Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Robert Silverberg · Capítulo 2 de 42

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Majipur 3 - Crónicas de Majipur

Capítulo I

THESME Y EL GAYROG

1

Desde hacía seis meses Thesme vivía sola en una choza construida por ella misma, en la densa jungla tropical aproximadamente a seis kilómetros al este de Narabal, en un lugar donde no llegaban las brisas marinas y donde la enorme humedad ambiental se aferraba a todo como una mortaja de piel.

Era la primera vez que tenía que arreglárselas sin ayuda, y al principio se preguntó si lograría hacerlo. Pero también era la primera vez que debía construir una choza, y lo hizo muy bien. Taló sijaniles jóvenes, recortó la dorada corteza de los troncos, arrastró las resbaladizas y afiladas puntas por el húmedo terreno, las ató con enredaderas y finalmente dispuso de cinco enormes hojas azules de vramma a modo de techo. No era una obra maestra de la arquitectura, pero impedía el paso de la lluvia, y a Thesme no le hacía falta preocuparse del frío. Al cabo de un mes la madera de sijanil, podada como estaba, echó raíces, y de los extremos superiores brotaron correosas hojas, justo por debajo del techo. Y las enredaderas que unían los troncos también seguían vivas, despidiendo carnosos zarcillos rojos que buscaban y encontraban el rico y fértil suelo. De tal forma que la vivienda era una construcción viva que día a día iba haciéndose más cómoda y segura, puesto que las enredaderas se espesaban y los sijaniles cobraban mayor circunferencia. Y Thesme estaba encantada de su casa. En Narabal nada permanecía muerto durante mucho tiempo. El ambiente era caluroso, el sol brillaba con fuerza y las lluvias eran muy abundantes, por lo que todo se transformaba con gran rapidez, con la tumultuosa naturalidad de los trópicos.

Tampoco la soledad fue un problema. Thesme necesitaba apartarse de Ni-moya, donde su vida, por así decirlo, se había torcido: excesiva confusión, excesivo bullicio interno, amigos que se convertían en extraños, amantes que se convertían en enemigos. Ella tenía veinticinco años y necesitaba detenerse, hacer un prolongado examen de todo, cambiar el ritmo de su vida antes de que ese ritmo la despedazara. La jungla era el lugar ideal para ello. Se levantaba temprano, se bañaba en una laguna que compartía con un viejo y perezoso gromwark y un cardumen de minúsculos y cristalinos chichibores, arrancaba su desayuno de un zoko, paseaba, leía,

cantaba, escribía poemas, examinaba las trampas en busca de animales capturados, trepaba a los árboles y tomaba el sol en una hamaca de enredaderas, dormitaba, nadaba, hablaba consigo misma y se acostaba cuando el sol se ponía. Al principio creyó que no tendría suficientes ocupaciones, que pronto se aburriría, pero la realidad fue distinta; las jornadas eran intensas y siempre quedaban varios proyectos para el día siguiente.

Al principio Thesme esperaba ir a Narabal una vez por semana, para comprar productos básicos, para buscar nuevos libros, para asistir a un concierto u obra teatral, incluso para visitar a su familia o a los amigos que aún seguía tratando. Durante un tiempo fue bastante a menudo a la ciudad.

Pero ello representaba el sudor, el pegajoso sudor de casi medio día de caminata, y conforme fue acostumbrándose a la vida en retiro Narabal le pareció cada vez más estruendoso, cada vez más perturbador, con pocas ventajas que compensaran las desventajas. La gente la miraba. Ella sabía lo que opinaban: que era una joven excéntrica, incluso loca, siempre una rebelde y ahora una rebelde muy peculiar que vivía en la jungla, sola, y que se columpiaba en las ramas de los árboles. Así sus visitas fueron espaciándose cada vez más. Sólo iba a la ciudad cuando no tenía más remedio. El día que encontró al gayrog herido hacía más de cinco semanas que no iba a Narabal.

Esa mañana Thesme estaba vagando por una pantanosa zona pocos kilómetros al noroeste de la choza, recogiendo unos hongos dulces y amarillos que se llamaban calimbots. Tenía el morral casi lleno y ya pensaba en regresar cuando vislumbró algo extraño a pocos cientos de metros de distancia: una criatura desconocida con reluciente piel gris de aspecto metálico y gruesas extremidades tubulares, tendida de cualquier modo en el suelo bajo un gran sijanil. Thesme se acordó de un reptil predatorio que su padre y su hermano habían matado hacía tiempo en el canal de Narabal, un ser lustroso, alargado, lento de movimientos, con garras curvadas y una enorme boca dentuda. Pero al aproximarse vio que la criatura tenía forma vagamente humana, con una cabeza enorme y redondeada, largos brazos, fuertes piernas. Pensó que quizás estuviera muerta, pero la criatura se movió un poco cuando Thesme llegó al lugar.

–Estoy herido -dijo la criatura-. He cometido una estupidez y ahora lo estoy pagando.

–¿Puede mover los brazos y las piernas? – preguntó Thesme.

–Los brazos, sí. Me he roto una pierna, y quizá la espalda. ¿Puede ayudarme?

Thesme se agachó y estudió al desconocido. Parecía un reptil, cierto, con brillantes escamas y un cuerpo liso y duro. Los ojos eran verdes y fríos, y nunca parpadeaban. El cabello era una fantástica masa de gruesas espirales negras que se movían solas muy lentamente. La lengua era de serpiente, bífida, de un tono escarlata brillante, y no cesaba de moverse entre los estrechos y descarnados labios.

–¿Qué es usted? – preguntó Thesme.

–Un gayrog. ¿No conoce a mi raza?

–Claro -dijo ella, aunque en realidad sabía muy poco de los gayrogs.

Numerosas especies no humanas se habían establecido en Majipur en los últimos siglos, una auténtica colección de seres extraños invitados por la Corona lord Melikand porque no había bastantes hombres para llenar las inmensidades del planeta. Thesme había oído decir que existían seres de cuatro brazos, de dos cabezas, con tentáculos, y con escamas, lenguas bífidas y cabello serpentino, pero ninguno se había acercado a Narabal, una ciudad al borde de ninguna parte, tan distante de la civilización como pudiera imaginarse. De modo que estaba delante de un gayrog… Extraña criatura, pensó, casi humana por la forma del cuerpo, pero totalmente distinta en todos sus detalles. Una monstruosidad, sí, un ser de pesadilla, aunque no especialmente aterrador. Thesme se compadeció del pobre gayrog, en realidad… Era un vagabundo, doblemente perdido, le-jos de su planeta natal y lejos de cualquier cosa importante de Majipur. Y gravemente herido, además. ¿Qué iba a hacer ella con el gayrog? ¿Desearle buena suerte y abandonarlo a su destino? Ni pensarlo. ¿Ir a Narabal y organizar una misión de rescate? Harían falta dos días como mínimo, suponiendo que alguien quisiera colaborar. ¿Volver con el herido a la choza y cuidarlo hasta que se repusiera? Era lo más apropiado, aun-que… ¿qué iba a ser de su soledad, de su intimidad? Y en cualquier caso, ¿cómo había que cuidar a un gayrog? ¿Realmente deseaba ella asumir la responsabilidad? Y el riesgo, por otro lado. Se trataba de un ser extraño y ella desconocía por completo qué podía esperar de él.

–Soy Vismaan -dijo el gayrog.

¿Era su nombre, su título, o meramente la descripción de su estado?

Thesme no hizo preguntas.

–Me llamo Thesme -dijo-. Vivo en la jungla, a una hora de camino de aquí. ¿Cómo puedo ayudarle?

–Deje que me apoye en usted mientras trato de incorporarme. ¿Cree que tendrá fuerza suficiente?

–Seguramente.

–Es una hembra, ¿verdad?

Thesme sólo vestía unas sandalias. Sonrió y se llevó la mano a los pechos.

–Hembra, sí -dijo.

–Eso pensaba. Yo soy varón y quizá demasiado pesado para usted.

¿Varón? En la entrepierna era tan liso y asexuado como una máquina.

Thesme supuso que los gayrogs tenían el sexo en otra parte. Y si eran reptiles, los senos de Thesme no les significaban indicio alguno respecto a su sexo. Extraño, de todos modos, que el gayrog hubiera tenido que formular la pregunta.

Se arrodilló junto a él, mientras se preguntaba cómo el gayrog iba a levantarse y caminar con una pierna rota. Él pasó un brazo por los hombros de la mujer. El contacto de la piel sobresaltó a Thesme: era una piel fría, seca, rígida, lisa, igual que si él llevara una coraza. Sin embargo la textura no era desagradable, sólo extraña. Un fuerte olor brotaba de aquella piel, un hedor a pantano, acre, con un rastro de miel. Apenas era comprensible que ella no lo hubiera percibido antes, porque era un olor penetrante e insistente; Thesme pensó que la había distraído la sorpresa de toparse con aquel ser. Era imposible ignorar el hedor una vez percibido, y al principio Thesme juzgó que era intensamente desagradable, aunque poco a poco el detalle dejó de preocuparla.

–Procure mantenerse firme. Voy a levantarme.

Thesme se agachó, hundiendo rodillas y manos en la tierra, y para su sorpresa el gayrog logró levantarse con un peculiar movimiento serpentino, apoyándose en Thesme, cargando todo su peso por un instante entre los omoplatos de la mujer de tal modo que ésta jadeó. Luego estuvo erguido, tambaleante, agarrado a una liana que colgaba. Thesme se dispuso a sujetarlo si caía, pero él se mantuvo derecho.

–Esta pierna está rota -explicó a Thesme-. La espalda está herida, pero no rota, creo.

–¿Es fuerte el dolor?

–¿Dolor? No, nosotros sentimos poco dolor. El problema es funcional.

La pierna no me sujetará. ¿Puede buscarme un palo fuerte?

Thesme exploró los alrededores en busca de algo que él pudiera usar como muleta, y al cabo de unos instantes vio la rígida raíz aérea de una liana que colgaba de la bóveda de focalle. La lustrosa raíz negra era gruesa pero frágil, y Thesme la torció hacia adelante y hacia atrás hasta que consiguió arrancar un trozo de dos metros. Vismaan la asió firmemente, pasó el otro brazo alrededor de Thesme y, con mucho cuidado, se apoyó en la pierna sana. Dio un paso sin dificultad, luego otro, otro más, arrastrando la pierna rota. Thesme pensó que el olor corporal del gayrog había cambiado: era más áspero, más avinagrado, menos dulce. La tensión de andar, sin duda. Probablemente el dolor era menos trivial que lo que Vismaan deseaba hacer creer a la mujer. Pero había conseguido moverse, en cualquier caso.

–¿Cómo se lastimó? – preguntó Thesme. desconocía por completo qué podía esperar de él.

–Trepé a este árbol para inspeccionar el territorio. No resistió mi peso.

Señaló el delgado y reluciente tronco del alto sijanil. La rama más baja, por lo menos a diez metros de altura, estaba quebrada y suspendida de simples fragmentos de corteza. Thesme se asombró al pensar que el gayrog había sobrevivido a una caída así. Al cabo de unos instantes se preguntó cómo él había podido trepar tan alto por el resbaladizo y liso tronco.

–Mi plan es establecerme en esta región y dedicarme al cultivo. ¿Tiene usted una granja? – dijo el gayrog.

–¿En la jungla? No, sólo vivo aquí.

–¿Con un compañero?

–Sola. Crecí en Narabal, pero me hacía falta estar sola durante una temporada. – Llegaron al morral de calimbotes que Thesme había dejado al ver al gayrog tumbado en el suelo, y la mujer se lo echó al hombro-. Puede quedarse conmigo hasta que sane su pierna. Pero nos costará toda la tarde volver a la choza de esta forma. ¿Está seguro de que puede caminar?

–Estoy caminando -observó Vismaan.

–Cuando quiera descansar, lo dice.

–En su momento. No ahora.

En realidad pasó casi media hora de lento y doloroso renquear antes de que él quisiera hacer un alto, e incluso entonces permaneció de pie, apoyado en un árbol, explicando que creía imprudente completar el difícil proceso de levantarse del suelo por segunda vez. El aspecto del gayrog era tranquilo, reflejaba relativamente escasas molestias, aunque era imposible leer la expresión de su inalterable rostro y aquellos ojos que nunca parpadeaban: el constante movimiento de la lengua bífida era la única indicación visible de aparente emoción, y Thesme no sabía cómo interpretar los incesantes, veloces movimientos. Al cabo de unos minutos continuaron la caminata. La lentitud de la marcha era una carga para Thesme, igual que el peso de Vismaan en su hombro, y notó que sus músculos se agarrotaban y protestaban mientras recorrían la jungla. Apenas hablaron. Él parecía estar preocupado por la necesidad de controlar su lesionado cuerpo, y Thesme se concentró en la ruta en busca de atajos, previendo la presencia de arroyos, maleza densa y otros obstáculos que el gayrog no podía salvar. A medio camino de la choza empezó a llover, y el resto de la caminata lo hicieron envueltos en una cálida y pegajosa niebla. Thesme ya estaba casi agotada cuando apareció la choza.

–No es un palacio -dijo-, pero no me hace falta más. La construí yo misma. Échese ahí. – Ayudó a Vismaan a tenderse en su lecho de plumas de zanja. El gayrog se sentó con un tenue sonido sibilante, tal vez indicativo de alivio-. ¿Le apetecería comer algo?

–Ahora no.

–¿Y beber algo? ¿No? Supongo que sólo querrá descansar. Saldré de la choza para que duerma tranquilo.

–No estoy en temporada de sueño -dijo Vismaan.

–No lo entiendo.

–Nosotros sólo dormimos parte del año. Normalmente en invierno.

–¿Y permanecen despiertos el resto del año?

–Sí -dijo él-. Yo he terminado el sueño de este año. Sé que entre los humanos es distinto.

–Extremadamente distinto -explicó Thesme-. De todas formas, le dejaré descansar tranquilamente. Debe estar cansadísimo.

–No quiero echarla de su casa.

–No se preocupe -contestó Thesme, y se fue.

Llovía otra vez, la lluvia familiar, casi agradable, que había caído todo el día cada pocas horas. Thesme se tendió en un negro banco de musgo de caucho para que las cálidas gotas de lluvia eliminaran la fatiga de sus doloridos hombros.

Un invitado, pensó Thesme. Y no humano, nada menos. Bueno, ¿por qué no? El gayrog no era exigente: frío, reservado, tranquilo incluso en una situación así. Era evidente que sus heridas eran más graves de lo que deseaba admitir, y hasta una caminata relativamente corta por la jungla había representado una batalla para él. Era imposible que caminara hasta Narabal en ese estado. Thesme supuso que ella podía ir a la ciudad y disponer que alguien viniera a recoger al gayrog con un flotador, pero la idea no le complació. Nadie sabía dónde vivía ella, y ella no quería traer a nadie, en primer lugar. Y se dio cuenta con cierta confusión de que no deseaba abandonar al gayrog, que quería retenerlo y cuidarlo hasta que hubiera recobrado las fuerzas. Dudaba que en Narabal hubiera una sola persona deseosa de ofrecer refugio a un no humano, y el detalle hizo que se sintiera placenteramente perversa, aislada aún de otro modo de los ciudadanos de su ciudad natal. En los últimos años había oído muchas murmuraciones sobre los nativos de otros planetas que llegaron para establecerse en Majipur. La gente sentía miedo y disgusto por esos reptiles, los gayrogs, por los gigantescos, corpulentos y velludos skandars, por aquellos seres diminutos y maliciosos que tenían tantos tentáculos -

¿vroones, se llamaban vroones?– y por el resto de esa extravagante cuadrilla, y aunque los gayrogs seguían siendo desconocidos en la remota Narabal la hostilidad hacia ellos ya existía en la ciudad. La loca y excéntrica Thesme, pensó ella, pertenecía precisamente al tipo de personas que dejarían entrar a un gayrog en su hogar, que acariciarían la febril frente del extraño y le ofrecerían medicinas y comida, o cualquier cosa que necesitara un gayrog con la pierna rota. Thesme no sabía realmente cómo iba a cuidar a Vismaan, pero ello no sería un impedimento. Le vino a la mente que en toda su vida no había cuidado de nadie, porque nunca había tenido oportunidad u ocasión. Era la hija menor y nadie le había permitido aceptar ningún tipo de responsabilidad. No se había casado, no había tenido hijos, ni siquiera animales domésticos, y durante el tormentoso período de sus innumerables y turbulentos amoríos jamás había encontrado el momento para visitar a un amante enfermo. Seguramente, se dijo, por eso estaba tan

repentinamente dispuesta a mantener en la choza a este gayrog. Una de las razones que la llevó a cambiar Narabal por la jungla fue vivir de otra forma, romper con los rasgos más desagradables de la antigua Thesme.

Decidió ir a la ciudad por la mañana, averiguar qué tipo de cuidados precisaba un gayrog, si era posible, y comprar las medicinas o provisiones apropiadas.

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