Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Robert Silverberg · Capítulo 35 de 42

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Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Capítulo 7

Inyanna hizo numerosos robos, y los hizo bien. Su primera y terrible aventura en el mundo del robo tuvo continuación en muchas otras durante los siguientes días. Vagó libremente por el Gran Bazar, a veces acompañada de cómplices, a veces sola, sirviéndose lo que le apetecía. Fue tan fácil que casi llegó a pensar que no era un delito. El Bazar siempre estaba atestado: la población de Ni-moya, al parecer, se acercaba a los treinta millones de habitantes, y era como si todos estuvieran constantemente en los locales comerciales. Había un constante, aplastante flujo de gente. Los vendedores eran muy descuidados dado el acoso que sufrían; siempre estaban atormentados por preguntas, discusiones, clientes difíciles, inspectores.

Actuar entre el río de seres, cogiendo todo lo que se deseaba, apenas era difícil.

La mayor parte del botín se vendía. Un ladrón profesional podía conservar algún artículo para su uso personal, y siempre comía mientras trabajaba, pero casi todo lo robaba con la intención de efectuar una inmediata reventa. Esa tarea era responsabilidad de los yorts que vivían con la familia de Agourmole. Eran tres, Beyork, Hankh y Mozinhunt, y formaban parte de una amplia red de distribución de genero hurtado, una cadena de yorts que sacaban mercancías del Bazar y las introducían en canales de venta al por mayor (muchas veces el producto robado era adquirido otra vez por el mismo comerciante que había sufrido el robo).

Inyanna no tardó en aprender qué cosas interesaban a los yorts y qué artículos no merecían fatigas. Puesto que era nueva en Ni-moya, Inyanna tuvo especiales facilidades en su trabajo. No todos los comerciantes del Gran Bazar se mostraban complacientes con el gremio de ladrones, y algunos conocían de vista a Liloyve, Athayne, Sidoun y otros miembros de la familia y les ordenaban salir de la tienda en el mismo instante que los veían. Pero el joven que se llamaba Kulibhai era desconocido en el Bazar, y puesto que Inyanna elegía todos los días un sector distinto del casi infinito lugar, pasarían años antes de que las víctimas llegaran a familiarizarse con ella.

Los riesgos del trabajo no provenían tanto de los vendedores, empero, como de los ladrones de otras familias. Estos últimos tampoco conocían a Inyanna, y su vista era más rápida que la de los tenderos. Tres veces durante

los diez primeros días Inyanna fue sorprendida por otro ladrón. Al principio era terrible notar una mano apretada en la muñeca. Pero Inyanna conservaba la serenidad y, mirando al otro sin pánico, se limitaba a decir, «Estás cometiendo un abuso. Soy Kulibhai, hermano de Agourmole». El rumor se propagó con rapidez. Después del tercer incidente de ese tipo, Inyanna no sufrió más molestias.

Hacer ella misma esas intervenciones fue problemático. Al principio le era imposible diferenciar a los ladrones legítimos de los ilegítimos, y dudaba en el momento de aferrar la muñeca de alguien que, por lo que ella sabía, podía haber estado hurtando en el bazar desde los tiempos de lord Kinniken. Con el tiempo le fue sorprendentemente fácil detectar los hurtos, pero si no iba acompañada de otro ladrón del clan de Agourmole para consultarle, no tomaba medidas. Poco a poco fue conociendo a muchos ladrones autorizados de otras familias, pero prácticamente todos los días veía un rostro desconocido que manoseaba los artículos de algún vendedor, y por fin, después de varias semanas en el Bazar, Inyanna se sintió impulsada a actuar. Si topaba con un ladrón auténtico, siempre podía pedir perdón. Pero la esencia del sistema era que ella era vigilante además de ladrona, y sabía que no estaba cumpliendo la primera tarea. Inyanna actuó por primera vez con una mugrienta jovencita que estaba robando verduras; apenas tuvo tiempo para abrir la boca, porque la chica soltó el botín y huyó aterrorizada. El siguiente caso fue el de un ladrón veterano, un pariente lejano de Agourmole que le explicó amistosamente el error que había cometido. Y el tercer ladrón, desautorizado pero impasible, respondió a las palabras de Inyanna con despreciativas maldiciones y veladas amenazas; Inyanna replicó, tranquila y falsamente, que otros siete ladrones del gremio estaban observando y tomarían inmediatas medidas si había problemas.

Después de este incidente Inyanna perdió el miedo, y actuó con gran resolución y confianza siempre que le pareció apropiado.

Tampoco los robos turbaron su conciencia, después de superado el aprendizaje. Le habían enseñado a temer la venganza del Rey de los Sueños si se aventuraba en el pecado -pesadillas, tormentos, fiebre en el alma en cuanto cerrara los ojos- pero una de dos: o el Rey no consideraba pecado esta clase de ratería, o él y sus sirvientes no tenían tiempo para ocuparse de Inyanna por tener que castigar a peores criminales. Fuera cual fuera el motivo, el Rey no hizo ningún envío a la ex tendera. De vez en cuando

Inyanna soñaba con él, un viejo y feroz ogro que emitía malas noticias desde el ardiente desierto de Suvrael, mas eso no era anormal; el Rey se introducía de tiempo en tiempo en los sueños de todos los ciudadanos, y ello carecía de importancia. Algunas veces Inyanna soñó también con la bendita Dama de la Isla, la apacible madre de la Corona, Lord Malibor, y tuvo la impresión de que aquella dulce mujer sacudía tristemente la cabeza, como si quisiera decir que estaba muy desilusionada con su hija Inyanna.

Pero la Dama estaba facultada para hablar con más vigor a las personas que se habían apartado de su camino, y no había hablado así a Inyanna. Falta de corrección moral, la nueva ladrona no tardó en considerar su profesión como algo natural. No era un delito, se trataba de una simple redistribución de artículos. Al fin y al cabo, nadie sufría graves perjuicios.

Un día aceptó como amante a Sidoun, el hermano mayor de Liloyve.

Era un joven de menor estatura que Inyanna, y tan huesudo que era difícil abrazarle sin hacerse daño. Pero se trataba de un hombre amable y considerado, que tocaba muy bien el arpa de bolsillo y cantaba viejas baladas con una clara voz de tenor. Cuanto más salía con él a robar, más agradable le resultaba su compañía. Se hicieron ciertos arreglos en el cubil de Agourmole, y los amantes pudieron pasar juntos las noches. Liloyve y el resto de ladrones consideraron encantador el inesperado acontecimiento.

Acompañada de Sidoun, Inyanna erró cada vez más lejos por la gran ciudad. Eran tan eficientes actuando en equipo que a menudo completaban su cupo de hurtos en un par de horas, y así tenían libre el resto de la jornada, porque no era conveniente exceder el cupo personal: el contrato social del Gran Bazar permitía a los ladrones robar ciertas cantidades de artículos, y nada más, con impunidad. De ese modo Inyanna hizo excursiones a las deliciosas afueras de Ni-moya. Uno de sus lugares favoritos era el Parque de Bestias Fabulosas del montañoso barrio de Gimbeluc, donde se podía pasear entre animales de otras eras, desalojados de sus dominios por el avance de la civilización en Majipur. Inyanna vio rarezas tales como dimiliones de temblorosas patas, frágiles tajahojas de largo cuello que doblaban la estatura de un skandar, delicados sigimoines que andaban de puntillas y tenían peludas colas a ambos lados, y los torpes zampidunes de enorme pico que en otros tiempos oscurecían el cielo de Ni-moya cuando volaban en grandes bandadas y que en la actualidad sólo existían en el parque y en los emblemas oficiales de la ciudad. Mediante

cierta magia ideada en tiempos remotos, la proximidad de una de esas criaturas iba acompañada por voces que surgían del suelo para informar a los visitantes del nombre y hábitat original del animal correspondiente.

Además el parque poseía claros encantadoramente apartados, donde Inyanna y Sidoun pasearon cogidos de la mano sin apenas hablar, ya que éste era hombre de pocas palabras.

En varias ocasiones dieron paseos en barco por el Zimr y por el lado de Nissimorn, y visitaron la garganta del cercano río Steiche; un larguísimo recorrido por ese río les habría llevado al prohibido territorio de los cambiaspectos. Pero se trataba de un viaje río arriba de muchas semanas, y la pareja sólo llegó a los pueblos pesqueros de los líis, al sur de Nissimorn, donde compraron pescado fresco para merendar en la playa, nadar y tumbarse al sol. En noches sin luna visitaron el Bulevar de Cristal, donde los reflectores giratorios formaban deslumbrantes dibujos de luz, y contemplaron asombrados las cajas propagandísticas de las grandes compañías de Majipur, un museo callejero de costosos productos, una exhibición tan espléndida y exuberante que ni el ladrón más arrojado se atrevía a cometer un robo. Y la pareja cenó con frecuencia en los restaurantes flotantes, algunas veces acompañados por Liloyve, que gozaba en estos lugares más que en cualquier otro sitio de la ciudad. Todas las islas eran copias en miniatura de remotos territorios del planeta. Plantas y animales característicos medraban en ellas, y platos y vinos eran una peculiaridad del lugar. Había un restaurante de la ventosa Piliplok, donde los habitantes que podían permitírselo comían carne de dragón marino, otro de la húmeda Narabal con sus ricas bayas y suculentos helechos, otro de la soberbia Stee en el Monte del Castillo, otro de Stoien, otro de Pidruid, otro de Til-omon… pero ninguno de Velathys se enteró Inyanna sin sorpresa alguna. Tampoco la capital metamorfa, Ilirivoyne, gozaba del privilegio de estar representada en una isla, ni la soleada y cruel Tolaghai de Suvrael, porque Tolaghai e Ilirivoyne eran lugares aborrecidos por casi todos los habitantes de Majipur, y Velathys pasaba inadvertida.

Sin embargo, el lugar favorito de Inyanna entre todos los que visitó con Sidoun en esas tardes y noches de ocio fue la Galería Telaraña. Ese edificio de casi dos kilómetros de longitud, suspendido a gran altura sobre la calle, contenía las tiendas más elegantes de Ni-moya, es decir las más elegantes del continente de Zimroel y de Majipur si se exceptuaban las opulentas

ciudades del Monte del Castillo. Cuando iban allí, Inyanna y Sidoun vestían su mejor ropa, robada en los más selectos establecimientos del Gran Bazar, que no era nada comparada con las prendas exhibidas por los aristócratas, pero sí muy superior a su vestimenta cotidiana. Inyanna disfrutaba librándose de las prendas masculinas que llevaba para desempeñar el papel de Kulibhai el ladrón; en esas visitas podía vestir apretadas túnicas de color púrpura y verde, y dejarse suelto el largo cabello rojo. Con las puntas de los dedos suavemente apretadas a las manos de Sidoun, Inyanna recorrió el gran paseo de la Galería y se permitió el placer de fantasear mientras examinaba joyas, antifaces de plumas, pulidos amuletos y chucherías metálicas que estaban a la venta, por dos puñados de relucientes reales, para los realmente ricos. Ninguno de esos objetos sería suyo nunca, e Inyanna lo sabía, porque un ladrón que progresara tanto como para darse esos lujos sería un peligro para la estabilidad del Gran Bazar. Pero bastaba con el gozo de limitarse a ver los tesoros de la Galería Telaraña, y aparentar.

En una de estas salidas a la Galería Telaraña, Inyanna se cruzó por casualidad con Calain, hermano del duque.

Naturalmente Inyanna no tenía la menor idea de lo que iba a pasar. Lo único que pensó es que iba a hacer un inocente flirteo, parte de la aventura en la fantasía que una visita a la Galería debía ser. Era una apacible noche de finales de verano y ella vestía una de sus túnicas más ligeras, un simple tejido menos substancial que la misma telaraña de la Galería. Y ella y Sidoun se hallaban en la tienda de tallas de hueso de dragón, examinando las extraordinarias obras maestras, no mayores que un pulgar, de un capitán de barco, un skandar que creaba enredos de astillas de marfil, piezas totalmente increíbles. En ese momento entraron en el local cuatro hombres con típicas vestimentas de la nobleza. Sidoun se ocultó al momento en un oscuro rincón, porque sabía que su ropa, su porte y el corte de su cabello no le señalaban como igual de los recién llegados. Pero Inyanna, consciente de que las líneas de su cuerpo y la serena mirada de sus ojos verdes podían compensar toda clase de deficiencias de porte, se atrevió a permanecer ante el mostrador. Uno de los hombres observó la talla que la joven tenía en la mano.

–Si la compra -dijo-, obrará muy bien.

–Aún no estoy decidida -replicó Inyanna.

–¿Me permite verla?

Inyanna puso la talla suavemente en la palma del otro, y al mismo tiempo hizo que sus ojos entraran en descarado contacto con los del desconocido. Éste sonrió, pero dedicó toda su atención a la pieza de marfil, la esfera de Majipur hecha con deslizantes fragmentos de hueso.

–¿Qué vale? – preguntó al propietario al cabo de unos momentos.

–Obsequio de la casa -respondió el vendedor, un enjuto y austero gayrog.

–Perfectamente. Y un obsequio mío para usted -dijo el noble, volviendo a poner la chuchería en la mano de la atónita Inyanna. La sonrisa del desconocido era más íntima-. ¿Es usted de Ni-moya? – preguntó tranquilamente.

–Vivo en Strelain -dijo Inyanna.

–¿Suele cenar en la Isla de Narabal?

–Cuando estoy de humor.

–Perfecto. ¿Le gustaría estar allí mañana con la puesta de sol?

Encontrará a alguien ansioso de conocerla.

Reprimiendo su sorpresa, Inyanna asintió. El noble hizo una inclinación de cabeza y se volvió. Compró tres minúsculas tallas, dejó una bolsa de monedas en el mostrador y se marchó con sus tres acompañantes. Inyanna contempló maravillada la obra de arte que tenía en la mano. Sidoun salió de las sombras.

–¡Eso vale diez reales! ¡Véndelo al mismo comerciante!

–No -dijo ella. Y dirigiéndose al vendedor inquirió-: ¿Quién era ese hombre?

–¿No lo conoce?

–Si lo conociera no le preguntaría su nombre.

–Claro, claro. – El gayrog emitió silbidos-. Es Durand Livolk. Es el chambelán del duque.

–¿Y los otros tres?

–Dos están al servicio del duque, y el tercero es compañero del hermano del duque, Calain.

–Ah -dijo Inyanna. Levantó la esfera de marfil-. ¿Podría montar esto en una cadena?

–Sólo tardaré un momento.

–¿Qué valdrá una cadena digna de este objeto? El gayrog le lanzó una larga, calculadora mirada.

–La cadena es un simple accesorio de la talla. Y puesto que la talla fue un obsequio, así será con la cadena.

El vendedor dispuso finos eslabones de oro en la bola de marfil y metió la joya en una cajita de reluciente piel de estaca.

–¡Por lo menos veinte reales, con la cadena! – murmuró Sidoun, perplejo, en cuanto salieron de la tienda-. ¡Llévalo a esa tienda y véndelo, Inyanna!

–Es un obsequio -dijo ella tranquilamente-. Lo luciré mañana por la noche, cuando cene en la Isla de Narabal.

Pero no podía acudir a la cena con la túnica que llevaba puesta. Y

encontrar otra tan fina y elegante en las tiendas del Gran Bazar precisó dos horas de diligente trabajo al día siguiente. Pero por fin Inyanna encontró una que era lo más próximo a la desnudez y empero envolvía todo su cuerpo en misterio. Ésa fue la túnica que vistió en la Isla de Narabal, con la talla de marfil suspendida entre sus pechos.

En el restaurante no fue preciso identificarse. Al salir del transbordador, Inyanna fue recibida por un vroon serio y señorial vestido con librea ducal, que la guió por las exuberantes arboledas de parras y helechos hasta llegar a un umbroso cenador, apartado y fragante, en una parte de la isla separada del sector principal por densas espesuras. Tres personas aguardaban a Inyanna en una fulgurante mesa de madera de flor nocturna bajo una maraña de enredaderas cuyos tallos, gruesos y pilosos, soportaban el peso de enormes flores globulares de color azul. Uno de los presentes era Durand Livolk, el hombre que había regalado a Inyanna la talla de marfil. Había una mujer, esbelta y morena, tan elegante y resplandeciente como la misma mesa. Y el tercer comensal era un hombre que casi doblaba la edad de Inyanna, de constitución delicada, con finos labios muy apretados y suaves facciones. Los tres iban vestidos con tanto esplendor que Inyanna imaginó ir vestida con andrajos. Durand Livolk se levantó tranquilamente y se acercó a la recién llegada.

–Esta noche la encuentro más encantadora todavía -murmuró-. Bien, ahora conocerá a unos amigos. Ésta es mi compañera, lady Tisiorne. Y

éste…

El hombre de frágil aspecto se levantó.

–Soy Calain de Ni-moya -se limitó a decir, en voz suave y dulce.

Inyanna se sintió confusa, pero sólo un momento. Había pensado que el chambelán del duque se interesaba por ella, y en ese instante comprendió que Durand Livolk sólo la había invitado en nombre del hermano del duque. Esa revelación encendió indignación en Inyanna, pero el fuego se apagó enseguida. ¿Por qué ofenderse? ¿Cuántas jóvenes de Ni-moya tenían la oportunidad de cenar en la Isla de Narabal con el hermano del duque? Si alguien creía que estaba utilizándola, muy bien. También ella pretendía aprovecharse del intercambio.

Había un lugar disponible para ella junto a Calain. Inyanna se sentó y el vroon llegó con una bandeja de licores, todos desconocidos, de colores que se mezclaban, formaban remolinos y fosforescían. Inyanna eligió uno al azar: olía a niebla de la montaña, y le produjo inmediato picor en mejillas y oídos. De arriba llegaba el chapaleteo de una llovizna, y las gotas caían en las grandes y lustrosas hojas de árboles y enredaderas, pero no en los comensales. Las ricas plantas tropicales de la isla, habían dicho a Inyanna, se conservaban mediante frecuentes lluvias artificiales que imitaban el clima de Narabal.

–¿Tiene algún plato favorito aquí? – dijo Calain.

–Preferiría que usted pidiera por mí.

–Como guste. No tiene acento de Ni-moya.

–Velathys -replicó Inyanna-. Llegué aquí el año pasado.

–Inteligente traslado -dijo Durand Livolk-. ¿Cuál fue el motivo?

Inyanna se echó a reír.

–Creo que explicaré esa historia en otro momento, si me lo permiten.

–Su acento es encantador -dijo Calain-. Aquí raramente conocemos gente de Velathys. ¿Es una ciudad hermosa?

–No lo creo, mi señor.

–Pero está cobijada en las Gonghar… Debe ser hermoso ver esas enormes montañas por todos los alrededores.

–Quizá. Te acostumbras a esas cosas cuando has pasado toda tu vida viéndolas. Es posible que hasta Ni-moya pareciera vulgar a una persona que ha crecido aquí.

–¿Dónde vive? – preguntó la mujer, Tisiorne.

–En Strelain -dijo Inyanna. Y a continuación, con malicia, porque había bebido otra copa de licor y notaba el efecto, añadió-: En el Gran Bazar.

–En el Gran Bazar -dijo Durand Livolk.

–Sí. Bajo la calle de las tiendas de queso.

–¿Y por qué motivo vive allí? – dijo Tisiorne.

–Oh -respondió Inyanna despreocupadamente- para estar cerca de mi lugar de trabajo.

–¿En la calle de las tiendas de queso? – dijo Tisiorne, con el horror deslizándose en su tono.

–Me ha entendido mal. Trabajo en el Bazar, pero no para los comerciantes. Soy ladrona.

La palabra salió de sus labios como un rayo que cae en una cumbre.

Inyanna vio que la súbita expresión de asombro pasaba de Calain a Durand Livolk. El color subió de tono en las mejillas del chambelán. Pero se trataba de aristócratas, gente con aristocrática serenidad. Calain fue el primero en recobrarse de su perplejidad.

–Siempre he opinado -dijo, sonriendo con naturalidad-que esa profesión exige gracia y rapidez de reflejos. – Acercó su vaso al de Inyanna-. Te saludo, ladrona que afirma serlo. Eso demuestra una honradez que pocas personas tienen.

Volvió el vroon, con una gran fuente de porcelana llena de bayas de color azul claro, de apariencia cerosa, con puntos blancos. Eran zokas, una fruta conocida por Inyanna. Era la fruta favorita de Narabal, y se decía que enardecía la sangre y provocaba pasiones. Inyanna cogió varias bayas, Tisiorne sólo una, Durand Livolk un puñado y Calain muchas más. Inyanna se percató de que el hermano del duque comía las frutas con semillas incluidas; se aseguraba que ése era el método más eficaz. Tisiorne rechazó las semillas de su zoka, detalle que provocó una torcida sonrisa de Durand Livolk. Inyanna no imitó a Tisiorne.

Luego sirvieron vinos, bocados de pescado sazonado con especias, ostras que flotaban en sus propios jugos, un plato de diminutas setas de suave olor pastel y, como remate, una pierna de aromática carne: la pata de un gigantesco bilantún de los bosques del este de Narabal, según explicó Calain. Inyanna comió frugalmente, un bocadito de esto, un bocadito de aquello. Era el comportamiento correcto, y también el más sensato. Al cabo de un rato llegó un grupo de skandars que realizó prodigiosos ejercicios con antorchas, cuchillos y hachas y se ganó el sincero aplauso de los cuatro comensales. Calain lanzó una reluciente moneda (una pieza de cinco reales, vio asombrada Inyanna) a los rudos seres de cuatro brazos. Después llovió

otra vez, aunque nadie se mojó, y más tarde, tras otra ronda de licores, Durand Livolk y Tisiorne se excusaron elegantemente y dejaron solos a Calain e Inyanna, sentados en la nebulosa oscuridad.

–¿De verdad eres ladrona? – dijo Calain.

–De verdad. Pero ése no era mi plan original. Era propietaria de una tienda de artículos diversos en Velathys.

–¿Y luego?

–La perdí por culpa de un timo -dijo ella-. Y llegué sin un peso a Ni-moya. Necesitaba trabajar, y encontré a unos ladrones que me parecieron considerados y simpáticos.

–Y ahora has encontrado ladrones de mayor categoría -dijo Calain-. ¿No estás inquieta por ello?

–No me dirás que te consideras un ladrón…

–He llegado a ocupar una posición elevada sólo porque nací en una buena familia. No trabajo, excepto para ayudar a mi hermano cuando me necesita. Vivo esplendorosamente, mejor que cualquier persona puede imaginar. No merezco nada de todo esto. ¿Has visto mi hogar?

–Lo conozco muy bien. Sólo desde fuera, claro.

–¿Te gustaría verlo por dentro esta noche?

Inyanna recordó brevemente a Sidoun, que estaría aguardando en la habitación de blanqueada piedra en el sótano de la calle de los queseros.

–Mucho -dijo Inyanna-. Y cuando lo hayamos visto, te explicaré una historia, sobre mí, Vista de Nissimorn y el motivo que me trajo a Ni-moya.

–Será muy divertida, estoy seguro. ¿Nos vamos?

–Sí -dijo Inyanna-. Pero… ¿será mucha molestia si paso primero por el Gran Bazar?

–Disponemos de toda la noche -dijo Calain-. No hay prisa.

Llegó el uniformado vroon, que iluminó el camino por los selváticos jardines hasta llegar al muelle de la isla, donde aguardaba un transbordador privado. El barco les trasladó a la ciudad. Un flotador callejero esperaba allí, e Inyanna no tardó en llegar a la plaza de la Puerta de Pidruid.

–Sólo será un momento -musitó Inyanna.

Como un fantasma con su frágil y suelta túnica, Inyanna se abrió paso rápidamente entre el gentío que incluso a esa hora atestaba el Bazar. Bajó al cubil del sótano. Los ladrones estaban congregados alrededor de una mesa, jugando con cubiletes de vidrio y dados de ébano. Vitorearon y aplaudieron

la espléndida entrada de Inyanna, pero la joven respondió solamente con una sonrisa, fugaz y nerviosa, y habló aparte con Sidoun.

–Me voy otra vez -dijo en voz baja-, y no volveré esta noche. ¿Podrás disculparme?

–No todas las mujeres consiguen el cariño del chambelán del duque.

–No es el chambelán del duque -dijo ella-. Es el hermano del duque. –

Rozó los labios de Sidoun con los suyos. El joven tenía los ojos vidriosos, tal era la sorpresa que le habían producido las palabras de Inyanna-.

Mañana iremos al Parque de Bestias Fabulosas, ¿eh, Sidoun?

Volvió a besarle y entró en su dormitorio para coger el frasco de leche de dragón que guardaba bajo la almohada, donde había estado oculto varios meses. Se detuvo en la habitación principal ante la mesa de juego, se inclinó junto a Liloyve y abrió la mano para mostrar el frasco. Los ojos de su amiga se abrieron desmesuradamente.

–¿Recuerdas para qué guardaba esto? – dijo, guiñando un ojo-. Tú me dijiste, «Compártela con Calain, la noche que te invite a cenar en Vista de Nissimorn». Así que…

Liloyve se quedó con la boca abierta. Inyanna volvió a guiñarle el ojo, la besó y se fue.

Esa noche, cuando sacó el frasco y lo ofreció al hermano del duque, Inyanna se preguntó con repentino pánico si no estaría cometiendo una grave infracción de la etiqueta al sugerir el uso de un afrodisíaco, dando a entender que podía ser aconsejable. Pero Calain no dio muestras de ofenderse. Le afectó mucho, o fingió que le afectaba, el regalo de Inyanna.

Fue todo un espectáculo verle verter la leche azul en tazas de porcelana, tan delicadas que parecían transparentes. Con gran ceremonia, Calain puso una taza en la mano de Inyanna, alzó la otra e hizo un brindis. La leche de dragón era extraña y amar-ga. Inyanna tuvo problemas para tragarla, pero no dejó una gota, y casi al instante notó un calor que vibraba en sus muslos.

Calain sonrió. Se hallaban en el salón de las ventanas de Vista de Nissimorn, donde una sola franja de vidrio rodeada de oro ofrecía una vista de trescientos sesenta grados del puerto de Ni-moya y la distante orilla meridional del río. Calain tocó un botón. La enorme ventana se hizo opaca.

Una cama circular surgió lentamente del suelo. Calain cogió de la mano a Inyanna y la atrajo hacia el lecho.

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