así compartimos mano, y yo siempre pongo las cartas que ella me dice, y Martínez Medina, al que no quieren aceptar en ninguna otra timba por acusica y que aquí viene acompañado de Sánchez Calavera, que le indica a gritos, con su profunda pronunciación de sordo, y también juega en nuestra mesa González Uceda, cuya madre no tiene posibles para comprarle una baraja infantil, y ha aparecido con una baraja española de cartas que se quedan pegadas en los dedos, y que es con la que juega desde siempre con su madre y sus hermanos. A González Uceda un día de sincerarnos y de intercambiarnos nuestra visión del mundo le diré que, a mi juicio, todos los que viven a partir de la otra orilla del río son unos pijos, y él me contestará que para él los pijos somos todos los que tenemos padre.

Se nos acerca don Antonio con la curiosidad de observar los dibujos del juego de La Cizaña de nuestra baraja, y nos toma algunas cartas del mazo y las alza y pronuncia con humor los nombres de los legionarios romanos, de Subescalerus, de Caius Aerobús o de Perfectus Detritus, y apoya sus manos grandes de maestro de campo sobre los hombros de Ruiz de Hita, y nos dice a los de nuestro corro que nos apliquemos en el estudio, porque antes de lo que nos creamos, a nosotros nos va a tocar levantar España, como corresponde cada tantas generaciones; pero nosotros en ese momento lo único que queremos es que no nos levanten nuestras cartas. Leonorcita y yo lo que buscamos es completar la escalera de piratas, y ya tenemos al tullido Patapalo, al vigía Baba, al capitán Barbarroja y el barco, que en el naipe se llama bajel, y contemplando estas figuras me pregunto secretamente, y con un punto de estremecimiento, si en este momento también estará mi padre jugando a las cartas con sus compañeros, con quienes lleva varios días encerrado en una iglesia que hay por donde está la fábrica en que trabajan, y en la que ahora se han levantado en huelga.

 

Voy a aprender en las octavillas de esos días a llamar al trabajo por su nombre propio, o por sus nombres propios. El trabajo, ante todo, es en mi casa el nombre de la fábrica de la que viene y a la que va mi padre; pero es además el nombre de todas las fábricas de Barcelona, y de toda España en un sindicalismo de hombres que han decidido levantarse y cambiar las cosas, de una manera en que nunca hasta entonces se habían imaginado que podían atreverse. Cada ola de la historia trae su espuma de valor, y en el fervor de esos días veo a obreros como mi padre, con el alfabeto precario de las cuatro letras y de la regla de tres, pertrechados de escritos que reparten furtivamente, y de ellos aprendo que las palabras son lo primero que uno tiene, y lo que más dura, y también lo que uno más necesita. Al trabajo lo llamaré empleando, por ejemplo, el nombre culto de Ignis, que quiere decir fuego en latín clásico desde mucho antes de que lo quisiera decir focus en vulgar, y al trabajo lo llamaré Agni, que en sánscrito es el nombre del fuego ritual; pero que para mí, tanto una palabra como la otra, son aún los nombres de dos fábricas, como lo son asimismo, en una especie de poema inacabable y futurista, las palabras, las iniciales de fábricas como Elsa, Periman, Cursana, Solvay, Miniwatt, Harry Walker, Siemens, Pirelli, Clausor, SEAT, Macosa, Haissa, Kelvinator, la Maquinista, Bultaco, Pegaso, New Pol, Derbi, Barreiros, Inter, Laforsa, Condiesel, Starlux, Motor Ibérica, Hispano Olivetti, Anglo, la Bomba... Cada oleada de historia llega con su generación de valientes, y yo pienso en esos días si Ruiz de Hita y yo estaremos tallados en la efervescencia dura y turbulenta en la que se labró mi abuelo, y en la que ahora se empeña mi padre. Querré dejar de ser niño inmediatamente con la impaciencia con que una flecha atraviesa a un pájaro. Y a mi modo, apuntándolas, escribiéndolas, es como voy a pretender cambiar las cosas desde otra realidad, que es la realidad incuestionable de la literatura, y única realidad en la que creo. Hay algo de francotirador en ese observar y apuntar, que es, no cabe duda, una respuesta al enterrar y callar del que procedo.

Acostumbrado a imaginarme a mi abuelo en los años de la guerra, que fueron los últimos de su vida, y habiendo visto cómo mi padre, con la edad que yo ahora tengo, ha formado parte de las huelgas que van a querer cambiarlo todo, yo sólo voy a ser capaz de escribir esa guerra, y de escribir esas huelgas, para escribir sobre todo esa espuma, y escribir también esa efervescencia de cada generación, de brindarles un triunfo, o una corporeidad, que no han obtenido en la realidad burguesa a la que se deben. En mi fidelidad a la escritura pretenderé literaturizar una genealogía familiar con el propósito de impedir que se largue derecha al olvido como un buen día se largó mi abuela, que sin renunciar nunca a su presencia nos olvidó a todos, como el sol desdeña, en su condición de astro rey, a los mares sofocados, a los montes verdecidos, a los arroyos efervescentes, que giran a su alrededor a una velocidad de veintinueve kilómetros y medio por segundo, o eso dicen.

La fábrica está lejana de todos nosotros, en el curso alto del río Besós, retirada en la orilla de una carretera que es como un río embalsamado, rodeada de la niebla fría de las mañanas, y rodeada también de matas salvajes, plantas nitrófilas, y de pequeñas huertas de payeses que van a constatar cómo la industrialización se les viene encima de sus cañas y de las flores moradas y blancas de sus campanillas. En la fábrica, bulliciosa de obreros que lo único que quieren es pertenecer a sus familias, pero que tienen que resignarse a pertenecer al sector del metal, en este caso gama blanca, lo que hay ahora es un baile de octavillas escritas por redactores clandestinos como escritores fantasmas, y que quizás han sido una vez lectores de Julio Verne, de Jack London, de Edgar Allan Poe... Es además ésta una danza de asambleas espontáneas, o espontaneizadas, que se van a llamar reuniones ilegales; de votar a mano alzada la huelga levantando los trabajadores sus manos ásperas, y con este gesto es como escriben la historia; de paros generales, que a veces no pasan de los cinco minutos; y de arrojar cascos de botellas o tuercas o tornillos al patio de la fábrica, donde yo creo que juegan al frontón en el descanso; de que los jefes manden cerrar las puertas de las secciones para impedirles a los obreros la salida en su desfilar asustado hacia el encierro en la iglesia; y del estruendo amotinado y proletario del golpear, del picar en señal de protesta todos los trabajadores de manera unánime con sus martillos, sus destornilladores, sus remachadoras, sus tenazas, sus llaves inglesas y sus llaves fijas, para hacer sonar contra las máquinas el ruido de las herramientas en un repiqueteo en el que hablan los objetos, ya que a las personas no les está permitido. Este danzar de trabajadores en huelga tiene un punto de danza macabra que ritualiza, que va siendo la voz de la callada muerte, la cual, todo el mundo lo presiente, está al llegar en busca del jefe de Estado y de su Estado, y acaso, cuando le encuentre, también se dirija a él cortésmente, pues la muerte sólo hace distingos entre los vivos y los suyos, y le trate de «buen caballero».

Mi padre y sus amigos, con su encierro en la iglesia, exigen la readmisión de sus compañeros despedidos y la anulación de las sanciones que les han impuesto los patronos, y protestan, por supuesto, contra la carestía de la vida, contra la subida de los precios y la congelación de los salarios, y reclaman las cuarenta horas semanales, y el derecho de asamblea, y el derecho a huelga, y que no se modifiquen los ritmos de producción sin acuerdo previo con los trabajadores, y a través de esta jerga que escucho en las murmuraciones de mi madre, que ha contado que las mujeres de los obreros de otras fábricas se están encerrando con sus hijos en las iglesias, y que asimismo leo, cuando me dejan solo en nuestra casa, en las hojas volanderas de mi padre guardadas bajo la pila del lavadero, en todo este vocabulario de levantamiento industrial voy intuyendo una prosa primordial, una prosa de consignas, a través de la cual veo que se llega a la palabra cosa, que es por ejemplo el nombre de una fábrica, y que se alcanza así un lirismo colectivo. Voy apuntalando sobre mi padre sentado en los bancos de la iglesia como un santo que hace horas extras, y por eso es socialista, y sobre mi tío Ginés, durante la guerra, cargando en su borriquillo las vituallas almacenadas en la iglesia de su pueblo, mi liturgia infantil, que celebro en la parroquia de nuestro barrio, devoto de la biblioteca de cuentos, novelas y biografías que ha montado el cura, el padre Santiago, que está transubstanciándose más que nunca en esos días en el padre Jaume para poder ser el que es. Empiezo yo a creer de esa manera en los símbolos de esta nueva época, y así mi credo no va a recaer entonces en la paloma de yeso con las alas extendidas, que representa el descenso del espíritu, sino que va a manifestarse en una fidelidad, una lealtad, que en ese momento querré inquebrantable, a la paloma que dibujó Picasso y que los comunistas eligieron como símbolo de la paz, y que el cura tiene en un cartel en la sala donde los domingos jugamos al ping-pong después de misa. Y aunque el padre Santiago nunca nos precisará que esa paloma blanca es en realidad una paloma roja, sí que va a explicarnos que la paloma, por encima de una alegoría espiritual, es el animal que regresa al arca para dar la noticia del fin del diluvio, y que por eso cuando todo va mal la gente espera que llegue una paloma con una rama de olivo en el pico, y cuando la cosa va bien, precisa el padre Santiago, lo que quiere la mayoría de los mortales es que, si no hay inconveniente, les traigan un lechón con una ramita de perejil en el morro, como al tío Tomasón de la canción.

 

Vamos a cantar también con nuestro maestro don Antonio esa canción, que en su sonoridad castellana a mí me parece una canción como traída de Miranda de Ebro, de lo más profundo de sus cuatro ríos, y luego voy a barajar nuestros naipes de La Cizaña más que atento a mi juego, abstraído en el imaginado barajar de mi padre en su encierro rojo de piquetes, que es igualmente un encierro, así lo leo en las octavillas, en contra de las penas de muerte de unos presos. Cuando Ruiz de Hita vislumbre en mi gesto una melancolía que cala más profundamente que la languidez rumorosa y natural de la lluvia, y me pregunte a qué se debe mi repentina expresión de tristeza, no seré capaz de engañarle, porque aún no sé o aún no me atrevo a mentirle a un amigo, y le explicaré que ya van para tres los días que no veo a mi padre, que está en una huelga, y que en este momento acabo de acordarme de él, y con amistad de niño sabio o de niño mágico, Ruiz de Hita me confortará y me brindará su casa en la circunstancia de que los acontecimientos pasaran a mayores y yo me quedase sin padre.

 

Al blanco inexistente de las navidades de Barcelona voy a contraponer un blanco dibujado y literario, que es el de los glaciares del Antártico, y que encuentro en la versión en tebeo de la novela de Julio Verne La esfinge de los hielos. De La esfinge de los hielos me fascinará lo que tiene de historia de terror, de presencia amenazadora intuida a todas horas por un puñado de hombres que huyen del desaliento, y en su lectura me cautivarán los dibujos de Duarte, sus vertiginosas escenas nocturnas en los ventisqueros y en las banquisas y en los grandes hielos a la deriva del Polo Sur, sus marineros abrigados con gorras de lana y chaquetones, las peleas de éstos a puñetazos y con los aparejos al pie de los palos del barco, el impulso trascendental del viento que atraviesa las viñetas, y que de igual manera que uno no puede percibirlo, al viento, a través del sentido de la vista, el dibujante tampoco ha querido representarlo de una forma gráfica, y lo ha insinuado con la ausencia de color, apenas con alguna sombra blanca. Se manifiesta, además, en esta aventura de Julio Verne la revelación de una geografía o de una oceanografía ominosa, la presencia de un paisaje funesto y aún por explorar, que procede directamente de la Narración de Arthur Gordon Pym, la novela que nos hace leer por turnos nuestro maestro, y que Poe no pudo acabar, y a la que luego Verne con La esfinge de los hielos le pone final, en un magnífico gesto de devoción de un escritor a otro.

Al inicio de su carrera, cuando apenas ha publicado dos o tres novelas, tal vez como una declaración de principios, Julio Verne va a abordar el estudio de la obra y de la vida de Edgar Allan Poe, y en sus capítulos tratará la obsesión del escritor americano hacia los enterrados vivos, y también la obsesión de Baudelaire hacia Poe, y buscará una correlación entre Poe y Anne Radcliff y E.T.A. Hoffmann. El vínculo entre Verne y Poe se me va a mostrar aún más íntimo que el que vislumbraré entre H.G. Wells y Julio Verne.

El aliento de Poe voy a encontrarlo en la pluma de Verne al constatar, por ejemplo, que en el título general que aúna las novelas de Julio Verne, Viajes extraordinarios, palpita a todas luces el nombre de la serie de relatos más popular de Poe, Narraciones extraordinarias. Entre las Montañas Escabrosas de Poe y el volcán de La isla misteriosa de Verne; entre el ascenso a la luna del holandés Hans Pfaall narrado por Poe y el viaje del periodista Michel Ardan y sus compañeros a bordo del proyectil del Gun Club, que detalla Verne a lo largo de sus dos libros consagrados a la luna; en la corriente del torbellino Maelstrom que arrastra a los personajes de Poe y que arrastrará al Nautilus del capitán Nemo; entre el mono de gran tamaño que roba a un personaje de La jangada, de Julio Verne, y el orangután criminal de Los crímenes de la rue Morge, de Poe; en el enigmático mensaje en la clave que hay que descifrar en La jangada, y que el propio Verne compara en esa novela con el pergamino encriptado de El escarabajo de oro, de Poe..., de continuo, ya digo, voy a ir descubriendo un parangón que aúna las obras de ambos escritores. Y en una culminación excesiva de sospechar, intuir, encontrar paralelismos entre Julio Verne y Edgar Allan Poe, al final acabaré preso de una manía que me conducirá a establecer una relación, una evidencia enigmística entre las cinco letras que componen el apellido de Verne, y las que figuran en el título del más conocido poema de Poe, es decir, The Raven, y entre las letras de la primera de las palabras que repite fúnebremente el cuervo de ese poema: never. Quizás haya en Verne, en las sílabas de su apellido, puestos a vislumbrar, un poco de never, un poco de nunca jamás, como había una pizca de nadie en el capitán Nemo y en el hombre invisible de Wells.

Pero más que en las similitudes entre la Narración de Arthur Gordon Pym y La esfinge de los hielos, va a ser en las diferencias entre ambas novelas donde atisbe la esencia de cada escritor, donde encuentre lo que le hace escritor a Edgar Allan Poe, de una manera, y, de otra, a Julio Verne. En las profundidades, en la pesadilla de terror fantástico en la que se adentra Poe con la Narración de Arthur Gordon Pym, no va a meterse Verne, que ha escogido la fantasía burguesa y colonial de la aventura exterior. La de Julio Verne es, por encima de todo, una fantasía realista, positivista, y así está atrapada en la necesidad de buscar un fin explicable para toda cosa, y en este caso, una razón que justifique el hallazgo de una figura de apariencia humana entre los hielos. Poe deja inconclusa su novela, tal vez porque se ve incapaz psicológica, físicamente de seguir el ritmo extraordinario que le impone su imaginación, y así abandona a sus personajes, tras una sucesión de penosas derivas marinas, en el corazón helado del Antártico, y rodeados de aves que profieren unos gritos extraños y aciagos, junto a una cascada de nieve, frente a una enorme, descomunal figura de aspecto humano, completamente blanca, de un blanco antártico y terrorífico... Y a esta situación inconclusa, Verne le va a buscar un desenlace en su Esfinge de los hielos constatando, como hombre de hechos positivos, que la figura en cuestión es un bloque de hielo magnético que atrae los clavos, los remaches, las herramientas de los barcos, y que tiene apariencia de esfinge. Donde Poe insinúa misterio, Verne encuentra física aplicada, magnetismo terrestre, y donde Poe sucumbe al terror de una figura gigante de aspecto humano, Verne antepone la disciplina de la arqueología, en su caso, más que inspirada en la mitología, trenzada de historia contemporánea, de los hallazgos de las expediciones napoleónicas, al darle a esa figura, a ese fragmento de hielo imantado, un escultórico, arquitectónico, aspecto de solitaria y faraónica esfinge.

Pero Julio Verne no sólo va a escribir esta novela del Polo Sur por lealtad entre escritores, sino también para satisfacer una necesidad intrínseca de su literatura. Julio Verne, en el que ya he contado que encontraré una ciclotimia literaria o narrativa que se trasluce en una especie de bipolaridad temática, se va a ver, después de haber escrito Las aventuras del capitán Hatteras, que transcurren en el Polo Norte, en el apremio de ambientar ahora una novela en el polo opuesto.

Va a ser a través de la literatura, a través de la lectura de novelas y de tebeos, cómo iré reconociendo lo que cada uno de los dos polos terrestres representan o significan para el hombre moderno, que entonces yo quiero ser, y que cuando alcance a serlo descubriré que ya se ha pasado de moda. El corazón del guerrero, del hombre heroico, palpita en los hielos del norte, custodiado, por supuesto, por un infinito perímetro de vikingos. En esos hielos, más allá del último confín del norte conocido, pasadas las tierras donde habitaron los hombres hiperbóreos, se encuentra cautivo, por ejemplo, el corazón enamorado del Capitán Trueno, raptado por la hija del rey Thorwald, soberano de la lejana Thule. La princesa Sigrid, en su irracionalidad de animal rubio y vikingo, odia y ama al héroe, como nosotros amamos y odiamos al hielo con su silencioso canto de nieve. Se traslada asimismo al Polo Norte otra categoría de héroe, la del superhombre, es decir, Superman, para encontrar la respuesta a todas sus preguntas y donde construye la silenciosa Fortaleza de la Soledad, el palacio que será su refugio secreto cuando todo haya pasado. Y también viaja el héroe ángel al Polo Norte, como lo hace Tintín en La estrella misteriosa, cuando parte rumbo al Ártico a la caza del meteoro, a bordo del Aurora, el barco mercante del capitán Haddock. Existe, asimismo, la circunstancia del monstruo heroico, que es el monstruo en su inocencia. Esto es lo que le ocurre por ejemplo al monstruo de Frankenstein, que además tiene algo de reverso de héroe mitológico. Si su creador, el doctor Victor Frankenstein, es un moderno Prometeo, tal como lo presenta la autora Mary Shelley en el título, el monstruo que ha creado el doctor Frankenstein es un rey Midas a la inversa, y así todo lo que toca lo convierte no en oro, sino en muerte. Reclamando su derecho a la vida y al amor, el monstruo de Frankenstein va a matar o a ser causa de la muerte del hermano pequeño de su creador, de la esposa de éste, del padre, del mejor amigo y de una criada. El monstruo de Frankenstein, al igual que Pinocho, los policías, los detectives, los cómicos del cine mudo, los pícaros..., es un hombre que corre, y en su huida, este monstruo alcanzará los hielos más alejados y septentrionales en el extremo norte, donde busca purificarse en soledad.

Pero en las escarpadas, escabrosas cimas del polo opuesto, en el Polo Sur, se escucha otra melodía, que contrariamente a la del Polo Norte no es la del héroe en busca de su aislamiento, sino la del terror latente. A ese miedo de las nieves, a ese pánico natural de lo blanco, la literatura le ha dado el nombre profundo y evidente de terror blanco. Será Herman Melville, en su novela Moby Dick (o la ballena), que es una ballena blanca, uno de los escritores que con más precisión acierte a identificar la malignidad de todo lo blanco. «Era la blancura de aquella ballena lo que me horrorizaba por encima de todas las cosas», confiesa Ismael en un capítulo dedicado íntegramente a lo espectral, a lo funesto del color blanco en la naturaleza y en las cosas, en el albatros, en los osos de las nieves, en la Torre Blanca de Londres, donde fue decapitado el utopista Tomás Moro, en las Montañas Blancas de New Hampshire, en la gente de cabello, piel, ojos albinos... En la misma década en que Melville reflexiona sobre lo infausto de la blancura, Baudelaire verá en las grandes alas blancas del albatros la condena del poeta, desde luego, pero también la siniestra compañía del ave que sigue a los barcos hasta los abismos o las fosas o los remolinos amargos.

Y así nosotros en la escuela, absortos en nuestra lectura coral de la novela de Poe, palpitaremos aceleradamente cuando Arthur Gordon Pym escuche horrorizado, ya en el límite de sus inconclusas andanzas en el Antártico, el extraño graznido de los pájaros gigantescos, de una blancura fantasmal, que rodean a los náufragos, y que Pym transcribirá en su diario con un inasumible: ¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li! Va a ser Edgar Allan Poe, antes que Melville y que Baudelaire, quien invada de horror blanco la literatura, quien en el filo de una hipersensibilidad que le abre las puertas al desatino sucumba a la excitación de señalar que un personaje va a temblar incluso a la mera vista del lienzo blanco de un velamen.

El siniestro, impenetrable grito del que ha dejado constancia Arthur Gordon Pym volverá a verse consignado por la literatura de H.P. Lovecraft, que también, con su novela En las montañas de la locura, quiere reparar a Poe en el pretendido agravio de haber dejado una novela inconclusa, quizá porque a menudo el novelista prefiere la literatura de la explicación a la literatura cosa. A los despeñaderos, a las orillas de los abismos del Polo Sur que recorre Arthur Gordon Pym, van a regresar Lovecraft, o sus personajes, para perforar sus milenarias capas glaciares en busca de fósiles y, poseídos del pánico al que allí cederán, van a llamar al Polo Sur malévola región, y cuando descubran las aves gigantescas que prorrumpen en el mismo tenebroso clamor que imaginó Edgar Allan Poe, ese extravagante ¡tekeli-li!, los personajes de Lovecraft querrán entroncar ese grito, ese clima anímico, ese paisaje blanco, con la mitología insondable y perturbada de su autor, y revelarán que entre los hielos, la locura y la desesperación de las montañas antárticas, lo que yace son los ruinosos vestigios de la civilización de los Primordiales, los dioses submarinos de Lovecraft, venidos de las estrellas y creadores de la vida en la Tierra.

Las desoladas extensiones antárticas serán ya para siempre el escenario del terror ominoso, del presentimiento del miedo, así es como lo voy viendo en mi distinguir entre Polo Norte y Polo Sur, en una especie de secesión infantil entre el bien y el mal. Esta polaridad literaria de Ártico y Antártico va a asentarse en el género fantástico y en la ciencia ficción, por ejemplo, con el relato de John W. Campbell «¿Quién hay ahí?», ambientado en el Polo Sur y escrito al poco de la bomba atómica, del cual van a salir dos películas geográficamente antagónicas. La cosa, el enigma de otro mundo, que es la primera adaptación de este cuento al cine, pretenderá alterar el emplazamiento de los sucesos, y los llevará al Polo Norte y a una base militar en Alaska; pero a diferencia del universo, que tiende a la entropía, y por tanto a la disolución natural de todo, la literatura, y el arte en general, buscan su propio orden y su propia justicia, que no es otra que la justicia poética, y de esta manera va a parecer tres décadas después otra película basada en el mismo relato y titulada brevemente La cosa, que corregirá el desvío de su predecesora y volverá a emplazar la acción donde le corresponde, en las terribles nieves del Polo Sur, en una estación científica de la Antártida.

También me voy dando cuenta de una manera cardinal de que detrás de la oposición entre el bien y el mal que metaforizo en la blancura de ambos polos, subyace un cristianismo orográfico, que quiere distinguir entre cielo e infierno a pie de tierra. Esta oposición, esta polaridad litúrgica, la va a novelizar con precisión John Calvin Batchelor en El nacimiento de la República Popular de la Antártida, libro un punto cuáquero que ya leeré muy tarde, y que cuenta una historia de un barco de vela que se llama el Ángel de la Muerte, y navega rumbo al Polo Sur, y cuya tripulación funda en esa región una nación de condenados, de siervos de un volcán gigante en continua erupción, que recibe el nombre de Trono de Satanás, posiblemente para dejar constancia de que, como escribe su autor, «Dios hizo la Antártida con la misma seriedad que hizo el Edén».

 

Amanecerán esas navidades con los charcos cubiertos de hielo, y yo me abandono a las nieves literarias de Verne y de Poe fascinado por las viñetas de banquisas crepusculares, pero también ofuscado por las noticias que el escalador César Pérez de Tudela, de regreso entonces de las nieves perpetuas del Himalaya, trae a propósito del yeti, «del yeti en persona», como va a precisar de una manera que luego no he podido olvidar, aunque lo que no soy capaz de recordar es si estas palabras se las oí en el programa de televisión Los Reporteros o se las leí en sus artículos del diario Ya, que devoro cuando voy a casa de una tía mía, casada con un trabajador manual que se ha dejado dos dedos en una máquina, y que los domingos viste con impecable modestia de chaleco y corbata, y que me llevará, después de repasar juntos el diario, y una vez ha vuelto mi tía de misa de doce, a las carreras de galgos en el canódromo de su barrio, que es un canódromo de obreros endomingados, de jubilados campesinos y de hombres ociosos con una papeleta de apuestas y una ramita de romero en el bolsillo de la camisa. En aquel corro dominical y soleado de perros condenados a extenuarse en la caza de una liebre a motor, en la que yo sólo reconozco un fardo sucio, que tiene algo de bulto blanco del yeti tal como lo imagino, contraviniendo el aspecto con que aparece dibujado en Tintín en el Tíbet, voy a tupirme de un abatimiento sombrío, muy diferente de la melancolía que me produce la ensoñación del corro de ciclistas en su circundar una geografía de valles y de ríos, y de carreteras y de puertos de montaña, y muy distinto de la admiración que me suscitan los trabajadores en su rodear las oficinas de la fábrica, desde donde los técnicos, los directivos, van a llamar a los policías.

De este tío mío, con su traje chaleco de clase obrera, de modesto hombre de negocios que negocia con la vida una economía de monedero con grabado taurino, en su atildamiento de corbata de sastrería de barrio y de nudo de muchas vueltas, y en su anonimato de dedos sin huellas, que es un anonimato de accidente laboral, mis padres y un buen puñado de parientes señalarán con disgusto, pasado algo más de un año, su enormidad, su despropósito de asegurar que tiene la intención de votarle al centro. Una de aquellas tardes posteriores, de domingos de transición y de democracia a flor de piel, y de apuestas en los perros, como de costumbre, y de resguardos de quinielas, y del diario Ya leído en su casa al sol de la galería, entre las macetas de su mujer, mi tía Felisa, frondosas de domesticidad, y de haber celebrado todo esto con una paella, en cuya circularidad hay algo de plaza de pueblo y de elecciones municipales, mi padre regresará a casa meditabundo, siguiendo el camino sucio y apartado que discurre por debajo de la autopista, al que la gente sólo llega para aparcar su coche, y negando con el gesto nos dirá a mi madre y a mí: «será tonto Landelino, mira que ser un peón de derechas...».

La alegría de estos días de vacaciones escolares es un entusiasmo de árbol adornado con papanoeles en las ramas, y de rótulos y platós de televisión adornados con bolas y ramitas de acebo y de muérdago, y de portadas de tebeos en las que salen los personajes, Don Óptimo y Don Pésimo, Apolino Tarúguez y su secretario Celedonio, Aspirino y Colodión, Segis y Olivio, Facundo y el chino Lío, el capitán Barlovento, el caco Bonifacio, el profesor Tragacanto, Agamenón, Domingón, Don Berrinche, Doña Tecla Bisturí, Ángel Siseñor..., dibujados con gorros y con bufandas, y haciendo bolas de nieve, que es una nieve que no va a traer nuestro clima mediterráneo, poco dado al casticismo. Pero esa alegría mía es, además, la tremenda ilusión de ver de nuevo a mi padre, que ha dejado ya la huelga. Llevada por la misma felicidad, mi madre querrá celebrar las fiestas comprando en el mercadillo semanal panderetas para todos, para mis hermanas y para mí, y hasta para mi tío Ginés.

Me veré persuadido fugazmente en estos días por la inquietud de mantener correspondencia con unos desconocidos, que son los niños que se anuncian en el correo de los tebeos, y que al final no voy a llevar a la práctica, porque ya entonces preferiré lo sugestivo de una imagen al descubrimiento de lo que ésta significa. Me van a obsesionar las fotografías de esos chicos y de esas chicas enmarcadas en sus filetes de tinta, o en sus recuadros de trama, como obsesiona la palabra inaprensible que uno conoce pero que en ese momento no es capaz de atinar a pronunciar. Me cautivará lo inaccesible, lo intocable de esos retratos y de las biografías que les atribuyo, y que reinvento cada vez que abro la página del correo juvenil. Tan enigmáticos como sus retratos me parecerán sus nombres y apellidos, sus edades, sus calles, sus ciudades, las provincias donde residen, todas tan lejanas de mi barrio, como empiezo a ver lo lejano que estoy del mundo entero. Encontraré en las fotografías de estos muchachos que se anuncian en el tebeo una honradez visceral, y que resulta, claro, de la entereza del que da la cara y pone su foto de colegio o de fotomatón, con su iluminación torpe, y su verdad de no querer ser más en una fotografía de lo que se es en la calle. Contemplando fascinado los rostros de estos chicos y chicas que tienen inscrita en lo más hondo de sus ojos la ilusión de que alguien les escriba una carta, voy a constatar gráfica e indiscutiblemente que a las personas no hay manera de partirlas entre guapas y feas, sino entre ricas y pobres, pues en estas fotos lo que siempre salta a la vista es cómo se vive, más que cómo le cae a uno el flequillo. Voy a creer también, cada vez que llegue a estas páginas, en el dicho antiguo que sentencia que la cara es el espejo del alma, y por eso siempre veré en tales fotos a un puñado de chavales que han dado su alma a imprimir en las páginas de un tebeo.

De los tebeos, que devoro en vacaciones de una manera desaforada, y que guardo debajo de mi cama para poder leerlos nada más despertarme, me perturbará por encima de cualquier otro dibujo la banda, la franja, que aparece en las historietas realistas, alternándose al pie y a la cabeza de la página, ideada para rellenar con desgarbo un blanco dejado por una plancha que no alcanza a ocupar todo el papel, y disimular así un desajuste de formato. En seguida voy a considerar que esa banda está explicando otra aventura, que está relatando su propia historia secreta, escrita a base de insinuaciones, de destellos icónicos. Una gorra de visera, una metralleta tipo Thompson, un frasco con una bebida alcohólica y un vasito, un revólver, una huella dactilar atravesada por el insobornable mazo de la ley, y de nuevo la gorra de visera de los ladrones..., sólo con esta serie de dibujos, al muchacho que los ha hecho, y que no es un dibujante reconocido, tal vez ni siquiera un dibujante con derecho a firmar sus dibujos, le ha bastado para sugerir aventuras y emoción a diestro y siniestro, tantas como se relatan en la historieta a las que acompañan sus precarias ilustraciones. La mayoría de las veces me pasa que al terminar la lectura de una historieta de risa, y volver la página y encontrarme con las bandas que acompañan a una historieta realista, me veo magnetizado, me quedo con los ojos fijos en esas franjas, y si reacciono resulta que prefiero continuar contemplando la misma banda página tras página, a meterme a leer la historieta, a la que muchas veces he considerado despectivamente una cosa seria, de adultos, y es ahora cuando me pesa mi ligereza infantil. Siento ante los dibujos azarosos que hay en las franjas de estas historietas una seducción fanática de una manera que sólo va a repetirse ante un fotograma o un cartel de una película de terror o fantástica, los cuales a menudo me resultan más atractivos que la película en sí.

 

Mi padre nos regalará a mis hermanas y a mí en esos días nuestra máquina de escribir, que será una máquina portátil quizá para advertirnos de que las palabras también lo son, o a lo mejor para recordarnos que los movedizos somos nosotros en manos de las palabras, y que las palabras nos transportan de un sitio a otro, como se lleva un carrito o una maleta. Con la escritura de la máquina de escribir, con la probatura y el improvisar una palabra letra a letra, me daré cuenta de que no voy a ser consciente de lo que pienso hasta que no lo escribo, o hasta que no lo veo escrito, y lo leo, y así tengo desde entonces la impresión de que ni siquiera llevo las palabras al papel de una manera compulsiva, sino que son las palabras las que tiran de mí, las que me llevan de un lado a otro del papel y del pensamiento según se les antoja. Del mismo modo que la teoría evolutiva del gen egoísta explicará que las personas somos apenas un maletín, una carcasa fabricada por los genes para perpetuarse, yo voy a sentirme también como una carcasa, como un instrumento creado por las palabras, que quieren perpetuarse, y entonces me presentiré atrapado en manos del flujo y reflujo de las palabras, y así constataré que me desplazo transportado por ellas a lo largo y ancho del lenguaje, igual que mis hermanas y yo llevamos el maletín de nuestra máquina de escribir de la habitación de ellas a la mía, que es también la de mi abuela, de aquí a la mesa del comedor, delante del televisor.

En esta máquina de escribir que nos ha regalado nuestro padre, en su tipografía frágil e intermitente, en el cromatismo trágico de su cinta de tinta roja y negra, lo primero que voy a encontrar es la imposibilidad de escribir la literatura silenciosa, oculta, que uno quiere, y que no transige con el ruido del teclear una por una cada letra, del percutir del plomo contra la hoja, que es como un ruido de gotas de lluvia en una oficina, por supuesto; pero que también es como ese gesto vulgar de quien afirma cada sílaba que pronuncia dando un manotazo sobre la mesa.

A la máquina de escribir no la apreciaré en lo que tiene de escritura, sino de máquina. Me sugestionará lo que hay en ella de producción en masa, de factoría automovilística, de fabricación en cadena, de teclas trabajando todas en un folio que es transportado en un carro, hasta que mecánicamente se completa y es reemplazado por otro folio. Acaso la máquina de escribir haya sido la más proletaria, o la más proletarizada, de las herramientas que ha ido conociendo el escritor. Y sin embargo, a la vez es la más aristocrática, pues dicen que fue un conde, Tolstói, el primer escritor que la utilizó, en 1885, es decir, en la semilla de la segunda revolución industrial. Pero lo que más me fascina de esta circunstancia, todavía por encima del talento visionario de Tolstói, que ha querido aplicar los nuevos medios de producción a la creación literaria, es el año en que Tolstói ha determinado ponerse manos a la obra, que es el siguiente a la invención de la ametralladora. En la ametralladora, hay también mucho de producción en cadena, de máquina inventada para disparar balas y fabricar muertos de manera industrial.

Habrá al mismo tiempo algo de tragedia, y algo de muerte, en nuestra máquina de escribir, que es una máquina usada, con el estuche ya un poco deteriorado, y que mi padre le ha comprado escondidamente a un delincuente del barrio que se dedica a entrar en oficinas, y que poco después morirá, cerca de nuestra casa, en un tiroteo con la policía. Junto a mi épica familiar del trabajador que corre en su clandestinidad política, y a mi épica literaria y televisiva de muñecos que corren entre cementerios de hadas, y de detectives que corren rodeados de rascacielos, y de ciclistas que recorren toda España en su danza macabra con paso por la desconsolada villa de Ocaña, y de galgos que recorren una pista en pos de una liebre de trapo, se me va a adherir de este modo la épica intensa y marginal del hombre que corre rodeado de delito común. Y desde el instante en que abra el maletín de mi máquina de escribir, cada golpe de tecla, cada estamparse una letra sobre el folio, se me antojará el ruido de un paso, el imprimirse una huella de aquel delincuente en su carrera final.