Majipur 3 - Crónicas de Majipur
Capítulo 2
Al cabo de un largo rato volvió a la choza. Vismaan estaba igual que lo había dejado, tumbado con los brazos rígidos juntos a los costados, y no parecía moverse, aparte de la perpetua agitación serpentina de su cabello.
¿Dormido? ¿Pese a que había dicho que no necesitaba dormir? Thesme se acercó al gayrog y observó la extraña, enorme figura que ocupaba su cama.
Los ojos estaban abiertos, y Thesme vio que esos ojos la seguían.
–¿Cómo se siente? – preguntó.
–No muy bien. Caminar por la selva fue más difícil de lo que yo pensaba.
Thesme puso la mano en la frente del gayrog. La dura y escamosa piel tenía un tacto frío. Pero lo absurdo del gesto hizo sonreír a Thesme. ¿Cuál era la temperatura normal de un gayrog? ¿Estaban expuestos a la fiebre? Y
si era así, ¿cómo comprobarlo? Los gayrogs eran reptiles, ¿no? ¿Acaso un reptil sufría altas temperaturas corporales cuando estaba enfermo? De repente todo el problema, la idea de cuidar a una criatura de otro mundo, parecía ridícula.
–¿Por qué toca mi cabeza? – preguntó él.
–Es lo que se hace cuando un hombre está enfermo. Comprobar si hay fiebre. Aquí no tengo instrumentos médicos. ¿Sabe a qué me refiero cuando hablo de fiebre?
–Temperatura anormal en el cuerpo. Sí. Mi temperatura es alta en estos momentos.
–¿Tiene dolor?
–Muy poco. Pero mis sistemas vitales están trastornados. ¿Podría darme agua?
–Claro. ¿Tiene hambre? ¿Qué cosas come normalmente?
–Carne. Cocinada. Y frutas y vegetales. Y mucha agua.
Thesme fue a buscar agua. El gayrog se incorporó con dificultad. Estaba más débil que cuando iba renqueante por la jungla. Seguramente debía padecer una retrasada reacción a las heridas… y apuró el tazón en tres voraces tragos.
–Más -dijo, y Thesme sirvió un segundo tazón.
El cántaro de agua estaba casi vacío, y Thesme salió a llenarlo en la fuente. Arrancó varias zocas de la cepa, y las ofreció al gayrog. Vismaan
sostuvo las blancoazuladas bayas a prudente distancia, como si ése fuera el único modo de concentrar la vista adecuadamente, y las hizo girar entre dos dedos. Sus manos eran casi humanas, observó Thesme, aunque tenían dos dedos más y no había uñas, sólo bordes laterales y escamo-sos a lo largo de las dos primeras articulaciones.
–¿Cómo se llama esta fruta? – inquirió Vismaan.
–Es el fruto de los zokos. Crecen por todo Narabal. Si le gustan, puedo traerle tantas como quiera.
Vismaan probó recelosamente una zoka. Entonces su lengua aleteó con más rapidez, y devoró el resto de bayas y extendió la mano para pedir más.
Thesme recordó la fama de las zokas como afrodisíacos, pero apartó la mirada para ocultar su sonrisa, y decidió no comentar el detalle. Vismaan se había descrito como varón, de modo que los gayrogs eran de dos sexos, pero… ¿copulaban? Thesme tuvo una repentina, extravagante visión de gayrogs varones arrojando chorros de leche por orificios ocultos, y el líquido introduciéndose en tubos sobre los que se ponían los gayrogs hembras para fertilizarse. Eficaz aunque nada romántico, pensó Thesme, y se preguntó si ése sería realmente el método. Fertilización a distancia, igual que peces, como serpientes.
Preparó la cena del gayrog: zokas, calimbotes fritos y pequeños y deliciosos hiktiganes, animales de numerosas patas que atrapaba en el arroyo. No quedaba vino, pero recientemente Thesme había preparado un jugo fermentado aprovechando frutas gruesas y rojizas cuyo nombre desconocía, y ofreció un vaso a Vismaan. El apetito del gayrog era saludable. Después Thesme le preguntó si le permitía examinarle la pierna, y Vismaan contestó que sí.
La fractura se hallaba más arriba de la rodilla, en la parte más ancha del muslo. Pese al grosor de la escamosa piel, había muestras de hinchazón.
Thesme apoyó suavemente los dedos en la herida y apretó. Vismaan emitió un tenue sonido sibilante, pero aparte de eso no dio señales de que la mujer estuviera aumentando sus molestias. Thesme pensó que algo se movía dentro del muslo. ¿Los extremos rotos del hueso, quizá? ¿Tenían huesos los gayrogs? Sé tan poco, pensó Thesme desconsolada, sobre los gayrogs, sobre artes curativas, sobre todo.
–Si fuera un hombre -dijo- usaríamos máquinas para examinar la fractura, uniríamos el lugar roto y lo ataríamos hasta que se soldara. ¿Se
hace lo mismo entre su gente?
–El hueso se soldará solo -replicó él-. Uniré los fragmentos mediante contracciones musculares y los mantendré quietos hasta la curación. Pero tendré que estar echado varios días, de forma que el peso de la pierna no abra la fractura cuando me levante. ¿Le importa que me quede tanto tiempo?
–Quédese tanto tiempo como quiera. Tanto tiempo como haga falta.
–Es usted muy amable.
–Mañana iré a la ciudad para comprar suministros. ¿Desea algo en especial?
–¿Tiene cubos de diversión? ¿Música, libros?
–Tengo algunos. Puedo conseguir más mañana.
–Hágalo, por favor. Las noches serán muy largas para mí, echado aquí sin dormir. Mi pueblo es un gran consumidor de diversión, ¿sabe?
–Traeré todo lo que encuentre -prometió Thesme.
Le dio tres cubos -una comedia, una sinfonía y una composición de color- y emprendió la limpieza después de la cena. Había caído la noche, tan temprano como siempre, en una región tan próxima al ecuador. Thesme oyó el ruido de la lluvia que empezaba a caer una vez más. De ordinario habría leído un rato, hasta que fuera demasiado oscuro, y después se habría acostado. Pero esa noche todo era distinto. Una misteriosa criatura reptil ocupaba su cama; le disgustaba tener que preparar otra cama para ella en el suelo; y tanta conversación, la primera charla que sostenía desde hacía muchas semanas, había dejado su mente zumbando con desacostumbrada viveza. Vismaan parecía satisfecho con los cubos. Thesme salió afuera y recogió hojas de burbujabustos, dos brazadas y luego otras dos, y las extendió en el suelo cerca de la entrada de la choza. Después se acercó al gayrog y le preguntó si podía hacer algo por él. Vismaan respondió con un suave gesto negativo de la cabeza, sin apartar la atención del cubo. Thesme le deseó buenas noches y se acostó en la improvisada cama. Era bastante cómoda, más que lo que cabía esperar. Pero dormir fue imposible. Thesme se volvió de lado, luego del otro lado, y así sucesivamente, sintiéndose trabada y rígida, y la presencia de otra persona a pocos metros de distancia parecía anunciarse mediante un palpable latido en su corazón. Y el olor del gayrog, penetrante e ineludible… Thesme había logrado ignorarlo mientras cenaban, pero ahora, con los nervios de punta, ajustados en la máxima
sensibilidad mientras permanecía tumbada en la oscuridad, Thesme percibía ese hedor casi como si fuera un trompetazo incesante repetido. De vez en cuando se incorporó y miró a Vismaan, que yacía inmóvil y silencioso.
Luego, en algún momento, el sueño se apoderó de ella. Cuando le llegaron los sonidos de la nueva mañana, las numerosas y familiares melodías de silbidos y chillidos, y cuando la primera luz se abrió paso por la entrada de la choza, Thesme despertó sumida en la desorientación particular que suele acaecer cuando se ha dormido profundamente en un lugar que no es la cama habitual. Le costó unos instantes serenarse, recordar dónde estaba y por qué estaba ahí. Vismaan estaba mirándola.
–Ha tenido una noche agitada. Mi presencia le molesta.
–Me acostumbraré. ¿Cómo se siente?
–Entumecido. Dolorido. Pero ya empiezo a mejorar, creo. Noto que todo funciona en mi interior.
Thesme le dio agua y un cuenco de frutas. Luego salió al templado y húmedo amanecer y se zambulló rápidamente en la laguna para bañarse. Al volver a la choza el olor la afectó con renovada fuerza. El contraste entre el aire puro de la mañana y el ambiente interior acre, con olor a gayrog, era notable. Pero la pestilencia no tardó en apagarse en su conciencia una vez más.
–No volveré de Narabal hasta que se haga de noche -dijo mientras se vestía-. ¿Podrá arreglarse solo?
–Déjeme agua y comida al alcance de la mano. Y algo para leer.
–No hay mucha cosa. Le traeré más. Va a ser un día muy silencioso para usted, me temo.
–A lo mejor llegan visitas.
–¿Visitas? – gritó Thesme, consternada-. ¿Quién? ¿Qué clase de visitas?
¡Nadie viene aquí! ¿O se refiere a otro gayrog que viajaba con usted y que debe estar buscándole?
–Oh, no, no. No me acompañaba nadie. Creí que algunos amigos suyos…
–No tengo amigos -dijo solemnemente Thesme.
La frase le pareció estúpida en el mismo instante de pronunciarla.
Melodramática, reflejaba su compasión de sí misma. Pero el gayrog no hizo comentarios, dejó a la mujer sin posibilidad de retractarse, y para disimular
su turbación Thesme se dedicó a la tarea de atar complicadamente su mochila.
Vismaan guardó silencio hasta que Thesme se dispuso a salir.
–¿Es muy hermosa Narabal? – dijo entonces.
–¿No la ha visto?
–Vine por ruta interior desde Til-omon. En Til-omon me dijeron que Narabal es muy hermosa.
–Narabal no es nada -dijo Thesme-. Cabañas. Calles llenas de barro.
Enredaderas que crecen por todas partes, que agrietan los edificios antes de que tengan un año. ¿Le explicaron eso en Til-omon? Se burlaron de usted.
La gente de Til-omon desprecia Narabal. Las dos ciudades son rivales,
¿sabe?… son los dos puertos tropicales más importantes. Si alguien de Til-omon le dijo que Narabal es muy hermosa, era un mentiro-so, estaba bromeando con usted.
–Pero, ¿por qué hacer eso? Thesme se encogió de hombros.
–¿Cómo voy a saberlo? Quizá para que usted saliera más deprisa de Til-omon. En fin, no espere nada de Narabal. Dentro de mil años será algo, supongo, pero ahora mismo es una sucia ciudad fronteriza.
–Es igual, confío en poder visitarla. Cuando mi pierna esté más fuerte,
¿podrá enseñarme Narabal?
–Claro -dijo Thesme-. ¿Por qué no? Pero tendrá un desengaño, se lo prometo. Y ahora tengo que irme. Quiero acabar la caminata antes de las horas más calurosas del día.
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