Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Robert Silverberg · Capítulo 15 de 42

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Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Capítulo 2

Todos los viajes tienen su fin, incluso los interminables. El ardiente viento que llegaba del sur se intensificó día tras día hasta que el calor en cubierta impidió caminar y los descalzos skandars tuvieron que fregar el suelo cada pocas horas. Y luego, de pronto, la tórrida masa de tétrica oscuridad que ocupaba el horizonte se convirtió en el borde de una playa y en las fauces de un puerto. Al fin habían llegado a Tolaghai.

Suvrael entero era tropical. Buena parte de su interior era desértica, siempre oprimida por el colosal peso de un ambiente reseco y estancado en cuya periferia remolineaban agotadores ciclones. Pero los bordes del continente eran más o menos habitables, y había cinco ciudades relacionadas a través del comercio con el resto de Majipur. Mientras el carguero entraba en el amplio puerto, Dekkeret se sobresaltó por la extrañeza del lugar. En su corta vida había visto un buen número de las gigantescas ciudades del mundo -doce de las cincuenta que ocupaban las laderas del Monte del Castillo, la imponente Alaisor barrida por el viento, la vasta y asombrosa Ni-moya con sus muros blancos, la espléndida Piliplok y muchas más- y jamás había contemplado una ciudad con el aspecto severo, misterioso y prohibitivo de ésta. Tolaghai se aferraba como un cangrejo a una larga cresta a lo largo del mar. Sus edificios eran bajos y rechonchos, hechos con anaranjados ladrillos secados al sol, con simples rendijas por ventanas, y sólo había plantas dispersas alrededor de ellos, sobre todo deprimentes palmeras que eran todo tronco con minúsculas, plumosas copas a gran altura. Al mediodía las calles estaban prácticamente desiertas. El cálido viento arrojaba rociadas de arena sobre los agrietados adoquines.

Dekkeret pensó que la ciudad era algo así como una cárcel en la frontera, brutal y horrorosa, o quizás una ciudad surgida del tiempo, un lugar perteneciente a un pueblo prehistórico, a una raza regimentada y autoritaria.

¿Por qué alguien había decidido construir un lugar tan ominoso? Sin duda por simple eficacia, porque una deformidad así era el mejor modo de hacer frente al clima de esas tierras… Pero de todas formas, de todas formas, pensó Dekkeret, el desafío del calor y la sequía podía haber exigido una arquitectura menos repelente.

En su inocencia, Dekkeret pensó que podía bajar a tierra al instante, pero las cosas no eran así en Tolaghai. El barco permaneció anclado más de

una hora antes de que las autoridades portuarias, tres yorts de sombrío aspecto, subieran a bordo. Luego siguió la prolija tarea de la inspección sanitaria, el manifiesto de carga y el regateo de la cuota de atraque. Y por fin la docena de pasajeros recibió autorización para desembarcar. Un mozo de cuerda de raza gayrog cogió el equipaje de Dekkeret y preguntó el nombre del hotel. El viajero replicó que no había reservado habitación en ninguno, y la criatura semejante a un reptil, con la lengua en continuo movimiento y el negro y carnoso cabello retorciéndose como una masa de serpientes, le dedicó una mirada frígida y burlona.

–¿Qué piensa pagar? – dijo-. ¿Es usted rico?

–No mucho. ¿Qué puedo conseguir por tres coronas por noche?

–Poca cosa. Un lecho de paja. Sabandijas en las paredes.

–Llévame allí -dijo Dekkeret.

El gayrog reflejó la máxima sorpresa que un gayrog puede reflejar.

–No estará contento allí, distinguido caballero. Su porte indica señorío.

–Tal vez, pero mi bolsa es la de un pobre. Correré el riesgo de las sabandijas.

En realidad la posada no era tan mala como podía temerse: vieja, escuálida y depresiva, sí, pero así era todo lo que se veía, y la habitación que dieron a Dekkeret era casi palaciega después del alojamiento en el barco. Y tampoco ahí había el hedor de la carne de dragón marino, sólo el árido y penetrante olor del aire de Suvrael, como lo que hay dentro de una botella cerrada desde hace mil años. Dio al gayrog una moneda de media corona, que el mozo de cuerda no agradeció, y sacó sus escasas pertenencias.

A últimas horas de la tarde Dekkeret salió de la posada. El asfixiante calor no había menguado, pero el cortante viento parecía menos violento, y había más gentes en las calles. De todas formas la ciudad resultaba repulsiva. Era el lugar ideal para cumplir penitencia. Dekkeret acabaría aborreciendo las insípidas fachadas de los edificios de ladrillo y el marchito aspecto del paisaje, y echó de menos el suave aire puro de su ciudad natal, Normork, en la falda del Monte del Castillo. ¿Por qué, meditó, puede una persona tomar la decisión de vivir aquí, cuando hay muchísimas oportunidades en los continentes más benévolos? ¿Qué severidad del alma impulsa a millones de sus conciudadanos a flagelarse con las diarias crueldades de la vida en Suvrael?

Los representantes del pontificado tenían sus oficinas en la gran plaza sin adorno alguno que miraba hacia el puerto. Las instrucciones de Dekkeret le exigían presentarse allí, y pese a lo tarde de la hora encontró el lugar abierto, porque con el socarrante calor todos los ciudadanos de Tolaghai observaban la norma del cierre a mediodía y tramitaban sus asuntos hasta la puesta del sol. Dekkeret tuvo que esperar un rato en una antesala decorada con enormes retratos en cerámica blanca de los monarcas reinantes: el Pontífice Confalume de frente, con aspecto benigno pero de abrumadora grandeza y el joven lord Prestimion, la Corona, de perfil, con un brillo de inteligencia y dinamismo en sus ojos. Majipur tenía suerte con sus gobernantes, pensó Dekkeret. Siendo niño había visto a Confalume, entonces Corona, mientras presidía un tribunal en la maravillosa ciudad de Bombifale en lo alto del Monte, y tuvo deseos de llorar de puro gozo al contemplar la serenidad y radiante fuerza del monarca. Pocos años después lord Confalume accedió al pontificado y fue a vivir a las cavidades subterráneas del Laberinto, y Prestimion fue la nueva Corona. El último era un hombre muy distinto, tan imponente pero lleno de arrojo, vigor e impulsiva autoridad. Mientras la nueva Corona efectuaba la gran procesión por las ciudades del Monte, lord Prestimion vio al joven Dekkeret y, de acuerdo con su casual e imprevisible modo de proceder, le eligió para que tomara parte en el adiestramiento de caballeros en las Ciudades Altas. Un hecho que parecía haber ocurrido hacía un siglo, dados los grandes cambios acaecidos desde entonces en la vida de Dekkeret. A los dieciocho años se dio el placer de fantasear, de soñar que un día llegaría al trono de la Corona.

Pero luego llegaron las desdichadas vacaciones en las montañas de Zimroel.

Y ahora, con veinte años recién cumplidos, mientras se impacientaba en una polvorienta oficina de una deslustrada ciudad del inhospitalario Suvrael, Dekkeret pensó que carecía de futuro, sólo una desolada senda de años sin sentido que debía consumir.

Llegó un yort, gordinflón y con el semblante avinagrado.

–El archirregiomando Golator Lasgia le recibirá ahora -anunció.

Se trataba de un título resonante. Pero su poseedor era una mujer esbelta, de piel morena, casi tan joven como Dekkeret, que hizo a éste un atento escrutinio con sus ojos, grandes, brillantes y solemnes. De un modo rutinario, la mujer le saludó haciendo con la mano el símbolo del pontificado y cogió el documento de credenciales que Dekkeret le tendía.

–El iniciado Dekkeret -murmuró-. Misión de investigación, por encargo de la prefectura provincial de Khyntor. No lo entiendo, iniciado Dekkeret.

¿A quién sirve usted, a la Corona o al Pontífice?

–Pertenezco al personal de lord Prestimion, tengo una categoría muy baja -dijo Dekkeret, muy violento-. Pero mientras estaba en la provincia de Khyntor, la oficina del pontificado tuvo la necesidad de investigar cierto asunto en Suvrael, y cuando los funcionarios locales descubrieron que yo iba rumbo a Suvrael, me pidieron que aceptara la misión en aras de la economía, aunque yo no estaba al servicio del Pontífice. Y…

Golator Lasgia, muy pensativa, dio golpecitos a los documentos de Dekkeret que estaban sobre el escritorio.

–¿Usted iba rumbo a Suvrael? – dijo-. ¿Puedo preguntar el motivo?

Dekkeret se ruborizó.

–Un asunto personal, y discúlpeme.

Ella no le dio más importancia.

–¿Y qué asuntos de Suvrael pueden tener un interés tan urgente para mis hermanos pontificios de Khyntor, o mi curiosidad al respecto está también fuera de lugar?

El nerviosismo de Dekkeret aumentó.

–Tiene relación con un saldo comercial desfavorable -respondió, casi incapaz de resistir aquella mirada fría y penetrante-. Khyntor es un centro de producción, comercia productos a cambio de la ganadería de Suvrael. En los últimos dos años las exportaciones de blaves y monturas de Suvrael han descendido constantemente, y ahora surgen problemas en la economía de Khyntor. Los fabricantes tienen dificultades por haber dado tanto crédito a Suvrael.

–Nada de esto es nuevo para mí.

–Me han pedido que inspeccione las tierras de pasto de Suvrael -dijo Dekkeret- para determinar si puede esperarse un alza de la producción ganadera en breve plazo.

–¿Le apetece un vaso de vino? – dijo inesperadamente Golator Lasgia.

Dekkeret, desorientado, consideró los cánones sociales. Mientras él dudaba, Golator Lasgia sacó dos frascos de vino dorado, partió los sellos con gestos decididos y tendió a Dekkeret uno de los recipientes. Dekkeret lo cogió mientras esbozaba una sonrisa de agradecimiento. El vino estaba frío, y era dulce y ligeramente efervescente.

–Vino de Khyntor -dijo ella-. De este modo contribuimos al déficit comercial de Suvrael. La respuesta, iniciado Dekkeret, es que durante el último año del Pontífice Prankipin una terrible sequía azotó el continente…

Y usted, iniciado, tal vez se pregunte qué diferencia hay aquí entre un año de sequía y un año de lluvias normales, pero hay diferencia, iniciado, hay una diferencia notable… Y las regiones de pastos sufrieron. No había forma alguna de alimentar al ganado, así que sacrificamos tantas reses como podía absorber el mercado, y vendimos gran parte de las existencias restantes a rancheros de Zimroel occidental. No mucho después de que Confalume llegara al Laberinto, volvieron las lluvias y la hierba empezó a crecer en las sabanas. Pero cuesta varios años volver a formar los rebaños. Por lo tanto el desequilibrio comercial continuará algún tiempo, y luego se corregirá. – La mujer sonrió sin cordialidad-. Bien. Le he ahorrado los inconvenientes de un insípido viaje al interior.

Dekkeret se percató de que sudaba mucho.

–A pesar de todo, debo hacerlo, archirregiomando Golator Lasgia.

–No averiguará más que lo que acabo de explicarle.

–No pretendo ser irrespetuoso. Pero la misión me exige en concreto que vea con mis propios ojos… Ella cerró los suyos un momento.

–Llegar a las tierras de pasto en estos momentos significaría para usted grandes dificultades, extrema incomodidad física, quizá considerable riesgo personal. Si yo fuera usted, me quedaría en Tolaghai, probaría las diversiones que hay aquí y me ocuparía de ese asunto personal que le ha traído a Suvrael. Y después de un intervalo apropiado, redactaría el informe en consulta con esta oficina y volvería a Khyntor.

Inmediatas sospechas florecieron en el pensamiento de Dekkeret. La sección del gobierno para la que trabajaba aquella mujer no siempre cooperaba con el personal de la Corona. Ella, de un modo muy diáfano, intentaba ocultar algo que estaba pasando en Suvrael. Y aunque la misión de investigación sólo era un pretexto para viajar por Suvrael, y no la tarea fundamental, Dekkeret tenía que considerar su carrera, y si permitía que un archirregiomando pontificio le embaucara con tanta facilidad, después las pasaría mal. Dekkeret se arrepintió de haber aceptado el vino. Mas para ocultar su confusión se concedió aún una serie de suaves sorbos.

–Mi sentido del honor -dijo por fin- no me permitiría seguir un curso tan fácil.

–¿Cuántos años tiene, iniciado Dekkeret?

–Nací en el duodécimo año del reinado de lord Confalume.

–Sí, en ese caso su sentido del honor seguirá causándole escozor. Venga, acompáñeme a mirar este mapa.

La mujer se levantó resueltamente. Dekkeret no esperaba que fuera tan alta, casi igualaba su estatura, y ese detalle le confería una apariencia de fragilidad. Su cabello, moreno y muy rizado, emitía una fragancia sorprendente que destacaba incluso sobre el aroma del fuerte vino. Golator Lasgia tocó la pared y apareció un mapa de Suvrael en brillantes tonalidades ocre y castaño rojizo.

–Esto es Tolaghai -dijo ella, tocando la punta noroeste del continente-.

Las tierras de pasto están aquí. – Indicó una franja que empezaba a mil o mil doscientos kilómetros tierra adentro y se extendía en irregular círculo alrededor del desierto, en el corazón de Suvrael-. De Tolaghai parten tres puntos principales al territorio ganadero. Ésta es la primera. En la actualidad está azotada por tormentas de arena y ninguna clase de transporte puede usarla con seguridad. Ésta es la segunda ruta: aquí tenemos algunos problemas con bandidos cambiaspectos, y también está cerrada a los viajeros. La tercera ruta es la del paso de Khulag, pero esa carretera ha caído en desuso últimamente, y un brazo del gran desierto ha empezado a invadirla. ¿Se percata de los problemas?

Dekkeret se esforzó en mantener la calma.

–Dado que Suvrael se dedica a criar ganado para exportarlo, y puesto que todas las rutas entre las tierras de pasto y el puerto principal están bloqueadas, ¿es correcto afirmar que la falta de pasto es la verdadera causa del reciente descenso en la exportación de ganado?

Golator Lasgia sonrió.

–Hay otros puertos. En ellos embarcamos la producción en la situación actual.

–Bien, entonces, si voy a uno de esos puertos, encontraré una carretera que me lleve al territorio ganadero.

La mujer volvió a tocar el mapa.

–Desde el invierno pasado el puerto de Natu Gorvinu es el centro del comercio ganadero. Es éste, en la parte oriental, frente a la costa de Alhanroel, a diez mil kilómetros de aquí.

–Diez mil…

–Hay pocas razones para el comercio entre Tolaghai y Natu Gorvinu.

Una vez al año, quizá, un barco va de un sitio a otro. Por vía terrestre la situación es peor, porque las carreteras que salen de Tolaghai no se conservan al este de Kangheez…-indicó una ciudad a mil kilómetros de distancia- y más allá, ¿quién sabe? El continente no está excesivamente poblado.

–¿Entonces ¿no hay forma de llegar a Natu Gorvinu?-dijo Dekkeret, perplejo.

–Hay una forma. Por barco desde Tolaghai hasta Stoien, en Alhanroel, y desde Stoien hasta Natu Gorvinu. Sólo tardará poco más de un año. Cuando usted llegue de nuevo a Suvrael y penetre hacia el interior, claro está, la crisis que ha venido a investigar seguramente habrá concluido. ¿Otro frasco de vino dorado, iniciado Dekkeret?

Muy aturdido, Dekkeret aceptó el vino. Las distancias le habían dejado estupefacto. Otro horrendo viaje por el Mar Interior, volver a su continente natal, Alhanroel, únicamente para dar media vuelva y hacer una tercera travesía en dirección a la punta opuesta de Suvrael para acabar averiguando, tal vez, que mientras tanto habían cerrado las carreteras del interior, y… no.

No. Una penitencia no podía prolongarse tanto. Mejor abandonar la misión que someterse a tales absurdos.

–Es tarde -dijo Golator Lasgia mientras él seguía dudando- y sus problemas precisan larga consideración. ¿Ha hecho planes para cenar, iniciado Dekkeret?

De pronto, de un modo sorprendente, los oscuros ojos de la mujer emitieron un malicioso fulgor muy familiar.

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