Los privilegios
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Y eso de que el dinero modelaba el carácter de los niños era claramente falso, porque el propio dinero era un aspecto en el que podía advertirse la diferencia fundamental que separaba a April y Jonas. Conforme pasaba el tiempo, se peleaban menos; poco margen quedaba para la rivalidad o la envidia por la sencilla razón de que no deseaban las mismas cosas. April era un animal social, obsesionada por los privilegios adicionales de la preadolescencia y dispuesta a defenderlos como un abogado cuando se trataba de conseguirlos inmediatamente. Ese año, considerándolo útil para su seguridad, le habían dado su propio teléfono móvil y, hacía sólo una semana, Cynthia le había comprado un par de zapatos Tory Burch como regalo de Navidad (y, para ser sinceros, a Cynthia le emocionó que April los pidiera, aunque sólo fuera por orgullo ante la precocidad de su hija), poco después de que en el colegio estallara una especie de miniescándalo cuando cogieron a un grupo de alumnos del curso superior al de April que intentaban pagar una comida en el Serendipity con la tarjeta de crédito de uno de los padres. A los hijos podías mantenerlos a raya durante algún tiempo, pero cualquier padre sabía que la cuestión, para ellos, no era conseguir todo lo que querían, sino merecer confianza, acceder al mundo un paso más, y desde ese punto de vista Cynthia no encontraba muchas veces motivos para decir que no. Que las líneas estuvieran siempre abiertas, que ella fuera siempre la primera persona a la que April acudiera para todo: eso era lo importante, y Cynthia jamás se arriesgaría a perder la confianza de su hija por algo tan estúpido como los juicios malintencionados de la gente a propósito de sus privilegios. Sabía que April ya se había ganado en el colegio cierta reputación de chica mala, pero, por lo que concernía a Cynthia, lamentarse por ese tipo de estratificación social, tan natural, era más propio de las madres que de los niños. April era capaz de cuidar de sí misma. Y, la verdad, Cynthia no podía evitar sentir un poco de admiración ante el ingenio de April para aparentar dos o tres años más. La gran ironía, por supuesto, era que el total desinterés de Jonas ante todo lo que hacían, compraban o miraban sus coetáneos lograba que pareciera un cuarentón.
Pero ciertas formas de vida familiar entre los dos hermanos resultaban inevitables; tenía que volver a llevarlos al dentista antes del viaje a Costa Rica, por ejemplo, y aunque April se enfadara por perder la clase de ballet, Cynthia había pedido la cita seis meses antes y si la desaprovechaban el dentista, un mercachifle, no les daría hora hasta el verano. Los recogió en el colegio y, a pesar de que iban con retraso, tuvieron que ir en metro en vez de en taxi, porque durante las tres últimas semanas la profesora de Jonas había explicado la polución y la conservación del medio ambiente y si Cynthia oía una palabra más sobre el agujero de ozono de los cojones se ponía a gritar. Cruzaron la calle Ochenta y siete y a la entrada del metro coincidieron con un hombre que empujaba el cochecito de un niño, aunque Cynthia vio que no era un recién nacido, sino un niño de unos tres años, un chiquillo que por el simple hecho de seguir yendo en cochecito a su edad indicaba que las normas las dictaba él. Un niño precioso, sin embargo. El padre también era un tipo atractivo, muy bien despeinado en una peluquería muy cara. Los cuatro iniciaron el típico baile no-usted-primero en el primer escalón y, aunque apenas duró un segundo, Cynthia se dio inmediatamente cuenta de que detrás de ellos se iba formando una cola de gente impaciente.
—Por favor —dijo al padre—, pase usted. —Y sonrió antes de advertir que el hombre, inseguro, ni siquiera la miraba a ella, sino a las escaleras. Conservaba un vago recuerdo de la gente que se atravesaba y molestaba cuando ella empujaba el cochecito de April, y también el instinto materno de que los hombres no pueden con los niños pequeños—. Chicos, esperadme abajo —les dijo a April y a Jonas—. Antes del torno.
Se volvió hacia el padre con su sonrisa más formal mientras los otros usuarios del metro se arremolinaban en el pasillo abierto por los niños y dijo:
—¿Puedo ayudarle a llevar al pachá?
De repente su mirada pareció fijarse en Cynthia, a quien dedicó una sonrisa de triunfo, aunque sin asentir ni hacer ningún signo de haberla oído. Ni siquiera parecía notar el enjambre hostil que luchaba por adelantarlo, algo digno de admiración, pensó Cynthia. O quizá no fuera una persona normal.
—Sí, gracias —dijo por fin—. Es usted muy amable.
Pero no se movió, y Cynthia se vio obligada a ponerse delante del cochecito y cogerlo por la correa que unía las dos ruedas, aunque eso significaba que sería ella la que bajaría las escaleras de espaldas. El hombre cogió el cochecito por el manillar y empezaron a bajar despacio.
—Es obvio que ya se ha visto antes en mi situación —dijo—. Tiene unos niños preciosos.
Cynthia sonrió, mirándose los pies antes de dar el siguiente paso. El niño, frente a ella, abrió ligeramente los ojos.
—Es evidente a quién han salido —dijo el padre.
—Gracias. Le digo lo mismo. Su hijo es una maravilla.
—Bueno, parece que estamos en un [3] meet-cute —dijo el hombre, y Cynthia se echó a reír, aunque no sabía muy bien lo que quería decir. La gente corría a su alrededor. Intentó localizar a April y a Jonas, pero no podía volver la cabeza lo suficiente para verlos—. Ah, me llamo Eric.
—Cynthia.
—Cynthia. —Adelantó el torso y ella se dio cuenta de que casi había llegado al último peldaño. Tuvo que inclinarse hacia delante para oírlo—. Has sido muy amable. Bueno, a lo mejor te suena raro, pero ¿vives por aquí? No soporto la idea de no volver a verte. Eres una mujer verdaderamente preciosa.
—¿Perdona? —dijo Cynthia.
—No puedo creer que haya dicho lo que he dicho —dijo Eric, y parecía decir exactamente la verdad. Probablemente fuera un actor sin trabajo. La mujer debía de trabajar como abogado en algún bufete y sentirse culpable por no dedicarle más tiempo a su hijo, mientras su marido pasaba las tardes en el parque coleccionando teléfonos de canguros.
Estaban parados en el suelo de cemento de la estación, pero seguían sosteniendo el cochecito entre los dos, a medio metro del suelo. La gente bajaba a toda prisa las escaleras y pasaba rozándolos, como si no estuvieran. Cynthia sabía que cuanto más tiempo permaneciera allí, más atrevido se volvería él. Notó que se ruborizaba.
—¿Haces esto muy a menudo, Eric? —dijo.
Eric sabía cómo mirar a una mujer a los ojos, de eso no había duda.
—Sé que estoy siendo demasiado atrevido e imprudente —dijo—, pero no me arrepiento, porque dos segundos más y no volveré a verte nunca. Sé que estás casada. Yo también estoy casado. Eso ahora no importa.
¿Cómo?, se repetía Cynthia, como si fuera sorda a sus propios pensamientos. ¿Cómo? El niño la miraba con los ojos entreabiertos, sin expresión, como si acabara de condenarla a muerte. Saber que Eric había olvidado incluso, a algún nivel, que el niño estaba allí hacía que le pareciera una especie de superhombre.
Cynthia apoyó suavemente en el suelo su parte del cochecito, dio media vuelta y se alejó todo lo rápido que pudo. Jonas y April, parados ante el torno más próximo, la miraban con la indulgencia infinita y sarcástica que adoptan los niños cuando se ven obligados a esperarte. Por un momento Cynthia sintió pánico al pensar que le preguntarían qué había pasado, consciente de que aún estaba demasiado nerviosa para contestarles; pero no dijeron ni una palabra. No les interesaba en absoluto. Le volvieron la espalda, pasaron la tarjeta del metro y bajaron delante de su madre las escaleras que llevaban al andén.
Cynthia no se sentía ni ofendida ni halagada: la escena le parecía divertida, más que otra cosa. Estaba deseando contársela a Adam. Le fastidiaba un poco pensar que ese género de actividades prohibidas se desarrollaran sin ella, sin su participación, aunque no tuviera ningún deseo de participar: padres casados que ligaban al alcance de los oídos de sus hijos. ¿Quién lo sabía? Quizá ese tipo de corrupción fuera algo habitual, de todos los días. En otro tiempo, en el caso de que algo tan nuevo se le hubiera presentado bajo la forma de una hipotética aventura, habría dejado que el tipo se lo creyera un poco, sólo para sentir la emoción.
—Tierra llamando a mamá —dijo Jonas.
Un tren acababa de llegar al andén, abría ya las puertas, y los niños apretaron el paso para cogerlo. Cynthia se pegaba a ellos para no perderlos de vista. Cuando las puertas se abrieron, subieron al vagón y en ese momento una voz rugió: «¡Mantened abierta la puerta!». Se oía un tic-tac; era el bastón de un ciego, con el pelo blanco, que vestía una vieja chaqueta azul, una gorra de béisbol y unas gafas de sol envolventes, enormes. Parecía irritado por algo o con alguien. «¡Mantened abierta la puerta!», volvió a gritar, aunque alguien, no Cynthia, ya la mantenía abierta. Movía el bastón sin contemplaciones a la altura de los tobillos, golpeando la base de los asientos, la barra que había en el centro del vagón, el marco de la puerta, las piernas de la gente. Cynthia no sabía si trataba de orientarse o de sembrar el pánico. Retrocedió un paso más, para evitar el arco que trazaba el bastón (no porque temiera que le hiciera daño, sino porque no quería enviarle al ciego ningún tipo de información falsa) y entonces sucedió: las puertas se cerraron con un campanillazo de dos notas, y Cynthia seguía en el andén y los niños estaban en el metro, y cuando el tren se puso en marcha Cynthia vio la cara de terror de Jonas, aunque quizá lo que le diera más miedo fuera su propia madre, que golpeaba el cristal con las manos y gritaba: Esperen.
Incluso antes de que Cynthia llegara al extremo del andén, el tren había alcanzado demasiada velocidad, y allí la dejó, mirando las luces del tren que se alejaban y desaparecían en el túnel. No podía dejar de mirar. Notaba cómo, a sus espaldas, la gente dejaba también de moverse: sólo se movía el tren.
—¿Iban sus hijos en ese tren? —dijo una voz detrás de ella, una voz juvenil, de hombre. La desgracia hace que cualquiera se tome demasiadas confianzas—. ¿Cuántos años tienen?
Cynthia se volvió para responder, pero no pudo. Lo que veía era un círculo negro que se formaba en los límites de su campo de visión.
—Vaya a la cabina y llame a la policía —dijo el joven, que vestía un jersey de los Knicks muy amplio.
—Vaya usted —le respondió alguien con desprecio—. ¿Quiere obligar a esta pobre mujer a subir las escaleras? ¿No ve que se va a desmayar?
Sobre sus cabezas Cynthia oyó un estruendo que iba en aumento y pensó que se estaba desmayando, pero se trataba de un estruendo real, de otro tren que se detenía junto a ellos. Dos personas la sostenían cogiéndola de los brazos, con cuidado. Los niños habían desaparecido en un túnel: aquello no parecía real.
—¿Cómo se llama usted? —preguntó una voz de mujer.
Cynthia subió al primer vagón del tren y se abrió camino hasta una puerta cerrada con llave que daba a la oscuridad. Sabía que era una idea estúpida, pero la lógica de la situación obedecía ya a la lógica de un sueño, y le parecía que no había nada que discutir. El miedo que sentirían los niños colmaba cada una de sus células. Tenía que encontrarlos. Tuvo que apoyar la cara en el cristal para ver más allá de su propio reflejo, aunque durante un largo espacio de tiempo no distinguiera más que las vías y la estructura de acero que soportaba el túnel y las estaciones fantasmales que atravesaban a toda velocidad sin detenerse. Notó por fin bajo sus pies cómo el tren reducía la marcha y vio acercarse las luces de la parada de la calle Cincuenta y nueve. Saltó al andén y sólo entonces se le ocurrió que no existía ninguna razón real para pensar que los niños se hubieran bajado allí, quizá seguían llorando mientras el tren recorría el subsuelo de la ciudad, pero entonces, a unos metros, vio a un policía en el andén, y el policía apoyaba las manos en los hombros de dos niños, y los dos niños eran April y Jonas.
—Pero ¿está usted aquí? —dijo el policía, poco simpático—. Acabo de comunicarme por radio con la calle Ochenta y siete para que la localizaran. No ha sido demasiado inteligente coger otro tren.
April y Jonas la miraban con la expresión vacía de los niños que oyen a sus padres pelearse. Ni siquiera una hora más tarde Cynthia podía decir con exactitud cómo subió las escaleras con ellos, hasta la calle, muy animada, y los metió en un taxi y volvieron a casa, pero recordaba perfectamente que ninguno de los tres pronunció una palabra en todo el camino.
Esa noche le pidió a Adam que durmiera en la habitación de los niños, que se quedaron con ella en la cama grande. Al día siguiente no los llevó al colegio. A Adam aquello lo sorprendió un poco, pero lo atribuyó a un exceso de cautela: era verdad que los niños estaban más callados de lo habitual, pero resultaba difícil decir — incluso para los propios April y Jonas— cuánta era su propia angustia y cuánta procedía de ser tratados con tanto cuidado, como si les hubiera pasado algo terrible. Adam les dijo lo orgulloso que se sentía de ellos, por ser tan valientes, tan inteligentes para pedir ayuda a un agente de policía, tal como había que hacer. Les dijo que cuando quisieran hablar de lo ocurrido, estaba a su disposición; pero no fue ésa la actitud de Cynthia. Se sentó con los niños para saber qué querían preguntar sobre lo ocurrido el día anterior, por qué mamá no tomó el tren con ellos, e interpretó el silencio como una prueba de lo profundo que era el trauma sufrido, y de la urgencia con que era necesario actuar antes de que no pudieran desenterrar nunca lo que guardaban en su interior. Al día siguiente los dejó ir al colegio, pero estaba tan preocupada que volvió a sentarse a hablar con ellos, aunque sólo fuera para compensarles por el error que hubiera podido cometer. Esa noche April se despertó llorando, con una pesadilla. Diez minutos después los dos niños dormían con su madre, y Adam se acurrucaba en la pequeña cama de Jonas y miraba las sombras, despierto pero demasiado cansado para levantarse y apagar la lámpara de noche.
Cuando llegó el fin de semana, el asunto parecía superado; los niños eran menos dependientes, y disminuyó y se acabó el inusitado silencio con los ojos muy abiertos en el que Adam o Cynthia los sorprendían de vez en cuando. Fueron al espectáculo navideño de Radio City, prepararon el equipaje para Costa Rica, cenaron en el 3 Guys y todo parecía olvidado.
Pero Cynthia no estaba convencida. Cada noche retrasaba el sueño de Adam preguntándole qué más podían hacer, según su opinión. Él ponía su mejor voluntad para responderle de la manera más cariñosa; estaba casi seguro de que el sufrimiento que Cynthia les atribuía a los niños era en realidad su propio sufrimiento, pero la gran cualidad de Cynthia era que, por mucha ansiedad que sintiera, recuperaba siempre el equilibrio, si uno tenía la paciencia de esperar. Pero cuando el miércoles le dijo que había llamado al colegio para preguntar si podían recomendarle algún psiquiatra especializado en tratar a niños con trastorno de estrés postraumático —y que no sólo existía la persona indicada sino que ya había acordado una cita—, Adam empezó a preguntarse si el asunto no se les estaba yendo de las manos.
—Dentro de unos días —dijo para tranquilizarla— estaremos los cuatro en la playa y veremos las cosas desde otra perspectiva. También ellos.
Hablaban en voz baja porque los niños, al fondo del pasillo, llevaban horas durmiendo y nunca se sabe.
—No —dijo Cynthia—. Llamé anoche al hotel y anulé la reserva.
Adam se incorporó con dificultad, apoyándose en los codos, y la miró.
—Los billetes de avión no eran reembolsables. Lo siento. Pero se lo he dicho a los niños y les parece bien. Por una vez pasaremos la Navidad en casa. No nos vamos a morir por eso. En este momento no me apetece pasar unos días en un sitio que no conozco. —Se echó a llorar—. Pero hay algo que debe cambiar —dijo—. Hay cosas que tenemos que mejorar. Lo que no podemos es cruzarnos de brazos.
—Así será. Todo va a la perfección. —Era verdad, pero en el mismo momento en que lo decía empezó a sentir pánico—. Esta semana nos pagan las bonificaciones. Las cosas van a mejorar.
—Lo sé. Pero el tiempo no significa ya lo mismo para mí que para ti, ¿sabes? Sólo repites que dentro de diez años tendremos todo lo que queremos, y mientras yo tengo la impresión de que para ver el final de un solo día de mierda necesito unos prismáticos.
—Mira —dijo Adam, implorante—, no te culpo por que lo sucedido te haya alterado, pero ¿no hay otra forma de ver las cosas? April y Jonas han sabido reaccionar. Se han portado exactamente como debían. Es algo que debería tranquilizarte. Y no quiero quitarle importancia al asunto, en absoluto, pero estamos en Nueva York. No puedes protegerlos de todo.
—Bueno, entonces quizá no deberíamos vivir aquí —dijo Cynthia.
—¿Qué diablos estás diciendo?
—Quizá deberíamos vivir en otra parte. Quizá deberíamos llevar otro tipo de vida. ¿Quién ha dicho que hay que vivir como vivimos? ¿Crees que es la mejor forma de vida que podemos permitirnos? Aquí tenemos poco espacio. Hay poco espacio donde moverse. Y debería transmitir seguridad, pero uno se siente desprotegido. Tiene que haber otro sitio adonde podamos irnos.
A Adam, de repente, la idea de tocarla le dio aprensión.
—Creía que te gustaba vivir aquí —dijo tímidamente.
Cynthia negó con la cabeza, secándose las lágrimas.
—¿No lo entiendes? —dijo—. En lo único que puedo demostrar que soy buena es en esto. Y soy una mierda. La verdad es que me aterra pensar que, en vez de mejorar, voy a peor.
—Cyn, los niños sólo han pasado un mal rato. ¿Piensas en serio que, con la vida estupenda que llevamos, se van a acordar precisamente de eso?
—No digas tonterías —dijo Cynthia—. ¿Crees que se nace sabiendo cómo olvidar ese tipo de mierda?
Cada diciembre Sanford los invitaba a comer uno a uno y les entregaba el cheque de las bonificaciones, acompañado por un comentario sobre el rendimiento anual, conocido entre el personal de la casa como Discurso sobre el Estado de la Carrera Personal, que contribuía a justificar la cantidad recibida. El negocio dependía del capricho de Sanford y, aunque todos sabían que había sido un buen año, nadie esperaba que la magnitud de las bonificaciones reflejara otra cosa que el aprecio que le merecían al jefe.
Eran lo bastante amigos como para bromear sobre sus temores. La operación era tan imprevisible que cabía la posibilidad de que durante el almuerzo de las bonificaciones despidieran a alguno, o de que recibiera un cheque con una indemnización porque Sanford había decidido cerrar el negocio. Adam, citado a comer para el viernes antes de Navidad, estaba en pleno ascenso. Había montado el primer tramo de financiación para una nueva empresa de fármacos genéricos que prometía expandirse de una manera que pocos, aparte de Adam, preveían; y había sentado las bases para la compra amistosa de Wisconsin Cryogenics, lo suficientemente amistosa como para abastecer de chicas y coca al voluble Guy de Milwaukee durante el resto de su vida. Lo más difícil a la hora de cerrar la operación fue conseguir que Guy mantuviera la boca cerrada para evitar que el accionariado reaccionara a la tremenda y jodiera el trato.
Sanford llevó a Adam al Bouley, donde se bebieron dos botellas de vino antes de que el jefe sacara un cheque en un sobre de celofán.
—Ábrelo —dijo, presuntuoso, como si dentro hubiera un anillo.
Adam lo abrió y vio que la cifra ascendía a trescientos cincuenta mil dólares. Era mucho más de lo que esperaba, o de lo que había recibido en años anteriores, y por lo que sabía ninguno de sus colegas se acercaba a semejante cantidad.
—Que quede entre nosotros —dijo Sanford innecesariamente. Con los años, le era más fácil llorar—. No es por el año pasado. Es por el futuro. Necesito estar seguro de que no te irás. Necesito estar seguro de que sabes cuánto se te valora y aprecia. He llegado a un punto en el que tengo que pensar en el legado que voy a dejar en este mundo.
Como muchos de sus iguales, Sanford mantenía su perfil social gracias a suntuosos actos de beneficencia; no mucho después de la época de las bonificaciones, cuando se suponía que todos se sentían espléndidos, sus empleados se veían en la obligación de comprar entradas para la fiesta anual a beneficio de una organización muy apreciada por Sanford, los Boys and Girls Clubs de Nueva York, que se celebraba sobre la cubierta del Intrepid, el portaaviones desguazado y convertido en museo naval flotante en una de las dársenas del río Hudson. Mil dólares por cabeza. Para quienes trabajaban en Perini no era una invitación que pudieran rechazar. Adam compró también una entrada para Cynthia. Normalmente no la hubiera puesto en ese compromiso, pero necesitaba vislumbrar algo de la Cynthia de antes, radiante en una fiesta, por el bien de Cynthia, pero también por el suyo. Aunque a su juicio no había motivos, andaba muy deprimida en los últimos tiempos, y, acostumbrado a apoyarse en ella, sentía verdadero pánico de que si su mujer iba a la deriva acabara arrastrándolo. No sabía qué inventar, aparte de volver a poner en escena, por qué no, una velada de cuando Cynthia era más feliz.
No era un gran plan, pero aquella noche, por lo menos, parecía funcionar. Cynthia, vestida de negro, sonreía resplandeciente mientras tiritaba en el hangar convertido en salón bajo la cubierta del barco y se bebía un martini diseñado especialmente para la ocasión, centro de atención entre los colegas de Adam en Perini, ninguno de los cuales había soltado mil dólares más para tener compañía en la fiesta. Se turnaban para sacarla a bailar. Adam los veía encantados con Cynthia, con la idea que Cynthia encarnaba, prueba de que después del matrimonio seguía habiendo vida. Ni siquiera cuando ya estaban un poco bebidos y las miradas se volvieron más explícitas, Adam se sintió celoso porque Cynthia mereciera su atención. Cenaron costillas de cordero al horno. Vieron a Tiki Barber, el jugador de fútbol americano. Sanford y su mujer se acercaron magnánimos a su mesa. Todos estaban felizmente borrachos.
—Aquí tenemos algo distinto —dijo Sanford, sonriéndole seductoramente a Cynthia—. ¿Qué haces en esta mesa de esmóquines vacíos?
Le tendió la mano, y cuando ella le dio la suya, la besó. Victoria sonreía, manteniendo la media distancia.
—Es un placer volver a verte, Barry —dijo Cynthia.
—Por favor. El placer es mío. Eres la joya de esta reunión lamentable. Permíteme una pregunta. ¿Sabes bailar?
—No mucho.
—Magnífico. Hijo —le dijo Sanford a Adam—, ¿te importa si me escapo con tu mujer unos minutos? Quizá no te lo haya dicho Adam, pero soy un excelente profesor de baile. Es uno de mis muchos talentos.
Le ofreció el brazo; Cynthia, con una mirada de fingido espanto a su marido, dejó el martini y se dejó llevar del brazo de Sanford hacia la pista de baile. Victoria vio a una amiga unas mesas más allá, o simuló verla, y la saludó con la mano, gorjeó y se fue sin decir una palabra.
—Increíble —dijo Parker, no sin algo de envidia en la voz—. Viejo sátiro de los cojones. Y delante de su mujer. Es asombroso a lo que se atreve impunemente este hombre.
La bonificación de Parker, Adam lo sabía, era tan insultantemente exigua que el interesado se había saltado el resentimiento para pasar directamente al terror. Engulló otro martini y llamó al camarero con la copa vacía.
—No hay borrachera mejor —concluyó Parker— que la borrachera por una buena causa.
—Es verdad —dijo Adam.
El caso, sin embargo, es que cuanto más se iba emborrachando, más inquieto se sentía, de peor humor, algo que no solía pasarle. Se dio cuenta de que sonreía, así que dejó de hacerlo. Había otro bar en cubierta, y allí se dirigió, sólo por alejarse un momento de la mesa. En las escaleras se volvió hacia la pista de baile y consiguió ver a su mujer y a su jefe entre la multitud. Había un mar de esmóquines, pero la pareja atrajo inmediatamente su mirada. Vio cómo Sanford hacía girar y girar a Cynthia en el poco espacio que ocupaban, cómo Sanford decía algo y Cynthia se reía. Sintió nostalgia. Toda la energía, la temeridad y la confianza en sí misma que a Adam le parecían adorables habían perdido su válvula de escape, y la antigua confianza se concentraba, por así decirlo, en la existencia de los niños. Y lo peor era que la vida a la máxima potencia en la que siempre habían creído seguía ante ellos, más cerca que nunca, aunque Cynthia hubiera dejado de mirar al futuro y ni siquiera levantara la vista para verlo. Cuando le habló de la bonificación, se limitó a esbozar una sonrisa de cortesía y a lanzar un silbido, como si dijera: me alegro por ti. Era emocionante y a la vez un poco triste verla bailar como la Cynthia de otro tiempo, borracha y luminosa, porque para recuperarla se necesitaba un lugar como aquél, disparatado, casi una fantasía. Quizá la vida debería imitar mejor a la fantasía. No hacía falta ir todas las noches a una fiesta de mil dólares. Pero, hubiera que hacer lo que hubiera que hacer, ahora le tocaba a él echarle un cable a Cynthia. Ella se lo había echado muchas más veces de las que era capaz de recordar. No podía ni imaginarse en lo que se hubiera convertido sin ella.
Conocía a su jefe lo bastante bien como para no albergar la menor duda de que en lo único que pensaba en aquel momento era en seducir a Cynthia. No le preocupaba. No sólo porque lo consideraba imposible: lo natural, en cierto modo, era que Sanford lo intentara, a pesar de que su mujer estuviera allí, o del afecto que sentía por Adam, o de la presencia de cientos de espectadores. El rasgo esencial de una vida como la de Sanford era ése: luchar por lo que uno desea.
En cubierta se había producido un altercado en la barra del bar: delante de Adam, un típico producto de universidad cara se quejaba a sus amigos de que el niñato que encabezaba la fila (aparentaba unos diecinueve años) se estaba ligando a la camarera.
—Date prisa, novato —le dijo—. Tenemos sed.
El niñato se volvió. Tenía una nariz descomunal, una de esas narices que nacen prácticamente en la frente, aunque a él le daba cierto aire de romano, raro pero atractivo.
—Tranquilo, Brutus —dijo, y Adam abrió bien los ojos, divertido, ante la audacia del muchacho—. Es mi hermana.
—¿Cómo? —dijo Brutus.
—Hablo en serio —dijo el niñato—. Somos gemelos, ¿no?
Aunque ya tenía la copa en la mano, se volvió y siguió hablando en voz baja con la camarera.
Otra criatura de Wall Street, pensó Adam, otro niñato que dilapida el dinero de la bonificación en una fiesta en la que cree que conectará con gente que ni siquiera sabe de su existencia. La verdad es que el asunto de la bonificación le había afectado más que nunca. Ese año había recibido una bonificación espléndida. ¿Qué significaba? ¿Debía comprarse un velero, o ir a hoteles más caros para pasar las pocas semanas al año en que podía permitirse un viaje, a donde le apeteciera, en vez de a Omaha o Charlotte, o preocuparse de buscar un colegio para los niños todavía más prohibitivo? Se sentía estúpido. Todos se comportaban como si la cantidad fuera lo importante, cuando lo que de verdad importaba era el concepto de recibir una bonificación, de estar excluido del círculo restringido en el que se decidía el valor del trabajo de un hombre, cuánto te habías acercado al objetivo que otro había fijado para ti. Sanford podría haberle dado dos millones de dólares, pero el principio seguiría siendo el mismo. Y los años pasaban, y a tu alrededor empezaba a calcificarse la vida mientras los Barry Sanford del mundo te pagaban para que esperaras que te dijeran lo que sucedería a continuación.
Su relación con el alcohol se había ido complicando. Cuanto más ganas tenía de una copa, más se esforzaba en no tomársela: era un ejercicio de autocontrol, sí, pero en los últimos tiempos también trabajaba cada vez más, y el alcohol y especialmente las resacas casaban mal con su plan para alcanzar la forma perfecta. Pesaba menos y levantaba más peso que hacía diez años. Pero en cuanto rompía un día la rutina, notaba el comienzo de la recaída. Incluso en aquel momento, en la fila del bar y en esmoquin, sentía un impulso irreprimible de descender al vientre de acero de aquella nave imponente y, superado el estrecho sendero entre el río y la West Side Highway, ponerse a correr.
Cuando Brutus llegó al mostrador, le dio un empujón al niñato, sólo un codazo, en realidad, pero el niñato, mucho más pequeño, dio un traspié y derramó en el suelo la mitad de su bebida. Apoyó la copa en la barra y por un instante Adam pensó que el crío estaba tan borracho como para hacer una tontería verdaderamente seria. Pero se limitó a tenderle la mano a Brutus.
—Sin rencor, hermano.
Y cuando Brutus arrugó la frente y le estrechó la mano, el niñato levantó la mano que le quedaba libre y le dio una palmada en el hombro. Luego se alejó no hacia las mesas, sino hacia los aviones moribundos, algunos iluminados, soldados a la cubierta, en exposición. Adam lo siguió con los ojos, distraído, sin prestarle demasiada atención, y entonces el chico se volvió de repente y sus miradas se encontraron. Pasaron unos segundos, extraños, porque a Adam le parecieron menos embarazosos de lo que hubiera sido de esperar. El niñato levantó las cejas y luego —Adam estaba totalmente seguro—, antes de seguir andando, levantó la mano derecha, la abrió como si fuera una carterilla de fósforos, y allí, sobre la palma, enganchado entre dos dedos, había un reloj de pulsera.
Increíble. Brutus volvía de la barra para reunirse con el grupo, cogiendo por el cuello con una sola mano tres botellas de cerveza.
—Buenas noches, amigo —saludó a Adam.
—Buenas noches. Eh, ¿tienes hora?
Brutus movió la muñeca para que apareciera bajo la manga y se la puso ante los ojos. Estaba desnuda.
—Menuda putada —dijo.
Allí lo dejó Adam, buscando su reloj carísimo y obligando a todos a dar unos pasos atrás mientras él inspeccionaba la cubierta. De vuelta a su mesa, Adam se detuvo a medio camino. Le llevó algún tiempo localizar a sus colegas entre la marea de esmóquines, en la mesa de Perini, con las cabezas muy juntas, como si se quejaran tímidamente de algo. No lo vieron. Cynthia debía de seguir bailando. Adam volvió a la oscuridad punteada por restos de los viejos Mustang, los helicópteros y los aviones de combate. Encontró a su hombre cerca de la proa, encendiendo un cigarrillo y mirando hacia New Jersey al otro lado del río, como si el barco se dirigiera hacia allí.
La llegada de Adam pareció ponerlo un poco nervioso.
—Atención, la policía —dijo.
—¿Por qué me has enseñado el reloj? —le preguntó Adam—. ¿Cómo sabías que yo no era amigo de ese tipo?
Se encogió de hombros.
—Él se reía —dijo—. A ti parecía joderte estar aquí.
—¿Dónde has aprendido a hacer eso? ¿A qué te dedicas? ¿Te has criado en la calle o algo por el estilo? ¿Has pagado la entrada a la fiesta?
Una vez que se dio cuenta de que Adam no iba a denunciarlo, el niñato se relajó un poco.
—Uno me dio su entrada —dijo—. La pagó su jefe, que creía en eso de «Dad y se os dará». Me encantaría contarte alguna idiotez a lo Oliver Twist, pero la verdad es mucho más tonta. Yo hacía juegos de manos. Hasta que dejé el instituto. También sé robar carteras. ¿Quieres verlo?
—¿Dónde trabajas? —Dime que eres broker, pensó Adam.
—En Merrill Lynch. Soy broker. ¿Y tú?
Adam no contestó. Nunca podría recuperar aquel instante, pensaba, aquella combinación del azar. No era el destino, el destino era una estupidez. Era el potencial que entrañaba un determinado momento y lo que uno era capaz de hacer con él. El potencial desperdiciado era algo trágico.
—¿No te das cuenta de lo perfecta que es esta situación? —dijo levantando la voz —. Entre nosotros no hay ninguna relación. No nos conocemos, no trabajamos juntos, no hemos ido al mismo colegio. Ni siquiera sé tu nombre. Tu nombre ni siquiera figura en la lista de invitados.
—Espera —dijo el chico—. No me lo digas. Extraños en un tren.
—No le vas a devolver el reloj al gilipollas ese, ¿verdad? —dijo Adam.
Una leve sonrisa de satisfacción que Adam ni siquiera había notado se borró de repente de la cara del chico. El parloteo insustancial del director de la orquesta y el fragor de la corriente del Hudson se fundían en un único ruido. Miró a Adam y tragó saliva.
—No —dijo.
—¿Por qué no?
—Por joderlo. Por eso.
Adam sentía la adrenalina en la sangre. No sentía algo así desde que le había pedido a Cynthia que se casara con él. Sin volverse, por encima del hombro, señaló hacia los asistentes a la fiesta, a quienes oían pero no veían.
—Así son todos —dijo Adam—. Llevan uniforme para que sea más fácil reconocerlos. Nos regalan bonificaciones o entradas a fiestas para que olvidemos que la vida es breve. Nosotros no podemos quedarnos a la espera. No tenemos tiempo.
—¿Nosotros? ¿Quiénes?
—Nosotros, los happy few, los elegidos —dijo—. Tú y yo. Ha llegado el momento de entrar arrasando en el show. Ha llegado el momento de cambiar los términos. Hará falta un poco de valor por tu parte.
Lo espeluznante era la claridad repentina con que había descubierto algo que ni siquiera sabía que existía: un ansia de venganza, sí, pero ¿venganza de qué? Siempre había sido un líder. Nunca había hecho lo que hacían los de su edad, siempre había tenido demasiada prisa, pero esa prisa, en vez de procurarle la vida deseada, lo había convertido en un marginado. Y ahora, de pronto, los márgenes parecían el único lugar habitable. En cuanto al chico, Adam dedujo por su cara de terror que no se equivocaba.
—No sé de qué estás hablando —dijo el chico, exactamente lo que había que decir.
—Sí lo sabes —dijo Adam—. Te voy a decir un nombre. Con que lo oigas, basta. Wisconsin Cryogenics. ¿Te acordarás sin apuntarlo?
El chico asintió.
—Puedes hacer lo que creas conveniente. Si te parece, tómalo como un pequeño regalo. Y aquí puede acabarse todo. Pero no tiene por qué acabarse.
Callaron y vieron a un hombre y a una mujer que, con copas de martini en la mano, pasaban bajo la hélice muerta de un helicóptero. Subieron a la cabina con movimientos de borracho. La música volvía a sonar en el interior del barco.
—Dame un número de teléfono —dijo Adam—. No el número del trabajo ni el de casa. El teléfono móvil de tu novia, por ejemplo. Me pondré en contacto contigo dentro de tres semanas, ¿de acuerdo? Tres semanas. Hablaremos del futuro entonces, o me cuelgas el teléfono. Me llamo Adam.
El chico no se hizo rogar. Murmuró un número, y Adam se lo repitió. Una vez que memorizaba un número, no lo olvidaba.
—Otra cosa —dijo Adam—. Dame el reloj.
El chico se sintió confundido, pero se lo dio. Adam le echó un vistazo: un Patek Philippe de oro. No era muy aficionado a los relojes, pero apreciaba su valor. Frunció los labios en señal de respeto y lo lanzó por la borda.
De regreso a la mesa encontró a Cynthia sentada con Parker y Brennan y uno o dos colegas más; estaban todos muy borrachos y necesitaban irse a casa. Cynthia, todavía radiante tras el baile, le dedicó una burlona mirada feroz.
—Eso, deja tirada a una dama —dijo—. ¿Dónde te has metido?
Adam le dijo que se había encontrado con unos amigos, de cuando trabajaba en Morgan. Fue la mentira más fácil que había contado en su vida. Parker, tambaleándose, rodeó la mesa para despedirse de Cynthia; se inclinó con solemnidad alcohólica y le besó la mano, y Cynthia se rió, y Adam pensó en cuánta razón tenía su mujer: no podemos cruzarnos de brazos. No bastaba con confiar en el futuro: había que conquistar el futuro, atraparlo en la corriente del tiempo, y apartarse así de la legión de patéticos y resentidos lameculos que consideraban patrimonio personal su fe en el mundo. Ese género de humilde confianza en la justicia final de las cosas era ajena al carácter de Adam. Les daría todo a sus hijos, lo arriesgaría todo por ellos. Sabía lo que arriesgaba. Se trataba de una prueba en toda regla de su capacidad. Los riesgos más nobles son los más secretos. Fortuna favet fortibus.
Sanford prometía mucho, pero jamás renunciaría a lo que era suyo, excepto, quizá, en su testamento, como los otros viejos sátiros abotargados que brincaban por aquella inmensa nave amarrada a puerto. Por su parte, pensó Adam, cuando yaciera en una cama de hospital, sin habla, después del tercer infarto, todo el mundo creería que estaba pensando una cosa mientras él pensaba en otra.
Encontraron por fin un nuevo apartamento, en el East End, lejos del colegio de los niños, pero más grande y mejor en muchos otros aspectos —no sólo April y Jonas tendrían cada uno su habitación, sino que también contaba con un cuarto para invitados, además de terraza y derecho a piscina—, e incluso los niños se rindieron a la idea del inminente traslado. Pero las reformas que Cynthia creyó necesarias se prolongaron unos meses más de lo previsto, y se vieron obligados a rebajar cincuenta mil dólares del precio de venta de su antiguo apartamento como compensación para que el comprador aceptara retrasar la fecha de entrega. Fue un periodo raro, con la mitad de las cosas en cajas, las llamadas cada tarde a la empresa constructora para saber cómo iban las obras, una vida de realquilados en su propia casa. Los niños perdieron su entusiasmo y empezaron a quejarse, arrepentidos de la mudanza. Montaban escenas, Cynthia se enfadaba con ellos, y, después de un fin de semana especialmente trabajoso en aquel limbo de malos modos, Adam le propuso a su mujer irse unos días a algún sitio, solos los dos. Conocían a parejas que lo hacían con frecuencia, pero cuando se pararon a pensarlo, se dieron cuenta de que ellos no viajaban solos desde que nació April. Adam le sugirió a Cynthia París; era consciente de que él no iba a disfrutar demasiado, sobrevolando el Atlántico dos veces en tres días, pero sugirió París para demostrarle a Cynthia que hablaba en serio. Descansar en una playa del Caribe iba más con su estilo, pero al final dio lo mismo, porque no encontraron a nadie con quien dejar los niños. A Cynthia no se le ocurría nadie a quien conociera o en quien confiara lo suficiente para una cosa así. ¿Quién? ¿Esa chiquilla de Minnesota, la estudiante del Barnard College, a la que contrataban? Ya era asombroso que la estudiante fuera capaz de sobrevivir sola un fin de semana en la ciudad. Ni Adam ni Cynthia tenían a sus padres cerca, ni a nadie a quien pudieran confiarle los niños. Cuando Adam era un crío, a sus padres no les importaba que él y Conrad se quedaran en casa de algún vecino, a veces sin apenas avisar, si se les presentaba un compromiso. Pero cuando Cynthia le preguntó si se le ocurría alguna idea brillante sobre April y Jonas, Adam tuvo que admitir que no. Para bien o para mal, como familia eran una isla en mayor medida de lo que pensaba.
Llegaron a un acuerdo: Adam la convenció de que pasaran la noche en un hotel de Manhattan, muy cerca. Gina, la estudiante del Barnard College, que a pesar de estar en la universidad nunca parecía tener planes para el fin de semana, aceptó pasar la noche en su apartamento. Les dijeron a los niños que iban a Atlantic City, una ciudad aburridísima y donde se jugaba y que no permitía la entrada de niños. Y el viernes por la tarde se alojaron en el Parker Meridien y pidieron al servicio de habitaciones ostras, una botella de Absolut Citron y hielo. Casi antes de que el camarero saliera de la habitación, Adam ya la había desnudado. A Cynthia tanta energía le pareció increíble. Cualquiera pensaría que llevaba meses sin echar un polvo, aunque bien sabía Dios que no era verdad. Para ser una pareja con dos niños, follaban bastante. Pero Cynthia se daba cuenta, aun sin entenderlo del todo, de lo mucho que Adam necesitaba que aquel encuentro resultara excepcional. Cuando no le levantaba las piernas por encima de la cabeza, la empujaba al borde de la cama para que apoyara las manos en el suelo. Era una forma de épica sexual, como si fuera importante follar más y mejor que todos los clientes del hotel. Dos horas después Cynthia tenía el pleno convencimiento de que lo habían logrado. Con Adam no tenía necesidad de fingir, gracias a Dios, pero, a la vista de cómo se comportaba, de cuánto deseaba complacerla, habría fingido si hubiera hecho falta.
Adam se dio un respiro y cogió del minibar una botella de agua de diez dólares. Se la bebió ante la ventana a oscuras, y su pecho seguía subiendo y bajando. Dios mío, pensó Cynthia, es guapísimo, guapo de verdad. Se dio la vuelta, se puso boca abajo en la cama enorme. Habían recorrido un largo camino desde la noche de bodas, cuando se desmayaron de cansancio en aquel bed and breakfast tan cursi de Pittsburgh; acordarse de aquello casi la sorprendió. Pero, al recordarlo, era difícil no sentirse optimista. Las cosas habían mejorado en los últimos meses. A Adam le iba verdaderamente bien. Había empezado a compaginar el trabajo con sus propios asuntos, decía, y de repente había dinero para todo. En febrero irían a Vail, en primavera al Caribe. El apartamento nuevo estaba quedando maravilloso. La mujer de Sanford le había pedido a Cynthia que se afiliara a la Coalition for Public Schools. Aquello, por supuesto, también debía de ser cosa de Adam. Tenía toda la razón en lo que había repetido una y otra vez durante aquellos meses: en la vida había que arriesgarse un poco más. Sintió sus dedos en la pantorrilla y vio, cuando se volvió, que le sonreía con dulzura.
—Muy bien, pequeña. Fin del tiempo muerto.
Le repetía cuánto la quería, y ella apartaba la cara por miedo a echarse a llorar. Adam volvió a correrse y fue al baño: «Sólo a buscar un desfibrilador», dijo. Cerró la puerta. Cynthia, en la cama, miraba el techo; al cabo de un momento, rodó al filo de la cama y se acercó con pasos un poco rígidos a la silla donde había dejado el bolso, junto a la ventana. La habitación era amplia, con una vista impresionante del Central Park. Cynthia pensó que incluso su apartamento se vería desde allí si la habitación estuviera en una planta más alta. No tenía ningún mensaje en el teléfono, pero en el bolso encontró tres folios de papel rayado, muy bien doblados, unas líneas que Jonas debía de haber metido antes de que salieran de casa. Los dos primeros decían «Te quiero» y «Te echo de menos»; el tercero, «¿Estás ganando?».
Seguía mirándolos cuando Adam se le acercó por detrás. Temió que se enfadara, pero no se enfadó, claro. Era perfecto.
—Quizá —dijo— sería mejor que volviéramos a casa.
Llamaron a Gina cuando ya estaban fuera del hotel para que no se asustara al oír la llave en la cerradura. Adam la acompañó hasta el portal y el taxi; Cynthia se quitó los zapatos y entró en el dormitorio de los niños. Jonas dormía boca abajo, como siempre había apartado las mantas con el pie y apoyaba la mano en el colchón como si fuera una superficie de cristal. Cynthia se sentó en el suelo, contra la pared, frente a la cama. A oscuras, la habitación era una acogedora trama de sombras alargadas que surgían de la cómoda, del marco de la ventana, de la mochila con ruedas de April, llena de libros del colegio, cerca de la puerta. Retuvo el aire un momento para oír respirar a los niños.
Era lógico, pensaba, que April y Jonas estuvieran un poco nerviosos por la mudanza y se sintieran un poco nostálgicos. Todo lo que les había sucedido había sucedido allí. Pero Cynthia actuaba como una auténtica farsante cuando fingía compartir sus sentimientos por tener que despedirse de aquella casa. Nunca la había considerado la vivienda definitiva. Y a decir verdad tampoco pensaba que fuera a serlo la próxima. Había algo un poco vergonzoso que debía admitir. Llegaba siempre el momento en que dejaba de gustarte un lugar, en que lo mirabas y te preguntabas si era tan insuperable como para que no te importara morirte allí. Y una vez que la idea se te metía en la cabeza, olvídalo, no había nada que hacer.
No era, obviamente, el tipo de razonamiento que podías compartir con niños de esa edad. Jonas ya había atravesado un breve periodo de obsesión con la muerte, a los tres años. Cynthia nunca supo con seguridad qué lo había provocado — probablemente algún cuento que le había leído, aunque no adivinaba cuál—, pero un día había tenido noción de la muerte y le costaba asimilar algunos de sus principios fundamentales. Para él significaba permanecer eternamente paralizado, con los ojos abiertos, dentro de un ataúd. La ausencia de conciencia le resultaba literalmente inimaginable. Creía que los muertos conservaban la vista, por ejemplo, aunque estaba demasiado oscuro para que vieran algo. Cynthia no quería entrar en distinciones de ese tipo con el niño.
Lo intentó con lo primero que se le ocurrió. Le pidió que cogiera la caja registradora de juguete.
—¿Cuántos días faltan para tu cumpleaños? —dijo.
—Cincuenta y seis —dijo Jonas, que lo sabía porque lo preguntaba todos los días.
—¿Y eso es mucho o poco?
—¡Es un montón!
Cynthia se quedó un momento pensando antes de teclear, tintineando, algunas cifras en la caja registradora.
—Éstos son los días que te faltan para llegar a la edad de la abuela Morey —dijo —. Y la abuela tampoco morirá pronto.
Su madre era mayor que la de Adam, pero Cynthia no la usó como ejemplo porque hacía tanto que Jonas no la veía, que quizá no la considerara suficientemente real. Le enseñó los números.
—Guau —dijo Jonas.
Pero Cynthia debería haber sabido que era inútil: a esa edad todas las cifras superiores a cien se igualaban y además decirle a un niño que no tuviera miedo por el momento, no era precisamente un consejo adecuado.
—Forma parte de la naturaleza —le dijo otro día—. Los seres vivos nacen, crecen y mueren. Los animales, las plantas, las aves y los árboles. Es lo que llamamos — dijo, despreciándose a sí misma— el ciclo vital.
—Entonces, ¿tú te morirás? ¿Y papá? ¿Y April? ¿Cuándo?
—No —respondió, con un acceso de pánico—. No, ni papá ni mamá van a morirse. No te preocupes. Quítate esa idea de la cabeza.
Hizo ademán de sacarse un mal pensamiento de la cabeza y de tirarlo con cara de desagrado, Jonas se rió y Cynthia se puso a ver la televisión.
—Se le pasará —dijo Adam—. Tiene tres años. Ya habrá algo más interesante que le quite esas ideas de la cabeza. Me acuerdo de que yo pasé una fase parecida cuando tenía más o menos su misma edad.
—¿Tú también? ¿Qué te dijo tu madre?
Lo pensó.
—No me acuerdo en absoluto.
—Te acuerdas de haberle preguntado. Así que tu madre no dijo nada que mereciera la pena recordar.
Adam asintió.
—Pues ya ves —dijo Cynthia.
Entonces, un día, llamaron del colegio: tenían que ir a recoger a Jonas antes del final de las clases porque, después de la hora del bocadillo, había empezado a llorar. No quería hablar de lo que le pasaba. Probablemente sólo estaba cansado, dijo la profesora con esa paciencia un poco desquiciada que se les supone a las maestras de párvulos, pero lo mejor sería que Cynthia fuera a recogerlo.
Lo llevó a casa en un taxi, acariciándole el pelo y dándole besos en la coronilla, sin preguntarle nada. Intentaba tranquilizarse y tranquilizar al niño. ¿Quién es este chiquillo?, se decía. ¿Por qué no tengo a nadie que me ayude? ¿Cómo puedo saber lo que debo hacer?
—Dentro de una hora tengo que recoger a April —le dijo al llegar a casa—. ¿Quieres que te ponga la merienda y te lea algo?
—Mamá —dijo Jonas—, no quiero morirme porque cuando te mueres no puedes hablar ni levantarte y te echaré mucho de menos.
Y en ese instante Cynthia aprendió una lección sobre la desesperación y sobre cómo los padres pueden utilizarla.
—Ven aquí —dijo, y lo cogió en brazos.
Le dijo que ya era un chico mayor y que tenía edad para saber la verdad. La verdad era que nadie sabía lo que pasaba después de morir, porque no podemos hablar con los muertos, ni los muertos pueden hablar con nosotros. Pero había gente que sabía algo sobre lo que quizá pasaba. Había gente que creía en algo llamado reencarnación, que significaba que, cuando la vida terminaba y después de un breve periodo de descanso, volvías a vivir otra vez; no exactamente la misma vida, a lo mejor ni siquiera el mismo tipo de vida: a lo mejor volvías convertido en águila, o en perro. Incluso podía ser que esta vida, la de ahora mismo, no fuera su primera vida: a lo mejor había sido un dinosaurio hace mucho tiempo, tanto que se le había olvidado. (Notaba cómo los brazos del niño se iban relajando). Otra cosa en la que creía un montón de gente era en lo que llamaban el cielo. El cielo era un sitio que dependía de nuestros deseos: el sitio de tu vida en el que te habías sentido más protegido, más feliz, más a gusto; el cielo era ese sitio, y para siempre.
—Una casa bonita y caliente —dijo Jonas—, con papá y contigo.
No incluyó a su hermana, pero Cynthia no dijo nada. Para ella había sido un rito de paso que fortaleció su confianza, una lección sobre los recursos del amor, aunque no creyeras en nada en particular.