Los príncipes valientes

Javier Pérez Andújar · Capítulo 5 de 18

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Los príncipes valientes

Existe un placer natural de la demolición,…

Existe un placer natural de la demolición, que es un placer de poeta francés, y hay también un placer austero, capaz de requerirle a un muerto que resucite, que avive el seso y despierte, con toda la naturalidad del mundo, y ése es un placer de poeta castellano. En el mundo oscuro y solitario de las resurrecciones, voy a pasar largas tardes y mañanas luminosas de lectura, aprendiendo, conociendo en el ejercicio de mis funciones de lazarillo litúrgico el nombre del acetre donde se pone el agua bendita o el del incensario con la naveta de latón y su cucharita para el incienso. Voy a querer ungirme de monaguillo suburbial para que el cura me deje leer la Biblia, o parte de ella, pues los Evangelios nos están vetados en misa, o en todo caso nos los escamotean, y así los Evangelios los voy a conocer de oírlos leídos, y de esta manera descubriré que la lectura escuchada está más viva que la lectura intelectual, íntima, personal, silenciosa; que atender a la lectura de un texto es asistir a la respiración del libro, y que leer para uno es un gesto nocturno, propio de un ladrón de cadáveres o de un buscador de mandrágoras que quiere resucitar las letras, las palabras, del papel donde yacen, enterradas en sus renglones como cementerios infinitos o como cementerios de caballos marinos. Voy a ayudar a misa porque necesito o porque quiero que el cura me preste los libros de la biblioteca infantil, y el caso es que alguna vez hasta me regalará, por ejemplo, una biografía del premio Nobel de la Paz Albert Schweitzer titulada La vida de un hombre bueno. En una fotografía se ve a Albert Schweitzer a la proa de una canoa, con el cabello cano y un traje blanco como una bandera blanca, entre un grupo de negros que reman, vestidos con su piel africana. Yo voy a querer ser bueno, no por la vana promesa del cielo, sino para diluirme con el corrosivo de la bondad, y así desaparecer o por lo menos pasar desapercibido, y poder leer todo el rato sin que nadie me interrumpa o me distraiga. Me he metido monaguillo para comprarme tebeos, joyas literarias juveniles, petardos y pistolas de petardos, pelotas de espuma atadas a una tira de goma, pistolas de agua con compresor, sobres de soldados de plástico, que traen tanques, aviones, paracaidistas, lanzadores de bazocas, todos del mismo color, y sobres de vaqueros, que traen indios a caballo, fuertes, diligencias, para comprarme todo eso con las propinas que me dan en la iglesia. Vestido de monaguillo, atrapado en los atardeceres artríticos de una parroquia a la que apenas nadie entra, acaso cuatro viejas beatas y un señor muy elegante y devoto y atento, que poco después va a fundar la sección local de Fuerza Nueva, me voy impregnando de ritual y de vocabulario en mi solemne llevar las vinajeras de la sacristía al altar, en el doblar y desdoblar estolas, albas, amitos con su cruz que se ata el cura a la cintura como un luchador de lucha grecorromana y por lo tanto precristiana, me voy sugestionando de palabras al contemplar la casulla bordada de púrpura y de dorado que transubstancia al cura en un torero místico dispuesto a matar el pecado sin arrimarse a él; voy llenándome de un misticismo literario con la genuflexión que me rinde a un suelo enlosado cada vez que paso ante el Altísimo; con las seis velas encendidas en el altar; con el matacandelas, que es un capuchón de hierro y de ríos de cera con que se apagan las velas; con la secreta, diminuta llave del sagrario, que está siempre a la vista; con el paño del cáliz, que tiene que ser del mismo color que las casullas; con el color morado de la Cuaresma, con el rojo de Pentecostés, con el blanco del Domingo de Pascua, con el verde del tiempo ordinario; con la patena donde he dejado impresas mis huellas dactilares; con el aguamanil y con su toallita, y viendo al cura lavarse y secarse las manos se me representa el mismo gesto humano y distraído con que Pilatos se lavaría las suyas; con la ceniza para el miércoles de Ceniza, que es una ceniza que queda de quemar los laureles y los ramos del año anterior; con los cirios normales y con los cirios pascuales bendecidos el Sábado Santo; con los ciriales, la cruz alzada y el carro quebradizo y ultraterreno, que es el catafalco modesto, sin resurrección carnal, sobre el que andan las cajas de muerto, y a este carro el cura le llama el requiescat in pace, requiescat in pace, requiescat in pace...; con todo esto, en una persignación de párrafos, en una oración de libros de biblioteca infantil y parroquial, voy a descubrir una cultura de los objetos, que me parecerá más antigua y mejor trabada que la cultura de los hombres.

 

De entierro en entierro, me obstinaré con la lectura de esos escritores devorados por la santidad y por el anonimato, que han dado lugar entre todos, y sin proponérselo, al más reverenciado de los libros. Al principio fue la palabra, escribe uno de los evangelistas, y leyéndole me doy cuenta de que yo también creo en la palabra por delante de todo creador y de cualquier otra religiosidad. Y por encima de la palabra, envarado aún por los cuadernillos de palotes y de caligrafía, todavía creo más en las letras, en cada una de las letras del abecedario. Un domingo de palomas vagabundas, y de hombres que lavan su coche bajo la autopista, va a visitar la parroquia el cardenal Jubany, que luego será el papa catalán de la Transición, y toda la mañana nos tendrá nuestro cura arreglando los paños de la sacristía, sacándole brillo a la campanilla con que anunciamos su llegada, ayudándole a llenar con generosidad líquida la fuente del agua bendita que hay junto a la puerta de la sacristía, ayudándole a darle un arreglo provisional al grifo donde se lava las manos antes de oficiar, abriendo y cerrando los cajones barrocos del mueble, sobre el que hay el crucifijo ante el que se inclina el cura antes de salir al altar, y que es un mueble que tiene algo de cómoda de pueblo, y otro algo de archivo de ataúdes, y nuestro cura, el padre Santiago, al que algunos le dicen padre Jaume, pero entonces aún no sé que son el mismo nombre, va a tenernos repitiendo una vez y otra la teatralidad del saludo con que recibiremos al cardenal y a su mitra, que brilla como un coche recién lavado.

El cura va a ponerme un buen rato a practicar la dicción, la declamación del fragmento de los Hechos de los Apóstoles que me tocará leer. Los Hechos serán a mi entender el más misterioso de los libros de la Biblia, porque muy al principio, y en un par de líneas, el autor (dicen que fue el evangelista Lucas), deja caer que Judas no se mató ahorcado en una higuera, sino que con el dinero de su traición se compró un campo, y que fue en ese campo donde el apóstol renegado, que por lo visto prefirió ser agricultor antes que pescador, se precipitó, reventó y derramó todas sus entrañas.

Al cardenal Jubany le vamos a saludar besándole el anillo, como a un señor de los anillos que aún no hemos leído. Y con el roce de mis labios en su anillo, que lleva grabado el escudo de armas del Papa, se hace carne una cultura del objeto, más fascinante que la de las personas, ya digo. Va a ser al leer el Libro de los objetos encontrados y perdidos, de González Ruano, cuando voy a ver que lo que había intuido de chaval estaba explicado en una lírica de camas antiguas, visillos, tripas de sofás, lámparas, persianas, escupideras, paragüeros... La poesía hermética de los objetos Ruano la canta además, por ejemplo, en la necrológica que escribió para el Heraldo de Madrid en la muerte de Conan Doyle. González Ruano pregunta quién se atreverá ahora a tocar el violín de Sherlock Holmes, o a fumar en su pipa, y así veré en esta esquela literaria que Sherlock Holmes, con su chimenea, su butaca, su sortija y su cajita de metal en la que guarda la jeringuilla con la que se inyecta la morfina, es ante todo un hombre de objetos, en cierto modo como también lo fue Ramón Gómez de la Serna en su constante registrar el Rastro a la busca de una quincallería lírica.

El cura va a mandarme como a un ángel metropolitano que me adelante a la llegada del cardenal, que salga a verle venir desde su lejanía de jerarca, y yo atravesaré corriendo las calles de mi extrarradio vestido de cardenal de juguete, y en mis ansias de adelantarme llegaré hasta la carretera nacional que atraviesa la parte alta de nuestra periferia, y cuando vuelva a la iglesia poco antes de la misa, cansado o derrotado por no haber visto ni siquiera entrevisto nada, me encontraré ante el coche negro de tinieblas y de liturgia que trae a monseñor Jubany aparcando a la puerta de la iglesia, y también me encontraré luego a solas con el padre Santiago, envuelto en su sotana negra como un ángel negro condenado a vivir en el país más triste de la Tierra, explicándole en la sacristía que yo había ido a recibir al cardenal a la parada del autobús donde los días de lluvia voy a buscar a mi padre.