Malasanta

Antonio Tocornal · Capítulo 2 de 7

Páginas del PDF

Malasanta

5. Dámasa la Tuerta

 

[La Ciénaga, 1969]

 

Baltasara del Santo Sepulcro Piernavieja Reguilón tomaba baños de asiento sobre un lebrillo con dos dedos de agua bendita para espantar las asechanzas del Maligno con sus pompas y sus obras, y de los príncipes de las tinieblas que reptan en las regiones hediondas del averno alentando a sus huestes de maldad; pero sobre todo, y principalmente, por ver si por contacto íntimo conseguía contagiar a su marido con las miasmas de la Gracia Divina. Con ello buscaba que abandonase, de una vez por todas, la fea costumbre de irse de putas cada vez que juntaba doscientas pesetas.

Esa era la tarifa que cobraba doña Expiración a sus clientes regulares por yacer un rato no muy largo con Dámasa la Tuerta.

Dámasa era puta, portuguesa y rústica; de alguna aldea de la región de Trás-os-Montes. Llevaba de oferta desde que la dejara tirada en La Ciénaga un titiritero de paso, un bala perdida: decían que era gitano extremeño o del Algarve, o algo por el estilo. Mal bicho debía de ser, porque la abandonó cuando dejó de servirle para su número de lanzador de cuchillos. Decía el gitano que deslucía el espectáculo; que una ayudante tuerta en la diana no daba una imagen profesional, a pesar de haber sido él quien le desgració un ojo por actuar borracho. Que la culpa fue suya —decía—, por gorda. Las otras cicatrices de cuchilladas anteriores se repartían por partes del cuerpo que quedaban ocultas bajo la ropa, pero el ojo vacante —triste fatalidad— era imposible de esconder, y la imagen que daba —y en eso tenía razón el saltimbanqui— no inspiraba confianza.

Poco antes de abandonarla a su suerte, como despedida, el lanzador de cuchillos la dejó preñada de Malasanta, quien, al llegar a La Ciénaga, no era más que un embrión del tamaño de una uva pasa.

Dámasa fue recogida en lo de doña Expiración, de donde ya nunca saldría. Tras unas breves instrucciones, empezó a ejercer desde aquella misma tarde. La madame le explicó que, al tener un solo ojo y no dos, por lógica y por justicia, se veía obligada a pagarle la mitad que a las otras internas, lo que llegaba apenas para cubrir su manutención y el alquiler de su cuarto en el prostíbulo. A la tuerta le pareció un razonamiento fundado —en gran medida por no tener otra opción— y emprendió su nuevo oficio, con agradecimiento sincero, a cambio de cama y comida.

Estuvo trabajando hasta bien avanzadas las contracciones del parto. Dejó que un cliente de glande afilado acabase en su interior y, nada más salir de su cuerpo, rompió aguas que se derramaron, mezcladas con grumos de esperma fresco, sobre las sábanas y sobre el suelo de su cuarto. Tuvo que disculparse con el hombre que ya se vestía con el susto en el cuerpo y con prisas por marcharse de allí, y Dámasa le pidió que al salir avisase a los que esperaban fuera y que se disculpase de su parte por no estar en condiciones de atenderlos debidamente.

En menos de veinte minutos, Malasanta ya había sido expulsada a un mundo en el que los momentos de felicidad habrían de ser la excepción.

Dámasa fue obligada a retomar la faena dos días más tarde: el término cuarentena, a juicio de doña Expiración, no hacía referencia a días sino a horas. Desde entonces, y hasta el día de su muerte treinta y cinco años más tarde, no dejó de trabajar ni un solo día ni una sola noche, pues las guardias en lo de doña Expiración eran de veinticuatro horas y, si un cliente la requería, era despertada en cualquier momento.

Dicen que los recién nacidos son capaces de reconocer la voz de su padre si este se ha acercado regularmente al vientre grávido de la gestante para hablarle. O que son capaces de reaccionar ante la música que su madre solía escuchar durante el embarazo, y que eso los tranquiliza. Si esa teoría es cierta, el bebé Malasanta reconocía, como algo familiar, el catálogo de gemidos, de gritos, de golpes, de insultos, y el vaivén de mil penes de hombres de paso bombeando y eyaculando a pocos centímetros de su cara nonata, del otro lado del saco uterino. Por esa razón, la recién nacida Malasanta se quedaba dormida con tanta facilidad dentro de su canasto de mimbre, junto a su madre, mientras esta ejercía.

Durante los primeros meses de vida, si el bebé lloraba de hambre cuando su madre trabajaba, Dámasa lo sacaba del canasto y le daba el pecho mientras el cliente seguía a lo suyo. En numerosas ocasiones tuvo Dámasa que imponerse ante hombres caprichosos o con inclinaciones de gourmet, y defender que la leche pertenecía por derecho a la niña, y que en cualquier caso su degustación no estaba incluida en la tarifa. Solo cuando Malasanta acababa de mamar y se quedaba dormida de nuevo, consentía Dámasa a cambio de un par de Bisontes o de cinco duros. Entonces permitía que los clientes libasen el excedente de leche, que siempre sobraba, o que se hiciesen pajas mientras contemplaban cómo brotaban las pequeñas fuentes blancas cuando se apretaba unos pezones negros y garrapiñados y unas areolas extensas y portuguesas sobre las que caían, como orvallo, minúsculas gotas blancas y agrias que acababan por buscarse entre ellas hasta formar pequeños riachuelos cálidos y pegajosos entre los pechos; o que se colocasen boca arriba sobre la cama y se dejasen cabalgar por el cuerpo macizo de la tuerta mientras, con los ojos cerrados y la boca abierta, recibían sobre sus rostros una pequeña vía láctea duplicada; una vía láctea tibia y doméstica que era asperjada con desapego y con una humildad profesional, y que les hacía viajar en el espacio a varios diminutos años luz, hasta la conquista de un orgasmo cósmico que era también una pequeña vergüenza de lactante adulto e impostor, y de esa forma se olvidaban por unos minutos de sus miserables vidas.

A los seis meses de su nacimiento, Malasanta aún no tenía nombre. En realidad, nadie lo había echado de menos, pero el hecho llegó a oídos del sacerdote de La Ciénaga, quien se proveyó de su equipo portátil de cristianización, se tomó un vaso de vino tinto Savín para el camino, y se personó una mañana en el bar del prostíbulo para subsanar la deficiencia. El cura bautizó a Malasanta mientras su madre atendía las necesidades lúbricas de un sepulturero, y aprovechó para subir a continuación al cuarto de una jovencísima interna mora por ver si conseguía apartarla de Mahoma para arrimarla a Jesús, o, en su defecto, a su representante en la parroquia, sin necesidad de pasar primero por caja.

Doña Expiración, sin dudar de su derecho a amadrinar a la niña, fue quien propuso e impuso el nombre. Una de las empleadas asistentes a la ceremonia se atrevió a preguntarle a su jefa el porqué de la elección. La madame le contestó: «Porque dentro de toda alma humana se esconde una contradicción; mejor ir de frente y dejar las cosas claras desde el principio». Las presentes asintieron en silencio; las disquisiciones filosóficas les eran ajenas, y ninguna entendió una sola palabra de la explicación ni tampoco se atrevieron a preguntar más.

A fuerza de conversaciones mil veces repetidas con clientes iletrados y apremiados, Dámasa acabó por aprender un español cuartelario y tosco. A fuerza de deshoras, de tabaco negro, de alcoholes blancos, de rutina y de sueño escaso e intermitente, Dámasa envejeció con rapidez y desgana; como quien tiene prisa por saltarse todos los trámites que conducen a la muerte. Por último, a fuerza de priorizar las preferencias de su clientela sobre el aspecto profiláctico, Dámasa acabó por coleccionar una abundante variedad de hongos, ladillas, gonorreas, clamidias, herpes y verrugas genitales, que ella resumía y metía en el mismo saco con el término genérico coceira, que venía a significar comezón. Por fortuna, la sífilis y el VIH, tan popular al final de su carrera, nunca consiguieron enriquecer su catálogo de comezones.

Dámasa ejercía con una indiferencia absoluta. Permitía que los hombres poseyesen su cuerpo sin ninguna afectación; ni siquiera necesitaba fingir, ya que para sus clientes era un mero objeto; un vaso donde vaciarse de semen y de insatisfacciones. Durante el tiempo que duraba el encuentro, su mente se entretenía recorriendo otro tipo de caminos: lo mismo reproducía las recetas de cocina rústica que le enseñara su abuela, como rememoraba, a cámara lenta, el vuelo hacia su pupila del cuchillo fatal que marcó su destino.

En media docena de ocasiones se quedó embarazada Dámasa la Tuerta, pero doña Expiración no podía asumir bajas laborales por maternidad. La madame era experta en provocar abortos; si Malasanta llegó a nacer fue porque, debido a la constitución de su madre, cuando el embarazo se hizo evidente, ya era demasiado tarde. Desde entonces, y para evitar nuevas sorpresas, la obligaba a llevar un control de sus menstruaciones que debía marcar sobre un calendario de propaganda con el texto «Taller de rectificados Hermanos Jiménez» colgado en la cara interior de la puerta de su cuarto. A la segunda falta, procedía.

Primero probaba con infusiones de hierbas: la sabina, el tejo, la ruda y el tarraguillo, pero también la nuez moscada, el romero salvaje, la artemisa, el helecho macho y el azafrán. Si no hacían efecto durante algunas semanas y el embarazo seguía su curso, recurría a aplicar inyecciones vaginales antes de que sobrepasase el cuarto mes. Ella misma hacía sus mezclas con alumbre, permanganato potásico, sales de plomo, mercurio, herbicidas y detergentes industriales. Cuando tampoco funcionaban o si perdía la paciencia, recurría al método más expeditivo de la varilla de paraguas o de la percha de alambre, pero era más arriesgado, porque muchas mujeres se le morían de una infección tras sufrir una perforación del saco uterino, el peritoneo, los intestinos, o incluso los riñones. Las que sobrevivían no podían trabajar hasta que no les bajaban las fiebres, y eso era, para la madame, lo mismo que estar manteniendo y alimentando a empleadas que no podía rentabilizar.

En varias ocasiones tuvo la niña Malasanta que asistir a doña Expiración durante las operaciones que practicaba a su madre; en todas se tuvo que ocupar de cambiar las sábanas y de limpiar de sangre el cuarto, y alguna vez tuvo que deshacerse del pequeño feto; un hermano bastardo expulsado del mundo y del vientre de su madre, del tamaño de una rana y la forma de una habichuela, pero con todos sus deditos bien formados y con dos abultamientos como dos pequeños forúnculos oscuros en lugar de ojos sobre una cabecita del tamaño de una nuez.

Si Malasanta lo encontraba entero y chapoteando entre los restos de placenta y de sangre, lo cogía con cuidado entre sus manos como si fuese un gorrión herido, le cortaba el cordón umbilical, lo secaba con un pañuelo y lo acariciaba un rato como si fuese un muñeco o un cachorro de gato recién nacido. Malasanta se admiraba entonces del tacto gelatinoso de su cuerpo, y de que bastaba con una leve presión con los dedos para que la cabecita se deformase como si el cráneo fuese de plastilina; y se admiraba de la piel transparente a través de la cual se veían finísimas venitas mil veces ramificadas cuyos riachuelos azules corrían en todas las direcciones durante algunos minutos, hasta el momento en que comenzaban a ralentizarse y el feto dejaba de moverse, como si de repente se hubiese quedado dormido.

Durante un par de días jugaba con él; le ponía nombre y le hacía vestiditos con preservativos y servilletas de papel que robaba del bar del prostíbulo. Poco a poco se iba endureciendo y se hinchaba, y se volvía frío y azulado. Cuando comenzaba a oler mal, a los pocos días, lo cogía por los minúsculos piececitos, lo arrojaba por el retrete, y tiraba de la cisterna despidiéndose de él por su nombre. Luego se llevaba las manos a la nariz para olisquear la muerte en sus dedos.

Dámasa era puta económica que subsistía gracias a una cartera de clientes con poca solvencia y menos miramientos, pero ella sabía ganárselos: no ponía mala cara cuando alguno llegaba con los pies sin lavar, o cuando el interior de sus calzoncillos amarillentos y con los elásticos vencidos exhibía la impronta grabada de alguna medalla conmemorativa, o cuando llegaban con las piojeras abiertas y en algarada. Ellos agradecían la benevolencia, a falta de propina, con media sonrisa de dientes negros o ausentes. Sabían que si se pasaban del cuarto de hora contratado —la tarifa mínima—, siempre podían negociar un tiempo de descuento —dentro de lo sensato— hasta que resolviesen la faena. Después de todo, no había prisas: de todos era sabido que en Portugal, como en Canarias, se vive una hora más tarde.

Los clientes, por su parte, por lo poco que pagaban, tampoco se atrevían a poner reparos a los golondrinos que adornaban las sobaqueras de la tuerta, al brillo de reptil del ojo falso, a su aliento a tabaco negro y a repollo antiguo, a las numerosas cicatrices de antiguas cuchilladas que marcaban su cuerpo, o a lo mucho que había dado de sí y se había ido ajando su herramienta de trabajo debido al uso y al abuso, a pesar de que aún no había alcanzado los treinta años.

La piel espesa y rugosa de Dámasa la Tuerta era como un muestrario de olores en el que se desplegaba una exuberante variedad de matices: olía a moho, a esponja de limpiar ceniceros, a unto, a lana mojada, a guiso recalentado, a trapo olvidado en una esquina húmeda, a cuero mal curtido, a grajo y a los rincones peor ventilados de Portugal. Esos aromas, a medida que se adentraban en los aledaños de las axilas, o sobre todo de la región pélvica, se acentuaban hasta adquirir una intensidad que en gente de ciudad podría haber inducido a un aturdimiento de los sentidos. Sin embargo, sus clientes más rurales, acostumbrados a los olores de chiquero embarrado y de estiércol fresco de sus granjas, los percibían sin escrúpulos, como algo acogedor y cercano, casi familiar; eran olores que les potenciaban una libido primitiva y por lo tanto una erección casi subhumana, y por eso disfrutaban de abandonarse entre la morbidez de los brazos acuchillados de la prostituta.

 

Dámasa la Tuerta heredó su ojo de vidrio de Poncio Abanto el Pincho de Punta Umbría. El Pincho era un banderillero con mucha voluntad pero poco tino. Perdió la puntería antes de cumplir los quince años, cuando aún atesoraba sueños de seguir los pasos de Guerrita, de Lagartijo o del Gallo. Fue una mala tarde, con el sol de cara, cuando un novillo resabiado le saltó un ojo en una capea; nadie le había enseñado aún ni la teoría básica del arte de parear ni nociones elementales de geometría.

Con lo que juntaron los miembros de la cuadrilla tras el incidente, le compraron a escote un ojo de vidrio cuyo iris, si bien no remedaba el color de su otro ojo —el negro—, al menos le otorgaba a su nuevo rostro un aspecto más colorido y enigmático. Solo pudieron pagar una prótesis que llevaba años en el almacén por tener su color poca salida: era un amarillo cobrizo tirando a anaranjado; el color de los ojos de las víboras. De un irisado como de aurora boreal de los trópicos si ese fenómeno pudiese existir. Aquella prótesis era un experimento que el artesano había fabricado en sus años de juventud, durante uno de sus arrebatos artísticos en los que daba rienda suelta a su lado más creativo; un vicio inútil que pronto fue amputado por su padre y mentor a fuerza de collejas.

Cuando contrataban al Pincho era por pena o porque se conformaba con cobrar un bocadillo de lo que hubiere o un plato de lentejas, y solo toreaba en cosos de tercera. Desde que perdió el ojo, perdió también la visión en tres dimensiones, por lo que a menudo confundía toro con ausencia de él y viceversa, y por esa razón, en lugar de pinchar toro, pinchaba sombra de toro o toro pasado, que es como decir «nada».

Cuando llegaba su tercio, tras un cite muy estiloso desde la barrera, o tras un intento al quiebro o al volapié, clavaba las banderillas en el aire dos o tres veces antes de pinchar cuero y, cuando no salía en falso y acertaba, nunca era en lo alto del morrillo o delante de la cruz, sino en la grupa, en los ijares, o incluso en el costillar, dejándole al matador un animal deslucido y casi cómico y sin dignidad. Cuando el Pincho toreaba, ya sabía el cirujano de la plaza —si es que había— que esa tarde tendría trabajo de costura. Rara era la faena en la que no salía con un puntazo o al menos con un buen revolcón y un par de cardenales. El banderillero estaba cubierto de costurones amén de faltarle el huevo zurdo. El «cojón cambiado» o «cojón de pecho», por ser el opuesto al derecho siendo diestro. A pesar de ello, nunca perdió los arrestos, ni las ganas de progresar, ni el huevo «natural» o derecho.

Su carrera fue corta; no tuvo tiempo de estrenar el testículo que le quedaba más allá de algún escarceo manual y clandestino en la dehesa, promocionado por su novia Jenara, para quien era primordial llegar pura e intacta al matrimonio.

Poncio Abanto el Pincho de Punta Umbría dio su única vuelta al ruedo antes de cumplir los dieciocho años, post mortem, ensartado en el pitón derecho de un toro retinto, carifosco y corniveleto de la ganadería de Zalduendo. Fue el sexto de la tarde; un animal de cuatrocientos ochenta kilos de bravura que le había adivinado el quiebro, se le había revirado, y le había entrado por la espalda atravesándole el costillar, el pulmón, el corazón y el pecho entero, asomando un palmo de pitón por delante de la chaquetilla tabaco y plata y de alquiler, bajo el remate del esternón. De la punta del pitón quedó colgado un guiñapo de pleura espolvoreado de algunos alvéolos rosados y de aspecto saludable: el Pincho nunca fumó.

Así anduvo un rato ya muerto y con vaivén de pelele, enganchado y zarandeado por el toro, salpicando humores sobre el albero. Mientras, su novia Jenara lo veía todo desde las andanadas de sol, donde las entradas eran más baratas, cerca del comerciante dueño de la chaquetilla alquilada tabaco y plata, que se echaba las manos a la cabeza por el quebranto del traje nuevo.

El ojo de vidrio fue encontrado por el marido de Baltasara Piernavieja, a quien arrendaban para hacer de mulillero en ferias cuando había corridas en las plazas de la comarca. El hombre vio cómo a la segunda vuelta del banderillero ensartado, el Zalduendo se paró frente al burladero desde donde él seguía la corrida: el primero a la izquierda de la puerta de arrastre. Le pareció que el toro le brindara a él en exclusiva la muerte del subalterno. Vio, a pocos centímetros, cómo el animal hundía los pitones una y otra vez en las tablas del burladero, con el banderillero aún ensartado, hasta desbaratarlas en astillas después de pintarlas con la sangre que brotaba del pecho del torero. Vio, a pocos palmos, cómo el Pincho dibujaba la jota de «Jenara» con los labios torcidos, aunque los pulmones ya no tenían resuello para entonar el sonido, porque el aire se escapaba burbujeando por sendos boquetes de pecho y espalda.

No lograron desclavar al malogrado hasta que algunos miembros de la cuadrilla, desde detrás del burladero, jalaron a la de tres de brazos y piernas mientras el maestro y el resto de subalternos le echaban capotes al toro por los ijares, y la pareja de guardiaciviles, con las caras descompuestas y las rodillas de gelatina debido a la impresión, vaciaban sobre el animal los cargadores de sendos «chopos» reglamentarios.

Durante un tiempo que le pareció que duraba horas, el marido de Baltasara Piernavieja vio de frente el baile del toro con su muerto pinchado, y vio cómo la muerte se hacía con todo el cuerpo del banderillero excepto con el ojo de vidrio, que lo seguía mirando fijamente con su iris amarillo víbora, como tendiendo un puente entre el lado de la muerte y su persona, o como pidiendo auxilio o comprensión. Finalmente, vio cómo en un último zarandeo se le saltaba el ojo, el único ojo que parecía quedar vivo en un cuerpo ya muerto, y que tal vez por eso fuese escupido por la muerte de forma violenta: como si fuese una rúbrica que buscara certificar la victoria indiscutible del animal.

La prótesis salió proyectada y cayó dibujando una elipse y, durante toda la trayectoria hasta el albero, que el hombre siguió con la vista como a cámara lenta, fue girando sobre sus ejes de rotación y de traslación encarando al mulillero en todo momento, para no perder de vista al testigo privilegiado de su propio desenlace. Rodó un momento, poco, como rodaría una canica sobre harina, y quedó oculto tras los restos astillados de las tablas del burladero, mirándolo fijamente desde el suelo, a un palmo de sus alpargatas. Lo cogió con disimulo, y le impresionó la temperatura humana que guardaba el ojo, tan diferente de la que se espera del vidrio; nadie vio cómo se lo guardaba en el bolsillo de su chaleco, y nadie, ni compañeros ni novia Jenara, preguntó por la prótesis o hizo por encontrarla.

Más tarde, ya solo, le enjuagó de un salivazo el albero y la sangre seca, le buscó el brillo con la manga de la camisa y, al mirarlo de frente mientras era mirado al mismo tiempo por el ojo amarillo y duro y ya sin dueño, sintió un escalofrío eléctrico que le corrió desde la nuca hasta la rabadilla, y se lo guardó de nuevo en el bolsillo.

Baltasara Piernavieja no podía evitar un sobresalto y un repelús cada vez que vaciaba los bolsillos de los pantalones de su marido para lavarlos y encontraba en ellos el ojo de vidrio. Entonces se santiguaba y asperjaba la pequeña prótesis con agua bendita.

El marido de Baltasara conservó el ojo durante un tiempo como si fuese un amuleto; a veces lo miraba y veía en el iris amarillo la plaza entera bajo el sol, y en la negrura de la pupila reconocía el túnel de toriles que lleva hasta la muerte, desde cuyo fondo le parecía a veces oír la voz del niño banderillero citando al toro y cargando la suerte con los garapullos en alto y con los filos de los arponcillos brillando al sol.

Cuando se le presentó la ocasión, una tarde que no pudo reunir doscientas pesetas pero que andaba con una turgencia intermitente que reclamaba su atención y le impedía concentrarse en otras tareas, lo envolvió en un paquete de Bisontes vacío y se dirigió al prostíbulo de doña Expiración a la hora de la siesta de la dueña. Sabía que a esa hora podría entenderse directamente con Dámasa la Tuerta, así que se lo entregó en pago a un servicio cumplido y otro fiado. A ella le gustó el regalo, y a cambio le hizo un trabajo fino.

Desde entonces, cada vez que el hombre fijaba su mirada en los ojos de la portuguesa durante el acoplamiento, no podía evitar un sobresalto al sentirse observado por el fantasma del banderillero, porque en el ojo inerte del torero muerto, en el fondo del túnel de la pupila de víbora, también había quedado impresa la rúbrica de la muerte.

Baltasara del Santo Sepulcro Piernavieja Reguilón se asperjaba a diario el bajo vientre con agua bendita. Para conseguirla, aprovechaba que a las seis de la mañana se quedaba sola en la iglesia; sacaba del canasto una botella vacía de agua de Vichy Catalán y la llenaba en la pila. Mientras tanto el párroco, envuelto en legañas y tras abrir las puertas del templo, desayunaba en la sacristía pan con butifarra y un vaso de vino tinto Savín lleno hasta el borde, o dormitaba un rato en el confesionario. Lo hacía con la conciencia limpia por saber que estaba en su puesto de trabajo, y con la sotana sucia de un muestrario de lamparones de butifarra de diferentes añadas y sus correspondientes matanzas.

Baltasara Piernavieja, la del florón consagrado, no ignoraba que cualquier cristiano en estado de gracia podía fabricar agua bendita; había ayudado al cura a hacerlo docenas de veces, y conocía las plegarias de memoria, pero pensaba que la bendición de un profesional siempre otorgaría más calidad al producto final y, por lo tanto, sus propiedades gozarían de mayor fiabilidad.

Al sacerdote le mosqueaba tanta merma en la pila, y buscaba fugas o grietas en el mármol, y miraba hacia arriba, hacia la oscuridad de la bóveda de cañón, intentando comprender cómo era posible que el agua se evaporase a esa velocidad aun en días tan fríos y húmedos. Allí arriba, entre los estribos y las dovelas de piedra, solo habría visto un nutrido asentamiento de telarañas de no haber tenido la vista tan disminuida por la miopía.

Luego suspiraba y reponía el agua, y la convertía en bendita con sus plegarias. Le gustaba pensar que en eso consiste la magia de quien tiene trato preferente con Dios, el privilegio de su cargo. Hasta entonces, siempre había acostumbrado a completar el ritual según había aprendido en el seminario: iba a la fuente, filtraba el agua dos veces, bendecía la sal mientras la espolvoreaba sobre la superficie, y acababa rezando, uno tras otro, todos los salmos y los conjuros necesarios. En total se le iba hora y media rezando rapidito, pero el agua perdida era mucha y aquello no le cundía.

Al final, acabó recurriendo a un método abreviado y de contingencia, de concepción propia, que consistía en rellenar la merma con disimulo y con agua del grifo, y en confiar en que el resto de agua bendita, la que quedaba en el fondillo de la pila, transmitiese sus propiedades sacras al añadido de agua secular, mientras murmuraba una oración inspirada en el poco ortodoxo grimorio Llave menor de Salomón, que si bien no formaba parte de la bibliografía del seminario, le parecía un libro de una rotundidad indiscutible:

Yo te exorcizo, Criatura del Agua, en el nombre del que te

ha creado y te ha juntado en un solo lugar para que apareciera la tierra seca, para que descubras todos los engaños y las tretas del enemigo, y para que alejes de ti todas las impurezas e inmundicias de los espíritus del mundo fantasma…

Baltasara Piernavieja, la de las virtuosas ingles, salía de la iglesia con los ojos muy abiertos, dando pasitos cortos pero rápidos, como un roedor tripudo, santiguándose tres veces y luego otras tres porque intuía que más valía pasarse que no llegar, mientras apretaba el canasto con la mano izquierda, como quien transporta mercancía de estraperlo, para que no asomase el cuello de la botella de Vichy Catalán rellena de agua milagrosa y expoliada.

Cuando llegaba a su casa, iba directamente al gallinero. Después de echarle el pan duro y las mondas a las gallinas para que no molestasen, llenaba el fondo de un lebrillo allí mismo, apenas dos dedos. Luego se despojaba de enaguas y refajos, se situaba en cuclillas sobre el recipiente y se asperjaba bien las vergüenzas y todos sus pliegues, repliegues, misterios y recovecos, y hasta se frotaba la tupida mata de vello, que era como una gazapera nocturna y abigarrada, para que el maligno no se le colase dentro en un descuido, mientras rezaba una plegaria algo menos oscura que la que el sacerdote usaba para la bendición del agua:

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un

Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti celestial princesa, virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, madre mía.

Luego decía «amén» mientras las aves de corral la espiaban sin comprender, se volvía a santiguar tres veces, y metía el agua que sobraba en la botella de agua de Vichy Catalán con la ayuda de un embudo. No podía dejarla en el lebrillo para las abluciones del día siguiente: había que prevenir que se la bebiesen las gallinas y acabasen poniendo huevos consagrados o, lo que habría sido imperdonable, que se cagasen dentro y la hiciesen incurrir a ella, como responsable subsidiaria, en un pecado mortal de profanación por negligencia.

Al acabar, escondía la botella tras una tabla suelta, y con sus faldas secaba el lebrillo y luego lo dejaba bocabajo para que no entrasen las gallinas; era el mismo lebrillo que utilizaba en las matanzas, una vez al año, para recoger los intestinos humeantes recién derramados del vientre eviscerado del puerco, que una vez limpios de su contenido serían vueltos a rellenar, casi de inmediato, con sangre y grasa revueltas, aún calientes y casi palpitantes, casi quejándose de que les acabasen de arrancar la vida, mezcladas con miga de pan y cebolla picada, o arroz o harina y cebolla picada, y un poco de pimentón, orégano, comino o mejorana, tal vez piñones, como si esos ingredientes, como si la inocencia de los piñones o la candidez del comino fuesen parte de una excusa o de una coartada o de una justificación.

A las siete de la mañana ya había vuelto de la iglesia, ya le había dado lo suyo a las gallinas, había recogido algunos huevos y, con la entrepierna fresquita y santificada, se disponía a echarle de comer a los cerdos y a su marido, el mulillero de poco verbo, bragueta ligera y trago largo que a aquellas horas tan tempranas aún se movía entre sueños de muerte y de lujuria.

Baltasara Piernavieja albergaba la esperanza de poder ayuntarse con su esposo con el asunto recién irrigado de la Divina Gracia para que el poder exorcizante del agua bendita le aminorase la concupiscencia extramarital, y la consecuente merma que su afición provocaba en el patrimonio de la familia, pero aquel yacer por yacer «a lo loco», que tanto practicaran en sus años de juventud, no entraba en los planes del hombre; sobre todo entre semana y con la garganta seca.

De esa forma comenzaba cada jornada Baltasara del Santo Sepulcro Piernavieja Reguilón.

 

Mientras tanto, Dámasa la Tuerta aún roncaba con su ojo de cristal descansando en el fondo de un vaso de agua profana que cambiaba cada semana para evitar que en su interior criasen gusarapos.

Su hija Malasanta, con apenas cinco años, jugaba con muñecas de trapo tras el biombo, y al niño torero Poncio Abanto el Pincho de Punta Umbría se le iba amojamando el pellejo a seis palmos bajo tierra, en una sepultura ya olvidada por la novia Jenara, quien había conseguido llegar virgen al matrimonio, ya que no contabilizaba las pajas que le hiciese en su día a su antiguo novio banderillero y a sus compañeros de cuadrilla, ni las mamadas que le hiciera ocasionalmente al matador y jefe de todos ellos.

Jenara acabó por casarse felizmente con un próspero charcutero, y vivía entregada a sus labores y a la procreación de una abundante prole de pequeños y orondos charcuteros a los que criaba en la fe cristiana y en el amor por la fiesta nacional mientras su cuerpo se iba expandiendo un poco más tras cada embarazo.

 

Baltasara Piernavieja de la sacrosanta vulva se preguntaba por qué razón no hacían efecto sus abluciones, ya que su marido seguía yendo a ver a la prostituta tuerta en cuanto reunía doscientas pesetas. Ignoraba sin duda que, con tanta dilución, el principio activo divino y milagroso del agua bendita se había reducido hasta niveles apenas homeopáticos.

Pero ignoraba también que lo que su marido buscaba era un espejo que le devolviese una imagen terrible. Coleccionar orgasmos de pago en el lupanar de doña Expiración estaba bien; era un placer estándar e inocente sin más misterios ni complicaciones; algo socialmente aceptado e incluso bien visto si se practicaba discretamente y en la medida en que uno se lo pudiese pagar sin endeudarse, pero era un asunto secundario. Sin embargo, nada era comparable a lo que sentía al correrse mientras miraba fijamente el ojo amarillo de la prostituta: el escalofrío que sentía al recordar al niño banderillero con el pecho abierto y el corazón reventado y aún palpitando al sol, exhibido y revoleado como un pelele, atravesado por el pitón de un toro retinto, carifosco y corniveleto que le brindó en exclusiva una muerte humana bajo el sol de las seis de la tarde.

Siempre supo el mulillero —aunque nunca tuvo las herramientas para formularlo en palabras dichas o pensadas— que la fiesta de los toros existe para que los vivos puedan codearse con la muerte, que casi siempre es la del toro. De entre los presentes en aquella corrida mortal, nadie se atrevió a admitir que solo en esas raras tardes en las que el toro gana, la fiesta adquiere todo su sentido de espectáculo; como el que tenía el circo en la época de los gladiadores, cuando una vida humana no valía más que un puñado de sestercios.

Pensaba que la fiesta de los toros perdería todo su interés de no existir el riesgo de lesión o muerte del torero; y que para riesgos asumibles ya estaban el dominó o el matrimonio. La vida —hay que admitirlo— son palabras mayores. Cada vez que un toro le quita la vida a un hombre defendiendo la suya, pensaba, se confirma que ese riesgo de perderla es real y le da sentido a la fiesta. De la misma forma, es el espectáculo de la muerte del prójimo el que dota de sentido a la vida propia. Estaba convencido de que el espectáculo de la tauromaquia sobreviviría al relevo entre generaciones siempre que el torero siga aceptando la apuesta de buen grado; y que lo seguirá haciendo porque sabe que, cuando gana la partida, que es casi siempre, el premio es la gloria, y que la gloria es lo contrario de la muerte.

Se sentía privilegiado por haber sido testigo de una muerte en primera fila, y temía olvidar aquella terrible escena que tanto le ayudaba a vivir; necesitaba mirarse en aquel espejo cara a cara de vez en cuando mientras se vaciaba en una mujer que era solo ese ojo muerto y nada más, o en cualquier caso ese ojo muerto y una vulva ajada, un vaso receptor que no olía a agua polvorienta de iglesia como el de su esposa, sino a las aguas infectas de las sentinas del averno. Ese estremecimiento de aventurarse en los aledaños de las puertas del infierno era un privilegio que solo le podía dar Dámasa la Tuerta, y las doscientas miserables pesetas las daba por bien invertidas.

El marido de Baltasara, todo un hombretón con manos como tablas sin desbastar, hechas al tacto del cuero de los arreos de sus mulas, se echaba a temblar cuando Dámasa lo recibía con una sonrisa de diabla y su viejo parche de tela en el ojo. Sabía que si el ojo de reptil no estaba en su cuenca, era porque esa tarde andaba juguetona y lo había escondido para él. Que solo lo vería cuando le diese su dinero, cuando se recostase en la cama y se subiese la saya; cuando, mientras se le escapase el burbujeo de una risa ronca desde pulmones enfangados de nicotina sedimentada, separase las piernas gordas y varicosas y llenas de cicatrices de antiguas cuchilladas; y cuando con los dedos se abriese los párpados de Belcebú, los que corren de arriba abajo escondidos tras mil pestañas rizadas de osa salvaje.

Sabía que, desde las puertas del mismísimo infierno, el ojo triste y cobrizo del niño torero Poncio Abanto el Pincho de Punta Umbría lo volvería a mirar, asustado y mudo y con su aspecto de víbora perdida, para morir de nuevo para él; para mostrarle una vez más el camino hacia el orgasmo y hacia la muerte, haciendo que el uno se confundiese con la otra. Después de todo, pensaba, ¿qué es un orgasmo sino una pequeña muerte?, y ¿qué es el momento posterior al coito sino una pequeña resurrección?

Lo que no sospechaba el hombre es que, desde detrás del biombo, la niña Malasanta, de apenas cinco años, ya le había arrancado un ojo a su muñeca, se lo había guardado bajo las bragas, y que mientras espiaba y archivaba en su memoria los gestos que acompañaban cada uno de sus orgasmos de mulillero, iba aprendiendo sin saberlo los secretos de su futuro oficio.