Los príncipes valientes

Javier Pérez Andújar · Capítulo 1 de 18

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Los príncipes valientes

Sección 2

Javier Pérez Andújar

Los príncipes valientes

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Titivillus 04.12.16

Javier Pérez Andújar, 2007

Editor digital: Titivillus

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La muerte muriendo

y el río riendo.

Agustín García Calvo,

Canciones y soliloquios

Le decimos leer y somos nosotros, que corremos entre los bloques de edificios, y sacudimos los troncos de los árboles empapados de lluvia, y cazamos a las arañas en sus telas, y recogemos cascos de botellas de leche y de botellas de champán, y buscamos cobre, bobinas de cobre caídas entre las matas que crecen en los solares, y junto a los huertos, y al sol de las escombreras que hay al lado de cualquier obra. Somos mi amigo y yo, mirándolo todo, palpitando y leyendo a la vez, y haciéndonos tenaces con la tenacidad de las ortigas, de los amarantos, de las malvas que nacen al borde de las vías del tren, o en los basureros, o al pie de los muros de las fábricas, y embebiéndonos del salvajismo de los juncales y de las mimbreras de la orilla del río, e infiltrándonos del vértigo de las torres eléctricas. Y todo esto lo vamos a creer lectura en nuestro leer interminable, sin reparar en que al mismo tiempo estamos latiendo como palpita con su pulso regular una estrella de neutrones o gira despaciosamente la blanca luz de un faro. Porque lo que hacemos es respirar, ser cada uno de nosotros a todas horas, hablar con inquietud y mirar con los ojos muy abiertos, por ejemplo, cuando entramos en el cuarto modesto de la biblioteca de la escuela, y nos detenemos indecisos ante un puñado de libros ilustrados, ordenados en sus estantes metálicos de tuercas y orificios, por los que asoman los extremos de los volúmenes más altos. Así partimos en busca del secreto de las tardes, y marchamos a la captura de la claridad de esos días, y juntos atravesamos la quietud del colegio, y a todo eso también vamos a llamarlo leer, porque para nosotros dos, para mi amigo y para mí, nada va a existir más allá de nuestros libros. En realidad, de tal modo ocurre, lo que hacemos es respirar el aire rutinario que nos rodea, y que para nosotros es ante todo un aire lleno de abecedarios, de caligrafías, y de signos ortográficos y de puntuación, de palabras recién estrenadas, de frases subordinadas en un lugar de clases subordinadas, de pliegos encuadernados que viven despegados dentro de los libros. Y nosotros vamos a llamarle leer a todo eso tan difuso y tan concreto, que a fin de cuentas es ir viviendo, o ir viviéndonos.

 

«No quiero que se oiga ni el vuelo de una mosca», nos dice el maestro, y así nos hemos escondido en el sigilo del mundo y en el sigilo de la tarde y en el sigilo de un sol del siglo de oro, que se va poniendo tras el enrejado en nuestro colegio de Barcelona, o de al lado de Barcelona. Este silencio al que nuestro maestro compara con la calma de una balsa de aceite es el quedarse callada toda el aula y es el callarse general de toda la calle y es además un mutismo laborioso y es también el mutismo humilde de aquellos años. Cada cual repasa su libreta, y recorre como puede España en sus comarcas, y de esta manera yo voy llenando mi pupitre de geografía y de toponimia, y voy bañándome de lenguaje en los nombres fieles de los afluentes y en los nombres fieles de los ríos de los pueblos, y en los nombres sabidos de los ríos principales, y entonces las tardes del invierno y las geografías de los libros fundan su propia mitología, que es la de la literatura, y a uno sin darse cuenta empieza a hacérsele el oído a todo eso, y repite las palabras por el gusto de escucharlas como se escucha el rasgueo seguido de una guitarra, y así, con el lápiz recién afilado, pulso las consonantes y las vocales que hay en los sotos, oteros, cuencas, cárcavas, colinas, arroyos, barrancos, y empiezo a poner las palabras por delante de las cosas.

También aprendo en estos días que los del curso anterior, ésos sí que fueron de los buenos, y callados como una balsa de aceite, y de ese modo me doy cuenta de que siempre se llega tarde, o cuando menos siempre se llega después. Los de antes, aquéllos sí que fueron de los buenos, dice la gente, y a uno le viene a la cabeza el retrato de un hombre de los de antes, que es un hombre de campo, guerracivilizado, y ese retrato es la foto de una cara grande y enmarcada, colgada en mi habitación, que es también la de mi abuela. Y en la foto, tiene mi abuelo una chaqueta gris, y una camisa blanca, y el pelo negro.

Los de antes. Forjado en una creencia en la edad de oro, hubiese dado un brazo por ser de los de antes, pero entonces salgo a la calle y empiezo a cruzarme con gente sin un brazo, o sin una pierna, o sin un ojo, o sin nada, hombres de antes la mayoría, labradores, pastores, jornaleros, oficinistas, comerciantes que fueron perdiendo por el camino trozos de su cuerpo. Así estoy asumiendo que la calle es ahora una balsa de aceite donde flotan serenamente los vivos, los muertos y los mutilados.

Aprendo el nombre de cada uno de los ríos con su secreto o con su misterio, y veo que los ríos en su pasar por los pueblos tienen algo de viajante de comercio, pero también tienen otra cosa de alguien que huye, o que se retira derrotado, o que viaja sin voluntad y va de cabeza hacia el final.

Nuestro maestro nos explica que ha sido legionario en El Aaiún y en el Ifni, y le manda a un niño que se ponga en pie y lea, y al decir esto tiene su voz el temple milagroso de ordenarle a un muerto que se levante y ande. «Con voz alta y clara», exige el maestro y empezamos la lectura de la Narración de Arthur Gordon Pym, y desde el centro de la clase, que es el centro de la tierra, uno achica los ojos para distinguir el dibujo de la cubierta del libro, que tiene como un barco en un cielo verde y unos hielos esculpidos, y el relato se echa a discurrir igual que un río, y va pasando por nuestros oídos atentos, pero a ratos también los va sorteando, y se aleja el relato en meandros a través de los cristales, y llega hasta ese sol tardío que nunca acaba de ponerse, y vuelve a entrar el relato en la escuela, y pasa ahora junto a uno de nosotros, pero esquiva al del asiento de al lado, y a la espera de encontrarme de nuevo con el hilo de la narración, escribo entero en el cuaderno el nombre de Edgar Allan Poe, y lo contemplo y lo leo muy despacio, como si con ese esfuerzo fuese posible absorber en estas tres palabras su biografía completa y todos sus libros completos. La conducta de los pingüinos, y el esqueleto que sonríe, todo eso sale en este libro de Poe; pero no acabaré de encajar cada una de estas cosas en el relato, que se me convierte en una acumulación de fragmentos dispersos. En la lectura por entregas de las tardes de colegio leemos los libros como se leen los folletines, un fragmento cada cuando toca, un día a la semana, más o menos.

Todo es un ir tirando o un ir llegando. Sueño en mi pupitre con llegar al corazón de las palabras, con coger, por ejemplo, el tren que lleva a Almadén del Azogue, y mirar cara a cara a la producción de mercurio de esa comarca, que dicen que tiene la más rica del mundo, como nos dice el maestro que Almadén significa «la mina» en árabe. Voy a darme cuenta de que sin cambiar de idioma estoy hablando un poco en árabe, y otro poco en todas las lenguas, y se me ocurrirá que acaso cada idioma sea un esperanto. El maestro le manda a otro niño que siga con la lectura, y el muchacho se levanta y toma el libro y releva a su compañero.

Otra tarde, el maestro, que quiere que aprendamos España como quien aprende a sumar, trae su acordeón al colegio, se sienta abrazado a él y nos enseña canciones para memorizar la geografía, con estrofas que relacionan los ríos que van a dar al norte, al sur, al este, al oeste y a todos los sitios. «Aprended, niños queridos, a conocer vuestra patria...» Un día de lluvia, nos explicará nuestro maestro que la lluvia puede provocarse artificialmente arrojando a las nubes yoduro de plata, y yo, confundido por su silabeo de hombre del sur, voy a entender que es posible hacer llover con diez duros de plata, y me devanaré los sesos preguntándome a quién habrá que darle ese dinero.

 

Unos tienen charcos como otros tienen piscinas, y en la superficie implacable de nuestros charcos se arremansa un arco iris de aceite. La calle es ahora un barrizal, un versículo del Génesis, donde la tierra espesa, mojada, va agarrándose a los talones de la gente, a las ruedas de los camiones, y de este modo la tierra le da forma al mundo, pero además de esta manera la tierra toma la forma de una huella de zapato, o de un neumático de moto que hace acrobacias, o de una rueda de carro de chatarrero que pasa empujado por su dueño, y de este modo vuelven todas las cosas a su origen cenagoso. Se siguen y persiguen las altas torres de acero aupadas a sus altares de cemento, esqueletizadas hasta el zigzag de su armadura, y hay un murmullo solitario y aéreo de cables que las recorren y que salpican a las nubes bajas con sus chispazos de alto voltaje. Los pájaros, los gorriones terrosos y suburbanos, montan sus nidos en las barras de las torres como otros montan o compran sus pisos en las alturas conglomeradas de los bloques de edificios. Nos sigue y persigue la historia de los hermanos que coronaron una torre de alta tensión para coger un nido y cayeron de ella achicharraditos, como frutas pasadas. Uno ve a la luz eléctrica ir y venir por esos cables, y sabe que la luz, cuando se va en el barrio, se ha ido por ese camino. «No se os ocurra ni por asomo subiros a las torres», el maestro da su consejo como quien da un pésame. El maestro se llama don Antonio y es poco machadiano, más bien es de los otros, que pusieron al poeta en la frontera, y nos ha explicado que él luchó en el Ifni en una bandera de la legión, y más tarde, con voz de caballón andaluz, nos lee Campos de Castilla. Al punto uno se imagina al río Duero por primera vez, con su curva de ballesta, y se cree así que debe de ser un río medieval, que pasa por la historia de España, como otros ríos más modestos se conforman con pasar sencillamente por la geografía; que el Duero es también un río andante de penachos y de halcones, de estandartes y de gallardetes. Al medioevo llega uno con la cartera del colegio a cuestas y remontando el río Duero, pasando por su meandro, por su ballesta, por el diptongo que va en su nombre, que es nombre genérico de río; pero esto no lo sabré hasta ahora. En el medioevo voy a presentarme asimismo con la lectura de Ivanhoe dibujada en las viñetas de Escandell, que había hecho El Capitán Trueno y el Sargento Furia y, por supuesto, alcanzaré el medioevo por la lectura azarosa del Capitán Trueno, y en este caso más por Crispín y por Goliath, pues siempre tendré mejor vocación para paje o para sicario, que para capitán. De toda la vida, preferiré ser amigo o compañero del protagonista antes que protagonista. Por decirlo con un ejemplo del Oeste, voy a ser de siempre más del Trampas que del Virginiano, porque quizás he visto que hay más literatura y más poesía en un Cid de Castilla que en un rey de Castilla. Nuestra escuela es una escuela de personajes secundarios, de maestros y alumnos secundarios, de vasallos más que de señores, de pajecillos y de ex boxeadores que guardan las puertas de las salas de alterne, y es también una escuela de sargentos sin furia venidos del desierto africano.

La lluvia es una lluvia triste y encallecida, que cae a cántaros sobre las hormigoneras quietas, detenidas, con sus grumos de cemento junto a la boca, como si ese día hubiesen llegado sin afeitar al trabajo, y es una lluvia que cae a raudales, como una cañería rota, sobre los montones de tierra, sobre las montañas de grava, y sobre las herramientas, las palas clavadas en la arena, donde representan una blasonería obrera para un nuevo linaje de manobras y de oficiales. La lluvia cae a plomo, como el cuerpo de un desesperado, sobre las carretillas puestas bocabajo. Esta lluvia es el telón de acero que nos separa del fulgor del mundo avanzado, y que le deja a uno solo, del lado de uno mismo. Voy a contemplar en pie la lluvia con la trascendencia de quien asiste a un desfile, y entonces deslizo los dedos por el cristal para llenármelos de frío, y con el vaho del aliento voy a jugar a convertir mi mundo en un mundo de niebla. Me quedaré en pie por respeto a la caída del agua, y porque voy sabiendo que al final caemos todos. La lluvia tiene ahora un poco de película o de programa de televisión visto a través del cristal de una ventana.

Pero estoy asimismo en pie porque me corre a borbotones, derramándose, un tumulto de impaciencia a la espera de que mi padre regrese de la fábrica. Mi padre es trabajador del metal y viene en autocar de otra periferia, donde sólo hay fábricas y sólo hay huertas y sólo hay una carretera de azarosos faros blanquecinos, que amanece cada día en medio de la niebla. Es una carretera con mojones en los arcenes, y su cifra quilométrica es lo único que se ve escrito en todo el camino, lo único que se puede leer en todo el rato. Los días en que llueve de verdad, en los que la cosa aprieta de verdad y desde el balcón uno ve que va a desbordarse el río, los días en que la lluvia remueve la tierra y pone la arcilla sobre el polvo, y así le explica a quienes la contemplan que no es del todo exacto que el hombre venga del barro, que lo que viene del barro es el conocimiento, esos días de lluvia a mansalva y de alfarería prehistórica, de barro que apelmaza las suelas como el plomo de los buzos, voy a salir con el paraguas en busca de mi padre, y le esperaré en la carretera donde le deja el autocar. Si hay algo en la épica de la vida más auténtico que la vuelta de los soldados, es el regreso cotidiano de los obreros a sus casas. Alguien dijo que la primera película que se rodó fue una película política, la de la salida de los obreros de la fábrica de la familia Lumière en Lyon; pero voy a estar convencido de que ésa es más bien una película poética, lo verdaderamente político hubiera sido filmar a los obreros cuando entraban en la fábrica.

Otras veces, la lluvia se va antes de que llegue el autocar, por compañerismo, o por compromiso de clase, y lo que queda en la calle es el vacío de un día de lluvia sin lluvia. En esta primera hora de la tarde sin agua he salido igualmente al encuentro de mi padre por gusto de notar el frío de la tierra, y a medio camino le he visto venir de lejos con algo guardado en sus manos, y al acercarse me ha puesto en el cuenco de mis manos, con mucha delicadeza, un pajarillo, una cría de pájaro, y me ha dicho: «Lo acabo de recoger. Se ha caído de una torre», y desde la altura el chisporroteo, el crepitar obrero de las torres, les advierte a los muchachos y a los pájaros a qué se exponen si se encaraman a ellas y empiezan a zanganear en su ramaje metálico. Tienen las torres de alta tensión, después de una tormenta, una música eléctrica y perpetua.

 

La enciclopedia es verde, o más bien tiene el lomo verde, que es lo que se ve de ella alineada en el mueble del comedor, en su estantería más alta, junto a las figuritas y las flores. Es una enciclopedia de seis volúmenes, con láminas en color, láminas del cuerpo humano, y de plantas y de animales, que voy a contemplar como quien contempla la lluvia. En la enciclopedia iré leyendo al azar biografías y conceptos (psicología, Níger, ciliados...), y me inundaré así de una redacción monótona y precisa, y de una manera de escribir retribuida, que es ante todo una manera de producir. La enciclopedia entra en casa para traer cultura, pero lo que voy a buscar en ella es literatura. En ella iré dándome cuenta de que las palabras son siempre más completas, mejores, que su definición. No leo la entrada de Napoleón para conocer su vida, sino para ver, descubrir las palabras con las que está escrita. Voy a sentir también la curiosidad de saber las cosas del mundo, desde luego, y con la enciclopedia lo que estaré aprendiendo, sin haber pasado aún por el dadaísmo o por el surrealismo, es que el azar y el error son una vía de conocimiento. Veré en el televisor un documental o una noticia acerca de la llegada del hombre a la luna, tal vez se conmemora el quinto aniversario, y cuando se acaba el programa me arrojo a la enciclopedia para buscar el nombre de Armstrong, que es el que más se me ha quedado de los tres astronautas, y entonces me encontraré con otro Armstrong, asimismo americano, y al principio leeré confundido creyendo que es toda una misma historia, y que el hombre que dijo lo del gran paso de la humanidad había sido además trompetista. Y cuando haya acabado de leer el artículo y haya puesto orden en el desconcierto, me persuadiré de que ahora soy un apasionado del jazz, sin saber si he escuchado o no ese tipo de música. Y encima, aún me merodeará la aprensión de si una vez hubo un trompetista negro que fue a la luna.

(La enciclopedia llegó a nuestra casa una tarde de invierno, que para mí era una noche de invierno. La trajo, la enciclopedia, y puede que hasta la noche, un vendedor puerta a puerta; la llevaba representada, claro, en un maletín lleno de folletos. El vendedor hablará con mi madre, y ella no va a querer atenderle, y yo les miraré a los dos, y el vendedor reparará en mí y empezará a hablarme todo el rato. Y en esa situación yo seré impertinente como nunca he vuelto a serlo, y le diré a mi madre que si ella no le da nuestros datos al vendedor, se los daré yo. Y mi madre captará al instante cuánto voy a necesitar yo esa enciclopedia. Ahora me doy cuenta de que las biografías se forjan chantajeando a quien se tiene más cerca. Pero igualmente estoy convencido hasta lo más hondo de que una enciclopedia, qué demonios, es el mejor regalo que se le puede hacer a un niño en una noche cualquiera.)

 

Junto a la enciclopedia está el Quijote, y tiene las tapas rojas y duras, con el título impreso en letras doradas de un oro popular y de quiosco, y lleva la Q de su título acolchada y dibujando un yelmo, o un baciyelmo. Ha llegado a casa dibujado, tebeizado en fascículos y, en el primer fascículo, lo que se ve pintado es a don Quijote viejo y muy flaco que se pelea a espadazos con sus fantasmas. Es un Quijote muy bien caricaturizado, que ha sabido captar lo que tienen de sutil caricatura los personajes del libro. Desde antes que este Quijote en tebeos, y desde antes que uno mismo, hay en nuestra casa otro Quijote en un volumen, de tapas verdes y surcadas, y que es el Quijote que va a leerme mi madre en voz alta, y en el que va a enseñarme a mí a leer con el apremio de quien cree en la cultura como medio de progreso y de prosperidad. Lee los capítulos del Quijote con voz de mujer de pueblo, y también con voz de niña que ha ido a la escuela republicana, y que luego se la han quitado. Mi madre lee el Quijote con la voz de los personajes del Quijote, que es la voz de la gente que conversa con quien le sale al paso en un camino o en un trayecto de autobús, y lo lee también con voz ligera de molino de viento, y con voz pausada de mula con manta, y con voz de queso y carne magra de quien ha pasado mucha hambre de pan, queso y carne, y asimismo con la voz llena de las claras ondas del viento del pueblo que avanza peinando lomas y barrancos, y con voz de azada que tropieza con los terrones y que tropieza con los renglones de cada párrafo, y con voz de serón viajero de quien se ha visto obligado a abandonar para siempre el sitio donde vive, y con voz digna y rústica de albarda, y cuando sale la palabra albarda en el Quijote, mi madre deja de leer y me pregunta: «¿Sabes lo que es una albarda?», y entonces me lo explica, más para que lo vea que para que lo entienda, y prosigue leyendo.

Antes voy a sentirme de Sancho que de don Quijote, porque en ese momento ya sé bien lo que tengo de labrador y lo que me falta de hidalgo. Para hacerme de don Quijote he necesitado leer el libro con atención y hasta creer en una política. Don Quijote es, claro, un intelectual, y yo vengo y vivo en el mundo ágrafo del hombre construido con la arquitectura popular. Lo que me va a chiflar de Sancho es que va en burro, como Juan Ramón Jiménez. En el asno de Sancho Panza existe una libertad terca y modesta, una libertad asnal, y una libertad palmaria, que es, por ejemplo, la libertad petrificada de un acueducto en su recorrido por la historia. Se trata, desde luego, de la reservada, mansa libertad del humilde, muy diferente a la libertad con posibles de las clases liberadas.

Los textos del Quijote en tebeo vienen firmados por Camilo José Cela, que es el escritor que, junto a Gloria Fuertes, los niños conocen de verlos en televisión. En el tebeo Cela trata a Cervantes con mucho respeto, y con mucha delicadeza, y con mucha consideración, y así durante la lectura estaré macerándome de los dos escritores a la vez. Cela tiene de Cervantes el echarse a los caminos, el no distinguir entre geografía y literatura. Ambos son en esencia escritores de palabras, paisajes y gentes. Más que de tramas y argumentos, son escritores de hablar las personas, de dejar pasar las cosas, de no exigirles a las cosas más detalle que su nombre, si lo quieren dar, de contemplarlas en su ir y venir. Es ésta, desde luego, una literatura más libre que la de la literatura de argumento.

Con Camilo José Cela, en su Viaje a la Alcarria, voy a convertirme en admirador de Estanislao de Kostka Rodríguez y Rodríguez, alias el Mierda, el buhonero cojo que Cela conoce en el camino de Cifuentes. Con su única pierna, el Mierda me acompañará por esa parte del libro, claro, pero también por entre los caminos de las fábricas y junto a las cajas de los transformadores eléctricos, con su calavera pintada y su hombre asaltado por el rayo, y por supuesto vamos a sortear hombro con hombro el buhonero y yo los charcos desecados, cuarteados, de esta periferia barcelonesa.

 

Mi abuelo existe en su no existir. Mi abuelo es una fotografía de su rostro oscuro y de su peinado oscuro y es también la espuma limpia de su leyenda. Mi madre me habla de don Quijote, y a continuación me cuenta la historia de mi abuelo, su padre, al que ella apenas ha conocido, y a veces me enseña otra foto del abuelo donde está con la banda de música y con una gorra de plato. Antes de inventarse la fotografía, ¿cómo sobrevivirían las clases humildes? Mi madre me lee el Quijote sentada en una silla verde, pequeña, de madera, con el asiento de enea, que es una silla de campo que se ha venido a la ciudad, y me explica que sentado en una silla como ésa mi abuelo la ponía a ella en sus rodillas, y entonces ella jugaba con la cremallera de su cazadora de cuero negro de hombre que estaba haciendo la guerra, y él le contaba que un día se la iba a llevar a ella a un país donde los árboles daban caramelos, y también le decía mi abuelo que al final todos tendrían que dejar el pueblo porque allí ya no había futuro.

Ésa, la del retrato y la cazadora de cuero negro y los árboles de caramelo y el éxodo agrícola, va a ser la primera historia que, desde lo más adentro, sentiré que es necesario escribir, que es preciso dejar constancia de ella, en un afán notarial de levantar acta de la vida, acaso ya intuyendo que la democracia de la historia reside en que no sólo la escriban los vencedores, y así empezaré a inventarme en esos días mis ganas infantiles de ser escritor, e incluso por momentos las ganas me parecerán necesidad. Pero luego, quizá por una veneración sagrada a las biografías de quienes no han tenido un biógrafo que repare en ellos, iré dándome cuenta de que no puedo ser narrador de estas historias, ni tampoco me voy a ver capaz de convertirlas en tramas de ficción, sino que, al igual que el científico solitario y desesperado que determina realizar sus experimentos con su propia persona, voy a decidirme por escribirme a mí mismo, y puestos a retratar, en todo caso, elegiré hacerme, antes que fotógrafo de sucesos, fotógrafo de palabras.

 

El río, que es nuestro río Besós, se ha empapado del color rojizo del suelo y de la química que le van echando a su paso, y ahora ha vuelto a su cauce tras la crecida, y en el crecerse se ha llevado por delante, como una ballena herida, la pasarela que va de orilla a orilla.

Al río ha regresado el cabrero, que es un pastor de campo con chimeneas y con torres eléctricas, y con aguas industriales. Las cabras se comen sin distingos los plásticos, las malvas, las arañuelas, los acónitos, los trapos que van encontrando. Es en ese instante cuando mi madre, atenta como una duna árabe de ojos azules, pendiente siempre tras su cristal infinito del reclamo del agua, me envía al río y me da una bolsa de plástico, que le sobra de haber comprado algo a peso, y me manda que se la llene de estiércol para las macetas, y yo me adentro en un juego de canicas negras, de cagarrutas inmaculadas, y me dejo guiar por el viento de la lluvia y de la tarde.